materialismo

 

Lenin

Sobre el significado del materialismo militante

12 de marzo de 1922

Publicado en la revista Bajo la bandera del marxismo
Под Знаменем Марксизма, Moscú, número 3, marzo 1922.

El camarada Trotski ha dicho ya todo lo esencial, y lo ha dicho muy bien, sobre las tareas generales planteadas a la revista Pod Známeniem Marxizma, en el número 1-2. Quisiera detenerme en algunas cuestiones que determinan más de cerca el contenido y el programa de la labor que se propone realizar la redacción de esta revista, según se declara en el preámbulo al núm. 1-2.

En dicha declaración se dice que no todos los que se agruparon en derredor de la revista Pod Známeniem Marxizma son comunistas, pero que todos son materialistas consecuentes. Creo que esta alianza de los comunistas con los que no lo son es indiscutiblemente necesaria y determina acertadamente las tareas de la revista. Uno de los más graves y peligrosos errores de los comunistas (como de todos los revolucionarios que hayan coronado con éxito la etapa inicial de una gran revolución) es el de imaginarse que la revolución puede llevarse a cabo por los revolucionarios solos. Por el contrario, para el éxito de todo trabajo revolucionario serio, es necesario comprender y saber aplicar en la práctica el concepto de que los revolucionarios sólo son capaces de desempeñar el papel de vanguardia de la clase verdaderamente vital y verdaderamente de vanguardia. La vanguardia cumple sus tareas como tal vanguardia sólo cuando sabe no aislarse de la masa que dirige, sino conducir realmente hacia adelante a toda la masa. Sin la unión con los no comunistas, en los más diversos terrenos de la actividad, no puede ni siquiera hablarse de ninguna construcción comunista eficaz.

Esto se refiere también a la labor de defensa del materialismo y del marxismo que emprende la revista Pod Známeniem Marxizma. Las principales orientaciones del pensamiento social avanzado de Rusia tienen, por suerte, una sólida tradición materialista. Sin referirme ya a J. V. Plejánov, bastará con nombrar a Chernyshevski, del que se apartaban, retrocediendo, los populistas modernos (los socialistas populares, los eseristas y otros), que corrían con frecuencia en pos de las doctrinas filosóficas reaccionarias en boga, cegados por la apariencia de la supuesta “última palabra” de la ciencia europea y sin ser capaces de ver, tras las apariencias, tal o cual variedad de servilismo a la burguesía, a sus prejuicios y a su carácter reaccionario burgués.

En todo caso, entre nosotros, en Rusia, hay todavía –e indudablemente los habrá aún durante bastante tiempo– materialistas del campo de los que no son comunistas, y nuestro deber indiscutible es el de atraer a todos los partidarios del materialismo consecuente y militante al trabajo común, a la lucha contra la reacción filosófica y los prejuicios filosóficos de la llamada “sociedad intelectual”. Dietzgen –padre– al que no se debe confundir con el tan presuntuoso como fracasado literato Dietzgen –hijo–, al decir que los catedráticos de filosofía en la sociedad moderna, en la mayoría de los casos, son de hecho nada más que “lacayos diplomados del clericalismo”, expresó de un modo justo, acertado y claro, el concepto fundamental del marxismo acerca de las tendencias filosóficas predominantes en los países burgueses y que son objeto de la atención de sus sabios y publicistas.

A nuestros intelectuales de Rusia, a quienes les agrada considerarse avanzados –lo mismo que les ocurre, de paso sea dicho, a sus colegas de todos los demás países̵, les disgusta mucho trasladar la cuestión al terreno de la apreciación dada por Dietzgen. Y no les gusta, porque la verdad les duele. Basta con reflexionar un poco en la dependencia estatal, luego en la económica, más tarde en la de la vida cotidiana y otras más en que se encuentran los intelectuales contemporáneos con respecto a la burguesía dominante, para comprender la certeza absoluta de la tajante calificación dada por Dietzgen. Basta con recordar la enorme mayoría de las tendencias filosóficas de moda, que surgen con tanta frecuencia en los países europeos, aunque sea empezando por las relacionadas con el descubrimiento del radio y terminando por las que tratan ahora de aferrarse a Einstein, para darse cuenta de la ligazón que existe entre los intereses de clase y la posición de clase de la burguesía, entre el apoyo que ésta presta a todas las formas de las religiones y el contenido ideológico de las tendencias filosóficas de moda.

De lo expuesto se deduce que la revista, que quiere ser órgano de prensa del materialismo militante, debe ser, primeramente, un órgano combativo en el sentido del desenmascaramiento y persecución sin tregua de todos los “lacayos diplomados del clericalismo” de nuestros tiempos, lo mismo si actúan en calidad de representantes de la ciencia oficial o en calidad de francotiradores que se tildan a sí mismos de publicistas “demócratas de izquierda o ideológicamente socialistas”.

Una revista así debe ser, en segundo lugar, un órgano de prensa del ateísmo combativo. Tenemos instituciones estatales o, por lo menos, oficinas públicas, que dirigen esta labor. Pero lo hacen de un modo sumamente apático, sumamente insatisfactorio, sintiendo, por lo visto, en su propia carne, el yugo de las condiciones generales de nuestro burocratismo auténticamente ruso (aunque sea soviético). Por lo mismo, es sumamente importante que, complementando la labor de las correspondientes instituciones estatales, corrigiéndola y avivándola, la revista, que se consagra a la tarea de convertirse en el órgano de prensa del materialismo militante, lleve a cabo una propaganda y lucha ateístas infatigables. Es necesario prestar atención a toda la literatura que, sobre el particular, aparezca en todos los idiomas, traduciéndola o, por lo menos, resumiendo el contenido de todo lo valioso que se publique al respecto.

Hace ya mucho que Engels aconsejaba a los dirigentes del proletariado moderno que se tradujese, para la difusión en masa, entre el pueblo, la literatura atea militante de fines del siglo XVIII. Para vergüenza nuestra, hasta ahora no lo hemos hecho (una de las muchas demostraciones de que en una época revolucionaria es mucho más fácil conquistar el poder que saber utilizarlo acertadamente). A veces se pretende justificar esta apatía, inactividad e incapacidad nuestras con toda clase de razones “altisonantes”: por ejempo, diciendo que la antigua literatura atea del siglo XVIII ya está anticuada, no es científica, es ingenua, &c. No hay nada peor que estos sofismas pretendidamente sabios que encubren la pedantería o la completa incomprensión del marxismo. Claro está que en las obras ateas de los revolucionarios del siglo XVIII encontraremos no pocos elementos no científicos e ingenuos. Pero nadie impide a los editores de estas obras abreviarlas y proveerlas de sucintos epílogos en los que se exponga el progreso que la humanidad ha alcanzado en la crítica científica contra la religión desde fines del siglo XVIII y se enumeren las respectivas obras nuevas, &c. Sería un gran error, uno de los más graves errores que pueda cometer un marxista, el pensar que los muchos millones de las masas populares (sobre todo, de campesinos y artesanos), condenadas por la sociedad contemporánea a permanecer en el oscurantismo, en la ignorancia y llenas de prejuicios, puedan salir de la oscuridad únicamente por la línea recta de la ilustración puramente marxista. Es necesario dar a dichas masas el más variado material de propaganda atea, relacionarlas con los hechos de las más variadas ramas de la vida, abordarlas de una y otra manera a fin de interesarlas, de sacudirlas en todos los aspectos, a fin de despertarlas del letargo religioso, empleando, para ello, los más distintos procedimientos, &c.

Las publicaciones agudas y amenas de los viejos ateos del siglo XVIII escritas con talento, que atacan ingeniosa y abiertamente al oscurantismo clerical dominante, resultarán, a cada paso, mil veces más adecuadas para despertar a la gente del letargo religioso que las exposiciones aburridas del marxismo, secas, no ilustradas casi con ningún hecho bien seleccionado, exposiciones que prevalecen en nuestra literatura y que, con frecuencia (hay que confesado), tergiversan el marxismo. Ya están traducidas al ruso todas las obras de alguna importancia de Marx y Engels. No hay absolutamente motivo alguno para temer que el viejo materialismo y el viejo ateísmo queden sin complementar con las correcciones aportadas por Marx y Engels. Lo más importante –lo que precisamente olvidan con mayor frecuencia nuestros comunistas pseudomarxistas, en realidad deformadores del marxismo– es saber interesar a las masas, todavía incultas, en la actitud consciente ante las cuestiones religiosas y en la crítica consciente de las religiones.

Por otra parte, fijaos en los representantes de la moderna crítica científica de las religiones. Casi siempre estos representantes de la burguesía ilustrada “complementan” sus propias refutaciones de los prejuicios religiosos con tales raciocinios, que los desenmascaran inmediatamente como esclavos ideológicos de la burguesía, como “lacayos diplomados del clericalismo”.

Dos ejemplos. El profesor R. Y. Vípper editó en 1918 un folleto titulado El origen del cristianismo (Editorial “Faros”, Moscú). Al exponer los principales resultados obtenidos por la ciencia moderna, no sólo no combate los prejuicios y el engaño que constituyen el arma de la Iglesia como organización política, no sólo elude hablar de estas cuestiones, sino que declara abiertamente una pretensión ridícula y de las más reaccionarias, la de elevarse por encima de ambos “extremos”: tanto del idealismo como del materialismo. Esto no es más que servilismo a la burguesía dominante, la cual emplea en todo el mundo centenares de millones de rublos de las ganancias que extrae de los trabajadores para apoyar a la religión.

El conocido sabio alemán Arthur Drews refuta en su libro El mito de Cristo los prejuicios y leyendas religiosos, demuestra que en el mundo no ha existido Cristo alguno, y al final del mismo se manifiesta a favor de la religión, pero de una religión algo renovada, refinada, artificiosa, capaz de contrarrestar “el torrente naturalista que aumenta a diario más y más” (página 238 de la cuarta edición alemana de 1910). Este es un reaccionario franco, consciente, que ayuda abiertamente a los explotadores a que sustituyan los viejos y putrefactos prejuicios religiosos por otros nuevecitos, todavía más asquerosos y viles.

Esto no significa que no haya que traducir la obra de Drews. Esto significa que los comunistas y todos los materialistas consecuentes deben, al mismo tiempo que realizan en cierta medida su alianza con la parte progresista de la burguesía, desenmascararla sin reserva cuando ésta se desliza a la reacción. Esto significa que rehuir la alianza con los representantes de la burguesía del siglo XVIII, es decir, de la época en que ésta era revolucionaria, equivaldría a la traición al marxismo y al materialismo, puesto que la “alianza” con los Drews, en una u otra forma, en mayor o menor grado, es obligatoria para nosotros en la lucha contra los oscurantistas religiosos dominantes.

La revista Pod Známeniem Marxizma, que se propone ser el órgano de prensa del materialismo militante, debe dedicar mucho espacio a la propaganda atea, a la información sobre la literatura respectiva y subsanar las enormes faltas de nuestra labor estatal en este terreno. Es especialmente importante el utilizar libros y folletos que contengan muchos hechos concretos y comparaciones, que demuestren la relación existente entre los intereses de clase y las organizaciones de clase de la burguesía moderna, por un lado, y las organizaciones de las instituciones religiosas y de la propaganda religiosa, por el otro.

Son extraordinariamente importantes todos los materiales que se refieren a los Estados Unidos de América del Norte, donde se revela, en grado menor, la relación oficial, gubernamental, de Estado, entre la religión y el capital. Pero, en cambio, se nos hace más evidente que la llamada “democracia moderna” (ante la cual los mencheviques, los eseristas y, en parte, los anarquistas, &c., se rompen la frente prosternándose con tanta insensatez) no representa en sí otra cosa que la libertad de predicar lo que convenga a la burguesía, y a ésta le conviene predicar las ideas más reaccionarias, la religión, el oscurantismo, la defensa de los explotadores, &c.

Quisiera abrigar la esperanza de que la revista, que se propone ser el órgano de prensa del materialismo militante, ofrecerá a nuestros lectores resúmenes de la literatura atea, con unas referencias que indiquen para qué círculos de lectores y en qué sentido podrían ser adecuadas tales o cuales obras, y una relación de las publicadas en nuestro país (se deben considerar publicadas únicamente las obras que estén traducidas de un modo soportable, cuyo número no es cuantioso) y de lo que deberíamos editar.

* * *

Además de la alianza con los materialistas consecuentes que no estén afiliados al Partido Comunista, no es de menor importancia, sino quizá de mayor aún, para la labor que el materialismo militante debe realizar, la alianza con los representantes de las Ciencias Naturales modernas que tiendan al materialismo y no teman defenderlo ni predicarlo contra las vacilaciones filosóficas en boga, que se inclinan hacia el idealismo y el escepticismo, predominantes en la llamada “sociedad intelectual”.

El artículo de A. Timiriázev sobre la teoría de la relatividad de Einstein, publicado en el número 1-2 de Pod Známeniem Marxizma, permite abrigar la esperanza de que la revista logre también realizar esta segunda clase de alianza. Es necesario dedicarle a esta última mayor atención. Hay que recordar que precisamente del brusco viraje, por el que en la actualidad pasan las Ciencias Naturales modernas, surgen a cada paso las escuelas y escuelillas, las tendencias y subtendencias filosóficas reaccionarias. Por lo tanto, seguir de cerca los problemas que la novísima revolución en la esfera de las Ciencias Naturales destaca y atraer a esta labor, en la revista filosófica, a los investigadores naturalistas, es una tarea sin cuyo cumplimiento el materialismo militante no puede ser, en modo alguno, ni militante ni materialismo. Si Timiriázev se vio obligado a hacer la reserva en el primer número de la revista de que a la teoría de Einstein –quien, según dice Timiriázev, no ha emprendido personalmente ninguna cruzada activa contra las bases del materialismo–, ya se aferraron un sinnúmero de intelectuales burgueses en todos los países, esto se refiere no sólo a Einstein, sino a toda una serie, quizás a la mayoría, de los grandes transformadores de las Ciencias Naturales, a partir de fines del siglo XIX.

Y para no abordar semejante fenómeno de un modo inconsciente, debemos comprender que sin una sólida fundamentación filosófica ningunas Ciencias Naturales, ningún materialismo podrían soportar la lucha contra el empuje de las ideas burguesas y el restablecimiento de la concepción burguesa del mundo. Para soportar esta lucha y llevarla a cabo con pleno éxito hasta el fin, el naturalista debe ser un materialista moderno, un partidario consciente del materialismo representado por Marx, es decir, debe ser un materialista dialéctico. Para obtener este fin, los colaboradores de la revista Pod Známeniein Marxizma deben organizar el estudio sistemático de la dialéctica de Hegel desde el punto de vista materialista, es decir, de aquella dialéctica que Marx aplicó también prácticamente en su obra El Capital y en sus otras obras históricas y políticas, con tal éxito, que en la actualidad cada día del despertar de las nuevas clases a la vida y a la lucha en el Oriente (el Japón, la India, China) –es decir, de aquellos centenares de millones de hombres que constituyen la mayoría de la población del globo y que hasta ahora con su inactividad y letargo históricos eran causa del estancamiento y de la putrefacción de muchos Estados adelantados de Europa–, cada día del despertar a la vida de nuevos pueblos y de nuevas clases confirma, cada vez más y más, el marxismo.

Naturalmente, la labor dedicada a tal estudio, a tal interpretación y a tal propaganda de la dialéctica de Hegel es sumamente difícil y, sin duda, los primeros intentos en este sentido se verán acompañados por errores. Pero únicamente quien no hace nada no se equivoca. Basándose en el modo como Marx aplicaba la dialéctica de Hegel, concebida de una manera materialista, podemos y debemos desarrollar esta dialéctica en todos sus aspectos, publicar en la revista fragmentos de las principales obras de Hegel, interpretarlas de un modo materialista, comentándolas con ayuda de ejemplos de la aplicación de la dialéctica por Marx y también con ejemplos de la dialéctica aplicada al terreno de las relaciones económicas y políticas, ejemplos que la historia contemporánea, sobre todo la guerra imperialista y la revolución actuales, nos ofrecen en cantidad extraordinariamente abundante. El grupo de redactores y colaboradores de la revista Pod Známeniem Marxizma, a mi parecer, debe constituir algo así como una “Sociedad de amigos materialistas de la dialéctica hegeliana”. Los naturalistas modernos encontrarán (si saben investigar y si nosotros aprendemos a ayudarles en ello) en la interpretación materialista de la dialéctica de Hegel una serie de respuestas a las cuestiones filosóficas que plantea la revolución en las Ciencias Naturales y con las cuales “caen” en la reacción los admiradores intelectuales de las modas burguesas.

Sin plantearse semejante tarea y sin cumplirla sistemáticamente, el materialismo no puede ser materialismo militante. Seguirá siendo, empleando una expresión de Schedrín, no tan combativo, como combatido. Sin ello, los grandes naturalistas seguirán siendo, con tanta frecuencia como hasta ahora, impotentes en sus conclusiones y generalizaciones filosóficas, ya que las Ciencias Naturales progresan con tanta rapidez, atraviesan un período de tan profundo viraje revolucionario en todos los dominios, que no pueden pasarse de ninguna manera sin las conclusiones filosóficas.

En conclusión, trataré un ejemplo que no se refiere al terreno de la filosofía, pero que, en todo caso, se refiere al de las cuestiones sociales, a las que Pod Známeniem Marxizma también quiere prestar atención.

Este es uno de los ejemplos de cómo la pseudociencia de nuestros días, en realidad, sirve de vía para los conceptos reaccionarios más groseros e ignominiosos.

Hace poco me enviaron el nº 1 de la revista Ekonomist (1922), editada par la XI sección de la “Sociedad Técnica Rusa”. El joven comunista que me la envió (seguramente no ha tenido tiempo de conocer el contenido de la revista) tuvo el descuido de recomendármela con mucha simpatía. En realidad, esta revista es, no sé en qué medida conscientemente, un órgano de prensa de los feudales modernos que, naturalmente, se encubren con el manto de la sabiduría, de la democracia, &c.

Cierto señor P. A. Sorokin publica en dicha revista unos estudios pseudosociológicos titulados Acerca de la influencia de la guerra. El artículo cientifico está lleno de citas científicas de los trabajos “sociológicos” del autor y de sus numerosos maestros y cofrades del extranjero. He aquí una muestra de su sabiduría. En la página 83 leemos:

«En la actualidad, de cada 10.000 matrimonios en Petrogrado se cuentan 92,2 divorcios, una cantidad fantástica; además, de cada 100 casos de divorcio el 51,1 de los matrimonios duraron menos de un año, el 11%, menos de un mes, el 22%, menos de dos meses, el 41%, menos de 3-6 meses, y sólo el 26% duraron más de 6 meses. Estas cifras testimonian que el matrimonio legal moderno es una forma que, en realidad, encubre las relaciones sexuales extramatrimoniales y que ofrece la posibilidad a los amantes “de la manzana” de satisfacer de un modo “legal” sus apetitos.» (Ekonomist, nº 1, pág. 83.)

No cabe duda que tanto dicho señor, como esa sociedad técnica rusa que edita la revista mencionada, publicando en ella semejantes raciocinios, se consideran a sí mismos partidarios de la democracia y tomarán por grandísima ofensa el que se les llame por el nombre que en la realidad se merecen, es decir feudales, reaccionarios, “lacayos diplomados del clericalismo”.

El más mínimo conocimiento de la legislación de los países burgueses con respecto al matrimonio, divorcio e hijos naturales, así como de la situación real a este respecto, mostrará a cualquiera que se interese por esta cuestión que la democracia burguesa moderna, incluso en todas las repúblicas burguesas más democráticas, se revela, precisamente en este sentido, como feudal con respecto a la mujer y a los hijos naturales.

Esto, claro está, no impide a los mencheviques, a los eseristas y a una parte de los anarquistas, y a todos los correspondientes partidos en el Occidente, continuar gritando acerca de la democracia y de la violación de la misma por parte de los bolcheviques. En realidad, la única revolución consecuentemente democrática con respecto a cuestiones como las del matrimonio, el divorcio y la situación de los hijos naturales, es, precisamente, la revolución bolchevique. Y ésta es una cuestión que atañe de un modo muy directo a los intereses de más de la mitad de la población de cualquier país. Sólo la revolución bolchevique, por primera vez, a pesar de la enorme cantidad de revoluciones burguesas que la precedieron y que se llamaban democráticas, ha llevado a cabo una lucha decidida en dicho sentido, tanto contra la reacción y el feudalismo como contra la hipocresía habitual de las clases pudientes y gobernantes.

Si los 92 divorcios, en proporción a 10.000 matrimonios, le parecen una cifra fantástica al señor Sorokin, nos queda por suponer que el autor o bien ha vivido y se ha educado en algún monasterio tan alejado de la vida que es dudoso que alguien crea en la existencia de tal monasterio, o bien dicho autor tergiversa la verdad para complacer a la reacción y a la burguesía. Cualquiera que conozca, por poco que sea, las condiciones sociales de los países burgueses, sabrá que el número real de los divorcios reales (naturalmente, no sancionados por la Iglesia y por la ley) es, en todas partes, inconmensurablemente más grande. En este sentido, Rusia sólo se distingue de otros países en que sus leyes no santifican la hipocresia y la carencia de derecho de la mujer y su hijo, sino que declaran abiertamente y en nombre del poder del Estado una guerra sistemática a toda hipocresía y toda falta de derechos.

La revista marxista tendrá que hacer la guerra también a semejantes feudales “cultos” de nuestros tiempos. Seguramente, una parte no pequeña de ellos incluso reciben honorarios del Estado y están al servicio del Estado ilustrando a la juventud, a pesar de que sirven para tales fines en un grado no mayor del que servirían degenerados manifiestos para desempeñar el cargo de pasantes en instituciones de enseñanza para menores.

La clase obrera de Rusia supo conquistar el poder, pero no ha aprendido todavía a utilizarlo, puesto que, en caso contrario, hace ya mucho que habría enviado, lo más cortésmente posible, a semejantes pedagogos y miembros de sociedades científicas a los países de la “democracia” burguesa. Allí es el lugar más adecuado para semejantes feudales.

Pero ya aprenderá, que no le falten las ganas de aprender.

(Versión en español en Obras escogidas, Moscú 1961, tomo III, págs. 363-367,
según la quinta edición rusa de Obras de Lenin, tomo 45, págs. 23-33.)

 


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