XXIII Congreso Internacional de Americanistas Costa Rica 1958

 
Emma Gamboa

Americanismo de José Martí

José Martí se bautiza en la fe de la libertad cuando su genial fervor adolescente abrasa las páginas del periódico juvenil Patria Libre. El cautiverio que le hacen padecer en las canteras acendra su vocación y arma su amor «en el decoro del hombre y la viril fiereza de quien no se tiene por varón mientras haya en la tierra una criatura mermada o humillada» {(1) José Martí, Obras Completas, Editorial Lex, La Habana, Cuba 1945, T. 1, p. 2060}.

Encadenado bajo sol candente, bebe leche bíblica y se templa en fuego de rebeldía. Así inicia su penetración en las raíces del hombre y su sabiduría para allegarse cálidamente a las almas, levantar legiones denodadas y crear fuerzas vencedoras con las virtudes de la justicia.

El credo de Martí surge primariamente del convivio de la escuela que alienta sus primeras inclinaciones y se extiende y universaliza cuando comienza su andar por tierras de América.

Su entrega a la causa de la independencia de Cuba se nutre de una ansia mayor por la plenitud digna y libre de los hombres y los pueblos. En toda tierra que pisa se identifica con las penas y las esperanzas de los buenos y deja que le crezca a lo más hondo un sentimiento poderoso de ciudadanía americana: «De América soy hijo: a ella me debo... a su revelación, sacudimiento y fundación urgente me consagro» {(2) Félix Lizaso, Epistolario de José Martí, Cultural S. A., La Habana 1930, T. I, p. 72}.

La lucha por Cuba es la anécdota histórica en que la filosofía martiana se testimonia y patentiza. En todo suelo en que Martí detiene su planta apostólica, capta los problemas, destaca las grandezas y aquilata los valores, pero es en Cuba donde abona la tierra con su sangre para consagrarla a la libertad de la que fue un santo guerrero. [60]

Pocas veces se encuentra esta clase de santidad que llamea bajo la exaltación de un ideal esclarecido y se trasmuta en faena del diario batallar. José Martí abarca el continente en su vasto trabajo y cava al mismo tiempo en lo cercano hasta sacar el diamante de cada alma que encuentra. Y encuentra millares de voluntades porque la ciencia suya es enaltecer, unir, alumbrar, purificar. El puede decir: todo hombre es mi hermano. Con este Evangelio penetrado y vivo Martí se da a forjar hombres para crear la fortaleza de la libertad, tal como corresponde a su generación y a su tiempo. Tiempo que él estremece con pasión sagrada y que abre una tarea no todavía enteramente cumplida. Cuando en todo el hemisferio, sin que falte una isla o un rincón de selva, campee la libertad decorosa trabajada por Martí, entonces habrá culminado su obra. El hace labor de cientos de hombres preparando los elementos que pueden constituir una democracia fundada en la inteligencia, la hermandad y la justicia; un modo de vivir y de gobernar sin discriminaciones odiosas de posición, de credo, de raza o de fortuna. Un hombre nuevo en un continente nuevo que posee la tierra justa, la bondad, la ilustración y la consecuente libertad; un hombre que hace tierna la simiente del espíritu cuando se encallece su mano en el contacto amante y fecundo con la naturaleza: un hombre amigo de los hombres. Martí expresa su fe vehemente por

«la libertad humanitaria y expansiva, no local, ni de raza, ni de secta, que fue a nuestras repúblicas en su hora de flor...; libertad que no tendrá, acaso, asiento más amplio en pueblo alguno, –¡pusiera en mis labios el porvenir el fuego que marca!– que el que se le prepara en nuestras tierras sin límites para el esfuerzo honrado, la solicitud leal y la amistad sincera de los hombres» {(3) José Martí, Obras Completas, T. I; Ob. Cit., p. 100-101}.

No viene la libertad como un regalo: es una actitud, una manera de ser, de vivir y de compartir, una educación y una conquista. Hay que cultivar hombres, hacer real lo potencialmente bueno, fortalecer las raíces sanas y nutrir con lo inspirador, fuerte y puro. Es una tarea de maestro para un continente llamado a convertirse en casa de la concordia y del bienestar humanos. Martí es ese maestro. El enseña con la riqueza de espíritu que construyen juntos los [61] sembradores, los obreros, los poetas, los héroes. Incansable escribe día y noche para todos los americanos. Cada sentimiento generoso es por él exaltado; a cada acto honrado pondera; a cada momento de grandeza señala. Interpreta, clarifica y expone todas las excelsitudes dispersas de la América para sembrar simientes de virtud, de honradez, de trabajo, de sobriedad, de verdad desentrañada del estudio, de acción noble y valerosa y de decoro «que vale más que la hacienda» {(4) Félix Lizaso, Ob. Cit., p. 110}.

Martí habla de la América entera, la nuestra de tronco indio e injerto latino y la del norte, compendio de pueblos y razas. El no busca lo que separa y divide sino lo que acerca y hermana. Critica lo que hay que enderezar pero como cumple a varón de recta justicia. Mira sin pasión a los Estados Unidos y marca lo que conviene ver con celo y apreciar sin mezquindad. De los norteamericanos dice a Bartolomé Mitre:

«No cabe de unas cuantas plumadas pretenciosas dar juicio cabal de una nación en que se han dado cita, al reclamo de la libertad, como todos los hombres, todos los problemas. Ni ante espectáculos magníficos, y contrapeso saludable de influencias libres, y resurrecciones del derecho humano, aquí mismo a veces aletargado, cumple a un veedor fiel cerrar los ojos, ni a un decidor leal decir menos de las maravillas que está viendo. Hoy sobre todo, en que en ciertas comarcas de nuestra América en que arraigó España más hondamente que en otras, se capitanea, bajo bandera literaria y amor poético de la tradición, una mala empresa devuelta a los estancados tiempos viejos, urge sacar a la luz con todas sus magnificencias, y poner en relieve con todas sus fuerzas, esta espléndida lidia de hombres.» {(5) Félix Lizaso, Ob. Cit., p. 90-91}.

Hay que criticar, hay que sacar el gusano para que prospere la fruta y venga buena la simiente. Critica Martí con justedad y pone la saeta donde hay que curar. Nada que sea vil su honestidad acepta, nada que doblegue, encadene o menosprecie. A esto la guerra fiera y santa: al tirano, al amo de hombres, o a cualquier clase de [62] indigno adueñamiento. Pero busca también Martí los méritos que son la médula de un pueblo y los hace brillar como al oro el artífice que lo muestra pulido. Repite para nuestro tiempo la tarea de Plutarco en el suyo. Emerson, el que «toma puesto familiarmente a la mesa de los héroes» {(6) José Martí, Ob. Cit. T. II, p. 494}, es para él «un Dante amoroso que vivió sobre la tierra más que en ella porque la vio con toda holgura y certidumbre, y escribió Biblia humana» {(7) José Martí, Ob. Cit. T. II, p. 494}. El trascendentalismo purificado y universalista de Emerson respeta, aunque él, Martí, se forja una filosofía del vivir en que el hombre de la muchedumbre ocupa un puesto como en la sinfonía poética de Whitman.

Del transparente espíritu que fue Alcott expresa: «¿De dónde sino del trabajo y de la vida natural habría de venir hombre tan puro?» {(8) Idem. T. I, p. 1171}.

Del magnánimo Washington siente que «es un monte sin zarzas ni cuevas, de virtudes más limpias que el cielo» {(9) Idem. T. I, p. 1274}.

De Henry Ward Beecher piensa que «su pueblo, que es la mejor casa de la libertad, se reflejó en él» {(10) Idem. T. I, p. 1072}. Beecher le fortalece la fe en la libertad que «lleva a una religión universal y gozosa» {(11) Idem. T. I, p. 1072}.

Conmueve la apología que dedica a Peter Cooper: «Amó, fundó, consoló, practicó el Evangelio humano. Puso dignidad en la vida y gloria en su pueblo. Lloraba de oír llorar a un niño pero echaba a andar por las selvas la primera locomotora que cruzó con éxito las tierras de América» {(12) Idem. p. 1073}. Con la figura de Peter Cooper, que «comenzó con pies descalzos» graba el carácter de un típico prohombre norteamericano.

¿Y cómo puede evitar el elogio de Wendell. Phillips, aquel «hierro ardiente» que clamó contra la esclavitud entre los primeros y que prefirió romper su título de abogado «antes que jurar lealtad a la Constitución que parecía prohijar el vil derecho de los amos de los esclavos?» {(13) Idem. p. 1079}. Phillips pertenecía a la «raza de hombres radiantes, atormentados e ígneos» {(14) Idem. p. 1079}, de la que Martí es ejemplo preclaro. Corona de gloria le ciñe el apóstol cubano al que «tuvo ya en los labios puesta la copa de los goces y la dejó caer sonriendo y echó a andar del brazo de los tristes» {(15) Idem. p. 1084}. [63]

A Grant le santifica su casucha gacha de madera y tejas. A este Grant, nacido de la áspera sencillez, que llega a la heroicidad en el momento de la prueba mayor, le critica el gobierno sin orden y sin celo estricto; pero le ciñe el laurel porque fue capaz de grandeza en la lucha gigantesca por la libertad y clarificó sus virtudes en la cercanía de la muerte. Aún más, dice Martí de Rawlins, aquel «árbol hecho de valor y justicia» {(16) Idem. p. 1103} que quería el triunfo de la verdad aunque nadie supiese que había triunfado por él.

Y es como camarada admirador del colosal Walt Whitman el «hombre padre, nervudo y angélico» {(17) Idem. p. 1103} que ama a los héroes y a los pecadores, a los bueyes y a la hoja de césped. Sueña Martí que se edifica una morada nueva, cuando aquel viejo Apolo blanco que era Whitman dice su oración para Abraham Lincoln. «Los criados a leche latina, académica o francesa, no podrían entender, acaso, aquella gracia heroica. La vida sana y decorosa del hombre en un continente nuevo ha creado una filosofía sana y robusta que está saliendo al mundo en epodos atléticos» {(18) Idem. p. 1103}. «A la mayor suma de hombres libres y trabajadores corresponde una poesía de conjunto, tranquilizadora y solemne.» Queda Martí penetrado de Whitman cuando éste se retrata, como hombre y poeta ecuménico:

«¡Penetra el sol la tierra hasta que toda ella sea luz clara y dulce como mi sangre! Yo canto la eternidad de la existencia, la dicha de nuestra vida y la hermosura implacable del universo.
Yo uso zapato de becerro y bastón hecho de una rama de árbol» {(19) Idem. p. 1142}.
«Trátase», comenta Martí, «de escribir los libros sagrados de un pueblo que reúne, al caer del mundo antiguo, todas las fuerzas vírgenes de la libertad a las urbes y pompas ciclópeas de la salvaje naturaleza; trátase de reflejar en palabras el ruido de las muchedumbres que se asientan en las ciudades y de los mares domados y de los ríos esclavos» {(20) Idem. p. 1143}.

Entre los grandes reverencia a Lincoln, «el leñador de ojos piadosos», «erguido entre el polvo y el estruendo que levantan al caer las cadenas de un millón de hombres emancipados» {(21) Idem. II, p. 98}. [64]

El desfile de varones, humanos y como transfigurados, que pasan por las páginas de Martí dan una visión iluminadora para la juventud americana. Pero esta visión se hace más alta para elevar espíritus y prender fe enérgica cuando se vuelve hacia la América bolivariana. «¿Qué pasa de pronto que el mundo se para a oír, a maravillarse, a venerar? Libres se declaran los pueblos todos de América a la vez.» Bolívar preside la avalancha inquebrantable de redención. «Hombre solar, cabalgando en carrera frenética... sobre caballo de fuego, asido del rayo, sembrando naciones» {(22) Idem. II, p. 31}.

«De Bolívar se puede hablar con una montaña por tribuna, o entre relámpagos y rayos, o con un manojo de pueblos libres en el puño y la tiranía descabezada a los pies» {(23) Idem. II, p. 72}.

Por todo el continente resuena el clamor de la libertad. Con Bolívar surge una pléyade de próceres y con ellos van las huestes de indios venezolanos, indios de México, rotos de Chile y cholos del Perú, negros y gauchos, peuhenches y araucos. Sólo un héroe puede sentir el ardor de los héroes y expresarlo con pasión concentrada de una legión de pueblos. Martí es el potente intérprete de los dolores y glorias de América. Usa su verbo para sembrar fuerzas gigantes que mueven a una plenitud de empresa ferviente. No habla como iluminado de profecía sino como iluminado de convicción y voluntad; es un maestro labrador que hace la siembra, lucha contra los poderes destructores y cuida la cosecha del porvenir.

Ve la solución para la América de dolor y esperanza en la libertad de toda opresión y en una cultura de calibre recio, auténticamente americana; una cultura creadora, construida sobre la base de los elementos nativos. El mismo denuedo que pone en la conquista de la libertad consagra al trabajo de la cultura. Su definición es clara. Corresponde descubrir y desarrollar la riqueza potencial y superior de estos pueblos, levantar una juventud emprendedora y laborar con razón y ciencia en las cosas de todos. Martí cree en la juventud americana.

«El pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado y que la salvación está [65] en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino de plátano, y si sale agrio, es nuestro vino» {(24) Idem. II, p. 110}.

El americanismo de Martí es una tesis de fe en la acción de cada hombre para construir una democracia para todos con el esfuerzo de todos. Este americanismo nació como una voz de aliento y de pujanza en la hora necesaria de lucha por la autonomía de las repúblicas latinoamericanas; pero no es una cerrada tesis continentalista. No hay fronteras de espíritu para la fraternidad ecuménica en el Evangelio martiano. La dignidad que él quiere en cada hijo de su Cuba y en cada hombre de su América, es la clase de dignidad que identifica al hombre con su próximo en cualquier parte de la tierra. A sus compatriotas dirige aquel discurso conocido con el nombre con todos y para el bien de todos:

«... si en las cosas de mi patria me fuera dado preferir un bien a todos los demás, un bien fundamental que de todos fuera base y principio, ese sería el bien que yo prefiriera: yo quiero que la ley primera de nuestras repúblicas sea el culto de los cubanos a la dignidad del hombre. En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que recibe cualquier mejilla de hombre» {(25) Idem. p. 1698}.

La patria de Martí está donde los hombres padecen. Sobre la raíz sembrada en su isla por la que da vida y muerte se yergue su árbol de justicia con ramazón tan crecida y perenne que cobija a los americanos, y a todos los que luchan por el decoro del hombre.

Los frutos de este árbol van madurando lentamente porque necesitan que el sol de la libertad no tenga sombras en tierra alguna.

A los americanos de hoy y de mañana corresponde seguir la obra redentora de Martí.

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Congresos de
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XXIII Congreso Internacional de Americanistas
San José 1959, páginas 59-65