φñZeferino GonzálezHistoria de la Filosofía (1886)

tomo segundo:2021222324252627282930Imprima esta página

§ 23. San Isidoro de Sevilla

El principal representante de la Filosofía cristiana durante el último tercio del siglo VI y primero del siguiente, fue, sin duda alguna, San Isidoro, natural de Cartagena, educado por su hermano San Leandro, a quien sucedió en el Arzobispado de Sevilla, y que pasó a mejor vida año de 636. [102]

No cabe poner en duda que San Isidoro fue uno de los hombres más notables de su época, como lo prueba la parte que tuvo en la conversión de Recaredo y de la nobleza goda al catolicismo, la organización que dio a la Iglesia española, la influencia preponderante que ejerció en algunos de los famosos Concilios de Toledo, su fecundidad literaria,{1} el mérito y excelencia relativa de algunas de sus obras, atendido el siglo en que vivió. Cierto que la Filosofía de San Isidoro no contiene puntos de vista propiamente originales; pero es el compendio más comprensivo, más razonado y más completo de la Filosofía cristiana posible en aquella época, según se desprende del siguiente resumen de la misma:

1.º La Filosofía es el conocimiento de las cosas divinas y humanas, unido al estudio y cuidado de vivir rectamente. Divídese en tres partes, que son:

a) Filosofía natural o física, cuyo objeto es la investigación de la naturaleza y de sus causas.

b) Filosofía moral, que trata de las costumbres o moralidad de los actos. [103]

c) Filosofía racional o lógica, que enseña el modo de buscar la verdad en los objetos de las dos ciencias mencionadas: in qua disputatur quemadmodum in rerum causis, vel vitae moribus, veritas ipsa quaeratur.

En la Filosofía se debe distinguir la parte científica o la ciencia, que es conocimiento cierto de la cosa, y la opinión, o conocimiento incierto y meramente probable. Para que haya verdadera ciencia, es preciso que la verdad sea conocida de una manera evidente y cierta: scientia est cum res aliqua certa ratione percipitur.

2º Por medio de las cosas finitas y creadas, venimos en conocimiento de la existencia y de los atributos de Dios, el cual es el Sumo Bien, y en el cual existen de una manera substancial, a la vez que simplicísima, la belleza, la omnipotencia, la eternidad y la inmensidad, en virtud de la cual «llena el cielo y la tierra sin estar contenido o circunscrito por ellos, y, siendo uno, está todo en todas partes (cum sit idem unus, ubique tamen totus est), pero de una manera indivisible.» La inmensidad divina, añade, es de tal naturaleza, que debemos concebir a Dios como dentro de todas las cosas, sin estar encerrado en ellas; fuera de todas las cosas, pero no excluido de las mismas: ut intelligatur eum (Deum) intra omnia, sed non inclusum; extra omnia, sed non exclusum

3.º En Dios no hay presente, pasado ni futuro, y su eternidad contiene y precede todos los tiempos. Esta eternidad es consecuencia lógica y necesaria de la inmutabilidad absoluta de Dios, cuya substancia excluye toda mutación, y cuyos actos y determinaciones son libres, sin dejar de ser eternas. Cuando produce o crea en el tiempo alguna cosa, la mutación sólo tiene [104] lugar en la cosa producida, pero no en la voluntad inmutable y eterna de Dios: Opus non consilium, apud Deum credimus mutari; nec variari eum quia per varia tempora diversa praecipit.

4.º El hombre ocupa lugar eminente entre las criaturas: es el fin próximo y parcial de la creación, y el ser que más se asemeja al Creador. Es un animal compuesto de alma y de cuerpo viviente, dotado de razón, de libre albedrío, y capaz de vicios y virtudes. Sin embargo, el alma racional no es lo que constituye al hombre, sino que, por el contrario, el hombre es solamente el cuerpo que está formado de la tierra: sed corpus, quod ex humo factum est, id tantum homo est. Esta opinión de San Isidoro, si se la toma en sentido literal, es la antítesis de la teoría platónica; pero probablemente sólo quiso dar a entender que la palabra homo trae su origen etimológico de humus.

5.º El alma racional no es parte de la substancia divina, ni trae su origen de la materia, sino que es incorpórea y espiritual, creada de la nada por Dios, e inmortal; pues aunque tiene principio, no tiene fin, a diferencia de las almas de los brutos, las cuales, después de la muerte, se disuelven y desaparecen juntamente con el cuerpo.

6.º Este mundo visible, compuesto de cielo, tierra, mares y estrellas, se llama mundo porque está siempre en movimiento y porque sus elementos están sujetos a perpetuas mutaciones (mundus est appellatus quia semper in motu est; nulla enim requies ejus elementis concessa est) o cambios de ser y de obrar. Fue creado o sacado de la nada por la omnipotencia de Dios, en todas sus partes, incluida la materia que entra en [105] su composición. Ni se debe imaginar por eso que Dios, al crear el mundo, comenzó a querer o hacer algo de nuevo; porque aunque el mundo no existía antes realmente, existía en la razón y en el consejo eterno de Dios: et si in re mundus non erat, in aetema tamen ratione et consilio semper erat.

7.º El origen del mal es el defecto o malicia de la voluntad; pues la naturaleza y la voluntad, consideradas en sí mismas, son buenas, como lo son también todas las substancias creadas; el mal, como tal y considerado en sí mismo, no es naturaleza o esencia: malum in seipso natura nulla est.

Por estas breves indicaciones, es fácil reconocer que, aparte de su opinión acerca del constitutivo esencial del hombre y de algunas otras de escasa importancia, la Filosofía de San Isidoro es la Filosofía cristiana expuesta con la extensión y método que permitía la época. Debido a esto y a la influencia y al renombre que adquirió en la Iglesia española, y al influjo de su tratado enciclopédico las Etimologías, el impulso dado a los estudios por el doctor Hispalense contribuyó eficazmente a la conservación y desenvolvimiento de las ciencias humanas y eclesiásticas en la Península ibérica, a pesar de las dificultades de los tiempos. Resultado y expresión de ese movimiento filosófico y científico, fueron las escuelas de Sevilla, de Córdoba, de Zaragoza, de Toledo, de Vich y de otras iglesias, en las que brillaron los Braulios, Ildefonsos, Tajones y Eulogios; en que Gerberto venía a estudiar los secretos de las ciencias naturales, y que prepararon de lejos el camino para el advenimiento de San Raimundo de Peñafort, de Lulio, de Raimundo Martín y de Pedro [106] Hispano, con las decretales del primero, las notables obras filosóficas del segundo, la no menos notable Pugio Fidei de Raimundo Martín, y las Summulae logicales del cuarto.

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{1} He aquí el catálogo que su contemporáneo y discípulo San Braulio nos presenta de sus obras, de las cuales omitiremos las menos importantes: «Edidit libros Diferentiarum duos.–Proaemiorum. –De Ortu et obitu Patrum. –Officiorum, libros duos. –Synonimorum,libros duos. –De Natura rerum. –De nominibus Legis et Evangeliorum. –De Haeresibus. –Sententiarum, libros tres. –Chronicorum a principio mundi usque ad tempus suum, librum unum. – De viris illustribus. –De Origine Gothorum et regno Suevorum, et etiam Vandalorum. –Quaestionum, libros duos. –Ethymologiarum codicem nimia magnitudine, distinctum ab eo titulis, non libris; quem quia rogatu meo fecit, quamvis imperfectum ipse reliquerit, ego in viginti libros divisi.»