Fiesta de la Raza · Teatro Real de Madrid · 12 octubre 1924

Discurso del Excmo. Sr. D. José Rodríguez Carracido,
Rector de la Universidad Central

Señoras y señores:

Habló América enérgicamente, pero amorosamente, con palabras del Ministro de Méjico (el Méjico que en la Historia fue llamado Nueva España), para refrendar con la suya lo que le habían precedido en el uso de la palabra condenando aquella calumnia, aquella infamia que había padecido España durante tanto tiempo al ser desdeñada su obra magna, al ser injuriada por vicios que no había cometido y que sólo malas pasiones hacían resaltar en una magnitud que no tenían. Todo eso lo ha dicho el Ministro de Nueva España, con palabras de América y representando a América.

Nos halaga en lo más íntimo del alma, que los historiadores, los espíritus generosos de todos los pueblos vayan reconociendo que la Historia de España es sin par en el mundo, no sólo por lo grande de sus proezas, sino por lo generoso de sus sentimientos. Nos halaga muchísimo más que esto lo digan los pueblos que son nuestros hijos, que lo diga América. Si nos dolía la injusticia del mundo y de Europa, nos dolía mucho más la indiferencia y el desdén con que nuestras hijas miraban a su madre. Pero al ver que eso ha desaparecido, que la luz se ha hecho, que en todos los centros de cultura o investigaciones históricas se reconoce la magna obra de España, y que lo dicen elocuentemente bien documentados; al ver, además, que todas esas nuestras hijas, con palabras de nobles sentimientos, con voces afectivas repiten lo mismo, y se sienten orgullosas de su madre patria; ¡ese es el momento más grato para nosotros, y por eso esta Fiesta de la Raza nos inunda el alma de alegría, y no sabemos cómo corresponder a esa gratitud y fusión de sentimientos de todos los pueblos, pero principalmente de nuestros hijos! (Aplausos.)

Dolíase el señor Ministro de Méjico de la injusticia con que es tratado su país por todos los que examinan su política y analizan sus acontecimientos actuales. Verdaderamente Méjico hoy está ante el mundo apurando el cáliz de amargura y de tristeza que apuró España durante tantos años en los que era injustamente tratada. Pero lo decía con suma razón: se verá en el porvenir, si no se ve en los momentos actuales, todo lo que significan estas transformaciones, estas convulsiones, estas emociones y conmociones que está sufriendo Méjico. Yo, expresando mi sentimiento, he de decir que soy un admirador devoto, rendido de todo lo que Méjico está haciendo en la Historia, porque hay que tener en cuenta qué posición le dio la geografía. Méjico está en la avanzada, en la línea de fuego de peligro, de defensa y conservación de los intereses españoles. Todos los españoles, todos los hispanoamericanos que tengan el sentimiento de lo que es la conservación de nuestra raza, estamos obligados a confortar el alma de Méjico, porque la obra de defensa de su propia nacionalidad es la de la raza hispana. (Muy bien.) Porque [40] está en un momento crítico, porque está en ese puesto de peligro, ¡cómo ha de pedírsele templanza siendo atacado, siendo víctima de luchas no sólo descubiertas, sino encubiertas, de insidias, de acciones llenas de mala voluntad! ¡Cómo no ha de mostrarse a veces, si se quiere, desconfiada en sus manifestaciones!

Méjico está despertando a la vida, está tratando de constituirse. Pero, ¡en qué condiciones y en qué situación! Con la desventaja y el esfuerzo de luchar con todos los formidables enemigos que no quieren que sea España una realidad en el porvenir, a Méjico le toca, por su posición geográfica y por el Destino, estar siempre alerta y vigilante en ese puesto avanzado. Y si despierta Méjico, como despierta la vida moderna, si siente todos los anhelos de renovación que sienten todos los pueblos, teniendo que constituirse en medio de esas dificultades, ¿se le puede pedir ecuanimidad, aquella corrección que pueden tener los diplomáticos en una sala de cancillería cuando están resolviendo tranquila y fríamente sus asuntos? El despertar del individuo por las mañanas produce una sensación de alegría, y el de Méjico, teniendo delante de sí tales zozobras y pesadillas, es el despertar de angustias de lo pasado, de preocupaciones del porvenir. Y a un pueblo que está en esas condiciones ¿se le va a pedir ecuanimidad? De ninguna manera.

Yo tengo interés en decirlo, y creo expresar el sentimiento de todos, que otros pueblos, otras gentes podrán censurarle, pero los españoles, los que sabemos bien lo que eso representa, no vemos nada absolutamente de esos pormenores en el proceder de Méjico, sino la magna obra, heroica, de verdadero sacrificio que está realizando por nuestra raza y por España.

Señoras y señores: ¿Qué significa esta Fiesta de la Raza repetida uno y otro año, no con la monótona frialdad de rutina protocolaria, sino con un sentimiento cada vez más vivo y fervoroso? Es así como algo superior a la psicología individual y a la psicología colectiva. Como en ésta se manifiestan aspiraciones y sentimientos de cada uno de los individuos que forman las colectividades, que aisladamente no podemos emitir, y yo creo, señores, que hay aquí unas voces superiores a la voluntad colectiva de las naciones, que son las que ordenan estos actos y otros análogos.

Me imagino que el decreto dado por el ilustre Presidente de la República Argentina estableciendo la Fiesta de la Raza, es como una especie de voz providencial que dice: Levantemos una cruzada, preparémonos todos a constituir sus huestes. Y así como los grandes acontecimientos históricos no se ven en todo su desarrollo desde los primeros momentos, sino que en ellos hay atisbos, hay síntomas cuya significación no se puede concretar, pero que son preparaciones para el magno acontecimiento que se prepara, así también, me parece que esta celebración de la Fiesta de la Raza es algo como un anuncio, un atisbo y una voz providencial, una voz superior a los pueblos que nos dice a todos: «amaos los unos a los otros, juntarse, unirse fraternalmente para realizar la gran obra que os está encomendada en lo porvenir.» (Aplausos.)

Yo tengo una fe ciega en los destinos de nuestra raza; y así como la historia del mundo en el siglo XVI es la historia de España por su actuación en todos los pueblos, yo espero, también, que la raza española desarrollada en América en [41] todas las proporciones en que ha de desarrollarse, en extensión de población, en elementos de cultura, en riqueza, en todo lo que constituye el poder de los pueblos, tendrá también una hegemonía, una acción prepotente que trazará nuevos rumbos y nuevos destinos a la Humanidad.

Y para esta gran obra no nos habríamos de decidir de una manera espontánea, sino que era menester larga preparación espiritual como son todos estos actos de hispanoamericanismo y entre ellos la Fiesta de la Raza.

Porque así como la Iglesia católica celebra sus mayores solemnidades con grandes fiestas para enfervorizar los espíritus y mostrarles la magnitud de la obra que se consumó para la redención de la Humanidad, así también estos actos de puro sentimiento, son estímulos, son enfervorizamientos para las almas, para que todas ellas sientan entusiasmo y vaya formándose en ellas el campo de cultivo de los nuevos ideales (así como se forman campos fecundos con el ambiente del calor primaveral), y se vayan formando para que estas nuevas ideas tengan la efectividad que han de tener en lo porvenir.

No nos dejemos arrastrar ni deprimamos nuestro ánimo por todos los que os dicen: «lirismos, palabras», porque todos esos lirismos y palabras son intereses verdaderamente positivos, que antes del concierto de los intereses se hace el concierto de las almas.

Los esposos, antes de establecer su casa son novios y todo es puro afecto... (Grandes aplausos.) Aquel matrimonio que se consumara sin otra preparación que el conocimiento, con el lápiz en la mano, de los elementos materiales que va a tener cuando la familia se constituya, seguramente no sería un matrimonio feliz en su día; pero aquel que ha nacido en la atracción de los espíritus, se convierte en familia y produce y crea intereses, ese tiene una base tan sólida, una raigambre tan extensa, que no lo destruye absolutamente nada. Eso es lo que debemos formar.

Americanos y españoles estábamos completamente divorciados por hechos históricos que no necesito recordaros. Está reconocido de una y otra parte que eso era no sólo absurdo, sino antinatural y el interés nos llama a la mutua inteligencia como nos llamaron los afectos en cuanto nos pusimos al habla, porque no puede quererse sino a los que se conoce. Nosotros no nos conocíamos. Los libros de América, las manifestaciones culturales de América, apenas venían a España, las nuestras también eran difícilmente recibidas allí; y, en cambio, la cultura francesa era la que formaba la inteligencia de aquellos pueblos. Hoy empiezan a conocerse y ha empezado un pequeño trato para que, inmediatamente, aquello que fuera calor en el primer momento, sea transformado en incendio de sentimientos, en incendio de calor espiritual y este es el momento en que estamos y esto hay que fomentarlo y hay que continuarlo.

Que no desaparezca la Fiesta de la Raza. No son hechos líricos, son cosas reales que hay que sustentar; y el año que viene, y los sucesivos con mayor esplendor todavía que los anteriores, y con ellos se irán, desde luego, formando esos vínculos espirituales, esa alma colectiva, porque las grandes colectividades, ya sean sólo de una nación, ya de una federación de naciones, no pueden realizar su obra sin una idea, sin una aspiración, sin un algo ideal que brote unánimemente de todas [42] esas almas, y es menester para eso que se establezca la conexión como se confederan las células en los organismos superiores... (Aplausos.)

Y esta confederación sólidamente establecida se hace por el mutuo conocimiento, por el afecto, y estas fiestas en que se hacen estas manifestaciones de afecto, son creadoras de nueva vida, de nuevos elementos para el porvenir de la raza.

Yo, señores, representando en este momento a España, no tengo más que una sola palabra que decir a los americanos que vienen siempre con nosotros a esta fiesta. Somos todos unos, felizmente ha llegado el momento anhelado de ponernos al habla, en inteligencia; pero tened en cuenta que esto es para todos provechoso, porqué si vosotros sois ricos y poderosos, tenéis un alma que es la que ha formado la historia y la tradición, y esa historia y esa tradición, al fin y al cabo, son las nuestras y vosotros los que os enorgullecéis de tener esa tradición. Nosotros lo estimamos y sobre la base de esa tradición, vamos juntos a formar la grande, la grande y colosal federación espiritual de la raza hispánica para estar debidamente preparados a la obra que hemos de realizar en el porvenir del mundo. (Grandes y prolongados aplausos.)

{Festival celebrado en el Teatro Real de Madrid, el día 12 de octubre de 1924,
para solemnizar la Fiesta de la Raza,
Imprenta Municipal, Madrid 1925, páginas 37-42.}


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