El Basilisco EN PAPEL
Revista de filosofía, ciencias humanas,
teoría de la ciencia y de la cultura
Versión digital
Versión papel
Suscripciones
Redacción
Índices
 
El Basilisco DIGITAL
  El Basilisco, 1ª época, nº 8, 1979, páginas 85-90
  
Comentarios críticos
sobre grámatica transformacional


Teresa Bejarano Fernández
Sevilla
 

0. Saussure / Chomsky. Algunas puntualizaciones sobre el artículo de Velarde

A En la primera parte de su artículo [«Metodología de la gramática generativa», El Basilisco, nº 7, páginas 4-15], Velarde polemiza contra Chomsky respecto al estructuralismo descriptivo. «Acusar (se refiere a la acusación lanzada por los gramáticos generativos) sin más al estructuralismo de puramente taxonómico y descriptivo es, sino mala fe, pura caracterización superficial.» Analiza como ejemplos a Bloomfield y a Hjelmslev, y en la conclusión de tales ejemplos repite: «Resulta inexplicable intentar sostener que una tal teoría se limita a la pura taxonomía de los datos, siendo así que a ésta se le exige, en palabras de Hjelmslev, 'cubrir textos que todavía no han adquirido realidad'.»

Chomsky, entendemos, nunca ha pretendido decir que el estructuralismo taxonómico no se interesara por cubrir textos nuevos. En el discípulo de Harris que fue Chomsky, sería inconcebible tal afirmación. Todas las pruebas de conmutación, todas las reglas de distribución se proponían precisamente este objetivo. Lo que dice Chomsky –aquello en que estriba su aportación más valiosa– es que el estructuralismo taxonómico no es capaz de llevar a cabo ese su propósito.

Chomsky se dió cuenta de que a los elementos de una frase ha de añadirse alguna aportación del sujeto (hablante/oyente) para que se obtenga el significado. Y lo ha mostrado incontrovertiblemente en sus ejemplos de frases ambigüas, así como de otras con estructuras, ya superficialmente parecidas que expresan significados estructuralmente distintos, ya –a la inversa– diferentes en superficie y análogas a nivel profundo. Con lo cual, los logros del estructuralismo taxonómico quedan reducidos –no en cuanto a la intención o propósito que pudieran albergar sus autores, sino de hecho– a un simple inventario de elementos y de relaciones obtenidas en un corpus. Hay, pues, que descartar la gramática estructural clásica a la hora de explicar todas las indefinidas frases que puedan llegar a ser dichas en un lenguaje.

b) Enfoquemos ahora la cita de Foucault tan oportunamente escogida por Velarde: «Tengo una actitud a propósito de la creatividad completamente distinta a la del Sr. Chomsky, porque para mí se trata de borrar el dilema del sujeto cognoscente, mientras que para él se trata de permitir que el sujeto hablante vuelva a aparecer.» Es perfecta la caracterización que hace Foucault.

La lingüística de raigambre saussureana trata de describir la «Iangue», el instrumento supraindividual, el objeto forjado a través de cierto número de generaciones. Aquí está –puede decir esa lingüística– lo que la comunidad pone a disposición del individuo: lo hemos definido y analizado. Es ése un objeto de estudio que tiene el mismo derecho a ser escogido como tal que cualquier otra cosa.

Ahora bien, Chomsky ha descubierto que para estudiar el habla no basta con tener el análisis del instrumento comunitario que usa el individuo. Podemos, pues, muy bien pasar a otro objeto de estudio distinto: el hablar humano, la capacidad que se vale de la «Iangue» como de su instrumento. [86]

Antes quisimos poner de relieve que independientemente de los propósitos del estructuralismo clásico, sus logros no lograban salir de los confines del corpus y encarar la creatividad. Ahora –atendiendo a los logros– hemos hecho un reparto de campos de estudio. Si para el estudio de la langue, sistema o código, es válido el estructuralismo descriptivo, para el otro campo –el lenguaje como capacidad siempre abierta del sujeto– podemos hoy –después y en virtud del descubrimiento de Chomsky– rechazarlo como insuficiente.

 

1. Incongruencia básica del enfoque generativo

a) Pero el nuevo objeto de estudio puede que exija –eso creemos– una solución, un tratamiento distinto del que le dan las gramáticas generativas transformatorias. El problema que se plantea, centrémoslo, es vincular una determinada sarta de palabras con lo que cada hablante maduro sabe que es su significado, saber ese que es el acertado independientemente de lo que puedan decir las reglas meramente descriptivas y taxonómicas de los estructuralistas.

Ese desfase entre la superficie objetiva de la oración por un lado, y su significado por otro, ¿cómo hay que rellenarlo? Aquí vamos a citar –no estamos de acuerdo con ella– una afirmación de Velarde: «En el campo de la Lingüística, Chomsky exige abandonar la ambición distribucionalista de establecer procedimientos mecánicos para la elaboración de gramáticas.» A nosotros no nos parece que Chomsky haya renunciado a establecer procedimientos mecánicos (aptos para unas máquinas de aproximadamente la misma capacidad que las requeridas por el estructuralismo taxonómico: con este significado queremos usar nosotros la palabra) para la elaboración de gramáticas. Sólo ha advertido que no pueden ser tan simplistas como los del distribucionalismo: Hay veces que un conjunto de unidades, todas ellas perfectamente estudiadas y definidas, da lugar a una reacción imprevista, a un significado que el estructuralismo de superficie no puede predecir. Así pues, sus procedimientos mecánicos han de hacer intervenir una doble entrada: por un lado, el conjunto objetivo de elementos –que llamará estructura superficial de la frase–, y por otro, una paráfrasis del significado que es atribuído a esa frase, no por ninguna gramática que estudie los elementos, sino por quien de verdad domina el lenguaje, es decir cualquier hablante maduro (Chomsky prefiere la terminología más abstracta de «intuición lingüística» del hablante ideal). Como puente entre esos extremos se postularán las reglas transformatorias oportunas.

(Mas adelante, asumiremos la objeción que es obvio que se puede hacer a esta calificación de «mecánico» del método generativo-transformacional. O, con otras palabras, propondremos una síntesis entre estas dos afirmaciones que Velarde ha dejado se sucedan en su artículo: «La teoría de Chomsky se nos presenta como una reflexivización desde la perspectiva lingüística de las técnicas desarrolladas en la Lógica Formal y en la construcción de ordenadores electrónicos», y la ya citada sobre el rechazo chomskiano de los procedimientos mecánicos.)

b) Vamos ahora a glosar que la gramática generativa no es un método para predecir el significado.

Aunque es ése un hecho obvio, conviene insistir en él, dado el cambio de objetivos de la Lingüística que significa. El estructuralismo clásico, independientemente de sus logros, ya vimos que se proponía «cubrir textos nuevos», predecir su significado. Después de las críticas de incapacidad que le hace Chomsky, se podría pensar que la nueva gramática va a tomar el reemplazo y cumplir por fin la tarea. Porque no es así, es por lo que queremos poner bien de relieve la naturaleza del nuevo método.

¿Se podría decir que las reglas transformatorias –que son el enlace entre la superficie de la frase y la verdadera estructura del significado– predicen el significado?

Hay que hacer primero una distinción. El que en el descubrimiento, en la fase de investigación, las reglas transformatorias fueran postuladas después de los extremos del puente, eso no las invalida en absoluto. Por supuesto que no: cualquier explicación, en su surgir, viene de, deriva de su meta.

Pero, una vez que el método –en cualquier campo– está constituído y las reglas postuladas, sólo se podrá decir que predice, del método que, haciendo intervenir únicamente las reglas, sea capaz de llegar a –de predecir– la meta. Teniendo en cuenta eso, ¿son las gramáticas generativo-transformacionales métodos de predicción del significado? Está claro que no. Dada una frase nueva, no se le puede aplicar ninguna regla transformatoria determinada si no pedimos antes a la intuicíón lingüística que nos dé el nivel profundo. Una superficie, salvo que figure en un corpus de frases ya estudiadas generativamente, no nos da pistas por ella misma sobre cuáles son las reglas transformatorias de las que se dice –por alguna gramática generativa– que depende. En definitiva, si quisieramos utilizar –utilización inadecuada– el método generativo como predictor de significado, encontraríamos que hay dos incógnitas –cuál sea el nivel profundo, y cuáles sean las reglas transformatorias que intervienen– y sólo un dato –la superficie de la oración–. Este párrafo equivale [87] a la caracterización por Velarde de la gramática generativa como no fisicalista y como antropomórfica.

Pero, como ya dijimos, no se puede en absoluto considerar un fracaso de la gramática generativa el hecho de que no prediga el significado. Eso no es el objetivo del método: la intuición del significado por el hablante/oyente cuenta como un dato.

Y, en nuestra opinión, ello es perfectamente legítimo: el significado atribuído por el hablante maduro es un dato tan pertinente para la Lingüística y tan objetivo como la hilera de palabras sobre el papel. Es obvio que el lenguaje sólo tiene sentido para el hombre que lo habla; y, si bien se puede prescindir de ese aspecto del lenguaje, ello no será sino en virtud de una elección de campo de estudio-«Iangue» comunitaria, en vez de capacidad de un sujeto para hablar.{1}

c) La cuestión (la cuestión que nos hizo proponer que el nuevo campo de estudio exigía un tratamiento distinto, y que nos hizo también mantener el calificativo de «mecánico» para el método generativo a pesar de la insistencia de éste en el sujeto) estriba en lo siguiente: la intuición del significado por el hablante maduro, ¿tiene que ser otro conjunto lingüístico, ya sea estructura sintáctica (tesis de la ortodoxia chomskiana), ya conjunto de átomos semánticos (como propone la semántica generativa)? Si hemos apelado al sujeto y a su comprensión, estamos apuntando más allá del lenguaje-para-el-papel. ¿Por qué volvemos a colocar en ese nuevo nivel –el de la comprensión del sujeto– otra cosa igual que la primera? En vez de llegar a la frase-para-el-sujeto, en vez de profundizar, ¿no estaremos andando de lado, hacia meras paráfrasis de la primera frase, que son tan para-el-papel como ella?

Nos parece que Chomsky eligió un camino que después no ha recorrido. (Por debajo, por supuesto, la obvia superioridad de la preparación de Chomsky en Lógica sobre su preparación en Biología, o en Neuropsicología{2} concretamente). En virtud de haber descubierto la insuficiencia del análisis taxonómico, apeló al sujeto hablante, a su intuición lingüística. Pero sigue tratando ese nuevo campo con los mismos medios que si permaneciera en el antiguo (más exactamente, con más medios pero de la misma índole). Seguimos confinados, aunque ahora tengamos un llamado nivel profundo, a las frases entendidas como elementos yuxtapuestos.

Y ahora podemos ya volver a nuestra afirmación de que el método generativo es mecánico.

Esa afirmación se puede hacer en un primer nivel, tras abrir las páginas de un libro que trate generativamente cuestiones gramaticales. Es obvio que con esas reglas se puede programar una máquina.

Pero es necesario un segundo nivel (el de Velarde, cuando define el generativismo como metodología β-operatoria), en que se niegue la caracterización de mecánico en uno de sus sentidos. Una de las entradas de datos es la plasmación de la intuición del hablante, es pues, claramente de naturaleza subjetiva (de una subjetividad intersubjetiva, por su intrínseca referencia a la comunicación). En ese sentido, mientras que el estructuralismo clásico merece plenamente ser llamado mecánico, no es en cambio así con respecto a la gramática generativa.

Pero (la síntesis a que antes aludimos) el método generativo sigue siendo mecánico en cuanto retrotrae –el camino andado es desandado– la frase en cuanto comprendida por el sujeto, a frase confinada en lo externo.

Antes de seguir glosando esa incongruencia que hemos denunciado en Chomsky, no renunciamos a poner de relieve cuán incierta es la plasmación del significado que la intuición lingüística del hablante confiere a la frase. Resulta sumamente interesante que, mientras la intuición lingüística es algo en que coinciden todos los hablantes maduros de unas mismas coordenadas sociogeográficas{3}, en cambio la plasmación de ello, es decir el nivel profundo, es objeto de varias formulaciones diferentes para cada caso, lo cual arrastra que se postulen, por las distintas corrientes generativas, también diferentes conjuntos de reglas transformatorias para un mismo caso. (El tratamiento formalizado y exhaustivo de la insuficiencia delimitadora del método generativo es, como se sabe, el teorema de Peters y Ritchie, en que se demuestra su excesiva potencia.)

La intuición lingüística del hablante, hemos propuesto, no se debe retrotraer a frases-para-el-papel. Si incurrimos en ello, mi opinión es que nos encontraremos en la misma situación que antes de empezar el análisis, pero con un pesado equipaje de reglas innatas que endosar al cerebro.

d) Y aquí es el momento de vincular esa incongruencia básica que nos parece detectar en Chomsky, con las ambigüedades suyas que han levantado tanta polémica. Volvamos a escoger una cita ya conocida por los lectores del artículo de Velarde: «Una de las principales dificultades de la teoría de Chomsky –dice Searle– es que nunca se ha dado una respuesta clara y precisa a la cuestión de cómo exactamente se supone que la explicación del gramático sobre la construcción de oraciones representa la capacidad del hablante para hablar y [88] comprender oraciones, y en qué sentido preciso de 'conocer' se supone que el hablante conoce las reglas de la gramática.»

Pocos discuten que exista en el hablante una capacidad biológica gracias a la cual pudo aprovechar las oportunidades que el entorno le ofrecía para adquirir el lenguaje. Y muchos, entre los cuales me cuento, creen –y la aportación de Chomsky para esa creencia ha sido decisiva– que una capacidad cerebral innata ha de transformar la frase recibida para obtener su significado, al menos en los casos de complejidad lógico-gramatical. Es indudable que la gramática generativo-transformacional cumple ese requisito, y –lo que es más importante– que hasta ahora no disponemos de una hipótesis alternativa que también la cumpla. Pero, retomando el argumento de Goodman, después asumido por Schaff, recordamos que «la ausencia de una hipótesis alternativa no prueba la legitimidad de la hipótesis objeto del diferendo» (Adam Schaff, La gramática generativa y la concepción de las ideas innatas, Rodolfo Alonso Editor, 1975, original del 70).

Para nosotros, esa falta de valor probativo es tanto más evidente cuanto que abrigamos la ya expuesta convicción de que ese proceso transformatorio a cargo del sujeto tiene como salida algo de una índole distinta a la de los datos recibidos, o, con otras palabras, diferente a las expresiones lingüísticas o lógicas.

La intención de realismo psicológico, la falsabilidad por descubrimientos neuropsicológicos que atribuye Chomsky (ver el debate Stich/Chomsky-Katz publicado por Cuadernos Teorema) a su teoría es, sin duda, fruto de esa apelaclón al sujeto que constituyó el esperanzador inicio de un camino. En cambio, su plasmación, –en términos lingüísticos– del nivel profundo vinculado al significado de la frase (en su termínología: «la estructura profunda determina el componente semántico»), la haríamos corresponder nosotros con el paso atrás que nos resulta tan frustrante. Hemos hablado en este párrafo concretamente de Chomsky; pero, por supuesto, lo entendemos aplicable a todas las gramáticas generativas: la semántica, así como las correcciones a cargo de la Pragmática de esa semántica generativa o de la teoría standard.

 

2. Críticas ambivalentes

Ya que hemos vinculado con la incongruencia básica de Chomsky sus ambigüedades respecto a la validez psicológica de la descripción de la competencia, queremos hacer lo mismo también con el movimiento ambivalente que nos parece subyace a varios encuadramientos de Chomsky dentro de la panorámica del pensamiento actual.

Vamos a escoger dos de estos encuadramientos: el Eco –ya clásico y autosuperado de La estructura ausente (original del 68)– y el artículo de Javier Urdanibia [«Agresión e innatismo»] publicado en el mismo número de El Basilisco [nº 7, páginas 53-69] que el de Velarde.

a) La estructura ausente se empleó a fondo contra Lévi-Strauss en cuanto propugnador de estructuras innatas metahistóricas que hablarían en el sujeto. Estaba claro que en relación con ese tema tenían que tenerse en cuenta las estructuras innatas de Chomsky: estructuras ya dadas innatamente, esquemas que previamente a todo ya son sólo lingüísticos, en absoluto, pues, elaborados en función del medio a partir de una capacidad innata menos encajonada.

¿Va a recibir, en consecuencia, Chomsky también el ataque lúcido y admirable que ha dispuesto Eco? No. Eco pasa sobre el tema un poco sobre ascuas –media página escasa–, y, a la vista de la constante reivindicación por Chomsky de la creatividad del sujeto –constante, ¡ojo!, en sus prólogos, ensayos y demás declaraciones programáticas–, lo deja fuera del alcance de sus tiros. El paso adelante, inicial y programático, de Chomsky ha encubierto –es nuestra opinión– su auténtica regresión a un cerebro humano alienable con una máquina del tipo de las únicas asequibles para la ingenua, la infantilmente arrogante (el siglo XXI lo dirá de seguro) cibernética actual. (Otro artículo del mismo número de El Basilisco que puedo traer a colación, el de Gustavo Bueno [«Operaciones autoformantes y heteroformantes...», págs. 16-39]. Al fin y al cabo, los temas candentes en el pensamiento de un momento dado, quizá sean siempre relacionables.)

b) Pasemos ahora al artículo de Urdanibia sobre la doble dicotomía, Conductismo/Innatismo, para una primera delimitación, e Innatismo fuerte/Innatismo moderado, para la segunda.

En su diatriba contra Skinner, Chomsky colaboró eficazmente al reconocimiento –hoy tan generalizado– de las insuficiencias, de la unilateralidad del conductismo. Ahora bien, dejando atrás el conductismo, ¿cuál es dentro del campo del innatismo la posición de Chomsky?

Uno de los puntos primordiales del artículo de Urdanibia es deshacer «el equívoco (que) juzga que el rechazo del conductismo aproxima al lingüísta americano a las tesis del determinismo innato». Urdanibia toma la defensa del innatismo moderado frente al determinista. Y para ello –esto ya es glosa nuestra– ve conveniente quitar al enemigo un tanto tan importante como el de contar entre sus filas a Chomsky. [89]

Antes que nada, re-citemos un párrafo escogido por Urdanibia para evidenciar el alejarniento de Chomsky respecto al innatismo puro: «Adoptar una actitud escéptica es sin duda lo más correcto cuando una doctrina acerca de la 'intrínseca agresividad' del hombre aflora en una sociedad que glorifica el espíritu de competencia, en una civilización que se ha distinguido por la brutalidad de los ataques que ha llevado a cabo contra pueblos menos afortunados.» (Language and Mind, 1968). Como en este párrafo, donde se evidencia esa postura de Chomsky es siempre en páginas no estrictamente lingüísticas.

¿Cuando surgen las críticas de Chomsky al innatismo fuerte? Recojamos, también de Urdanibia, su declaración explícita: «Debemos expresar una reserva prudencial con relación a Lorenz, ahora que ha sido descubierto por Ardrey y Alsop y se ha hecho famoso en calidad de profeta del desastre. (Es decir, parafraseamos nosotros, cuando Chomsky ha descubierto las para él tan desagradables implicaciones ideológicas del innatismo fuerte. Pero terminemos la cita.) Me parece que las ideas de Lorenz sobre la agresividad humana han sido llevadas por algunos de sus expositores hasta extremos que bordean el absurdo.» (Quiere, pues, salvar a Lorenz mismo –a Lorenz, que, por un lado, es el verdadero fundador de la doctrina, y, por otro, alguien cuyo rasgo principal, por encima de cualquier otro, es su enorme valía como científico–.)

Pero, pasando al contenido mismo de la teoría de Chomsky, ¿tiene ahí vigencia su distancia respecto al innatismo fuerte? A nuestro entender, no. Es verdad que, como señala Urdanibia, emplea muchas veces el término «capacidad» o «facultad»; pero lo que él de hecho propone son detalladas pautas conductuales sólo determinantes y en absoluto determinadas (sólo seleccionables) por el medio.

 

3. Críticas decididamente contrarias

Parece, por lo dicho hasta ahora, que olvidamos muchas feroces críticas que se le han hecho a Chomsky. Vamos, pues, a recordar la de Hockett y la de Ponzio.

a) Hockett (El estado actual de la lingüística, original del 66, Akal Editor 74) no acepta que haya que dar razón de la no homología entre superficies y significados de oraciones. «El lenguaje es un sistema mal definido»; esas excepciones se van aprendiendo como trucos, como parches. Es, desde luego, la de Hockett una opción legítima: el estructuralismo clásico mantiene sus propósitos primitivos después y a pesar del descubrimiento de Chomsky.

Pero también es verdad, nos parece, que para resignarse a eso siempre hay tiempo. Ante cualquier problema se puede tomar esa postura, pero si hasta ahora sólo se hubiera actuado así, la ciencia no existiría.

b) Veamos ahora el artículo de Ponzio que figura en una recopilación de diversos autores publicada por Siglo XXI, 1976. En su primer párrafo contra Chomsky, Ponzio reivindica la creatividad –auténtica, individual– contra el uso vacío (afirmación retórica de lo que de hecho se niega) que las gramáticas transformacionales hacen del término creatividad. De entrada, esa posición nos pareció coincidir con la nuestra: No reglas transformatorias dadas, sino creación individual, aportación del sujeto para producir cada frase.

Pero en seguida nos damos cuenta de que la argumentación de Ponzio no es en absoluto incisiva. «La descripción chomskiana de la competencia y actuación lingüísticas reproduce la condición del sujeto hablante alienado, que se adapta pasivamente a los códigos lingüísticos vigentes en el sistema social al que pertenece (...). Su teoría lingüística impide toda posibilidad de toma de conciencia, de crítica y de transformación de los códigos que el hablante alienado adopta pasivamente, códigos que son propios de sistemas sociales determinados, históricamente especificados, más bien que de una gramática extrahistórica y universal, como Chomsky sostiene.» (págs. 105-106.)

Lo innato e inmutable en la teoría de Chomsky es postulado como universal, como común tanto a los lenguajes más conocidos como al de los aranda o los esquimales. Luego acusar a la lingüística transformacional, como hace Ponzio, de que niega al hablante la capacidad de modificar creativamente su código –según una dialéctica código/mensaje como la que propuso Eco– no resulta una acusación tan obvia como parecería a tenor de la facilidad con que Ponzio despacha el tema. No es un hecho evidente que la creatividad desalienada de un hablante inglés logre modificar su inglés hasta hacerlo más diferente del respaldado por el sistema, de lo que éste lo es del bosquimano o polinesio.

Una teoría con la ambición de universalidad e innatismo que tiene la chomskiana, no puede cerrar la puerta al hecho de la evolución lingüística. El abstraer –al estilo que modeló Saussure– una sincronía concreta para su análisis, es considerado en Chomsky, como ha sido siempre, un artificio del investigador. Artificio que es un paso previo indispensable para el estudio de cualquier modificación del código a cargo de los mensajes.

Ni el constructo de una sincronía inmovilizada, ni el innatismo de los profundo, ninguno de esos dos [90] aspectos de la teoría de Chomsky, nos parece, pues, que se oponga a la modificación creativa del código. La creatividad que, en cambio, sí nos parece negada por la gramática transformacional (y de ahí aquella primera sintonización con Ponzio) es otra. Según este punto de vista nuestro, no son acabados esquemas innatos los que canalizan el proceso cerebral que media entre el contenido prelingüístico que se decide comunicar, y eso mismo una vez sintetizado a base de elementos lingüísticos. E igualmente, no serían reglas transformatorias de tipo mecánico (entendemos el término «mecánico» como arriba se ha precisado) las que aplica el oyente al mensaje recibido, sino una facultad cerebral más primaria, menos encajonada en casos concretos.

Más adelante, Ponzio hace críticas más precisas. «La competencia lingüística del hablante propuesta por Chomsky obedece a precisas descripciones sociales, las cuales no provienen de modo genérico de la entera comunidad lingüística, como dice Chomsky, sino de la clase dominante (...) Son las desigualdades sociales de todo tipo las que hacen que una gramática generativa no sea la gramática de toda la lengua efectivamente hablada en el ámbito de una sociedad» (pág. 131-132). Hoy, después de los avances de la Sociolingüística –que con Bernstein se reveló como una disciplina con campo propio–, está completamente establecido que, lo mismo que al tratar del idioma inglés, hay que precisar si es el inglés de Escocia, o el de Estados Unidos, si el del XVII o el actual, también tiene –y no sólo igual, sino mayor– importancia la clase social que se enfoca en un estudio lingüístico. Pero, a nuestro entender, eso no invalida en absoluto la gramática generativo-transformacional: sólo representa un complemento, una añadidura acomodable en el edificio con toda facilidad, sin destrozo alguno.

Lo mismo diría de la acertada insistencia de Ponzio en que el lenguaje sólo puede entenderse en estrecha conexión con el ambiente natural y social, y más en concreto, con toda la red ideológica que actúa en los mensajes de una sociedad. «No creo que el dominio de los procesos gramaticales pueda ser considerado como la única condición de la posibilidad de entender las oraciones de una lengua» (pág. 119). Tan de acuerdo estamos con esa postura de Ponzio que incluso nos parece que sería difícil encontrar a alguien que sostuviera esa «unicidad».

Pero llega un momento en que el ataque de Ponzio se centra sobre una línea esencial de la teoría de Chomsky. Cuando aparecen las citas de Hockett, es cuando diríamos que eso sucede.

En el comentario sobre la ambigüedad chomskiana en torno al «know» implicado en competencia del hablante, Hockett viene a coincidir con lo que han pensado cuantos han leído a Chomsky con un mínimo de espíritu crítico. Ya dijimos que el status psicológico de ese pesado equipaje en que consiste la competencia chomskiana, es el lugar privilegiado en que aflora llamativamente la ambigüedad básica del planteamiento de Chomsky.

La otra referencia a Hockett es la que –en la página 127– presenta la tesis central de ese autor –la lengua es un sistema mal definido–. Ya la comentamos antes: una opción válida, pero en la que no se intenta siquiera conseguir fruto.

Creo que la única aportación de Ponzio es el análisis de los textos político-sociales de Chomsky. Pero, aunque ese análisis puede ser muy valioso como pista para un estudio ulterior, sin embargo en sí mismo no es todavía un argumento en contra de la teoría lingüística de Chomsky: antes de que llegue a serlo, es mucho el trabajo –y mucha la creatividad– que hay que añadirle.

 

4. Una tarea que se brinda

En efecto, me parece que la gramática generativo transformacional no ha sido realmente atacada por ninguna argumentación. Sólo una excepción conozco: el perfecto y diamantino –pero, ¡ay! sólo lógico– argumento de Goodman-Schaff que citamos antes.

Nuestra impresión –se ha venido transluciendo en todos los párrafos– es que la superación, la alternativa deseada, habrá de surgir en la conjunción de los problemas lingüísticos con el saber de los afasiólogos, y con el pequeño pero existente acervo de conquistas de la Neuropsicología y Neurofisiología, sin olvidar la parcela lingüística, comparativamente tan atrasada, de la Psicología Evolutiva, ni tampoco la utilización en detalle de los datos de los adiestradores lingüísticos de chimpancés (datos de éxitos, y los tan interesantes datos de fracasos de Premack).

Por supuesto, éste es un programa en que todo el mundo está teóricamente de acuerdo. Pero yo sólo encuentro obras de Lingüística que siguen olímpicamente (quien pueda, que venga detrás, sea Neurofisiología, Psicología infantil, o lo que sea) su camino. Y los afasiólogos, cuando mencionan la descodificación compleja, aluden tímidamente a que los gramáticos están estudiándola; y no hay telones para el prestigio de Chomsky. Luria, Maruszewski retroceden cuando rozan el campo de cuestiones del transformacionalismo.

¿Que no estamos en tiempos de pluriespecialidad? No estoy hablando de lo que propicien las estructuras académicas actuales, sino de lo que creo exige, para ser solucionado, el problema de qué es el lenguaje humano.

¿Intrínseca imposibilidad, amplitud inabarcable? No creo que sea así: si la masa de datos se multiplica, pero a la vez se le empieza a ver un cierto sentido, ¿no se habrá facilitado el trabajo? ¿Cómo resulta un rompecabezas más difícil, cuando se juega con todas las piezas, o cuando se decide que, para empezar, nos basta con sólo un montoncito? El derroche de energía intelectual que ha representado la polémica semantistas/chomskianos ortodoxos, creo que ha sido incluso mayor que el que se necesitaría para esa síntesis de datos de distinto linaje, para esa tarea hacia la cual estas notas querrían exhortar a todos –a quienes leen, y a quien escribe–.


{1} Quizá, en un momento posterior a este 1979, el significado-para-el-sujeto pueda volver a ser objeto de predicción (después, naturalmente, de haber funcionado como dato en la correspondiente etapa de investigación). Como se desprenderá del resto de este artículo, estamos aludiendo al avance en el conocimiento de los procesos cerebrales que llevan a la comprensión –e igualmente de los que subyacen a la producción– de la frase.

{2} Queremos utilizar «Neuropsicología» con el significado en que una convención reciente está intentando fijarla. Es decir, como el estudio de las funciones corticales superiores. (Ver prólogo de Toro Trallero a la Introducción a la Neuropsicología de Benton, Ed. Fontanella, 1970.)

{3} La Sociolingüística ha sido una de las corrientes al margen de la ortodoxia chomskiana que más auge ha cobrado en los últimos años: Labov, Bernstein, los programas americanos y franceses para niños «culturally deprivated». Es un complemento indispensable para cualquier teoría lingüística; pero –más adelante insistiremos en ello– no nos parece en absoluto que choque con las bases de la teoría de Chomsky.

 

www.filosofia.org Proyecto filosofía en español
© 2002 www.filosofia.org
  El Basilisco