| El Basilisco (Oviedo), nº 20, 1996, páginas 3-46 | |||||
| El darwinismo visto desde el materialismo filosófico David Alvargonzález Oviedo | ||||||
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| § 1. Planteamiento de la cuestión.
Es relativamente fácil advertir la importancia que las ciencias tienen para la filosofía ya que, si la función actual de las ciencias, su función más característica, es la de constituir eso que llamamos realidad, entonces se entiende que una filosofía actual, cualquier filosofía actual, no pueda abrirse paso de espaldas a las ciencias (y decimos esto siendo perfectamente conscientes de que muchos profesionales de la filosofía académica están, sin embargo, de hecho, dando la espalda a las ciencias, cultivando un tipo de filosofía que cree poder centrarse en torno a un núcleo de problemas que se presentarían como intemporales, eternos). Sin embargo, la mayoría de ustedes no dedican su tiempo al estudio de problemas filosóficos y más bien se estarán preguntando si desde un enfoque filosófico (no científico) como el que estamos anunciando aquí se pueden discutir cuestiones y, eventualmente llegar a algún tipo de conclusiones, que puedan tener algún interés para las ciencias y para los científicos. Si nosotros aceptamos el encargo de dictar esta conferencia es porque suponemos que, de hecho, la dinámica interna de las ciencias no es completamente ajena a las discusiones filosóficas sobre esas ciencias y su historia (y esto lo decimos independientemente de que nosotros seamos capaces de suscitar aquí cuestiones de interés para la biología de hoy y para su historia pues esto depende solamente de nuestra mayor o menor competencia). Como ya hemos dicho, desde la perspectiva filosófica no se abordan directamente asuntos internos de las ciencias (pues entonces estaríamos abandonando esa perspectiva sui generis, filosófica, para convertirnos en biólogos, geólogos, físicos, matemáticos, &c.): la tarea de evaluar si una teoría propuesta es verdadera en la inmanencia de un determinado campo científico es una tarea interna a ese campo y, por tanto, una tarea que habrán de resolver los propios científicos. Sin embargo, se adopta, de hecho, ineludiblemente, una perspectiva filosófica (más o menos espontánea, más o menos elaborada, más o menos consciente) siempre que se discuten los problemas del estatuto gnoseológico de una teoría pues esa discusión exige el análisis comparativo de las verdades constituidas en ciencias diferentes para poder clasificarlas y diferenciarlas (para poder llegar, por ejemplo, a concluir que no es lo mismo la verdad de la mecánica de Newton que la verdad de la teoría de la personalidad de Freud). Incluso dentro de una misma ciencia no todos los teoremas tienen el mismo estatuto gnoseológico: la mecánica de Newton construida en un contexto local de dos cuerpos graves (donde alcanza su máxima cientificidad) no tiene el mismo estatuto gnoseológico que las teorías de la Gran explosión caliente, aunque éstas estén hoy de moda y en una versión dogmática, mítica, sean más conocidas que la propia mecánica clásica. La moda es, en todo caso, un proceso sociológico con sus propias leyes, un proceso que tiene cierta independencia frente a las discusiones acerca del estatuto gnoseológico de las verdades: así se explica que la frenología gozara de gran predicamento durante buena parte del siglo pasado sin perjuicio de su falsedad. Creemos que la discusión gnoseológica (la clasificación de los diferentes teoremas de las diferentes ciencias) es pertinente cuando se hace historia de una ciencia (y es imprescindible cuando se hace una historia filosófica de la ciencia) y, si esos tramos de la historia de la ciencia están integrados internamente en la ciencia de hoy, como es el caso del darvinismo en la teoría sintética, entonces la discusión histórica afecta al estatuto gnoseológico de la ciencia actual. En nuestro caso, es imposible hacerse un juicio acerca de El origen de las especies, sin hacérselo también de la obra de Dobzhanski, Genetics and the Origin of Species (Dobzhansky, 1937), o de Mayr, Systematics and the Origin of Species (Mayr, 1942) y, recíprocamente, el resultado de la discusión gnoseológica de la teoría sintética de la evolución influirá de manera directa sobre nuestra interpretación (histórico filosófica) acerca del lugar de Darwin en la historia de la biología. Pero todas estos juicios dependen, a su vez, del análisis comparativo de las verdades biológicas frente a las físicas, las matemáticas, las culturológicas, &c.: esa perspectiva que exige analizar comparativamente las ciencias no sería ya, ella misma, una perspectiva científica sino filosófica y, sin embargo, es ésta una perspectiva que, con todas sus dificultades, si es ejercitada de manera adecuada, puede dar lugar a resultados (por precarios que sean) de interés para las propias ciencias. El necesario dogmatismo que acompaña a la enseñanza de las ciencias en nuestras facultades presenta las ciencias como sistemas doctrinales y oculta muchas veces la realidad de unas ciencias en marcha, infectas, donde no todos los teoremas estudiados son teoremas efectivamente demostrados, y donde necesariamente se infiltran ideas filosóficas de valor desigual (por ejemplo, las Ideas de Causa, de Realidad, de Verdad, de Pasado, de Naturaleza, de Mundo, &c.). Por otra parte, también es frecuente observar cómo muchos de los que se dedican a la filosofía académica son hombres de letras que, en el curso de ciertos debates, quedan inmediatamente en ridículo, descalificados, por su desconocimiento del estado de la realidad tal como nos viene constituida hoy, en buena medida, por las ciencias. Dada esta situación, debemos felicitarnos porque los organizadores del Seminario Interdisciplinar de la Universidad de Zaragoza hayan advertido la importancia de ciertas discusiones filosóficas para la buena marcha de las ciencias, para evitar, por ejemplo, que entre los científicos aniden ideas metafísicas o míticas. Por nuestra parte, debemos además agradecerles la confianza que nos otorgan al considerar que podemos contribuir, aunque sea modestamente y con la ayuda de todos ustedes, a esa tarea de discusión crítica, discriminadora, filosófica. En todo caso, esa confianza quizás no se dirija tanto hacia nosotros como hacia la filosofía del profesor Gustavo Bueno que tomaremos constantemente como referencia en este trabajo. En efecto, nuestra exposición intentará aplicar las ideas del materialismo filosófico de Gustavo Bueno al análisis del «teorema de la evolución biológica de Darwin» considerando este teorema como un caso eminente de identidad sintética sistemática, como una verdad científica en sentido estricto. Al realizar esta tarea hemos tenido presente mucha de la obra escrita de Bueno, y en particular aquellos lugares donde se desarrolla la idea de identidad sintética y que son los siguientes: (1) A propósito del «teorema del área del círculo», en Gustavo Bueno, Teoría del cierre categorial, (Bueno, 1992, v.1:164-172); (2) A propósito del «teorema de Mendeleiev», en la misma obra (pp. 172-180) y en Gustavo Bueno, «El cierre categorial aplicado a las ciencias físico-químicas» (Bueno, 1982:138 y ss); hemos tenido ocasión de consultar, además, ciertos textos aún no publicados: (3) A propósito del «teorema de Torricelli», en Gustavo Bueno, Estatuto gnoseológico de las ciencias humanas, (Bueno, 1976:899-931); (4) A propósito del «teorema de Mendel», en Gustavo Bueno, 1983, «Sobre el significado de la verdad biológica de los teoremas de Mendel» (ponencia presentada al II Congreso de Teoría y Metodología de las Ciencias, Oviedo, 1983). No hemos tenido acceso, sin embargo, al análisis de la mecánica de Newton presentado por el profesor Bueno al III Congreso de Teoría y Metodología de las Ciencias (Gijón, 1985). Nuestra presentación de El origen como identidad sintética intentará ser fiel al uso dado por Bueno a esta idea en las obras citadas. Ustedes mismos, y el propio Gustavo Bueno aquí presente entre nosotros, podrán enjuiciar hasta qué punto logramos este objetivo que nos proponemos. §2. Crítica a las diferentes interpretaciones sobre El Origen.Desde los presupuestos del materialismo metodológico, la discusión de cualquier episodio de la historia de la ciencia exige previamente la elaboración de una clasificación fundamentada de las diferentes teorías o interpretaciones alternativas que se refieran a dicho episodio histórico, pues es al construir esa clasificación cuando se ejerce la propia racionalidad crítica filosófica. Sería pecar de una total ingenuidad el comenzar directamente el análisis histórico de la teoría de la evolución de Darwin ignorando la existencia de toda una larga tradición de interpretaciones que se han venido ensayando a lo largo del último siglo. De hecho, si vamos a proponer una interpretación histórica de El origen que pretende ser en algunos aspectos novedosa, será porque consideramos que las interpretaciones disponibles son, en todo o en parte, insuficientes o falsas. Pero para llegar a esa conclusión hace falta hacerse un juicio razonado acerca de cada una de esas interpretaciones. Ese juicio conduce a una clasificación, en nuestro caso, a una clasificación de las diferentes teorías (históricas, interpretativas) acerca de El origen. La intención de nuestra conferencia no es, por tanto, la de mostrar denotativamente el estado de la investigación histórica acerca de la célebre obra de Darwin como, en un congreso de biólogos o de paleontólogos, se podría mostrar el estado actual de la investigación acerca del hombre de Atapuerca. Entre otras cosas porque ese «estado actual de la investigación» cuando nos referimos a la historia (y a la historia de la ciencia en particular), no alude a unas conclusiones sobre las que existe consenso sino que encubre una pluralidad de interpretaciones históricas no necesariamente coordinables y, en ocasiones, abiertamente contrapuestas. Nosotros tampoco vamos a pretender hacer un catálogo fenomenológico, ordenado conforme a algún criterio arbitrario (por ejemplo, alfabético), de las diferentes interpretaciones existentes, un catálogo neutral, sin valoraciones. Al contrario, nosotros pretendemos defender una serie de tesis muy concretas acerca del lugar de El origen en la historia de la biología y en la historia general de las ciencias, y acerca de su estatuto gnoseológico y ontológico, y pretendemos defenderlas de un modo argumentativo, razonado, no gratuito ni dogmático. Y esa defensa, si es argumentada, exige valorar el resto de las interpretaciones disponibles, mostrando sus límites y, eventualemnte, sus errores. Esta exigencia no es un trámite, una formalidad que pudiera ser obviada por razones de brevedad (y en el contexto de esta conferencia la brevedad es obligada), sino que es el modo fundamental que tiene de abrirse paso la racionalidad filosófica como una racionalidad polémica donde, sin embargo, no todas las posiciones valen lo mismo (pues no todas son capaces de soportar ciertas críticas y de dar cuenta de ciertos materiales). La crítica pormenorizada de las diferentes interpretaciones históricas que ha recibido El origen durante este siglo largo posterior a su publicación da como resultado un análisis excesivamente amplio como para poder reproducirlo aquí íntegramente. Sin embargo, precisamente por esa importancia que le concedemos, según lo dicho unas líneas más arriba, no podemos dejar de presentar aunque solo sea un resumen apretadísimo de ese análisis con el objeto de que resulten inteligibles nuestras ulteriores propuestas. En primer lugar, creemos que es imprescindible diferenciar los estudios sobre el darvinismo que adoptan una perspectiva gnoseológica de aquellos otros análisis no propiamente gnoseológicos. De una manera muy sumaria (por eso, también, incompleta) caracterizaríamos las interpretaciones gnoseológicas como aquellas que se preguntan por la verdad de la teoría de la evolución de Darwin tratando de precisar en qué consiste esa verdad en cuanto verdad científica, y analizándola según lo que denominamos sus partes formales. Llamamos partes formales a «aquellas partes de un todo que conservan dependencia de la "figura total", de suerte que el todo (ya sea sustancialmente, ya sea esencialmente) pueda ser reconstruido o al menos codeterminado por esas partes formales. Los fragmentos de un vaso de cuarzo que se ha roto y que conservan la forma del todo (no porque se le asemejen) son partes formales del vaso (que puede ser reconstruido "sustancialmente"). Las células germinales de un organismo, que contienen genes capaces de reproducirlo, son partes formales suyas. Partes materiales en cambio son aquellas que no conservan la forma del todo: las moléculas de SiO2 (anhídrido silícico) constitutivas del vaso, o las moléculas de carbono o fósforo constitutivas de los genes, son partes materiales de las totalidades respectivas»{3}. Las interpretaciones gnoseológicas intentarán dar cuenta de la verdad del teorema de la evolución biológica a partir de las partes formales de ese teorema. Las interpretaciones no gnoseológicas, por el contrario, o bien dejan de lado el problema de la verdad de la ciencia para analizar otros aspectos históricos que pueden tratarse con cierta independencia (por ejemplo, las biografías psicológicas de los científicos o el contexto social y económico en el que aparecen formuladas sus teorías), o bien intentan analizar en qué consiste esa verdad pero refiriéndose exclusivamente a sus partes materiales (sean estas partes materiales procesos psicológicos, contextos sociales o, más comúnmente, unidades de carácter lógico-formal: enunciados, proposiciones, &c.). Esta diferenciación no es meramente arbitraria o convencional, resultado de un afán por clasificar, sino que implica tesis muy determinadas. Para referirnos a lo fundamental, implica la tesis según la cual la ciencia se caracteriza frente a otras instituciones, otras construcciones, u otros modos de proceder (como las técnicas, las artes, &c.), por construir verdades científicas y éstas, a su vez, se caracterizan por tener un estatuto ontológico y gnoseológico irreductible a cualquier otra construcción, proceso psicológico, proceso socio-político, &c. Por tanto, entre las interpretaciones de los historiadores de las ciencias, es esencial (no sólo conveniente u oportuno) distinguir aquellas historias de la ciencia que pretenden reconstruir el proceso de construcción de las verdades científicas (en lo que este proceso tiene de exclusivo, de característico) de aquellas otros análisis históricos que dejan este asunto de lado (y pueden dejarlo de lado, entre otras cosas, porque desde las verdades de las ciencias actuales, comparando externamente, grosso modo, esas verdades con sus pretéritas -comparando la relatividad especial con la mecánica clásica, o la teoría sintética con el darvinismo- pueden hacerse un juicio aproximado de éstas sin necesidad de analizar su organización gnoseológica). 2.1 Las interpretaciones no gnoseológicasLa dinámica de una ciencia y, en especial, su progreso interno (definido por la construcción de verdades científicas cada vez más potentes), va acompañada necesariamente de un juicio acerca de las verdades científicas pretéritas (determinando, por ejemplo, el conjunto de fenómenos que ellas cubren) y supone también una clasificación de lo que queda fuera de esa ciencia (segregado como falso o, simplemente, como impertinente). La ciencia actual nos proporciona ya esos juicios hechos y, por eso, es perfectamente posible hacer historia de una ciencia sin tratar el problema de la verdad de los teoremas considerados: la ciencia actual nos dice, retrospectivamente, lo que era verdad y lo que no, nos señala, por tanto, los materiales a los que merece la pena referirse como constitutivos de la historia de una ciencia ya sea como verdades, ya sea como errores, equivocaciones o falseamientos. El juicio (la clasificación) ya lo tenemos hecho de antemano y ello nos permite tratar cualquier aspecto puntual de esa historia sin necesidad de reconstruir, volver a justificar o analizar gnoseológicamente las verdades científicas pasadas. Una biografía de Darwin queda ya, automáticamente, dentro de la historia de la biología aunque no hable para nada de la teoría de la evolución, y resulta innecesario justificar por qué se elige a Darwin y no a Marx ya que todo el mundo está al tanto de que la teoría de la evolución de Darwin es, con las modificaciones correspondientes consabidas, una verdad científica biológica, mientras que nadie reconoce a Marx como científico (al menos fuera de la órbita de influencia del socialismo real). Este juicio previo del que partimos cuenta igual aun en el caso de que estemos haciendo historia de alguna de esas partes de una determinada ciencia declaradas erróneas, pues entonces, precisamente porque ya partimos de ese juicio, el motivo que justifica nuestro tratamiento histórico no es otro que el triunfo de esa ciencia sobre el error, la ingenuidad o la trapacería. Porque esos juicios están presentes es por lo que, probablemente, es distinta la historia de la biología de nuestros días de la que pudo hacerse a finales del siglo XIX y principios del XX, en la época del «eclipse del darvinismo» (para utilizar la célebre expresión acuñada por Julian Huxley en la década de los cuarenta). En todo caso, los juicios están ahí funcionando y, tomando como referencia ahora la biología de hoy, todos podemos hacernos una idea aproximada de lo que puede entrar a formar parte de una historia de la biología. Denotativamente, el campo de esa historia está suficientemente claro y, por tanto, cabe escoger temas puntuales, positivos, para su estudio, sin necesidad de detenerse en su justificación. Estos temas incluyen biografías (Darwin, Schleiden, Cajal, &c.), instituciones (la Linnaean Society, la Royal Society, &c.), aspectos psicológicos, sociales, económicos, políticos, ideológicos, y un largo etcétera. De este modo es posible hacer una historia de la ciencia no gnoseológica, una historia de la ciencia que: 1.- O bien deja de lado la historia de las verdades científicas, dándolas por supuestas, 2.- O bien aparenta poder reconstruir esas verdades a partir de sus partes materiales (a partir de esas partes que no son capaces de reconstruir internamente el todo que, sin embargo, constituyen), y puede llevar adelante esa pseudo-reconstrucción precisamente porque ya parte de esos juicios previos a los que venimos refiriéndonos, porque cuenta con el estado de la ciencia de hoy. Naturalmente, una historia gnoseológica de la ciencia, una historia centrada en el análisis de las verdades científicas, también toma en consideración (y también resulta afectada por) el estado de la ciencia actual, pero la cientificidad de esas verdades de la ciencia pasada no podrá ser justificada solamente por su participación en la ciencia actual, sino que tendrá que ser reconstruida y analizada también en su inmanencia histórica pues, de no ser así, el proyecto de historia gnoseológica fracasaría como tal proyecto. Pero, si ese proyecto tiene éxito, podrá decirse que, así como la ciencia actual permite entender y justificar tramos de la ciencia pretérita (incluso permite entenderlos mejor de lo que pudieron hacerlo sus decubridores), así también la correcta reconstrucción de la estructura gnoseológica de la ciencia pasada es imprescindible para una compresión correcta (crítica, no dogmática) de la ciencia actual. Por vía de ejemplo, la teoría de la relatividad general nos permite entender ciertos problemas (históricos) de la mecánica clásica; incluso, podríamos decir que nos permite darnos cuenta de los límites de aquella mecánica en unos términos mucho más claros para nosotros de lo que lo fueron para Newton. Pero, recíprocamente, es imposible entender la relatividad general hoy de un modo correcto (dialéctico, no meramente dogmático, axiomático) sin referirse a la historia gnoseológica de la mecánica pre-relativista. Esta relación tan intrincada entre historia gnoseológica de la ciencia y ciencia actual no se da, sin embargo, a propósito de la historia no gnoseológica: la ciencia actual ilumina el campo de cada ciencia indicándoles a los historiadores (no gnoseólogos) qué asuntos deben tratar, pero los resultados de esas historias no gnoseológicas no afectan ordinariamente a la comprensión de las ciencias de hoy pues se refieren a una serie de aspectos (psicológicos, sociológicos, económicos, &c.) que, por decirlo con una fórmula abreviada aunque imprecisa, forman parte del contexto de génesis de esas verdades pero no afectan a la justificación de las verdades científicas de hoy. Con todo, como vamos a ver, no estamos diciendo que estas historias no gnoseológicas carezcan de interés: lo tienen indudablemente. De hecho son imprescindibles para construir, a partir de ellas, la propia perspectiva gnoseológica. Solamente estamos tratando de clasificarlas y caracterizarlas para poder entender sus aportaciones a la vez que sus límites. Vamos a referirnos a continuación a tres perspectivas no gnoseológicas en el análisis del darvinismo: las interpretaciones psicologistas, las interpretaciones sociologistas y las interpretaciones logicistas 2.1.1. Interpretaciones psicologistasComo representante del enfoque que nosotros hemos llamado «psicológico» puede citarse el documentado estudio de Howard E. Gruber, Darwin sobre el hombre. Un estudio psicológico de la creatividad (Gruber, 1974). Gruber, basándose en un minucioso análisis de los cuadernos de notas y de la correspondencia de Darwin (y teniendo también en cuenta los escritos de Darwin publicados), llega a determinar con precisión el momento en el que Darwin va descubriendo (emic{4}) los diversos componentes de su teoría (variación de los organismos, desaparición de unas especies, aparición de otras nuevas, presión demográfica, &c.). Precisamente el interés de esta obra de Gruber radica, si no nos confundimos, en esa confrontación entre el Darwin exotérico (el Darwin de los libros publicados) y el Darwin esotérico (el de los cuadernos de notas, los apuntes, la correspondencia, las relaciones con su familia y sus amigos, &c.). Gruber trata de contextualizar la figura de Darwin en su ambiente familiar y social, para deducir de esos contextos su extremada prudencia y el retraso premeditado en hacer públicas sus conclusiones. Efectivamente, de las fuentes esotéricas parece deducirse que el pensamiento de Darwin sobre la evolución de las especies, incluida la evolución del hombre, ya estaba plenamente formulado en 1838. El estudio de estas fuentes también probaría que una cierta orientación filosófica materialista estaba ya presente en Darwin con anterioridad a las primeras formulaciones de su teoría de la descendencia con modificación: de este modo la teoría de la selección natural sería, en parte al menos, una consecuencia del ejercicio de esos postulados materialistas, y no al revés, como quizás pudiera deducirse de otros escritos darvinianos, por ejemplo, de su célebre Autobiografía. En ese sentido, Gruber hace un excelente uso de ciertos materiales de Darwin poco conocidos como las Old and useless notes about moral sense and some metaphysical points, written about the year 1837 and earlier. Esta circunstancia es del máximo interés cuando se compara la trayectoria biográfica de Darwin con la de otros autores coetáneos como Lyell más apegados a la dogmática y a la ideología del cristianismo: para que luego se diga que las viejas e inútiles cuestiones filosóficas, metafísicas, no juegan ningún papel en la historia de la ciencia. Otro trabajo que puede clasificarse dentro de esta historia psicológica de la ciencia sería la interpretación psicoanalítica que Phyllis Greenace hace de la figura de Darwin, y cómo no, de sus relaciones conflictivas con su padre, en su obra The Quest for the Father: A Study of the Darwin-Butler Controversy as a Contribution to the Understanding of the Creative Individual (Greenace, 1963). Greenace diagnostica una psicopatología al viajero del Beagle, una profunda neurosis, aunque reconoce que, curiosamente, ésta no influía en su trabajo como biólogo. Probablemente sería oportuno discutir si esta aproximación psicoanalítica es, antes que psicólogica, puramente mítica. El éxito del enfoque psicológico, sobre todo en la línea más verosímil, documentada y ponderada de Gruber, está asegurado de antemano por el interés que tiene para la historia de la ciencia una reconstrucción lo más exacta posible de la biografía de un personaje como Darwin: de este modo se logra, por ejemplo, reconstruir una obra como El origen desde la perspectiva del ordo inventionis. Sin embargo, en este tipo de análisis no se entra para nada, ni se pretende, a discutir el problema de la estructura lógico-material del darvinismo, no se discute por qué el darvinismo es una construcción científica, y una construcción científica verdadera, o cuáles son los límites de su verdad: la verdad del darvinismo y su interés para la historia de la biología, sencillamente, se dan por supuestos. Lo que sí pretende Gruber de un modo explícito es dar cuenta de eso que él llama «creatividad» en cuanto proceso supuestamente psicológico. La idea de creatividad psicológica, cuando se utiliza para analizar el proceso de construcción de las verdades científicas, resulta insuficiente desde nuestros presupuestos pues también existiría esa creatividad psicológica en procesos no científicos (artísticos, técnicos, lúdicos, &c.): los procesos psicológicos (creativos o no) son partes materiales de las verdades científicas y de ahí su carácter genérico. Las verdades científicas no son científicas por ser resultado de procesos psicológicos originales o «creativos» sino por el modo como están construidas. Eso sin contar con la necesidad de criticar esa idea de creatividad psicológica como idea metafísica, como una idea que comparte ciertos rasgos con la idea teológica de la creación de la nada. En todo caso, esa crítica no nos impide reconocer la contribución principal del libro de Gruber, que ciframos en su reivindicación del Darwin esotérico. Al lado de esta importante contribución, sus intenciones de estar desvelando los secretos de la creatividad no afectan demasiado a sus conclusiones y resultan poco menos que anecdóticas. En la línea de una historia fenomenológica biográfica, dando por supuesto la verdad de sus descubrimientos pero sin discutir directamente en qué consiste ésta, podemos encontrar varios estudios. De entre los que están traducidos al español merece la pena destacar el de J. Huxley y H.B.D. Kettlewell, titulado Darwin and his World (trad. esp. con el título Darwin; Huxley, Kettlewell, 1965), que pasa revista a las fases más importantes de su vida y a una selección de sus libros más importantes. No podemos dejar de citar la apasionante narración de Alan Moorehead en su libro Darwin. La expedición del Beagle (1831-1836) (Moorehead, 1969); aunque incluya algunas imprecisiones y tópicos que se han revelado falsos en posteriores investigaciones no deja de ser una magnífica recreación del famoso viaje oceánico del «Sabueso». También se encuentran expuestos aspectos de la biografía de Darwin en varios capítulos de la monografía de Jonathan Howard Darwin (Howard, 1982: caps. 1, 8, 9) y en el libro de Desiderio Papp, Darwin. La aventura de un espíritu (Papp, 1983: caps. 5, 6, 7, 9, 10). En estos dos últimos libros se combina una reexposición fenomenológica de la vida y obra de Darwin con algunos juicios acerca del significado de la verdad de la teoría de la evolución biológica; éstos suelen terminar desembocando en posiciones afines a las que nosotros caracterizaremos unas líneas más abajo como «adecuacionistas». 2.1.2. Interpretaciones sociologistasPor su parte, el enfoque que hemos llamado «sociológico» nos presenta la teoría de Darwin de dos formas radicalmente contrapuestas. El primer tipo de explicaciones sería continuista ya que procederá resaltando que la teoría evolucionista estaba presente de una manera difusa, inconsciente, en el espíritu de la época. Frente a éstas estarán las interpretaciones discontinuistas que presentan la obra de Darwin sobre el origen de las especies como un caso sobresaliente de revolución científica. Desde la posición que hemos llamado constinuista se reivindicará a los evolucionistas y transformistas predarvinianos (el transformismo de la Filosofía zoológica de Lamarck, el evolucionismo teista de los Vestigios de la historia natural de la creación de Robert Chambers, la Zoonomia del propio abuelo de Darwin, incluso se reivindicará a los evolucionistas del siglo XVIII: Goethe, Buffon, &c.) y se resaltará la significación de la coincidencia de Darwin y Wallace en su descubrimiento (como hace, por ejemplo, Merton). Ahora bien, desde los presupuestos de la teoría de la identidad material sintética no se puede comparar la magnitud de los materiales movilizados por Darwin en El origen con el opúsculo de Wallace de 1858 Sobre las tendencias de las variedades a separarse indefinidamente del tipo original. Y no se trata aquí de reivindicar la prioridad de Darwin como una prioridad «cronológica» (que Wallace, por otra parte, reconoció desde el primer momento), sino de defender una prioridad gnoseológica fundamentada en esa identidad sintética construida por Darwin en El origen sobre la confluencia de una cantidad ingente de materiales heterogéneos, frente a las limitaciones de la obra programática de Wallace. Sobre este asunto tendremos que volver más adelante. Por otra parte, el esquema de la invención simultánea e independiente se debilita cuando se dejan de ocultar ciertos hechos significativos: Wallace había leído los Principios de Lyell, y había leído repetidas veces el Diario de un naturalista de Darwin (obra a la que consideraba el mejor diario de viajes después del Personal Narrative de Humboldt) en donde Darwin habla sobre la ley de sucesión de tipos; Darwin, por su parte, conocía un opúsculo de Wallace de 1855 («On the law which has regulated the introduction of new species») y, desde esa fecha, mantuvo correspondencia regular con Wallace; ambos estaban bajo la influencia de la obra de Lamarck y de los Vestigios de la historia natural de la creación de Chambers, aunque fuera de un modo crítico; ambos conocían la obra de Malthus; &c. De hecho, si no se establece una distinción clara entre el descubrimiento material de la selección natural y el descubrimiento formal que nosotros atribuimos a Darwin, se podría decir que ese descubrimiento hay que retrotraerlo a una obra de 1818, «An Account of a female of the white race of mankind parts of whose skin resembles that of a negro, with some observations on the causes of the differences in color and form between the white and negro races of man» de William Charles Wells y, posteriormente, a un apéndice de la obra On Naval Timber and Arboriculture de Patrick Matthew de 1831. El texto de Wells, efectivamente, no puede ser más explícito: «Aquellos que se dedican a la mejora de los animales domésticos, cuando se encuentran individuos que poseen, en mayor grado que otros, las cualidades que buscan, aparean un macho y una hembra, después seleccionan a sus mejores crías como paridoras y sementales, y continúan actuando de este modo hasta llegar tan cerca de sus objetivos como la naturaleza lo permita. Pero lo que en este caso ocurre por artificio, parece ocurrir, con la misma eficacia, aunque más lentamente, en la naturaleza, en la formación de las variedades humanas, adaptadas al país que habitan» (Wells, 1818; subrayado nuestro). La distinción entre descubrimiento formal y descubrimiento material de Gustavo Bueno (Bueno, 1989) resulta aquí imprescindible para poder valorar la importancia de los hallazgos de Wells y Matthew. Ilustrando brevemente la distinción con un ejemplo, decimos que el descubrimiento de América por Colón fué un descubrimiento material por cuanto, aunque Colón estuvo efectivamente (materialmente) en América, él creía haber llegado a Asia (a Cipango, a Catay); el descubrimiento formal vendría después cuando Juan de la Cosa, en 1500, rectificó el error que identificaba el tercero y el cuarto continente, y el nuevo descubrimiento quedó integrado en una nueva imagen cartográfica de la Tierra (la que Martin Waldseemüller difundiría en su Cosmographiae introductio de 1507 en la que aparece por primera vez el nombre de «América»). El descubrimiento material suele ser parcial y aparece mezclado con contextos no pertinentes: es un descubrimiento confuso y muchas veces pasa inadvertido pues está dado en el ejercicio y no llega a representarse adecuadamente. Por el contrario, el descubrimiento es formal cuando ya se puede considerar determinada con cierta claridad la totalidad del cierre operatorio que lo hace posible y que lo contextualiza. En el caso que estamos comentando, el descubrimiento por parte de Wells y Matthew de la selección natural, no hay indicios para sospechar que estos autores se dieran siquiera cuenta de la importancia de su descubrimiento, de que fueran capaces de reconocer el terreno que pisaban, para forzar la comparación con el caso de Colón. Las propias circunstancias de sus publicaciones, unas pocas páginas en un apéndice de un libro sobre construcción naval y arboricultura, y una breve digresión en un libro sobre patología de la piel, demuestran lo desapercibido que pasó para ellos mismos el problema del origen de las especies. Pero, incluso, Matthew, en una carta al Gardener's Chronicle, respondiendo a otra de Darwin en que éste se excusa de desconocer el trabajo de Matthew, llega a ser completamente explícito, de un modo ingenuo (ingenuo respecto a sus reivindicaciones de la prioridad del descubrimiento) cuando dice: «Para mí, la concepción de esta ley de la Naturaleza [refiriendose al proceso de diferenciación por selección natural] se produjo de forma intuitiva como un hecho evidente, casi sin un esfuerzo de concentración de mis pensamientos. El Sr. Darwin parece tener mayores méritos que los míos en este descubrimiento --a mí ni siquiera me lo pareció» (subrayado nuestro). Darwin, de hecho, puso en su sitio la contribución de Matthew a su teoría biológica cuando se disculpó de desconocer su trabajo en la carta citada más arriba al Gardener's Chronicle: «Me ha interesado mucho la comunicación que publica el Sr. Patrick Matthew en el número de su revista correspondiente al 7 de abril. Reconozco francamente que se ha anticipado en muchos años a la explicación que yo he dado del origen de las especies, con el nombre de selección natural. Creo que nadie se sorprenderá de que ni yo, ni, al parecer, ningún otro naturalista, conociéramos las teorías del Sr. Matthew, si se tiene en cuenta la brevedad con que las expone y el hecho de que aparecieran en un apéndice de una obra sobre madera para construcción naval y arboricultura. No puedo hacer otra cosa sino disculparme ante el Sr. Matthew por mi total ignorancia de su publicación. Si me piden otra edición de mi libro, publicaré en él una nota en este sentido» (subrayado nuestro). Darwin conoció también (hacia 1865) la obra de Wells de 1813 y fue siempre muy consciente de que el mérito de El origen no residía en la simple formulación del principio de la selección natural (no residía en el descubrimiento material, diríamos nosotros, de este principio) sino en la fuerza conjunta de todos los materiales aportados en el libro: en la quinta edición de El origen, en el breve bosquejo histórico que precede a la «Introducción», sale al paso de una supuesta reclamación de R. Owen acerca de la prioridad en el descubrimiento de la selección natural. Darwin vuelve a restar importancia a ese tipo de reclamaciones diciendo: «En lo que se refiere al simple enunciado del principio de la selección natural, carece totalmente de importancia el que el profesor Owen me precediera o no, porque a ambos [...] nos precedieron hace mucho tiempo el doctor Wells y el señor Matthew». Así pues, el descubrimiento formal de la variación de las especies por selección natural no se hace público, tal es nuestra tesis, hasta la publicación, en 1859, de El origen (con el adelanto de la comunicación conjunta de Darwin y Wallace a la Sociedad linneana), aunque Darwin venía trabajando en su puesta a punto, como se sabe, desde 1838, y antes. La razón que nos lleva a situar en ese momento, y no antes (en 1813 o en 1818), el descubrimiento formal de la evolución biológica es que sólo entonces puede hablarse de esta teoría como una identidad material sintética de carácter sistemático donde un conjunto de cursos operatorios heterogéneos confluyen sintéticamente (justificaremos esta tesis más adelante). En todo caso, la distinción entre descubrimientos formales y materiales no es sociológica sino gnoseológica (pues afecta a la verdad del descubrimiento): desde el punto de vista del sociólogo todo son «descubrimientos» y la reiteración de un mismo descubrimiento estaría demostrando su ubicuidad en una época determinada. Pero ¿qué sentido tiene decir que hay un descubrimiento cuando pasa desapercibido al supuesto descubridor? ¿Tendría entonces sentido decir que «descubrieron América» los individuos que en el noveno milenio antes de Cristo, en la época del Clovis, cruzaron el estrecho de Bering, o más bien habría que ponerlos en continuidad con otros animales que compartieron su migración? Por lo demás, el propio Darwin mostró su desacuerdo con esta interpretación sociologista que deduce su descubrimiento de un espíritu evolucionista emergente en su época. La siguiente cita está tomada de su Autobiografía: «Algunas veces se ha dicho que el éxito del Origen probaba que 'el tema estaba en el ambiente' o 'que las mentes de los hombres estaban preparadas para él'. No creo que esto sea estrictamente cierto, ya que de vez en cuando sondeé a no pocos naturalistas y nunca tropecé con uno sólo que pareciera dudar de la permanencia de las especies. Incluso Lyell y Hooker, aunque me escuchaban con interés, nunca parecieron estar de acuerdo. Intenté una o dos veces explicar a hombres capaces lo que yo entendía por selección natural, pero fracasé por completo. Lo que creo que era estrictamente cierto es que innumerables hechos bien conocidos estaban almacenados en las mentes de los naturalistas, listos para ocupar sus lugares adecuados tan pronto como cualquier teoría que los recogiera estuviera suficientemente explicada». Reinterpretando esta última frase de Darwin desde la teoría de la identidad sintética diríamos: había innumerables materiales, agrupados en cursos operatorios distintos, dispersos unos con relación a los otros, confusamente mezclados en los contextos más heterogéneos que quepa imaginar y que, vistos con el anacronismo propio de toda interpretación ex post facto, estaban «listos» para ser ensamblados en esa construcción sintética, esencial, sistemática que es la teoría darvinista. Sin embargo, esto no obsta para que podamos afirmar, con el propio Darwin, que el Zeitgeist predominante en el siglo XIX incorporaba de un modo central concepciones opuestas e incluso incompatibles con el darvinismo que no sólo afectaban al público general sino a eminentes naturalistas de todo el mundo; entre los que se opusieron al darvinismo baste citar a Quatrefages, Beaumont y Claude Bernard en Francia, Agassiz en Suiza, Von Baer, Kolliker, Virchow, Braun y Hertwig en Alemania, &c. Otra interpretación de carácter sociologista continuista tenderá a ver el darvinismo como la aplicación a la naturaleza de la lucha por la supervivencia presente en la sociedad inglesa victoriana del siglo XIX. Ya Marx, en una conocida carta dirigida a Engels en 1862, había destacado las semejanzas entre la sociedad inglesa coetánea y la caracterización darvinista de la naturaleza: «Es notable --dice Marx-- cómo Darwin vuelve a hallar en los animales y en las plantas su sociedad inglesa con su división del trabajo, la competencia, la apertura de nuevos mercados, las inversiones y la lucha por la existencia de Malthus [...]». El enfoque sociológico y psicológico convergen cuando se resalta que el propio Darwin era nieto de Josiah Wedgwood, uno de los impulsores de la revolución industrial de la Inglaterra decimonónica. También convergen estos dos enfoques cuando se pone como objetivo de la investigación histórica el detectar las posibles fuentes de inspiración psicológica que habrían actuado sobre Darwin (Malthus y Adam Smith como las bases ideológicas de la evolución, en la interpretación que hace S.J. Gould, 1993:139), aunque, a veces, precisamente los resultados de esa investigación sirvan para desmentir esa influencia: la importancia del episodio «lectura de Malthus», por ejemplo, ha quedado relativizada tras el estudio de los cuadernos de notas de Darwin (vid. Gruber, 1974). En una línea explícitamente sociológica (o social) Bernal, en su conocida Historia social de la ciencia (Bernal, 1954:49-50 y 497), presenta la teoría de la evolución como el reflejo de «la atmósfera intelectual no científica de la época, atmósfera que condiciona inevitablemente al investigador individual» de modo que la teoría de la selección natural de Darwin se basaría «en la opinión común de la justicia natural de la libre competencia» (loc. cit.). Quizás pudiera ser interpretada también como sociológica la teoría de Dühring (criticada por Engels en el Anti-Dühring, 1ª parte, cap. VII) según la cual Darwin no habría hecho más que trasferir a la naturaleza la teoría económica de Malthus sobre la población. Precisamente Radl, en su Historia de las teorías biológicas (t.2, pp.112-113 de la ed. esp.), hace suya esta interpretación destacando la similitud entre los razonamientos de los economistas del laissez-faire y los de Darwin, sobre todo en su opúsculo Extracto de un trabajo inédito sobre el concepto de especie, leído en la Sociedad Linneana en 1858. Para Radl la concepción de la naturaleza que tenía Darwin y su visión científica global estaban dominadas por las teorías económicas: «Darwin miraba el mundo viviente desde el punto de vista de la economía política» (Radl, loc. cit.). Las interpretaciones sociológicas discontinuistas, por su parte, tenderán a destacar la ruptura que habría supuesto el darvinismo frente a toda la biología anterior. Kuhn, en su conocido opúsculo La estructura de las revoluciones científicas (Kuhn, 1962:263-265), da por supuesto que el darvinismo es una gran revolución comparable a las de Copérnico, Newton o Einstein. Pero esta revolución no residiría, para Kuhn, en el descubrimiento de la evolución, que ya se conocía (Lamarck, Chambers, Spencer, &c.), sino en haber desterrado las causas finales del campo de la biología. La caracterización de Kuhn es, cuando menos, imprecisa pues el evolucionismo implica, indudablemente, negar cierto tipo de finalidad (una finalidad global de la naturaleza tomada como un todo atributivo), pero no todo tipo de finalidad (por ejemplo, la finalidad y la intencionalidad que hay que suponer a los organismos con cierta capacidad proléptica, o la finalidad ejercitada que supone interpretar las estructuras de los organismos inferiores desde las de los superiores). No todos los partidarios de una interpretación sociológica discontinuista ponen en el mismo sitio la revolución darviniana. Para E. Mayr (Mayr, 1972) Darwin habría dado dos pasos revolucionarios: sustituir creación por evolución, y sustituir lamarckismo por selección natural. Ahora bien, Mayr también se da cuenta de que la revolución darviniana no puede ser explicada íntegramente con el esquema de Kuhn. P.J. Bowler, en su obra El eclipse del darwinismo (Bowler, 1983), ya ha tenido ocasión de destacar algunas características de la revolución darvinista que no se ajustan a ese esquema kuhnniano: en primer lugar, el darvinismo y el mendelismo no compitieron como dos paradigmas rivales incompatibles pues ambos se fusionaron en la nueva teoría sintética de la evolución; en segundo lugar, el darvinismo no triunfó como paradigma de un modo claro ya que a finales del siglo XIX y principios del XX la mayoría de los naturalistas no eran darvinistas (como demuestra la prolija obra de Bowler citada). Michael Ruse, por su parte, considera que la obra de Darwin revolucionó las creencias de la humanidad y cambió drásticamente nuestra concepción del mundo al sustituir los milagros por las leyes naturales en la explicación del origen de las especies. Además, aun sin negar la existencia de un evolucionismo anterior a 1840, Ruse considera que no habría una continuidad intelectual entre Darwin y los evolucionistas predarwinianos: mucho más habrían influido sobre Darwin las obras de Lyell y los escritos filosóficos de Herschel y Whewell (Ruse, 1979). Sin negar que El origen suponga una revolución en ciertos sentidos (sociológica, ideológica, &c.), y sin negar la importancia de estas novedades que destacan Kuhn y Mayr (el abandono de las ideas creacionistas y lamarckistas y de una finalidad que afecte a toda la naturaleza), nos parece que estas interpretaciones no aluden suficientemente al contexto previo que hace posible la elaboración de una obra como la de Darwin. Y en este contexto no pondríamos solo a Lamarck o a Chambers sino, sobre todo, a Lyell, a Linneo, a Hunter, a Cuvier, a Ehrenberg, a la tradición de la selección artificial y la mejora animal (de caballos, de perros, de ovejas, de palomas, &c.), a Malthus, etcétera. Si se considera detenidamente este contexto, el darvinismo deja de aparecérsenos como un descubrimiento negativo, revolucionario, que corta totalmente con lo anterior y lo pone del revés, para dibujársenos como un descubrimiento particular, un descubrimiento que reorganiza el contexto previo rectificándolo y precisándolo. Y una de las tareas de la historia de la ciencia será entonces reconstruir, hasta donde sea posible, esa reorganización y dar cuenta tanto de sus novedades como de sus dependencias del contexto anterior{5}. En este último sentido, el enfoque que nosotros caracterizaremos enseguida como «gnoseológico» tendrá que recuperar todo aquello que permita entender el contexto donde tiene lugar la construcción de las verdades científicas, y tendrá que clasificar las diferentes maneras en que ese contexto previo influye sobre las nuevas verdades científicas. Por nuestra parte, en uno de los epígrafes del apartado cuarto de esta conferencia intentaremos abordar el estudio de estas influencias sin abandonar la perspectiva del materialismo gnoseológico. 2.1.3. Interpretaciones logicistasLas interpretaciones que llamamos logicistas se caracterizarían por abordar un análisis lógico formal de los episodios de la historia de la ciencia. Este análisis suele efectuarse utilizando la lógica de enunciados, la lógica de predicados, la teoría de conjuntos o nuevas axiomáticas construídas ad hoc que combinan en proporciones variables enunciados, predicados y conjuntos. Desde el materialismo gnoseológico de Gustavo Bueno consideramos, como es sabido, que la lógica formal es una ciencia más, al lado de otras, con un campo material específico de términos y con unas relaciones y operaciones características (las operaciones que llamamos autoformantes){6}. Como las diferentes ciencias tienen, cada una de ellas, campos materiales también específicos, con términos, relaciones y operaciones específicos, no hay ninguna razón para suponer, a priori, que la aplicación de un modelo lógico o matemático a la biología vaya a rendir más que la aplicación de un modelo tomado de la historia o de la física. Sin embargo, hay toda una tradición de «filosofía exacta», ligada al positivismo lógico y al unificacionismo del Círculo de Viena, que sigue considerando la lógica y las matemáticas como una especie de característica universal, como un lenguaje universal capaz de unificar a todas las ciencias, de modo que el proceso que conduciría a hacer de la biología una ciencia rigurosa pasa por la reconstrucción lógico-formal del campo biológico. El autor más conocido que ha aplicado el análisis lógico formal a la biología, y al evolucionismo, es J. H. Woodger, en la obra titulada The Technique of Theory Construction (Woodger, 1939), y en su libro Biología y lenguaje (Woodger, 1978). Con el objeto de hacer de la biología una ciencia exacta que se aleje del «pensamiento intuitivo», Woodger considera necesario construir para la teoría de la evolución «un conjunto de postulados análogos a los que encontramos en geometría». Ese conjunto de postulados tendrá que ser «consistente con la totalidad de los datos que poseemos sobre procesos evolutivos»{7}. En el capítulo titulado «Contribución lingüística al estudio de la evolución»{8}, Woodger hace un ensayo de cómo podría ser esa reconstrucción lógico-geométrica que propone para el evolucionismo. El análisis de Woodger supone que se pueden diferenciar sin ambigüedades los registros de observación frente a los enunciados teóricos, supone que el evolucionismo es un conjunto de enunciados teóricos, y supone, por último, que «todos los enunciados teóricos en biología pueden ser formulados con la sola ayuda de: (1) Las cinco operaciones sobre enunciados, (2) la cuantificación universal, (3) identidad estricta (=), (4) paréntesis, (5) variables individuales, (6) los signos numéricos ususales, (7) variables cuyos valores son números naturales y racionales, (8) funtores biológicos, de varios grados, junto con funtores tomados de otras ciencias según proceda, (9) variables cuyos valores son conjuntos de varios tipos»{9}. Efectivamente, con estos supuestos, Woodger es capaz de reformular partes importantes del campo de la «biología docens» de un modo artificioso y técnicamente intrincado que pone su «metodología biológica» más allá de la paciencia de muchos lectores. Sin embargo, merece la pena llegar hasta el final con el estudio de su libro para no quedar con dudas acerca de la inanidad de su intento: es esa vacuidad la que nos hace inmediatamente sospechar del relativo interés de sus supuestos de partida. Efectivamente, no cabe duda de que la biología evolucionista, como cualquier otro episodio científico, necesita del lenguaje, de los idiomas nacionales, y tampoco cabe duda de que éstos pueden ser formalizados, hasta cierto punto, por procedimientos lógicos. Desde luego, en ningún momento pretendemos decir que el evolucionismo quede al margen de la lógica (que sea ilógico) o que quede más allá de la lógica (que sea, por ejemplo, una verdad revelada). Ahora bien, la lógica representada (la lógica formal), sin perjuicio de su utilidad, no puede dar cuenta íntegramente de la lógica ejercitada en nuestras operaciones en general y en la construcción de las ciencias en particular, por las mismas razones por las que es imposible un mapa de Royce, un mapa que tuviera una coordinabilidad plena. Para empezar negamos que una ciencia o una verdad científica puedan quedar reducidas a su presentación axiomatizada o deductiva, y ello sin perjuicio de que esta presentación pueda tener su utilidad a efectos expositivos o de docencia. Jonathan Howard, en su libro Darwin (Howard, 1982:37-39) presenta la teoría de la evolución como un silogismo con tres premisas y una conclusión: las premisas serían (1) la variación de los caracteres, (2) la herencia de esa variación, y (3) la reproducción según una progresión geométrica, malthusiana, y la conclusión sería la selección natural. Esta presentación del darvinismo como sistema doctrinal enseñable puede ser útil, en un libro de divulgación científica, para informar sucintamente a un principiante acerca de lo que es la evolución biológica pero, en sí misma, no puede considerarse que dé cuenta de la organización gnoseológica de la verdad de la evolución. Las razones de esta imposibilidad son, según creemos, que la verdad de la evolución no es el resultado de una deducción o de un conjunto de deducciones establecidas en un terreno formal (de la lógica de enunciados o de proposiciones o del álgebra de conjuntos) sino que es resultado de procesos operatorios y relaciones establecidas materialmente en el curso de transformaciones que implican la utilización de las manos tanto o más que la utilización de la musculatura bucofaríngea (que, en todo caso, como sabemos, también es una musculatura estriada). Con relación a esas manipulaciones manuales, quirúrgicas, que conducen a la construcción de verdades científicas, y con relación a las propias verdades construidas, los enunciados y las proposiciones son partes materiales (no partes formales), lo mismo que las moléculas de carbono son partes materiales constituyentes del cuerpo humano (frente a los diferentes órganos, que sí serían partes formales). Y así como a partir de moléculas de carbono (y de hidrogeno, nitrógeno, sodio, &c.) tomadas al azar no se puede reconstruir un cuerpo humano, porque son necesarias unas totalidades intermedias (en ese caso, los órganos, los tejidos, &c.), tampoco a partir de enunciados puede reconstruirse la verdad de la evolución biológica ya que esa verdad no reside sólo (ni principalmente) en los enunciados que son capaces de formularla sino, sobre todo, como vamos a intentar exponer, en la síntesis de unos materiales heterogéneos (geológicos, taxonómicos, biogeográficos, embriológicos, citológicos, &c.) que están ya organizados a un determinado nivel. 2.2 Las interpretaciones gnoseológicasSi es cierto que las verdades científicas son un tipo de verdad sui generis, distinto de las verdades del sentido común, de las verdades de las religiones o de las verdades filosóficas, entonces parece posible ensayar una historia de la ciencias que intente reconstruir el proceso de elaboración de esas verdades, una historia de las ciencias centrada en la dinámica de esas verdades científicas. Esta historia de las ciencias, que llamamos gnoseológica, no pretende centrarse en el relato fenomenológico del ambiente social de una época o de las vicisitudes biográficas de un personaje, sino que trata de discutir el propio estatuto gnoseológico de las verdades científicas dadas a lo largo de la historia en lo que estas verdades tienen de específicamente científicas. Ni que decir tiene que para llevar adelante esta tarea es necesario partir de ese relato fenomenológico (social, biográfico, &c.). Esta historia gnoseológica ha sido ensayada ya reiteradamente, y desde ella se ha abordado, también repetidamente, el episodio del darvinismo. Ahora bien, los contenidos de esa historia, de un modo inevitable aunque no siempre sea explícito, están determinados por la idea de verdad científica que se mantenga en cada caso: lo que para unos aparecerá como una serie de descubrimientos de hechos seguidos de generalizaciones (Duhem) será para otros un conjunto de conjeturas falsadas por experimentos cruciales (Popper). Por tanto, no resulta posible hacer una historia gnoseológica de las ciencias que sea neutral, que no implique ya estar ejercitando alguna idea acerca de lo que es una verdad científica. Por nuestra parte, como ya dijimos al comienzo, tomamos como referencia la teoría del cierre categorial con su idea de verdad científica como identidad sintética. Sin embargo, esa idea, en cuanto que construida según la metodología de una filosofía dialéctica, no es una idea primitiva ni exenta. No es una idea primitiva porque se configura en gran medida como la única salida transitable después de la crítica a otras posibles ideas alternativas. No es una idea exenta pues, indudablemente, está codeterminada por otras ideas del sistema del materialismo filosófico (por sus ideas ontológicas, por su filosofía de la historia, por su epistemología, &c.). Resulta imposible dar cuenta aquí, ni siquiera sumariamente, del resto de ese sistema materialista: remitimos al lector interesado a la obra de Gustavo Bueno. Sin embargo, no podemos evitar referirnos a esas teorías de la verdad científica frente a las que se dibuja la idea de la identidad sintética. Y no podemos dejar de hacerlo porque de otra manera los argumentos que avalan nuestra propuesta no se entenderían suficientemente, si es cierto que nuestra posición es un resultado de la crítica a las otras alternativas disponibles. Por lo demás, en el contexto de esta conferencia, esa referencia crítica resulta obligada toda vez que son esas interpretaciones alternativas las que dominan el panorama del análisis histórico del darvinismo. Hay que presentar, pues, una clasificación de las diferentes interpretaciones históricas gnoseológicas del darvinismo. Pero para justificar esa clasificación sería necesario discutir toda una teoría de teorías acerca de la verdad científica. No vamos a hacerlo aquí, sencillamente, porque esta tarea ya está realizada en los cinco primeros volúmenes de la Teoría del cierre categorial de Gustavo Bueno (Bueno, 1992-94). Nos basta entonces con decir que, para el materialismo filosófico, las diferentes ideas de verdad científica que aparecen en la historia de la filosofía hasta nuestros días pueden reexponerse a través de las relaciones entre las ideas de Materia y Forma (interpretando las «teorías científicas» como Forma y los «datos empíricos» o los «hechos» como Materia). Habría entonces cuatro concepciones básicas acerca de la verdad científica: (1) descripcionismo: aquellas concepciones que consideran las ciencias como descripciones, más o menos ordenadas, de «hechos» y conceden un papel subsididario, instrumental, a las teorías; (2) teoreticismo: concepciones que consideran la ciencia como un proceso de construcción de «teorías» cuya verdad radica en su coherencia interna, con una relativa independencia de los «hechos»; (3) adecuacionismo: concepciones que hacen residir la verdad científica en la adecuación o ajuste entre «hechos» y «teorías», y (4) circularismo: concepciones que niegan la propia distinción tajante entre «hechos» y «teorías» y suponen que las relaciones entre las multiplicidades formales y materiales de las ciencias son circulares (no de reducción, como en el descripcionismo y el teoreticismo, ni de yuxtaposición, como en el adecuacionismo). 2.2.1 Interpretaciones descripcionistasEl descripcionismo gnoseológico sería un conjunto de teorías filosóficas acerca de la verdad científica que se caracterizan «por su tendencia a considerar el momento constructivo de las ciencias y, por tanto, los componentes formales de los cuerpos científicos, como subordinados enteramente a la materia dada que habría de ser meramente descrita (sin duda, valiéndose de instrumentos formales que se supone han de dejarla 'intacta'), inventariada y archivada. Al descripcionismo asociamos un concepto característico de la verdad científica, a saber, la verdad como des-velamiento o des-cubrimiento» (Bueno, 1992-94, vol.5:1397). La interpretación descripcionista del descubrimiento de la evolución biológica encontraría un posible fundamento en un fragmento de la narración autobiográfica de Darwin en el que nuestro naturalista, al final de su vida, reconstruye el proceso que le condujo a centrar su atención en la idea de selección. El texto de Darwin es el siguiente: «Abrí mi primer cuaderno en julio de 1837. Trabajé basándome en principios verdaderamente baconianos, y, sin teoría alguna, recopilé datos al por mayor -muy especialmente respecto a las producciones domesticadas-, mediante cuestionarios impresos, conversaciones con hábiles reproductores y jardineros, y extensas lecturas. Cuando veo la lista de libros de todo tipo que leí y resumí, incluyendo series completas de revistas y memorias, me sorprendo ante mi laboriosidad. Pronto percibí que la selección era la piedra angular del éxito del hombre en lograr razas útiles de animales y plantas. Pero cómo la selección podía aplicarse a los organismos que viven en estado natural continuó siendo un misterio para mí durante algún tiempo»{10}. Efectivamente, el texto es tan explícito que cualquier interpretación ulterior podrá parecer innecesaria, impertinente: así S. Toulmin y J. Goodfield, en su conocido libro El descubrimiento del tiempo (Toulmin y Goodfield, 1965:197), citan este párrafo de la Autobiografía de Darwin dando por supuesto que es ya por sí mismo una explicación histórica suficiente acerca de la verdad de la biología darvinista. Además, la sinceridad del autor parece estar asegurada ya que, según propia confesión, Darwin escribió su Autobiografía para uso de sus hijos y nietos pero no pensando en su publicación. Sin embargo, no vamos a dejar de hacer algunos comentarios de este párrafo, corriendo el riesgo de que se nos acuse de estar deformando su significado más evidente. Sabemos que en 1876, cuando Darwin escribe estas líneas, el darvinismo estaba lejos de poder considerarse como un paradigma victorioso y encontraba resistencia creciente en la calle y entre los naturalistas. Es en este contexto externo hostil en el que Darwin presenta la génesis de su descubrimiento. La Autobiografía parece un lugar adecuado para mostrar el lado sincero y honesto de su talante como científico. Efectivamente, hay muchos detalles en la redacción de este opúsculo que nos permiten dudar de su intención privada y avalan la sospecha de que el propio Darwin contaba con su posible publicación (en un momento oportuno tras su muerte). Y, por eso, la presentación que hace de su descubrimiento pretende, en primer lugar, salir al paso de todas aquellas críticas que lo presentan como una teoría especulativa: parece incluso haber una alusión directa a la crítica que le lanzara Adam Sedgwick para quien la teoría de Darwin no observaba los principios baconianos. Darwin se presenta a sí mismo (ante sus hijos, pero muy probablemente también ante el resto de los naturalistas y del público general, incluso ante un futuro historiador de la biología), como si hubiera quedado abrumado por unas evidencias tan abundantes y ajenas a su voluntad que resultarían imposibles de negar, como si él mismo hubiera resultado atrapado por ese des-cubrimiento involuntario. Pero la razón que más decididamente nos mueve a interpretar este texto como meramente retórico, propagandístico, es el contraste con el modo de proceder efectivo de Darwin en sus cuadernos de notas y con algunas de sus declaraciones más privadas en su correspondencia. H.E. Gruber, en el libro ya citado Darwin, sobre el hombre, desmuestra de un modo definitivo y reiterado que Darwin partía siempre de una serie de supuestos no sólo teórico-biológicos sino también filosóficos (como demostrarían sus Notas viejas e inútiles de 1837) en sus investigaciones, y que su recolección de materiales no estaba hecha «al por mayor» sino que, muy al contrario, algunos de esos materiales estaban realmente «buscados con candil». Por otra parte, si, según nuestra hipótesis, consideramos que cierta correspondencia es un documento más fiable para conocer lo que realmente pensaba Darwin que su equívoca (y propagandística) Autobiografia, entonces podrá valorarse la importancia del texto siguiente. Está tomado de una carta que Ch. Darwin dirige a Henry Fawcett (carta realmente privada al famoso economista, hombre de estado y amigo), y dice: «Hace unos treinta años se decía mucho que los geólogos debían observar y no teorizar; y yo recuerdo bien a alguien que decía que a este paso un hombre bien podría ir a una gravera y contar los guijarros y describir los colores. ¡Qué extraño es que nadie vea que toda observación debe ser hecha a favor o en contra de un punto de vista si es que ha de servir de algo!»{11}. Además de esta carta tenemos un importante comentario de su hijo Francis que vuelve a desmentir la imagen del Darwin baconiano cuando dice: «Con frecuencia repetía que nadie puede ser un buen observador sin ser un activo inventor de teorías. Esto me lleva de nuevo a lo que dije respecto a su instinto para captar las excepciones: era como si estuviera provisto de una capacidad teorizante dispuesta a desembocar en cualquier cauce a la menor confusión, de manera que ningún dato, por pequeño que fuera, podía evitar una descarga de teoría y, de este modo, el dato adquiría importancia»{12}. El carácter equívoco de la Autobiografía de Darwin se pone claramente de manifiesto cuando nos percatamos de que, al lado de ese pasaje claramente empirista, inductivista, descripcionista, baconiano, conviven otros pasajes de corte inequívocamente teoreticista, deductivista, como aquel en el que se refiere a la génesis de su teoría sobre los arrecifes de coral{13}. De otra parte, dejando ahora de lado lo que Darwin pensara y dijera, está la discusión acerca de si es o no posible entender la teoría de la evolución biológica como una descripción de la realidad, como un desvelamiento, como un simple reflejo de un hecho en sí mismo evidente que queda, tras su descubrimiento, intacto. En nuestra opinión difícilmente se podrá mantener este supuesto aunque sólo sea porque el origen de las especies biológicas va referido al pasado, y el pasado, por definición, es lo que no existe ahora y, por tanto, algo que no es posible describir, descubrir, desvelar. Cuando hablamos del pasado tenemos que hablar más bien de su construcción a partir de unos materiales presentes (los materiales geológicos y paleontológicos en biología, las reliquias y los relatos en historia), teniendo siempre en cuenta que esa construcción no puede aspirar a ser, sin embargo, una reconstrucción íntegra. Esta objeción, por sí sola, es bastante para hacernos desistir de una interpretación descripcionista (no constructivista) del darvinismo. Pero además, tuviera Darwin o no una autoconcepción baconiana de la ciencia, de lo que no cabe la menor duda es de que en su ejercicio, en su actividad diaria como científico, Darwin seleccionaba sus temas de investigación, sus experimentos, sus materiales, sus lecturas, &c., de acuerdo con unos intereses teóricos muy precisos. El proceso que conduce a la verdad de la modificación de las especies por selección natural es un proceso que tiene mucho de constructivo y esto se deja ver de modo ubicuo en todos los capítulos de El origen y en la manera como se van haciendo encajar los materiales de unos capítulos con los de otros: sobre este carácter constructivo materialista insistiremos en el apartado cuarto de esta lección. 2.2.2 Interpretaciones teoreticistasLas filosofías de la ciencia que designamos como teoreticistas se caracterizan porque ponen «el lugar en el que puede constituirse la verdad científica en el proceso formal de construcción de conceptos, o de enunciados sistemáticos» (Bueno, 1992-94, v.1:75). El teoreticismo considerará que las ciencias son, fundamentalmente, construcciones teóricas, sistemas hipotético deductivos cuya verdad radica, en gran medida, en su propia coherencia interna (formal). El teoreticismo es una alternativa configurada tras la crítica al descripcionismo, tras esa crítica que denuncia la imposibilidad de que la realidad pueda ser descrita de un modo inmediato y neutral, de un modo que deje intacta esa realidad que se describe. El teoreticismo se configura también como una filosofía de la ciencia ajustada a los avances científicos más recientes (sobre todo a los avances en la llamada física teórica: la mecánica cuántica y relativista, la teoría atómica, el principio de incertidumbre, &c.), porque es en este contexto donde el descripcionismo muestra más claramente sus limitaciones (¿Qué es lo que describe la ecuación de Einstein o la de Schrödinger? ¿Cómo hablar de una realidad que no resulta afectada por el científico después de la formulación del principio de incertidumbre?). El teoreticismo radical, que niega cualquier papel a la materia, a los «hechos», en la construcción de las verdades científicas, es una alternativa que, en la práctica, sólo es viable cuando se aplica a las ciencias formales (que para los teoreticistas explorarían una serie de posibilidades de construcción teórica que nada tendrían que ver con la experiencia). Sin embargo, sí existen modulaciones no tan extremas de la posición teoreticista: el falsacionismo de K.R. Popper, en su libro La lógica de la investigación científica (Popper, 1934), es, indudablemente, el ejemplo más significativo de filosofía de la ciencia teoreticista. Efectivamente, según el falsacionismo, la dinámica de las ciencias exige, en primer lugar, la proliferación de teorías, teniendo en cuenta que esas teorías nunca podrán encontrar justificación suficiente por vía de la inducción incompleta: esas teorías no proceden de los hechos, de la experiencia, sino que surgen a partir de teorías anteriores convenientemente modificadas. En un segundo momento, las teorías construidas han de poder someterse a falsación, han de poder contrastarse con los hechos: aquellas teorías que resistan esta prueba de la falsación serán consideradas teorías científicas verdaderas (provisionalmente, hasta que sean falsadas); aquellas otras que no superen la prueba serán teorías científicas falsas. Al margen quedan las teorías que no pueden someterse a falsación: éstas no pueden considerarse teorías científicas (verdaderas o falsas) sino metafísicas. (La necesaria brevedad que se nos impone en el contexto de esta conferencia nos impide extendernos en una reexposición más detallada del falsacionismo). Cuando Popper utiliza la filosofía de la ciencia falsacionista como marco para el análisis del darvinismo en La miseria del historicismo (Popper, 1944-45) y en Búsqueda sin término (Popper, 1974) llega a la conclusión de que «el darwinismo no es una teoría científica, sino un programa metafísico de investigación» (Popper, 1974:227), y es un programa metafísico porque no es falsable, porque no es contrastable. El darvinismo, incluida su crítica al finalismo, es una ideología pesimista a la que habría que oponer una ideología moderna, optimista, donde el sujeto individual, con sus innovaciones, sería el motor de la evolución{14}. Además, según Popper, la teoría de la evolución biológica sería tautológica e incapaz de realizar predicción alguna (excepto, quizás, la predicción de la gradualidad de la propia evolución).{15} Los juicios que emite Popper acerca del evolucionismo biológico, incluyendo los «ocurrentes» añadidos de su teoría de la presión de selección interna (Popper, 1974:233-239), son, a nuestro juicio, una muestra evidente de la superficialidad de sus posiciones filosóficas que corre pareja con su ignorancia de los tópicos más básicos de la biología evolucionista. La biología evolucionista podrá parecer tautológica cuando analizamos algunas de sus formulaciones que se mantienen sólo en el terreno de la reexposición teórica, formal, deductiva, del darvinismo: es en este contexto en el que se argumenta que la explicación de la adaptación por la supervivencia del más apto y la explicación de la supervivencia como resultado de la adaptación forman un círculo vicioso, tautológico. Sin embargo, los biólogos que no se mueven exclusivamente en el nivel de la «deducción de unos enunciados por otros» sino que trabajan en el campo material del evolucionismo (comparando organismos, especies, variedades, procesos, &c.), saben perfectamente que este círculo deja de ser vicioso en la medida en que incorpora una gran cantidad de materiales (biogeográficos, poblacionales, ecológicos, paleontológicos, taxonómicos, &c.) y posibilita su organización y su codeterminación. La selección natural está, en primer lugar, codeterminada por la presión demográfica; depende también de la naturaleza de las diferencias entre unos individuos y otros y del modo como esas diferencias interactúan con un medio específico que puede cambiar; además, se pueden establecer analogías entre unos procesos de adaptación y de selección y otros: es este carácter sistemático y comparado el que hace que sea completamente formal el hablar de un círculo vicioso (vid. Caplan, 1977). En el límite, puede darse incluso el caso de que un aumento en la eficacia biológica pueda, por encima de cierto límite, no ser adaptativo: el depredador que «mejora» su capacidad de capturar a una determinada presa puede determinar la extinción de ésta y poner en peligro, de paso, la suya propia. Por otra parte, es absolutamente falso que el evolucionismo biológico no sea contrastable pues hay numerosos ejemplos, no sólo de especies nuevas creadas artificialmente sino también de análisis de procesos de especiación natural en lapsos relativamente breves (vid, Jones, 1981). Las concepciones teoreticistas de la ciencia, cuando toman la física como ciencia de referencia, suelen insistir en la incapacidad de la biología evolucionista para producir predicciones. La idea de que la característica fundamental de toda ciencia es la capacidad de predecir fenómenos nuevos es una idea de procedencia positivista. Podríamos citar como uno de los lugares donde más radicalmente se defiende esta idea las Cartas de un habitante de Ginebra a sus contemporáneos (1803) de Saint-Simon donde aparece ligado el prediccionismo a un fuerte reduccionismo fisicista. Sin embargo, para nosotros, esta característica de la predictibilidad no puede considerarse como un rasgo gnoseológico general a toda ciencia: por ejemplo, resulta difícil interpretar qué pueda significar en las ciencias formales; incluso en la física la predecibilidad tiene un alcance muy limitado que no se debería olvidar. En todo caso, es erróneo decir que el darvinismo no produce predicciones: la teoría de la evolución permite predecir nuevos fenómenos del campo de la biología en un sentido muy parecido a como la tabla periódica de los elementos químicos predijo la existencia de nuevas sustancias simples. El mismo Darwin efectuó alguna de esas predicciones: por ejemplo, contra el argumento de Kölliker de que no existían en el registro fósil formas de enlace entre organismos, predijo la aparición de formas fósiles de transición. Y esta predicción se cumplió ya en 1861 con el descubrimiento, en las canteras de Solnhofen, del primer especimen de archaeopteryx (incluido por Darwin en la segunda edición de El origen) que es una forma transicional clara entre reptiles y pájaros. Un poco más tarde se encontrarían los restos del compsognathus, dinosaurio bípedo que se considera un eslabón entre reptiles y aves. También se encontraron, todavía en vida de Darwin, carnívoros fósiles reconocidos como formas intermedias entre organismos pasados y actuales. Esta predicción de Darwin también permite clasificar mejor (filogenéticamente) ciertas «formas de enlace» vivas como el pez pulmonado. Esta misma predicción se confirma contínuamente conforme el registro fósil se va haciendo progresivamente más denso. El juicio popperiano que clasifica al darvinismo como una teoría metafísica implica situar la evolución biológica al lado de otras construcciones que efectivamente lo son como el argumento ontológico de San Anselmo, las vías tomistas para la demostración de la existencia de Dios o la idea de Espíritu absoluto de Hegel. Es decir, implica suponer que desde los conceptos de unidad de estirpe, de descendencia con modificación de las especies y de selección natural no se puede progresar de modo racional al mundo de los fenómenos biológicos lo mismo que es imposible este progreso desde las ideas de Dios, de Alma o de Espíritu absoluto. (Que en las verdades científicas se pueda progresar desde las esencias a los fenómenos no implica, desde luego, que se pueda dar cuenta íntegramente de todos los fenómenos en sus múltiples determinaciones, pero sí, al menos, de algunos). La historia de la biología de este último siglo después de Darwin abunda en pruebas sobre cómo desde los conceptos evolucionistas se progresa a nuevos fenómenos, fenómenos que, muchas veces, se dibujan y se construyen gracias al darvinismo. Por añadir algunos ejemplos más a los ya citados: la mayoría de los fenómenos paleoantropológicos conocidos, el estudio de la resistencia de las bacterias a los antibióticos, el estudio de la resistencia de determinados insectos al DDT, la construcción de nuevas especies por poliploidía como la Raphanobrassica de Karpetchenko, &c. Por último, no podemos dejar de mencionar la circunstancia (quizás no deseada por Popper, pero los deseos aquí no cuentan) de que el creacionismo más confusionista y anticientífico de la segunda mitad de este siglo se ha apoyado frecuentemente en los diagnósticos hechos en La miseria del historicismo y en Búsqueda sin término. Citando a Popper como argumento de autoridad, algunos de estos nuevos creacionistas se congratulan de que la teoría de la evolución sea solamente eso, una teoría, y, por tanto, una teoría al lado de otras (como el creacionismo adámico): en el fondo, una cuestión de creencias o de gustos. Otros, como Etienne Gilson, presentan el evolucionismo biológico como una teoría filosófica y, a la vez que ensalzan al Darwin científico, disculpan y condenan ese Darwin que se metió a filósofo (en su teoría de la evolución) y se dejó confundir por el materialismo (Gilson, 1976). 2.2.3 Interpretaciones adecuacionistasLlamamos adecuacionismo a un conjunto de filosofías de la ciencia que se caracterizan «en primer lugar, por distinguir, en los cuerpos de las ciencias, una forma (lingüística, conceptual, teórica, &c.) y una materia (empírica, real, &c.), y, en segundo lugar, por definir la verdad científica como correspondencia (adaequatio) entre las construcciones formales de las ciencias y la materia empírica o real constitutiva de sus campos» (Bueno, 1992-94, v.5:1375). Distinguimos dos modulaciones ligeramente diferentes a la hora de especificarse más este esquema adecuacionista general que acabamos de formular: en primer lugar, el adecuacionismo que vamos a llamar «realista» y, en segundo lugar, el adecuacionismo «neutro». En su versión realista, el adecuacionismo es una filosofía «representacionista» de la verdad científica por cuanto entiende que ésta no es sino la representación adecuada de unos hechos y, en el límite, de una realidad (que se postula como existente independientemente de su representación). La representación puede situarse en el entendimiento (como en la versión tomista o en la de Maritain) o en el lenguaje (como en la versión de Tarski). El adecuacionismo neutro estaría representado eminentemente por las filosofías de la ciencia estructuralistas (Sneed, Stegmüller, Moulines). El estructuralismo es adecuacionismo por cuanto supone la correspondencia entre una teoría nuclear y unas supuestas aplicaciones de esa teoría (que son las que permiten considerarla como verdadera). El estructuralismo es adecuacionismo neutro porque, una vez admitido lo anterior, no centra su atención, como sería de esperar, en precisar cómo es posible esa correspondencia postulada, es decir, no toma partido acerca de en qué consiste esa adecuación que, sin embargo, presupone. Por el contrario, dejando de lado ese problema central (central con respecto a los presupuestos de su propia teoría de la verdad científica y a su crítica a descripcionistas y teoreticistas), el estructuralismo deriva hacia una reconstrucción conjuntista de la supuesta teoría nuclear, reconstrucción que guarda un indudable parecido con los análisis clasificados unos párrafos más arriba como logicistas. Un ejemplo de análisis del darvinismo desde las posiciones del adecuacionismo realista nos lo ofrece Ernst Mayr en su libro Una larga controversia: Darwin y el darwinismo (Mayer, 1991:85 y ss.). Según el célebre profesor emérito de la Universidad de Harvard, los componentes del modelo explicativo de Darwin de la selección natural son cinco hechos y tres inferencias. Tres hechos darían lugar a la primera inferencia. «Hecho 1: Crecimiento exponencial potencial de las poblaciones (superfecundidad)(Fuente: Paley, Malthus y otros). Hecho 2: Estabilidad de estado estacionario observada en las poblaciones (Fuente: observaciones universales). Hecho 3: Limitación de los recursos (Fuente: observación reforzada por Malthus)». De estos tres hechos surgiría la primera inferencia realizada por Malthus: «Inferencia 1: Lucha por la existencia entre los individuos (Autor de la inferencia: Malthus)». Esta primera inferencia se combinaría con los hechos 4 y 5 para dar lugar a la segunda inferencia. «Hecho 4: Unicidad del individuo (Fuente: criadores de animales, taxónomos). Hecho 5: Heredabilidad de gran parte de la variación individual (Fuente: criadores de animales)». Como hemos dicho, la combinación de la primera inferencia con estos dos últimos hechos daría lugar a la segunda inferencia: «Inferencia 2: Supervivencia diferencial, es decir, selección natural (Autor de la inferencia: Darwin)». Esta segunda inferencia conduciría, a su vez, sin necesitar del concurso de más hechos, a una última inferencia, a saber: «Inferencia 3: A través de muchas generaciones, evolución (Autor de la inferencia: Darwin)» (véase el cuadro adjunto tomado directamente de la obra de Mayr 1991:86). Los presupuestos del adecuacionismo realista son, en esta interpretación, explícitos: en primer lugar, se afirma la necesidad de diferenciar dicotómicamente entre «hechos» e «inferencias teóricas» como componentes del modelo de Darwin; en segundo lugar, se da un esquema de cómo esas inferencias teóricas y esos hechos se adecuan en el modelo de la evolución por selección natural. Al final, el modelo se interpreta como una representación adecuada de los hechos, de la realidad empírica. Una concepción adecuacionista realista de El origen sería, muy probablemente, la que tenía el propio Darwin quien, al resumir su libro en la «Recapitulación» (cap. XV) lo define como una argumentación compuesta por hechos y deducciones. El adecuacionismo realista de E. Mayr da por supuesto que el crecimiento exponencial potencial de las poblaciones, la limitación de los recursos, la estabilidad de estado estacionario de las poblaciones, la unicidad del individuo y la heredabilidad de gran parte de la variación individual son «hechos», es decir, son observaciones que se nos presentan con claridad, sin más, de un modo que quizás podríamos llamar «intuitivo», y que no incluyen ni suponen nigún componente teórico. Estos hechos serían evidentes en sí mismos, independientes de cualquier posición teórica que se mantenga, y accesibles de una manera directa (no mediada por teorías pues por esa razón los llamamos «hechos»). Sin embargo, nada está más lejos de la realidad pues esto que Mayr llama «hechos» son en realidad construcciones muy complejas con cantidad de presupuestos teóricos implícitos: por ejemplo, el crecimiento exponencial potencial de las poblaciones no es propiamente un hecho si es que ese crecimiento es «potencial» (es decir, no se da efectivamente); la limitación de los recursos no tiene sentido en términos absolutos pues será siempre una limitación respecto de unas poblaciones que han de tener un determinado crecimiento «potencial» (postulado, pero no empírico); la heredibilidad de gran parte de la variación individual es más bien una hipótesis teórica que habría costado muchos años confirmar; la estabilidad de estado estacionario de la poblaciones no puede considerarse como una estabilidad «observada» sino como una construcción teórica acerca de la «economía de la naturaleza». En el esquema de Mayr nos asisten las mismas razones para decir que el crecimiento exponencial potencial de las poblaciones es un «hecho» como para decir que la lucha por la existencia de los individuos, una vez establecida, es también un hecho (aunque para Mayr sea una inferencia teórica). Realmente lo que ocurre es que Mayr llama «hechos» a las verdades establecidas en un momento dado, perdiendo de vista que esas verdades implican, a su vez, inferencias teóricas y observaciones no neutrales sino guiadas, organizadas y determinadas por las expectativas de ciertas hipótesis. Por eso, el análisis histórico de Mayr aunque, en el mejor de los casos, pueda darnos cuenta del modo como fueron ocurriéndosele las cosas a Darwin (y en esto se parecería a esa perspectiva del ordo inventionis propia del enfoque que hemos llamado psicológico), no puede, sin embargo, dar cuenta de por qué la evolución biológica es una verdad y es una verdad científica. La adecuación entre hechos e inferencias tomada como criterio de verdad deja de funcionar en el momento en que esos supuestos hechos están también, a su vez, cargados de inferencias, de modo que el esquema de ajuste propuesto (con cinco hechos y tres inferencias) se disuelve, se desintegra. El adecuacionismo realista supone tener acceso a los hechos (por una vía directa que no implique la mediación de ningún componente «teórico») y tener también acceso a las teorías (por una vía que no sea en ningún sentido empírica) para poder comparar los unos con las otras y decidir acerca de su adecuación. Por esta razón, este adecuacionismo comparte con el descripcionismo gnoseológico una dificultad básica: la imposibilidad de acceder a los «hechos» de una manera no interpretativa, neutral, inmediata que deje a esos hechos intactos. Ya Darwin, en el texto antes citado de su carta a Henry Fawcett, se había dado cuenta de que «toda observación debe ser hecha a favor o en contra de un punto de vista si es que ha de servir de algo», lo cual es tanto como reconocer que los hechos, independientemente de las teorías, no existen. Pero, una vez admitido esto, resulta entonces ineludible llevar a cabo una rectificación radical de la propia distinción entre hechos/teorías: este es el objetivo de las filosofías de la ciencia circularistas. El libro de Magí Cadevall titulado La estructura de la teoría de la evolución (Cadevall, 1988) sería un ensayo de interpretación de El origen desde las posiciones que nosotros caracterizamos como adecuacionismo neutro. La obra de Cadevall comienza con una crítica a los modelos epistemológicos del positivismo lógico, del popperismo, de la teoría de los programas de investigación de Lakatos y de la concepción semántica de la verdad. Cadevall defiende el carácter empírico y la contrastabilidad del evolucionismo, e intenta precisar en qué sentidos puede decirse que la teoría de la evolución es una teoría explicativa. Independientemente de nuestras coincidencias con algunos extremos de esas críticas (al positivismo lógico, a Popper, a Lakatos, &c.), nos parece, sin embargo, que la propuesta estructuralista de Cadevall no llega a rebasar muchas de las posiciones que ella misma critica: concretamente no llega en ningún momento a rebasar la concepción dicotómica de la ciencia como conjunto de hechos y teorías. Efectivamente, la filosofía de la ciencia estructuralista distingue explícitamente dos esferas autónomas: la «teoría» y las llamadas «aplicaciones» que desempeñan el papel de los «hechos» (en nuestra terminología diríamos que cumplen el papel de materia, aunque esta palabra sea evitada por el estructuralismo, como si así se pudiera conjurar la presencia de unas ideas que están, inevitablemente, funcionando). «La teoría -dice Cadevall en la p. 60- es una estructura matemática o conjuntista que contiene leyes de algún tipo y que no menciona ningún nombre propio. Las aplicaciones de la teoría son sistemas físicos que podemos especificar mediante nombres propios». Lo curioso es que, para Cadevall, prácticamente todos los contenidos de El origen caerían del lado de las aplicaciones pues «la paleontología, la biogeografía, la taxonomía, la embriología se convierten en aplicaciones de la teoría evolucionista» (p. 52 y cap. VI). Se postula, además, que el núcleo central teórico es el que da unidad al conjunto de las disciplinas evolutivas: la unidad viene dada por la teoría, no por los hechos, la unidad es, por tanto, formal, no material. En algún momento se encarece la importancia de esas aplicaciones, con el objeto de defender un cierto realismo, pero nunca llega a precisarse cómo se produce el ajuste, la correspondencia, entre el núcleo teórico y las aplicaciones (que habremos de suponer no-teóricas): precisamente clasificamos a este estructuralismo como un adecuacionismo neutro porque no llega a tomar partido acerca de este problema gnoseológico central. Si acaso, lo único que sí parece poder adivinarse es que la teoría guarda con respecto a sus aplicaciones las relaciones que guarda un todo distributivo con respecto a sus partes. En el todo distributivo, las partes son independientes las unas de las otras a la hora de conformar ese todo: en el esquema de Cadevall las aplicaciones son independientes unas de otras y la teoría evolutiva se distribuye íntegramente en cada aplicación. Si esto es así, y si las «aplicaciones» son esas disciplinas evolutivas que cita Cadevall, entonces sí estamos en condiciones de denunciar un grave error de la interpretación estructuralista pues, como veremos en el apartado cuarto, las relaciones que median entre biogeografía, embriología, genética de poblaciones, ecología, sistemática, morfología, paleontología y etología (por citar las disciplinas evolutivas a que hace referencia Cadevall) no se pueden reducir, de ningún modo, a las relaciones entre partes de un todo distributivo. Pues bien, una vez hecha esta distinción entre teoría y aplicaciones, el estructuralismo se embarca en la tarea de axiomatizar la parte teórica de la ciencia por medio de la teoría de conjuntos dando lugar a una «axiomatización jerarquizada» que es, en realidad, una reconstrucción lógico-matemática de algunos tramos de «ciencia representada» (dejando para mejor ocasión la «ciencia ejercida» que cae del lado de las «aplicaciones»). El bajo rendimiento que este análisis logra cuando se aplica al estudio de la biología evolucionista podría tener que ver con la propia naturaleza de la «revolución lógica» implícita en el darvinismo. Gustavo Bueno, en la conferencia impartida en este mismo ciclo con el título de «La scala naturae y la lógica de la evolución», supone que la revolución lógica introducida por Darwin reside en la sustitución de todos y partes (géneros y especies) característicos de la lógica de clases por todos y partes que guardan entre sí las relaciones del género plotiniano, ese género concebido como género generador de las especies y de los nuevos géneros. Si esto fuera así, no tendría nada de particular que los análisis conjuntistas de la biología evolucionista encuentren dificultades a la hora de tratar con esas totalidades evolutivas (eminentemente los phyla) pues en estas totalidades es necesario tener en cuenta las relaciones sinalógicas. Son relaciones sinalógicas aquellas que se establecen entre términos mediante vínculos de continuidad, contigüidad o contacto espacial o causal (Bueno,1992-94, v.5:1432). Estas relaciones sinalógicas pueden ser de naturaleza muy diversa, desde las relaciones sinalógicas presentes en la recombinación genética propia de la reproducción sexual hasta las relaciones sinalógicas dadas en los ecosistemas y las cadenas tróficas. Los géneros plotinianos y las relaciones sinalógicas se dejan reducir mal a la lógica de clases. Además, algunas de estas relaciones sinalógicas entre términos del campo biológico son relaciones sinectivas, relaciones necesarias e imprescindibles entre dos o más términos a pesar de su diversidad: las relaciones de las células con el medio intercelular son de este tipo; también son de este tipo las relaciones implicadas en el heterotrofismo o las relaciones de cohesión interna de ciertas poblaciones biológicas. Por todas estas razones, cuando se intenta dar cuenta de las relaciones filogenéticas y ecológicas en términos conjuntistas lo más que se logra es una paráfrasis trivial y muy artificiosa de algunos enunciados evolucionistas (enunciados que se entienden igual de bien o incluso mejor si se formulan con precisión en un lenguaje nacional). Esta paráfrasis puede incluso llegar a encubrir la propia realidad que intenta aprehender, dado que los materiales de la categoricidad biológica (desde luego, los términos materiales propios de esa categoría pero también las relaciones -como quedó dicho-, y las operaciones específicamente biológicas) son de distinta naturaleza que los materiales del álgebra. Singularmente, hay un extremo en que la metáfora conjuntista resulta especialmente desafortunada: nos referimos a las operaciones. Esto es así porque el concepto conjuntista de operación parece tener que aplicarse sobre unas totalidades perfectamente definidas, si es que deben poder ser representables gráficamente. Por el contrario, las operaciones características de la categoricidad biológica (por ejemplo, las operaciones de hibridación, las operaciones quirúrgicas de los fisiólogos con fístulas, con quimógrafos, &c.) no generan esas totalidades tan perfectas sino que nos ponen en la inmanencia de un campo in fieri, imperfecto o infecto, indeterminado o indefinido en muchas de sus partes, inacabado, irregular. El éxito que pueda llegar a cosechar el estructuralismo en el gremio de los filósofos de la ciencia, como en el caso del enfoque logicista, obedecería a dos razones: lo costoso que resulta (en términos de tiempo) llegar a advertir la trivialidad de este estructuralismo, y la circunstancia de que esos estructuralistas se presentan como miembros de una comunidad de «filósofos científicos especialistas», como si esa cofradía fuese homologable con los grupos de investigación existentes en las ciencias efectivas. §3 La idea de identidad sintéticaCuando hablamos de las diferentes interpretaciones gnoseológicas de la verdad del evolucionismo nos referimos a cuatro tipos básicos de teorías de la ciencia y cada uno de ellos llevaba asociada una determinada idea de verdad científica: la verdad como desvelamiento, en el descripcionismo; la verdad como coherencia, en el teoreticismo; y la verdad como correspondencia en el adecuacionismo; nada dijimos entonces acerca de la idea de verdad científica del circularismo. Nuestra crítica a las tres primeras concepciones acerca de la verdad científica reiteraba en todos los casos la imposibilidad de hacer una distinción dicotómica entre hechos y teorías que nos permitiese referirnos a unos hechos accesibles al margen de todo supuesto teórico (en el descripcionismo), o a unas teorías elaboradas al margen de toda experiencia empírica (en el teoreticismo), o a ambas cosas a la vez (en ese adecuacionismo que exige la dicotomía para luego postular la correspondencia). Ahora bien, si somos consecuentes con nuestras críticas, es evidente que la división de la realidad en hechos y teorías habrá de ser retirada: no habrá «hechos puros», y lo que llamamos parte empírica de las ciencias estará inevitablemente inundada de supuestos teóricos (más o menos explícitos); recíprocamente, no existirán «teorías puras» ni ciencias formales puras pues toda construcción, por teórica que parezca, tendrá que estar dada en cierto contexto material. Si aceptamos que hechos y teorías no se pueden separar, entonces la verdad científica no podrá residir en los hechos (como en el descripcionismo) ni en las teorías (como en el teoreticismo), ni tampoco en la correspondencia hechos/teorías (del adecuacionismo) pues esa correspondencia pide la separabilidad que estamos negando. De este modo, se nos han ido cerrando los caminos por los que transitan buena parte de las filosofías acerca de la verdad científica. Siendo así, la opción circularista se nos presenta, en este momento, como negación de esas otras opciones que hemos tenido que descartar pero, precisamente por su carácter eminentemente crítico, parece, en un principio, incapaz de generar una idea de verdad científica alternativa. En estas circunstancias, no elegimos esta opción porque presente una solución inmediata a las dificultades que venimos planteando sino, sencillamente, porque es la única que nos queda, si es que sostenemos consecuentemente las críticas realizadas. Definimos el circularismo en filosofía de la ciencia como aquel conjunto de teorías que supone que las relaciones entre las multiplicidades formales y materiales de las ciencias se ajustan a esquemas circulares, de modo que ambos tipos de multiplicidades se codeterminan mutuamente de forma constante. Pero el circularismo, así entendido, resulta indeterminado, y de él no se deduce ninguna idea de verdad científica concreta. El circularismo materialista supone una especificación de ese esquema general en dos sentidos: en primer lugar, por cuanto interpreta que esas multiplicidades (formales y materiales) nunca son independientes del plano de las operaciones que los sujetos realizan con objetos corpóreos; en segundo lugar, porque supone que los esquemas circulares que puedan establecerse tienen unos límites, que son los que definen el campo de cada ciencia y las franjas de verdad de cada teorema, y que, por tanto, no tiene sentido hablar de una circularidad referida a la totalidad de los fenómenos existentes. Desde esta filosofía circularista materialista se supone que la esencia de la verdad científica tiene que ver con la identidad entre algunos términos del campo de una ciencia. La verdad de una ciencia no será, en ningún caso, extrínseca a los materiales propios del campo de esa ciencia sino que será específica de los materiales característicos de cada campo. Esa identidad, aunque se formula mediante proposiciones, se construye y resulta de las operaciones con los objetos corpóreos y de las relaciones entre los distintos materiales. Es, por tanto, una construcción que exige objetos, operaciones quirúrgicas y relaciones materiales. Por eso, consideramos que esa identidad es una identidad sintética. Ahora bien, la identidad, tal como la entiende el materialismo filosófico, no debe confundirse con la propiedad de la reflexividad. La interpretación que pone el núcleo de identidad en la reflexividad está a menudo ligada a modos de entender la verdad científica como si ésta se situara exclusivamente en un plano proposicional. Es una idea de identidad deducida de la lógica formal y de las matemáticas o, dicho con mayor precisión, de una interpretación de la lógica formal y de las matemáticas que es, ella misma, formalista. En todo caso, además, para la teoría del cierre categorial, la relación de reflexividad no es nunca una relación primitiva, ni siquiera en el contexto tecnológico tipográfico de la lógica formal, sino que, por el contrario, no sólo es una propiedad derivada de otras (por ejemplo, de la simetría o de la transitividad) sino que es una propiedad límite, resultado de un proceso constructivo dialéctico. Se trata de un concepto límite, como pueda serlo la clase vacía en lógica de clases. La clase vacía es una clase que no es clase (pues no tiene elementos) pero, sin embargo, es necesaria, dialécticamente, si es que se quiere llegar a cerrar un sistema operatorio en el que figuran operaciones como la intersección de conjuntos (pues esa intersección, cuando se lleva al caso límite de la intersección de conjuntos disjuntos, exige la clase vacía). La identidad sintética, para el materialismo gnoseológico, se diferencia también de la igualdad pues la identidad de la que estamos hablando, muchas veces, se abre paso a través de situaciones de desigualdad, de situaciones en las que no se aplican las propiedades de la simetría, la transitividad y la reflexividad. Esto es especialmente frecuente en las ciencias biológicas donde las relaciones biológicamente más significativas entre los organismos de una biocenosis no son, desde luego, relaciones de igualdad; incluso refiriéndonos a organismos de una misma especie, la igualdad entre esos organismos puede considerarse, en muchos aspectos, abstracta, frente a las desigualdades efectivas que son el material mismo del proceso de descendencia con modificación. La relación de identidad, según lo dicho, exige siempre una construcción material (o una multiplicidad de construcciones): esta es la razón de que hablemos de identidad sintética. Ahora bien, desde un punto de vista semántico (y aunque toda identidad sea, por su génesis, constructiva, material, operatoria), el contenido de la identidad puede ir referido a la esencia o a la sustancia. Los términos griegos isos y autos se referirían respectivamente a una identidad esencial y sustancial. En la reinterpretación que el materialismo de Gustavo Bueno hace de las relaciones materia/forma, la idea de sustancia queda definida como «invariante de las transformaciones sinalógicas»: un ejemplo de esta invariancia podría ser el punto donde se cortan las diagonales de un rectángulo como invariante (por tanto, sustancialmente idéntico) en relación con ciertos giros, rotaciones, etc. Como ya dijimos, llamamos «sinalógica» (de synallaso = «juntar, casarse») a aquella unidad que se produce por contigüidad, por ajuste, y produce una totalidad atributiva, como la unidad del tipo llave-cerradura, mientras que la unidad isológica es una unidad de tipo distributivo (donde las partes de la relación son sustitubles) que en el límite nos remite a la igualdad. «La identidad esencial es un modo extremo de unidad isológica, así como la identidad sustancial lo es de la unidad sinalógica» (Bueno, 1992-94, v.1:152). Pues bien, las identidades sintéticas que conforman las verdades científicas exigen simultáneamente identidades sustanciales y esenciales. La idea de verdad científica no se confunde, sin embargo, con la idea de identidad sintética porque no toda identidad sintética constituye una verdad en sentido estricto, gnoseológico. La razón es que cabe distinguir dos tipos generales de identidades sintéticas: las identidades sintéticas esquemáticas y las identidades sintéticas sistemáticas. Las identidades esquemáticas (o «esquemas de identidad») son configuraciones que resultan de las operaciones. La configuración «circunferencia» en Geometría sería un ejemplo de identidad esquemática: el esquema material de identidad será aquí la equidistancia de los puntos de la circunferencia con respecto del centro, y la operación que genera la circunferencia podría quedar descrita como «trazar arcos sucesivos con el compás». La idea de especie exclusivamente morfológica y los sistemas de clasificación «artificiales», anteriores al darvin |