El Sol
Madrid, miércoles 6 de mayo de 1925
 
año IX, número 2.416
página 5

Los intelectuales antifascistas

Al manifiesto de los intelectuales fascistas italianos ha seguido el de los antifascistas, que lleva al pie cuarenta y una firmas, de las cuales las más conocidas en España nos parece que son las de los Sres. Amendola, Bracco, Sem Benelli, Benedetto Croce, Einaudi, Guillermo Ferrero, Giacosa, Matilde Serao y Guido Villa.

El contramanifiesto empieza recordando el mal efecto que produjo el de los intelectuales alemanes y censurando el acto de someter al juicio de los extraños los dolores de la propia patria, y dice esto que sigue del documento fascista:

«En sustancia, el escrito es un primer ensayo escolar, en el que dondequiera se advierten confusiones doctrinales y mal hilados razonamientos: como donde se confunde el atomismo de ciertas construcciones políticas del siglo XVIII con el liberalismo del siglo XIX; es decir: el democratismo abstracto, antihistórico y matemático con la concepción sumamente histórica de la libre concurrencia y el avecinamiento de los partidos al Poder, donde, gracias a la oposición, se actúa, casi graduándolo, el progreso; o como donde, con fácil caldeamiento retórico, se celebra la debida sumisión del individuo al todo, como si ésta estuviera en litigio, y no la capacidad de las formas autoritarias para garantizar la más eficaz elevación moral; y también donde se traiciona la peligrosa indistinción entre institutos económicos, como son los Sindicatos, e institutos éticos, como son las asambleas legislativas, y se corteja la unión, o más bien la mezcla, de los dos órdenes, que lograría su corrupción recíproca, o, cuando menos, su estorbo recíproco.»

Aún más grave encuentran los intelectuales antifascistas que se les hable de «religión» en el manifiesto fascista, sin que se le diga en qué consiste el nuevo evangelio y la nueva fe, y sin que la palabra religión signifique en él más que una mezcla de descreimiento y de adulación a la Iglesia católica. Los antifascistas prefieren conservar su antigua fe: «la fe que desde hace dos siglos y medio ha sido el alma de la Italia que resurgía, de la Italia moderna; aquella fe que se compone de amor a la verdad, de aspiración a la justicia, de generoso sentido humano y civil, de celo por la educación intelectual y moral, de solicitud por la libertad, fuerza y garantía de todo progreso.»

A la afirmación que hace el manifiesto fascista de que el Resurgimiento italiana fue la obra de una minoría, contesta el antifascista que en eso consiste la debilidad de la constitución políticas y social italiana. Este es precisamente el mal de Italia, la falta de participación de buena parte del pueblo en la vida política. Lejos de alegrarse de ello los liberales, es la causa de su amargura. La razón de que algunos saludasen con alegría el advenimiento del fascismo fue que esperaban que su resultado sería la incorporación a la vida política de alguna parte de las masas neutras. En lo que no pensaron nunca fue en mantener a la nación en su apatía y en su inercia, «porque sabían que, de esta suerte, habrían traicionado las razones del Resurgimiento italiano y recogido las malas artes de los Gobiernos absolutistas y quietistas».

El contramanifiesto termina con la esperanza de que el actual régimen sirva para hacer amar la libertad, por vía de contraste, y se juzgará, andando el tiempo, la actual prueba como un estadio que había que pasar para «revigorizar la vida nacional italiana, completar su educación política y sentir más severamente los deberes de pueblo civil».

No necesitamos añadir, desde nuestra actitud política, que nuestras simpatías están con el contramanifiesto, y no con el manifiesto; pero así como añadimos breve comentario al manifiesto fascista, también nos permitiremos poner dos palabras al margen del contramanifiesto.

Los antifascistas dicen de pasada: «Que no está en litigio la debida sumisión del individuo al todo.» Y éste es precisamente el punto que no puede tocarse de pasada. Lo que sostienen los fascistas es que no puede ser lícita la rebeldía contra el todo; es decir, que a un italiano no puede serle Italia materia de elección, sino que ha de constituir objeto de deber, de obligación. De este punto no hablan apenas los antifascistas. Es, sin embargo, toda la cuestión.

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