Fiesta de la Raza · Teatro Real de Madrid · 12 octubre 1924

Discurso del Excmo. Sr. D. Enrique González Martínez,
Ministro de Méjico

Señoras y señores:

Limpiaré mis frases del énfasis que sólo conviene a un discurso. La oratoria es inútil donde no desempeña un papel persuasivo, y este auditorio a quien me honro en dirigir la palabra, está de antemano convencido de lo que viene a mantener con su presencia: el ideal latinoamericano o iberoamericano –el nombre es lo de menos–, como hecho incontrovertible y como sentimiento real en el espíritu de cien millones de hombres. No quiero que mi oratoria –torpe por ser mía–, modifique desvirtuándolo aquello que por sí mismo es grande, y de suyo elocuente. Los escarceos retóricos son inoportunos siempre que, como en el caso actual, la idea justa no ha menester esfuerzo para imponerse como afirmación categórica. El sentimiento de confraternidad latino-americano existe, a veces confuso, en ocasiones mal definido, desviado con frecuencia de su significación genuina, y aun puesto de tarde en tarde al servicio de intereses bastardos y de malas pasiones; pero dista mucho de ser aquella amalgama informe, aquel conglomerado heterogéneo que caracterizan a ciertas agrupaciones artificiales de pueblos, creadas con fines que no son siempre nobles ante un riguroso criterio de moral humana. De este apretado conjunto racial que el pasado liga, que vincula el presente y que afianza el porvenir, ningún pueblo iberoamericano tiene derecho a ser excluido, y en la obra común, cada cual tiene su parte. Hoy nos congrega España, y en el trabajo futuro ni ella ni nosotros podemos ser eliminados so pena de empequeñecerla o debilitarnos. Por eso hablar de América ante nación creadora de nuestra cultura, es hablar de algo que a ella lo mismo que a los países americanos interesa.

Ayer todavía los pueblos latinos de América éramos una esperanza y quizás y apenas un presentimiento. Ramas fuertes de troncos gigantescos injertadas en el árbol primitivo de las razas aborígenes, representábamos una potencialidad indiscutible que se incubaba sorda y silenciosamente, un poco a hurto de las fuerzas directoras del siglo. Hoy somos una actualidad palpitante y una afirmación concreta. Ayer, los pueblos monopolizadores de las culturas milenarias podían eliminarnos del tablero de ajedrez de sus complicadas combinaciones políticas y de la bizantina urdimbre de su refinada diplomacia. Hoy necesitan contar con nosotros, a riesgo de que si nos dejan pasar inadvertidos, dejen también inadvertido su futuro grave, tan grave como su presente, tan amenazante como la situación del mundo a raíz de la gran catástrofe, en la cual no fuimos protagonistas, pero cuya acción de cataclismo nos invistió de pronto con la toga de los pueblos adultos.

Esta mayoría de edad, conquistada súbitamente, no es motivo de júbilo sin restricciones, porque su prerrogativa trae aparejados tremendos compromisos de índole moral y pesados deberes ineludibles. Somos hoy como aquellos mozos a quienes la repentina dolencia del progenitor obliga a apuntalar el hogar que se desploma, [30] y que se ven forzados a abandonar la frivolidad y la disipación para recapacitar en los problemas angustiosos de la vida. Nosotros mantendremos nuestro brío primaveral y nuestro optimismo de pueblos jóvenes; pero les asociaremos la gravedad y la cordura. Con la sonrisa del que siente la alegría de vivir mostraremos en el entrecejo la arruga precoz de la madurez reflexiva.

Somos pueblos que vamos hacia el mismo fin, aunque por distintas sendas. En ocasiones parece que la marcha es divergente y que nos apartamos en vez de unirnos. No hay tal. Al cabo del recodo imprevisto, o de la desviación voluntaria, tornamos a recorrer la misma ruta y a contemplar la misma estrella. Y es que sobre la individualidad psicológica está nuestro aire de familia; y sobre la diversidad de matices, nuestra semejanza común. Conservando la fisonomía propia de pueblos que merecen el nombre de tales, no hay, en nuestras nacionalidades afines, elementos que se combatan, y es inconcuso que física, moral y económicamente nos completamos. Nuestra homogeneidad no la perturba la mezcla de sangre aborigen, antes le añade características y modalidades fecundas que darán, con el andar de los siglos, marcas diferenciales a la cultura que un día hemos de crear, mantener y propagar en el mundo. Ya no nos alarma el principio pseudocientífico de la inferioridad de las razas mestizas. Aparte que no existen razas puras, la mezcla suele ser renovadora y fortificante. Nuestro problema, sobre todo el de los pueblos poseedores de una gran proporción de sangre americana, está en educar a sus hermanos nativos para que sus excelencias raciales se sumen a las europeas y las modalicen vigorizándolas.

¿Por qué cuando se habla de confraternidad latinoamericana ha de sufrir la idea nacionalista, digo el nacionalismo bien entendido, no el de preocupaciones estrechas tan condenable como el egoísmo individual? Las fronteras geográficas, la diversidad de organización y la diferencia de instituciones políticas no estorban la comunidad espiritual de los pueblos cuando la equidad y el respeto mutuo han extendido sobre ellos la mano. Todavía más; esas agrupaciones de índole étnica en que razas hermanas se unen para desempeñar una misión sobre la tierra, no son sino un esfuerzo hacia otra idea más alta, no por lejana imposible, que ha de cristalizar, tarde o temprano, en el reinado del amor universal.

Siempre que se trata de la fraternidad latinoamericana, es de rigor hablar de un sentimentalismo que no se traduce en obras. Es verdad, nada hemos hecho, o muy poco, por lograr una acción común, una empresa colectiva que nos agrupe en forma dinámica. Nuestro estatismo tiene aspecto de esterilidad, ya que, como dice un moderno pensador de España, los pueblos no conviven por estar juntos, sino por hacer algo juntos. Pero además de que una empresa así no se improvisa, pensar con insistencia en ella es ya un principio de realización. Algo es también comenzar a conocernos y a interesarnos por las cosas de España y de América; y algo, el procurar interpretaciones justas de lo nuestro, que otros miran con desdén o censuran sin conocimiento.

Me creo en esta ocasión con derecho a hablar de torcidas interpretaciones y de fallos injustos, ya que represento a un país que ha sido víctima frecuente de las especies más calumniosas, no sólo por parte de quienes pueden tener interés en [31] propagarlas, sino aun de la de aquellos cuya obligación moral era y es desentrañar de los sucesos mejicanos la verdad pura y el sentido profundo. Porque un alto y hondo sentido tuvieron siempre nuestras turbulencias, y en los horrores de una lucha que duró diez años, nada, ni lo que causó mayor escándalo, dejó de tener nunca la orientación moral, social y política que exigían implacablemente los problemas nacionales. Ningún movimiento armado dejó de tener un ímpetu de justicia o un anhelo de redención. No siempre es dado a los pueblos mantenerse en términos de moderación, ni retardar o eliminar un problema ha sido nunca resolverlo. Por esta razón, los que juzgan duramente a mi patria sin entrar en las causas de sus sacudimientos, sabrán un día que lo que Méjico ha logrado con sus convulsiones, lo que ha conseguido con sus luchas ese país espléndido y trágico, para tomar las palabras de un escritor belga, tiene mayor alcance del que a primera vista pudiera sospecharse, y que mucho de lo realizado en aquel amplio y doloroso campo de experimentación, será fecundo más allá de sus fronteras. Sólo a sabiendas de cómo el problema urge, puede justipreciarse el rigor del procedimiento. Cuando menos, pidamos que no haya dos pesas y dos medidas: una para las luchas de los viejos continentes y otra para las agitaciones americanas.

Repito que empezamos a conocernos. Los pueblos que somos hijos de España no la admiramos únicamente en su pasado esplendoroso, sino en su renovación que se inicia y que ha de forjarse muy en breve a pesar de las crisis aparentemente disociadoras que hayan surgido y puedan surgir en su seno. Ella también nos mira con el interés de siempre, ya que, como una confirmación de lo dicho antes sobre fronteras políticas y sobre nexos espirituales, España no ha salido nunca de nuestros corazones, ni hemos dejado de ser para ella los hijos de su alma y de su sangre. La civilización cosmopolita ha acrecentado nuestro patrimonio; pero la herencia materna no ha sido enajenada y es ella el núcleo de atracción de lo que hasta cierto punto nos es extraño. Contamos con España y ella cuenta y seguirá contando siempre con nosotros. En cuanto a lo que directamente atañe a estos pueblos latinos de América, es bueno comprender que no lo tenemos todo con nuestra riqueza económica. Los pueblos, como los hombres, no viven sólo de pan, y debemos recordar que junto al oro y la plata, los nitratos y el petróleo, la ganadería y la agricultura hacia los cuales tiende ávidamente la mano Europa empobrecida y casi hambrienta, tenemos una opulencia espiritual que ya pesa en el mundo. Pensemos un poco en nuestros sabios y en nuestros artistas, en nuestros iluminados y en nuestros apóstoles, y que nos enorgullezcan sus triunfos de igual modo que nos aprovechan sus conquistas, lo mismo acá en la Península que desde el río Bravo hasta el punto más austral de América, porque aquí no hay nacionalismos que se opongan ni fronteras que lo impidan. Pensemos también en la gran fuerza asimiladora de que son noble ejemplo muchos países americanos cuya latinidad no se amengua, antes crece con la contribución de razas disímiles. Y tengamos fe, una fe inmensa en nuestro destino, una fe que surja de nuestra propia conciencia. Seamos idealistas hoy que el mundo torna de nuevo al culto del ideal, después del fracaso estupendo de normas que parecían inquebrantables y que se derrumbaron porque las mantenía en pie el interés y no las apoyaba la justicia. [32]

No hablo ahora ni en nombre de mi país ni en nombre de mi Gobierno; pero me complazco en creer que interpreto el sentido de uno y otro en asuntos de latinoamericanismo. Méjico ha tomado en serio su deber de crear y estrechar vínculos con las naciones hermanas. Como dije en ocasión semejante a la presente, ha tiempo que mi patria, a la manera de esos signos misteriosos que los exploradores del cielo descubren en algún planeta y que son acaso señales furtivas enviadas a nosotros a través de los espacios infinitos, manda a sus hermanos llamamientos fraternos. Confiado, tranquilo y optimista, aguarda la respuesta. Por eso ha colocado en el escudo de su Universidad la divisa simbólica: Por mi raza, hablará el espíritu.

Los pueblos hermanos por la raza y por la lengua, a pesar del pesimismo de la hora, comienzan a estar juntos. Arrojemos hacia adelante, en la blanca y luminosa ruta de la vida, la dorada poma de nuestro destino común, y corramos tras ella, con el ansia de nuestros ojos, con la codicia de nuestras manos y con la fiebre de nuestra voluntad indomable. Cualquiera de estos pueblos que sea el primero en darle alcance, nos transformará colectivamente en vencedores. Así, dueños del glorioso trofeo, cerraremos la boca a la ironía aviesa y a la maledicencia emponzoñada que propalan a los cuatro vientos que solemnidades como la presente son plegarias dirigidas a una falsa divinidad, en un templo vacío y ante un ara desierta.

{Festival celebrado en el Teatro Real de Madrid, el día 12 de octubre de 1924,
para solemnizar la Fiesta de la Raza,
Imprenta Municipal, Madrid 1925, páginas 27-32.}


www.filosofia.org Proyecto Filosofía en español
© 2004 www.filosofia.org
Fiesta de la Raza · Madrid · 12 octubre 1924
Fiesta de la Raza
Hispania