Nuestras Ideas. Teoría, política, cultura
Bruselas (Bélgica)
 
nº 1, mayo-junio 1957
páginas 46-60

Juan Diz
[ Manuel Azcárate Diz ]

La discusión sobre Menéndez y Pelayo

El centenario del nacimiento de Menéndez y Pelayo ha sido una ocasión, casi un pretexto, para que diferentes corrientes políticas e intelectuales españolas fijen posiciones ante problemas de candente actualidad. Una gran parte de los trabajos escritos con este motivo, aparte de su mayor o menor valor en orden al estudio de la vida y de la obra del escritor montañés, responden al objetivo de utilizar determinados rasgos de su personalidad para defender actitudes adoptadas ante la grave crisis española de hoy por diversas fuerzas políticas.

Desde ese ángulo vamos a examinar en el presente comentario la discusión habida en torno a Menéndez y Pelayo.

¿Cómo puede explicarse que el centenario de una personalidad conocida sobre todo por sus eruditos trabajos de historia literaria, lejos de quedar circunscrito a un círculo de especialistas o de hombres de letras, haya dado lugar a enconadas controversias intelectuales, a fuertes discusiones políticas, entrevistas, discursos, conferencias e incluso polémicas en la prensa diaria?

Recuérdese lo sucedido durante la dictadura de Primo de Rivera con el traslado de los restos de Ganivet. No se puede negar que se dan rasgos comunes –si bien con modalidades diferentes– entre lo que acaeció en 1926 y lo ocurrido hoy en ocasión del aniversario de Menéndez y Pelayo. Sobre todo en el aspecto siguiente: en ambos casos, el recuerdo de una figura del pasado ha servido para sacar a la superficie acuciantes problemas del presente.

Se trata de un fenómeno típico en las épocas en que una sociedad está preñada de un cambio político; en que los problemas de la actualidad llaman con tal vigor a las puertas de la historia que aprovechan cualquier vericueto para saltar a las primeras filas del escenario nacional. [47]

I. El objetivo gubernamental

Con razón ha escrito la revista Índice en su número de noviembre que la conmemoración de Menéndez y Pelayo ha tenido «una significación y acentuación política expresas».

¿De dónde ha partido la iniciativa de dar un desorbitado relieve al centenario de Menéndez y Pelayo? Todo indica que de algunas altas jerarquías de la Iglesia, y más especialmente del Opus Dei.

En los últimos años, varios obispos españoles han insistido, con pastorales y otros documentos, en la necesidad de borrar, o por lo menos de relegar a un segundo plano, a las figuras intelectuales españolas más prestigiosas de finales del siglo XIX y de la primera mitad del XX, y en particular de la llamada «generación del 98», a fin de conseguir que la vida cultural, la enseñanza, la discusión ideológica y literaria… giren en torno a otras personalidades caracterizadas por su ortodoxia católica y su reaccionarismo en materia política.

En este terreno, la Iglesia está perdiendo posiciones cada día, y a un ritmo acelerado, sobre todo entre las jóvenes generaciones. Es lógico que ello provoque hondas preocupaciones en las altas jerarquías eclesiásticas. Si hoy con dictadura, con censura, con toda clase de prohibiciones y de medidas represivas, el marxismo y las ideas democráticas en general se extienden y ejercen una influencia creciente entre los estudiantes, si hoy se declara en aulas y ateneos la admiración por poetas como Neruda, Alberti, Miguel Hernández; si hoy existe un movimiento patente de «retorno» a los autores españoles que –en mayor o menor grado, en una u otra época de su vida– han significado ruptura con la ortodoxia y apoyo a la causa de la democracia y del progreso, como Galdós, Clarín, Valle Inclán, Ortega, Baroja, García Lorca, Machado, &c.; ¿qué no será el día de mañana, cuando existan de nuevo en España condiciones políticas de normalidad civil y libertades democráticas que faciliten un diálogo público, libre, entre las diferentes familias espirituales?

Para hacer frente a los graves problemas que se le presentan hoy en orden a conservar su influencia ideológica, la Iglesia ha creído encontrar en Menéndez y Pelayo una figura intelectual cuya ortodoxia puede hacer contrapeso al crecimiento de las corrientes liberales y progresivas.

He aquí cómo ha presentado el general Jorge Vigón, recientemente nombrado Ministro de Obras Públicas –con ese exceso de arrogancia que muchas veces linda con la falta de perspicacia– los objetivos del Opus Dei en la celebración del centenario de Menéndez y Pelayo:

…«Deberíamos hacer lema nuestro para la España de hoy, con la seguridad de que en ella está la única esperanza de salud y la única actitud inteligente, la palabra que la seudointeligencia hizo un tiempo considerar como un estigma y como una afrenta: intolerancia.» [48]

«Y puestos a ello –agrega en un artículo publicado por el Diario Vasco del 16 de marzo de 1955– tampoco estorbaría aprovechar la ocasión para decir hasta qué punto el liberalismo sigue siendo incompatible con los principios que salimos a defender el 18 de julio…». En otro comentario, de la misma fecha, insiste en la necesidad de «invalidar en las conciencias juveniles» algunas de las afirmaciones de Ortega…

Es evidente que hechos políticos ocurridos en 1955 y 1956 han incitado al Gobierno, no sólo a apoyar los proyectos de la Iglesia y concretamente los del Opus Dei, sino a rodear del máximo aparato los actos de homenaje a Menéndez y Pelayo, concediendo a éste «honores de capitán general»{1} y organizando en Santander exequias solemnes presididas personalmente por Franco.

En el curso del año 1956, el crecimiento de las corrientes de oposición en los círculos intelectuales y universitarios se convirtió cada día en una preocupación más angustiosa para el Gobierno. La realidad está demostrando que la heterodoxia en el campo del pensamiento es, sobre todo en la Universidad, un terreno del que se salta muy pronto a la acción en la calle. La lucha ideológica y política siempre han estado estrechamente vinculadas en la Universidad española.

De ahí el interés de las esferas gubernamentales por centrar la vida cultural en torno a un católico ultra-montano como Menéndez y Pelayo, su afán de presentarle como el modelo en que deben inspirarse los estudiantes de hoy. Se trata de amansar las agitadas aguas de la Universidad y de la comunidad intelectual española, aplicando fuertes dosis de menendezpelayismo.

Tal empresa se caracteriza, desde su inicio por la posición defensiva en que se colocan tanto el Gobierno como el Opus Dei.

Hace varios años, Ibáñez Martín intentó un «retorno» a Balmes. El fracaso fue total. Escaso fruto ha obtenido la dictadura con sus esfuerzos por hinchar valores culturales artificiales. ¿Qué influencia ejerce hoy el pensamiento de Eugenio d'Ors o la poesía de Marquina?…

Ahora, apoyándose en el recuerdo de Menéndez y Pelayo, realiza la reacción española un nuevo intento por canalizar la vida intelectual por los derroteros que considera más convenientes para ella, o menos perjudiciales.

Pero mientras tanto, lo que crece es la influencia de las ideas progresivas, pese a la persecución de que son víctimas.

Por otro lado, si el Gobierno, ciertos monárquicos, el Opus Dei y otros grupos reaccionarios, coinciden y cooperan en el esfuerzo por utilizar el centenario de Menéndez y Pelayo para frenar y contrarrestar las corrientes democráticas, conviene sin embargo señalar que el ámbito de esa coincidencia es bastante limitado.

La falta de cohesión existente entre los grupos fascistas y reaccionarios se ha puesto de relieve en las mismas ceremonias oficiales de Santander presididas por Franco. Estas se asemejaron al despedazamiento espiritual del cadáver de [49] Menéndez y Pelayo: Pemán presentando a éste como el símbolo de la causa monárquica; el Obispo Herrera reclamando a Menéndez y Pelayo para la Acción Católica; Rubio haciendo valer los derechos del régimen y del Opus Dei.

Por otro lado, también estaba presente, pero callado, Marañón, representante de tendencias liberales.

Esas fuerzas centrífugas, que hasta en los funerales oficiales de Menéndez y Pelayo se han hecho sentir, reflejan un fenómeno político de gran importancia; entre muchos de los grupos que colaboran hoy, en mayor o menor medida con Franco, predomina cada día más el propósito, no tanto de curar o fortalecer un régimen en estado comatoso, sino de preparar tales o cuales soluciones con vistas a un cambio político considerado como inevitable.

II. El Opus Dei y Menéndez Pelayo

El Opus Dei, y los intelectuales y hombres políticos que actúan bajo su inspiración, se presentan como los discípulos auténticos, como los «continuadores» de Menéndez y Pelayo. Ensalzan a éste como el creador de sus doctrinas. Intentan así capitalizar en su beneficio exclusivo el brillo de que esta figura ha sido revestida en ocasión de su centenario.

A tal fin han empleado ampliamente las importantes posiciones que tienen en el aparato gubernamental. Mucho de lo publicado con patrocinio y financiamiento oficial sobre Menéndez y Pelayo ha sido dirigido por gentes del, o por lo menos ligadas al Opus Dei.

Las tesis principales de los opusdeístas acerca de Menéndez y Pelayo, definidas en primer lugar por Calvo Serer, y también en artículos, discursos o publicaciones de Pérez Embid, Rubio, Jorge Vigón, Muñoz Alonso y otros, se caracterizan por los dos rasgos siguientes: a) Una exageración ridícula de la importancia real de Menéndez y Pelayo, sobre todo en el dominio de la filosofía y de la política. El ministro Rubio le ha definido como «el constructor de la conciencia nacional de su pueblo». Muñoz Alonso le presenta como «un filósofo de cuerpo entero», cosa que el propio Menéndez y Pelayo negó durante su vida, b) Una interpretación completamente arbitraria, caprichosa, de algunas ideas, de algunos rasgos de la vida de Menéndez y Pelayo, encaminada a convertir a éste poco menos que en un precursor del movimiento franquista.

Rafael Calvo Serer atribuye al historiador santanderino el mérito de haber fundado «una teoría política nacional»; hace suyo el juicio de Onésimo Redondo que calificó antaño a Menéndez y Pelayo de «padre del nacionalismo español revolucionario»… «Don Marcelino –escribe Calvo Serer– es el gran arquitecto que ahonda en el pasado, no con el afán de rebuscar naderías muertas, sino para hallar los materiales con que luego edifica la construcción ideológica en la que se salva la tradición y nos permite hoy haber recobrado la conciencia nacional… [50] No es pues extraño que fuesen unidas las ideas de Menéndez y Pelayo y los acontecimientos de 1936…»

Calvo Serer coloca bajo el patrocinio de Menéndez y Pelayo, de un lado la sublevación franquista de 1936, de otro los planes del Opus Dei enfilados a preparar el advenimiento de una monarquía reaccionaria en la que se entremezclen «la tradición» de los métodos inquisitoriales y la «modernidad» del sistema corporativo de Salazar.

Ahora bien, lo interesante, para tener una idea real de la correlación de fuerzas que existe hoy en la vida intelectual española, no son tanto las tesis del Opus Dei, sino la amplitud con que esas tesis –apoyadas en muchos casos oficialmente– han sido criticadas y condenadas, incluso en muchas publicaciones que aparecen legalmente, es decir sometidas a la censura.

Gentes de tendencias muy diversas han manifestado su indignación ante los procedimientos, carentes de honestidad intelectual, que han sido empleados para presentar una imagen de Menéndez y Pelayo previamente amoldada a los cánones del Opus Dei.

José María de Cossío ha escrito a este respecto: «Sería también desajustado hasta lo inverosímil el que Menéndez y Pelayo pudiera ser considerado como precursor de doctrinas hasta hoy preponderantes que ni podían preverse en su época; ni la disposición de espíritu notada en él era propicia a sentir su necesidad». Y agrega que es posible «erigirle en símbolo y bandera, pero no de división ni de discordia, sino de síntesis y de resumen de aspiraciones hispánicas, como árbol cuya sombra borre todas las disensiones honradas de los españoles».

Marañón ha protestado «contra los que han querido en estos últimos tiempos utilizar las ideas de Menéndez y Pelayo, no como un gesto de valor universal, sino como banderín de política pequeña…»

El católico Sainz Rodríguez critica «a algunos que alegremente intentan convertir su obra en banderín de partido».

También han sido numerosas las protestas originadas por los desorbitados elogios de los opusdeístas y del gobierno, que han deformado por completo el carácter real de la aportación de Menéndez y Pelayo a la cultura española. En la revista Papeles de Son Armadans, Aranguren escribe: «la literatura casi hagiográfica que se está produciendo con motivo de su centenario amenaza convertirle en una especie de Lepanto intelectual, apto solamente para grandilocuentes discursos». En un sentido paralelo, el profesor Bustamante tuvo que recalcar en una conferencia que «lo único que pretendió el polígrafo fue ser un historiador y un crítico».

Pero la reacción contra el Opus Dei ha ido más lejos aún: La interpretación de Menéndez y Pelayo, generalmente admitida, tanto en la época monárquica como en tiempos de la República, era la de considerar a éste como una personalidad predominantemente reaccionaria, ultramontana.

En cambio en los últimos años, y sobre todo con motivo del centenario, asistimos a la aparición de una interpretación nueva de Menéndez y Pelayo, avalada por figuras del máximo relieve, plasmada en libros, conferencias, artículos de revistas, &c., la cual destaca en Menéndez y Pelayo todos los rasgos que acusan una actitud algo liberal, propensa a la tolerancia, abierta a la comprensión y a la convivencia [51] entre españoles de diferentes ideologías. Esta interpretación nueva surge en polémica abierta –en ciertos casos aguda– con las tesis de los círculos gubernamentales y del Opus Dei. En sus manifestaciones extremas, esta interpretación nueva salta de un polo al otro y presenta a Menéndez y Pelayo como un símbolo de tolerancia y de liberalismo.

Este choque entre la interpretación opusdeísta y la interpretación liberal de Menéndez y Pelayo no se debe a una divergencia de apreciación histórica. Acerca de una personalidad contemporánea, y que ha expuesto además sus ideas en una obra escrita considerable, no cabe la posibilidad de una controversia propiamente histórica. El problema es de otra índole. Es un problema político. A través de las loas a tales o cuales actitudes de Menéndez y Pelayo, diferentes personalidades intelectuales españolas definen y airean su posición ante el problema político  nacional: unas en favor de la dictadura o de soluciones reaccionarias; otras en favor de soluciones liberales, democráticas, de reconciliación y convivencia.

Y lo que precisamente ha salido a flote en la discusión en torno a Menéndez y Pelayo, lo que ha sido puesto de relieve con gran claridad y fuerza, es la amplitud que han cobrado ya, pese a la represión y a la censura, estas actitudes de signo oposicionista.

III. Contradicciones en Menéndez y Pelayo

El problema de cuál de estas interpretaciones de Menéndez y Pelayo se ajusta más a la realidad histórica queda fuera del ámbito del presente artículo. Pero hay otra cuestión previa de la que es imprescindible decir al menos algunas palabras: ¿Cómo es posible que en torno a dicha personalidad hayan podido surgir interpretaciones tan opuestas? ¿Cómo puede un mismo hombre ser presentado, por unos como símbolo de tolerancia, y por otros de intolerancia? Y sobre todo ¿cómo es posible que, precisamente ahora, se haya operado esta «transfiguración» de Menéndez y Pelayo, hasta el punto de que sea esgrimido por muchos autores como bandera de liberalismo? En nuestra opinión, no se trata de que se han puesto hoy al descubierto nuevos hechos, antes desconocidos, de la vida de Menéndez y Pelayo. No ha ocurrido nada de ese género.

Un factor esencial a tener en cuenta para enfocar esta cuestión es la diferencia entre la sociedad española en la que vivió Menéndez y Pelayo y las condiciones en que ésta se halla hoy bajo la dictadura franquista. En el país de los ciegos, el tuerto es rey. Cuando los españoles carecemos hasta de las libertades humanas más elementales, como sucede hoy, algunas actitudes y rasgos de la vida de Menéndez y Pelayo adquieren un valor distinto del que tenían en otras épocas. Podríamos decir que se destacan con matices claros sobre el fondo de negrura de la dictadura franquista. Por eso no está de más recordar aquí algunos rasgos de la España en la que vivió Menéndez y Pelayo. [52]

Inicia éste su vida a raíz de la Restauración borbónica, o sea de la derrota de la Primera República. Los sectores más avanzados de la burguesía acaban de sufrir una derrota aplastante. Las características de esta derrota han convencido a dichos sectores de su total impotencia política.

En el plano de la vida cultural –en el que esas capas burguesas avanzadas siguen ejerciendo una influencia considerable– la convicción arraigada en ellas de su impotencia política les lleva a adoptar posiciones como las siguientes: búsqueda de inspiración y apoyo en teorías extranjeras, concentración de sus esfuerzos en pequeñas capillas para crear «minorías selectas»; mezcla de una excesiva modestia hacia fuera y de un sentimiento íntimo de superioridad ante la sociedad circundante{2} (que a veces se convierte en desprecio al pueblo o en paternalismo), &c., rasgos que se dan en ciertas actividades de la Institución Libre de Enseñanza.

En el terreno político, las castas feudales y la gran burguesía gobiernan casi sin problemas, por lo menos sin peligro. La vida política en las alturas está amodorrada por el runrún del «turno» de liberales y conservadores.

Los problemas básicos que fermentan en las entrañas de la sociedad sólo aparecen en la superficie de un modo esporádico y efímero. Estas condiciones permiten a las clases dominantes combinar los métodos del caciquismo, de la corrupción política y de la represión brutal en casos de necesidad (para acallar las aspiraciones democráticas de amplias masas del país) con la concesión de libertades políticas, de prensa, de reunión, de asociación, y de libertades aún más sustanciales en el terreno de la vida intelectual.

En este marco, la carrera de Menéndez y Pelayo fue, no sólo triunfal, sino rapidísima. Era hijo de un profesor de Instituto. Su padre era progresista, por lo tanto un hombre de ideas avanzadas para su época.

Aun no concluidos sus estudios, con gran brillantez, el joven Menéndez y Pelayo, estimulado por su profesor Laverde, se lanza con audacia a una controversia pública con figuras de reconocido prestigio intelectual. Desde esos primeros pasos, su actitud se asienta en los dos rasgos siguientes:

—Conformismo político, cuando la predominante en muchos círculos intelectuales era una actitud liberal, de oposición a la monarquía y al oscurantismo.

—Una gran erudición, una capacidad de estudio poco común, cuando las derechas españolas eran, en el terreno intelectual, un verdadero páramo.

La combinación de esas dos características habían de granjearle grandes facilidades para su vida, para su carrera.

Los liberales, al apoyar y elogiar a Menéndez y Pelayo, hacían gala de imparcialidad, demostrando que apreciaban al intelectual incluso cuando éste era derechista y católico.

Las derechas, conservadoras y tradicionalistas, ensalzaban a Menéndez y Pelayo, porque era casi el único «ejemplar» que podían presentar de un hombre [53] católico y clerical, y a la vez de una reconocida solvencia en una rama de la cultura.

Así Canovas le hizo diputado en dos ocasiones. fue senador por la Universidad de Oviedo, una vez elegido con el apoyo de las izquierdas, y en particular de los republicanos, y otra vez como candidato tradicionalista.

En la elección de Presidente de la Academia Española, en 1906, Menéndez y Pelayo fue derrotado por el católico y reaccionario Alejandro Pidal, el cual había sido su jefe político en el ala extrema derecha del partido canovista. Contra esta elección protestaron, tomando la defensa de Menéndez y Pelayo, figuras literarias y políticas de izquierdas. Una protesta solemne fue firmada, entre otros, por Baroja, Azorín, Luis Bello, los Álvarez Quintero, Diez Cañedo, Julio Camba, Felipe Trigo, Antonio Machado, Manuel Azaña, Álvaro de Albornoz, &c.

En estas coyunturas, Menéndez y Pelayo se «dejaba querer» por las izquierdas, lo mismo que en otras ocasiones hacía cuando le apoyaban las derechas. En muy abundantes hechos de su vida, y particularmente en su amistad con hombres republicanos e incluso anticlericales, aparece un Menéndez y Pelayo que pese a las frases intransigentes de muchos de sus escritos, pese a su defensa de la Inquisición, vivía perfectamente a su gusto en una sociedad en la que intelectuales de encontradas y opuestas tendencias discutían libremente, polemizaban, mantenían entre sí relaciones de convivencia civil. Su conformismo ante la Iglesia, y ante los demás poderes constituidos de la monarquía, hacía muy buenas migas con grandes dosis de eclecticismo.

El contraste entre este ambiente en el que transcurrió la vida de Menéndez y Pelayo, entre aquellas libertades consideradas entonces como obvias y normales, y la situación presente de falta absoluta de libertad, de persecución al pensamiento heterodoxo o progresivo, he ahí una circunstancia concreta que da pie para que la celebración del centenario de Menéndez y Pelayo haya podido servir de plataforma para criticar y atacar al actual régimen.

IV. El problema de la libertad intelectual

La discusión en torno a Menéndez y Pelayo en las publicaciones legales españolas ha sido en líneas generales triangular. De un lado los opusdeístas y los círculos gubernamentales. De otro, en las filas de la oposición, han hecho acto de presencia dos corrientes fundamentales:

—Una, de carácter predominantemente liberal, desde luego con ramificaciones muy diferentes, vueltas unas hacia el pasado, enfiladas otras hacia el porvenir con un contenido en ciertos casos más democrático. Esta corriente se halla representada por Marañón, Azorín, Dámaso Alonso, Laín Entralgo, algunas revistas literarias y estudiantiles, &c. [54]

—Otra, católica, que actúa en el seno de la Iglesia con el apoyo público de ciertas jerarquías, está vinculada estrechamente a los círculos dirigentes de la democracia cristiana. Entre sus representantes se pueden citar a Sánchez de Muniaín (antiguo subsecretario con Ruiz Jiménez), a Sainz Rodríguez, al arzobispo de Granada, cuya intervención personal en la polémica sobre Menéndez y Pelayo ha dado lugar a muchos comentarios.

Nos interesa examinar ahora cuales son los rasgos de la vida y de la obra de Menéndez y Pelayo en los que estos autores, liberales y democristianos, han puesto el acento en sus estudios y comentarios. Obtendremos quizás una visión algo parcial de lo que ha representado históricamente la personalidad de Menéndez y Pelayo; pero en cambio conoceremos mejor algunas de las aspiraciones de esas corrientes intelectuales en el momento presente de España.

Los liberales, y especialmente Marañón, presentan a Menéndez y Pelayo como un «precursor de la mentalidad postliberal, en cierto modo neo-liberal».

La actitud de Menéndez y Pelayo ante el problema de la libertad ha sido uno de los temas más debatidos. Es un tema que está hoy en carne viva. Los opusdeístas han aireado mucho la defensa de la Inquisición hecha por el historiador santanderino. Los liberales y algunos católicos han respondido aportando elementos demostrativos de una actitud mucho más comprensiva de Menéndez y Pelayo ante el problema de la libertad. Han recordado diversas frases suyas en favor de la libertad intelectual. Una de las más frecuentemente citada es la siguiente: «Cuánto hubiera ganado la cultura española prosiguiendo con viril energía aquella senda de racional libertad, sin sobrecogerse con escrúpulos monjiles ni lanzarse a ciegas temeridades, puestos los ojos en el sol de la verdad cristiana, pero sin amenguar ni uno solo de los derechos que a la razón en su esfera propia legítimamente pertenece».

Indisolublemente ligado al problema de la libertad está el de la actitud ante la heterodoxia: en el fondo, el problema del «derecho a la heterodoxia» no es más que un aspecto del problema de la libertad de pensamiento. ¿Cuál fue la actitud de Menéndez y Pelayo ante los heterodoxos?

A la historia de éstos ha dedicado su libro famoso, sin duda el más importante de toda su obra. El objetivo del libro, así lo dice repetidas veces y de un modo explícito, es condenar la heterodoxia. Pero la realidad, que resplandece en no pocas páginas del libro, es que Menéndez y Pelayo sentía admiración y simpatía hacia algunas de las grandes figuras intelectuales españolas que fueron heterodoxas. El mismo ha escrito: «Creo que hasta podrá tachárseme de cierto interés y afición, quizá excesiva, por algunos herejes, cuyas cualidades morales o literarias me han parecido dignas de loa…»

Es más. Esa obra escrita en defensa de la ortodoxia católica, resulta en la práctica, por efecto de los elementos objetivos que en ella se recogen, un homenaje, involuntario pero real, a la importancia de la contribución que los heterodoxos han prestado a la cultura nacional.

En este orden creemos que, independientemente de muchos juicios erróneos, y en ciertos casos hasta indignos de un hombre de ciencia (sobre todo en el tomo VII) los hombres progresivos españoles debemos gratitud a Menéndez y Pelayo por lo mucho que ha trabajado, quizá inconscientemente, para poner de [55] relieve el vigor y la riqueza de las tradiciones materialistas y heterodoxas de la cultura española, de las que somos los marxistas continuadores.

La invención opusdeísta de que Menéndez y Pelayo fue el creador de una nueva doctrina filosófico-política ha sido rebatida por numerosos comentaristas, los cuales han demostrado que su aportación verdadera a la cultura española ha consistido principalmente en haber estudiado y dado a conocer obras de autores españoles del pasado, algunos de ellos ignorados o injustamente despreciados. Su obra creadora es escasa, y casi toda ella está constituida por comentarios a escritores de siglos pretéritos.

Menéndez y Pelayo vivió la mayor parte de su vida muy alejado, no sólo de los problemas políticos, sino incluso de los problemas ideológicos de su época. No supo nada del marxismo. El concepto que tiene del socialismo es de lo más burdo y primitivo. El problema social –que entonces preocupaba ya grandemente a la Iglesia, como lo demuestra la publicación de la Encíclica Rerum Novarum– fue totalmente ignorado por él. Su polémica con las doctrinas liberales del siglo XIX, en el tomo VII de los heterodoxos, es de una pobreza lamentable. En cambio, donde aparece el talento de Menéndez y Pelayo es en las páginas en las que comenta a Ramón Lull o a Vives, a Rojas o a Calderón…

Es significativo que, en la discusión actual sobre Menéndez y Pelayo, no pocos comentaristas se han dedicado a mostrar que éste, incluso en muchos de sus juicios sobre la historia de la literatura y de la filosofía, no fue, ni mucho menos, de una ortodoxia ejemplar.

Siendo hoy el tomismo la doctrina oficial en la Universidad, varios autores han subrayado la antipatía de Menéndez y Pelayo por el tomismo, citando algunas frases suyas a este respecto, tales como las siguientes:

«La verdad total no la ha alcanzado el tomismo ni ninguna filosofía, como tal filosofía, pero debemos aspirar a ella.» «Todo el que ha filosofado ha sido alternativamente, y en mayor o menor escala, escéptico y dogmático.»

En cuanto a los gustos literarios de Menéndez y Pelayo, en diversos estudios se ha puesto de relieve su admiración por la literatura realista, y en particular por ese realismo popular que brota con acentos tan maravillosos desde los primeros balbuceos de la novela española, en esas obras que con tanto cariño ha estudiado el historiador santanderino, sin esconder que en ellas aparecen acusaciones contra los poderosos, contra la desigualdad social, contra picardías y concupiscencias de gentes de sotana y hábito…

También ha sido recordado el aprecio que tenía por el gran escritor materialista francés Diderot –el prosista preferido de Carlos Marx–. Menéndez y Pelayo calificó a Diderot como «el escritor más genial y menos anticuado de su tiempo a pesar de sus inmensas aberraciones de pensamiento y estilo».

Dámaso Alonso ha subrayado la predilección de Menéndez y Pelayo por el clasicismo latino, e incluso por el paganismo: «El católico a machamartillo –escribe– el enamorado de toda la cultura española tiene, en literatura, en arte, un gusto clásico. Y no es un gusto exactamente clásico-cristiano. Esa simbiosis clásico-cristiana a él le place, sí; es la que admira, por ejemplo, en Fray Luis de León; pero la que él practica es clásico-pagana hasta el tuétano («en arte soy pagano hasta los huesos», declara)…» [56]

Muchas de estas actitudes de Menéndez y Pelayo son recordadas, y resaltadas ahora con el fin evidente de contraponerlas a las condiciones en que se desenvuelve hoy la vida intelectual. Es una forma indirecta de reclamar libertad para que los intelectuales puedan exponer sus opiniones propias sin censura previa, sin temor a ser víctimas de medidas represivas.

Marañón concluye su estudio sobre Menéndez y Pelayo con un fervoroso canto a la libertad. «Y por encima de la nieve y el hierro –escribe– la libertad, las «auras de libertad», puestas, como cimera de nuestro espíritu, por el mismo Dios; la misma libertad que el alcalde de Zalamea excluía del Poder de los reyes; la que para él, para Menéndez y Pelayo, el tradicionalista, era indispensable para cumplir la obra santa de la creación».

V. La convivencia entre españoles

En una medida apreciable, la discusión sobre Menéndez y Pelayo se ha centrado en torno a este problema, tan actual, de la necesaria convivencia entre españoles de opiniones e ideologías diferentes y opuestas.

Los opusdeístas han destacado algunos planteamientos y frases del crítico montañés particularmente intransigentes, intolerantes. Pero les han salido al paso prestigiosos escritores liberales y democristianos, Marañón, Laín, Sánchez de Muniaín, incluso el arzobispo de Granada, los cuales han puesto el acento sobre otra faceta, distinta, opuesta, de la personalidad de Menéndez y Pelayo.

De esta controversia ha habido diversas manifestaciones:

Hace ya bastante tiempo, el general opusdeísta Jorge Vigón publicó unos trozos escogidos de Menéndez y Pelayo sobre la historia de España; la selección fue confeccionada sin la más mínima objetividad, con un criterio partidista, cerril; de ella se desprendían quizás las opiniones de Vigón, pero las de Menéndez y Pelayo quedaban mutiladas y trastocadas.

El escritor católico Sánchez de Muniaín ha preparado una selección de trozos de Menéndez y Pelayo, publicada este año, muy diferente de la anterior. Es objetiva. En ella se recogen los planteamientos en que Menéndez y Pelayo defiende actitudes de transigencia y tolerancia. Frases de su amistad con personas liberales y ateas; hay incluso trozos de Menéndez y Pelayo escritos en catalán. Se incluye una frase en la que éste aboga por «aquella tolerancia científica del espíritu crítico y aquella inteligencia de las ideas más opuestas, que forzosamente trae consigo el estudio de la historia, y que es su más positiva ventaja».

Un hecho que merece ser destacado, por su importancia política, es que esta selección de Sánchez de Muniaín ha sido publicada en el periódico YA.

Probablemente el rasgo de la vida de Menéndez y Pelayo al que con más insistencia se ha hecho alusión, en numerosos artículos, conferencias y libros, [57] es el de su amistad con personalidades democráticas como el krausista Clarín, autor de la La Regenta, y sobre todo con Galdós.

Marañón, que fue durante su infancia testigo de estas últimas relaciones, las describe en los siguientes términos: «La continua controversia ideológica y política parecía que con su calor consolidaba el lazo de su mutuo afecto y de la noble admiración que se profesaban. De los beneficios que debo a aquellas mis relaciones infantiles ninguno puede compararse al ejemplo de aquel espectáculo de tolerancia, tan leal y ejercido por tan insignes maestros».

El Arzobispo de Granada, en un amplio artículo publicado en Ecclesia, aprueba y elogia esos comentarios de Marañón. Es más, reproduce íntegra la apreciación, crítica, pero llena de respeto, dada por Menéndez y Pelayo sobre el contenido ideológico de las obras más avanzadas de Galdós en el discurso pronunciado al recibir a éste en la Real Academia Española. Sobre las relaciones entre ambos, escribe el Arzobispo: «…cultivaron ambos escritores una sincera amistad durante muchos años, renovada especialmente los veranos junto a las playas del Sardinero. Separábanles las ideas en materias importantes, sin que por eso se rompiese ni entibiase su mutua admiración y amistad».

Y conviene recordar que Galdós, no sólo fue diputado republicano, sino que afirmó públicamente sus simpatías socialistas.

«Voy a irme con Pablo Iglesias –declaró en 1910–. Él y su partido son lo único serio, disciplinado, admirable que hay en la España política.»

El Arzobispo de Granada cita en su artículo la siguiente frase de Menéndez y Pelayo, cuya actualidad política es obvia:

«Es tal mi respeto a la dignidad ajena, me inspira tanta repugnancia todo lo que tiende a zaherir, a mortificar, a atribular un alma humana hecha a semejanza de Dios y rescatada con el precio inestimable de la sangre de su Hijo, que aun la misma censura literaria, cuando es descocada y brutal, cínica y grosera, me parece un crimen de lesa humanidad, indigna de quien se precie del título de hombre civilizado y del augusto nombre de cristiano…» (Subrayado nuestro).

Como colofón de su artículo, el Arzobispo de Granada escribe lo siguiente:

«Medio se van a escandalizar algunos lectores cuando sepan que hasta con los krausistas, que tanto se le atragantaron, fue indulgente don Marcelino, incluso en sus años mozos, e invocando por añadidura, la anchura del criterio y de espíritu…» (Subrayado nuestro).

No es difícil adivinar quienes son esos «lectores» cuyo escándalo prevé de antemano el Arzobispo de Granada. Los opusdeístas han aireado las frases más hirientes empleadas por Menéndez y Pelayo en algunos de sus escritos juveniles contra los krausistas. Mas diversos autores, liberales y católicos, han subrayado que en la actitud del historiador se produjo en ese orden una importante evolución. En varias publicaciones, ha sido citada la frase de éste, escrita en 1910:

«…Si ahora escribiese sobre el mismo tema lo haría con más templanza y sosiego, aspirando a la serena elevación propia de la historia, aunque sea contemporánea, y que mal podía esperarse de un mozo de veintitrés años, apasionado e inexperto, contagiado por el ambiente de polémica, y no bastante dueño de su pensamiento ni de su palabra.» {58]

Escritores de horizonte tan diverso como J.-M. Cossío, Sainz Rodríguez, Marañon, Laín, &c., ponen el acento en la importancia de esta evolución hacia la tolerancia que se operó en la vida de Menéndez y Pelayo, evolución cuya realidad Calvo Serer no puede negar, si bien la atribuye un valor nulo, un carácter «accidental».

Dámaso Alonso ha dedicado un artículo en Arbor a examinar concretamente estas rectificaciones de Menéndez y Pelayo. En él cita diversos ejemplos interesantes, sobre todo en el terreno literario, como su actitud ante Heine, el poeta revolucionario alemán, amigo de Marx. Le despreció al principio, para convertirse luego, según sus propias palabras «en el más ferviente de sus admiradores y el más deseoso de propagar su conocimiento en España». La conclusión que de ese estudio saca Dámaso Alonso no se limita al ámbito literario. «Se dio cuenta –escribe– que aun en los criterios estéticos y literarios es necesario convivir que es, sin compartirlos, comprender el punto de vista de los contrarios…» (el subrayado es nuestro).

En ese mismo tema de la convivencia ha centrado el periódico estudiantil La Hora su aportación al centenario de Menéndez y Pelayo, publicando unas cartas intercambiadas entre éste y Clarín sobre unas elecciones senatoriales de la Universidad de Oviedo, en las que el autor de La Regenta y otros electores krausistas y republicanos, dieron su voto al autor de los Heterodoxos. Elecciones llevadas a cabo en medio de una discusión libre de las diversas tendencias, esos recuerdos del pasado que La Hora invoca, ¡cuan cargados están de un significado político para hoy!

Partiendo de la actitud adoptada por Menéndez y Pelayo en el terreno de las relaciones con personalidades de ideologías opuestas a las suyas, Laín Entralgo ha podido utilizar ese ejemplo para defender la tesis de la integración de las dos Españas, abogando así por una política de reconciliación y de convivencia entre españoles de diferentes ideas políticas y convicciones filosóficas. «La intención permanente de Menéndez y Pelayo –escribe– desde su aparición dentro del horizonte histórico español, fue superar, católica, creadora y científicamente, dentro de una caliente fidelidad a Cristo y a la historia de España, la cruenta e inútil antinomia de la España del siglo XIX…»

Otra de las actitudes de Menéndez y Pelayo que ha sido recordada y comentada abundantemente, porque tiene asimismo una gran actualidad en relación con los problemas políticos de hoy, es la que adoptó ante el problema nacional, y sobre todo acerca de Cataluña. Diversos comentaristas han subrayado cuánto admiraba Menéndez y Pelayo la lengua catalana. Y no sólo la admiraba. La conocía, la hablaba, y la consideraba lógicamente, como la lengua nacional de los catalanes. En una polémica con el historiador francés Reulet, acerca de los orígenes de Sabunde, escribe:

«…Dícenos el abate Reulet que él sabe el español (sic) y que no ha encontrado castellanismos en la «Teología Natural». ¿Y cómo los había de encontrar si Sabunde fue barcelonés? ¿Ignora el respetable clérigo que los barceloneses, lo mismo ahora que en el siglo XV, no tienen por lengua materna el castellano, sino el catalán?…»

En ocasión de una visita de la Reina Regenta María Cristina a Barcelona, Menéndez y Pelayo pronunció, en su presencia, un discurso en catalán. El recordar [59] hechos de esta índole, en las presentes condiciones políticas de nuestro país, implica a todas luces una crítica a la política gubernamental en esta materia.

El escritor Sainz Rodríguez, y otros comentaristas, han citado en relación con este problema, la siguiente frase de Menéndez y Pelayo: «Vino después el formidable sacudimiento de la guerra de la Independencia, que por lo mismo que era un movimiento genuinamente español, despertó y avivó toda energía local, organizando la resistencia en la forma espontánea de federalismo instintivo que parece congénito a nuestra raza y que quizá la ha salvado en sus mayores crisis.» (El subrayado es nuestro).

Sainz Rodríguez saca la conclusión de que Menéndez y Pelayo «pensaba que el federalismo de las regiones es la forma de gobierno natural en España».

¿Qué conclusiones se desprenden de este resumen que hemos esbozado de algunas facetas de la discusión en torno a Menéndez y Pelayo?

La primera, el evidente fracaso del Gobierno y del Opus Dei. Pese a la censura, a la falta de libertad, al control oficial sobre las publicaciones, no han podido conseguir que el centenario de Menéndez y Pelayo transcurriese en el ambiente deseado –y preparado– por ellos. Incluso se puede decir, sin exageración, que el tiro les ha salido por la culata.

Este fracaso, sufrido en el dominio de la cultura, es una prueba más de la honda crisis que corroe al régimen, de su debilidad, de su impotencia para ahogar los anhelos de liberación que surgen en muy diversos ámbitos de la vida nacional.

La segunda, que importantes corrientes liberales y democristianas han utilizado la conmemoración de Menéndez y Pelayo para hacer acto de presencia, patentizar la influencia que ejercen en determinadas esferas de la vida española, y presentar reivindicaciones de suma actualidad.

A las fuerzas revolucionarias y progresivas no nos es posible expresarnos abiertamente de un modo legal en las presentes circunstancias. Nos satisface, sin embargo, que algunas de las posiciones definidas por ciertos grupos liberales y católicos –en ocasión del centenario de Menéndez y Pelayo– sobre la libertad de pensamiento y de creación, sobre la reconciliación y la convivencia entre españoles, y sobre otros puntos, confirman que existen posibilidades reales y concretas de llegar a un amplio entendimiento de todas las fuerzas españolas, de izquierdas y de derechas, católicas y librepensadoras, deseosas de que nuestra patria se libere de la odiosa dictadura de Franco y entre en una normalidad democrática, que garantice a la actividad intelectual la libertad que le es imprescindible.

Es sorprendente, si, que estos fenómenos se hayan puesto de relieve con motivo de una discusión en torno a una personalidad tradicionalista y católica «a machamartillo» como Menéndez y Pelayo. Mas ¿no constituye ese hecho precisamente una prueba visible de cuan extendidas y generalizadas están las aspiraciones de libertad entre los intelectuales españoles? [60]

A guisa de postdata

Diversos artículos de revistas y de periódicos han sido publicados, y varias conferencias pronunciadas sobre Menéndez y Pelayo, después de concluido el comentario anterior. Encontramos en ellos nuevos elementos que confirman los juicios emitidos por nosotros; pero nada que venga a rectificar lo que hemos dicho más arriba.

Lo que si nos parece conveniente registrar es que las críticas, las protestas incluso, contra la utilización que los círculos oficiales han pretendido hacer del centenario de Menéndez y Pelayo, se multiplican y toman cada vez un carácter más decidido. Prueba de ello la reacción provocada por la conferencia del general Jorge Vigón en el Ateneo sobre Menéndez y Pelayo y Ortega; la indignación que esa conferencia ha despertado se ha reflejado hasta en las columnas de un periódico diario.

En cuanto a la actitud de los liberales, no queremos dejar de patentizar aquí la satisfacción que nos ha producido el artículo del doctor Marañón, publicado en el número de diciembre de 1956 de la revista Índice. Esa satisfacción nuestra se debe a diferentes causas: de un lado, a que Marañón coincide con no pocas de las ideas que nosotros hemos expresado en nuestro comentario.

De otro, a que Marañon señala el fracaso de los esfuerzos del Opus Dei y del Gobierno por inculcar a la juventud ideas reaccionarias aprovechando el centenario de Menéndez y Pelayo. «En el caso de Menéndez y Pelayo –escribe– el intento de consagrarle en ídolo ha tenido un efecto inmediato y presumible: el desvío de la juventud… la juventud de hoy es más crítica que la nuestra y la crítica excluye la idolatría.»

Observamos además en el artículo de Marañón una actitud más fuerte, más firme, en la polémica con los opusdeístas. Si en otras ocasiones discutía con ellos de una forma indirecta o velada, esta vez responde directa, nominalmente, al general Vigón.

Marañón declara que los enemigos de Menéndez y Pelayo «fueron sin excepción gentes de la extrema derecha, como Don Alejandro Vidal y Mon, como el padre Fonseca y otros polemistas procedentes del carlismo…»

Marañón acusa a los «recientes apologistas» de Menéndez y Pelayo de amputar a éste «la mejor de sus lecciones… la de su respeto a la libertad de pensar que él profesaba casi con la misma pasión que su catolicismo

Este planteamiento de Marañón confirma una conclusión a la que hemos aludido ya más arriba: en el conjunto de la discusión habida en torno a la personalidad de Menéndez y Pelayo, ha sobresalido un aspecto predominantemente político, y de viva actualidad: la fuerza del clamor nacional que pide libertad, clamor que se manifiesta de muy variadas formas, en la vida intelectual y en la vida política, y que cada día cobra acentos más imperativos.

J. D.

{1} ¿Ha observado el lector la curiosa jerarquía de valores que va implícita en esta concesión de «honores de capitán general»? Resulta que el homenaje supremo –«nec plus ultra»– que se puede otorgar a un hombre de ciencia… o a un santo… o incluso a una virgen, es el de asimilarlos a un capitán general.

{2} Fenómeno que tiene ciertas semejanzas con lo que los chinos llaman Ah Quismo, según la novela del famoso autor revolucionario Lu Hsun.

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Marcelino Menéndez Pelayo
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