La Revista Universitaria
Madrid, martes 1 de abril de 1856
 
Año I, número 3
páginas 1-4

Juan de Dios de la Rada y Delgado

Necesidad de que la educación social
esté basada en el principio religioso

Terminamos en nuestro número anterior, el bosquejo del cuadro general de lo que la instrucción pública debiera ser, por su gran importancia con relación al estado; y ya debemos, concretando más las ideas, empezar a explanar los varios pensamientos que estos estudios nos sugieren como prometimos en el artículo primero. Nuestro fin es presentar el resultado de la observación aplicada a tan preferente objeto de la felicidad de los pueblos, y así es que procuraremos, que si bien en artículos separados, vayan estos trabajos con la posible unidad y método, contribuyendo a formar las bases, tal como nosotros las comprendemos de un vasto sistema de enseñanza, general, uniforme; pero uniforme en el buen sentido de esta palabra que explicamos en el artículo segundo. Consecuentes en esta idea, vamos a empezar ya a desenvolverla, como el pintor que bosquejado un cuadro, vuelve sobre sus mismos trazos, para ocuparse separadamente de cada una de las diversas partes que forman el todo.

¿Y cuál será la primera idea que deberá ocuparnos en nuestro análisis? ¿Cuál por su importancia la que ante todo debamos examinar?

Hay en el corazón del hombre un sentimiento, que en toda edad y en toda época de cultura porque haya pasado en su forzosa graduación la especie humana, existe imperecedera como la virtud en el mundo. Emanación de la inteligencia, sobrevive aunque perezcan las generaciones y los pueblos y como esa impalpable luz que vemos flotar a veces sobre los cementerios, luz del espíritu, brilla siempre sobre la tierra, vasto sepulcro y cuna de los siglos. Ese sentimiento es el sentimiento religioso. Vive en todos los hombres; y aunque tomando diversas formas, constituye el carácter distintivo de la especie. No es este el lugar oportuno para demostrarlo, ni verdad tan reconocida necesita demostración. La historia de la humanidad está encargada de ello, y nos lo repite sin cesar donde quiera que la encontremos, ya se pierda y aun se aniquile en el Oriente con la idea del ente infinito, ya olvidándole en Grecia o buscándole por distinto camino se entregue sin tregua ni descanso a una inmensa actividad humana, ya en el mundo romano se hunda en la sima del egoísmo personal, ya en los pueblos germánicos enlace la unidad divina con la naturaleza humana para dar origen con esta reconciliación según el dicho de Hegel, a la libertad, a la verdad y a la moralidad.

Donde quiera que encontremos al hombre habremos de hallarle rindiendo tributo a un ser superior que la misma espiritualidad de su ser le revela, aunque en su conocimiento y en su culto tropiece sin cesar con el error, hasta el brillante amanecer del día de la regeneración divina; y ese sentimiento uniforme en el fondo aunque vario en sus manifestaciones, constituye quizá el único principio de unidad de la especie.

Inmensa llama de increada luz el ser infinito sirve de centro a los espíritus que animan a los hombres, chispas desprendidas del gran foco, que sin cesar de él nacen y en él se confunden.

Por eso con poco que nos detengamos a observar, ya a las sociedades, ya al individuo, hallaremos siempre cierta uniformidad de sentimientos, que da origen a esas ideas absolutas símbolo de la unidad de nuestro ser.

Pero descendamos a la aplicación de estos principios.

Los pueblos según nota acertadamente un escritor de nuestra patria «en tanto existen en cuanto los hombres abrigan los mismos pensamientos y ceden a los mismos deseos en una multitud de puntos y de casos que afectan a la vida íntima de las naciones. Los vínculos sociales son más fuertes allí donde las ideas caminan más uniformes, donde la opinión es más convergente» donde reina un verdadero espíritu público, donde existe en una palabra, el principio de la unidad, que como base de la creación, es la base de la existencia, ya la encontramos esparciendo vida, en la individualidad del hombre, ya seres complejos en las naciones, hombres gigantes que tienen por miembros hombres pequeños. ¿Y dónde habremos de buscar ese principio de unidad, tan necesario que sin él no pueden concebirse los estados?

El interés personal enlaza a los hombres.

El cálculo por el convencimiento de la debilidad de nuestro ser, también nos conduce a la asociación.

La razón comparando los inconvenientes del aislamiento y las ventajas de la unión, llevan al mismo fin.

Pero el interés personal conduce al egoísmo y el egoísmo es la antítesis de la unidad compleja.

El cálculo acaba donde el egoísmo empieza.

La razón se extravía, y la destrucción del orden sigue de cerca a sus errores, y el orden es la cualidad indispensable de la unidad.

¿Dónde únicamente podremos hallarla para hacer de multitud de familias una sola, de diversas naciones una sola también, de la raza del hombre por último, la raza de los hermanos?

En el sentimiento religioso. En ese sentimiento uniforme que vive imperecedero a través de los siglos, y que constituye emanación del espíritu, la unidad del ser humano, en la unidad de la inteligencia.

Fuera de él no hay unidad posible, y así vemos si consultamos la historia de todos los tiempos, y de todos los pueblos, que ha sido el gran pensamiento que los jefes de las naciones han tratado de llevar a cabo, cuando se han encontrado al frente de asociaciones irregulares, como formadas de partes heterogéneas.

Y ¿cuál es el medio de que ese principio no se pierda, y con él la sociedad? Si la instrucción pública bien entendida es el más sólido cimiento de la felicidad de los pueblos, el principio religioso ha de ser la base de la enseñanza. De otro modo, solo conseguiríamos desarrollar una actividad sin término, y aumentando las aspiraciones del hombre con la instrucción, hacer que el egoísmo con su frío y estéril sentimiento helase el corazón de nuestra juventud paralizando su acción progresiva.

Sin moralidad no puede existir un estado; moralidad sin religión no puede concebirse: necesario es que el principio religioso conduzca al hombre a la práctica del bien, no por cálculo ni por egoísmo, sino por amor; no por interés material sino por el placer de obrarle; no por sanción penal sino por satisfacción de conciencia.

Y si la necesidad de que el principio religioso sirva de base a la instrucción de los pueblos, es una verdad innegable, todavía hoy es más necesaria atendida la índole del siglo en que vivimos. No se crea que preocupados o fanáticos, vayamos a [3] abogar por un ridículo misticismo que en su exageración inexcusable a fuerza de querer elevar el espíritu le paraliza, a fuerza de querer engrandecer al hombre le aniquila, a fuerza de querer alzar su razón le deja inútil para el mundo. No; pero tan lejos estamos de tropezar en este escollo, como de querer por alejarnos de él, llegar al extremo opuesto de arrancar al hombre su fe y su religión.

¡Ay de los que perdieron el santo tesoro de las creencias religiosas! Su corazón convertido en un insondable vacío, les niega esos puros goces del alma, que tanto satisfacen a nuestro espíritu, a diferencia de los del cuerpo, que hastían y emponzoñan la existencia, o acaban por embrutecer al individuo.

Vivimos en un siglo en que los intereses materiales, parecen elevados a su mayor altura; en que el egoísmo alza su negra bandera para pasearla después por las ruinas de las modernas sociedades. Si los hombres de otros siglos guardaban bajo un exterior de barro un corazón de oro, hoy se guarda en la generalidad bajo un exterior de oro un corazón de barro.

No por esto sostenemos con algunos pesimistas, que la humanidad va en su empeoramiento, caminando a su extinción. ¡Lejos de nosotros tal pensamiento!... Principio tan desgarrador nos conduciría de escollo en escollo, a deducir absurdas consecuencias que darían origen a desconsoladoras teorías, productos más bien de una imaginación exaltada, que de una reflexiva razón.

Sin embargo, si solo imperasen los intereses materiales, si olvidando los principios religiosos y rechazando toda creencia, alucinados únicamente con los progresos de la industria y de las artes, marchásemos enloquecidos tras los goces de los sentidos, llegaría un tiempo en que enervada la sociedad por esos mismos adelantos, vendrían a ser inútiles, y faltos ya de objeto terminaría por destruirse, o caería después de pasar por una peligrosísima reacción, en el más torpe fanatismo. Mientras mayor hubiese sido la altura a que se hubiese elevado, más rápido y seguro sería el descenso, y entonces tendría que comenzar de nuevo la humanidad su obra de regeneración, volviendo a pasar por el largo período de una penosa infancia.

Admítase por el contrario el principio de que a la educación sirvan de base las creencias, con la fecunda guía de la moralidad y del amor al bien, y quién sabe si en la marcha progresiva de los siglos, llegue a resolverse algún día en lo humano el llamado problema de nuestra perfectibilidad.

No puede, pues, ponerse en duda que en el hombre debe inocularse ese principio religioso, ¿y cuándo más oportuna ocasión que al comenzar en su infancia el desarrollo de su inteligencia? ¿Pero dónde deberá darse esta clase de instrucción? No vacilaremos en responder que en los mismos establecimientos encargados de la educación pública. Si es una verdad innegable que todo hombre debe tener cierta instrucción intelectual, que le haga conocedor de sus derechos políticos, y si lo que se quiere hacer por medio de aquellos, es que sepan apreciar en su verdadero valor los individuos de un pueblo, sus derechos sociales, ¿con cuánta más razón no deberá instruírseles de los morales? ¿Con cuánto más fundamento no deberá inculcárseles el principio religioso, único que como ya hemos dicho es el cimiento de toda sociedad organizada?

Algunos pretenden separar la instrucción pública de la religiosa, dejando esta solo al cuidado de los padres. No es este lugar oportuno para un debate; pero sin embargo no podemos pasar desapercibidas estas ideas.

Los padres, y principalmente las madres, puede en verdad decirse que son las primeras que arrojan al corazón de los niños la vivificante semilla de la religión; ellas son las que despiertan por primera vez en el dormido corazón de sus hijos los sentimientos de las acciones virtuosas o culpables; ellas las que hacen nacer primeramente en nuestro espíritu las ideas de lo bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto. Pero este germen de enseñanza religiosa puesto por la misteriosa mano de la Providencia, en la cuna de las sociedades, ¿es suficiente para que el Estado duerma tranquilo, sin ocuparse en lo más mínimo de la educación religiosa de los asociados?... ¡Grande error!

¿Acaso todas las madres están dotadas de la suficiente capacidad para dar la instrucción que nos ocupa? ¿No hay infinitos casos de orfandad? ¿Será suficiente por otra parte, en todos ellos la educación religiosa dada por los padres?... Todos estos son inconvenientes e inconvenientes graves, de trascendencia, que constituyen a un Estado en el deber de no confiarla solo a la autoridad de los padres, y sí por el contrario hacer que forme parte, que sea la base esencial de la instrucción pública.

¿Y si bajo cualquier aspecto que la cuestión se examine, la instrucción de los pueblos [4] debe estar basada en el principio religioso, cuál debe ser el que se desarrolle en nuestra patria?

Su historia y la índole de sus naturales contesta por nosotros. Si lo santo e invariable del dogma católico, si sus principios de unión, de fraternidad y de amor, si la pura moral evangélica no lo hiciesen aun sin tener en cuenta su divino origen el que puede mejor que ningún otro labrar la felicidad de los estados, todavía debiéramos conservarlo en España por las circunstancias especiales de sus moradores. Si según la feliz expresión del Sr. Colmeiro ningún principio como el cristiano realiza la unidad de los hombres en Dios, de los pueblos en el espacio, de las generaciones en el tiempo, de las almas en la eternidad, en nuestro país ese principio tiene todavía su entera aplicación, porque afortunadamente se halla tan inculcado en la generalidad, que no concibe otra religión posible.

La religión cristiana sirviendo de base a la educación del pueblo en nuestra patria, produce por lo tanto más beneficiosos resultados que en cualquier otro país, beneficiosos resultados que habemos de observar en todos los terrenos, ya penetremos en el santuario del hogar doméstico, ya en el sangriento campo de la política. El amor de los padres a los hijos y de estos a los autores de sus días; el de la tierna esposa por el amante esposo; el del respeto mutuo de las familias, traen el orden entre ellas y por consecuencia el de la sociedad que componen: y todos los actos que emanen de ese mismo amor y de ese mismo respeto, no llevarán el sello de la vanidad o del cálculo sujeto a mil trasformaciones, sino el uniforme e inalterable de la virtud. En el campo de la política no son menos beneficiosos los resultados: educado el pueblo en la fe cristiana bien podrá, según el autor citado, sustituir un principio de gobierno por otro; pero el eje moral será eterno, inmutable y jamás se verán los gobiernos aislados en medio del movimiento universal, fija la vista en lo que fue apoyándose obstinadamente en creencias muertas, y al fin sepultados bajo las ruinas de lo pasado.

Desengañémonos: la instrucción basada en el principio religioso-cristiano, es hoy más que nunca el principio seguro de la felicidad de los pueblos; hoy que la industria reemplaza a la antigua aristocracia de sangre la aristocracia de la riqueza, hoy que a discusión se hallan puestos multitud de principios respetados hasta el día, hoy que la ciencia agita sin cesar su antorcha luminosa, es necesario más que nunca que la educación religiosa establezca sus máximas de igualdad bien entendida, decida los difíciles problemas sometidos a la discusión y haga fecunda la llama de la ciencia. Esa instrucción es la única que puede darnos segura salida en el difícil paso, inspirando a los ricos la beneficencia y el sacrificio, a los pobres la resignación y la esperanza y a todos el amor a sus semejantes y el respeto a la propiedad.

No olvidemos que somos quizá los más fieles depositarios de ese principio religioso, encerrado en las divinas máximas del cristianismo; que tiene su origen en esa divina epopeya, que comenzada en las puertas de Jerusalén halló su desenlace en la cima del Gólgota, montaña santificada por la muerte del hijo de Dios, donde tras una tosca cruz de madera, se elevó radiante entre el estruendo de la naturaleza, símbolo de la destrucción del viejo mundo, el sol esplendoroso de la redención.

J. de Dios de la Rada y Delgado.

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