Fray Rafael de Vélez • Manuel José Anguita Téllez
Preservativo contra la irreligión o los planes de la Filosofía
1812

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Prólogo
Establecida la obligación que tiene todo hombre de defender su verdadera religión y su patria, se advierte el peligro en que se halla una y otra entre nosotros, por los papeles que circulan; y se concluye, que los magistrados y sabios deben trabajar, para impedir tan terribles males en su origen.

Cuando la patria peligra todos sus hijos deben armarse para defenderla. La naturaleza, siempre próvida, ha impreso en nuestras almas unas ideas tan vivas como indelebles, que nos impelen hasta sacrificarnos gustosos por su amor. No es el fanatismo, no las preocupaciones de la infancia, ni menos la educación de nuestros padres y maestros, quien da al hombre valor extraordinario para repeler a un enemigo, que le quiere privar del suelo que le vio nacer.

Los derechos del hombre, unos mismos en todos los países de la tierra, e inmutables en la sucesión de los siglos, la sociedad en la que por naturaleza nace y vive hasta morir, y las leyes que de ella dimanan; todo cuanto le rodea y alcanza a ver con sus ojos apenas aparece en el gran mundo, con una voz muda, pero imperiosa y enérgica, le habla con claridad al corazón: «esta es tu patria... ella te ha dado el ser... debes amarla como a quien te ha engendrado en su seno... prefiere tu muerte a su esclavitud.»

Los que viven entre los hielos de la Laponia, y los moradores de la abrasada Libia: el que nació en medio de una corte de magnificencia y esplendor, como el que no ha visto más que las cabañas y las chozas, todos sienten una inclinación secreta hacia la cuna en que respiraron la vez primera, y todos perciben en el fondo de su alma las dulzuras de su amor.

De esta ley común, que se extiende a todo racional, parece deberán eximirse ciertos hombres, que por lo raro se han notado en casi todos los siglos, y que en el nuestro por su excesivo número se pueden ya calificar. Ellos mismos se atribuyen con Pitágoras el título de filósofos, por el amor que dicen tienen a las ciencias, o por sus deseos de hallar la verdad: se llaman espíritus fuertes; porque no se dejan llevar de las preocupaciones que degradan en su opinión a los demás hombres: se dicen liberales, porque con facilidad renuncian a sus opiniones antiguas, y siguen otras nuevas de mayor ilustración. Ellos se jactan de ser superiores a todos los de su especie: su patria es todo el mundo: sus compatricios todos los hombres, hasta los hotentotes y cafres; se apellidan y titulan verdaderos cosmopolitas.

En toda la Europa son conocidos con los nombres de iluminados, materialistas, ateos, incrédulos, libertinos, francmasones, impíos. Sus doctrinas contra los reyes, autoridades y religión acreditan estos títulos, y sus obras los manifiestan a lo menos como unos fanáticos, unos misántropos, enemigos de toda sociedad.

Mas imperioso es para todos los hombres el amor a la religión, y a mucho más se extiende que el cada uno siente hacia su propio país. Sus ideas están impresas en nuestras almas aun antes de nacer: conforme los sentidos se perfeccionan, se van desenrrollando y haciendo cada vez más sensibles sus dulzuras, y el grande ascendiente que siempre ejerce en nuestro corazón. Sin su influjo los pueblos se convertirían en grutas de fieras, y la reunión de los hombres no sería sino bandas de salvajes que se congregarían sólo para devorar.

La religión es el más fuerte vínculo de la sociedad: las leyes que de esta emanan, por aquella reciben su principal sanción. El trono se sostiene por su virtud: en la observancia de los preceptos religiosos está vinculada la garantía más segura de todo poder; y en sus promesas se fijan exclusivamente las dignas recompensas del ciudadano, los premios justos a su honradez, y todo cuanto le puede consolar en medio de los peligros que arrostra por conservar los intereses de su patria y de su religión, que son una misma cosa con los bienes de su particular propiedad.

Por una fatal desgracia... mejor diré, por la manía de innovarlo todo, se desentienden tan bien los sabios referidos de estos vínculos de la religión, con la facilidad que se eximen de los preceptos que les impone el amor de su patria. Unos bienes por aquel orden son para los filósofos de nuestro siglo delirios de una imaginación preocupada, vestigios de un cerebro agitado por el fanatismo, ideas quiméricas de Platón.

¿Será posible no hayan llegado a conocer estos sabios qué es religión? ¿Hablarán según los sentimientos de su corazón? No puede ser. Sus principios son patentes a todos los hombres, sus derechos nadie los ignora: ninguno puede dejar de sentir las impresiones de su luz. Los filósofos niegan la necesidad de su práctica para no verse comprometidos a la admisión de unas leyes que les precisan en toda secta a tributar algún culto: publican que todo culto exterior es idolátrico, superfluo e indigno de Dios, o para eludir la fuerza de la verdadera religión, que conocen ser la de Jesucristo y la que más tira a refrenar sus pasiones, sostienen con calor que en cualquier secta se puede servir a Dios... que la tolerancia universal de ritos y adoraciones es dictada por el Evangelio... que todo culto es grato al Ser supremo... que el musulmán y el judío, el cristiano y el gentil todos adoran la Divinidad, y en todos se complace su amor. Esto es igualar a Confucio con Moisés, a Foy con el Salvador, el Evangelio con el Alcorán, y el Catecismo de nuestra fe con el libro del Talmud. Los cristianos (dicen los filósofos con altivez), «son unos fanáticos: su religión ha puesto en guerra a todas las naciones: el Evangelio ha derramado más sangre que todas las sectas juntas: la Iglesia de Jesucristo se fundó por la ignorancia, y la sostiene la superstición.»

Luego la patria y la religión nada deben esperar de tales sabios. A su juicio los Camilos y Arístides, los Leonidas y Pausanias, los Escipiones y Aníbales degradaron la humanidad por el amor que cada uno profesó a su patria, y la sangre que derramaron por defenderla. Los mártires cristianos que murieron por su religión tocaron la raya del fanatismo religioso, y acabaron sus vidas llenos de furor... ¡Cuántos errores! ¡Qué delirios!

Españoles: el dulce amor de la patria por la que peleamos: las promesas halagüeñas de la religión que defendemos, sus suspiros y clamores, que va a hacer cinco años oímos con dolor, no hieren las fibras, ni se insinúan en los corazones de estos hombres que por otra parte predican dulzura, filantropía, beneficencia y amor. Si existen entre nosotros en la sangrienta lid que sostenemos, estando a los principios que han adoptado y siguen con tesón, de nada útil pueden servirnos, y sí debemos temer que cooperen con todas sus luces y armas a nuestra cautividad y exterminio.

La historia de un siglo los presenta a la faz de todo el mundo como reos de lesa majestad y nación. En Roma y Nápoles, en Francia y España fueron delatados a los gobiernos por autores de una rebelión general, que por necesidad debía anegar a toda la Europa en su misma sangre. Fleuri, Zeballos, Valsequio, Bergier, el clero de Francia, otros muchos sabios de la Europa, celosos de su patria y de su religión, descorrieron el velo de la novedad, ilustración, filosofía, reforma con que aparecieron disfrazados al principio, y los presentaron a toda la tierra como a unos Diágoras o unos Epicuros, unos Espinosas o Maquiavelos, enemigos de Dios, de los tronos, de la sociedad, de toda virtud, de toda religión.

La experiencia más dolorosa continuada ya por el espacio de veinte años ha comprobado a la Europa entera la verdad, y lo terrible de aquellos vaticinios, y ha hecho ver a todas las autoridades civiles y religiosas la obligación indispensable en que se hallan los pueblos y todos los hombres de reunirse para eludir con la verdad de la religión los sofismas de estos falsos filósofos, y al mismo tiempo de tomar las armas a fin de resistir con la fuerza a los ejércitos que su filosofía ha armado para destronar todos los reyes y destruir todos los altares.

Intentamos evitar a la España esta catástrofe universal en la guerra pasada con la Francia: una vergonzosa paz nos desarmó, y retiró a nuestras casas para consumar por la intriga lo que la fuerza de aquella nación no podía entonces hacer. Su filosofía y su política infernal se introdujeron en nuestra corte y palacio, en nuestras ciudades y provincias; y en el espacio de doce años pervirtieron algunos de nuestros españoles, y minaron el trono de nuestros monarcas: se atrevieron contra nuestra santa religión; y persuadidos que era ya la hora de realizar sus planes, han cautivado a nuestros reyes, saquean e incendian nuestros templos, persiguen a sus ministros, y se jactan de tener conquistada la nación.

Para cinco años va que batallamos en la lid más desigual: peleamos por nuestra patria, por nuestra religión, por nuestras vidas, por todo cuanto amamos. La religión nos colma de bendiciones: la patria nos llena de honor: la Europa admira nuestro heroísmo: la posteridad nos juzgará.

Pero no basta el valor solo de nuestros militares y los esfuerzos de la nación entera para resistir esta nueva guerra. Los principales triunfos de la Francia no se deben a sus espadas. La igualdad, la libertad, la irreligión, la inmoralidad, las pasiones que arrastran a los hombres, que ellos publican en sus escritos, y que autorizan con las obras, son las armas con que han vencido multitud de pueblos y naciones seducidas por sus ideas liberales de reforma e ilustración. A los sabios y ministros del santuario les compete descargar esta nube que todo lo asola, y hacer ver a los incautos que la libertad proclamada de la Francia es esclavitud; su igualdad la que hay en las mazmorras, y su felicidad y regeneración servir a un tirano, sacudido el yugo de la religión.

Nada pues importa hayamos hecho los mayores sacrificios por romper los grillos del tirano de la Europa, si admitimos sus ideas de ilustración y sus planes de reforma. Si algunos de aquellos a quienes hemos fiado el timón de esta gran nave agitada, están iniciados en los secretos diplomáticos de la Francia, es de temer conspiren con ellos para nuestro escollo y ruina. Si los ecónomos de la opinión nacional, nuestros publicistas y políticos no vierten en sus escritos más que ideas análogas a las de la Francia, el resultado de nuestra guerra será siempre a su favor. ¿Cuántas medidas se han adoptado, cuántas especies se han vertido que no parecen si no dictadas por nuestros mismos enemigos, para consumar por nosotros lo que no han podido sus armas?

España, celebrada en todos los siglos por su firme adhesión a sus leyes y costumbres, venerada de todos los cristianos por la pureza de su fe y catolicismo, y hecha admiración de toda la Europa en la formidable resistencia que hace por su libertad y religión, ahora ha principiado a sentir en medio de su mismo seno una revolución nueva de ideas, una guerra de opinión, una lid intestina más terrible que la de la Francia, a la que si no se resiste a los principios, sin duda se le deberá el triunfo del tirano sobre nuestra gran nación.

Las ideas liberales esparcidas nuevamente por nuestros escritos deben poner sin duda en combustión todos los ánimos. El pueblo que no distingue, aplaude gustoso las ideas que le halagan, y ciego sigue a los que le dicen son los restauradores de sus derechos. El abuso de la imprenta ha puesto en mano de nuestros españoles unas armas desconocidas de sus padres, que aunque se les dice son para su ilustración y defensa de sus derechos, no son en realidad sino (como la experiencia lo acredita en nuestra España y en toda la Europa) para que ellos mismos se den la muerte, dividiendo la opinión pública, debilitando su energía, y entibiando el entusiasmo religioso que los ha movido a la presente guerra, para defender nuestro monarca cautivo, y nuestra religión ultrajada.

En efecto: nuestros papeles públicos, nuestros políticos nada nos hablan ya de Fernando VII, no citan nuestra religión; por el contrario, sólo se les oye: somos libres..., la tiranía se acabó..., la religión necesita de reforma..., la Inquisición se debe abolir..., se habla a cara descubierta contra los ministros del santuario, se ataca a la religión, aunque se protesta se hace contra los abusos.

¿No son estas las máximas que publicaban los franceses antes de su anarquía? ¿Se convocaron sus estados generales más que para reformar la nación? ¿Y no ha venido a parar en la esclavitud más ignominiosa y en la pérdida total de su fe? Léase la historia de su revolución: compárense sus hechos con los escritos de Volter, Rousseau, Hobes, Montesquieu, D'Alambert y demás filósofos de la Francia sobre materias de religión y de política, y se manifestará hasta la evidencia, que aquellas ideas de reforma e ilustración se inspiraron por ellos mismos para tener al pueblo de su parte: que no se hizo más que realizar los planes de su abominable filosofía, que por unos medios tan fáciles, y tan necesarios muchas veces a los pueblos, trataba de destruir la religión de Jesucristo, y arruinar todos los tronos.

Los resultados fueron conformes a los proyectos de la filosofía. La Francia fue la primer víctima que se inmoló en sus aras: su triunfo lo fundó sobre las ruinas de esta inconstante nación: la Europa ha sufrido la misma suerte: la Francia esclava no podía quedar pacífica si no veía todas las naciones arrastrar sus cadenas: la mayor parte de la Europa está ya cautiva por su furor filosófico: la España va para cinco años pelea por su libertad: ¿quien triunfará?

Sin duda será víctima funesta de la Francia si sigue los caminos que ha abierto la filosofía de nuestro siglo, y que ha procurado enseñar a todas las naciones. En nosotros ha quedado la semilla de la corrupción sembrada por sus escritos en la península. Algunos de los nuestros tratan de cultivarla: ya han manifestado sus ideas a la nación en los papeles públicos: por este medio han descendido sus ideas al pueblo, que siempre ha sido sano. Temo que aun cuando arrojemos más allá de los Pirineos a nuestros opresores y tiranos, una revolución nueva nos divida; y entonces... ¡Oh España!... ¡amada patria mía!... ¡religión adorable!... ¿serán mis temores infundados? Pluguiera al cielo... Pero el pueblo que hasta un año hace no conocía los títulos brillantes de libertad, igualdad y derechos del ciudadano: que estaba adherido perfectamente a su rey sin atreverse a juzgarlo aun cuando le viese nulo y criminal, porque creía que esto excedía a sus facultades: que veneraba su religión como la principal base de su felicidad individual y de toda la nación: que miraba a la Inquisición como el muro seguro y más firme baluarte del trono y del altar: que oyó siempre sumiso a los ministros del santuario como a enviados de Dios y depositarios únicos y fieles de su divina palabra: este pueblo tan adherido a sus opiniones ha oído unas voces del todo nuevas, y unas ideas que le seducen, aunque le halagan. Hablan de religión y de sus ministros, de sus rentas, de su número: critican la virtud, y zahieren la predicación: en materias de estado deciden con magisterio opiniones atrevidas. Si se les reprende este crimen, declaman con orgullo: se acabó el despotismo... los sacerdotes no componen la religión... necesitan de una reforma general... la religión no es una tela de araña, a quien no se puede hurgar sin romper... tiene abusos que se deben corregir...

¿No son estas las ideas que se imprimen en multitud de papeles que se hacen circular hasta las provincias más lejanas? ¿No es esto lo que se oye en muchos de los españoles? ¡Españoles! ¿Quién os ha seducido? Mirad que estáis al borde del precipicio en que se estrelló la Francia. No creedme a mi: oíd a un historiador que escribió sus primeros movimientos, y que al mismo tiempo asignó sus causas y sus principales agentes.

«¿Quién pudiera imaginar (dice este testigo ocular) que en una nación de las más ilustradas se pudiese ver un trastorno tan horrible? ¿Qué se hallasen en ella tantos individuos que a la voz de algunos incrédulos se precipitasen a tanto furor y a tal extremo de iniquidad?...»

«No era difícil conocer que la causa de todo esto era el funesto influjo de los modernos sofistas. Muchos años antes con la licencia de los escritos se había multiplicado el número de sus sectarios: sobre todo entre la gente de cierta clase que con más fortuna y otra educación querían vivir al gusto de sus pasiones, y aspiraban a distinguirse por opiniones atrevidas.»

«En la viveza de mi dolor yo acusaba al gobierno de haber dejado propagar esta secta impía y destructora: me quejaba del clero, que, o no conoció el peligro, o no supo a tiempo tomar medidas eficaces para precaverle: me consternaba al ver que la muchedumbre por ignorancia, y por no tener una idea viva y segura de la verdad de su religión, la dejaba envilecer.»

Así se explica un hombre, más amante primero de la filosofía que de la religión: un sabio antes incrédulo, impío, liberal, y después religioso y digno de imitación. Hagamos nosotros comparación entre París y Cádiz, Francia y España en las circunstancias que la describe este sabio, y que nosotros vemos en nuestra nación. El resultado será no haber entre nosotros tanto error e impiedad como en la Francia; pero no dejan de advertirse tan funestos síntomas en nuestros papeles públicos y sus autores: el número de los sofistas e incrédulos españoles no igualará con mucho al excesivo de la Francia; mas es una verdad indudable que entre nosotros no faltan.

Nuestro carácter, en nada parecido al de los franceses, no es veleidoso, amigo de la novedad; mas como a una continuada lectura de papeles gustosos por las sales de sus sátiras, agradables por su dulce estilo, buscados con ansia por las ideas brillantes de reforma e ilustración, que se procuran publicar con pomposos títulos y grandes carteles, y aun dar a precio ínfimo... a tantas pruebas no está hecha la constancia de la muchedumbre.

Luego nuestra patria y nuestra religión están en peligro, no tanto por la irrupción que han hecho en nuestras provincias los franceses, cuanto por la multitud de prosélitos que han ganado a su partido; de que son una prueba indudable tantos periodistas y papeles públicos, que se empeñan en ilustrarnos a la francesa, es decir, pervertirnos.

Para que la historia y la posteridad no diga de nosotros lo que de la Francia, ya que el gobierno no puede impedir tanto mal por las circunstancias críticas en que se halla, a los menos para que no se nos impute a los ministros del santuario que, o no conocimos el mal, o no supimos a tiempo precaverlo, descorramos el velo a tantos males, y quitemos la fatal venda que ha cubierto los ojos de algunos españoles: hagámosle ver...

I. Los planes de la filosofía contra la religión de Jesucristo y el estado...
II. Practicados por los filósofos franceses para destruir el trono de sus reyes y extinguir en sus dominios la fe del Crucificado...
III. Adoptados después por la Francia para acabar con todos los monarcas de la Europa, y abolir todas las instituciones cristianas...
IV. Realizados por Napoleón y sus agentes en nuestra España para nuestra cautividad y exterminio...
V. Resistidos constantemente por nuestra nación en la guerra cruel que sostenemos ya va para cinco años...
VI. Y últimamente admitidos en parte, publicados, aplaudidos por multitud de políticos y publicistas, que o por ignorancia o por malicia trabajan incesantemente por su admisión para nuestra ilustración, reforma, y regeneración política y religiosa.

Si demuestro (como intento) tan terribles verdades, daré a los españoles un preservativo contra la irreligión e incredulidad de nuestros días: contra el espíritu de reforma que anima a muchos, y contra las máximas que se difunden en perjuicio conocido de la religión y de la patria.

Así cooperaré del modo que me es posible en la lucha que nos hallamos a la defensa de nuestra adorada religión, de nuestra amada patria, y de nuestro rey cautivo, por lo que todos suspiramos.


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Manuel José Anguita Téllez Preservativo contra la irreligión
Madrid 1825, págs. 5-15