Filosofía en español 
Filosofía en español

Pedro Fedoséiev · Dialéctica de la época contemporánea · traducción de Augusto Vidal Roget

Parte primera. Bases filosóficas de la política y de la táctica

La dialéctica del desarrollo social en nuestro tiempo


La dialéctica del socialismo en su desarrollo

Es imposible comprender e imaginarse la dialéctica de la época contemporánea sin examinar y analizar las manifestaciones concretas de las leyes dialécticas bajo el socialismo.

La dialéctica del socialismo no es simplemente un caso particular y transitorio de la dialéctica, como dijimos respecto a la dialéctica de la sociedad burguesa. El socialismo no sólo tiene sus leyes específicas, sino que, como primera fase del comunismo, posee ya ciertos rasgos generales propios de toda la formación social comunista, formación que, según palabras de Marx, es la última, o sea, constituye la forma más elevada de la convivencia humana.

Al pasar del capitalismo al socialismo, se transforman radicalmente los nexos y relaciones sociales, salen a la luz nuevas fuerzas motrices y nuevas fuentes del devenir social.

Actúa en ese proceso la ley general del desarrollo de la naturaleza y de la vida social, ley que caracteriza la dialéctica de los cambios cuantitativos y cualitativos. Entender el nexo entre la cantidad y la calidad no sólo es importante para explicar los procesos objetivos. La comprensión dialéctica de este nexo tiene gran importancia para la actividad práctica, para descubrir y utilizar nuevas propiedades y nuevas fuentes de energía en el desarrollo de la naturaleza y de la sociedad.

En la enseñanza y en la labor de propaganda, suele aducirse como ejemplo del paso de los cambios cuantitativos a cualitativos el que se produce en el estado del agua por aumento o disminución de la temperatura. Mas la cuestión no sólo está en que a cero grado de temperatura el agua se convierta en hielo y a los cien empiece a hervir y a transformarse en vapor. La cuestión estriba en que, al helarse, adquiere la propiedad de aumentar de volumen y una extraordinaria fuerza de presión. Por efecto de esta fuerza se resquebrajan las rocas más duras. Cuando el agua se convierte en vapor, la fuerza de presión abre un sinfín de posibilidades: puede poner en movimiento barcos, trenes y centrales eléctricas.

La determinación cuantitativa y cualitativa está relacionada can las distintas formas del movimiento de la materia, con los [147] diversos niveles estructurales de esta última. La ciencia natural moderna confirma con innumerables ejemplos la ley de que el paso de un nivel estructural de la materia a otro, de una forma de movimiento a otra, descubre nuevas propiedades y fuerzas.

Es notorio que al pasar de la molécula al átomo, y de éste a las partículas "elementales" o bien, cabe decir, el paso de la física a la química y luego a la biología, el tránsito de lo físico a lo psíquico liberan o sacan a la luz cualidades totalmente nuevas, fuentes de energía nuevas e insólitas.

Puede decirse que sucede lo mismo cuando se producen cambios cualitativos radicales en el proceso histórico, cuando se pasa de una estructura social –de una formación– a otra.

El salto de lo natural a lo social abrió,, en la realidad objetiva, tales posibilidades de desarrollo que su realización supera, valga la frase, a todas las maravillas de la naturaleza. La fuente originaria de la civilización moderna radica en el paso que dio el hombre al empezar a producir medios de subsistencia y de desarrollo.

Recordemos con qué minuciosidad investigaba Marx la aparición de una nueva fuerza productiva a raíz de los cambios cuantitativos y cualitativos que dieron al trabajo un carácter colectivo, cooperativo. Al examinar la génesis del capitalismo, Marx observó que ya la simple cooperación en el trabajo, el empleo simultáneo de un sensible número de obreros provoca una revolución en las condiciones materiales del proceso productivo. Uniendo de ese modo los esfuerzos laborales, no sólo se eleva la fuerza productiva de cada operario, sino- que, además, se crea una nueva fuerza productiva que es, por su esencia, una fuerza de masas.

En la cooperación compleja, en la producción combinada, la fuerza productiva del trabajo se incrementa todavía más. Según expresión de Marx, colaborando con otros según un plan, el obrero supera los límites individuales y desenvuelve sus potencias genéricas.

¡Cuán poderosas, en comparación con la sociedad feudal, las fuerzas que el capitalismo puso en movimiento! Eh cien o doscientos años, el capitalismo creó fuerzas productivas tan grandiosas que ante ellas palidecen los resultados obtenidos en la producción material durante los milenios anteriores.

¡Y cuán inmensas las posibilidades de progreso abiertas. a la humanidad con la llegada de la época socialista!

El capitalismo utiliza la fuerza productiva del trabaja combinado –colectivo– y al mismo tiempo restringe las posibilidades de una ulterior colectivización. Únicamente el socialismo y el comunismo pueden revelar, con toda plenitud, la ilimitada fuerza productiva del trabajo colectivizado. A esta conclusión llegó Lenin cuando analizó los primeros brotes del trabajo comunista y el papel de la emulación socialista.

Los países relativamente atrasados que emprendieron la vía del socialismo, se han transformado radicalmente en un decenio [148] o dos –a lo sumo tres– de edificación pacífica; han entrado en competición con los países más avanzados. del capitalismo y paso a paso la van ganando. Prosiguiendo la analogía con las leyes de los tránsitos cualitativos en la naturaleza, es posible decir que la "energía social" de la nueva sociedad, la "energía social" de las masas liberadas, aunque no ha hecho más que ponerse en movimiento, ha demostrado ya lo poderosa que es su acción.

Gracias a la doctrina marxista-leninista, la naturaleza de la "energía social" de la nueva sociedad resulta tan evidente como la naturaleza de la energía atómica. El hombre ha aprendido a liberar y utilizar, por ahora, tan sólo una parte insignificante de la energía atómica. En cuanto a las fuerzas productivas sociales del socialismo, han de transformar el mundo entero y han de elevar toda la civilización humana a cimas jamás vistas.

En el socialismo, la fuente principal del poderoso crecimiento de las fuerzas productivas radica en la nueva forma de las relaciones sociales, en la producción colectiva organizada según un plan y sobre la base de la propiedad común.

A nuestro entender, lo que incumbe a los filósofos al estudiar los procesos del desarrollo de la sociedad socialista, es ante todo ver de qué modo los cambios cuantitativos y cualitativos originan nuevos rasgos en las relaciones económico-sociales e ideológicas, nuevas fuentes de creación, de iniciativa y de independencia de las masas, nuevas reservas de las fuerzas productivas.

En la competición mundial entre socialismo y capitalismo, la burguesía se ve obligada a adoptar algunos elementos de planificación de la economía y a dar a la producción un mayor carácter colectivo sobre una base capitalista. Por su parte, los países socialistas no renuncian a tomar en consideración y a utilizar algunos resultados, de los países capitalistas avanzados en la organización del trabajo de las empresas, en el aprovechamiento del progreso tecnológico. No hay que olvidar, sin embargo, la radical contraposición de los dos sistemas. Sabido es que las leyes de la competencia y el afán de beneficios siguen actuando en la sociedad capitalista y son sus resortes motores, Pero sería un error plantearse, por este motivo, el problema de si no valdría la pena de que también nosotros utilizáramos como palanca económica fundamental el beneficio y, tal vez, la competencia.

Los dogmáticos levantan ahora gran polvareda en torno a esa cuestión y consideran que se restaura el capitalismo hasta cuando se habla del interés material y, con mayor motivo, de beneficios. Huelga decir que no son tales propósitos los que se persiguen cuando se trata de que es necesario examinar con atención las cuestiones del cálculo económico. Tanto la competencia como la caza de beneficios son rasgos típicos de una sociedad determinada, la burguesa. Nosotros somos partidarios de la rentabilidad: de que las empresas den beneficios, y el que así sea ha de constituir un criterio importantísimo de la gestión económica. De ahí que [149] convenga utilizar por todos los medios esas palancas económicas, tal como corresponde a la naturaleza del socialismo. Mas nos equivocaríamos si creyéramos que es posible imprimir un vigoroso ritmo de desarrollo a la economía socialista utilizando viejas formas. No hay que desdeñarlas, pero es indispensable ver las nuevas fuentes de desarrollo, las nuevas fuerzas motrices y los nuevos estímulos.

Aquello con que el socialismo está ganando –y ganará definitivamente– la competición con el capitalismo es, ante todo, el nuevo sistema de economía, el nuevo sistema de relaciones sociales. En él, precisamente, se encierran inagotables posibilidades de progreso, como no puede poseer la sociedad burguesa. De ahí que la misión capital de los científicos soviéticos estribe en estudiar las nuevas formas de vida, las nuevas fuerzas motrices y los nuevos hontanares de progreso, los nuevos estímulos y métodos para elevar la producción social, las formas superiores de organización en economía, de planificación y de gestión. Estos no son únicamente problemas económicos o políticos de la vida y desarrollo de la sociedad socialista, sino, además, filosóficos.

Las particularidades de la dialéctica del socialismo no sólo se revelan en el carácter de las fuerzas motrices, sino, además, en el nuevo tipo de contradicciones, en las nuevas formas y en los nuevos procedimientos de su superación.

En el régimen socialista, ¿cuál es el rasgo específico de las contradicciones y cuál el de las formas en que éstas se superan? Ante todo es necesario subrayar que, con la victoria del socialismo, desaparecen en el seno de la sociedad las contradicciones antagónicas.

La ley de la unidad y lucha de contrarios, como ley universal de la dialéctica, actúa también bajo el socialismo. La unidad político- social de la sociedad socialista no excluye de ningún modo las contradicciones ni la lucha de contrarios. Mas, bajo el socialismo, esta ley universal se manifiesta con rasgos específicos completamente nuevos, radicalmente distintos de los que posee su vigencia en el capitalismo y en otras formaciones de clases antagónicas. Los mismos conceptos de "contraposición", "contradicción", "unidad de contrarios", "lucha de contrarios", &c., tienen, en el socialismo, un contenido cualitativamente nuevo, es decir, con arreglo al socialismo se concretan de distinta manera que con arreglo al capitalismo. Lo mismo ocurre con los modos, formas y métodos de resolución de las contradicciones concretas. Baste decir que si en el sistema capitalista la lucha de partes contrarias desemboca, como regia general, en la victoria de una de ellas y en el aniquilamiento, de la otra –a final de cuentas, en la liquidación de la estructura social dada–, bajo el socialismo la superación de las contradicciones lleva a consolidar la unidad política y social de la colectividad. [150]

Críticos del marxismo como Merleau-Ponty y Henri Chambrat afirman que admitir la unidad político-social de la sociedad soviética y la ausencia de clases hostiles en ella significa negar la dialéctica. Suponen que es rasgo obligatorio de la dialéctica el reconocimiento de la lucha de clases hostiles. A su juicio, negar el antagonismo de clases bajo el socialismo equivale a traicionar la dialéctica. Merleau-Ponty compuso un libelo titulado Aventuras de la dialéctica en el que declara sentenciosamente que la unidad de la sociedad soviética y la falta en ella de oposición interior a modo de oposición parlamentaria "contradicen la dialéctica".

Los malhadados críticos de la sociedad soviética poseen, evidentemente, una idea metafísica y vulgar de la esencia de la dialéctica. Al estilo de un vulgarizador no desconocido del socialismo como es Eugen Dühring, conciben la dialéctica del desarrollo como perpetuo antagonismo de fuerzas en pugna. Por medio de semejante dialéctica, intentan demostrar que es imposible poner fin a la división de la sociedad en clases.

A diferencia de las formaciones sociales anteriores, el socialismo no posee contradicciones de clase inconciliables, cuya lucha, en el pasado, llevaba a cada sociedad hasta un momento después del cual se iniciaba la línea descendente de desarrollo, que culminaba con el hundimiento de tal sociedad como determinado régimen social y político. El socialismo es una sociedad ascendente. Los éxitos. del socialismo constituyen la principal fuerza que acelera el progreso social.

Con el paso del capitalismo al socialismo se liquidan las contradicciones entre el carácter social de la producción y la propiedad particular sobre los medios de producción –la apropiación privada capitalista–; al mismo tiempo, se acaba con el antagonismo de clases, y la lucha de clases deja de ser la fuerza motriz interna del devenir histórico de la sociedad socialista.

El problema de las contradicciones en la sociedad socialista constituye un gran tema de investigación, de sumo valor teórico en el terreno de los principios y de extraordinaria trascendencia práctica. En las publicaciones filosóficas, el problema se ha examinado con bastante detalle, en particular gracias a la discusión que organizó la revista "Cuestiones de filosofía". Se trataron entonces numerosas cuestiones metodológicas y lógicas (problema de la estructura de las contradicciones y de su interconexión; correlación y unidad de contradicciones, &c.). Sin embargo, el examen no dio de sí lo que podía esperarse, no se remató con una seria elaboración científica de los problemas, apenas se estudiaron las contradicciones concretas de la realidad, ni se investigaron –y esto es lo más importante– los caminos y formas de su superación.

Con pleno fundamento de causa puede considerarse que lo más esencial del análisis dialéctico estriba en abordar con espíritu práctico, el examen de los procesos reales de la vida. [151]

Los clásicos del marxismo-leninismo nos han legado espléndidos ejemplos de análisis de leyes hecho con espíritu revolucionario y práctico. Lo que caracteriza a este análisis es que las contradicciones no se toman como algo fijo e inmóvil, sino en su movimiento y desarrollo, pues en ello se encuentra la clave para resolverlas. Del análisis de las contradicciones de tales o cuales fenómenos, infirieron Marx, Engels y Lenin determinadas conclusiones políticas y tácticas.

La obra magna de Marx –El Capital– representa un análisis agudísimo de las contradicciones de la sociedad burguesa desde su base hasta su superestructura. Mas, para Marx, semejante análisis no constituía un fin en sí mismo. Le sirvió de fundamento para formular las conclusiones, de trascendencia histórica universal, sobre la inevitabilidad y la necesidad de la revolución socialista y de la dictadura del proletariado, sin las cuales no hay posibilidad alguna de superar todas las contradicciones en que se revuelve la sociedad burguesa.

Al investigar el rumbo de estas contradicciones en la nueva época, en el estadio del imperialismo, Lenin llegó a la conclusión de principio –de carácter teórico y político– acerca de la posibilidad de que el socialismo venciera inicialmente en países aislados, acerca de la multiplicidad de formas de transición al socialismo aun siendo de necesidad absoluta la dictadura del proletariado como ley general.

Lenin investigó a fondo y desde todos los puntos de vista las contradicciones de la economía y de la política del período de transición del capitalismo al socialismo. Al poner al descubierto las contradicciones del período de transición, mostró las relaciones mutuas y la lucha entre las ciases, y partiendo de este análisis estructuró la nueva política económica. Yue, ésta, la plasmación real de las conclusiones prácticas de ese análisis de contradicciones, y el medio para crear las condiciones político-sociales que permitieron llevar a la práctica la industrialización socialista y el plan cooperativista de Lenin.

Es, precisamente, el análisis del movimiento de las contradicciones lo que descubre sus mutuas transiciones, la interconexión de las contradicciones internas y externas, antagónicas y no antagónicas, sus tendencias, y la particularidad de los medios para superarlas. La dialéctica no sirve para coleccionar y clasificar las contradicciones, sino para puntualizar las necesidades vitales del progreso de la sociedad.

¿Cuál es el sentido del análisis de las contradicciones desde el punto de vista del examen de los procesos reales con un espíritu práctico y revolucionario?

Una contradicción, si es real y no imaginaria, ha de poner de manifiesto determinadas tareas y problemas, así como el sentido en que pueden resolverse. Reconocer las contradicciones sin [152] sacar a luz los problemas candentes, es propio de una dialéctica meramente contemplativa.

¿Cuáles serán las contradicciones en la fase superior del comunismo? Los autores dan fórmulas distintas sobre esta cuestión. Mas no pueden decir cuáles serán los problemas que se encontrarán detrás de las contradicciones que, a juicio de dichos autores, constituirán los motores de la sociedad.

La interpretación que nosotros, los filósofos, damos a las contradicciones tal vez no ha progresado ni ha hallado eco porque no hemos llegado a descubrir los problemas que se encuentran tras ellas.

Los filósofos, ni que decir tiene, no pueden resolver los problemas económicos, agrotécnicos o estéticos que incumben a los especialistas. Intentarlo sería una intervención tan incompetente como la de pretender resolver mediante la filosofía natural los problemas de la cibernética, de la teoría de la relatividad o de la física cuántica.

Mas, como sabemos, con los naturalistas se pueden resolver con éxito, y se resuelven, los problemas filosóficos de las ciencias naturales, entre ellos los que plantea el desarrollo de las ciencias particulares.

Se dan, asimismo, problemas filosóficos propios en la esfera de la vida social. Tales problemas se pueden resolver, y en una u otra medida se resuelven, en colaboración con los especialistas que conocen sus diversos aspectos.

Enfocada así la cuestión, la dialéctica aparece como instrumento para conocer los fenómenos sociales. Es, precisamente, aplicando de este modo la dialéctica como tras una contradicción real cabe ver un problema, o una tarea práctica.

Ha gozado de bastante difusión la idea de que la contradicción fundamental de la sociedad socialista, e incluso de toda la formación comunista, es la que se da entre las necesidades, en rápido crecimiento, y el insuficiente nivel de desarrollo de la producción. Es obvio que dicha contradicción ha existido y existe en todos los países socialistas, y surge sobre todo en aquellos que estaban poco desarrollados en el aspecto económico.

Mas, ¿en qué sentido cabe considerar esta contradicción como ley específica del desarrollo de la sociedad socialista?

En primer lugar, no hay que confundir esta contradicción con el subconsumo de las masas, inevitable en la sociedad explotadora.

Si así se confunde, la insuficiente satisfacción de las necesidades del hombre se declara, en cierto modo, ley del socialismo.

El avance de las fuerzas productivas ha constituido siempre el fundamento del progreso histórico. Y a lo largo de toda la historia la contradicción entre producción y consumo en vez de desaparecer se ha agudizado. [153]

En el sistema capitalista, tal contradicción ha tomado un carácter singularmente monstruoso; cuando más se acentúa el subconsumo de las masas es en los períodos de superproducción de mercancías, durante las crisis, cuando el desempleo, la indigencia y el pauperismo se hacen singularmente graves.

"El subconsumo de las masas –escribió Engels– es condición necesaria de todas las formas de sociedad basadas en la explotación y, por consiguiente, de la forma capitalista de la sociedad; mas sólo la forma capitalista de la producción lleva el fenómeno hasta las crisis"{33}.

Y también en los países capitalistas más, industrializados, aunque el nivel de vida de la mayor parte de la población se haya elevado, el aumento de la producción hace que la clase dominante se enriquezca en proporciones colosales, lo cual se logra a costa de la explotación de las masas de dichos países y del pillaje de los pueblos económicamente débiles, a costa del subconsumo de unas y otros.

También en esto, como en todo, el marxismo exige que se examinen de manera concreta los diversos países capitalistas. En las condiciones actuales, no es posible comprender la situación económica y política de los países más desarrollados si se hace caso omiso de las contradicciones, cada vez más profundas, entre éstos y sus colonias o semicolonias. Sería un error juzgar del imperialismo moderno tan sólo por los países más desarrollados, únicamente por lo que se expone en la "vitrina". Esto sería una visión unilateral, superficial, que no tendría en cuenta el reverso de la medalla. En este sentido nos parece de excepcional valor ]a. siguiente idea de Marx. "La profunda hipocresía y la barbarie inherente a la civilización burguesa –escribió– aparecen con toda su desnudez ante nuestra mirada cuando observamos esta civilización no en nuestra casa, donde adquiere formas respetables, sino en las colonias, donde aparece sin tapujos"{34}.

El socialismo destruye esa forma antagónica de contradicción entre producción y consumo. En este sistema, a medida que la producción se incrementa, crece asimismo el consumo de las masas. Es una nueva ley histórica.

Ahora bien, bajo el socialismo, la contradicción entre la producción y el consumo no desaparece, sino que cambia de forma. La producción social no alcanza todavía el nivel suficiente para satisfacer todas las necesidades razonables de todos los individuos. De ahí arranca la contradicción entre las necesidades, en rápido crecimiento, de la gente y el insuficiente nivel de producción de los bienes necesarios.

Tal contradicción sólo es propia de la primera fase del comunismo, es decir, de la sociedad socialista. Cuando se haya creado [154] la base material y técnica del comunismo y se haya logrado la abundancia de todos los bienes, se satisfarán por completo todas las necesidades razonables de las personas. Por supuesto, la dialéctica de la producción y del consumo conservará toda su fuerza también bajo el comunismo; la producción creará, sin cesar, nuevas necesidades, las cuales a su vez estimularán el ulterior desarrollo de la misma.

En segundo lugar, esta contradicción es un reflejo específico de la que se da entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción de la sociedad socialista. El crecimiento de las fuerzas productivas y la naturaleza social de la producción han hecho superflua la división de la sociedad en clases distintas, de suerte que la tarea fundamental del socialismo –abolir las clases explotadoras y la explotación del hombre por el hombre– está resuelta. Mas, comoquiera que el nivel de las fuerzas productivas no es todavía bastante alto y existe cierta desigualdad en su desarrollo, perduran aún diferencias esenciales entre la ciudad y el campo, entre el trabajo intelectual y el físico. Se trata de una herencia histórica, de restos .de la contradicción habida entre los citados elementos.

En la sociedad socialista quedan todavía diferencias entre las clases obrera y campesina, así como entre ellas y la intelectualidad. El que estas clases se sigan aproximando entre sí, y se siga avanzando hacia la plena homogeneidad social constituye una ley del desenvolvimiento de la sociedad socialista, mas ello no excluye que en el desarrollo social puedan surgir contradicciones. Aunque son comunes los fines y los intereses básicos de todos los grupos sociales, existe todavía cierta diferencia en el nivel de vida de dichos grupos, en el nivel de su bienestar material, de los servicios culturales y públicos de que disfrutan. Y la tarea no está en demostrar la imposibilidad de tales contradicciones, sino en no permitir que surjan y se agudicen, en percibirlas y superarlas a tiempo en caso de que aparezcan.

En el régimen socialista, aún se dan manifestaciones, de desigualdad de hecho.. La distribución en función del trabajo, siendo distintos el nivel profesional de los trabajadores y la situación familiar (cantidad de personas aptas para el trabajo y de las ,que están a cargo de los, demás) implica una desigualdad de ingresos por individuo. Eliminar por completo las diferencias de clase, llegar a la plena homogeneidad social de la colectividad y a la igualdad total de hecho presupone haber abolido todos los vestigios de la contradicción habida entre la ciudad y el campo, entre el trabajo intelectual y el físico, haber pasado a la distribución según las necesidades.

Bajo el socialismo se va eliminando, según un plan previamente establecido, la desigualdad heredada del pasado tanto en lo que concierne a la distribución territorial de la producción como a su estructura por ramas. Se logra ello creando industrias modernas [155] en regiones antes. atrasadas, con preferencia agrícolas, y mecanizando las ramas de la economía en que había predominado el trabajo a mano. Organizar toda la economía nacional según la tecnología moderna en todo el territorio del país constituye una ingente labor histórica.

Bajo el capitalismo, la producción se desarrolla de manera desigual y desproporcionada. La causa de ello no radica sólo en las crisis económicas, sino, además, en el atraso de ciertas regiones y de ramas enteras de la economía. En la economía capitalista, la proporcionalidad surge de la falta de proporcionalidad, como fenómeno temporal y casual.

El desarrollo planificado de la economía, bajo el socialismo-, permite eliminar las faltas de proporción heredadas del pasado y las que surjan. Mas esto no se efectúa de manera automática. La proporcionalidad y la desproporcionalidad (la desigualdad) son contradicciones que se dejan sentir también bajo el socialismo.

El retraso que aún existe en la agricultura respecto a la industria es una desproporción sobre la que nuestro Partido y nuestro pueblo trabajan para superarla. Se ha puesto asimismo de manifiesto que la industria dedicada a la producción de artículos de consumo crece a ritmos sensiblemente inferiores a los de la industria pesada. No hay duda alguna de que estas contradicciones se eliminarán.

Bajo el socialismo, la proporcionalidad es la ley o tendencia general, mientras que la desproporción es el accidente, es una transgresión de los imperativos de las leyes económicas; bajo el capitalismo, la proporcionalidad constituye un equilibrio de movimientos espontáneos y caóticos.

En tercer lugar, mientras se dé- una contradicción entre las necesidades crecientes del hombre y el nivel, no bastante elevado aún, de la producción, subsistirá la posibilidad de que haya cierta contradicción entre los intereses personales de los ciudadanos y los de la sociedad en su conjunto. De ahí que, bajo el socialismo, sea condición importantísima del desarrollo económico y de todo el progreso social –de la sociedad y del individuo– establecer una armonía entre los intereses de la producción social y la satisfacción de las necesidades personales del individuo.

En las formaciones presocialistas, las fuerzas productivas de la sociedad progresan a costa de determinados individuos y de clases sociales enteras. La revolución socialista aniquila ese antagonismo y crea una nueva sociedad en la cual el aumento de la riqueza colectiva sirve de base para el desarrollo de la persona y para el incremento del bienestar; con la victoria del comunismo, ese aumento coincidirá con el desarrollo de cada uno de los individuos.

Lenin vio que al tornar la ruta del socialismo, los intereses personales de los pequeños productores chocan con la producción socialista colectivamente organizada. Entonces dijo que en la cooperación [156] habíamos encontrado la manera de combinar los intereses personales y los sociales.

En la sociedad socialista la posibilidad de armonizar las conveniencias personales de todos los ciudadanos con lo que requiere el crecimiento de la producción social es real. Mas esa posibilidad no se materializa automáticamente. En este terreno pueden surgir ciertas contradicciones.

Si paramos mientes sólo en los intereses del "todo" y nos olvidamos de los legítimos derechos de las "partes"; si, creciendo la producción social, no se satisfacen como es debido las necesidades personales de los ciudadanos, el interés de los trabajadores por la economía colectiva disminuye. En tal caso, se intensifican las tendencias centrífugas, los propósitos de llevar una existencia aparte, es decir, de "colocarse" al margen de la producción social. Con ello reverdecen las supervivencias del pasado y las inclinaciones hacia la propiedad privada. Esas tendencias encuentran su reflejo en la psicología social. El aislarse de la vida social lleva a reforzar los prejuicios religiosos, a buscar consuelo en la religión.

Por otra parte, si los intereses personales o los de una empresa se satisfacen de modo que ello implique una mengua de la producción social, se perjudica la causa general de la edificación comunista.

Cuando se vulneran los intereses colectivos y cuando se abulta desmesuradamente el interés personal, también se adulteran los principios del socialismo. Ello conduce asimismo a reavivar el individualismo, el espíritu de propiedad privada y la codicia. En ambos casos surge una contradicción entre la sociedad, por una parte, y las, conveniencias particulares, el individualismo y las formas de existencia aislada por otra parte.

Resulta, pues, que la armonía entre los intereses de la producción social y los intereses personales de los individuos no se establece en virtud de una ley automática de la naturaleza, sino gracias a la ley social del desarrollo socialista, y esta ley exige que se distribuyan según un plan y de manera proporcional todos los recursos de la sociedad procurando asegurar el rápido incremento de las fuerzas productivas, y la máxima satisfacción de las necesidades personales de los ciudadanos.

El problema se complica, evidentemente, con el atraso económico de tal o cual país, con las crecientes necesidades de la defensa, con la necesidad de ayudar a los países poco desarrollados, &c. Añádase a esto que puede agravarse por varios motivos, como son: errores que se hayan cometido al planificar y organizar la producción social; haber distribuido y utilizado irracionalmente los recursos materiales y la mano de obra, haber alterado la correlación óptima entre el fondo de acumulación y el fondo de consumo; retraso de la agricultura y de las industrias que producen artículos de consumo.

La naturaleza específica de la sociedad socialista estriba en ser la primera formación económico-socia] de la historia que se configura conscientemente, en virtud de un plan y sobre una base científica. Eso explica que, en este marco, resulten sobre todo intolerables las manifestaciones de subjetivismo, de dirección superficial e incompetente, de burocratismo administrativo "voluntarista", &c.

El paso a la amplia edificación comunista señala una nueva etapa en el ascenso de las fuerzas productivas. Ahora, creada una industria potente, es imposible imaginarse el ulterior incremento acelerado de la producción sin que se eleven los índices cualitativos del trabajo en toda la economía nacional, sin que aumente la eficiencia económica de la producción social.

La dialéctica objetiva del desarrollo económico y social requiere alcanzar un nuevo estadio cualitativo, de intenso desarrollo de las fuerzas, productivas, que permita hacer patentes todas las ventajas. del sistema socialista y demostrar que el socialismo es capaz de ir a la cabeza del progreso tecnológico y de obtener, en todos los sectores, la producción de mejor calidad.

Ese paso requiere que se eliminen varias contradicciones, ya maduras, en la organización del mando de la economía. El hecho se ha traducido, en particular, en una centralización excesiva, y por otra parte en tendencias centrífugas, "localistas", de algunos departamentos, de algunos consejos de economía nacional e incluso de algunas empresas. Hay que tenerlo en cuenta para impedir que estas tendencias ganen terreno en perjuicio del "todo". Cada vez se ha hecho más visible la contradicción entre una planificación excesivamente detallada, convertida en nimia reglamentación, y la necesidad de flexibilidad y dinamismo en la industria, que se logran concediendo una relativa independencia a las empresas, a sus uniones, a las diversas ramas industriales, &c. Se ha convertido en un freno la contradicción entre ].a estimación cuantitativa (global) y la cualitativa al apreciar la actividad de las empresas. Bastante a menudo surge una contradicción entre los intereses de ciertas empresas y su personal por una parte, y la sociedad por otra (interés, de las empresas en reducir los planes, en fabricar lo que ya no ofrece problemas para ella y, aunque haya envejecido, en mantener cierto conservadurismo tecnológico, &c.), Resulta sobre todo intolerable la contradicción entre el burocratismo "voluntarista" en la administración y la planificación científicamente establecida, que presupone el cálculo de las proporciones generales más óptimas en el desarrollo de la economía nacional y dotar de máxima iniciativa a las uniones de empresas, a las empresas por separado y a los propios trabajadores, así como utilizar eficientemente las palancas y los estímulos económicos (beneficios, formación motivada de los precios, &c.). [158]

Nos equivocaríamos si creyéramos que tan sólo ahora se ha descubierto la necesidad de cambiar las formas de dirección en la industria. Al contrario, esta necesidad ha ido madurando a lo largo de varios años y haciéndose cada vez más ostensible.

Cabe decir incluso que nos hemos demorado en el cambio dé las formas, de dirección de la vida económica, lo cual ha provocado cierta mengua en los ritmos de crecimiento de la producción, una utilización poco eficiente de los fondos básicos y una disminución del incremento de la productividad del trabajo.

El subjetivismo en la dirección ha tenido diversas manifestaciones: a veces se han llevado a cabo reorganizaciones poco meditadas, prematuras; otras veces, formas de dirección, poco eficientes no se han sustituido a tiempo, pese a que la práctica había demostrado ya que no eran viables. De esta suerte las necesidades del crecimiento de la producción entraban en desacuerdo con las formas de gestión, que se convertían en un obstáculo para el ulterior desarrollo.

¿Por qué se alzan ahora, tan perentorios, los problemas que atañen al perfeccionamiento de la dirección en la industria, al estímulo y al cálculo económicos y, en general, al refuerzo de los métodos de dirección de la economía?

Ante todo es necesario subrayar que la causa no radica en debilidades del potencial económico de la Unión Soviética, sino en su crecimiento. Son, precisamente, este auge y una mayor complejidad los que han motivado la necesidad de introducir cambios en la dirección de la economía nacional.

El país soviético posee ahora una industria moderna y poderosa. Sus dimensiones son verdaderamente colosales. Baste decir que en 1965 nuestra siderurgia fundió más de 90 millones de toneladas de acero, es decir, más que los, tres países superindustrializados de Europa juntos: Inglaterra, República Federal Alemana y Francia. La producción de energía eléctrica supera los 500 mil millones de kilovatios hora, es decir: por el potencial eléctrico, sólo se encuentran delante de nosotros los Estados. Unidos. En construcción de maquinaria ocupamos firmemente el primer lugar en Europa, y en varias ramas de esta industria hemos adelantado también a los Estados Unidos.

Habla elocuentemente de cómo crece el potencial industrial de nuestro país el hecho de que, durante los años del plan septenal, los fondos básicos de la industria se han duplicado. Esto significa que ese incremento septenal ha superado en tres -veces y media el volumen de todos los fondos básicos de que disponía nuestra industria en 1940. Según los datos de comienzos de 1964, el parque de maquinaria para cortar metales y de forja y prensa con que contaba nuestra economía nacional, pasaba de los 2 millones 600 mil unidades, es decir, era superior al de los Estados Unidos, y superaba en 3,7 veces al de 1940. La energía de trabajo de que está dotada la industria supera ahora el nivel de 1940 [159] en cinco veces. El crecimiento de la potencia industrial se basa en el progreso científico y tecnológico, en la auténtica revolución que en este terreno se opera con extraordinario vigor. La mecanización global y la automatización, el desarrollo de la química y su penetración en todas las, esferas de la producción material, el avance de la electrónica, de la energética atómica, &c., todo ello crea nuevas condiciones de desarrollo económico y presenta exigencias nuevas y cada vez más elevadas a la dirección económica y a la planificación.

Es ahí donde está la causa de que ahora se sitúe en el primer término la necesidad de utilizar intensamente. con la máxima eficacia económica y en óptimo grado, nuestro potencial de producción en la industria. Hay que obtener un coeficiente de utilidad máximo de nuestros gigantescos fondos de producción. Hay que poner al servicio del país las reservas que se encierran en las posibilidades- de crecimiento de la productividad del trabajo de más de veinte millones, de trabajadores industriales. Es preciso conseguir el aprovechamiento más económico y productivo de las ingentes masas –cada vez mayores– de materias primas, de energía, de materiales y de combustible que posee la industria de nuestro país.

La ley económica más general del comunismo es la ley de la máxima satisfacción de las necesidades de la sociedad y de sus miembros con una economía máxima de trabajo. Obtener la mayor producción necesaria a la sociedad con el mínimo de gastos, en eso estriba la esencia de la organización comunista del trabajo. Pero ello requiere cálculos económicos exactos y una rigurosa observancia de las leyes económicas.

Al esbozar los planes de la edificación económica, Lenin asignó un enorme valor a los estímulos de carácter material. Lenin veía la base de la administración socialista en el cálculo económico, cuyo rasgo fundamental consiste en asegurar la rentabilidad. A propuesta suya, la industria y otras ramas de la economía tuvieron que financiarse a sí mismas, y se introdujeron métodos de rentabilidad del trabajo. Lenin instaba a "lograr que cada empresa estatal trabaje sin pérdidas y sea rentable"{35}.

Cuando en nuestro país se empezaba a levantar la industria moderna, cuando se reestructuraban ramas industriales, completas, no siempre se tomaban en consideración los cálculos económicos. Había que crear la industria a pesar del hostil cerco capitalista, careciendo de relaciones económicas normales con el mundo exterior y a pesar del bloqueo económico. Era necesario ganar tiempo, establecer en el país, en un plazo históricamente brevísimo, una poderosa industria moderna. Era necesario edificar con gran rapidez y en gran escala, y en tales circunstancias no siempre se tomaban en consideración los gastos de recursos y de trabajo. [160]

Gracias a la ventaja del sistema socialista y de sus leyes económicas, el pueblo soviético convirtió el país en una extraordinaria potencia industrial.

En los años de la Guerra Patria, la industria creada por el pueblo soviético constituyó la base económica de la victoria sobre el enemigo. Mas, durante esos años, nuestra economía nacional sufrió un sensible quebranto, y en el período subsiguiente fue necesario restablecer rápidamente y elevar el potencial económico del país.

En esas condiciones de desarrollo económico –cabe decir que excepcionales– a veces no se tomaba bastante en consideración la eficiencia económica de las inversiones de capital o de alguna nueva empresa. Así resultó que no todas las partes ni mucho menos del mecanismo económico eran adecuadas para hacer que el principio fundamental de la gestión administrativa fuese la economización de materiales y de trabajo. No había estímulos económicos suficientes para que se utilizasen los fondos de producción de la mejor manera posible. Los precios de los artículos diferían en gran medida de los gastos socialmente necesarios y se subordinaban sobre todo a un objetivo: financiar el rápido crecimiento de la industria pesada. Semejante estructura de precios impedía ver la auténtica efectividad de las diversas ramas de la industria y de las distintas empresas. Se subestimaban el principio del interés material, las relaciones monetario-mercantiles, el cálculo económico y la rentabilidad.

A raíz de semejante estado de cosas, en la dirección de, la economía nacional empezaron a prevalecer los métodos administrativos en detrimento de los métodos de la economía. Bastante a menudo se vulneraban las exigencias de las leyes económicas. Precisamente en los últimos años, en virtud del crecimiento del potencial industrial del país y del volumen de la producción, esos defectos del mecanismo económico en la dirección de la industria se hicieron cada vez más patentes.

Al llevar a cabo la actual reforma económica, el Partido se inspira en el siguiente principio: combinar orgánica e indisolublemente las formas de planificación estatal con el desarrollo en todos sentidos y por todos los medios, de las formas y de los métodos empleados para dirigir la producción. Con el fin de resolver esta tarea se introduce sistemáticamente el cálculo económico, se eleva el papel de la ganancia, de los precios y del crédito, se refuerza la autonomía económica de las empresas, se amplían y se utilizan en todos sentidos los estímulos materiales, de tipo personal y colectivo, en el desarrollo de la producción.

Con las nuevas formas de adjudicación de premios, cada trabajador y todo el personal de las empresas se interesarán vivamente en alcanzar los mejores resultados posibles en el trabajo, en descubrir y utilizar reservas, en acelerar el progreso tecnológico. Al mismo tiempo, otorgando amplios derechos de gestión [161] a las empresas, asignándoles grandes recursos para que modernicen la producción, mejoren los estímulos materiales y atiendan a las necesidades de tipo social y cultural –recursos tomados precisamente de las ganancias de las empresas–, se asienta sobre firmes bases materiales el cálculo económico y se ponen en marcha métodos de dirección de las empresas auténticamente económicos.

Las condiciones económicas, en cambio constante, han planteado con una perentoriedad antes nunca vista el problema relativo a la necesidad de combinar acertadamente, en la gestión y en la planificación de la industria, el principio de la organización por ramas industriales con el de la organización territorial, la dirección centralizada de la economía con la iniciativa local y con la autonomía de las empresas.

La tendencia más característica –cabe decir la ley– del desarrollo de la producción industrial moderna es la de concentrar y centralizar. Dicha tendencia se manifiesta con gran fuerza bajo el capitalismo y adquiere la forma de concentración y centralización de capitales. En correspondencia con esta ley, se han formado gigantescos monopolios capitalistas, que abarcan ramas enteras de la industria e incluso grupos de ellas. El aumento del capital monopolista ha dado origen a uniones capitalistas internacionales. Sin embargo, en el sistema capitalista la concentración y la centralización chocan con un obstáculo, a saber: la propiedad privada y la concurrencia. Así en los Estados Unidos todos los años se arruinan unos tres millones de pequeños empresarios, y poco más o menos otros tantos se establecen de nuevo. Semejantes empresas constituyen como un servicio auxiliar de los grandes monopolios.

En el régimen socialista, ni el proceso en que la producción se concentra y se centraliza, ni el desarrollo de las empresas grandes y pequeñas se hallan aherrojados por las barreras de la propiedad privada y de la concurrencia. Las empresas pueden tomar las formas óptimas a tenor de las necesidades que presenta el desarrollo de las fuerzas productivas. Como es obvio, la dirección de la industria ha de corresponder a esa tendencia objetiva del progreso económico. "El comunismo –subrayaba Lenin– exige y presupone la centralización máxima de la gran industria de todo el país. Por este motivo, al centro de toda Rusia ha de concedérsele, indudablemente, el derecho a poner en dependencia directa suya todas las empresas de una rama dada"{36}.

La tendencia objetiva del avance de la producción moderna no radica sólo en la concentración y centralización por ramas; hace, además, que éstas colaboren, que se combine la producción en todos sus aspectos. La producción industrial moderna es inconcebible [162] sin un enlace entre las diversas ramas industriales, sin que exista entre ellas una interinfluencia precisa y estrecha. Dicho con otras palabras: la dirección de la industria no sólo presupone que se centraliza en vertical, sino además, que se coordina en horizontal, o sea, en virtud del principio territorial. Lenin dijo en su tiempo: "La falta de un trabajo concertado de los distintos departamentos en las localidades constituye uno de los grandes males que dificultan la edificación económica"{37}. Consideraba Lenin que entre las tareas más importantes de la administración se contaba la de articular la labor de los diferentes departamentos en el seno de las unidades administrativas locales. Aclarando la importancia de esa labor, decía: "Los abastos, pequeña industria local; el combustible, gran industria del Estado, &c., todos esos sectores se hallan estrechamente ligados entre sí, y su división «departamental», indispensable para dirigir el Estado, resulta perjudicial si no se lleva a cabo sin cesar un trabajo de coordinación, un trabajo para eliminar los roces, el papeleo, las estrechas miras administrativas y el burocratismo"{38}.

El problema de combinar la dirección centralizada por ramas con su coordinación territorial es de suma importancia para estructurar un sistema de dirección. El defecto de los anteriores ministerios consistía en que predominaba el criterio departamental y en que se limitaba extremadamente la iniciativa de las empresas y de las organizaciones locales, no se tenía en cuenta la necesidad de coordinar territorialmente la producción. Las barreras departamentales impedían la cooperación entre las ramas de la industria.

La creación de los consejos de economía nacional ayudó a organizar ese tipo de cooperación, mas perturbó la centralización por ramas. El sistema de dichos consejos, que contribuyó a superar los defectos inherentes a la estrechez del criterio departamental en la dirección de la industria, puso al descubierto asimismo sus grandes defectos a medida que la economía progresaba. Entraba en contradicción cada vez más viva con la necesidad de que exista una dirección muy bien preparada y centralizada a escala de toda la economía nacional, por ramas industriales. Ese tipo de dirección quedó como diluida y perdió muchos de sus rasgos en el sistema de los consejos de economía nacional. Las empresas de una misma rama se vieron separadas por las barreras que estos consejos representaban. Se creó un sistema de dirección industrial complicado y engorrosa, como formado por enclaves administrativos. En la práctica, ese tipo de dirección según el principia territorial chocó con la tendencia objetiva, que lleva a concentrar y centralizar la producción.

Ahora se está pasando al sistema centralizado de dirección, nias esto no significa restablecer, automáticamente, el viejo sistema de división en departamentos. De lo que se trata es de establecer un sistema centralizado que permita a la vez ampliar los derechos y la iniciativa locales, dejar el camino expedito a la autonomía económica de las empresas.

Así, la actual reforma de la gestión industrial plasma en realidad las principios científicos de la dirección en economía. El sentido de la reforma no se puede comprender si no se ve que ésta estriba en un ulterior desarrollo y la aplicación práctica de los principios del centralismo democrático.

Las nuevas condiciones de gestión crean ahora el medio necesario para que se eleve la eficiencia de la producción social y se mejore de raíz la calidad de los productos.

La armonización de los intereses colectivos y personales se expresa cada vez con más frecuencia mediante la fórmula: lo que es ventajoso para la sociedad ha de serlo asimismo para cada colectividad y para cada individuo. Tenemos un reflejo inmediato de esta ley de la sociedad socialista en la combinación de los estímulos materiales. y morales de la actividad laboral y social.

Únicamente gracias a dicha combinación de estímulos puede actuar con éxito una fuerza motriz de nuestro desarrollo tan poderosa como es la emulación socialista -o hay que reducir la emulación a incentivos morales. En la sociedad burguesa actúa la ley .de la concurrencia, que es una rivalidad derivada de la propiedad privada y de la lucha –de carácter individual– por la existencia. La emulación socialista no es una competición de individuos aislados, sino de miembros de colectividades, de empresas y firmas de producción, comerciales y de servicios, sobre la base de la propiedad común y de las formas colectivas de lucha para incrementar los medios de vida, cuando la distribución se realiza en función del trabajo. Y éste es el motivo de que la emulación no pueda florecer si no se fomenta material y moralmente el interés por obtener mejores resultados en el trabajo.

El elevar la efectividad de los estímulos materiales y el introducir métodos de carácter económico en la dirección de las empresas, ha de contribuir asimismo, en gran manera, a reforzar los estímulos morales de la producción. Ahora hay posibilidades singularmente favorables para que en ésta se recoja la iniciativa de cada obrero, ingeniero. o tecnólogo, de cada brigada, de cada taller y de cada empresa en su conjunto. Dichas posibilidades se apoyarán ahora en los indiscutibles recursos materiales puestos a disposición de la empresa, en su autonomía económica.

De esta suerte, las nuevas condiciones de gestión crean nuevas posibilidades y circunstancias favorables para elevar y desarrollar la emulación socialista. El nuevo auge de esta emulación, con una base material más amplia y firme, contribuirá al crecimiento de la conciencia comunista y a que se afirme la nueva [164] actitud ante el trabajo, avivará el desarrollo de las formas socialistas de trabajo, que preparan la transición a las futuras formas comunistas del mismo.

Las estímulos materiales y morales no son contrarios incompatibles entre sí, no constituyen dos palancas aisladas que deban actuar por separado. Bajo el socialismo, el interés material del hombre por los resultados de la producción tiene un carácter distinto, desde un punto de vista de principio, del interés material en el régimen capitalista. La burguesía utiliza el interés material como cebo y como medio para avivar los afanes de propiedad privada. Bajo el socialismo, el incentivo material por trabajar bien constituye al mismo tiempo un incentivo moral, un reconocimiento social, una estimación de los mejores ejemplos de trabajo por parte de la colectividad.

Distribuir los bienes en función del trabajo realizado, de su cantidad y calidad, constituye un principio intangible del socialismo, la base de sus éxitos laborales. Y en relación con este particular, es necesario hacer hincapié, asimismo, en la importancia de que se aprovechen debidamente los fondos destinados a premiar los éxitos obtenidos en la producción.

No se ha de concebir el premio como un reparto de ganancias según el principio de la adición al salario mecánicamente niveladora. Lenin condenó en su tiempo semejante proceder en la aplicación del fondo de premios. "No lo distribuyen bien, en lugar de un premio se obtiene una adición al salario... Es necesario concederlo de tal modo que se premie a quien haya dado pruebas de heroísmo, de celo, de talento y de lealtad como administrador..."{39}.

Las contradicciones en el ser de la sociedad socialista también se reflejan en la conciencia, en la lucha de la concepción avanzada del mundo contra las supervivencias y los influjos de la ideología y de la moral burguesas. Tal es la razón de que combatir las ideas y costumbres antisociales no constituya únicamente una tarea ideológica, sino, además, una parte de la lucha general por consolidar e incrementar el avance del ser y de la conciencia socialistas, de la base y de la superestructura del socialismo.

También en esto hay que ver una dialéctica profunda. Tan sólo contando con la base material y tecnológica propia del comunismo, se afianzará la forma más elevada de las relaciones sociales cuyo principio esencial será: libre desarrollo de cada individuo como condición del libre desarrollo de todos. Para ello, lo decisivo será el incremento de la producción. Mas no cabe olvidar que lo ideal se ha de trocar en realidad, o sea, no hay que olvidar la fuerza progresiva y organizadora de la ideología comunista en la lucha por llevar los ideales a la práctica. No sólo [165] hay que partir, siempre, de la prioridad del ser, sino, además, de la unidad y de la interacción entre el ser y la conciencia. Es inadmisible olvidarse del peligra del idealismo y del subjetivismo, mas no resultaría menos peligroso olvidarse del mal que causa el materialismo economista, mecanicista.

Lenin se manifestó enérgicamente contra la teoría de la identidad entre el ser y la conciencia sociales. Y no sólo porque esta teoría niega la tesis fundamental del materialismo sobre el carácter primario del ser y el carácter secundario de la conciencia y lleva a separar ésta de aquél. Dicha teoría es inconsistente, además, porque presenta, a través de un prisma metafísico, la relación entre la conciencia y el ser, excluye la posibilidad de que entre ellos se dé alguna contradicción, niega la independencia relativa y el activo papel de las ideas. La conciencia no coincide exactamente con el ser; sólo es un reflejo del ser, un reflejo aproximadamente fiel en el mejor de los casos. La humanidad tiene siempre planteada una tarea: adaptar, de la manera más neta y clara posible, la conciencia social al ser cambiante. La misión de la ideología comunista estriba, precisamente, en elevar la conciencia social de las amplias masas del pueblo, en alumbrar el camino que éstas han de recorrer hasta la plena victoria del comunismo.

Las ideas avanzadas, los altos ideales se adelantan a la vida, se anticipan al futuro. Mas hacen falta tiempo, las condiciones y los medios adecuados para que la conciencia de las masas alcance ese nivel.

La consolidación de una conciencia comunista única, realmente de toda el pueblo, en la sociedad que construye el comunismo no significa que el desarrollo de la vida espiritual transcurra sin lucha y sin que deban superarse contradicciones. No hay que imaginarse el cambio de la conciencia como si se tratara de llenar, can una conciencia socialista preparada y con una concepción íntegra, materialista y científica del mundo, cierto recipiente del que se hubieran sacado las viejas representaciones y la ideología anticientífica. Las distintas partes de la conciencia se desarrollan de manera desigual. En la conciencia de un individuo pueden colindar representaciones contradictorias, por ejemplo: una justa actitud ante las cuestiones políticas, el patriotismo y la honradez en el trabajo y, por otra parte; principios religiosos de moral, concepciones atrasadas.

Téngase en cuenta que las supervivencias del pasado no sólo se mantienen en la conciencia por hallarse ésta a la zaga del ser, sino, además, a causa de las dificultades, de las contradicciones y de las complicaciones que se dan en la propia vida. Recuérdese tan sólo qué desgracias acarreó la pasada guerra y qué penosas huellas dejó, por largo tiempo, en la vida material, cotidiana, y también en la conciencia de la gente. Las dificultades [166] y las contradicciones, la inestabilidad y las desdichas en la vida privada no sólo mantienen las viejas supervivencias de la vieja ideología y de la vieja moral, sino que también pueden reavivarlas.

En la sociedad socialista se forma, en conjunto, una conciencia social avanzada, basada en la concepción marxista-leninista del mundo y en un alto nivel cultural del pueblo. Esta conciencia social está en contradicción con la de individuos aislados que todavía encierra restos de las concepciones individualistas y anticientíficas del mundo. Formar la personalidad íntegramente desarrollada de la sociedad comunista presupone resolver la contradicción entre la conciencia social avanzada y la conciencia individual atrasada, formar en todos los miembros de la sociedad una concepción científica del mundo, forjar de nuevo su psicología partiendo de la ideología y de la moral comunistas, familiarizar a cada trabajador con los mejores frutos de la cultura socialista.

Las contradicciones en la vida espiritual de la sociedad no se limitan a la lucha entre lo nuevo y lo viejo, entre lo avanzado y lo atrasado. Hay que tener en cuenta, además, la forma que tales contradicciones presentan como pugna de opiniones en el conocimiento científico. Es evidente que, en la sociedad de clases, la diferencia de criterios en torno a las cuestiones científicas puede estar relacionada con distintas concepciones ideológicas. También en la saciedad socialista el influjo de ideologías extrañas puede incidir en la confrontación de opiniones. Mas ahora no se trata de esto. Ahora se trata del enfrentamiento de criterios relacionados con la naturaleza dialéctica del conocimiento humano. Si en cada cuestión conociéramos de una vez la verdad absoluta, no habría motivos para que se diera en la ciencia una pugna de criterios. No pueden ser objeto de una lucha de opiniones verdades tan indiscutibles como "dos por dos son cuatro", "Napoleón murió el 5 de mayo de 1821" y "París se encuentra en Francia", que suelen aducirse como ejemplos elementales de verdades absolutas.

Mas, en primer lugar, el conocimiento no se reduce a semejantes verdades, y en segundo lugar, en muchas cuestiones el saber humano es relativo, y la verdad absoluta se compone, en último término, de una suma de verdades relativas. El proceso del conocer es infinito, y en ese proceso surgen inevitablemente diferentes matices de opinión y de juicio. En esta cuestión, como indicaba Engels, nos encontramos con una contradicción entre el carácter del conocimiento humano, capaz, por su naturaleza, de llegar a la verdad absoluta, y la manifestación de dicho conocimiento en los individuos como tales, cuyo pensar o conocer no es más que limitado. "Esta contradicción únicamente puede resolverse en un movimiento progresivo infinito, en la serie de sucesivas [167] generaciones humanas que, por lo menos para nosotros, es prácticamente infinita"{40}.

El conocimiento humano avanza en nuestro tiempo con inusitada rapidez, lo que sabe la ciencia de los procesos objetivos va siendo cada vez más preciso y fidedigno. Las ciencias van acumulando un creciente número de verdades absolutas en su género. Ahora bien, negar la posibilidad de que haya diferencias. de criterio en la ciencia y la legitimidad de la lucha entre ellas, significa no comprender la dialéctica del conocimiento, la dialéctica del movimiento que va de las verdades relativas a la verdad absoluta en su extensión plena, todavía infinitamente lejana de nosotros.

La lucha de opiniones en la ciencia, inevitable en todas las sociedades, es una ley del conocimiento humano. La cuestión no está en hacer lo posible para cortarla, sino en impedir que, al socaire de la lucha de opiniones, se introduzca subrepticiamente una ideología hostil al comunismo.

Por supuesto, no se debe confundir la lucha de opiniones en la ciencia con los ataques revisionistas. y dogmáticos al marxismo-leninismo, que no obedecen en absoluto a un anhelo de encontrar la verdad, sino a tendencias pequeñoburguesas y nacionalistas. El marxismo-leninismo es -incompatible con el revisionismo y con el dogmatismo inerte. Ello no excluye, claro está, las controversias y discusiones entre los marxistas en la interpretación de las cuestiones concretas de la realidad actual. Como toda ciencia, el marxismo-leninismo se desarrolla, y al resolver nuevos problemas de la vida, surgen diversos matices de opinión, mas resultan ineludibles sus principios fundamentales cuya aplicación creadora y cuyo desarrollo representan la condición radical de su vitalidad.

Así, pues, las contradicciones y las formas en que se manifiestan en la sociedad socialista son muy diversas y desiguales tanto por su carácter como por su agudeza. Surgen en la economía, en las. relaciones sociales y en la vida ideológica. Y en cada una de estas esferas, el diapasón de las contradicciones y de las formas en que se revelan es sumamente amplio. En el terreno de la vida espiritual, va desde las discusiones amistosas en torno a cuestiones científicas hasta la enconada lucha con las supervivencias del capitalismo en la conciencia y con la influencia de ideologías extrañas; en el campo de las relaciones sociales, va desde la emulación amistosa hasta la aplicación de medidas para atajar fenómenos antisociales como el burocratismo, la delincuencia, la infracción del orden jurídico socialista y de las normas democráticas de vida, el amordazamiento de la crítica, los restos de desavenencia nacional; en la esfera de la. economía, va desde los errores de cálculo- en empresas aisladas hasta la violación [168] de las proporciones óptimas en la economía nacional, desde la superación de los defectos en el sistema de los estímulos materiales del trabajo hasta la lucha contra la especulación, contra el pillaje y el despilfarro de los bienes públicos.

No todas esas contradicciones, ni mucho menos, son inevitables en el socialismo. Muchas de ellas nacen de insuficiencias de organización en la economía y en la cultura, en la gestión de los asuntos públicos. Y es posible evitarlas utilizando plena y correctamente las posibilidades del desarrollo planificado de la sociedad socialista.

En esta sociedad no hay campo abonado para los antagonismos de clase ni para las contradicciones antagónicas de ellos derivadas.

Esto no significa, sin embargo, que la sociedad socialista no se encuentre con antagonismos. Existe una contradicción antagónica entre el socialismo y el capitalismo y mientras éste no se destruya aquélla no desaparecerá. Pero, mientras tanto, para nuestra sociedad el capitalismo no es sólo una supervivencia del pasado, sino un verdadero enemigo, con el que sostenemos una lucha incesante y sin cuartel. y las manifestaciones de individualismo, de costumbres antisociales en nuestra sociedad no son únicamente una herencia del pasado, sino, además, un reflejo del mundo burgués, extraño a nuestro ser, pero todavía vivo. En la naturaleza de la sociedad socialista no se da el antagonismo interno de clases. Mas entre la sociedad y los criminales elementos antisociales, la lucha posee un carácter antagónico. Sería ilícito ver la actitud de la sociedad frente a los asesinos, a los atracadores, a los ladrones, a los malversadores de bienes públicos y a los traidores a la patria como una contradicción no antagónica. Ahora bien, esto no significa que haya antagonismo de clases en el interior de la sociedad. De no ser así, habría que afirmar que ésta no se compone de grupos sociales, sino de ciudadanos que observan la legalidad y de delincuentes. Esta manera de concebir las contradicciones alteraría la visión científica de la estructura social.

La dialéctica del socialismo lo es de la consolidación de la unidad político-social de la sociedad, es la dialéctica de la superación de las contradicciones que se dan en esa unidad. A medida que el socialismo progresa, se consolidan la alianza y la amistad entre los obreros, los campesinos y la intelectualidad, la amistad y la colaboración entre todas las naciones y etnias.

La doctrina concerniente a la unidad y lucha de contrarios es la esencia de la dialéctica. Al atacar a los teóricos reformistas, subrayaba Lenin que la unidad, la coincidencia y la estabilidad de los contrarios son relativas, temporales y transitorias, mientras que la lucha de contrarios es absoluta, como es absoluto el desarrollo. Ahora bien, las formas en que esta lucha se manifiesta son distintas en circunstancias diversas. [169]

En nuestras publicaciones se ha apuntado ya que, en lo tocante a ciertas contradicciones de la saciedad socialista, se debe hablar de la unidad de contrarios. Ello concierne a problemas como el de la unión de los estímulos materiales y morales del trabajo, el del democratismo y centralismo, el de la dirección única y de la gestión colegiada, el del trabajo intelectual y físico en la producción, &c. Mas, cualquiera que sea la forma en que se resuelvan las contradicciones del desarrollo, la lucha es ineludible. Y sólo mediante la lucha es posible unir las contrarios o destruir uno de ellos.

Así, por ejemplo, la acertada combinación del interés material y de los incentivos morales no se alcanza sin combatir las supervivencias de la nivelación en los salarios y del individualismo. El centralismo democrático presupone superar el centralismo burocrático, así como las proclividades localistas anarquizantes. La dirección única no se armoniza con la gestión colegiada sin oponerse y vencer al autoritarismo administrativo por una parte y a la irresponsabilidad colectiva, a la falta de responsabilidad personal, por otra, es decir, sin batallar en aras de una mayor disciplina dé cada colectividad. La unión del trabajo intelectual y del físico se logra con un empeñado esfuerzo para mecanizar y automatizar la producción, para concordar razonablemente la instrucción con el trabajo productivo y su rendimiento, con el aumento de la cultura general y de la formación tecnológica de todos los trabajadores.

Se encuentran teóricos, sin embargo, que niegan en principio la posibilidad de unir contrarios de ninguna clase y entienden que reconocer esta posibilidad significa apartarse de la dialéctica. Pero negar toda posibilidad de unir contrarios representa no ver la dialéctica concreta de la superación de contradicciones bajo el socialismo.

La contradicción no es otra cosa que unidad y lucha de- contrarios. La dialéctica exige ver la peculiaridad concreta de esa unidad y esa lucha. La vida nos muestra que existe la unidad de contrarios antagónicos y la de contrarios no antagónicos. No tenerlo en cuenta supone no comprender la dialéctica del socialismo y de las formaciones económico-sociales antagónicas. La unidad de contradicciones antagónicas lleva inevitablemente a un conflicto, al choque de estas contradicciones, y su lucha hace que, en último término, esa unidad se liquide. Por lo que respecta a la unidad de contradicciones no- antagónicas, la lucha no falta, desde luego, pero en este caso el conflicto no es forzoso, y la contradicción se resuelve mediante el desarrollo, perfeccionando –en el transcurso de la inevitable lucha– los principios progresivos y la interpenetración de las diversas partes de la unidad dada.

El rasgo distintivo de las contradicciones no antagónicas del socialismo estriba en que es posible regularlas y orientarlas conscientemente [170], según un plan. El salto del reino de la necesidad al reino de la libertad consiste, precisamente, en que la sociedad socialista puede resolver según un plan previamente establecido las contradicciones del desarrollo, es decir, puede orientar y regular conscientemente la lucha de contrarios de acuerdo con el carácter objetivo de los mismos.

En su tiempo, polemizando con los trotskistas, explicaba Lenin, que éstos oponían metafísicamente los contrarios: democracia y dirección única o democracia y dictadura, igualitarismo y trabajo de choque en la producción y en la distribución, es decir, oponían de este modo los principios generales de la igualdad y la recompensa preferencial a los operarios por el trabajo de choque, de elevado rendimiento.

Desenmascarando estas desviaciones teóricas de los trotskistas, Lenin decía:

"No hay que armar líos y poner a la gente en trance de confundirse y de no ver claro cuándo se trata de democracia, cuándo de dirección única y cuándo de dictadura"{41}.

Más adelante, al analizar la relación entre la remuneración material por el trabajo de choque y el igualitarismo, añadía:

"El problema es difícil. Pues, de uno u otro modo, no hay más remedio que combinar el igualitarismo y el trabajo de choque, y estos conceptos se excluyen mutuamente. Mas, a pesar de todo, algo de marxismo hemos aprendido, hemos aprendido. cómo y cuándo es posible y necesario unir contrarios, y lo que es más importante: en nuestra revolución, a lo largo de tres años y medio, hemos unido prácticamente y más de una vez los contrarios"{42}.

Al mismo tiempo, Lenin ponía en guardia contra la unión ecléctica de conceptos antitéticos, contra la suplantación de la dialéctica por el eclecticismo. La dialéctica exige que se tenga en cuenta en todos los aspectos la correlación de los contrarios en su desarrollo concreto; el eclecticismo, arranca de modo arbitrario, y une mecánicamente fragmentos de conceptos opuestos guiándose por el principio que reza: "tome de una parte y de la otra".

Lenin explicó que si se toman dos o más definiciones diferentes y se unen de manera totalmente casual, se obtiene una definición ecléctica que se limitará a señalar partes distintas del objeto y nada más.

El requisito dialéctico de que se han de tener en cuenta todos. los aspectos del fenómeno es una exigencia del análisis concreto, del conocimiento exacto del asunto. Tan sólo observando este requisito, la unión de contrarios no será subjetiva, ecléctica, responderá a los procesos auténticos de la vida y será verdaderamente [171] mente dialéctica. Al tratar de la unión de tales opuestos como el igualitarismo y el trabajo de choque, Lenin escribió: "El caso es que estos conceptos opuestos se pueden combinar de modo que resulte una cacofonía, pero también se pueden combinar de modo que resulte una sinfonía"{43}.

El arte de dirigir no estriba en cerrar los ojos ante las contradicciones ni en negar la posibilidad de unir contrarios, sino en saber observar aquéllas a tiempo, hallar la forma y la medida para combinar y superar los aspectos y tendencias contrapuestos si no son de carácter antagónico, y tomar medidas oportunamente para liquidar las tendencias hostiles al socialismo, es decir, las contradicciones antagónicas.

La teoría dialéctica del desdoblamiento de lo singular en contrarios no significa perpetuarlas. La diferencia capital de la dialéctica marxista respecto a las formas que la precedieron está en la lucha por la superación de los contrarios. Las contradicciones antagónicas se superan aniquilando los contrarios que frenan el progreso histórico. Tal es el destino último de las clases explotadoras, que surgen a consecuencia de la escisión ("del desdoblamiento") de la sociedad en clases contrapuestas.

Tiene otro carácter la superación de las contradicciones no antagónicas, incluidas las que, históricamente, se han hallado ligadas a la división de la sociedad en clases. Así, por ejemplo, en todas las formaciones sociales antagónicas, la división del trabajo en intelectual y físico ha sido utilizada por las clases dominantes con el fin de explotar a las masas trabajadoras. Mas, tal división del trabajo se conserva también, durante largo tiempo, después de aniquilar las. clases explotadoras. ¿Cómo se supera, pues, este "desdoblamiento de lo singular"? Porque, en el caso dado, la superación no puede lograrse eliminando el trabajo intelectual o el trabajo físico. El Programa del P.C.U.S. hace un examen auténticamente dialéctico de este problema y de las perspectivas de su solución:

"Con la victoria del comunismo, se unen orgánicamente el trabajo intelectual y el trabajo físico en la actividad productiva del hombre".

Resulta, pues, que hubo un tiempo en que el trabajo se desdobló en intelectual y físico, ello tuvo una significación progresiva. Al paso de los siglos, semejante división se hizo superflua y empezó a constituir una rémora para el progreso de la producción. Las personas, dedicadas al trabajo físico se pusieron, inevitablemente, a asimilar y aplicar los resultados de la labor intelectual. De esta suerte, surgió el problema de reunificar los dos tipos de actividad y de restablecer la unidad del trabajo sobre una nueva base. El problema se resuelve bajo el socialismo y bajo el comunismo.

Podemos tomar otra cuestión: la nacional. En la sociedad capitalista, la burguesía dominante no se limita a explotar al proletariado de "su" nación; explota, asimismo, a todas las naciones oprimidas, aviva las, disensiones nacionales y la enemistad entre las naciones. Cuando se pone fin al régimen burgués, se acaba el dominio de una nación sobre otra, se afirman la igualdad de derechos, la colaboración y la amistad de los pueblos. En la Unión Soviética se ha alcanzado la igualdad real de las naciones no ya en el aspecto político, sino, además, en el económico y también en el cultural, por lo menos en los aspectos fundamentales. Ello no obstante, el problema de armonizar los intereses nacionales y los intereses generales del Estado no queda aún superado; en este plano, pueden surgir, y surgen, determinadas contradicciones, las cuales se superan marchando hacia la plena unidad de las naciones sobre la base de la "interpenetración", es decir, de la acertada combinación de lo nacional y de lo internacional.

Así es la dialéctica de la vida y así entiende la dialéctica el marxismo-leninismo.

Por su carácter y por su decurso, el paso del socialismo al comunismo se diferencia del tránsito de una formación social a otra, verbigracia, del capitalismo al socialismo. El paso de una formación a otra se consuma con la revolución, cuando el dominio político de una clase se sustituye por el dominio político de otra. El paso del socialismo al comunismo se cumple dentro de los límites de una formación social, es el paso a la sociedad sin clases, a la plena homogeneidad social. Todas las huellas del dominio político de clase, cualquiera sea ésta, se pierden. Junto con la desaparición de las clases se extingue también el Estado como forma de la organización política de la sociedad. El Estado de todo el pueblo –Estado que se forma bajo el socialismo– se convierte en autogestión colectiva de los trabajadores de la sociedad comunista.

Por consiguiente, ese tipo de transición difiere por completo del que se da en la transición del capitalismo al socialismo. El cambio del capitalismo por el socialismo se lleva a efecto según el principio de nacimiento y muerte, de aparición y eclipse. Si recurrimos a la alegoría, diremos que el paso del socialismo al comunismo es, más bien, el de la juventud a la madurez, etapas de desarrollo de una sola vida.

El paso del capitalismo al socialismo señala el fin de la línea descendente de desarrollo de una vieja formación social y el inicio de la línea ascendente de desarrollo de una formación social nueva. El paso del socialismo al comunismo es la continuación de la línea ascendente de desarrollo de la nueva formación social, es el movimiento progresivo que va del primer peldaño de dicha formación social a escalones más elevados. [173]

¿Es posible considerar este paso como un cambio cualitativo, como un salto social? Si, indudablemente. Al pasar del socialismo al comunismo se producen cambios radicales, cualitativos, en la vida social, y aunque ese paso se realiza gradualmente, denota al mismo tiempo un salto en el desarrollo de la sociedad.

La creación de la base material y técnica del comunismo y la transformación de los dos tipos de propiedad social en propiedad única de todo el pueblo, constituyen la base económica del paso del socialismo al comunismo. El contenido social de dicho paso estriba en superar las diferencias de clase y establecer una sociedad sin clases. La metamorfosis del Estado de todo el pueblo en autogestión colectiva comunista representa un salto en la organización del gobierno de los asuntos colectivos, o sea, constituye el tránsito de la sociedad estatal a la sociedad sin Estado.

De esta suerte, la dialéctica de los procesos sociales se enriquece con un nuevo tipo de cambios cualitativos, cuya peculiaridad estriba en que el desarrollo gradual no es tan sólo la forma de los cambios cuantitativos, sino que lo es, también, de los cualitativos, de la realización del salto social. En el devenir de las formaciones presocialistas, los cambios cuantitativos graduales y el salto cualitativo se alternaban en el tiempo. Al pasar del socialismo al comunismo, la gradación y el salto entran en una unidad dialéctica, que es resultado de un proceso simultáneo de transformaciones cuantitativas y cualitativas.

El liquidar los contrarios en los. intereses de clase y el correspondiente antagonismo modifica en esencia la forma del desarrollo de la saciedad y el carácter de los procesos sociales. Alcanzado semejante hito, las evoluciones sociales dejan de ser revoluciones políticas.

En relación con este particular, es necesario detenerse, aunque sea brevemente, en la ley de la negación de la negación. Algunos filósofos han declarado que esta ley es hegeliana es incompatible con el marxismo. No es cierto. Hegel formuló la ley de la negación de la negación, como también la ley del tránsito de la cantidad a la calidad y la ley de la contradicción, según principios idealistas, esto es verdad. Pero había en Hegel muchas cosas racionales, y también en tales leyes había un pensamiento racional. El marxismo planteó desde un nuevo punto de vista el problema de la negación de la negación. En vez de basarse en el espíritu absoluto –el cual, según Hegel, se desarrolla por sí mismo, de suerte que un estadio niega al anterior hasta reencarnarlo místicamente–, se basó en la realidad material.

La negación de la negación es el resultado objetivo. de la lucha de contrarios en la misma vida. Como resultado de la lucha, lo nuevo se afirma y lo viejo se niega.

El marxismo no desechó la ley de la negación de la negación, sino que la limpió de misticismo, de la corteza hegeliana y le [174] dio una interpretación materialista. Era necesario, por tanto, restablecer esa ley en sus derechos.

Todavía hoy existe quien la critica por considerar que tal ley ya ha envejecido. Sostienen incluso que la ley de la negación de la negación nos crea dificultades en la labor pedagógica y propagandística, así como, sobre todo, en lo que respecta a la aplicación de dicha ley al comunismo. Su razonamiento es, aproximadamente, como sigue: si admitimos la ley de la negación de la negación, surge la pregunta: ¿qué sucederá con el comunismo? ¿También habrá que negarlo algún día? ¿Así, pues, tras el comunismo deberá seguir otro estadio social que niegue el estadio comunista? Para soslayar esta "dificultad", algunos camaradas han propuesto que en lugar de la ley de la negación de la negación se formule alguna otra que exprese más acertadamente –desde su punto de vista– el proceso de desarrollo, verbigracia la ley del desarrollo progresivo, la ley de la ascensión de lo inferior a lo superior.

Las formulaciones de ley propuestas –"transición de lo inferior a lo superior", "desarrollo progresivo"– no expresan toda la esencia de la ley dialéctica de la negación de la negación. Porque esta ley no sólo caracteriza el paso de lo viejo a lo nuevo, ni tan sólo la faceta del desarrollo progresivo, sino que, en primer lugar, presupone la negación en el sentido de destrucción de lo viejo; en segundo lugar, la presupone en el sentido de mantener todo lo positivo, y, por fin, en la ley de la negación de la negación está contenido el momento del tránsito dialéctico al contrario, el momento –como decía Lenin– de vuelta aparente a lo viejo, pero sobre una nueva base enriquecida con el contenido de todo el proceso de desarrollo.

El marxismo entiende que el comunismo es la forma superior de organización de la sociedad humana, la forma más progresiva, la más justa y, en este sentido, la última; en su desarrollo, esta forma de organización social recorrerá varios estadios, irá de lo inferior a lo superior, pero su base –la propiedad colectiva y todo lo que a ello va unido– no estará sujeto a cambio en el sentido de pasar a una forma de propiedad opuesta. Bajo el comunismo, existirá un propio proceso de desarrollo y se negarán muchas de las cosas que ahora existen, así como también otras que se estructurarán en el futuro.

Ahora no necesitamos resolver el problema acerca de qué será lo que negará, precisamente, el hombre de la sociedad futura, el hombre del comunismo en plenitud; sólo podemos decir que el proceso de desarrollo no se detiene nunca, y también bajo el comunismo habrá algo nuevo y elementos de lo caduco, de lo envejecido y sujeto a negación. Desde el punto de vista de las leyes de la dialéctica, esto es indiscutible. Sería erróneo suponer que el problema de la negación de la negación es una etapa pasada y que ya carece de valor social. Todavía se encuentra bajo el yugo [175] del capitalismo una gran parte del mundo, aún existe el imperialismo, que ha causado y causa a la humanidad muchos sufrimientos v penalidades. Hay, por tanto, qué negar, ante todo el capitalismo, todavía realidad en una sensible parte del orbe.

Además, ¿por ventura hay pocas facetas y elementos que han de ser objeto de negación, en la sociedad socialista? ;Cuántas supervivencias del pasado, de lo viejo y caduco aparecen todavía en el estilo de vida, en la conciencia y en la conducta de las personas, cuántos elementos se encuentran aún de lo innecesario y de lo nocivo, que nos empujan hacia atrás! Toda eso se ha, de negar partiendo de lo esencialmente progresivo que nos da el avance de la sociedad socialista. Carecen, pues, de todo fundamento las objeciones a la ley de la negación de la negación.

Ésta es una de las leyes más generales de la dialéctica. Rige en la naturaleza, actuó en la historia pasada y sigue actuando ahora. En cada esfera de actividad, las leyes de la dialéctica, sin excepción, se revelan en formas específicas. Lo mismo ocurre con la ley de la negación de la negación. Indicó Lenin que el momento de la triplicidad no es obligatorio y que insistir en él sería "hegelianismo". En cambio los críticos de esa ley olvidan que es necesario enfocar el análisis de su vigencia desde un punto de vista histórico y concreto, y tener en cuenta las condiciones concretas que modifican la manifestación de la ley indicada en las distintas esferas de la realidad y en las diversas etapas del desarrollo.

En varias leyes específicas del socialismo se ha de destacar el incremento del factor subjetivo en la vida de la sociedad, el peso creciente de la conciencia y de la organización de las masas, la función rectora del Partido, la mayor actividad de todas las organizaciones sociales y estatales. La causa de este fenómeno, sujeto a ley, está en que la organización consciente y planificada de la economía y de toda la vida social sustituye al desarrollo económico espontáneo.

Ahora bien, nos equivocaríamos si supusiéramos que ese aumento creciente de la importancia del factor subjetivo significa que disminuye o mengua en alguna medida el papel de las condiciones materiales en el progreso de la sociedad. Al contrario, crece inconmensurablemente la trascendencia de la producción y de todas las condiciones materiales en general.

El marxismo-leninismo ve como salto del reino de la necesidad al reino de la libertad el paso de las formas presocialistas de vida a la formación social comunista, cuya primera fase es el socialismo. Mas no se debe entender esta tesis unilateralmente, como negación o menoscabo de la necesidad histórica, El salto al reino de la libertad no invalida la necesidad, sino que presupone el conocimiento de las leyes objetivas y la actuación en consonancia con las mismas. [176]

La sociedad, al someter la naturaleza, al utilizar cada vez más plenamente los recursos de esta última, al convertirse cada vez más en dueña de las cosas no anula la dependencia de los actos y de la conducta del hombre respecto a las condiciones objetivas. El conocimiento de las. leyes objetivas de la naturaleza y de la sociedad no es óbice, ni mucho menos, para que pueda y deba incrementarse el papel del "medio" artificial –es decir, de los medios de existencia creados por el hombre– el papel de la producción material en la vida de la. sociedad. Gracias al incremento de la producción, aumenta el poder del hombre sobre la naturaleza.

Sería erróneo suponer que la importancia del factor subjetivo se hace mayor a costa de las condiciones objetivas. Con este criterio, el papel del factor objetivo quedaría reducido, en perspectiva, poco menos que a cero, y derribaríamos la concepción materialista de la historia.

Al descubrir el papel creciente del factor subjetivo bajo el socialismo, el marxismo-leninismo enfoca este problema históricamente, es decir, lo examina en su desarrollo, estima dicho papel en comparación con el pasado. En la sociedad socialista, donde es posible dirigir conscientemente el desarrollo, dado que se conocen sus leyes objetivas, el factor subjetivo es de un peso mucho mayor que en la sociedad capitalista –donde el desarrollo se produce, en conjunto, espontáneamente–, y va elevándose a medida que se perfeccionan las formas de la vida social, las formas de dirección.

Desde tal punto de vista histórico, también resulta claro que la significación de las condiciones materiales, de la ingente masa de medios de producción creados por el hombre, no hace sino aumentar. No están tan lejos los tiempos en que la hulla, el petróleo y la electricidad no significaban nada en la, vida del hombre. Ahora, en cambio, sin estos medios de producción y de vida es imposible imaginarse la existencia de la sociedad. Según los cálculos de los economistas, aproximadamente el 20% de las inversiones de capital y un porcentaje igual de los recursos laborales se destinan a la extracción, transporte y refinamiento de combustible, a la energética.

En estas condiciones, cualquier error de cálculo en la utilización de los recursos materiales y de las posibilidades existentes puede acarrear un extraordinario derroche de recursos y de mano de obra. Bastará recordar el problema del balance de combustible, el de la acertada correspondencia entre la extracción de hulla, de petróleo y de gas, o el de la correlación entre las centrales eléctricas térmicas y las hidroeléctricas.

Hasta hace poco tiempo, los materiales sintéticos no incidían para nada en el avance de la producción ni en la vida del hombre. Hoy es inconcebible desarrollar la base material de la sociedad sin aplicar en todos los terrenos la química y los materiales artificiales. [177] Determinar las adecuadas proporciones entre la producción de materias sintéticas y la de metal, madera, algodón, lana, &c., se ha convertido en un gran problema de la ciencia económica y de la planificación.

Resulta bien palmario, en este caso, que la dirección consciente es cada día más decisiva en el desarrollo de la economía, a la vez que crecen el volumen y la complejidad de la producción. Los ejemplos aducidas nos muestran cómo se relacionan y se enlazan entre sí lo subjetivo y lo objetivo en la vida de la sociedad.

El factor subjetivo adquiere una importancia creciente en el progreso de las condiciones materiales de vida de la sociedad, y al mismo tiempo depende de ellas: la conciencia, la iniciativa, la organización y el interés personal también se hallan condicionados por las condiciones objetivas.

La incomprensión de esta dialéctica, el atribuir un valor absoluto al factor subjetivo –es decir, el concebirlo erróneamente– y reducir la trascendencia de las leyes objetivas constituye la raíz gnoseológica del subjetivismo, del voluntarismo y de la administración burocrática. Con ello se relaciona también la sobrevaloración del papel del individuo y la subestimación del que corresponde a las masas. La manifestación más negativa, monstruosa y nociva de tal subjetivismo en la vida social es el culto a la personalidad. Cuando éste impera, el desdén por las necesidades objetivas del desarrollo social llega hasta el extremo de pisotear las leyes del orden socialista, abusar del poder e infringir la democracia socialista y las normas socialistas de vida y de dirección.

El subjetivismo conduce al engreimiento y a la fatuidad, a hacer caso omiso de la experiencia y de la opinión de la colectividad, a las vacuas fantasías, a la palabrería, al aumento del burocratismo y al tejer y destejer en las medidas de organización. Constituyeron una grave manifestación de subjetivismo la alteración del principio del interés material, el desdén por los principias del cálculo económico, el. fomento de los métodos de dirección de tipo administrativa y burocrático y, sobre todo, la subestimación de la actividad y de la iniciativa creadora de las masas. El subjetivismo asoma la cabeza en las resoluciones y obligaciones tomadas arbitrariamente, que no arrancan del conocimiento de la realidad, sino de "datos sacados del propio caletre". El daño que causa la mentalidad subjetiva está en que, cuando ella impera, no se descubren las posibilidades reales existentes ni los caminos de su utilización.

Subestimar el factor objetivo contradice el curso todo de la sociedad socialista y las necesidades de su avance, impide comprender con acierto las bases científicas y las tareas de la dirección planificada de la vida. social. Con el progreso del socialismo, el volumen de la producción y los fondos productivos de la sociedad [178] alcanzan dimensiones gigantescas. Ahora ya no es la presa del Vóljov, ni siquiera la del Dniéper, la que simboliza la envergadura de las construcciones, sino la majestuosa cadena de centrales hidroeléctricas del Volga, las centrales hidroeléctricas de Bratsk y de Krasnoiarsk. Semejantes obras exigen la construcción de presas altísimas, recubrir grandes ríos y profundos desfiladeros, crear mares artificiales. Son colosales por el volumen de los trabajos realizados, y los cambios que provocan en la naturaleza equivalen a los de los grandes procesos geológicos, que transforman la faz de la Tierra. Las riquezas materiales del país, plasmadas en los fondos básicos, se van acumulando de año en año en ingentes dimensiones. A pesar de las graves destrucciones que causó la invasión fascista, los fondos básicos de la U.R.S.S., productivos y no productivos, incluidas la construcción de viviendas y la economía comunal, aumentaron en 3,2 veces entre 1940 y 1962.

Los riquísimos valores materiales de la Unión Soviética están al servicio del progreso de la sociedad y del individuo. Sin ellos es inconcebible la moderna vida civilizada, e imposible el ulterior desarrollo de la sociedad.

El factor subjetivo no puede aumentar su significación a costa de subestimar las leyes económicas objetivas y el papel de la producción material. Esto no conduciría al progreso, sino a la decadencia. Tomemos, a guisa de ejemplo, las cuestiones que atañen al desarrollo de la agricultura, que fueron objeto de discusión en el Pleno de marzo del Comité Central del P.C.U.S. Se vio que las principales causas del retraso de la agricultura durante los últimos años fueron la infracción de las leyes económicas del desarrollo de la producción socialista, de los principios del interés material de los koljosianos y de los trabajadores de los sovjoses en la elevación de la economía colectiva, y la equivocada combinación de los intereses colectivos y personales. El subjetivismo en la dirección se tradujo en errores de planificación, errores en la política de precios, en la financiación y en la concesión de créditos a la agricultura. Se dio poco impulso al progreso material y tecnológico de esta última. El Pleno señaló las medidas inaplazables que se debían adoptar para fortalecer la economía agrícola y elevar el interés material de los trabajadores del campo por los resultados de su trabajo. Estas medidas hacen posible la creación de las premisas objetivas para que se eleve la producción agrícola. Al mismo tiempo, el Pleno subrayó la excepcional importancia de la labor de organización, política y educativa entre las masas, de un perfeccionamiento radical del trabajo de las organizaciones de Partido, de los soviets, económicas, del Komsomol y sindicales, así como de las. instituciones científicas.

Las resoluciones del Pleno de marzo exigen que se tenga plenamente en cuenta y que se utilicen acertadamente, las leyes del desarrollo económico y la fuerza movilizadora, organizadora [179] de la conciencia socialista, la iniciativa y la actividad de las masas.

En la combinación del creciente papel del factor subjetivo con el poderoso auge de las fuerzas productivas y de la producción material está, precisamente, el origen del progreso acelerado de la sociedad socialista. Sólo de este modo cabe comprender la dialéctica de los factores subjetivo y objetivo en el desarrollo de esta sociedad y en el proceso de transición al comunismo. Hay que partir, pues, de la unidad dialéctica de esos contrarios, y no de su contraposición metafísica.

El marxismo-leninismo estima carente de fundamento la opinión de que, bajo el socialismo, a diferencia de lo que ocurre en el capitalismo, no será el factor objetivo el determinante y decisivo, sino el subjetivo. Semejante criterio representa una justificación del voluntarismo y se aparta del materialismo.

A veces, esta justificación teórica del voluntarismo "se refuerza" incluyendo por completo en el factor subjetivo, el papel de las masas. Pero, en este caso, ¿a qué se reduce el factor objetivo? Resulta que, como tal, únicamente quedan los medios de producción. Ahora bien, quienes crean los medios de producción son las personas, o sea, según el criterio apuntado, los crea el factor subjetivo. ¿Y qué queda, así, del materialismo, si se reconoce como factor primario el subjetivo, y el objetivo resulta derivado?

Semejante confusión se produce por no comprender el papel objetivo de las masas en la historia. Tanto las relaciones materiales como las ideológicas son un producto de la actividad del hombre. El hacer productivo de las masas, la esfera toda de la producción material, no pueden darse sin la conciencia del hombre; mas ese hacer es material y, por ende, constituye el aspecto objetivo del devenir social.

Al factor subjetivo pertenecen las relaciones ideológicas: la conciencia de las personas, su vida espiritual, incluidos sus conocimientos, su organización y su actividad. Los condicionamientos objetivos del socialismo hacen que crezca la trascendencia del factor subjetivo en el curso del desarrollo de la sociedad.

En la sociedad burguesa, las contradicciones antagónicas existentes en su base material, en sus relaciones económicas y en su estructura de clase se reflejan también en el factor subjetivo. En la conciencia social y en la vida política, bajo el capitalismo, luchan tendencias inconciliables. Junto a la activización y al incremento de la conciencia de la clase obrera, junto al mayor impulso que adquiere la actividad de los partidos marxistas-leninistas en el conjunto de la vida política y social, se debilita relativamente el influjo del factor subjetivo sobre el desarrollo de la sociedad.

Ahora bien, esto, en vez de limitar el influjo del subjetivismo, como método de pensamiento y estilo de conducta, sobre la vida de la sociedad burguesa, lo intensifica. La acción y la reacción [180] de las fuerzas espontáneas se personifican, y todo el transcurso de los acontecimientos históricos y de los fenómenos de la vida cotidiana se vincula –en la ideología burguesa– a la actividad de determinados individuos: los líderes políticos, los dueños de los medios de producción y, en general, al "poder de los ricos".

Al tratar de las raíces sociales y gnoseológicas del culto a la personalidad, es preciso. recalcar que en las formaciones presocialistas aquéllas eran infinitamente más fuertes que bajo el socialismo. En la historia de las sociedades de clases ha habido tales manifestaciones del culto a la personalidad de zares, emperadores, cancilleres, führers, &c., que resulta difícil imaginarse nada más monstruoso. Además, así como en la religión existe el monoteísmo, como adoración a un solo dios, y el politeísmo, como adoración a muchos, dioses y diosecillos, también en la ideología política de la sociedad clasista existe el culto a una personalidad a guisa de monoteísmo y existe el culto de tipo politeísta, el culto a los magnates del capital, a toda clase de jefes y hombres de negocios. Y sería una falta muy burda suponer que las. manifestaciones del culta a la personalidad son posibles únicamente en los países socialistas. Al contrario, bajo el socialismo tales fenómenos constituyen una supervivencia ajena y hostil.

En el factor subjetivo, bajo el socialismo, no existen tendencias de naturaleza antagónica. Y esto, junto al conocimiento de las leyes del desarrollo social, contribuye en importante medida al aumento de la trascendencia del factor indicado. El factor subjetivo puede actuar como un organismo bien acordado en una dirección, en consonancia con las leyes objetivas, en bien del avance progresivo de la producción material y de la cultura de la sociedad. Ahora bien, esto, como es lógico, constituye la particularidad general del factor subjetivo en la vida de la sociedad socialista. Además, sería ilusorio suponer que, bajo el socialismo, no hay contradicciones propias en el hacer práctico y en el desarrollo del factor subjetivo. Si la conciencia social, bajo el socialismo, se desarrolla de manera desigual, si, en esta esfera, no se sostiene una lucha porfiada entre lo nuevo y lo viejo, entre lo avanzado y la atrasado, ello repercute en el trabajo de la gente, de las organizaciones sociales y estatales, en la conducta y en el hacer de quienes trabajan en la administración. Las supervivencias de la rutina y del atraso, del burocratismo y de la estrechez administrativa debilitan la acción del factor subjetivo, frenan la manifestación de las fuerzas creadoras y de las iniciativas avanzadas, socavan la actividad de los individuos.

A esa creciente importancia del factor subjetivo en la vida de la sociedad socialista se debe, precisamente, que todo error y todo defecto en la dirección de los negocios públicos perjudican sobremanera a la causa y puedan entorpecer el progreso social. Concentrados en manos del Estado ingentes valores materiales, [181] cada error de cálculo en su empleo y toda infracción de las exigencias que emanan de las leyes objetivas motivan un consumo irracional de medios y recursos, y reducen la eficacia de la producción.

No son menos perjudiciales las manifestaciones de objetivismo en la teoría y en la práctica. El peligro estriba en que las concepciones objetivis.tas paralizan, en esencia, la actividad social, encadenan la iniciativa, abonan el terreno para que se deje que las cosas sigan su curso espontáneo en la vida económica y en la cultural. En el hacer práctico, todavía se confía a menudo en la acción automática de las leyes objetivas, y ello cuesta caro a nuestra economía, a nuestra sociedad.

Para proseguir y ahondar la lucha por el materialismo en la teoría y en la práctica de la edificación comunista, es necesario ver de manera más concreta cómo actúan las leyes objetivas bajo el socialismo. Si admitimos que la sociedad, al avanzar hacia el comunismo, pasa del "reino de la necesidad" al "reino de la libertad", debernos examinar seriamente qué significa esto en lo concerniente a la acción de las leyes del desarrollo social. La fórmula enunciada no presupone, desde luego, que se rechace la necesidad histórica, ni va en detrimento de la consideración que requieren las leyes objetivas, pero exige que se comprenda en qué grado y en qué sentido aumenta el papel del factor subjetivo en la vida de nuestra sociedad.

El fenómeno aparece con singular relieve en el hecho de que, en el transcurso de la edificación comunista, se va incrementando más y más el papel del Partido. Se eleva, asimismo, el de los sindicatos, el del Komsomol y el de los soviets en la vida política y cultural de la sociedad.

Todo ello materializa la idea de que el factor subjetivo aumenta en la historia y descifra de manera concreta la fórmula indicada, o sea, lo que significa pasar al "reino de la libertad" y cómo se realiza.

El Programa del P.C.U.S. hace una exposición multilateral del movimiento de la sociedad que va del socialismo al comunismo y toma en consideración, con un espíritu auténticamente dialéctico, tanto las leyes objetivas. del desarrollo social como el creciente papel del factor subjetivo.

La dialéctica materialista está llamada a servir de instrumento insustituible para investigar y resolver los problemas filosóficos del devenir social. Dicho concretamente: puede orientar la búsqueda creadora en la investigación de los nuevos procesos de la vida y evitar que se incurra en errores metodológicos, errores que, a final de cuentas, causan un gran perjuicio tanto al conocimiento científico como a la edificación práctica.

Nosotros, los dedicados al cultivo de la filosofía, no podemos dejar de sentir cierta culpa por no haber luchado en la debida forma contra el subjetivismo, por haber aceptado resignadamente [182], de hecho, sus manifestaciones en la teoría y en la práctica. De esa lección hay que sacar las necesarias conclusiones.

Ahora vemos que las manifestaciones de subjetivismo, de voluntarismo, y también las concepciones del mecanicismo vulgar dañan cada vez más el movimiento comunista y obrero internacional. La lucha contra el subjetivismo y el determinismo mecanicista, contra la metafísica y el eclecticismo es condición necesaria para el desarrollo de la dialéctica y su aplicación en la práctica.

Bajo el socialismo, el incremento de la trascendencia del factor subjetivo tiene su raíz en el conocimiento de las leyes del desarrollo social y en la posibilidad de utilizarlas conscientemente al erigir el comunismo. De ahí que el factor subjetivo, en el proceso del movimiento progresivo, constituya una gran fuerza, capaz de acelerar los ritmos de desarrollo de la producción material y la elevación del bienestar de los trabajadores.

Es necesario comprender bien la creciente importancia del factor subjetivo para poder superar con éxito toda clase de manifestaciones subjetivistas y voluntaristas. Elevar el papel de dicho factor implica, ante todo, que la conciencia comunista crece, que se comprenden, en un sentido marxista-leninista las leyes de la vida social, y que se desarrollan plenamente la iniciativa y la actividad de las masas, de todas las organizaciones sociales y estatales.

En estas condiciones, aumenta sin cesar la función rectora del Partido como fuerza que organiza y orienta a la sociedad soviética, fuerza llamada a asegurar la actividad bien coordinada y planificada de todas las organizaciones estatales y sociales, de todos los trabajadores para lograr el máximo desarrollo de la producción, el mejor aprovechamiento de todos los recursos y posibilidades para satisfacer las necesidades materiales y espirituales del pueblo, para utilizar en todo lo posible las ventajas del régimen socialista y edificar con éxito el comunismo.

Para que el factor subjetivo actúe con eficacia es condición necesaria y esencial que la democracia socialista se desarrolle por todos los medios. El que las masas participen cada vez más en la gestión de los negocios públicos, en el trabajo de planificar y organizar la producción y la vida cultural, en el ejercicio de la crítica y de la autocrítica, en la realización del control del pueblo es la garantía de que se van a utilizar, con espíritu de iniciativa, todas las ventajas del régimen socialista, y de que se superarán felizmente las supervivencias del subjetivismo, del individualismo y de la rutina en la conducta y en la actividad de los trabajadores, cualquiera que sea su rango.

Toda la superestructura de la sociedad socialista está llamada a desempeñar un activo papel en la erección de la base material y tecnológica del comunismo, en la formación de las relaciones sociales comunistas.

——

{33} C. Marx y F. Engels, “Obras”, t. XX, p. 297.

{34} Ibíd., t. IX, p. 229.

{35} V. I. Lenin, “Obras”, t. XLIV p. 343.

{36} Ibíd., t. XXVI, p. 392.

{37} Ibíd., t. XLIII, p. 278.

{38} Ibíd., pp. 278-279.

{39} Ibíd., t. XLII, p. 215.

{40} C. Marx y F. Engels, “Obras”, t. XX, p. 88.

{41} V. I. Lenin, “Obras”, t. XLII p. 211.

{42} Ibíd.

{43} Ibíd.