El Sol
Madrid, sábado 14 de mayo de 1927
 
año XI, número 3.050
página 8

H. G. Wells

Como marcha el Mundo

El nuevo norteamericano. ¿Qué se echa de menos en el?

El pueblo norteamericano se preocupa actualmente mucho menos que en otro tiempo de la opinión que acerca de él se formen los extranjeros; es decir, le impresiona menos la opinión extraña; pero tres o cuatro epístolas que he recibido acerca de este asunto muestran que existen aún norteamericanos que desean verse discutidos. Piden pronósticos acerca del porvenir del tipo y carácter de aquel pueblo. Es mucho lo que preguntan para que yo pueda contestar; pero, al igual que otros muchos ingleses, me he visto obligado a pensar detenidamente en estos últimos tiempos acerca de algunos aspectos del porvenir norteamericano, y puede ser interesante repasar los resultados de estas meditaciones.

El inglés no considerará nunca a los norteamericanos como extranjeros, como extraños, al igual de como mira a los italianos, o a los turcos, por ejemplo. Tiene, además, una intensa e íntima curiosidad por las cosas norteamericanas. Verdad es que no siempre se halla animado de sentimientos de amistosa cordialidad hacia el ciudadano de los Estados Unidos; que hay un fondo de irritabilidad y de hostilidad por ambas partes; pero mientras un inglés nunca dirá: «no me importaría ser italiano», le es muy fácil acomodarse a la idea de que podía ser norteamericano. Imaginativamente actúa a veces como si estuviera bajo aquel pabellón. Es apasionado por las comedias norteamericanas y lee con afán las novelas de aquella procedencia. Ve que él mismo podría vivir como en unas y otras se pinta. Sin la Monarquía, la «provincia» y el Ejército, no veo motivo para que el pueblo inglés no se asemeje al pueblo norteamericano.

La vida corriente en aquel país va siendo ahora descrita con gran competencia y exactitud por los escritores norteamericanos, con el propósito directo y primario de servir a los lectores compatriotas suyos; pero la labor de esos escritores va constantemente conquistando cada día más la respetuosa atención de los lectores europeos. Casi hasta nuestra propia época las novelas norteamericanas han sido, podíamos decir, novelas europeas acerca de América: seguían los métodos europeos y respetaban los patrones europeos. Sus personajes tenían una mórbida predisposición a cruzar el Atlántico. Pero ahora se está formando y desarrollando una escuela de escritores norteamericanos, que siguen una orientación peculiar con su propio material envidiablemente rico y nuevo. Sherwood Anderson, Sinclair Lewis y, sobre todo, Dreisser, son prominentes ejemplos de esta nueva independencia literaria norteamericana, de la cual Edgar Allan Poe y Whitman fueron los profetas, y Stephen Crane el más brillante precursor. Sinclair encubre el poder de un formidable escritor bajo la bandera de un propagandista vehemente; pero no puede ser olvidado al tratarse de la liberación de la literatura norteamericana.

Algunas novelas norteamericanas significativas

La titulada «Babbitt» nos parece una gran exposición de Norteamérica comercial, vista y escrita con completa originalidad, y aunque muchos ingleses encontramos «Martin Arrowsmith» un poco increíble y nada convincente, «Elmer Gantry» produce el peculiar efecto de las obras de Sinclair Lewis, que es el mostrar una realidad interesante vista a través de una lente que refracta y exagera, ciertamente, pero que permite apreciar mejor las cosas, por virtud de la amplificación que de ellas hace. Se puede creer en la existencia de Babbitt y comprender que Norteamérica puede estar infestada por innumerables Babbitts, y, al mismo tiempo, dudar si ha habido verdaderamente un Babbitt como tal Babbitt. En «Elmer Gantry», que trata de la vida religiosa popular, se aprecia de un modo aún más marcado que las cosas aparecen vistas con cristal de aumento. La novela tiene la calidad de veraz; es decir, se advierte que lo que en ella se describe es verdad, que allí no hay nada «falso»; pero se nota que las proporciones de las cosas están exageradas. El relato, además, tiene carácter universal. Dondequiera que reviva el espíritu misionero popular, sea católico, sea protestante, sea con el calificativo de «nuevo pensamiento» o con cualquier otro, se presenta el mismo peligro de reacción entre el tipo de predicador «magnético» y la mujer excitable convertida o asociada a sus ideas. Pero el grado o extensión del peligro es mayor y característico en Norteamérica, a causa de la atmósfera social, completamente peculiar y sin precedentes, en la cual el hecho se desarrolla, y en esto estriba el mayor interés del observador europeo.

Lo que primero impresiona al europeo es el exuberante vigor de vida social que estos libros revelan; después, su inmensa crudeza y su insistencia en ella, su carencia de variedad en cuanto a cultura y su ausencia de claroscuros, de penumbras; todo ello es un universal blanco y negro. Todo el mundo piensa, al parecer, las mismas cosas y las expresa en el mismo común lenguaje. Henry James, en su libro, menos citado de lo debido, «The American Scene», se lamenta de que en su tierra nativa, tal como él la vio en 1909, «a cosa alguna se le pueda poner ninguna otra cosa por delante». «Resultado extraño –dice–, que admito debe proceder del hecho de que son tantas las cosas, que se consideran ellas mismas preponderantes ante todo.» Las novelas «Babbitt» y «Elmer Gantry» hablan de un mundo que ha de seguir una línea estricta o perecer. Con el libro en la mano, el lector puede decir: «Esta es una comunidad libre en absoluto de crítica»; con lo cual se olvidaría por completo la existencia del libro que se tiene en la mano. Pero, en realidad, es una comunidad en la que la crítica y la idea de romper la línea que impide pensar acerca de las cosas están sólo en los comienzos.

Otra novela norteamericana de fuerza extraordinaria, que está siendo leída en toda Europa con gran curiosidad y admiración, es «An American Tragedy», de Dreisser.

Este escritor es un genio, en el extremo sentido de la palabra. Parece que trabaja enormemente, animado por raro e inexplicable impulso, sin someter a su propio juicio crítico lo que escribe, sin mostrar fatiga o diversión en su labor. Hace tiempo admiré su «Sister Carrie» y me rebelé contra su novela «The Genius», seguramente la obra más larga, más pesada y más necia producida por un escritor de primera clase. Su «American Tragedy», aún más extensa, es, sin embargo, convengo con Bennett, una de las mejores novelas del siglo. Es mucho más que poner con toda realidad al descubierto la vida de un pobre rincón de la existencia norteamericana, iluminada por el fulgor de una desdichada tragedia. Pero no estoy conforme con Bennett en censurar, en condenar su estilo. Es éste crudo, lleno de locuciones bárbaras; pero no fatiga nunca, mantiene fija la atención del lector y expone toda la áspera verdad, que tiene que mostrar con una fuerza que no podría obtenerse con precisión y corrección gramatical. Grande y áspera es esa verdad, e, inspirado por ese libro, voy a exponer algo referente a Norteamérica que me ha preocupado por algún tiempo.

La nueva vida común en Norteamérica

Permítaseme, ante todo, hacer constar dos impresiones de un lector francés de estos libros americanos, persona muy inteligente. La primera impresión que la lectura le ha causado es la de la amplia libertad de movimiento y general inquietud del común de las gentes de los Estados Unidos en comparación con las tranquilas y sosegadas vidas de sus equivalentes en Europa (suponiendo que se pueda establecer tal equivalencia). Lo que le ha impresionado después, y con más fuerza, es la pobreza y estrechez de la vida mental de esas mismas gentes. Se halla el lector en presencia de individuos cuya conversación no tiene profundidad alguna. No muestran variedad ni penetración en sus discusiones. No tienen sentido poético de ninguna clase. Al parecer, no conocen los nombres de aves, flores y demás seres de la naturaleza, ni se han detenido nunca a observar estas cosas. No emplean metáforas, sino frases y modismos peculiares, que el uso continuo ha deformado horriblemente y que constituyen una especie de jerga o caló poco menos que ininteligible para los extraños. No muestran nada de lo que un europeo podría reconocer como religión, […] ninguna clase. La reacción de su ánimo en casos extremos se reduce a la más simple y superficial orgía de conmoción general. No saben nada de literatura alguna. Leen tan mal, que las noticias en la Prensa hay que dárselas compendiadas y en letras grandes a la cabeza de las columnas. La pobreza de su lenguaje es asombrosa. Los amantes, en sus momentos de éxtasis, pueden decirse: «¡Vaya! ¡Pero qué sutil sois!» La frase que parece servir para todas las ocasiones es la de «That gets me!» (Esto me agrada, esto me subyuga, esto me sirve.) Mi amigo el lector francés insiste en que un pueblo de tales condiciones es un pueblo que se está degenerando, que ha decaído, que está en camino de volver a la barbarie primitiva. Hemos sostenido largas discusiones, porque yo sigo siendo un defensor de los Estados Unidos, y, al fin, hemos tenido ambos discutidores que rendirnos.

Concedo lo de la perversión y pobreza del lenguaje; pero puede argüirse que esto es una fase transitoria. Las dos terceras partes de los apellidos de los personajes del libro de Dreisser son apellidos procedentes del centro y del oriente de Europa; tales individuos son inmigrantes recientes; han dejado tras sí su propia lengua, el polaco, el bohemio, el alemán, el yiddish, y, por tanto, los nombres de las aves y las flores, las leyendas y las metáforas, se han quedado también detrás. Ha tenido que producirse en ellos una extensa atracción mental durante el proceso de trasplantación a un nuevo suelo. No se ha hecho ningún intento real y positivo para asimilarlos a cualquier cultura norteamericana concebible. ¿Es pues, extraño que al tratar unos con otros lo hagan empleando una especie de inglés deficiente, paupérrimo, incorrecto, con los tiempos y modos de los verbos equivocados? Además, esas gentes aún no están definitivamente asentadas; se mueven en un área extensísima, donde las flores y análogo material poético varían según los distintos lugares. La gente no recoge la fraseología de todas esas cosas cuando está de camino; y así como su idioma nativo ha ido perdiéndose en el tráfago y movimiento de la inmigración, así su fe nativa y sus tradiciones se han ido borrando también, confundiéndose con algo crudo, flojo, imperfecto. Pero esto no es más que una fase de transición. Desmudarse no es degenerar. Mudar de sitio no es decaer.

Así argumenté yo. Mi antagonista, sin embargo, hizo objeciones de peso al manifestar que si había mudanza había también edificación. ¿Qué otra cosa representan esas grandes escuelas y colegios de donde la nueva cultura ha de surgir? ¿Qué significan los signos de una copiosa literatura de alta calidad? Pues bien –proseguía mi amigo–, una ojeada a la vida de colegio en Norteamérica muestra que la calidad de la nueva civilización que allí se está fraguando es, bien puede decirse, discutible. Norteamérica es una cosa nueva en el mundo, una posibilidad vastísima, una esperanza para toda la humanidad. Las escuelas, los colegios, la literatura popular, la dirección intelectual de tal comunidad, si ésta ha de realizar verdaderamente esas esperanzas y cumplir su destino, han de ser cosas todas ellas muy superiores en calidad, en magnificencia a las que la pobre y vieja Europa pueda presentar en el mismo orden. Y si la comparan ahora unas y otras, ¿son las norteamericanas siquiera tan buenas como las europeas? El viajero norteamericano, con quien se tropieza a este lado del Atlántico, parece, cuando llega el caso de discutir cuestiones abstractas, que es mucho menos capaz de expresar y manejar las ideas que sus europeos equivalentes. Pero, en fin, esto lleva a hablar de casos individuales en los que no se puede fundar ninguna argumentación.

¿Necesita Norteamérica un renacimiento intelectual?

Y torno a Henry James. Este autor describe un largo viaje de Norte a Sur. Habla de la pretensión general de los coches Pullman, cuyo grande y monótono estrépito parece constantemente decir al viajero: «Mira lo que estoy haciendo con todo esto; mira lo que estoy haciendo, lo que estoy haciendo...» A lo cual él replica: «Veo lo que "no" estás haciendo, lo que nunca haces, y ¿qué le voy a hacer si dispongo de tal lucidez? ¡Lo cual parece que nunca es bien acogido por ti, por lo que tiene de verdad, siendo así que debiera serlo!»

Por mi parte, aún vacilo en decidir la cuestión. Detesto regatear o que parezca que regateo la inmensa obra llevada a cabo por los Estados Unidos en lo que se refiere a la parte material; pero desearía evidencia mejor que la que estas novelas y la información general relativa a las cosas de allí me dan respecto a un grande y paralelo movimiento en aquella comunidad hacia una actividad intelectual en una escala correspondiente a las circunstancias de Norteamérica.

En realidad, me parece que la situación de las cosas es, muy aproximadamente, como sigue: las escuelas comunes de cierto número de Estados de la Unión (no todos, ni mucho menos) son quizás tan buenas como las escuelas elementales de Inglaterra y Alemania. Pero, en atención a las peculiares necesidades de Norteamérica, deben ser cuatro veces mejores. Los muchachos no van allí a la escuela con la regularidad que en la Europa occidental, y les precisa asistir con más asiduidad aún que éstos. Norteamérica es lo suficientemente rica para que todos sus muchachos fueran a la escuela hasta los diez y seis años y aprendiesen a usar su propio idioma con perfección y facilidad, para que adquiriesen los elementos de las ciencias y algo fundamental y sólido acerca del resto del mundo. En rigor, en los Estados Unidos no se hace nada de esto. Su progreso, en materia de enseñanza, es superficial y pretencioso; se halla retrasado algunas décadas con respecto a su progreso material. La controversia sobre el Fundamentalismo ha mostrado que áreas extensas de los Estados Unidos se hallan mentalmente con veinte años de atraso respecto a la Europa occidental. Norteamérica debe poner en manos de su gente toda la mejor literatura del mundo, buenas obras científicas y de discusión moderna, a peseta o menos cada obra. Esto puede hacerse en Inglaterra, mientras que ahora, en los Estados Unidos, libros de esta clase cuestan desde un dólar hasta veinte. El pueblo común en aquel país y sus hijos actualmente tienen que leer libros antiguos usados o quedarse sin leer. Norteamérica está construyendo una gran nación del porvenir sobre unos cimientos que serían insuficientes hasta para una comunidad asentada sobre tradiciones a la europea. El procedimiento seguido hasta ahora no sirve, y aquel país tiene que verlo así. Si no lo ve, todas sus grandes promesas serán vanas. Pero el creciente movimiento de autocrítica que se señala en Norteamérica, y del cual los libros antes citados son muestra, es señal muy prometedora de que verá las cosas como es debido. Y cuanto más pronto y más vigorosamente actúe en consecuencia, más claras y más firmes serán mis esperanzas acerca del porvenir de Norteamérica.

Pero la labor no es sencilla, ni mucho menos. Si ha de realizarse efectivamente, se requiere para ello un esfuerzo enorme. Las Universidades, la distribución de los libros y, sobre todo, las escuelas elementales en los Estados Unidos, han de experimentar algo semejante a un renacimiento antes que la atmósfera de «An American Tragedy» pueda pasar como realidad a la Historia, y sólo entonces el pueblo norteamericano ocupará el lugar que sus verdades materiales le ofrecen entre las naciones que van a la cabeza de la civilización.

H. G. Wells

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