Fiesta de la Raza · Teatro Real de Madrid · 12 octubre 1924

Canto a España

Poesía de D. Demetrio Korsi
(panameño)

I

  ¡Heroica España!... En luminoso día
Al mar lanzó sus triunfadoras velas
A despertar el porvenir fecundo,
Y con noble y bizarra gallardía
Sólo necesitó tres carabelas
Para buscar, para encontrar un mundo!

  Cuando el alucinado Navegante
–Dolido el corazón, triste el semblante–
Miró empañarse la visión ardiente
De la proeza que su afán soñaba,
Le pareció que el Hado le alejaba
El borroso perfil de un Continente...

  Entonces, España le tendió la mano
Y con orgullo y sin igual pujanza
Le dijo al gran Descubridor: –¡Hermano,
Ten fe en el porvenir; ten esperanza!

  España remedaba al Cid grandioso
Que estrechaba en su fiel diestra de amigo,
–Zafado el guantelete de coloso–
La mano proletaria del mendigo...

  Al genio de Colón, sólo fue España
Unica al comprenderlo en su heroísmo,
Capaz de darle sangre de su entraña
Y de ofrecerle apoyo soberano
Para que, hendiendo el tumultuoso Océano,
Le arrebatara al seno del abismo
El misterio del Mundo Americano!

  ¡Tierra de la ambición! porque en su imperio
Nunca la diurna lumbre se extinguía,
Pues al no iluminarle un hemisferio,
En el otro, su sol amanecía... [56]

  Y, águila colosal sobre su mente,
Avizoraba que, en la lejanía,
Ningún confín como los suyos grandes,
Circunscritos al cóncavo horizonte,
En luz bañados o en neblina fría,
Desde las dunas pálidas de Flandes
Hasta la soledad de la Oceanía...!

II

  Su historia en mare magnum de grandezas,
De prodigios, catástrofes y espantos,
Vértigos, desconsuelos y ternezas,
Heroísmos y cóleras y llantos.

––

  Trepida el suelo cuando el Cid asoma,
Paladín inmortal en su Babieca,
Retando a Francia y provocando a Roma,
Mientras que la Leyenda, en fina rueca,
Urde el tapiz genial del Romancero
De oro y de lis y bronce irresistible,
En donde tanto ilustre caballero
Junta a su nombre, el nombre de invencible!

––

  Y el nieto de Mahomed, cual furia loca,
Avanza, conquistando el Universo;
Lleva el hereje, en ímpetu perverso,
Apretado su alfanje entre la boca;
Tributo impone al orbe cual vasallo
Y del mundo torcer quiere el destino,
Y es, galopando sobre su caballo,
Personificación de un torbellino!

  Pero ¡ay! su valentía fue ligera,
Su empuje vano, su pujanza exigua.
Puesto que, ansiosa de la lid, le espera
La España del valor, la España antigua.

  La Raza heroica que juzgó en desmayo
Se alista rauda, y doma su osadía,
Y lo fulmina con guerrero rayo.
Huye el moro, rebelde en su agonía,
Pero retorna con bestial bravura,
Feroz cual antes, como nunca fuerte,
Y reta con satánica pavura
A España, desde el mar, a duelo a muerte! [57]

  Y la hispánica flota al moro asesta
Derrota sin igual en el mar ronco,
Cual la chispa del cielo en la floresta
Raja la encina de longevo tronco;
Y, entre recio fragor de épico espanto,
El africano doblegó la testa
En las gloriosas aguas de Lepanto

––

  Y, vino el año enorme, el año horrendo
En que el hijo de Marte y la Victoria
Invade a España, con rugiente estruendo
De ejércitos, clarines y cañones.
Ciñe su frente el lauro de la Gloria.
Se humillan a sus plantas las naciones;
Deshace imperios, improvisa reyes;
Sus pasos siguen las humanas greyes;
Cruza bajo el turbión de las metrallas,
Y el Corso emperador, titán de Europa,
Parece el semidiós de las batallas
Entre el furor de su invencible tropa...

    Y España reta al colosal caudillo,
Exclamando: –¡Ante ti, que se arrodille
El que, vencido y sin honor, se humille:
Tu sierva no seré; yo no me humillo!

  Cada hombre un campeón; cada montaña
Teatro de combate; cada villa
Fatal osario de la gente extraña...!
¡De sangre, rojo Atlántico es Castilla...!
Y, en el sitio cruel de Zaragoza,
Héroes son en la pérfida campaña:
La ilustre dama, la plebeya moza,
El rebelde y astuto cabecilla,
Y el tembloroso y macilento anciano,
Y el niño refugiado en la buhardilla
Que muere con el rifle entre la mano...!

  Y la brava Península (¿es un sueño?)
Rechaza al fin las huestes extranjeras
Y el gran Napoleón, del mundo dueño,
Mira en Bailén rasgadas sus banderas.

––

  ¡Ah! qué hermoso pretérito que ofrece
La Madre Patria, cuna de la lengua,
Porque el perfecto honor no tuvo mengua
En la tierra del Rey Alfonso XIII. [58]

III

  Cayó de Grecia el fúlgido lucero
Y rodó al jonio mar, trémulo y solo:
Del Olimpo sin dioses, huyó Apolo,
Y con sus cuencas yertas... lloró Homero!

  Y en barro y polvo vil yace deshecho
El templo de blancuras hiperbóreas,
Resto ilustre de cien generaciones;
Y la tierra glacial fue el tosco lecho
Que encontraron, ruinosas, las marmóreas
Columnas de los viejos Partenones.

  ¡Roma se hundió también!... Roma imperante,
Arropada en su clámide gigante.
¡Y en su inmensa vorágine, los siglos
Apagaron sus gritos de bacante
Y el rugido bestial de sus vestigios!

  ¡Roma y Grecia cayeron!... Su apogeo
No legó de su inmenso poderío
Sino el resto espectral del Coliseo,
Por las garras del Tiempo destrozado;
Y, de la historia entre el osario frío,
Mármoles esparcidos cual trofeo
Del que fue un día el Partenón sagrado!

  ¡Pero tú, heroica España, no has caído...!
Tu firme estirpe se levanta austera,
¡Y antes que te sepulte el negro olvido...
Se detendrá hasta el Sol en su carrera!

  Tu porvenir se extiende, amplio y risueño,
Como horizonte mágico y fecundo,
Para todo Colón que tiene un sueño,
Para todo Colón que busca un mundo...!

IV

  ¡La América te aclama, Madre España!
¡La América genial, que piensa y siente,
La que aprende a soñar en la montaña,
La que aprende a cantar con el torrente;
La de un millón de pájaros cantores;
La de cien invencibles Capitanes;
La que de noche alumbran los fulgores
Que irradian como incendios los volcanes; [59]

  La América nerviosa de lirismos
Que en las tibias y gratas primaveras
Salpica de arcos-iris los abismos
Sobre una rebelión de torrenteras;
La América entusiasta que entroniza
La ciencia sobre pérfidos eriales
Y a la que exactamente simboliza
El orgullo imperial de los quetzales;

  La América que guarda hiel y acíbar
Para el fenicio en el comercio ducho,
La América de Sucre y de Bolívar,
Y Junín, Carabobo y Ayacucho;
La del fuerte Rodó, Montalvo y Cuervo,
Y Olmedo dúctil y Mirón bravío,
La de Chocano y la de Amado Nervo
Y Julio Flórez y Rubén Darío!

  La América te envía un recio abrazo
Y escribe tu epopeya sobre el cielo
Con su pluma más grande: ¡el Chimborazo!;
Y al saludarte en su laurel en rama
Sus cien himnos te canta, en hondo anhelo,
Con su lira más honda: ¡el Tequendama!...

––

  Y si sus dones la fortuna agota
Y hace que en su confín tu astro sucumba,
No caerás como cayó el ilota
Sin una cruz para indicar su tumba,

  Pues, como el ave-fénix de la guerra,
De la gloria, el amor y las hazañas,
Renacerás de América en la tierra,
No una vez sola... ¡sino en veinte Españas!

{Festival celebrado en el Teatro Real de Madrid, el día 12 de octubre de 1924,
para solemnizar la Fiesta de la Raza,
Imprenta Municipal, Madrid 1925, páginas 55-59.}


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