Manuel José Quintana, Discurso pronunciado en la Universidad Central el día de su instalación, 7 de noviembre de 1822
discurso
pronunciado en la Universidad Central
 
el día de su instalación
7 de noviembre de 1822

por
D. Manuel José Quintana,
Presidente de la Dirección General
de Estudios.

 
 
 
 
 
 

 
 
 
Madrid, Imprenta Nacional
Año de 1822

 


Señores:

Si leído el decreto con que se ha dado principio a esta solemnidad, la Dirección de Estudios se anticipa por mi boca a ocupar vuestra atención, es porque quiere ser la primera en congratularse con vosotros de ver realizado al fin un instituto de tan señalada importancia. Sus esfuerzos para conseguirlo justifican este anhelo; y espera que en consideración a ellos sea bien admitida esta precedencia en la manifestación de su alegría. Cortas serán mis razones, desnudas a la verdad de sabiduría y de elocuencia, pero también de aparato y de artificio. En ellas recordaré primero los pasos que han mediado para la erección de esta Universidad; y dando una ojeada después a su semejanza y diferencia con las que se conocían de antiguo entre nosotros, se verán como de lejos [4] no solo sus obligaciones, sino también los altos destinos que la esperan.

Iguales con los demás objetos de nuestra reforma política, las instituciones sobre instrucción pública han tenido la suerte de haber sido proyectadas en medio de la agitación de una guerra, que no dejaba reposo ni presentaba esperanza. Entonces todos los azotes del mal estaban levantados contra nosotros: entonces al parecer no se presentaban a la imaginación, ni suelo donde hubiesen de establecerse las escuelas, ni hombres que las pudiesen frecuentar. Pero la magnanimidad española sembraba largamente en los campos del porvenir con la seguridad de verlos florecer. Y así como de la encontrada oposición de intereses y de opiniones, y de la confusión en que se hallaban las cosas públicas por aquella guerra cruel, salió esa Constitución, objeto de tantas adoraciones, de tantos debates y de tantas envidias; así también del seno de las mismas dificultades se vio trazada la primera planta de este monumento consagrado a la instrucción nacional, al cual la contradicción y la maledicencia no han opuesto otro reparo que su misma suntuosidad.

Una de sus partes más esenciales era el [5] establecimiento presente. Los amantes de los buenos estudios le hubieran visto realizado muy poco después de rechazado el enemigo y restituida la paz. Pero la oscilación violenta, que volvió a entronizar el despotismo, vino a destruir nuestras más dulces esperanzas, y a sepultar debajo de las ruinas de la libertad el ara que se intentaba erigir a la sabiduría. ¿Deberé yo, Señores, traeros a la memoria aquella época abominable, en que tan escandalosamente se atropellaron todos los principios de la equidad, todas las consideraciones de la gratitud, todos los respetos del pudor? ¿cuando por satisfacer pasiones rencorosas y villanas se decretó a sangre fría la degradación eterna, el embrutecimiento y la miseria de una nación tan noble y generosa? Ah! no: vale más pasar de largo por tan amargo recuerdo, aunque será bien que no salga enteramente de nuestra memoria, para que aquellos funestos días no se reproduzcan jamás.

Y observad, Señores, por un momento conmigo la fuerza irresistible de las cosas: considerad cuán vano es que los hombres quieran ponerles un dique para contenerlas, cuando ellas han tomado ya el ímpetu que les señala el destino. [6]

Vencieron con efecto por un momento los eternos enemigos de toda verdad y de toda virtud; y en la embriaguez de su triunfo presumieron apagar la antorcha del saber, y retrogradar el entendimiento en España a la tenebrosa confusión de los siglos bárbaros. Para esto aquella Junta de enseñanza pública, que no tenía más objeto que el de cegar o corromper las fuentes de la instrucción: para esto la restauración de aquella Compañía famosa, a quien los Reyes han perdonado sus agravios en obsequio de sus intrigas: para esto, en fin, aquellas Comisiones de visita a las Universidades, encomendadas a hombres ignorantes, ansiosos de extirpar todos los elementos de buena doctrina, y de perseguir y arruinar a cuantos sabios merecían bien de la patria y de las letras. Tales salieron de la degradada Bizancio lanzados por el despotismo oriental aquellos fanáticos feroces, que con el hierro y el fuego en la mano abatieron las arboledas de la Academia, destruyeron el Pórtico y el Liceo, y derrocaron los altares de la antigua filosofía en la sin ventura Atenas.

¿Y qué intentaban nuestros perseguidores con tan encarnizados esfuerzos? ¿Extirpar acaso las semillas de la ciencia, y cerrar [7] para siempre la entrada al espíritu de libertad? ¡O elogio sublime de la sabiduría, cifrado espléndidamente en esa aversión que la tienen los tiranos! ¿Presumían acaso inutilizar la experiencia de los siglos, oscurecer el sol a medio día, poner un valladar en los Pirineos, rodear de muros al mar? ¿Podían esperar en su frenesí comprimir para siempre la indignación que excita a cada momento el espectáculo de la opresión y de la iniquidad, ni la repugnancia invencible que tiene todo ser inteligente a que le mande la injusticia y le gobierne la estupidez? Ellos podrán quemar un libro, matar un hombre; pero detener y torcer de madre el río de la ilustración… ¡Insensatos! Las aguas contenidas un momento por su locura, recobrando su curso y su nivel, arrollan los vanos parapetos que se les ponen delante, y vuelven a regar los campos del entendimiento con más abundancia que primero.

Triunfa en fin la libertad, el Estado se recompone, y los padres de la Patria son restituidos a sus sillas. Una de sus primeras atenciones fue la instrucción pública, cuyo arreglo, meditado primero en comisiones particulares, discutido después en diferentes sesiones, fue decretado por último al terminarse [8] la segunda legislatura. No es objeto de mi discurso tratar menudamente de este plan, defenderle de las impugnaciones que ha sufrido, y recomendar sus ventajas y su importancia. Él habla bastante por sí mismo; y por otra parte a la Dirección de Estudios no tanto le corresponde aplaudir y defender como ejecutar y cumplir.

Conserváronse en él no solo el nombre, sino también los institutos de las principales Universidades, ya porque sus autores creyesen que en la especie de nulidad a que los sucesos las habían traído no presentaban obstáculos fuertes para su necesaria reforma; ya porque tratasen de aprovechar los medios de instrucción que aun se conservaban en ellas; ya en fin porque también fuesen sojuzgados por su venerable ancianidad, y no quisiesen desentenderse de la prescripción antigua. Esta circunspección prudente no será del todo condenada por la razón. Grítese en buen hora en una declamación o en un poema contra las casas del saber; dígase que se echen por el suelo, y que de su antigua gótica rudeza no quede ni una columna, ni un pedestal, ni un arco solo. Esto fuera bien, cuando estuviese ya pronto y dispuesto otro edificio culto y elegante en que abrigar los estudios; mas no le habiendo, fuerza era mantener los establecimientos antiguos, a lo menos para no sentir los males consiguientes al vacío de la educación: porque en todas las cosas, pero principalmente en la instrucción pública, vale más mejorar que destruir, a menos de querer exponerse a perderlo miserablemente todo.

Esta consideración a las Universidades era independiente de la supresión de todas las que no fuesen necesarias, y de la reforma completa de las que habían de subsistir. Así es que se procedió en seguida a sentar las bases en que había de fundarse la reforma llenando con ellas las condiciones que la filosofía exige en todo establecimiento general de enseñanza pública: a saber, unión íntima de las ciencias con las letras, porque sin esta unión ni las ciencias se hacen populares, ni las letras tienen solidez: enlace de las ciencias entre sí, porque su fuerza consiste en este enlace, y a él solo se deben sus admirables progresos: independencia por último en los profesores, no para que se separen del arreglo y formas generales de la enseñanza, cuya conservación está encargada a la Autoridad suprema, sino para que el espíritu de cuerpo ni los vicie ni los entorpezca; y para [10] que la enseñanza, en vez de quedarse inerte y estacionaria como sucedía en lo antiguo, se mantenga siempre en su curso al nivel de la ilustración general.

Sobre estos principios de eterna conveniencia se arregló la planta de estudios en las Universidades. Después se determinó su distribución por el territorio, atendida la utilidad de los cursantes, y la proporción que presentaban las provincias. Mas si esto bastaba para los hombres, no bastaba para la ciencia, la cual en alguna parte debía ser manifestada y explicada en toda su extensión y complemento. Porque si el mayor número de los que estudian lo hacen para procurarse los medios de desempeñar una profesión útil y decorosa en la sociedad, hay también no pocos que concurren con solo el objeto de saber, y es necesario ampliarles la enseñanza de modo que puedan dar a su curiosidad todo el alimento que anhelan, y a sus talentos toda la facilidad y proporción que para formarse necesitan.

No podía caber duda alguna en que el punto de colocación para un instituto de esta clase debía ser la capital. Los diferentes estudios esparcidos en ella, y los muchos y grandes medios de instrucción acumulados [11] aquí, especialmente en ciencias naturales, daban más que mediado el camino para llegar a realizar el pensamiento. Por otra parte la emulación, el movimiento y agitación continua que reinan siempre cerca del Poder supremo y de los grandes establecimientos gubernativos llaman a la capital a todos los espíritus sobresalientes, que excitados por mil estímulos diversos, se desenvuelven y marchan con más fuerza y energía. Aquí pues debía situarse este centro de luces, este modelo de instrucción, no sólo utilísimo por su influjo sobre los individuos sedientos y ambiciosos de saber, sino también necesario para la conservación y perfección de la buena enseñanza en el resto de las escuelas. Porque aquí tendrían siempre un depósito de excelente doctrina adonde acudir: aquí, a ejemplo de sus eminentes profesores, se formarían hombres hábiles en el arte de enseñar: aquí se analizarían los principios, se mejorarían los métodos, se acrisolaría el buen gusto.{1}

Tal es, Señores, el objeto y carácter de la Universidad que ahora nace. Es cierto que no es mecida en su cuna por las manos poderosas y valientes que fundaron y dotaron entre nosotros las mismas instituciones [12] en lo antiguo. El primer plantel de estudios generales que se conoció en Castilla se debió a aquel Alfonso, que derrocó el poder agareno en las Navas de Tolosa, y fue por su generosa condición llamado el Noble. Si echamos la vista a la Universidad de Salamanca se la ve halagada en sus principios y protegida a porfía por el gran Conquistador de Sevilla y por el augusto Legislador de las Partidas. El nombre para siempre ilustre de Fernando el Católico sirve de laurel a las Escuelas de Valencia, mientras que las de Alcalá se ensoberbecen de deber su fundación a aquel varón extraordinario, que Religioso primero, Confesor de una Reina y Cortesano después, Prelado, Ministro al fin y Gobernador del Estado, tuvo todas las virtudes, reunió todos los talentos, y por la capacidad de su espíritu, por la energía de su carácter y por sus eminentes acciones se levanta igual en fama con los dos altos personajes entre quienes le presenta la historia.

No así nuestra Universidad: simples ciudadanos sin nombre y sin poder la idearon; simples ciudadanos decretaron su existencia; simples ciudadanos en fin la realizan y plantean. Pero si al rededor de este instituto no resplandecen ni la majestad, ni el poder, [13] ni la celebridad de Monarcas victoriosos y opulentos; lo que le falta respecto de los personajes lo suple y con harta usura la dignidad de las cosas mismas en que reconoce su origen. La Universidad central es obra de la Nación, nacida con la libertad, producto de la ilustración y de la civilización de los siglos. Delante de estos objetos tan grandes, de tan poderosos agentes, toda altura se abate, toda celebridad se eclipsa; y si los demás institutos, ufanos con el renombre de sus fundadores, quieren en esta parte rivalizar con el presente, habrán de ceder vencidos cuando comparen la grande distancia que hay entre las cosas y las personas, entre las naciones y los individuos, entre las leyes y los privilegios.

Aun es más enorme la diferencia si se aproximan las épocas y se comparan las bases. Lejos de mí la intención tan inoportuna como pueril de insultar a aquellas corporaciones venerables, y de renovar ese cansado proceso que se les ha estado haciendo por la barbarie de los tiempos en que se fundaron, por los malos principios en que se constituyeron, y sobre todo por aquella resistencia de inercia que opusieron siempre a los nuevos descubrimientos y a los métodos mejores: [14] efecto inevitable del amor propio, y más todavía en los cuerpos enseñantes; despreciar altamente lo que por mucho tiempo hemos ignorado. Más grato me fuera sin duda presentar generalmente a las Universidades como los eslabones que en el inmenso vacío y lobreguez de la edad media enlazan la civilización antigua con la ilustración moderna, como monumentos que comprueban, aun en medio de aquellos tiempos feroces, el homenaje que el valor y el poderío tributaban al saber y a la razón; en fin como la gradería que aunque informe ha servido de punto de apoyo al ingenio para desplegar sus alas, y alzar el vuelo tan alto en las regiones de la sabiduría y de los descubrimientos. Y contrayéndome particularmente a las Universidades de España, diría que floreciendo a la par que las demás de Europa en el siglo decimosexto, quizá las aventajaron en erudición, en gusto y en doctrina. De Salamanca, de Alcalá, de Valladolid y de Valencia salieron formados como de excelentes talleres los sabios que constituyen nuestra celebridad literaria en aquella edad tan ponderada. No solo se señalaban en teología y jurisprudencia, en que eran eminentemente doctos, sino que acompañaron la gravedad de estos conocimientos [15] con los estudios auxiliares de las lenguas sabias, de la erudición antigua, de la filosofía y de las matemáticas. Y cuando se esparcieron por el mundo en los concilios, en las escuelas, en los concursos y en los libros, se hicieron estimar y respetar, y honraron el talento español por todos los ámbitos de Europa. Mentar los nombres célebres de Nebrija y de Brocense, de Luis de León y de Salinas, de Arias Montano y de Antonio Agustín, de Francisco Valles, de Ponce y de otros ciento, no es porque haya necesidad de recordarlos al concurso que me escucha, sino para tributar con mis palabras a aquellos hombres eminentes el feudo de respeto y gratitud que les es debido por su saber y por sus virtudes.

¿Dónde están los progresos que tan bellas disposiciones anunciaban? ¿Por qué los que antes eran tan grandes se ven después convertidos en pigmeos? ¿Cómo es que se hallan tan lejanos del templo de las ciencias, en cuyo vestíbulo se habían presentado con tanto esplendor y bizarría? Triste fuera por cierto espaciarnos en la historia de nuestra ignominia: triste haber de presentar a nuestras Universidades sumergidas otra vez en el caos tenebroso y semibárbaro de un [16] pragmatismo servil y de un escolasticismo espinoso: triste ver en ellas corrompida la elegancia, olvidada la crítica, desatendido el estudio de la antigüedad, desconocida la naturaleza física, despreciadas las ciencias positivas que la explican y la enseñorean; y no tener por útil ni por grande sino aquel sistema de cavilosidades pueriles en que se cifraba la ciencia de la disputa y el arte de embrollar todas las cuestiones por medio de una interminable controversia.

¡Y esto, Señores, en qué tiempo! En aquel siglo que resplandece tan grande en los fastos de la inteligencia humana por los anchos caminos que supo abrirse en los campos de la naturaleza y de la verdad. Entonces es cuando Galileo en Italia perfeccionaba el telescopio, y con él conquistaba los cielos; cuando Keplero en Alemania arrancaba a los orbes que vagan por ellos las leyes con que se mueven; cuando Bacon en Inglaterra hacia el cómputo filosófico de los conocimientos humanos, y señalaba magistralmente la senda que debía seguirse para su perfección y su aumento; cuando Descartes, aplicando la álgebra a la geometría, Neuton y Leibnitz, inventando el cálculo infinitesimal, acrecentaban prodigiosamente el poder de la análisis [17] matemática; cuando Neuton por sí solo demostraba el verdadero sistema del mundo, descubría la gravitación universal, desmenuzaba la luz, y sentaba la filosofía natural sobre bases eternas e incontrastables; cuando Locke, tan sagaz y profundo como circunspecto y modesto, analizaba las facultades del entendimiento, explicaba la verdadera genealogía de las ideas, descubría los abusos de las palabras, y mostraba la fuerza y la flaqueza del hombre intelectual.

Si se quieren señalar las causas del escandaloso atraso, de la lastimosa nulidad en que por todo aquel tiempo, y aun después, se hallaron nuestras escuelas, no es preciso cifrarlas únicamente, como algunos lo han hecho, en las persecuciones primeras que sufrieron algunos sabios españoles. Esta enfermedad entonces no era particular de España; era general en toda Europa. Al mismo tiempo que nuestros Inquisidores asestaban sus tiros contra Arias Montano, y hacían gemir en sus calabozos a Luis de León y al Brocense, los puñales fanáticos de París se afilaban para asesinar a Ramús; los Inquisidores de Roma forzaban a Galileo a abjurar una verdad evidente para él; y hasta en un país de libertad, en Holanda, el miserable [18] Voet tenía crédito bastante para inquietar a Descartes, hacer condenar su doctrina, y proyectar una grande hoguera en que fuesen devorados sus escritos.

El mal consistió en que el espíritu de persecución, pasajero aunque cruel en otras partes, se perpetuó, se connaturalizó en España, y sumergió la voz de la verdad en un espantoso silencio. El mal consistió en que nuestras Universidades, no bien desahogadas aun del polvo y de las nieblas en que habían tenido su principio, se hallaban débiles y flacas contra tantas causas de ruina, y volvieron a ergotizar como primero sobre sutilezas de dialéctica y de teología. El mal consistió en que al melancólico y dominante Felipe II sucedió el inepto Felipe III, a este el frívolo Felipe IV, y a todos el imbécil Carlos II, cuatro Reyes que por sus diferentes pasiones y caracteres debían dar en el suelo con cualquier imperio del mundo, por fuerte y grande que fuese. Soñaban ellos, soñaron sus Ministros, que el oro de la América les podía suplir por todo. ¿Mas dónde habían de comprar estos insensatos con aquel oro fatal el don de gobernar bien, que el cielo inexorable por su mal y el nuestro les negó? ¿En qué mercado hallarían el ingenio, [19] el talento, el buen gusto, el anhelo de sobresalir, el instinto de complacer, la actividad, la aplicación, la industria, fuentes perennes y solas de todo progreso humano y de toda civilización? El oro se gastó, la desidia y la ignorancia prevalecieron, con ellas la pobreza; y el genio de las ciencias, viéndonos sumergidos en aquel profundo lodazal, echó una ojeada desdeñosa sobre nosotros, y llevó su antorcha vivificante a otros países.

Pero separemos la vista de este cuadro ignominioso, y llevémosla a objetos más agradables. A lo menos el siglo decimoctavo no nos presentará ese contraste absoluto y lastimoso de lumbre y de tinieblas, de sabiduría y de ignorancia, de riqueza y desnudez. Diríase que eran los dos imperios fabulosos de Osiris y de Tifon, lindando eternamente el uno con el otro, y destinados también eternamente, este a la desolación y a la esterilidad, aquel a la abundancia y a la alegría. Mas al fin el siglo decimoctavo será la época en que se rompa esta contraposición escandalosa; algunos rayos de la luz general de Europa penetrarán en España; algunos progresos harán en ella la razón y la cultura; y cuando lleguen las grandes crisis en que se prueban los individuos y las naciones, [20] no nos mostraremos extraños al adelantamiento universal, ni sordos a las lecciones que nos han estado dando tres siglos.

Había el último añadido sin duda riquezas de gran precio a los vastos depósitos del saber, acumulados por el anterior. Pero no es precisamente esta fortuna lo que le distingue y eterniza en la gratitud de los hombres. Ni la extensión de noticias y altas miras legislativas de Montesquieu, ni la inmensa capacidad y magnificencia de Buffon, ni el espíritu sistemático y ordenador de Linneo; no los progresos hechos en la física por Franklin, en la química por Lavoisier, en la metafísica por Condillac{2}; ni tampoco viniendo a tiempos más cercanos, las observaciones delicadas y profundas con que se han comparado entre sí los seres vivientes para clasificarlos mejor; ni la precisión con que se ha sujetado al cálculo la estructura geométrica de los cuerpos cristalizados en las entrañas de la tierra, ni tampoco la audacia con que hasta en las regiones etéreas el espíritu humano ha querido sorprender el modo con que se forman y se descomponen los astros innumerables e inmensos que pueblan el espacio; nada de esto, repito, aunque grande sobremanera y nuevo, es lo que caracteriza [21] tan ventajosamente al siglo decimoctavo. Lo es sí ese espíritu filosófico, esa razón universal, aplicada a todos los productos intelectuales, a todos los géneros en que se ejercita el talento. Este espíritu es el que fortificado con toda la autoridad de la razón, con toda la claridad que da el método, y con todo el poderío mágico del talento de escribir, ha simplificado y popularizado las ciencias, se ha difundido por todas las clases de la sociedad, y ha hecho una repartición más igual de conocimientos y de luces entre las naciones y los individuos. Beneficio inmenso, imponderable, con el cual se ha tirado la línea de demarcación que divide los hombres de la mentira y los hombres de la verdad, y alzado la muralla incontrastable en que se estrellen para siempre la impostura, el charlatanismo y las preocupaciones.

Las causas pues del atraso y degeneración de la enseñanza, a lo menos de los que nacen de las prevenciones y el error, han desaparecido del todo. Otro objeto, otros planes, auspicios diferentes tienen que observar y seguir cuantos se ocupen ahora en dar a la instrucción pública su verdadero destino. Y si entre nosotros se han de medir sus esfuerzos por la importancia del fin que se proponen y por la [22] urgencia que hay de conseguirlo, fuerza es que sean vehementes, poderosos, incansables.

Porque si no nos hacemos ilusión y volvemos los ojos hacia atrás, veremos cuánto hemos perdido, y cuán pocos son los frutos que nos quedan de lo que en tiempos mejores se había sembrado para la instrucción. Pudo el siglo decimoctavo con su benéfico y luminoso influjo despertar de su letargo a algunos de nuestros antiguos institutos de enseñanza, presidir a la planta de los que se establecieron de nuevo, y sobre todo contribuir a la ilustración y progreso particular de tantos españoles, formados por sí mismos y elevados por su carácter y por su saber al nivel del resto de la Europa{3}. Pero en aquellos veinte años que siguieron a la muerte de Carlos III, empleados por la desventurada España en levantar, enriquecer y endiosar a un hombre solo, las letras y los estudios fueron mirados con ceño y con desdén, a veces perseguidos, y siempre miserablemente degradados. Retrocedió pues nuestra educación literaria, formándose en ella un vacío, que se dilató después con la guerra de la independencia, aunque por una causa enteramente diversa y sobremanera grande y noble. A la voz de la Patria, que reclamaba sus [23] brazos, la juventud estudiosa se arrojó toda a las armas, y por seguir los pendones de Marte dejó desiertas las aulas de Minerva. Y cuando a la restauración de la paz parecía que debería refluir a ellas mayor concurso con más ardiente anhelo, los seis años de abominable recordación vinieron a acrecentar el desaliento, y completaron el estrago. Oh! ¡con cuánta aplicación, con cuánto ahínco debemos empeñarnos en atajar este mal! Su trascendencia mortífera es infinitamente mayor que lo que comúnmente se piensa. ¿Podemos acaso desconocer que las sociedades subsisten hoy día por la civilización, y que la instrucción pública es su elemento primario y esencial? Destruyámosla, o lo que es lo mismo, dejémosla abandonada, y se verá al instante destruido el nervio más necesario a la conservación y prosperidad del Estado. ¿Qué importa que esté viva, y que el daño al principio no se advierta, o por qué nuestras pasiones, o por qué otros intereses no nos lo dejan conocer? Vive el Estado, sí; pero para estar sirviendo de juguete y de triunfo a las demás naciones: vive para contemplar con envidia en las unas mayor poder, en las otras mayor riqueza, en todas mayor acierto y más fortuna: vive, pero es para ser llevado [24] en hombros de una generación raquítica, que inhábil, incapaz de toda carga, de todo ministerio público, le deja consumirse lentamente, y al fin irremediablemente perecer.

¡Plegue al cielo, Señores, que no sea esta nuestra historia! ¡plegue al cielo que así los que mandan como los que obedecen, así los que aprenden como los que enseñan, tengan todos siempre a la vista esta funesta perspectiva! Vosotros principalmente, o Profesores que me escucháis, encargados de la enseñanza en esta Universidad naciente, vosotros sois los que podéis contribuir con más eficacia a salvar el Estado de tan lastimosa decadencia. En el saber que os distingue, y en el celo que os anima, no es de presumir que desmayéis un punto en la empresa magnánima que la sociedad os confía. Vuestro deber es ir al frente de todos los establecimientos de instrucción, agitar delante de ellos la antorcha de las luces, servirles de guía, y no dejarlos retroceder. En tal posición, fuerza es decirlo, no os es permitida la mediocridad; y debéis acordaros a cada momento que tenéis que llenar las esperanzas de la Patria y la expectación de la Europa. Pero si las dificultades son grandes, si para vencerlas y corresponder a vuestro noble [25] objeto la aplicación tiene que ser continua, los esfuerzos superiores, incansable la paciencia; también los incentivos que os rodean son dignos de almas grandes, y propios a excitar una emulación ardiente y generosa. Después de la gloria del legislador que forma la sociedad, no hay otra que iguale a la del profesor que forma los individuos. ¿Amáis la libertad? Inspiradla pues con vuestras lecciones y con vuestro ejemplo; y que vuestros alumnos, teniéndola convertida en sangre y en sustancia, no descansen después, no alienten, no vivan sino con ella. ¿Amáis la riqueza, la prosperidad, la gloria del Estado? Extended, propagad esos conocimientos preciosos, esas invenciones sublimes que civilizan los pueblos, fertilizan el seno de la industria, engrandecen su comercio, perfeccionan su navegación. ¿Amáis el orden, la tolerancia, la armonía social? Demostrad con la historia que las máximas de la moral y de la justicia no se violan nunca impunemente; y que cuando por contentar a las pasiones se atropella la equidad, el ejemplar funesto vuelve siempre a caer con doble estrago sobre sus autores. En suma, por cuantos medios y recursos os den vuestro saber y vuestros talentos haced marchar las ciencias y las [26] letras vigorosamente unidas al grande fin de su institución; a perfeccionar las facultades intelectuales y morales de los individuos, a derramar todos los dones de la prosperidad y de la abundancia sobre las naciones.

Por desgracia la generación presente, viciada y corrompida con una educación distinta, agitada con la contradicción, con las animosidades y con las desgracias, no sacará tal vez todo el fruto que debiera de vuestras nobles tareas. Pero ancho y fácil campo os presenta para emplearlas la generación que va a formarse. Vosotros pues completareis la obra de la legislación; y ya que los españoles de ahora no tengamos la fortuna de legar a los que nos sucedan la riqueza, la abundancia y el poder, a costa de continuos peligros, de trabajos sin término y de inmensos sacrificios, les vincularemos a lo menos los dos mayores bienes del hombre civilizado, LA INSTRUCCIÓN, LA LIBERTAD. [27]

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{1} Hemos oído desaprobar la preferencia dada a Madrid para colocar la Universidad central, alegando la distracción que las diversiones de la Corte ocasionarían a los estudiantes, y el mayor dispendio que causarían estos a sus familias en un pueblo tan caro. Los que así hablan sin duda confunden una Universidad con un Colegio, y no ven que lo que parecería conveniente para uno, sería, absolutamente hablando, extraño y aun perjudicial para lo otro. Las razones principales que se han tenido presentes para haber elegido este local están tocadas en el texto. Podríanse añadir las siguientes: 1.ª Que las consideraciones de economía son según las circunstancias particulares de cada individuo; y que, mirándolo en grande, se puede asegurar que hallarán más recursos para vivir en la capital los estudiantes pobres que inconvenientes los bien acomodados para costearse su carrera. 2.ª Que de tiempo inmemorial ha habido en Madrid escuelas de diferentes ramos sin advertirse menos concurrencia ni aprovechamiento en los alumnos. Las enseñanzas dadas en la Academia de S. Fernando, en los Estudios de S. Isidro y en el Colegio de Cirugía médica de S. Carlos, sin contar otras de menor consideración, son una prueba bien obvia y convincente de que el ruido de la Corte no perjudica tanto como se piensa, al estudio y a la aplicación de la juventud. 3.ª Que en esta cuestión la duda está en gran parte decidida por el hecho, puesto que las Universidades más célebres y concurridas del mundo se han fundado y existen en capitales o en grandes poblaciones: en Italia Bolonia, Pavía, Turín; en Francia París; en Inglaterra Oxford, Cambridge, Edimburgo; en Alemania Viena, Leipsick, Gottinga; en España Salamanca, Valladolid, Sevilla, Valencia &c. Por donde se ve que en todos tiempos y [28] en todas partes los fundadores de las Universidades no han ido a buscar yermos ni aldeas para establecerlas, sino aquellos puntos en que fuese más fácil reunir los medios de instrucción necesarios para el objeto que se proponían.

Entre estos medios hay uno que solamente puede proporcionarle una gran capital. Este es la mayor concurrencia, el mayor trato, la más fácil comunicación con hombres de todas clases, versados en todos los negocios, y acostumbrados a dar a los conocimientos de la escuela la aplicación que tienen a los usos y conveniencias de la vida. Así es como se adquieren el gusto y tino en las artes, el discernimiento delicado y juicio sano en las letras, el despejo, la facilidad y el buen tono en la conversación ajeno de aquella rusticidad escolástica y pedante que suelen tener los estudios cuando se siguen en pueblos no suficientemente concurridos ni afinados. Un filósofo harto amante de la soledad y del retiro ha dicho que en la conversación de los autores se aprendía más que en sus libros, y más todavía en la conversación general que en la de los autores.{*} Estas consideraciones, que tal vez tendrían menos peso tratándose de institutos de menor importancia, son de una fuerza muy grande respecto de la Universidad central, donde la enseñanza ha de tener la extensión y complemento necesarios para formar no solo estudiantes, sino sabios.

{*} C'est l'esprit des societés (añade) qui developpe une téte pensante, et qui porte la vue aussi loin qu'elle peut aller.

{2} La mayor parte de los autores citados no se consideran en este lugar sino bajo el aspecto que presenta la superioridad de sus estudios y de sus conocimientos en los ramos en que respectivamente sobresalieron. [29] Pero muchos de ellos, como Buffon, Condillac, Franklin, han hecho también servicios importantísimos a este mismo espíritu filosófico que caracteriza a su siglo. ¿Y quién desconoce ya que el inmortal Montesquieu es su fundador y su padre?

{3} No hay ciertamente bastantes colores en la elocuencia para pintar, como se debe, la degradación y nulidad en que habían caído nuestros estudios a fines del siglo decimoséptimo; y cuando se tropieza casualmente con algún sermón, algunas conclusiones, o bien tal cual aprobación de libro (porque a esto puede decirse que estaban reducidos entonces los productos literarios de nuestras Universidades), siendo tan grande la nausea que producen, es todavía mayor la vergüenza que ocasionan. Por eso es tanto mas de agradecer y bendecir el benéfico influjo de la filosofía que nos fue poco a poco sacando de aquella sentina, y enseñando el modo de estudiar para saber. Fruto de esta comunicación de luces fueron los establecimientos de enseñanza que se erigieron después en diferentes épocas, fundados todos sobre bases convenientes para dirigir el entendimiento, y adiestrarle en la adquisición de la literatura y de la ciencia. Tales fueron el seminario de Nobles y los Estudios de S. Isidro en Madrid después de la expulsión de los Jesuitas, el seminario de Vergara, el de S. Fulgencio en Murcia, el plan de estudios formado para la universidad de Valencia, la reforma de los de filosofía en Salamanca, el Instituto asturiano, las escuelas militares. A las luces adquiridas entonces se debió también la fundación del colegio de cirugía-médica de Barcelona, al que se siguieron los de Cádiz y Madrid, en cuya planta se tuvieron presentes los mejores principios, y de donde han salido tantos excelentes profesores [30] y facultativos. Su influjo no se ha limitado solo al arte de curar, sino que también ha alcanzado a extender la afición y allanar la senda para la adquisición de las ciencias auxiliares, como son la química, la botánica &c.

Todavía es mayor, considerado individualmente, el beneficio que ha recibido la España de la comunicación de las luces generales en el siglo pasado; y pasma el sin número de sujetos que por sí solos, y casi siempre teniendo que vencer los vicios de una mala educación primera, han sabido sobreponerse a la ignorancia común, sacudir las preocupaciones, imbuirse de principios sanos y rectos, y penetrar los misterios que tan noblemente ejercitan el entendimiento, así en el estudio del hombre como en el de la naturaleza. Producciones literarias y científicas a la verdad ha habido muy pocas; y esto debía ser así, atendidas las muchas causas que han influido para ello, y cuya exposición no es de este lugar. Pero en medio de este reposo y silencio no han dejado de descollar de cuando en cuando talentos de primer orden, que por las muestras que daban de su fuerza se ponían a la par con lo más alto de Europa. Yo no citaré aquí más que el ejemplo de un hombre, cuya muerte están llorando aun las letras, la filosofía y las virtudes. Digno de Turgot pareció en Francia el Informe sobre la ley agraria; digno también de Smith en Inglaterra; y esta asociación tan gloriosa del nombre de Jovellanos al de aquellos sabios insignes no es ciertamente una ilusión de la parcialidad española, es la opinión ingenua, y literal expresión de un elocuente filósofo extranjero{*}.

{*} Mr. Garat en las Memorias históricas sobre Mr. Suard. Lib. 5.

 
Transcripción del opúsculo de 30 páginas publicado en Madrid en 1822

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