Fiesta de la Raza · Teatro Real de Madrid · 12 octubre 1924

Discurso del Excmo. Sr. Conde de Vallellano,
Alcalde Presidente

El Señor Alcalde:

Por feliz iniciativa del Ayuntamiento se concibió la Fiesta de la Raza; idea que pudiéramos decir genial, que corresponde a uno de los Concejales que hoy nos acompañan: al Sr. Crespo; pero no se contó con que hubiera de hacer la presentación un Alcalde tan modesto como el que os habla.

El lenguaje, según frase de Enrique Rodó, el gran estilista uruguayo, expresa lo impersonal de la emoción, pero no acierta a expresar aquello personal, hasta el punto de que cuando se habla no queden las ideas más hondas, las más sutiles, las más sinceras, las que precisamente no pueden expresarse.

Por lo tanto, habréis de notar que lo que yo diga no tendrá pretensión ni aspiración de discurso, y no lo puede ser, entre otras razones, porque la vida municipal, con sus apremios, con los problemas interesantes que están planteados, no deja, bien a mi pesar en este momento, el que pueda vagar mi imaginación por los campos más felices de la fantasía y del ensueño. Otras realidades más apremiantes me atan con atenciones que necesitan de todos mis esfuerzos. Sin embargo, pocos habrán de sentir tanto la fiesta como yo; y no en balde, señores, porque considerad que lo que el hombre más quiere es a los hijos y por las venas de los míos corre sangre americana. ¡Cómo no sentirla con más emoción que ninguno!

¿Qué conmemoramos en este instante? Oradores más elocuentes, prestigios reconocidos y relevantes, tanto de América como España, os lo dirán después. Las figuras excelsas del Ministro de Méjico, gloria literaria de su país y la figura, que no necesita de presentación, del ilustre Rector de la Universidad Central, Sr. Rodríguez Carracido, con otras manifestaciones de lo que el alma española es capaz de sentir en los labios de la señora Membrives, os dirán más elocuentemente lo que la Fiesta de la Raza significa.

Pero dejadme a mí, tan sólo, que os diga lo que reputo como sus dos significados. Para mí hay dos en esta fiesta: el espiritual y el económico. En el espiritual no hay más sino el recuerdo de la obra realizada, en cuyo punto ya se nos ha hecho justicia por todos, aun por los escritores norteamericanos, para decir que esta obra de la colonización de América, esa obra, empresa maravillosa, es neta y exclusivamente española. Españoles fueron los exploradores de los ríos, españoles los que descubrieron los dos continentes, españoles los que se anticiparon a la obra inglesa de la colonización y españoles, también, los que llevaron nuestra lengua, nuestra religión, nuestra alma, todo lo que constituye la ejecutoria más gloriosa de la tradición y de las nobles ideas españolas a un mundo desconocido. Por lo tanto, no es indiferente considerar el pasado, porque, como dijo Oscar Wilde, es lo único que nos puede servir para guiarnos en este momento.

Más interesante que la obra conquistadora es la obra exploradora y colonizadora, [14] y yo siento más emoción que ante las gestas sublimes de Pizarro y Cortés, por aquellos españoles que, un siglo antes, en una expedición de veinte hombres, descubrieron el cañón de] Colorado, y por el hecho sublime de aquel Vasco Núñez de Balboa que descubrió el mar del Sur, lo que fue Océano Pacífico y que con agua hasta la rodilla, en alto la espada y el pendón de Castilla, tomó posesión del mar del Sur en nombre de los Reyes de España.

Todo esto fue posible, analizándolo bien, no porque fuera la obra impulsada por unos cerebros grandiosos alimentados del ideal; fue posible, porque fue una obra neta y esencialmente popular; porque para realizar esa obra tal como se concibió, llegando a la cumbre del imperio español, se necesitó y se precisó lo que dice Renan con gran claridad: la cohesión espiritual, motor de todas las ideas y de todos los pensamientos y que hace que los pueblos puedan ser grandes para la realización de sus ideales, ya que el esfuerzo aislado, individual, será efímero e ineficaz, cuando no exista ese ideal colectivo que le forma e impulsa.

En este sentido, no cabe sino entonar un canto de justicia a la obra de esos hombres del Reino de Castilla y de León, en que parece reconcentrada y desarrollada una civilización en competencia con la italiana, que con todas las esplendideces del entusiasmo y todos los esfuerzos de su alma, la vertió sobre América para acabar la obra de la unidad nacional que habían plasmado los Reyes Católicos.

Esta fue la gloria de esas gentes humildes, modestas, que salieron de esos pueblos de Castilla que llevan vida lánguida y mísera; de las montañas de Cataluña, de los caseríos de Vasconia, de las praderas gallegas y asturianas, todo lo que representa el alma inmortal de que tenemos vivo ejemplo en estos momentos por la continuación que no deja de prodigarse en las figuras excelsas de los héroes españoles, que hoy siguen muriendo por la Patria con la misma fe que ponían antaño todos sus abuelos. (Aplausos).

Mas no hay que mirar, señores, el pasado con la satisfacción egoísta que inunda de alegría el presente, sino para cumplir la misión sagrada de preparar el porvenir, y esto es lo que nosotros debemos hacer.

Este porvenir tiene dos palancas incomparables en que apoyarse: una es la comunidad del lenguaje, ese nexo grandísimo que hace que, al venir los americanos a nuestra Patria, se encuentren en ella como en una prolongación de la suya; y tiene, además, lo que nosotros podemos ofrendar y dar, que es el hogar común, la casa solariega española, que hay que presentarla con todos los encantos que ésta tiene, cuidando de que nuestros monumentos atraigan su atención para que no se encuentren en ninguna parte de la vieja Europa mejor que en España.

Yo sueño algunas veces, cuando en ello pienso, en esos atardeceres de Castilla, incomparables cuando el sol va a inundar otros horizontes de otros continentes; yo pienso, emocionado, en una visión celestial, medio envueltas nuestras catedrales en esos cendales que representan los encajes floridos de la catedral de Burgos, en ese castillo medioeval de Coca, en el alcázar de Segovia, en el monasterio del Parral, en todo lo que constituye nuestras glorias nacionales, para decir a los americanos: Nosotros, España, la que descubrió un mundo, hoy más pobre, [15] más exangüe, os ofrece todo el afecto de su corazón y de su alma, porque su historia es la vuestra, porque sois sus hijos. (Aplausos).

Queda la obra económica, que ya no es el factor espiritual; ya es lo que liga a los pueblos por las conveniencias y por el interés. Y en esto, como en otras muchas cosas, ¡hay tanto por hacer y tanto por ejecutar! Hay intereses que son comunes, hay uniones y compenetraciones para entenderse, y falta sólo cómo esas realidades encajen, cómo se atemperen a la modalidad y procedimientos que impone la política rápida, activa, y eficaz, que no aguarda, y que en todo momento rinde el máximo esfuerzo y la máxima eficacia.

Esta obra de compenetración de lo espiritual y de lo económico nadie la ha sentido mejor que nuestro Augusto Soberano que, demostrándolo de modo evidente, envió, como anticipo de su viaje, a S. A. R. la Infanta Doña Isabel, que con tan clamoroso éxito cumplió el regio encargo. Nadie mejor que él, por lo tanto, para en un sueño ideal que yo concibo, y en el que se unen las aspiraciones y sentimientos de todos los españoles, poder realizar, como Embajador de España, ese ansiado viaje a América. Y nadie mejor podría realizarlo como español y madrileño, porque es la más exacta representación de la nobleza y de la hidalguía españolas. Podría presentarse como el más autorizado embajador, y sus credenciales, además del amor de su pueblo, podrían ser aquellas palabras de Castelar:

«Los pueblos que necesitan un rey no lo discuten. La monarquía tiene algo de sobrenatural y de divino; el misterio la ha engendrado, el cielo la ha poseído; lleva un manto que puede decirse tejido con las fibras de la vida nacional; lleva en su mano un cetro que representa el rayo de la victoria; y en su frente brilla el óleo sagrado como la materia cósmica en los espacios infinitos; los pueblos la reciben como legado de Dios y la obedecen como el testamento de las generaciones muertas, indiscutible, inviolable, sacratísimo para las generaciones vivas; la creen por la fe; la obedecen por la fe, y la sustentan por la fe.»

Por la fe y el amor hagamos rogativas todos los españoles por que el alma inmortal de España vaya representada en el más excelso de los españoles a llevar un abrazo efusivo y cordial de salutación a la América española. (Grandes aplausos.)

{Festival celebrado en el Teatro Real de Madrid, el día 12 de octubre de 1924,
para solemnizar la Fiesta de la Raza,
Imprenta Municipal, Madrid 1925, páginas 13-15.}


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