El Sol
Madrid, jueves 22 de julio de 1926
 
año X, número 2.796
página 1

Antonio Espina

Especulares

De crisis pintoresca

Mirando pinturas y esculturas del tiempo, a través del monóculo literario, que es infinito y filosofal, primero no se ve nada. Es que el vaho de los museos y las exposiciones suele empañar el fino vidrio. Pero luego, quitado, limpiándole con el pañuelo, y tornado a calar sobre la órbita violácea, empieza a verse claro.

Vemos el espectáculo de las artes plásticas en España. Lo situamos en el mapa-mundi. Podemos juzgarle, inquiriendo por aquí, por allá y por acullá –sobre todo por acullá– cuál es su traza, cómo se mueve y cuál es el soplo que le anima. Al fin, meditamos, y descolgando el ojo de vidrio de la órbita violácea, murmuramos: crisis. (Ya lo sabíamos.)

Crisis. Naturalmente. No podía el signo del color y de la forma, desmentir el signario entero del espíritu vigente. Especies intelectivas en crisis: estética en crisis. Alma entera en crisis: arte en crisis. Y después: trasfiguración –o sino muerte– y resurrexit.

Aquí conviene anotar que nadie deja de creer en la inmutabilidad orgánica del arte, en ese vértice inmanente y ómnico. Sí. Estamos de acuerdo. Los ortodoxos asustadizos pueden irse con su fundamentalismo a otra parte. Con sus «el arte es siempre el mismo», «no hay más que cosas buenas y cosas malas», «en el fondo, todo es igual», &c. Pero como no se trata de inmanencia, sino de transeuncia...

El arte tiene una ley de contingencia, variabilísima. Las emociones de un tiempo, de unos grupos, te dominan. Su piel se ciñe a los períodos históricos, como el guante a la mano. Su sentido es el de un correspondiente «sentido» (estesia) histórico. Corolario. La sensibilidad no crea normas, sino informaciones nebulosas y profusas, que en su porción más estable normaliza el artista temporalmente.

¿Qué pasa con la pintura actualmente? –y hablo de la pintura por constituir el ejemplo más revelador–. Que se desfibriniza. Fenómeno crítico, de sentido actual. Desfibriniza, desbiografiza. Así como en los laboratorios clínicos se desfibrinizan los humores, haciéndoles girar vertiginosamente en el centrifugador, la pintura, girando en el tío-vivo desalado de nuestra hora, se desbiografiza, quedando en puro suero. Caso derivado del evidente proceso general de «deshumanización del arte». Y tercera evolución, tercer perfil, suyo, en la cultura de Occidente.

Los otros dos están ya muy vistos. Siento mucho tener que referirme a ellos, porque hay que «batir el tópico» y estampar las palabras con hoja, de «renacimiento» y «romanticismo». Cuando vuelvo la cabeza disgustado para no ver esos tópicos, me quedo mirando a la India, la China y el Japón. La constelación oriental. Estos pueblos felices, que, carentes de renacimiento y romanticismo, conservan intactas todas las delicias del arte niño.

La primera evolución de la pintura la perfilan italianos y flamencos –sobre todo los flamencos que habían visitado Italia–, concertando con elementos tomados del primitivo, la primera argumentación, decorativa y psicológica. La biografía nace. El retrato se hace. Mitología, Religión y Costumbrismo, temas de raíz primitiva, adquieren de pronto vitalidad, aspectos, matices personales y diarios. Pero todavía falta en ellos la nota específicamente sentimental. Se trata ya de biografía. Pero de una biografía de tendencia forastera que va desde el autor hacia el mundo exterior. El hombre guarda pudoroso su «yo» dramático. {Generalmente dramático.)

La segunda evolución es obra de románticos. Más o menos puros. Es hija del lirismo alemán y de la inquietud francesa, y sobrina, del esplín inglés. Los autores descienden a sí mismos. Bajan torvos desde la alegre superficie de la naturaleza. Submarinizan. La vieja delectación mórbida del veneciano por el natural suntuoso desaparece. Lo que al pintor romántico le interesa del natural, es el croquis con que le ha prendido su conciencia. Ya nos encontramos en biografía distinta, cierta, sentimental. Ya no falta más que el registro grave del naturalismo literario finisecular, para llegar al punto de plenitud. Lo biográfico, en el siglo XIX, llena tanto el arte y la pintura, que desborda de ella, del retrato, y alcanza la biografía colectiva de la pintura histórica. La evolución se cierra liquidada con el impresionismo.

Ahora nos hallamos en la evolución tercera, nacida esta mañana a eso de las seis y media y nublado –acaban de dar las diez en el reloj vecino–, y no sabremos nada hasta el mediodía. El futurismo y sus ismos. ¡El Suceso que chischiribea fosfeno al rayo cerebral del monóculo, calado sobre ojera violácea! (Propiamente dicha.) El futurismo que ha sido, digan lo que quieran los tontos de siempre, la gran fórmula, el gran ensayo, el magnífico instrumento. No ha sido un logro definitivo. No. Claro. Afortunadamente. Pero ha derrumbado los estorbos tradicionales y ha procurado en la crisis general, todo un sistema de apetencias que luego, a mediodía, verificarán algo. No podía ser menos, a ojo nuevo, apetencias nuevas. Y los excitantes de la electricidad, la tinta química y el shoc maquinista, han modificado mucho el ojo. A los conos y bastoncitos de la retina –¡oh, histólogos!– vamos añadiendo pirámides y paragüitas. Expresionismo –exoexpresionismo, justamente– y decorativo voltaico. No quedan otros rumbos. Desengañémonos. Todo lo demás, es Velázquez.

El expresionismo, conviene conservar la palabra, que no ha de tomarse en absoluto en el concepto rígido que le daban las escuelas de vanguardia –hoy en el centro– puesto que necesita pactar con ciertas normas tradicionales –como el Soviet con el capitalismo–, penique, una fórmula en la que quepan sus términos objetivos abiográficos y sintéticos, y algunos términos tradicionales aprovechables. Más o menos. Por otra parte, tenemos lo decorativo. El amplio juego de colores y luces y formas, tan estallantes de porvenir, con los elementos modernos, en la escena, en la pantalla, en el edificio, en la escultura, en el jardín, en la indumentaria y en el lienzo.

Mas hay que confesar que sobre estas tendencias se trabaja menos de lo que se debiera. Precisamente por esto, por la ausencia –salvo excepciones– de ellas, en la última Exposición Nacional de Bellas Artes, es por lo que a través del monóculo literario –infinito y filosofal– ha parecido tan vulgar la Exposición. No porque hayamos visto pocas obras buenas y muchas malas, cosa que no importa nada. Lo lamentable ha sido la tristísima carga de sentido común, con que nos han abrumado nuestros artistas. El paso atrás. Se ha puesto de relieve que la crisis, saludable, la experimentan pocos. No importa, sin embargo, porque esos pocos bastan y son los que definen.

No quiero terminar sin significar, a propósito de esa Exposición Nacional, un pequeño absurdo que ha corrido por ahí. El absurdo de los que piden con protestas y vociferaciones la supresión de estos certámenes oficiales por su pretenso fracaso, ¿Fracaso? ¿Cómo? ¿En qué? Considérese que una Exposición no es más que una exposición, y que en cuanto expone –expone lo que hay– ha cumplido perfectamente con su deber. Su deber es simplemente muestrario, de escaparate, y el escaparate no tiene la culpa de que no haya géneros de superior calidad o altas novedades en la tienda. Tampoco precisa a concursos de este tipo, categorizarse instantáneos en museo o lanzar promociones de genios cada dos años. Son profesionalmente, públicamente, control, recuento de valores, alumbramiento de materias, acto oficial de presencia. Exposiciones. Nada más.

Pedir que se supriman a causa de su mediocridad artística, vale tanto como pedir la supresión de la estadística de natalidad porque nacen pocos infantes, o prohibir el escaparate al mercero porque no le han llegado de la fábrica las lentejuelas.

Antonio Espina

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