φñZeferino GonzálezHistoria de la Filosofía (1886)

tomo segundo:12345678910Imprima esta página

§ 9. Crítica

La teoría de este filósofo acerca del gnóstico cristiano constituye el lunar más saliente de su doctrina. El puritanismo, poco conforme con la doctrina general de la ascética cristiana que hemos apuntado, es llevado a mayor exageración todavía en otros pasajes, en los cuales nos presenta al gnóstico en una especie de contemplación estática perenne, y, lo que es más, libre y exento, no ya sólo de pecado, sino de todo movimiento de las pasiones y de toda especie de mutación. De todos modos, vista la teoría del filósofo de Alejandría, preciso será reconocer que es muy antiguo y que se encuentra ya en los primeros pasos de la Filosofía cristiana ese puritanismo moral del que alardean ciertas escuelas modernas, y que la originalidad que sobre esta materia se atribuyen a sí mismos nuestros krausistas, es una originalidad que cuenta dieciséis siglos de existencia.

Una cosa análoga puede decirse de la teoría cartesiana acerca del pensamiento perpetuo o permanente en el alma, idea que hemos visto apuntada también por el maestro de Orígenes: ipsa (anima) enim semper movetur, per seipsam operatur et cogitat.[37]

Por lo demás, no es posible desconocer que la Filosofía cristiana recibe notable desarrollo, y toma ser, y cuerpo, y organismo científico, bajo la pluma de Clemente Alejandrino, el cual, en nuestro concepto, merece con justicia el nombre de creador de la Filosofía cristiana, puesto que en sus obras se encuentran planteados y resueltos en armonía con el principio cristiano, pero de una manera racional y científica, casi todos los problemas más importantes de las ciencias filosóficas. Y el jefe del Didascáleo merece también el nombre de creador de la Filosofía cristiana, no solamente por parte del contenido, sino también por parte de la dirección que le comunicó al fundir y conciliar el elemento pagano y el elemento cristiano, los cuales desde entonces vienen constituyendo la gran síntesis de la Filosofía cristiana.

Es sobremanera notable y digna de elogio la seguridad de juicio que se advierte en Clemente de Alejandría. Aparte de su concepción del gnóstico cristiano, apenas se nota error alguno en la solución de los varios problemas filosóficos que toca en sus obras, cosa muy para notar, y que prueba la seguridad de su criterio cristiano, si se tienen en cuenta los errores más o menos graves en que incurrieron otros escritores eclesiásticos, sus contemporáneos y sucesores, y sobre todo el medio en que vivía, en perenne contacto con las teorías de los gnósticos, solicitado por las diferentes escuelas de la Filosofía griega que luchaban entre sí, rodeado de neoplatónicos y eclécticos, y respirando una atmósfera saturada de ideas helénicas y de tradiciones orientales, de gnosticismo y filonismo, de platonismo y de reminiscencias pitagóricas. En este concepto, [38] Clemente de Alejandría fue muy superior a su discípulo Orígenes, quien no supo conservar la firmeza y sobriedad de juicio que brilló en su maestro.

Aunque, según hemos visto, Clemente no se adhiere a ninguna escuela determinada de Filosofía, sino que, por el contrario, profesa una especie de eclectismo superior, su doctrina moral y su concepción del gnóstico cristiano ofrecen de vez en cuando reminiscencias y aficiones estoicas. Tal vez no fue extraña a esta tendencia estoica la enseñanza de su maestro San Panteno, a quien San Jerónimo apellida stoicae sectae philosophus.

En todo caso, con Clemente de Alejandría y en Clemente de Alejandría, la Filosofía cristiana adquirió el desenvolvimiento y perfección necesaria para constituir un todo sistemático, un organismo científico y completo, capaz de resistir a los embates y dificultades que contra ella se levantaban de todas partes. Así es que, a contar desde el gran maestro de Orígenes, la Filosofía cristiana se mantiene firme, inmóvil y hasta victoriosa en medio y a pesar de los rudos ataques de las escuelas gnósticas, encarnación del espíritu filosófico-oriental, y en medio también de los ataques no menos rudos y perseverantes de la escuela neoplatónica, encarnación del espíritu filosófico-helénico y concentración de sus fuerzas contra el Cristianismo. El monumento elevado a la Filosofía cristiana por el autor de los Stromata, permanece cual roca inmóvil en medio del Océano, mientras que las olas del gnosticismo y del neoplatonismo se estrellan mugientes a sus pies, y se retiran y desaparecen poco a poco, y mueren, finalmente, después de haber entregado a la Filosofía [39] cristiana los elementos de verdad y de vida que encerraba en su seno la Filosofía griega, y principalmente la que habían enseñado Platón y Aristóteles.