El Sol
Madrid, sábado 27 de noviembre de 1926
 
año X, número 2.906
página 1

Luis Araquistain

Puerto Rico

El drama y sus personajes

De todos los países de América, Puerto Rico es en la actualidad el más dramático, el único de los pueblos americanos con un sentimiento bien definido de nacionalidad que no ha logrado realizarla. Los territorios de América que viven en estado de colonia, las Guyanas del Brasil y las Pequeñas Antillas, que se reparten Inglaterra, Francia y Holanda; el Canadá, las Lucayas y Jamaica, que forman parte del Imperio británico, no sienten aún la nacionalidad, como anhelo de independencia. No hay, pues, en ellos drama histórico. Sólo Puerto Rico, de todos los pueblos americanos dotados de un alma nacional, es el que sigue sujeto a una soberanía extraña. Pasó de los españoles a los norteamericanos como una prenda, como una cosa, como en otros tiempos pasaba un esclavo, sin que le fuera consultada su voluntad; es más: desoyendo su deseo, claramente expresado y todavía desconocido de la mayor parte de los historiadores, de comprar mediante una indemnización, por alto que hubiera sido el precio, su opción a la independencia o a continuar vinculado de alguna forma a España. De los graves errores que cometió España en la guerra de 1898 y en el Tratado de París, ese fue uno de los más grandes: no haber oído a Puerto Rico. Y esa será la última herida que olviden los portorriqueños entre las muchas que aún sangran en su historia colonial.

¿Cuáles son los personajes del drama de la única grande Antilla irredenta? Tres: el norteamericano, el portorriqueño y el español que reside en la isla. El norteamericano es el menos numeroso. Los Estados Unidos mandan aquí poca gente. Fuera del gobernador y de algunos altos empleados, que son menos cada vez; de algunos maestros, que suelen venir por un año, y casi nunca vuelven, y de algunos comerciantes, que permanecen en la isla el menor tiempo posible, apenas hay norteamericanos en Puerto Rico. Los establecidos definitivamente y en funciones oficiales son muy pocos y acaban por sentirse más portorriqueños que norteamericanos; me han hablado de alguno que es entusiasta defensor de la independencia. Merece señalarse el hecho como expresión del estado ambiente.

La escasez de inmigración norteamericana puede explicarse por dos causas. Una, porque siendo este país esencialmente agrícola, hay poco campo, hoy por hoy, para el industrialismo en gran escala, que es la especialidad del norteamericano. Otra especialidad suya, las grandes organizaciones comerciales, tampoco tiene aquí terreno favorable. Casi todo el comercio de Puerto Rico está en manos de españoles, y no es fácil competir con ellos. Las leyes de inmigración norteamericanas han cerrado casi por completo esta isla a los españoles, y si Dios o el diablo no lo remedian, dentro de veinte o treinta años no quedará un español en todo Puerto Rico, o porque se hayan muerto o porque hayan regresado para siempre a España. Entonces, tal vez, podrán los norteamericanos sustituirlos en Puerto Rico. De momento no hay peligro. Pero de esta situación de los españoles he de tratar más detenidamente en otro artículo, que el asunto vale la pena por su grandísima importancia, y pocos habrá en toda América que merezcan tanto un poco de atención y estudio por parte de las autoridades españolas. Que Puerto Rico conserve su hispanidad o la pierda depende en mucho de que se restablezca la emigración de españoles a esta isla.

La otra causa es el clima. El norteamericano resiste mal el clima de los trópicos. Higieniza los países por donde pasa o donde se detiene para echar las bases de sus negocios; ha matado el mosquito de la fiebre amarilla, que fue durante siglos el azote de la inmigración europea en estas regiones del planeta, inundando de petróleo las aguas pantanosas donde ponía sus mortíferos gérmenes y destruyéndolos completamente. Todavía quedan otras enfermedades endémicas, como las fiebres palúdicas; pero las autoridades norteamericanas y las isleñas no cesan de combatirlas y acabarán extinguiéndolas. Y su gran labor puede servir de ejemplo a otros países que sufren semejantes plagas. Recientemente se ha inaugurado en San Juan de Puerto Rico una Escuela de Medicina Tropical, incorporada a la Universidad, y si lo que en ella se investigue y enseñe es tan brillante como su magnífico edificio –las mejores edificaciones de la isla, con el nuevo Parlamento, todo de mármol blanco, son las dedicadas a la enseñanza–, puede decirse que las enfermedades del trópico tienen contados, si no sus días, sus años en este Antilla. Alguna vez tendrá que visitarla nuestro amigo el doctor Pittaluga.

Esto hay que agradecerles a los norteamericanos, y sería injusto no reconocérselo, como les reconoceremos, muy gustosamente, cuanto han hecho por el engrandecimiento material y espiritual de Puerto Rico; a cada cual lo suyo. Pero contra el sol tórrido y la atmósfera cargada de cálida humedad, como un baño turco, no han inventado nada. ¡Si por lo menos se hubiera erigido la capitalidad en algún valle del interior, por ejemplo en alguna meseta del Asomante, una de las cordilleras más hermosas y frescas de la isla, como era lo inteligente, y acaso algún día haya que rectificar el error topográfico que representa San Juan! La estancia en estos países de alta temperatura constante, salvo un par de meses del invierno, que, según me dicen, refresca un poco, no les parece tolerable ni siquiera como entrenamiento o propedéutica para ir al infierno, pues todo norteamericano que se estime se tiene por la cifra y compendio de la perfección humana, y está seguro de ganar el cielo.

Esta ígnea hostilidad del clima antillano será siempre un dique de resistencia a una colonización profunda por parte de los Estados Unidos. Se llevarán –se los llevan ya– sus frutos; pero ellos no echarán hondas raíces en estas tierras. Hombres-abetos, no les es propicio un país de palmeras. El termómetro es el baluarte más seguro del nacionalismo antillano.

Es difícil, por no decir imposible, colonizar duraderamente a distancia. Todavía no se ha inventado un telequino colonial, ni es probable que el propio Torres Quevedo, que ha dado vida a tantas invenciones ingeniosas, lograra aplicar el suyo al dominio de pueblos. Se le aproxima el dólar, con sus poderosas y sutiles ondulaciones y potencias; pero los movimientos que produce son epidérmicos, y rara vez llegan al alma de un pueblo extraño. Eso me parece advertir en Puerto Rico, como espero mostrar en el curso de estas notas.

Luis Araquistain

San Juan, noviembre de 1926.

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