Nuestra Bandera, revista teórica y política
del partido comunista de españa
· Madrid, enero 1965
número 40
páginas 67-73

Documento-plataforma fraccional de Fernando Claudín
acompañado de las «notas críticas» de la redacción
de «Nuestra bandera»

Comparaciones inconsistentes

Según un estudio del camarada Vicens hecho en 1962 y después en una reunión que hicieron camaradas economistas para examinar los problemas del desarrollo capitalista en España, en 1962 España produce poco más o menos las mismas cantidades de acero, electricidad, ácido sulfúrico, cemento, abonos nitrogenados, superfosfatos, automóviles y barcos que Italia en el año 50 al terminar el período de reconstrucción postbélica. A partir de ese nivel, en diez años, Italia dio el salto de todos conocido, convirtiéndose en un serio competidor de Francia.

Uno de los datos más elocuentes de este crecimiento industrial es el de la producción eléctrica española, que es uno de los índices más importantes de crecimiento industrial y en general de la modernización de un país. En España la producción eléctrica ha pasado de 3.476.000.000 de kilovatios hora en 1940 a 6.596.000.000 de kilovatios hora en 1950, a 18.614.000.000 de kilovatios en 1960, a 25.700.000.000 de kilovatios hora en 1963. En 1953 se publicó un plan decenal dividido en dos quinquenios que se proponía llegar en 1963 a los 22.662.000.000 de kilovatios hora; se ha llegado a los 25.700.000.000. En el consumo de la electricidad destaca el enorme aumento del consumo industrial y de tracción. En la productividad hay un aumento considerable. Se ha pasado de 205.000 kilovatios hora por obrero –año en 1951 a 449.000 kilovatios hora por obrero– año en 1962. Y en esto España, se encuentra prácticamente al nivel europeo. En España en 1954 –eso ha mejorado todavía posteriormente– la producción kilovatios hora obrero-año era 312.000, en Francia 372.000 y en Inglaterra 389.000.

En su intervención el camarada Santiago, argumentando que aunque a veces hayamos utilizado indebidamente el concepto de catástrofe económica, sin embargo, en realidad, la situación económica de España es una situación de catástrofe, agregaba que sería interesante explicar que la situación económica de España, aunque haya los dólares del turismo y las remesas de los emigrantes, es una situación de catástrofe. Yo creo que sería muy difícil explicar esto, porque no es ésa la situación.

Este desarrollo capitalista y este crecimiento económico, como ya he dicho, es, y no puede ser de otra manera, un crecimiento profundamente contradictorio, desigual, pero no contiene en sí mismo en la etapa actual ningún factor objetivo de tal envergadura que impida su avance. Uno de esos obstáculos graves sería si este desarrollo económico no incluyera en sí mismo la posibilidad de dar cierta satisfacción a la lucha de la principal fuerza social y política del país, la clase obrera industrial y el proletariado agrícola. Pero esta posibilidad existe como está demostrando la práctica. Hay además el factor del interés político de la burguesía, como señalaba con mucha razón Costa en su intervención, cuando refiriéndose al Plan de Desarrollo decía que tal vez simplifiquemos cuando decimos que ataca las condiciones de las masas, &c. Al mismo tiempo trata de resolver ciertas aspiraciones de las masas porque es la condición para evitar el estallido revolucionario. La aspiración a vivir mejor es muy fuerte y uno de los problemas que se plantea la burguesía es elevar en alguna medida la situación de las masas.

Es más, la lucha económica de la clase obrera, en estas condiciones concretas de avance rápido del desarrollo capitalista y del ritmo de industrialización dentro de la fase actual de auge económico, es uno de los factores más poderosos para impulsar todo el proceso, para impedir que éste descanse fundamentalmente en el aumento de la productividad a base de la intensificación del trabajo y obligar a que marche más por los cauces del progreso técnico.

El proceso actual incluye también la posibilidad de dar cierta satisfacción a importantes sectores de las capas medias, funcionarios, técnicos, administrativos y otras profesiones liberales, cosa que ya es muy visible, particularmente en las zonas más desarrolladas del país.

El proceso actual, al mismo tiempo que perjudica a ciertos sectores, empresas de la burguesía media y pequeña, ofrece posibilidades a otros, que son más importantes de lo que parece, e implica el desarrollo de nuevos sectores de esas capas. El proceso actual, aunque lleva a la ruina a las pequeñas explotaciones agrarias, al mismo tiempo es capaz de ofrecer a una parte de esa masa campesina una salida en la industria y otra parte la encuentra en la industria europea. Por todo ello, este proceso de desarrollo rápido en que ha entrado el capitalismo español tiene perspectiva durante una etapa cuyo limite hoy es difícil prever.

Y esto no niega, repito, todas sus contradicciones, contrastes, altibajos, &c. Estamos muy acostumbrados a ver este proceso a través de análisis parciales que tienden a mostrar, sobre todo, sus dificultades reales y su carácter de clase, &c., y sobre esa base diagnosticar un estado grave del paciente. Pero el paciente, por ahora, no está en ese estado. Tiene un cáncer sí, que le llevará a la tumba, como todo régimen capitalista, más grave que el de otros si queréis, pero no ahora ni en un futuro próximo. [68]

 

Nota crítica

F. C. completa su análisis con algunas comparaciones de las que, lo menos que puede decirse, es que son inadecuadas, precipitadas, traídas al debate sin la necesaria ecuanimidad y serenidad de juicio, con el ánimo –una vez más– de resaltar unilateralmente los aspectos brillantes del cuadro.

Tomemos la comparación con Italia. Es evidente que la preocupación por examinar a fondo la experiencia económica italiana es justa y que ésta debe ser objeto de un profundo análisis por nuestra parte. Pero no es menos evidente que las comparaciones entre experiencias diferentes han de hacerse sobre la base de una investigación seria, tomando en consideración todos los aspectos, económicos, sociales y políticos, del problema. Es claro que la comparación que hace F. C., ni siquiera responde a un esfuerzo inicial en esa dirección.

Niveles de producción comparables, en una u otra fecha, como otras similitudes que pudieran alegarse, tales como la importancia del auge turístico, de la emigración y las consiguientes remesas de fondos de los expatriados, las inversiones crecientes del capital extranjero, &c., han de ser colocadas en su verdadero contexto, a la vez económico-social e histórico; si no pueden dar lugar a transposiciones mecánicas.

No podemos abordar, en esta nota crítica, tal estudio. Cabe, sin embargo, señalar que frente a estas similitudes, las diferencias son fundamentales, comenzando por las existentes en la propia infraestructura.

La densidad de población en Italia es casi tres veces más elevada que en España (167 habitantes por km2, contra 61), factor muy importante cuando se trata de países situados en Europa occidental; la proporción de tierras labradas sobre la superficie total es, igualmente, más favorable en Italia (51,6 % de la superficie total, contra el 41,0 % en España).

No menos relevantes son las diferencias en la estructura económica, que algunos economistas españoles han sintetizado en la frase: «Nuestro Sur es más Sur que el de Italia, mientras nuestro Norte es menos Norte», reflejando con ello que, en tanto que el problema de la distribución de la tierra es todavía hoy en España más grave del que era en Italia antes de terminar la última guerra, la industria italiana del norte había alcanzado ya, antes de 1949/50 una densidad y un nivel técnico considerablemente más elevado que el nuestro; lo mismo puede decirse de la envergadura del capital monopolista y del capitalismo monopolista de Estado.

En Italia, la pequeña propiedad de menos de 5 hectáreas, ocupa el 32,8 % de la superficie total, en tanto que la gran propiedad de más de 100 hectáreas ocupa el 34,8 %.

En España, la pequeña propiedad (menos de 5 Has.) representa el 6,8 % de la tierra, mientras que la gran propiedad (más de 100 Has.) absorbe el 55,4 %. La polarización es considerablemente más pronunciada en España {Fuentes: Italia. Silvio Pozzani, «La Economía Italiana. Situazioni e problemi.» Edizioni di Comunitá; pág. 258. España. Primer Censo Agrario de España, 1962. El cuadro de la distribución de la tierra en Italia, en 1946, publicado en el «Anuario Estadístico de la Agricultura Italiana, 1943-46» (Roma) no permite la comparación exacta, puesto que en la estadística de Italia no figura la tierra de bosques (5.878.000 hectáreas). En dicho cuadro, la pequeña propiedad figura con un 31 % y la gran propiedad, con un 26 %.} [69]

En la producción industrial, F. C. enumera ciertos renglones en los cuales la producción actual de España se halla al nivel de Italia en 1950. He aquí un ejemplo típico de comparaciones estáticas. En 1950, efectivamente, Italia acababa de terminar el período de reconstrucción postbélica, pero la fuerza de la industria italiana tenía ya profundas raíces.

Por ejemplo, en acero, la producción actual española la había alcanzado Italia en 1929. En aquel momento, la producción italiana era, exactamente, el doble que la española. En 1962, con una producción italiana de 9.500.000 toneladas, frente a la española de 2.220.000 toneladas, la superioridad de Italia es de 4,3 veces {Todos los datos que siguen están tomados del volumen «Estadísticas Industriales 1900-1962», publicado por la O.C.D.E., París, 1964 y de «Cento Anni di Economía Italiana (1861-1960)», número especial de la revista «Mondo Economico».}.

En energía eléctrica, efectivamente, la producción actual española la alcanzó Italia en 1948; en ese momento, la proporción en favor de Italia era de 3,7. En 1962, la superioridad de Italia sobre España es sólo de 2,8 veces. En este sector nuestra situación ha mejorado. Pero F. C. simplemente «olvida» que –entre tanto– Italia ha desarrollado como fuente de energía el gas natural del Valle del Po, alcanzando en 1962 una producción de 7.150 millones de m3. y que, precisamente, disponer «in situ» de una energía muy barata constituye uno de los elementos que más han favorecido el «milagro italiano».

En cemento, la producción actual de España fue alcanzada por Italia en 1939. En 1929, la proporción en favor de Italia era de 1,9 veces; en 1962, la proporción en favor de Italia era de 3,1 veces.

La producción de abonos nitrogenados es el sector de nuestra industria química que presenta un balance más favorable. El incremento de nuestra producción es sostenido y muy importante, dado que aquí juega la necesidad de sustituir las cuantiosas importaciones que veníamos realizando. Así y todo, si Italia alcanzó nuestro nivel actual en 1950, su producción hoy supera a la nuestra de 5 veces.

En la construcción naval, el nivel actual de España lo alcanzó Italia por lo menos, a partir de 1920 (primera fecha que figura en las estadísticas). En 1929 el tonelaje de buques lanzados por Italia era doble que el de España. Aparte de ello, es notoria la tradición náutica y la importancia de la flota mercante italiana desde hace decenios. La flota mercante italiana alcanzó el nivel del millón de toneladas de buques, en 1870 y los dos millones, superando nuestro nivel actual, en 1925. Su marina mercante ha sido completamente renovada después de la guerra. La media de toneladas de buques lanzados por los astilleros italianos, entre 1957 y 1959, ha sido de 518.000 toneladas, contra 122.000 en España (4,2 veces más). La flota mercante aporta hoy a la Balanza de pagos italiana unos ingresos netos de alrededor de los 200 millones de dólares anuales.

Pero, donde quizá el estado de ánimo subjetivista de F. C. se pone más en evidencia es en la construcción de automóviles.

Nuestro nivel actual de producción de automóviles de turismo se alcanzó en Italia en 1937, pero lo fue, ante todo, sobre la base de una fábrica (la FIAT), con marca, patentes y diseños propios y dotada del equipo de investigación correspondiente. Así, recuperada la producción en 1949, Italia ha podido alcanzar rapidísimamente talla internacional en este sector, produciendo 877.800 automóviles de turismo en 1962, contra 67.300 en España. [70]

La producción de turismos en España ha venido creciendo en el último cuatrienio 1960-63, a un ritmo medio anual del 30 %. Es el ritmo más brillante de toda la industria y ha contribuido, en gran medida, al incremento global del índice de la producción industrial en ese período.

Veamos el juicio que merece al Servicio de Estudios del Ministerio de Comercio este sector industrial {«La Industria del Automóvil en España», por Rafael Manzanares López, «Información Comercial Española», octubre de 1964.}:

«En la actualidad existen cinco empresas fabricantes de turismos y quince produciendo vehículos industriales que, teniendo en cuenta las que fabrican ambos tipos de vehículos, hacen un total de 18 firmas independientes con una producción total media de sólo 7.000 vehículos por firma.
Con una producción total, en 1963, entre seis y veinte veces inferior a la de cada uno de los cuatro grandes países europeos, España cuenta con un mayor número de firmas establecidas en el sector.
Sólo una firma (la SEAT) ha conseguido superar, desde la iniciación de sus actividades hasta 1963, la producción acumulada de más de cien mil unidades en uno de sus modelos. El balance, tras doce años de existencia de la industria nacional de turismos, no es bueno; series raquíticas, costes elevados y precios aún más altos, dada la reserva, hasta ahora prácticamente total, del mercado.
La industria automóvil española tiene muy poca importancia a escala mundial. El proceso de concentración que ha tenido lugar en la industria mundial y que se va a intensificar en el próximo futuro, encierra ciertos peligros para la industria nacional, pero, al mismo tiempo, pone de manifiesto la imposibilidad práctica de independencia, excepto para alguna empresa aislada.
Ante el Mercado Común... la solución menos grave parece la integración, siempre que se adopten largos plazos... y las empresas españolas que se mantengan... se conviertan en verdaderas filiales de los productores internacionales».

Pero las raíces profundas y el nivel técnico de la industria italiana no sólo se ponen de manifiesto con estas cifras estadísticas. Las grandes empresas del norte de Italia tienen una vieja tradición: La Pirelli fue fundada en 1871; Breda, en 1885; la Montecatini, en 1885 la Fiat, en 1895; la Marconi, en 1895; la Alfa Romeo, en 1915, &c. En la lista de las cien principales empresas industriales del mundo capitalista, con exclusión de los EE. UU., establecida por la revista norteamericana «Fortune», la Fiat ocupa el 13º lugar; la Montecatini, el 40º; la Pirelli, el 41º y la Snia Viscosa, el 98º. En esa lista, Gran Bretaña figura con 30 empresas; Alemania, con 22; Francia, con 11; Japón, con 11; Canadá, con 8; Holanda, con 5; &c., &c. Ninguna empresa española tiene talla para ocupar un lugar en dicha lista.

Junto a estas diferencias en las estructuras económicas están las diferencias de orden político y de coyuntura internacional, en el examen de las cuales no cabe entrar aquí y que son, sin embargo, capitales, cuando se trata de abordar una comparación seria y marxista entre la situación de Italia y España. [71]

F. C. cita como uno de los datos más elocuentes del crecimiento industrial de España, el de la producción eléctrica. Nadie lo pone en duda, aunque un dato más preciso para medir el nivel económico de un país es el del consumo total de energía por habitante, expresado en su equivalente en hulla, ya que el consumo de una u otra clase de energía viene influenciado por las disponibilidades existentes en cada país y por el coste relativo de una u otra fuente energética.

En España, las condiciones para la explotación de la energía hidro-eléctrica son extremadamente favorables, como lo demuestra el hecho de que –aun siendo un sector extraordinariamente monopolizado que procura cuantiosos beneficios a las empresas eléctricas– el precio del kilovatio-hora sólo haya aumentado en cuatro veces, en relación con 1936, frente a un aumento general de los precios industriales de doce veces.

Por añadidura, las centrales hidráulicas se construyen en España –gracias al capitalismo monopolista de Estado– con los dineros de todo el pueblo, recaudados con el famoso «complemento r» que figura en los recibos de consumo eléctrico, quedando después de plena propiedad de las empresas privadas. Esto ha llevado incluso al Banco Mundial {Informe del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento: «El desarrollo económico de España», págs. 70 y 105.} a señalar que existe exceso de inversiones en centrales.

Todo ello contribuye a que, aun teniendo un índice global de consumo de energía por habitante –expresada en su equivalente hulla– muy bajo (850 kgs, contra 960 en Méjico, 1.118 en Argentina, 2.510 en Francia, 3.620 en Alemania, 5.120 en Checoslovaquia, 8.040 en Estados Unidos, &c.) {Anuario Estadístico de la O.N.U. - 1962.}, nuestro índice de desarrollo de la producción de energía eléctrica sea, efectivamente, muy elevado.

Pero aquí, como siempre, F. C. parece olvidar el mundo en que vivimos. Con todo nuestro crecimiento, la parte de España en la producción de energía eléctrica mundial, que era en 1932 del 1,08 %, ha descendido en 1961 al 0,84 %. Limitándonos a Europa y ateniéndonos sólo al último período, en el curso del cual se ha llevado a cabo el aumento de nuestra producción eléctrica, nuestra parte que era del 1,93 % en 1948, llegaba al 1,95 % en 1961. Es decir, nos hemos limitado a conservar nuestra posición relativa.

El índice de la producción eléctrica en 1961 (base: 1932 = 100) alcanzaba la cota 742. Es el índice más brillante de toda la economía española.

Sin embargo, en el Anuario Estadístico de la O.N.U. pueden encontrarse una treintena de países que tienen índices de crecimiento en la producción de energía eléctrica más elevados que el de España. Y ello, entre los países más adelantados (EE. UU., índice = 885; U.R.S.S. = 2.426; Gran Bretaña = 1.073) como entre los países más atrasados (Portugal, índice = 1.258; Venezuela = 3.190; Méjico = 783; &c.). Pero hay, además, cinco países que no sólo tienen un ritmo de crecimiento más rápido que el nuestro, sino que, produciendo en 1932 menos energía eléctrica que España, hoy nos han adelantado y alcanzan un volumen de producción superior al nuestro; éstos son: Polonia, Checoslovaquia, Brasil, Australia y África del Sur.

Pero, donde F. C. lleva hasta el extremo límite la utilización de datos [72] aislados para intentar servir a sus propósitos, es en el ejemplo que expone de la productividad en el sector eléctrico.

El tenía a su disposición datos muy completos sobre el nivel de la productividad en España en relación con los otros países. La única alusión –en todo su informe– al nivel de productividad del país, dato capital para juzgar el desarrollo y sus perspectivas, es un cómputo personal que él realiza sobre la producción de kilovatios-hora por obrero y año.

Todo el mundo sabe que en España el 80 % de la electricidad es hidráulica y el 20 % térmica, mientras que, por ejemplo, en Inglaterra es prácticamente en su totalidad de origen térmico y, en Francia, la proporción es de 60 % térmica y 40 % hidráulica. La producción térmica exige, normalmente, un mayor empleo de personal por kilovatio producido. Además, la productividad de un sector se mide en el conjunto del mismo y no en una de sus fases concretas, en este caso la generación de la energía, sin tener en cuenta la transmisión y la distribución.

Para responder cumplidamente a las tergiversaciones de F. C., tomemos del volumen «Productividad - Anexo al Plan de Desarrollo Económico y Social» {Comisaría del Plan de Desarrollo Económico. Presidencia del Gobierno, Edición del Boletín Oficial del Estado. Madrid, 1964.} el nivel de productividad de España, en relación con el de un conjunto de países de la O.C.D.E. {Dichos países son: Alemania (R.F.) (sin el Sarre), Francia, Italia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Grecia, EE. UU., Canadá, Gran Bretaña, Irlanda, Austria, Suecia, Suiza, Noruega, Dinamarca y España):

  Nivel de España en %
Producto interior bruto por habitante
Productividad en la Agricultura, Selvicultura, Caza y Pesca
Productividad en la Industria: Total
    En la Electricidad, Agua y Gas
Productividad en los Servicios
28,7
32,4
29,3
40,5
42,3

Ese es el nivel de la productividad en nuestro país, según las cifras oficiales de la propia Comisaría del Plan de Desarrollo. Pero hay aún otro aspecto más grave. Pese a nuestro bajo nivel actual, la productividad en España viene creciendo a un ritmo más lento que en los otros países.

Según la misma fuente, el incremento de la productividad ha sido el siguiente, en el quinquenio 1955-1960, advirtiendo que la Comisaría del Plan, al realizar sus cálculos, ha tomado el crecimiento de la productividad en España en el período 1955-61 por «estimarlo más representativo que el de 1960 real, muy influido por el Plan de Estabilización»:

  Crecimiento de la Productividad
  Media aritmética
del conjunto
de países España
España
 
Producto interior bruto por habitante
Productividad en la Agricultura, Selvicultura, Caza y Pesca
Productividad en la Industria, Total
    En la Electricidad, Agua y Gas
Productividad en los Servicios
(1955-1960)
4,26

4,28
4,46
6,74
3,97
(1955-1961)
3,87

4,70
3,28
5,17
3,69

Es decir, con la única excepción de la agricultura, donde el éxodo en masa se refleja en un aumento de la productividad ligeramente superior, en todos los demás sectores el ritmo de incremento de la productividad en nuestro país es más lento pese a nuestro punto de partida extraordinariamente bajo.

Una vez más, «si nosotros trotamos, a nuestro alrededor, el mundo galopa», como dice la Declaración de nuestro Partido.

En esta parte de su intervención F. C. cita, una vez más a su manera, palabras que atribuye al camarada Santiago Carrillo. Lo que él dijo, como se desprende, a pesar de todo, de la confusa frase de Claudín, fue que aunque en algunos momentos hayamos empleado indebidamente el concepto de «catástrofe» económica, aplicándolo a una situación concreta, juzgados globalmente los resultados de 25 años de dominio omnímodo de la dictadura fascista, se saldaban para España, en el plano histórico de su desarrollo económico, por una catástrofe.

Llegamos a la conclusión que F. C. ha venido preparando a todo lo largo de su análisis económico: «Este desarrollo no contiene en sí mismo, en la etapa actual, ningún factor objetivo de tal envergadura que impida su avance».

En esta frase se concentra, al mismo tiempo, toda la concepción rostowiana, no marxista, del desarrollo y toda la orientación política reformista de F. C.

Concepción rostowiana en cuanto ve el desarrollo como un proceso automático, autosostenido por sus propios mecanismos internos y, de hecho, aislado en una campana de cristal, sin relación con la sociedad en que se produce.

Reformista puesto que no pudiendo, pese a todo, negar el «obstáculo grave» que ese desarrollo puede encontrar en la lucha de las masas, lo descarta, alegando la posibilidad de la oligarquía de «dar cierta satisfacción» a las reivindicaciones de éstas.

Entre la posición de Costa que coloca en el centro la lucha de las masas y que, en función de ella, no descarta la posibilidad de que el capital monopolista tenga que hacer concesiones para intentar evitar el estallido revolucionario y la posición de F. C. que coloca en el centro la capacidad de la oligarquía para dirigir todo el proceso, su posibilidad e, incluso, su voluntad de otorgar ciertas concesiones que bastarían para adormecer al pueblo, para dar «salida» individual a sus problemas, hay un abismo: el abismo que separa una posición marxista revolucionaria de una posición reformista.

Nuestro Partido no elabora su política sobre la presunción del estallido de la guerra, ni de la «catástrofe económica», únicos «obstáculos objetivos» que F. C. ve a la vía de desarrollo reaccionario monopolista «durante una etapa cuyo límite hoy es difícil prever».

Nuestro Partido tiene en cuenta el freno que para esa vía de desarrollo representan las estructuras económicas y las superestructuras políticas existentes, la agudización de las contradicciones que su propio avance implica y las fuerzas sociales que esa agudización pone en movimiento.

Sobre estas premisas marxistas descansa la política del Partido, como se pone de manifiesto, reiteradamente, a lo largo de estas notas críticas. [74]

 

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