Filosofía administrada

Luis Legaz Lacambra
Rector Magnífico de la Universidad de Santiago

Sobre el humanismo
Alcalá, 25 abril 1952

 

Nuestro tiempo vive con la conciencia de que el humanismo ha conducido al hombre al borde de la tragedia y de que, sin embargo, es menester revalorizar el humanismo, darle un sentido nuevo. Es la angustia que se trasluce en el interrogante de Jean Beaufret, que motivó una famosa carta de contestación de Heidegger, en la que éste fija de manera inequívoca su posición ante el humanismo. Comment redonner un sens au mot humanisme? Para Heidegger lo mejor es renunciar a esa palabra, dejar de lado la preocupación de darle de nuevo un sentido. Ello sin perjuicio de que la filosofía de Heidegger se afirme como humanismo en un sentido mucho más radical que el de todos los humanismos al uso. Es un humanismo que piensa la humanidad del hombre desde la proximidad del ser, un humanismo en el que juega, no el hombre, sino el ser histórico del hombre en cuanto proviene de la verdad del ser. ¿Pero vale la pena llamar a eso humanismo? La respuesta de Heidegger es negativa.

También en nombre del cristianismo se dirigen ataques al humanismo. Se pretende que el pecado original ha destruído la posibilidad de un humanismo cristiano y que la elevación sobrenatural quita al hombre incluso el mismo sentido positivo de su existencia exclusivamente humana. El humanismo cristiano convierte lo cristiano en un mero accidente de la vida terrena; podría ser, acaso, el único calificativo correcto del humanismo, pero accidental al fin y al cabo; lo sustantivo sería el humanismo y lo cristiano se convertiría en un simple adjetivo.

Es posible que en esta argumentación se incurra en una petitio principii consistente en dar como concepto válido del humanismo precisamente sólo el concepto del humanismo no cristiano, de donde resulta como consecuencia que un concepto incompatible con el cristianismo no se convierte en cristiano porque se le bautice como tal mediante una simple adjetivación. Pero ¿por qué esta concesión al humanismo no cristiano? Nada hay que la justifique, ya que el humanismo, en sí mismo, no designa otra cosa que la tendencia a realizar en todos los órdenes la humanitas, o sea, un ideal humano que para los cristianos será distinto del de los racionalistas o los marxistas. Ahora bien, el hombre elevado por el cristianismo a la categoría de hijo de Dios y coheredero con Cristo no deja de ser hombre en su peculiar naturaleza, y los dones divinos que le transforman no son más que accidentes; lo sustancial y esencial en el cristianismo es la humanidad -que fundamenta el humanismo- y lo accidental y sobreañadido, aunque con la sublime eficacia de perfeccionar y elevar el hombre a un orden divino, la gracia, lo específicamente cristiano. Yo creo que se puede lícitamente defender desde un punto de vista cristiano la posibilidad de un humanismo y que el sentido de la teología, de la filosofía y de la literatura española de nuestra gran época ha sido precisamente el dar forma al humanismo cristiano. Frente a las tendencias paganizantes que se abrían en el humanismo renacentista, Calderón -máximo representante del humanismo español- nos enseña, a juicio de A. Parker, que no somos dioses, ni siquiera ángeles, sino criaturas sujetas a una naturaleza frágil y débil, que tropezando a tientas en el oscuro laberinto de la vida, buscamos el bien y atinamos con el mal. No teniendo de qué vanagloriarnos, podremos ser comprensivos y abrazar a todos los hombres con amor compasivo, puesto que los errores del prójimo son el espejo en que nos miramos la propia cara, y sabremos ser tolerantes, no con la tolerancia que disculpa el error, sino con la tolerancia de la caridad.

Nuestros teólogos y juristas encarnan magníficamente la concepción optimista del hombre social, en la cual se contiene un fuerte elemento de racionalidad, propio del humanismo. Así, Vitoria tiene confianza en la inteligencia y en la responsabilidad del hombre; cree que en éste prevalecen la disposición para la mutua ayuda y el pacífico comercio social. La inclinación natural del hombre es buena y no se halla éste condenado fatalmente al mal. Esta doctrina, que es antiprotestante, representa una concepción humanista, porque el humanismo tenía una concepción optimista de la vida, afirmaba la bondad de la naturaleza humana y admitía las posibilidades morales de la voluntad y de la libertad para el bien. En este sentido, la teología española es humanista y, sobre todo, en una de sus direcciones típicas, la de Molina, la cual representa tan entrañablemente el humanismo español como estilo vital, que se ha dicho, incluso, que el hidalgo, ese tipo de hombre que, como el gentleman inglés, personifica el modo de ser de un pueblo, constituye algo así como la teología molinista en acción.

Interesa, pues, ante todo, actualizar un concepto cristiano del hombre, a cuya luz se iluminarán las doctrinas fundamentales sobre la convivencia civil y sus formas de organización. A esta concepción pertenecen la libertad y la religación como realidades radicales de la existencia humana. A esta concepción pertenece también un sentido moderadamente optimista del hombre y sus relaciones con sus prójimos y con la autoridad. Por eso, frente a toda organización política y a todo ordenamiento jurídico puede plantearse la pregunta de si presuponen o no un concepto humanista del hombre y de que tipo de humanismo presuponen.

Pues es indudable que en su base puede no haber un humanismo. No lo habrá, por de pronto, en aquellos círculos culturales ajenos a nuestra civilización greco-romano-cristiana y en los que, por tanto, el humanismo, en cualquiera de sus direcciones, no integra la experiencia vital de los hombres. Tampoco hay humanismo en una sociedad feudal o integrada en castas o estamentos cerrados, allí donde se quiere mantener al hombre en cuadros sociales rígidos, que ningún esfuerzo personal le permite sobrepasar. Por eso es humanista Cervantes cuando forja la figura de Don Quijote, que termina por mostrarse, como ha visto Maravall, como una poderosa individualidad, como un producto de ese descubrimiento del hombre individual propio del Renacimiento. Llevado de un ideal individualista moderno, el héroe cervantino piensa que cada uno no es lo que el orden en que socialmente está colocado le hace ser, sino aquello que cada uno se hace. La magnífica experiencia individualista del Renacimiento está detrás de esa vigorización que, conforme a la doctrina de Trento, tiene lugar en el pensamiento español de aquella época del principio de que las obras y no sólo la fe importan, principio que hace suyo Don Quijote y formula con sobrias y ajustadas palabras: «Es muerta la fe sin obras.»

Pero tampoco hay humanismo en aquellas organizaciones y sistemas modernos, que aun siendo, inconscientemente acaso, herederos del humanismo ateo, han minimizado al hombre no para exaltar su dimensión divina, sino para convertirlo en partícula o átomo del inmenso gigante del Estado, de la Raza o de la Clase, algo tan abstracto como la humanidad del progresismo frente a lo auténticamente humano, que es siempre personal, pero también más concreto y, por lo mismo, dotado de un poder más terrible, al materializarse en organizaciones tangibles que asumen para sí todas las prerrogativas y el valor de lo humano.

Frente a estas negaciones se reivindican con toda energía los derechos humanos fundamentales. Pero el verdadero problema se plantea en un estrato más hondo, pues el hombre tiende fácilmente a ilusionarse, como ya vio certeramente Tocqueville, con la posesión de unos derechos y libertades políticas bajo una organización democrática que oculta y disimula el hecho de que la libertad y su fuente, la personalidad, se van soterrando y desapareciendo cada vez más, bajo la creciente socialización del hombre entero.

Para salvar el humanismo hay que vigorizar la personalidad, y todo lo que refuerce la personalidad aporta algo positivo al humanismo. En apoyo de esta misión debe venir también la Universidad. Si la Universidad ha de realizar un minimum de labor «formadora» de sus hombres, si lo «universitario» puede constituir el signo positivo de un estilo vital, el eje diamantino de ello habrá de estar en el hecho de la personalidad. No es preciso creer que esto es propugnar un individualismo egolátrico, porque la verdadera personalidad presupone la comunidad y el servicio a lo que trasciende; pero sin la personalidad la comunidad es gregarismo y el servicio es sectarismo -las dos notas del comunismo-, y desaparecen aquella libertad y aquellas calidades humanas, fuera de las cuales la convivencia entre los hombres carece de sentido.

Luis Legaz Lacambra

{Tomado de Alcalá. Revista Universitaria Española, Madrid, 25 de abril de 1952, número siete.}


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