Filosofía en español 
Filosofía en español

cubierta

cubierta y portada

El Congreso de Verona
Guerra de España
Negociaciones
Colonias Españolas

por
el Vizconde de Chateaubriand

 
Tradúcela al castellano
Don Cayetano Cortés

——
Tomo I. Cuaderno I
——

Madrid
Imprenta que fue de Fuentenebro
a cargo de Alejandro Gómez
1839

contraportada

Esta traducción es propiedad del editor, y no puede reimprimirse sin su consentimiento. Se hallará en las librerías de Hurtado, calle de Carretas, y de Sánchez en la de la Concepción Gerónima.

contracubierta

Constará esta obra de ocho cuadernos en 8.º regular, de buen carácter de letra e impresión, que se publicarán sucesivamente sin pagarse nada adelantado: se halla de venta el 1.º en las librerías de Hurtado, calle de Carretas, y de Sánchez en la de la Concepción Gerónima, a 4 reales en papel común y 5 en fino.




Prólogo del traductor

Ocioso sería encarecer el interés e importancia de una obra como esta, tan rica en revelaciones y descubrimientos curiosos acerca de una época de aciaga memoria para nuestra España.

Mil circunstancias recomendaban hace ya tiempo su traducción, y era imposible dilatar más la propagación por toda la Península de una versión castellana que facilitase su conocimiento a todos los españoles. El público acogerá ciertamente con benevolencia una publicación destinada a esparcir la luz y la claridad sobre una cuestión con que están enlazados nuestros más caros intereses.

En ella encontrarán los españoles también muchísimo que aprender: las lecciones que recibirán serán duras, pero útiles; verán lo que la España ha venido a ser después de haber dominado el mundo; verán lo que debe prometerse del interés que aparenten tomar por ella ciertas naciones, y si el destino quiere que algún día levante su frente abatida por la desgracia, estas lecciones no serán perdidas.

La traducción se ha hecho literalmente sin hacer mérito de muchos de los errores y equivocaciones padecidos por Chateaubriand: algunas notas se han puesto, pero se necesitaban miles de ellas para destruir todos los hechos truncados o falsos que establece de continuo o refutar las falsas doctrinas que sienta en varios puntos de su obra. Los hombres de todos los partidos no tendrán seguramente más que una sola voz para repeler las calumnias dirigidas contra la nación española, y un solo corazón para sentir la amargura de ver tratada a su patria como el peor de los pueblos.

[ páginas 1-2 ]



Advertencia

Parece que esta narración del Congreso de Verona y de la Guerra de España ha sido confundida sin motivo con las Memorias que no llegarán a publicarse hasta después de mi muerte; ahora cuento solo lo que puedo contar en vida: cuando muera se sabrá lo demás.

Mi obra presente encierra en ella su prefacio. Bien sabida es mi vida literaria; nunca jamás he hecho alusión a mi vida política, y aquí hablo de ella por primera y última vez: mi ministerio la reasume toda.

Al contar como hombre público el acontecimiento más notable de la Restauración, he tenido que poner en escena a los hombres públicos que estuvieron en comunicación conmigo. Pero nadie tema: solo yo me he sacrificado. Si he conservado en los documentos los encomios que me hacían y que yo no merecía, también he referido todo lo malo que han dicho de mi sin rebajar un quilate. Como estaba escribiendo una historia, he observado respecto de mi persona la imparcialidad del historiador. En resolución, no le doy a todo ello importancia alguna.

Si esta obra tuviera éxito, ocasionaría una revolución en las opiniones formadas sobre una época memorable de nuestros anales. Empresa ardua es ciertamente, y no sé si saldré adelante con ella. Tengo que luchar con el amor propio de muchos, y rara vez confiesa nuestra vanidad que nos hemos equivocado. Será preciso creer que el Congreso de Verona no quiso nunca la guerra, que la empresa de España la requerían los intereses de la Francia, y que el decreto de Andújar fue un yerro político, no obstante de lo humano que parecía, hablando filosóficamente; en fin, será menester creer lo contrario que hasta aquí. ¿Tendré yo la culpa de que sea así? Presentes están las pruebas; nadie podrá negar los documentos auténticos. Yo no me vindico de haber sido el principal motor de la guerra de España. Si acaso he tenido razón una sola vez contra el mayor número, condéneseme; en tal caso habrá que condenar igualmente los hechos.

Ignoro si merece la pena de detenerme a prevenir que al hablar de mí he usado alternativamente los pronombres nos y yo: nos como representante de una opinión, yo cuando me he visto en el caso de salir personalmente a la escena o de dar mi particular parecer. El yo choca por lo orgulloso; el nos es cosa real y un tanto jansenista. Bástame haber advertido esta mezcla de pronombres, quizás se corrijan así mutuamente.

[ páginas 3-4 ]



El Congreso de Verona.

Preliminares.

En un 1822 éramos embajador en Londres y estábamos a punto de pasar al Congreso de Verona como uno de los representantes de la Francia. Mas antes de empezar la relación circunstanciada de la historia de este congreso, de los asuntos que en él se trataron y acontecimientos posteriores, tenemos que echar una mirada hacia lo pasado. Al hablar Mr. de Martignac de la guerra de España, que va a llamar nuestra atención, conoció lo necesario que era establecer algunos antecedentes. Moderado e imparcial admiraba la empresa de 1823 tan desfavorablemente juzgada, a pesar de que tampoco llegó a comprender toda su importancia. El único tomo que ha publicado merece ser leído: es una obra de mucho interés, y escrita con inteligencia en un estilo suave, correcto, elegante y algo melancólico: sus palabras conmueven e interesan cual si fueran los postreros acentos de una voz que no volverá a hablar ya.

[ página 5 ]



I.
La España.

Tratado entre Carlos IV y Bonaparte.– Godoy.– Los príncipes en Bayona.–Murat en Madrid.– Su retrato.– Alzamiento.– Murat y José cambian de corona.

Desde la última mitad del siglo XV hasta principios del XVII la primera nación de Europa fue la España: dio un Nuevo Mundo al universo; sus aventureros fueron todos hombres grandes; sus capitanes llegaron a ser los primeros generales de la tierra; introdujo sus estilos y hasta sus trajes entre las cortes de Europa; reinaba en los Países Bajos por casamiento, en Alemania por elección, en Italia y Portugal por conquista, en Francia por nuestras discordias civiles, y después de haber casado a su monarca con la hija de Enrique VIII, amagó la existencia de la Inglaterra. Vio a nuestros reyes en sus cárceles y a sus soldados en París; su lengua y su genio nos dieron a Corneille. Por último cayó; su célebre infantería acabó en Rocroi a manos del gran Condé; pero la España no dio el último suspiro hasta después que Ana de Austria hubo dado a luz a Luis XIV, que vino a ser la España trasplantada al trono de Francia en un tiempo en que no se ponía el sol en los dominios de Carlos V.

Tristeza da recordar lo que fueron estos dos monarcas a la vista de sus reliquias. Con dolor se le vienen a uno a la memoria estas palabras del gran Bossuet: ¡Oh isla pacífica en que deben acabarse las disputas de dos grandes imperios a quienes sirves de límites! ¡Oh isla para siempre memorable! ¡Oh día augusto en que dos soberbias naciones, enemigas por luengos años y reconciliadas ya, se adelantan precedidas de sus reyes sin intenciones hostiles! ¡Fiestas sagradas, casamiento bienaventurado, velo nupcial, bendición, sacrificio! ¡Dios quiera que pueda yo mezclar hoy vuestras pompas y ceremonias con estas pompas fúnebres, y la cúspide de sus grandezas con los escombros de sus ruinas!

La España quedó sepultada en la Península bajo la dominación de la familia de Luis el Grande hasta los principios de la revolución. Su embajador quiso salvar a Luis XVI y no lo consiguió: Dios llamaba a sí al Mártir, y cuando suena la hora de la transformación de los pueblos, nadie cambia los planes de la Providencia.

Carlos IV fue llamado a la corona en 1778: aparecióse entonces Godoy, ese desconocido a quien hemos visto cultivar melones después de haber tirado un reino por la ventana. De favorito de la reina María Luisa pasó Godoy a serlo del rey Carlos: ni este sabía, lo que era, ni aquel lo que había hecho, motivo para que ambos estuvieran acordes naturalmente. Hay dos modos distintos de menospreciar los imperios, por grandeza o por miseria: el sol alumbraba igualmente a Diocleciano en Salonte, y a Carlos IV en Compiegne.

La España declaró al principio la guerra a la República, y luego ajustó la paz en Basilea. Godoy se apegó desde entonces a los intereses de la Francia: aborreciéronle los españoles y se aficionaron al Príncipe de Asturias que no valía un quilate más.

Un día nos paseábamos en 1807 a orillas del Tajo en los jardines de Aranjuez, y vimos venir a Fernando a caballo y acompañado de don Carlos. ¡Cuán ajeno estaba entonces de prever que aquel peregrino de Tierra Santa contribuiría en algún tiempo a restituirle la corona!

Luego que Bonaparte hubo triunfado en el Norte, volvió los ojos al Mediodía, y para invadir a Portugal que estaba protegido por la Inglaterra se puso de acuerdo con Godoy. Un tratado firmado en Fontainebleau en 29 de octubre de 1806 determinó la marcha de las tropas francesas por el centro de la España, pronunció la deposición de la casa de Braganza, dio una parte de la Lusitania septentrional al rey de Etruria, otra a Carlos IV, y a Godoy el reino de los Algarbes. Junot entró en Portugal el 19 de noviembre de 1807; la familia de Braganza se embarcó el 27, y el águila de Napoleón voló por las orillas de las aguas y las cumbres de las torres que vieron coronar el cadáver de Inés, aparejar a la flota de Vasco de Gama, y que oyeron cantar a la voz de Camoens:

«Já no largo Oceano navegavam.»

La ocupación del Portugal encubría la invasión de la península española. El 24 de diciembre del mismo año entró en Irún el segundo cuerpo del ejército francés. Creció el odio que el pueblo tenía al Príncipe de la Paz y quísose poner al Príncipe de Asturias sobre el trono de su padre. El Príncipe fue preso, lo confesó todo ruinmente, y Murat, general en jefe, avanzó sobre Madrid.

La población de la Corte se levantó a los gritos de «¡Viva el Príncipe de Asturias! ¡Muera Godoy!» Carlos IV abdica, el Príncipe de la Paz cae preso y le salva el nuevo rey Fernando VII. Napoleón fingió enojarse de la violencia hecha al anciano monarca, y acabó ofreciendo su mediación entre el padre y el hijo. Carlos fue llamado a Bayona y Godoy salió de España con la protección de Murat. Fernando acudió igualmente a la reunión a pesar de su desconfianza y de la oposición de su pueblo.

Esta escena de la Italia de la edad media parecía inspirada por Maquiavelo; singular genio que como todos los hombres ilustres por su talento y ruines de corazón, decía grandes cosas y las hacía pequeñas.

La pieza habría sido asombrosa si hubiese merecido la pena de ser representada. Pero ¿sobre qué giraba su asunto? ¿Quiénes eran los actores? Sobre un reino medio invadido; Carlos IV y Fernando VII. Hacer que Carlos recobrase la corona de su hijo para abdicarla otra vez en el soberano que le placiese nombrar al conquistador, era representar un drama por el mero gusto de ponerle en escena. Cuando se tiene poder para todo y no hay público a quien engañar, no es menester salir a las tablas ni disfrazarse de histrión: la intriga le cae muy mal a la fuerza. Napoleón no corría peligro alguno, podía ser abiertamente injusto, y tanto le habría montado robar la España como admitirla.

Carlos IV, la Reina y el Valido se encaminaron a Marsella con la promesa de una pensión y unos cuantos músicos andrajosos; los infantes se fueron a Valenzay.

Fernando que se había vuelto a achicar más para ocupar menos espacio dentro de su calabozo pidió inútilmente la mano de una parienta de Napoleón. Privados los españoles de su monarca quedaron en libertad; y habiendo cometido Bonaparte la falta de apresar a un rey, se encontró cara a cara con un pueblo.

La península estaba a la sazón sojuzgada por dos partidos: el primero arrastraba tras sí a todo el pueblo de las campiñas, contaba con el apoyo de los curas, y estaba unido como el bronce merced a su fe religiosa y política; componíase el segundo de los liberales, gente tenida por más ilustrada, pero también por igual razón menos petrificada por las preocupaciones, o fortalecida por la virtud; el contacto de los extranjeros en las ciudades marítimas le había comunicado nuestros vicios y los principios de la revolución.

Otra fracción aislada había además de estos dos partidos: el egoísmo había encadenado al carro de Napoleón a algunos serviles admiradores de sus glorias; nosotros les hemos conocido desterrados bajo el nombre de afrancesados: los españoles llamaban en otro tiempo Angevines a los napolitanos apegados a la Francia.

La mortandad ejecutada el 2 de mayo en Madrid dio principio al alzamiento general. Murat tuvo la desgracia de ver estas conmociones: este valiente jefe de Napoleón tenía algo del rey Agramante, y volaba a la carga con un aliento y placer delirante, cual si fuera montado en el Hipogrifo.

Pero vana fue toda su valentía: los bosques se erizaron de lanzas y hasta las piedras se volvieron enemigos. Las represalias no servían de nada, porque en aquella tierra estas son una cosa natural. La batalla de Bailén, la defensa de Gerona y de Ciudad Rodrigo anunciaron la resurrección de un pueblo que solo había sido mirado como un montón de mendigos. La Romana volvió a España con sus regimientos desde lo interior del Báltico, cual los Francos escapados del mar Negro desembarcaron triunfantes en otro tiempo en las bocas del Rin. Nosotros los vencedores de los mejores soldados de Europa derramábamos la sangre de los frailes con la impía rabia que las zumbas de Voltaire y el ateo frenesí del terror habían inspirado a la Francia. Empero las milicias del claustro fueron las que contuvieron los triunfos de nuestros veteranos: estos no esperaban ciertamente habérselas con aquellos hombres con hábitos que, montados sobre las vigas abrasadas de los edificios de Zaragoza como dragones de fuego, cargaban sus escopetas entre las llamas al son de los bandolines y entre el canto del Bolero y el Requiem de la misa de difuntos{1}. Las ruinas de Zaragoza les aplaudieron.

Napoleón llamó al gran duque de Berg y acordó verificar un pequeño cambio entre su hermano José y su cuñado Joaquín: tomó la corona de Nápoles de la cabeza del primero y púsola sobre las sienes del segundo, quien cedió a aquel la corona de España. Bonaparte encasquetó de un golpe ambas coronas sobre la frente de los dos nuevos reyes, y fuéronse cada uno por su parte cual dos reclutas que cambian de morrión por orden de su cabo.

[ páginas 6-12 ]



II.
Carácter de los españoles.

Cuando se habla ahora de España, cométese un error gravísimo en querer juzgar a esta nación por las ideas que se tienen de los demás pueblos civilizados. Napoleón participó de la equivocación general: creyó que vencería a la Iberia como a la Germania por la seducción y la violencia, y se engañó.

Los españoles son los árabes del cristianismo, y tienen un no sé qué de silvestre e inesperado en su carácter. La sangre confundida del cántabro, del cartaginés, del romano, del vándalo y del moro que corre por sus venas, no circula como la de los demás. Son a la par activos, graves y perezosos. «Todas las naciones perezosas, dice hablando de ellos el autor del Espíritu de las Leyes, son graves, porque los que no trabajan se tienen por dueños de los que trabajan.»

Los españoles que tienen un grandísimo concepto de sí mismos, no forman las mismas ideas que nosotros sobre lo bueno y lo malo. Un pastor transpirenaico goza del individualismo más absoluto.

En aquel país la independencia es contraria a la libertad. ¿Qué le importan los derechos políticos a un hombre que no se cuida de ellos y cuya vida está encerrada en este refrán: Oveja de casta, pasto de gracia, e hijo de casa ; a un hombre que, armado con su escopeta y seguido de sus carneros como el beduino, no necesita más que una bellota, un higo y una aceituna para vivir? Bástale tener a las manos algún viajero enemigo que mandar con Dios al otro mundo, y una zagala pobre e hija de un padre anciano en quien poner su amor. Padre viejo y manga rota no es deshonra. El majo vestido de seda del Guadalquivir con el cayado por lanza y su cabello sujeto en una redecilla, no hace nunca distinción entre las cosas y las personas y resuelve todas las diferencias con este dilema: Mata o muere.

Este carácter está grabado tan profundamente en la raza ibérica, que la parte moderna de la población conserva su primitivo genio entre las nuevas ideas que ha recibido. ¿Quién hubiera creído que los españoles degollasen frailes? Esto es lo que están haciendo sin remordimiento ni conmiseración los liberales. Empero la autoridad de los religiosos era ya antigua en la Península; esta autoridad no se fundaba solo en la fe de los pueblos, sino que tenía también un principio político. Desde el año 852 los mártires de Córdoba Aurelio, Juan, Félix, Jorge, Marcial y Rogerio, pasados a cuchillo o ahogados en el Betis, se sacrificaron no tanto por el triunfo de la religión cristiana como por la libertad nacional.

Los frailes combatieron con el Cid y entraron con Fernando en Granada, y a pesar de esto son asesinados. ¿Y por qué? Porque cierto partido les ha cobrado un odio injusto, desagradecido y ajeno del país. Pero matar en España es una cosa natural, ora se ame, ora se aborrezca: cada cual se promete alcanzarlo todo por este medio. Los aventureros que con espada en mano y el agua hasta la cintura se adelantaban a tomar posesión del Océano Pacífico habían resuelto añadir la América a sus desiertos; un español ansiaba el imperio del universo, pero despoblado, y aspiraba a reinar en un mundo vacío, como su Dios sentado pacíficamente en las soledades de la eternidad.

Por un contraste maravilloso reúnen a este carácter indómito una naturaleza apática, floja y jactanciosa sobremanera. Cuando una horda alcanza un triunfo durante la guerra civil, no se crea que en seguida va a perseguir al enemigo. Nada menos que eso: se detiene y permanece en el mismo sitio echando baladronadas, celebrando la victoria, tocando la guitarra y calentándose al sol. El vencido se retira sosegadamente y hace lo mismo que el vencedor cuando llega a triunfar. Así se suceden unos a otros los encuentros sin ningún resultado. Si los combatientes no toman hoy esta ciudad, la tomarán mañana, pasado mañana, dentro de diez años o nunca. ¿Qué se les da a ellos? Los hidalgos dicen que tardaron seiscientos años en echar a los moros.

Admiran sobrado su longanimidad; esta paciencia transmitida de generación en generación acaba por ser solo un escudo de familia que a nadie resguarda, y no les sirve más que para engalanarse con ella. La España decrépita se cree siempre invulnerable como el antiguo solitario del convento de San Martín entre Sagunto y Cartagena; según Gregorio de Tours, los soldados del rey Leovigildo encontraron abandonado el monasterio a excepción del abad muy encorvado de vejez, pero muy derecho en virtud y santidad. Un soldado quiso cortarle la cabeza, pero cayó derribado y murió en el sitio.

Los hombres políticos de esta nación participan de las faltas de sus guerreros: en las circunstancias más críticas piensan en medidas insignificantes, pronuncian oraciones pueriles, lo hacen todo trizas en sus arengas y luego no ejecutan la más pequeña cosa. ¿Dependerá esto de que sean estúpidos o cobardes? No, solo son españoles: no comprenden las cosas como los demás, y todo lo ven de diferente modo; dejan que el tiempo desate la trama que no tienen prisa por ver acabada, y trasmiten la vida a sus hijos sin pena ni pusilanimidad. El hijo se conduce por su parte de la propia manera que el padre: dentro de algunos centenares de años se acabará con júbilo de los vivos el suceso que les legaron los muertos y que en otro pueblo cualquiera no habría durado arriba de ocho días.

Y si en los disturbios de estos tiempos obran las masas guiadas al parecer por principios menos individuales, esto no prueba sino que el espíritu general del siglo empieza a desgastar su carácter particular, pero está lejos de haberle destruido notablemente. Esos acontecimientos que hacen tanto ruido a lo lejos son acogidos con indiferencia por la muchedumbre. Cuando empieza la bullanga o llega la facción, cada cual cierra su puerta o la deja pasar como un nublado de langosta. Nadie está allí por nadie: don Carlos no puede tomar una ciudad, ni Cristina mandar en las campiñas. Además que los españoles han guerreado en todos tiempos por reyes competidores; acabada la guerra, todos vuelven sin haber cambiado nada a la obediencia o más bien a su vida habitual; y esta es más duradera que en otras naciones a causa del aislamiento de las poblaciones campestres y de un comercio vagabundo hecho por una especie de caravanas por en medio de llanuras desiertas y montañas inhabitadas.

[ páginas 12-16 ]



III.
Antiguas leyes políticas de España.

Al leer esta pintura pudiera creerse que los españoles no han conocido nunca la libertad política; es un error, la España no ha hecho más que perder el uso de ella por haber predominado un elemento superior.

Diez y seis concilios nacionales formaron el cuerpo de los Estamentos desde Recaredo a Rodrigo, y sus leyes recibían la sanción de los jueces de las ciudades y del consentimiento del pueblo. El rey, electivo entre la raza pura de los godos, juraba cumplir sus deberes. El juicio por par o jurado hacía parte del derecho fundamental y las actas del concilio de Toledo fueron la base de las Institutas.

Los visigodos habían dejado a sus súbditos romano-españoles la facultad de vivir sujetos a sus antiguas leyes civiles y municipales, de manera que conservaron la organización del cabildo romano. Las guerras intestinas que privaban al vencido del derecho de gentes reconocido entonces no eran tan frecuentes allí como en otras partes, siendo menos general también la servidumbre de las personas: los señores no tuvieron los privilegios que en Francia o Italia lograron con la espada; la feudalidad no fue o fue muy poco conocida, según ha observado muy oportunamente Montesquieu. Efectivamente, el pueblo fue pastor, labrador, arrendador, pero no vasallo; las leyes de policía de los moros acertaron a estar acordes con las de los romanos, y los compañeros de Muza introdujeron con sus costumbres en el país esa independencia salvaje del árabe que ha quedado impresa en el corazón de la España cristiana.

Las trabas que se pusieron sucesivamente al poder de los reyes de España eran grandísimas. Bien conocidos son los estados generales de Aragón; Felipe II les quitó sus mayores privilegios, mas no se atrevió a tocar al estatuto que prohibía sacar contribuciones sin el consentimiento de las Cortes. La Navarra, las Vizcayas, Cataluña y Valencia gozaban también franquicias; Castilla se defendía de otro modo, pues tenía un consejo imperioso y se había posesionado de la autoridad. A pesar de la protección que sus libertades daban al aragonés, a nada podía sin embargo aspirar mientras no poseyese bienes en la corona de Castilla. El marqués de Denia tuvo que tomar el nombre castellano de duque de Lerma, y el marqués de Castel-Rodrigo se vio obligado a trasladar su crédito y favor a su amigo el conde de Olivares.

Las primeras Cortes a que concurrieron los diputados del estado llano fueron las de León en 1118; esta fecha prueba que los españoles estaban a la cabeza de la emancipación de los pueblos.

Cansados poco a poco los ciudadanos fueron dejando que el soberano pagase sus mandatarios y señalara las ciudades que debían tener diputación. Doce obtuvieron nada más este derecho. El tirano Carlos V, unido naturalmente con su colega ese otro tirano llamado pueblo, aumentó hasta veinte el número de ciudades representadas; pero al mismo tiempo separó para siempre de las Cortes a la nobleza y al clero en las de 1538.

Libres los reyes ya del yugo de las Cortes, viéronse obligados a vivir sujetos a otros cuerpos; los consejos y sus consultas gobernaron en adelante la monarquía. Las dignidades del consejo eran tan envidiadas que los virreyes de Nápoles y Sicilia, los gobernadores de Flandes y Milán las pretendían, y todos los privados, el mismo duque de Olivares, se veían obligados a guardar con él contemplaciones.

Vese, pues, que la España había conocido la forma representativa: si la libertad individual triunfó de la libertad común, no obstante de que esta sirvió para cimentar aquella; si el genio árabe ha prevalecido, ¿de qué podían servir los esfuerzos hechos para introducir en España la libertad parlanchina de una asamblea deliberante? Y cuando se daba a entender que solo se quería restablecer las Cortes, ¿no es singularísimo que, en vez de seguir las huellas de las costumbres nacionales, se fuese a desenterrar un modelo extranjero y desechado además ya por la propia Francia? Esto es sin embargo lo que ha sucedido.

Si pudiera explicarse semejante anomalía, encontraríamos la causa en la larga paz que siguió al tratado de Basilea, por cuyo medio entró la península en estrechas relaciones con la república en una época en que los demás europeos estaban desterrados de París. Entonces hubo muchos vasallos de Carlos IV entre nuestros más ardientes jacobinos. El español gusta de espectáculos sangrientos, y los rayos de nuestras victorias exteriores iban a reflejarse en la jactancia y vanidad de su condición.

[ páginas 17-20 ]



IV.

La regencia constitucional convoca en Cádiz Cortes generales.– Cortes de Cádiz.– Constitución: sus faltas: descontenta a todos los partidos.

Después del alzamiento de Madrid y la instalación de José se formaron juntas en las provincias, movidas por un común interés, pero que obraban con diversos medios. No tardó en llegarse a conocer la necesidad de un gobierno central, y treinta y cuatro diputados se constituyeron en regencia en Aranjuez. La España tantas veces asolada ha sido siempre funesta a los conquistadores: César combatió en ella por su vida; y Napoleón, que era el correo del universo, tuvo que volverse a caballo como un oscuro postillón. Después de varios altercados los diputados se retiraron a Sevilla en 1808, la misma ciudad en que Las Casas dio principio a su misericordiosa vida. La regencia convocó Cortes generales que no tuvieron tiempo para reunirse. Llegados los soldados franceses a la cumbre de Sierra Morena presentaron espontáneamente las armas al ver el valle del Guadalquivir; esto da la mejor idea de la hermosura de Andalucía: lo propio sucedió en Egipto donde nuestros batallones se detuvieron y saludaron con sus aplausos a los mudos monumentos de la olvidada Tebas. Violose el secreto de los palacios de los moros ya convertidos en claustros; despojadas las iglesias, perdieron las obras maestras de Velázquez y de Murillo; llevámonos hasta parte de los huesos de Rodrigo: era tanta la gloria adquirida, que no temíamos levantar contra nosotros a los manes del Cid y la sombra de Condé. La regencia abandonó a Sevilla y se refugió en la isla de León. El 24 de setiembre de 1810 se juntaron las Cortes generales convocadas sin condición alguna de elegibilidad, y de allí a poco se establecieron en Cádiz.

Cádiz, emporio del Orbe, mercado del universo en que todo se compra y vende, convenía por su situación aislada a la meditación de los más encumbrados proyectos. En él reinó Tarsis, y los sueños eran allí proféticos; César soñó, por ejemplo, que abusaba de su madre, lo cual quería decir, según Suetonio, que hacía violencia a su patria. La libertad iba a reposar en Cádiz al lado del primer Hércules. Sobre la calzada de esta ciudad tenida por milagrosa, hemos contemplado una de sus seis maravillas, al lucero del día, tres veces mayor que de ordinario, que se hundía en medio del Océano aumentando su sosiego, inmensidad y esplendor. Pero aquellos brillantes cuentos de lo pasado, aquella suntuosidad de la naturaleza, no inspiran más que sentimientos al corazón y no son ya propios del siglo. El recuerdo de los galeones, el antiguo depósito de los pesos duros de América, las ideas mercantiles, nuestras pasiones políticas eran las solas cosas que animaban a las facciones encerradas en la isla de León; aquella tierra llamada Campos Elíseos se trasformó en Tártaro. Las Cortes no ofrecieron la majestad de una asamblea encargada de la suerte de la especie humana encerrada entre las dos más pujantes barreras del mundo, Bonaparte y el Océano.

Las sesiones de las Cortes fueron una parodia de las de nuestras asambleas revolucionarias en que nunca dominaba el gran principio nacional. Las Cortes hormigueaban en liberales. No hubo medida que allí no se propusiera: proscripciones, ruinas, asesinatos. Varios curas renegados se ofrecieron por verdugos; su vocación era la misma en el cielo y en la tierra. No ha habido jamás causa sublime que se haya desacreditado tanto. En vano se dejó oír la voz moderada de Argüelles; su elocuencia no era atendida a pesar de que la llamaban divina. En Cádiz, dice el padre Gerónimo, se habla con gracia, gravedad, energía y sin acento.

El acta de la Constitución de Cádiz fue publicada el 19 de marzo de 1812; proclama el principio de la soberanía del pueblo, declara inviolable al rey, y a la religión católica la única religión del estado; la Constitución no puede ser revisada sino por el concurso de tres legislaturas sucesivas en virtud de un decreto no sometido a la sanción real. Los demás artículos son fatales: no hay más que una sola cámara; los militares tienen el derecho de examinar su particular fuero; el rey no tiene la sanción absoluta; los funcionarios públicos son nombrados por las Cortes, &c. &c.

La base del pacto era falsa; la absoluta soberanía no reside en el pueblo ni en el rey que abusan igualmente de ella, y no pertenece más que a Dios, y al genio que es su delegado.

La movilidad de las cosas humanas ha llamado la atención de todos los pueblos, y para hacer más duraderas sus instituciones procuraron buscar fuera del mundo un punto de apoyo; todos ellos las han afianzado en el altar, realistas o republicanos; todos se han dado priesa a llamar sagrado a su principio. Pero ¿de qué les ha valido declarar inviolable la corona o la libertad cuando ambas a dos son violadas a cada paso? Esta instabilidad es el motivo de que tanto entre los antiguos como entre los modernos haya el legislador acudido al derecho divino, el cual escusa, ya que no justifica, el abuso que de él se ha hecho al entregar el poder de Dios a discreción de la débil cabeza y del borrascoso corazón del hombre.

A todos descontentó la Constitución de Cádiz: sometiéronse empero a ella por necesidad, del mismo modo que el ejército de Wellington servía de centro a las guerrillas de Iberia. A pesar de lo que los españoles detestan a los extranjeros, nunca han desplegado sus admirables prendas sino cuando han estado confundidos con ellos, y si impusieron su yugo a la Europa fue formando una sola y misma nación con los pueblos del Franco-Condado y de parte de Borgoña y de los Países Bajos.

La muchedumbre del pueblo consintió al principio en las Cortes generales con el objeto de resguardarse de los ataques de la Francia; los frailes se batieron tomando la voz de los hombres que los despreciaban, desposeían y asesinaban: los frailes se ponen casi siempre de parte de la libertad aun cuando se vean proscriptos, porque son el antiguo pueblo vestido con hábitos. Los realistas vertieron su sangre de orden de los jacobinos. En resolución, todos los esfuerzos intentados por la independencia nacional, parecieron hechos por la libertad reputada política. Cuando la España se vio libre, no quedó de sus maravillosos esfuerzos más que una Constitución desconcertada: todos la contemplaron atónitos, y al ver aquel vacilante edificio decía cada cual para sí: «¡Cómo! ¡He levantado yo esa obra!»

[ páginas 20-24 ]



V.

Bonaparte pone en libertad a Fernando.– Decreto de Valencia.– Las Cortes constituyentes son disueltas.– Falta Fernando a su palabra.– Castigos.– Álzase el ejército de la isla de León.– Riego.– Alboroto de Madrid.– Decreto de Fernando restableciendo la Constitución de Cádiz.

Era llegada la hora: Bonaparte abrió las cárceles en que iba a encerrar a la tierra con una mano de que Dios había ya retirado la fuerza, y puso en libertad a Fernando. Este entró en España en medio de las bendiciones y festejos de sus vasallos. Un decreto de las Cortes de Cádiz le intimó que aceptase la Constitución de 1812 y le prestase juramento; señalose el itinerario que había de seguir el rey, libre ya de la cárcel, mas no excluido de la corona; fijáronle los pueblos en que había de hacer noche, y hasta le dictaron las palabras que debía de pronunciar. Fernando no hizo caso de esta prevención que 24 horas antes hubiera sido una orden; cada hora tiene su momento de vigor o de flaqueza. El Monarca llegó a Valencia. El nuevo ejército y su nación toda le invitaron a que reinase como habían reinado sus abuelos, y una minoría de las Cortes compuesta de 69 diputados le suplicó que aboliera el pacto constitucional, cuya protesta fue llamada Representación de los Persas. El 4 de mayo de 1814 dio Fernando VII el decreto de Valencia. En él recuerda todo lo ocurrido, las imposibilidades de la Constitución, y luego hace esta declaración solemne:

«Aborrezco y detesto el despotismo: ni las luces ni la cultura de la Europa lo sufren ya, ni en España fueron déspotas jamás sus reyes, ni sus buenas leyes y Constitución lo han autorizado…

Todavía para precaver los (abusos) cuanto sea dado a la previsión humana… Yo trataré con los procuradores de España y de las Indias, y en Cortes legítimamente congregadas, compuestas de unos y otros, se establecerá sólida y legítimamente cuanto convenga al bien de mis reinos.

…Se pondrá mano en preparar y arreglar lo que parezca mejor para la reunión de estas Cortes… La libertad y seguridad individual y real quedarán firmemente aseguradas por medio de leyes que afianzando la pública tranquilidad y el orden, dejen a todos la saludable libertad que distingue a un gobierno moderado de un gobierno arbitrario y déspota. De esta libertad gozarán también todos para comunicar por medio de la imprenta sus ideas y pensamientos, dentro, a saber, de aquellos límites que la sana razón prescribe sana e independientemente a todos para que no degenere en licencia.»

Las Cortes Constituyentes se resistieron y apelaron a la fuerza; pero esta madre e hija del triunfo se les rio en los hocicos: huyeron, y Fernando entró en Madrid hecho rey neto.

El rey neto faltó al punto a su palabra sentenciando a los conservadores de su trono al destierro, a los calabozos y a los presidios. El ejército no fue pagado, y las colonias acabaron de emanciparse. Una camarilla recompuso y pintó de nuevo el antiguo cetro, creyendo poder servir de escudo a un trono que ya no estaba resguardado por las naves de Burgos, Toledo y Córdoba. Empezaron las conspiraciones: Porlier en Galicia y Lacy en Cataluña tomaron las armas; en la guerra de la Independencia habían derramado su sangre por el rey, y luego murieron en el cadalso por su voluntad. No haremos mención de los suplicios de Madrid y Valencia, donde también fueron ahorcados algunos plebeyos fieles, pero libres.

El ejército que debía ir a reconquistar las colonias se reunía en la isla de León. Los oficiales se contaban sus antiguos peligros y lo estériles que habían sido sus padecimientos. La queja es la voz de la trama: los conspira dores pusieron a su frente a O’Donnell, conde del Abisbal, general en jefe de la expedición que se preparaba, el cual los vendió o dejó penetrar el secreto.

Renovose el frustrado plan. López Baños, Arco-Agüero, San Miguel, Quiroga y Riego juraron restablecer la Constitución de Cádiz. Riego tomó las armas el 1.º de enero de 1820, y después de arrestar al general Calderón, sucesor del Abisbal, se unió con Quiroga, comandante de otro batallón, y ambos vieron estrellarse los amagos que hicieron contra Cádiz.

Entre tanto se extendió la alarma por Madrid. El general Freyre acudió con 13.000 hombres para batir a los 10.000 insurgentes. Empezaron los parlamentos. Riego salió con San Miguel de la isla de León a la cabeza de una columna; corrió toda la Andalucía, entró en Algeciras, Málaga, Ronda y Córdoba; en todas partes fue bien recibido, pero olvidado con presteza. Abandonado de sus tropas se escondió en las montañas célebres por la penitencia del caballero a quien dio vida el donaire y chiste de un genio privilegiado, héroe más grande y loco que Riego. Este fue un capitán desgraciado y no encontró la sociedad nueva que iba buscando al través de las borrascas; Cristóbal Colon duerme sosegado en Sevilla después de haber descubierto un mundo.

El movimiento de la isla de León lejos de apagarse, se propagó por toda la península. Agar levantó la Coruña, Garay a Zaragoza y Mina la Navarra.

Enviose a restablecer el orden entre las tropas amotinadas al conde del Abisbal que estaba retirado en Madrid como sospechoso, y este se reunió cerca de Ocaña con su hermano que proclamó la Constitución. Al momento se alborotaron los soldados en la Puerta del Sol y el rey se somete. Un decreto refrendado por el marqués de Mataflorida anuncia que no queda restablecido el pacto de Cádiz; pero que se iban a convocar Cortes. La cédula real es hecha pedazos y vuelve a colocarse la lápida de la Constitución echada abajo en 1814. Por fin el 7 se publicó este decreto definitivo de Fernando.

«Habiéndose declarado la voluntad del pueblo, me he decidido a jurar la Constitución promulgada por las Cortes generales y extraordinarias en el año de 1812.»

De este modo fue coronada la tiranía por una cobardía vana, y la mala fe por el perjurio.

Abiertas las cárceles dieron salida a los nuevos ministros: Argüelles lo fue de la Gobernación, García Herreros de Justicia, Canga Argüelles de Hacienda; llamose también a Pérez de Castro y a D. Antonio Porcel. Todos eran más o menos del partido de las Cortes de Cádiz; pero amaestrados por el tiempo, quisieron, como nuestros antiguos revolucionarios, contener el empuje de las ideas y no lo lograron: todos los hombres se alucinan con la propia ilusión.

Con este ministerio estaba la junta suprema mientras se reunían las Cortes, al modo que la municipalidad de París subsistió a la par que la Convención. Abriéronse varios clubs, y no contento el ejército de León con los premios y grados que había recibido por el buen éxito de una batalla solo en su favor ganada, quiso tener influencia en los negocios públicos. Las opiniones de Europa estaban divididas: la Inglaterra felicitó a Fernando de la aceptación que había hecho de la Constitución; la Rusia declaró perdida la monarquía; la Prusia y el Austria se explicaron con ambigüedad; y la Francia invitó al gobierno por conducto del duque de Laval a ponerse de acuerdo con los poderes. Mr. de la Tour du Pin, enviado en Madrid, medió entre el rey y los españoles más notables para ver de modificar el acta constituyente. La Gran Bretaña que solo atiende a sus intereses materiales y se cuida poquísimo de la felicidad de los otros pueblos, se imaginó que íbamos a adquirir una gran preponderancia en el gabinete de Madrid, y contrarió nuestros saludables consejos.

La Francia cumplió con su deber; no felicitó al rey de España ni se negó a recibir las comunicaciones oficiales; y si manifestó temores, también procuró envolverlos con esperanzas. Pero fueron inútiles los esfuerzos benévolos que hicimos para contener el mal de nuestros vecinos: los oradores estaban declamando continuamente contra nosotros en el café de Lorencini.

[ páginas 24-29 ]



VI.

Primera legislatura de las Cortes.– Dos principios de revolución.– Riego.– El Trágala.

El 9 de julio de 1820 fue el día señalado para la apertura de la primera sesión de las Cortes en que el rey debía renovar su juramento. Por la noche hubo una especie de alboroto en palacio. Habló el Rey y respondió el arzobispo electo de Sevilla: moderación de ceremonia que en la época de nuestra revolución solía preceder pocas horas a los desórdenes.

Componían la mayoría de las Cortes los antiguos revolucionarios de Cádiz, cuyos jefes eran Toreno y Calatrava. El conde de Toreno no se había criado en la cueva de Covadonga con Favila y Hermesindo, pero era compatriota de Campomanes y Jovellanos. Pasaba por escritor de nota, pintábanle como orador claro y conciso brevi loquentia, y había viajado. Los españoles que ven tierras, dice Duval, sacan mucho provecho de sus viajes, y la mayor parte llegan a ser muy buenos sujetos y útiles para cualquiera cosa. Con Toreno estaba Martínez de la Rosa, hijo del Genil, genio venturoso de una vega parecida al valle de Lacedemonia.

La minoría estaba compuesta de los alistados recientemente en las filas de los partidarios de las teorías revolucionarias, partido más violento, porque como más joven no estaba tan desengañado. Despedida y echada a la calle la revolución, asistía a las sesiones en las tribunas desnuda y con los brazos cruzados.

Los afrancesados y los persas fueron todos indultados, aunque con dificultad, a excepción del marqués de Mataflorida refugiado en Francia. Separáronse los atrasos de los gastos corrientes, y a estos fueron aplicadas las rentas del Estado. Consumada la bancarrota y contraído un empréstito se restablecieron algunas contribuciones creadas por José; el diezmo eclesiástico se convirtió en carga civil, pero el pueblo rehusó pagar al hombre lo que daba con gusto a Dios. Echose abajo lo que quedaba aún del edificio de la antigua monarquía con unas cuantas leyes del momento, y para coronar la obra se estableció por una ley que era un deber la desobediencia del soldado siempre que recibiese órdenes contrarias a la Constitución.

Si las revoluciones fueron en otro tiempo reprimidas, debiose a que generalmente las promovían las pasiones y no las ideas: la pasión muere como el cuerpo, y la idea vive como la inteligencia de que dimana, y este es motivo de que puedan sujetarse las primeras y nunca contenerse las segundas. La idea revolucionaria predicada por nosotros en 1789 se refugió a España después que se hubo extendido por Europa y América. Pusiéronse en ella a copiar servilmente todos nuestros antiguos hechos, nuestros clubs, nuestras mociones, nuestros asesinatos y nuestros trastornos. Empero notábase entre ambos países una capital diferencia: en Francia había hecho el pueblo todo lo que el ejército ejecutó en España, vicio que bastaría por sí solo para que no pudiesen establecerse en esta nación con solidez las libertades políticas. La Península es una especie de imperio romano en que las revoluciones se reducen a alborotos de pretorianos y a elecciones legionarias. Si fuera posible arrancar tales tapadizos, entonces se vería bajo de ellos a la verdadera España.

El ejército de la isla de León continuaba existiendo; el gobierno decretó su disolución, y fue licenciado después de algunos síntomas de resistencia. Riego fue nombrado comandante general de Galicia y se vino a Madrid. Al salir de una comida se encamina al teatro donde le reciben con aclamaciones; pónese en pie, entona el Trágala, es destituido de resultas y ciérrase el club de Lorencini: los jacobinos hicieron alto entre la Greve y la plaza de la Revolución. Pero espantados los ministros de su triunfo, volvieron atrás y deshicieron el camino andado.

[ páginas 30-32 ]



VII.

El Escorial.– Víctor Sáez.– Procesión revolucionaria bajo los balcones de Fernando.– Los Comuneros propagandistas.– La Constitución de Cádiz proclamada en Nápoles.

El Escorial es un monumento grave, espacioso cuartel de cenobitas edificado por Felipe en figura de unas parrillas y en memoria de uno de nuestros desastres; hay en él varios sepulcros de reyes llenos o vacíos, una biblioteca sin gente que lea, y algunas obras maestras de Rafael pudriéndose en una sacristía abandonada: sus mil ciento cuarenta ventanas, cuyas tres cuartas partes están rotas, se abren sobre los espacios vacíos del cielo y de la tierra. El mundo y la soledad solían juntarse allí en otro tiempo representados por una corte y doscientos monjes. Cerca de este temeroso edificio que parece la inquisición refugiada en el desierto, hay un bosque muy enmarañado y una aldea abandonada. Versalles no tenía tampoco habitantes en lo antiguo sino durante la momentánea estancia de los reyes; hemos visto al zorzal silvestre posarse en sus descubiertos techos.

Encerrose Fernando en aquel retiro de Jerónimos para prepararse a hacer una salida contra la sociedad; pero escondido bajo aquellas santas y melancólicas bóvedas, faltábanle la altura, el aspecto severo, la experiencia silenciosa y la invencible creencia de aquellas pilastras sagradas y austeras columnas: ermitaños de piedra que sostenían a la religión sobre sus cabezas. Un muerto resucitado como él no podía desde el ataúd extender sus brazos de polvo hacia el porvenir. Para nada servía la impotente camarilla de que estaba rodeado; el tiempo se había abierto camino hasta el pie de las antiguas instituciones, y sabido es que Honorio se hallaba en medio de sus imbéciles eunucos cuando Alarico estaba ya acampado bajo los muros de Rávena. En vez de tomar una de aquellas grandes medidas que revelan un particular carácter, Fernando, que era hombre de antiguos deseos, pero de costumbres nuevas, dio orden al general Carvajal para que sucediese en el mando a D. Gaspar Vigodet, comandante general de la provincia de Madrid. Cuando Mario estaba detenido a las puertas de Roma no pensaba entonces en deposiciones. El insípido remedio que tan excelente creían en el Escorial no hizo sino empeorar los males: la diputación permanente se puso furiosa, volvieron a abrirse los clubs, llegose a hablar de la deposición del rey y le mandaron volver a Madrid. El Monarca obedeció, despidió a su mayordomo mayor el conde de Miranda, y apartó de sí a su confesor D. Víctor Sáez. Este Sáez tenía capacidad; pero había hablado en voz baja a la rejilla del tribunal de la penitencia sin saber que el foro es hoy el confesionario de las naciones. Además tuvo la desgracia de promover la restauración del culto por los mismos medios que le hicieron nacer. Equivocó las Tebaidas, y confundió aquella en que había ya morado la religión con la otra a que no era llegada todavía: la primera es una soledad adúltera que se ha vuelto estéril, infecunda e impenetrable al rocío; las plantas se marchitan en su superficie, y el grano se pudre en su seno: la segunda es una soledad virgen y fecunda cuyas arenas producen flores, y cuyas aves llevan en el pico la hostia consagrada. El desierto no es el mismo antes que después de la Fe.

Vuelto a Madrid Fernando con la reina que estaba enferma, sus hermanos y cuñadas, se vio obligado a asomarse a los balcones de palacio. La gente estaba reunida y empezó a desfilar una procesión. Luis XVI fue visto entrar en París rodeado de furias y precedido de las cabezas cortadas de sus guardias: igual era la escena que a la vista de este otro Borbón se representaba con la diferencia de ser castellanas las decoraciones. Salieron un hombre, una mujer y un clérigo conducidos en hombros de los que les rodeaban, y presentando al rey el libro de la Constitución, le retiran, le besan y empiezan a representarle. Los alborotadores levantan luego un niño en los aires; era el hijo de Lacy, vengador muy tierno todavía, pero larva viva e implacable ya

Mientras duraba la procesión, estaban, detrás del rey sus criados asustados, su familia abatida y la reina desmayada, calamidad tan común, que nadie hace ya alto en ella. Habíase creído Fernando, uno de aquellos déspotas invencibles, que vestían el cilicio y se acostaban en el suelo, y se engañaba. El ministro de la guerra, marques de las Amarillas, dio su dimisión sucediéndole Valdés. Huyeron los obispos; y los grandes, particularmente el inútil aunque honrado duque del Infantado, sufrieron la pena del destierro.

Con los antiguos francmasones a cuyo partido pertenecían Valdés y Argüelles nacieron entonces los Comuneros; estos retrocedían en nombre y en recuerdos al siglo de Carlos V, se llamaban caballeros comuneros y declarábanse campeones de la igualdad y la libertad. Obligábanse bajo juramento a juzgar, condenar y castigar a todo el que se apartase de ciertos principios, sin exceptuar al rey ni sus sucesores: juramento formidable en un país donde el homicidio es parte del derecho común. Estas sociedades secretas estaban apoyadas por clubs públicos bajo la protección de las leyes.

Diariamente eran arrastrados por el lodo el rey y su gabinete. Un pueblo que ha combatido por su independencia desconoce las más veces el yugo de la libertad, y no admite más que cadenas. Los ministros dieron un paso enérgico cerrando el café de la Cruz de Malta con el fin de justificarse ante la opinión pública. En Francia no nos hubiéramos tomado tanto trabajo; el desprecio no ocasiona la muerte entre nosotros. A los hombres no les pasa lo que a las serpientes que se mueren escupiéndolas encima. Serpens, hominis contacta saliva, disperit (Lucrecio)

El rey fue insultado yendo en su coche y sus guardias dispersaron a la muchedumbre. Las revoluciones consideran como agresor a aquel que no hace más que defenderse; el Monarca abandonó como siempre a sus fieles soldados. Una vez perdió sin embargo la paciencia, entró en el consejo de estado, acusó a los ministros, expuso todos los agravios que había recibido y pidió el arresto de los culpables; reminiscencia fatal: también Carlos I quiso que prendiesen en presencia suya a algunos individuos del parlamento. Asustose la familia de Fernando y quedó frustrado el plan.

Los propagandistas de lo interior de España se alegraron de ver extendida su obra fuera de su país: la Constitución de Cádiz había sido publicada en Nápoles, pero esto fue un capricho pasajero, y Nápoles tuvo necesidad de volver a su sol y a sus flores.

[ páginas 32-37 ]



VIII.

Segunda reunión de las Cortes.– Insurrecciones del Piamonte y de Portugal.– Movimientos en Grenoble y León.– Refugiados en España. Régimen de terror.– Vinuesa juzgado y ajusticiado por el pueblo.– Llega Murillo de América.– Fin de la segunda reunión de las Cortes.

El 1.º de marzo de 1821 se reunieron las Cortes por segunda vez. Después de haberse manifestado el rey revolucionario en su discurso, anunció a los diputados que quitaba el ministerio: la primera parte de su alocución tenía que redimir la segunda.

Feliu y Bardají formaron el núcleo de un nuevo gabinete que repelieron inmediatamente las Cortes.

El Piamonte y Portugal siguieron el ejemplo de Nápoles proclamando la Constitución de Cádiz. Conmoviéronse Grenoble y León y palmotearon las Cortes. Toreno nos ataca en términos violentos, Alpuente propone intervenir en los asuntos de Italia, y Moreno Guerra quiere romper con la Europa y echar de Madrid a los enviados de la santa Alianza. Los vencidos de todas las naciones fueron a refugiarse a España donde recibieron estímulos y socorros. Fernando habló del sentimiento que le causaba la derrota de los napolitanos.

El partido exaltado aspiraba a un régimen de terror, despojábase, prendíase, desterrábase y deportaba a todos sin juicio ni estorbo alguno. Valencia, Barcelona, la Coruña y Cartagena vieron dominar un poder sin forma ni nombre independientemente del poder legal. Probose entonces a combatir el mal con sus mismas armas. El 17 de abril fueron presentadas dos leyes a la Cortes: la primera, confundiendo de intento la Religión y la Constitución del Estado, imponía la pena de muerte a los que intentasen trastornar una y otra; la segunda era tomada de Danton y privaba a los ciudadanos acusados de toda especie de garantías, sometíalos a la jurisdicción de un consejo de guerra escogido entre el cuerpo que hubiese procedido al arresto, y la sentencia debía darse en el término de seis días y cumplirse en el de cuarenta y ocho horas, sin apelación ni aplicación del derecho de indulto.

A un capellán del rey, D. Matías Vinuesa, acusado en virtud de las nuevas leyes le echaron encima diez años de presidio. La sentencia le pareció demasiado indulgente al populacho en quien la soberanía equivale a la fuerza de los puños. Juntose, pues, el 4 de mayo en la puerta del Sol, revisó la causa, sentenció al clérigo a muerte y le ajusticio después de haberle extraído de la cárcel golpeándole en la cabeza con un martillo. Acudieron en seguida a la casa del culpable juez que no había condenado al reo más que a diez años de presidio; cinco hombres soberanos iban delante de los verdugos con el hacha levantada, y el juez tuvo que evadirse. Los revolucionarios se esparcieron por la ciudad y en todos los clubs resonaron canciones en honor de la justicia popular. Refugiado el rey entre sus guardias suplicoles que salvaran su persona. Martínez de la Rosa fue el único que levantó en las Cortes una voz magnánima: el valor y la elocuencia han estado siempre de parte de las Musas. La prensa celebró aquel día memorable, los asesinos fundaron la orden del Martillo y cada cual llevó sobre el corazón sus insignias, a la manera que en Francia se llevaron en una ocasión pequeñas guillotinas en el ojal de la casaca. En tiempo de revoluciones causan sorpresa a muchos los crímenes que se cometen, pero no deben extrañarlo: cuando se está formando una sociedad nueva se va aniquilando la antigua simultáneamente, y los crímenes entran entonces en todas las cosas como un disolvente que abrevia la descomposición de la parte que debe sucumbir. Esta es también la causa de que cuando los crímenes son muy atroces y en sobrada cantidad, no quede casi nada de la sociedad nueva, porque el bien desaparece devorado por el contagio del mal.

Murillo acababa de llegar de América donde había tenido la gloria de ser vencido por Bolívar, y le dieron el mando de la provincia de Madrid. Los individuos de las Cortes propendían a la república y se despojaron de la ley que concedía al monarca el derecho de cerrar los clubs, Fernando no quiso dar su sanción, pero como no contaba con el apoyo de otra segunda cámara, no hizo más que exponer su cabeza: la razón estaba todavía de parte de la manchada y moribunda monarquía. El fin del año parlamentario se pasó en discusiones sobre los derechos reputados, señoriales, y las Cortes se obstinaron en no emancipar las colonias. Cuando llegó el término de las ordinarias, el rey se vio obligado a convocarlas extraordinarias, y entre tanto quedó establecida la diputación permanente.

[ páginas 37-40 ]



IX.

Estatutos de los comuneros.– Fontana de Oro.– Presos en los conventos- Únese Riego con Cugnet.– Alboroto en Madrid.

Cada día iban tomando mayor incremento las sociedades secretas. Los cristianos no fueron tampoco al principio más que una sociedad secreta y conquistaron el mundo: sus dos grandes misterios eran Dios y la MORAL, y revelándolos sucesivamente fundaron con ellos la nueva sociedad humana.

Los comuneros tenían en Madrid su suprema asamblea y cerca de ella estaba instalada una junta directiva; cada provincia tenía su Merindad provincial, y cada Merindad su torre. Los gastos indispensables se cubrían con dones voluntarios. Organizados de este modo los comuneros o hijos de Padilla, llegaron en breve a pasar de 70.000. Esta sociedad había sido establecida para la muerte, así como la cristiandad lo fue para la vida; traía su origen de los carbonarios y tenía ramificaciones en Francia, como lo veremos al señalar otras sociedades hermanas; carbonarismo tanto más funesto cuanto que habiendo echado raíces en las tropas, pervertía la cuchilla y armaba las intenciones

«Juro ante Dios y esta asamblea de los caballeros comuneros, decía el recipiendario, de mantener las libertades y franquicias de todos los pueblos… de someterme sin restricción a los decretos de la confederación; de dar muerte a todo caballero que falte a su juramento; si yo llego acaso a faltar a él, me reconozco traidor: sea condenado entonces a una muerte infame, sea quemado y mis cenizas arrojadas al viento.»

La revolución española contaba con un elemento más que la revolución francesa: esta tenía clubs, y aquella clubs y sociedades secretas, es decir, el poder legislativo y ejecutivo del mal.

Esto pone en claro por qué se aparecía en España una anarquía organizada siempre que se quería; el fantasma daba un golpe y luego se escondía en el seno de su madre las tinieblas. Cuando todo parecía sosegado, la sociedad se veía sacudida repentinamente por un temblor de tierra. ¿Reinaba por ventura en Madrid una calma fatal a los conjurados? Al momento se daban estos priesa a alterarla. En la Fontana de Oro se decretó la muerte en horca de un cierto pintor de casas; pero Murillo contuvo a los asesinos. Los alborotadores se abalanzaron entonces desesperados contra algunos guardias de corps presos en los conventos: España no presentaba más que el contraste de las costumbres antiguas y de las ideas nuevas.

Cuando entre nosotros se condena a algún hombre, le sepultamos en el fondo de un calabozo: los descreídos novadores de una y otra parte del Ebro encierran la gente en un monasterio situado en el valle de una montaña o a la orilla del mar. Allí al ruido de los débiles sonidos de una campana que pronto dejará de sonar y que ya no atrae a nadie con su voz, entre aquellas lauras sin ermitaños, entre aquellos religiosos sin sucesores, entre aquellos sepulcros mudos y aquellos muertos sin manes, debajo de aquellas bóvedas ruinosas, en aquellos refectorios vacíos y claustros abandonados, en el santuario en que Bruno depositó su silencio, Domingo su tea, Carlos su corona, Ignacio su espada y Rancé su cilicio, en el altar de una fe que se apaga se acostumbra uno a menospreciar el tiempo y la vida, y si todavía se sueña con pasiones, la soledad les comunica cierto sabor muy acorde con la vanidad de los sueños.

Murillo salva a los guardias proscriptos siempre con exposición de su vida: denunciado en la puerta del Sol, pide ser juzgado y cesa la gritería.

Riego, que mandaba en Aragón, se unió con un oficial francés, Cugnet de Montarlot, perseguido en Francia y autor de varias proclamas dirigidas por él a nuestros soldados como lugarteniente general de Napoleón. Cugnet había logrado introducir sus amaños entre nuestras guarniciones de la frontera de los Pirineos y tenía consigo algunos desertores. Él y Riego forman el proyecto de dos repúblicas, y ambos son arrestados. Madrid se levanta por la milésima vez: quieren hacer volver al rey de San Ildefonso, como le habían hecho volver del Escorial. ¡Viva Riego! ¡Viva el pueblo! ¡Viva el puñal! ¡Viva el martillo! gritaban. En seguida preparan un cuadro que representaba a Riego teniendo en la mano el libro de la Constitución y echando por tierra al despotismo. El jefe político San Martín prohíbe la inauguración del cuadro: en aquel país son necesarias fiestas para embriagar al desorden, y placeres para hacer corporal la fe y degradarla hasta la voluptuosa y sacrílega transubstanciación de la muy gitana.

Los alborotadores se deciden a llevar adelante su proyecto a pesar de la prohibición. La guardia se muestra perpleja, el regimiento de Sagunto está dispuesto a unirse con los facciosos, y Murillo y San Martín alcanzan la Victoria a la cabeza de la Milicia ciudadana. Aquella jornada fue llamada de las Platerías del nombre de la calle en que fueron vencidos los sediciosos.

[ páginas 40-43 ]



X.

Legislatura extraordinaria.– La fiebre amarilla.– Los descamisados.– Sociedad de los amigos de la Constitución.

Las Cortes extraordinarias empezaron sus sesiones el 28 de setiembre de 1821: tratose en ellas de varios asuntos sometidos a su deliberación por la corona; la división territorial del reino; proyectos de pacificación de las colonias; medidas para mejorar la hacienda y redacción de los códigos civil y criminal.

Declarose en esto la fiebre amarilla: la Francia envió a Barcelona médicos y hermanas de caridad, y estableció un cordón sanitario; medida necesaria que dio pretexto a una absurda acusación. ¿Qué necesidad tenía la Francia de mentir? Harto hacía en defender de la plaga a sus habitantes, exponiendo a sus soldados al doble contagio de la peste americana y de la revolución española.

Esta formación del cordón de sanidad excitó las quejas del gobierno español, nos afrentó pensando que tragaríamos la afrenta: creíamos gente de la que acostumbrada al castigo y avezada ya al insulto se deja maltratar sin encendérsele el corazón en ira. El partido exaltado se hacía notable por la descompostura de su lenguaje; Alpuente publicó un libelo en que pretendía denunciar una trama urdida dentro y fuera de España contra la libertad. No nombraba a Fernando VII y a don Carlos, pero bien claramente los señalaba. Pedíase la sangre de 15.000 habitantes de Madrid: Alpuente era el busto de yeso de Marat.

De todas partes pidieron la reposición de Riego. El 29 de octubre de 1821 fue frustrada una trama preparada en Zaragoza, pero en Cádiz tuvo un éxito completo. Negáronse a recibir en esta ciudad a los gobernadores enviados, y Jáuregui, una de las autoridades conservadas, declaró que no obedecía las órdenes de Fernando. Sevilla y Murcia imitaron a Cádiz. En Córdoba, Granada y Valencia quedó menos triunfante la rebelión, y Mina se vio obligado a retirarse de la Coruña.

La prensa, que favoreciendo siempre todas las malas causas parece aspirar en todas partes a la destrucción de su libertad, inflamó en Madrid a los anarquistas; aceptó por ellos el apodo de descamisados, apodo robado también a nuestros anales, ultrajó a los soberanos y ofreció salud y fraternidad a los perturbadores de toda Europa.

El 25 de noviembre de 1821 dirigió el rey a las Cortes un mensaje quejándose y pidiendo consejo. Era presidente Martínez de la Rosa y encargó a Calatrava que extendiese el dictamen. Calatrava reprobó la rebelión de Cádiz y Sevilla; pero atacó la negligencia de los ministros, y estos cayeron en el momento de someterse Cádiz y Sevilla. En oposición a las sociedades secretas se estableció una sociedad pública llamada de amigos de la Constitución, del mismo modo que existió en otro tiempo en París la sociedad monárquica. Examinó las demasías de la prensa, los insultos de las peticiones y la desfachatez de las reuniones públicas. Las comisiones de las Cortes trabajaban ya tres proyectos de ley sobre cada uno de estos tres asuntos, cuando el rey con una inoportunidad que no podía atribuirse sino a doblez o locura salió proponiendo que entrasen en el poder hombres impopulares. Arrastrado Calatrava por la ambición votó al punto en contra de los proyectos de ley; Martínez de la Rosa se opuso a que se retiraran, y la muchedumbre corrió en casa de los oponentes con la intención de asesinarlos: Murillo disipó a los alborotadores, y así acabó la primer reunión de las Cortes. Aníbal había pisado sin embargo aquella tierra de desolación; ella había visto la púdica aventura de Escipión y dado a luz a Trajano: Tibi sæcula debent Trajanum.

[ páginas 43-46 ]



XI.

Martínez de la Rosa, ministro de negocios extranjeros.– Serviles.– Realistas.– El Trapense: su retrato.– Día de san Fernando en Aranjuez.– Don Carlos es amenazado.– Landaburu.– Alborotos.– La guardia Real viene a las manos con la Milicia y la tropa de línea.– Sale vencida.– La España plagiaria de la república y del imperio.– Martínez de la Rosa rehúsa seguir en el ministerio.– Triunfos de los realistas en Navarra.– Emigraciones.– El autor sale de Londres para el congreso de Verona.

Estas segundas Cortes fueron a las primeras lo que nuestra asamblea legislativa fue a la asamblea constituyente. Entre los nuevos diputados había curas anti-romanos, legistas de discursos, clubistas, y por último estaban Riego, joven parlanchín del ejército, y el duque del Parque, viejo chocho de la corte: la vida tiene dos infancias, pero no dos primaveras. Riego fue nombrado presidente, y a fin de contrabalancear el rey el espíritu de las Cortes nombró ministro de negocios extranjeros a Martínez de la Rosa.

Tres poetas, Martínez de la Rosa, Canning, y el autor de este libro llegaron a ser casi a un tiempo ministros de negocios extranjeros. Pocos hombres hay, dice Montaigne, consagrados a la poesía, que no se pagasen más de ser padres de la Eneida que del mejor mozo de Roma… Cuando estoy solo me entrego con más gusto a los negocios del estado y al universo entero. He nacido para conducirme jovialmente, entre las grandes reuniones siempre que sea por intervalos y cuando me convenga.

¿Qué dice a esto Martínez de la la Rosa, que se ha quedado como yo en el mundo, y nuestro amigo Canning desengañado ya en la eternidad?

Las sesiones se abrieron al en Madrid el 1.º de marzo de 1822, en cuyo tiempo éramos embajador y asistíamos a las del parlamento británico, o bien contábamos en nuestras Memorias nuestras correrías entre los salvajes.

Emprendiéronse varios trabajos relativos a la hacienda, pero no era posible hacer cosa de provecho sobre el particular: la prensa, los clubs y las sociedades secretas lo habían desorganizado todo. Alteráronse Barcelona, Pamplona y Valencia: en unas partes gritaban: ¡Viva Dios! y en otras: ¡Viva Riego! y se mataban en nombre de lo inmortal y de lo perecedero. Los soldados de los regimientos de línea se pelearon en Madrid con los granaderos de la guardia, y varios jóvenes, pasearon las calles clamando por un monarca absoluto: Dios y el Rey equivalen en España a la misma cosa, las ambas majestades. No faltaron diputados que dijeron en el seno de las Cortes que el no satisfacer a las quejas del pueblo, autorizaba la justicia del puñal. Riego era impotente en su presidencia, y a cada paso se le veía dispuesto a cantar el Trágala. Una copla puede dar a cualquiera la corona por un instante; pero si es mala, se olvida y a lo mejor se encuentra uno en la calle con el trono convertido en tablado.

Los serviles, que hacían gala de este nombre como si vistieran la púrpura, se aprovecharon para volver al poder del descanso en que les dejaron durante algún tiempo, así como de la reacción que se había declarado contra las sociedades secretas. Tras de las conmociones revolucionarias vinieron los alborotos realistas; quedaron derrocados a su vez los descamisados, matadores de serviles, que querían renovar los sacrificios humanos de sus antepasados los cartagineses; y apareciéronse varias partidas monárquicas por el estilo de las pasadas. Merino, este fabuloso héroe del presbiterio, Misas y Gorostide se levantaron en Castilla, Cataluña y Vizcaya. Propagáronse estos alzamientos parciales; y entre los partidarios se distinguieron principalmente Quesada, Juanito, Santos Ladrón, Trujillo, Hierro y Chafandín, y por último, amaneció el barón de Eroles en Cataluña teniendo a su lado a Antonio Marañón, llamado el Trapense. Este Antonio había sido antes soldado; las pasiones le hicieron entrar en el claustro, y manejaba la espada con el mismo entusiasmo que la cruz. Su uniforme era un sayo franciscano de que le colgaba una cruz, llevaba a la cintura un sable, un rosario y unas pistolas, y galopaba sobre el caballo con un látigo en la mano. Así que estaban reunidas en un solo hombre la paz y la guerra, la religión y la libertad, la vida y la muerte, bendiciendo y exterminando a la par. Cruzada y guerra civil, cánticos e himnos guerreros, Stabat Mater y trágala, genuflexiones y jota aragonesa, triunfo del mártir y del soldado, almas que subían al cielo entre el incienso del Veni Creator y rebeldes arcabuceados al son de la música militar: esta es la vida que hacían entonces los habitantes de aquel apartado rincón del mundo.

A las orillas del Tajo, río que cría oro y piedras preciosas, había jurado Fernando la Constitución para derrocarla luego. No faltaron amigos ingenuos que le aconsejaban modificara las instituciones de acuerdo con las Cortes; pero otros más inconsiderados le instaban a que las echase por tierra. Los triunfos de los realistas lisonjeaban secretamente al monarca; halagábale la esperanza de ejercer sin restricción la soberanía, y sabido es que los menos capaces del mando son cabalmente aquellos que más afición le tienen.

Los días del rey eran el 30 de mayo y fueron celebrados por los rústicos de la Mancha reunidos en Aranjuez. Cualquiera habría dicho que habían vuelto los hermosos días de la Bética. «Este país ha conservado según parece los deleites de la edad dorada, dice el arzobispo de Cambray. Las mujeres hilan una hermosa lana con la que hacen telas finas de una blancura sin igual. Bajo su benéfico clima no se lleva por vestido más que un pedazo de tela fina, delgada y sin cortar que todos se rollan en derredor del cuerpo por la honestidad, formando con ella mil pliegues y dándole las formas que les place.»

Estos sueños de Fenelón iban a desaparecer a la vista de la verdad. En vano repitieron las tropas en Aranjuez los gritos de amor de los manchegos, como los guardias de Corps cantaron en Versalles: «¡Oh Ricardo! ¡Oh rey mío!» si la Francia no hubiese intervenido tan pronto, Fernando habría ido donde Ricardo condujo a Luis XVI. Salió la milicia contra el pueblo, y un paisano llegó a amenazar con el sable a D. Carlos, ese postrero de los reyes a quien espera tan pesada corona{2}. Un destacamento de artillería quiso poner en libertad en Valencia al general Elío que estaba preso en la ciudadela. Organizados los insurgentes de Cataluña tomaron el nombre del Ejército de la Fe, y la Seo de Urgel fue tomada por asalto.

El rey salió del sitio y llegado a Madrid cerró las Cortes el 30 de junio de 1822. Al salir de la sesión vinieron a las manos la tropa y la Milicia; Landaburu, oficial de la Guardia de opinión constitucional, fue muerto, y Murillo nombrado coronel de los guardias.

La conmoción fue en aumento durante seis días. Las tropas reales, por una parte, y la Milicia y cuerpos de línea por otra, estaban acampados unos enfrente de otros en el rigor de la canícula con los sables desnudos y las mechas encendidas. A pesar de esto la gente de palacio parecía inclinada a entrar en composición y se hablaba del establecimiento de dos cámaras. S. M. estaba rodeado del cuerpo diplomático y el señor conde de Lagarde opinaba por medidas de conciliación: la desgracia hacía al fin abrir los ojos a todos. Entre tanto se rebeló impensadamente en Andalucía un regimiento de Carabineros; uniéronsele algunos batallones de milicias provinciales, y todos juntos avanzaron sobre Madrid proclamando al rey neto. Alborotáronse con esto las cabezas de los palaciegos, Fernando volvió a las suyas y rompió las negociaciones que habrían sido su salvación.

Llegó el 7 de julio: en palacio habían quedado dos batallones de la Guardia, y otros cuatro que habían ido a acampar fuera de Madrid entraron aquella noche en la población. Con arreglo a la trama preparada de antemano se dividieron en tres columnas: una se dirigió al Parque de Artillería, otra a la Puerta del Sol, y la tercera a la Plaza de la Constitución. No estaba ya la fortuna de parte de la monarquía: la primera división se desordenó bastando para dispersarla unos cuantos fusilazos disparados por el batallón sagrado de oficiales; la segunda y tercera fueron destrozadas sucesivamente; los dos batallones de palacio no recibieron ninguna orden, y a las seis de la mañana tomaba ya posesión de él la Milicia. Cantose un Te Deum en la Plaza de la Constitución: en España dan siempre gracias a Dios aun por la malo; en Francia no llegan a dárselas nunca. Monvel conjuraba el rayo sobre su cabeza como si Dios hiciera caso del susurro de un insecto.

Vencida la Guardia fue licenciada: los que quedaban quisieron defenderse y fueron cañoneados. Estas justicias parecían entonces acontecimientos de eterna memoria; los sitios que los presenciaron debían existir perpetuamente para transmitir su recuerdo. ¿Pero dónde están Aletua y Urso en que fueron derrotados los hijos de Pompeyo, in quibus Pompeio filii debellati sunt? Nadie lo sabe, y hasta Estrabón equivoca al escribir el nombre de Pompeyo. Vivid, pues, vencedores de las calles, entregados ya al olvido: ¡vivid con el sangriento y ya seco empedrado que pisáis en vuestra ciudad de un día cuando vais a bailar a Santa Catalina! Miles de soldados ganaron las batallas de Arbelas, Farsalia y Austerlitz a costa de sus vidas. ¿Y cuántos nombres quedan de tantos muertos? Tres: Alejandro, César y Napoleón.

Entre las tinieblas de estos desastres se distinguen las figuras de Fernando y de su familia; reconócese en ellas la pasión del déspota y la cólera de las mujeres. Un tirano medroso acarrea él propio las catástrofes, y cuando llegan se pone a temblar; entonces desciende de la intrepidez de su cabeza a la ruindad de su corazón. Hay monarcas de mala ley que están en el trono por equivocación: la explicación de la mayor parte de los acontecimientos de nuestro tiempo está encerrada en el miedo, en estos sucesos tan colosales hay un fondo de cobardía, así como en el centro de la pirámide del rey Cheops había la momia de un monarca egipcio.

Plagiarios asimismo del imperio los españoles tomaron el nombre de batallón sagrado de la retirada de Moscú, del mismo modo que remedaban la Marsellesa los sansculots, los dichos de Marat y las diatribas del Vieux Cordelier; pero siendo más ruines sus acciones y más degradado su lenguaje. Nada creaban nuevo, porque como no obraban impelidos del genio nacional, se contentaban con traducir y representar continuamente nuestra revolución. Observados de lejos nuestros esqueletos descabezados y nuestras cabezas sin cuerpo, no se podía distinguir su horror y al menos ofrecían un aspecto terrible y gigantesco a causa de la ordenada simetría de tan vasto cementerio, pero no sucedía así en la península privada de su carácter: los hombres de este país quisieron saltar de un brinco dos siglos de su historia y alcanzar la nuestra hasta Voltaire por una parte y hasta la Convención por otra; pero los siglos extinguidos volvían a sacar la cabeza, recobraban su influencia y alteraban el orden de cosas con tanta violencia establecido. Los españoles no fueron verdaderamente grandes sino cuando el pueblo era independiente y su rey señor absoluto, cuando la nación decía: Si no, no, y el monarca firmaba: Yo el Rey. Las dos libertades completas de la democracia de todos y de la democracia de uno solo se encontraban sin echarse abajo y podían hablar ambas su orgullosa lengua: este espectáculo solo se ha visto en España{3}.

Retirose el ministerio después de los sucesos del 7 de julio: cuantos esfuerzos se hicieron para que quedase Martínez de la Rosa fueron inútiles: quien canta es libre. Columela de Cádiz lloró animosamente la República en el reinado de Claudio. Por lo demás causa tristeza ver salir el nombre de Martínez de la Rosa de entre las ruinas de Granada para brillar en la escena pública. Lope de Vega no tenía razón cuando al dedicar a su hija la comedia suya titulada el Remedio en la desdicha, la escribía diciéndole, «que ojalá fuese dichosa, aunque no le parecía que había de serlo, si heredaba su destino.» No debía lamentarse de la pérdida de un tiempo precioso y de la llegada de la vejez. La vejez es un mal inevitable; pero quien está dotado de un pecho generoso y de un talento consolador no se encuentra tan bien en el mundo como en el retiro, donde siquiera se conserva la honra de poseer un alma inmortal.

López Baños fue nombrado ministro de la Guerra, San Miguel de Estado, Gasco de lo Interior y Navarro de Justicia. El marqués de las Amarillas, el de Castelar, el conde de Casa-Sarriá, el general Longa y el brigadier Cisneros fueron desterrados; Castro Terreño, el duque de Bélgida y el mayordomo mayor duque de Montemar depuestos; y entró otra vez en palacio una criatura expiatoria, el general Palafox: San Martín, hombre de resolución, y Murillo, insigne guerrero, fueron separados. Este último se había declarado no obstante por los vencedores antes del momento del triunfo: sobrecargado de empleos, parecía que los honores le querían apartar de la gloria.

Pedíanse víctimas cuidando de encubrirlas con el nombre de los asesinos de Landáburu: Goiffieux, a quien señalaban más particularmente, tuvo que salir de Madrid. Fue preso a muy poco, y aunque podía callarse o engañar a los aprehensores, cuando le preguntaron su nombre contestó: «Goiffieux, primer teniente de la Guardia.» Era francés y tuvo a menos salvarse por medio de una mentira.

Elío fue ajusticiado jurídicamente en una plaza de Valencia que había hermoseado con una arboleda. Valencia la Hermosa es muy traidora: hija de los moros, dio su hermosura a Venozza y Lucrecia, y sus enredos y atrocidades a Borgia y Alejandro VI.

Los realistas triunfaban en Navarra y Cataluña, y establecieron un gobierno bajo el nombre de Regencia suprema de España durante la cautividad del rey. Esta regencia se componía del marqués de Mataflorida, del arzobispo de Tarragona y del barón de Eroles, habiendo sido instalada el 14 de setiembre en la Seo o catedral de Urgel; así se llaman los edificios mozárabes que hay en la montaña de Cataluña.

Fernando fue proclamado solemnemente en dicha ciudad, como Carlos VII en el castillo de Espally: desplegose en sus almenas la bandera sembrada de flores de lis de oro; unos cuantos rústicos y un corto número de nobles engalanados con sus blasones proclamaron al soberano de Francia, gritando: ¡Viva el rey! Esta palabra comprendía toda la Constitución, pues creaba el monarca que Juana de Arco debía de consagrar en Reims; Carlos VII había muerto y Fernando estaba cautivo.

Entre tanto en Madrid pensaban violentar las puertas de las cárceles para acabar con los presos; empezaron las emigraciones; el Mediterráneo se llenó de proscriptos embarcados a la sombra de los naranjos de Cartagena; el Océano impelía los barcos de los peregrinos que abandonaban las montañas de Santiago, y los fugitivos eran perseguidos hasta en el mar por estas coplas de las Euménides que repetidas por el eco de las costas españolas llegaban a sus oídos entre el bramido de los vientos y de las olas:

Trágala, trágala
Tu servilón,
Tú que no quieres
Constitución.

Dicen que el rey no quiere
Los hombres libres;
Que se vaya a la…
A mandar serviles.

Trágala, trágala, &c. &c.

Fernando se iba en efecto donde decía el infernal estribillo; juntábase en Italia el congreso de los reyes, lord Londonderry se acababa de degollar en Londres, y nos salíamos por nuestra parte para Verona.

[ páginas 43-57 ]



XII.

Congreso de Verona.– Personajes.– Parte familiar del Congreso.

Salimos de Londres a fines de setiembre de 1822, y pasando por París, la Francia, los Alpes y el Milanesado, nos apeamos en Verona en casa Lorenzi, cuando aún no había llegado casi nadie. Poco a poco se fue llenando la ciudad; viose entrar sucesivamente al emperador y a la emperatriz de Austria con su comitiva; al príncipe de Metternich acompañado de los consejeros áulicos Gentz, el caballero de Floret, cuatro barones, un conde y dos provisores; al príncipe de Esterhazy, nuestro colega de embajada en Londres; al conde de Zichy, nuestro antiguo colega plenipotenciario en la corte de Prusia; al barón de Lebzeltern, encargado de negocios cerca de la corte de Rusia; al emperador de Rusia con cinco ayudantes generales Menzikoff, Frabetzkoy, Oscherouski, Czernitscheff, y Michaud; al príncipe Wolkonski, general y jefe del estado mayor; al conde de Nesselrode, secretario de estado; al conde de Lieven, embajador en Londres; al conde Pozzo di Borgo, embajador en París; después al duque de Wellington y lord Clamwillan; al marques de Londonderry, hermano del difunto lord Castlereagh; al vizconde Strangford y a lord Burghersh. Llegaron en seguida las potestades de la Prusia, S. M. el rey, SS. AA. RR. el príncipe Guillermo y el príncipe Carlos, el conde Bernstorf y el barón Humboldt.

El archiduque y archiduquesa, virrey y virreina de Italia desembarcaron con su corte.

Parma envió a su duquesa la archiduquesa de Austria, llamada viuda de Napoleón, con el conde de Nieperg, llamado gentil-hombre y caballero de honor de la archiduquesa.

El gran-duque y la gran-duquesa de Toscana, S. A. I. y R. el príncipe heredero vinieron de la patria del Dante y de Miguel Ángel, aquella ciudad tan hermosa, que decía el archiduque Alberto que no debían enseñarla más que los domingos y días de fiesta.

Del Cataío bajaron el archiduque de Módena y la archiduquesa-duquesa.

S. M. el rey de las dos Sicilias salió de Nápoles para Verona con la duquesa de Floridia, el confesor Porta y el príncipe de Salerno, acompañados de dos gentiles-hombres de cámara.

La Cerdeña diputó a su rey, reina y al conde de Latour, secretario de estado de los negocios extranjeros.

Nosotros los franceses éramos también bastante numerosos: allí estaba nuestro jefe el vizconde de Montmorency acompañado de Mr. Bourjot y Mr. Pontois para los asuntos de secretaría y de Mr. Damour para la contabilidad. El marqués de Caraman, Mr. de Ferronays, Mr. de Rayneval y nos representábamos nuestras embajadas de Viena, Petersburgo, Berlín y Londres. En la de Londres estaban también el duque de Rauzar, el señor conde de Boissy y el señor conde de Aspremont.

Mr. de Serre, embajador en Nápoles y Mr. de la Maissonnette, enviado en Florencia, asistieron a la función como simples espectadores.

Mr. de Serre estaba muy desairado en el congreso a causa del liberalismo de sus ideas; nos no nos encontrábamos tampoco mejor quisto, pero causábamos más miedo. Aunque éramos de encontradas opiniones fuimos a ver a Mr. de Serres, y hallamos en él un hombre muy superior a la idea que nos habíamos formado; trabamos amistad los dos, y al morir nos ha dado pruebas de que no nos había olvidado.

Estas eran las modernas grandezas que habían venido a Verona a combatir en la arena heredada de los romanos.

Cerca de estas ruinas había otras que no eran atendidas, los diputados de la malhadada Grecia. Más fácilmente habrían obtenido respuesta del antiguo monumento de la ciudad eterna que de aquellos soberanos de un día, nada más que porque Atenas levanta al cielo sus postradas manos en nombre de la libertad.

Nos habíamos ya visto a Verona, y visitamos otra vez sus antigüedades y el casino Gazola, retiro de aquel Luis XVIII a quien teníamos el honor de representar entonces en la asamblea de los reyes. Vimos el palacio Canosa y el monumento de Can grande: este Can grande había hospedado a Dante, «hombre esclarecidísimo, dice el historiador de Rieggo, y que con su genio tenía embelesado al señor de la Scala.»

Como aquí no queremos sino hablar de negocios, hemos dejado para nuestras Memorias de la sepultura la parte menos árida de la historia del congreso y las cosas en que el público empeña más comúnmente su curiosidad. Allí se verán los retratos de los personajes que estuvieron en Verona, como la condesa de Lieven, la princesa Zenayda Wolkonsky, la condesa Tolstoy, el príncipe Oscar &c. &c.

También vino a Italia la vizcondesa de Montmorency. La Providencia que privó de herederos al descendiente de los Bouchart, le dio en cambio al hijo del trono, un Borbón por un Montmorency. Y como si al encomendarle esta gloriosa paternidad adoptiva hubiera querido solo purificarle por última vez, Dios fue a visitar al perfecto cristiano arrodillado el viernes Santo al pie de los altares y a la hora en que el Hijo del hombre había consumado su sacrificio{4}.

Presentáronnos a los reyes a quienes ya conocíamos por la mayor parte.

Al principio rehusamos admitir un convite que nos hizo la duquesa de Parma, pero insistió y fuimos. La encontramos alegre sobremanera: como el universo había tomado a su cargo el acordarse de Napoleón, ella no se tomaba el trabajo de pensar en esto. Dijímosla que habíamos encontrado sus soldados en Plasencia y que en otro tiempo tenía algunos más, y me respondió: «Ya no me acuerdo de eso.» Soltó unas cuantas palabras ligeras y como de paso sobre el rey de Roma: estaba en cinta. Su corte tenía cierto aspecto de ruina y de vejez, si se exceptúa a Mr. de Nieperg, hombre del buen tono. No había allí otra cosa notable que nos comiendo cerca de María Luisa, y los brazaletes hechos de la piedra del sarcófago de Julieta que tenía puestos la viuda de Napoleón.

Al atravesar el Po por Plasencia llamó nuestra atención una sola barca recién pintada y que llevaba una especie de pabellón imperial; dos o tres dragones con casacas y gorras de policía estaban dando de beber a sus caballos y entrábamos en los estados de María Luisa: esto era todo lo que quedaba del poder del hombre que abrió por medio las rocas del Simplón, plantó sus banderas en las capitales de Europa y levantó la Italia prosternada tantos siglos había. ¡Trastornad, pues, el mundo, ambiciosos de la tierra! ¡Esparcid vuestro nombre por las cuatro partes del mundo, salid de los mares de Europa, echaos a volar al cielo y luego id a caer para morir en el confín de las aguas del Atlántico! Aun no habréis cerrado los ojos cuando pasará el Po un viajero y verá lo que nosotros vimos.

Los príncipes de Toscana nos recibieron como literatos, y el rey de Cerdeña como un rey en vísperas de retirarse. Muchas veces encontrábamos en el camino real de Mantua al soberano septuagenario de Nápoles con su larga cabellera blanca, en compañía de dos capuchinos mozos de barbas negras que caminaban silenciosos como su amo con las manos metidas en las mangas. Y seguíamos con la vista a aquel canoso monarca a quien pronto iban a ensayar por rival de la Francia en las Españas.

Habían acudido algunos cómicos y cantores con el objeto de divertir a los otros actores los reyes. Varios periodistas de Londres que llegaron sin pasaporte andaban atisbando continuamente para ver de coger al vuelo lo que se decía. Al fin del congreso se reunió toda la gente en el anfiteatro, el cual servía de asilo a algunas familias pobres y solía estar iluminado algunas veces por la llama de una fragua establecida en lo interior de un pórtico: habíanse acarreado para esto todos los habitantes de las campiñas, pues los de la ciudad no habrían bastado para llenar todo el circo. Dos veces solas se había dado anteriormente una representación como aquella: una a José II y otra a Pío VI cuando fue a Viena. Si los trajes no le hubiesen desde luego sacado a uno del error, habríase quizás creído que habían resucitado los romanos.

Atraía las miradas de todos una tirolesa sentada bajo los arcos de las Arenas y que había bajado de las montañas que baña el lago célebre por un verso de Virgilio y los nombres de Catulo y Lesbia. Aquella preciosa criatura, Pazza per amore como Nina, abandonada con su zagalejo corto y sus graciosos chapines por el cazador de Monte-Baldo, estaba tan apasionada que no quería más que su amor, y pasaba las noches en espera velando hasta el canto del gallo; sus palabras eran tristes, porque se abrían paso al través de su dolor.

Diose fin al congreso de Verona y a sus regocijos con una corrida de caballos y una iluminación. Verdaderamente huíamos e íbamos a apagarlo todo.

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XIII.

Ni los aliados ni Mr. de Villèle quisieron la guerra de España.– Es un error todo cuanto se dijo en 1823 acerca del origen de esta guerra.– Cinco asuntos principales tratados en el congreso.

El principal asunto de que debía ocuparse el congreso de Verona era la guerra de España; se ha dicho y sigue diciéndose todavía que se obligó a la Francia a la guerra, y cabalmente fue al revés. Si tiene alguien la culpa de esta memorable empresa es el autor de esta historia. Mr de Villèle no la quería, y es justo que su discreto talento y espíritu de moderación participen de la honra de haber pensado entonces como las tres cuartas partes de las potencias aliadas, como la Francia y la Inglaterra. La opinión ha podido extraviarse con motivo de una frase que no pronunció el señor presidente del consejo o que fue al menos mal interpretada: hablaremos de esto a su debido tiempo.

Así que es falso y erróneo cuanto la oposición se ha dejado decir en las tertulias, en la tribuna, en los periódicos y folletos, ora de París, ora de Londres. Tenemos la satisfacción de haber vivido lo bastante para destruir un error tan monstruoso.

Lo repetimos, la guerra de España en 1823 fue en gran parte cosa nuestra, y no tenemos reparo en afirmar que los políticos sabrán en el porvenir hacernos la justicia que merecimos como hombre de estado. No creemos ser de los hombres que sobrenadan y bregan, según Séneca, entre las olas de los siglos; tampoco creemos que las cosas de la tierra interesen a los muertos ya dentro del sepulcro; pero por una ilusión de nuestra vida nos cuidamos ahora más de nuestra memoria que del día en que vivimos: si aquella dura, deberá ser más larga que nuestra vida, y como no estaremos cerca de ella para protegerla, será menester que lleve consigo los medios de defenderse.

Cinco fueron los asuntos discutidos en el congreso de Verona:

1.º El tráfico de negros.

2.º Las piraterías de los mares de América o las colonias españolas.

3.º Los altercados de Oriente entre la Rusia y la Puerta.

4.º La situación de la Italia.

5.º Los peligros de la revolución de España relativamente a Europa y a la Francia en particular.

Además de estas cuestiones generales estaban pendientes otras particulares: la navegación del Rin, los disturbios de Grecia y los intereses de la regencia de Urgel. Los diputados de la Grecia y los enviados de la regencia realista de Cataluña (su intérprete era el conde de España) no eran admitidos en el congreso, y procuraban conmover a los potentados como meros suplicantes. La navegación del Rin solo interesaba a las aduanas de la Holanda y a las potencias ribereñas del río.

Volviendo a los cinco asuntos principales, los altercados de la Rusia y de la Puerta se controvertían en conferencias entre los representantes de los gabinetes de Londres, San Petersburgo, Viena y Berlín, asistiendo a ellas el marqués de Caraman por parte de la Francia como embajador nuestro que era en Austria.

La situación de la Italia se examinaba en una especie de congreso separado, del general: en esta reunión no tenían delegados más que las partes interesadas, a saber, Nápoles, Roma, la Toscana, Parma, Módena, el Piamonte, el Milanés y los estados Lombardo-Vénetos.

Entre todos estos asuntos tan variados la Francia dio solo su parecer sobre el tráfico de negros, las colonias españolas y la cuestión de la guerra eventual de España.

Estas tres cuestiones son pues las que deben ser desenvueltas primeramente, tocando luego de paso aquellas en que la Francia no fue llamada a dar su voto especial.

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XIV.

El príncipe de Metternich.– Sesiones del congreso.– Dos notas del duque de Wellington, una sobre el tráfico de negros y otra contra las piraterías de los mares de América.– Tres pretensiones exorbitantes comprendidas en la primera nota.

Ocupar largo tiempo el primer lugar, quedarse de jefe del gabinete en todos los reinados sucesivos sin alterar nada el sistema seguido desde el principio y gozar de la inviolabilidad de un rey en medio de todas las intrigas de la corte, son cosas que indican una habilidad que nadie puede poner en duda. La autoridad procede del genio del gobernante o de la medianía del gobernado, y esto es lo que sería menester averiguar respecto de Metternich. Si ciertos hechos, y particularmente el ruin amaño encubierto con el nombre del rey de Nápoles, no descubren en él una sinceridad superior a la diplomacia, no debe culparse al político, sino a la política.

El canciller de estado jugó como austriaco el juego que creía convenirle, del mismo modo que el ministro de negocios extranjeros Luis XVIII jugó el suyo como francés. El príncipe nos perdonará el breve y transitorio triunfo de un año en medio de su larga y constante prosperidad.

Las sesiones del congreso eran irregulares según las comunicaciones que se hacían en nombre de cada corte. Oíanse estas, dábase copia a los plenipotenciarios, y estos respondían al cabo de dos o tres días por medio de una nota que se agregaba luego al acta del congreso. De esta manera recibimos en la sesión del 24 de noviembre de 1822 dos notas del duque de Wellington, una relativa a la abolición del tráfico de negros, y otra sobre las medidas tomadas por S. M. B. contra las piraterías de los mares de América.

Todas las potencias respondieron que era horroroso el tráfico de negros y que estaban dispuestas a cooperar a las medidas que se creyesen practicables a fin de afianzar la entera abolición de este comercio: tocante a las medidas particulares propuestas por S. G., la Francia se reservaba hacer sobre ellas algunas reflexiones.

Esta es la ocasión de admirar el espíritu del cristianismo y los progresos que ha hecho y hace continuamente en una civilización que es obra suyas pero chocaba ciertamente la perseverancia del gabinete de St. James en promover en todos los congresos, en medio de las cuestiones más intrincadas y de los intereses más positivos, la cuestión incidente y remota de la abolición del tráfico de negros. Temía la Inglaterra que el comercio a que había renunciado con pesar suyo cayese en manos de otra nación, y quería obligar a la Francia, la España, el Portugal y la Holanda a cambiar repentinamente el régimen de sus colonias, sin cuidarse de si estos países habían llegado al grado de preparación moral indispensable para dar libertad a los negros, abandonando a la misericordia de Dios la vida y propiedades de los blancos. Lo que había hecho la Inglaterra debían hacerlo todos igualmente con menoscabo de la navegación y de la prosperidad de sus colonias. Bastaba que la Inglaterra (que posee la India, la Oceanía, el cabo de Buena-Esperanza, la isla de Francia, el Canadá y varias islas del Mediterráneo) no necesitase de la Dominica y de las Bermudas para sostener sus escuadras y marineros, para que nos diésemos nosotros priesa a arrojar al mar a Pondicheri, la isla de Borbón, la Martinica y la Guadalupe, sin embargo de ser estos puntos destacados de nuestro territorio los únicos que ocupábamos en la superficie del globo. El marqués de Londonderry y el duque de Wellington, enemigos de los fueros de su país, Mr. Canning discípulo de Guillermo Pitt y opuesto a la reforma parlamentaria, todos estos torys contrarios por el espacio de treinta años a la moción de Wilberforce, estaban entusiasmados por la libertad de los negros, maldiciendo entre tanto la libertad de los blancos. Empero sin ir más lejos que al tiempo de Cromwell, hallaremos que no solo negros, sino blancos e ingleses fueron vendidos por esclavos en América. El secreto de estas contradicciones está en los intereses privados y genio mercantil de la Inglaterra, lo que no debe perderse de vista para no dejarse embaucar por una filantropía tan ardiente y de que se ha acordado tan tarde: la filantropía es la moneda falsa de la caridad.

Encargonos del trabajo de contestar Mr. de Montmorency, y habiendo leído atentamente la nota del duque de Wellington, fuimos respondiéndole párrafo por párrafo. Esta cautelosa nota en que se aparentaba lamentar las desdichas de los blancos, encubre tres pretensiones exorbitantes bajo el velo de quejas justísimas al parecer: pretensión del derecho de visita de los barcos; pretensión de asemejar el tráfico de negros a la piratería para atacar impunemente a todas las marinas del mundo; pretensión de prohibir la venta de las mercaderías procedentes de las colonias europeas cultivadas por los negros, es decir, privilegio exclusivo de introducir en lugar de estas mercaderías los productos de la India y de la Gran Bretaña. Véase nuestra respuesta dada en nombre colectivo de nuestros colegas, en ella creemos que pusimos a cubierto el honor y los intereses de la Francia.

[ páginas 66-69 ]



XV.

Mi nota sobre el tráfico de negros
Respuesta de los señores plenipotenciarios de Francia a la nota del señor duque de Wellington relativa al tráfico de negros.

«Los ministros plenipotenciarios de S. M. Cristianísima han tomado en consideración la nota que S. G. el duque de Wellington ha puesto en conocimiento del Congreso en la sesión del 24 de este mes.

»Empezarán manifestando que el gobierno francés participa de todo el afán que muestra el gobierno británico para que cese un comercio reprobado a la vez por Dios y por los hombres. Aunque el número de esclavos africanos transportados a las colonias de algunos años a esta parte no fuese tan grande como calcula la Inglaterra, siempre sería sobradamente excesivo. El aumento de las penas que pasan estas víctimas de una abominable codicia inspira un horror profundo. Las naciones cristianas no harán nunca sobrados esfuerzos para borrar la mancha que el comercio de negros ha impreso en su carácter, y nunca será alabado lo bastante el celo desplegado por la Inglaterra para llevar adelante sus benéficas intenciones.

»Pero si las potencias aliadas están acordes sobre el punto moral y religioso de la cuestión y forman votos unánimes para la abolición del tráfico de negros, esta abolición comprende varias cuestiones de hechos que no son en tanto grado sencillas. Los ministros de S. M. Cristianísima van a darles una ojeada según el orden de la nota presentada por S. G. el duque de Wellington.

»El tráfico de negros está abolido hoy día por las leyes de todas las naciones civilizadas, excepto Portugal; de donde se sigue que este crimen, legal en otros tiempos, es ya un crimen ilegal condenado a la par por la naturaleza y las leyes.

»Este horrible contrabando de hombres se ejerce particularmente, según la nota inglesa, en barcos con pabellón francés, ora que este pabellón ondée en buques pertenecientes a la Francia, ora sirva para proteger a los barcos extranjeros.

»Los piratas pueden enarbolar las más respetables banderas, y la Francia ignora si algunos malvados han enarbolado la suya; infamia y el crimen no se abrigarán nunca del pabellón francés no siendo sin su conocimiento.

»Se ha querido observar que las ganancias del tráfico de negros son tan crecidas y tan menguadas las pérdidas, que el premio de las seguridades en Francia por cada viaje no pasa de un 15 por 100.

»Ni este es un caso particular a la Francia, ni un resultado extraordinario de la especie de contravención de que se trata en Inglaterra se importan las mercaderías de prohibición más rigorosa mediante la seguridad de un 25 por 100. Cuando el comercio llega, como ahora sucede, a calcular con una exactitud tan matemática, todo contrabando tiene su arancel, y mientras más multiplica las trabas el sistema prohibitivo, mayores son los fraudes que origina con el incremento de los provechos.

»La nota confiesa que S. M. Cristianísima ha cumplido fielmente todas las disposiciones del tratado que hizo con las cuatro cortes aliadas, que ha promulgado una ley en contra del tráfico de negros y hecho cruzar sus escuadras por las aguas del África para llevarla a efecto, pero añade que el público de Francia no tiene, según parece, el mismo interés en la causa sustentada por el gobierno, suponiendo que en el fondo de la cuestión se encierran miras mercantiles y una intención hostil al comercio francés. Puede que algunas clases mercantiles de la sociedad alimenten en Francia sospechas engendradas siempre por toda competencia de industria; empero no hay fundamento para creer que las pocas colonias que la guerra ha dejado a la Francia exciten la envidia de una potencia europea que posee florecientes islas en todos los mares, en África y América dilatados territorios, y un continente entero en el Asia.

»Si la opinión no está tan declarada en Francia como en Inglaterra en favor del asunto que estamos tratando, esto depende de causas que es nuestro deber explicar: un pueblo tan humano, tan generoso, tan desinteresado como la nación francesa, un pueblo dispuesto siempre a dar el ejemplo de los sacrificios, merece que se explique lo que parecería a cualquiera una inexplicable anomalía de su carácter.

»La mortandad de los colonos de Santo Domingo y el incendio de sus haciendas han dejado primeramente dolorosos recuerdos entre las familias que perdieron sus parientes y fortuna en aquellos sangrientos acontecimientos. Cuando la nota inglesa pinta con tal verdad los padecimientos de los negros, justo es recordar también las desgracias de los blancos para que no quede así duda de que todo lo que mueve a lastima tiene naturalmente influjo sobre la opinión. Es evidente que la abolición del tráfico de negros no sería tan popular en Inglaterra, si hubiese sido precedida de la ruina y asesinato de los ingleses de las Antillas.

»Además de esto, la abolición de este tráfico no ha sido resuelta en Francia por una ley nacional discutida en la tribuna, sino que es resultado del artículo de un tratado en que la Francia espió sus victorias. Desde entonces se creyó aquella enlazada en el sentir de la muchedumbre con los intereses extranjeros: por la sola razón de que se creía que había sido forzosa, cargó con toda la impopularidad de que van siempre acompañados los actos de la fuerza, y lo propio habría acontecido en cualquiera nación que tuviese un espíritu público y un justo orgullo nacional.

»Una moción parlamentaria, que hará siempre honor a su autor, obtuvo al cabo la aprobación del parlamento en Inglaterra. ¿Pero cuántos años fue desechada antes de que se la convirtiese en ley, no obstante de apoyarla uno de los más grandes ministros que ha producido la Inglaterra? Mientras duró una discusión tan larga, la opinión tuvo tiempo de declararse y robustecerse; el comercio que preveía lo que había de suceder, tomó sus precauciones; transportáronse a las islas inglesas muchísimos más negros que los que necesitaban los colonos, y fueron preparándose generaciones permanentes de esclavos que llenasen los vacíos originados por la servidumbre eventual cuando esta llegase a ser abolida.

»Nada de esto ha sucedido en Francia, a quien le ha faltado el tiempo y la fortuna. En el primer convenio hecho entre la Francia y la Inglaterra después de la Restauración, se reconoció la necesidad de obrar con una prudente lentitud en un asunto tan complicado de suyo; un artículo adicional de este convenio concedía un plazo de cinco años para la entera abolición del tráfico de negros. Al hablar de esta materia la declaración de Viena hecha el 9 de febrero de 1815 declara: «que, por laudable que sea el objeto de los soberanos, no procederán sin guardar justas consideraciones con los intereses, hábitos y aun privaciones de sus súbditos.» Una prisa laudable y virtuosa ha sido la causa de que no se hayan seguido tales prevenciones, multiplicando quizá los delitos por haber chocado sobrado presto con los intereses.

»El gobierno francés está resuelto a perseguir sin descanso a los hombres que se entreguen a este comercio bárbaro: se han pronunciado muchas sentencias y los tribunales han hecho rigurosa justicia cuando se han podido aprehender los delincuentes. «Cosa horrible sería, dice la nota inglesa, que la necesidad de destruir hombres solo fuese una consecuencia de la de ocultar un tráfico abolido por las leyes.» Esta observación, harto justa, prueba que la ley francesa ha tenido rigoroso cumplimiento, y el exceso de las crueles precauciones tomadas por los perpetradores del tráfico para encubrir sus víctimas prueban perentoriamente la vigilancia del gobierno.

»Una ley que induce a los infractores a tales excesos para sustraerse de su rigor pudiera parecer sobrado cruda, y sin embargo, la intención del gobierno francés es aumentar las penas impuestas por las leyes, luego que los ánimos de la nación, y las cámaras legislativas, por consiguiente, estén preparados para volver a la cuestión del tráfico de los negros. En este punto es triste, pero conveniente, advertir que cualquier empeño de parte del extranjero aumentará las dificultades del gobierno francés y es contrario al fin que se proponen en los pechos generosos.

»Falta decir algo acerca de los medios coercitivos que propone en su nota S. G. el duque de Wellington.

»Los ministros plenipotenciarios de S. M. Cristianísima están prontos a firmar cualquiera declaración colectiva de las potencias inducida a infamar un comercio abominable y a provocar contra los delincuentes la venganza de las leyes. Pero una declaración por la que se obliguen todos los gobiernos a aplicar al tráfico de negros los castigos impuestos a la piratería y que fuese convertida en ley general del mundo civilizado, es cosa que no les parece a los ministros plenipotenciarios de S. M. Cristianísima pueda corresponder, a la competencia de una reunión política. Cuando se trata de establecer la pena de muerte, solo son llamados a estatuir sobre este punto los cuerpos judiciales o los cuerpos legisladores según la naturaleza de los gobiernos…

»Nada más justo que privar del uso y de la protección del pabellón francés a los extranjeros que de él se sirviesen para encubrir el comercio de esclavos; pero la Francia no necesita defender lo que nunca ha permitido.

»La obligación de prohibir la entrada de los estados aliados a los productos de las colonias propias de las potencias que no hubiesen abolido el tráfico de negros, es una medida que solo sería aplicable al Portugal; mas este país no tiene representante en el congreso, y es de justicia oírle defender su causa antes de dar ningún paso.

»Las medidas indicadas respecto de la Francia están bien; pero todas son materia de leyes, y de consiguiente deben aguardar este favor de la opinión que garantice el éxito. El gobierno de S. M. Cristianísima tomará consejo de sí propio cuando llegue el tiempo oportuno; podrá ser que convenga en el empadronamiento de los esclavos, no obstante de que no se oculta que esta intervención de la autoridad atacaría en cierta manera el derecho de propiedad, del más sagrado de todos los derechos y que es respetado por las leyes de la Gran Bretaña hasta en sus caprichos y descarríos.

»La nota del gobierno británico manifiesta el pesar de que la Francia sea la única de las grandes potencias marítimas de Europa que no ha tenido parte en el tratado ajustado con S. M. B. con el fin de conferir a ciertos buques de cada una de las partes contratantes un derecho limitado de visita y confiscación de los buques dedicados al tráfico de negros.

»La carta de S. M. Cristianísima ha abolido las confiscaciones; por lo que hace al derecho de visita, tendría las más funestas consecuencias, si el gobierno francés pudiera alguna vez consentir en él; opónese a ello el carácter nacional de los dos pueblos francés e inglés, y si fuesen menester pruebas en corroboración de este parecer, bastaría recordar que este mismo año ha corrido en plena paz la sangre francesa sobre las costas de África. La Francia reconoce la libertad de los mares para todos los pabellones extranjeros, cualquiera que sea la potencia legítima a que pertenezcan, y para ella no reclama sino la independencia que conviene, a su dignidad y que respeta en los demás pueblos.»

[ páginas 69-77 ]



XVI.

Memorándum del señor duque de Wellington sobre las piraterías de las colonias españolas.

Pasemos al memorándum relativo a las colonias españolas, el cual dice de esta manera: «Las relaciones que existen entre los súbditos británicos y las otras partes del globo han puesto hace mucho tiempo a S. M. en la necesidad de reconocer la existencia de hecho de los gobiernos formados en las diversas provincias de América en la parte indispensable para negociar con ellos; el relajamiento de la autoridad de España en toda aquella parte del globo ha dado origen a una multitud de piratas y forbantes, y le es imposible a la Inglaterra extirpar este intolerable mal sin la cooperación de las autoridades locales establecidas en las costas; la necesidad de esta cooperación no puede menos de conducir a algún acto nuevo de reconocimiento de la existencia de hecho de uno o muchos de aquellos gobiernos de creación propia.»

La Inglaterra comunica un hecho en este lugar: Mr. Canning que veía a la guerra en visperas de encenderse, se daba priesa a hablar de esto oficialmente al congreso, ora para contener a la Francia amenazándola con reconocer completamente la independencia de las colonias españolas si nuestras tropas llegaban a entrar en España, ora para intimidar a los aliados presentándoles la posibilidad de un rompimiento entre el gabinete de St. James y el de las Tullerías en el caso de que tomásemos las armas contra las facciones de Madrid.

El Austria respondió a este memorándum: «Que la Inglaterra había hecho bien en defender sus intereses mercantiles contra la piratería; pero que tocante a la independencia de las colonias españolas, no la reconocería nunca hasta tanto que S. M. C. hubiese renunciado libre y expresamente a los derechos de soberanía que había ejercido hasta entonces sobre aquellas provincias.»

La Prusia se expresó en los propios términos poco más o menos, observando además que el momento menos oportuno para el reconocimiento de los gobiernos locales de la América española era entonces que los acontecimientos de la guerra civil preparaban una crisis en los asuntos de España.

La Rusia declaró que no podía tomar ninguna resolución que presupusiese la cuestión de la independencia del Sur de América.

En este asunto había empeñada una cuestión espinosa. No convenia a la Francia abandonar a la Gran Bretaña y a los Estados Unidos el comercio exclusivo del Nuevo Mundo; la respuesta era bastante difícil, y también fuimos el encargado de darla como representante de nuestro gobierno cerca del gabinete de que procedía el memorándum. La nota debía conservar los principios haciendo las oportunas restricciones: fue menester, pues, colocar una piedra que enlazase entre sí las diversas partes del edificio, y para esto sirvió efectivamente cuando se discutió el asunto de las colonias durante la guerra de España.

[ páginas 77-79 ]



XVII.

Nota verbal en respuesta al memorándum relativo a las colonias españolas de América.

«Los ministros plenipotenciarios de S. M. Cristianísima en el congreso de Verona han examinado muy atentamente el memorándum relativo a las colonias españolas que S. G. el duque de Wellington ha comunicado a los representantes de las cortes aliadas en la sesión del 24 de noviembre. El gabinete de las Tullerías desea tan ardientemente como el de St. James que la España tome medidas capaces de restituir la paz y la prosperidad al continente de América. Este sincero deseo y la esperanza de ver restablecida la autoridad de S. M. C. es la causa de que el gobierno de S. M. Cristianísima haya rehusado también las ventajas con que la brindaban.»

«La conducta de la Francia respecto de los gobiernos de hecho se ajusta además a otros motivos de una importancia mayor: cree que los principios de justicia que son la base de la sociedad no pueden ser sacrificados ligeramente a intereses secundarios, y le parece que estos principios adquieren mucho más peso tratándose de reconocer un orden de política enemigo virtualmente del que gobierna la Europa; cree además que la España debe ser consultada precisamente acerca de esta cuestión importante como soberana de derecho de sus colonias. No obstante, la Francia cree como la Inglaterra que cuando se prolongan las disensiones y no puede hacerse uso del derecho de las naciones a causa de la impotencia de una de las partes beligerantes, el derecho natural recobra todo su imperio, conviene en que hay prescripciones inevitables, y que un gobierno que ha resistido largo tiempo se ve algunas veces obligado a ceder a la fuerza de las cosas para poner término a muchos males, y no privar a un Estado de las ventajas de que otros podrían aprovecharse exclusivamente.

»Para evitar que se originasen rivalidades y competencias mercantiles que pudieran arrastrar involuntariamente a los gobiernos a dar algún paso precipitado, sería muchísimo de desear que los diferentes gabinetes de Europa tomasen de común acuerdo una medida universal. Sería digno de las potencias que componen la grande alianza examinar algún día si no habría medio de contentar a la par los intereses de la España, los de sus colonias y los de las naciones europeas, sentando por base de la negociación el principio de una reciprocidad magnánima y de una igualdad perfecta. Quizás poniéndose de acuerdo con S. M. C. se vería que no era enteramente imposible conciliar los derechos de la legitimidad con las necesidades de la política para bien general de los gobiernos.»

Aquí se ve anunciada por primera vez la idea del congreso general por cuyo medio queríamos acabar con el tiempo la guerra de España, si es que esta se encendía, a fin de pacificar el mundo con la creación de nuevas monarquías constitucionales y borbónicas en América.

[ páginas 79-81 ]



XVIII.

Asuntos de Oriente.– Italia y Grecia.– Instrucciones de Mr. de Villèle.– Súplica de la regencia de Urgel.

Los asuntos de Oriente y aun de Grecia fueron, discutidos con ventaja nuestra, pues alcanzamos todo lo que podíamos alcanzar en cosas que no nos tocaban de cerca. Aunque no éramos admitido a las conferencias particulares, nuestra conocida oposición fue causa de que el Austria no invadiese más la Italia, en lo que fuimos apoyado por el cardenal Spina, hombre de talento y lleno de independencia que presidía la legación romana. Respecto de los altercados de la Rusia con la Puerta aprobamos la moderación de la primera.

Por lo demás las instrucciones de Mr. de Villèle acerca de estos diversos puntos lo habían previsto todo: «El rey de Cerdeña, decían, reclamará la evacuación del Piamonte, y la Francia debe apoyar su solicitud. Es probable que acceda a esto la corte de Viena con tal que mantenga una guarnición austriaca en Alejandría; pero esto tendría dos poderosos inconvenientes, el de pesar una carga de esta naturaleza sobre el tesoro del Piamonte, y el de privar al rey de Cerdeña de todas las ventajas morales que puede y debe alcanzar si la evacuación fuese completa…

«Acerca de la vuelta del príncipe Carignan ocurrirán otras dificultades. Sin hacer mérito de todas las miras ambiciosas que pueden atribuirse a la corte de Viena, hay motivos para pensar que desearía ver siempre lejos al príncipe de Carignan para que su posición equívoca e indeterminada en cierta manera permitiese al Austria, sin destruir positivamente la legitimidad de los derechos hereditarios de aquel, cobrar una influencia poderosa en el Piamonte que pudiera en lo sucesivo ponerla en el caso de imponer al príncipe condiciones harto duras: la Francia tiene un interés en oponerse a ello.»

La propia templanza guardaba las instrucciones relativas al reino de las dos Sicilias. Por lo que hace a la Grecia nos estábamos más adelantado que Mr. de Villèle; pero dice accidentalmente hablando de la Puerta y la Rusia: «No puede negarse que, con razón o sin ella, la Europa sentiría generalmente sobre manera que los cristianos griegos volvieran pura y sencillamente al yugo de la opresión y ferocidad de los turcos. Los plenipotenciarios del rey en el congreso deberán, pues, apoyar con toda su influencia y ofrecerse a sostener con todos los recursos de la Francia las proposiciones que pudiera hacer la Rusia, teniendo en cuenta los respetos que se merece su honor y las garantías que debe alcanzar la cristiandad reunida en favor de los cristianos sujetos a la dominación de los turcos.»

Con nosotros estaban los diputados de la regencia de Urgel. Habían estos dirigido una súplica al congreso, firmada por el marqués de Mataflorida y el arzobispo de Tarragona en que manifestaban que, habiendo parado su atención en las leyes y antiguas Cortes de España, habían observado que el mayor número de aquellas fueron propuestas al rey por Cortes libres reunidas particularmente bajo los reyes de la augusta casa de Austria, y que si el tiempo aconsejaba ciertamente algunas reformas, tratarían de llevarlas a cabo escuchando el voto de la nación y procurando entre otras cosas señalar las contribuciones y cargas que había de pagar el pueblo sin cuya cooperación no podía imponerse ni cobrarse nada.

Así se explicaba aquella regencia que respiraba absolutismo. Mina acudió a asesinarla, mientras que manifestaba sentimientos tan conformes al espíritu del siglo y solicitaba de los reyes que pusiesen en libertad a otro rey prisionero{5}.

Pero nos íbamos a encargarnos de la causa de esa España. La Francia conserva todo cuanto toma con ánimo resuelto, y solo Dios es capaz de abrirle la mano.

[ páginas 81-83 ]



XIX.

Guerra de España prevista desde nuestra embajada en Londres.– Nuestro odio a los tratados de Viena.

Llegamos por fin a tratar de esa guerra de España sobre que tan descarriadas han andado las opiniones de todos. Había ya mucho tiempo que estaba prevista esta guerra antes del congreso de Verona. No aludimos con esto al cordón de sanidad establecido al principio contra la fiebre amarilla y trasformado después naturalmente en ejército de observación; hablamos de las ideas subversivas que estallaron al otro lado de los Pirineos y amagaban a la Francia con la renovación de los excesos atajados por el despotismo de Bonaparte, pero instigados por nuestras nuevas instituciones y en vísperas de revivir con la libertad de la carta de los Borbones.

Desde nuestra embajada en Londres habíamos tenido ocasión de hablar con Mr. de Montmorency de la posibilidad de esta guerra, y le trazamos un plan casi igual al que se va a ver que sugerimos a Mr. de Villèle. Dos sentimientos traían atormentada nuestra alma continuamente: un odio profundo a los tratados de Viena y el ansia de dar a los Borbones un ejército capaz de defender el trono y emancipar a la Francia. Al ponernos la España en peligro por el concurso simultáneo de sus principios y de su separación del reino de Luis XIV indicaba, al parecer, que ella era el verdadero campo de batalla en que podíamos sin gran peligro a la verdad, pero con muchísima honra, enderezar a un tiempo nuestro poder político y nuestra fuerza militar.{6}».

Tal era nuestro modo de pensar cuando fuimos nombrado plenipotenciario en el congreso. El presidente del consejo a quien cegaban sus propias prendas no echaba de ver que la legitimidad iba espirando por falta de victorias después de los triunfos de Napoleón, y particularmente después de la transacción diplomática con que se deshonró. La idea de libertad no alcanzará a llenar la cabeza de los franceses que nunca la comprenderán convenientemente en el lugar de su idea natural, la gloria. ¿Por qué desmereció tanto del concepto de sus contemporáneos el siglo de Luis XV? ¿Por qué engendró esos sistemas de filosofía descabellada que perdieron la monarquía? Porque, a excepción de la batalla de Fontenoy y de algunos rasgos de valor en Quebec, la Francia se vio humillada de continuo. Y si las bajezas de Luis XV y la partición de Polonia cayeron sobre la cabeza de Luis XVI y le derribaron del trono, ¿qué no tenían que temer Luis XVIII o Carlos X después de la humillación de los tratados de Viena?

Esta idea nos tuvo oprimido el corazón como una pesadilla durante los primeros años de la Restauración, y no empezamos a respirar hasta después del triunfo adquirido en la guerra de España{7}.

Las instrucciones de Mr. de Villèle acerca de esta guerra atestiguan la naturaleza de su talento: son astutas y ladinas, y lo más notable que hay en ellas es que su sola exposición desbarata la opinión falsa que corrió entonces acerca del papel que hicimos en Verona. Lejos de exigir el congreso que entráramos en la península, las instrucciones prueban incontestablemente que a la Francia tocó la iniciativa. Esto aparecerá más evidente cuando sean bien conocidas las tres proposiciones del señor vizconde de Montmorency depositadas con otros papeles sobre la mesa de la cámara de los Comunes de Inglaterra en la temporada legislativa de 1823. Empecemos por las instrucciones de Mr. de Villèle.

[ páginas 84-86 ]



XX.
Instrucciones de M. de Villèle.

«La situación de España llamará la atención de los soberanos, y esta cuestión será para la Francia la más espinosa de cuantas se traten en el congreso.

»Los plenipotenciarios de S. M. deben huir primeramente de presentarse en el congreso como narradores de los asuntos de España. Las demás potencias pueden tener noticia de ellos lo mismo que nosotros, pues como nosotros han conservado también en España sus enviados y agentes consulares. Al Austria le pudo convenir tener tal carácter en el congreso de Laybach, porque su voluntad era invadir el reino de Nápoles. Conveníale hacerlo con el apoyo de las demás potencias, y expuso los motivos que tenía para alcanzarle, declarando por otra parte que no haría mérito de él si acaso se le negaban, pues su seguridad reclamaba imperiosamente que ocupase el reino de Nápoles. No estamos resueltos a declarar a España la guerra; las Cortes se llevarían a Cádiz a Fernando antes que permitirle acudir a Verona. La situación de este país (la Francia) no nos pone en la necesidad ni de pedir como el Austria en Laybach el apoyo de las potencias, supuesto que nos urge declarar la guerra; ni de auxilio ninguno para hacerla, supuesto que si la España nos la declarase, no habemos menester socorros; y aun si llegara el caso no podríamos tolerar el paso de tropas extranjeras por nuestro territorio.

»La opinión de nuestros plenipotenciarios sobre la cuestión de saber lo que conviene hacer al congreso respecto de España, será que siendo la Francia la única potencia que debe operar con sus tropas, también será la sola que juzgue de la necesidad de tal medida.

»En resolución, los plenipotenciarios franceses no deben acceder a que el congreso señale la conducta que la Francia ha de observar con España. No deben admitir socorros comprados por sacrificios de dinero, ni por el tránsito de tropas extranjeras por nuestro territorio; trabajarán porque la cuestión de España sea considerada de una manera general y en alcanzar del congreso un tratado eventual, útil y decoroso para la Francia, ora para el caso de guerra entre ella y la España, ora para cuando las potencias reconociesen la independencia de América.»

Lo que el oficial del ministerio de negocios extranjeros, redactor de esta nota, dice luego acerca de lo difícil que era conquistar la España y la imposibilidad de mantener en ella un ejército de ocupación ha quedado desmentido con la invasión de 1823. Por lo demás conócese la oposición natural del presidente del consejo a las hostilidades, sus temores de que los aliados nos propusieran operar en España, y las razones que alega con prevención contra las pretensiones y sugestiones que esperaba. Obsérvase también su preocupación mercantil respecto de América cuya independencia reconocerían las potencias. Esta independencia no era a nuestro ver más que una cuestión secundaria, pues se trataba de la vida o muerte de la restablecida monarquía; en lo demas las instrucciones eran terminantes y acordes con los intereses franceses.

Alentado con ellas Mr. de Montmorency hizo al congreso sus famosas comunicaciones traspasando tal vez los límites del espíritu en que estaban concebidas.

[ páginas 87-89 ]



XXI
Comunicaciones verbales del señor vizconde de Montmorency.

Extracto de las comunicaciones verbales hechas por el señor vizconde de Montmorency en la reunión confidencial de los señores ministros de Austria, la Gran Bretaña, Prusia y Rusia, tenida en Verona el 20 de octubre de 1822.

«El estado de violencia en que se encuentra el gobierno que rige en este momento en España y las muchas provocaciones que dirige a la Francia hacen temer sobradamente que no pueda mantenerse la paz todo el tiempo que quisiera. El gobierno del rey ha hecho ya varios sacrificios al sincero deseo de evitar un rompimiento que le impondría el triste deber de encender nuevamente el fuego de la guerra y alterar la tranquilidad por todos los estados de Europa a tanta costa comprada. Continuará poniendo todo el cuidado posible para evitar tal desdicha, y sabe que en este punto no le faltan ejemplos nobles que imitar. Pero si ha podido hasta ahora imponer silencio al sentimiento de su dignidad y sufrido con paciencia insultos más propios para causarle lástima y sentimiento que para provocar su cólera, no puede, sin embargo, ocultarse los peligros en que envuelve inevitablemente semejante estado de cosas. Una hoguera revolucionaria encendida tan cerca de ella puede arrojar fatales chispas sobre su propio territorio y el de la Europa entera, y amenazar al mundo con una nueva combustión.

»El gobierno español puede, por otra parte, resolverse repentinamente a hacer alguna agresión formal en que crea poder hallar medios de prolongar su vida presentándola como una lucha gloriosa de la libertad contra la tiranía. La Francia debe, pues, mirar como posible y aun quizás como probable una guerra con España. Por la naturaleza de las cosas y conforme a los sentimientos de moderación que quiere sean la norma de su conducta, no puede considerarla sino como una guerra defensiva{8}. Llena de confianza en la justicia de la causa que habrá de defender y glorificándose de tener que resguardar a Europa del azote revolucionario, descansará sin titubear en el apoyo de las armas y en la fidelidad de sus tropas, que tentadas en vano muchas veces han desplegado con los seductores un valor más difícil tal vez que el de las batallas.

»Pero desde este momento hasta que la guerra llegue a ser inevitable, puede encontrarse en el caso, lo mismo que las demás Cortes, de tomar una medida intermedia entre la paz y las hostilidades y romper toda relación diplomática con la corte de Madrid. En efecto, son tales las circunstancias que pueden presentarse y tales los pasos que lleguen a dar el gobierno y las Cortes, que el enviado de Francia se encuentre en la necesidad de pedir sus pasaportes, y que obliguen al rey a mandarle llamar formalmente a pesar de sus deseos de cortar un rompimiento. En este caso que es menester tener previsto, aunque la Francia pondrá todos los medios para alejarle, ¿no les parece a las altas Cortes que sería dar una prueba conveniente de la uniformidad de los principios y miras de la alianza, tomando cada una de ellas otra medida análoga y llamando a su respectiva legación de Madrid? Hay motivos para creer (y esta idea ha llamado desde 1820 la atención de una de las potencias) que si la nación española, viera que cesaban a un tiempo las relaciones que mantiene todavía con los príncipes y gobiernos de Europa y se encontrase como aislada de resultas de la salida de la mayor parte del cuerpo diplomático y el entorpecimiento de las comunicaciones de que este suele ser órgano, llegaría a reflexionar más detenidamente sobre su posición y se aprovecharía de los elementos monárquicos que en sí encierra, y que de tres meses a esta parte van tomando una extensión considerable, para apagar la hoguera revolucionaria que apartaba de él a los gobiernos y a los pueblos…

»Déjase conocer que esta medida, que sería tanto más eficaz cuanto que sería sancionada por la unanimidad de las altas potencias, pudiera tener consecuencias de gravedad. Probablemente irritaría a los hombres que gobiernan en este momento en España, y pudiera inducirlos a hacer inmediatamente una declaración de guerra contra la Francia; pero de parte de ellos estaría la responsabilidad, y aquella guardaría la posición que quiere conservar hasta el último punto; estaría pronta a defenderse y no tendría que atacar.

»Previendo la Francia el caso de una guerra con España y sometiendo a los intereses comunes de la gran alianza todas las consideraciones enlazadas con esta importante cuestión, ha debido creer, y va dicho ya otra vez, que podía contar con el apoyo moral de sus aliados, y que aún podría reclamar de ellos socorros materiales si las circunstancias la pusiesen en tal necesidad. Está particularmente convencida de que en la presente ocasión es necesaria la cooperación de las altas potencias para conservar la conformidad de intentos, carácter fundamental de la alianza, y que interesa sobre manera conservar y manifestar en adelante para afianzar el reposo de Europa.

»Sobre la forma de esta cooperación moral y las medidas encaminadas a asegurarle los socorros que puede reclamar en lo sucesivo, cree necesario la Francia llamar en resolución la atención de sus augustos aliados.

»Reasumiendo, pues, las ideas que acaban de ser expuestas y deseaban conocer, somete a su consumada prudencia las tres cuestiones siguientes:

»1.º En el caso de que la Francia se viese obligada a llamar al encargado que tiene en Madrid y romper todas las relaciones diplomáticas con la España, ¿estarían dispuestas las altas Cortes a tomar una medida análoga y llamar a sus respectivas legaciones?

»2.º Si llegara a declararse la guerra entre la Francia y la España, ¿en qué términos y por qué actos darían a aquella las altas potencias el apoyo moral que debe comunicar a su acción toda la fuerza de la alianza e inspirar un terror saludable a los revolucionarios de todos los países?

»¿Cuáles son por último las intenciones de las altas potencias respecto del fondo y forma de los socorros materiales que estarían dispuestas a dar a la Francia en el caso de que a instancia suya llegasen a ser necesarios, admitiendo una restricción que ésta reclama y ellas propias convendrán en que el estado general de los ánimos la hace indispensable?»

[ páginas 89-94 ]





{1} Es escusado prevenir al lector contra la profunda ignorancia que de nuestras costumbres manifiesta Chateaubriand tanto aquí como más adelante. Nadie ignora las ideas tan equivocadas que acerca de España y sus cosas tienen los extranjeros, y los groseros errores en que suelen incurrir (N. del T).

{2} Todos saben cuáles son las opiniones políticas de Chateaubriand. (N. del T.)

{3} Al hablar de este modo Chateaubriand debía haber estudiado más detenidamente las vicisitudes políticas de España y no confundir hasta tal punto las épocas y las instituciones de sus respectivas provincias. Obra prolija sería desentrañar todos los errores contenidos en el cuadro de nuestra patria trazado aquí por Chateaubriand. (N. del T.)

{4} Alude a la muerte repentina del duque de Montmorency, ayo del duque de Burdeos, ocurrida el viernes Santo de 1826. Este vástago de la ilustre familia de los Montmorencys fue a los principios uno de los más ardientes partidarios de la revolución francesa (N. del T.)

{5} La reacción de 1823 ha puesto de manifiesto cuáles eran esos sentimientos liberales que Chateaubriand atribuye a la regencia rebelde de Cataluña. El gran poeta no hablaría así ciertamente si hubiese nacido español (N. del T.)

{6} ¡Desdichado pueblo aquel que a tales ensayos le destinan! Por lo demás harto deshonrosa ha sido para la Francia la campaña de 1823; desgraciadamente no tienen que echarse nada en cara vencidos y vencedores. Algunos rasgos aislados de heroísmo no lavaron a la causa de la libertad española de la mancha que entonces se echó (N. del T.)

{7} ¡Soberbio triunfo por cierto! ¡Invadir un estado trabajado por las discordias promovidas por ella misma en el espacio de tres años, y cuyos generales entraron en transacciones que no se cumplieron con deshonra y vergüenza de la Francia!

{8} Respondan los 100.000 franceses desparramados por toda la península a echar por tierra el sistema bueno o malo que regía en España. O el sistema constitucional fue proclamado por el voto del país, y en este caso la guerra de 1823 se redujo a un atentado contra la soberanía de las naciones; o fue un régimen instalado a la fuerza y a favor de las circunstancias, y entonces la nación debía ser su juez natural y no el ministerio francés. (N. del T.)


[ Edición íntegra del texto contenido en un opúsculo impreso sobre papel de 94 páginas, más cubiertas y potada, Madrid 1839. Se han renumerado las notas. ]