XXIII Congreso Internacional de Americanistas Costa Rica 1958

 
Claudio Gutiérrez Carranza

Apreciaciones sobre América en la obra de Gabriel Marcel

He encontrado en uno de los más recientes libros de Marcel, Los Hombres contra lo Humano (Versión castellana de Beatriz Guido, Ed. Hachette, Buenos Aires 1955) algunas apreciaciones sobre América, más bien negativas, que considero de bastante profundidad; el que no sean positivas o de elogio me ha alentado a traerlas aquí, no sólo porque meditar sobre los propios defectos es saludable, sino también porque generalmente los filósofos aciertan más cuando critican que cuando construyen; esto es aun más verdadero tratándose de los contemporáneos filósofos de la existencia.

Como es sabido, el pensamiento del filósofo de la participación está centrado sobre el examen fenomenológico de una antinomia fundamental: la que expresan los términos «ser y tener» (éste es el título de su obra más importante), o sea, la oposición entre los dos movimientos fundamentales de la existencia humana: el recogimiento y la acción, la contemplación y la técnica. Esta antinomia está expresada claramente en el siguiente párrafo del último de sus libros de ensayo de que tengo noticia: «Toda acción, en tanto es una elección, es una mutilación, y hasta podría decirse una injuria a lo real. La tragedia humana consiste por una parte en que cada uno de nosotros está condenado a esa mutilación, pues es la condición para llegar a ser uno mismo, pero también en que está obligado a rescatar esa falta, si lo es, por una especie de acción compensadora que en el fondo consiste en la restauración de la unidad que ha contribuido a romper por medio de su elección.» (El Hombre Problemático, Ed. Sudamericana, Buenos Aires 1956; págs. 46 y 47).

He creído encontrar en las apreciaciones sobre América, de Marcel, una encarnación de esta poderosa antinomia; su juicio es doble: por una parte se refiere a los Estados Unidos y por la otra [54] a la América Ibérica, en ambos casos señala desviaciones pero, me atrevería a asegurarlo, estas desviaciones deben ser entendidas como de signo contrario. Veámoslo.

La crítica a los Estados Unidos aparece en un capítulo sobre La Crisis de los Valores en el Mundo Actual; en realidad, este capítulo es un ataque a fondo a la legitimidad de la llamada Teoría de los Valores, cuyo desarrollo, en el plano teórico, es paralelo al progreso de aquella crisis, en el plano histórico: «Me sentiría inclinado a emitir este aserto, sin duda paradójico, de que la instauración de la idea de valor en filosofía, idea que podemos llamar aproximadamente extraña a los grandes metafísicos del pasado, es algo así como el signo de una especie de devaluación fundamental que incide en la realidad misma. Como con frecuencia ocurre, la idea y la palabra aparecerían aquí como signos de una cierta decadencia interna cuyo lugar sería la realidad misma que esta palabra pretende designar» (pág. 133). Lo que está en decadencia para Marcel es la idea misma de ser o de realidad «de la cual lo que llamamos valor no es tal vez, después de todo, sino una especie de refracción irisada» (pág. 128); el valor, pues, considerado en forma autónoma, corresponde propiamente a un menos ser, a una reducción operada en el ser. «Esta reducción es, por otra parte, la condición previa de una acción cualquiera sea, en tanto ésta presupone un proyecto» y una elección (El Hombre Problemático, pág. 46). La teoría de los valores viene a ser entonces concomitante al predominio de la técnica sobre el recogimiento, del orden del hacer sobre el orden de la participación. Nada de extraño tiene, según esto, que se ataque el concepto de valor autónomo y en el mismo capítulo se critique a los Estados Unidos, adalid de la técnica. Por lo demás, el mismo Cornelius Krusé nos ha confirmado que «Posiblemente la novedad más notable en la filosofía contemporánea norteamericana dentro de los últimos diez años ha sido el aumento de interés por el estudio y la discusión de la teoría general de los Valores» (Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica, V. I, pág. 204).

La crítica a la teoría de los valores la comienza Marcel por un análisis del mismo término, «valor», que marca ya el carácter espurio de la doctrina: con él designamos ante todo la medida y el precio de las cosas, su sentido es ante todo geométrico y económico (mercantil). «Una expresión corriente en América puede aquí encarrilarnos en la buena dirección. Se dice corrientemente en los Estados Unidos que un hombre vale tantos dólares. Maurice Sachs cuenta [55] en el Sabbat que cuando dio una conferencia en San Diego, en la frontera mejicana, la presidenta se expresó más o menos de la siguiente manera: «Señoras, me halaga haberles hecho conocer los más grandes conferencistas de nuestra época cuando aún no costaban muy caro. Así hemos tenido a Sinclair Lewis, que vale hoy mil dólares, cuando sólo costaba cien. Asimismo Dreiser... Hoy, tengo el honor de presentarles a Sachs, que sólo vale cien dólares, pero que, esperémoslo por él, valdrá pronto mil; digo por él, pues no seremos entonces bastante ricas para ofrecérnoslo.» Ya no estaba ante un público sino en un mostrador. Ahora bien, insistimos sobre este hecho que la palabra inglesa «worth» tiene realmente el sentido de valor y se relaciona directamente con la palabra «wert», que en alemán es hasta término técnico. Supongamos que el conferencista se vuelva más o menos afónico; su valor disminuirá proporcionalmente y aun llegará a un extremo en que ya no valdrá absolutamente nada. Pero el valor así representado se sitúa en las cercanías inmediatas del rendimiento y de la función. Observemos que al menos en América, un hombre podrá aún ser «worth a hundred thousand dollars», aun si no sirve ya para nada, con tal de que conserve la posibilidad de firmar un cheque por cien mil dólares. Precisemos: no se trata naturalmente de la posibilidad física de trazar un cierto signo sobre un papel, sino de la acogida que el banco dispensará al que se presente provisto de ese papel si lleva el signo en cuestión.

Marcel, le hemos visto, critica a Estados Unidos como católico y europeo, por su aprecio exagerado de las categorías del tener y el hacer y su escasez de profundidad ontológica, de potencialidad de recogimiento. Pero Marcel también, como católico y francés, criticará a Iberoamérica por un pecado de signo contrario; la suficiencia de quien, sabiéndose enraizado en una profunda tradición religiosa, trata al ser como a un patrimonio, más aun, como a un monopolio de intolerancia. «Ese cristianismo de derecha me ha parecido efectivamente siempre muy sospechoso: jamás dejé de pensar que corre el riesgo de comprometer de la manera más funesta el auténtico mensaje de Cristo» (pág. 9). «En ciertos países de Europa y de América, el clericalismo, con los odiosos compromisos políticos que implica, tiende a asumir un carácter cada vez más ofensivo para una conciencia auténticamente cristiana» (pág. 10). En el mismo contexto se refiere a su obra de teatro «Roma ya no está en Roma»; en esa pieza un intelectual francés, Pascual Laumiere, es llevado por el miedo a una nueva conflagración –a raíz de la guerra de Corea– a [56] emigrar al Brasil donde le han ofrecido una cátedra de literatura en un Colegio católico. El Padre Director le impone ciertas condiciones para el desarrollo del curso, las cuales le hacen rebelarse a pesar de profesar él mismo la fe católica; pero en su misma rebelión descubre la autenticidad profunda de la universalidad de la Iglesia. «Ese clericalismo insolente, pagano –porque es un insulto a Cristo– me acerca a El como lo haría la persecución. En verdad es otra persecución... Es como si con un extraño retraso, detrás de las palabras impías de ese religioso, yo hubiera escuchado una llamada infinitamente callada, una respuesta a mi pregunta.» (Teatro, Gabriel Marcel; Editorial Losada, Buenos Aires 1953; pág. 75). En el desenlace de la pieza, Pascual habla por radio a sus amigos de Francia y les recuerda una tragedia de Corneille en que Sertorio, general rebelde en España, proclama que es él quien encarna la verdadera Roma... «Amigos, ese pensamiento es falso; y es esto lo que quiero gritarles hoy. No debimos irnos: Hay que quedarse, es necesario luchar sobre el lugar. La ilusión de que se puede llevar su patria consigo, no puede nacer más que del orgullo y de la más loca presunción. Ustedes que quizás dudan delante de la amenaza del mañana, quédense, les conjuro, y si no se sienten con valor..., si ustedes no tienen el valor... (vacila y cae sobre el suelo... En ese momento aparece un joven monje de expresión ascética y como se le quiere impedir el paso, dice dulcemente) Señora, déjeme ir hasta él. Sé que me espera. TELON.» Marcel postula aquí la fidelidad a una realidad abarcadora de la cual no podemos pretender ser propietarios sino sólo partícipes; pero de la cual debemos rendir testimonio al través de la acción que rehusa evadirse; fidelidad que no debe retroceder ni ante la acción suprema: la elección de la muerte.

En conclusión, creo que en el mensaje negativo de Marcel los hombres de América podemos leer una lección positiva: nuestro destino lo alcanzaremos si logramos aunar en una poderosa armonía la facultad de recogimiento y las entrañas místicas de Iberia con el rigor, la claridad y la potencia volitiva que predominan en el Norte.

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Congresos de
Americanistas
XXIII Congreso Internacional de Americanistas
San José 1959, páginas 53-56