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  El Basilisco, 1ª época, nº 9, 1980, páginas 79-91
  
Comunismo hoy:
debate político y democracia interna*

José María Laso Prieto
Oviedo
 

Con este mismo título ha aparecido recientemente la versión castellana de un interesante libro publicado originalmente en catalán. Su autor –Rafael Ribó– es profesor de la Universidad de Barcelona y miembro del Comité Ejecutivo del P.S.U.C. El profesor Ribó asume también la dirección de la Comisión de Cultura del Partido de los Comunistas Catalanes.

I. Vía democrática al socialismo

1. Si el título de la obra de Ribó es ya de por sí sugerente no lo es menos su contenido. En él se trata –con un criterio flexible y abierto, pero no por ello menos exento de rigor– de plantear, y si es posible contribuir a resolver, los principales problemas que para los partidos comunistas suscita la asunción de la vía democrática al socialismo. Ahora bien, comprometerse seriamente en esa vía supone no sólo la necesidad de llevar a cabo reformulaciones teóricas –que pueden originar crisis de identidad– sino también innovaciones orgánicas que permitan que no se produzca incoherencia entre los principios estratégicos y los organizativos. Ya de por sí sería esta una tarea ardua en condiciones de normalidad política, pero el problema se hace más complejo todavía en una situación de crisis del movimiento comunista internacional de la cual han sido sucesivos reflejos la «crítica del culto a la personalidad» en el XX Congreso del PCUS, la disputa ideológica y territorial chino-soviética, la intervención en Checoeslovaquia de las fuerzas armadas del Pacto de Varsovia, la guerra de Camboya, la agresión china a Vietnam, &c.

Por otra parte, en un plano específicamente ideológico, no se puede desconocer que nos encontramos en una situación en que una expansión internacional inusitada del marxismo coincide con renovados esfuerzos de sus adversarios por considerarlo caduco o superado. Esta renovada ofensiva contra el marxismo –que posibilita que de nuevo se considere a éste en crisis– produce también posiciones de repliegue, en algunos «marxistas», que acaban reduciendo la vigencia del marxismo a un canon metodológico de investigación social más o menos operativo. Todos estos factores, y otros muchos que sería prolijo enumerar, se combinan de múltiples formas haciendo muy difícil una serena y rigurosa discusión de esta problemática comunista. Por ello es tanto más de valorar la aportación del profesor Ribó, ya que logra en su trabajo una equilibrada conjugación de ambos factores.

El planteamiento temático de la obra es muy ambicioso pues, después de una introducción suscitada por los recientes debates de los PCF, PCI, PCE y PSUC, aborda tres áreas de estudio muy complejas:

  1. Leninismo: Estado, libertades, democracia.
  2. Notas sobre la democracia interna de los partidos comunistas.
  3. Ideología, Hegemonía y Cultura.

Desgraciadamente, la extensión del trabajo –poco más de 200 páginas en cuarto– no permite un análisis más profundo, que el realizado, de tan vasta temática. Empero no por ello se puede calificar de superficial el estudio del profesor Ribó. Por el contrario, al plantear sin reticencias los problemas, y sugerir criterios de análisis, está contribuyendo a eventuales soluciones que sólo se pueden producir en todo un proceso político que discurrirá en la doble vertiente del debate ideológico y de la praxis político-social. [80]

2. En la misma dirección apunta el interesante prólogo de Christine Buci-Glucksmánn, profesora-agregada de filosofía de la Universidad de París, cuya obra Gramsci y el Estado constituye una relevante aportación teórica a este proceso. En su prólogo al trabajo de Ribó, esta lúcida profesora francesa traza muy bien las coordenadas de la situación. Para ella no basta con iniciar una reflexión sobre el fracaso teórico e histórico de la Unión de la Izquierda en Francia, el atasco estatista-gubernamental del compromiso histórico italiano, así como la liberalización postfranquista «controlada» en España. Se hace también preciso enmarcar esa reflexión en la crisis actual de reestructuración capitalista que tiende a establecer un modelo general en el que se restaure la rentabilidad de un capital cada vez más transnacional y agresivo en cuanto a los Estados-Nación. Ese modelo supone también una «tentativa de acabar con la unidad del mundo del trabajo favoreciendo una nueva división del trabajo nacional e internacional (por una parte, un grupo de trabajadores relativamente protegidos, por otra parados, trabajadores en situaciones precarias, jóvenes, mujeres, &c., abocados a una marginación masiva), despliegue, otra vez, de un nuevo orden interno centrado en la seguridad y en las normas y no ya en la ley y el derecho, desvinculación social del Estado, aunque con el desarrollo de un complejo político militar internacional, un verdadero imperial-militarismo. Es decir, la vía alemana de salida de la crisis que, con una u otra variante, se trata de generalizar en Europa».

Ante los riesgos, de diversa índole, que se derivan de esta preocupante situación, Buci-Glucksmann suscita diversos interrogantes sobre lo que Rafael Ribó califica de «crísis de identidad» de los partidos eurocomunistas. Se trata, fundamentalmente, del conocido dilema de cómo compaginar el carácter de «partido de lucha» con el de «partido de gobierno», democracia de base con democracia representativa, &c. Como consecuencia, después de rechazar como inoperantes, para Europa Occidental, tanto la estrategia socialdemócrata como la leninista clásica, Buci-Glucksmann opta por una Tercera vía que califica de alternativa eurocomunista de izquierdas. Es decir, se trataría de apoyarse en los presupuestos de una estrategia eurocomunista más consecuentemente de izquierda que ha venido perfilando el dirigente comunista italiano Pietro Ingrao en sus recientes obras Masse e potere y Crisis e terza via {1}. Se distinguiría así de un «eurocomunismo de derechas», o liberal, que al limitarse a un tactismo reformista supondría –por su gradualismo sin horizontes revolucionarios– un grave riesgo de socialdemocratización. Sobre estas alternativas volveremos, por nuestra parte, al finalizar esta reseña.

Tercera vía

3. En todo caso, para la prologuista, la tercera vía suscita el problema de la «dificultad para salir del stalinismo y desarrollar una estrategia hegemónica en el sentido gramsciano, sin experimentar la trabas, específicas y muy fuertes, de la sociedad capitalista. O sea todas las formas 'burguesas' de la política, tanto antiguas como nuevas: la política dominación / autoridad; la política / gestión; la política tecnocrática en la cumbre de una élite ilustrada, formas que despojan a las masas de sus razonamientos y prácticas».

Muchas de estas dificultades derivan, en gran parte, del irresuelto problema de la función del Estado. Para Buci Glucksmann, éste ya no se puede considerar como un simple instrumento en manos de una pequeña casta monopolista, pues si bien se ha acentuado el dominio monopolista y multinacional sobre la base del Estado se da también la penetración de éste en la acumulación y en la sociedad civil a través de los aparatos de hegemonía: escuela, familia, &c. Ahora bien, si el Estado no es un mero instrumento coercitivo del capital monopolista sino –según sostiene Poulantzas en su reciente obra Estado y poder en el socialismo{2}– no cabe limitarse a sostener la necesidad de su destrucción o democratización. Además toda democratización meramente estatalista puede tropezar con la réplica de una revolución pasiva de las clases dominantes. Se hace pues preciso romper con la tradicional identificación de lo político con lo estatalista y, en consecuencia, incidir con mayor amplitud y profundidad en el amplio frente de la sociedad civil.

Ante esta nueva situación, tan compleja, ya no es válida la clásica actuación de los partidos comunistas que, desde la Revolución de Octubre, han oscilado entre el ataque frontal –clase contra clase– a las amplias alianzas sociales defensivas tipificadas en el frentepopulismo. De ahí que Buci-Glucksmann considere [81] que «si el eurocomunismo quiere ser una estrategia de transición socialista coherente y no un simple repliegue democrático defensivo, ante la dramática agudización de la crisis, debe profundizar en su propia idea de la democracia y no quedarse solamente en el marco –necesario en el interín– de las libertades jurídicas».

Empero, esta profundización de la idea de la democracia, preconizada por Buci-Glucksmann, no puede limitarse a las consabidas invocaciones rituales. Debe tener un fundamento teórico más sólido. En este sentido, consideramos muy acertada su precisión al señalar que ha habido que esperar hasta Mao y Togliatti –en contextos muy diferentes– para que se abordase la democracia como forma de transición. Descartada la concepción de «Democracia nueva» de Mao –-por no corresponder a las condiciones de nuestro ámbito geográfico-cultural– habría que centrarse en la «Democracia progresiva» de Togliatti, como una forma de democracia ni «burguesa» ni «proletaria» realizable en nuestro ámbito. Sin embargo, no sólo para ser coherentes con esta vía democrática al socialismo, sino también porque resulta un prerrequisito indispensable para su propia eficacia social, se hace precisa una transformación de los partidos eurocomunistas mismos –en el sentido de profundizar todavía más en su democratización– y éste es el tema central del libro de Rafael Ribó. Según Buci-Glucksmann, habría que estructurar ese partido de masas y de vanguardia, que exige un eurocomunismo consecuente, sobre la base de un policentrismo interno –complementario del policentrismo externo preconizado por Togliatti– que fuese capaz de desarrollar e impulsar amplios movimientos sociales renovadores que rebasasen el límite estatista de lo político. En consecuencia, ese partido estaría en mejores condiciones de insertarse en los movimientos feministas, ecológicos, regionalistas, &c., los aspectos autogestionarios de la lucha obrera, las distintas manifestaciones de la rebelión juvenil, &c. Incluso una más profunda participación en la problemática de la liberación de la mujer podría significar un giro cualitativo en la lucha de los partidos comunistas ya que «esta cuestión modifica el propio campo de la política haciendo que estalle la separación entre lo privado y lo público, descubriendo nuevas formas de violencia 'política' (sobre el cuerpo, la sexualidad, &c.) y nuevas formas de auto-organización y solidaridad».

4. Ahora bien, si en el prólogo de Ch. Buci-Glucksmann se trazan con perspicacia las coordenadas de la situación, tanto en el marco general del intento de reestructuración capitalista como en el de la «crisis de identidad» de los partidos eurocomunistas, el mayor interés de la obra del profesor Ribó se centra en como aborda –desde la perspectiva de un caracterizado dirigente eurocomunista– el tema del debate ideológico y la democracia interna en los partidos comunistas de los países desarrollados.

En ese sentido no podemos desconocer que desde que, con la aparición de la propiedad privada de los instrumentos de producción, la sociedad se dividió en clases antagónicas la lucha de clases se hizo inevitable y pasó a constituir el motor de la Historia. Se trata de un fenómeno natural, originado por la contraposición de intereses sociales, y que –contra lo que han sostenido siempre los pensadores reaccionarios– no ha sido inventado por los marxistas ni depende de la buena o mala voluntad de los revolucionarios. Es también un fenómeno histórico en el sentido de que no existió antes del modo de producción asiático, o del esclavismo, y de que desaparecerá en la culminación del desarrollo social con el comunismo. Otra cuestión es la de si esa lucha debe librarse en un marco cívico, propio de la democracia formal, o de un modo que rompa violentamente la convivencia ciudadana. Es obvio que en Europa Occidental, con independencia de la justificación que en otros momentos históricos haya podido tener la violencia popular emancipadora, actualmente la izquierda coincide casi unánime en el respeto a la legalidad constitucional democrática.

Empero, si el marco constitucional vigente encauza la lucha de clases hacia formas no incompatibles con la convivencia democrática, no por ello la pugna de intereses sociales deja de reflejarse en todos los aspectos de nuestra sociedad. Y particularmente en sus partidos políticos. De hecho, éstos constituyen los núcleos esenciales donde se concentran los sectores más conscientes de las distintas clases sociales. Para los comunistas, el Partido no constituye un fin en sí mismo pero sí un medio indispensable para concienciar, educar y movilizar a las grandes masas populares necesarias para llevar a cabo los ingentes procesos de transformación social que culminarán con la abolición de la explotación del hombre por el hombre.

Sin embargo, como muy bien precisa el profesor Ribó, los partidos políticos no son un hecho objetivo que exista por sí mismo sino un tipo de organización que se crea a partir de necesidades sociopolíticas objetivas. Ahora bien, no existe una relación mecánica entre la base social y el partido ya que actúan de intermediarias numerosas mediaciones que tienden a hacerse más complejas con el desarrollo social. De ahí que no puede postularse que el partido responda automáticamente a una determinada base social. Además, la problemática de esa relación se complica también por el hecho de que en la praxis social de los partidos obreros –incluso de los comunistas– ha habido una adaptación excesiva a las instituciones parlamentarias. Excesiva no porque no sea necesaria esa adaptación, a las instituciones de la sociedad política, sino porque, generalmente, tiende a desequilibrase en detrimento de una no menos necesaria presencia en el seno de las instituciones y movimientos de la sociedad civil. De ahí también que nazcan fuera de la influencia de los partidos nuevos movimientos de masas que no encuentran una fácil relación con los partidos obreros, con sus estructuras políticas y orgánicas. Este fenómeno ha sido muy bien detectado en Italia y a él se refiere Pietro Ingrao al matizar que... «Es cierto, sin duda, que la sociedad italiana es hoy menos partidaria que hace diez o veinte años. Con esto quiero decir que se ha ampliado el área de aquellos fenómenos que aportan nuevas experiencias de luchas cociales o políticas fuera de la militancia de los partidos o en las organizaciones influídas por los partidos. Dicho de otra manera, han adquirido peso y forma de presencia político, social, círculos, revistas, movimientos estudiantiles, grupos de investigación, círculos profesionales, &c., que en el pasado habían tenido en nuestro país una vida totalmente marginada.»{3} [82]

Para Ribó, esta crisis potencial de los partidos políticos se agrava todavía al ser cuestionados cuando aún estamos en el nacimiento de una contradictoria democracia producto de una híbrida transición política. En el caso de los partidos comunistas, una vez que éstos perdieron la homogeneidad ideológica y política, propia de los partidos de cuadros clandestinos, han eclosionado ciertas contradicciones más o menos previsibles. Y es lógico que así sea, ya que en los partidos comunistas actúan actualmente no sólo militantes procedentes de generaciones con experiencias políticas muy diferentes sino también de procedencia social muy diversificada. Otro factor de heterogeneidad, no menos relevante, está constituído por el bajísimo nivel teórico que, en general, caracteriza a cuadros y militantes, así como por una casi total inexperiencia de las formas de actuación política propias de la democracia. De ahí algunos de los rasgos negativos que han caracterizado a los debates comunistas –a partir de la legalización del Partido–: impaciencia al pretender resolver, con carácter inmediato, no sólo los problemas maduros para su solución, sino también problemas que tienen un alcance histórico y teórico que sobrepasa considerablemente el ámbito del Estado Español y el proceso de transición democrática; rigidez dogmática y triunfalismo oficialista, enfrentamientos personales que se han pretendido ocultar bajo racionalizaciones políticas artificiosas, invocaciones rituales a definiciones carismáticas, &c. En este último sentido es significativo que una buena proporción de quienes con más insistencia invocaron el leninismo no conocían con un mínimo de profundidad, el contenido no sólo teórico sino incluso histórico del concepto. En consecuencia no pueden sorprender las contradicciones en que incurrieron, y que invalidaban su invocación, con independencia de que se pueda sostener legítimamente la vigencia actual de componentes importantes del pensamiento de Lenin.

Carece, por consiguiente, de sentido pretender reducir la polémica, en los partidos comunistas occidentales, a un enfrentamiento entre «eurocomunistas» y «leninistas». Consideramos que Ribó sintetiza muy bien la falacia de este esquematismo cuando señala que... «No puede haber nadie que se defina como «eurocomunista» sin aceptar la aportación de Lenin a la teoría revolucionaria marxista, hoy no puede haber «leninistas» que no acepten las reelaboraciones del concepto llamado «eurocomunismo». Los «eurocomunistas puros» que rehuyeran a Lenin por completo, olvidarían todos aquellos aspectos que hoy están presentes en el proyecto curocomunista y que fueron aportados por Lenin. Los «leninistas puros» que rechazaran el eurocomunismo olvidarían, como buenos leninistas, la necesaria adaptación, en cada momento, de la teoría revolucionaria a las situaciones concretas. Fue él mismo quien, sin temor a caer en «traiciones a la clase obrera», adaptó una concepción como la que Marx había definido para ser aplicada a las sociedades industrializadas (Gran Bretaña, Holanda, &c.), al caso concreto de la Rusia imperial, sociedad atrasada, lo que posibilitó la toma del poder y el inicio de la transformación social.»{4} Todo ello prescindiendo de la carencia de rigor del término «eurocomunismo» que suscitado inicialmente por la prensa burguesa ha acabado por consagrarse a través de su popularización. Sería no obstante más apropiado emplear las fórmulas de «vía democrática al socialismo» o de «revolución de la mayoría», ya que en ellas se sintetiza mejor una concepcion que constituye el núcleo de un pensamiento que se ha desarrollado durante muchos años, con diversas aportaciones, y en estrecha concatenación con las condiciones específicas de cada país. De ahí que constituyan también vías nacionales al socialismo, aunque a su vez posean determinados ragos comunes.

Revolución de la mayoría

5. Son esos rasgos comunes –matizados en cada caso por las peculiaridades nacionales específicas– los que conforman una estrategia concreta de vía democrática al socialismo o revolución de la mayoría. Ribó prefiere esta última expresión porque, a su juicio, refleja mejor su fundamento. Es decir, el fenómeno de la progresiva asalarización de la mayoría de la población que hace a ésta susceptible de ser concienciada para que se libere de la explotación construyendo el socialismo. Esta vía requiere un amplio marco de pluralismo democrático en el que paulatinamente se irá imponiendo la hegemonía de la clase obrera en función de la capacidad de dirección intelectual y moral de sus organizaciones. Después, progresivamente, se irán ocupando espacios de poder institucionalizado a nivel municipal, regional, nacional y estatal que sirvan de base para iniciar los procesos de transformación de la sociedad. De todo ello deduce Ribó que el punto de partida de la revolución de la mayoría ha de ser el análisis de la relación entre democracia y movimiento obrero.

Esa relación se planteó en Italia, desde una perspectiva teórica e histórica, con la profundización en el conocimiento del régimen fascista y de la lucha de liberación que lo derrocó. El movimiento popular –en el que desempeñaron una función dirigente muy activa los comunistas– luchó por reconquistar las libertades y las instituciones democráticas, con objeto de imprimirles un nuevo carácter, basado en la participación de las masas, para realizar las necesarias reformas socioeconómicas. Todo ello ha constituido un importante bagaje teórico e histórico que –incorporando importantes aportaciones de Gramsci y Togliatti– se sintetiza en la concepción de una democracia de nuevo tipo, una democracia progresista que permita una más amplia y profunda participación popular en todos los niveles de decisión. Así se posibilitarán los [83] grandes procesos de transformación social en que están objetivamente interesados amplios sectores de la población.

Se trata de una mayoría a la que hay que sensibilizar –mediante un considerable esfuerzo de persuasión política– para que pueda ser convertida en una fuerza social, política y electoral. En síntesis –pues una exposición más amplia desbordaría nuestras posibilidades espaciales– se podrá alcanzar la necesaria posición mayoritaria cuando se haya conseguido la hegemonía en la sociedad. Y, a su vez, ésta requiere la previa «síntesis de todos los intereses y de todas las reivindicaciones de los sectores antimonopolistas, los cuales, aunque en la actualidad son estructural y sociológicamente mayoritarios, no tienen todavía ni una conciencia mayoritaria ni una fuerza política hegemónica que les de cohesión y les dirija hacia su liberación». Con ello se lograría una alianza entre sectores sociales dirigidos por la clase obrera, y una alianza de formaciones políticas que –en forma de bloque histórico– se encaminaría hacia una nueva formación política socialista que permitiría superar los estrechos límites de las pequeñas mayorías electorales y consolidar este proceso de avance hacia el socialismo con una mayoría hegemónica.

6. Obtenida esa mayoría, se planteará la necesidad de participar en las instituciones con el fin de impulsar el proceso de avance democrático hacia el socialismo. Con ello pasa a un primer plano el problema de la eventual utilización de los denominados «aparatos del Estado» –concepto más bien esquemático, pues no expresa adecuadamente la extraordinaria complejidad de éstos– así como el de su adecuada transformación para que consolidando el proceso democrático puedan contrarrestar eventuales intentos contrarrevolucionarios. Es este un campo de conocimiento todavía sin desarrollar a nivel teórico y, como es lógico, mucho menos todavía en el de la práctica social. Aunque se han dado algunos pasos hacia su clarificación, en el debate en curso sobre la teoría marxista del Estado, es sobre todo en el terreno de la praxis donde deberá resolverse definitivamente. Ahora sólo podemos señalar una perspectiva de desarrollo plausible y ser lúcidos sobre las dificultades y los riesgos que deberán afrontarse. Así lo reconoce el profesor Ribó cuando precisa que... «El Estado burgués es antagónico con el proyecto socialista. No obstante, este aparato basado en la fuerza y en el consenso, puede ser un instrumento revolucionario en el caso de que se transforme el contenido de clase del poder político. Tal es el gran reto al que se enfrenta la concepción revolucionaria de la mayoría. Se abandona la idea leninista de destrucción del Estado para desarrollar un camino dentro del Estado, no para gestionarlo sino para transformarlo dándole un nuevo contenido. Es necesario utilizar los mecanismos de la democracia representativa y, entre ellos, el más importante de todos, que es la elección democrática de los gobernantes, pero combinándola con otras formas de trabajo político de plena participacíón de las masas a cualquier instancia o nivel. No se trata de dos formas políticas contradictorias (democracia de base y democracia representativa) sino que son dos variantes de un mismo proyecto. Son dos formas que se complementan con el fin de construir un sistema de amplia participación democrática.»{5}

Se suscita así de nuevo no sólo la interrelación de la democracia de base y la democracia representativa, así como la de su necesaria complementariedad, sino también el problema de cómo los partidos eurocomunistas deben conexionar sus dos frentes de actuación básicos: el de las instituciones democráticas, propio de la sociedad política, y el de los movimientos sociales, que actúan en el seno de la sociedad civil. En ese sentido resulta muy pertinente la matización de Rafael Ribó acerca de la importancia relativa que los factores electorales adquieren en una auténtica estrategia eurocomunista: «Las elecciones y los votos, si bien juegan un papel muy importante, no son de ningún modo la única forma de trabajo y de valoración política. El comunismo no puede avanzar por medio de un trabajo exclusivamente electorista, puesto que los votos para un proyecto comunista no proceden de las inversiones más o menos cuantiosas que se hagan en las campañas electorales, ni de la cara más o menos agradable de los candidatos: el voto proviene de la fuerza de implantación que se haya conseguido tener en los movimientos sociales, de la capacidad de síntesis de todas las reivindicaciones de dichos movimientos y del enfoque que se dé a un proyecto político global, válido para resolver todos los problemas que una sociedad tiene planteados. Además la proporción militantes-votantes de los partidos comunistas es muy baja, y esto es así precisamente porque el voto comunista es básicamente un voto de explicación directa y de convencimiento militante en el seno de los movimientos de masas. Las ventajas políticas que esto comporta, sobre todo en el aspecto participativo, representan, no obstante, al mismo tiempo un handicap electoral. Si solamente se centrara el interés en la participación electoral, se caería en la trampa de los límites burgueses de la democracia representativa y se conseguiría [84] una participación de simple refrendo y confirmación, sin protagonismo popular.»{6}

Burguesía y democracia

7. Es también muy interesante –y de una gran operatividad política– la concepción del profesor Ribó acerca del alcance que puede adquirir la participación de los partidos eurocomunistas en las instituciones democráticas de los países de capitalismo avanzado. Para la mejor comprensión de ese alcance es necesario remontarse al sentido original que la burguesía –aún en la fase progresiva de su desarrollo– pretendió imprimir a la democracia. No podemos olvidar que en su etapa revolucionaria clásica –que esquemáticamente podemos situar entre 1789 y 1848– La burguesía nunca se planteó seriamente llevar hasta sus últimas consecuencias la triada Libertad, Igualdad y Fraternidad. En ese sentido sus limitaciones de clase eran obvias y tuvieron por consecuencia que, como muy bien precisa el profesor Elías Díaz, respecto a la célebre Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano,... «la igualdad proclamada en la Declaración del 89 es, fundamentalmente, una igualdad jurídica (muy importante, por supuesto) pero no es todavía una ígualdad Piaterial socio-económica ni siquiera como pretensión» {7}.

Consecuencia lógica de esta concepción burguesa es el intento reiterado, a todo lo largo del siglo XIX, de restringir la democracia, en beneficio exclusivo de los proletarios, marginando de ella a las masas populares. De ahí las prolongadas y arduas luchas que hubo que librar para pasar del sufragio censitario al sufragio universal y de las cuales constituyó una de sus más altas expresiones el movimiento «cartista» de la Gran Bretaña. La transcendencia política que esas luchas tenían para el proletariado británico fue repetidas veces subrayada por Marx y, fallecido éste, generalizada después para aplicarla, con particular énfasis, a Alemania por Federico Engels en su famosa introducción a La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850 de C. Marx.

Por parte de la burguesía no es menos lúcida –en sentido opuesto– la concepción de algunos de sus más caracterizados ideólogos. Así cuando Benjamín Constant, en su tratado sobre Derecho Constitucional afirma que sólo los propietarios deben disfrutar de las libertades políticas ya que los trabajadores no tienen criterio, ni tiempo para adquirirlo, y por tanto, no pueden utilizarlas correctamente. O, en un sentido todavía más explícito, hasta incurrir en el cinismo, algunos de sus políticos como Thiers o Cánovas del Castillo. Así este último aseveraba... «lo que principalmente ha de dividir en lo sucesivo a los hombres, sobre todo en nuestras sociedades latinas.... no han de ser los candidatos al trono, no ha de ser siquiera la forma de gobierno: ha de ser más que nada esta cuestión de la propiedad no queda otro elemento que el de los propietarios, capaz de constituir gobiernos adecuados al presente orden social. Porque inútil es desconocerlo: donde quiera que no tenga éste confiada su conservacíón y dirección a la propiedad de la tierra y al capital heredable, es decir, a la riqueza, en sus condiciones de hoy, la pendiente natural de los hechos lógicamente llevará al socialismo, al colectivismo, al comunismo... El tal dogma de la igualdad no es dogma, sino sofisma y error notorio. A mí nada de esto me encuentra en contradicción, pues que tengo la igualdad por antihumana, irracional y absurda, y a la desigualdad por un derecho natural. Imparcialmente considero, sin embargo, a la democracia comunista... por cosa, aunque falsa, grave, formal; más la democracia individualista, en cambio, me parece sólo un delirio ridículo. Su sufragio universal, y el comunismo o socialismo, significan para mí una misma cosa con distintos nombres. El sufragio universal y la propiedad, son antitéticos, y no vivirán juntos, porque no es posible, mucho tiempo. El individualismo democrático que pretende juntar y hacer compatibles ambas cosas, científica y prácticamente quedará bien pronto desacreditado (...) ...Cuando las minorías inteligentes, que serán siempre las minorías propietarias, encuentren que es imposible mantener la igualdad de derechos con ellas a la muchedumbre; cuando vean que la muchedumbre se prevale de los derechos políticos que se les han dado para ejercer tiránicamente su soberanía; cuando vean convertido lo que se ha dado en nombre del Derecho en una fuerza brutal para violentar todos los demás derechos; cuando vean que todo lo inicuo puede aspirar al triunfo con la fuerza desencadenada por los apetitos sensuales; cuando eso vean, buscarán dondequiera la dictadura y la encontrarán» {8}.

Si estas actitudes se producían entre los ideólogos y políticos de la burguesía en la etapa del capítalismo premonopolista –cuando los riesgos de la democracia para el poder de las clases dominantes eran sólo potenciales–, como es lógico, se agudizan en la fase del capitalismo monopolista cuando entra en crisis general el propio sistema capitalista. Se produce entonces, para la clase dominante, la posibilidad de dos opciones:

a. Erradicar la democracia imponiendo, mediante el fascismo, las formas más brutales de su dictadura de clase. Es esta la respuesta típica de la oligarquía monopolista cuando su poder sufre una crísis de hegemonía y sólo se manifíesta, en forma de terrorismo de Estado, su elemento coercitivo.

b. Restringir la democracia, mediante un proceso de erosión de su contenido popular, que no sólo se manifiesta mediante la manipulación de los procedimientos electorales sino también a través de la creciente pérdida del peso político del poder Legislativo que transcurre paralelamente con un inusitado reforzamiento del poder Ejecutivo. Con ello pierden relevancia las instituciones representativas, elegidas directamente por el pueblo, en beneficio de organismos estatales que son condicionados y manipulados con menor dificultad por el gran capital.

Para Ribó, consolidar la democracia y las libertades, para proporcionarles un nuevo contenido, tiene que significar todo lo contrario de ese vaciamiento de la democracia. Las cámaras elegidas no tienen por qué ser organismos de refrendo o de revisión a posteriori de la acción del Gobierno sino que han de constituir la pieza fundamental, el eje central del edificio constitucional con el fin de poder dirigir y controlar completamente la acción de gobierno de la sociedad.

Evidentemente, no se trata de volver a incurrir en el unilateralisrno parlamentario que, en general, ha caracterizado a la socialdemocracia. No todo puede solucionarse a través del Parlamento, pero éste tiene que recuperar su función fundamental de control del juego democrático representativo y a él deben someterse las restantes instancias del ordenamiento constitucional, en especial el Gobierno. Simultáneamente es preciso desarrollar todas las vías posibles de relación entre el Parlamento, cámara directamente elegida por el pueblo, y la vida social. Según Ribó, la participación en las elecciones, con el fin de conseguir unas instituciones plenamente representativas, significa también enriquecer la ligazón que transcienda el momento electoral en que las masas depositan su voto en las urnas participando directamente en el juego democrático. Se suscita así una cuestión crucial para toda estrategia eurocomunista: la de cómo lograr que la relación entre las instituciones parlamentarias y las masas se establezca a todos los niveles mediante el Parlamento estatal, las instituciones autonómicas regionales, los municipios, &c., con el fin de que se pueda ejercer constantemente la función de control del Gobierno por medio de los mecanismos institucionales y la presencia de las movilizaciones y de las reivindicaciones de las masas. Muy acertadamente –en esta primera aproximación a tan crucial temática curocomunista– el profesor Ribó asevera que ya es posible darse cuenta de que democratizar el Estado, incrementar la participación en los aparatos del Estado, no es tan sólo un problerna de Derecho, de perfeccionamiento más o menos gradualista de dichos aparatos, sino que se trata de un problema de trifoque de clase del poder político, de reorientación de este poder hacia las nuevas necesidades que plantea la transformación de la sociedad. Es de apreciar que Rafael Ríbó, frente a la proliferación de tantas concepciones formalistas de este problema, que se caracterizan por su superficialidad epidérmica, haya tenido el rigor de plantearlo desde la única coordenada factible auténticamente marxista: La de su enfoque de clase.

Partido de lucha y de gobierno

8. A título de síntesis, de toda esta parte de su obra dedicada a Leninismo: Estado, libertades, democracia, Ribó se plantea de nuevo –pero con mayor profundidad– la problemática, no forzosamente dicotómica, de partido de lucha y partido de gobierno. A su juicio, y desde una perspectiva revolucionaria, el uso más adecuado que puede hacerse de la democracia viene definido por la concepción sintética, frecuentemente incomprendida, de esa doble vertiente de los partidos eurocomunistas. No se trata de crear dos partidos en el seno de un mismo gobierno, ya sean diputados, consejeros regionales, concejales o futuros ministros, y que, por otra parte, otros militantes se dediquen a las tareas de lucha, como si fueran la coctelera del partido, los encargados de agitar. En esta concepción no dicotómica sino dialéctica, es desde cada uno de los puestos de trabajo de los militantes o simpatizantes donde se puede desarrollar esa doble faceta del partido. Así los diputados, que están ejerciendo sus labores de gobierno en una acción legislativa, también están luchando por determinadas reivindicaciones. Igualmente, el militante que en una fábrica está luchando contra unas injusticias laborales, o en una escuela, contra una enseñanza privada y selectiva, ofreciendo una alternativa al problema, cumple la misión de lucha reivindicativa contra la injusticia y la labor de gobierno, en tanto que propone soluciones, alternativas, &c. No son, pues, dos concepciones incompatibles, la lucha y el gobierno, más bien todo lo contrario, han de saberse fundir en una sola concepción, en la síntesis que es el partido.

No se puede olvidar que los partidos que actúan en la sociedad política, participando en sus diversas instituciones, emanan a su vez de los distintos sectores sociales que constituyen la sociedad civil, y lo que se pretende es, precisamente, cerrar el abismo que se crea en el liberalismo entre la política y la vida social y económica. Ribó considera también que se debe partir de la idea elemental de que todo es política y que se actúa políticamente en cada una de las acciones cotidianas: por ejemplo, haciendo frente a un expediente de crisis; luchando por una planificación urbanística democrática, reivindicando una sanidad para todos. Y que la política se hace tanto dentro de una institución formal como en el trabajo de masas o en una institución social.

En tal concepción dialéctica de un partido de masas de nuevo tipo, a la vez de gobierno y de lucha, éste no puede limitarse ya a ser tileramente crítico o testimonial sino que debe asumir seria y responsablemente la defensa de los intereses populares en el seno mismo de las instituciones propias de la sociedad política. A su vez, y en una fase ulterior, partido de gobierno significa plantearse la gestión global de la sociedad, en la perspectiva de las fuerzas progresistas y de la transformación de las relaciones de producción para instaurar el socialismo. Esta concepción significa pasar de la fase de denuncia, de la fase de señalar las injusticias y de reivindicación pura, a la fase de gobierno, penetrando en los aparatos del Estado para transformarlos y desde ellos contribuir a la transformación de la sociedad.

9. El profesor Ribó no se plantea en esta obra un análisis detallado del problema de la transformación de los aparatos del Estado, en una perspectiva socialista que constituiría la culminación de un proceso de profundización de la democracia. No obstante, formula algunas sugerencias que podrían constituir una especie de índice temático para un desarrollo teórico posterior. En síntesis propone:

1º. Hay que penetrar en el Estado con una ideología democrática y socialista y erradícar la ideología fascista y la práctica administrativa autorítaria de los aparatos del Estado.

2º. Habrá que ir ocupando progresivamente los lugares más importantes en la dirección de los aparatos del Estado, siguiendo siempre la estricta voluntad de la mayoría electoral, para lo cual es necesaria una mayoría a favor de la democracia y el socialismo.

3º. Habrá que transformar los aparatos del Estado, para ponerlos al servicio de la causa socialista. Dicha transformación deberá también incluir, además de su neutralización, los aparatos coactivos más reservados, para evitar que se pongan eventualmente en acción contra la voluntad mayoritaria de construir el socialismo. La transformación de los aparatos del Estado consiste básicamente en proporcionarles un nuevo sentido y orientación, en lugar de utilizarlos tal y como han sido heredados.

Es indudable que se trata de tareas que no sólo ofrecen una gran dificultad para su necesaria teorización sino que, en buena parte, ésta no podrá ser resuelta más que sobre la base de la propia práctica social. Sin embargo, Ribó sí proporciona una orientación acerca de la perspectiva global desde la que deberá ser afrontada esa teorización y práctica social. Para él, partido de gobierno no significa sólo un partido que se preocupa por ocupar cargos formales en la dirección de Estado sino que significa un partido que es capaz de ofrecer una orientación global al desarrollo de la sociedad, buscando fórmulas nuevas de relación politico-democrática. En este sentido no considera utópico afirmar que las conquistas de hoy, las alcanzadas por esta acción de gobierno, son ya pasos hacia el socialismo que resultan evidentes. Según Ribó, encontrar salidas concretas a los problemas sociales permite eludir la dinámica esclerotizante de los que afirman que sólo «cuando venga el socialismo» podrán resolverse los problemas. Se empieza a construir el socialismo precisamente en la afirmación del partido de gobierno que ofrece soluciones para el conjunto de la sociedad. Dichas soluciones han de ser programadas con la orientación de un avance gradual hacia el objetivo fundamental, es decir, hacia la transformación de la sociedad. Como es obvio, esta orientación no garantiza sin embargo frente a los riesgos eventuales tanto de un golpismo reaccionario procedente de la clase dominante –cuando ésta considere que se está a punto de alcanzar el punto de no retorno del sistema– como de una socialdemocratización provocada por la posibilidad de que el gradualismo, y la propia lentitud del ritmo de transformación social, puedan desdibujar el presunto objetivo final a alcanzar.

Para el profesor Ribó, la otra vertiente de la cuestión que no está en contradicción con la anterior sino que, por el contrario, es perfectamente compatible con ella, es la de un partido de lucha. Este debe conseguir consolidar las instituciones democráticas formales y sociales junto con el movimiento asociativo, representando los intereses y las reivindicaciones de la mayoría de la sociedad. El concepto de partido de lucha pone en entredicho las formas burguesas clásicas de la política, puesto que se propone transformarlas con la plena fusión de los representantes con los representados. Un partido de lucha reafirma, ante todo su autonomía con respecto al Estado, por numerosos que sean los cargos que se ocupen en el Estado. No se trata solamente de ocupar el Estado con el fin de gestionarlo (tal sería la solución socialdemócrata de la República Federal Alemana), ni se trata tampoco de ocupar el Estado para reconvertir el partido en un partido de Estado, en un sentido burocrático.

Partido de lucha que tiene por objetivo principal organizar el movimiento democrático de masas para impedir el resurgir del fascismo, para avanzar hacia una democracia de nuevo tipo, que no pueda retroceder. Pero también para ir adelante, más allá de la democracia electoral y representativa, para no caer en la concepción democrática de «consorcios», de pura aceptación del liderazgo, como es el caso de los EE. UU. y, de forma creciente, en las sociedades más industrializadas, donde la democracia ya no es un juego de partidos y de ideologías sino un juego entre los gobernantes y los gobernados, que cambian a éstos cada cinco años y no por motivos ideológicos o políticos sino tan sólo como equipos de recambio, dado el desgaste sufrido por los que han gobernado.

Como partidos de lucha, los partidos eurocomunistas deben estar presentes en todas las instituciones de la sociedad civil. Y no de una manera formal, como meros mediadores entre ésta y la sociedad política, sino a través de una vinculación orgánica con los movimientos de masas que permita impulsar la concepción de que la democracia representativa debe ser complementada por la democracia directa o de base. En ese sentido, se puede compartir con Pietro Ingrao la concepción de que la función y el porvenir del partido político moderno se realizan actualmente en su capacidad para expresar síntesis de masas que sean capaces de unificar no al nivel de una vanguardia iluminada o de una casta burocrática, sino de las grandes masas protagonistas. Para lograrlo, es preciso que el Partido sea capaz de llegar a todos los sectores no monopolistas de la población para interesarse por sus problemas, ofrecerles alternativas, estimularles, educarles y ofrecerles la orientación y ayuda que les permita autoorganizarse para luchar mejor por sus reivindicaciones.

En ese sentido es necesario también organizar socialmente a las masas para enraizar el poder político con las instituciones mediante las elecciones y la progresiva ampliación de la alianza que ha de conducir al socialismo. Y en el seno del partido es necesario igualmente tener en cuenta el movimiento democrático de masas, para superar, precisamente, el peligro de que el partido tan sólo proporcione soluciones inmediatas, reduciendo el partido al trabajo de sus dirigentes, que pueden establecer grandes pactos superestructurales, pero desconectados de los movimientos de masas. Según señala acertadamente Ribó, así se evitará que el partido olvide sus programas, sus ideas, y que sólo vaya a la ocupación, puramente de gestión, de los cargos de gobierno. Precisamente, la organización de los movimientos de masas, con el planteamiento constante de sus reivindicaciones, hace posible que la primera vertiente, la de gobierno, se inspire constantemente en la idea de transformación de la sociedad. Este es el único sentido que se puede proporcionar a la participación democrática, a la utilización de las libertades: una profunda fusión entre la democracia representativa y la democracia de base o del movimiento de masas. Dicha fusión se llevará a cabo necesariamente por medio de una progresiva gestión social de todas las instancias de la sociedad, y por una verdadera superación y extinción de los poderes y valores reaccionarios, con el fin de alcanzar el socialismo.

10. Empero no debemos engañarnos, esta estrategia, aparentemente tan racional, no está exenta de dificultades y el profesor Ribó es consciente de su magnitud. Sin embargo considera que pueden ser superadas consiguiendo la hegemonía inaudita que preconizaba Gramsci.

Esta supone lograr la penetración de todos y cada uno de los aparatos del Estado, sobre todo de aquellos que tienen más fuerza coactiva y que, por tanto, pueden ser instrumentalizados contra los intentos populares de avanzar hacia el socialismo. No es casualidad, por ejemplo, que la burguesía organice tan aisladamente cuerpos especiales de ejército o de policía para evitar precisamente esa penetración, que puede darse mejor en aparatos secundarios del Estado (por ejemplo, policía municipal, tribunales, &c.). La penetración será más costosa cuando sea necesario desmontar aquellos aparatos, tan especializados y de tanta fuerza coactiva, que se van creando en el seno del Estado burgués. Por ello una carga de hegemonía inaudita y la tremenda penetración en los aparatos del Estado son las formas más idóneas, en las sociedades industriales avanzadas, para reforzar el elementó de dominación democrático y hacer frente a cualquier intento de contragolpe. Por ello Ribó, apoyándose en una tesis de J. Sempere {9}, considera que el proceso constituído por la opción de una vía democrática al socialismo no será lineal sino que supondrá numerosos saltos y no se podrá asegurar la transición en una sola batalla definitiva. Es de prever que la reacción de la clase dominante irá suscitando dificultades e intentará el contragolpe en diversas ocasiones a lo largo del proceso. Sin embargo, la organización creciente del movimiento de masas y la progresiva transformación de los aparatos del Estado son precauciones indispensables para hacer frente a tales eventualidades. En ese sentido, el profesor Ribó concluye esta parte de su trabajo precisando que el proceso de revolución de la mayoría no es ni sencillo ni de instantánea realización. Es un proceso de acumulaciónn de fuerzas para abordar el problema definitivo de la dominación en las mejores condiciones. Sería un absurdo confundir todos esos elementos mediante una precipitación artificial y la prisa electoral, poniendo erróneamente énfasis tan sólo en el rápido crecimiento del porcentaje de votos. No es cuestión ni de tantos por ciento ni de velocidad. Es, principalmente, cuestión de cambio de valores y de arnpliar la participación democrática en el control de toda la sociedad.

Sin subestimar el esfuerzo realizado por el profesor Ribó, tendente a precisar, sin pretensiones de exhaustividad, un proceso de profundización de la democracia que culmine en el socialismo, los resultados conseguidos sólo constituyen una tentativa, más o menos lograda, de exploración inicial de tan compleja y difícil temática. No suponen tampoco una garantía –ni aún en el campo teórico– de que una estrategia política basada en la posibilidad de una vía democrática al socialismo vaya a culminar satisfactoriamente en un futuro previsible. Ahora bien –salvo que se susciten situaciones catastróficas en el ámbito internacional– tampoco son previsibles actualmente otras alternativas revolucionarias en Occidente, ni en el ritmo ni en la forma, que sean más satisfactorias y realizables que las propugnadas por el eurocomunismo. Precisamente este constituye una de las lagunas de la obra de Ribó que venimos comentando: no haber desarrollado complementarlamente este tipo de argumentación.

II. Notas sobre la Democracia interna de los partidos comunistas

1. Este es el título de la segunda parte del libro de Ribó, que venimos reseñando, aunque en la práctica, sólo le dedica la cuarta parte de su extensión. No obstante, esta menor dimensión resulta compensada por una mayor condensación argumental. Es también la que contiene una mayor carga de intencionalidad política, como muy significativarnente se refleja en el título general de la obra.

Habiendo ya trazado, en la primera parte de su trabajo, las líneas generales tanto de los objetivos sociales del eurocomunismo como de su estrategia política, se plantea seguidamente Ribó el estudio del instrumento que ha de impulsar la realización del proyecto. Según el autor –Y en ello coincide plenamente tanto con Lenin como con Gramsci– en el mundo moderno, el instrumento político más importante, el sujeto político por excelencia, es el partido político. De ahí que considere necesario analizarlo no sólo como una cuestión de método o de personas concretas, sino según la adecuación del instrumento a las premisas de la concepción revolucionaria. En el caso concreto de los partidos eurocomunistas, este problema se plantea generalmente como el de la adecuación entre el proyecto estratégico de una vía democrática al socialismo y el grado de democracia interna que en la práctica organizativa alcanzan esos mismos partidos. En ese sentido consideramos acertada la opinión de Ribó cuando señala que se trata de problemas que, especialmente los organizativos y los de orden interno, no pueden resolverse acudiendo simplemente a los estatutos y a otras normas orgánicas del partido. Tampoco es suficiente para resolverlos las soluciones politico-administrativas. En definitiva, Ribó considera que los estatutos, las formas orgánicas y las decisiones político-administrativas tienen que estar al servicio del proyecto revolucionario y del colectivo capaz de llevarlo a cabo.

En este sentido, un gran acierto de Ribó, estriba en su actitud de no rehuir hacer frente al conocido argumento sobre los riesgos que para los partidos comunistas supone el plantear el problema de la democracia interna. Sin desconocer la existencia de una propaganda distorsionadora de ciertos medios de comunicación, siempre dispuestos a sumarse con entusiasmo al resurgir de un visceral anticomunismo, se puede considerar que la necesidad de una clarificación teórico-práctica de esta problemática compensa sobradamente tales riesgos. Sobre todo si el debate se mantiene en el campo de la racionalidad política y con las reglas propias de un centralismo democrático no diluido o burocratizado. También si el debate, por duro y contradictorio que sea, se mantiene en el seno de los correspondientes organismos del partido sin pretender utilizar los medios de comunicación ajenos a la organización como ariete con el que arremeter contra quienes sustenten tesis u opiniones distintas. Esto último es enteramente inadmisible para militantes que sean conscientes –independientemente de lo correctas que puedan resultar sus razones– del deterioro que ante la opinión pública puede sufrir la imagen del partido como consecuencia de tales prácticas.

Con esta concepción no se pretende favorecer actitudes herméticas, de los órganos de dirección de los partidos comunistas, o rehuir a la opinión pública el conocimiento de las pugnas ideológicas, tácticas o estratégicas que puedan producirse en el seno de tales partidos durante la fase de discusión previa a la adopción de acuerdos que constituyen parte integrante de su voluntad colectiva. Por el contrario, compartimos el criterio de Ribó cuando propugna que todos los partidos eurocomunistas sigan el ejemplo del P.C. Italiano al publicar regularmente la versión íntegra de los debates de su Comité Central. Sin embargo, tampoco podemos desconocer que la aparición de manifestaciones y escritos de militantes comunistas criticando la actuación de los organismos de dirección del partido, en medios de comunicación ajenos a éste, sirve objetivamente a una finalidad muy distinta que la de la necesaria transparencia de los debates comunistas. Con independencia de la presunta honestidad subjetiva inicial de quienes así proceden, generalmente esas manifestaciones críticas resultan parciales, esquemáticas, superficiales o, en todo caso, insuficientemente matizadas para que el preceptor pueda formarse un juicio objetivo. Desgraciadamente, a veces, tampoco superan este subjetivismo los comunicados oficiales que constituyen la réplica o puntualización a tales críticas. En todo caso, frecuentemente, el balance de tales procedimientos suele ser desfavorable para la imagen de los partidos comunistas –no sólo ante una genérica opinión pública sino también específicamente ante las masas populares– a causa de la incidencia sobre el debate de factores externos a su propia dinámica. En condiciones normales, ese debate sería ya negativo para cualquier partido político que sufriese un proceso semejante y no están lejanos ejemplos concretos que lo podrían ilustrar. Empero, en el caso específico de los partidos comunistas esa negatividad se multiplica a causa de los estereotipos que en la opinión pública han sedimentado décadas de propaganda fascista y el clima todavía no muy lejano de la «guerra fría». En España tal proceso se agudiza todavía más por el bajísimo nivel de formación política ciudadana que ha dejado como secuela el franquismo y por los renovados esfuerzos para aislar al P.C.E. en los que concuerdan, a pesar de sus diferencias, otras fuerzas políticas. Y es que tampoco puede olvidarse que estos debates y pugnas políticas no tienen lugar en abstracto sino en el seno de una lucha de clases que –a pesar de los intentos de enmascararla– se manifiesta cotidianamente en los más diversos aspectos de la actividad económica, política y cultural del país. Por ello suscribimos plenamente la opinión del profesor Ribó cuando precisa:

«Pero es cierto, también que hay otras limitaciones en este debate, que correría el grave riesgo de convertirse en algo abstracto si no las tuviéramos presentes. La discusión no puede hacerse ni fuera de la lucha de clases, ni al margen de la historia concreta de la sociedad donde se desarrolla un partido ni de la historia del propio partido. De esta constatación se deriva saber que la democratización interna de un partido no podrá realizarse de forma instantánea y automática con un sólo esfuerzo, sino que será siempre un proceso dialéctico, íntimamente ligado al proceso de democratización de la sociedad» {10}. Es precisamente el desconocimiento de estos condicionamientos del debate uno de los factores que más negativamente pueden incidir en el mismo. Es muy frecuente que algunos militantes –sobre todo los de incorporación relativamente reciente, que no han experimentado como vivencias propias la historia del partido– se empecinen en conseguir que ese necesario proceso de democratización interna tenga lugar en esa forma instantánea y automática. Con ello no sólo reflejan su inmadurez política sino que no han adquirido suficiente formación marxista para comprender el carácter dialéctico de tales procesos políticos que precisamente impide la realización inmediata de sus legítimos anhelos. También es frecuente que algunos militantes desconozcan en la práctica esa incidencia de la lucha de clases en el proceso de discusión interna. Olvidan que actualmente los partidos comunistas, sin perder su condición de partidos de clase, abarcan un arnplio espectro sociológico, lo que supone también cierta heterogeneidad de opiniones en el seno de los puntos de vista comunes, pudiéndose en consecuencia gestar en ellos corrientes de opinión que eventualmente pueden cristalizar –si no se aplica adecuadamente el centralismo democrático– en tendencias más o menos organizadas. Incluso, a veces, se produce una defensa abierta de la necesidad de tales tendencias por no comprender que con ello se contribuiría a romper o debilitar la imprescindible unidad de voluntad y de acción que caracteriza a los partidos comunistas. Empero, como la práctlca social ha demostrado, sin esa unidad un partido comunista degeneraría en un conglomerado inoperante de grupúsculos y camarillas. El riesgo de socialdemocratización que ello implica puede tener –sin que al prevenir sobre tal peligro incurramos forzosamente en reduccionismos sociológicos mecanicistas– su raíz social en la diversidad de ese amplio espectro sociológico. Sin embargo, tales riesgos pueden ser adecuadamente neutralizados no sólo mediante la simple aplicación de las normas del centralismo democrático sino, sobre todo, a través de un proceso de homogeneización ideológica logrado como culminación de un amplio y libre proceso de discusión que sintetice a un nivel superior distintas opiniones que coinciden en un objetivo común.

En definitiva, las limitaciones de este debate se insertan también en un dificíl proceso global muy bien sintetizado por J.F. Plá en su obra El bloque histórico hacia el socialismo al precisar que «La gestación del eurocomunismo es lenta y obligadamente dificil. Entre una socialdemocracia inequívocamente no revolucionaria pero generalmente mayoritaria entre los trabajadores de los países industrializados, y la realidad de unas sociedades que han abolido el capitalismo y en cuyo desarrollo se manifiestan deformaciones de bulto, no se encuentra el camino así ,como así, máxime en el caso de partidos que tienen su propia historia y sus estructuras concretas que también han de pasar por un examen autocrítico, y que tienen que hacerlo con la mayor rigurosidad pero teniendo muy en cuenta que el resultado ha de rescatar para las nuevas posiciones al conjunto de sus miembros y a la organización en sí como instrumento revolucionario válido. Esto, que comporta servidumbres evidentes, parece sin embargo totalmente claro. Cualquier dirigente de partido que en el empeño se quedara sólo, aislado dentro de su organización, de poco serviría para la transformación teórica y organizativa que se aborda. Con ello hay que contar a la hora de enfrentarse al ritmo de evolución de los partidos y al intentar resolver las dificultades que se derivan de estas circunstancias» {11}.

Ahora bien, a pesar de ser consciente de tales dificultades Ribó no lo es menos de la necesidad de impulsar decididamente la democracia interna de los partidos comunistas. Incluso considera que ésta debe ser superior al nivel que en cada momento se haya alcanzado en la democratización de la propia sociedad, ya que la democracia interna es necesaria para el eficaz funcionamiento de estos partidos y para nivelar tales partidos con los movimientos de masas con un sentido transformador. Según él, conseguir una verdadera democracia ínterna es clave de la capacidad para hacer del partido comunista un instrumento de transformación hacia el socialismo. Partiendo de la conocida definición de Umberto Cerroni, considera que el necesario papel mediador de un partido comunista debe concretarse en el programa y en la organización. Ha de hacer de mediador entre las masas y los valores dominantes, con un programa que defina una alternativa de transformación y debe hacer también de intermediario entre las masas y su praxis diaria en sus centros de trabajo, en las escuelas, en los barrios, en los centros sanitarios, &c. con una proposición organizativa para orientar todos los movimientos que desde estos centros sociales servirán para transformar la sociedad.

2. Tomando de Togliatti la concepción de partido de nuevo tipo, Ribó considera que se puede lograr el instrumento preciso tanto para obtener un nuevo tipo de organización que se adapte a distintas situaciones cambiantes como a una concepción de revolución de la mayoría. En esta nueva forma de organización, no obstante conservarse y desarrollarse los principios leninistas del centralismo democrático, se avanza hacia una concepción organizativa menos estrecha y rígida y, por lo tanto, capaz de hacer frente a las nuevas necesidades orgánicas que el desarrollo de varias décadas de práctica social había impuesto. Será nuevo en dos grandes vertientes:

a) En su relación orgánica entre una política que exprese la nueva función dirigente de la clase obrera respecto a todos los problemas de la sociedad.

b) En la relación orgánica que exprese un nuevo tipo de actuación entre las masas y a partir de los movimientos de masas. Será un partido de masas, en tanto que, de forma consciente, supere la visión del partido revolucionario reducido, militante, pero también la visión del partido dominante hoy en el mundo como estructura numérica masiva, pero sin una participación activa de los militantes. Por nuestra parte, consideramos que un partido comunista de masas no por el hecho de serio pierde su condición de intelectual colectivo. Pero a su vez el partido sólo puede devenir intelectual colectivo si sus militantes no se limitan a ser meros ejecutores de una línea política elaborada por la dirección para constituirse en elaboradores y aplicadores creativos de una estrategia y táctica política que sea producto del esfuerzo colectivo. Estos rasgos del centralismo democrático constituyen la mejor garantía frente a los riesgos del centralismo burocrático.

Sintetizando, en este aspecto, su propia opinión, Ribó estima que los partidos de masas de tipo revolucionario que se plantean la transformación de la sociedad tendrían que superar esa visión masificadora de los partidos –la de masificación sin participación activa– mediante el desarrollo de la acción consciente de todos sus militantes y, al mismo tiempo, de su acción autónoma dentro de los movimientos de masas que complementan el juego político de las instituciones representativas. Sería entonces cuando en los partidos de masas se podría hablar de una verdadera organización consciente y de una disciplina aceptada por todos los organizados, en tanto que se produce este tipo de dirección no masificadora sino de incremento en la participación.

Matizando, incluso todavía más, esta concepción Ribó precisa que la participación específica debe ser uno de los hechos definitorios del partido de masas. El concepto de partido de masas no expresa la idea de muchos militantes en cuanto a número, partido de masas no quiere decir exclusivamente partido de miles de militantes. Este concepto define principalmente la conexión de implantación del partido en los movimientos de masas. Y en la medida en que los represente y los oriente será un partido de masas. El partido de nuevo tipo, y partido de masas, tendría también que tomar la iniciativa constante en todo debate que se plantee en la sociedad y en toda acción que se derive de aquellos debates sobre cualquier proyecto político. Según esta concepción será necesario conciliar la dimensión de partido de masas, de trabajo e implantación en los propios movimientos de masas, con la dimensión de vanguardia, de orientación y de dirección de la sociedad, adelantándose al surgimiento y a la explicación de los fenómenos sociales.

Si democratizar un partido en su vertiente reflexiva, como lo es su programa, y en su vertiente activa, como es en la organización, implica analizar el procedimiento que se sigue en los debates y en la acción, conviene tener en cuenta algunas experiencias que se deducen de procesos similares ya realizados o en trance de realización Con ese propósito, Ribó enuncia algunos obstáculos o defectos tradicionales que deben superarse:

1) En las discusiones se tendría que superar aquella forma de trabajo que pone punto final al diálogo cuando el dogma, bien sea de Marx, de Lenin, de Gramsci, de cualquier autor, sea el dogma de cualquier fórmula que aunque ya no se sepa de quien es, de tan repetida queda como hecho incuestionable no posible de superar. Nunca se enriquecerá la discusión si queda cerrada a golpes de dogma, a golpe de citas reverenciales. Y en ocasiones, en algunas de las posiciones denominadas «leninistas» se hallaba escondido algo de dogmatismo, de citas reverenciales y había el temor de perder estos dogmas y estas imágenes reverentes.

2) Superar la burocracia, o sea, el funcionamiento de un partido basado, principalmente, en la voz de aquellos que son sus burócratas, lo cual no quiere decir, ciertamente, sus profesionales. Para Ribó la profesionalización no comporta necesariamente la burocratización y además hay militantes que no están profesionalizados y, en cambio, están totalmente burocratizados, porque se toman el trabajo del partido como una mecánica cotidiana, sin imaginación, sin capacidad para enriquecer su acción politica, sin admitir la discusión, siguiendo tan sólo las directrices y las consignas. Según el autor habría que revisar el problema de la burocratización desde el punto de vista político, ya que los profesionales forman el vértice de la estructura piramidal del partido y la dirección de éste podría caer en el hábito de utilizar a los profesionales para asegurar una determinada orientación y la reproducción de la línea oficial. La constante exigencia de responsabilidad política en todos los cargos, profesionales o no, y la posibilidad de revocarlos, incluso los ocupados por profesionales, ayudaría a paliar esos defectos y tendrían que ser mecanicos indispensables en todos los organismos políticos.

3) El problema de la democracia interna plantea la necesidad de superar la falsa dicotomía «seguidista» y, al mismo tiempo, abandonista de los que separan partido y dirección, partido y base militante. Estas actitudes pueden ser provocadas por las irregularidades en el funcionamiento democrático, pero demasiado a menudo los militantes acostumbran a decir: «es que el partido no hace», «es que el partido deja de hacer», «es que el partido se equivoca»... &c., como si ellos estuvieran fuera de la estructura de un partido concreto. Si se trata de militantes. y se quiere comenzar a hablar de democracia interna es necesario abandonar esta concepción. No se pueden adoptar de entrada actitudes de espectador o actitudes defensivas, que se expresan a través de tales manifestaciones, sino que es necesaria una exigencia de participación que evite caer en la típica posición abandonista que sustenta la imposibilidad de transformar los mecanismos de dirección de un partido.

4) Debe evitarse el coyunturalismo en el debate. No debemos olvidar que, generalmente, se produce una acumulación de problemas a lo largo de un extenso período de tiempo de praxis viciada del centralismo democrático, y, en el caso español, se añaden los problemas acumulados por la salida de la clandestinidad. En consecuencia, se trata de una problemática que debe ser analizada en su conjunto, pero desde una perspectiva también histórica, y con frecuencia constituye un obstáculo para el debate el que el análisis nos lleve a conclusiones inmediatas que no tíenen en cuenta ni tal perspectiva ni tal acumulación de problemas.

5) Es imposible aprovechar democráticamente un debate si no está presidido por un responsable sentido de tolerancia Se cuenta que Togliatti recomendaba a los militantes la lectura del Tratado sobre la tolerancia de Voltaire. Con frecuencia escasea esta virtud cuando, en los partidos poco acostumbrados a este tipo de debate, se confunde la crítica política con la crítica personal. A pesar de que en ocasiones se personalice, es necesario saber separar lo que propiamente constituye el argumento a debate desde una perspectiva política y quien lo utiliza y contra quien lo utilice.

6) La línea política se discute tanto como sea preciso y se adoptan los acuerdos según los principios del centralismo democrático. Los mecanismos de sanción no deben utilizarse para dirimir conflictos sobre la línea política, sino que deben limitarse, en su aplicación, a casos graves y flagrantes de violación de la disciplina de partido.

7) Utilizar más la autocrítica, pero no en un sentido formal o ritual ni tampoco en el exclusivamente individual. Siempre se habla de autocrítica en este último sentido, cuando se facilita que alguien esté dispuesto a reconocer sus errores y lo haga ante todo un colectivo. Y no se habla de autocrítica cuando se refiere a toda una organización. Empero un partido, como decía Berlinguer, se equivoca y comete errores. Y como han dicho muchos pensadores marxistas, lo peor no es cometer errores sino no reconocer que se han cometido. Un proceso de debate colectivo (el partido como intelectual orgánico) exige una constante explicación de todos los cambios políticos, que sea asumida, por convencimiento, por parte de todos los militantes.

Ahora bien, para que la democracia interna de un partido sea completa ésta debe instaurarse no sólo en el nivel de la reflexión y el debate sino también del de la acción Ello suscita el problema de las tendencias, tanto si se denominan fracciones organizativas en la acción como si se llaman corrientes de pensamiento en la discusión. Estas últimas, las corrientes del pensamiento, es seguro que existen de facto desde el momento en que en un partido comunista hay una lógica diversidad de interpretaciones. El problema está en saber si esa diversidad de pensamiento se puede organizar y puede tener como consecuencia, también una pluralidad en la acción, ya sea en el proceso de discusión, actuando como tal pluralidad durante ésta, bien sea en el proceso de aplicación de la líneca política. La respuesta de Ribó –que compartimos plenamente– es negativa ya que, según él, organizar tendencias para la acción representaría la muerte de un partido revolucionario. No debe olvidarse que un partido comunista constituye un colectivo producido por un proceso de afiliación bajo la idea de la coincidencia ideológica global y de la unidad de combate. El debate a fondo, por medio de mecanismos democráticos, permite profundizar todas las cuestiones, pero para actuar como partido es indispensable la unidad en la aplicación de los acuerdos logrados. Si se permite la organización de tendencias –grupos de militantes organizados según su modo de ver las cosas a diferencia de otros militantes organizados también según su propio modo de ver las cosas diferente de los anteriores– se crean dos partidos en un mismo partido y así se disminuye gravemente la capacidad de acción colectiva que tiene un partido como tal.

Para justificar la existencia de tendencias –más o menos organizadas o cristalizadas– se ha argüido la necesidad de que en un partido se reflejen adecuadamente, a nivel de representación, la diversidad sociológica de sus militantes. A nuestro juicio, el profesor Ribó refuta convincentemente esa argumentación al precisar que el criterio representativo, aplicado así, sería un criterio individualista que no tendría nada que ver con la lucha de clases ni con la inserción (le todos los individuos, como tales, como miembros de una clase o como sin clase, en el movimiento de masas. En definitiva se trataría de la típica concepción socialdemócrata que ha acabado prevaleciendo en un determinado sector de los partidos de origen obrero. Por el contrario –tal y como preconiza Ribó– el concepto de democracia interna se puede desarrollar no a partir de ese pretendido pluralismo sino de la homogeneidad ideológica. El hecho de que los militantes participen de una unión ideológica común con una diversidad de matices enriquecedores ha de permitir desarrollar un debate mucho más profundo, libre y rico que el debate pluralista y contradictorio (por eso es pluralista) existente en la sociedad. Además ese propósito de democratización de los partidos eurocomunistas les transciende como tales organizaciones. Su finalidad no estriba en lograr la autoperfección organizativa sino en crear las condiciones para incidir mejor sobre la sociedad. Un partido no está constituido sólo por sus locales, no es una finalidad en sí misma, sino que constituye un medio para realizar el trabajo político en el seno de los movimientos de masas. En definitiva, un partido eurocomunista tiene que ser un instrumento que, a través de su propia democratización, potencie la democratización de toda la sociedad. Y la democratización interna se verá tanto más potenciada cuanto más se desbloquee el partido y más presente esté en las organizaciones de masas y en la autonomía de su funcionamiento. De este modo se revaloriza el concepto de militante, el concepto de partido de masas.

Es evidente que las propuestas del profesor Ribó –que hemos tratado de sintetizar– no constituyen un recetario infalible capaz por sí mismo de resolver tan ardua problemática. Sin embargo, consideramos que se trata de uno de los esfuerzos más serios, hasta ahora realizados, para plantear los problemas generados por el debate ideológico y la democracia interna en los partidos eurocomunistas y sistematizar mínimamente algunos de los elementos necesarios para su eventual solución. Aunque es cierto que en ésta entran también otros factores, y que no basta con lograr ciertos resultados en el plano de su clarificación teórica, –pues se trataría sobre todo de suscitar una praxis operativa en esa dirección– no por ello debemos dejar de valorar esta innovadora aportación del autor.

3. El profesor Ribó dedica, la parte final de libro a la temática de Ideología, Hegemonía y Cultura. Aunque algo esquemática –está condensada en 35 páginas– no por ello pierde la claridad expresiva que caracteriza al conjunto de su obra. Lamentamos, por razones de espacio, no poder dedicarle la atención que tan interesante temática requiere. En síntesis, Ribó sostiene con gran energía, y utilizando argumentos muy convincentes, la necesidad de que los partidos comunistas no subestimen la importancia que la lucha ideológica reviste en el campo cultural. Esta es fundamental para el logro de la hegemonía de la clase obrera, sin la cual no estaría en condiciones de cimentar el bloque histórico necesario para que la vía democrática al socialismo pueda realizarse. El proceso que ha de conducir a la renovación de la mayoría, a la progresiva transformación de las relaciones sociales, tiene como uno de sus ejes fundamentales ocupar los espacios ideológicos de la sociedad para ir sustituyendo los valores dominantes.

Ribó rechaza con igual energía la intrumentalización política de la cultura, en un sentido miopemente partidista, su reduccionismo y la infravaloración de la cultura que va implícita con el sentido practicista o pragmático de la política. No se puede desconocer que la lucha política tiene sus imperativos y sus necesidades cotianas. Tiene incluso un ritmo distinto al de la creación y reflexión ídeológico-culturales. Ahora bien, la diversidad de ritmos no significa una separación radical entre las dos labores, ni en el sentido personal u orgánico ni sectorial. La lucha política no tiene por qué ser antagónica con la organización y práctica de la batalla ideológico-cultural. Cuando se ignora, se menosprecia o se infravalora la labor ideologicocultural, que tiene una especificidad y un ritmo propios, la lucha política es presidida entonces por el inmediatismo más puro. Se afrontaría con instrumentos tácticos, con aquellas herramientas que se derivan de la pura praxis sin mucha necesidad de la reflexión, del debate de la abstracción ideológica. El pragmatismo, necesario en la labor política para hacer frente a problemas inmediatos y para salir de determinadas situaciones, practicado como un hábito constante no dejaría de ser, si se alejase de la reflexión, un hábito progresivamente analfabeto. El pragmatismo tomado de esta forma, para hacer frente a las situaciones, puede ser un pragmatismo cercano a la ignorancia de aquellos que no saben con profundidad ni la misma acción que están ejerciendo.

Subsiste, por último, el problema de la viabilidad del propio proyecto eurocomunista. Esta no puede ser garantizada «a priori» frente a los riesgos del golpismo, o de una eventual socialdemocratización que pudiera ser generada por el predominio de un tactismo reformista. No obstante en el eurocomunismo yacen latentes insospechadas reservas de energía revolucionaria que se pondrán en tensión a medida que las masas se vayan concienciando sobre la necesidad, y la posibilidad, de una revolución de la mayoría. A su vez, para que esta concienciación pueda producirse, es preciso que el énfasis en los medios no obscurezca el objetivo final consistente en una transformación revolucionaria de la sociedad. Por ello, si el elemento objetivo ha impuesto la necesidad del eurocomunismo, el elemento subjetivo debe contribuir, difundiendo lucidez sobre los fines, a que éste no pierda la perspectiva revolucionaria.

 

{*} Rafael Ribó, Comunismo hoy: debate ideológico y democracia interna. Prólogo de Christine Buci-Glucksmann, Editorial Bruguera, Barcelona 1979.

{1} Ambas publicadas en Editori Riuniti en 1977 y 1978 respectivamente. De la primera hay edición castellana bajo el título de Las masas y el poder, Editorial Crítica, Grupo Editorial Grijalbo, Barcelona 1978.

{2} Cfr. Nicos Poulantzas, Estado y poder en el socialismo, Editorial Siglo XXI, Barcelona 1979.

{3} Cfr. Pietro Ingrao, Masse e potere, Editori Reuniti, Roma 1977 Pág. 260.

{4} Rafael Ribó, Comunismo hoy; págs. 53 y 54.

{5} Ibidem, págs. 80 y 81.

{6} lbidem, págs. 81 y 82.

{7} Cfr. Elías Díaz, Legalidad-Legitimidad en el Socialismo Democrático, Ed. Civitas, Madrid 1978, que reseñamos en nuestro trabajo «Derecho y Socialismo Democrático», El Basilisco, núm. 7, Págs. 87 a 93,

{8} Antonio Cánovas del Castillo, Antología, selección de J.B. Solervicens, Ed. Espasa Calpe, 1941, págs. 57, 97, 99, 138 y 139 (citadas por R. Ribó en Comunismo hoy: págs. 70 y 71).

{9} Cfr. Joaquín Sempere, «L'eurocomunisme l'actual etapa d’acumulació de foces», Nous Horizonts, núm. 45-46. julio-agosto 1978.

{10} Rafael Ribó, Comunismo hoy, pág. 12 3.

{11} Cfr. Juan Francisco Pla, El bloque histórico hacia el socialismo, Ediciones de la Torre, Madrid 1978, pág. 14.

 

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