El Sol
Madrid, martes 20 de abril de 1926
 
año X, número 2.716
página 2

Avelino Gutiérrez

Carta abierta a D. José María Salaverría

 
Buenos Aires, marzo de 1926
Sr. D. José María Salaverría
Madrid

Mi muy estimado y respetado amigo: A mi regreso de una excursión por el territorio del «Río Negro», que siglos atrás remontara nuestro común abuelo Villarino, leo su artículo del ABC, en el que hace usted muy atinadas y juiciosas observaciones, al que yo escribiera en El Sol sobre el reagudecido tema de los ismos.

En ese mi artículo, hallo yo el defecto de no haber acertado a decir lo que quería decir.

Por de pronto, debió publicarse en un diario de América y no de España, para decirles a los hispanoamericanos: «Cuidado, amigos, no se dejen ustedes llevar por el canto de la sirena.»

«La invocación del latinoamericanismo, a guisa de parentesco, y, por consiguiente, promisor de amor, de afecto, de protección paternal y sacrificio en bien vuestro, es una engañifa.»

La invocación del latinoamericanismo parece querer decir todo eso; pero, en realidad, significa otra cosa muy distinta, y es ese otro oculto significado, el que ustedes deben ver para no dejarse llevar con demasiada facilidad, y para no darse y dar, sin recibir.

Con la expresión América latina Francia hace un llamamiento a los hispanoamericanos, diciéndoles: «Venid a mí, que soy el arca santa de la latinidad, la depositaria, la conservadora, la maestra y generadora del saber latino y del saber universal, Luz del Mundo. Vosotros, latinos, tendréis en mí a una madre protectora y providente, que os ayudará en todo, que os enseñará, que disipará vuestras dudas y será norte y guía en vuestra marcha.»

Y bien, amigos, sabed que, aun cuando Francia haya sido depositaria y custodia del saber latino, no ha sido exclusiva, ni única; sus hermanas en latinidad, por cierto más latinas que ella, también la han guardado, y otras, que tienen poco o ningún parentesco con la latinidad, también se la han asimilado y la han acrecentado. Se ve claro que Francia, en lo que es más genuinamente hispano, en lo que ella poco o nada ha puesto, se dice latina, y en lo latino, en que sus hermanas tienen tanta parte como ella, se dice francesa; es decir, que de una u otra suerte ella lo es todo, y se lo adjudica todo.

Pero eso, aparte la invocación, no es más que de puro halago y pura adulación.

Lo que Francia busca, lo que Francia quiere con esos halagos fascinadores, no es otra cosa que atraer a la América hispana, entrar en ella, y dominarla en provecho propio.

Ese es el sentido oculto, y eso es lo que deben ver los hispanoamericanos y los españoles, y en consecuencia, hacer lo que más convenga a sus intereses.

Esa expresión no encierra afecto, ni espíritu de protección: es halago, nada más que halago, y, en el fondo, explotación.

A los españoles he querido darles la voz de alerta, significándoles que, detrás de todo, están los trabajos y esfuerzos que hacen para asegurarse el dominio. Si Francia se sirviera sólo de palabras y nosotros contrarrestáramos con hechos esa propaganda, bien pronto le ganaríamos la delantera.

Es bien sabido que Francia, al ocuparse de América, no tiene para nada en cuenta la hispanidad, ni la italianidad; ella sola asume toda la representación. Eso es muy natural. No debe causarnos la menor extrañeza. Tiene su explicación psicológica y lógica. Lo hacen todos. Lo haríamos nosotros. Cada cual ensalza las propias virtudes y oculta las del prójimo.

Nosotros, españoles, debemos percatarnos del oculto significado, y ver que, detrás de todo eso, van los esfuerzos para el logro de sus fines; esfuerzos que debemos contrarrestar por medios eficaces.

A la invocación de latinidad, opongámosle nosotros la de hispanidad; pero no nos limitemos a eso. No opongamos palabras a palabras, o, para mejor decir, hechos a hechos, puesto que ellos se sirven principalmente de hechos.

Las expresiones de panamericanismo y latinoamericanismo son frases de simulación y disimulación, de engaño, de lisonja y adulación; aparentan protección y ocultan explotación, y nacen de un principio nacionalista y egoísta que no considero reprobable ni de calidad inferior cuando no falta a otros principios, superiores al principio nacionalista.

El uso de semejantes trampas tiene su explicación, que de ordinario justificamos diciendo: «es muy natural; es humano».

Por lo demás, yo considero al egoísmo individual y nacional como algo orgánico y vital que no se puede renunciar ni echar de encima, aunque se quiera.

En los momentos de prueba él sale triunfante contra el internacionalismo racionalista; y, quién sabe hasta qué punto no es bueno esto.

En sus efectos el egoísmo es un Dios todopoderoso, creador de todo lo bueno y todo lo malo, Dios y Demonio al mismo tiempo. La civilización occidental, toda ella, está hecha a base de egoísmo, y no es por cierto despreciable.

Y ahora voy a hacer mi profesión de fe:

Yo no soy internacionalista más que en aquellos principios universales de libertad, justicia, fraternidad y humanidad; fuera de eso, soy nacionalista y racialista –entendiendo por raza la que viene de nuestros ascendientes directos, la que tiene más sangre hispana.

Soy nacionalista y racialista por sentimiento, que es como decir por religión; porque me nace de adentro, porque, siendo orgánico en mí, no lo puedo remediar, como no se puede dejar de tener hambre, sed y amor.

El nacionalismo y el racialismo es hijo legítimo del egoísmo, y así quiere uno a la nación y a su raza, porque es cosa de uno, como se quiere a las cosas propias.

El internacionalismo será racional y sobrehumano; tendrá su origen en la parte más elevada del ser; pero, por lo mismo, es menos fuerte que el nacionalismo que saca su origen de lo orgánico animal del individuo, y que, por ello, es sentimental y emocional.

Además, yo entiendo que se puede cumplir con los principios universales de libertad, justicia, fraternidad y humanidad, dentro del nacionalismo, pues no hay oposición formal entre uno y otros.

Si bien lo vemos, el internacionalismo, comparado con la realidad del nacionalismo, es una abstracción.

En cuanto a la propia nacionalidad y a la raza hispana, tan compenetradas me las imagino, y tanta fe tengo en una y otra, por la comunión espiritual, que, si puedo hacer algo, lo hago para una y para otra.

Y ahora, que he hecho esta profesión de fe, voy a confesar alguno de mis pecados, que, como derivan de mi modo de sentir y comprender, creo que me serán perdonados.

Pensando en el porvenir de España, soy nacionalista y racialista; es decir, español e hispanoamericano. Lo primero no tiene nada de particular, reconociendo como reconozco que soy hechura de la historia de España. Lo segundo ya es más extraño; pero tampoco lo es tanto, pues América deriva de España y es también de nuestra familia.

Al declararme nacionalista, me confieso egoísta, y al declararme racialista, lo mismo.

Anhelo ansiadamente el adelanto de España; la quiero ver marchar a la cabeza del progreso, cumpliendo con todos los ideales universales o internacionales, y dando pautas a la civilización y a la cultura.

Tengo fe firme en este progreso, y la tengo, en parte, por la España misma, y, en gran parte por la raza que ella ha creado.

De este mi modo de pensar ha nacido el pensamiento de la Institución Cultural Española, institución a doble efecto, español y argentino; pero es más, y aquí viene mi pecado o mi tontería, que dirían muchos, y que tal vez lo sea, pero que a mí no me lo parece, y en todo caso es una tontería lógica.

No sólo he propendido a fundar la Cultural Española, sino también, indirectamente, al Instituto Argentino de Cultura Itálica.

Soy, en efecto, amigo íntimo del creador y presidente de este Instituto, ingeniero D. Nicolás Bessio Moreno, y hemos departido largamente con él sobre estos asuntos. Me he alegrado también de la creación del Instituto Argentino de Cultura Germánica, del que el ingeniero D. Nicolás Bessio Moreno es vicepresidente, y de ambos institutos soy socio (voluntariamente). No soy socio del Instituto de la Universidad de París, porque aquí lo francés es todo; pero me alegro que se haya fundado.

Presumo que, después de sabido esto, muchos me tratarán de tonto.

Vaya un altruismo tonto, dirán, echar agua que no sobra, al molino ajeno y favorecer con ello al contrario; mas, tranquilícense ustedes, amigos míos; no es por altruismo que lo hago. Lo hago, y aquí está la raíz de mi pecado, por egoísmo nacionalista.

Tengo fe en el progreso de la raza. Creo que en lo espiritual el progreso de la raza empujará a España y traerá su progreso; por lo cual todo cuanto se haga por elevar el nivel cultural de las naciones hispanoamericanas redundará en bien de España, y por eso yo deseo que vengan maestros de todas partes y que viertan aquí arte y ciencia, ideas y procedimientos; pues con todo ello, que cada uno de esos países hace en beneficio propio, creo yo que no hacen más que jugar a nuestras cartas.

Ahora bien, quisiera que los míos, directos o indirectos; es decir, nacionales y de raza, superaran a los demás.

Convengo con usted, mi estimado y respetado amigo, en que las palabras tienen su importancia; deben tenerla; si no la tuvieran, no se abusaría tanto de ellas.

¡Cuánto no se ha abusado durante la guerra de las palabras libertad, justicia, humanidad, democracia, civilidad! Las palabras son siempre la expresión de valores; unas veces representan ideas o principios abstractos, y entonces tienen un valor potencial; otras, representan valores reales, efectivos, y hay equivalencia o mejor concordancia entre la expresión y la cosa; pero muchas veces se expresa con ellas cosas distintas de lo que se apetece, y entonces son expresiones mentira, de simulación y disimulación, como en el caso de los ismos de que tratamos.

Yo no me detengo tanto a criticar el uso de estas expresiones, que, al fin, son naturales y humanas, como a denunciar a unos y otros españoles e hispanoamericanos su sentido oculto y la finalidad que persiguen; para excitar, para despertar a los nuestros a fin de que no se queden quietos y encastillados en la palabra hispanismo como en una fortaleza inexpugnable o en la defensa, con palabras de lo que ella representa, porque si tal cosa hacemos, estamos perdidos.

Critiquemos, en hora buena, a los que no quieren emplearla y la reemplazan por otra, arrebatándonos esta legítima etiqueta; pero eso no basta; mejor dicho, no sirve.

A Dios rogando y con el mazo dando; aunque aquí más nos valdría atenernos a la segunda parte de la sentencia, pues con la primera no haríamos nada.

Ciertamente, que para el trato con nuestros hermanos de América no debe exigírsenos iguales condiciones que a los demás. Tenemos casi la misma ascendencia; venimos del mismo tronco; aunque un poco cambiado, eso nos debe dar algún derecho y algún privilegio.

Por ser nosotros menos fuertes que los que nos interceptan el paso, no debemos renunciar a toda lucha y dejar libre el camino. No. Débiles y todo, como somos, debemos defender nuestras posiciones, que son bien menguadas, y más todavía, avanzar. El renunciamiento, fuera por lo que fuere, nos llevaría a la muerte, y a la muerte no debemos resignarnos, por ningún concepto, y menos a la muerte hipnótica y letárgica. Si hemos de morir, que sea trágica y heroicamente. Si nos disponemos para la lucha trágica y heroica es seguro que no morimos.

Para entrar en lucha, no debemos, en modo alguno, esperar el equilibrio de fuerzas y valores. Debemos entrar desde ya, y con lo que tengamos, sin pensar en nuestra pequeñez, pues luchando nos adiestraremos; pero ha de ocurrir que en muchas cosas no podremos aventuramos a entrar en lid sin gran daño.

Si para acercarnos a nuestros hermanos tuviéramos que superar a los demás, ninguna gracia, ni concesión harían a nuestro parentesco, por más que así ha de ser en muchas cosas, no en todas.

Lo que yo deseo es que no perdamos terreno, y que, para defender nuestras posiciones, y, sobre todo, avanzar, nos armemos de todas armas, porque la lucha está entablada y ha de ser recia, y si nos descuidamos, tendremos que abandonar el campo.

Presumo que esta carta es una repetición de mi artículo (que no tengo a la vista), porque surge de ideas que no han cambiado; con todo me decido a publicarla, insistiendo sobre el mismo asunto e invitándolo a que le dedique con reiteración su talento, ilustración y fervoroso y honrado patriotismo.

Lo saluda afectuosamente con todo respeto su amigo

Avelino Gutiérrez

 
Avelino Gutiérrez, «Panamericanismo, latinoamericanismo e hispanoamericanismo» (El Sol, 5 diciembre 1925)
José María Salaverría, «De las palabras y las divisas» (ABC, 20 diciembre 1925)
José María Salaverría, «A un compatriota benemérito» (ABC, 26 mayo 1926)

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