φñZeferino GonzálezHistoria de la Filosofía (1886)

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§ 10. Orígenes

El famoso Orígenes, denominado por sus contemporáneos y sucesores Adamantio o adamantino, a causa de su tenacidad, energía y perseverancia en los estudios y trabajos literarios, nació en Alejandría en el año 185. Cuando contaba sólo diecisiete de edad, perdió a su padre Leónidas, que fue martirizado en la persecución de Severo, y después de haber frecuentado la escuela y recibido las lecciones de Clemente de Alejandría, sucedió a éste en la dirección del Didascáleo cuando sólo contaba dieciocho años de edad, prueba evidente de su extraordinario talento y saber, los cuales llevaron a su escuela considerable número de discípulos, tanto gentiles como cristianos. Estuvo en Roma por los años 211 o 12, y de regreso a su patria publicó varias obras que aumentaron su fama y el número de sus discípulos, entre los cuales se contaban también muchas mujeres, circunstancia que le indujo a mutilarse, según algunos historiadores, para evitar sospechas y peligros. Por este hecho, y más probablemente por motivos de envidia y emulación, Orígenes se vio perseguido y hostilizado por Demetrio, Obispo de Alejandría, lo cual le obligó a abandonar su patria y su escuela más de una vez, recorriendo Siria, [40] Palestina, Grecia, Capadocia y Arabia, predicando, enseñando y escribiendo, hasta que falleció en Tiro, cuando contaba sesenta y nueve años de vida. Durante la persecución de Decio, y siendo ya de edad avanzada, había padecido varios tormentos en defensa de la fe católica.

No es fácil conocer a punto fijo el verdadero pensamiento filosófico de Orígenes; porque, aparte de que algunas de sus obras no han llegado hasta nosotros, hay vehementes y fundadas sospechas de que sus escritos fueron interpolados y adulterados por los herejes, a lo cual se añade que Rufino tradujo libremente, o, mejor dicho, varió y modificó a su arbitrio, su Periarchon o tratado De Principiis, que es precisamente la obra en que se hallan la mayor parte de sus ideas filosóficas.

Su Filosofía coincide en el fondo con la de su maestro Clemente de Alejandría, pero se aparta de ella en algunos puntos importantes, incluyendo en estos algunos errores graves, que, con razón o sin ella, se le atribuyen. Los principales son:

a) Que antes y después del mundo actual existieron y existirán otros mundos, o, mejor dicho, que es indefinida la serie sucesiva de mundos; porque no debemos pensar que la naturaleza de Dios haya estado ociosa (naturam Dei otiosam esse), o que la bondad y la omnipotencia hayan estado nunca sin obrar o producir algún efecto: absurdum vel putare quod bonitas aliquando non fecerit, et omnipotentia aliquando non egerit potentatum.

b) Que las desigualdades que se observan entre los hombres, no sólo en el orden propiamente moral, sino también en el físico y natural, como los bienes [41] de fortuna, las enfermedades y salud, las malas o buenas inclinaciones o pasiones, todas son efecto y resultado del uso bueno o malo que las almas hicieron del libre albedrío antes de su unión con el cuerpo, pues estos fueron creados con posterioridad a la creación de los espíritus, y con el objeto de que sirvieran de castigo por los pecados cometidos por aquéllos.

c) Que la incorporación de dichos espíritus está en relación con la gravedad del pecado o pecados por ellos cometidos, y de aquí la diferencia entre los ángeles, espíritus unidos a cuerpos sutilísimos; los astros, que están animados por espíritus inferiores a los ángeles, y los hombres, cuyas almas son espíritus menos perfectos todavía, o, mejor dicho, gravados con mayores culpas que los espíritus angélicos y celestes.

d) Que todos los castigos y tormentos de las criaturas intelectuales son medicinales, y, por consiguiente, tendrán fin más tarde o más temprano; de manera que todas volverán a Dios, y acabarán alguna vez las penas de los condenados y de los mismos demonios, cumpliéndose así la palabra de la Escritura, sit Deus omnia in omnibus.

Por lo dicho se ve que el principio generador de estos errores es la teoría platónica acerca del alma y su unión con el cuerpo, teoría que le condujo también a admitir en el hombre y hasta en los ángeles la existencia de un alma inferior, corpórea e intermedia entre el alma o espíritu racional y el cuerpo. Orígenes, en una palabra, en medio de su conocimiento de los sistemas filosóficos de Grecia y de sus aficiones platónicas, no supo conservar la sobriedad de juicio y la [42] seguridad de criterio cristiano de que dio relevantes pruebas su maestro Clemente de Alejandría.

Es justo advertir, sin embargo, que el pensamiento de Orígenes sobre alguno de los errores indicados no debía ser muy fijo, toda vez que se encuentran pasajes y afirmaciones en sentido contrario. Al hablar, por ejemplo, del destino final de las almas de los malos, dice que serán castigados con fuego eterno (igne aeterno ac suppliciis mancipanda), lo cual se compadece mal con la doctrina arriba indicada acerca de la glorificación final de hombres y demonios. Tampoco faltan pasajes en que parece rechazar la preexistencia de las almas, puesto que no se atreve a pronunciar nada acerca del origen primero de las mismas {1} y de su unión con el cuerpo.

Por lo demás, las aficiones y tendencias platónicas de Orígenes se descubren también en su concepción del mundo, al cual considera como un animal inmenso,informado y como vivificado por la virtud divina, la cual viene a ser como el alma universal o común del universo: Universum mundum velut animal quoddam immane, opinandum puto, quod quasi ab una anima, virtute Dei ac ratione teneatur.

Sin embargo de lo dicho, Orígenes suele seguir a Aristóteles en muchas cuestiones, y con especialidad en las que se refieren a la física y ciencias naturales.[43]

Su doctrina acerca de la generación o mutación substancial de los cuerpos, y acerca de los primeros principios de las substancias materiales, coincide con la teoría aristotélica.{1}

Cediendo acaso a las influencias neoplatónicas, orientales y gnósticas que le rodeaban, Orígenes se inclina a creer que la vida perfectamente espiritual e inmaterial corresponde a la Trinidad divina (solius namque Trinitatis incorporea vita existere recte putabitur) exclusivamente, y aunque su pensamiento no es del todo claro, ni mucho menos constante y fijo en esta materia, propende sin duda a opinar que las cosas creadas todas, siquiera sean inteligentes o racionales, no existen ni viven con separación de todo cuerpo, nunca vivieron sin unión con alguna materia: rationabiles naturas... numquam sine ipsa (materia), eas vel vixisse, vel vivere.

Con la idea sin duda de oponerse al gnosticismo, que pretendía identificar el Cristianismo con la Filosofía, y que trabajaba por anular y absorber la religión de Jesucristo por medio de la idea filosófico-oriental, Orígenes, sin perjuicio de reconocer conformidad y cierto parentesco entre la Filosofía antigua y la religión [44] cristiana en orden a determinados dogmas, señala al propio tiempo con energía y precisión otros puntos doctrinales de mucha trascendencia en que no existe acuerdo {3} entre la Filosofía pagana y el Cristianismo.

Orígenes merece ser considerado, si no como el fundador, como el continuador, al menos, y principal representante del alegorismo bíblico en contraposición al literalismo que dominaba en las escuelas de Cesárea y de Edesa. La lucha entre las dos escuelas surgió principalmente a propósito de la naturaleza de los días de la creación genesíaca; pues mientras San Efrén y San Basilio aplicaban a estos días el sentido ultraliteral de veinticuatro horas, Orígenes rechazaba semejante interpretación, incompatible con la creación del sol el cuarto día. En su perfecto derecho estaba Orígenes al desechar los días naturales de veinticuatro horas; pero no lo estaba, ni al afirmar la creación simultánea, ni menos al aplicar el sentido alegórico a otros pasajes y [45] textos de la Biblia, perfectamente compatibles con el sentido literal. Como acontece en semejantes ocasiones, Orígenes exageró el alegorismo en sus aplicaciones a la interpretación bíblica, al paso que San Basilio, San Efrén y demás representantes de la escuela siria, exageraban las aplicaciones del literalismo al Sagrado Texto.

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{1} He aquí cómo se expresa en el pasaje a que aludimos en el texto: «De anima vero, utrum ex semine traducis ducatur, ita ut ratio ipsius vel substantia inserta ipsis seminibus corporalibus habeatur, an vere aliud habeat initium, si genitum est an non genitum; vel certe si intrinsecus corpori inditur necne, non satis manifesta praedicatione distinguitur.» De Princip. prol.

{2} «Ex rebus ipsis apparet quod diversam variamque permutationem accipiat corporea natura, ita ut possit ex omnibus in omnia transformari, sicut lignum v. gr. in ignem vertitur... Escae quoque ipsae, vel hominum, vel animalium, nonne eamdem permutationis causam declarant?

»Materiam ergo intelligimus quae subjecta est corporibus, id est ex qua inditis atque insertis qualitatibus corpora subsistunt. Qualitates autem quatuor dicimus; calidam, frigidam, aridam, humidam... Haec tamen materia, quamvis, ut supra diximus, secundum suam propriam rationem, sine qualitatibus sit, nunquam tamen subsistere extra qualitatem invenitur.» De Principiis, lib. II, cap. I.

{3} He aquí uno de sus pasajes, que parece escrito expresamente para combatir y rechazar las tendencias y teorías del gnosticismo sobre la materia: «Philosophia enim neque in omnibus legi Dei contraria est, neque in omnibus consona. Multi enim philosophorum, unum esse Deum, qui cuncta creaverit, scribunt: in hoc consentiunt legi Dei. Aliqui etiam hoc addiderunt, quod Deus cuncta per Verbum suum et fecerit, et regat, et Verbum Dei sit quo cuncta moderantur: in hoc non solum legi (mosaicae), sed etiam evangeliis consona scribunt. Moralis vero et physica quae dicitur philosophia, pene omnia quae nostra sunt, sentiunt.

»Dissident vero a nobis, cum dicunt Deo esse materiam coaeternam. Dissident, cum negant Deum curare mortalia, sed providentiam ejus supra humani globi spatia cohiben. Dissident a nobis, cum vitas nascentium, stellarum cursibus pendunt. Dissident, cum perpetuum dicunt hunc mundum, et nullo fine claudendum.» Homil. in Genes., p. 2.º, homil. 14.