Filosofía en español 
Filosofía en español


Emilio Castelar

Discursos en el debate originado por el anterior discurso

Cortes de 1871  ❦  Congreso de los diputados, 20 y 24 de octubre y 6 de noviembre de 1871

De los tres discursos que siguen debo decir lo contrario de lo que dije respecto a los discursos del debate sobre las elecciones. Juzgué éstos inferiores en importancia al discurso capital o primero de la discusión. Juzgo las tres rectificaciones relativas a la Internacional muy superiores al discurso. Las ideas de las escuelas conservadoras fueron rudamente tratadas. El primero de estos tres discursos es más bien de pasión política que de crítica científica. Hablaba el Sr. Alonso Martínez, y yo creí deber valerme de los antecedentes históricos y compromisos políticos de estadista y orador tan insigne, para mover la Cámara contra el Gobierno. Los otros dos son discursos en que se examinan y se controvierten todas las ideas vertidas en aquel magnífico debate.



Sesión del 20 de octubre de 1871.

El Sr. Castelar: Señores Diputados, aunque los muy ilustres oradores que deben tomar parte en este debate me autorizaría para dejar de atender ahora al discurso pronunciado por el Sr. Alonso Martínez; aunque esta circunstancia me autorizaría en rigor a ello, no quiero dejar de contestar a sus observaciones.

Yo, cuando tachaba a alguien de reaccionario, no era ciertamente al Sr. Alonso Martínez. Ni su persona, por muy respetable que para mí sea, ni su fracción, que no conozco, pasaban entonces por mi memoria: yo consideraba al Sr. Alonso Martínez, cuyo discurso contra los derechos individuales habia leido y habia meditado, como enemigo de la Constitución, y por consecuencia, no era a él a quien mis observaciones se dirigian; se dirigian al Ministerio progresista, al Ministerio radical, al Ministerio que pretende plaza de liberalismo, y ahora veo que se encuentra protegido y amparado ese Gobierno radical, progresista y liberalísimo por el Sr. Alonso Martínez, conservador antiguo y enemigo de los derechos individuales, tal como el partido radical los comprende.

La verdad es que sobre este grave asunto hay dos criterios. No quiero decir el mío; el mío será siempre el de la libertad. Hay el criterio de uno de los oradores que han formado la comisión de Constitución, y que pertenece al partido radical, el criterio del señor Rodríguez, que bien pronto vamos a oír, y el criterio del Sr. Alonso Martínez, fuera de la Constitución. (Varios señores Diputados: Dentro, dentro.) Dentro de la Constitución, pero combatiéndola (Algunos señores Diputados: No, no); combatiéndola, puesto que el Sr. Alonso Martínez combatió el discurso del Sr. Martos, el del Sr. Rodríguez, el del Sr. Rivero, todos ellos referentes al título i de la Constitución. (Murmullos, interrupciones.)

Por consecuencia, sostengo y digo, y en esto me dirijo al Gobierno, que es lo que me interesa, puesto que las ideas individuales del Sr. Alonso Martínez me interesan bien poco, aunque yo las respeto y las considero en mucho; mas para el fin político, ahora no me interesan; yo digo que aquí hay dos criterios: el criterio radical del Sr. Rodríguez, y el criterio conservador del Sr. Alonso Martínez. ¿Cuál es el criterio de ese Gobierno? Yo me alegraré que sepamos si ese Gobierno está con el criterio conservador del Sr. Alonso Martínez, o con el criterio constitucional, radical, liberal, del Sr. Rodríguez. (Interrupciones.) Así, señores Diputados, conseguiremos una cosa: sabremos las opiniones de ese Gobierno, porque yo no discuto las teorías del Sr. Alonso Martínez, no discuto su argumentación; lo que yo pretendo saber es qué política profesa ese Gobierno, qué criterio tiene sobre ese punto. (Nuevas interrupciones.)

Señores Diputados, no sé si de la mayoría o de la minoría, no sé si sois mayoría o minoría: señores Diputados: nosotros hemos oído con grande atención a vuestro órgano el Diputado conservador Sr. Alonso Martínez. Me parece que yo no enveneno las cuestiones; yo no injurio a nadie; yo no trato acerbamente a nadie; yo respeto a todo el mundo, y exijo que se me dé el mismo respeto.

¿Qué significa este diálogo? ¿Qué significa este coro perpetuo a todas las afirmaciones reaccionarias? El señor Alonso Martínez se ha equivocado al atribuirnos una adhesión incondicional al título i de la Constitución. Ya sabe muy bien el Sr. Alonso Martínez que aquí no se vota lo que uno quiere absolutamente: aquí se vota siempre aquello que está más cerca de nuestros principios. Nosotros pusimos reservas a nuestro voto, e hicimos objeciones al título i de la Constitución; por consecuencia, ese título por su espíritu nos pertenece: por todas las limitaciones que tenga a los derechos individuales, no nos pertenece de ninguna manera. Y, señores Diputados, el carácter negativo que los artículos de la Constitución tienen, carácter tomado de la más liberal de todas las Constituciones del mundo, de la Constitución republicana, democrática y federal de los Estados-Unidos; ese carácter que los artículos de la Constitución tienen, nosotros lo admitimos y lo consideramos como nuestro, y creemos que ningún español puede ser privado del derecho de expresar sus ideas, puede ser privado del derecho de reunirse y asociarse. He aquí por qué en este sentido nosotros admitimos el título i de la Constitución.

Pero nos dice el Sr. Alonso Martínez: «vosotros defendéis una sociedad cuyo gobierno sería el mayor de los retrocesos.» Yo creo, en efecto, señores Diputados, que el comunismo podría llevarnos al estado de las tribus del Asia, al principio de la sociedad. Lo dije ayer. ¿Necesito repetirlo? Pues qué, ¿no discutimos aquí con sinceridad? Y después de todo lo que ayer dije, ¿debía haberme inculpado el Sr. Alonso Martínez de querer el triunfo de la Internacional? Lo que yo quiero es que la Internacional se exprese, se manifieste, porque conozco lo inútil que es perseguirla; lo que quiero es que se la mate a fuerza de luz, discutiéndola, porque negándola y prohibiéndola, la ahogaréis en la superficie, pero se encerrará en el seno de la sociedad, y más tarde o más temprano brotará la idea, porque la sangre de los mártires es tan fecunda que puede hacer que broten y triunfen los errores que perecerían a la luz del día, a la luz del pensamiento.

Yo sé defender la legalidad de los jesuitas. ¿Me entiende el Sr. Alonso Martínez? Yo traería aquí a los jesuitas, yo consentiría todas las órdenes monásticas. ¿Haría lo mismo S. S.? Él será muy católico; Ministro ha sido y legislador, y no ha consentido que esas órdenes vinieran. ¿Y tendría derecho por eso el señor Alonso Martínez a decirme que yo quiero la teocracia? Yo quiero la libertad para mis mayores enemigos, porque sé que en el terreno de la libertad, la razón y la justicia prevalecerán siempre.

Pero el Sr. Alonso Martínez ha querido ridiculizar mi presencia en el Congreso de Berna. Pues, señores Diputados, sucede en los Congresos científicos de Europa, que no era otra cosa aquél que un Congreso científico y académico, sucede que personas que han escrito libros o publicado periódicos, acuden; y porque a medida que se van separando las distancias, parece como que se representan opiniones más generales, se da el título de nacionalidad a los nacionales de un pueblo, meramente por una traslación de lenguaje, meramente por una metáfora; y no vale esa metáfora el ridículo que ha querido echar sobre mí el Sr. Alonso Martínez. Pero además, si no tiene importancia el Congreso de Berna, porque eran unos cuantos señores particulares que se reunían, aunque fueran grandes filósofos, grandes publicistas, Ministros y ex-Ministros algunos, ¿cómo queréis dar tanta importancia a esos Congresos de la Internacional, que son pobres hilanderos, zapateros, trabajadores, albañiles, que se reúnen en una ciudad cualquiera de Europa?

Pero decía el Sr. Alonso Martínez: «¿Congresos soberanos y de fallos inapelables? Pues para mí esos Congresos no son soberanos, ni sus fallos inapelables.» Pues para mí tampoco, Sr. Alonso Martínez; pero es necesario poner los argumentos en condiciones de legitimidad, porque de otra suerte, se arguye, si no con mala fe en la voluntad, con malísima fe en la inteligencia.

Yo decía que los acuerdos del Congreso internacional eran soberanos, constantes e inapelables para los internacionalistas: a los demás no les obligan, como el Concilio ecuménico último no obliga a los protestantes.

Pero dice el Sr. Alonso Martínez: «¿Esta sociedad no predica el ateísmo? Pues aquí está el programa de la Alianza.» Pero ¿qué tiene que ver la Alianza con la Internacional? La Alianza se llama democrática, y la Internacional rechaza toda idea política; la Alianza se llama atea, y la Internacional no quiere entender absolutamente en ninguna cuestión religiosa: los de la Alianza pertenecían a la Internacional como un católico que ha pertenecido a la Commune de París, Corvillac, el cual era católico, soldado del Papa, internacionalista y de la Commune de París.

Señores: ya se sabe lo que es una asociación. Por ejemplo: El Sr. Alonso Martínez pertenece al Colegio de abogados, comete un delito como individuo de esta asociación; ¿castigan al Colegio de abogados? Pues es lo mismo que quiere el Sr. Alonso Martínez: que porque la Alianza promulgó allá en sus tiempos un programa, castiguen a la Internacional. De suerte que el día que el Sr. Alonso Martínez sea sedicioso, castigarán al Colegio de abogados. Este es el argumento, y argumento que no tiene vuelta de hoja.

Pero dice el Sr. Alonso Martínez: «La Alianza era atea, la Internacional es atea; la Constitución española no es atea, luego debe ser condenada la Internacional.» Pues yo le digo a S. S. que en este punto no ha leído el artículo de la Constitución, porque todo español, sean las que fueren sus ideas filosóficas y religiosas, puede aspirar a ejercer todos los cargos públicos: es el artículo 27 de la Constitución. Y si un ateo puede ser aquí Presidente del Consejo de Ministros, si un ateo puede ser aquí rector de la Universidad, si un ateo puede ser Presidente de la Cámara, ¿no ha de poder ejercer los derechos primeros de todo ciudadano?

¡Ah! no os contentáis con la gran reacción política y económica que se oculta tras de esa confabulación contra la Internacional, comenzáis también a traer la cuestión religiosa, y en prueba de ello pedís que se condene aquí hasta la libertad de la palabra en el seno del Parlamento. Señores Diputados: yo podré tener la idea que se quiera de ciertas inconveniencias, yo las condenaré desde el punto de vista moral y social; pero cuando se invoca la autoridad, cuando se pide al Presidente, que no necesita que nadie se lo recuerde porque lo cumple muy bien, que cumpla el Reglamento contra un compañero, yo digo que tenemos el derecho de juzgar todas las ideas, el cielo, la tierra, los Reyes y Dios.

Señores Diputados: ¡pero qué manera de raciocinar la del Sr. Alonso Martínez! Me parecía imposible que estuviera oyendo a un tan elocuente y tan adiestrado orador en las lides parlamentarias y jurídicas. La Internacional quiere que ciertas instituciones fundamentales de la Constitución queden abolidas; las declarará abolidas cuando triunfe, luego debe ser prohibida la Internacional.

Es así que el Sr. Nocedal declarará abolidas instituciones fundamentales de la Constitución, luego el partido carlista debe ser prohibido: es así que el Sr. Cánovas suprimirá el sufragio universal por los medios legales cuando sea poder, luego el Sr. Cánovas debe ser lanzado de esta Cámara y su partido disuelto: es así que nosotros no queremos nada con el Rey ni con la Monarquía, es así que nos proponemos por todos los medios legales acabar con la Monarquía y con la dinastía de D. Amadeo I, luego debemos ser proscritos de esta Cámara: si así se argumenta, yo no tengo nada que decir.

Yo no he visto madeja de ideas como la que el señor Alonso Martínez ha formado enredándose en los conceptos de la moral y del derecho; no podía salir nunca, no tenía medio de salir. Se encontraba con la moral, y decía: «Yo no puedo parapetarme tras de la moral católica (la perspicacia de su inteligencia se la ocultaba), luego debo parapetarme tras de la moral universal»; y tras de la moral universal se hallaba con una traba, con una inmensa dificultad; porque, señores, la moral no puede de ninguna suerte interpretarse sino por la conciencia individual, que es la voz de Dios en la tierra; el legislador se encontrará siempre grandemente incierto cuando trate de definir la moral. Por ejemplo, creen los católicos que el dogma de la gracia tal como los protestantes lo profesan, dogma que toca por el protestantismo en la predestinación, creen los católicos que eso es moral. Yo creo que no; yo creo que el catolicismo da una responsabilidad moral a la individualidad humana, y una jurisdicción mayor a la libertad de la que le da el dogma protestante, y que, por consecuencia, para un católico el dogma de la gracia, tal y como lo entienden los protestantes, tal y como lo entendió Lutero, es inmoral. Y es tan inmoral, que recuerdo que cuando Carlos V expiraba, al pié de su lecho batallaban los dos principios que él había querido hacer coexistir unas veces, y otras hacer prevalecer el uno sobre el otro; y le decía uno de los que le ayudaban a bien morir: «Señor, vuestras obras»; y le decía el protestante, el que más tarde fue condenado, el Arzobispo de Toledo: «Señor, la gracia.»

Dos morales, dos ideas, dos principios combatían al pié del lecho de aquel hombre que había pasado su vida combatiendo por uno o por otro de estos principios. Si en esos momentos supremos de la vida, en el lecho de muerte de un Emperador, los principios morales batallan, ¿cómo queréis que sobre este punto tengamos aquí una misma idea, aquí, en el seno de estas Asambleas deliberantes, que viven de la contradicción, de la discusión, de la antítesis y de la lucha?

Así es que la Internacional no puede ser inmoral: inmorales son los principios reprobados por la conciencia universal.

El robo, ¿quién no lo reprueba? El asesinato, ¿quién no lo reprueba? El parricidio, ¿quién no lo reprueba? La estafa, ¿quién no la reprueba? La Internacional, verdad más acá de los Pirineos, mentira más allá de los Pirineos; lo que al Sr. Alonso Martínez le parece inmoral, no se lo parece a los puritanos de Inglaterra, a los calvinistas de Suiza, a los protestantes y a los pietistas de Prusia. Por consiguiente, no venga S. S. con eso de la moral, que es el último castillo en que os encerráis para traer la reacción; yo digo lo que siempre defiendo, la democracia, el derecho y la libertad.

El Sr. Presidente: El Sr. Castelar tiene la palabra para rectificar.

El Sr. Castelar: La cuestión de la libertad de pensar, sobre la cual ha aducido algunas ideas el señor Alonso Martínez, me anima a decir algo sobre este asunto.

Se trata de una interpretación; y cuando somos legisladores, nuestro criterio individual tiene alguna trascendencia, porque puede llevarse la interpretación a la infracción de la ley; y yo digo que, en efecto, hay aquí un artículo que merece atenderse: «El que escarneciere públicamente alguno de los dogmas o ceremonias de cualquiera religión que tenga prosélitos en España.»

Discutir, negar, no es de ninguna suerte escarnecer; y conviene que esto quede muy sentado, porque, como hemos padecido mucho tiempo de tiranía filosófica o religiosa, me interesa que no se ataque al derecho inviolable de la conciencia.

Señores: este artículo indudablemente ha sido tomado de un artículo del Código francés. La ley, al hablar de ceremonias, lo que quiere decir es que si mañana sale una procesión católica con un Viático, o bien los santones, o como se llamen, de una sinagoga, por las calles, no se les ridiculice. Y esto es tan cierto, que en Francia no se condenaban los libros que negaban la idea de Dios, los libros que negaban el catolicismo, la Encarnación, el Verbo, y se prohibía y se condenaba por los tribunales el reírse de cualquier dogma de cualquiera religión.

Por consiguiente, es necesario que sepamos aún dentro del derecho penal hasta dónde llegan nuestras facultades: no podemos escarnecer, pero podemos discutir y podemos negar.

Sesion del 24 de octubre de 1871.

El Sr. Presidente: El Sr. Castelar tiene la palabra para rectificar.

El Sr. Castelar: Señores Diputados, el Congreso recordará que al concluir de hablar el Sr. Esteban Collantes me levanté yo a decir que no tomaría la palabra sino al término de la discusión; y como quiera que el Sr. Ministro de la Gobernación acaba de resumir el debate, ésta es la hora y sazón oportunas de que yo rectifique las ideas que se me han imputado y las afirmaciones equivocadas que se han hecho en toda esta larguísima discusión. El Congreso no olvidará que habló primero el Sr. Alonso Martínez; que después del Sr. Alonso Martínez habló el Sr. Esteban Collantes; que después del Sr. Esteban Collantes habló el Sr. Nocedal, que después del Sr. Nocedal habló el Sr. Martínez Izquierdo, y que después del Sr. Martínez Izquierdo ha resumido el debate el señor Ministro de la Gobernación.

Yo debo contestar a todos estos discursos, y el Congreso, que sabe la mucha gratitud que yo le guardo por la benévola atención que siempre me presta, el Congreso me oirá por última vez en este debate.

Señores, habiendo ya contestado en el acto al señor Alonso Martínez, confieso que en el calor de la improvisación y en la vehemencia del discurso se me olvidó un punto capitalísimo, se me olvidó el punto de los derechos individuales. El Sr. Alonso Martínez nos decía que nosotros, al fundar los derechos individuales, fundábamoslos en un mito, en un ente de razón, en una entelequia: y cuando yo preguntaba cuál era ese mito, cuál era ese ente de razón, el Sr. Alonso Martínez respondía que el mito, que el ente de razón era el hombre, era el género humano, era la naturaleza humana. Para el Sr. Alonso Martínez el hombre nace en la familia, el hombre nace en la nación, y como el hombre nace en la familia, y como el hombre nace en la nación, debe atenderse antes a estas condiciones que a su naturaleza de hombre. Pues bien: el Sr. Alonso Martínez funda el derecho en todo lo que hay de contingente, en todo lo que hay de accidental, y prescinde de todo lo que hay de permanente, de todo lo que hay de eterno: prescinde de la humanidad. Es accidental que yo sea español; prefiero ser español más que de cualquiera otra nación; porque, como he dicho otras veces, después de haber leído la historia de todas las grandes mujeres, ninguna he preferido a mi madre; y después de haber leído la historia de todas las grandes naciones, ninguna he preferido a mi patria.

Pero es, Señores Diputados, completamente accidental que yo sea español o francés, o griego o ruso, y es completamente accidental también que yo tenga el modesto y plebeyo, pero honrado nombre de Castelar, o tenga el ilustre de Téllez o de Girón. Y sin embargo, el Sr. Alonso Martínez funda el derecho en todo ese conjunto de accidentes, y cuando yo lo fundo en la naturaleza humana y en las facultades del hombre, que son independientes del tiempo, de las circunstancias y de los accidentes históricos, S. S. me dice que fundo el derecho en un mito. Pues, Sr. Alonso Martínez, todos los grandes movimientos de la historia humana se han realizado en virtud de ese mito. Sócrates fundó la conciencia moral, porque separó la conciencia de los altares, de las tradiciones históricas, de las circunstancias de tiempo y de la patria, y así elevó la conciencia humana. Cristo fundó una gran religión, porque su palabra fue, no para griegos ni para judíos, sino para todo el mundo, porque dijo: «No quiero más religiones nacionales, sino una religión para todos los hombres.» Y por eso nuestra idea del derecho es el complemento de toda la civilización moral y cristiana que ha engendrado el antiguo movimiento filosófico, el nuevo movimiento religioso y el novísimo movimiento científico; porque nuestra idea del derecho se funda en lo que nadie puede destruir, en el inmortal espíritu del hombre.

Y decía el Sr. Alonso Martínez: «No ponéis ningún límite al derecho, creéis el derecho ilimitado.» No hemos creído nunca el derecho ilimitado. El derecho nace de la condicionalidad humana: por lo mismo que el hombre es limitado, tiene derecho; si no lo fuera, no lo necesitaría. Por consiguiente, no es justa esa observación. Lo que nosotros queremos, lo que nosotros sostenemos, es que el derecho no se limita y no se puede limitar sino por el derecho de otra persona, sino por el derecho de los demás; y como el derecho está limitado por el derecho, porque es esencial y fundamentalmente idéntico el derecho de todos, puede decirse por una extensión de sentido que el derecho es ilimitado, y el órgano de la sociedad, el Estado, no tiene más que un ministerio, el ministerio de hacer coexistir todos los derechos.

He aquí lo que nosotros entendemos por derecho. Y luego nos decía el Sr. Alonso Martínez: «Declaráis el derecho humano ilegislable.» Tampoco lo declaramos ilegislable en el sentido que nos atribuía S. S.: nosotros creemos firmemente que a los poderes legislativos les compete cambiar las organizaciones administrativas y políticas; pero nosotros creemos que ningún poder legislativo tiene derecho sobre mi pensamiento, sobre mi conciencia, sobre mi hogar, sobre lo que es inherente a la personalidad humana.

Así, puede destruir la república o puede destruir la Monarquía, o puede modificar el poder judicial, o puede modificar el municipio, un Congreso o una Asamblea o un comicio; pero lo que no puede destruir sin grave atentado a la justicia y al derecho, es la propiedad de mi pensamiento, la propiedad de mi conciencia, la propiedad de mi alma.

Éste es, señores Diputados, el sentido en que nosotros creemos que el derecho es ilimitado e ilegislable. Ahora bien, de nadie menos que del Sr. Alonso Martínez debía venir un ataque de esta especie. ¿Sabéis qué? Porque este derecho natural limita la soberanía de las muchedumbres y como quiera que nos encontramos en una sociedad de sufragio universal, y como quiera que este mismo sufragio universal que ahora hemos concedido, puede mañana conservar el poder inmanente, como lo tienen algunos cantones suizos, es indispensable que les digamos a las muchedumbres, que también pueden ser tiranas, que corren mucho peligro de ser tiranas, que lo han sido muchas veces: «Tendréis, les diremos, derecho y competencia sobre todo; pero no sobre mi alma, no sobre mi pensamiento, no sobre la eterna propiedad de mi ser.» Y al hacer esto, limitamos, no las tiranías de los Reyes que se van, no las tiranías de los Pontífices que concluyen, sino la terrible tiranía de las muchedumbres.

Y concluyen aquí mis observaciones al Sr. Alonso Martínez, y me dirijo ahora al Sr. Esteban Collantes. Nadie se complace como yo en reconocer la naturalidad, el ingenio, la gracia con que el Sr. Esteban Collantes defiende siempre todas sus tesis.

Lo que especialmente me extraña y me maravilla en el Sr. Esteban Collantes es la naturaleza de su memoria. Yo no reconozco memoria más feliz que la de S. S. para recordar todos los desaguisados del partido progresista, así como no reconozco memoria más desgraciada cuando se trata de recordar todas las arbitrariedades, todas las violencias del partido moderado. El Sr. Esteban Collantes, aludiendo a ciertos viajes de que yo hablé, decía: «Los Diputados, bajo el régimen moderado, en todo tiempo, en todas ocasiones, pudieron hacer lo que quisieron, porque en toda ocasión y en todo tiempo se respetó la libertad parlamentaria.» En todo tiempo, es verdad, en todo tiempo, menos cuando los Diputados tenían que pedir el cumplimiento de artículos de la Constitución, como el de la reunión anual. Entonces eran cercadas sus casas, derribadas sus puertas, arrancados de sus lechos, conducidos a las playas y entregados a los mares, no tan profundos como el proceloso olvido del Sr. Esteban Collantes.

Pero nos decía el Sr. Esteban Collantes: «Yo nada tengo que agradecer a los que me han dado esta libertad.» Eso es cierto: nada tiene S. S. que agradecer a los que le han dado la libertad. S. S. hace lo que hace porque tiene derecho para hacerlo, porque debe hacerlo en uso de su derecho, como pueden hacerlo todos los ciudadanos y todos los Diputados. Pero ¡ah, Sr. Esteban Collantes! cuando podéis proclamar vuestra Reina; cuando podéis proclamar su legitimidad; cuando podéis agruparos en torno suyo; cuando podéis desplegar su bandera; cuando podéis traer aquí vuestras ideas, ¿os atrevéis a hablar contra los derechos individuales? Esto, por otra parte, poco importa, porque los derechos individuales son como el sol, que iluminan y vivifican a los mismos que los niegan y los desconocen.

Pero S. S. cometió un acto político importantísimo. El Sr. Esteban Collantes, al acabar su discurso, volviendo hacia el Gobierno sus miradas, dijo: «Tenéis nuestro presupuesto, tenéis nuestro ejército, tenéis nuestras cruces, tenéis nuestra aristocracia, tenéis nuestra limitación de los derechos individuales, tenéis nuestra fórmula, y puesto que nos habéis dado lo que constituye la esencia de aquella forma política, dadnos su nombre, dadnos su representación, dadnos nuestro Rey.»

¡Y qué profunda era esta frase! ¡Qué trascendental era esta demanda! Es verdad; cuando las dinastías desconocen el principio que las ha dado origen, las dinastías se hunden y desaparecen. Se hundió la dinastía de Luis Felipe, que representaba la superioridad de las clases mercantiles y de las clases inteligentes sobre el pueblo, cuando se negó a dar entrada a las capacidades en su ley electoral. Se hundió la dinastía de Napoleón, que representaba el cesarismo y el plebiscito, cuando llamó a los Parlamentos, cuando dejó la libertad de la prensa y la libertad de reunión. Se hundió la dinastía de Isabel II, que representaba el derecho histórico, cuando quiso acabar con el sistema parlamentario, que fue la idea a que debiera el ser. Pues bien; la dinastía presente no representa más, no significa más que el título i de la Constitución, y el día que caiga el título i de la Constitución, el día que el título i de la Constitución sea interpretado por los Cuerpos Colegisladores reaccionariamente, en aquel día los Saboya no tienen razón de ser.

De suerte que vosotros, Gobiernos reaccionarios, sois tan ciegos, que con la misma espada que vais a matar los derechos individuales que encierra el título i de la Constitución, vais a matar la dinastía que los representa.

Y entro ahora a departir con el Sr. Nocedal. Yo no tengo palabras bastantes para agradecer los elogios inmerecidos de mi parte que el Sr. Nocedal me dirigía ayer: yo, que creo en la sinceridad de S. S., creo que sus elogios son sinceros, y por lo mismo debo agradecérselos más todavía, porque no son un acto de cortesía parlamentaria. Yo debo deciros, sin que tampoco sea esto una reciprocidad de cortesía parlamentaria, que me falta a mí mucho para llegar a su correcta frase, a su lenguaje siempre castizo, a esa intención siempre sostenida, y a todas las dotes que en tan altísimo grado posee el Sr. Nocedal, y que hacen de él uno de los primeros oradores parlamentarios de nuestra Patria. Y dicho esto, señores Diputados, entro a rectificar las ideas falsas que el Sr. Nocedal me ha atribuido, las ideas falsas que el Sr. Nocedal ha opuesto a mis afirmaciones.

Llamábame S. S. hombre funesto. Yo debiera de esa frase ofenderme; pero no me ofendo de ella, porque creo que no la merezco. Yo hubiera querido ser más funesto, si he sido algo en la corta medida de mis fuerzas; yo hubiera querido ser más funesto para la intolerancia religiosa que hacía de España la China de Europa; para la Monarquía absoluta, que había ahogado todas las nobles aspiraciones de este generoso pueblo.

Pero el Sr. Nocedal me atribuyó un concepto que ciertamente no era mío, y como quiera que ese concepto sea la base fundamental de toda nuestra controversia, permitidme que le explique, y permitidme que rechace las palabras del Sr. Nocedal.

Dice S. S. que yo no quiero más moral que la moral escrita en el Código penal. No. Eso no es completamente exacto. Yo digo que hay una ley moral divulgada en todas las conciencias, ley a la cual debemos ajustarnos para aspirar a la perfección en la vida; ley que exige el amor al bien sólo porque es bien y sin esperanza de premio, y el horror al mal sólo porque es mal y sin temor al castigo; ley que debe obligarnos a todos a proceder de manera que cada una de nuestras acciones pueda elevarse a ley universal de todo el mundo.

¿Es ésta una moral incompleta? Yo creo que es más perfecta que la moral que quiere cohibir el pensamiento, que la moral que quiere cohibir la voluntad, que quiere tener al hombre cohibido con el miedo del infierno. Y, señores Diputados, lo que yo decía es lo siguiente: «Que legalmente, que para el legislador no hay más acción inmoral que aquellas que están condenadas como faltas o como delitos en el Código penal.» Esto es lo que yo digo, esto es lo que yo sostengo, porque los deberes morales son deberes perfectos, y los deberes legales son deberes imperfectos, y hay acciones legales que no son acciones morales, y hay acciones morales que no son acciones legales. Por ejemplo, en la constitución de nuestra familia, la familia más afectuosa y más amante de toda Europa, mucho más afectuosa y mucho más amante que la familia inglesa, ¿no creemos todos, no cree todo buen español que debe el sustento, la habitación y el fruto de su trabajo a sus hermanas débiles? ¿No lo hace todo español que se precie de serlo? Pues si una hermana fuera a exigir en los tribunales el cumplimiento de este deber moral, ¿no encontraría que todos los tribunales la rechazaban por litigante impertinente? Y sin embargo, si un hombre dejara perecer a una hermana suya en la miseria pudiendo socorrerla, ése sería el más perverso y el más infame de todos los hombres ante la conciencia pública.

Hay otra consideración más. La libertad quiere, el derecho liberal quiere que ningún individuo, que ninguna colectividad sean perseguidos sino por leyes anteriores a la comisión de los delitos, y por delitos definidos ya en esas leyes. Y como quiera que lo que ha estado haciendo esta tarde el Sr. Ministro de la Gobernación al definir la moral sea dar leyes que no tienen ningún valor, que no tienen ninguna sanción, yo me sublevo contra esta grande tiranía. Pues si nosotros hacemos a los tribunales jueces de la moralidad de nuestras acciones, nos podrán perseguir por una sonrisa, por una palabra mal sonante, por un gesto inocente; que todos éstos son actos inmorales, y sin embargo no caen bajo la sanción de la ley. Y si nosotros admitiéramos por un momento las doctrinas del señor Ministro de la Gobernación, aceptaríamos la más grande de las tiranías; y como yo me rebelo contra toda tiranía, me rebelo contra las palabras del señor Ministro de la Gobernación. Yo digo: o los actos de la Internacional están definidos en el Código penal, o no lo están. Si están definidos en el Código penal los actos de la Internacional, ¿por qué no han sido castigados en los tres años que lleva de vida? Si no están definidos en el Código penal, ¿por qué queréis cohibirla con esa palabra moral pública, que es una palabra completamente vaga?

Pero el Sr. Nocedal me decía que al historiar yo la sociedad Internacional había cometido muchas inexactitudes, si no en los detalles, si no en los hechos, en la tendencia de esa corporación. Y añadía el Sr. Nocedal: «Yo voy a explicar la historia de la Internacional.» E historiaba así el movimiento liberal: «Unos cuantos abogados sin pleitos, unos cuantos médicos sin enfermos, se rebelaron y destruyeron la Monarquía, y si no destruyeron, quebrantaron la Iglesia.» ¿Pues qué fuerza tenía esa Monarquía secular? ¿Qué fuerza tenía esa Iglesia divina, cuando pudieron destruirlas o quebrantarlas unos cuantos médicos sin enfermos y unos cuantos abogados sin pleitos? Y además, ¿es eso exacto, señores Diputados? Pues qué, Quintana, Muñoz Torrero, D. Agustín Argüelles, el Duque de Frías, don Juan Nicasio Gallego, el Conde de Toreno, ¿eran abogados sin pleitos y médicos sin enfermos? Pues qué, Turgot, Condorcet, el Marqués de Laffayette, Mirabeau, Voltaire, ¿eran abogados sin pleitos y médicos sin enfermos? ¡Ah! humildes serían, muy humildes, aunque no tanto ciertamente como aquellos pobres pescadores del lago de Tiberíades, que hambrientos, sin ningún patrimonio, vencidos de Roma, esclavos de sus procónsules, perseguidos como sus padres en Menfis y Babilonia, sin más recurso que sus pobres redes en la mano y su rica fe en el alma, tomando el báculo de los peregrinos y echándose a la espalda sobre la rota túnica las sandalias, fueron, cual movidos por una virtud magnética, cual llamados por una misteriosa voz, a la Roma de los Césares, y se alojaron bajo los circos, bajo los palacios, en las catacumbas, en las cloacas, y allí derribaron el paganismo y derribaron el imperio romano; como sus descendientes, los hijos de los siervos, de los vasallos, de los proletarios, los liberales, derribaron un día vuestros Reyes absolutos y vuestros odiosos inquisidores! ¡Que ninguna institución, por fuerte que sea; que ninguna institución, por grande que sea, puede resistir a la explosión de la pólvora misteriosa que hay contenida en el seno de toda nueva y progresiva idea!

Señores Diputados, nos decía el Sr. Nocedal: «Este movimiento es un movimiento aislado, es un movimiento de rebeldía, es un movimiento nacido de ciertas pretensiones individuales.» Pues yo digo a S. S. que este movimiento es un movimiento humano, es un movimiento de toda la historia, es un movimiento que nadie puede contrastar, porque si estudiamos la historia vemos, y si estudiamos la fase de la vida humana encontramos, que en todo tiempo nuestro pueblo ha estado dentro del espíritu universal de la civilización europea.

Tuvimos el terror milenario cuando lo tuvieron todos los pueblos; nos entregamos al poder absoluto de los Pontífices cuando todos los pueblos se entregaban también, y cambiamos nuestro rito nacional por el rito latino. Si Europa tenía sus cruzadas para Jerusalén, nosotros las teníamos contra Córdoba y Sevilla. Si de las cruzadas surgían los elementos populares, de las guerras con los árabes surgían aquí las comunidades. Cuando el catolicismo llegó a su apogeo, nosotros contribuimos a él con las Partidas, que son en el derecho como la suma de Santo Tomás en teología. Cuando el catolicismo comenzó a decaer, sintiose aquí también su decadencia en la sonrisa de nuestros escritores que apuntaban la duda, y en la política de nuestros Reyes que fomentaban el cisma. Cuando la humanidad se reconciliaba con la naturaleza, a esta reconciliación contribuimos nosotros con el doble descubrimiento de las Indias Orientales por los portugueses y las Indias Occidentales por los castellanos. Reformadores tuvimos cuando estalló la reforma. Nuestro Lutero es Cazalla, es Constantino. A la Monarquía universal aspiramos con Carlos V cuando las Monarquías se fundaban. Y si fuera decaían tristemente en los últimos tiempos de Luis XIV, y al entregar Carlos I su cabeza al verdugo, aquí decaían también tristemente en la oprobiosa personificación de Carlos II. Si los filósofos subieron a los tronos, aquí también subieron justamente, como en todas las naciones, a fines del pasado siglo. Y por consecuencia, la revolución liberal ha sido incontrastable, porque nada pueden, nada, contra estos grandes movimientos del espíritu humano los conjuros neo-católicos.

Pero, señores, el Sr. Nocedal nos decía, y lo que el Sr. Nocedal quiere ya lo sabemos, nos decía: «¿Sabéis cuál fue el tiempo en que comenzó verdaderamente la decadencia de la Nación española? Pues fue en aquel tiempo de cólera en que Doña María Cristina entraba por una de estas puertas, o de un edificio análogo a éste, y juraba el Estatuto y reunía las Cortes.»

Pues qué, ¿el Sr. Nocedal echa de menos lo que se destruía en aquel momento supremo? ¿Echa, por ventura, de menos aquella forma de gobierno, en que era posible que una Reina trajera aquí la invasión extranjera, sólo para buscar en los furgones de Napoleón una Corona que ceñir Godoy? ¿Echa de menos aquellos tiempos en que los Reyes iban a Bayona y cedían la gran nacionalidad española, con las Américas y todo, esta tierra empapada con la sangre de tantos miles de generaciones, como si fuera un predio, como si los españoles no fueran más que un hato de ganado de aquellos Reyes? Pues qué, ¿por ventura echa de menos aquel absolutismo que vino aquí con los flamencos sobre el cadáver de Padilla, y se restableció por los franceses sobre el cadáver de Riego?

Pues, señores Diputados, lo que concluyó el día que la Reina Cristina vino aquí a fundar el sistema constitucional fue el último resto de la Inquisición, la mordaza para la ciencia, la tasa para el comercio, el silencio para el pensamiento, las cadenas que aherrojaban al trabajador, la amortización, la vinculación que mataba la riqueza, el convento que nos había hechizado; aquel día en que se levantó la imprenta y la tribuna será uno de los días más grandes que registre la historia, porque con las lenguas de fuego que envían estos Sinaís de la revolución, el pueblo español llegará a ser por la libertad uno de los pueblos más grandes, más felices y más inteligentes de la tierra.

Señores Diputados, voy al Sr. Martínez Izquierdo, que en esta tarde ha pronunciado uno de los más admirables discursos que oírse pueden en ningún Parlamento. ¡Qué unción religiosa! ¡Qué ideas tan llenas de espíritu humanitario! ¡Qué sentimiento evangélico! Y todo esto unido, señores Diputados, con una extraordinaria erudición y con un sentir verdaderamente superior a todo encarecimiento. Yo me felicito de haberlo oído, y felicito al Sr. Martínez Izquierdo por este magnífico discurso, y a la Cámara, que le ha escuchado con la atención que se debe siempre a los grandes oradores.

¿Pero discutiré con el Sr. Martínez Izquierdo? No, porque el Sr. Martínez Izquierdo no ha negado absolutamente nada de cuanto yo he dicho; antes ha venido a confirmarlo. Yo invocaba su autoridad para que me dijera si los textos evangélicos, si los textos de los Padres de la Iglesia, por mí citados, eran verdaderos o no, y el Sr. Martínez Izquierdo me ha dicho: «Son textos verdaderos, y aún hay Padres de la Iglesia que condenan más la propiedad, hay los padres de la Iglesia Occidental.» Y como quiera que, yo no me sonrojo en decirlo, he hecho todo lo posible por estudiar esta cuestión, esos textos que el Sr. Martínez Izquierdo invocaba esta tarde los traigo aquí extractados. Y como quiera que muchas veces el Congreso suele no fiarse de mi memoria, aunque yo la tengo muy buena, voy a leer algunas de estas sentencias, porque, señores Diputados, conducen por completo al asunto que se debate.

San Clemente Papa, en sus Constituciones apostólicas, dice: «Comparte cuanto tengas con tus hermanos.»

En los Hechos apostólicos se dice: «Ninguno consideraba lo que poseía como cosa de su pertenencia; todas las cosas eran cosas comunes a todos.»

Tertuliano, en el Apologeteo, decía: «Todo entre nosotros es común, excepto las mujeres.» Y aquí está la cita que S. S. echaba de menos, la cita de San Ambrosio, que es la más completa contra la propiedad individual.

«La tierra, dice San Ambrosio, ha sido dada en común a todos, ricos y pobres. ¿Por qué ¡oh ricos! vosotros solos os arrogáis la propiedad?»

Para criticar aquella historia es necesario acudir también a los escritores paganos. Pues bien; todos convienen en que en la sociedad cristiana todas las cosas eran comunes. Luciano escribió unas sátiras contra los mártires cristianos, y en una de ellas dice: «Adoptando el nuevo culto, adoran al sofista crucificado; y oyendo su palabra, todo lo ponen en común. Así se presentan muchos taimados que se enriquecen a costa de las tonterías de estos sectarios.»

¿No parece, quitadas ciertas cosas, que estáis oyendo un discurso del Sr. Ministro de la Gobernación contra la Internacional? Pues bien; mi argumento no tiene respuesta. ¿Es inmoral, como dice el Sr. Ministro de la Gobernación, atacar la propiedad individual y predicar la propiedad colectiva? Pues tenéis que prohibir casi todos los Padres de la Iglesia. Y si este argumento no os gusta, os presentaré otro. ¿Quién queréis que sea más apto para definir la moral? ¿San Clemente, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo, San Gregorio Nacianceno o el Sr. Ministro de la Gobernación? ¿Creéis que por los discursos sobre la Internacional van a canonizar al Sr. Candáu? Pues aún así, S. S. no sería más que un voto; pero la verdad es que sus discursos, lejos de colocarle entre los Padres de la Iglesia, mucho me temo que los van a poner en el Índice. ¡Pues no faltaba más sino que el Índice romano le perdonara a S. S. el socialismo blanco! Por consiguiente, si los Padres de la Iglesia son autoridad más competente para definir la perfección moral que el Sr. Ministro de la Gobernación, y los Padres de la Iglesia sostienen que la propiedad colectiva es la perfección moral, ¿a quién vamos a creer? ¿A los Padres de la Iglesia o al Sr. Ministro de la Gobernación? Si yo no supiera lo poco que aterra el infierno a los individuos de esta o de la otra frontera, yo estoy seguro de que podría aquí dirigirles una grande homilía, diciéndoles que si votaban la propiedad individual, como la quiere el Sr. Candáu, votaban, según los Padres de la Iglesia, una grande inmoralidad.

Esto, señores Diputados, no tiene contestación, y por lo mismo no insisto en ello. Sobre lo que voy a insistir es sobre el discurso del Sr. Ministro de la Gobernación; y después de insistir en este discurso, voy a sentarme, porque no quiero molestar más tiempo al Congreso, y no volveré a tomar parte en estos debates, dejando para otros más ilustres oradores la serie sucesiva de estos discursos.

Yo tengo que confesar una cosa: cuando le dije el otro día al Sr. Ministro de la Gobernación que asistiese a las universidades alemanas, hubo de mi parte pedantería y una grande impertinencia. Fue una acción verdaderamente inmoral, porque hubo en esto algo que tendía a molestar a un prójimo, a quien respeto tanto como al Sr. Candáu. Afortunadamente me guarece la inmunidad parlamentaria, porque si no el Sr. Ministro de la Gobernación me entregaba por inmoral a los tribunales de justicia.

Señores Diputados, dice el Sr. Candáu que la cuestión que debe tratarse aquí es la cuestión legal. Pues bien; yo declaro que como cuestión legal no hay más que esto: las asociaciones no tienen límite ninguno en la Constitución, ni los derechos individuales en el Código penal. Pero es evidente que con motivo de un derecho puede cometerse un delito. No hay derecho más sagrado que el derecho a la vida, y en el ejercicio del derecho a la vida puede cometerse un delito. Las asociaciones no son impecables, pueden faltar a la ley. Pues todos estos casos están previstos en el Código penal y en la Constitución. ¿Falta una asociación por uno de sus individuos? Pues se persigue al individuo y se deja a la colectividad en paz. ¿Falta una asociación o los individuos de una asociación por los medios que esta asociación les da? Pues entonces el gobernador de la provincia o el alcalde del pueblo suspenden la asociación y la someten inmediatamente a los tribunales. Y como quiera que no hay más autoridad que los tribunales para decidir de lo tuyo y de lo mío, ellos decidirán entre la Administración y la asociación, entre el poder y la libertad.

Pues bien: ¿atenta la asociación a la seguridad del Estado? Entonces es ocasión de traer aquí una ley. Se trae, se ilustra a los señores Diputados, se prueba la conjuración, la traición o el levantamiento de esas asociaciones, y se las declara disueltas. Pero ¿son las sociedades inmorales? Pues entonces no hay derecho alguno en esta Cámara, ni en el Senado, ni en el Rey, ni en nadie para nada; esto no puede dar lugar a ningún procedimiento legislativo; esto tiene que dar lugar a procedimientos judiciales.

Señores Diputados: nunca me podréis responder a esta objeción: o los tribunales de justicia en España son como los antiguos ídolos, que ni ven, ni oyen, ni entienden, o hace tres años que la Internacional está ejerciendo su propaganda a la sombra de la Constitución y bajo la autoridad de los tribunales.

Por consiguiente, ¿qué es lo que ha habido aquí? ¿Qué hay en el fondo de todo esto? Una gran cuestión política, así como en el fondo de toda cuestión política hay una cuestión religiosa. Lo que se quiere es cohibir la libertad de pensar, matar el derecho de reunión y de asociación, comenzar por aquello que más amedrenta, para seguir luego por lo que detrás de aquello vaya; lo que se quiere es traer al antiguo criterio conservador y moderado a las leyes democráticas y casi republicanas; lo que se quiere es comenzar una reacción, en la que el Sr. Ministro de la Gobernación y sus colegas están apoyados por los elementos más conservadores y más reaccionarios de la Cámara.

No quiero entrar en el fondo de la cuestión moral y de la definición de la moral que ha dado el Sr. Ministro de la Gobernación. S. S. exclamaba: «Si hay algún pueblo que no sepa lo que es la moral, ése es un pueblo salvaje»; y en seguida se pone S. S. a definir la moral y no sabe definirla.

Señores Diputados: la prueba de que no es una cosa tan fácil el definir la moral, es que una inteligencia tan alta, un hombre de Estado que merecidamente ha llegado a este sitio, y desde este sitio a ese banco, no sabe dar una definición clara y concreta de la moral. Porque S. S. ha dicho que la moral es el conjunto de las leyes que necesitan los pueblos para progresar; de suerte que cuando se reúnen los vecinos de Getafe y se oponen a que el ferro-carril pase por su territorio, como se han opuesto estos vecinos de Getafe a un progreso, cometen un grande acto inmoral, y el Sr. Ministro debía presentar aquí una ley para disolver a Getafe. Porque nadie me negará que el ferro-carril y el telégrafo son condiciones necesarias para el progreso humano.

La verdad es que, o la Constitución no ha querido decir nada, o no ha dicho nada, o puesto que en otros de sus artículos existen los apotegmas liberales de que nadie puede ser perseguido sino por leyes anteriores a la comisión del delito, y que ningún delito puede ser imputado si no está definido en el Código penal, lo que ha querido decir es que serán prohibidas todas las asociaciones que intenten cometer o que cometan delitos penados en el Código penal.

Esta y no otra debe ser la interpretación de la Constitución, porque desde el momento en que el Sr. Ministro se pone a definir la moral, cae en las siguientes contradicciones. Defina la moral y en seguida se encuentra con que necesita del sentimiento religioso. Y si la moral necesita del sentimiento religioso, el sentimiento religioso necesita de la Iglesia. Y la Iglesia necesita del Papa. Y el Papa necesita de la infalibilidad. Así es que el Sr. Ministro de la Gobernación tiene que llamar a la infalibilidad del Pontífice a legislar sobre la Nación española.

Esto es evidente: ¿cuál es la primera pretensión de la Iglesia? ¿A qué se reducen las grandes pretensiones de la Iglesia? Pues qué, ¿pide la Iglesia el dominio eminente sobre la conciencia y sobre la propiedad a título gratuito? No, a título oneroso; la Iglesia dice: yo defino la moral, yo soy el custodio de la moral, el Pontífice de la moral, el intérprete de la moral; y como es un pueblo salvaje aquel pueblo que no sabe definir la moral, y como la moral no existe cuando se entrega a la interpretación individual, dadme el dominio eminente sobre todos los Reyes, sobre todos los poderes de la tierra.

Al decir el Sr. Ministro de la Gobernación que era necesario definir la moral, como no podía poner su criterio al lado, ni mucho menos sobre el criterio de la Iglesia, lo que hacía sin conciencia era entregar esta sociedad civil y revolucionaria, estos derechos individuales que tanto nos han costado, esta libertad religiosa, entregarlo todo a la Iglesia católica.

Ya no hago más argumentos, no quiero hacer más argumentos; con los hechos me basta. Insisto, señores Diputados, en lo que dije el otro día al pronunciar mi discurso; insisto para concluir: ¡ah, qué teorías tan extrañas las del Sr. Ministro de la Gobernación! Nosotros, los Diputados españoles, tradicionalistas o republicanos, no representamos nada, no valemos nada, no significamos nada; el Sr. Ministro de la Gobernación está resuelto a restarnos de todos sus triunfos y de todas sus derrotas. Y como hay aquí dos fracciones importantísimas, que son la fracción republicana y la fracción tradicionalista, y el Sr. Ministro de la Gobernación se va a quedar solo con sus radicales y sus progresistas, no va a ser derrotado en toda su vida. ¡Cómo! ¿No es ésta una gran cuestión parlamentaria? ¿No atenta esto a la representación que aquí traemos? Pues qué, ¿no somos nosotros parte integrante de la soberanía nacional?

Aquí nos dividimos en partidos por una clasificación necesaria, por una categoría intelectual; pero aquí todos, absolutamente todos, tienen el derecho de representar a la Nación española. ¡No faltaba más sino que el Sr. Ministro de la Gobernación restara a su arbitrio los votos que se dan en el Parlamento! S. S. no lo sabe, no tiene derecho a saberlo, y el Sr. Presidente que se sienta en esa silla, que tan dignamente ocupa, es Presidente por el voto de la fracción tradicionalista; no los ha restado, y ha hecho bien; es un Presidente parlamentario, un Presidente legítimo; y aquel Ministerio que se retiró delante de los votos de los carlistas hizo bien; se retiró delante de la soberanía nacional, bajó su frente ante la soberanía nacional, procedió como debe proceder un Gobierno parlamentario; y si derrotáramos mañana a ese Ministerio, tendría que irse, o le llamaremos, no sólo poco respetuoso, sino hasta rebelde ante la Nación.

Aquí no hay Gobierno de partido; aquí hay Gobierno de la Nación; aquí no hay Diputados de partido; aquí somos todos Diputados de la Nación.

Señores: poner nuestros votos fuera del Parlamento es tanto como poner nuestra representación fuera de la ley, y nuestra representación es perfectamente constitucional.

Voy a concluir. Yo no he tratado de medir criterio con criterio: yo no he tratado de parangonar el criterio del Sr. Alonso Martínez y el criterio del Sr. Esteban Collantes con nuestro criterio. Yo respeto, es más, yo admiro en todo lo que tiene de científico, en todo lo que tiene de jurídico el criterio del Sr. Alonso Martínez; yo reconozco la larga experiencia parlamentaria del Sr. Esteban Collantes; creo que sabe interpretar las leyes. Pero yo digo que aquí hay dos interpretaciones: la de aquellos que han estado fuera de la Cámara, la de aquellos que han estado fuera de la revolución, la de aquellos que han estado fuera de la legalidad, la de aquellos que unos son más otros menos enemigos de esta legalidad: hay esa interpretación, y hay una interpretación de representantes, como el Sr. Rodríguez, que ha prestado grandes servicios a la revolución, que ha pertenecido a la comisión constitucional, que significa una fracción perfectamente dentro de las leyes y de esta Cámara.

Lo que yo digo es que al decidirse el Sr. Ministro de la Gobernación y sus compañeros de Gabinete por el voto de los conservadores contra el voto de los radicales, por quien se deciden es por la reacción, y lo que matan no es la Internacional, sino la revolución de Setiembre. He dicho.

Sesión del 6 de noviembre de 1871.

El Sr. Presidente: El Sr. Castelar tiene la palabra.

El Sr. Castelar: Señores Diputados, prometí en mi discurso último no volver a molestar a la Cámara en esta cuestión; pero a la Cámara hago juez de si, atendidas las importantes ideas que se han expuesto, atendidas las alusiones que se me han dirigido, y las falsas ideas que se me han imputado, puedo yo de ninguna manera dejar concluirse el debate sin tomar alguna participación.

El Parlamento español registrará siempre con orgullo y contará entre sus mayores títulos de gloria este debate sobre la Internacional. Desde las abstracciones más sublimes de la ciencia filosófica hasta los corolarios más prácticos de la economía política; desde los principios fundamentales de la sociedad hasta los hechos sencillos ocurridos a nuestra vista; desde las escuelas que en lo pasado se sumergen hasta las escuelas que precipitan lo porvenir, ha sido todo dilucidado con tal copia de ideas y en tan deslumbradora elocuencia, que si la tribuna española, de antiguo ya gloriosa, no contara otros títulos, bastaríale presentar este debate, en cuyo juicio general prescindo de mi insignificante participación, para merecer su alto renombre en todo el mundo.

Por lo mismo que esta discusión, rompiendo los estrechos límites de la vida de un día, ha de pasar a la posteridad; por lo mismo que, levantándose sobre nuestras pasiones del momento, ha de influir en la conciencia nacional, conviene que no dejemos ningún punto oscuro y en las sombras, que no rehuyamos ni ante la Nación ni ante la historia la responsabilidad moral de nuestras respectivas ideas.

Señores Diputados: siempre que se trata de estos grandes problemas, por precisión se encuentra el talento agudo, casuista, y al mismo tiempo luminoso, del ilustre jurisconsulto Sr. Alonso Martínez.

En una de sus últimas rectificaciones preguntábanos S. S. a los que sostenemos la incompetencia del Estado para decidir de la moralidad o inmoralidad de las acciones, y mucho más de la moralidad o inmoralidad de las ideas, y sólo reconocemos su competencia para juzgar por medio del poder judicial de legalidad o ilegalidad; preguntábanos el Sr. Alonso Martínez: «¿En este desquiciado mundo se han perdido ya las nociones de la moral? ¿Ya no se sabe qué es moral?» Pues por lo mismo que se sabe, por lo mismo que se ha penetrado en su misteriosa esencia, por lo mismo se quiere separar la moral de toda fuerza coercitiva.

La Internacional, señores Diputados, es, en mi concepto, una sociedad errónea; pero no es en mi concepto, no puede ser en concepto de ninguna conciencia tranquila y libre de preocupaciones, una sociedad inmoral. Señores Diputados, vamos a ver, ya que nos preguntaba el Sr. Alonso Martínez indignado si sabemos lo que es moral, vamos a ver cuáles son los caracteres esenciales de la moral.

La moral tiene dos caracteres: primero, el de necesidad; segundo, el de universalidad. Por su necesidad, la ley moral no podría suspenderse un momento sin que viniesen sobre las sociedades humanas catástrofes tan grandes como las que traería sobre el universo la suspensión de las leyes físicas.

Por su universalidad, la ley moral se impone de tal suerte a todos los pueblos y a todos los hombres, que todos la ven, todos la proclaman, todos la confiesan, sean cualesquiera sus circunstancias históricas y accidentales, como luz interior que alumbra la conciencia y que dirige la vida.

Aplicando estos dos caracteres de la moral a los problemas presentes, ¿qué resulta? Si la moral es tan necesaria que su momentánea suspensión traería grandes catástrofes, ¿cómo no causas generales y primeras, sino causas accidentales y segundas, el principio de la reacción, la caída de un Gobierno casi democrático y el advenimiento de un Gobierno casi conservador, os han revelado la inmoralidad de la Internacional?

Si esta sociedad fuera una sociedad de asesinos, de ladrones, una sociedad de corruptores de las costumbres, la opinión se sublevara contra ella, como se subleva contra los bandidos, contra los secuestradores, contra los monederos falsos; y aunque tuviese el amparo de la ley, la protección del Gobierno, la complicidad de todos los tribunales de justicia, levantaríase aquí, en su ira incontrastable, a destruirla y a exterminarla, algo que no puede morir ni aún eclipsarse, la pública conciencia.

Y si esto decimos de la necesidad de la moral, ¿qué diremos de su universalidad? Si tan clara fuera la inmoralidad de la Internacional, ¿necesitaríamos que nadie nos la revelase? ¿Necesitaríamos que nadie nos revelara la inmoralidad de una asociación de infanticidas? ¡Inmoral la Internacional! Y sostienen aquí hombres de intachable vida pública y privada su existencia legal. ¡Inmoral! Y la consiente Bélgica, ese pueblo que corrió los azares de una revolución, y se apartó de Holanda tan sólo por conservar su conciencia católica. ¡Inmoral! Y la consienten los Estados-Unidos, los herederos de los antiguos puritanos, los adoradores del Dios de la conciencia y del derecho, que, por salvar su dignidad moral, abandonaron a Europa, atravesaron el Atlántico, y establecieron allá en la virgen América el modelo de las nuevas sociedades, cual si buscaran para este sublime fin una tierra tan pura e inmaculada como sus almas.

¡Inmoral! Y la consiente Inglaterra, la grande nación luterana; y pacta con ella esa pudibunda aristocracia inglesa, que se cree en religión y en moral, no sólo observante, sino también escrupulosa.

¡Inmoral! Y coexiste con el nuevo Carlo-Magno, el Emperador de Alemania, que se cree llamado por vocación divina a establecer el dogma de la predestinación y de la gracia por todo el mundo germánico, a la manera que establecieron Constantino y Teodosio el dogma del Verbo y de la Trinidad por todo el antiguo mundo.

¡Inmoral! Y celebra reuniones en esa ciudad estoica, severa, que se gloría de haber dado los primeros principios de moral a los pueblos más cultos de la tierra, Ginebra, donde las costumbres son tan rígidas, que al teatro asisten generalmente más los extranjeros que los ginebrinos, porque ni teatro les permite su antigua disciplina calvinista.

La moral es un Código divulgado en la conciencia humana por voz que no podemos desoír, por autoridad que no podemos negar; un Código que no mira tanto a las acciones en sí mismas, como a los resortes de las acciones, a sus impulsos generales o móviles, a sus impulsos particulares o motivos: un Código de tal pureza que nos prescribe elevar nuestra vida individual a la ley humana de conducta, a modelo y tipo de toda existencia; un Código que nos impone deberes con la naturaleza, deberes con la sociedad, deberes con nosotros mismos, deberes con nuestros semejantes, deberes con Dios; pero al imponerlos, exige sean cumplidos por mandatos categóricos de nuestra razón, y no de ningún otro poder; por determinaciones libres de nuestra voluntad independiente, y no de ninguna otra fuerza; que el acto más benéfico deja de ser moral cuando no es acto voluntario; un Código, en fin, todo interior, cuyo cumplimiento sólo es exigible del libre albedrío, que jamás se deja forzar; Código tras el cual no tienen derecho a parapetarse los conservadores, para encubrir con las apariencias de reacción moral, de reacción religiosa, lo que es, por su fondo y por su forma, gravísima reacción política, encaminada a cohibir los derechos individuales, y a preservar sus viejos penates, la Monarquía hereditaria y la Iglesia intolerante, de esa luz a cuyo calor se derriten, de la luz del libre o indagador pensamiento.

Si no, señores Diputados, ¿por qué tanto empeño en el Sr. Alonso Martínez, por qué tanto empeño en arrancarnos la confesión de que los derechos individuales son limitados y no absolutos? Pues no nos arrancaréis esa confesión; no podréis arrancárnosla. Aquí han declarado absolutos los derechos individuales autoridades de tan alta estima para el Sr. Alonso Martínez y para nosotros, oradores de tanta talla, hombres políticos de tanta influencia como el Sr. Ríos Rosas, que no es sólo una gloria de este Parlamento, sino una gloria de la Nación española. No; aquí todos estamos conformes, todos creemos que el hombre es una personalidad. Y creemos que la personalidad tiene dentro de sí su fin, a diferencia de las cosas, que como tienen fuera de sí su fin, pueden ser apropiadas, pueden ser cambiadas, pueden ser trasformadas por aquellos que sobre ellas ejercen el dominio. Y nosotros creemos más: creemos que las facultades inherentes a la personalidad humana ni pueden ser cohibidas, ni pueden ser limitadas, porque si se cohíben, porque si se limitan, la razón de la existencia social y de su necesidad desaparece; la ley es una cadena, el Gobierno un verdugo, la justicia una iniquidad, los tribunales conciliábulos, y todo castigo un crimen.

Por eso todos creemos que aquellas facultades inherentes a la personalidad humana; el derecho a creer en el principio físico o metafísico, religioso o positivo, trascendental o inmanente que nuestra conciencia nos imponga; el derecho a pensar con arreglo al dictado de la razón; el derecho a reunirnos y asociarnos para el cumplimiento de los fines humanos, son derechos anteriores y superiores a todo poder, anteriores y superiores a todo Estado, anteriores y superiores a toda legislación positiva, que sólo cometiendo una grande injusticia, la ley puede negar; porque al negarlos, desconoce la naturaleza humana; al desconocer la naturaleza humana, ataca las bases inconmovibles de toda sociedad.

Y no es lícito, después de cuanto hemos dicho o escrito de los derechos individuales, no es lícito que ningún partido venga a decirnos que los derechos individuales, según nuestro concepto, son derechos antisociales. Eso no se ha dicho en ninguna parte; y al decir eso el Sr. Alonso Martínez no ha comprendido nuestras teorías. Nosotros creemos que cuando decimos hombre, decimos humanidad; y cuando decimos humanidad, decimos naturaleza, sentimiento, inteligencia, razón, juicio, voluntad; pero, sobre todo, sociedad. Así como los cuerpos no pueden existir fuera del espacio, las personalidades no pueden existir fuera de la sociedad. Y como el derecho es el conjunto de condiciones necesarias para el cumplimiento de nuestro fin, estas condiciones no podemos exigirlas fuera del grande cosmos, que se llama sociedad, y que nos nutre como la tierra, nos vivifica como el aire, nos alumbra como la luz, nos empapa en el magnetismo, en la electricidad de sus sentimientos, de sus ideas; porque es la plenitud de nuestra vida, el complemento de nuestro ser, el universo en que se desarrolla nuestra misteriosísima esencia.

¡Qué elocuentes, qué maravillosos discursos han pronunciado los Sres. Moreno Nieto, Alonso Martínez, Ríos Rosas y Cánovas! No se puede de ninguna manera, ni en ninguna parte, tocar más alto en la meta de la inteligencia humana. Y sin embargo, ¡qué discursos tan erróneos! ¿Y de qué depende esto? ¿De qué depende toda esta suma de errores? Depende de que la escuela doctrinaria está fatalmente condenada a confundir el Estado con la sociedad, lo cual equivale a confundir la vida con el organismo, la esencia con la forma, la idea con la palabra, la electricidad con la máquina eléctrica, el magnetismo con el imán, las sustancias con sus modos. Pues qué, ¿por ventura cuando el Estado no ejerce una función, por eso no la ha de ejercer la sociedad? Pues qué, ¿por ventura cuando el Estado no tiene religión, por eso no la ha de tener la sociedad? Al contrario, será más espontánea, más viva, será más moralizadora, porque nacerá inspirada por la conciencia, y se alimentará en el grande espíritu social. Y lo que digo de la religión, lo digo de la ciencia. El día en que quitaseis del Estado, que andando el tiempo debe quitársele, y que yo se lo quitaría hoy mismo; el día en que andando el tiempo, quitaseis del Estado la función de la enseñanza, ¿por eso no había de haber ciencia, por eso no habría enseñanza? Al contrario, se daría más viva la enseñanza, porque la daría la sociedad, que es más fecunda, mucho más fecunda que el Estado. Sí; la Iglesia como la escuela, la escuela como el taller, el taller como la fábrica, se vivifican desde el momento que caen de la mano muerta del Estado en el vívido oleaje de la sociedad.

El Estado es, sobre todo, incompetente para decidir de la verdad o falsedad de los principios, de la moralidad o inmoralidad de los sistemas. Tended la vista por todas partes, por todas las ciencias: ¿qué ciencia no está dividida en escuelas contrarias, en sistemas opuestos; qué ciencia no está, según el criterio del Sr. Ministro de la Gobernación, llena de errores? ¿Y qué Estado, por fuerte, por sabio, puede definir y señalar estos errores?

La fisiología engendra los materialistas y los vitalistas. ¿En cuál de los dos sistemas cree el Estado? La medicina los alópatas y los homeópatas. ¿Qué medicina ejerce el Estado? La geología, ciencia de creación, relativamente nueva, se divide entre aquellos que profesan el principio de la inmutabilidad de las especies, y aquellos que creen que las especies inferiores engendran por sucesivas evoluciones, por selección natural en la grande concurrencia, en la grande batalla de la vida, las especies superiores. ¿El Sr. Ministro de la Gobernación, en la parte de facultades del Estado que desempeña, va a ponerse del lado de Quatrefages o del lado de Darwin?

Hasta en las artes hay divisiones. ¿Qué va a hacer el Estado? Como antes se dividían los artistas en clásicos y románticos, divídense hoy en realistas e idealistas. ¿Qué va a hacer el Estado? ¿A seguir la escuela que copia fotográficamente la sociedad, como hace Courbet en la pintura, Dumas en el teatro, o bien a subir a las cimas de lo ideal para inspirarse en esa luz misteriosa e increada, en la cual van bogando los tipos de todas las cosas, en la cual se dibujan con resplandores indecibles los ideales eternos de todo bien y de toda hermosura?

Señores Diputados, en economía política ¿el Estado es fisiócrata, es individualista, es proudhoniano, es comunista? ¿Por cuál de los sistemas económicos se decide el Estado? ¡Ah, señores diputados! Sucede una cosa muy grave, y que ya con su profundidad de talento nos la había dicho el Sr. Salmerón; sucede una cosa muy grave, y es que el Estado paga con su presupuesto, con el presupuesto que vais a votar aquí, ciertas escuelas filosóficas, ciertas escuelas fisiológicas, las cuales sostienen ideas mucho más audaces que las ideas de la Internacional, ideas sobre el alma, ideas sobre Dios, ideas sobre la inmortalidad; y consentís, no sólo consentís, pagáis con el dinero del contribuyente la pública profesión de esas ideas, porque las sostienen los maestros, y luego las ahogáis cuando las expresan los pobres trabajadores. ¡Qué tremenda injusticia!

Yo os pido, en nombre de la razón y en nombre de la ley; os pido en nombre de la conciencia humana y en nombre del Código fundamental, que dejéis libre, de todo punto libre, la varia profesión de ideas en las diversas cuestiones sociales. Ya habéis hecho eso mismo con algo en vuestro concepto mucho más sagrado, ya habéis hecho eso mismo con las altas cuestiones religiosas. En realidad, ya el Estado no tiene religión, las consiente todas. Deja que la sociedad, entregada a sí misma, forme dogmas y los propague; levante iglesias, y las dote; organice apostolados y los envíe a los cuatro puntos del horizonte, para que viva como debe vivir la sociedad, en íntimo trabajo de creación, produciendo y devorando ideas, construyendo hoy sistemas nuevos sociales que han de sustituir a los sistemas en decadencia o a los sistemas en ruinas.

Pues lo que pasa con las sectas fisiológicas, a pesar de que muchas niegan la existencia de Dios y del alma, lo que pasa con las sectas médicas, a pesar de que muchas atentan a la salud del cuerpo; lo que pasa con las sectas filosóficas, a pesar de que algunas niegan a la sociedad hasta aquel derecho sin el cual apenas son concebibles las sociedades humanas, el derecho de castigar; lo que pasa con las sectas artísticas, a pesar de que algunas atentan torpemente a las bases de la moral, eso mismo debe pasar con las diversas escuelas sociales, con las diversas soluciones sociales, libres en virtud de un derecho natural, de un derecho sagrado, para errar, para equivocarse cuanto quieran, como es libre la sociedad para condenar moralmente sus errores por los órganos de la opinión y castigar a sus miembros si algún atentado punible perpetran, si desconocen la autoridad y si violan las leyes. Hechos podéis perseguir cuando son criminales; pero no podéis, no debéis, no, perseguir ideas cuando son erróneas. La falta, el delito, pueden ser castigados por el poder judicial en el Estado. El error filosófico, el error político, el error moral, sólo pueden ser castigados por la conciencia pública, por la conciencia moral, por la sociedad con el gran castigo, que no por no ser coercitivo deja de ser eficaz, con el gran castigo de su reprobación.

La sociedad no es una colección de individuos; no es siquiera una gran suma de individuos, no; es algo más que todo eso, es algo superior a todo eso; es la mecánica que resulta, no sólo de las fuerzas individuales; la dinámica que resulta, no sólo de las vidas y existencias individuales sobrepuestas; es un todo orgánico, y representa para las generaciones lo que representa el Universo para los cuerpos, lo que representan lo infinito y Dios para las almas. Por eso, de la sociedad, ora en esta forma, ora en otra forma, ora en esta región de la tierra, ora en otra región, ora en este, ora en otro período de tiempo y de la historia, de la sociedad puede decirse como de la humanidad: el individuo yerra, pero la humanidad es infalible: el individuo muere, pero la humanidad es inmortal: el individuo peca, pero la humanidad se levanta sobre los pecados individuales, pura, inmaculada, con la cabeza en el éter y las plantas, quebrantando el cuerpo de la serpiente del mal, como las ideales y sublimes Concepciones de nuestro gran Murillo.

Y como yo creo que la sociedad tiene este gran poder, yo le entrego el castigo de las ideas erróneas, de los principios inmorales; el único castigo justo y el único eficaz; el castigo del error por la verdad, el castigo de las ideas impuras, de las ideas falsas, con algo más poderoso que todos los poderes, más coercitivo que todas las fuerzas, con la inapelable opinión pública, el gran poder moral de los modernos tiempos.

La sociedad no pierde un órgano esencial a su existencia sin que lo sustituya inmediatamente por otro. Los antiguos poderes que vinculaban las ideas morales, se han ido debilitando a los golpes de la filosofía. Pero a medida que esos poderes se han ido debilitando, la razón pública, la pública conciencia, han ido creciendo con más fuerza, hasta levantarse a ejercer un magisterio moral, sin cuyo ejercicio estarían perdidas las sociedades modernas. Este poder no tiene ni estado, ni gobierno, ni jueces, ni policía, ni Código penal, ni cárceles, ni castigos materiales; pero tiene una virtud y una fuerza incontrastable en sus sentencias, dictadas a la opinión. El castigo del error debe ser, como es, la naturaleza del error. El castigo del error debe ser moral. Cuando no es moral, cuando es material, cometéis una injusticia; y al cometer una injusticia, eleváis la profesión del error a la categoría de un sacerdocio, y enaltecéis la vida del error con los místicos resplandores del martirio. El castigo del error está, y no puede menos de estar, en la pública reprobación de la sociedad. Ese es el espíritu de los modernos tiempos.

No desconozcamos la naturaleza humana. Las verdades más necesarias a la conciencia brotan y se abrigan al abono del error, como las plantas más necesarias a la vida brotan y se abrigan bajo el abono del estiércol.

La conciencia moral jamás se hubiera levantado sobre los antiguos altares, como el sol se levanta sobre las cordilleras; jamás se hubiera levantado en el alma de Sócrates sin los sofistas. La religión cristiana jamás hubiera venido al mundo sin aquellas sectas de esenios, elionitas, terapeutas, alejandrinos, neo-platónicos, filónicos, que dieron al espíritu la sed de lo infinito. Las ciencias modernas, la química por ejemplo, no hubiera nacido sin los alquimistas que buscaban codiciosos el oro. El Renacimiento brotó en medio de los cismas, de las sectas más varias, de las herejías más trascendentales, de un diluvio de errores. Libertad de creer, libertad de pensar sin errar, es tan imposible como el movimiento de la tierra sin estaciones, como el sol sin calor, como el aire sin viento, como la vida sin dolor y sin mal: que está el error como el mal en el límite, y el límite pegado como una cadena perpetua a nuestra débil naturaleza.

Y aquí, señores Diputados, entro a tratar del discurso de mi amigo el Sr. Cánovas. Pocas veces, quizá ninguna, he oído al Sr. Cánovas del Castillo tan elocuente como el viernes. A la impetuosidad de su gran palabra, a la alteza de sus ideas, reunía un calor de sentimiento que iluminaba con grandes destellos todo su discurso. Yo, que soy antiguo y cariñoso amigo de S. S., recordaba aquellos tiempos en que discutía con él en la Universidad y en que nos superaba a todos por la elevación de sus ideas y por la elocuencia de sus palabras. Pero, señores Diputados, había en su discurso algo completamente extraño a su naturaleza, a la naturaleza de su temperamento, a la naturaleza de su inteligencia. Descubría yo en el Sr. Cánovas, al cual creo un repúblico acostumbrado de antiguo a mirar los problemas sociales sin preocupación y sin miedo; descubría algo de aquella sublime desesperación elegiaca de Donoso Cortés.

Parecía que todas sus afirmaciones iban a resolverse en una grande Apocalipsis que diga a la sociedad moderna: «No tienes remedio.» ¿Y por qué? Porque han aparecido en la superficie de la sociedad ciertas utopías. Pues, señores Diputados, así como toda ciencia empieza por hipótesis; así como empieza siempre la moral por ser una simbólica; así como empieza siempre la metafísica por ser una teología; así como empieza siempre la ciencia natural por ser una magia; así como siempre empieza la química por ser una alquimia; así como empieza siempre la historia, en vez de ser la ciencia de lo que sucede, por ser una leyenda, un poema o un mito, así también todo grande movimiento social comienza y debe comenzar por una utopía. La primera facultad que se desarrolla en el hombre es la fantasía, es el sentimiento. Pues qué, ¿puede negar el Sr. Cánovas del Castillo la existencia del problema social? ¿Debe negarlo un talento tan grande y tan conocedor de la sociedad moderna como el talento del Sr. Cánovas del Castillo? ¿No existe? Pues qué, señores Diputados, ¿no existe la cuestión del trabajo? Mirad a vuestro alrededor todas las sociedades modernas.

Mirad la triste suerte del trabajador. Nace, y en el nido de su cuna apenas tiene el calor maternal, porque su madre está alejada del hogar y adherida al taller. Crece sin instrucción y sin escuelas. Apenas salido de la infancia, cuando necesita aire, luz, movimiento, ¡eterno penado! lo entregan al trabajo forzoso. Funda una familia tan desgraciada como él. Tiene hijos, y no puede educarlos, y no puede mantenerlos. Llega a la vejez. ¡Ay! está inválido, no cuenta ahorros: y la implacable sociedad le entrega, como los antiguos entregaban el esclavo anciano al hambre, lo entrega a la muerte en la desesperación y en la miseria.

Mientras tanto, en el mundo de la producción, tan lleno de vida, tan superior al mundo de la naturaleza, ha tenido la principal parte del esfuerzo, sin tener parte ninguna en el goce. ¿Seremos tan impíos que no tengamos entrañas para sentir todos estos dolores, voluntad para remediarlos en cuanto de nosotros dependa? Pues qué, ¿materialmente no se ha aliviado el trabajo? La lámpara de Davy con que el minero baja ahora a las entrañas de la tierra; la trompa del elefante con que el tornero de metales se preserva del envenenamiento; la limonada que toma el preparador del fósforo, la máquina que economiza fuerzas materiales, todos estos adelantos han mejorado las condiciones físicas del trabajo. ¿Y no se han de mejorar sus condiciones sociales? Sería más dura, sería más cruel que la naturaleza esa sociedad, mucho más dura que la naturaleza, la cual recibe con implacable indiferencia la sangre y las lágrimas vertidas sobre su seno, donde se pierden las generaciones muertas, como las gotas de lluvia en la inmensidad del Océano.

Decía el Sr. Cánovas del Castillo: «¿Qué trabas hay en la sociedad moderna? ¿Qué cadena arrastra todavía el trabajador?» No quiero, señores Diputados, detenerme sobre este asunto; pero me bastaría recorrer todas nuestras instituciones para encontrar esa cadena. No hablaré de los señoríos y otros restos feudales. Todavía existen grandes monopolios, todavía existen grandes trabas. Todavía el trabajo militar es una obligación del pobre y no del rico, que se exime de ella con algo menos de lo que le cuesta su caballo de regalo. Todavía en nuestras costas hay una cadena de siervos, no del terreno, sino del viento y de las olas. Todavía existen las contribuciones indirectas, que vienen a ser contribuciones progresivas sobre la miseria. Todavía, señores Diputados, se discute aquí si debe prohibirse una asociación cuyo único objeto es mejorar de esta o de la otra suerte las condiciones del trabajo: todavía hay un artículo en el Código penal, mediante el que se castiga el coaligarse para tratar de subir el precio del trabajo, como si el trabajo no fuera una propiedad, y la propiedad, según vuestro criterio, no fuera el jus utendi et abutendi. Pero el propietario puede usar y abusar de su propiedad, y no puede usar y abusar el trabajador de su trabajo. ¡Qué horrible iniquidad!

Señores Diputados, sé ya lo que me va a decir, lo mismo que me dijo el otro día, el Sr. Cánovas del Castillo: «Luego el Sr. Castelar ha renunciado a todas sus ideas, luego el Sr. Castelar ha olvidado todas sus polémicas, luego el Sr. Castelar es socialista.» Conviene, señores Diputados, a la buena fe y a la rectitud de esta discusión, conviene a su moralidad que aquí sea yo muy claro, sea yo muy franco. Yo, cuando el pueblo estaba en la desgracia, es decir, cuando no había llegado ni al sufragio universal ni a los derechos individuales, yo le dije todo lo que debía esperar, todo lo que podía esperar de mis pobres y estériles esfuerzos. Y no sería digno de hablar ante vosotros, no sería digno de hablar ante mi propia conciencia, si porque hoy el pueblo se ha emancipado, si porque es depositario del sufragio universal, y en último término, nuestro juez y nuestro soberano, en logro de una popularidad que nunca he pedido, abjurase alguna de las ideas de toda mi vida. Haría mal, señores Diputados: y en conciencia y en razón, ¿no sería el último de los hombres si arrojase frases huecas al pueblo para excitar su hambre, y en el día del triunfo le dijera: «yo no tengo que dar más que la libertad»? Pues no, no tengo más que darle, no puedo dar al pueblo más que su derecho. La redención debe depender de sus esfuerzos. Y así mantengo todas mis ideas.

Creo que el comunismo es la más absurda de las reacciones. Creo que al intentar volver una sociedad libre, como la nuestra, a los tiempos comunistas, sería tan insensato como intentar que un hombre se convirtiera en feto. Creo más: creo que el mundo no va hacia el comunismo, creo que viene del comunismo; creo que va por movimientos instintivos como el movimiento de los municipios en la Edad Media; por movimientos reflexivos, como el que produjo la reforma del siglo XVI; por movimientos nacionales, como el que se coronó con la independencia de Holanda y el que se coronó con la libertad de Inglaterra; por movimientos democráticos, como la revolución de los Estados-Unidos, la cual es el pórtico de toda la América; por movimientos humanos, como la revolución francesa; creo que va hacia la libertad, diferenciándose tanto el mundo de hoy del mundo de los tiempos comunistas, como se diferencia el árbol de la raíz, y como se diferencia el fruto de la informe semilla que lo ha engendrado. Yo creo más todavía, señores Diputados: creo que la propiedad colectiva no está en la columna de fuego en que se inspira la humanidad para caminar hacia adelante, no; está en el montón de escorias que ha dejado a sus espaldas: está en el municipio moscovita, en el convento comunista, en los hermanos moravos, en el hechizado Paraguay; en todos los pueblos donde el hombre se ha enterrado como un cadáver, sin personalidad y sin conciencia, en las entrañas de la naturaleza.

Pero porque creo en todo esto, señores Diputados, ¿pensáis que no he creer en la emancipación económica y social del pueblo? Pues creo en la emancipación económica y social del pueblo.

El error de todas las escuelas autoritarias ha consistido en creer que el bienestar social del pueblo se encierra en una fórmula, cuando el bienestar social del pueblo ha de ser un resultado. Y para comprobar esto, no hay más que comparar la sociedad que cae más acá con la sociedad que cae más allá de la revolución francesa. En aquella sociedad no hay más propietarios en realidad que el Rey, los nobles y el clero. El pueblo vive, trabaja y pecha: los nobles y el clero se exentan. Así en Francia, señores Diputados, se gastaban en los primeros tiempos de Luis XVI anualmente 18 millones de francos en jabón, en ese ingrediente necesario para la limpieza universal, mientras se gastaban 24 millones de francos en los polvos con que la aristocracia embellecía sus cabellos y sus pelucas. Esta triste estadística es una verdadera revelación del estado social. Así el pobre se envuelve en esteras. Nueve millones de hectáreas están sin cultivo. Las habitaciones de las clases pobres compiten con las chozas de los salvajes. Viene la revolución, y hoy existen en Francia 180.000 propietarios que poseen 18 millones de hectáreas; 700.000 que poseen 15 millones de hectáreas, y cuatro millones que poseen otros 15 millones de hectáreas: de suerte, señores, que hoy hay en Francia cinco millones de propietarios.

Ahora bien, me diréis: ¿y qué fuerza tienes tú, después de haber declarado la propiedad individual, qué fuerza tienes tú, qué poder tienes tú para realizar progresos análogos?

Una federación fundada contra la guerra necesariamente ha de ser saludable al trabajo. Miraba Brigth el suelo inglés y decía: «Si hubiéramos gastado en él cuanto gastamos en las guerras con Francia, cada inglés podría tener una casa de recreo.» Veintisiete mil millones de francos ha gastado el Imperio francés último en ejército y guerra. Si los hubiera gastado en fomentar el trabajo, podría haber hecho 99.000 kilómetros de líneas férreas, o construido cuatro millones de cómodas viviendas para los franceses pobres. No lo dudéis. Los nuevos progresos políticos, los nuevos progresos económicos han de dar por resultado el creciente bienestar social de las clases trabajadoras. Hay una fuerza que todavía está casi en su virtualidad esencial contenida, y que cuando esté en acción, sí, en movimiento, producirá grandes beneficios. Esta fuerza es la asociación.

Si yo fuera de la fe social confesada aquí por un Diputado de la mayoría que acaso votará con el Sr. Cánovas, yo habría de creer que la asociación puede dividir el género humano en falanges de 160.000 personas y agruparlo en 600.000 palacios de tanta magnificencia que no los tuvieron iguales ni Creso ni Sesostris; habría de creer que al influjo de la asociación, un par de botas durarán diez años, y los ahorros producidos por la venta de los huevos de gallina bastarán para extinguir toda la Deuda inglesa; habría de creer que el trabajo atractivo coronará de flores el polo; tenderá un manto de verdura sobre las arenas del desierto de Sahara; convertirá las hoy amargas aguas del mar en licor suave y delicioso; resucitará la muerta luna, que, acompañada de seis hermanas suyas, revestidas con todos los colores del prisma, llegarán a ser como el coro de musas que encanten las nuevas noches; y después de setenta y cinco mil años, merced al progreso creciente, indefinido, nuestros cuerpos se trasparentarán, nuestras almas se verán como los luminosos cuerpos y las almas luminosas de los ángeles de Flud y de Bhom en sus cosmologías místicas; hasta que el espíritu de la tierra nos eleve a otro planeta que entre en armonía como ya lo está Herschel, y desde cuyas cimas podamos oír para nuestro deleite las melodías que producen los mundos al girar sobre sus ejes de diamante, las armonías que combinan al trazar sus luminosas parábolas en el himno infinito y divino de todo el universo.

Pues bien, como no tengo la imaginación de mi amigo el Sr. Diputado a quien aludo, no creo en nada de esto. Yo creo en algo más posible. ¿Convenís, señores Diputados, en el talento práctico de los publicistas ingleses? Creo que para la escuela doctrinaria los publicistas ingleses tienen algo de la virtud que los Santos Padres gozan en la escuela católica. Pues bien; Stuart Mill ha dicho: La cooperación no es una nueva revolución, la cooperación es un nuevo estado social. Y si Stuart Mill, como pensador, os parece demasiado audaz, yo os citaré una nueva autoridad que no podréis recusar, yo os citaré la autoridad de lord Stanley, ilustre heredero del título de Derby. Él ha convenido con León Faucher en que la cooperación es un nuevo mundo.

Y, en efecto, señores Diputados, ¿sabéis lo que a mis ojos son las huelgas, esas huelgas que tanto os aterran y que se reproducen hoy en todos los Estados políticos de Europa y aún de América? Pues la huelga es lo que el monte Aventino era respecto a los antiguos plebeyos de Roma. En la huelga demuestra el trabajador lo que le conviene demostrar; en la huelga enseña que un día de suspensión de trabajo es un día de perturbación en toda la sociedad. Y así como bajaron los plebeyos del monte Aventino a reconquistar sus derechos que les habían arrebatado los patricios, bajarán también los trabajadores a la plaza pública a celebrar contratos, en cuya virtud se asociarán el patrono y el operario, el capital y el trabajo. ¿Sabéis con qué fórmula se asociarán? Pues se asociarán con esta fórmula: coparticipación del trabajador en los beneficios del capital.

Pues qué, señores Diputados, ¿no veis una serie de fenómenos económicos, los cuales anuncian ese nuevo estado social? Estudiadlos, yo os lo pido, estudiadlos. Hay en Inglaterra ciudades obreras levantadas por la actividad del trabajo. Un día, un juez de paz de Alemania dijo lo siguiente: «Cien pobres valen más que un rico. El rico encuentra dinero con su hipoteca. Si los pobres quisieran, encontrarían crédito hipotecando la solidaridad del trabajo. Pues asociaos y encontraréis lo que necesitáis»; y se creó el crédito mutuo, el crédito popular, el Banco popular. Abriose una grande información en tiempo del imperio francés. El grupo X de la exposición universal, protesta anticipada del trabajo contra los horrores de la guerra, estaba todo consagrado a este problema, al problema de la cooperación y al de la coparticipación. ¿Sabéis lo que dijeron a un emperador tan absoluto como el emperador Napoleón, unos cortesanos tan serviles como los cortesanos de aquel imperio? Pues le dijeron: «Los estudios hechos sobre el grupo X acreditan que el trabajador puede salvarse por sí mismo; pero que reuniéndose en la cooperación y en la coparticipación, reuniéndose el trabajador y el propietario, pueden salvar la sociedad.» Y éste es, señores, el movimiento salvador que hoy se realiza por medio de la inteligencia entre el obrero y el propietario, inteligencia que tiende a la coparticipación; o bien por la libertad entera y aislada del trabajador, libertad que tiende a la cooperación.

Hay, señores Diputados, quien ha profesado estas ideas en las esferas oficiales. ¿Os parece una cátedra muy revolucionaria la cátedra del Colegio de Francia? ¿Os parece una cátedra muy revolucionaria la tribuna del Senado abolido en Francia? ¿Os parece una cátedra muy revolucionaria la Revista de ambos mundos? Pues bien; allí ha dicho Chevalier que se nota un movimiento a la coparticipación; y ese movimiento es a sus ojos más que la revolución francesa. El imperio fundó una cátedra en la Sorbona sobre problemas sociales, a cuya cátedra he asistido yo, desempeñada durante unos días por Carlos Robert. Pues bien; Carlos Robert explicó en cinco lecciones la manera de evitar los desastres de las huelgas, y la manera de evitarlos es hacer copartícipe al trabajador en los beneficios del capital.

Y qué, ¿creéis que no existen esas sociedades? Mi amigo el Sr. Garrido me invitó a que asistiese a un gran establecimiento fabril e industrial fundado en Guisa, el cual se asienta en estos principios.

En la calle Poissonnière de París hay una fábrica en que el trabajador está asociado al capitalista, y gana 20 por 100 más de lo que ganaba con su antiguo salario. En la calle Saint-Georges, no lejos del hotel de M. Thiers (esto se puede comprobar mañana mismo), hay una gran industria de fabricación de papel, de dorado, en la cual M. Lecrair, así creo que se llama, M. Lecrair ha realizado esto: ha obligado a sus trabajadores a la coparticipación.

Ayer mismo, como si hubiera venido milagrosamente, se me envió por un amigo mío de Bélgica un grueso volumen que he registrado durante todo el domingo, faltando al precepto de no trabajar, y en este volumen me he encontrado lo siguiente: que hay en Bélgica sociedades de ahorros, de crédito, de inválidos, de trabajo, de consumo, de producción; que unas, muy pocas, tienen el apoyo legislativo; otras se han fundado por la asociación de patronos y trabajadores; y otras se han fundado por la asociación de trabajadores solos.

Pues miren los señores Diputados el milagro que han alcanzado el año pasado. Han construido con ocho millones de reales casas en Bruselas, en Lieja, en las cuales el trabajador, pagando 20 francos al mes el que más, y 14 o 15 el que menos, tiene habitación llena de aire, de luz y con jardín, de la cual puede concluir por ser propietario.

Si la asociación vive, si la asociación voluntaria puede realizar estos milagros, ¿por qué no he de creer yo en la virtud de la asociación, en la virtud de la federación, en la virtud de todos los principios modernos para resolver el problema social? ¿Qué es lo que a ese gran principio me oponía el Sr. Cánovas del Castillo? El Sr. Cánovas del Castillo examinaba con su profundo talento y con su arrebatadora elocuencia esta gran cuestión, y todo lo que encontraba para resolverla era, señores, la eternidad de la miseria.

Yo no pertenezco a la escuela que quiere suprimir el dolor. Yo creo que si se quita a la obra humana el esfuerzo, el trabajo, la gota de sudor que la esmalta, se le quita todo mérito. Sucede con el dolor lo mismo que sucede con la muerte; lo mejor parece a primera vista suprimirla. Pero vemos lo benéfico de la muerte cuando recordamos que la vida humana sería un lago ponzoñoso, un lago que corrompería el universo si faltase en ella la renovación de las generaciones. Si no hubiera dolor, el mundo sería un harem y el hombre sería un sultán crapuloso.

El dolor es un incentivo, es la sed del ideal, que existirá eternamente en el mundo, es la aspiración a lo infinito, como la muerte no es para mí la muerte; la muerte para mí es una trasformación de la vida. El sepulcro que visto desde aquí parece un abismo negro y horrible, visto desde el cielo parecerá, como las estrellas a nuestros ojos, un punto luminoso; y el cadáver, que tanto nos repugna, será tan bello como un recién nacido a la vista de otro mundo mejor, del mundo de las almas.

Pero, señores, ¿no tenemos el deber moral de evitar el dolor? ¿No tenemos el deber moral de evitar la muerte? Pues, ¿por qué no hemos de tener el deber social, el gran deber social de resolver todos los problemas económicos, para extinguir, en cuanto de nuestras fuerzas dependa, la miseria? ¡Por cuántas progresivas evoluciones ha pasado el trabajador!

¡Ah! si el Sr. Cánovas pudiera trasladarse con su grande talento y con su poderosa imaginación a Roma; si se acercara al esclavo romano y le dijera: tú, cazado en las selvas de la Panonia o en los arenales del África; tú, vendido a las puertas de la taberna con un cartel al cuello y una marca en la frente; tú, adscrito a la portería con dos argollas y dos cadenas en ambos pies; tú, alimentado con los despojos de los perros; tú, que has visto a muchos de tus compañeros caer despedazados para servir de alimento a las murenas de los estanques patricios; tú, que has visto salir a otros para perecer en el circo divirtiendo un momento los ocios y el hastío de los señores de la tierra; en los sucesivos desarrollos de tu ser, en la ascensión progresiva de tu esencia, en la persona de tus descendientes, has de ser llamado a legislar; has de ser más libre que los romanos; has de ingresar en los comicios; te has de sentar en el Senado; todas las Constituciones te han de llamar soberano; y esa teología, que ahora pasa indiferente delante de tus dolores, trasformada por nuevas ideas, te ha de predicar que el Dios creador de los cielos y la tierra abandonó su trono de estrellas para morir por ti, para redimirte en tu mismo patíbulo, en la cruz, que has cubierto de lágrimas y de sangre, y que desde los abismos de la ergástula se elevará hasta rematar la corona de los Reyes, la tiara de los Pontífices, y ser lábaro y luz y consuelo de mil generaciones en toda la redondez de la tierra.

Pues qué, señores Diputados, ¿no han venido grandes, sucesivas evoluciones del estado social a mejorar la condición del trabajador? Y el Sr. Cánovas ¿qué nos oponía a todo esto? La eternidad de la miseria. ¡Desoladora doctrina!

Bien es verdad que el Sr. Cánovas estaba triste, muy triste; todas sus ideas parecían nacidas de la desesperación. Y no era la desesperación individual, que tiene demasiada fuerza para salvar por sí todas las dificultades del momento: era algo más profundo; era la desesperación de su escuela, de la escuela doctrinaria, cuyo espíritu se muere y se extingue. Decía el Sr. Cánovas: ahí veis; el cesarismo se ha fundado en el centro de Europa. ¿Por qué? Porque se ha fundado un imperio fugaz en la federal Alemania, imperio que nunca se hubiera producido sin vuestros grandes errores, sin los errores vuestros que mataron la república francesa; imperio que ha sido necesario fundar para destruir tres poderes más fuertes y terribles: el núcleo de la teocracia en Roma, el núcleo de la Santa Alianza en Viena, y el núcleo del cesarismo occidental en París. Y después, cuando el Sr. Cánovas veía el pueblo armado, cuando veía el sufragio universal armado, que para mí es como la era de las Cruzadas, que para mí es como el armamento de los esclavos en los últimos días del imperio romano, como el armamento de los esclavos de la América del Norte, decía: ahí está el cesarismo, cuando lo que está ahí es la redención del proletariado. Luego se volvía hacia nosotros, y tomando grandes ejemplos en sus largos y profundos estudios, nos citaba a Polibio y a Aristóteles, y nos presagiaba para las democracias modernas el fin de las democracias antiguas, cual si pudiera morir tan fácilmente un mundo que se funda en el trabajo, como murió el mundo antiguo que se fundaba en la esclavitud. Por último, en presencia de estos dolores, en presencia de estas angustias, cuando el trabajador levanta sus brazos al cielo, cuando gime, cuando llora, cuando se ha formado con la luz de sus ideas una especie de espejismo, S. S. no encontraba a esto más solución que la solución de la lucha, ni más remedio que el remedio del hierro y del fuego.

¿Qué ha resuelto nunca en el mundo, que ha podido resolver el hierro y el fuego? La cicuta que mata a un pensador es la savia del árbol de la historia, la sangre que circula por las venas de toda la humanidad. Esos mismos que están ahí en esas lápidas en apoteosis, ¿no murieron condenados por los Reyes, maldecidos por los sacerdotes, denostados por el pueblo, que les escupía, que pedía Rey absoluto a los gritos de «vivan las cadenas y muera la Nación»? Esos hombres, ¿no fueron arrastrados al patíbulo en una estera y precipitados a la eternidad por la mano del verdugo? Y sin embargo, vosotros escribís ahí sus nombres para ejemplo de las generaciones venideras, como estrellas fijas que iluminan la mente de los legisladores modernos.

Pues qué, un pensador de esa altura ¿no sabe que, después de todo, el hecho en la historia es el fenómeno? ¿No se acuerda de esto que tantas veces ha dicho en sus elocuentísimos discursos de academia: que el hecho es el fenómeno: y lo sustancial, lo permanente, lo eterno, es la idea?

Yo quiero que me digáis qué idea habéis extinguido con la persecución los perseguidores de ideas. Perseguisteis a los fundadores de la conciencia del mundo moderno en Occidente; perseguisteis a Tales, y nació Pitágoras. Obligasteis a Pitágoras a forzoso silencio, y nació Jenófanes. Desterrasteis a Jenófanes, y nació Sócrates. Disteis a Sócrates la cicuta, y nacieron Platón y Aristóteles, las dos fases eternas del espíritu humano. Fueron los estoicos a Roma; la familia Flavia los expulsó, y el estoicismo subió al trono con Marco Aurelio para difundir su espíritu universal en todos los Códigos del mundo. Y ese mismo estoicismo azuzó las fieras del Circo contra los cristianos, y los cristianos ocuparon el Capitolio. Y vino la Iglesia y se hizo a su vez perseguidora; y persiguió a Pelagio; y persiguió a Arrio; y persiguió a los nestorianos; y persiguió a los valdenses; y persiguió a los albigenses; y las sectas fueron, como grandes cometas, siguiendo su camino entre hogueras y tormentos hasta formar ese planeta que se llama reforma. Y luego desterrasteis de los palacios de los Reyes absolutos a los filósofos, y los filósofos dominaron en el siglo xviii a los Reyes absolutos. Excomulgasteis a los masones, y el masonismo es hoy el sentido común de vuestra clase media. Perseguisteis a los carbonarios, y los persiguió la Santa Alianza; no les dejó un asilo en la tierra, no tenían patria; y un gran carbonario, Mazzini, educó a los Reyes; y el carbonarismo domina hoy en el Quirinal, y extiende sus reflejos hasta el palacio de Madrid, y se levanta sobre el sepulcro donde descansan los huesos de Felipe II, como para probar la impotencia de todos los inquisidores y de todos los déspotas contra el movimiento natural de las ideas.

¿Por qué habéis, pues, de hacer esfuerzos completamente inútiles? Ya comprendía el Sr. Cánovas lo inútil de su afirmación, y con una gran fuerza de síntesis se agarraba como el desesperado. ¿A qué, señores Diputados? A una reacción religiosa. ¡Ah! que si la cuestión no fuera tan personal, yo había de contestar a las amistosas observaciones de mi elocuente amigo particular el Sr. Nocedal y a las del Sr. Cánovas, acerca de lo que han dicho sobre mi antiguo cristianismo y mi nuevo y para mí definitivo racionalismo. Pero no, la cuestión es muy personal, y yo no distraigo al Congreso, yo no distraigo a la Nación hablándoles de mi insignificante persona. Pero quiero deciros una idea, se la quiero decir al Sr. Cánovas, se la quiero decir al Sr. Nocedal, no en son de censura, no en son de reconvención, sino para que lo experimenten y decidan, ellos que indudablemente son oídos en los consejos de algunos poderes superiores de la tierra.

Hay, sí, almas cristianas por naturaleza, almas cristianas por educación, que han nacido en un hogar virtuoso y cristiano; que se han criado en una aldea, sin más arte, sin más ciencia, quizá sin más espectáculo que la iglesia, y han absorbido su alma en la nota mística del órgano, en la espiral del incienso, en la luz cernida por los vidrios de colores y reflejada en las alas doradas de los ángeles del santuario, y han creído que el cristianismo era la religión del débil, la religión del esclavo, del oprimido, y que el mundo moderno, en un progreso creciente, no podría lograr la libertad, la igualdad y la fraternidad sin la Iglesia, si había de cumplir aquel precepto de ser perfecto, como lo es nuestro Padre que está en los cielos; y cuando han entrado en las asperezas de la vida, se han encontrado con que esa religión era la aliada de todos los poderosos y la enemiga de los oprimidos; se han encontrado con que se levantaba Bélgica, y maldecía la Iglesia la Constitución de Bélgica; se levantaba Suiza y llevaba el desorden y la perturbación al seno de la Confederación Suiza, honra y gloria de toda la cultura europea (el señor Nocedal (D. Cándido) pide la palabra); se levanta la república francesa, decía libertad e igualdad, y se mostraba la Iglesia indiferente, mientras al poco tiempo iba a bendecir a los pretorianos que, ebrios de aguardiente y de pólvora, asesinaban la república por la espalda; se levantaba Italia y se ponía de parte de los dominadores de Italia y en contra de la patria de los pontífices; y entonces esas almas desertaban de ese altar con dolor, yéndose tristes por no desertar los altares de su conciencia, indisolublemente unida a la causa de la justicia y del derecho.

¿Necesitáis mi profesión de fe? Yo no lo creo. Yo lo digo, yo lo proclamo; necesitamos, sí, un grande espiritualismo, un gran idealismo para no perdernos en este mundo de máquinas, de papel-moneda, de intereses, de positivismo. Lo necesitamos, lo pedimos como lo pedía el mundo romano en sus postrimerías. Pero es necesario decirle a esa religión que sea una religión espiritual; que si quiere ejercer su ministerio en el mundo es necesario que sea puro y completo idealismo, en oposición a todos los intereses terrenos, como en su período evangélico fuera el cristianismo.

Voy a concluir, señores, o mejor dicho, he concluido ya. No podéis contra la asociación Internacional ejercer más ministerio que el ministerio que debe ejercerse contra todas las ideas; el ministerio de la contradicción. Si creéis que vais a ahogarla en sangre, ¿tenéis los ejércitos antiguos, tenéis los verdugos, tenéis los inquisidores? Pues con todo eso no lograríais nada.

Y ahora, dirigiéndome a los progresistas de la mayoría, debo hacerles una observación para concluir.

Señores Diputados, todos los representantes de la Nación se mueven por móviles que yo respeto, que no juzgo, y que tengo el deber de creer tan patrióticos como los que me mueven a mí; pero no podéis dudar que en esa mayoría están los enemigos de todo el movimiento moderno, los enemigos de la Constitución moderna, los enemigos de la revolución de Setiembre... Si lo dudáis, ya veremos quiénes votan el voto de confianza al Gobierno; ya veremos si no hay entre ellos votos alfonsinos, votos carlistas; ya veremos si no hay votos de los enemigos de la revolución de Setiembre; ya los veremos y los examinaremos. Ahí están los que por buenos móviles, por móviles respetables, quieren volver a la sociedad antigua, aquí están los que por los mismos móviles quieren mejorar lo existente y preparar lo porvenir; ahí están los que limitan los derechos individuales, aquí están los que los creen absolutos; ahí están los enemigos del sufragio universal y de la soberanía del pueblo, aquí están los amigos de la soberanía del pueblo y del sufragio universal.

Votad esa proposición; habréis destruido la Internacional, pero habréis abierto una herida al derecho; y al hacer esto habréis abierto una herida a la Constitución, a la democracia y a la libertad; como en 1843, como en 1856, moriréis, progresistas, de la muerte del suicida, entre los anatemas de todas las generaciones y bajo la maldición de la historia.


[ Discursos políticos de Emilio Castelar, Madrid 1873, páginas 247-304. ]