Nuestra Bandera, revista teórica y política
del partido comunista de españa
· Madrid, enero 1965
número 40
páginas 14-17

Documento-plataforma fraccional de Fernando Claudín
acompañado de las «notas críticas» de la redacción
de «Nuestra bandera»

El proceso de formación
de las fuerzas democráticas

En nuestro Programa, partiendo del análisis del capitalismo español bajo la dictadura franquista, se llega a la conclusión de que la revolución española pasará por dos etapas fundamentales: «La primera –cito–, la etapa actual, en la que la revolución tiene un carácter antifeudal y antimonopolista, y en la que se propone, como objetivos fundamentales, la liquidación de las supervivencias feudales y la limitación del poder de los monopolios, la instauración y el fortalecimiento de un régimen democrático, la defensa de la independencia nacional y de la paz.

La segunda, en la que se convierte en revolución socialista, proponiéndose la transformación socialista de la sociedad –resolviendo, de paso, las tareas que queden pendientes de la primera etapa– y, posteriormente, la transición gradual del socialismo a su fase superior, la sociedad comunista.»

En relación con la primera etapa, el Programa divide sus objetivos en inmediatos y próximos. Inmediatos, acabar con la dictadura fascista del general Franco y abrir cauce al desarrollo democrático del país; próximos, establecimiento y desarrollo de un régimen democrático. El Programa define la política del Partido, que el Partido realizará en el proceso del establecimiento y desarrollo de un régimen democrático.

El Programa formula las formas, características, instituciones estatales, &c. del régimen democrático por el cual luchará el Partido, pero no aborda la cuestión del contenido de clase de ese régimen, no aborda el problema de con qué contenido de clase ese régimen puede ser posible en España. O en otros términos: Hay diversos países europeos con regímenes democráticos que corresponden más o menos a las características del que propugna nuestro Programa: una república democrática burguesa, parlamento, sufragio universal, pero que en la etapa actual son el instrumento estatal del poder del capital monopolista, reflejando al mismo tiempo una cierta correlación de las fuerzas sociales y políticas del país, reflejando el peso de las fuerzas obreras y democráticas.

¿Existe esta posibilidad en España, o dadas sus características económico-sociales y políticas, un régimen democrático sólo es posible en España con la conquista del poder por una alianza de fuerzas antimonopolistas dirigida por la clase obrera? El Programa no da respuesta a esta cuestión, no la aborda directamente. Sólo incidentalmente, al referirse al problema de las nacionalizaciones, dice que el carácter de éstas depende de en qué manos esté el poder del Estado.

Dice el Programa: «Si lo detenta el capital monopolista, redundarán en su beneficio, acrecentarán su poder» (cosa que, entre paréntesis, no siempre es así, pero no vamos a entrar ahora en el examen de este problema). «Pero –continúa el Programa– con la implantación de un Estado democrático la situación cambiará por completo. Y apoyándose en la lucha de las masas populares, y como fruto de ella, se crearán condiciones para aplicar medidas de nacionalización y otras, que tendrían entonces un carácter diametralmente opuesto a las nacionalizaciones y controles del franquismo, sirviendo a los intereses nacionales y populares, y limitando de una manera efectiva el poder de los monopolios.»

Parece, por tanto, de este planteamiento, que la posibilidad de un Estado democrático se condiciona a que el poder político deje de estar en manos del capital monopolista. Entendiendo, claro está, ese dejar de estar en manos, en el sentido riguroso del concepto, puesto que si el poder está en manos de fuerzas políticas que no sean directamente las del capital monopolista, pero que sirvan los intereses de éste, no deja de estar en sus manos.

Naturalmente, sólo así, efectivamente, las nacionalizaciones tendrían un carácter diametralmente opuesto a las nacionalizaciones del franquismo. Pero si el poder no está en manos del capital monopolista, sólo puede estarlo en manos, en la época actual, en el período actual, en manos de una coalición de fuerzas antimonopolistas, dirigida por la clase obrera, dado que las fuerzas burguesas y pequeñoburguesas, democráticas, no están en condiciones, como justamente se afirma en el Programa (como se ha reafirmado por varios camaradas en el curso de esta discusión), de dirigir en el actual período histórico de nuestro país la revolución democrática.

No puede excluirse, naturalmente, la hipótesis de que en un determinado momento del proceso político esas fuerzas tengan la hegemonía en el gobierno. Pero esto sólo puede ocurrir, o bien porque esas fuerzas hagan la política del capital monopolista, o bien porque se produzca un equilibrio tal, en un momento dado, en la correlación de fuerzas monopolistas y de fuerzas antimonopolistas, que ni unas ni otras estén en condiciones de mantener, efectivamente, el poder. En este último caso se trataría sólo de un momento de transición, o hacia el poder del capital monopolista de nuevo, o hacia el poder de la alianza antimonopolista dirigida por la clase obrera. [15]

 

Nota crítica

Claudín cita el programa del Partido en el que se define el contenido de la etapa histórica actual, como «una revolución democrática antifeudal y antimonopolista». Y cierra los ojos, deliberadamente, ante la diferencia radical que hay entre esta caracterización y la que él propone en su discurso-plataforma; pasa por alto el hecho de estar en contradicción flagrante con el programa del VI Congreso.

Pero en cambio afirma que el programa «no aborda el problema de con qué contenido de clase ese régimen puede ser posible en España». Es decir, para estupefacción de propios y extraños, resulta, según Claudín, que el programa «no aborda» ¡el contenido de clase de la revolución democrática antifeudal y antimonopolista!

A continuación contradice su propia afirmación al decir, refiriéndose a otra cita del programa: «Parece, por tanto, de este planteamiento, que la posibilidad de un Estado democrático se condiciona a que el poder político deje de estar en manos del capital monopolista.»

¿En qué quedamos? ¿Aborda o no el programa el contenido de clase de la revolución democrática antifeudal y antimonopolista?

Basta decir revolución democrática antifeudal y antimonopolista para definir el contenido de clase. Esa fórmula lo que hace es precisar y, casi exclusivamente, definir el contenido de clase de esa revolución que es antifeudal porque va a terminar con el gran latifundio y otros residuos de carácter feudal y es antimonopolista porque no puede atacarse a los residuos feudales sin limitar y reducir los privilegios monopolistas, y sin liquidarlos en una etapa más avanzada.

Aunque Claudín lo ponga en duda –para servir su tesis– no puede caber ninguna sobre el hecho de que cuando el programa habla de régimen democrático, ligado a la revolución democrática antifeudal y antimonopolista no se refiere para nada a una situación semejante a la de los «países europeos con regímenes democráticos que corresponden más o menos a las características del que propugna nuestro Programa: una república democrática burguesa», &c., &c., que sea «el instrumento estatal del poder del capital monopolista». Se refiere a algo distinto: a un régimen donde el poder político no esté en manos del capital monopolista.

Efectivamente, en relación con la etapa de la revolución democrática nuestro Programa prevé una primera fase, en la que la tarea es poner fin al régimen franquista y lograr las libertades políticas. Claudín, en su documento-plataforma, trata de reducir la revolución democrática a esa fase previa. Pero en la concepción del Partido ésa es sólo la primera fase de un proceso –para el que no es posible fijar plazos– que corresponde a toda una etapa. En relación con este proceso debemos tener un punto de vista realista.

Es claro que durante la primera fase, hasta llegar al establecimiento de verdaderas libertades políticas, el poder puede continuar –y probablemente continuará– de un modo u otro, en manos del capital monopolista. Sin embargo, en las condiciones concretas de España, un gobierno que establezca amplias libertades políticas, sin discriminación, ya no será un gobierno controlado exclusivamente por la oligarquía monopolista. Cualquiera que sea su composición y la cantidad de ministros que representen formalmente a las fuerzas antimonopolistas, ese gobierno obrará condicionado por la presión de las fuerzas antimonopolistas. Los grupos políticos ligados al capital monopolista, incluso los más «liberales», no están dispuestos a someter el destino de España a la decisión del sufragio universal, plenamente y sin [16] discriminaciones. Habrá que imponérselo a través de la lucha del movimiento democrático; habrá que lograr un gobierno en el que la presión del movimiento democrático sea bastante fuerte para vencer la resistencia de las fuerzas monopolistas.

Esto es lo que no comprende Claudín: que mientras la oligarquía posea plenamente el poder, mientras sea la fuerza hegemónica, no habrá plenas libertades políticas ni sufragio universal verdadero. Claudín sigue viendo la oligarquía monopolista española como una oligarquía monopolista «europea»; cierra los ojos a las diferencias entre una y otras.

En los vagos planes «liberales» de «democracia» para un lejano futuro –que como se verá después, Claudín parece compartir– se parte de un esquema formal en el que se da por hecho que la opinión pública se reparte entre dos grandes partidos: democracia cristiana y socialdemocracia, los dos insertados en el sistema de dominación del capital monopolista, sin rivales ni competidores políticos a su alrededor.

La dificultad reside en cómo realizar en la práctica, en la vida, este esquema formal, previo a esa famosa «democracia». ¿A través de qué proceso van a surgir y van a conquistar el monopolio de la opinión pública esos dos partidos?

Una cosa es que exista hoy en el país una amplia influencia católica y una amplia influencia marxista, y otra muy distinta, es convertir esa amplia influencia católica en un –único, además– partido demócrata-cristiano, y la influencia marxista en un partido socialdemócrata. La amplia influencia católica está cruzada por las corrientes más diversas, que van desde el integrismo hasta las tendencias de tipo socializante, sin olvidar por lo menos tres movimientos nacionalistas –en Cataluña, Euzkadi y Galicia–. La amplia influencia marxista comprende la existencia de uno de los partidos comunistas europeos más fuertes, el nuestro. Además, existen en el país otras corrientes burguesas y pequeño-burguesas que no son ni cristianas ni marxistas, cuyo peso no es posible subestimar a priori. ¿Cómo simplificar este complejo panorama real, que tiene sus raíces y su fundamento en la sociedad y en la historia, al punto que propone el esquema «liberal»? Eso es lo que ningún «liberal» ha conseguido explicar y difícilmente podrá explicar, por muchos talentos de que la naturaleza le haya dotado.

Lenin ha explicado que los partidos políticos surgen en las situaciones revolucionarias, y ésa es una verdad difícilmente contestable. Pero, precisamente, lo que los «liberales» quieren evitar es la situación revolucionaria. Quieren formar esos dos partidos sin situación revolucionaria. Por no se sabe qué proceso, la misma dictadura franquista, a través de una evolución, va a parir ambos partidos. ¿Dónde se ha visto jamás que los partidos de opinión, los partidos de masa, se formen así? Precisamente nuestro Partido ha afirmado su influencia, su organización, su presencia política más que ningún otro, por su oposición y su lucha radical contra la dictadura. Los otros grupos aparecen aún de una manera mucho más vaga e inconcreta, porque su oposición y su lucha contra la dictadura es bastante más débil. Para afirmarse, esos grupos necesitan lanzarse de una manera mucho más resuelta y decidida a la lucha, y eso, quiéranlo o no, significará marchar con nosotros contra el poder del capital monopolista, hasta un cierto punto. El fortalecimiento y desarrollo futuros de cualquier partido pasan hoy por la fase inevitable de caminar junto con los comunistas, por lo menos durante un buen trecho.

Mas como los «liberales» no se deciden –y no es fácil que se decidan– a seguir ese camino, lo que está resultando actualmente es que mucho más [17] de prisa que los partidos burgueses y pequeño-burgueses, se desarrollan en España nuevas formas de organización de masas, apoyadas en éstas, creadas directamente por éstas, como el movimiento de las comisiones obreras, que tiene una cierta extensión entre los intelectuales; que en un futuro próximo ganará al campo y se desarrollará en él y que puede convertirse en la forma organizada de una amplia oposición popular. Este movimiento es el que puede crear, coincidiendo con el agotamiento del régimen, la situación revolucionaria, en la que pueden formarse ciertos partidos; pero ya no serán exactamente los correspondientes a ese esquema «liberal».

El proceso de organización de las masas, desde abajo, en las comisiones es uno de los rasgos originales de la situación española. Tan original que no tiene muchos precedentes; los libros no hablan de muchas experiencias semejantes en Europa occidental. Por eso los «ratones de biblioteca», los «eruditos» de ocasión tienen dificultad para penetrar en él y comprenderle. Sólo puede apreciarse su significación con una actitud creadora, marxista-leninista, con una percepción española y no «europea». Es muy fácil equivocarse cuando se quiere encerrar ese proceso en esquemas «europeos», y sobre todo cuando se prescinde de los antecedentes reales, de los caminos reales que han conducido a crear esos esquemas europeos.

La revolución española ha tenido, tiene y tendrá muchos rasgos originales, propios. España fue el primer país donde ha habido una dictadura de los obreros, los campesinos, la pequeña y media burguesía, ejercida por un variado arco de fuerzas políticas, desde los comunistas hasta los católicos, y apoyada en un régimen parlamentario. Esto sucedió en el período del 36-39. España es el primer país donde un régimen fascista típico, representando el poder del capital monopolista, se descompone y se hunde por sus propias contradicciones internas y la lucha de las masas, sin intervención militar exterior y sin lucha armada. Sin duda la diversidad y la originalidad de situaciones que esperan aún a España será grande, confirmando la genial previsión de Lenin sobre las vías hacia la revolución. Lo decisivo es que a través de ellas el Partido tenga un norte claro, definido, que corresponda a esta etapa: liquidar la dictadura fascista y realizar la revolución democrática antifeudal y antimonopolista.

 

<Documento-plataforma fraccional >

www.filosofia.org Proyecto Filosofía en español
© 2001 www.filosofia.org
Nuestra Bandera 1960-1969
Hemeroteca