Historia del Partido Comunista de España 1960

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Capítulo segundo
La República

En defensa de la democracia

El Partido Comunista había combatido en las primeras filas de los luchadores republicanos contra la Monarquía, como uno de los destacamentos más heroicos de la democracia española; pero al proclamarse la República fue objeto de un trato discriminatorio y se vio forzado a sostener una lucha tesonera para conquistar su derecho a la existencia legal.

El Partido salía de once años de clandestinidad o [68] semiclandestinidad seriamente quebrantado: apenas contaba con 800 militantes. Esta debilidad numérica debíase en gran parte a las persecuciones de que se le hizo objeto: ningún partido había sido blanco de tan crueles represalias. A su debilitamiento habían contribuido también, en no pequeña medida, las posiciones sectarias, las consignas estrechas, que no respondían a la situación real de nuestro país.

Bajo la presión de las masas y con la valiosa ayuda ideológica de la Internacional Comunista, el Partido inició la revisión de su política, adaptándola a la situación real y a lo que eran principios normativos comunistas en la revolución democrático-burguesa.

El Partido sostuvo una lucha enérgica en defensa de los intereses de los trabajadores. En sus documentos y en su prensa formuló las tareas históricas de la revolución democrática y las soluciones que correspondían a aquel período histórico.

El Partido advertía contra el peligro de que se intentara ahogar la revolución «en una oleada de debates parlamentarios», actuaba contra el narcótico de las ilusiones parlamentarias y declaraba que la solución de los problemas planteados sólo podría venir de la acción revolucionaria de las masas.

¿Cuáles eran las tareas de la revolución democrática española y cómo las enfocaba el Partido?

El Partido Comunista de España llamaba la atención del país sobre la triste herencia que la República recibía. España figuraba entre los países atrasados de Europa en punto a su desarrollo económico y político. La herencia feudal de la Monarquía era particularmente gravosa en el campo. El latifundismo constituía un freno al desarrollo económico del país y engendraba violentos antagonismos, su peso era agobiador en Andalucía, Extremadura y parte de Castilla. En el resto del campo español la herencia feudal se manifestaba en sistemas de arriendo y en cargas de origen medieval; así ocurría con los foros en Galicia, Asturias y parte de León, Valladolid, Palencia y Zamora; así con el condominio en las provincias vascongadas, con la «rabassa morta» es Cataluña y con otras variantes de aparcería y arriendo en ésas y otras regiones de España. [69]

La cuestión de la tierra era el problema de los problemas de la revolución española, el nudo gordiano que sólo podía cortar una profunda reforma agraria como la que proponía el Partido Comunista.

El Partido Comunista consideraba que la revolución española se iniciaba en una época en la que el proletariado constituía una clase fundamental de la sociedad, circunstancia que la diferenciaba de las grandes revoluciones burguesas del siglo XVIII e incluso del XIX, imprimiéndole mayor hondura social. De aquí que no pudiera postergar las aspiraciones económicas y sociales del proletariado y que debiera garantizarle el pleno disfrute de sus derechos políticos y sociales y la elevación de su nivel de vida.

La revolución democrática española no podía soslayar el problema nacional. El derecho de las nacionalidades a la autodeterminación e incluso a la separación halló en el Partido Comunista su más firme defensor, por considerar que la unidad del Estado español sólo puede ser sólida y estable sobre la base de la libre determinación y nunca sobre la fuerza y la violencia. Asimismo consideraba el Partido inexcusable la retirada de las tropas españolas del territorio marroquí y la concesión a aquel pueblo, sometido a un régimen de ocupación colonial, de la plena independencia nacional.

La revolución democrático-burguesa española debía resolver también con espíritu constructivo el problema de las relaciones con la Iglesia, estableciéndolas sobre los principios democráticos de la libertad de creencias y cultos y de la separación de la Iglesia y del Estado. El Partido era contrario a las estridencias anticlericales y ademanes demagógicos de ciertos líderes republicanos que herían los sentimientos de las masas católicas y eran utilizados por la reacción para levantar la bandera de la persecución religiosa y escindir al pueblo.

La consolidación de un régimen de libertades democráticas en España demandaba, en fin, la reorganización y democratización del aparato estatal, y en particular del cuadro de mandos del Ejército. Después del desastre de Cuba y cuando el Ejército español no tenía empresa exterior alguna en la que ser empleado, contaba con 499 generales, 578 coroneles y más de 23.000 oficiales para unas tropas que no excedían de [70] 80.000 hombres. Estos cuadros se llevaban en sueldos, gratificaciones y cruces pensionadas el 60 por 100 del presupuesto de guerra, dedicándose 80 millones para sueldos, 45 para la tropa y 13 para material. {(1) Eduardo Aunós. Itinerario Histórico de la España contemporánea.}

Esta situación empeoró aún como resultado de la guerra de Marruecos.

La reforma del Ejército era muy necesaria teniendo en cuenta, sobre todo, la hostilidad al nuevo régimen de la camarilla militar africanista, que constituía la cúspide del cuadro de mandos de las fuerzas armadas. Una de dos: o la República arrebataba las armas de manos de esa camarilla reaccionaria, o ésta las emplearía más tarde o más temprano para dar muerte a la República.

Tal era la posición del Partido Comunista sobre las tareas históricas de la revolución democrática española. La experiencia ha demostrado que era el único camino para resolverlas y para evitar a España la sangrienta prueba que más tarde hubo de sufrir.

Así, pues, la salida del Partido de la clandestinidad no sólo puso de relieve sus lados débiles; destacó sobre todo sus lados fuertes, sus grandes virtudes revolucionarias. El Partido aparecía como el auténtico depositario y continuador de las gloriosas tradiciones revolucionarias del proletariado español, como el portador del pensamiento político más avanzado, como el destacamento más combativo y revolucionario de la clase obrera española, como el más consecuente defensor de la democracia.

Al luchar por sus postulados, el Partido Comunista no pretendió en ningún momento que los líderes republicanos y socialistas se convirtiesen a la fe comunista; aspiraba tan sólo a que no se estancasen a mitad del camino de la revolución democrático-burguesa y tuviesen presentes las palabras del jacobino Saint Just, uno de los dirigentes de la revolución francesa: «Quien hace una revolución a medias, cava su propia tumba».

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  Historia del Partido Comunista de España
París 1960, páginas 67-70