Filosofía en español 
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Origen de la familia: principales derechos y deberes consiguientes a esta Institución

 

Discurso leído en la Universidad Central
por el licenciado D. Hilario Abad de Aparicio,
en el acto solemne de recibir la investidura
de doctor en la Facultad de Derecho.
(Sección de Derecho Civil y Canónico.)

 

 

Madrid 1862
 
Imprenta de J. A. García, Carrera de S. Gerónimo,
núm. 50, cuarto bajo de la derecha.


Ilmo. Sr.

La sociedad humana, dividida en Tribus, Pueblos, Naciones y Estados, trae su origen de la sociedad llamada La familia. Dios la instituyó en el Paraíso, grabando en el corazón de los primeros progenitores instintos, sentimientos y leyes indelebles para la felicidad de los mortales. La familia completa y perpetúa nuestro modo de existir, extendiéndole en el tiempo y el espacio. El hombre por sí solo no ocupa más que un punto en la superficie de la tierra, sin dejar rastro alguno cuando desciende al sepulcro. La familia esparce sus ramas, dejando raíces casi imperecederas; exige del hombre el sacrificio de su existencia, remunerándole con usura en el aumento de su ser. Concilia la dicha de la personalidad con la de la abnegación, y en un círculo muy estrecho halla la medida tan conveniente a las necesidades y poder de la naturaleza humana, entre el egoísmo solitario y la abnegación absoluta.

Establecida por el mismo Dios, contiene en sus principios fundamentales el germen divino, prenda segura de su perpetua duración y estabilidad. Todos los goces y sentimientos que nacen de esta idea en nuestro corazón, son de inspiración divina; garantidos por el amor; robustecidos por el derecho natural, y continuados por los grandes beneficios de su constitución propia y fecundo desarrollo. La familia tiene, por código civil, el amor; por constitución política, el cariño entrañable de los padres; por religión, la del sacrificio; por libertad, las indestructibles cadenas del corazón, y por último fin, la paz y felicidad presentes y futuras. Por esta razón el entusiasmo que nos causa, el respeto que merece, y la consideración e importancia sociales que tiene, nunca podrán decaer, a menos de sucumbir todas las instituciones humanas, cualquiera que sea su origen y fines que se propongan.

Esta idea de la familia no es patrimonio de un pueblo ni de una nacionalidad; donde quiera que respire un ser humano, se advierten los instintos de la familia, más o menos modificados en su manera de existir. La disolución de costumbres y el desbordamiento de las pasiones influirán sobremanera en su estado, mas nunca la destruirán por completo. ¿Quién es el constante y fiel amigo que siempre nos ama, aunque le demos las muestras más deplorables de ingratitud y desvío? El padre. ¿Quién es la mujer cariñosa, ajena siempre a las pasiones, sin odio, envidia ni celos, que cuenta con solícito afán uno a uno los latidos de nuestro corazón, desde el momento que respiramos el ambiente de la vida, hasta que exhalamos el último suspiro? La madre. ¿Qué institución puede igualarse con la de la familia, donde a pesar de las ingratitudes del hijo, existe siempre el mismo grado de incesante y puro amor en el corazón de los padres?

Si pues la familia tiene tal importancia en la vida social de las naciones, se comprende que haya sido el objeto de todas las leyes y códigos conocidos. Sin embargo, antes ha menester de buenas costumbres que leyes, fundándose estas últimas en las primeras. Dice exactamente Mr. Servant{1} refiriéndose a Tácito, que las buenas costumbres escusan las leyes, así como la superabundancia de estas indica la falta o carencia de moralidad. En vano se darán leyes para la felicidad de las familias, cuando entre sus mismos individuos existe la verdadera apreciación de la dicha que en su seno gozan.

Los descuidos de la educación producen consecuencias que duran toda la vida. El hijo ingrato que rompe arbitrariamente los lazos del cariño, destruye su porvenir al separarse de la familia, adquiriendo en cambio el germen de un dolor que ya presiente para lo sucesivo, cuando teme que con el tiempo venga otro hijo suyo reclamando en nombre de su capricho la separación del hogar paterno. Justo castigo de la pasada conducta; pues no se elude impunemente la ley natural, ni se desconciertan las reglas generales del mundo sin sufrir las consecuencias.

El libro más antiguo, al par que verídico, nos describe con sublimes palabras el origen divino de la familia. Leemos en el Génesis, que después de haber formado Dios al hombre y la mujer, les dijo: «Creced y multiplicaos y llenad la tierra»{2}. Ya estaba en la Mente divina la idea de dar al primer hombre una compañera, cuando dijo el Hacedor Supremo: «Non est bonum esse hominem solum: faciamus ei adjutorium simile sibi»{3}. He aquí establecida la familia con las tres condiciones peculiares de su existencia, a saber: unidad, indisolubilidad y santidad.

Despierta el hombre del sueño que le infundiera el Creador, y contempla a su lado otro ser que se le asemeja, que le atrae con su hermosura, y hacia el cual siente un amor tan acendrado, que le obliga a prorrumpir en estas palabras: «He aquí el hueso de mis huesos y la carne de mi carne»{4}.

La unidad del vínculo está comprendida en la formación de Eva, a quien hizo Dios de la propia sustancia del hombre; de manera, que de esta unión habían de nacer entre los esposos relaciones tan tiernas como indisolubles, en las que estriban la felicidad y duración de las familias. «El lazo conyugal, dice un célebre doctor, es el más estrecho e inviolable de todos. Por eso Dios formó a Eva de una costilla de Adán, significando así que el hombre y la mujer son más bien uno que dos, indivisibles e inseparables. Así como la carne no puede dividirse y permanecer unida al mismo tiempo, el esposo no puede separarse de su esposa, porque es su misma carne; y esta unidad carnal es la imagen de la unidad de amor y voluntad que debe reinar entre ambos»{5}.

La indisolubilidad del matrimonio es consecuencia precisa de su unidad. Jesucristo decía a los judíos: «Ya habéis leído que el Hacedor que formó el hombre y la mujer, les dijo: El hombre abandonará a su padre y a su madre, y se unirán los dos en una misma carne. No separe, pues, el hombre lo que Dios ha unido»{6}.

La unidad e indisolubilidad están garantidas y constantemente justificadas por la santidad, tercera condición fundamental de la familia. Santo es su autor y santo su objeto, siendo como es la santificación mutua de padres e hijos, o sea de toda la humanidad, representada en la sucesión de las familias. ¡Sucesión fecunda y magnífica, que une a todos los hombres con el misterioso y apacible vínculo del amor y de la caridad!

Con esta santificación, los medios y fines de la familia se libran de los móviles impuros de la concupiscencia, cumpliendo únicamente el objeto principal determinado por el Altísimo.

Siendo tres las condiciones o principios fundamentales de la familia, tres son también los fines que se propone y de los cuales dimanan los derechos y deberes recíprocos entre los padres y los hijos. El primero es el mutuo auxilio de los cónyuges: el segundo, la procreación, y el último la educación de los hijos. Todos estos fines hubiéranse cumplido sin menoscabo de nuestra felicidad temporal, si el hombre no hubiera cometido una falta, que contrarió el plan Divino, participando la familia de la degradación de la especie humana, que había de ser regenerada más tarde por el Divino Redentor.

Todas las obras de Dios llevan el sello indeleble que las distingue. Los judíos, escogidos para guardar y trasmitir el sagrado depósito de la ley divina, aunque corrompidos como todos los pueblos del mundo en la época de Jesucristo, conservaron no obstante en sus primitivos tiempos la unidad, indisolubilidad y santidad de la familia. Solo Lamech fue el primero que, casado a un tiempo con dos mujeres, violó la unidad divina de la sociedad doméstica. Aunque la unión conyugal no se había elevado aún a la dignidad de Sacramento, estaba santificada por las preces y votos del jefe de la familia y de los circunstantes, que invocaban las bendiciones de Dios, como se verificó en los casamientos de Rebeca con Isaac, de Ruth con Booz y de Sara con Tobías{7}. Conservaron esta pureza en la familia, juzgando dichosos a los que se veían rodeados de prole numerosa, dispuesta siempre a obedecer los preceptos de sus mayores. Corona de los ancianos son los hijos de sus hijos, dicen los libros sagrados{8}. Las costumbres puras y tranquilas de una vida pastoril y agrícola y la reunión frecuente de las familias, contribuyeron de una manera eficaz a la santidad del hogar doméstico.

Favorecieron las leyes judaicas la constitución de la familia, disponiendo la educación de todos los hijos y considerando como infanticidas a las mujeres que contrariaban los fines de la naturaleza. Si alguno hería a una mujer en cinta y la hacía abortar, era castigado por tal violencia. Si el niño estaba completamente formado, se le condenaba a muerte. Prohibíase la exposición de los hijos, que se consideraba como la mayor ofensa hecha a la Divinidad.

La autoridad paterna contribuía a sostener la unión de todos los individuos en la familia; pero esta autoridad no podía degenerar en tiránica, porque las leyes restringían su ejercicio. Gozaban del derecho de vida y muerte sobre sus hijos, como entre los romanos; pero con la diferencia notable de que los judíos no podían ejercer este derecho sin la intervención del magistrado; de modo que los abusos en esta materia no tomaron incremento ni acarrearon las fatales consecuencias que sufrieron los pueblos paganos. La venta de la mujer existió también entre los judíos, como nos lo atestigua el ejemplo de Jacob, que compra a Lía y Raquel por catorce años de trabajo.

La unión de la familia se robustece, tanto por los derechos de los padres sobre los hijos, como por los preceptos que a estos se imponen y que constituyen sus principales deberes. En cada página de los libros sagrados se halla consignado este mandato divino: «Honra a tu padre y a tu madre, y vivirás largo tiempo en la tierra prometida.» Se conmina al hijo que falte a sus deberes, con los castigos más severos. El que se atreva a maldecir a su padre, dice el Éxodo, será castigado con la muerte, y con más razón aquel que levante la mano contra los autores de sus días. El que abandona a su padre, es declarado infame, y el que irrita a su madre, es maldito de Dios.

La educación contribuía a fortalecer asimismo la unidad de la familia. La madre cuidaba del fruto de sus entrañas, alimentándole y velando por su existencia. Ejercitaba el padre a sus hijos en las faenas agrícolas, enseñándoles el manejo del arco y de la honda: de manera que el hijo, al formar otra familia, hallábase en aptitud de procurarse todo lo necesario. En la educación moral aventajaron a los demás pueblos, pues consignaban en sus cánticos los acontecimientos más notables, haciéndolos aprender a sus hijos, que conocían los fundamentos de la religión, al par que la historia del patrio suelo.

A pesar de estas ventajas en la familia hebrea, dos males la debilitaron y casi destruyeron: la poligamia y el divorcio. La pluralidad de mujeres entre los judíos produjo los amargos frutos que son inherentes a este error social. Por lo que hace al divorcio, aunque establecido en una ley del Deuteronomio{9}, fue no obstante mirado con aversión, por considerarle como una ofensa que se hacía a la Divinidad. Las reclamaciones continuas de los Doctores consiguieron que la ley del divorcio permaneciese mucho tiempo escrita en los libros sin pasar a las costumbres. Justificada por la necesidad de los tiempos y circunstancias especiales del pueblo israelita, fue extendida arbitrariamente por aquellos que buscaban pretextos para repudiar a sus mujeres; llegando a tal punto su envilecimiento, que según cuenta el Talmud, hubo individuo que se desposó con la dueña de una bodega con el solo fin de envasar el vino que había cosechado, repudiándola después.

La ley concedía el derecho de repudio al marido, mas no a la mujer. Sin embargo, las hebreas, que siguieron el ejemplo de las romanas, llegaron a verificarlo sin temor alguno. Salomé, hermana del cruel Herodes Ascalonita, es la primera mujer de Judea que menciona la historia, la cual repudió a su marido, fundándose en la costumbre introducida ya en su tierra.

Este hecho consta en los escritos de Josefo, que lo refiere detalladamente{10}, habiendo sido él mismo víctima de su mujer que le repudió al poco tiempo de su enlace.

La sociedad doméstica entre los judíos, después de la venida de Jesucristo se ha modificado considerablemente por la saludable influencia del Cristianismo, que penetró hasta en los pueblos menos civilizados. Drach dice que el divorcio es entre los judíos lo que Juvenal llamaba

Rara avis in terris, nigroque simillima cygno.

No nos detendremos a examinar la historia de la familia entre los pueblos del Asia, en los tiempos del paganismo. La ley del más fuerte era el principio que servía de base a su legislación; de tal modo, que la mujer se encontraba en perpetua servidumbre, conociéndose el divorcio, la poligamia, el abandono o sacrificio de los hijos y otros mil desaciertos propios de la barbarie, idolatría y despotismo.

En las repúblicas de Grecia, cunas de las artes y las ciencias, no disfrutó la familia de las ventajas propias de una constitución estable. Licurgo comenzó por desconocer el verdadero destino de la mujer en la familia, mandando que se dedicara a los ejercicios violentos de la carrera, del pugilato, y el combate, para robustecer el fruto que pudiera concebir. Todas las instituciones y leyes de esta época tienden a dar al Estado ciudadanos fuertes y numerosos. A este fin dictó Licurgo severísimas disposiciones contra los célibes, declarando infames y viles a los que se negaran a casarse, prohibiéndoles la entrada en los regocijos públicos y privándoles de los honores concedidos a los demás ciudadanos.

La ley autorizaba en ciertos casos el robo de la mujer, siendo considerado este acto como usual y digno de alabanza. Declaró asimismo el legislador que los hijos pertenecían al Estado; llegando a tal punto la exageración de esta medida, que el hijo presentado en el Lesche{11} era reconocido por los ancianos de la república, quienes, si no encontraban en él defectos físicos que le impidieran el manejo de las armas y demás ejercicios propios del hombre, mandaban que se le diera alimento. Si, por el contrario, tenía algún defecto, era arrojado al Apotetes{12}, al pie del monte Taigeto. La religión, con sus manifestaciones groseras y absurdas, aumentaba la crueldad de las leyes. Las madres llevaban en brazos a sus hijos y los colocaban sobre el altar de Diana Orthia, infligiéndoles con el azote para dar culto a la mentida deidad.

Entre los vicios que les proporcionaba una educación tan irregular y anómala, contábase el robo, siendo castigado el que se dejaba coger con el cuerpo del delito. Las leyes de Licurgo, dice Platón, eran más a propósito para formar hombres valientes que justos.

No es más halagüeño el aspecto que la sabia Atenas nos ofrece. Entendida en las artes, pero desconocedora de las buenas costumbres, nos recuerda una época de encantos en sus manifestaciones artísticas y bellezas literarias; pero ciertos usos, costumbres y leyes, dignos de la más enérgica reprobación, oscurecen su brillo y manchan las páginas de su historia. La prostitución pública estaba autorizada por las leyes, lo mismo que en Babilonia. Dice Strabón, refiriéndose al templo de Corinto, dedicado a Venus, que tenía para su culto y servicio más de mil cortesanas{13}.

El abandono de los hijos era tan general, que había sitios destinados para este fin, como los templos, plazas, mercados y encrucijadas de los caminos. La mujer carecía de consideración en la familia y en la sociedad, reputándola como una esclava, según dice Aristóteles. Léanse los poetas y autores más notables de aquella república, y nos convenceremos más y más de la degradación de costumbres a que llegó aquel pueblo. No eran tan inmorales las de Tebas, donde la ley prohibía terminantemente el abandono de los hijos. Si un padre se veía en tan dura necesidad por carecer de medios para el sustento y educación de la prole, debía presentarse al magistrado, que le socorría, aunque no gratuitamente ni con mucha generosidad, pues en cambio el niño quedaba reducido a la esclavitud.

Llegamos ya a otro pueblo inmortal en los fastos de la historia, que tenía por límites las columnas de Hércules y por extensión territorial el mundo entonces conocido. Roma, pueblo rey en el derecho, en las conquistas, literatura y constitución, no comprendió mejor los derechos de la familia que los demás países del mundo. Robustecida la autoridad paterna hasta una exageración censurable, considerados los hijos como cosas, teniendo el padre derecho de vida y muerte sobre sus hijos, de venderlos y darles en noxa, tanta arbitrariedad no fue en sus principios el germen de su desmoralización, porque los padres abusaron pocas veces de tan terribles derechos; y antes por el contrario, la autoridad paterna contribuyó sobremanera al sostenimiento y desarrollo de la unidad política.

La mujer perdía su personalidad, siendo considerada como hija de familia; y una vez viuda, permanecía en tutela perpetua. Las leyes de las Doce tablas autorizan la exposición y muerte de los hijos defectuosos. Extendiéndose la dominación romana, adquirió el pueblo las costumbres y defectos de los países conquistados. Estableciéronse distinciones entre las madres de familia y las que aportaban una dote, llamando a estas últimas esposas o matronas. Desde entonces perdieron los matrimonios gran parte de su importancia, pues solo se buscaba la dote de la mujer, pero no sus virtudes. «Importa sobre manera al bien de la república, escribía un célebre jurisconsulto, que las mujeres conserven cuidadosamente su dote, porque es la única garantía que les asegura el matrimonio»{14}. Si a estas prácticas agregamos la facilidad con que era repudiada la mujer propia por causa de esterilidad u otros pretextos más frívolos, tanto por las personas de humilde condición, como por los guerreros, jurisconsultos, literatos y magistrados; si contemplamos a la mujer entregada exclusivamente a las ocupaciones del tocador, con un séquito numeroso de esclavas, encargadas de rizar sus cabellos, arreglar los pliegues de sus mantos y adornar su cuello con ricos collares de perlas y piedras preciosas, comprenderemos el estado de la familia en los últimos años de la república. Por otra parte, la juventud que presenciaba los desórdenes de las matronas, la facilidad de los repudios y los frívolos pretextos de los maridos para verificar la separación, aun en los matrimonios consumados según los ritos y fórmulas de la confarreación, que se consideraban como los más duraderos por celebrarse ante el Sacerdote o Pontífice, la juventud, decimos, se entregaba licenciosamente a la disipación, prefiriendo gozar fuera de la familia, antes que someterse a los caprichos de una dama romana, que en lugar de ocuparse de las faenas domésticas, como las antiguas madres de familia, disipaba en teatros, placeres y convites la fortuna de su marido, encaminándose a los circos de gladiadores a presenciar escenas sangrientas con la sonrisa en los labios, y según refiere Ovidio, a escuchar las frases galantes de sus adoradores{15}.

Llega por último la época de Augusto, época desastrosa para la familia, y por consiguiente para toda la sociedad romana. Quiso este emperador remediar los males que afligían al pueblo; pero en lugar de empezar sus reformas dando ejemplos de moderación y continencia, obró en sentido contrario. Su divorcio de Escribonia, las maldades de su esposa Livia, cómplice en los desórdenes de su marido, y los adulterios de su hija Julia, constituían la vida privada de la familia de Octavio, no siendo este modelo muy digno de imitación, ni mucho menos podía servir de correctivo. Disminuyose la población, redujéronse las familias, aumentó el pauperismo, y sobrevinieron otros males consiguientes a la desorganización y ruptura de todos los vínculos sociales. El lujo de las damas romanas era tan repugnante y exagerado, que algunas se servían de los pechos de sus esclavas, como de almohadillas, donde clavaban los alfileres de sus prendidos. En esta época se publicaron dos leyes conocidas con los nombres de Julia{16} y Papia Popea, cuyas principales disposiciones tendían a refrenar la licencia de las costumbres. La primera dispuso que todos les ciudadanos contrajesen matrimonio; y para evitar todo pretexto, permitió las uniones de todas clases, tanto entre los diversos grados de parentesco, como entre los distintos órdenes del Estado, que hasta entonces estuvieron prohibidas por las leyes o rechazadas por las costumbres. Bien acogida en su principio esta disposición, no fue muy duradera su observancia, pues el vicio y la codicia hallaron medios de eludirla, alegando no entender la mente del legislador; teniendo Augusto que publicar otra ley aclaratoria de la anterior, y cuyo objeto fue el aumento de la población. Dada por el mismo la ley Julia de Adulteris en el año 737 de la fundación de Roma, en la que se castigaba con pena de muerte la mancha del tálamo ajeno, quiso poner en su vigor estas leyes, y por eso la última imponía penas severas a los célibes y a los esposos que no tuvieran descendencia, premiando, por el contrario, a todos los que contaran tres o cuatro hijos. Tal fue el objeto de la ley Papia Popea, que data del año 762 de la fundación de Roma. Todas las disposiciones de esta ley, en sus diferentes partes, se refieren al objeto mencionado; es decir, al aumento de la población. El siglo de Augusto se halla descrito con extensión en todas las historias, conviniendo sus autores en la completa desmoralización que le corroía, así como en la ineficacia de las disposiciones encaminadas a contenerla. Falseados los principios fundamentales de la familia, y bastardeados los fines de la misma, no es de extrañar que la sociedad reflejara en sus constituciones y formas de gobierno el mismo desorden que se notaba en su base. Sea cualquiera el pueblo pagano donde dirijamos la vista, allí encontraremos iguales errores, porque en todas partes era la familia (proporcionalmente a la corrupción de los pueblos), el despotismo del padre y la esclavitud de la esposa, siendo resultados de estos abusos la degradación del hijo y baldón eterno para la familia.

Hemos visto el origen de esta institución, algún tanto comprendido por los judíos y desnaturalizado por todos los pueblos idólatras, cualesquiera que hayan sido su posición, adelantos y poder. Necesitaba por lo tanto, no solo la familia, sino la sociedad entera, de una regeneración absoluta; y entonces, naciendo Jesucristo, se restauró el primero, legítimo y único elemento de todos los demás, que es la familia. Para salvar al hombre, se humaniza; para levantar a la sociedad, habita en ella; para elevar a la familia, siguió el mismo método, incluyéndose en la familia; y como esta es el principio vital de la sociedad pública, se hizo Él también principio vital de la familia cristiana, en cuyo seno se advierte el primer misterio de grandeza consumado por el Cristianismo: he aquí a Jesucristo creado, formado y perpetuado en las generaciones por el ministerio de la Iglesia{17}. Entonces entran de nuevo en la familia los tres elementos de que al principio hemos hablado, designándolos con los nombres de unidad, indisolubilidad y santidad, elevándose el matrimonio a la dignidad de Sacramento, y recibiendo como tal todas las gracias, virtudes y preeminencias que llevan consigo.

Los seres creados, las maravillas y encantos de la naturaleza, el bello y variado conjunto de las esferas que giran en el espacio, patentizan la gloria de Dios; pero hay dos expresiones que manifiestan la grandeza de su poder en el primer caso, y lo infinito de su bondad en el segundo. El Fiat de la creación es la omnipotencia realizada; el Consumatum est en los labios de Jesucristo expirante, es a la par que prueba de su bondad y misericordia, la destrucción de la esclavitud, la emancipación del hombre, el triunfo de la mujer, el bienestar del niño y la armonía de la humanidad, que reconoce desde aquel día un mismo padre, idéntico origen y destino inmortal. La organización de la familia se funda en el amor, y por lo tanto el marido ve una compañera en la mujer que vive a su lado, y en los hijos el objeto constante de su ternura. Su constitución es sencilla, como todo lo sublime: compónese de tres elementos armoniosamente unidos. En estos tres elementos se encuentran los caracteres grabados por la mano de Dios, y que hacen de la familia el perpetuo modelo de toda sociedad, a saber: una autoridad indiscutible, un ministerio leal y una sumisión afectuosa. La familia así constituida, dice el P. Félix en sus Conferencias, es el ejemplar de toda sociedad bien ordenada, el compendio más magnífico del derecho social, la escuela popular de toda política grande y la obra maestra de todas las sociedades y gobiernos.

Fundados en estos antecedentes, ¿cuáles serán los principales derechos y deberes que provienen de esta institución? El padre, representante de la fuerza vital, tiene el deber imprescindible de defender a la familia, suministrando todo lo necesario para el desarrollo de sus individuos. A él solo corresponde la custodia del hogar doméstico, teniendo los honores y consideraciones en la esfera de la opinión pública. En la familia encuentra el hombre el premio de sus desvelos con las caricias de sus hijos, y con el puro amor de su esposa. Esta, por su parte, debe contribuir al honor del hogar doméstico, atacado por tan diversos enemigos, sin que la sirva de excusa su propia debilidad, porque sus luchas no son exteriores. Las victorias de la mujer son morales, y la resistencia opuesta a la seducción debe ser proporcionada a la responsabilidad y a las consecuencias que puede acarrear una falta. De esta unión y armonía íntimas entre los esposos, nacen los encantos de la vida material y los afectos del alma. Instituido el matrimonio como Sacramento por Jesucristo, la Iglesia Católica comprendió bien que debía regirse por ciertas y determinadas leyes, nacidas de sus bases fundamentales. Así es, que para la pureza y perfección del vínculo, determinó los impedimentos dirimentes e impedientes que disolvían o impedían el matrimonio. Conforme con la idea divina, declaró indisoluble el lazo matrimonial, prohibiendo el divorcio en cuanto al vínculo, mas no en la separación carnal y de morada, fundándose en las palabras del mismo Jesucristo, y considerando como un adulterio todo acto contrario a sus disposiciones{18}.

De la misma unión entre el marido y la mujer se deduce la mutua fidelidad que deben guardarse, y por lo tanto comprendemos que la monogamia pura es únicamente el matrimonio racional y moral. Es deber del marido guardar inviolable la fe que prometiera, como emanada de la ley moral, móvil importante de sus acciones. La dirección en los asuntos domésticos pertenece de consuno a los cónyuges, siendo la posición de la mujer igual en un todo a la de su marido, aunque el ejercicio de sus funciones sea diferente. No creemos admisible la enfermedad moral, que algunos ven en la mujer, considerándola como una paralización del desarrollo del hombre, el cual goza de iguales facultades que aquella, existiendo solo la diferencia en el modo de ejercerlas en sus diversas manifestaciones. El hombre extiende sus ideas y sentimientos hacia el mundo exterior, entrando como parte principal en las relaciones sociales, mientras que la mujer concentra sus afecciones y pensamientos en el amor de su marido e hijos, o lo que es lo mismo, en la interioridad de la vida doméstica; sin embargo, no debemos privar a la mujer de ciertos derechos ejercidos fuera de la vida doméstica, como la tutela de sus hijos y la contratación en ciertos y determinados casos, con anuencia de su marido{19}. Consecuencia también de su intervención en el aumento y prosperidad de la familia, es el derecho a gozar de los bienes que constituyen el patrimonio de la sociedad conyugal. Nuestras leyes godas consignan este principio y reconocen estos derechos. La mitad de los gananciales es el premio que se otorga a la mujer, no solo por sus virtudes, sino también por sus trabajos y desvelos en vida del marido, porque si bien este último representa los elementos de fuerza, reflexión, prudencia y progreso, en la mujer está, por decirlo así, encarnado el principio conservador que se simboliza en el ahorro y la economía. Otro derecho de la mujer consiste en que a la muerte del marido se le restituya, tanto la dote como las demás donaciones recibidas al tiempo de la celebración del matrimonio. Tampoco debemos omitir la viudedad. Téngase presente que cuando la mujer pobre, pero virtuosa, ha contribuido por espacio de muchos años al nacimiento, educación y cuidado de su familia, merece recompensa, porque, compañera del hombre, no debe ser de peor condición que los hijos de su amor{20}.

En cambio de estos derechos, la mujer tiene que cumplir con los deberes de fidelidad, respeto y consideración a su marido, reservando los bienes de sus hijos, caso de contraer segundo matrimonio, obligación que se extiende también al marido.

Antes de examinar los derechos y deberes correlativos entre padres e hijos, hablaremos del divorcio, o sea la separación temporal o perpetua de los cónyuges. Reconoce por causas el adulterio, atentados contra la vida o santidad del vínculo, sevicias corporales, injurias graves, abandono o crimen. La distinta consideración de estas causas tiene diversas consecuencias en el orden civil. La mujer culpable pierde al par de su honor los beneficios de la sociedad conyugal, siendo separados los hijos de sus atenciones y cuidados, concediéndola tan solo una corta pensión para poder subsistir. Así lo disponen nuestras leyes civiles, y en general todas las de los pueblos civilizados y cultos. Ya hemos manifestado que la separación o el divorcio por las causas mencionadas no constituye la completa ruptura del vínculo matrimonial.

Frutos de bendición son los hijos legítimos y de legítimo matrimonio. A la autoridad y derechos que competen al jefe de la familia, llamamos en su conjunto patria potestad, que las leyes de Partida definen con sencillez notable, como a propósito para que nunca se aparte de la memoria. En efecto, según dichas leyes «Patria potestad es el poder que han los padres sobre sus hijos legítimos»{21}. Revestido el padre de un poder supremo en la familia para su mejor dirección, defensa y amparo, tiene derechos sobre sus hijos. Nuestras leyes confían este poder exclusivamente al padre{22}, dándole la investidura de legislador, juez, tutor y señor de sus hijos, con atribuciones y deberes propios de todos estos conceptos.

Como legislador, dicta reglas de conducta a la familia; tiene medios de premiar al hijo o hijos que lo merezcan, mejorándolos en vida o en testamento; nombrarles tutor y aun testar por ellos para el caso de que fallezcan antes de llegar a la pubertad.

Como juez, está en su mano castigarles para su corrección y enmienda, privándoles de la herencia por ciertas y determinadas causas.

Como tutor, cuida de su subsistencia, educación y fortuna; y como señor, se aprovecha de su trabajo y bienes, con ciertas limitaciones.

Consisten los deberes del padre en la manutención, cuidado y educación de sus hijos. La obligación de alimentarlos no puede considerarse como una consecuencia de la patria potestad, sino más bien como un deber de la naturaleza y amor, pues se extiende a personas que carecen de semejante potestad. En efecto, esta obligación corresponde a todo el que ha dado el ser a otro; de manera que los hijos legítimos y naturales reconocidos deben ser alimentados y educados por el padre: pero esto no se entiende con los demás ilegítimos, en cuyo caso la obligación recae sobre la madre, a quien también corresponde exclusivamente la de lactar y alimentar, hasta la edad de tres años; si careciese de medios, debe ser mantenida por el padre. En caso de divorcio, pesa la obligación sobre aquel que dio motivo a la separación, así como pertenece el derecho de retener a los hijos bajo sus cuidados y vigilancia al cónyuge inocente.

La dotación de las hijas es una obligación del padre, fundada en la protección y auxilio que deben dispensar los padres a sus hijos en los asuntos de la vida. La educación de la familia es también un deber de los padres. La mujer puede dirigirla con más acierto en los primeros años de la infancia; pero cuando la inteligencia y razón del niño se desarrollan, este cuidado incumbe al padre, que debe enseñar a su hijo un arte, oficio, carrera o profesión, donde pueda adquirir después la subsistencia y ser útil a la sociedad. Platón, que fue el primer filósofo que tuvo la desgracia de mirar con recelo el sentimiento de la familia, trató de suprimirla por todos los medios imaginables, como se verá comprobado si abrimos las páginas de su República. Declara abolido el matrimonio, haciéndole durar una estación solamente; y una vez nacido el fruto de los amores, separa a los dos esposos, y arrancando al hijo de los brazos de su madre, le lleva a un establecimiento de lactancia, bajo la adopción de la patria. Multiplicando de este modo el corazón, y suprimiendo las afecciones que crean al hombre una patria particular, dentro de la misma patria, pretendía apartar al ciudadano de sus intereses e inclinaciones, para confundirlos a todos en una sola educación y un entusiasmo exclusivo al servicio de la república. Mas no consideraba que de este modo quedarían burlados sus intentos; porque no hay educación que pueda suplir la pérdida de los padres, ni patria que no nos haga echar de menos el hogar doméstico. Cierto es que la educación pública tiene sus ventajas; pero es menester que se halle enlazada con la paternal, porque no pueden reemplazarse mutuamente. A su tiempo el niño vivirá en medio de sus iguales, bajo la dirección de los magistrados, que solo le dispensarán la imparcialidad y benevolencia que la debilidad reclaman; pero es menester que su alma comience por aprender a sentir y pensar al lado de sus padres: porque las creencias y recuerdos que estos le inculcan, casi nunca se borran por completo, formando la esencia de los sentimientos que le dictan la mente y el corazón. Si el hombre encuentra desde la cuna saludables ejemplos, palabras dulces y sentimientos afectuosos; si las tradiciones de la familia le enseñan a practicar las costumbres más puras, no es de temer que olvide en ninguna ocasión sus deberes respecto a la patria: y no solo será un ciudadano, sino que será mucho más, porque será un hombre completo{23}. Es innegable pues, que la educación es uno de los deberes más importantes de los padres.

El niño, en sus primeros años, tiene capacidad legal para adquirir y poseer ciertos derechos civiles inherentes a la cualidad de ser racional; mas como no puede ejercerlos a causa de su edad e insuficiencia, el padre tiene el deber de velar por los intereses de su hijo, contratando por él, sosteniendo en juicio sus derechos, conservando sus bienes y entregándoselos cuando salga de su poder. Esta obligación es una consecuencia del amor que el padre profesa a su hijo, y por lo tanto dimana de la naturaleza.

Como resultado de la protección en la persona y bienes del hijo, el padre tiene derecho para sustituirle pupilarmente, evitando de este modo las asechanzas de los que, interesados en la herencia, pudieran atentar contra la vida del pupilo. Los hijos deben a sus padres consideración, respeto y obediencia por los cuidados y beneficios que de ellos reciben.  Tienen la obligación de alimentarlos en caso de pobreza, y la de consultarlos en todos los asuntos y circunstancias difíciles de la vida, pidiéndoles el consentimiento para contraer matrimonio. Este deber dura hasta cierta época establecida en las leyes. Tienen derecho a la legítima parte de la herencia, a los bienes y productos de sus peculios castrense y cuasi-castrense; no así en el adventicio, cuyos productos pertenecen al padre, ni el profecticio, cuya propiedad y usufructo le corresponden.

En general, como los derechos y deberes son correlativos, podemos decir que los derechos del padre se convierten en obligaciones para los hijos, y viceversa.

Cuando los padres ejercen dignamente sus derechos, confirman la excelencia de este ministerio paternal, distribuidor de premios y castigos, moralizando y corrigiendo la familia, que con el tiempo llega a formar parte de la sociedad política.

Tales son los principales derechos y deberes que nacen de la familia, bajo el punto de vista moral y civil, y que se hallan en perfecto acuerdo con los principios fundamentales del matrimonio. De esta manera la sociedad doméstica se engrandece y eleva sobre todas las sociedades humanas, y se forma insensiblemente un núcleo de derechos y respeto a la ley, que va infiltrándose en las instituciones y costumbres.

Siglo tras siglo ha sufrido infinitos ataques la familia, si bien ha permanecido incólume, cual roca que resiste a los embates de las encrespadas olas del mar embravecido. Aun después del establecimiento del Cristianismo, cuyas ideas y doctrinas parece que debieran haber acabado con los antiguos abusos y desórdenes, conociéronse vicios que atacaron rudamente las bases de la institución que nos ocupa. Los bárbaros del Norte, que se repartieron el imperio de Occidente, si bien nos legaron leyes importantes que han permanecido en nuestros códigos, como las referentes a los bienes gananciales y mejoras, estuvieron muy lejos del acierto, incurriendo, aunque con menos intensidad, en los defectos de los pueblos subyugados. Felizmente la Iglesia Católica no ha tolerado nunca estos abusos, y sus sabias disposiciones y anatemas contra el error y el desorden, han contribuido a purificar a la sociedad de los males que la hubieran sobrevenido.

Finalmente, el siglo actual nos ofrece ejemplos de la importancia social de la familia. Surque el hombre en buen hora los mares con la rapidez del rayo, y respire hoy el aire puro de su patria para cubrirse mañana de niebla en los climas del Norte, Sujete el pensamiento en las corrientes eléctricas, trasmitiéndole por el proceloso Océano, y sienta henchido de entusiasmo el corazón al celebrar los adelantos de las artes y ciencias. Tenga también poderío para satisfacer los deseos que le agitan, y goce de la libertad en todas sus manifestaciones; pero en medio de tantas pruebas de felicidad, no olvide nunca que todos estos prodigios del talento humano, y todas estas ventajas, con tanto esfuerzo conseguidas, no valen tanto como el ósculo tierno de una madre, como su bendición al morir, o como el abrazo de un padre que nos estrecha el día en que dice a la sociedad: «A mí debe este hombre su existencia; le cuidé en su débil infancia, le inspiré respeto a las leyes, amor a su patria, caridad hacia sus prójimos; le comuniqué las lecciones de la experiencia, le hice comprender las verdades que la ciencia atesora en sus libros para honrar su nombre y el de su patria.» Este es el hombre, niño ayer, cuando llega a la vida social por el camino del bien. De esta manera el progreso humano estará en armonía con el de la sociedad doméstica, cuyos grados de ventura y moralidad señalará el barómetro de la Familia, institución sagrada y veneranda establecida por el Supremo Hacedor.– He dicho.

Madrid 14 de junio de 1862.

Hilario Abad de Aparicio.

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{1} Discursos forenses.

{2} Benedixitque illis et ait: crescite et multiplicamini et replete terram. (Génesis, I, 28)

{3} Ibidem. II, 18.

{4} Dixitque Adam. Hoc nunc os ex ossibus meis et caro de carne mea. (Génesis, II, 23, 24.

{5} Cornelio a Lápide. Comentarios al Génesis, tomo I, pág. 81.

{6} Evangelio según San Mateo; cap. XIX, v. 4, 5 y 6.

{7} Génesis XXIV, 60.– Ruth IV, 11.– Tobías VII, 15.

{8} Corona senium filii filiorum. Proverbios XVII, 6.

{9} Deuteronomio, cap. XXIX, 1 y siguientes.

{10} Josefo, Antigüedades Judaicas, lib. XV, cap. VII, núm. 10.

{11} Sitio destinado para la presentación de los niños.

{12} Estanque donde eran arrojados los niños defectuosos.

{13} Strabon, lib. VIII.

{14} Reipublicæ nostræ interest, mulieres dotes salvas habere propter cuales nubere possunt. Plulo, libro II, de jure dot.

{15} Véase sobre este punto la novela de Bulwer que se titula Últimos días de Pompeya, traducida con sumo acierto del inglés por el Doctor Don Isaac Núñez Arenas.

{16} Ley Julia, De maritandis ordinibus, año 757 de la fundación de Roma.

{17} Conferencias del P. Félix, 1860. Conferencia 1.

{18} Concilio de Trento, Sesión XXIV, Canon 7.

{19} Leyes de Toro, desde la 54 hasta la 60.

{20} Esta viudedad de la mujer pobre se conoce en el derecho con el nombre de cuarta marital. (Ley 7, tit. XIII, Part. 6.ª)

{21} Leyes 1.ª y 2.ª, tít. XVII, Part. IV.

{22} El proyecto del Código civil establece la patria potestad de la madre según se conocía en la época del Fuero Juzgo. (Art. 144-164.)

{23} Julio Simón, El Deber, pág. 163, traducción española.

{ Transcripción, renumerando las notas, del texto contenido en un opúsculo de 29 páginas impresas sobre papel. }