Filosofía en español 
Filosofía en español

Pedro Fedoséiev · Dialéctica de la época contemporánea · traducción de Augusto Vidal Roget

Parte segunda. El progreso de la sociedad y del individuo

El humanismo y el mundo contemporáneo


El progreso de la noción de hombre

La definición científica del concepto de "hombre" se ha elaborado en el transcurso de una evolución sumamente larga de la sociedad y del pensamiento social.

En la sociedad esclavista del Mediterráneo, dicha noción, como se sabe, únicamente se aplicaba a los libres. Al esclavo, los griegos lo consideraban sólo como cuerpo (soma). Platón, por ejemplo, que creó una doctrina sobre el Estado esclavista "ideal", estimaba la esclavitud como natural e inmutable. Admitía que los esclavos son "una especie de bestias" (Leyes, 777 B).

Los cánones jurídicos romanos sólo consideraban hombre al ciudadano de la urbe (el esclavo no era ciudadano) o al súbdito del soberano (la mujer no era unidad tributaria), es decir, partían de una noción de "hombre" a todas luces limitada ("servus nullum caput habet") (Paulus, 1, 3, § 1, D. 4,5; § 4, j. 1, 1B). El derecho romano equiparaba el esclavo a un animal o a una cosa. Ulpiano: "el esclavo u otro animal" ("si servus petitus vel animal aliud") (1. 15, § 3, D. 6,1). En la ley Aquilia (aproximadamente del año 287 antes de n.e.), los esclavos carecían de capacidad legal: " En cuanto a los derechas civiles, se considera que los esclavos no tienen (‹ninguno»" (1.32, D. 50, 17; 1,8 pr., D. 28,8).

A la limitación real del hombre en el mundo greco-latino, correspondían representaciones teóricas acerca del hombre no menos limitadas. Del concepto de "hombre", en el que entonces se incluían determinados atributos de clase y tribales, se excluían los pueblos esclavizados y los de otras tierras, los denominados bárbaros. A medida que las contradicciones de la sociedad esclavista se acentuaban y caía el prestigia del trabajo material, físico, todas esas limitaciones, como es notorio, se hacían aún más rige rosas.

A raíz de la crisis de la esclavitud greco-latina, la filosofía estoica, sobre todo el neoestoicismo, trasladó el problema del hombre a la esfera moral. A la vez que se afirmaba que los hombres por su naturaleza son iguales (Seneca. Ep. mor.), se empezó a ver la esclavitud como "cautiverio de las pasiones humanas". Los pensadores de ese período a veces representaban la esclavitud como resultado de la acción de fuerzas adversas al hombre, de la voluble fortuna y de otros principios humanos (Petronio, Juvenal y otros).

Cuando se hundió la sociedad esclavista de aquel entonces, se empezó a considerar como incluidos en la categoría de hombre no sólo a los libres y a los individuos del mismo pueblo. Ello no obstante, los siguientes sistemas filosóficos tomaron muchas ideas de las doctrinas greco-latinas sobre la esclavitud, en particular las representaciones estoicas. Así influyó mucho en ellos la concepción de los dos estados del orden natural, el absoluto y el relativo: si en un sentido absoluto no cabe afirmar que el hombre [281] se halla predestinado por naturaleza a la servidumbre, en el sentido relativo cabe plenamente decir que un hombre está destinado a dirigir y otro lo está a subordinarse a la voluntad del primero: "hunc hominem esse servum, absolute considerando... nom habet rationum naturaleza, sed solum secundum aliquam utilitatem consequentem... ("en un sentido absoluto... no existe razón natural para que el hombre sea un esclavo, esto es posible sólo por consideraciones de alguna utilidad...") (Sum. Theol., II; q. 57, a. 3, ad. 2).

Durante largo tiempo hubo sabios que declararon natural la esclavitud. Así, según Agustín (De civitate Dei, XIX, c. 15), la esclavitud es resultado del pecado original, y en consecuencia las limitaciones que la Providencia ha impuesto al hombre son eternas e inmutables. Tomás de Aquino aseveraba, en absoluta concordancia con su doctrina: ''La esclavitud entre las personas es natural"; "El esclavo es un instrumento de su dueño... Dueño y esclavo están unidos por el derecho especial de dominación" (De just., q. 57, art. 3 y 4). En este mismo sentido fueron redactados numerosos documentos de la Iglesia, como por ejemplo los decretos del Concilio de Granges, en el año 358{2}.

Los siervos de la gleba tampoco eran considerados como personas. Un ilustre jurista francés del siglo XIII, Philippe de Beaumanoir, (aproximadamente 1250-1296) declara en su obra Coutunves de Beauvaisis, § 1452: "Hay muchas servidumbres. Pues algunos de los siervos están subordinados de tal modo a sus señores, que éstos pueden disponer de todos los bienes de aquéllos, tienen (sobre ellos) derecho de vida y muerte, pueden encerrarlos –sean o no culpables– en una mazmorra si quieren y no asumen ninguna responsabilidad por ello, si no es ante Dios".

Al iniciarse la expansión colonial europea, en el siglo XV, las limitaciones del humanismo adoptaron una nueva forma. Los colonizadores consideraban al "indígena" de los países recientemente "descubiertos" corno ser de menor valía. Cabezas visibles de la Iglesia católica, los Papas Nicolás V y Clemente V, santificaron aquella nueva esclavitud.

Tuvieron que pasar varios siglos antes de que se condenara y se aboliera la esclavitud. Cierto, los jefes de la Iglesia católica a veces se manifestaban contra el comercio de esclavos, pero sólo en 1839 el Papa Gregorio XVI condenó oficialmente la esclavitud, después de que muchos estados ya la habían prohibido de hecho. Pero incluso transcurridos más de cien años, en la declaración de los Derechos del Hombre aprobada por la O.N.U. en 1948, aún hubo que hablar de la esclavitud y reprobar su existencia en el siglo XX.

En la encíclica "Pacern in terrís", del Papa Juan XXIII, se señala, entre los fenómenos más importantes que caracterizan la época actual, el de que cada vez se hace más extensivo a todas las personas el reconocimiento de los derechos del individuo. En la encíclica citada se reconoce que a lo largo de siglos y milenios pueblos enteros han experimentado un "sentimiento de humillación", mientras que ahora, en cambio, las discriminaciones raciales ya no encuentran justificación alguna, "por lo menos en el plano teórico".

La desigualdad establecida entre las personas de diversos estamentos y clases en el Medioevo, y la servidumbre de la gleba, mantenida durante varios siglos, hicieron que en el transcurso de un largo período, las representaciones humanistas relacionadas con el concepto de "hombre” no se aplicaran a una gran parte de la sociedad. La servidumbre de la gleba era, en esencia, una forma suavizada de esclavitud. Cuando se liquidó el feudalismo y la época burguesa dio sus primeros pasos, el trabajo asalariado sustituyó la coerción extraeconómica y se reconocieron solemnemente los derechos del hombre para todos los individuos sin excepción.

En rigor, por tanto, el problema del hombre, en el sentido general del humanismo, está planteado desde tiempos no muy lejanos.

Fueron los pensadores del Renacimiento y de la época siguiente quienes elaboraron la noción abstracta de hombre. En el plano teórico, este concepto se expresó en la concepción de "contrato social", y jurídicamente se estableció en documentos históricos como la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos, en 1776, y la Declaración francesa de los Derechos del hombre y del ciudadano, en 1789. Esta proclamación formal de los derechos humanos se basa en la idea de que no ha de haber barreras jurídicas, raciales ni religiosas.

El problema cardinal que la historia plantea al hombre desde hace ya más de un siglo es el siguiente: ¿cómo elevarse del individuo abstracto al individuo concreto, cómo lograr que todas las personas de todos los países puedan realmente hacer uso de los derechos humanos y satisfacer y desarrollar sus necesidades, cómo garantizara cada representante del género humano la conservación de su dignidad personal, una vida sin guerras de conquista y exterminio, sin hambre, sin miseria y sin enfermedades?

Nos hallamos ante un nuevo ejemplo de la ley dialéctica de la ascensión de lo abstracto a lo concreto. Así como en la esfera del conocimiento lo abstracto se elabora penetrando en la profundidad de los fenómenos, haciendo abstracción de los atributos, objetos y cosas concretos, y luego se realiza una especie de proceso inverso de ascensión de lo abstracto a lo concreto en toda su diversidad, en la vida práctica lo general aparece en un [283] determinado estadio de lucha por llevar a la realidad los ideales, por transformar de raíz la vida en nombre de la libertad y de la felicidad del hombre, y se plasma en lo concreto en el transcurso de esa lucha.

El problema del hombre de ningún modo puede reducirse, en nuestros días, a proclamar los principios humanos de libertad individual, de igualdad y fraternidad: la cuestión está en realizarlos.

La primera declaración de humanismo verdadero fue el "Manifiesto del Partido Comunista", que escribieran Carlos Marx y Federico Engels. En ese histórico documento se indicó por primera vez, sobre bases científicas, de qué modo se pasa a una sociedad en que el libre desarrollo de cada individuo sea condición del de todos los demás. El primer acto legislativo que se inspiró en el humanismo socialista fue la Declaración de derechos del pueblo trabajador y explotado. Declaración formulada por la República Soviética en enero de 1918 y que se insertó en nuestra primera Constitución.

Pasar de la proclamación de los principios abstractos del humanismo a la realización práctica de los ideales humanistas constituye un problema actual, ya que en una serie de países aún imperan relaciones sociales. antihumanistas. El capitalismo no sólo no ha resuelto el problema del hombre, sino que ha llevado los antagonismos sociales hasta un grado extremo. El mal que más limita la personalidad humana sigue siendo la explotación del hombre por el hombre, derivada de la existencia de la propiedad privada sobre los medios de producción.

La libertad jurídica del asalariado significa, en realidad, que un pequeño grupo –los poseedores de los medios de producción– tiene derecho a comprar libremente la mano de obra. Para el obrero, la proclamación formal de la libertad es una "libertad de elección" por la cual o acepta la esclavitud del salario), es decir, trabaja para el que tiene medios de producción, o queda sin la posibilidad de obtener medios de subsistencia. No puede haber perspectivas iguales para todos en una sociedad dividida en dueños del capital y una masa de individuos que dependen económicamente por completo de los capitalistas.

Sabemos que la consigna de la igualdad de personas, naciones y razas no ha perdido su fuerza. Al contrario, en nuestro siglo –siglo del triunfo de la revolución socialista, del poderoso auge del movimiento de liberación nacional y del hundimiento del colonialismo– sirve de lema a las fuerzas progresivas y merece universal apoyo. Nadie puede negar la existencia de potencias espirituales en cada individuo, en cada pueblo. A todo hombre que nace en la Tierra se le reconocen, formalmente, todos los derechos en tanto que representante del género humano, en tanto que heredero de todos los frutos de la civilización moderna. Ahora bien, reconocer a cada uno el derecho a ser hombre, todavía [284] no significa, por desgracia, que cada uno tenga la posibilidad real de llegar a serlo. Es un contrasentido hablar de amor al hombre y no ver que la mitad de la población del globo es analfabeta. (Según datos de la U.N.E.S.C.O., de mil seiscientos millones de individuos que forman la población adulta de la Tierra –de edad superior a los 15 años–, unos setecientos millones son analfabetos). No es posible considerarse partidario del progreso humano y no ver cómo, en los últimos siglos, se ha elevado la curva de los muertos en guerras desencadenadas para defender los intereses de la minoría dominante: 3 millones en el siglo XVII, 5 millones y medio en el siglo XVIII, 16 millones en el siglo XIX, unos 80 millones, entre muertos y mutilados, en el XX. El antihumanismo del capitalismo salta a la vista, sobre todo, en el hecho de que engendra guerras. Y esto, ahora, es más peligroso que nunca.

Hay un hecho evidente, y es el de que la sociedad humana, a lo largo de los últimos siglos, ha ido dominando con creciente éxito las fuerzas de la naturaleza, cada día perfecciona más la ciencia y la técnica. Actualmente, el escepticismo en lo que atañe al progreso se reduce, por regla general, a la duda de si el visible progreso técnico de la sociedad es, a la vez, un progreso del hombre. ¿Es un bien para el hombre, el avance de la técnica, o de conduce a un empobrecimiento moral? "Las graves conmociones que ha provocado el novísimo desarrollo de la técnica –declara E. Spranger– han alterado el sosiego espiritual del hombre"{3}.

Téngase presente que semejantes dudas, amén de obedecer a causas subjetivas, reflejan de forma unilateral y tergiversada contradicciones reales. La clave para resolver estas contradicciones de la historia no se encuentra en el planteamiento abstracto del problema –progreso técnico y degradación moral–, sino en ]a investigación y eliminación de las contradicciones sociales objetivas que, en último término, son las que determinan tan antinatural contradicción entre el hombre y la técnica.

Hace ya más de un siglo que Marx describió con vivos trazos la tragedia del antagonismo social en la sociedad burguesa: "En nuestro tiempo diríase que todo se halla grávido de su contrario. Vemos como las máquinas, que poseen la maravillosa fuerza de reducir y hacer más fecundo el trabajo humano, traen a las personas hambre e inanición. Nuevas fuentes de riqueza. desconocidas hasta ahora, en virtud de un raro e incomprensible sortilegio, se convierten en fuentes de miseria. Parece como si las victorias de la técnica se compraran al precio de la degradación moral. Es como si a medida que la humanidad somete a la naturaleza, el hombre se volviera esclavo de otros seres humanos o de su propia ruindad"{4}. [285]

La investigación auténticamente científica no se detiene en la simple comprobación de los fenómenos. Así, el marxismo no sólo definió los síntomas de esa enfermedad social de la civilización humana, sino que descubrió, además, sus causas y los medios para liquidarla. La contradicción entre los frutos del trabajo humano y el hombre mismo (ante todo el trabajador) es un resultado inevitable del imperio de la propiedad privada y de la explotación del hombre por el hombre. Nada tiene, pues, de sorprendente que el capitalismo, que ha, dado un impulso tan sensible al avance de las fuerzas productivas, haya provocado una alienación tan evidente del progreso de la técnica, de la ciencia y de la cultura respecto a los auténticos creadores de todos esos bienes. Es imposible no ver la imperfección de un régimen social en cuyo seno los frutos del entendimiento humano se dirigen contra la propia humanidad. El antihumanismo aparece con toda su descarnada faz en el hecho de que las fuerzas reaccionarias de los países capitalistas utilizan el progreso de la técnica sobre todo con fines bélicos y para aumentar la explotación de los trabajadores, dirigen los resultados del trabajo humano contra el hombre, contra el futuro de sus hijos.

La misión histórica del socialismo consiste en liquidar estas contradicciones. El humanismo marxista –a diferencia de quienes se lamentan de la contradicción entre el progreso objetivo y los intereses del individuo, sin ver más que los aspectos superficiales de dos fenómenos y justificándolos de hecho, pues se limitan a idear proyectos abstractos y eluden la solución de los problemas concretos– ve con claridad la base social de estos fenómenos y el camino práctico que permite superarlos.

Así se explica que para dar una respuesta científica a la pregunta de si el hombre progresa o se registra sólo un progreso de su "medio técnico", sea indispensable comprender y explicar la naturaleza social del hombre y las raíces histórico-sociales de las contradicciones que surgen en el desarrollo del mismo.

Era históricamente inevitable que durante centenares y millares de años el progreso de la cultura, de la ciencia y de la técnica se realizara a costa de la explotación de masas de trabajadores, cuya personalidad –es decir, la personalidad de los creadores de dicho progreso– quedaba aplastada. Nuestra época ha forjado por primera vez las premisas para que esa contradicción pase al desván de la historia, para que, a la par de la sociedad, crezca y se desenvuelva, también, cada trabajador.

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{2} “Maldito sea aquel que, con pretextos piadosos, enseña al esclavo a no someterse a su señor y a negarse a servirle, en vez de instarle a que siga siendo un criado lleno de celo y de respeto” (Canon 3).

{3} “Wo stehen wir heute?”, Gütersloh, 1960, S. 22.

{4} C. Marx y F. Engels, “Obras”, t. XII, p. 4.