Filosofía en español 
Filosofía en español

Pedro Fedoséiev · Dialéctica de la época contemporánea · traducción de Augusto Vidal Roget

Parte tercera. Problemas filosóficos del conocimiento científico

Ciencia y concepción del mundo


Ciencias naturales e ideología

Las relaciones entre la ciencia y la sociedad presentan dos aspectos indisolublemente ligados entre sí: por una parte, la ciencia se halla relacionada con la producción, y, por otra, con la ideología, que abarca un vasto círculo de problemas insertos en la concepción del mundo.

No existe actividad científica que, directa o indirectamente, no esté concatenada con la ideología. La ciencia –al igual que cualquier otra esfera de la vida y de la conciencia sociales– es hoy arena de virulentos combates ideológicos. Los imperialistas intentan aprovechar incluso las relaciones científicas y el intercambio de sabios para desplegar su campaña anticomunista. En nuestra época es imposible ser simplemente un científico si no se es, al mismo tiempo, un activo luchador del frente ideológico.

Los resultados fácticos del experimento científico y las leyes de las ciencias naturales expresan la verdad objetiva y no dependen de la conciencia de los individuos ni de las clases, pero su comprensión y su interpretación filosóficas llevan un neto sello de partido, de clase. La problemática filosófica del desarrollo de la ciencia es objeto de una implacable lucha ideológica. Las cuestiones que atañen a la concepción del mundo, se hallan indisolublemente vinculadas a los intereses de determinadas clases. Dijo Lenin, acerca de este particular, con certera palabra: "Las teorías de las ciencias naturales que afectan a los viejos prejuicios de la teología provocaron, y siguen provocando aún, una lucha feroz"{1}.

La ciencia no puede mantenerse neutral en la contienda del materialismo contra el idealismo, de la razón contra el misticismo. La experiencia toda del progreso de las ciencias naturales nos enseña que los resultados científicos constituyen una afirmación de las tradiciones materialistas habidas en el mundo y refutan el idealismo, muestran la carcoma de la teoría positivista que proclama la "neutralidad filosófica" de la ciencia.

Ahora, cuando el imperialismo dirige las conquistas del entendimiento humano contra la propia humanidad e intenta emplear [358] los resultados de los descubrimientos científicos con fines inhumanos, y cuando incrementan su actividad los falsificadores teólogo-idealistas de los últimos logros de las ciencias naturales, salta a la vista con especial evidencia la hostilidad de la filosofía burguesa moderna hacia todo cuanto signifique un avance del conocimiento científico-natural.

Es imposible no darse cuenta de que, en el mundo capitalista, hasta los científicos eximios en su especialidad se dejan influir por los prejuicios idealistas.

Todo el mundo reconoce, por ejemplo, los méritos del conocido astrónomo norteamericano Harlow Shapley, un materialista espontáneo. Pero no es menos evidente que dicho astrónomo intenta conciliar la ciencia con la religión. "La ciencia en el amplio sentido de la palabra –declara– podría enriquecer los fundamentos de la religión, mientras que ésta, por lo visto, podría ennoblecer los conceptos científicos”{2}.

Por supuesto, no debemos perder de vista la suma complejidad del carácter dialécticamente contradictorio de la relación entre los hechos, las teorías naturalistas y la ideología en la ciencia. En el mundo burgués, donde domina la ideología reaccionaria, el sabio incluso cuando declara profesar concepciones filosóficas idealistas, al realizar sus trabajos científico-naturales, parte, de hecho, de los principios del materialismo espontáneo y de la dialéctica.

En esencia, sin admitir que el desarrollo de la realidad objetiva en el espacio y en el tiempo está sujeto a ley, es imposible llevar a cabo descubrimientos en las ciencias especiales. Ningún científico realizaría experimentos si creyera que es él mismo quien engendra el objeto físico.

Resulta aleccionadora la evolución filosófica de varios ilustres físicos modernos de los países capitalistas. Algunos de ellos han empezado a darse cuenta de las nefastas repercusiones que tiene para la ciencia mantener posiciones subjetivistas extremas, de signo idealista, y partir del idealismo filosófico.

Como es notorio, Albert Einstein, en los últimos años de su vida, criticó el neopositivismo. Niels Bohr se manifestó, de hecho, en pro del reconocimiento de la idea de causalidad en física, y renunció a la idea de que es imposible controlar, desde el punto de vista de los principios, el influjo de la observación sobre el microobjeto.

Al criticar los errores que, en lo tocante a la concepción del mundo, se dan en la ciencia, hemos de establecer una diferencia entre las ideas filosóficas que acompañan a tal o cual teoría científica y el contenido real de la misma. Es imposible la posición nihilista frente a las teorías científicas arguyendo que, bajo el capitalismo, las nuevas teorías científicas reciben una viciosa [359] interpretación. Como indicó Lenin, en el ámbito imperialista el progreso mismo de la ciencia engendra inclinaciones reaccionarias. Contra tales inclinaciones se ha de luchar decididamente desde las posiciones del materialismo, y ello, precisamente, en aras del progreso de la ciencia y para que los resultados de esta última se pongan al servicio de toda la humanidad.

A medida que las ciencias modernas avanzan con ímpetu, los problemas teóricos de tipo general van desempeñando mayor papel. La elaboración de tales problemas se halla indisolublemente ligada a la ideología. Este nexo se revela, ante todo, en la lucha ideológica a que da lugar la interpretación filosófica de los resultados obtenidos por las ciencias especiales.

Cuando examinamos las cuestiones metodológicas de la ciencia, constantemente dirigimos la mirada hacia la herencia filosófica de Lenin. En varios de sus trabajos mostró Lenin la interconexión interna y orgánica de la filosofía materialista dialéctica con las ciencias naturales modernas, descubrió, con gran profundidad, las tendencias más importantes del desarrollo de dicha ciencia y su significado para la concepción del mundo. En empeñada lid contra el empiriocriticismo, el pragmatismo y otras escuelas idealistas, expuso la doctrina de la materia como soporte capital de todo el conocimiento científico, formuló la idea metodológica básica de las ciencias naturales del siglo XX: el principia de que la materia es inagotable.

En los últimos años, las ideas de la dialéctica materialista encuentran su plasmación, en un proceso incesantemente ascensional, en todas las ciencias modernas de la naturaleza, desde la cosmología hasta la medicina. Para el conocimiento científico de nuestro tiempo tiene especial significación la ley de unidad y lucha de contrarios, verdadero núcleo de la dialéctica. Esta ley constituye la base metodológica de la intelección científica de fenómenos naturales como la unidad de las propiedades corpusculares y ondulatorias de los microobjetos, la interconexión de las partículas y de los campos, la unidad de herencia y mutabilidad de la materia viva, y muchos otros problemas fundamentales de la ciencia moderna.

Los problemas más complejos de la ciencia –el origen de las estrellas y de los planetas, el nacimiento y la esencia de la vida y otros "enigmas del Universo"– que durante largos años fueron objeto de místicas especulaciones, se resuelven ahora con éxito. En el transcurso del movimiento progresivo del conocimiento científico han quedado iluminados numerosos ángulos oscuros y callejones sin salida del proceso cognoscente. El propio material fáctico de las ciencias naturales –la penetración en los horizontes ilimitados del cosmos y en las profundidades del micromundo, el descubrimiento de los mecanismos más complicados de los procesos biológicos y psíquicos– conduce inevitablemente a los naturalistas a conclusiones materialistas dialécticas. [360]

Durante largos siglos la concepción metafísico-religiosa del mundo se contentaba con el dogma bíblico: "No hay nada nuevo bajo el Sol". La ciencia ha demostrado que bajo el Sol no hay nada invariable, fijo, inmóvil. Hace aún poco tiempo, el cristal era como el símbolo de la invariabilidad. Y ahora la ciencia ha descubierto el mecanismo del crecimiento de los cristales y ha revelado la vida sui géneris de la materia inerte.

Para el avance de la ciencia actual resulta de enorme trascendencia la investigación de varios problemas fundamentales que, en cierta sentido, se encuentran en la zona de contacto entre la filosofía y la ciencia natural y que surgen de las necesidades metodológicas del progreso científico (se trata, entre otros, de problemas como: realidad, causalidad, ley dinámica y ley estadística, correlación de las formas del movimiento de la materia, lógica de la evolución de las teorías científicas, leyes generales del movimiento del conocimiento científico, &c.).

Al despecho de los pronósticos del neopositivismo, que propone desechar las denominadas cuestiones metafísicas, en todo el mundo se dedica una atención creciente a la problemática filosófica de las modernas ciencias naturales. Aumenta el número de publicaciones en esta esfera de la ciencia, se ocupan de esas cuestiones las personalidades científicas más ilustres de nuestro tiempo.

El avance del saber contemporáneo no se caracteriza sólo por una diferenciación de las ciencias cada vez más profunda, por la delimitación de nuevas disciplinas, sino, además, por la tendencia a unir en un sistema general del conocimiento las ramas separadas.

El carácter sintético de la ciencia moderna encuentra su más franca expresión en el nacimiento y fecundo desarrollo de nuevas ciencias que unen las antiguas disciplinas tradicionales (la químico-física y la físico-química, la bioquímica y la biofísica, &c.). La tendencia a la síntesis se expresa asimismo en la aproximación de las ciencias de la naturaleza a la sociología, y en su mutuo enriquecimiento. Es, precisamente, esta tendencia a la integración de los conocimientos lo que permite elaborar una imagen científica única e íntegra del mundo, cuestión de la que trató Lenin en su obra genial Materialismo y empiriocriticismo.

Al subrayar la unidad de la ciencia, no pensamos en la liquidación de las secciones del saber históricamente formadas, sino, ante todo, en la unidad de los fundamentos metodológicos que permiten superar definitivamente el aislamiento secular de las ciencias y fundamentar científicamente los principios de coordinación y cooperación de las investigaciones científicas. Es en este terreno donde resulta especialmente necesaria una fiel orientación teórica que haga posible penetrar en la esencia de dichos procesos y que ayude a dominarlos con eficacia. Un compás de ese tipo es, precisamente, el materialismo dialéctico, concepción científica del mundo, sintética por su naturaleza. [361]

El carácter sintético, la universalidad y la unidad interna de los principios del materialismo dialéctico no se aportan desde el exterior, sino que se fundan en la universalidad y en la unidad real de las leyes del mundo objetivo adecuadamente reflejadas en nuestra cognición. La naturaleza sintética de la filosofía marxista-leninista se expresa, ante todo, en el hecho de constituir la ciencia de las leyes más generales de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento humano. En ello radica la gran superioridad de nuestra filosofía, pues ninguna de las corrientes filosóficas burguesas se halla en condiciones de descubrir la interconexión interna y los rasgos comunes de todos los. procesos del mundo objetivo. y de su conocimiento, sacar a la luz las leyes generales vigentes tanto en la naturaleza, como en la sociedad y en el pensamiento. Ninguna de las numerosas tendencias de la filosofía burguesa actual puede convertirse en base para la síntesis teórica de la ciencia contemporánea, pues ninguna de ellas está en condiciones de ofrecer una imagen adecuada, realmente íntegra, del mundo. El mundo es uno y, en consecuencia, no puede haber más que una sola y única imagen científica del mismo. El hecho de que en la filosofía burguesa exista una abundancia de corrientes y escuelas que aspiran a presentar su imagen del mundo, es un testimonio del callejón sin salida a que arrastra al pensamiento humano la filosofía burguesa.

Teniendo en cuenta el carácter sintético de la filosofía marxista, nos oponemos a que se separe de ella el materialismo histórico como ciencia especial, "no filosófica". Por las mismas razones nos manifestamos disconformes con las tentativas de diluir la dialéctica de la naturaleza, como parte inseparable de nuestra filosofía, en las cuestiones teóricas de las ciencias especiales. Si separásemos de la filosofía el materialismo histórico y la dialéctica de la naturaleza reduciríamos la primera a una mera gnoseología, y socavaríamos su valor como concepción sintética del mundo. Al mismo tiempo, las cuestiones metodológicas de las ciencias naturales y sociales perderían un profundo contenido filosófico, ideológico. Esa tendencia es peligrosa e inadmisible.

El progreso de la ciencia actual demuestra, con uña evidencia cada día más notoria, que únicamente el materialismo dialéctico dota de una concepción científica del mundo, auténticamente sintética, a quienes se dedican al estudió de las. ciencias naturales y de la sociología, en todas sus ramas, y les ayuda a adoptar una posición acertada frente a su objeto. El materialismo dialéctico no suplanta los métodos particulares y especiales de la investigación (matemático, histórico-comparativo, cibernético, estructural-analítico, &c.), que se aplican con éxito al estudiar determinadas partes del mundo objetivo o tales o cuales fenómenos de la vida espiritual. En cada rama del saber (conocimiento: relativo a una parte o a una faceta del mundo objetivo), representa los conocimientos generalizados sobre el todo, el conocimiento de las leyes universales [362] a que obedece el desarrollo de la naturaleza y de la sociedad, leyes que son, al mismo tiempo, leyes del conocimiento del mundo. Dicho de otro modo: el materialismo dialéctico une a todos los científicos en una firme colectividad de creadores de una imagen única del mundo, y cada uno de los destacamentos de dicha colectividad sabe cuál es su tarea, el papel que le corresponde en esa grandiosa obra creadora. En la mente del científico, el materialismo dialéctico representa el perfil de la imagen general del mundo y recuerda sin cesar que cada hombre de ciencia está llamado a crear su parte de esa imagen, a insertar en ella sus rasgos y representaciones.

A la vez que generaliza la experiencia del proceso cognoscitivo de toda la ciencia histórica, el materialismo dialéctico posee una capacidad extraordinaria para tomar en consideración las tendencias y direcciones más nuevas del pensamiento científico en todas las esferas de investigación. La filosofía materialista dialéctica demuestra que los procesos del conocer son ilimitados, y con ello estimula la acción del espíritu creador en las ciencias especiales e impulsa su avance. Pone de relieve, al mismo tiempo, que las nuevas direcciones científicas no se desarrollan al margen de la tradición científica establecida, sino, por el contrario, en íntima conexión con ella. Así, en la fisiología de la actividad nerviosa superior, las tendencias actuales no desechan, sino que amplían las conquistas que realizó Pávlov con sus trabajos. Ahora bien, sería, evidentemente, insensato pretender limitar a esas conquistas pasadas el desarrollo de las investigaciones de los procesos nerviosos.

La unidad dialéctica entre el espíritu innovador y la tradición sirve de importantísima ley en las relaciones de las teorías científicas. Es necesario tener presente dicha circunstancia al analizar, desde el punto de vista metodológico, la esencia de los éxitos alcanzados por una ciencia nueva, de ascensión tan fulgurante, como es la cibernética.

Es imposible idear especulativamente, a priori, unos límites al desarrollo de la cibernética. La tendencia, cada día más acentuada, a extender los procedimientos y los principios cibernética al campo de otras disciplinas científicas ofrece indudables perspectivas. Huelga decir que no se ha de caer en extremismos. No hay motivos para suponer que la cibernética pueda presentarse como "la ciencia de todas las ciencias", capaz de resolver todos los problemas y dificultades de estas últimas. Con mayor motivo no se debe considerar la cibernética como una concepción del mundo nueva y especial, a la par del materialismo dialéctico. Estamos de acuerdo con la opinión del académico Mstislav Vsiévolodovich Keldish quien considera que la cibernética constituye un rasgo característico importantísimo de la época contemporánea en la historia del progreso científico y técnico, época que introduce cambios, desde el punto de vista de los principios, en el [363] carácter del trabajo, en los métodos de la producción y del mando. La particularidad de dicha época estriba en lo siguiente: así como en el pasado la máquina sustituía la fuerza muscular del hombre y le hacía más fácil el trabajo físico, los dispositivos cibernéticos pueden cumplir operaciones lógicas complicadas y fatigosas, pueden hacer más fácil el trabajo mental y elevar su rendimiento.

En la historia del progreso técnico, los últimos siglos se han llamado siglo del vapor y siglo de la electricidad. También en adelante la electricidad seguirá siendo la base principal de la producción. Mas ahora la electrificación no sólo se halla ligada a la mecanización del trabajo físico, sino, además, a la automatización de las operaciones mentales en la producción y en el mando.

Así como la Edad de piedra se dividió en Paleolítico y Neolítico, la edad de la electricidad se dividirá, por lo visto, en época de la mecanización del trabajo físico y época de la mecanización del trabajo mental, época que representará la automatización omnilateral de la producción y del mando.

El éxito de la aplicación de la cibernética dependerá del grado en que se logre establecer la unidad entre los métodos cibernéticos y los métodos tradicionales del análisis sustancial de las diversas esferas de la realidad: materia inorgánica, materia orgánica y sociedad.

En particular, así hemos de proceder al estimar la actual tendencia a matematizar, a formalizar todas las nuevas esferas de la ciencia.

En su “Materialismo y empiriocriticismo”, Lenin impugnó con toda energía la interpretación idealista de esa importante tendencia del desarrollo de la ciencia, interpretación expresada mediante la fórmula "«La materia desaparece», no subsisten más que ecuaciones"{3}. Al mismo tiempo explicó, desde el punto de vista de la dialéctica materialista, el alto valor progresivo del proceso con que se introducía en la física el espíritu matemático. Lenin consideraba como un "gran avance de las ciencias naturales" la aproximación a elementos homogéneos y simples de la materia, cuyas leyes de movimiento son susceptibles de una expresión matemática.

Actualmente, la matemática no sólo penetra en todas las esferas del conocimiento científico; su propio papel en la cognición experimenta, además, un cambio esencial. Ahora el instrumental matemático caracteriza tanto las facetas cuantitativas de los procesos y fenómenos como la interconexión de los objetos reales. Al recalcar que es legítimo y fructífero el empleo de métodos de formalización del conocimiento en diversas investigaciones [364] concretas, no se ha de olvidar, por supuesto, que es inadmisible atribuirles un valor absoluto, como hacen los positivistas. Sirve como ley del desarrollo de la cognición científica la unidad dialéctica entre los procedimientos del conocimiento matemático formalizado y los métodos del análisis sustancial, que explican la especificidad cualitativa del substrato material del objeto dado y sus peculiares conexiones causales internas.

Sea cual sea el grado de abstracción, no se ha de olvidar la base material de los fenómenos, no ha de admitirse que se hagan concesiones a quienes desean hacernos vacilar en las posiciones de la concepción materialista del mundo.

En nuestro país, cada vez adquiere más trascendencia la unión –legada por Lenin– entre las ciencias naturales y la filosofía para elaborar las cuestiones metodológicas de la ciencia. Esta unión creadora constituye un rasgo característico del avance científico. Es necesario señalar la fructífera labor conjunta de naturalistas y filósofos encaminada a superar las interpretaciones erróneas y a descubrir el sentido filosófico de conquistas de la ciencia actual como la teoría de la relatividad, la mecánica cuántica y la cibernética, a elucidar desde un punto de vista materialista los procesos complejísimos que se dan en el desarrollo del mundo orgánico, y ello partiendo del darvinismo y de las teorías de Michurin a la vez que se tienen en cuenta los últimos triunfos de la física y de la química.

El aislamiento que se dio en el pasado entre filósofos y naturalistas conducía a una errónea estimación de varias teorías científicas. Para evitar ese tipo de equivocaciones y elaborar con espíritu creador la dialéctica de la naturaleza, es necesario fortalecer la colaboración entre quienes se dedican al cultivo de la filosofía y quienes se especializan en el estudio de las ciencias naturales.

Se ha comprobado que sirven magníficamente como tal forma de colaboración los seminarios metodológicos organizados en las instituciones científicas. Son muchas las personas doctas que ven, en estos seminarios, un fructífero procedimiento para el examen creador de los problemas básicos, más generales, del progreso de las ciencias.

Es digna de atención la experiencia obtenida por quienes han participado en la labor del seminario de metodología organizado en el Instituto de Física Liébedev, de la Academia de Ciencias de la URSS, que han publicado un trabajo de investigación intitulado De la física clásica a la física cuántica.

Han alcanzado gran repercusión los coloquios de toda la URSS celebrados para tratar de los problemas filosóficos de la fisiología de la actividad nerviosa superior y de la psicología, así como las conferencias teóricas dedicadas a los problemas metodológicos de la cibernética y de la física de las partículas elementales, [365] a las ciencias que tienen por objeto el estudio de la Tierra y a los problemas filosóficos acerca de la esencia de la vida.

Los medios científicos del país acogieron con interés los trabajos colectivos preparados por el Consejo Científico que se ocupa de los problemas filosóficos de la ciencia y presentados a las conferencias teóricas consagradas a las cuestiones de la física de las partículas elementales y a la interacción de las ciencias que estudian la Tierra.

La Academia de Ciencias de la URSS ha emprendido la edición de dos grandes series de trabajos de suma importancia ideológica. Una de ellas lleva el título general de “El materialismo. dialéctico y las ciencias naturales modernas”, la otra, está consagrada al tema “Ciencia y religión”. La preparación de esos trabajos está confiada a grandes equipos de científicos. La publicación de ambas series representará una gran ayuda al desarrollo y a la propaganda de la concepción materialista del mundo, a la lucha contra el idealismo y los prejuicios religiosos.

La esencia creadora de la filosofía marxista-leninista se revela con máxima evidencia en los avances que realiza el materialismo en relación con los nuevos éxitos de las ciencias naturales y con las transformaciones radicales que se operan en la vida de la sociedad. Sabido es que Engels y Lenin hablaron del carácter inevitable de semejante desarrollo. El análisis de ese proceso en la circunstancia específica de la época moderna constituye una importante tarea a cuya realización han de contribuir, conjuntamente, filósofos, naturalistas y sociólogos.

Para caracterizar el desarrollo del materialismo contemporáneo tomando como base sus mismos principios y relacionándolo con los progresos de las ciencias especiales, conviene destacar algunos nuevos factores.

El materialismo dialéctico como concepción del mundo se enriquece con los nuevos datos de la ciencia. El avance del materialismo contemporáneo va de la mano del proceso en virtud del cual. los principios generales de la dialéctica y del materialismo filosófico se concretan en función del actual nivel de las ciencias naturales. Así, la idea de desarrollo, aplicada antes preferentemente a la naturaleza orgánica, a los procesos geológicos y a la cosmogonía, ahora lo abarca todo, se ha hecho extensiva a todas las esferas del mundo, en todos sus niveles. El materialismo dialéctico, que servía de fundamento a la idea general de desarrollo, ha pasado a un estadio en que el espíritu de la dialéctica ha, penetrado en. todas las ramas del saber. Por doquier la concepción dialéctica de los fenómenos desplaza las concepciones mecanicistas.

Tomemos, verbigracia, el principio de causalidad. La física del micromundo ha puesto de manifiesto la limitación del determinismo laplaciano. En los microprocesos se da una ley estadística. Esto no significa, ni mucho menos, que falle el concepto de [366] causalidad, como han aseverado los idealistas, sino que el principio de causalidad se generaliza, se desarrolla y se consolida, y se confirma, precisamente, la interpretación materialista dialéctica de dicho principio.

En el mismo sentido materialista se ha concretado el problema de la relación entre la materia y el pensamiento a la luz de los novísimos logros de la neurofisiología y de la cibernética, que han revelado la existencia de puntos de contacto más profundos entre lo material y lo psíquico.

El materialismo dialéctico se desenvuelve cada vez más como lógica y como teoría del conocimiento científico. Las categorías filosóficas se enriquecen con un nuevo contenido, y algunas de las categorías antes utilizadas tan sólo en las ciencias especiales adquieren un significado filosófico general.

Veamos, por ejemplo, la categoría de interconexión. Ahora, no sólo designa la relación recíproca entre los objetos externos, sino, además, la interconexión dialéctica de los procesos en el interior de los objetos. Investigar los nexos recíprocos entre organismo y medio ya no significa estudiar simplemente las relaciones de los objetos del exterior, sino profundizar en los complejos procesos que tienen lugar en el interior del organismo. Éste mismo se ha convertido en objeto de investigación no ya de la biología, sino, además, de la física, de la química e incluso de la matemática. Se descubre un contenido cada vez más profundo en categorías como las de relación, parte y todo.

A la luz de los datos que proporcionan las ciencias modernas aparece como una importantísima categoría filosófica el concepto de estructura. Al principio, y en calidad de concepto científico especial, se aplicaba fundamentalmente en química, y luego se utilizó al estudiar el organismo. Desintegrado el átomo y después de haberse llevado a cabo una labor enorme en la investigación de las partículas elementales, el concepto de "estructura" empezó a incluir la característica de diversos niveles: núcleo, átomo, molécula, objeto material (cosa), sistema planetario, &c. Se amplió el conocimiento de la serie orgánica de las estructuras (sub-celulares, célula, organismo). La categoría de estructura adquirió singular valor en el estudio de las formas lógicas, en la investigación del lenguaje y en cibernética. Al fin, el concepto de estructura se ha convertido en principio metodológico general.

Ofrece un material riquísimo para la comprensión creadora de las categorías filosóficas, la vida social, especialmente nuestra realidad socialista. En esta esfera se plantean de otro modo, nuevo, problemas como el de la unidad y lucha de contrarios, el de las vías y métodos para superar las contradicciones no antagónicas, &c. En las sociedades antagónicas, el único camino que ha servido, y sirve, para resolver las contradicciones sociales es el de la lucha de clases. Bajo el socialismo, ha cambiado esencialmente la naturaleza de las propias contradicciones. De ahí que [367] también la superación de antiguas contradicciones no sólo se realice mediante la lucha y la destrucción de una de las partes, sino, además, mediante la eliminación gradual de sus diferencias esenciales.

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{1} V. I. Lenin, “Obras”, t. XVII, p. 17.

{2} "Science ponders religion", Ed. por H. Shaple, N. Y., 1960, p. VI.

{3} V. I. Lenin, "Obras", t. XVIII, p. 326. ("Materialismo y empiriocriticismo", edic. cit., p. 344).