Filosofía en español 
Filosofía en español

Pedro Fedoséiev · Dialéctica de la época contemporánea · traducción de Augusto Vidal Roget

Parte segunda. El progreso de la sociedad y del individuo

Socialismo y patriotismo


Las raíces históricas del patriotismo

Desde hace muchos siglos, el hombre vive en patrias que se han formado históricamente. En ellas se desarrolla como ente social y cultural. Esta es la razón de que el patriotismo se haya convertido en uno de los sentimientos y estímulos humanos más hondos, estables y fuertes. No se trata de una propiedad ingénita, biológica, de los individuos; es un sentimiento social, históricamente condicionado, de amor al propio país, a cuyos intereses sirve, y de este modo se manifiesta. Todos los pueblos están interesados en el desenvolvimiento social y cultural de sus patrias respectivas, es decir, del medio social, cultural y político en que viven y trabajan; cada pueblo posee determinados intereses comunes relacionados con la defensa de la patria, de la lengua materna y de la cultura frente a los invasores.

Los sentimientos patrióticos se han ido desarrollando y consolidando de generación en generación. El proceso se ha acentuado [237] más aún porque todos los países, en un período u otro de su historia, se ha encontrado bajo la amenaza de invasiones que suponían para las masas del pueblo pillaje, esclavización y cruel cautiverio. Desde que se desintegró el régimen de comunidad primitiva y se formó el esclavista, en la vida social ha imperada invariablemente, como se sabe, la explotación del hombre por el hombre, y toda la historia de la humanidad es la historia de una implacable lucha de ciases. Una clase sojuzgaba a otra, y unos pueblos esclavizaban a otros. Las clases que expolian y oprimen a los trabajadores de sus países han sido siempre las promotoras y organizadoras de la usurpación de tierras ajenas, las esclavizadoras de otros pueblos. Los sentimientos patrióticos de las masas nacieron y se consolidaron en la lucha contra las fuerzas reaccionarias del interior y contra los invasores foráneos.

La historia ha sometido a rigurosas pruebas la vitalidad, la firmeza, la paciencia y la voluntad del pueblo. ruso. Éste se forjó y se convirtió en una gran nación, en una nación invencible, combatiendo contra agresores extraños, que organizaban casi sin interrupción sus incursiones.

A lo largo de siglos, el pueblo ruso ha defendido su país y su independencia en lucha tenaz y encarnizada contra nutridas hordas de conquistadores. Le agredieron los janes tártaro-mongoles, los caballeros teutones, los señores polaco-lituanos y otros usurpadores, pero ninguno pudo quebrar la voluntad del pueblo ruso, su decisión de luchar por la libertad y la independencia de la patria. Es más: el yugo extraño avivaba en los corazones de los rusos la inextinguible llama de los sentimientos patrióticos, el odio a los esclavizadores, odio que se inflamaba cada vez más de generación en generación. El ardoroso patriotismo del pueblo ruso encontró brillante expresión en sus poemas épicos –"bilinas"–, cuentos, refranes y, sobre todo, en una obra tan notable del espíritu artística de la antigua Rusia como el "Cantar de las huestes de Igor" (IV).

A través de pruebas durísimas, al precio de enormes sacrificios, conservó el pueblo ruso su tierra, su independencia y el honor de su patria. En lucha contra los invasores extranjeros, forjó la unidad política del país, supera el calamitoso sistema de la desmembración feudal. En Rusia, el Estado centralizado se formó sensiblemente antes que en muchos países europeos, pues no eran sólo las necesidades del desenvolvimiento económico, sino, además, los imperativos de la defensa del país, atacado desde el exterior, lo que exigía pasar, a la mayor brevedad posible, de la división feudal a una unión política más firme, que permitiera enfrentarse contra el enemigo.

Los pueblos de Ucrania, Bielorrusia, Moldavia, de la región del Báltico, de Transcaucasia, del Asia Central y de las zonas orientales de Rusia, en virtud del curso que siguió su evolución histórica, desde hace mucho tiempo unieron su destino al pueblo [238] ruso. Perseguidos, oprimidos y torturados a lo largo de siglos por gentes extrañas, pudieron librarse de las constantes incursiones de sus enemigos, de la ruina y de su exterminio aliándose estrechamente con el pueblo ruso. Tal unión, pese a la cruel actitud de la autocracia zarista ante los pueblos de Rusia –el zarismo cultivaba las disensiones nacionales–, constituyó un gran hecho progresivo: permitió salvaguardar el trabajo pacífico de los pueblos y los frutos de su cultura, evitar su destrucción bajo la espada de los agresores extranjeros.

Muchos pueblos han conmemorado el centenario de su incorporación voluntaria al Estado ruso, y algunos tienen incluso una experiencia más larga de vida común con los rusos, de lucha conjunta contra los enemigos del interior y del exterior.

La solemne conmemoración –en la que participó todo el pueblo– del tricentésimo aniversario de unidad entre Ucrania y Rusia constituyó un inolvidable testimonio de la amistad indestructible, históricamente formada, de los pueblos de nuestro país. Tres siglos de historia han demostrado que el camino de la fraterna unión y alianza entre los pueblos ruso y ucraniano era el único acertado. Gracias a la unión de estos dos pueblos hermanos, la fuerza, el poder y la autoridad internacional del Estado de los rusos se acrecentó de manera inconmensurable.

Los lazos históricos y los fervientes sentimientos patrióticos de todas las nacionalidades de nuestro país se fraguaron en la lucha conjunta contra los explotadores y los opresores de las masas laboriosas. Los trabajadores de Rusia, sometidos al despiadado terror policíaco y al desenfreno de la reacción, avanzaron con firmeza, a costa de incalculables víctimas y privaciones, hacia la libertad, hacia la conquista de las condiciones propias de una vida auténticamente humana. La historia de la lucha contra la autocracia zarista, contra el régimen de servidumbre y las estructuras burguesas evidencia cuán ardiente era –y es– en los pueblos de nuestro país el amor a la Patria, a la libertad y a la independencia demuestra toda la magnitud del odio de nuestros pueblos hacia sus opresores.

Los jefes de la democracia revolucionaria rusa –Belinski, Chernishevski y sus seguidores– eran fervientes patriotas, abnegados luchadores contra toda clase de yugo social, auténticos amigos de todos los pueblos de Rusia, adalides del desarrollo progresivo de la humanidad. El gran demócrata revolucionario Nikolái Chernishevski decía que el patriotismo ha de estar limpio de todo propósito de esclavizar a otros pueblos, y que los verdaderos patriotas no quieren someter ni agraviar a otras naciones. La lucha por la felicidad y la libertad de su propio pueblo no la desligaba de la lucha por el progreso de la humanidad. "Laborar por la gloria no pasajera, sino perdurable de la propia patria, ¿puede haber algo más elevado y codiciable?" [239]

Los hombres de vanguardia de todos los pueblos de nuestro país hicieron suyas las ideas de los demócratas revolucionarios rusos, bajo cuyas banderas lucharon contra el zarismo, contra el yugo de la autocracia, por la liberación de sus pueblos y de todos los otros pueblos de Rusia. Los héroes de la lucha liberadora y los demócratas ilustrados –Tarás Shevchenko, Konstantín Kalinovski, Siguizmund Serakauskas (Serakovski), Mijael Nalbandián, Mirza Fatali Ajundov, Iliá Chavchavadze, Abái Kunanbáiev y muchos otros notables y fieles representantes de sus pueblos– se inspiraron en las ideas y en el ejemplo de Belinski y Chernishevski, que entregaron toda su vida a la causa de la emancipación de las masas, al servicio de su Patria.

El patriotismo de los demócratas revolucionarios, portavoces de los intereses y anhelos de las masas, estaba indisolublemente vinculado al movimiento de liberación, a la lucha por el aniquilamiento del zarismo y del régimen de servidumbre. Los demócratas revolucionarios odiaban y escarnecían la humillante conducta de las clases dominantes ante lo extranjero, estimaban y cultivaban la ciencia y la cultura patrias, defendían tenazmente la dignidad nacional del pueblo y los intereses económicos y culturales de su país. El socialista y patriota Chernishevski despreciaba con toda el alma a la nobleza "culta", que se arrastraba ante el extranjero. Los obscurantistas "liberales" rusos, decía indignado, beben sus conceptos en atrasados libritos extranjeros. Cubren con ribetes de indiana inglesa, de gris paño alemán y de percal ruso el chaleco de paño francés.

Los demócratas revolucionarios comprendían que el servilismo ante el extranjero es un fenómeno antipopular, secuela de la animadversión sentida hacia las masas trabajadoras del propio país. Al mismo tiempo se alzaban enérgicamente contra la limitación nacional, desenmascaraban con toda su pasión a los reaccionarios rusos que tendían a aislar a los trabajadores de Rusia de las ideas revolucionarias y de los movimientos de liberación que surgían en otros países.

Los hombres públicos y los artistas progresivos ponían en evidencia la idea feudal de "Estado aislado" que los reaccionarios exaltaban, oscuro "coto" cercado de un muro impenetrable a la luz. Los hombres progresivos combatían el abyecto culto a los vestigios petrificados del pasado caduco, el salvajismo y la incultura, se burlaban implacablemente de las loanzas que los ideólogos de la servidumbre de la gleba dedicaban al arado primitivo y a la isbá sin chimenea de "reluciente hollín", abogaban sin fatiga por la libertad y el progreso de su patria.

En el Occidente, con la descomposición del feudalismo, y sobre todo, a raíz de la guerra revolucionaria del pueblo norteamericano por su independencia nacional, y de la revolución burguesa de Francia en el siglo XVIII, se inició la época de los movimientos nacionales, la época de la victoria del capitalismo sobre el feudalismo. Esos movimientos facilitaron el tránsito del orden feudal, [240] del estancamiento medieval y de la barbarie patriarcal, al progreso nacional, al rápido avance económico, político y cultural de los pueblos.

Aceleraron el proceso de formación de las naciones burguesas y de los Estados nacionales dirigidos por la burguesía.

Las revoluciones democrático-burguesas y los movimientos de liberación nacional, en el período del capitalismo ascendente provocaron un auge de los sentimientos e impulsos patrióticos entre las capas más amplias de las masas de trabajadores. La burguesía utilizó ese entusiasmo patriótico. En aquel entonces era, objetivamente, una fuerza revolucionaria, defendía los derechos y la independencia de las naciones burguesas que se formaban, actuaba como representante de los intereses generales de la nación y como defensora de su soberanía. Para ella, el patriotismo constituía la bandera de lucha por el establecimiento del Estado nacional burgués.

Huelga decir que el patriotismo de las distintas clases de la nación burguesa no era homogéneo. La base económica del patriotismo de la burguesía era la lucha por el libre mercado nacional, por derribar las barreras feudales que cohibían la libertad de comercio. El patriotismo del campesino se nutría de su anhelo de librarse de la servidumbre, de poseer tierra y gozar de libertad personal. El patriotismo de la clase obrera en proceso de crecimiento tenía como aspiración crear una patria libre y democrática como condición necesaria de la lucha por el socialismo.

El movimiento burgués de liberación nacional contra las fuerzas y las instituciones del absolutismo feudal representaba un factor positivo para el desarrollo económico y político de los pueblos. Las, naciones europeas, sin la independencia y la unidad de cada una de ellas, no podían coexistir más o menos pacíficamente y colaborar, y sin semejante independencia habría resultado inconcebible que cerraran filas los obreros de naciones diversas, que hubiera habido entre ellos un clima de confianza recíproca y que se hubiese llegado a la unión internacional del proletariado.

Durante las guerras de liberación nacional, pese a la diferencia de intereses y objetivos de clase de los grupos sociales que participaban en esos movimientos, las masas del pueblo estaban imbuidas de un poderoso sentimiento patriótico. El título de patriota era entonces la más honorable encarnación de la conciencia que el hombre tenía de su deber ciudadano. En el período de la revolución burguesa de Francia, en el siglo XVIII, se daba el nombre de patriotas a los defensores de la república, que luchaban frente a la contrarrevolución monárquico-feudal y frente a los enemigos extranjeros de Francia.

Después de la revolución de 1789, Francia se vio obligada a sostener una cruenta guerra contra la coalición reaccionaria de estados europeos. Acerca de tales guerras, Lenin escribió: "Todo el pueblo y en particular las masas, es decir, las clases oprimidas, [241] se sintieron embargadas por un entusiasmo revolucionario sin límites; todos consideraban la guerra justa, defensiva, y así era en realidad. La Francia revolucionaria se defendía de la Europa monárquica y reaccionaria”{1}.

No obstante, ya entonces el patriotismo de la burguesía estaba ligado al nacionalismo, el cual se transformó luego, muy rápidamente, en chovinismo, en ideología y política de usurpaciones y rapiñas. Cuando la burguesía hubo triunfado; las guerras liberadoras de la revolución burguesa de Francia pasaron a ser guerras de conquista, expoliadoras, cuyo objetivo consistía en esclavizar a los pueblos. El yugo y la violencia de las tropas napoleónicas provocó, en los países temporalmente ocupados, una apasionada indignación de las masas, que se plasmó en una imponente ola de liberación nacional.

En la Europa occidental, la época ascensional de los movimientos democrático-burgueses y de las guerras nacionales se prolongó hasta la guerra franco-prusiana y la Comuna de París. Con ésta se vio claramente que la burguesía francesa ya no podía actuar como fuerza nacional y representar los intereses de la nación. Para ahogar a la Comuna de París y aplastar el movimiento democrático estableció un ignominioso acuerdo con el enemigo. extranjero que arruinaba a Francia.

A finales del siglo XIX empezó una nueva época: la imperialista. La cuestión nacional fue adquiriendo cada vez más un carácter internacional.

El dominio del imperialismo agrava en colosales proporciones el yugo colonial. El imperialismo dividió el mundo entero en un puñado de naciones burguesas dominantes y dirigidas por la burguesía imperialista y la enorme mayoría de los pueblos de los países coloniales y dependientes, oprimidos y explotados por los estados imperialistas. Bajo el imperialismo, también se desarrolla sobre una base más amplia el movimiento de liberación nacional.

En esta nueva época, el valor progresivo del patriotismo ha trascendido con singular fuerza en el desarrollo de los movimientos de liberación nacional, en la lucha por la independencia nacional, contra la coyunda imperialista.

El movimiento de liberación nacional no se importa del exterior, sino que se engendra inevitablemente y se intensifica con el desarrollo del capitalismo. Así, uno de los rasgos distintivos del imperialismo estriba en la exportación de capitales a las colonias y a los países dependientes. Ello crea condiciones para que en estos países gane terreno el capitalismo, lo cual, a su vez, hace que la lucha contra la opresión nacional se amplíe y se agudice. En las colonias y en los países independientes, crece una clase [242] obrera autóctona, aparece la intelectualidad local, y estos hechos inyectan vitalidad a la conciencia nacional de los pueblos, elevan su decisión y su capacidad de lucha para ofrecer resistencia a los opresores imperialistas.

En la Europa oriental y en Asia, la época de las revoluciones democrático-burguesas, incluyendo el desarrollo de los movimientos nacionales y de las tendencias a crear estados nacionales, empezó en la época de la primera revolución rusa (1905). El movimiento de liberación de centenares de millones de personas en esa vastísima parte del mundo no sólo significaba un renacer de anhelos de libertad nacional, sino, además, su inmensa ampliación, que amenazaba con barrer todo el sistema de avasallamiento colonial de los pueblos.

En los países coloniales y dependientes, que carecían de independencia estatal, las consignas de lucha por la independencia de la nación expresaban las necesidades e ilusiones más vivas de las masas. En China, en la India y en otros países, los proletarios conscientes se lanzaron a la lucha por el desarrollo nacional. Ante los obreros de tales países se planteó una cuestión apremiante: encabezar el movimiento patriótico, de liberación nacional, de las masas.

Desde la primera, guerra mundial y, sobre todo, desde la Gran Revolución Socialista de Octubre, cuando el mundo se dividió en dos campos –el del socialismo y el del imperialismo– el carácter de los movimientos de liberación nacional cambió radicalmente. Hasta entonces, habían constituido un aspecto de las revoluciones democrático-burguesas, mas desde el período indicado se .encuentran, objetivamente, al lado del frente socialista-proletario del mundo. Los actuales movimientos de liberación nacional, cuya principal fuerza radica en la clase obrera y en el campesinado, socavan el dominio del imperialismo y refuerzan el campo del socialismo. De esta suerte, los pueblos oprimidos de las colonias y países dependientes que luchan contra el imperialismo son aliados del proletariado revolucionario mundial. Por otra parte, la existencia del sistema socialista mundial y la debilitación del imperialismo determinan la posibilidad real de que los, países en desarrollo alcancen no ya su liberación como naciones, sino, además, su independencia económica.

El alzamiento contra el imperialismo, por la independencia nacional y por la existencia independiente como estado, ha hecho brotar, entre las masas del pueblo, un flujo inmenso de sentimientos patrióticos. Los colonizadores imperialistas no están en condiciones de aplastarlo. Lo único que consiguen, al esforzarse par conservar su dominio sobre los pueblos de las colonias, es acentuar el odio contra el yugo del exterior y la decisión de luchar por la libertad y la independencia nacional. Las lecciones de esta heroica lucha en China, así como en Corea, en Vietnam y otros países de Asia, el endurecimiento de la resistencia a los imperialistas [243] en otras partes del mundo, el nacimiento de muchos estados jóvenes en Africa y el triunfo de la primera revolución socialista en el hemisferio Occidental –en Cuba– nos dicen que en el campo del imperialismo no hay fuerzas capaces de detener el indomable movimiento de los pueblos por la independencia nacional y su existencia como estados.

En los países imperialistas, el patriotismo de la burguesía ha degenerado hace ya tiempo en pura simulación y se ha convertido en una cómoda pantalla para realizar una política criminal. Ya Saltikov-Shchedrín, en su tiempo, con la causticidad y la clarividencia que le distinguían, mostró de manera muy gráfica que el hombre de negocios burgués ve la patria como un pastel al que en cualquier momento puede hincar el diente. Arranca de su patria –todos los medios son buenos– lucrativos pedidos oficiales, subsidios y exenciones estatales, empresas y cargos rentables, las ricas entrañas de la tierra y otros "renglones" beneficiosos. Para la burguesía imperialista, el patriotismo se ha convertido en un tapujo de su criminal política imperialista, una política de guerras, conquistas y pillaje, una política de sujeción y esclavización de los pueblos.

El "patriotismo" de la burguesía reaccionaria, que santifica la carrera de armamentos y los fabulosos beneficios de los reyes de las fábricas de armas se llama, con pleno motivo, "patriotismo de cañón". El cinismo de los apologistas del capitalismo salta sobre todo a la vista en el hecho de que se intenta justificar la carrera de armamentos como si se tratara de una causa patriótica, nacional. Todo el mundo sabe, sin embargo, que con tal pretexto, los imperialistas –dueños de las fábricas de guerra y de la industria pesada– ganan, a costa de las masas del pueblo, capitales fantásticos. La burguesía imperialista, para conseguir sus objetivos inconfesables, provoca guerras de conquista, diezma a generaciones enteras, dilapida las riquezas nacionales creadas con el trabajo de millones de obreros y campesinos.

Esa burguesía ha cubierto de lodo el concepto de patriotismo. Los destinos de las naciones y de las patrias se han vinculado ahora, indisolublemente, a los de una clase nueva, históricamente ascendente: el proletariado, con su lucha liberadora.

El marxismo-leninismo, a la vez que pone en evidencia de qué modo la burguesía ha tergiversado las consignas del patriotismo, nos enseña que la tarea histórica y el deber patriótico de la clase obrera de los países capitalistas consisten en luchar contra el imperialismo y las guerras, por la paz y la democracia, por la creación de la sociedad socialista. Los partidos comunistas educan a la clase obrera en consonancia con la idea de que la defensa de la independencia nacional y de las libertades democráticas es una condición necesaria del éxito en la lucha por el socialismo.

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{1} V. I. Lenin, “Obras”, t. XXXIV, p. 196.