Renovación. Órgano de la Federación de Juventudes Socialistas de España
Madrid, 6 de agosto de 1932
 
Cuarta época, número 58
página 2

[ José Laín Entralgo ]

La campaña pacifista

Importancia del medio

Para que nuestra actitud antibelicista alcance la eficacia debida es preciso, ante todo, que la labor que llevemos a cabo se base sobre un punto sólido. Que nuestra propaganda se desarrolle en planos que posean la virtualidad suficiente para convencer a las masas y llevarlas al campo antiguerrero, inmunizándolas contra una posible reincidencia. Es de todo punto necesario que se pongan en movimiento aquellas fuerzas que juzguemos más a propósito para neutralizar las opuestas.

En la historia de la lucha contra la guerra pueden distinguirse hasta tres posiciones diferentes. Se intenta asaltar la misma fortaleza; pero los combatientes –combatientes pacíficos– lo hacen por tres flancos distintos. La primera actitud es la de los que a la vista de las calamidades que la guerra lleva consigo se sienten horrorizados, y en todos los tonos posibles gritan: «¡No más guerras! ¡Abajo la guerra!» Es meramente sentimental, y, pese a la sinceridad y nobleza de sentimientos de que sus representantes hacen gala, adolece de una notable ineficacia. Esta tendencia se encuentra ampliamente representada en la literatura de la postguerra, aunque existen precedentes. Uno de los primeros exponentes es el «¡Abajo las armas!», de Berta de Sutner, título ya bastante expresivo; sobre el marco de las guerras de prusianos y austríacos contra los daneses por la conquista del Schleswig-Holstein y de los primeros entre sí posteriormente, se colocan unos cuadros de sombrío color, especialmente el que se refiere a la batalla de Sadowa. Actualmente, con las obras de Barbusse, Remarque, Zweig, Glaeser, etcétera, se ha nutrido considerablemente esta clase de literatura. Pero sus efectos no son duraderos; se desvanecen pronto, y todo lo más que logran es provocar un estremecimiento de terror, de ira y de conmiseración por las calamidades pasadas. No. No es un método perfecto, pues aun dado el caso (que no se da) de que la reacción provocada por la lectura de los pasajes antibélicos más espeluznantes fuese duradera, los elementos individuales así preparados quedarían desarticulados, sin conexión, a merced de las fuerzas contrarias, fuertes y perfectamente organizadas. Y todo esto sin contar con la influencia de la psicosis bélica en el momento en que la movilización comienza, y que obligará, si se quieren obtener resultados satisfactorios, a un estrecha relación de los dirigentes con la masa, a fin de ser ésta perfectamente controlada.

Junto a esta tendencia pueden incluirse las estadísticas macabras, expresión de los desastres que la guerra ocasiona; así, se dice: «En la Gran Guerra hubo trece millones de muertos; de ellos, 1.100.000 eran británicos, de los cuales más de la mitad no han sido siquiera identificados.» O bien: «Francia tiene un ejército de 720.000 hombres; Gran Bretaña, una escuadra de 970.000 toneladas; Italia, 600 aviones de bombardeo...» Todo esto, a nuestro entender, es, si no inútil, por lo menos insuficiente. Nos impresiona más el suicidio de un vecino que el hecho de que en la batalla de Iprès perecieran más de 50.000 ingleses.

Este medio es ineficaz por sí solo para crear un estado de conciencia duradero y que resista firmemente la oleada bélica en el momento en que la guerra se declare. Es, sí, un buen auxiliar, y como tal debe admitirse; pero en ningún caso puede servir como plataforma básica de propaganda.

La segunda posición antibelicista es netamente científica. Así como la anterior se basaba exclusivamente en el sentimiento, ésta se fundamenta en el cerebro. Es la actitud clásica del sabio de gabinete ajeno a las palpitaciones de su mundo circundante, que estudia los fenómenos según un plan, ya histórico, ya de otra clase, pero siempre ajustándose estrictamente a normas científicas. Profundiza en el problema guerrero y desentraña su «última ratio» desde los tiempos en que los hombres se contentaban con arrojarse piedras hasta ahora, que no son precisamente piedras lo que se arrojan. Tampoco este método puede convencernos; nos conducirá, seguramente, a construcciones grandemente armónicas, de líneas impecables, de una estética pura, inmaculadas. Pero ¿qué es lo que pretendemos? ¿Hacer una obra de arte o una labor pacifista? Como el anterior, pues, nos será un buen auxiliar; tiene condiciones para desempeñar un papel de ayudante, pero no de general en jefe en esta batalla pro paz.

Nos queda por examinar el tercer método, que es el que de antemano adoptamos. Consiste en lo siguiente: Partiendo de la base de un estado colectivo de conciencia, aunque sea pasajero, producido por cualquiera de los medios anteriores, o por los dos, debe orientarse a la masa para que no adopte solamente una posición negativa frente a la guerra (el «¡Abajo la guerra!»), esperando cándidamente a que ésta se desencadene o amenace inminentemente desencadenarse, sino para que se anticipe a la conflagración, imposibilitando con su actitud las declaraciones de guerra. Las masas proletarias no deben terminar su actitud pacifista con la amenaza de huelga general y la negativa a la orden de movilización. Esto presenta muchos inconvenientes, entre otros el de la psicosis bélica, que se adueña de los espíritus si no se sienten dominados y orientados por los organismos actores. (A esto y no a otra cosa se debe el que los socialistas no se opusieran enérgicamente a la guerra; la pretendida «traición socialista de 1914».) La labor debe ser eminentemente preventiva, que no curativa. Para emprenderla nos hemos de hacer la consideración previa de que actualmente el único frente que cabe oponer con posibilidades de éxito a los intereses bastardos que tienden hacia la guerra es el elemento obrero organizado. Y más concretamente: la única fuerza que puede contener la guerra es la de nuestras organizaciones políticas y sindicales. Esto nos hará comprender la magnitud de la responsabilidad que pesa sobre los que con ella sentimos, y al mismo tiempo nos servirá de acicate para que nos lancemos con más fe, si cabe, a la pelea.

Y bien; tenemos ya sentadas dos conclusiones de la mayor importancia: primera, necesidad de la labor preventiva; segunda, centralización del movimiento pacifista en la II Internacional y la F. S. I. Habiendo dilucidado el «porqué», se nos plantea el «cómo». Supuestas las dos premisas anteriores, ¿cómo organizar la propaganda antiguerrera en el sentido apuntado? Procuraremos en un próximo día su exposición. Merece el problema ser examinado, por las consecuencias valiosas que podría reportar a nuestra campaña.

José Laín

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