Filosofía en español 
Filosofía en español

Pedro Fedoséiev · Dialéctica de la época contemporánea · traducción de Augusto Vidal Roget

Parte tercera. Problemas filosóficos del conocimiento científico

El progreso de las ciencias naturales y la filosofía contemporánea


El fracaso de las interpretaciones idealistas

Cualquier doctrina filosófica contemporánea que, aspire a servir de metodología para las ciencias naturales de nuestro tiempo ha de reaccionar forzosamente de una determinada manera ante los progresos esenciales del conocimiento científico-natural y sus nuevas tendencias. Numerosas escuelas de la filosofía burguesa han interpretado falsamente las modernas ciencias naturales. El progreso que éstas realizan conduce a una ulterior degradación de las posiciones ideológicas que mantienen las escuelas aludidas.

Son muchos los autores burgueses que señalan la decadencia del influjo que ejerce la moderna filosofía burguesa, el hecho de que ésta carezca de un amplio público. Así, F. Mayer y R. Brower se ven obligados a reconocer que la filosofía de muchas escuelas constituye un "monólogo académico de unos pocos ante otros pocos sobre poca cosa"{4}.

Los nuevos rasgos del conocimiento científico-natural han hallado un ilusorio reflejo, particularmente en las diferentes tendencias del positivismo contemporáneo. Sabido es que, en los últimos decenios, el positivismo ha hecho promesas altisonantes con pretensiones de ser la única filosofía de las modernas ciencias naturales. Y hemos de reconocer que la influencia del positivismo entre los científicos occidentales ha sido bastante grande. Y como quiera que esta corriente filosófica se mostraba partidaria del saber positivo, atrajo la atención de muchos naturalistas.

La propagación del positivismo lógico entre la intelectualidad burguesa puede explicarse por varias causas.

Ahora lo que nos importa es señalar el fracaso, total y definitivo, de la interpretación de la filosofía como ciencia de las ciencias, como filosofía naturalista que intenta introducir sus cábalas en la imagen científica del mundo. En las circunstancias que se dan en el siglo XX, semejante tentativa, cualesquiera que sean las consignas con que se presente (a veces aparentemente progresivas) ha de ser forzosamente nociva y choca siempre con la enérgica oposición de los naturalistas, de los que cultivan las ciencias especiales.

Los positivistas lógicos supieron aprovechar esa circunstancia y pretextando luchar contra la metafísica de la filosofía naturalista, empezaron una campaña contra la filosofía como ciencia independiente. Sin razón alguna identificaron todos los sistemas filosóficos habidos en la historia, incluido el materialismo dialéctico, con la metafísica, y calificaron de "pseudoproblemas" y "metafísica" a todos los problemas de la filosofía científica. Semejante posición "antimetafísica" impresionó a los naturalistas, pues se presentaba como arma dirigida contra la filosofía que, según [396] se decía, aspiraba a ser la "ciencia de las ciencias". Por otra parte, es necesario consignar que en la filosofía del positivismo lógico con frecuencia se planteaban problemas importantes para el desarrollo de la ciencia, sobre todo en la esfera de la lógica y de la metodología.

En su conjunto, sin embargo, las tendencias reales del progreso de las ciencias naturales reciben en el neopositivismo un reflejo adulterado, ilusorio. Como es una teoría subjetivista, el neo-positivismo se aparta, inevitablemente, de la investigación de los auténticos procesos objetivos del actual conocimiento científico, y lo reduce todo al análisis de formas lógicas abstractas, arbitrariamente tratadas como "puras". Sus representantes no dan solución científica a cuestiones realmente importantes, vistas a menudo con acierto, y especulan tratando de problemas complicados, todavía sin resolver, acerca del desarrollo de la ciencia. Es a todas luces evidente que no por esto deja de ser legítimo plantear tales problemas. Más aún: el que muchos problemas filosóficos estén poco trabajados permite precisamente a los positivistas especular con ellos. La solución científica de esos problemas desde el punto de vista del materialismo dialéctico, derrocará definitivamente al neopositivismo.

En consonancia con el avance de la ciencia en el siglo XX, la preparación metodológica y lógica se hizo indispensable para todo investigador serio y de espíritu creador. El positivismo lógico supo reaccionar bastante ágilmente ante esa perentoria necesidad y manifestó que iba a estudiar los problemas de la lógica y de la metodología de la ciencia. En 1920-1930, los positivistas lógicos proclamaron una concepción teórico-cognoscitiva seductora por sus objetivos y por su carácter. Según sus declaraciones, esta concepción iba dirigida contra toda "unilateralidad" –tanto la puramente empírica como la puramente racional– del método lógico del conocimiento, y alardeaba de que estimaba necesario crear un nuevo enfoque metodológico capaz de dar un análisis lógico de la ciencia con ayuda de los métodos exactos de la lógica matemática.

En líneas generales, se trataba de unir, digamos, la experiencia y la teoría, los hechos positivos de la ciencia y la lógica. De ahí el nombre: empirismo o positivismo lógico.

Todo ello atraía en gran manera a los naturalistas, quienes empezaron a llamarse gustosamente partidarios del positivismo lógico.

Los positivistas lógicos, obligados a tomar en consideración la línea general de desarrollo del conocimiento científico en el siglo XX –el intenso proceso dialéctico de diferenciación del conocimiento científico (aparición de nuevas disciplinas científicas) y de su integración (aparición de ramas conexas, contacto y unión del frente de las ciencias contiguas)–, plantearon el problema de la unidad de la ciencia, haciendo hincapié, sobre todo, [397] en los problemas me Lodologicos. Después de 1930, emprendieron la publicación de la Enciclopedia Internacional de la Ciencia Unificada.

Se armó gran alharaca. Los filósofos más ilustres de Occidente, Philipp Frank. Rudolf Carnap, Charles Morris, John Dewey, Otto Neurath Bertrand Russell, con la participación de varios naturalistas, proyectaron la obra, que se iba a editar en veinte entregas. Los iniciadores no se quedaron cortos en la propaganda. Declararon que aquélla no sería una enciclopedia corriente, sino que constituiría la prolongación de la famosa Enciclopedia francesa del siglo XVIII. La Enciclopedia Positivista, según palabras de uno de sus fundadores, Otto Neurath, "se propone mostrar cómo los diversos tipos de actividad científica –observación, experimentación y pensamiento teórico– se pueden sintetizar, y cómo todos ellos, tornados conjuntamente, ayudan a que se desarrolle una ciencia unificada”{5}.

Semejante programa atrajo a varios estudiosos de gran relieve, entre ellos al famoso Niels Bohr. Es necesario tener en cuenta que lo que atrajo a Bohr fue precisamente el programa expuesto, el planteamiento del problema, y de ningún modo la solución que se le dio. Bohr accedió incluso a colaborar en la Enciclopedia, aunque sólo escribió para ella un artículo. Ahora bien, ¿sobre qué escribió?

Los empiristas lógicos siempre sacaban –y sacan– a relucir el nombre de Bohr y de algunos otros sabios de sumo prestigio. Pregonaban la participación de Bohr en la Enciclopedia ni más ni menos que como expresión del nexo orgánico entre las ciencias naturales contemporáneas, en particular la física, con el empirismo lógico, Pero si se examina con cuidado esta cuestión, no es difícil ver hasta qué punto resulta artificial e imaginario el "nexo" de la filosofía del positivismo lógico con la física coma ciencia.

Transcribiremos el artículo de Niels Bohr íntegramente. Se titula “El análisis y la síntesis en la ciencia”.

"A pesar de la necesidad práctica, comúnmente reconocida, de que la mayor parte de los científicos concentren sus esfuerzos en zonas especiales de investigación –escribe Bohr–, la ciencia, en consonancia con sus objetivos para ampliar la comprensión del hombre, constituye, en esencia, cierta unidad. Aunque los períodos de fecunda investigación de nuevos sectores de experiencia vital con frecuencia pueden ir, como es lógico, acompañados de una renuncia temporal a la intelección de nuestra tesis, la historia de la ciencia nos enseña una y otra vez de qué modo la ampliación de nuestro saber puede conducir al reconocimiento de nexos entre grupos de fenómenos antes no relacionados entre sí, cuya síntesis armónica exige una nueva revisión de conjeturas para la aplicación inequívoca y clara de nuestros conceptos, que parecen [398] ser los más elementales. Esta circunstancia no sólo recuerda la unidad de todas las ciencias que tienen por objetivo la descripción del mundo exterior, sino, ante todo, la indisolubilidad del análisis epistemológico (teórico-cognoscitivo) y psicológico.

Precisamente el hecho de hacer hincapié en la indisolubilidad del análisis indicado, análisis situado en un primer plano por el desarrollo de las esferas más diversas de la ciencia en el último tiempo, es lo que diferencia el programa de la gran crapresa actual (la publicación de la "Enciclopedia Internacional de la Ciencia Unificada") respecto a las obras análogas precedentes, en las cuales más bien se procuraba reflejar, con la mayor plenitud posible, el estado real de los conocimientos que explicar la metodología científica. Cabe esperar, pues, que la Enciclopedia que se publica influya profundamente sobre la actitud general de nuestra generación que, pese a la especialización creciente tanto en la ciencia como en la tecnología, es portadora del sentido, cada día mayor, de dependencia recíproca entre todos los aspectos de la actividad humana. Esto puede ayudarnos, por añadidura, a comprender que hasta en la ciencia cualquier limitación arbitraria encierra el peligro de caer en prejuicios, y que el único medio de que disponemos para evitar los extremos del materialismo y del misticismo es llevar a cabo incesantes tentativas para equilibrar el análisis y la síntesis"{6}. Como vemos por esta declaración, Bohr buscaba la manera de evitar los "extremos" del materialismo y del misticismo. No quería ser místico, pero también le conturbaba el materialismo, al que Bohr entendía –sin revelar, en este caso, mucha profundidad de pensamiento– como una teoría filosófica que ignora los problemas metodológicos. Y a Niels Bohr le venía corno anillo al dedo un criterio que prometía aunar el análisis y la síntesis, la experiencia y la lógica, partiendo de una filosofía "por encima" del materialismo y del idealismo. Bohr se entusiasmó entonces hasta tal punto por el proyecto de la Enciclopedia, del que tanto se hablaba, que la llamó "gran empresa". Pero si dejamos de lado el vulgar prejuicio contra el materialismo, cabe afirmar sin la menor vacilación que las tesis fundamentales del artículo de Niels Bohr no provocan objeción alguna desde el punto de vista de la filosofía materialista. Bohr dirige su mirada sobre todo a los problemas metodológicos, habla de la unidad de las ciencias, de la combinación racional del análisis y de la síntesis en la investigación, es decir, habla de rasgos que son, en esencia, inherentes al materialismo dialéctico. En cambio es necesario subrayar con toda energía que el artículo de Bohr no tiene nada de común con el positivismo lógico. Al contrario, la posición real de Bohr, expuesta en el artículo [399] transcrito, se opone radicalmente a los principios fundamentales de la filosofía del positivismo lógico.

Si apreciamos este positivismo no por las declaraciones y frases que le dedican en gran abundancia sus representantes, sino por lo que se hace y por los resultados que se obtienen, nos encontramos con un panorama bastante aleccionador.

La publicación de la Enciclopedia positivista se inició en 1938; al principio salía en pequeñas entregas, y luego en gruesos tomos, que contenían varios fascículos. Pero todo se redujo a propaganda. Hubo mucho alboroto, y con el tiempo se acabó.

Las grandes promesas de sintetizar los resultados de la ciencia, de unir los datos empíricos y el análisis lógico quedaron en vacuos ofrecimientos.

El programa de los positivistas lógicos, las vías concretas de su aplicación carecían de fundamento objetivo. Así, por ejemplo, se declaró que la unificación de todas las ciencias y la base de su unidad tenían por premisa la base lógica, a saber: la "lógica de la ciencia", que, según definición de Carnap, es "el análisis de las expresiones del lenguaje de la ciencia"{7}, haciendo abstracción de las condiciones psicológicas y sociológicas, así como del propio individuo al que pertenecen las expresiones dadas. El análisis lógico, apoyado con la aplicación de diferentes principios –verificación, reglas de construcción de sistemas sintácticos y semánticos, &c.– debía llevar a la creación de un lenguaje unificado de la ciencia tomando como base el de la física (fisicalismo) y luego, partiendo de él, debía conducir a la "unidad de las leyes".

No se requieren grandes esfuerzos para ver la arbitrariedad subjetivista que late en el fondo de la realización del programa señalado por los positivistas lógicos.

Los positivistas, habiéndose representado ilusoriamente las tendencias reales del desarrolla de la ciencia y habiendo planteado varios interrogantes nuevos, no pudieron darles respuestas científicas en consonancia con el espíritu de las ciencias naturales modernas.

El verdadero análisis de los diversos sistemas lógicos, la intelección filosófica de los procesos de diferenciación e integración del saber que actualmente tienen lugar en la ciencia, y, en relación con ello, el planteamiento de los problemas relativos al análisis y a la síntesis, a la inducción y a la deducción, a la concreción del concepto de verdad y de los modos de comprobarla en las distintas ciencias, son cuestiones que en nuestros días se van descubriendo cada vez con mayor profundidad y de manera más circunstanciada desde los principios del materialismo. El análisis de términos y conceptos científicos –precisamente el análisis substancial desde posiciones materialistas– constituye una tarea importante de la gnoseología científica. [400]

En cambio, las orientaciones subjetivistas del neopositivismo hacen que éste no sea capaz de mostrar el desarrollo de nuestros conocimientos como reflejo de la realidad objetiva. Al contrario: los positivistas lo han reducido todo al análisis de las formas de la conciencia, de las formas del lenguaje y de las formas lógicas en su aspecto abstracto, es decir, inmóvil. Ese análisis no se hallaba relacionado con el mundo objetivo en desarrollo, con el conocimiento en desarrollo, en virtud de lo cual dichas formas resultaban intrínsecamente abstractas, quedaban separadas de las necesidades reales de las ciencias naturales modernas.

Nada tiene, pues, de extraño que sabios de mucho relieve (Louis de Broglie, Albert Einstein, Niels Bohr, Max Born y otros) se mostraran disconformes, en una u otra medida, con las orientaciones del positivismo y se manifestaran en contra de su formalismo extremo. Werner Heisenberg, por ejemplo, indica que "el esquema positivista del pensamiento, esquema desarrollado sobre la base de la lógica matemática, es, en su conjunto, excesivamente limitado para la descripción de la naturaleza..."{8}.

Hasta los propios positivistas lógicos (Karl Kopper, Herbert Feigl y otros) ya empiezan a negar el valor cognoscitivo de los principios básicos de la filosofía del positivismo lógico. Ninguno de los puntos de su programa se ha cumplido; las promesas de construir un esquema totalmente formalizado de la ciencia han resultado ilusorias desde el punto de vista de los principios.

Como muchos años atrás y con no menor celo, exhortan hoy a reconsiderar los problemas de la teoría del conocimiento y de la filosofía de la ciencia. En este sentido es muy significativa la intervención que hizo en México el renombrado filósofo del positivismo lógico Herbert Feigl, quien declaró en la comunicación que presentó con el atrayente título de Hacia una filosofía para nuestro siglo de ciencia: "El desarrollo rápido y revolucionario en la ciencia pura exige una reorientación radical en la epistemología y en la filosofía de la ciencia"{9}.

No es menos significativa otra estimación de Feigl, prueba de la honda crisis en que se halla sumida la filosofía del positivismo lógico. Feigl critica duramente el programa inicial y uno de los principios fundamentales de esa filosofía, el de la verificación, que en un principio servía de ceba para los naturalistas, pero que luego, a medida que se fue aplicando, resultó inútil para el análisis científico.

"Ahora está generalmente admitido –escribió Feigl– que los primeros positivistas lógicos, en su celo por purgar la filosofía de sus pseudoproblemas, fueron excesivamente lejos. Su criterio para [401] la intelección de los hechos expresaba un punto de vista verificacional en demasía limitado"{10}.

De este modo, uno tras otro, los principios del positivismo lógico van perdiendo su significado cardinal a los ojos de los propios neopositivistas. Y sólo cabe sorprenderse de que algunos científicos, sin llegar a penetrar en la esencia de los principios indicados sigan aún aceptando esa filosofía en bancarrota.

Al tratar de las causas de la difusión y vitalidad del positivismo lógico hay que señalar aun la siguiente circunstancia. Algunos de los adeptos a esa tendencia son grandes lógicos. Como tales, al estudiar la problemática lógica, se aproximan a veces, espontáneamente, a la solución materialista dialéctica de tales o cuales problemas y contribuyen con una valiosa aportación al avance de su teoría lógica. Mas eso ocurre a despecho de sus orientaciones filosóficas. Esta colisión de concepciones se explica por el hecho de que muchos de los lógicos aludidos sitúan la ciencia en la esfera del conocimiento, pero consideran que la concepción filosófica del mundo se inserta en la zona de la fe. Es, pues, evidentemente errónea la posición de quienes incluyen en el activo del positivismo lógico como corriente filosófica los resultados que obtienen lógicos esclarecidos.

Además, resultaría excesivamente precipitada considerar como "positivistas" algunas manifestaciones imprecisas, a veces tan sólo metafóricas, de ciertos sabios relativas a cuestiones de gnoseología y metodología. Cuando Einstein, por ejemplo, se refirió a los conceptos científicos como productos de la libre fantasía del hombre de ciencia, no pensaba de ningún modo en que faltase una determinación objetiva de la obra científica en la elaboración de los instrumentos conceptuales de la ciencia. En este caso, no habría sido Albert Einstein. Lo que quería: decir era que el contenido del concepto científico siempre rebasa el marco de lo dado empíricamente de manera inmediata, y constituye una viva actividad del intelecto cognoscente, vinculado al mecanismo de la imaginación creadora.

El conocido físico polaco Leopold Infeld, en su tiempo colaborador de Albert Einstein, con quien escribió el libro “La evolución de la física”, explicó más tarde el sentido de la expresión citada del gran físico. Dijo: "¿Qué significa esto, en esencia? Sólo que nuestra representación del mundo cambia con el transcurso del tiempo; significa que, digamos, cincuenta años atrás nada sabíamos de los protones, mesones y neutrones, que nuestras ideas sobre el mundo físico objetivo, material, son diferentes en períodos diversos. La representación del mundo. depende del período de la historia de la física que estudiemos. En el siglo XIX había unas concepciones, en el siglo XX ha habido otras, y ahora siguen, cambiando incesantemente. Eran por completo otras antes de que [402] se conociera la teoría de los cuantos, y cambiaron de nuevo después de haberse formulado dicha teoría"{11}.

Sería, pues, un craso error incluir a los grandes transformadores de la ciencia contemporánea en escuelas idealistas por el hecho de haber formulado expresiones imprecisas o incluso alegóricas externamente parecidas a la terminología del pragmatismo o del machismo.

Tampoco hay que desechar cuestiones importantes para el desarrollo de la ciencia tan sólo porque de ellas se aprovechan los positivistas.

¿Acaso carece de sentido el análisis lógico de los diversos sistemas del conocimiento científico? ¿No espera, por ventura, a su investigador la intelección filosófica de los procesos de diferenciación e integración del saber que hoy tienen lugar en la ciencia, así como, en relación con ello, el planteamiento de los problemas relativos al análisis y a la síntesis, a la inducción y a la deducción, a la concreción del concepto de verdad y de las maneras de comprobarla en las diversas ciencias? También el análisis de los términos y de los conceptos científicos –precisamente el análisis substancial desde el. punto de vista de la metodología del materialismo– constituye una tarea gnoseológica importante para la ciencia. Lenin hizo especial hincapié en la necesidad de llevar a cabo tales investigaciones. "Han transcurrido milenios –escribió– desde que nació la idea de «conexión del todo», «cadena de causas». La comparación de cómo se han interpretado esas causas en la historia del pensamiento humano, proporcionaría una teoría del conocimiento indudablemente probatoria"{12}.

La elaboración de los problemas de la lógica y de la teoría del conocimiento científico, la investigación de la estructura lógica de las teorías científicas, la síntesis filosófica del saber actual, constituyen un sector de trabajo muy difícil, a la vez que muy importante. Y es claro como la luz del día que, a medida que la filosofía materialista se desarrolla y resuelve los problemas de la metodología y de la lógica de la ciencia, se irá reduciendo más y más el suelo nutricio de las especulaciones filosóficas del positivismo lógico.

En las cuestiones indicadas, los positivistas lógicos no han pisado tierra firme, el hecho es evidente; cada vez se debilitan más. Pero se han introducido en ese campo de la lógica. Puede decirse que, cual topos y ratones, han abierto galerías, han esparcido montones de tierra, han dejado huellas por doquier... En cambio nuestros filósofos sólo acaban de entrar en ese campo. Ahora bien, lo que hace falta no es tan sólo hacer acto de presencia [403] en él, sino volverlo a arar todo, labrar bien el suelo ahí donde los positivistas lógicos no han hecho más que dejar sucias huellas.

El materialismo dialéctico demuestra su enorme fuerza en la síntesis de lo lógico y lo empírico, en la generalización filosófica de los nuevos datos de la ciencia y en su elaboración lógica. Pero es necesario consignar que durante largo tiempo los filósofos no se abrieron camino hasta las cuestiones de la estructura lógica del conocimiento científico, del criterio de probabilidad, &c. Actualmente hemos emprendido la publicación de trabajos sobre los problemas de la metodología de la ciencia, de la teoría y de la lógica del conocimiento, y sobre la unidad de la ciencia.

Es necesario irrumpir con más decisión en la esfera de investigaciones concernientes a los problemas especiales de la lógica, de la metodología, de la gnoseología, plantear con más audacia nuevos problemas, estudiar con mayor profundidad las cuestiones filosóficas del conocimiento científico. Con ello no sólo se asestará un golpe fortísimo a las pretensiones acientíficas de la filosofía del positivismo lógico, sino que, además, se proporcionará una gran ayuda práctica a todos aquellos que buscan sinceramente una respuesta científica a los magnos problemas metodológicos y lógicos que plantea el avance de la ciencia moderna.

La experiencia que nos ofrece el desarrollo del conocimiento y de la práctica ha demostrado, pues, la inconsistencia del programa neopositivista para la elaboración de un lenguaje formalizado universal de la ciencia, aislado de la resolución de los problemas filosóficos ("metafísicos" según la terminología del positivismo) sobre la esencia del ser, sobre la correlación entre saber y realidad, &c. En medida creciente, las investigaciones de las escuelas neopositivistas pierden carácter metodológico general, se convierten en trabajos especiales sobre estrechas cuestiones de lógica, semántica y teoría de la información.

Ello hace que se infieran conclusiones acerca del "vacío filosófico" que deja, según afirman, la ciencia contemporánea. Cada vez son más frecuentes las declaraciones acerca del "escándalo de la filosofía" por considerar que, a diferencia de las ciencias especiales, "la filosofía no ha logrado nada a pesar de sus milenarios esfuerzos". El idealismo objetivo y la teología intentan aprovechar en beneficio propio la pérdida de crédito intelectual de las escuelas del idealismo subjetivo. Intentan presentar el derrumbamiento de las concepciones neopositivistas como fracaso general de todas las tentativas de comprender racionalmente el mundo.

En el plano gnoseológico, el fracaso en sí de las concepciones neopositivistas, idealistas subjetivas, abona el terreno para que se aviven las secuelas del idealismo objetivo. En el plano social, la causa de cierto incremento de la influencia de las concepciones casi teológicas y religiosas que especulan con las ciencias naturales, [404] radica en el sentimiento de pavor que provocan las monstruosas formas militaristas con que se reviste el progreso científico y técnico bajo el imperialismo. Algunos intelectuales burgueses confundiendo la utilización imperialista de la ciencia (cuando los frutos del intelecto humano se dirigen contra la propia humanidad) con la ciencia misma, llegan a concepciones, en el fondo oscurantistas sobre una presunta oposición del conocimiento científico y del progreso de la técnica a los ideales de felicidad humana. El resultado de tales figuraciones es que se galvanizan por un sinfín de medios los fantasmagóricos ideales de la bienaventuranza de ultratumba. Huelga decir que la mayor parte de los hombres de buena voluntad comprende que no es contra la ciencia contra lo que se ha de luchar, sino contra la utilización que de ella hacen, adulterándola, los círculos reaccionarios.

Al anunciar el vasto programa de la interpretación subjetivista de la ciencia, sin escatimar. consignas propagandísticas, los neopositivistas llamaron el siglo XX "siglo del análisis". La indecisa singladura neopositivista, oscilando entre materialismo e idealismo, condujo al esquife de la ideología burguesa, que en alguna que otra parte todavía conservaba las tradiciones del racionalismo, a la franca mística de las modernas doctrinas denominadas ontológicas y de las concepciones neotomistas. El "realismo crítico" en sus diversas variantes, el neotomismo, el personalismo y otras escuelas arrecian en sus ataques contra el materialismo (y a menudo acusan al positivismo de tender subrepticiamente hacia él).

Las escuelas del idealismo objetivo desearían sustituir al "siglo del. análisis" neopositivista por el "siglo" de las especulativas doctrinas ontológicas de sentido teológico. Al fin, el desarrollo de la sociedad y el impetuoso torrente de conocimientos científicos barrerá las dos tendencias ideológicas, a la vez hermanas y competidoras entre sí. A medida que el conocimiento progresa, va revelándose cada vez con mayor evidencia el carácter parasitario del idealismo en todos sus aspectos en relación con el saber científico, y su índole hostil a la ciencia.

Desde luego, en la lucha contra el idealismo en las ciencias naturales, la vulgarización es inadmisible. En primer lugar, es indispensable distinguir, de los belicosos y francos idealistas místicos, a los pensadores que en la ciencia adoptan una posición espontáneamente materialista si bien comparten, en varias cuestiones, los prejuicios filosóficos de la ideología dominante. En varios naturalistas, la terminología positivista sirve, de hecho, como medio de expresión de un materialismo "vergonzante".

En segundo lugar, al analizar las concepciones filosóficas de los pensadores extranjeros, es indispensable tener en cuenta la actitud que éstos mantienen ante el problema más candente de nuestro tiempo: el problema de la guerra y de la paz. A los científicos que defienden la causa de la paz es indispensable ayudarles, mediante una crítica bien argumentada y convincente, [405] a liberarse de errores filosóficos de todo género. En este sentido lo que decide es el análisis positivo: demostrar la eficacia del materialismo dialéctico para las modernas ciencias naturales. En cambio, a quienes utilizan el idealismo filosófico para fundamentar teóricamente la política reaccionaria, hay que desenmascararlos con toda energía para aislarlos ideológicamente.

——

{4} F. Mayer, R. Brower, “Patterns of a New Philosophy”, Washington, 1955, p. 23.

{5} "International Encyclopedia of United Science", vol. I, N 1-5, Chicago, 1938, p. 2.

{6} Ibíd., p. 28.

{7} Ibíd., p. 43.

{8} W. Heisenberg, "Física y filosofía", Moscú, 1963, p. 60 (edic. rusa).

{9} "Memorias del XIII Congreso Internacional de Filosofía", vol. IV. "La crítica de la época", p. 101.

{10} Ibíd., p. 103.

{11} L. Infeld, "Páginas autobiográficas de un físico", "Novi Mir", 1965, nº 9, p. 191.

{12} V. I. Lenin, "Cuadernos filosóficos", Moscú, 1947, p. 294.