φñZeferino GonzálezHistoria de la Filosofía (1886)

tomo segundo:7071727374757677787980Imprima esta página

§ 77. Crítica

Despréndese de las indicaciones que se acaban de hacer, que Occam no se limita a rechazar la concepción más o menos exagerada que algunos de sus antecesores tenían acerca de la potestad pontificia en sus relaciones con la civil, sino que su doctrina entraña el virus pernicioso de la moderna teoría sobre la omnipotencia del Estado, y que la teoría del protegido y amigo de Felipe el Hermoso y Luis de Baviera contiene las semillas del derecho moderno o revolucionario, sentando a la vez las premisas naturales y lógicas del cesarismo avasallador de los derechos legítimos de la Iglesia en nuestros días. Ya dejamos indicado que estas ideas secularizadoras y estas tendencias anticristianas contienen la clave de los elogios que a Occam suelen tributar ciertos historiadores de la Filosofía y muchos críticos racionalistas.

Si desde este terreno político-eclesiástico y jurídico pasamos al terreno propiamente filosófico, vemos que la doctrina de Occam representa igualmente la protesta y rebelión contra el espíritu, las tendencias y la doctrina general de la Filosofía escolástica, considerada en su propia naturaleza y en sus representantes más legítimos. í‰sta, adoptando la solución realista, salva la dignidad de la ciencia, salva su objeto propio, que es lo universal, lo necesario e inmutable, y salva también la certeza científica; Occam destruye todo esto por medio del nominalismo y del escepticismo, [378] caracteres principales de su doctrina. La Filosofía escolástica, al alejarse del escepticismo, rechazaba igualmente el tradicionalismo fideista, defendiendo las fuerzas y derechos de la razón humana, sin atentar por esto contra los derechos de la revelación: Occam, arrastrado por su tendencia escéptica, se refugia en el seno del fideísmo tradicionalista, pero después de haber inferido graves heridas a la razón humana y a la ciencia, rebajando su poderío, sus fuerzas naturales y su legitimidad.

Si el espiritualismo y el teísmo son caracteres fundamentales y universales de la Filosofía escolástica, bien puede decirse que la Filosofía de Occam entraña un fondo incontestable de sensualismo materialista y de ateísmo positivista, si se tienen en cuenta sus indicaciones y afirmaciones acerca del alma humana y acerca de Dios, en cuanto capaces de ser conocidos por la razón y la ciencia. Si consideramos a Occam con abstracción de la fe cristiana que procura conservar; si se fija la atención en su doctrina, prescindiendo de las reservas que le impone la profesión del Cristianismo y de sus dogmas, se verá que su psicología y su teodicea tienen poco que envidiar a la psicología y teodicea de los positivistas contemporáneos, a los cuales da también la mano su teoría acerca de la moralidad variable o contingente de la ley natural, concepción que está muy en armonía con las teorías utilitarias y evolucionistas que han venido y vienen sucediéndose en la historia de la Filosofía del siglo pasado y presente.

En resumen y en realidad, el discípulo de Escoto produjo una gran desviación en la Filosofía escolástica, comunicándole una dirección menos sobria, y, [379] sobre todo, menos cristiana que la que antes tenía. La Filosofía del franciscano inglés representa y entraña, no solamente la degeneración y el falseamiento de la Filosofía escolástica, sino el origen primero, los antecedentes lógicos más o menos latentes de la moderna Filosofía anticristiana, considerada en sus tendencias crítico-escépticas, en sus conclusiones positivistas y ateístas, en su moral utilitaria y variable, en su psicología materialista, en su política secularizadora y cesarista, y hasta en su elemento revolucionario y en su levadura anárquica.

Porque la verdad es que cuando Occam decía y proclamaba en alta voz que era, no solamente lícito, sino obligatorio, resistir y oponerse a las disposiciones y mandatos del Sumo Pontífice; cuando sometía el juicio de éste al juicio de sus inferiores; cuando afirmaba que todos los fieles, ora fuesen príncipes o súbditos, ricos o pobres, simples sabios o prelados, podían y debían erigirse en jueces del Papa y de sus errores, y oponerse y resistir con todas sus fuerzas y por todos los medios, no hacía más que proclamar el principio de insurrección, la tesis revolucionaria y anárquica. Mientras que esta doctrina contra el Papa sirvió para menoscabar su autoridad y sus derechos, los reyes y magistrados, los magnates, los legistas y los políticos la aplaudieron con ambas manos y la llevaron a la práctica. Arrastrados por el orgullo, la ambición de mando, la codicia y la soberbia, no pudieron o no quisieron comprender, no acertaron a prever que sus aplausos y sus empresas contra la autoridad del Papa eran aplausos y empresas contra su propia autoridad y contra toda potestad social. En su imbecilidad e imprevisión, no [380] comprendieron que el grito de guerra lanzado contra el Papa por el cortesano de Luis de Baviera, era a la vez el grito de guerra lanzado contra los reyes. Que si los fieles cristianos tienen derecho para juzgar al Vicario de Jesucristo y rebelarse contra él, con mayor razón podrán los pueblos juzgar a los reyes y rebelarse contra ellos, y quedar rotos los lazos que constituyen y afirman el orden social. En el fondo de la doctrina de Occam sobre esta materia, palpita y resuena la voz de Proudhon, proclamando la anarquía universal: a la palabra del antiguo enemigo de la potestad pontificia, responde como eco y corolario legítimo, aunque lejano, la del autor de las Contradicciones económicas cuando escribe: Je suis anarchiste.