Revista de Estudios Políticos
Madrid, mayo-agosto 1947
 
número 33-34
páginas 306-307

Noticia de libros

[ Enrique Tierno Galván ]

Víctor Kravchenko: Yo preferí la libertad.
Editorial “Nos”. Madrid, 1947. 288 págs.

Del libro de Kravchenko pudiéramos decir que es melódicamente perfecto. Posee una estructura acabada en cuyo desarrollo no ha perdido nunca el ritmo adecuado al sentido de lo que se dice ni la debida proporción a la totalidad de la obra.

Comienza por una acción llamativa y apasionante: la huída de un funcionario de la Embajada rusa en Estados Unidos. Se interrumpe bruscamente, para retrotraerse a los años infantiles, de contenido más velado y difuso, de ese mismo funcionario fugitivo; después se desarrolla con una continua ampliación y enriquecimiento de contenido hasta el final del libro, cuyos últimos capítulos enlazan sin esfuerzo con aquel principio dramático, poniendo un fin simétrico al empezar.

Esta construcción de la obra no es resultado de la habilidad del autor, sino reproducción del armónico proceso de su vida. Obrero en una fábrica, agricultor, minero, estudiante, ingeniero, funcionario del más alto departamento administrativo de la U. R. S. S., para concluir como miembro de una Comisión de Compras en Estados Unidos; y por encima y por debajo de todo esto, envolviéndolo, un singular clima de terror que permanece durante toda la obra.

En un país en el que aun quedan vestigios de libertad, el esquema descrito sería el de una vida impulsada por un fuerte deseo de superación. En el caso de Víctor Kravchenko es un caminar, cada vez más peligroso, entre las estructuras de un Estado absorbente, de tal modoque un peldaño más en la profesión del ciudadano complica un sinnúmero más de suspicacias y peligros. Así, cada capítulo del libro, esto es, cada uno de los momentos de la vida del autor, gana complejidad y dramatismo, y la obra entera armonía.

Pero este enriquecimiento en motivos dramáticos es casi todo objetivo, por lomenos en lo objetivo está su raíz. El individuo nada pone sino su pasividad. Es el Estado quien provoca esos huracanes políticos que se llaman “purgas” o depuraciones, por cuya fuerza millones de seres humanos van a parar a campos de concentración; el Estado es quien dispone de modo absoluto de la vida individual. Mata, rompe la unidad familiar, indica el lugar de trabajo y pretende dar ya construidos los caminos de la actividad intelectual.

Por una serie de singulares circunstancias vinculadas a la historia de Rusia, a la peculiar psicología eslava y a la estructura política del país, el ciudadano ruso está inerme ante el Estado, como se está inerme ante una fuerza cósmica desencadenada, aterrado y sin punto de apoyo para una posible reacción. Y no se crea, según se induce del libro de Kravchenko, que esto sólo es válido para la masa desprovista del “carnet”; la misma minoría aristocrática, el partido, es sacudida por convulsiones terribles que la diezman. Libre en el sentido de poseer absoluta autonomía de decisión, no hay, al parecer, más que una persona: Stalin. Pero la libertad en este hombre es, según Kravchenko, una fuerza ciega, un monodeísmo mesiánico dirigido a imponer el comunismo en elmundo.

Ahora bien, el libro es de un interés apasionante, porque entre los millones de conciencias ciegas que sufren u obedecen, una, la del autor, vio la luz, y aspiró a vivir en ella.

Si en lugar de una hubiesen sido varios millones de personas las que hubieran seguido el mismo proceso, habríamos asistido al espectáculo maravilloso de la desintegración atómica de un Estado. Noobstante, es una experiencia a la que no se debe renunciar, la de colocarse junto al narrador para observar desde dentro cómo funciona el Estado soviético.

La voluntad rectora del dictador “trabaja” sobre millones de personas como el artesano o el artista sobre la materia plástica. Por una cualidad, que es muy rusa, el autócrata parece situado más allá de las concreciones. Actúa impulsado por ideas generales: colectivización, planes quinquenales, propiedad del Estado..., en cuyas generalidades el individuo y su mundo, la persona, se aniquilan, sin que su aniquilamiento importe nada. Cada equivocación del dictador, cada nueva forma que sus manos imprimen a la masa, cuesta millones de vidas trágicas como ésta de V. Kravchenko; y el autócrata se equivoca muchas veces.

El autor que seguimos le acusa, ante todo, de haberse confiado a Hitler. En contra de lo que casi todo el mundo cree –dice–, Stalin confió sinceramente en el Führer. Después del pacto de 1939, de las bibliotecas públicas de la U. R. S. S. se retiró la propaganda antinazi; las películas de la misma característica fueron archivadas; la industria de guerra se paralizó –Kravchenko era director de un “combinat” gigante–. Al parecer, se creía de verdad en una paz sincera.

El instrumento decisivo de que se vale el dictador para sostenerse a pesar de sus errores y modelar la “masa” de acuerdo con sus ideas, no es el partido, sino la N.K. V. D., antes G. P. U.

La N. K. V. D. es un organismo complejísimo encargado de la defensa política del Estado. Actúa al margen de cualquier control procesal o judicial, tiene a su cargo los miles de campos de concentración que pueblan Rusia, y los millones de esclavos que en ellos se hacinan.

Con estos esclavos se realiza un negocio cuya revelación es una de las cosas que más sorprende de la obra que reseñamos. La N. K. V. D. alquila el instrumental humano que le sobra a las grandes empresas del Estado poseedoras de cierta autonomía económica. Cinco o seis mil esclavos del Estado se desplazan al lugar designado para el trabajo, al parecer en condiciones infrahumanas, bajo la vigilancia despiadada de la N. K. V. D.

Cuando el lector se encuentra, una y otra vez, con este hecho en las páginas del libro de Kravchenko se siente sobrecogido por un extraño sentimiento. No es precisamente terror o repugnancia, más bien un desasosiego profundo ante lo extraño, como si faltasen las categorías intelectuales necesarias para comprender el “hecho ruso”.

No resisto a la tentación de exponer otro caso semejante. Según parece, en 1940 el Estado inició un intenso reclutamiento infantil. Por medio de la violencia en muchos casos, arrancaba niños de doce ydieciséis años de sus familias y los “estatalizaba”. Un severo procedimiento espartano los convertía en instrumentos puros del Estado. La cifra de la movilización infantil ha ascendido durante la guerra a nueve millones, y según dice Kravchenko, hacia 1960el Estado soviético tendrá a su disposición de treinta a cuarenta millones de seres de esta clase. Será un nuevo “proletariado”.

Ese sentimiento de desasosiego a que antes he aludido se produce. ¿Qué quiere decir todo esto y qué sentido histórico universal tiene?

Desde otros muchos puntos de vista se puede analizar el libro Yo preferí la libertad, pero quizá sea mejor que el lector los descubra por sí mismo. Para una reseña es suficiente el haber desvelado su interés y tranquilizar la común desconfianza respecto de la frecuente vacuidad de los libros acerca de la U. R. S. S.

E. Tierno.

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