Filosofía en español 
Filosofía en español

Pedro Fedoséiev · Dialéctica de la época contemporánea · traducción de Augusto Vidal Roget

Parte primera. Bases filosóficas de la política y de la táctica

La dialéctica del desarrollo social en nuestro tiempo


La línea ascendente y la línea descendente del desarrollo

En general, el desarrollo del mundo es de signo progresista. Mas, tanto en la naturaleza como en la sociedad se dan determinadas fases de desarrollo. En la historia vemos distintas formaciones económico-sociales que se suceden unas a otras, y cada una de ellas tiene su dialéctica interna de desenvolvimiento, pasa por un período de ascenso y por su período de descenso. Una formación dada se desarrolla globalmente en línea ascensional mientras sus relaciones de producción corresponden más o menos al carácter de las fuerzas productivas. En cambio, cuando aquéllas empiezan a entorpecer y a frenar el crecimiento de éstas, se llega a la fase descendente de dicha formación. Por tanto, no se trata de una línea descendente de desarrollo de la historia en general, de la historia de la humanidad, sino de la historia de una formación social, que se ve en la imperiosa necesidad de ceder su puesto .a un estadio más elevado de la sociedad.

La cuestión estriba en que las fuerzas productivas de la sociedad se acrecientan incesantemente, asegurando la sucesión y la continuidad del progreso. Al mismo tiempo, las formas de las relaciones de producción y de la vida social, transitorias, quedan a la zaga de las necesidades del desarrollo de la producción. Ahora bien, las clases dominantes han tenido siempre su existencia unida [130] a esas formas caducas, se han aferrado a ellas hasta el fin, y con ellas han abandonado la escena de la historia. Este es un principio general al que se puede llegar comparando los destinos de los países a lo largo de toda su historia. Y en eso hallamos una de las manifestaciones del carácter antagónico del progreso en la sociedad de clases.

Por consiguiente, no hay que representarse el desarrollo histórico, el movimiento progresivo, como avance ininterrumpido, como libre marcha hacia adelante, sin obstáculos, hacia estadios superiores del ser social, hacia el socialismo y el comunismo.

Tampoco es admisible caer en el otro extremo, suponer que el desarrollo del capitalismo contemporáneo constituye en todos sentidos, en cada punto de su movimiento, un regreso incesante e indudable. Semejante criterio equivaldría a simplificar la cuestión y más bien expresaría, tal vez, un inconsciente deseo de subordinar el panorama real a un rígido esquema general. En verdad, el fenómeno es. mucho más complejo.

Las líneas ascendente y descendente, en el devenir de las formaciones sociales, no son progresiones uniformes hasta la cúspide y descensos hasta el fondo. No son como la trayectoria de una bala o de un obús, con una subida regular y una bajada más o menos suave. La línea ascendente del progreso social tiene sus dificultades y contradicciones, sus repechos y sus momentos de reposo, sus rodeos y sus virajes en la dirección general del movimiento progresivo. Mas tampoco la línea descendente se compone sólo de pendientes y fosos, de deslizamientos hacia el abismo, sino, además, de transitorias subidas. Si miramos el devenir histórico en su conjunto podemos decir, a modo de analogía, que las líneas ascendente y descendente de la sociedad antagónica presentan un carácter zigzagueante u ondulatorio.

Recordemos cómo caracteriza Lenin el capitalismo monopolista. Habla de él como de la fase superior del capitalismo y como de capitalismo en descomposici1án. Semejante caracterización no es, de ningún modo, una metáfora; contiene una indicación del carácter eminentemente contradictorio que posee el desarrollo de la sociedad burguesa moderna. Tal es la dialéctica objetiva de esta sociedad. El imperialismo es el estadio superior del capitalismo, su cima más alta, y al mismo tiempo su crisis más profunda, la exacerbación de todas sus contradicciones, la víspera de su hundimiento, la época de la revolución socialista.

Hablando en general, tal contradicción constituye el rasgo característico de la ley histórica a que responde la trayectoria de todas las formaciones antagónicas. Recuérdese el destino del Imperio romano en sus últimos siglos. Por una parte, todo es brillo externo y poderío, mas, por otra, es indudable su descomposición interna. Lo mismo puede decirse de las monarquías feudales de Occidente en los siglos XVII y XVIII, y luego de las de Oriente. La fachada es imponente, todo grandeza y deslumbrante brillo [131]

cortesano; mas, por dentro, todo son grietas e indignación del pueblo en efervescencia, pronto a estallar. Cabe decir que los cimientos se hunden bajo el peso del edificio tanto más rápidamente cuanto más mayestática se hace la obra, que se tambalea por el paso del tiempo y por las voluminosas construcciones que se le van añadiendo.

El capitalismo monopolista de Estado, floreciente en la fase imperialista, no puede eliminar la competencia ni la anarquía en la producción, no puede asegurar el desarrollo planificado de la economía, pues la propiedad capitalista y la explotación del trabajo asalariado siguen siendo la base de la producción. El yugo del capital sobre el trabajo se acrecienta sin cesar. Los monopolios unen Su fuerza a la del Estado en un solo mecanismo con el fin de enriquecerse, de aplastar el movimiento obrero y la lucha de liberación nacional, de salvar el régimen capitalista y de desencadenar guerras de agresión.

Nosotros caracterizamos el moderno imperialismo norteamericano corno gendarme mundial, como freno que entorpece el avance de la humanidad. Piénsese en el papel que los imperialistas de los Estados Unidos desempeñan en el aplastamiento de las acciones revolucionarias de los pueblos en muchos países, piénsese en los bloques militares agresivos creados por ellos mismos, en la sujeción económica de los países poco desarrollados, en la furiosa lucha contra los países socialistas, contra las ideas del socialismo y del comunismo.

El imperialismo mundial representa la reacción en todos los campos. Jamás olvidarán los pueblos las atrocidades y las penas en que sumió a millones de personas el fascismo, la dictadura más reaccionaria y terrorista de los imperialistas.

También es un exponente de la corrupción del imperialismo la situación interna de los países burgueses. En los mismos Estados Unidos, pese al elevado nivel de la producción, persiste el desempleo crónico, millones de seres humanos viven en la miseria, y existen "zonas calamitosas" permanentes. A este propósito es necesario hacer hincapié en lo siguiente: el que en los actuales países del capitalismo monopolista de Estado se atrasen o se deformen las crisis típicas, "clásicas", de superproducción no significa de ningún modo que no se dé en ellos una honda crisis en general. Las crisis industriales, agrarias y financieras se manifiestan en tipos y formas sumamente diversos a pesar de la llamada regulación de la vida económica, regulación que no modifica la esencia del capitalismo ni constituye un instrumento sin fallas en un régimen en que impera la propiedad privada. En la que resulta más ostensible la descomposición del capitalismo es en el incremento del militarismo, en la carrera de armamentos, en la mayor influencia que adquiere la casta militar y en la militarización de la economía. En los países del capital, las fuerzas reaccionarias atacan a fondo los elementales derechos democráticos, [132] la dictadura política del capital monopolista se hace más dura. El imperio de la mentalidad a que da origen la propiedad privada hace que tras la pantalla del optimismo formal y espectacular de los anticomunistas se difundan con creciente amplitud –en la ideología burguesa– el pesimismo y la desesperación.

Es evidente, sin embargo, que en ciertas esferas de la vida pública de los actuales países burgueses se sigue avanzando. Lenin advirtió que la tendencia a la descomposición no excluye el rápido crecimiento del capitalismo. "Alguna que otra rama de la industria, alguna que otra capa de la burguesía, alguno que otro país muestran con mayor o menor fuerza, en la época imperialista, ora una de esas tendencias ora otra"{27}.

Actualmente, en los Estados Unidos, por ejemplo, el rendimiento del trabajo aún supera, en varias ramas, el rendimiento del trabajo de los países socialistas. La renta nacional por habitante todavía es, en los Estados Unidos, superior a la de nuestro país.

Mas nuestro régimen social crea las mejores posibilidades para el crecimiento de las. fuerzas productivas, y ésta es una conquista indiscutible. Así los ritmos de desarrollo de la economía nacional de tipo socialista en el transcurso de toda su historia han superado sensiblemente, en conjunto, a los ritmos de desarrollo de los países capitalistas más industrializados. Sin embargo, tampoco en este punto ha de imperar un esquema que rechace los hechos que lo desborden.

En el período que siguió a la guerra, se dio una coyuntura favorable en varios países capitalistas, de suerte que las principales ramas industriales alcanzaron ritmos de crecimiento relativamente elevados. Es significativo que esto sucediera, en primer lugar, en los países que menos gastaron, comparativamente, en armamento, que introdujeron con rapidez nueva maquinaria y que lograron incrementar la producción haciendo más intenso el trabajo y elevando su rendimiento. Eso puede decirse de países como el Japón e Italia. En el transcurso de los últimos años, en dichos países han disminuido los ritmos de crecimiento de la producción, pero se han elevado algo en los. Estados Unidos. El desarrollo del capitalismo se hace cada vez más desigual. Bajo el capitalismo, las contradicciones del progreso técnico se manifiestan en el hecho de que dicho progreso se aprovecha para incrementar la producción, pero todos los resultados obtenidos sirven para reforzar el yugo de los monopolios sobre los, obreros y campesinos, sobre la mayoría de la población.

Lo que caracteriza la línea descendente de la trayectoria capitalista no es que se excluya la posibilidad de un incremento de la producción en tales o cuales países, sino que las contradicciones internas del capitalismo se hayan agravado hasta socavar sus pilares; [133] lares; en conjunto el desarrollo de esta formación se ha hecho convulsivo, catastrófico, y va acompañado de crisis y conflictos gravísimos, con carrera de armamentos, guerras mundiales y choques bélicos de carácter local. Las guerras nacionales, que han puesto a la humanidad ante el peligro de ver destruida la civilización, han mostrado el abismo a que conduce la línea descendente del capitalismo. Mas en ese tramo de la vía histórica capitalista, se intensifica el poderoso asalto contra sus baluartes. El mundo capitalista se quiebra bajo el peso de las contradicciones internas, se tambalea bajo los golpes de las revoluciones, socialistas, democrático-populares y de liberación nacional.

El Programa del P.C.U.S. ha sacado una profunda conclusión histórico-filosófica del análisis de las tendencias que presenta el capitalismo actual: "La dialéctica del capitalismo monopolista de Estado es de tal naturaleza que, en vez de robustecer el sistema capitalista –tal es el cálculo de la burguesía–, agudiza más aún las contradicciones de este sistema y lo desquicia hasta sus fundamentos".

Ahora a los ideólogos burgueses ya les resulta difícil negar la contradicción que existe –y que desgarra la sociedad capitalista–entre el carácter colectivo de la producción y la forma privada de la apropiación. Constituyen un reconocimiento forzoso de esta contradicción los monopolios capitalistas y el capitalismo monopolista de Estado, sucedáneo sui géneris de la socialización del proceso productivo. Mas este sucedáneo no anula la contradicción radical entre las fuerzas productivas y la forma capitalista de propiedad, sino que la agrava.

Mas la cuestión no está solamente en que dicha contradicción sigue actuando en los países burgueses. Lo principal estriba en que se ha creado el sistema socialista de economía, donde la contradicción indicada queda abolida por completo. Junto a la línea descendente del capitalismo, tenemos el curso ascendente del socialismo y de todos los movimientos progresistas.

Tales son las, líneas fundamentales de desarrollo y los rasgos esenciales de la realidad contemporánea.

Por supuesto, el progreso choca también con dificultades y sufre reveses temporales, también se efectúa a través de contradicciones.

El meollo del proceso histórico desde que la sociedad se escindió en clases estriba en la lucha de las fuerzas progresistas y reaccionarias, de las clases enfrentadas entre sí. En la historia concreta, esa lucha forma un complicado entrelazamiento de sucesos: ofensiva de las fuerzas revolucionarias y retroceso de las fuerzas de la reacción, y al revés: retroceso temporal o derrota de las fuerzas revolucionarias y auge de la reacción. La historia de las revoluciones. especialmente la historia del movimiento obrero revolucionario, nos ofrece numerosos ejemplos de ese carácter contradictorio del proceso histórico. Lo mismo ocurre con la historia [134] de la lucha de los pueblos por su independencia. Los grandiosos éxitos de los movimientos de liberación nacional señalan la bancarrota, del sistema colonial del imperialismo, mas las fuerzas del colonialismo y de la reacción no se rinden, son capaces de restablecer por cierto tiempo posiciones perdidas e incluso de obtener victorias temporales en algunos países. Mas, por complejo que sea el panorama concreto de la historia, por embrollada que resulte la lucha de las fuerzas sociales, cualquiera que sea la alternancia de los éxitos y de los fracasos temporales de una y otra parte, el resultado general de la lucha es uno: las fuerzas del progreso, de la liberación social y nacional, en último término vencerán a la reacción.

Decimos que existen dos líneas: la descendente, característica del sistema capitalista, y la ascendente que determina la trayectoria de los países del sistema socialista. Ahora bien, no hay que limitarse .a analizar aisladamente lo que sucede bajo el influjo directo de las leyes internas del capitalismo en un caso y lo que sucede en virtud de la acción de las leyes. internas del socialismo en el otro caso. Es necesario tener en cuenta la acción recíproca de las líneas ascendente y descendente, su interinfluencia.

Resulta imposible comprender los procesos de la sociedad capitalista contemporánea sin tomar en consideración la influencia decisiva del ascendente sistema socialista.

Lo observamos ante todo en la esfera económica. La competición económica de los dos sistemas es un hecho indiscutible de nuestro tiempo. Obliga al mundo capitalista a poner en tensión la economía, a aumentar las inversiones de capital, a modernizar con presteza la producción. Los éxitos que obtenemos en la economía nacional, acompañados del indiscutible mejoramiento de la situación de los trabajadores, influyen en la conciencia de las masas de los países capitalistas así como en la política de sus gobiernos. Lenin, como es notorio, recalcó una y otra vez el carácter internacional de nuestros éxitos económicos, que estimulan a la clase obrera y a todos los trabajadores a luchar contra el capital por mejorar sus condiciones de vida, y la burguesía se ve obligada. a tenerlo en cuenta.

El sistema socialista ejerce asimismo una influencia enorme sobre la correlación de las fuerzas de clase en los países capitalistas. El que aumenten las. posibilidades de impulsar con éxito la revolución está condicionado en gran medida por el influjo del sistema socialista sobre el desarrollo de las fuerzas revolucionarias internacionales y sobre los movimientos socialistas.. Los ataques del campo socialista al imperialismo facilitan la creación y el reforzamiento del frente antimonopolista y la acción del movimiento en defensa de la paz y de la democracia.

Es asimismo indudable tal influjo en la cultura. La cultura democrática de los países burgueses se nutre, evidentemente, de sus propias fuerzas progresistas. Pero tampoco se ha de subestimar [135], a este respecto, la influencia que ejerce el avance cultural del pujante sistema socialista. En los, países burgueses, encuentran difusión y aprecio las mejores obras de arte de los países socialistas, y sirven, además, de modelo a los escritores y artistas de vanguardia.

No hay que cerrar los ojos, por otra parte, a la presión que la línea descendente ejerce sobre los procesos del desarrollo ascendente. Tomemos el sector de la economía. La política agresiva de las potencias imperialistas y la exacerbación del militarismo obligan a los países socialistas a destinar grandes sumas a armamento y a la defensa, en vez de aplicarlas a ampliar la producción y a mejorar el bienestar del pueblo. ¡Y qué perjuicio no causaron al avance del socialismo las guerras de los imperialistas contra nuestro país! Las acciones hostiles y la amenaza de agresión por parte del imperialismo ha frenado asimismo el progreso de la democracia en los países socialistas. Tampoco- es posible pasar por alto los hechos que reflejan un influjo de la ideología burguesa sobre la conciencia de la gente y sobre la cultura de los países socialistas. La burguesía imperialista pone muchas esperanzas en la acción ideológica diversionista orientada hacia los países socialistas. En todo ello se exterioriza la lucha de los dos sistemas contrapuestos, de las dos líneas de desarrollo.

El capitalismo es la última forma antagónica de orden social. Ahora el antagonismo inherente a esa sociedad se ha agudizado extraordinariamente en todo el mundo capitalista.

Uno de los problemas fundamentales de la dialéctica de la época contemporánea es el que trata del carácter de las contradicciones de clase en la sociedad capitalista actual y de la relación que se da entre ellas y la contradicción fundamental de la época: la contradicción entre los sistemas socialista y capitalista.

Cuando surge el capitalismo, aparecen contradicciones –que le son específicas– entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Tales contradicciones se agravan sin cesar. El desarrollo se efectúa a través de crisis, de la alteración de la proporcionalidad y del establecimiento espontáneo de las proporciones. Ello hace que el alcance y la agudeza de las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción no sean siempre iguales.

Así se explica que las premisas de la revolución no maduren en cualquier momento y que no se den siempre. Analizando la trayectoria de las revoluciones, Marx y Engels llegaron a la conclusión de que dichas premisas se hallan vinculadas a una agudización tan intensa de la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción que llevan a situaciones críticas de la economía y minan los cimientos de las relaciones sociales.

"[Cuando] las fuerzas productivas de la sociedad burguesa se desenvuelven todo lo exuberantemente que pueden desenvolverse [136] dentro de las condiciones burguesas, no puede ni hablarse de una verdadera revolución. Semejante revolución sólo puede darse en aquellos períodos en que estos dos factores, las modernas fuerzas productivas y las formas burguesas de producción incurren en mutua contradicción”. Marx dijo esto por primera vez en 1850, en su trabajo "La lucha de clases en Francia"{28}, y Engels lo reprodujo con toda exactitud en 1885 en su Contribución a la historia de la "Liga de los comunistas"{29}.

En las nuevas circunstancias, en la época del imperialismo y de la revolución proletaria, Lenin ahondó esas tesis sobre las premisas de la revolución y elaboró una teoría coherente sobre la situación revolucionaria. Recalcó que la revolución es imposible sin una crisis general de la nación que afecte tanto a las clases explotadas como a los propios explotadores. Se ha de dar tal conjunción de circunstancias que entre las masas trabajadoras, ante todo entre la clase obrera, cunda el anhelo de lanzarse al combate decisivo contra los explotadores.

Lenin formuló como sigue los signos de la situación revolucionaria: “1) Imposibilidad, para las clases dominantes, de mantener en forma inmutable su dominio; una u otra crisis de las “alturas”, crisis de la política de la clase dominante de modo que se produce una fisura por la que se abren paso el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle la revolución suele ser insuficiente que “los de abajo no quieran” vivir como antes, sino que se requiere también que “los de arriba no puedan” vivir como hasta entonces.” 2) Agravación superior a la habitual, de las miserias y penalidades de las clases oprimidas. 3) Considerable intensificación, en virtud de las causas indicadas, de la actividad de las masas, que se dejan expoliar tranquilamente en las épocas “pacíficas”, mientras que en los tiempos turbulentos se ven compelidas, tanto por toda la situación de crisis como por las propias “alturas” a una acción histórica independiente”{30}.

A raíz de la primera guerra mundial y de la Revolución de Octubre se inició la crisis mundial del capitalismo, base común del movimiento revolucionario en los diversos países. Esto no significa, sin embargo, que la burguesía se encuentre en una situación “absolutamente sin salida”. No puede descartarse la posibilidad de que logre adormecer a una minoría de explotados haciéndoles algunas concesiones, aplastar el movimiento revolucionario o la sublevación de una parte de las masas oprimidas.

También en esta cuestión mantiene su plena vigencia la dialéctica del factor objetivo y del factor subjetivo en la historia [137] contemporánea, la ley de la unidad de estas partes como ley insoslayable de la revolución victoriosa. Además de las condiciones objetivas de la crisis revolucionaria es necesario que el partido revolucionario y la clase obrera estén dispuestos a conquistar el poder y se hallen en condiciones de hacerlo.

En la época actual, el problema de la situación revolucionaria no sólo concierne a la distribución y al estado de todas las fuerzas de clase en el interior de una sociedad dada, sino, además, a su correlación con las fuerzas históricamente activas en la arena mundial. En cualquier país, los condicionamientos internacionales de la revolución han adquirido actualmente un carácter auténticamente universal.

Desde luego, también en el siglo XIX hubo una conexión entre los procesos revolucionarios de los diversos países, y fueron peculiares las condiciones en que estos procesos transcurrieron. Ya Marx, refiriéndose sólo a Europa, expuso entonces la idea de que era más difícil empezar la revolución en los puntos centrales del capitalismo –en sus ciudadelas– que en la periferia. "En las extremidades del organismo burgués, las catástrofes violentas han de producirse, claro está, antes que en su corazón, donde las posibilidades de compensación son mayores”{31}.

Lenin indicó repetidas veces que es, más fácil empezar la revolución en los países en que el capitalismo no es tan fuerte y la burguesía no es tan experta ni está tan organizada, que en las potencias capitalistas más adelantadas. Por esto la victoria de la revolución sobre el imperialismo a escala mundial sólo puede alcanzarse gracias a la acción mancomunada de todas las fuerzas revolucionarias. "El imperialismo mundial –dijo Lenin– debe caer cuando la presión revolucionaria de los obreros explotados y subyugados en el interior de cada país, venciendo la resistencia de los elementos pequeñoburgueses y la influencia de la insignificante capa de aristocracia obrera, se une a la presión revolucionaria de centenares de millones de personas que hasta ahora han permanecido al margen de la historia y eran consideradas sólo como objeto de la misma"{32}.

Lo que caracteriza a la época moderna es el ensanchamiento de la esfera de acción del socialismo, el incremento de su influencia sobre todos los procesos sociales del orbe, la incorporación de colosales masas, de población de todos los continentes al proceso revolucionario mundial. La primera revolución socialista. que aconteció en Rusia, fue un. hito histórico decisivo que abrió una nueva etapa cualitativa en el proceso revolucionario del mundo. En la etapa que la precedió, fueron madurando las premisas de la revolución, fenómeno relacionado con el desplazamiento del centro del movimiento revolucionario –a finales del siglo pasado– [138] desde la Europa occidental hacia el Oriente, a Rusia. Después de la victoria de la Revolución Socialista de Octubre, el proceso revolucionario del mundo se despliega como un proceso único y las poderosas olas de la tempestad revolucionaria se extienden en todas direcciones, hacia Occidente y hacia Oriente. El socialismo ha vencido en varzios países de la Europa del sudeste y de la Europa central, así como en varios países de Asia. El proceso revolucionario abarca nuevos países y continentes. El torbellino revolucionario ha cruzado el océano, el socialismo se ha implantado en Cuba, penetra en África.

Geográficamente, los paises socialistas están. situados en diversos continentes, mas forman los eslabones de un sistema común al sistema mundial del socialismo. Este sistema, en proceso de crecimiento, sigue siendo el principal baluarte de los movimientos revolucionarios. No es justo plantear el problema de la desintegración del proceso revolucionario mundial en "centros" y "esferas" vinculados a determinadas zonas geográficas, de que el centro del movimiento revolucionario se desplaza fuera de los límites del sistema socialista mundial.

¿Dónde van a estallar nuevos locos de lucha revolucionaria? Difícilmente se puede prever como si estuviera ello regulado por un horario fijo. En Asia y en África, las revoluciones de liberación nacional han dado al traste con los imperios coloniales de las potencias capitalistas, se propaga la lucha tenaz por la libertad y la independencia, contra el imperialismo y el neocolonialismo. En América Latina, el combustible es más que suficiente y puede inflamarse con bastante rapidez por efecto de las colisiones sociales, en constante progresión. La Europa burguesa dista mucho de gozar de tranquilidad y entran en movimiento las fuerzas progresistas incluso en cotos de la reacción tales como España y Portugal.

La contradicción fundamental de la época entre capitalismo y socialismo –la conversión del socialismo en fuerza rectora de nuestro tiempo– imprime un sello decisivo a las contradicciones y a la lucha de las clases antagónicas de la sociedad burguesa.

En primer lugar hace posible que se resuelvan en nuevas formas las contradicciones del capitalismo, permite que se plantee de nueva manera el problema de las correlaciones entre la lucha democrática general y la revolucionaria. No es cuestión de decidirse por lo uno o por lo otro, sino de ir a lo uno a través de lo otro; no surge el dilema: o reformas democráticas o revolución socialista, sino que se trata de pasar a la revolución socialista a través de la lucha por reformas democráticas, agrupando, en torno a esa lucha, a las amplias, masas de trabajadores, y esa revolución no sólo puede llevarse a cabo en lid armada, sino también por vía pacífica, posibilidad antes prácticamente muy limitada a consecuencia de la desfavorable correlación de fuerzas. [139]

En segundo lugar, ha cambiado la actitud misma de la burguesía ante las contradicciones del sistema capitalista. Antes las consideraba ésta naturales e insoslayables; ahora, en cambio, al notar que está en juego su existencia como clase en el mundo entero, intenta resolverlas –desde luego, en el ámbito del sistema capitalista– o por lo menos atenuar su acción, aunque no renuncia, llegado el caso, a aplicar los procedimientos más bárbaros para aplastar el movimiento democrático y socialista. Con ese fin, el capital monopolista y sus gobiernos toman una serie de medidas, en los países más avanzados, para asegurar al capitalismo una andadura "sin crisis", introducen un número cada vez mayor de elementos reguladores, "de programación" de la economía y de control estatal de ciertas ramas de la industria, procura modificar a toda costa el tradicional ciclo económico de la producción capitalista, &c.

Ahora, los monopolios y los gobiernos capitalistas se ven obligados a tomar medidas sociales de diverso género, a sobornar –donde sea posible– no ya a la capa alta de la clase obrera, sino, además, a capas de población más amplias de los paises más industrializados. Y aunque tales posibilidades por una parte han disminuido a consecuencia de la drástica reducción de la esfera de dominio colonial directo y sin tapujos, por ahora se han acrecentado gracias al avance del neocolonialismo, es decir, a las nuevas formas de explotación de los países débilmente desarrollados. y gracias al colosal aumento de los beneficios que proporciona el aprovechamiento de la revolución científica y tecnológica. Es evidente que algo se ha elevado el nivel de vida de los trabajadores en los países capitalistas de vanguardia, lo cual es fruto, ante todo, de la lucha organizada de la clase obrera; además, la envergadura y el peso de esta lucha, el alcance de las concesiones de la burguesía y el disfraz ideológico que ésta adopta (elusión frecuente del término "capitalismo", búsqueda de un "tercer camino", &c.) se hallan en gran medida determinados por la existencia del sistema socialista en el mundo y por su potencia, o dicho de otro modo: por el movimiento de la contradicción fundamental de la época moderna.

Hoy en día, el capital monopolista, sus partidos y sus gobiernos comprenden que la existencia de la sociedad capitalista depende del resultado de la competición económica con el socialismo, de modo que se ven obligados a actuar teniendo en cuenta no sólo sus antagonismos internos, sino, además, el decurso de dicha competición. En todo caso es evidente que en los países capitalistas los trabajadores no obtendrían ni una décima parte de sus conquistas sociales de no existir el sistema socialista.

Resulta, por tanto, que el movimiento de la contradicción fundamental de nuestra época determina en gran medida el movimiento de las contradicciones internas del sistema capitalista, los éxitos de la clase obrera de los países capitalistas. [140]

Ahora que el sistema socialista se convierte en factor decisivo del mundo y la lucha de liberación nacional ha asestado tremendos golpes en las retaguardias del imperialismo, se dan nuevas condiciones, más favorables, para la revolución socialista en los países capitalistas. En varios de ellos, los partidos comunistas han pasado a ser partidos de masas, en todas partes el movimiento comunista se ha convertido en una fuerza poderosa. En tales circunstancias conviene más que nunca utilizar todos los recursos de la lucha revolucionaria, tanto los pacíficos como los que no lo son. El P.C.U.S., de acuerdo con la labor teórica de los otros partidos hermanos, ha desarrollado el principio leninista sobre la diversidad de formas de la revolución socialista y del tránsito al socialismo. El movimiento obrero perdería su perspectiva si, en un ámbito de progreso pacíf5an, no vinculara cada paso de su lucha a las tareas radicales de la revolución socialista, si no aprendiera a utilizar con mano segura tanto las formas pacíficas de lucha como las, no pacíficas.

El Programa del P.C.U.S. subraya que en cada día la posibilidad real de que la transición al socialismo se efectúe de una manera u otra, depende de las condiciones históricas concretas. El éxito de la lucha de la clase obrera por la victoria de la revolución dependerá de la medida en que esta clase y su partido dominen todas las formas de combate –pacíficas y no pacíficas, parlamentarias y extraparlamentarias– y estén preparados para pasar rápida e inesperadamente de una forma a otra.

Para comprender la sociedad actual, es de suma trascendencia el análisis del problema concerniente a las contradicciones entre la vida política y la económica bajo el imperialismo. Lo característico de la economía, en la época imperialista, es la concentración y la centralización del capital, y en el estadio presente, como ulterior expresión de ese fenómeno, la integración económica. La ley de la concentración económica, de la victoria de la gran producción sobre la pequeña se hace cada vez más patente en nuestro tiempo. Ahora no actúa sólo en el interior de los países capitalistas, sino que reviste la forma de uniones monopolistas internacionales como el "Mercado Común", la "Unión Europea del Carbón y del Acero" y otras uniones económicas interestatales.

Ahora se oyen cada día con mayor frecuencia razonamientos en pro de la correspondiente concentración política y estatal, es decir, manifestaciones que abogan por una fusión de los estados actuales y apoyando la tendencia a organizar un estado único, un solo gobierno mundial. Juicios de esta naturaleza los formulan individuos de diversas concepciones políticas. Entre ellos encontramos a personajes de espíritu pacifista que ven, en la creación de un gobierno mundial, el camino de la paz. Y a nostálgicos que sueñan con el renacimiento de los grandes imperios coloniales de antaño. Quienes más pregonan el estado mundial son los [141] ideólogos del imperialismo, especialmente los revanchistas de Bonn, que quieren tragarse la República Democrática Alemana.

Ante la exacerbación de la contienda entre los dos sistemas, los imperialistas realizan grandes esfuerzos con vistas a una integración política y militar, organizan toda clase de bloques político-militares procurando arrastrar a los países dependientes de Asia y África.

A pesar de las vivísimas contradicciones que entre ellos existen, los monopolios procuran coordinar su acción a escala mundial. Pero de la tendencia a la concentración económica no se puede inferir que sea inevitable que los grandes estados absorban a los pequeños. La vida enseña que no existe semejante correspondencia mecánica entre desarrollo económico y desarrollo político, y que, bajo el capitalismo, existe entre estos dos tipos de desarrollo una profunda contradicción. Junto a los efectos de la ley de la concentración económica observamos una activa manifestación, cada vez más vigorosa, de las tendencias de liberación nacional, surgen nuevos y nuevos estados nacionales, y el imperialismo no logra realizar la integración En los pueblos liberados, las tendencias –vinculadas a la acción de las fuerzas progresistas– hacia la unidad política se orientan contra el colonialismo "colectivo", contra la integración imperialista. Los imperialistas han intentado ya llegar a la integración política en Europa, mas han chocado con obstáculos insuperables. Por lo que respecta al mundo entero, el movimiento de liberación nacional demuestra con toda claridad que no hay razón alguna para afirmar que, a consecuencia de los progresos de integración económica, los estados pequeños vayan a ser absorbidos por los grandes, es decir que se vaya a proceder a una integración política bajo la égida del imperialismo. Es mucho más probable que la concentración económica vaya creando más premisas para la liquidación del capitalismo y de su sistema estatal.

Las naciones sólo pueden aproximarse más y unirse más estrechamente –como ya ocurre– después de transformar revolucionariamente la sociedad, después de liquidar las clases explotadoras y el antagonismo de clase, y no tomando como base la integración económica capitalista.

Las agudas contradicciones. repercuten cada vez más crudamente en la superestructura ideológica de la sociedad burguesa, en todos los tipos y en todas las ramificaciones de su conciencia. La ideología burguesa moderna es –se puede afirmar– una ideología fraccionada.

Durante largos años, la burguesía imperialista utilizó para sus fines el nacionalismo y su forma extrema, el chovinismo, a la vez que aplastaba la conciencia nacional de los pueblos subyugados. En nuestra época. a lo largo de las revoluciones de liberación nacional, el nacionalismo se ha convertido, en gran medida, en bandera liberadora de los pueblos oprimidos, en bandera de su lucha [142] contra el imperialismo y el colonialismo, aunque la reacción sigue echando mano de las ideas nacionalistas para conseguir sus objetivos, sobre todo para avivar el anticomunismo y dividir los movimientos de liberación.

Uno de los instrumentos empleados para esclavizar espiritualmente a las masas ha sido, durante siglos, la religión. En ella se expresaban la protesta pasiva de las masas, un fantástico consuelo y una resignada aceptación de la realidad. Ahora sus. contradicciones, acumuladas en el transcurso de los siglos, se han exacerbado todavía más. La burguesía imperialista procura utilizar la religión y la Iglesia para justificar las agresiones y la política reaccionaria. Mas. los imperialistas no pueden ahogar la protesta espontánea de las masas contra la injusticia social, aunque estas masas sean poco esclarecidas, estén aún trabadas por una red de prejuicios religiosos y sólo empiecen a despertar a la actividad consciente. De ahí las distintas corrientes reformadoras, "renovadoras" que existen en las organizaciones religiosas, obligadas a tomar en consideración esos espontáneos estados de ánimo de las masas creyentes. En estas circunstancias cobran impulso las diversas tendencias del "socialismo religioso", los ensayos. de aunar el socialismo con tal o cual variedad de la religión.

También es un exponente de lo mucho que se enconan las contradicciones políticas, sociales e ideológicas del capitalismo, la crisis del reformismo socialdemócrata. A la vez que se estrecha el maridaje de los capitostes más encumbrados del socialismo de derecha con la burguesía, en la socialdemocracia surgen, y periódicamente se vigorizan, las corrientes izquierdistas.

Las contradicciones de la sociedad burguesa hallan su reflejo en el arte. Por un lado, vemos diferentes tendencias antirrealistas; por otro lado, los mejores representantes. de la intelectualidad creadora caminan hacia el realismo, aunque a veces la senda que recorren es en alto grado zigzagueante.

Hablando en general, el estudio de las contradicciones en la esfera de la superestructura, en la esfera de la conciencia social puede ser una buena ayuda para llegar a comprender varios fenómenos importantes de nuestro tiempo. En primer lugar es necesario subrayar la trascendencia del estudio de las contradicciones entre la ideología de vanguardia y el nivel de la conciencia de las masas. En los países burgueses, la conciencia social no es siempre, ni mucho menos, proletaria, ni siquiera entre las masas proletarias; la conciencia va aún muy a la zaga del ser.

Uno de los problemas cardinales y de mayor actualidad que plantea nuestro tiempo es el de la dialéctica a que obedece la transformación de las revoluciones democráticas y las revoluciones de liberación nacional en revoluciones socialistas.

El estudio de esta compleja dialéctica del desarrollo permite ver que tampoco en este caso el progreso significa una ascensión en línea recta y uniforme. El paso de la revolución democrático-burguesa [143], así corno de la revolución nacional liberadora a revolución socialista, exige una reagrupación colosal de las fuerzas de clase y va ligado, por ende, a una lucha muy dura y a vivas contradicciones.

Si examinamos atentamente de qué modo las revoluciones han pasado de una etapa a otra durante los últimos dos o tres lustros, veremos una particularidad que posee una importancia de principio. Dicha particularidad estriba en que, después de la segunda guerra mundial, las revoluciones democráticas, populares, y las de liberación nacional han requerido una lucha violenta, en gran parte armada, mientras que su transformación en revoluciones socialistas se ha efectuado en algunos países por vía más o menos pacífica.

Hubo chispazos de lucha armada en alguna que otra parte, mas, por regla general, tomada la situación en su conjunto, puede afirmarse que el paso de la revolución democrática a revolución socialista se llevó a cabo en varios países europeos de democracia popular pacíficamente, sin guerras civiles y sin derramamiento de sangre. Aunque se recurrió a la fuerza, no. se trató de la forma armada de transición de la revolución democrática a la socialista. Lo mismo puede decirse acerca de cómo, en unos cuantos países de Asia, se transformó la revolución antiimperialista, de liberación nacional, en revolución socialista.

Téngase en cuenta, además, que en el transcurso de las revoluciones populares democráticas y de las revoluciones de liberación nacional, fueron derrotadas, en los países aludidos, las principales fuerzas de la reacción –soporte del imperialismo– y se crearon las premisas para ulteriores cambios revolucionarios de significado socialista.

Lo fundamental era que, a través de una enconada lucha de clases, el proletariado conquistaba su hegemonía.. Gracias a la derrota que las tropas soviéticas infligieron al fascismo, así como a los golpes de mano y a las acciones militares. de las fuerzas revolucionarias del interior, ya durante la guerra, mediante cambios democráticos, se quebró en gran medida el aparato estatal de burgueses y terratenientes en dichos países.

El problema de las formas de transición al socialismo es de inmensa trascendencia práctica y teórica, y no hay manera de resolverlo sin dominar el método dialéctico marxista. En seguida surge la cuestión de las premisas políticas y económicas de semejante tránsito. Es en ese contexto, precisamente, en el que se resuelve el problema de la vía no capitalista de desarrollo, inconcebible e incomprensible sin tornar en consideración la dialéctica real de la vida.

¿Qué es el desarrollo no capitalista? Puede decirse, en líneas generales, que es el paso del régimen feudal (a menudo con importantes supervivencias comunales) al socialismo pasando por alto la fase capitalista, es el proceso en que va madurando y va [144] trocándose en realidad la revolución socialista en esas singulares condiciones económico-sociales. Se conquistan inicialmente las premisas políticas, y a partir de esta base se llevan a cabo las subsiguientes transformaciones económicas. Semejante enfoque no contradice, por supuesto la concepción materialista de la historia. Como indicaba Lenin, aunque la historia del mundo obedece a una misma ley general, ciertos países, en algunos períodos de desarrollo, pueden cambiar, y cambian, el orden del movimiento.

En relación con este particular, se plantea asimismo concretamente el problema de las fuerzas motrices de la revolución y de los órganos del poder revolucionario en los países no capitalistas o de capitalismo incipiente, donde apenas existe proletariado industrial. Lenin consideraba que, en los países atrasados, la masa fundamental de la población se compone de campesinos, y los comunistas han de apoyarlos, han de educar y organizar en un sentido revolucionario al campesinado y a las amplias masas de explotados. Indicaba que, en tales casos, los órganos del poder revolucionario, por su carácter de clase, no serían obreros, sino órganos campesinos del poder de los trabajadores. Las revoluciones de liberación nacional pueden tomar la vía no capitalista de desarrollo no sólo contando con el proletariado corno base social, sino incluso cuando ésta es campesina, si se apoyan en la alianza con los países socialistas.

Cuando una revolución de liberación nacional se va transformando en socialista, el advenimiento de la dictadura del proletariado es un proceso complicado, en cuyo transcurso se reagrupan las fuerzas de clase. No es posible imaginarse que ayer existiera una democracia popular o nacional, expresión de la dictadura de los obreros, de los campesinos de la pequeña burguesía urbana y en general, de las capas medias aliadas, con la burguesía nacional, y que hoy mismo se instaure la dictadura del proletariado. En la lucha por la vía no capitalista de desarrollo se ha de elevar el papel rector de la clase obrera, ha de robustecerse la alianza de esta clase con los campesinos, a la vez que se aísla a las fuerzas reaccionarias que tienden a pactar con el. imperialismo, con el colonialismo y el neocolonialismo.

Las posibles formas de desarrollo son enormemente diversas y así se manifiesta en todos los aspectos del progreso social. Todo ello depende de las tradiciones históricas, de las particularidades de la vida política y social, del carácter de las relaciones que mantenga. el país dado con los campos socialista e imperialista. La vía no capitalista de desarrollo constituye una de las nuevas manifestaciones de la dialéctica de la vida social moderna.

Los imperialistas no reparan en medios para hacer penetrar el capitalismo en los países liberados, para configurar la economía y la política de dicho países según dictan los intereses del neocolonialismo, del colonialismo "colectivo", &c. Mas, si ya en los viejos países el capitalismo está de capa caída, no va a inyectarle [145] nueva vida ni lo va a rejuvenecer el trasplante a los jóvenes estados en desarrollo.

El desarrollo de los nuevos estados, sin embargo, no se ha de imaginar como un movimiento rectilíneo y constante, sin obstáculos ni extravíos de ninguna clase, por el camino de la plena liberación nacional y social, del progreso y del socialismo.

El imperialismo esta muy lejos aún de renunciar a sus tentativas de torcer el rumbo de los pueblos de Asia y África para obligarlos a seguir la vía capitalista de desarrollo, para situarlos en el cauce de la política imperialista. Se apoya, para lograr su objetivo, en los diversos elementos reaccionarios de los jóvenes países, empezando por las camarillas feudales y terminando por los nacionalistas burgueses y los candidatos a dictadores militares. Los imperialistas ponen en juego un copioso arsenal de recursos –desde la presión económica hasta los pronunciamientos militares y la intervención armada directa con el fin de "exportar la contrarrevolución"– para detener el movimiento de dichos países, que han emprendido la vía no capitalista de desarrollo y que figuran en el campo de la lucha antiimperialista. El colonialismo tampoco ha desistido aún de recurrir a la vieja estrategia de las guerras coloniales con el fin de conservar su dominio.

Nuestro Partido y nuestro pueblo ven la fraterna alianza con los pueblos que han arrojado de sus hombros el yugo colonial y semicolonial como una de las piedras angulares de su política internacional. Tal alianza se asienta en la comunidad de intereses vitales entre el socialismo y el movimiento de liberación nacial,a1 en el mundo.

El pueblo soviético estima que la lucha de liberación nacional es un derecho sagrado de los pueblos que aspiran a poner fin a la opresión del imperialismo. Nuestro país presta de hecha, y seguirá prestando, en esta lucha, toda la ayuda necesaria, económica y política, y –llegado el caso– cuanto haga falta para que los pueblos se opongan con las armas a la "exportación de la contrarrevolución".

La colaboración política, económica y técnica de la Unión Soviética y de otros países socialistas, con los que se han liberado en Asia, África y América Latina amplía el cauce del movimiento revolucionario del mundo, debilita y socava las posiciones del imperialismo, refuerza el frente único antiimperialista de los pueblos en lucha por la paz, por la democracia y por el socialismo.

En líneas generales, la trayectoria de la lucha de liberación nacional conduce, en último término, a formas más elevadas de vida social.

El movimiento de liberación nacional constituye una de las partes fundamentales del proceso revolucionario en el mundo. Por esto decimos que solamente el comienzo de la era socialista señala el comienzo de la era de liberación de los pueblos oprimidos. La creación de estados de democracia nacional, la vía no capitalista [146] y la posibilidad de avanzar hacia el socialismo se apoyan, internacionalmente, en la potencia creciente del socialismo, opuesto al imperialismo.

Vemos, por tanto, que la posibilidad de que se resuelva la contradicción entre el movimiento de liberación nacional y el imperialismo, así como el carácter de tal resolución, se hallan determinados en gran medida por el estado y el desarrollo de la lucha entre capitalismo y socialismo, es decir, por el movimiento de la contradicción básica de la época.

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{27} Ibíd., t. XXVII, p. 422.

{28} C. Marx y F. Engels, “Obras escogidas en dos tomos”, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, t. I, p. 314.

{29} Ibíd., t. II, p. 314.

{30} V. I. Lenin, “Obras”, t. XXVI, p. 218.

{31} C. Marx y F. Engels, “Obras”, t. VII, p. 100.

{32} V. I. Lenin, “Obras”, t. XLI p. 233.