Revista de Instrucción Pública, literatura y ciencias
Madrid, 16 de mayo de 1857
 
Segundo año, número 30
páginas 467-469

Instrucción pública. Parte no oficial
 

Antonio García Castañón

Sobre la importancia de la filosofía

Parece imposible que en nuestra época llegue a desconocerse por algunos la importancia de los estudios filosóficos dando la preferencia a los artísticos e industriales, porque estos al parecer dan un resultado más inmediato. Nace esto en parte de que el positivismo mal entendido ha tomado desmedido crecimiento en nuestros días, y tanto que es para muchos el ojo con el que ven a su modo todas las cosas, y la medida común bajo que aprecian todos los hechos. No quieren convencerse los que así piensan y juzgan de que cuanto más limitadas son las miras que dominen en cualquier proyecto u obra humana tanto más efímeros son sus resultados. En general nada separa más del camino y fin derecho de la vida individual y social, el bien y la verdad como las miras del interés inmediato; que están las más veces en abierta oposición con el fin último, al cual deben referirse, y estar subordinados todos nuestros designios. Un hombre, por ejemplo, que se consagra con ardor a un ramo especial de conocimientos, llevado solo del amor a la verdad, de la conciencia de su deber, del noble afán de adelantar en la ciencia a que se ha dedicado, puede llegar al cabo de tiempo, de esfuerzos, y abnegaciones a una altura en que sea respetado y estimado; será lo que llaman el hombre necesario, de aquel fin o ciencia; y a esto se unirán naturalmente la gloria, la consideración, la riqueza, sin que ninguno de estos fines haya entrado en sus miras , ni servidole de motivo en su obra; pero si comienza por convertir estos fines segundos en el fin principal, tomarán ellos la dirección de su obra, lo arrastrarán por diferentes direcciones según sea diferente el interés predominante y mil veces será la víctima de su volubilidad e inconstancia.

Si los abusos de las ciencias bastaran para darlas al olvido, si los extravíos de la inteligencia humana debieran ser expiados condenando al pensamiento a no pensar, la filosofía presentaría no menores motivos que las ciencias particulares para borrarle el nombre de ciencia y desterrarla del espíritu del hombre; porque los errores filosóficos son tanto más funestos, y trascienden tanto más cuanto más ilimitada es la jurisdicción de la razón filosófica. Pero mirados estos errores desde más alto pueden bien ser reconocidos como imperfecciones del espíritu todavía inmaduro y sujeto a la ley de progreso gradual, en que cada imperfección precedente señala el vacío que el progreso siguiente debe llenar y así en adelante. La filosofía siendo tan necesaria al espíritu como el aire al cuerpo para respirar, siendo como es inherente a nuestra naturaleza racional, pudo bien ser la compañera de infancia de la humanidad, puesto que el hombre no puede pensar sin investigar la causa y el porqué de los hechos o los fenómenos, sin necesitar a que apareciesen las primeras escuelas que nos presenta la historia de la filosofía. Es, pues, indisputable que antes de las escuelas de la India, la China, la Persia, &c., el entendimiento humano hubiera hecho esfuerzos para darse cuenta de los fenómenos que cautivaban su admiración, aunque estos esfuerzos hayan desaparecido con el individuo, como los del hombre pensador que ni enseña, ni escribe, o se hayan perdido los monumentos, si quizá los dejaron consignados. El primer método usado en la historia de la filosofía es el que usa en todas las épocas el sentido común, es el más espontáneo en la inteligencia humana, puesto que no consiste en más que en elevarse a la región infinita de la posibilidad, en excogitar una suposición, que no esté en contradicción con los hechos conocidos para explicar el fenómeno que se pretende. Y pues los hombres no suelen ver las cosas de una misma manera, cuando no se reúnen en un principio común pudiendo hallarse entretanto diferentes hipótesis que expliquen igualmente un hecho , este método debía conducir a la divergencia de opiniones, causa motriz de las disputas, y estas del escepticismo. De este modo de escuela en escuela, de sistema en sistema hizo la filosofía su curso al través de los siglos hasta hoy.

Ahora bien, ninguno de los sistemas que nos ofrece la historia de la filosofía por más singular o errado que nos parezca, ninguno de los métodos imperfectos que han conducido a tales resultados, ninguna de las teorías que desde luego calificamos de absurdas dejan de tener su importancia relativa cuando no se consideran aisladas, sino como eslabones de la cadena histórica de la ciencia, como escalones que sirven para subir a las regiones principales.

Para comprender esto mejor, consideremos la verdad como un tesoro escondido en la tierra pero del cual necesita el hombre si ha de llenar su destino providencial. Pues ahora lo primero que se supone en el hombre para hallar este tesoro es la convicción de que la mina existe aunque no acierte donde esté; sin esta convicción preliminar, ¿cómo pudiera decidirse a buscar con irresistible empeño, sin perder su confianza aunque sus ensayos se frustren una y otra vez? Necesita el hombre además la convicción de que su destino en la tierra es indagar esta verdad escondida a lo cual le mueven a cada paso las necesidades de la vida. Esto supuesto, ¿se podrán tener por enteramente perdidas las [468] excavaciones que se hacen para encontrarle? ¿No me enseñan al menos que en tal lugar no está lo que se busca, que aquel camino no conduce al fin? ¿Y esto no es avanzar un paso en la marcha lenta de la humanidad? Los métodos errados nos demuestran bastante que si los adoptásemos pesaría sobre nosotros la suerte de aquellos que buscando la verdad hallaron el error, que creyendo hallar la luz hallaron la oscuridad y de este modo disminuyendo los caminos extraviados nos acercaremos progresivamente al camino derecho.

Por otro lado, todos los sistemas de filosofía encierran una parte de verdad, y el error que envuelven no es de ordinario sino la exageración de la verdad o una verdad incompleta. Así, el escepticismo en su pretensión absoluta contiene un error gravísimo; pero ¿quién negará que es necesario muchas veces mantenerse en una prudente reserva? Asimismo, el error del materialismo no está en afirmar que haya materia, sino que todo sea materia, y así de los demás sistemas. Ahora se comprenderá la profunda verdad que abraza esta máxima de Leibnitz: Todos los sistemas son ciertos por lo que afirman, y falsos por lo que niegan. Sentadas estas premisas pasaremos ahora a explorar el terreno práctico de la filosofía.

La filosofía, se dice con sobrada frecuencia no es más que pura teoría y abstracción, excursiones por los espacios imaginarios, que no tienen aplicación alguna en este mundo real, donde hay necesidad de irse derecho al objeto; y hétenos aquí otra vez en el positivismo. Tanto delira la razón individual abandonada a sus propias luces; tan miope es para ver la verdad que se eleva algún tanto sobre la esfera de lo vulgar. Yo quisiera hallarme por un momento en la conciencia de estos hombres para observar como miran las cosas, como conciben la práctica independiente de la teoría, sino es en aquellos seres que no se gobiernan por su inteligencia, sino por instinto. ¿Cómo se puede realizar un bello sistema de educación sin haber investigado antes la razón de sus principios y meditado sus consecuencias, o de lo contrario a dónde conduce una práctica ciega? ¿Cómo es posible establecer una buena forma de gobierno sin haberse elevado primero a los principios de la justicia que tan bien saben conciliar la aparente oposición de nuestros deberes, y así todo lo demás? Pero para los positivistas pasa desapercibido que todas las acciones del hombre como ser racional no son más que la expresión de sus ideas, de sus proyectos, y de que, su modo de obrar pende todo de su modo de pensar; se les oculta también que su pensamiento es la forma y su obra la materia, que su pensamiento es el molde y su obra la figura que en él se modela, y que por consiguiente todos los defectos de que adolezca el molde irán impresos en su figura. Pero estos hombres acostumbrados a no fijar su vista sino en los resultados, en los fenómenos, en lo que tienen delante no alcanzan a ver que lo bueno, lo malo, lo fecundo, lo estéril, &c., está en las teorías, en los principios y en las ideas, y que por tanto para evitar y subvenir a estos males se debe ascender a su origen, se debe ir derecho a las teorías y no a la práctica. Pero ¡cuántos esfuerzos no cuesta a la inteligencia la conquista de un sistema, de un principio, de una teoría! ¡Qué de abnegaciones, qué de laboriosa meditación y reflexión! y no obstante, ocupaciones tan elevadas como importantes son miradas por el vulgo, velut aegri somnia.

Por otra parte si la filosofía no desciende al terreno de la práctica es porque su misión es conservar puro el fuego sagrado de las ideas para que aparezca más iluminado el templo de la verdad. Sí, la filosofía se ocupa solo de las formas , segura de que cuanto más perfecto sea el arquetipo que conciba, tanto mas lo será su traslado; ella toma principalmente a su cargo los principios universales, porque estos son el punto de partida, la dirección y el término a donde deben conspirar todos nuestros conocimientos, y como lleva las riendas del gobierno de las demás ciencias, después de investigar sus teorías y sus leyes necesita confiar su aplicación a los empíricos, prácticos o mecánicos; y no puede, repito, bajar al terreno de la práctica, porque siendo tan limitada la vista del hombre, el distraerla de este punto superior sería en daño de su mayor desarrollo y perfección.

Eliminemos por un momento la filosofía del cuerpo de las ciencias, bórrense todos los productos de esta ciencia primera, queden las demás ciencias reducidas a sus propios recursos, y veamos la suerte que les cabe. Ellas no son más que la materia, y despojadas de su forma quedarán reducidas a una masa informe, a una materia inerte, al caos primitivo. Si en medio de tan tenebrosa oscuridad atinara el espíritu el rumbo que le convenía seguir, principiaría por penetrar en el mecanismo de su inteligencia, por observar como obran espontáneamente sus facultades, como forman los conocimientos, para que puesto en posesión de este secreto pueda él dirigirlas, perfeccionarlas y aplicarlas con acierto a cuantos objetos se proponga conocer, en seguida comprendería la imposibilidad de conocerlo todo, y la necesidad de dedicarse exclusivamente a un ramo especial; la misma necesidad y la tendencia de sus facultades le sugerirían la observación, el análisis, la inducción y clasificación, y todos los demás métodos, pero a manera de ensayo, y muy imperfectos en su ejercicio. La filosofía no debe por tanto arrogarse el honor de la invención de estos métodos, puesto que han sido inspirados por la naturaleza y la predisposición de las facultades del alma, por la armonía que hay entre el objeto y el sujeto, como nacido el uno para el otro; lo que se debe a esta ciencia maestra es haber reparado en ellos cuando obraban espontáneamente, es haber observado su marcha, y su fin, para sacar de aquí los medios de perfeccionarlos, y las condiciones de su desarrollo en una escala indefinida. En resumen, por más que se quisiera cerrar la puerta a la filosofía saldría ésta del espíritu como su emanación espontánea, como su producción más legítima, y siendo como es la [469] vida de la inteligencia, del conato de sofocarla en su origen se seguiría la muerte de esta tan inevitablemente como el de contener la respiración , la privación de la vida orgánica.

Consultemos de nuevo la historia de esta ciencia, y la experiencia vendrá en confirmación de estos principios.

Aquella época, en que las ciencias naturales, que hoy con tal esmero se cultivan, eran miradas hasta con horror, puesto que se tenía por mago, o nigromántico, a cualquiera que en ellas se señalaba coincidía con aquella en que la filosofía yacía en el estado más deplorable, en que sus definiciones eran otros tantos círculos viciosos, como: el opio hace dormir porque tiene virtud dormitiva, la piedra es piedra porque contiene la pedreidad, y mil otras a este tenor. Todas las demás ciencias hubieran corrido la misma suerte, si la filosofía hubiera permanecido estacionada; mas por aquel tiempo aparecieron Bacon y Descartes, dos ingenios privilegiados llamados a cambiar la faz de esta ciencia, y proclamaron el primero el método empírico, y el segundo el método racional. Estos dos métodos que conducen a la adquisición de toda clase de conocimientos, no pudiendo establecerse sino después de una larga lucha contra las preocupaciones reinantes. Bien sabidas son las persecuciones que sufrieron los impugnadores del escolasticismo, al paso que se propagaba la nueva doctrina. Al fin se han ido aclimatando, y recogiendo en las épocas sucesivas más o menos frutos en proporción del desarrollo y oportuna aplicación del método filosófico, y tal vez a nosotros nos tocan los más abundosos y sazonados como los de un árbol cuando llega al período mas vigoroso y floreciente.

Es de esperar que no ocultándose estas razones que justifican la importancia de esta ciencia, y otras muchas que se escapan a mi limitación e inexperiencia, a la ilustración de los confectores del nuevo plan de estudios den un lugar preferente a la filosofía en el programa de las ciencias destinadas a la enseñanza, y que de este modo perfeccionándose todas las demás en razón de los progresos que se hagan en esta, se inaugure una época de prosperidad y de ventura.

Antonio García Castañón.

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Antonio García Castañón
1850-1859
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