Filosofía en español 
Filosofía en español


Cinema

Cine español

En diversas ocasiones hemos hecho ya la afirmación de que hasta ahora el cinema español es un espectáculo francamente embrutecedor. También hemos hecho algunas salvedades; pero tan escasas y concretas, que el solo hecho de insistir en ellas lleva camino de convertirlas en tópico. Sobre lo que sí es menester insistir, en cambio, y cada vez con más claridad e intención, es en el deplorable aspecto que presenta siempre nuestra cartelera cinematográfica por obra y gracia de las películas españolas que en ella figuran. Mientras en Rusia, en Norteamérica, en Francia, en Inglaterra…, el cine tiene un encanto auténticamente juvenil, en España sigue siendo una prolongación de nuestros géneros espectaculares más ínfimos y tristes. Y esto es lo que hay que evitar.

El mejor modo de conseguirlo sería iniciando una producción seria y digna, en la que colaborasen elementos extranjeros, hasta que nuestros realizadores adquiriesen una capacitación. Pero esto es hoy materialmente imposible. La guerra requiere para sí todas las actividades, y el cine tiene que doblegarse a ella y ponerse a su servicio como arma de propaganda, Pero ya que resulta imposible crear un cinema de calidad espectacular, lo que sí está dentro de nuestras posibilidades es prescindir de todo el cinema que ya hemos producido, que si sirve para algo es para desprestigiarnos ante el mundo, y lo que es peor, ante nosotros mismos. Conviene tener presente que siempre será preferible que no se proyecte en nuestras pantallas ni una sola película nacional, antes que convertirnos en cómplices de un pasado artístico francamente ignominioso.

Hay dos films –“¡Abajo los hombres!” y “¡Centinela, alerta!”– que son el mejor ejemplo confirmador de todo lo que llevamos escrito. El primero es francamente pornográfico. No tiene ningún solo detalle artístico ni de buen gusto. Sin embargo, se está exhibiendo periódicamente, y casi sin interrupción, en todos nuestros cinematógrafos. Y el segundo, “¡Centinela, alerta!”, se encuentra en un caso parecido. A pesar de tratarse de una zarzuelera de cuartel, llena de ramplonería, capaz de dejar mal sabor de boca a cualquier espectador “normal”, lleva proyectándose quince semanas consecutivas en el cine de su estreno.

Que ocurriese esto antes, cuando el 18 de julio era una fecha aun no señalada en los calendarios, no tenía nada de extraño. Que ocurra ahora, es lo que resulta imperdonable. Y que no traten de justificarse los responsables de este hecho diciendo que ellos se limitan a satisfacer los deseos del público. Eso es lo que decían antiguamente los empresarios. Si el cine no ha de convertirse en un espectáculo sano, alegre y educador, y ha de seguir siendo un vehículo divulgador de la mezquindad y de la grosería, entonces sobran las Juntas de Espectáculos y bien están los viejos “trusts” explotadores. Por fortuna, aun es tiempo de rectificar. Una enérgica y definitiva acción de censura puede resolver en unas horas un problema que no ha tenido solución en muchos años.– G.