Revista de España
Madrid, 13 de marzo de 1877
 
décimo año, tomo LV, marzo-abril 1877
número 217, páginas 110-117

Concepción Arenal

Juicio crítico de las obras de Feijoo

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«En cualquier materia que se ofrezca al discurso,
es utilidad bastante conocer la verdad y desviar el error.»
Feijoo

Introducción

Uno de los grandes pecados de España, es la ingratitud de sus buenos hijos: y aunque lógico, es terrible que aquí los hombres hallen tantas dificultades para ser grandes y que tan fácilmente se desconozca o se olvido su grandeza. Ningún pueblo puede jactarse de no haber hecho mártires de muchos de sus justos; pero ¡ay! del que no les concede palma: ¡ay! del que no cuenta entre sus necesidades la de una justicia, aunque sea póstuma, ni entre sus oprobios negar tributo de respeto a los que fueron dignos de veneración.

El genio entre nosotros, como que no tiene ascendientes, parece expósito, y en las mortales angustias no se puede fortalecer con el recuerdo de sus progenitores. En las tumbas no hay monumentos que los honren, ni en las plazas estatuas que los representen, y es que las manos, ávidas de ganancia, no cincelan mármoles para inmortalizar a los que dieron alto ejemplo, ni las frentes impuras pueden reflejar la gloria.

En estos últimos tiempos, algunos espíritus elevados se vuelven al pasado, donde cayeran como en una sima tantos nombres [111] ilustres; se esfuerzan por remover la pesada losa del olvido, y son como latidos generosos del corazón de la patria. De esas palpitaciones, que revelan movimiento vital para la justicia, tienen algunos bien nacidos en la tierra que fue patria de Feijoo, y aceptando la deuda de dos siglos, quieren pagarla, llamando a los poetas para que canten al eminente benedictino, a los eruditos para que investiguen las particularidades de su vida y a los críticos para que aprecien sus obras.

Acudimos al llamamiento y vamos a juzgar los escritos de Feijoo, comprendiendo bien lo arduo de la empresa, por muchos conceptos dificultosa; que autor de tan universales conocimientos y que ejercitó su inteligencia en tan variados asuntos, no es fácil que sea exactamente apreciado en todos ellos por una persona sola.

¿Cuándo empieza la posteridad? Puede empezar para un hombre al día siguiente de su muerte, o muchos siglos después, porque la posteridad es la aptitud para hacer justicia a los que viven en ella. ¿Ha llegado para Feijoo? Nos parece que sí. Nos parece que no tenemos ninguna de las preocupaciones que combatió, ni de las que dejó de combatir; que no tuerce nuestro criterio ningún fanatismo de partido ni de escuela; que nuestro espíritu, animado por el deseo de la justicia, puede elevarse a esas serenas regiones donde se comprende y se hace. Pero si la recta voluntad nos presenta una garantía de acierto, si, a nuestro parecer, hemos estudiado a Feijoo imparcialmente, sin idea preconcebida; si hemos tomado nota de sus aciertos como de sus errores; si el amor a la verdad que a él guiaba nos ha guiado, ¿estamos seguros de juzgarle bien en última instancia, de dar un fallo inapelable, de ser, en fin, la posteridad para el autor del Teatro Crítico? En Dios y en nuestra conciencia no podemos afirmarlo.

La época en que vivimos es de vacilaciones, de perplejidades, todo se discute, todo se afirma, todo se niega, todo se duda. En el terreno movedizo de tantos pareceres diversos, hay puntos firmes, ciertamente, pero es bien difícil encontrarlos y edificar sobre ellos, y muy fácil que camine en un sentido cualquiera el que se cree inmóvil, porque todo lo que le circunda se mueve con él.

El hombre, no sólo es arrastrado por sus pasiones, sino también influido por las de otros, contra los cuales no se precave; como tiene ecos para los dolores ajenos, también repercuten en él [112] errores que no son suyos; no puede aislarse de la atmósfera moral e intelectual que le rodea, y aunque conozca y sienta que es mefítica, es necesario que la respire. De esta dependencia viene el tributo que pagan a su época los hombres de todas y el justo temor de que los juicios de la nuestra no puedan ser definitivos sobre las cuestiones que se litigan, que son casi todas las vitales.

La misión del crítico es siempre delicada, tiene apariencias de atrevida, a veces de temeraria. Erigirse en juez de un autor; resolver en lo que dijo bien y en lo que dijo mal; señalar cuándo tuvo razón y cuándo erró; distribuir el elogio y el vituperio; arrancarle una corona que no ha ganado o ceñirle la que le negaron con injusticia: y esta especie de dictadura ejercerla en un cadáver, sobre una tumba; donde yace un hombre que, por regla general, valía más que aquél que le juzga, ¿no parece más que temeridad y tiene visos de insolencia?

Para disminuir la responsabilidad del crítico y su vanagloria, para salvarle de las sospechas de osado y recordarle el deber de la modestia, debemos observar que la superioridad, cuando la tiene respecto del criticado, no suele ser suya, sino del tiempo en que vive; como se ve considerando que cualquier alumno aprovechado tiene hoy ideas más exactas de Historia natural que Aristóteles y Platón, sin que por eso crea nadie ni pretenda valer tanto como Platón ni Aristóteles. El crítico, pues, cuando no es mordaz, ni apasionado, ni ligero, no puede considerarse como un individuo aislado, sino como el poderhabiente de una época, con la superioridad de todos los conocimientos acumulados hasta ella , de modo que, sin dejar de ser modesto, proclama con firmeza las verdades que él sabe tal vez con poco trabajo suyo, que no pudieron saber aquellos a quienes juzga, y cuyos errores no son motivo de acusación, pero tampoco han detener fuero privilegiado.

Así, pues, nuestra personalidad desaparece al hacer el juicio crítico de Feijoo, y casi estamos por decir que también la suya con ser tan fuerte y marcada, transformándose de un hombre en un siglo. Tal vez no ha existido escritor que, más que Feijoo, haya dado idea de su país y de su época. En los errores que combate, en los que tiene, en las virtudes que enaltece, en los vicios que pinta, en la justicia a que aspira, en la iniquidad que anatematiza, en la ignorancia que zahiere, en la ciencia que enaltece, en los vuelos [113] atrevidos de su espíritu, en el caer a los pies de la autoridad, ora queriendo desasirse de sus ligaduras como de un oprobio, ora besándolas como un reliquia santa, y en todo, en fin, cuanto defiende y cuanto ataca, nos hace comprender, con mucha mayor claridad que las historias, lo que era la España del siglo XVIII. Quisiéramos juzgarla rectamente, apreciar bien las cosas y los hombres que pasaron: y, caso de que la balanza se incline en algún sentido, antes sea para hacer gracia que para negar justicia. Tal es nuestra disposición al emprender el estudio de las obras de Feijoo, y procuraremos perseverar en ella; además de que en la atmósfera del siglo hay más desdén que respeto para cierta clase de obras y de autores, hemos notado que la crítica que se inclina a la benevolencia suele ser la que menos se aparta de la justicia.

Capítulo primero

Idea general de las obras de Feijoo

Si en una biblioteca a cuatro personas de buen entendimiento y regular instrucción se les dieran para leer cuatro tomos de Feijoo, sin decir el nombre del autor ni la época en que se escribieron, sucedería una cosa singular. Un lector se sonreiría, como quien oye una agudeza; otro contraería la frente, como quien se entrega a profunda meditación; el tercero, entusiasmado, querría llevarse el libro a su casa; y el cuarto lo arrojaría con desdén, como obra de un necio o de un ignorante. Esto que tenemos por cierto, sucedería si al acaso se abrieran los libros por las páginas chistosas, profundas, bellas o vulgares y erróneas.

Ciertamente, que si en vez de haber escrito Feijoo hace poco más de un siglo, hubiera vivido hace veinte; si en lugar de haber fijado la imprenta su pensamiento, cayera en manos de copiantes; si no hubiese miles de ejemplares de sus obras, sino alguno arrancado a la destrucción y al olvido, se disputaría sobre la autenticidad de ellas más que se debate sobre las de Aristóteles y Platón; se negaría que fuera auténtico todo lo que por suyo pasa y con muy poderosas razones, porque no parece posible que sean del mismo hombre páginas tan desiguales, tan diferentes, tan contradictorias; como afirmamos que Platón o Aristóteles no pudieron decir esto o aquello, aseguraríamos que Feijoo no pudo escribir tal o cual cosa, y aun habría algún erudito que se encargase de separar de sus obras; [114] lo que no era suyo, y saldría airoso de su obra con mucha ventaja del autor y gran perjuicio de la verdad.

Defectos, contradicciones, desigualdades: ecce homo, y este es también el escritor; todo escritor: la cuestión es de más a menos, y cierto que la cantidad, lejos de ser indiferente ni accesoria, es esencial y de suma importancia. Feijoo es de los más desiguales, de los que menos se parecen a sí mismos: lo cual nos parece efecto de las circunstancias en que escribió y de la extraordinaria diversidad de materias que ha tratado. A veces, se ve claramente que la impotencia no es falta de fuerza, sino de libertad, y otras se comprende la trivialidad de la forma por la del asunto. Cualquiera que sea la causa, es lo cierto que sus escritos son resplandor y tinieblas, como esos faros de luz intermitente, en que alternan la oscuridad y los destellos.

A fin de ordenar nuestros trabajos y dar más clara idea del autor que vamos a estudiar, nos haremos cargo de las principales materias que trata, dividiéndolas del modo siguiente:

Filosofía.
Religión.
Moral.
Derecho penal.
Derecho político. Administración. Economía social.
Ciencias matemáticas, físicas y naturales.
Reformas en la enseñanza.
Historia. Bellas artes.
Poesía.

Ya se comprende la erudición y la capacidad que se necesita para escribir sobre tan diversos asuntos, de la manera que lo ha hecho Feijoo: porque, aun el que disienta de su parecer en muchas cuestiones, habrá de confesar que en todas las que discutió era competente: que podrá decir con más o menos acierto; pero que siempre sabe lo que dice, lo mismo si trata del modo de conservar el aroma al rapé, que del sistema de Descartes; igualmente cuando entra en pormenores de los juegos de naipes, que si discute las circunstancias que ha de tener el bautismo para ser válido. Aptitud extraordinaria la suya, que se eleva y desciende sin esfuerzo, con una agilidad de espíritu asombrosa, que, como la del cuerpo, es signo cierto de fuerza. Las principales cuestiones de que se ocupó, [115] y por el orden que quedan enumeradas, las tratáremos en otros tantos capítulos; pero hemos de procurar dar en este alguna idea de aquellas cualidades que caracterizan al escritor, cualquiera que sea el asunto que trate: la primera es lo que se llama el estilo.

Feijoo es un escritor de primer orden, que vale tanto como decir que es un hombre superior. No falta quien crea que se puede ser un pensador mediano y un escritor eminente; error nacido o de que no se comprende el fondo, o de que se tiene falsa idea de la forma, tomando la ampulosidad por elevación, la difusión por abundancia, el enmarañamiento por profundidad, la complicación por armonía, llamando sonoro a lo que está hueco, fruto a la hojarasca, y al abigarramiento de rebuscados adornos belleza. No se nos oculta que hay personas que dicen mejor o peor aquellas cosas que saben igualmente, y aun alguna, aunque por excepción rara, que explique mal lo que sabe bien; pero lo que no hemos visto ni comprendemos, es que una cosa que no sabe perfectamente se explique con claridad, que sin esta haya belleza de estilo, y que pueda existir verdadera elocuencia oral o escrita sin verdadera superioridad en el que habla o escribe.

En los escritos, como en las personas, hay diferentes géneros de belleza; la del estilo de Feijoo viene principalmente de la energía. Y no es que le falte gracia, pompa y galanura, no; es abundante y armonioso; pero su carácter distintivo es la fuerza: cortado, conciso, sentencioso, pone en relieve el pensamiento con los claros oscuros de la espontánea antítesis, medio eficaz de persuasión; pero de que no pueden valerse con buen éxito los espíritus medianos. Esto no es afirmar que no tenga páginas incorrectas, recargadas, y hasta pudiéramos decir ramplonas: la desigualdad de que hemos hecho mención más arriba, llega al estilo, lo cual se explica en parte, pero no del todo por la diferencia de asuntos, porque todos pueden ser tratados con arte, que lleva en sí la belleza apropiada a cada uno. Pero si muchas veces fue descuidado, si alguna se contagió con el mal gusto literario de su época, en general fue superior a ella en el decir como en el pensar, y nos parece que un escritor no debe juzgarse por el término medio que resulta de dividir después de haber sumado sus bellezas y sus descuidos, sino por la máxima altura a que llega cuando trata de asuntos elevados: esta regla podrá no parecer a todos buena; es la que hemos [116] aplicado a Feijoo; los que tengan otra rebajarán su mérito, para ellos le haremos gracia, para nosotros le niegan justicia: cualquiera puede citar incorrecciones en un autor, aunque sea de esos cuyo nivel alcanzan muy pocos; trabajo fácil al que no haremos nunca competencia; es más grato, más útil, y, a nuestro parecer, más justo, en todo género de méritos, señalar hasta dónde sube un hombre, que marcar a dónde ha descendido.

En el curso de nuestro trabajo, para dar a conocer mejor a Feijoo, en muchos casos, habremos de citarle y estas citas sobre asuntos varios podrán dar idea de su estilo.

La lógica de Feijoo es inflexible, y su dialéctica poderosa siempre que discute con libertad. Al combatir una preocupación, cuando nos parece que ha sido considerada por todas sus fases, aún halla algunas nuevas; cuando creemos que están apurados todos los argumentos aún tiene otro y otros muchos con que abruma. Animado de una cólera santa contra el error, parece que no le basta dejarle sin vida; en él se ceba y le despedaza y le desgarra, como si supiera, que lo sabría sin duda, que cuando no puede dañar con su energía vital, aún envenena la atmósfera con sus restos en putrefacción.

Otras veces no tiene libertad de movimientos, y es de ver cómo se vuelve y se revuelve dentro de la jaula, donde la autoridad se encierra, y cómo allí lucha y la firmeza con que camina otras, teniendo sobre su cabeza una masa enorme y a sus pies un abismo real o imaginario. Estas comparaciones que usamos, cierto que no son la realidad, pero nos parece que pueden dar una idea de ella, y en el curso de nuestro trabajo pondremos en evidencia que el noble espíritu de Feijoo vivió realmente aprisionado.

Otro carácter de nuestro autor es una penetrante sagacidad. Elementos para embrutecerse y extraviarse tenía por donde quiera; medios de instrucción le faltaban, estando reducido a sus propias fuerzas, que eran grandes, que hacían mucho, pero que no podían lograrlo todo. Tenía que aprender solo las matemáticas; carecía de instrumentos de Física; de muchos libros que, por falta de recursos, no podía proporcionarse, o cuya entrada en España no era permitida, otros había de juzgarlos por extracto, como se ve que lo hace con las obras de Machiavelo, y con el discurso de Rousseau, premiado por la Academia de Dijon. Su época era de crítica, de [117] investigación: para la crítica le faltaba libertad, para la investigación medios. Ignorábanse en Física y en Ciencias naturales muchas verdades hoy de todos conocidas, y en circunstancias tan desfavorables; si Feijoo discurre a veces como quien parte de datos equivocados, otras vislumbra la verdal en medio de las tinieblas, y no pocas se le ve trabajar su obra con grosera herramienta, supliendo la delicadeza de la mano lo tosco del instrumento.

El ardiente amor a la verdal lleva consigo el de la ciencia y el respeto hacia quien la cultiva; dichoso encadenamiento de circunstancian que elevan el espíritu y que no desmintió Feijoo. Él tributa con mano generosa, y aun pródiga en algunos casos, elogios al mérito, y respeta el de aquellos que no pensaban como él pensaba, ni creían lo que él creía. ¡Qué diferencia entre el tono con que habla de Bacon y Descartes, al que emplean hoy otros que visten hábito también, y que, por el hecho de llevarle, cualesquiera que fuesen sus opiniones, debían tener más caridad en sus juicios y más mansedumbre en sus palabras!

¡Qué diferencia del desdén que hoy tienen o afectan tener ciertos religiosos por algunos pensadores herejes o sospechosos de herejía, y el respeto con que Feijoo habla de todo hombre de mérito amante de la verdad y que contribuía a esclarecerla! Gloria suya es, y algún día tal vez se proclame la mayor de todas, esta disposición benévola, hija de su elevación de espíritu; esta especie de comunión en el altar de la ciencia, este ósculo de paz dado a toda frente donde brilla el genio, este amor que elevaba como un oasis de fraternidad en medio de los desiertos del odio y de la intolerancia.

A estos datos de Feijoo debe añadirse la de observador atento y analizador sagaz. Discurrió con acierto por el mundo físico y por el mundo moral; conoció la sociedad en que vivía, el corazón humano, y si en diferentes ocasiones no profundiza más o no llega a mayor altura, claramente se ve, que le detiene el velo de una autoridad respetada o temida y no la falta de fuerza.

Al lado de estos rasgos brillantes de su fisonomía moral e intelectual hay sombras, algunas bien oscuras, algunas bien negras, ante las cuales pregunta el ánimo condolido, dónde está la razón del hombre superior, la ciencia del sabio y la justicia del amante de la verdad. Lo hemos dicho, las obras de Feijoo son luz y tinieblas.

Concepción Arenal.

(Se continuará.)

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Benito Jerónimo Feijoo
1870-1879
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