Hispania

 
José Antonio Girón
La justicia social en el nuevo Estado español,
y la colaboración de los sacerdotes para su implantación

Discurso del Excmo. Sr. Ministro de Trabajo, D. José Antonio Girón,
en la Universidad Pontificia de Comillas

9 de Mayo de 1948
 

Señores Profesores y señores alumnos
de la Universidad Pontificia de Comillas:

1. Preocupación y aliento

Dos sentimientos contrarios embargan mi ánimo en estos instantes: uno de preocupación y otro de aliento. De preocupación al tener que dirigirme a un auditorio en el que descubro tantas preciaras mentalidades y tantos insignes maestros del buen decir. De aliento porque precisamente en este magnífico centro de ciencia y virtud, Voy a hablar de una de las grandes verdades de España: su verdad social.

2. La cuestión social eje-centro del mundo

Todos sabemos que la cuestión social es hoy eje-centro del problema del mundo. Por olvidar esta realidad, las viejas organizaciones político-económicas del orbe, se hunden envueltas en oprobio, miseria y lágrimas; la humanidad vive una hora de confusionismo y desesperanza propicia para sueños morbosos de mesianismos turbios y siniestros, y un Credo satánico asoma por Oriente, intentando aprovechar el delirio de masas atormentadas para uncirlas al yugo de sus imperialismos insaciables.

3. O revolución social o contra revolución

Urge enfrentarse con la realidad, dando salida por cauces cristianos de comprensión y amor a esa gran corriente histórica de liberación de los oprimidos, que, emponzoñada con veneno judío, adulterada con bárbaras aleaciones asiáticas, falsificada por complejos pasionales de revancha y de crimen y triste por la ausencia de Dios, necesita recibir sobre su desesperación, su rabia y su pecado, la gracia [4] divina de una justicia, y de una fe. Porque hoy ya nadie cree en políticas engañosas. Con todos los disfraces, con todas las argucias tácticas, con todos los inteligentes rodeos que se quiera, en este momento histórico solo existen dos ideas en la mente de los hombres: revolución social o contrarrevolución. La contrarrevolución mantendría el choque eterno entre el privilegio y el hambre. Y la renovación revolucionaria no puede tener más que dos signos: el cristiano, una revolución social y económica de sentidos nacionales, jurada sobre los Evangelios de Cristo y obediente a sus leyes de justicia y amor o la tiranía de un totalitarismo despótico, en el que manos ensangrentadas de verdugos conviertan a los pueblos en carne de explotación y de martirio y quemen en hogueras satánicas veinte siglos de civilización y de fe.

4. La justicia social preocupación del nuevo estado

Esta verdad clara y hosca es la que vibra en nuestra inquietud y mueve nuestro afán. Es necesario transformar el orden económico-social que padecemos, sombrío y paganizado, en un nuevo orden de justicia y de luz, que encarne en su alma y en sus instituciones el sentido espiritual de la vida, el sentido cristiano de la justicia y el sentido nacional de la Patria.

Un nuevo orden que encuadre todas las inquietudes justas, que barra todas las amarguras y todos los rencores de las almas, que implante por encima de las políticas y los clasismos disgregadores la unidad y la armonía social en una justicia cristiana, entera y española.

5. Único medio para resolver la cuestión social

Y no caben peregrinas utopías, vanas invocaciones a la hermandad de las clases, a un arbitraje paternal en el mundo de la producción, con las que algunos teorizantes pretenden resolver cómodamente el problema social y que no son otra cosa que bellas imágenes para entretener la justicia y rehuir el noble sacrificio que exige un nuevo orden con una nueva ley. Porque todo lo que no sea afrontar con firmeza la implantación de esa nueva organización social y económica, constituye un juego temerario e inútil. [5]

6. Aún quedan por resolver en España problemas esenciales para la paz social

Es indiscutible que, dentro de este orden provisional en que nos movemos, se han logrado durante estos últimos años algunos avances positivos: Seguros y otras instituciones de previsión, Reglamentaciones de Trabajo más favorables, mejoras en la condición de vida de los trabajadores. Pero aparte de que esas leyes beneficiosas, dentro de la presente organización laboral, tienen un tope irrevasable –la línea de peligro para la economía del empresario, uno de los elementos fundamentales de la producción nacional– quedan sin resolver gravísimos problemas de fondo, esenciales para la paz social. Problemas muy de fondo, el sistema liberal-capitalista que estamos intentando sustituir, aunque consiga llevar a los hogares trabajadores el regalo de un decoroso bienestar material, al mantener socialmente a los hombres en cerradas categorías arbitrarias y divididos económicamente en clases con intereses contrapuestos, continuaría siendo campo de lucha y de rencor.

7. Necesidad de nuevas estructuraciones sociales

Y no debernos pretender solamente suavizar la guerra social, atenuar con la imposición de buenas maneras el enfrentamiento de los hombres, transformar sus golpes y sus gritos anárquicos en diálogos enmarcados en una disciplina legal. Es necesario crear nuevas estructuraciones sociales, que corten a cercén los motivos de la discordia.

8. La revolución social en sentido cristiano anhelo de Franco

Por eso Franco, al rescatar de la anti-Patria el futuro español, marcó definitivamente la victoria con el signo indeleble de una revolución nacional. Y desde entonces se halla entregado a ella, a esa gran misión, con todo el sereno ímpetu, con toda la tenacidad recia, con toda la imbatida fe que tantas veces le llevó al triunfo en las supremas empresas de la Patria. De esa fecha gloriosa data el nuevo Credo, encarnado en el sentido de lo español y la justicia de lo social, bajo el halo luminoso de una fe y una Cruz.

9. Derecho de todo hombre a las prerrogativas de la persona humana

De una fe y una Cruz, porque en España no hemos olvidado, como lo olvida el mundo, que el primer grito de revolución fue dado por Cristo al establecer la igualdad de los hombres en el espíritu y que la primera batalla [6] liberadora de los oprimidos, de los parias, la ganó su divina doctrina a la esclavitud. Credo por el que todos los hombres se hallan situados en el mismo plano de hermandad, como hijos de Dios, portadores de valores eternos y colaboradores en la empresa común de la Patria; Credo por el que la clase obrera no es más que un grupo de hombres, de individualidades humanas, pero tampoco nada menos, que cumplen aquí en el tiempo análogo servicio a España y a su legítimo interés, como medio de alcanzar ulteriores destinos. Que tienen sagrado derecho a su plena liberación moral y material, a poder llenar ampliamente las necesidades de su vida, a disfrutar de consideración y jerarquía en la esfera social y económica y a que llegue a ellos, con el fruto equitativo de su esfuerzo, el orgullo y la alegría de España. Consideración y jerarquía social, porque el trabajo honrado también debe tener su gallarda aristocracia y en el pecho más humilde puede florecer una suprema elegancia espiritual.

10. Entronque con la tradición española

De estas consideraciones arranca nuestra política social, plenamente cristiana y española, brotando de esa magnífica cantera de tantos siglos de historia y de fe: de nuestras ordenaciones tradicionales, de nuestras leyes de Indias, de nuestra clásica organización gremial, de nuestra alma abierta y justiciera que, cuando el resto del mundo, rapaz y mercader, tenía abandonados los grandes problemas humanos, sabía ya vivir su inquietud. Porque la obra del Caudillo se encamina siempre a reencarnar en nuestra vida y en nuestras instituciones la recia personalidad española, generosa y creyente, eclipsada del ochocientos hasta el novecientos treinta y seis por concepciones político-económico-sociales funestas y extrañas.

11. Frutos obtenidos: meta anhelada: la participación en los beneficios

Y ahí está su obra social: protección a la familia, cumbre de supremos valores humanos; defensa del económicamente débil, amparo al enfermo, al inválido, al anciano, ayuda a los que arrastran la vida clavados en la cruz de la desesperanza. Nuevas Reglamentaciones laborales que van rompiendo cadenas opresoras de un negro ayer, construcción [7] de viviendas decorosas e higiénicas, en las que las familias humildes puedan sentir bienestar en las vidas y alegría en las almas; acceso a la propiedad de la tierra a los que en dura brega sobre los campos españoles saben arrancar riquezas para su Patria y para sus hermanos pan; creación de Escuelas de formación, que doten a los trabajadores de una elevada capacitación profesional y técnica y abran al mismo tiempo su pensamiento al sereno estudio de todos los problemas que hoy agitan al mundo. Porque Franco no quiere masas embrutecidas y gregarias, no quiere hombres vencidos, quiere hombres convencidos, muchedumbres conscientes, corazones sanos, cerebros cultivados, almas libres y ágiles. Y se avanza a la protección total y a dignificar el trabajo, transformando el salario, vil compra de hombres, en el justo dividendo, que como al capital y a la técnica corresponde en justicia a la participación creadora de riqueza del esfuerzo del trabajador.

12. Doctrina inspirada en las normas pontificias y en el amor a la Patria

Todo rebosante de profundo sentido cristiano, en generoso gesto español; ya que bajo normas de Encíclicas –Rerum Novarum, Quadragesimo Anno, Casti Connubi– y fervor caliente de hermandad de Patria, se desarrolla toda a la Patria la variada gama del amplio cuadro de realizaciones sociales del Nuevo Estado español. Si hasta en alas de aquel espíritu llega nuestra legislación social a implantar el descanso semanal retribuido que, al mismo tiempo que incrementa los legítimos ingresos del trabajador, evita que el obrero, para obtener el domingo su jornal, tenga que quebrantar preceptos divinos de descanso y santificación.

13. Estado social de España al iniciarse el movimiento

Y esta es la obra social del Caudillo. Franco encontró una España a punto de desaparecer como Nación: las fuerzas productoras en forcejeo sangriento, industrias paralizadas, atentados, levantamientos y represiones, Gobiernos aferrados a conveniencias y egoísmos partidistas y un pueblo esclavizado en rebeldía estéril y perturbadora que, impulsado por un ansia justa de transformación social no hallaba salida por los serenos cauces de la ley. [8] Así, desentendida de lo social, de lo social que tanto se explotaba para fines inconfesables, rodó la política española hasta 1936 sin otras conquistas sociales que modestos balbuceos exclusivamente en tres instituciones: Retiro Obrero, Seguro de Accidentes y Maternidad. Sólo esto, tan poco y pequeño, a pesar de la fuerza indiscutible de poderosas organizaciones sindicales que, por hallarse en manos de políticos de profesión, mercaderes del motín, se desentendían sistemáticamente de la protección al trabajador para perseguir el único objetivo grabado en sus consignas: mantener un gran embalse de rebeldía latente que, en su momento oportuno, moviese las turbinas de una agitación política.

14. Fines de la cruzada

Para que esa vergüenza fuese sepultada para siempre, bajo el signo de la bandera roja y gualda de la Patria y bajo el signo de la bandera roja y negra de la justicia, miles de españoles fueron a las trincheras y no volvieron nunca. Después de mucho luto y mucha sangre, el genio de Franco triunfó y nos devolvió una España redimida. Pero no le bastó rescatar una Patria. Era necesario rescatar una justicia, porque la magnífica arquitectura de una Patria necesita el firme cimiento de la armonía, de la solidaridad de sus hombres, de sus hijos.

15. La prosperidad de la patria debe repartirse proporcionalmente al esfuerzo de cada uno

Si no nos preocuparnos de destruir los gérmenes del rencor y de la disidencia entre las vidas, si mantenemos frente a frente las dos trincheras de los injustamente sacrificados y los arbitrariamente gananciosos, si la justicia no ha de alumbrar a todas las almas con la mirada de su luz, si la prosperidad de la Patria no ha de ser repartida proporcionalmente al esfuerzo que para lograrla prestó cada español, todo nuestro aparente esplendor estará interiormente carcomido y no servirá el látigo más duro para contener la rebeldía y el desánimo de los oprimidos, a la corta por injusto y a la larga por impotente. Pero para nosotros la justicia se impone por razones más poderosas.

16. La dignidad humana superior a todo valor materialista

Hay quien, desgraciadamente, entiende la vida girando de modo exclusivo sobre el materialismo económico o las [9] conveniencias clasistas. Pero los que situamos por encima de todo interés económico de clase o de partido los sentidos excelsos del espíritu, sabemos que la dignidad humana significa un valor supremo e intangible y ni en nombre de la Patria se puede condenar a nadie a la injusticia ni a la esclavitud.

17. Todo hombre tiene derecho al bienestar social

Así pensó Franco al hacerse cargo del Poder, y abandonando el fracasado orden anárquico de la propiedad radicalmente individualista y rechazando el régimen de propiedad aprisionada por la garra estatal de los imperialismos totalitarios, instauró este nuevo, bajo un sentido libre, justo y humano de la economía y del trabajo. En él todo hombre, empresario, técnico, obrero, por el mero hecho de ser hombre, centro y razón suprema del mundo, tiene un sagrado derecho al bienestar social, derecho que en todo momento le debe garantizar el Estado. Un orden con propiedad individual, con libre iniciativa privada, bases del progreso de los pueblos y de la dignidad de los hombres, pero sometidas a una ley justa que regule ese amplio juego de las actividades económicas antes al arbitrio del más fuerte en las dramáticas luchas por el interés. Aquí el Estado no es el tiránico empresario de ciertas morbosas concepciones, ni tampoco un espectador impasible ante las inhumanas luchas económicas, como en los antiguos órdenes decadentes. Es el mismo Estado clásico, definidor y garantizador del Derecho que ahora actúa también en el mundo laboral antes desatendido por un falso concepto de la libertad económica que fue dogal de muchas opresiones y potro de muchos martirios. Porque el Estado al establecer el Derecho en todas las esferas de la actividad humana, debe con mayor razón todavía extender el brazo protector de su justicia al mundo del trabajo, en el que precisamente los choques son más duros y más transcendentes sus consecuencias para la convivencia de los hombres, la paz de hogares y la economía de los pueblos. ¿A título de qué van a quedar al arbitrio del más hábil o del más fuerte los [10] pasionales conflictos de orden social, cuando en el Civil y en el Penal, desde las cuestiones más graves hasta la más insignificantes desavenencias las resuelve y las ha resuelto siempre inexorablemente la sentencia de un tribunal o de un Juez bajo el articulado de una Ley? Hasta aquí las legislaciones tan detallistas para calibrar al milímetro, bajo férreas sanciones, derechos y deberes en todos los campos de las relaciones humanas, se inhibían alegremente en el laboral, que quedaba convertido en un turbulento estadium de lucha libre sin árbitro ni ley.

18. El sistema liberal de inhibición es un régimen de esclavitud

Hoy todos sabemos que esa libertad económica, que propugna el autoritarismo de ciertas dictaduras plutocráticas en nombre nada menos que de la dignidad y respeto a las intangibles individualidades humanas, significa esclavitud y oprobio para millares de hombres, hermanos nuestros, que también son dignos, que también son libres, que también han sido creados por Dios con un alma inmortal para supremos destinos. Porque no deja de constituir un curioso fenómeno, la manera de discurrir de todos esos cantores de las libertades individuales empeñados en estigmatizar nuestra concepción de atentatoria a la dignidad humana y de autoritaria, cuando la inflexibilidad que propugnamos para el cumplimiento de los deberes sociales no obedece a un regusto soberbio de violencia y de trágala sino a la necesidad de nivelar con una acción enérgica el paralelogramo de las fuerzas. Para ellos la sociedad debe organizarse con una holgura tal, que permita el más amplio juego de los individualismos en todo aquello que su propio individualismo lleva ventaja sobre el de los demás. En una situación así les es posible someter a su poderío, contra toda justicia y por de contado contra toda caridad, a una legión de hermanos cuya debilidad les hace imposible defenderse por sí mismos. Porque no es ni siquiera la bárbara utopía del anarquismo selvático que busca la libertad y la igualdad integrales en una lucha sin arbitrajes en la que cada elemento humano solo debe contar con su propia fuerza para sobrevivir. [11] El anarquismo de las fortalezas económicas está limitado cautamente a su zona de ventaja; no rechaza el empleo de la fuerza y de la coacción por un imperativo de exquisitez sentimental; propugna la, libertad en la esfera que se sabe con seguridad de imponerse y de esclavizar, pero en todos los demás órdenes y precisamente para que nadie perturbe su dictadura impide con inflexibles represiones la libertad de los demás. Esto sin embargo no quiere considerarse como un régimen de fuerza. Pueden vivir en el odio muchedumbres de hombres forzados a la indignidad de una consideración social vergonzosa a la amargura de la miseria y del hambre y no puede hablarse de un régimen incómodo. Se emplean poderosos aparatos de fuerza para defender este orden contra la rebeldía, tan humana, de los vencidos y esto no es un régimen autoritario. No es autoritario ¿para quién? ¿es qué no es la fuerza coactiva del poder económico la que obliga a vivir una sumisión injusta que quisiera evadirse?

19. La intervención del Estado en este punto no es ilegítima

En cambio si el Estado actúa activamente para evitar el desbordamiento de los débiles, anulando con su intervención esa potencia que los somete a su capricho, si en servicio de una concepción cristiana y justa escrita en un mandamiento divino, impone las condiciones de la paz social, conforme a una fórmula de justicia, el régimen no es libre, el Estado es autoritario ¿autoritario para quién? ¿Es que no redime los hogares de la tristeza, llevándoles la alegría del pan, no los liberta de la servidumbre sometiendo a todos por igual a su obediencia y no afloja las ligaduras dolorosas que atan las vidas, limpiando los corazones de rencor?

20. Prejuicios inveterados del ideario liberal

Lo que sucede es que nos hemos acostumbrado a considerar como normal, por haber vivido mucho tiempo la gran esclavitud del liberalismo, un estado de cosas injusto y siempre se hace un poco cuesta arriba abandonar los hábitos viciosos. La persistencia de un grillete ha deformado el órgano y resulta incómodo el aparato ortopédico necesario para volverlo a la armonía de su línea. [12]

21. Respeto a la propiedad privada y a la iniciativa particular

No intentamos martirizar el noble juego económico. Propiedad individual sí; iniciativa privada también con las que los talentos de empresa, los avanzados del genio industrial y los ágiles espíritus del riesgo abran nuevos caminos luminosos de progreso y bienestar social; protección y estímulo al honrado interés y a la legítima ambición. Pero libertad, interés y ambición bajo el freno de la ley.

22. Evitar la inicua explotación del obrero

El Estado, que sanciona en sus Códigos el hurto de una cartera y al que hiere a un hombre bajo el impulso de un arrebato de pasión, no puede dejar sin castigo al que serenamente, con codicia bandolera, explota a cientos de familias llevándolas a la miseria y a la desesperación, para seguir siendo un respetable ciudadano al que solo puede alcanzar la ira de algunos hombres honrados y la ira de Dios.

23. La Magistratura del Trabajo encargada de resolver los conflictos laborales con competencia e imparcialidad

Franco, al instaurar este nuevo orden con leyes justas, creo una institución genuino organismo judicial pero con especial vocación, técnica y normas adecuadas a su excelsa misión tuitiva y justiciera: las Magistraturas de trabajo, órgano fundamental de la justicia social española.

Aquellos Comités paritarios, aquellos Jurados Mixtos, representantes de los intereses en lucha que, a pretexto de resolver, envenenaban los conflictos sociales, cuando no por estudiada consigna, por su cerrilismo clasista y su pasión, fueron sustituidos por este organismo especial servido exclusivamente por funcionarios pertenecientes a la carrera judicial y fiscal y con las altas garantías, por tanto, de capacitación, independencia e imparcialidad. Así quedó establecida firmemente la jurisdicción laboral española.

24. La participación de los obreros en los beneficios y en la dirección

Pero si no admitimos la irresponsable libertad económica, por injusta y por cruel, tampoco podemos admitir que en la esfera de las actividades productoras sea el capital el único rector. El mundo del trabajo no puede ser un eventual mercado donde seres humanos vendan su esfuerzo. El trabajador no debe ser un extraño en la fábrica, en la mina, ni en la besana. Deben alcanzarle las oscilaciones favorables [13] de los rendimientos que su brazo o su cerebro contribuye a crear. El campo de la producción debe estar constituido por unidades de empresa, en la que todas sus individualidades participen en lo económico. Esto lo reclaman imperativos de justicia y hasta conveniencias en orden a la misma producción. Porque cuando en ella, el espolonazo de un estímulo, el impulso de una noble ambición, que hoy siente solamente el sector patronal, mueva también cerebros y brazos de técnicos y trabajadores, persiguiendo el mismo legítimo interés –la prosperidad de la unidad empresa, que labrará su propia prosperidad– se habrá logrado, con los más altos rendimientos del esfuerzo, un incremento de superación productora, firme base de la economía de la Patria; y con ello elevados exponentes de nivel de vida para los hombres y sobre todo justicia y paz para las almas.

Esto quizá no quieran admitirlo ciertas mentalidades, que entienden extremismo la justicia y llaman demagogia a la verdad. Pero si las grandes verdades han sido atacadas por las calumnias de los fariseos no debe sorprendernos que también ahora afilen contra la nuestra las saetas de sus lenguas rabínicas en el muro de las lamentaciones, bajo las últimas lumbres del ocaso de un mundo injusto próximo a morir. Es necesario superar las antiguas concepciones. Se hace imprescindible ir a la justa participación en los beneficios de la empresa de todos los elementos que intervienen en la producción y aún a su oportuna intervención en las propias funciones de gobierno de la misma.

25. Prudencia con que se ha de proceder en su implantación y condiciones preliminares

Pero para afrontar este último extremo se requiere reposado estudio y ponderada meditación. Se necesita previamente ir ciñendo las actuales realidades sociales al de nuestra ley, allanar obstáculos, perfilar detalles en el terreno económico y despertar en el moral un espíritu de cooperación y de solidaridad que acostumbre al hombre a ver su propio bien identificado con el de sus semejantes despreciando los individualismos egoístas que marcan rutas tristes, pequeñas y mezquinas. Y se hace imprescindible [14] elevar el nivel de cultura de los trabajadores, enquistada todavía en muchos por esa hosquedad gregaria, triste herencia de sus amos de ayer; empresa no difícil, porque el obrero español suele ser inteligente y noble y se abre pronto a la verdad y a la luz. Pero una prematura implantación de este decidido proyecto pudiera ser fatal; porque el tipo medio de la masa obrera no se halla en condiciones de actuar con eficacia al lado de la clase patronal, que por su mayor preparación saldría triunfante en casi todos los problemas que se discutiesen. Con ello, sobre resultar inútil la intervención obrera, se produciría seguramente en los trabajadores, que se sentirían vencidos y postergados, la instintiva reacción rebelde del que se cree injustamente dominado y resultaría en definitiva que nosotros, buscando imprudentemente la justicia y la paz, abríamos una nueva trinchera al rencor.

26. Supresión de las clases sociales: se ha de apreciar al hombre por sus virtudes, no por su dinero

Y continuando en la exposición de nuestro pensamiento debemos decir que, para nosotros, el problema social no es solamente una cuestión económica. No podemos contentarnos con instaurar un nuevo orden justo en la economía, sino que se debe implantar también un nuevo orden en la sociedad. Se impone barrer entre otras cosas ese irritante estigma de inferioridad que señala al trabajo manual el régimen brutalmente materialista en el que el oro mejor o peor adquirido es por sí solo prestigio, categoría y honor. Concepción gravemente injusta, que por cierto aceptan complacidos tantos que se dicen católicos a pesar que deben saber que Jesucristo, Dios y descendiente en cuanto hombre de reyes de la tierra, quiso nacer en un pesebre, trabajar rudamente en un taller de carpintero y escoger sus discípulos entre unos humildes remeros pescadores de Galilea. No puede ser nunca denigrante el trabajo honrado. Lo que si es sublevante es que en este medio social superficial y paganizado que hoy impera todavía, se preste más consideración a cualquier campanudo logrero sin conciencia a quien encumbró el agiotismo o enriqueció el azar; cualquier [15] mequetrefe que a cuenta del esfuerzo de todos exhibe por las calles la frívola vanalidad de su vida vacía, que a españoles laboriosos y honrados que, con el patriotismo recio de la eficacia entregan su existencia a la prosperidad nacional regando la tierra con el sudor de sus calcinadas frentes, desde las trágicas acrobacias de un andamio, frente al aliento infernal de un convertidor o en la penumbra hostil de una galería bajo el traidor acecho de la dinamita y del grisú.

Los únicos sentidos justos para la clasificación de los hombres no pueden ser otros que los que marque su mayor o menor grado de honradez, de laboriosidad, de inteligencia y de patriotismo. Hemos combatido al grosero clasicismo marxista y no podemos tolerar este otro clasicismo tan injusto y disociador como aquel.

27. Especialmente necesaria en España, dado el orgullo español

Y si esa interpretación rastrera de las categorías sociales, que antepone las apariencias superficiales de lo externo a las realidades internas de las almas es siempre injusta, lo es mucho más en nuestra Patria donde el orgullo español, altivo y prócer, suele hallar asilo en el fondo de todos los espíritus. Porque aquí hasta el más rudo bracero sabe mucho de la justicia y del honor y lo mismo entiende de gestos gallardos un Conde de Benavente, que quemó su hogar porque alojó a un traidor, como la dorada medianía de Pedro Crespo o el humilde linaje de un hijo del pueblo que pudo ser piquero en San Quintín, capitán en Flandes, héroe en Cascorro y bronce de epopeya en cualquier barranquera sin nombre. Hablamos así porque no somos clasistas. En nuestra doctrina el patrono y el obrero son iguales ante la ley cuando juegan intereses legítimos; para nosotros merece la misma estimación el capital afanoso y justo, que los brazos leales y prontos a servir la prosperidad individual y colectiva. Y si sabernos sentir toda la grandeza que encierra el dar la mano a los que sufren, también sabernos estrechar noblemente la de aquellos que dedican sus fuerzas económicas al fomento de la riqueza nacional, que no conocen la idolatría bastarda de los intereses mezquinos y [16] saben armonizar su legítimo interés con el de los hombres a los que les unió la vida en comunes tareas y con el interés supremo de la Patria de todos.

Precisamente a esos hombres selectos, para quienes la lucha económica no es un ansia de rapiña bandolera, sino noble actividad creadora presidida por la justicia, los consideramos como nuestros mejores colaboradores porque son los llamados a hacer desaparecer los trágicos enfrentamientos del mundo laboral, mantenidos por la sordidez de los ambiciosos sin entrañas y explotados por los piratas de la revuelta que tienen interés en que haya martirio de oprimidos para vivir de su rencor.

Ahora bien, al mismo tiempo que avanzamos hacia estas luminosas metas, tenemos que afrontar el problema que nos presenta la dura realidad de cada día.

28. Realidad actual difícil por las circunstancias: aumento de jornales necesario

Hoy nos hallamos ante el juego dislocado de precios y jornales y márgenes útiles, el desequilibrio entre la producción y el consumo, las trágicas repercusiones de una guerra pasada y dos post-guerras difíciles, todo esto sin posibilidades de intercambio con un mundo en llamas, dolor y miseria.

Al enfrentarnos con este ciclón de circunstancias adversas, que llevan a los hogares humildes a la penuria y a la estrechez, cuando no la desesperación, aunque como solución no nos gusta este sistema, fuimos al aumento de jornales, porque en los excepcionales trances en que se ventilan supremos valores humanos no puede aplicarse la rígida frialdad de las leyes económicas y la defensa de las familias trabajadoras, huérfanas siempre hasta aquí de Patria y de justicia, constituye para nosotros un sagrado compromiso de honor, de mandato y de doctrina.

No desconocemos que en situaciones normales el abaratamiento de la vida, antes que la elevación de ingresos, es la base de la prosperidad económica de un hogar, pero cuando el coste desorbitado de las subsistencias hace imposible la vida de las economías débiles un imperativo de [17] conciencia marca un solo rumbo: acudir sin vacilaciones al remedio más rápido y más eficaz. Y nadie se atreverá a sostener que la subida de precio obedece al alza de salarios, puesto que esta es siempre consecuencia de aquella y constituye una medida defensiva contra la realidad despiadada. Pero en este clima de materialismo que nos rodea, en el cual los tantos por ciento han de marcarse ansiosamente como exponentes de una base que es el capital invertido, hay quien ante la aplicación de aquella medida, que no arruina empresa aunque disminuya ganancias, protesta con voz de insolidaridad y de pasión. Olvidan que en los momentos graves todos debemos llevar a cuestas la cruz del sacrificio y que en esta crisis transitoria pero ruda porque atravesamos y atraviesa el mundo, con el espectro del hambre a la puerta de hogares de españoles, hermanos nuestros, con el pan racionado y racionada la alegría, es justo y es cristiano adoptar una norma salvadora de los humildes, aunque tengan que sufrir reducción algunos dividendos capitalistas, que deben estar subordinados en todo momento a la ley de la justicia, a la ley de la Patria y sobre todo a la ley de Dios.

29. Sinrazón de los patronos al quejarse porque se disminuyen sus dividendos, o al invocar la caridad como remedio

Son los mismos que no quieren que el trabajador tenga participación en los problemas de España, cuando debe estar incorporado en alma y vida a la misma entraña de la Patria; los mismos que tildan de rojos y rebeldes a los trabajadores que noblemente sienten y buscan la justicia, para crearles un complejo de inferioridad que los someta a su ambición explotadora, intentando resucitar viejas posturas y desaparecidas castas que han muerto para siempre en el suelo español. Porque hoy para nosotros no existen más que dos hombres: los honrados y los que no lo son, lleven una blusa o vistan un chaquet. Los mismos que viven con la nostalgia egoísta de otros tiempos que no pueden volver, en los que, mientras los mantenedores de su comodidad se desgarraban a tiros en sangrientos choques sociales, ardían los templos y retemblaban las calles, ellos veraneaban en las playas de moda evadidos a las inquietudes de España. [18] Y son precisamente los mismos que hoy con sus advertencias, con sus insinuaciones insidiosas, con sus críticas negativas vienen a obstaculizar nuestra labor de redención. Y en su encono de rígidos censores, llegan hasta atacarnos con la afirmación de que estarnos llevando el problema social por hoscas veredas de justicia cuando debiera ser conducido exclusivamente por los suaves cauces de la caridad. Invocan la caridad precisamente ellos, que se dejan arrastrar tan dócilmente por la vorágine de este momento materialista de la superproducción y de la superganancia, que no saben paladear los sublimes goces del espíritu y entienden poco de comprensión y menos de caridad.

30. Caridad y justicia social no son virtudes encontradas

A estos señores podríamos decirles, que no oponemos la justicia a la caridad. Exigimos justicia y queremos sobre raudales de justicia torrentes de caridad. Pero caridad verdadera, llama ardorosa de caridad evangélica, no fuegos fatuos de vanos meteoros de laicas filantropías, no paganía mundana de satisfacer un mezquino deleite de vanidad. Porque la caridad, virtud excelsa de elegidos, puede ser utilizada por espíritus pequeños dominados por el orgullo.

Es sublime, meritorio y bello ejercitar la caridad, la verdadera caridad de Cristo, pero también el aceptar por El y cumplir con alegría por su amor todo lo que la ley de la justicia puede representar para nosotros de contrariedad, de sacrificio y de renunciación es salvar el elemento imprescindible de la caridad: la intención.

31. Luminosa doctrina pontificia

Pero nosotros los católicos en este extremo nada tenemos que discutir. La voz precisa y serena de nuestra suprema autoridad espiritual, al declarar que la cuestión social, no es misión que debe cubrir exclusivamente la caridad, sino que constituye un angustioso problema que tiene que resolver de lleno la justicia, dejó pulverizadas las insidias codiciosas que, para rehuir la justicia, forjaron estos nuevos mercaderes del templo.

32. Fariseísmo de muchos patronos

Conocemos muy bien esas posturas de mentira y ficción en que, para defender intereses ilegítimos y privilegios [19] injustos, se invocan lemas santos y símbolos gloriosos por hombres para quienes la religión no es más que un fariseísmo acomodaticio, la Patria un ente al que no sirven ni aman y un mito la familia ultrajada a cada paso por la sensualidad de sus materialismos groseros. Frente a estas concepciones gelatinosas e hipócritas la postura recia y firme del Movimiento pone de relieve su manera de sentir la religión, la Patria y la familia; la familia hasta las más supremas renunciaciones, la Patria hasta la inmolación y la religión hasta el martirio; todo a lo español que es ímpetu y pasión, coraje y fe. Porque si somos soldados de Franco por cerrada convicción leal y soldados de España por pasión de Patria, somos también soldados de Cristo con fe insobornable que tenernos incrustada en el alma, porque no solo sobre nuestras armaduras sino debajo de nuestras armaduras llevamos clavada una Cruz.

33. Los humildes no serían lo que son, si los ricos hubieran sido lo que debían

Y si supimos rescatar una Patria y perseguimos una justicia con fanatismo de iluminados, sabemos tener también caridad y comprensión para esas pobres masas, alejadas de Dios y de España, porque en muchas encrucijadas de su vida amarga fueron perdiendo su luz y su fe. No se puede exigir que ame a la Patria al que en su seno arrastra una existencia de esclavo ni que bendiga la mesa el que entretiene sus hambres en la vía pública, la tierra sin dueño, bajo un cielo inhóspito sobre el frío pedrusco de un desmonte. Nosotros estamos convencidos que los humildes no hubiesen sido lo que fueron si los poderosos hubiesen sido lo que debieron ser; de que muchas tragedias las forjó a golpes de injusticia y desdén el egoísmo de las almas mezquinas y de que las grandes catástrofes de los pueblos tienen muchas veces un misterioso prólogo de lágrimas.

34. Queremos atraer a los obreros con la práctica de la justicia social

Por eso tenemos comprensión para esas rebeldías justas, que duermen en muchas almas, pobres naves náufragas, varadas en escolleras de estériles rencores o en cieno de envidias infecundas. Y queremos que todos despierten a la nueva ley y se incorporen, con las mismas heridas abiertas [20] de sus amarguras, a nuestro frente de combate por una España mejor. Nosotros podremos recoger en un haz de solidaridad española a todos los cautivos en la desesperanza y el rencor, si con sensibilidad para comprender los dramas de tantos hogares y con grandeza para redimir con el propio sacrificio los desgarros de otras vidas, cegamos para siempre, con tierra nueva sembrada de justicia y comprensión las trincheras que la codicia y el odio abrieron entre hermanos. Y quedarán rescatadas para Dios y para España esas multitudes trabajadoras, engañadas y esclavas, que solo esperan para creer en nosotros la ansiada realidad de una justicia que redima sus vidas y una mano amiga que les arranque de sus amarguras y de sus rencores.

35. No es ajena al clero esta tarea

Y, al llegar aquí, me van a permitir que, descendiendo al terreno de las aplicaciones prácticas, formule esta pregunta: ¿corresponde a los sacerdotes alguna misión concreta en esta tarea de reconstrucción social de España, cuya trayectoria acabo de esbozar a grandes rasgos? Mi respuesta es terminantemente afirmativa.

36. Medio para evitar la apostasía de los necesitados

En los primeros pasos del moderno movimiento social, podernos recoger a este respecto una gran lección. Se inicia en la primera mitad del pasado siglo, sin odio y sin hiel, como una aspiración hacia la justicia, el sueño de un porvenir mejor, el plan de una sociedad ideal en la que todos serían dichosos. Todavía la lucha de clases no había hecho su fatídica aparición en las almas. Bien es verdad que el pueblo de aquel tiempo, aún no pervertido, sabía que el cristianismo había trasformado el orbe y traído al mundo la fraternidad y el amor: y esperaba anheloso que la Iglesia, como en los primeros siglos, se pusiera al frente de sus emisarios de redención social.

El ambiente de aquellas primeras inquietudes sociales queda marcado en unas bellas líneas, que en la revista «El Progreso de París» escribía por entonces Constantino Pecqeur uno de los primeros jefes en los albores del socialismo francés desde 1835 a 1850. «Francia, decía, no encontrará [21] la calma, la armonía, el progreso, sino cuando haya vuelto sinceramente a Dios, transformando radicalmente sus leyes de propiedad y la organización de la economía». Y él, y otros árbitros de los rumbos sociales de aquella época, hablaban de la república de Dios –Francia–, que tendría la misión de llevar a las naciones, con el Evangelio, la justicia y la fraternidad.

Pero el Clero francés, es preciso decirlo, no estuvo entonces a la altura de lo que de él se esperaba; se inhibió en esta gran causa, no quiso alargar la mano a los desheredados que iban tan espontáneamente a Cristo y, defraudados, abandonados a su suerte, tuvieron que lanzarse solos a la defensa de sus derechos. Ahí comienza la disociación, primera en la historia del mundo, entre los humildes y la idea cristiana. Disociación que cerebros judaicos, almas masónicas, políticas sectarias e imperialismos asiáticos trocaron hoy en fiera hostilidad. Y en estos momentos las multitudes trabajadoras del mundo, bloque enorme, masa innumera de almas redimidas por Cristo, se hallan apartadas, completamente apartadas de Dios. Esta es la grave realidad actual. Y apartadas de Dios por la idea social, mediante la justicia social deben ser rescatadas para Cristo. El Clero tiene, pues, la misión ineludible en este momento histórico de cooperar decididamente, dentro de la esfera de acción de sus actividades sacerdotales, a la magna obra social de justicia cristiana emprendida por el Estado español.

37. Mandatos pontificios

Ningún católico puede hacerse sordo a las llamadas reiteradas y apremiantes de los Pontífices hacia una nueva organización social de este mundo injusto y atormentado. Nuestro Santo Padre Pío XII ha dicho en reciente discurso: «La justicia social es de tal urgencia, que sería difícil imaginarla mayor y habrá que llevar a cabo actos de verdadero heroísmo, no hay tiempo que perder. El momento de la reflexión y de los proyectos ha pasado. Es el momento de la acción». Bajo esta forma rotunda y angustiosa queda [22] reforzada la directriz social de sus augustos predecesores en la cátedra de San Pedro.

Su antecesor, el Papa Pío XI, en su Encíclica Cuadragésimo Ano, señaló al Clero concretamente la misión de actuar como minoría selecta en la ardua empresa de reconstruir al mundo, formando en ideas cristianas de justicia a los ricos y a los pobres, a los obreros y a las empresas.

38. Especialmente en España, inspirada en la doctrina social de la Iglesia

El Estado de Franco, tomó la iniciativa de esa transformación social, que anhelaban nuestras supremas autoridades espirituales, convencido de su urgencia inaplazable, y tiene en marcha la instauración de un nuevo orden, inspirado plenamente, como decíamos antes, en la doctrina de las Encíclicas pontificias; orden que en lenguaje ardiente, que a algunos parece agresivo, llamamos nosotros revolución social.

39. El sacerdote el único que puede llegar a las conciencias

Si el Pontificado señala al Clero una preceptiva misión social en el mundo, con mayor razón entre nosotros, porque España es actualmente la Nación donde puede realizarse y desenvolverse fructífera mente el contenido doctrinal de las Encíclicas –incorporado ya en sus puntos esenciales a nuestro Movimiento Social– y el Estado de Franco es quizás el único que presta a las iniciativas sociales de la Iglesia filial y decidido apoyo económico y moral. Y en nuestra empresa de dar forma práctica a ese sistema social impregnado de espíritu evangélico, no sólo querernos la colaboración del sacerdote, sino que la necesitamos para que nuestro plan de restauración arraigue y fructifique, porque nosotros podemos elaborar Fueros del Trabajo, crear y perfeccionar un Derecho Laboral, poner en marcha, diversos tipos de previsión, hasta llegar al Seguro total. Podemos imponer desde arriba el cumplimiento de la ley mediante la inspección y la Magistratura del Trabajo, pero para la plena eficacia de la norma legal es necesaria una buena disposición de ánimo del que la ha de cumplir. El espíritu que anima a las leyes ha de penetrar en las inteligencias, que han de recoger la fe de su justicia, para que [23] las voluntades se muevan ágiles ante el imperativo de su razón.

40. Atonía social en España en todas las esferas sociales

Y nosotros no podernos penetrar en los secretos recintos de las almas. Sólo el sacerdote tiene acceso libre y directo al fuero interno de las conciencias para llevar a ellas la doctrina de Jesucristo que proclama la paz, la caridad, la justicia y la renunciación, las grandes verdades religioso-sociales que pueden disponer espiritualmente a los hombres para la aceptación entera, abierta y cristiana de nuestro Credo social de redención. Aceptación no fácil de conseguir porque –debemos decirlo con ruda franqueza– en España existe en todas, absolutamente en todas las esferas sociales, una atonía social morbosa, una ausencia total de sentido social: hasta en personas que participan de la responsabilidad del mando; hasta en los medios eclesiásticos, como podría confirmarlo con severas frases de un ilustre Prelado español. Cuando se trata de iniciar un nuevo avance o de organizar una obra social, no se encuentran hombres preparados. Sé que algunos Prelados, encariñados con la cuestión social, han tenido que confesar la imposibilidad de hallar un sacerdote apto para ponerse al frente de una Cruzada laboral de modestas dimensiones.

41. En las clases responsables incluso enemiga declarada

En las clases responsables y directoras esta ausencia de sentido social se convierte muchas veces en hostilidad declarada. Parecen desconocer la crisis social, que conmueve trágicamente al mundo; protestan de cualquier innovación, obstaculizan cualquier avance, afirman que nuestra labor social arruina la economía, aseguran que las masas obreras halagadas y soliviantadas por nosotros disminuyen su rendimiento laboral; y que este supuesto caos puede arreglarse muy cómodamente con un cambio de régimen, que anule todo lo que hasta la fecha se ha legislado. ¡Hasta el comunismo, que se infiltra por los poros de todas las naciones y se extiende por el mundo como una gigantesca mancha de aceite, es incubado por nosotros! Incluso personas profundamente católicas y de buena voluntad descubren [24] en las cosas más sencillas una inconsciencia aterradora de la realidad social.

42. Se dan por satisfechas con una nonada

Se celebraba recientemente una colecta en favor de los suburbios de la capital de España. Por casualidad, se reunían ese día en animado banquete, un grupo de caballeros católicos y destacados hombres de negocios. Recayó la conversación sobre el asunto del día, la recaudación aludida, aceptada benévolamente por todos como una obra de apremiante caridad cristiana. Uno de ellos insistía en que no podía tolerarse el estado de abandono en que se hallan ciertos barrios madrileños: «todos –añadió– debernos cooperar a tan caritativo fin. Yo he depositado esta mañana en la colecta un billete de cien pesetas». Y aquél caballero, que el día anterior había ganado dos millones de pesetas, legalmente por cierto, sonreía orgulloso y satisfecho creyendo sinceramente que, con aquella generosa aportación, quedaba resuelto para siempre el pavoroso problema asistencial de los suburbios de Madrid.

43. Necesidad de crear un estado de conciencia social

Frente a esta ausencia de sentido social, urge crear un estado de conciencia social. Digo estado de conciencia, en oposición a estado de opinión. Este no basta, porque es superficial e inconsistente ante cualquier circunstancia externa que surja en su camino: una noticia tendenciosa, un obstáculo material, un sacrificio personal o económico... Un estado de opinión puede improvisarse rápidamente con los medios actuales de prensa y propaganda. Basta para que se forme la presencia de un hecho extraordinario. Por ejemplo: el miedo al comunismo, la posibilidad de que la idea comunista prenda y cristalice en palpitantes realidades políticas, sindicales, huelgas, desórdenes trágicos. Provocado por ese temor aparece hoy un estado de opinión social que remueve los ánimos dormidos, hace discutir, deducir conclusiones, elaborar planes. Pero, fatalmente, estado de opinión significa una llamarada fugaz y estéril sino llega a clavarse profundamente en las almas para cristalizar en criterios sociales, encarnados en una verdad aceptada y [25] sentida con insobornable convicción. Porque solo lo que se asienta en la inteligencia con la fuerza de una positiva verdad queda firmemente sedimentado en los espíritus para arrastrar voluntades a la constancia en el rumbo y a la eficacia en la acción. Y, si este estado de conciencia individual se funde con el alma de las instituciones y llega con sus raíces hasta los últimos entresijos de la masa nacional, adquirirá la firmeza inconmovible de esos yacimientos berroqueños de nuestras cordilleras que formados en un lento proceso de siglos, resisten las convulsiones sísmicas más violentas. Y contra ese baluarte se estrellarán cuantos falsos estados de opinión intenten formarse para rehuir nuestra justicia o socavar nuestra verdad y nuestra fe.

44. España carecía de conciencia nacional

España ha demostrado en estos últimos tiempos que lo que creíamos sólidos estados de conciencia nacional, no pasaban de meros estados de opinión deleznable y decadente. No solo en lo político y lo social, sino hasta en lo religioso. Recuérdese cómo antes del Movimiento, bastaba que en una ciudad o en una aldea hiciese su aparición un periódico socialista, surgiera una Casa del Pueblo o se celebrase un mitin libertario para que, en pocos días, se derrumbase con estrépito el edificio, que creíamos invulnerable, de nuestras sanas costumbres y de nuestra vieja fe.

45. El estado nuevo ha creado una opinión social, que debe convertirse en conciencia social

Hoy nos hallamos en el caso contrario. El Estado español está creando un ambiente de hondo valor religioso y social. Ha puesto en marcha la herrumbrosa máquina de la caridad y de la justicia, colocándonos a la vanguardia de las naciones que se preocupan por la solución del problema social. Estamos ante un estado de opinión, creado rápidamente desde arriba, que debe ir penetrando verticalmente hacia abajo en busca de vigor y solidez. Porque poco importaría que se creara oficialmente el más maravilloso sistema de avances sociales, si los individuos no lo asimilan hasta crearse un verdadero estado de conciencia social, única garantía de eficiencia y perdurabilidad. [26]

46. Misión peculiar del sacerdote con su palabra y con su ejemplo

Ahora bien, para llegar a esa profunda y vigorosa vibración social que exige este momento histórico, el sacerdote tiene a su disposición dos medios eficacísimos: su palabra y su ejemplo. Su palabra que en ardoroso y perseverante apostolado puede inundar las almas de los fieles en excelsitudes de sacrificio, en sagrados deberes de justicia y en gallardas renunciaciones de caridad, clima maravilloso para el desarrollo de una recia conciencia social justa y cristiana, bajo la luz del Evangelio y el calor de una fe; y su ejemplo, el ejemplo de su vida, ágil para la defensa del débil, para censurar al injusto, para la misericordia con el desgraciado, para disculpar los extravíos de tantos que, sin haber conocido emociones de religión ni ternuras de hogar, solo supieron del trabajar y del sufrir.

47. Peligroso dualismo en muchos patronos y responsables católicos

En el interior de muchos católicos existe un peligroso dualismo. Por un lado actúan sus creencias teóricas y sus externas de religión y por otro sus deberes sociales de caridad y de justicia. Este dualismo es sumamente cómodo. Me refiero naturalmente a los ricos y poderosos. Esta conducta es la que desprestigia gravemente, ante las masas, a la religión católica. Y, mientras no surjan quienes la condenen pública, dura y reiteradamente, deshaciendo el equívoco, continuará la Iglesia y la jerarquía eclesiástica marcada con el baldón de complaciente con los poderosos y esquiva con los desheredados.

48. Primacía práctica de lo social en nuestros días entre los obreros

La primacía de lo social, en el aspecto que lo venimos considerando, es hoy un hecho indiscutible. Mucho se habla y discute sobre el puesto que corresponde a lo social en la vida de las naciones. Es cierto que, en buena teoría, por encima de lo social se hallan otros valores –para nosotros desde luego el religioso– pero de hecho y en la práctica estamos ante un predominio avasallador de lo social en el mundo. Los problemas sociales han adquirido tal gravedad y transcendencia, que constituyen la máxima preocupación de los gobernantes de los pueblos y también de las jerarquías eclesiásticas. No bastan las fórmulas políticas. [27] Hasta las verdades religiosas parecen estériles, en este moderno ambiente materialista, sino van matizadas por lo social y no se hace de éste el objeto primordial de sus aplicaciones prácticas. La idea de justicia social parece ser la única que logra fijar la atención y el entusiasmo de las muchedumbres y hasta para arrastrarlas en pos de una fórmula política o de una idea religiosa es preciso llevarlas por el camino de lo social, embebidas en la seguridad de una reivindicación o de un mejoramiento material de la vida. Esto será muy triste, pero es inútil negar su evidencia. Un ejemplo de ello nos lo muestran algunos centros parroquiales situados en el corazón de los grandes núcleos obreros que han venido languideciendo, sin despertar el menor interés en los trabajadores de la barriada, a pesar de la abnegada labor de los sacerdotes y de los religiosos que los dirigían. Pero ha bastado que esos mismos religiosos y sacerdotes, sin excluir su actuación estrictamente espiritual, saliesen de sus iglesias para crear ciertas obras de tipo asistencial, como Escuelas de Capacitación y Aprendizaje, Hospitales, Dispensarios, para que automáticamente los oídos de esas gentes se hayan prestado dóciles a escuchar las verdades de nuestra religión.

49. Urgir a los ricos el cumplimiento de la doctrina social católica

Mucho más difícil es atraer a los poderosos para que respondan al llamamiento para la redención de las masas españolas. Y sin embargo, en ellos más que en los desheredados se halla la solución del problema social. Mientras no se llegue a la limitación equitativa de las ganancias en beneficio de los que carecen plenamente de ellas, poco se podrá conseguir en este problema, tan básico para la paz del mundo y que tanto preocupa hoy a los hombres. Hasta en naciones de tan marcada estructura plutocrática como los Estados Unidos cunde la idea de llegar rápidamente a una limitación de beneficios y a su reparto proporcionado y justo. Para abrir camino a esa justicia y dominar las resistencias que forja la ambición y mantiene el egoísmo de los privilegiados, está la doctrina social-cristiana que deben [28] expone ir y urgir con severidad y sin claudicaciones los directores de las conciencias al ejercer el ministerio de la predicación y principalmente en los ejercicios espirituales que practiquen las clases mejor dotadas de la sociedad.

50. Los ejercicios espirituales de obreros y patronos: escollo por parte de los obreros de interpretar mal este medio

Al llegar a este punto quiero hablar algo acerca de los ejercicios espirituales, que hoy se practican por obreros y patronos en casas especialmente acondicionadas para este fin y más numerosas cada día. Tal vez haya llegado a Vds. la especie de que el Ministro de Trabajo no simpatiza con la obra de los ejercicios espirituales. Si no existiesen otros motivos, los ejercicios espirituales serían suficiente, constituirían razón bastante para rendir a San Ignacio la más fervorosa admiración. Aceptarnos que se colabore en esta importante obra y que se ayude a erigir y a sostener esas Casas, llamadas por alguien «fortalezas del espíritu» cuya existencia y funcionamiento quedarían plenamente justificadas por el solo hecho de que algún hombre de los miles que desfilan por ellas, tocados por la gracia, logren su eterna salvación. Discrepo, sin embargo, en determinadas circunstancias que rodean esta magnífica labor y que tal vez sea necesario modificar. He de advertir que mi única intención es señalar los obstáculos y poner de relieve los medios para salvarlos desde el punto de vista obrero. No nos mueve otro interés que el de contribuir al mayor éxito de esta transcendental obra. Sé que nada nuevo he de decirles, pero es mi obligación reflejar con la mayor fidelidad lo que he podido recoger en el trato con los trabajadores. Sin caer en el error de generalizar alegremente, me limito a exponer lo que en determinados casos he observado y espero de tan distinguido auditorio conceda a mis palabras la misma honradez que otorgo a su pensamiento. Para la bella obra de su evangelización, obra sublime si la corona la eficacia, se brinda a los trabajadores en algunas ocasiones un tangible atractivo material: el de disfrutar unos días vida regalada, con abono de gastos de desplazamiento, estancia y jornal, sufragados precisamente [29] por las Empresas. Y el obrero, propenso, por el ambiente que rodea su vida difícil, a desconfiar de todo, plantea instintivamente una comparación entre este excepcional rasgo de liberalidad de los patronos y su normal actitud en las diarias relaciones de la vida laboral, de ordinario mucho menos generosas, en ocasiones excesivamente frías y quizás injustas alguna vez. Y ante ese extraño contraste, bajo el resabio de tantos desengaños y el veneno de tantos prejuicios, que se amontonan en la hosquedad de su receloso corazón solitario o inducido por compañeros de pérfida intención, sospecha, medita y llega a la conclusión, de que esa benévola conducta de las empresas con los obreros ejercitantes va encaminada solamente a entregarlos dóciles en sus manos, frenando las exigencias proletarias aunque sean justas y manteniendo los derechos patronales aunque sean abusivos. Y termina pensando que es muy posible que la religión sea un instrumento del capitalismo para amansar a los trabajadores, como en infames propagandas le dijeron los embaucadores de ayer. Es indignante esta manera de discurrir, pero por eso no vamos a dejar de contemplar esta postura. Es necesario partir de la triste verdad de que las mentes de la masa trabajadora influenciadas por falsas apariencias, rescoldo de calumnias, huellas de heridas de antiguos y lamentables abandonos y notorias injusticias sociales de patronos que se dicen católicos, mantienen hacía nuestra religión una actitud recelosa sino hostil.

Y no debe olvidarse que las multitudes obreras, escépticas, desconfiadas, después de tantas llamadas engañosas y tantas promesas incumplidas que a través de los años llegaron hasta ellas en tropel captador, son difíciles de convencer con palabras si el que las pronuncia no sella previamente con obras la garantía de su verdad.

51. Quiénes podrán darlos con más fruto

Con estos antecedentes que constituyen la más fiel exposición de nuestras observaciones, entendemos, que, para que estos ejercicios para obreros rindan fruto espiritual, deben ir precedidos de una intensa labor práctica de [30] apostolado por parte de los mismos sacerdotes o religiosos que han de dedicarse a esa gran obra de evangelización. Si se han acercado antes a los económicamente débiles para resolver los pequeños problemas de sus vidas con su consejo y con su apoyo; si se han encaminado a un hogar obrero atormentado por la enfermedad y han atendido en lo posible con calor humano su necesidad; si han visitado a la familia de un obrero muerto en accidente y la consolaron en su dolor y la ayudaron materialmente en la medida de sus fuerzas... entonces, cuando esos sacerdotes hablan de Dios, de la religión, de la caridad, sus palabras llegarán certeras a los corazones y a las conciencias. Y dejará de oírse muy pronto entre los de abajo ese adagio vulgar pero muy expresivo que refleja todo el escepticismo de los que no ven cristalizar en realidades las palabras y las promesas: Una cosa es predicar...

52. Ambiente social que deben tener, máxime los dados a patronos y dirigentes

Claro está que si toda forma de apostolado en este momento crucial de la historia debe tener un caliente contenido social, un clima social singularmente intenso exigen los ejercicios espirituales para empresarios y trabajadores. Pero me atrevo advertir que si después de esas magníficas jornadas de vida espiritual, frente a las grandes verdades de nuestra fe, el obrero al llegar a su mina, a su taller o a su fábrica, vuelve a sus viejos odios y a sus sistemáticas rebeldías y a su vida de espaldas a Dios, y si el empresario no siente luego en su oficina y en su Consejo de Administración un noble movimiento de inquietud social para acoger gallardamente las nuevas leyes redentoras y el alma abierta a la caridad y a la justicia, habría que suponer que algo falla en el procedimiento, en el detalle o en el, matiz, ya que, la doctrina es en sí misma fecunda y operante. Por lo que se refiere al capitalista, quizás no se le plantea con toda la inexorable rigidez evangélica la recia sentencia de que no se puede servir a dos señores: al oro y a Dios. Tal vez en lo que atañe al obrero, sería acaso preferible que practicase los ejercicios en el mismo ambiente de su mina, [31] su fábrica o su taller, libre de esa sombra de captación y domesticaje, que presta a esta magnífica obra espiritual el halago de unos días de vida cómoda, con retribuido descanso, proporcionado por la clase patronal. Tal vez falta, para que esas, almas cautivas de la desesperanza y la impiedad se abran a la gracia y perseveren en ella, que esa voz misionera que en los ejercicios debe arrastrarlos hacia Jesucristo, sea la misma que previamente se haya acercado a ellas, en los azares de su vida amarga, con decidida y misericordiosa comprensión.

53. Necesidad de una adecuada preparación social en los sacerdotes y religiosos

De todo lo que vamos diciendo se deduce la necesidad de que los religiosos y sacerdotes posean una preparación adecuada a la misión social que en esta hora del mundo está reservada a los apóstoles de Jesucristo. Todo el Clero debiera salir de los Seminarios con conocimientos teóricos e iniciaciones prácticas en todas las cuestiones que tocan a lo social, que les capaciten para intervenir como directores de las almas, orientando a los ricos y a los pobres desde la plática privada, el confesionario, la sagrada cátedra y como asesor religioso en las obras de tipo social enclavadas en su campo de acción apostólica. Una sana inquietud social unida al espíritu de sacrificio por el bien de las almas le harán superar todas las dificultades de esta gran obra misionera y de redención.

54. Necesidad de una minoría sacerdotal especializada directora

Pero para que esta actuación del Clero logre su máxima eficacia, es necesario que se halle sostenida y orientada por una minoría también sacerdotal formada de antemano bajo amplia y profunda especialización que sea acicate y guía divulgando, abriendo nuevos cauces a la verdad social en libros, revistas, prensa y llevar a la práctica esas mismas doctrinas en obras tangibles y fecundas.

En la Encíclica Cuadragésimo Anno, como sabemos, insiste la representación de Jesucristo en la tierra en la necesidad de formar esas selectas minorías eclesiásticas.

55. Fundación en Comillas de una Facultad sociológica

He dado comienzo a este largo inciso sobre acción social del Clero con una pregunta, que creo haber [32] contestado noblemente mostrando la realidad con toda su crudeza pero sin ocultar mis esperanzas en el futuro sinceras y llenas de fe. Y este inciso, iniciado con una pregunta, quiero que termine con otra, que quedará flotando en este ambiente al mismo tiempo solemne y cordial. Esta Universidad de Comillas, magnífico centro de ciencia y virtud del que salen tantos sacerdotes eminentes hacia todos los meridianos para regir diócesis o para luchar en las primeras vanguardias del movimiento católico, ¿no parece la llamada a crear en su seno una Facultad sociológica, con títulos académicos equivalentes a los de Filosofía y Teología y Derecho Canónico, en la que hayan de formarse esas selectas minorías sacerdotales que piden las Encíclicas, que la primacía de lo social en esta hora exige y España y las naciones de América esperan?

56. Tensión apasionada y brío de acción

Para esta gran obra de justicia cristiana y paz social a la que, bajo la orden de Franco estarnos entregados, se requiere tensión apasionada y brío de acción. Tenemos a nuestro lado muchos cuerpos sin pan y almas sin luz y estamos cercados por los egoísmos de una vida regalona y fácil y rodeados de enemigos cautelosos y astutos que parapetados en fuertes reductos seculares quieren arrebatarnos la justicia y con ella la mejor victoria de España.

57. Ha pasado la hora de los sofismas

Que no se olvide como lo olvidan tantos apasionados y tantos inconscientes, incapaces de comprender este lenguaje nuevo de una generación abrasada por su culpa con el fuego de sus hermanos, que Dios castiga y cuando se le confiesa con los labios y se predican sus mandamientos y se quiere amansar con sus palabras divinas a las muchedumbres, pero se le niega en las obras y se le niega en el corazón y se le niega en la vida, Dios permite que esas muchedumbres se descristianicen, se cieguen en la pasión de bárbaras doctrinas y se encrespen en olas rojas de destrucción sobre las Patrias. Y es que al hablar del espíritu hemos de atender al cuerpo porque los hombres tenemos que dar de comer a los hambrientos si queremos que nos crean sinceros defensores [33] de la doctrina que la manda. Y hoy el mundo está de vuelta de sofismas de escribas, maledicencias de fariseos y tergiversaciones habilidosas de aprovechados. La humanidad ha dormido muchos años sobre un lecho de ficciones hasta que aldabonazos de tragedia abrieron sus ojos y al calor de hogueras crepitantes se produjo el deshielo de las mentiras. Hoy ya no cabe ese dulce ir viviendo en amaño y falsía comprando a los hábiles desaprensivos, engañando a los imbéciles y tratando de convencer a los honrados. Todos conocemos aquellas políticas de un triste ayer español, cuyos figurones se mueven todavía fuera de la Patria en los últimos estertores de una agonía ridícula. Nadie ignora cómo desgarraron a España a través de engaños captadores. Cómo pedían, tímidamente al principio, una tolerancia comprensiva ante el sutil humorismo volteriano que ridiculizaba a los creyentes para terminar en las piras satánicas de los templos incendiados; cómo pedían libertad para todas las ideas y se asesinaba luego a millares de desgraciados que no habían cometido otro delito que la estulticia intranscendente de depositar una candidatura incolora en una urna electoral; cómo, en nombre de una transigente connivencia, se solicitó respeto para todas las propagandas y fue necesario poco después comprar la propia existencia de España al buen precio de un millón de muertos. Y esto es conveniente recordarlo porque todavía agobia algunos espíritus la bruma pegadiza de las viejas concepciones liberales, con sus imparcialidades mendaces, con sus falsas ecuanimidades flexibles, con la blanda perfidia de sus apariencias tolerantes; y existen almas extraviadas evocando vanos recuerdos de tiempos huidos y ciertos sabihondos que inmersos en su amor propio de infalibles, con esa soberbia satánica que pobló el infierno de ángeles réprobos, no vacilan en comprometer los destinos de su Patria y vender al mejor postor su conciencia y su fe.

58. Con nuestro programa social venceremos a nuestros enemigos

Y fuera de nuestras fronteras rondan, con merodeo de chacales, las ceñudas caravanas de todas las fuerzas [34] oscuras de la tierra, ansiando entorpecer la marcha victoriosa de España hacia estas nuevas metas de redención y paz. Su sectarismo fragua maniobras políticas y rastreros manejos económicos con los que intentan abatir nuestra riqueza y nuestra unidad y su oro compra conciencias, rotativas y micrófonos en el mercado negro de las almas, para derramar sobre la verdad española baba de calumnia y hiel de odio. Todo ante la complicidad suicida, la indiferencia acomodaticia y la deserción criminal de estadistas que se llaman creyentes y que, si lo son, están obligados ante sus conciencias y ante Dios a ayudarnos a defender los eternos valores de la espiritualidad y de la fe. Pero nosotros sabremos vencer frente a los desplantes de los apaches internacionales, los sofismas de los leguleyos, la traición de los judas, la falsía de los Pilatos y las voces de las multitudes gregarias que piden la crucifixión de España; porque oponemos a las ficciones políticas realidades sociales; al egoísmo el sacrificio, al odio la hermandad, al despotismo de los fuertes la redención de los humildes, al bisbiseo farisaico de los calumniadores el clamor vibrante de nuestra verdad, a la bravucona insolencia nuestra hombría española con Franco, en indomable afán.

Con Franco, forjador de nuestra victoria, paladín de nuestra independencia y nuestra libertad, depositario de nuestra unidad y nuestra fe. Caudillo resuelto para afrontar las batallas, hábil para esquivar los riesgos, contundente para pulverizar las insidias, porque su espíritu está curtido en muchas escaramuzas, templado en muchos combates y guarda aleccionadora experiencia de muchas emboscadas que trató de tejer a su noble lucha la cobardía y la traición.

59. Tenemos a Dios de nuestro lado

Y venceremos, además por una suprema razón. Porque en este combate, en el que se está decidiendo si en la paz que se avecina en el mundo flamearán los negros banderines de las fuerzas del mal o habrán de fulgir una libertad y una justicia bajo una Cruz, tendremos de nuestro lado a Dios. [35]

60. España vanguardia de la contrarreforma social cristiana

Para terminar, quiero recoger la cita que ha hecho el P. Baeza a mis palabras de hace cuatro años, porque precisamente en este combate está el cumplimiento del destino español en lo universal que no se presenta como prurito de hacerse oír y de hacerse escuchar a manera de imperialismo caprichoso, sino con todas las características irrenunciables del deber. Del deber para con nuestros hermanos de España, del deber para con los demás pueblos desgarrados física y espiritualmente entre las alambradas del odio y antes que nada del deber para con Dios de intentar que, la nueva amanecida del mundo dibuje una Cruz en sus horizontes. Porque más desoladora que todas las divergencias apunta una especie de gran reforma sin Dios o con Dios como accidente, no como esencia, como Ser supremo, no como Cristo y quedamos nosotros solos en el mundo como único bastión de la fe.

61. Hemos de enseñar la reforma social cristiana con la palabra y con el ejemplo

Nosotros que nos desgarrarnos ya más de una vez en guerra de herejes jugando todo lo material por el supremo sentido del espíritu, nosotros tenemos como deber de solidaridad con la tradición la necesidad de clavarnos de nuevo en vanguardia intransigente de contra-reforma. Pero si porque sabíamos rezar pudimos enseñar a rezar a dos continentes, para cumplir ahora esta misión en lo universal que consiste concretamente en conseguir que este gran movimiento de emancipación social nazca bajo el signo cristiano ortodoxo, tenemos que predicar con el ejemplo.

He aquí la justificación más alta de la revolución. Nosotros tenemos que demostrar cómo se encarrila la más profunda transformación social por los caminos del espíritu. Tenemos que enseñar prácticamente que no está en la idolatría del rendimiento y del colosalismo ni en determinadas estatales el pilar de la felicidad de los pueblos, sino en el equilibrio de una hermandad disciplinada, presidida por sentidos religiosos de la vida.

El sacrificio de una revolución en lo material es el precio que hay que pagar ahora a un tiempo a Dios y al César. [36] Las circunstancias han hecho que esta empresa no tenga solo dimensiones nacionales, sino que se presente con la indeclinable grandeza del Evangelio y la Misión. Que sea la paz de Cristo la que España ayude a ganar otra vez a la ceñuda caravana de los pueblos perdidos, aunque tengamos que sacrificar muchos ídolos de lo material, aunque tengamos que vender otra vez lo superfluo de las joyas para ganar lo necesario de un imperio espiritual por Dios y por la Patria, como rezan todavía los recordatorios de aniversario de los héroes de Brunete y del Ebro.

Porque solo enseñando prácticamente al mundo que la única doctrina infalible de paz se predicó hace veinte siglos y que la más alta razón de nuestra empresa revolución aria está en sus mandamientos, podernos cumplir otra vez ese viejo destino es español de aclarar con las luminarias del espíritu la amargura de las incertidumbres y de las noches.

Índice

Introducción

1. Preocupación y aliento
2. La cuestión social eje-centro del mundo
3. O revolución social o contra revolución
4. La justicia social preocupación del nuevo estado
5. Único medio para resolver la cuestión social
6. Aún quedan por resolver en España problemas esenciales para la paz social
7. Necesidad de nuevas estructuraciones sociales

Parte 1ª. La justicia social signo de la revolución nacional

8. La revolución social en sentido cristiano anhelo de Franco
9. Derecho de todo hombre a las prerrogativas de la persona humana
10. Entronque con la tradición española
11. Frutos obtenidos: meta anhelada: la participación en los beneficios
12. Doctrina inspirada en las normas pontificias y en el amor a la Patria
13. Estado social de España al iniciarse el movimiento
14. Fines de la cruzada
15. La prosperidad de la patria debe repartirse proporcionalmente al esfuerzo de cada uno
16. La dignidad humana superior a todo valor materialista
17. Todo hombre tiene derecho al bienestar social

Parte 2ª. Legitimidad de la intervención del Estado para implantar la justicia social

18. El sistema liberal de inhibición es un régimen de esclavitud
19. La intervención del Estado en este punto no es ilegítima
20. Prejuicios inveterados del ideario liberal
21. Respeto a la propiedad privada y a la iniciativa particular
22. Evitar la inicua explotación del obrero
23. La Magistratura del Trabajo encargada de resolver los conflictos laborales con competencia e imparcialidad

Parte 3ª. Anhelos sociales del nuevo Estado

24. a) La participación de los obreros en los beneficios y en la dirección
25. Prudencia con que se ha de proceder en su implantación y condiciones preliminares
26. b) Supresión de las clases sociales: se ha de apreciar al hombre por sus virtudes, no por su dinero
27. Especialmente necesaria en España, dado el orgullo español
28. c) Realidad actual difícil por las circunstancias: aumento de jornales necesario
29. Sinrazón de los patronos al quejarse porque se disminuyen sus dividendos, o al invocar la caridad como remedio
30. Caridad y justicia social no son virtudes encontradas
31. Luminosa doctrina pontificia
32. Fariseísmo de muchos patronos
33. d) Los humildes no serían lo que son, si los ricos hubieran sido lo que debían
34. Queremos atraer a los obreros con la práctica de la justicia social

Parte 4ª. Misión del sacerdote en esta tarea de reconstrucción social

35. No es ajena al clero esta tarea
36. Medio para evitar la apostasía de los necesitados
37. Mandatos pontificios
38. Especialmente en España, inspirada en la doctrina social de la Iglesia
39. El sacerdote el único que puede llegar a las conciencias
40. Atonía social en España en todas las esferas sociales
41. En las clases responsables incluso enemiga declarada
42. Se dan por satisfechas con una nonada
43. Necesidad de crear un estado de conciencia social
44. España carecía de conciencia nacional
45. El estado nuevo ha creado una opinión social, que debe convertirse en conciencia social
46. Misión peculiar del sacerdote con su palabra y con su ejemplo
47. Peligroso dualismo en muchos patronos y responsables católicos
48. Primacía práctica de lo social en nuestros días entre los obreros
49. Urgir a los ricos el cumplimiento de la doctrina social católica
50. Los ejercicios espirituales de obreros y patronos: escollo por parte de los obreros de interpretar mal este medio
51. Quiénes podrán darlos con más fruto
52. Ambiente social que deben tener, máxime los dados a patronos y dirigentes
53. Necesidad de una adecuada preparación social en los sacerdotes y religiosos
54. Necesidad de una minoría sacerdotal especializada directora
55. Fundación en Comillas de una Facultad sociológica

Conclusión

56. Tensión apasionada y brío de acción
57. Ha pasado la hora de los sofismas
58. Con nuestro programa social venceremos a nuestros enemigos
59. Tenemos a Dios de nuestro lado
60. España vanguardia de la contrarreforma social cristiana
61. Hemos de enseñar la reforma social cristiana con la palabra y con el ejemplo

Transcripción íntegra de un folleto de 39 páginas, que en su página dos dice
«Talleres Tipográficos. Universidad Pontificia. Comillas»
y muestra el escudo nacional en la contracubierta

 


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