El Sol
Madrid, miércoles 2 de diciembre de 1925
 
año IX, número 2.597
página 1

José Vasconcelos

El trágico fin de Edwin Elmore

A requerimientos del eminente pensador y publicista mejicano D. José Vasconcelos publicamos la siguiente carta, que nos envía desde Milán.

Señor director de El Sol. Madrid.

Muy estimado y fino amigo: Regreso de un viaje por el cercano Oriente, que me ha tomado más de tres meses, durante los cuales no he recibido diarios de nuestra lengua. Por amabilidad de un amigo español he recibido, al llegar a ésta, recortes de ese diario a su muy digno cargo en los que se da cuenta del doloroso incidente en que perdió la vida uno de los más nobles espíritus de la América española: Edwin Elmore, soldado del ideal. Aparece de las mismas indicadas informaciones, y de otras que recibo de Méjico, que el matador fue el poeta Santos Chocano, y que la causa de la disputa se encuentra en ciertos artículos míos sobre el caso Chile-Perú. Comienza por llamarme la atención una cita en que se me hace decir que «Tacna y Arica deben ser entregados a Chile porque este país está mejor preparado para la dirección y gobierno». Se agrega que un artículo mío con estas frases fue reproducido por La Prensa, de Lima, y refutado por el Sr. Santos Chocano. Todo esto me parece una burda calumnia de ciertos elementos interesados en restarme simpatías entre el elemento liberal del Perú. Yo no he escrito en los últimos años una sola palabra sobre el caso Chile-Perú. Lo único que no me cansé de repetir en Chile y en todo lugar donde he estado, es «que me parece una vergüenza que el caso Chile-Perú se haya sometido al arbitraje de los Estados Unidos, cuando debió arreglarse directamente entre Chile y Perú o por mediación del Brasil, o de España, o de Argentina, o de Méjico; es decir, en familia. También he dicho que, «como chileno o como peruano, prefería perder esa provincia a deberlas a un laudo de Washington». Pero es apócrifo cualquier artículo en que se me haga aparecer diciendo que las provincias en disputa se deben entregar a Chile. Y todavía resulta aún más extravagante el motivo, que según la falsa información a que aludo, serviría de base a mi alegación: «el de que Chile esté bien preparado para gobernar esas provincias». ¿Cómo se me puede atribuir esta declaración si justamente los que me la atribuyen me han censurado porque he atacado al militarismo chileno, cada vez que la oportunidad se me presenta?

El Sr. Santos Chocano no tiene necesidad de calumniarme para buscar causa de querella conmigo. Causa la tiene de sobra con lo que yo le he dicho, fundado estrictamente en justicia. No soy matachín ni perdonavidas, pero por eso mismo le he dicho al Sr. Chocano que lamentaba verle dejar la lira del poeta por la vara de cascabeles del bufón. Se lo dije sin odio ni mala pasión; se lo dije con dolor porque lo admiraba y lo quería como poeta y como amigo. Lo acusé como acusé a Lugones de no estar a la altura del deber que una justa fama les impone como directores del pensamiento de América. A este escrito contestó Chocano ofendiéndome bajamente y calumniándome. Contestó diciendo mentiras y puerilidades como la de que yo en una época de destierro, que pasé en Lima, había sido empleado de la Policía limeña. Si como esto es falso hubiese sido cierto, crea el Sr. Chocano que no me avergonzaría confesarlo, porque las gentes honradas honran los cargos y yo hubiese sido un policía honrado. Lo que no he sido hasta la fecha es lacayo de ningún déspota. Y como todo esto les consta a los jóvenes de Lima, los jóvenes de Lima acordaron hacerme una protesta de simpatía con motivo de los cargos calumniosos de Chocano. He sabido de esta adhesión juvenil al mismo tiempo que de la tragedia de Elmore. El mensaje me lo enviaron los jóvenes limeños a Madrid y no me ha llegado hasta estos días. Y él me explica la maniobra; no pudiendo Chocano herirme en mi reputación, ha querido presentarme ante el patriotismo peruano como un aliado de los chilenos, como un enemigo secreto del Perú.

Por eso el Sr. Chocano, en declaraciones dadas el día siguiente del asesinato, y que leo en la Prensa de Méjico, ha dicho que mató a Elmore, porque sostenía mis ideas internacionales, las que califica de «traición al Perú.» Yo desafío al Sr. Chocano a que precise cuáles son esas ideas, cuáles son esos conceptos que pudieron parecerle una traición al Perú: porque el Sr. Chocano, como hijo del Perú, no debe ignorar que yo fui casi expulsado de Chile porque allá se me consideró sospechoso de peruanófilo. Pero ni las buenas gentes de Chile, que son muchas, ni las buenas gentes del Perú, que son muchas, se dejan engañar por estas calumnias que inventan los déspotas y sus defensores contra los hombres que son sus enemigos naturales sólo porque dicen en cada caso la verdad. Los buenos peruanos saben lo que yo quiero al Perú y los chilenos saben que no por querer al Perú soy yo enemigo de Chile. Precisamente Elmore, la víctima inocente de las iras del Sr. Chocano, Elmore y yo somos de aquellos que representan el patriotismo nuevo de la América: un patriotismo que no entiende de localismos y que quiere pegarles por igual a las dictaduras que aparezcan en Chile y a las dictaduras que aparezcan en Perú o en Méjico. Somos de los que creemos que los enemigos de la América latina son sus tiranos. Son precisamente esos que el señor Chocano defiende y que ahora lo defenderán a él para que salga impune su atentado contra el indefenso Elmore. Saldrá impune, pero no saldrá inmaculado. La sangre de Elmore le pesará en la conciencia, quiéralo o no, hasta el día de su muerte. Y es en vano que pretenda cobijarse con el manto de la patria peruana. Ni Elmore, peruano, ni yo, mejicano, hemos tenido una sola idea, un solo sentimiento que no fuese de adhesión fervorosa a la patria peruana. Elmore ha tenido la fortuna de ofrendar su vida a esa buena causa; a la causa de las libertades del Perú y a la causa de la patria iberoamericana.

A mi me colgarán, a su tiempo, de cualquier palo, en alguna de las encrucijadas del continente; pero no me corregiré de mi pasión de proclamar la verdad, hasta donde los diarios quieren y pueden ayudarme a decirla. Siempre me quedará el recurso de la correspondencia privada; pero hoy quiero rogar a ese noble diario que sea mi portavoz para que todos los jóvenes del Perú y los jóvenes todos de nuestra raza española, desde Madrid hasta Buenos Aires, sepan que Elmore no murió defendiendo una causa impura: no murió defendiendo «a uno que había insultado al Perú»; murió asociado en ideales a este mejicano que ama al Perú y también a Chile, pero no adula ni al Presidente de Chile ni al Presidente del Perú. Sepan todos que Chocano ha podido matar a Elmore con una bala que el otro no pudo contestar y seguro de una impunidad que nadie osará discutirle allá; pero Chocano no hará pasar a Elmore como traidor a la causa peruana; Elmore entra a la gloria como una de tantas víctimas de la tiranía iberoamericana; pero una noble, una grande víctima, porque antes de morir ya se había convertido en ciudadano de la patria continental. Lo lloramos todos, y en el dolor de la tragedia no excluimos ni al propio Chocano, que era una gloria y que hoy está manchado, y él sentirá, si reflexiona, el dolor de su remordimiento. Todavía le queda un camino: que se deje de adular a la fuerza y de avivar las bajas pasiones de la discordia interamericana. El fue en su buena época un partidario del acercamiento chileno peruano: que torne a la buena causa, a la causa de la libertad y el bien, y el mismo Elmore desde su gloria le sonreirá y pensará: mi sacrificio no fue vano. ¡Ya basta de odio en nuestra América! Antes mataban sólo los bandoleros de la política. ¿Adonde iremos a dar hoy, que aun nuestros poetas se convierten en asesinos? ¿Y todo para qué? Para allanar el camino «al reino de la espada». ¡Pobre América latina! Desesperaríamos de tu suerte si no fuese porque al mismo tiempo que Chócanos das también Elmores. Que el nombre de Elmore sea desde hoy bandera.

Milán, noviembre 1925.

Vasconcelos

——

[Disponible otra versión de este artículo, «El trágico fin de Edwin Elmore», con algunas variantes menores, en el libro Poetas y bufones, Madrid 1926, páginas 141-147.]

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