Hispania

 
Opinión de Monseñor Zacarías de Vizcarra,
Consiliario Nacional de Acción Católica Española,
sobre la obra de Francisco Gutiérrez Lasanta

La Virgen del Pilar, Reina y Patrona de la Hispanidad
12 de Octubre de 1946
 

El Consiliario General de la Acción Católica Española. Conde de Barajas, 8. Madrid

No se pueden recorrer las densas páginas del libro de don Francisco Gutiérrez Lasanta sin experimentar profunda admiración por el riquísimo caudal de erudición acumulado en ellas con paciencia benedictina, diligencia ejemplar y fervor pilarista insuperable.

Bien puede estar satisfecho el Excmo. Ayuntamiento de Zaragoza por la suerte que ha cabido a su piadosa y patriótica iniciativa, al encontrar en el Sr. Gutiérrez Lasanta al realizador completo y sobreabundante del ideal que se había propuesto, al convocar a público certamen literario a los escritores de España, Portugal y América.

Reciban ambos, Autor y Mecenas, mi efusiva felicitación.

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La tesis fundamental del libro está, a mi juicio, ampliamente demostrada.

Ninguna otra advocación de la Santísima Virgen puede alegar los mismos títulos que la del Pilar, para proclamarla Reina y Patrona de la Hispanidad.

Para esto se necesita una advocación que recuerde, no solamente a la Celestial Señora y alguno de sus singulares privilegios o favores de orden general, sino también algún beneficio especial directamente relacionado con la entidad patrocinada.

Concretamente, tratándose de la gran familia de naciones que se denomina Hispanidad, se necesita que la advocación [80] elegida recuerde algún hecho especialmente relacionado con todos los miembros de ella, tanto los del Viejo Mundo como los del Nuevo.

Ahora bien; el hecho especial directamente relacionado con todas las cristiandades hispánicas de ambos hemisferios es la maternidad originaria de su Fe y de sus Iglesias, maternidad que ostenta especialmente la Virgen Santísima bajo el título del Pilar, por el hecho de haber venido a España en carne mortal, como misionera de la fe de su Hijo y consoladora y alentadora del Apóstol Santiago y de sus discípulos, primer núcleo de la Iglesia Hispánica, de la cual tomó posesión al estilo romano, plantando en su suelo a modo de mojón posesorio, el Pilar de jaspe que por ministerio angélico, según antiquísima tradición aprobada por la Iglesia, trajo de Jerusalén y entregó a Santiago como base para edificar en su nombre el primer templo mariano del mundo.

Si Santiago es el Padre de la Fe Hispánica, la Virgen Santísima del Pilar es su Madre; y tanto España y Portugal, que entonces formaban la única Hispania evangelizada por Santiago, como todas las naciones que de ellas han recibido el ser religioso, como extensión vegetativa de su Iglesia, deben reconocer, en último análisis, como a Madre común de sus respectivas cristiandades a la Virgen Santísima que veló su cuna desde el Pilar de Zaragoza. La Capilla Angélica, levantada por Santiago en torno de aquel Pilar, es literalmente la «Casa Solariega» de todas las Iglesias de la Hispanidad, con genealogía mariana de la más noble prosapia.

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No reviste los mismos caracteres de maternidad originaria y extensión universal ninguna otra de las santísimas y devotísimas advocaciones que abundan en la Hispanidad de ambos mundos. Todas ellas recuerdan favores más o menos particulares, limitados a determinada nación, región o época, siempre posterior y muy lejana del nacimiento de la Cristiandad Hispánica, sin relación de origen y fundamento para toda ella.

Existe una advocación que, bajo el aspecto de universalidad, podría figurar como apropiada para la finalidad propuesta del patronato sobre toda la Hispanidad: es la de la Inmaculada Concepción.

En efecto: el 17 de julio de 1760, según narra La Fuente en su Historia General (Tomo IV, pág. 124), reunidas las Cortes del Reino en el Palacio del Buen Retiro de Madrid, bajo la [81] presidencia del Rey Carlos III, con asistencia de los Procuradores de todos los reinos de España y América, «acordaron por unanimidad de votos suplicar al rey se dignase tomar por singular patrona y abogada de estos reinos y los de Indias y demás a ellos anexos e incorporados, a la Virgen Santísima, bajo el misterio de la Inmaculada Concepción, sin perjuicio del patronato que en ellos tiene el Apóstol Santiago... y que se dignara solicitar bula de Su Santidad en aprobación y confirmación de éste».

Así lo concedió el Sumo Pontífice, casi un siglo antes de que Pío IX definiera el dogma de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre de 1854.

Antes de la definición dogmática de Pío IX, tenía cierto carácter especial hispánico la arraigada devoción de España y América al misterio de la Inmaculada Concepción del cual fueron entusiastas defensores y campeones nuestros teólogos y nuestro pueblo. El mismo Pío IX, cuando se erigió en Roma el grandioso monumento conmemorativo de la Inmaculada Concepción, eligió como lugar de emplazamiento para el mismo la Plaza de España, y fue personalmente a bendecirlo desde los balcones de la Embajada de España, en reconocimiento de la parte especialísima que había tenido nuestro pueblo en la defensa y propaganda de este misterio.

Pero, desde entonces, la devoción a la Inmaculada es felizmente patrimonio universal de todas las naciones e iglesias del mundo, y no representa algo en cierto modo especial de nuestro pueblo. Ni siquiera tiene entre nosotros un Santuario famoso dedicado a ella, como lo tiene Francia en Lourdes, a petición de la misma Virgen Inmaculada.

En cambio, el Pilar es cosa nuestra, directamente relacionada con nuestro pueblo, tanto ahora como en todos los siglos venideros, con sede y hogar tangible en nuestro suelo, con marca indeleble en nuestra historia, con destellos consoladores de predilección maternal, con ecos de esperanza para el porvenir de toda la Cristiandad Hispánica.

No quiere decir esto que se modifique el patronato de la Inmaculada para España, ni todos los demás patronatos marianos de las diversas naciones de la Hispanidad. Se trata de un asunto diferente. Se trata de estudiar cuál sería la advocación más apropiada para una entidad distinta de cada una de las naciones hispánicas, para el cuerpo colectivo de todas ellas, para la gran familia étnica de la Hispanidad. Se trata de la provisión de un trono hasta ahora oficialmente vacío, sin desdoro de ningún derecho adquirido precedente. Y creemos [82] que ese trono está reservado ya en nuestros corazones para la Virgen del Pilar, y que será reconocido con el tiempo para ella por las Autoridades a quienes corresponde la declaración oficial.

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Hace 16 años envié desde Buenos Aires al Congreso Mariano Hispano-Americano de 1929, en nombre del Clero Español de la República Argentina, una memoria impresa, con el título «REGINA HISPANITATIS», proponiendo que el Congreso pidiese a la Santa Sede que, tanto en España como en las demás naciones hispánicas, se pudiese añadir en la Letanía Lauretana la invocación «Regina Hispanitatis, ora pro nobis», y fundamentando ampliamente las razones de esta petición.

Ignoramos los motivos por los que el Congreso dejó de dar curso a dicha petición, aunque sabemos que uno de los Prelados asistentes, en solemne sermón, saludó a la Virgen con aquella invocación.

Quizá simultáneamente con el patronato de la Virgen del Pilar se podría solicitar la gracia mencionada, como complemento de aquél, alegando razones parecidas a las que figuraban en aquella Memoria,

No sería ninguna pretensión insólita. Está autorizada Polonia para añadir a las Letanías la invocación «Regina Poloniae, ora pro nobis». La Compañía de Jesús añade también a las mismas: «Regina Societatis Jesu, ora pro nobis». No sería difícil sacar del arsenal histórico del libro del Sr. Gutiérrez Lasanta fundamentos tan sólidos como los alegados en los dos casos citados.

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Podría ocurrírsele a alguno que difícilmente sería admitida en las Letanías una palabra tan nueva como «Hispánitas», en latín, o «Hispanidad» en castellano.

Pero como he declarado repetidas veces, en diversas revistas y publicaciones, la materialidad de las palabras «Hispánitas» e «Hispanidad» no es nueva, sino muy antigua. Véase mi largo artículo en EL ESPAÑOL del 7 de octubre de 1944, con el título «Origen del nombre, concepto, y fiesta de la Hispanidad», y el prólogo que puse a la obra del Dr. Manuel García Morente, «Ser y vida del caballero Cristiano», reeditado este año en Madrid (Ediciones Juventud de Acción Católica).

Lo verdaderamente nuevo es haber desenterrado del montón inútil de palabras anticuadas un vocablo necesario, haber [83] sustituido su significación antigua por otros conceptos; de viva actualidad, y haberlo puesto en circulación en los medios intelectuales y populares de las naciones hispánicas de ambos mundos.

La palabra «HISPANIDAD» figuraba ya como anticuada en la edición de 1817 del Diccionario de la Real Academia de la Lengua, en esta forma: «HISPANIDAD, s. f. ant. Lo mismo que HISPANISMO.» Y, a continuación, el mismo Diccionario Oficial definía así la equivalente: «HISPANISMO. s. m. Modo de hablar peculiar de la lengua española, que se aparta de las reglas comunes de la Gramática.» Es decir, que tenía significación análoga a la de «galicismo», «anglicismo», «latinismo», &c.

Quizá el autor castellano más antiguo que la usó en este sentido gramatical fue el bachiller Alexo Vanegas, en su obra «Tractado de Orthographía y Accentos», impresa en Toledo en 1531, donde dice: «De los oradores M. Tull y Quinti son caudillos de la eloquencia, aunque no les faltó un Pollio que hallase hispanidad en Quintiliano, &c.»

No sabemos qué Polión encontró hispanidad en Quintiliano. No sería ciertamente el Polión de quien nos habla el mismo Quintiliano, cuando escribe: «Pollio deprehendit in Livic patavinitatem» («Polión halló en Livio patavinidad»); es decir, «paduanidad», por ser Tito Livio natural de Padua. (De institutione oratoria, Libro I, cap. V). Quizá, en el mismo sentido, los escritores romanos hallaban en Quintiliano y en otros escritores hispano-latinos de aquellos remotos siglos una «hispanidad» análoga a la «patavinidad» de Livio; y, según esto, la palabra «HISPANITAS» habría sido usada en el período más brillante de la literatura latina.

La usó ciertamente el atildado humanista y latinista Filelfo (n. 1398, m. 1481), el cual achacaba a Quintiliano «redolere hispanitatem», es decir, «que tenía olor de hispanidad». (Cfr. J. P. Charpentier, Prólogo a las obras de Quintiliano, Garnier, París, tomo 1, pág. XXX.)

De todo lo dicho se deduce que la materialidad de la palabra no es nueva, ni quizá desconocida de los mismos clásicos latinos, y que, por este lado, no habrá dificultad para usarla en las Letanías.

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¿Qué es entonces lo nuevo de la palabra «HISPANIDAD» cuya creación me atribuyen a mí escritores tan respetables [84] como D. Ramiro de Maeztu, el Cardenal Gomá y el mismo Sr. Gutiérrez Lasanta, cuyo libro estoy encomiando?

Hace años lo vengo explicando en libros y revistas de España y fuera de España, sin lograr todavía que me dejen de llamar «creador del vocablo». No he hecho más que descubrirlo, resellarlo con las nuevas acepciones que nos hacían falta y ponerlo en circulación, como atinadamente lo indicaba el Dr. García Morente, en su obra «Ideas para una filosofía de España», sin duda por haber leído alguno de los artículos en que he narrado el origen de esta palabra: «Existe una palabra –decía García Morente– lanzada desde hace poco a la circulación por Monseñor Zacarías de Vizcarra, que, a mi parecer, designa con superlativa propiedad eso precisamente que la filosofía de la historia de España aspira a definir. La palabra aludida es HISPANIDAD. Nuestro problema puede exactamente expresarse en los términos siguientes: ¿qué es la hispanidad?» (Signo, 23 enero 1943).

Con la misma cautela habla el ilustre Secretario Perpetuo de la Real Academia de la Lengua, al dar cuenta de la modificación introducida por ésta en dicha palabra, para la nueva edición de su Diccionario, en vías de preparación. «HISPANIDAD –dice D. Julio Casares– sólo tenía en el diccionario un valor de pura terminología estilística, por no decir gramatical. Por eso pudo escribir Maeztu, con relativa propiedad, que el sacerdote español D. Zacarías de Vizcarra, residente a la sazón en la Argentina, había "inventado" el vocablo HISPANIDAD, puesto que lo sacaba a la luz para significar el conjunto y comunidad de todos las pueblos hispanos, concepto hasta entonces desconocido e innominado en el catálogo académico.» (ABC, Madrid, 16 diciembre 1944).

¿Cuál fue la ocasión que determinó el descubrimiento y lanzamiento de ese vocablo, reacuñado con nuevos conceptos? Lo he contado ampliamente en el citado número de EL ESPAÑOL.

Por iniciativa del cónsul argentino D. Enrique Martínez Ituño, se celebró por primera vez, en la Casa Argentina de Palos, la fiesta del 12 de octubre, con el nombre de «Día de la Raza», en 1915.

Esta iniciativa encontró eco simpático en América y, sobre todo, en Buenos Aires, donde tenía entonces mi residencia. En 1917, el Gobierno Argentino declaró fiesta nacional la fecha del 12 de octubre; y, aunque en el decreto no se le llamaba «Día de la Raza», ni aparecía tampoco la palabra «raza» en todo el texto del mismo, los periódicos comenzaron a usar [85] dicha denominación, que a mí y a otros muchos nos parecía «poco feliz y algo impropia», como escribí en una revista de Buenos Aires.

En efecto, España es la menos racista de todas las naciones. Ha sabido asociar a su familia étnica toda clase de razas blancas, negras, amarillas y cobrizas, en el Viejo y Nuevo Mundo, desde los aborígenes ibéricos, célticos, ligúricos, &c., hasta los semitas e indoeuropeos de Cartago, Arabia, Berbería, Grecia, Roma y Germania, y desde los negros o morenos de Africa hasta los cobrizos de América y los _amarillos de Filipinas. Es ciertamente chocante que llamemos «raza» al mosaico hispánico de razas. No sé qué pensarán en sus adentros los filipinos auténticos, cuando los españoles les hablan de «nuestra raza» o lo que se imaginarán los españoles y americanos, cuando aquéllos a su vez aludan a la raza común.

Además, el artículo «la», antepuesto a «raza», hace pensar que no se trata de una raza cualquiera, sino de «la raza» por excelencia, la única que merece plenamente la denominación de «raza».

Por todas estas razones busqué un nombre más simpático y exacto con que pudiera denominarse el conjunto de las veinte naciones hispánicas, para reemplazar a la palabra «raza» y designar con mayor propiedad el «Día de la Raza».

Y encontré la palabra anticuada «HISPANIDAD», inútil ya en el sentido que le daban los diccionarios y los autores antiguos, pero capaz de recibir dos significaciones nuevas que nos prestarían un gran servicio.

En un artículo que puede verse transcrito en la revista «HISPANIDAD», de Madrid, en su número del 1º de febrero de 1936, escribía yo en una revista de Buenos Aires: «Estoy convencido de que no existe palabra que pueda sustituir a HISPANIDAD para denominar con un solo vocablo a todos los pueblos de origen hispano y a las cualidades que los distinguen de los demás. Encuentro perfecta analogía entre la palabra HISPANIDAD y otras dos voces que usamos corrientemente: HUMANIDAD y CRISTIANDAD. Llamamos "Humanidad" (con mayúscula) al conjunto de todos los hombres, y "humanidad" (con minúscula) a la suma de las cualidades propias del hombre. Así decimos, por ejemplo, que toda la Humanidad mira con horror a los que obran sin humanidad. Asimismo llamamos "Cristiandad" al conjunto de todos los pueblos cristianos, y damos también el nombre de "cristiandad" (con minúscula) a la suma de cualidades que debe reunir un cristiano. Esto supuesto, nada más fácil que definir las dos acepciones análogas de la palabra HISPANIDAD: [86] significa, en primer lugar, el conjunto de todos los pueblos de cultura y origen hispánico, diseminados por Europa, América, Africa y Oceanía; expresa, en segundo lugar, el conjunto de cualidades que distinguen del resto de las naciones del mundo, a los pueblos de estirpe y cultura hispánica.»

En un escrito que publiqué en Buenos Aires el año 1926, titulado «La Hispanidad y su verbo» y ampliamente difundido entre los hispanistas, elevaba a la Real Academia de la Lengua esta modesta súplica: «Si tuviéramos personalidad para ello, pediríamos a la Real Academia que adoptara estas dos acepciones de la palabra "HISPANIDAD" que no figuran en su Diccionario.»

Esta petición halló eco en la docta corporación a fines del año pasado, y será atendida en la próxima edición de su Diccionario, según me lo comunicó muy atentamente el insigne Director de la Academia, D. José María Pemán, y lo hizo público en el número antes citado de ABC, su Secretario Perpetuo, D. Julio Casares.

Gracias a la autoridad moral de Ramiro de Maeztu, del Cardenal Gomá y de otros ilustres escritores, ha tomado ya carta de naturaleza en el Viejo y Nuevo Mundo el nombre y el concepto nuevo de la HISPANIDAD, y poco a poco va sustituyéndose la denominación del DIA DE LA RAZA por la otra más exacta y simpática de FIESTA DE LA HISPANIDAD.

Termino haciendo votos para que brille pronto el día en que la FIESTA DE LA HISPANIDAD llegue a ser también, en todo el mundo hispánico, la FIESTA DE LA REINA Y PATRONA DE LA HISPANIDAD, y para que desde entonces podamos tener el consuelo de saludarla a boca llena con la invocación filial «¡REGINA HISPANITATIS, ORA PRO NOBIS!»

Firma de Zacarías de Vizcarra

[Opiniones autorizadas sobre la obra del presbítero D. Francisco Gutiérrez Lasanta, titulada La Virgen del Pilar, Reina y Patrona de la Hispanidad, premiada en el Gran Certamen Hispano-Americano convocado por el Excmo. Ayuntamiento de Zaragoza en 6 de noviembre de 1941, expresadas en cartas dirigidas a su Alcalde-Presidente, Excmo. Ayuntamiento de la Inmortal Ciudad de Zaragoza, Zaragoza, 12 de octubre de 1946, Fiesta de Nuestra Señora del Pilar y de la Hispanidad, páginas 79 a 86.]


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