Filosofía en español 
Filosofía en español

cubierta

Federico Urales

¡Engañada!
 

 
La Novela Ideal · Número 8

Publicaciones de LA REVISTA BLANCA
Oliveras, 30, Barcelona (Guinardó)

[cubierta, firmada por “Prat”] “La Novela Ideal - ¡Engañada! - Núm. 8 - 15 cts.”. [cubierta ii] anuncios de “Los hijos del amor” y “Renacer”. [página 1: portada] “La Novela Ideal - Número 8 - Federico Urales - ¡Engañada! - Publicaciones de LA REVISTA BLANCA - Oliveras, 30, Barcelona (Guinardó)”. [página 2] “Volúmenes publicados” [páginas 3-32] texto. [cubierta iii] anuncios de “Los grandes delincuentes” y “Sembrando flores”. [cubierta iv] anuncios de “La Victoria” y “La Revista Blanca”.

[ No figura impresa fecha de publicación. En la contracubierta del número 48, segunda época, de La Revista Blanca (Barcelona, 15 de mayo de 1925), se anuncia: “El próximo volumen de La Novela Ideal se titulará ¡Engañada! y estará escrito por Federico Urales”. En la contracubierta del número 49 de La Revista Blanca (Barcelona, 1 de junio de 1925) se puede leer: “La Novela Ideal. Como decíamos en el número pasado, el 23 se puso a la venta el octavo volumen de La Novela Ideal. Se titula ¡Engañada! y por su título y su autor (Federico Urales) pueden comprender nuestros lectores el interés y la emoción que hay en ella. Es una niña engañada por su señorito, que al final se venga del engaño.” ]


 
¡Engañada!

 
I

—¿Cómo por aquí tanta gente hoy? ‒preguntó, al ver la mucha que esperaba, el viejo escéptico y desocupado, al portero de la Audiencia.

—Tenemos vistas de lustre –contestó el conserje al que mataba las horas viendo juicios orales a falta de ocupación más útil para los demás y más grata para él.

—Pues dígame de qué se trata para colarme en la Sala que mayor rabo desuellen.

—En la primera, vista de una causa por quiebra fraudulenta. En el banquillo se sentarán nueve consejeros de un Banco que volcó la caja.

—¡Ya sé lo que va a resultar! –exclamó el viejo curioso.– Si se trata de gente de dinero, y es de suponer que de ella se trate, serán absueltos los procesados, pagando las costas, que no serán flojas. Si se tratara de personas con listeza suficiente para poner a salvo sus haciendas antes de la quiebra, habrán hecho méritos suficientes para que sean absueltos, pero las costas se cargarán a los querellantes.

—De suerte que las costas…

—Las costas nunca son de oficio, aunque haya absolución, si el procesado presenta blanco y en el caso de hoy habrá dos blancos; ya lo verá usted. Uno, para aligerar responsabilidades y otro, para arrinconarlas todas. Son muchos los años que veo desollar rabos por estas Salas. No me interesa el juego que se desarrollará en la primera. En la segunda ¿qué?

—En la segunda, juicio oral contra uno que robó diez latas de sardinas.

—¡Mal lo va a pasar el pobre!

—¿Por diez latas de sardinas?

—¡Aunque sólo hubiese robado una, lo pasaría mal el infeliz! ¿No ve usted que el Jurado se compondrá de tenderos y el ladrón, llamémosle así, ni siquiera habrá podido ganarse el afecto del que llena los tinteros en la escribanía? La causa de ese pobre es causa perdida.

—¡Quién sabe, don Tiburcio, quién sabe! –repuso el conserje que se creyó en el caso de poner dudas honoríficas a los curiales que él guardaba, quitándoles el polvo, además.

—No me enamora la perspectiva de ver ese juicio –dijo el viejo Tiburcio.– Comparecerá la mujer del infeliz procesado, con sus pequeñuelos hambrientos; habrá lágrimas, desdichas, petición de misericordia, y, por fin, al correccional.

—De todas maneras –exclamó el conserje,– el robo siempre será una cosa fea.

—¡Según… según, amigo Ramón!

—¡Tendría gracia que usted, propietario según yo pienso y según usted fuma, defendiera al robo!

—Según… según como se roba, amigo. Si saco cuarenta metros de una pieza de tela que se compone de treinta y cinco, mi operación es de comerciante listo. No se trata de un robo, sino de la maniobra de un hombre que entiende el oficio y que se interesa por el porvenir de sus hijos. Si de un saco de patatas, que pesa cien kilos, logro, con mis mañas, que del saco salgan ciento treinta, tampoco se trata de un robo. Pruébalo el hecho de que a ese hombre milagroso, nadie le procese; de que todo el mundo lo repute futuro y excelente concejal, y que las fuerzas del Estado se pongan de su parte el día que los holgazanes, que han trabajado toda su vida sin quitarle un céntimo a nadie, pongan en duda la legitimidad de una hacienda adquirida con tan limpios juegos de manos. Pero si quito, sin tener comercio ni pagar contribución, un metro de tela o un kilo de patatas, entonces… entonces mi acto tiene todos los caracteres de un delito y prueba de ello es que la justicia lo castiga con mucha más severidad, no digo que al comerciante que agranda las telas y multiplica el contenido de los sacos, ni siquiera que al banquero que hace el milagro de vaciar los bolsillos de sus clientes, mientras va llenando, riéndose de todos los códigos, los de sus familias, sino que los castiga con más presteza y rigor que el que roba niñas y las encierra en algún convento, quién sabe con qué fin. ¡Desengáñese Ramón y fúmese usted este cigarro! Es preciso, a toda costa, defender el arte de ganar dinero dentro del margen que ofrecen las leyes y los encargados de hacerlas cumplir, para que uno vaya enriqueciendo honradamente, pagando, ¡claro está!, las molestias que se toman y los servicios que prestan quienes vigilan que no hagan otro tanto los pelagatos.

—Irónico está hoy don Tiburcio –exclamó sonriendo el conserje.

—Si hubiera usted dicho que estaba metafísico, hubiera contestado lo que aquel personaje de Benavente: «es que no como». Pero no hay caso en este caso, porque como, afortunadamente, y no me meto en estos profundos problemas que atormentan grandes cabezas y no llenan pequeños estómagos… ¡Bueno, que no me meto, Ramón, en la primera ni en la segunda! Haga el favor de decirme a quién se torea en la Sala tercera.

—En la tercera el Tribunal ha de juzgar a uno que mató a su mujer por si andaba o no en tratos con otro.

—¡Pareció el peine! A ése tampoco le pasa nada. Se trata de un crimen pasional; ya lo sabe, Ramón; de… un… crimen… pasional nada menos. Este es el crimen de mayor categoría y que más importancia da al que lo comete. Es un hombre valiente que no tolera la mancha menos visible en su inmaculado honor. Esta clase de hombres están siempre dispuestos a verter, por su honra, la sangre propia y la ajena, y cuando la ajena es de mujer, con mayor valentía y agrado. «¡A la calle y con una condecoración!» dirá el Tribunal de Derecho, compuesto de honrados burgueses que por el negocio abandonan a sus mujeres y que cuando sienten necesidad de hembra, si alguna vez la sienten, la buscan en los music-halls, porque, luego, huelen a aristócratas sin gastarse un céntimo en perfumería. ¿Adónde iríamos a parar, Ramón, si no se concediese al hombre el derecho de matar a su mujer cuando ésta nota que el despacho y el tanto por ciento le preocupa a su marido más que el amor? Iríamos a parar en los salones de té porque allí acudirían las mujeres de todos los burgueses que sólo piensan en engrandecer el negocio para engrandecerlo más. En estos trances de honor no hay más que dos caminos: matar a las mujeres que se quejan de nuestro desvelo por la ganancia o bien obligarlas a que tomen un amigo que cargue con los vestidos, el auto y las joyas. No puede tolerarse  que las mujeres de nuestros comerciantes, de nuestros industriales y de nuestros burgueses, le  pongan  buena cara a un guapo mozo que no tiene dos pesetas y a quien han de mantener y vestir con el dinero del que las llevó al altar, sin tener en cuenta que los maridos proveen los gastos de la familia aun sospechando que en ella se ha colado de contrabando algún intruso. No, no; estos matadores de mujeres, han de ser absueltos: lo exige la justicia, la moral y hasta la iglesia, pues si bien ésta en un libro dice «no matarás» en otro reza: «no desearás el marido de tu amiga».

—No, –observó Ramón:– «la mujer del prójimo» que es precisamente todo lo contrario. El aviso va contra los hombres y no contra las mujeres.

—El texto que usted cita, Ramón, está equivocado. El hombre puede desear y obtener todas las mujeres, sin que la propia tenga derecho a chistar. Lo vemos todos los días y lo que vemos todos los días no debe ser pecado ni por nadie reprimido. Haríamos el ridículo, Ramón, haríamos el ridículo y los hombres que matan mujeres son tanto o más serios que los burros, los animalitos que ofrecen la máxima seriedad. Que no te quepa duda; ese de la tercera será absuelto, después que su abogado hable de lo casquivanas e ingratas que son las mujeres; de lo inteligentes que se manifiestan cuando quieren torear a uno; de lo urgente y necesario que es que el cabeza de familia sepa cuáles son sus hijos y del papel nada envidiable que haría cada uno de los señores jurados si su mujer le pusiera los ojos en blanco al mozo del almacén.

—Total: que quiere usted saber qué rabo van a desollar en la cuarta, ¿verdad?

—Para matar en ella la mañana y la tarde, si vale la pena.

—Pues en la Sala cuarta ha de ser juzgada una muchacha que no sé lo que hizo contra un novio que la engañó bajo palabra de matrimonio.

—¡Caramba! ¡Esto sí que es interesante! –exclamó don Tiburcio, metiéndose de cabeza en la Sala cuarta.

El conserje estuvo buen rato chupando, con aires de hombre importante, el cigarro que el viejo avispado le diera.

 
II

En un pueblo de la provincia de Huesca lindante con la de Lérida, llamado Miralsot de Arriba, vivía una familia compuesta de marido y mujer y de una niña de cinco años, hija del matrimonio, a la que habían puesto por nombre Antonia. La familia se ocupaba en las faenas del campo, labrando unas pequeñas tierras de su propiedad; pero, como éstas no daban para mal vivir, el padre de Antoñita alquilaba sus brazos siempre que podía, y no podía mucho porque los terratenientes querían brazos fuertes y los del padre de nuestra niña no lo eran mucho a consecuencia de una enfermedad que había padecido de soltero. Voluntarioso y trabajador, sí, pero en el tajo le faltaban fuerzas para seguir la línea de los demás braceros.

Al ocurrir lo que se va contando, la comarca de Fraga, de la que formaba parte Miralsot de Arriba, estaba padeciendo años de sequía, hasta el extremo de que no se pudieron sembrar las tierras y las oliveras dejaron caer su fruto ya a últimos de julio que es cuando empiezan a cuajar. No hay que decir la crisis económica que sufrían los pequeños propietarios y los braceros. Nadie daba un jornal ni por caridad.

Los habitantes de aquella comarca, en vista de la situación angustiosa por que atravesaban, pidieron auxilio al Estado y el Estado estuvo mucho tiempo pensando en si debía o no concederlo. Viendo que el auxilio no llegaba, solicitaron que, interinamente, se les condonaran las contribuciones. La petición, siguiendo su curso, estuvo en quinientos despachos de ministerio y diputación y al fin fué a parar a un negociado de Hacienda, sin saber nadie si favorable o desfavorablemente informado o si en trámite, y allí se quedó cubriéndose tanto de polvo que los conserjes, tomándolo por un sombrero abandonado de puro viejo, lo vendieron a un trapero junto con otros enseres.

En esto, se presentaron papeletas de apremio a los contribuyentes de Miralsot de Arriba, pero, como era natural, no se pagaron, tanto porque a los interesados les era imposible hacerlo, cuanto porque esperaban la tramitación de la solicitud, que nadie sabía dónde estaba y nadie de ella se preocupaba. Pasado algún tiempo, en la aldea presentáronse los agentes ejecutivos con el propósito de realizar algunos embargos.

El alcalde les enteró de las instancias que el vecindario había elevado al gobierno, primero pidiendo auxilios y luego la condonación de los tributos sin que hasta la fecha se hubiese recibido contestación ni visto medida alguna encaminada al fin que se esperaba. Ello contado en toda suerte de detalles sobre las consecuencias de la sequía en el hogar de los vecinos, particularmente de los pobres, la mitad de los cuales habían tenido que emigrar dejando muchos sus pequeñuelos y sus esposas y la otra mitad pasando las de Caín.

Los representantes del fisco escucharon compungidos las palabras conmovedoras del alcalde y a ellas pusieron cara tan lastimosa que aquél creyó que se marcharían sin embargar. No obstante, las cosas no ocurrieron tal como la autoridad local creyó que iban a ocurrir; sino que los enternecidos delegados contestaron que sentían como propias las desgracias que se les habían contado, pero que ellos eran personas mandadas y como tales habían de llevar a término lo ordenado, sin que ¡eso sí! el embargo equivaliera a quitarle las tierras a nadie. Aquello no pasaba de pura fórmula y seguramente antes, mucho antes de que se verificaran las subastas, el gobierno concedería cuanto el vecindario había pedido. En vista de estas razones, el alcalde llamó a una comisión de vecinos, reunidos todos en la plaza, para pedirles que se dejaran embargar sus haciendas; que el embargo, según refirieran los mismos que habían de verificarlo, era una pura fórmula, y que él tenía noticia, por persona muy autorizada, que el real decreto concediendo los auxilios pedidos y la condonación solicitada, estaba al caer.

Los vecinos, creyendo lo que les decía el alcalde se dejaron embargar suponiendo que la cosa no tenía importancia; pero a los dos meses se anunció la subasta en Fraga de varias fincas de Miralsot de Arriba, embargadas por débitos al Estado, y un señor que se había enriquecido prestando al 50 por 100 y quedándose fincas de los que no podían pagar el interés y comprándolas a subasta, no sin ponerse antes de acuerdo con los curiales que habían de llevarla a término, se quedó, por 43.000 pesetas, con casi todo el término del referido pueblo, entre cuyas haciendas estaba la de los padres de Antoñita. Fue tal el disgusto que éstos recibieron, que el padre a los dos días murió de pena, encontrándose la mujer sin finca, sin marido y sin dinero para enterrarlo.

La viuda, consolada, aunque no curada del tremendo disgusto, se fue a servir a Lérida, dejando a su hijita al cuidado de una hermana casada, y era tal el sacrificio de aquella mujer, que enviaba, íntegros, amén de alguna pequeña propina que recibía, los seis duros mensuales de soldada que le daban, a más algún vestidillo y calzado que sus amos le regalaban.

Así pasaron tres años, lloviendo al fin, y cuando ya la tierra, descansada por la sequía, tostada por el sol y en poder de su nuevo propietario, había dado una excelente cosecha de trigo y aceite, se publicó en la «Gaceta» un real decreto condonando la contribución a los terratenientes de Fraga y su comarca, beneficiándose por tal gracia, no los que la necesitaban y la habían solicitado, sino el usurero que tan miserablemente había adquirido la tierra embargada por el fisco.

El tío de Antoñita concertó a destajo la recolección de la aceituna de una importante heredad, llamando para que le ayudara a recoger la cosecha a su cuñada, y ésta, para estar al lado de su hija y con el propósito de ganar más por ella, accedió a lo solicitado por su cuñado. ¡Y era de ver a la pobre Antoñita, cogiendo aceitunas al lado de su madrecita tiritando de frío, porque cuando se recoge la aceituna hace mucho en la provincia de Huesca lindante con la de Lérida!

—¡Madre –la decía de cuando en cuando la pequeñita,– tengo los dedos entumecidos y no doy ya con las olivas!

—Anda, caliéntatelas un momento –contestaba su madre condolida de que tuviera que ayudar a faena tan ruda y con aquel tiempo, la niña.

Y entonces Antoñita se acercaba a la lumbre, que ardía al efecto, hasta que el amor del fuego daba vida a sus manos amodorradas.

Y así un día y otro día, una semana y otra semana, un mes y otro mes; todo el invierno y siempre más crudo. Al final de la jornada, el tío de Antoñita dio a su cuñada unas pesetas y él se quedó con unos duros, porque la engañaba diciéndola que la recolección se había concertado a un precio inferior al que realmente tenía.

Pasaron unos cuantos años y otra vez volvió la maldita sequía, pero como ya entonces Antoñita contaba quince abriles, se fue a servir a Barcelona, llamada por una amiga suya, mayor, que también servía en la misma capital.

 
III

Era Antoñita un capullito hermosísimo. Tenía la travesura y la irresponsabilidad de sus quince años; pero su carita, cuando no reía, adoptaba una severidad de persona mayor, que le ofrecía el respeto de cuantos la trataban. Ella sonreía siempre, menos cuando algún mozo, atrevido por mal educado, le dirigía palabras que querían ser zalameras y que quizá lo hubiesen sido diciéndolas a mujer más metida en piropos, pero que a oídos de Antoñita sabían a irreverencia por su escasa edad y porque la cara y los ojos de la niña, sin picardía alguna, aun no reclamaban atrevimientos.

En Barcelona Antoñita entró a servir a una familia compuesta de madre e hijo, pero hacía ya algunos meses que la niña estaba en la casa y aun no conocía al hijo, porque éste se acostaba de tres a cuatro de la madrugada, en verano, y de cinco a seis, en invierno; se levantaba cuando la monísima sirviente lavaba ya los platos que habían servido para la comida en la cocina y se marchaba sin saludar ni desayunarse siquiera.

Su ama le decía a Antoñita, como para que la muchacha no se extrañara de la vida del señorito, que éste era estudiante, que sólo tenía clase por la tarde y por la noche, y que comía con unos amigos, estudiantes también.

En realidad, el señorito Manuel había intentado cursar la carrera de abogado, aconsejado por su padre, rico fabricante; pero muerto el autor de sus días y escaso de voluntad y de inteligencia y sin la vigilancia y el temor del padre, pronto tiró los libros dándose al juego y a la clase de mujeres que con el juego y los jugadores se relacionan.

Antoñita había oído algún altercado entre madre e hijo, sin duda alguna por pedir el hijo dinero que la madre se negaba a dar, pero supuso que era más tacañería en la señora que vicio en el señorito.

Un día oyó que Manuel decía:

—La herencia es mía y puedo hacer de ella lo que me dé la gana.

—Lo será pronto, desgraciadamente, pero entretanto yo soy tu albacea, tu usufructuaria, y, sobre todo, tu madre.

La herencia se componía de una finca rústica de utilidad y recreo; de dos casas, una de mucho rendimiento, otra de regular y la que ellos habitaban de cuatro pisos, que no rentaba menos de 35 mil pesetas anuales. Lo que producía esta fortuna, aparte lo que se gastaba para vivir, se lo tragaba la ruleta, las profesionales del amor y toda suerte de vicios.

Este es el mar sin fondo en que se hunden muchas fortunas que amasan los obreros y que para constituirse tanto se explota y se persigue a los trabajadores.

Doña Rosario, al principio, se opuso tenazmente a los despilfarros de su hijo, pero éste, sin respeto para la que le había llevado en las entrañas, la hizo comprender que se acordaba de ciertas acusaciones que le había dirigido su padre cuando él era niño y que no dejaban muy bien parada la conducta íntima de la esposa.

Doña Rosario lloró en silencio las acusaciones veladas del hijo, hechas para arrancarle dinero, y desde entonces no hacía más que guardarse las pesetas necesarias para los gastos de la casa durante el mes, y poner el resto a disposición de su hijo así que lo iba reclamando, por más que Manolo algunas veces hasta el dinero del sustento se hacía entregar, con amenazas y acusaciones, antes de fin de mes.

Esta es una de las escenas más repugnantes que se producen en no pocos de los hogares burgueses cuyas cabezas de familia no se preocupan más que del negocio, olvidándose, por el dinero, de los deberes y de los amores conyugales y entregando a sus hijos, desde el nacer hasta que puedan ayudarles en la fábrica o en el despacho, a gente mercenaria que no transmite, ni puede transmitir a sus educandos las ternuras ni los cuidados del amor maternal, amor que al llegar a mayores falta a los hijos para sentir, por sus padres, el cariño de los recuerdos infantiles, vividos con penas o con alegrías, al lado de los autores de nuestros días, los más gratos, los más dulces y los que más amorosamente unen a los que dan el ser con los que lo reciben.

Un día, Manolo, al salir de su habitación, vio a Antoñita que colocaba, en el aparador, después de bien lavada, la vajilla que había servido para la comida. Manolo la miró insistentemente y se fue, no sin volver la cabeza al llegar a la puerta que daba entrada al piso. Antoñita, al notar la curiosidad de que era objeto, había dirigido la mirada al suelo; quizá por ser mujer, quizá por tratarse del señorito.

Al día siguiente, Manolo se levantó más temprano que de costumbre, se  sentó en el comedor y pidió a la niña que le fuese a comprar un periódico, que estuvo leyendo luego cerca de una hora.

A los dos días Manolo dijo a su madre, que, en adelante, se desayunaría en casa y Antoñita le sirvió el desayuno.

—¿Tienes novio? –le preguntó un día Manolo a la niña mientras le servía.

—No, señorito.

—¿Ni lo has tenido?

—No, señorito– contestó Antoñita.

—¿Cuantos años cuentas?

—Los diez y seis voy a cumplir.

—Aspecto de más tienes; estás muy desarrollada.

La muchacha nada contestó, pero al otro día Manolo volvió a preguntarle:

—¿A qué baile vas los domingos?

—A ninguno, señorito; voy a casa de una familia del pueblo, amiga de mi madre.

—¿Y allí acuden muchachos?

—No, señor; muchachas, como yo.

—¿Cuánto tiempo hace que te viniste del pueblo?

—Ocho meses: los que estoy sirviendo en esta casa.

—¿Tanto tiempo hace que estás al servicio de mi madre? ¡Y yo sin notarlo! ¡Si seré torpe! Tener mujer tan bonita como tú a mi lado y sin advertirlo es una… falta que no me perdonaré.

—¿Me puedo retirar, señorito?– observó Antoñita.

—¿No te gusta charlar conmigo?

—No es mi obligación.

—Yo me intereso por ti, mujer, porque me has sido muy simpática. Y tus padres ¿quedaron en el pueblo?

—Quedó mi madre: padre no tengo hace años. De no ser ella tan pobre y a darse mejor las lluvias, no hubiera permitido que la dejara.

—¿Tenéis tierras?

—Tuvimos, pero se nos embargaron; no obstante, cuando se dan buenos años, hay trabajo para todos. Ahora son malos y por eso nos marchamos del pueblo casi todas las mozas.

—Y tu madre ¿qué hace por allí?

—Sirve, también, pero le mando cuanto gano por medio del recadero de Lérida, amigo de la casa que frecuento los domingos.

Bien enterado el sagaz Manolo de la situación infantil de Antoñita, de la falta de un padre o de un hermano que la defendiera o vengara si era preciso y de la existencia de una madre tan pobre como querida por su hija, concibió el plan de ganar la voluntad de la muchacha diciéndola que llamase a su madre, no para que viviera en la casa con ellos, como hubiese hecho el joven de buenas intenciones, sino para que viviera por caridad, en una de las azoteas de sus fincas urbanas.

Doña Rosario había comprendido la causa de que su hijo pasara en su casa más tiempo que de costumbre y facilitaba ocasión a su hijo para que se hallara solo con la criada. «Mientras le tengo en casa, pensaba, no gasta salud ni dinero y no hay que temer, si la cosa llega a mayores, que mi hijo haga la tontería de casarse con la criada. Sería un negocio si tuviera yo servicio y mi hijo querida por tan poco dinero.»

Para las señoras, la honra de las criadas no es igual que la de las señoritas y como la mayoría de ellas, en su juventud, no fueron muy recatadas, no dan importancia y a veces ni pueden dársela a los abusos que los señores de la casa cometen con la servidumbre femenina.

Así es que tan pronto como Manolo habló a su madre de llamar a la de Antoñita y de cederle, gratis, una de las azoteas de una casa de la calle de Casanovas, dio la conformidad al propósito.

Antoñita se alegró mucho cuando el señorito le habló del caso y ella misma garrapateó la carta que dirigió a su madre diciéndola que se trasladara a Barcelona, donde sus señores le darían vivienda gratis y que en esta capital no le faltaría qué hacer. La madre contestó agradeciendo el ofrecimiento y que preparaba el viaje para dentro de unos días.

Antoñita no sabía cómo pagar lo que estimaba generosidad de los señores y Manolo se permitió ciertos atrevimientos abusando de la situación agradecida de la niña, quien estimó no había de enfadarse con quienes tan bien con ella se portaban.

—Mañana, por la tarde –le dijo Manolo a la muchacha un sábado por la mañana,– iremos a ver a tu madre los dos y luego remataremos el día en algún teatro.

—¿Usted conmigo, señorito?– exclamó sorprendida Antoñita.

—¿Por qué no? Te tratamos cual si fueses de la familia y quizá llegues a serlo si te portas bien.

—¡No se burle usted de mí!

—¡Si hablo en serio, hermosa chiquilla! Tú, pórtate como si fueses mi novia y ya veremos lo que pasa –y la cogió de la mano.

Si todos los hombres nos creemos dignos de reinas, todas las mujeres se estiman dignas de príncipes y mayormente cuando la mujer sabe que es bella, porque se lo dice el espejo y por las veces que los hombres se lo han repetido al oído. En esta nuestra tierra catalana hay un adagio que dice «La mujer es para un rey si el rey la quiere» y esta creencia nace, realmente, del alma humana y encuentra, en nuestra propia naturaleza, excelente cultivo.

Lo que la sociedad divide, igualan nuestros instintos naturales, y como la desigualdad de clases es, realmente, algo interpuesto a las relaciones entre seres humanos, las ideas y los ensueños que nos retornan a la igualdad por la belleza, encuentra fácil acomodo en nuestras ilusiones. No es de extrañar, pues, que Antoñita, con toda su ignorancia pueblerina y que había oído contar que una joven pobre, pero guapa, se había casado con un gran señor, no es de extrañar, repito, que, aun no dando absoluto crédito a las palabras engañosas se su señorito, en el fondo del alma, se alegrara de ellas manteniendo una duda halagadora.

Perversos los hombres que se acercan a las mujeres con el propósito de abandonarlas conseguidos unos favores que antes se otorgan por gratitud y por bondad de corazón, que por lujuria. Además, la mujer que por una injusticia y una desigualdad social que los hombres de mañana habrán de condenar, no ve asegurada su juventud ni su vejez, ha de dar crédito, quiera que no, a las palabras falsas o sinceras de los hombres, que con un casamiento se lo aseguren. Por esto engañar a una mujer es lo más vil y lo más fácil del mundo.

 
IV

La madre de la muchacha, al recibir la visita de su hija, acompañada de Manolo, hacía tres semanas que habitaba Barcelona. A la estación había ido la muchacha, pero en la azotea, que se le había destinado, esperaban Manolo y su madre. Aposentada la forastera, se marcharon juntos Antoñita y sus amos. La madre de la niña, a la que llamaremos Teresa, supuso que aquel favor que le concedían era en pago de lo bien que se portaba su hija y manifestación de lo mucho que la querían.

Teresa, no obstante, se sorprendió de la familiaridad que había notado entre su hija y el señorito y al domingo siguiente, que la muchacha subió sola a la azotea, se lo dijo. Antoñita se sofocó y se excusó como pudo, pero no sin dar a entender que quizá entrase a formar parte de la familia. La madre, después de advertirla que tuviese cuidado no la engañaran, se quedó entre recelosa y esperanzada.

Se fue Antoñita; en la calle esperaba Manolo.

—Hoy iremos a otro teatro –le dijo.

—Bueno –contestó la muchacha.

—Iremos a un café.

Y se la llevó a un music-hall, no al que él tanto frecuentaba, sino a otro de la misma clase. Antoñita, al ver aquellas mujeres, tan poco vestidas, sintió vergüenza. Manolo la cogió del brazo y pidió un reservado. Conocido el número, se dirigió a él, siempre cogido del brazo de la niña. La gente, que conocía a Manolo, al verle con una lugareña, pues Antoñita aunque bastante bien vestida no había perdido sus maneras y su cara pueblerina, supusieron de qué se trataba, pero que la niña fuese allí sin saber dónde iba, no lo supusieron.

Antoñita se sentía extraña; lo que veía, sin saber por qué, no era de su gusto.

—Anda, entra –la dijo Manolo a la puerta de la habitación. –Comeremos algo ¿no tienes apetito?

—No, señorito; me quiero ir a casa.

—¡Qué tonta eres! Iremos los dos, luego. Entra. –Y la tiró del brazo.

Se oyó el canto y la música del número que en aquel momento se exhibía en escena. Por delante de la puerta que Antoñita no quería franquear, pasó una señorita pintarrajeada, con exceso escotada y vestido chillón.

—¡Tú, oye! –le dijo Manolo.

—¿Qué quieres? –contestó la mujer estucada y pintada.

—¡Que me des un beso!

—Que te lo dé esa… novicia… –Y se fue.

—Ha sido mi novia y ahora está celosa –dijo Manolo,– porque sabe que me voy a casar contigo.

Manolo hubiese querido que la meretriz le diese un beso delante de Antoñita para hacerla entrar en celos y le besara, a su vez, por no ser menos.

—Anda, entra mujer; ya está avisado el camarero y nos va a traer merienda.

Efectivamente, el camarero estaba avisado, pero la niña contestó:

—Yo no tengo apetito y me quiero ir a casa.

Manolo tiró otra vez de la muchacha, esta más fuertemente que las otras veces; mas la niña se cogió al marco de la puerta y la fuerza del gandul no se la pudo hacer soltar.

—Me enfadaré –exclamó el perillán.

En el cuarto de al lado se oyeron carcajadas de mujer y palabras obscenas de hombre.

El corazón de la niña presintió algo trágico y de sus ojos saltaron lágrimas, mientras decía:

—Yo no estoy bien, aquí; me quiero ir a casa!… ¡Madre, madre! –exclamó ya fuertemente.

Manolo la dijo con brusquedad y enojo:

—¡Anda, vete ya!

La niña se fue sin saber dónde ni por dónde salir. Los hombres, al cruzarse con ella, le decían groserías. A un camarero que nada la dijo, preguntó la niña por la salida y ya en la calle se dirigió a casa de su ama.

—¿Dónde has ido? –le preguntó Doña Rosario.

—A ver a mi madre.

—¿Y Manolo?

—Me ha acompañado, pero luego se ha metido en un café y yo me he venido para acá.

—No tenías que dejarle –dijo la señora.

Antoñita entendió que doña Rosario queda decir que había hecho mal en no merendar con Manolo y se apenó un poco. Lo que hubiese querido la madre del truhán es que la niña le satisficiese todos sus caprichos, por lo económicos que habían de resultarle.

Manolo merendó y libó con una mujer de las que frecuentaban aquel local. De allí se fue a otro de la misma condición, donde volvió a comer y volvió a libar y ya de día se acostaba en su domicilio.

Antoñita pasó la noche apenada; no estaba segura de haberse portado bien la tarde antes con Manolo. La propia señora la dejó entrever que había hecho mal.

Si la muchacha hubiese encontrado palabras de madre o de buena ama, que le aprobaran su conducta, ella se hubiese sentido moralmente fortalecida en su interior; faltándole aquellas palabras, que hubieran sido seguridad y consuelo, dudaba.

Doña Rosario, como todas las mujeres creyentes que han tenido juventud borrascosa, confesaba cada semana y oía misa todos los días; luego hacía dos o tres visitas, y a comer. Salían juntas ama y criada y, efectuada la compra, doña Rosario se dirigía a la iglesia y Antoñita a su casa, con lo comprado. Manolo conocía esta costumbre y la hora en que se efectuaba.

El truhán, al acostarse, había puesto el despertador a la hora que él esperaba estaría de regreso la muchacha. Sonó el despertador, Manolo alargó el brazo y tocó el timbre. Nadie se presentó a su llamamiento; volvió a llamar y obtuvo el mismo resultado. Entonces saltó del lecho y en paños menores, registró el piso. Nadie había en él, porque Antoñita aun no había regresado de la compra. Manolo se metió otra vez en la cama y esperó. A poco se oyó la cerradura de la puerta y, después de unos segundos, Manolo volvió a llamar, pero esta vez tampoco dio resultado su llamamiento. Llamó de nuevo y también inútilmente. Antoñita dudaba si acudir o no cuando vio a Manolo, en paños menores, que la decía:

—¿No oyes que te estoy llamando?

—¿Qué quería usted? –dijo Antoñita volviéndose de espaldas.

—¡Que vengas!

Antoñita hizo un movimiento como para obedecer; Manolo entró en su alcoba y se metió otra vez en la cama creyendo que la niña seguiría detrás de él. Antoñita, no obstante, se paró en la puerta.

—¿No vienes? –gritó Manolo.

La muchacha adelantó algunos pasos, temerosa, pero luego los retrocedió y volvió a situarse en la puerta.

—¡Acércate! –le dijo Manolo.

—¿Qué quiere usted? –preguntó Antoñita, sin moverse.

—Reñirte por lo que hiciste conmigo ayer. ¿Te parece bien el papel que representé cuando vino el camarero con comida y bebida para los dos y me encontró solo?… Pues has de saber que merendé con otra mujer, que esa mujer me llenó de besos y que hoy volveré a cenar con ella, ya que tú no quieres hacerlo.

—Ya comeremos juntos el próximo domingo, pero en otro sitio. No se enfade usted –contestó la inocente criatura.

—¡Eres una tonta! –le dijo Manolo desde la cama.

—¿No sabes que me voy a casar contigo? ¿No sabes que si no nos casamos en seguida es porque mi padre dejó dicho, en el testamento, que no me podía casar hasta los veinticinco años, so pena de perder mi herencia? ¿No sabes que tengo veinticuatro cumplidos y que el día siguiente de cumplir los veinticinco, nos casaremos? Cuántas veces te lo he dicho y lo ha confirmado mi propia madre. ¡Acércate mujer, acércate!

Antoñita dudaba; no sabía si marcharse o quedarse en la puerta o si acercarse a la cama. Si se marchaba podía enfadarse otra vez Manolo; su ama le había dicho que complaciese al señorito; su madre vivía en una casa de los señores. Las palabras de Manolo podían ser sinceras. La protegían a ella y a su madre.

Manolo, comprendiendo la indecisión de la niña, saltó de la cama otra vez, se acercó a ella y la cogió de un brazo arrastrándola hasta el lecho. Antoñita resistió algo, pero se dejó llevar. No bien llegaron a la cama, Manolo se sentó en ella e hizo sentar a la niña. Sentados, la cogió de la mano, luego del brazo, por fin la estrechó contra su pecho y le dio un beso en la mejilla que presentaba la joven por tener la cabeza vuelta; después de la mejilla, la besó en la boca y la sobó, siempre diciendo:

—¡Si de todas maneras nos tenemos que casar, tontina! Te lo prometo, te lo juro, por lo que más quieras, por mi madre, por Dios si lo prefieres. ¡Si hemos de vivir siempre juntos!… Mira, mañana mismo le diremos a tu madre que se venga a vivir con nosotros para no moverse ya de nuestro lado, que yo también la quiero mucho por lo buena que es y por lo que a ti te ama.

Y así, llamando, sin cesar, con las manos, a todas las puertas de la naturaleza y con los labios, a las del sentimiento y de la gratitud y faltada ella de experiencia y de malicia; sin los cuidados de una madre, sin las advertencias de un hermano, sin los temores de un padre, la niña se rindió, dejándose caer sobre la cama empujada por el vil seductor.

Y se consumó el delito de seducir a una pobre muchacha, sólo por el placer de seducirla, engañándola sin quererla, sin haber pensado ni haber sentido el deseo de consagrarla en nuestra vida, por aquel acto, ni dejarla un recuerdo en nuestros amores, tanto más merecedora de ello, cuanto más infeliz y más inocente era la víctima.

Después, ni la ayudó a levantar, ni la besó siquiera; señal cierta de que, en el alma del villano, satisfecha la materia, no quedaba, para aquella infeliz engañada, una ternura, un sentimiento ni una delicadeza.

Este es el peligro que corren, no digo que sufran, digo que corren y que muchas sufren, las niñas y las jóvenes que los padres abandonan, cual hojas caídas del árbol al empuje del huracán, a merced de esta sociedad de engaños, de traiciones, de injusticias, de peligros para la mujer, de incultura y de esclavitud para la mujer; que la abandonan en medio de unos hombres que aun no ven en ella más que el placer de un momento y la inferioridad eterna. De esas infelices se nutren, después, los lupanares, porque llega un momento en que el lupanar, con toda su crueldad, es su más generoso refugio.

El truhán se arropó bien en la cama y sin remordimiento alguno, al contrario, creyendo que había realizado una acción de hombre, se durmió. La niña se encerró en su cuarto y lloró, adivinando, instintivamente, que le había pasado una gran desgracia.

Al regresar doña Rosario, Antoñita iba azarada de un lado para otro, poniéndolo todo en orden con más esmero que otros días. No parecía sino que temiese ser despedida si daba motivo a queja alguna. Puesta la mesa, la señora llamó a su hijo para comer juntos como hacía desde algún tiempo.

El seductor no se quiso levantar.

Antoñita sirvió la comida a la señora sin decir palabra, pero más diligente y cuidadosa que nunca. Doña Rosario, que tenía mucha picardía para ciertas cosas, comprendió que, entre la criada y su hijo, había pasado algo serio.

A las tres de la tarde se levantó el zángano y, sin saludar ni decir palabra, se fue.

Pasados algunos días, viendo que Manolo nada le decía, Antoñita se atrevió a recordarle la promesa que, sobre el porvenir de su madre, le había hecho.

—Iremos a verla dentro de algunos días. –Y esquivó en seguida la conversación.

Antoñita ni censuró, ni replicó siquiera. Se sentía menos digna que antes, más inferior que antes y quería suplir aquella inferioridad que sentía dentro de su conciencia, con el cumplimiento excesivo de su deber y con una obediencia rayana en la nulidad de su persona. Pero pasó cerca de un mes y Manolo no hablaba a la niña de ir a ver a su madre juntos para cumplir la promesa que se le había hecho y que ella estimaba era el preludio y la confirmación de lo otro.

En realidad y como el lector habrá comprendido, dada la sencilla mentalidad de la niña, al hacerse la ilusión de llegar a ser la esposa del señorito, no había pensado en el dinero que Manolo podía reunir, sino en ofrecer a su madre hogar seguro y en tenerlo ella asegurado también. Como amar, ella no amaba a Manolo ni a nadie. Su corazón no había despertado aún al amor.

A lo dicho se reducía la aspiración de Antoñita y se reduce la de la mayoría de las mujeres, pues, dada la moral reinante, muy pocas se casan con el hombre que ellas quisieran y a la postre han de casarse con el que se presenta.

Un día la criada se atrevió a decir a su ama:

—Manolo me habló hace tiempo de acompañarme a ver a mi madre para decirla que se viniera a vivir con nosotros.

—Nada me ha dicho –contestó doña Rosario– y me extraña, porque ocupación para ti y tu madre no hay en casa.

La niña no se atrevió a insistir y la señora sospechó que si antes Antoñita era un aliciente para retener en casa a su hijo, ahora podía ser un obstáculo para que Manolo parara más tiempo en ella.

Y pensando y atando cabos, sospechó que quizá sería necesario despedir a la criada.

Por muy inocente que ésta fuese, a los tres meses comprendió que lo que con ella había hecho el señorito había de tener consecuencias graves, y una mañana, que como casi todas se encontraba sola en el piso, mientras Manolo dormía, entró temblando en la alcoba y con voz débil y temblorosa dijo:

—Manolo.

—¿Qué quieres, mujer? ¡A ver si ni en mi casa podré dormir!

—Es que he de decirle –repuso la niña entonces,– una cosa muy seria y muy importante.

—Lo más serio y lo más importante que usted podría decirme es que se marchaba a servir a otra casa –le contestó el villano.

Antoñita se retiró llorando; no tuvo, siquiera, valor para afear al perdido su proceder.

Con lágrimas en los ojos, sirvió aquel día la comida a su señora; doña Rosario vio las lágrimas en las mejillas de la pobre niña, pero nada la dijo por temor a una revelación grave.

Mientras en la cocina lavaba los platos Antoñita, salió el truhán de su cuarto. La madre intentó decirle algo, pero no bien Manolo oyó el nombre de Antoñita, contestó de mala forma:

—Has de saber que, mientras tengas esta criada en casa, yo no aparezco por ella.

—¡Bueno, hombre, no te apures! –exclamó doña Rosario que era digna madre de su hijo.

Manolo se fue y, no bien Antoñita hubo lavado los platos, su señora la dijo, sin más rodeos, que había dispuesto prescindir de todo servicio en adelante.

La niña no se inmutó, ni lloró, ni nada dijo. No hizo más que entrar en su cuarto, recoger su ropita y disponerse a marchar.

Antes de llegar a la puerta de salida, doña Rosario la dijo que encima de la mesa del comedor, encontraría su soldada.

La niña, sin contestar, se acercó a la mesa indicada y cogió ocho duros de los veintiocho que en ella había.

—¡Son todos para ti! –la dijo su ama.

Pero Antoñita se fue sin decir palabra y sin tocar el dinero que se le daba, quién sabe en pago de qué.

La niña no tuvo valor para presentarse ante su madre y con el lío debajo del brazo se dirigió a la vivienda de su paisana a la que dijo que había sido despedida de la casa donde servía y que no atreviéndose a decírselo a su madre, iba allí a decirlo.

Su paisana y amiga de su madre, tenía dos hijas ya mayorcitas y las tres, después de sospechar que algo más debía haber en el despido de Antoñita para que ésta temiera tanto la presencia de su madre, convinieron en que Antoñita cenara con ellas y que, después de cenar, la paisana y una de sus hijas irían a contarle a la madre de Antoñita lo que sabían de cuanto había ocurrido.

A la hora volvieron con la madre de la niña las amigas que en su busca se habían ausentado y Antoñita se echó en sus brazos llorando. Como la madre de la pobre niña venía advertida de lo que podía haber ocurrido, sus primeras miradas fueron para el vientre de su hija y ésta, que lo comprendió, lloró aun con más desconsuelo.

Las cuatro mujeres, más una joven que en el principal de aquella casa tenía un taller de modas, al que acudían las jóvenes antes aludidas para hacerse sus vestidos en las horas que el trabajo las dejaba libres, lograron que Antoñita contara, entre sollozos, cuanto le había ocurrido, más todo el proceso del engaño de que había sido víctima.

Tranquilizados un poco los ánimos, porque todas las penas, por grandes que sean, han de tener fin, convinieron que Antoñita entraría en casa de la modista en concepto de criada y de aprendiza, a un mismo tiempo, y que la madre de la joven viviría con su amiga dando lo que buenamente pudiese, a cambio de albergue y comida.

Antoñita hizo cuestión de dignidad el que su madre aquella misma noche, abandonara la azotea propiedad del que tan villanamente la había engañado.

Así se fue acercando la hora del alumbramiento y sobre él se hicieron cálculos entre las buenas mujeres que protegían a la infeliz engañada. Las más eran partidarias de llevar a Antoñita a la casa de Maternidad, donde estaría muy bien asistida y en donde podría asistirla su propia madre; otra dijo que el crío que viniera fuese llevado a la Inclusa y que Antoñita criara hijo de señores.

A todo se opuso Antoñita. Ella no quería servir más ni como criada ni como nodriza en casa de ningún señor; que no quería separarse de su hijo y que en cuanto a lo de la Casa de Maternidad, que hiciesen lo que estimasen mejor, pero que tuviera siempre a su madre al lado.

Todos estos proyectos desbarató un grave incidente. Antoñita se enteró, no se supo cómo, pues sólo lo había averiguado la joven modista, que Manolo se casaba, con lo que se llama un buen partido; se enteró, también, del día en que se verificaba el enlace y de la iglesia dónde había de celebrarse.

Durante este tiempo, el villano había ido de mal en peor, había contraído toda clase de deudas; había firmado letras y pagarés y estaba atado enormemente a los prestamistas y usureros; los cuales sólo esperaban que el truhán cumpliese veinticinco años, para apoderarse de todos sus bienes. Manolo, que veía venir la tormenta, antes de que estallara poniendo al descubierto su apurada situación, quiso casarse con una mujer rica, aprovechando las apariencias de riqueza que él aun tenía, pero al llegar a la iglesia el cortejo, salió de ella Antoñita, que estaba ya fuera de cuenta y arrojó un litro de vitriolo al rostro del vil seductor. Fue llevada ella al juzgado de guardia y de allí a la cárcel, en donde dio a luz un niño sin vida, como de quien era.

A Manolo se le llevó a la Casa de Socorro y luego al hospital de donde salió hecho un esperpento, después de estar varios días entre la vida y la muerte y de no saber, los médicos, si le podrían salvar la vista. La salvó, pero no entera y con cara propia de fenómeno.

Cumplidos los veinticinco años y al tomar posesión de su fortuna, se interpusieron los usureros, en combinación con los curiales, dejándole sin hacienda, y, como no tenía oficio y quedó sin beneficio, pasó a ocupar, en las sociedades, el sitio que ocupan muchos sin merecerlo: el de indigente.

La madre de Manolo, días antes de verse el juicio oral contra Antoñita, estuvo a ver en la cárcel a su ex criada. De pronto, la presa no la conoció: tan pobremente vestía y tanto había envejecido.

La señora dijo a la criada que sería absuelta si se casaba con su hijo. Antoñita contestó que pobre y feo hubiera hecho el sacrificio de casarse con quien tan villanamente la había engañado, si viviera su pequeñín, pero que, muerto el ser producto del engaño, no le ligaba a Manolo ningún afecto ni ningún vinculo y que condenada o absuelta ni quería casarse ni se arrepentía de la justicia que por su mano había aplicado.

Llegó el día de la vista y, como Antoñita contó con acento de verdad y de sinceridad que convenció a todo el mundo, con pena y vergüenza, cuanto le había ocurrido con Manolo y como éste, que era el principal testigo de cargo, no se presentó a declarar por temor de entrar en la Audiencia acusador y salir acusado, el Tribunal absolvió, marchándose luego Antoñita, con su madre, al pueblo, de donde no tenía que haber salido, de donde no tendría que salir ninguna joven para servir a señores; tanto porque la raza de los criados ha de desaparecer de la tierra, cuanto porque las criadas entre señores, y si son guapas más fácilmente, siempre serán víctimas de sus amos.

Antoñita, en el pueblo, casó con un guapo mozo de labranza, a pesar de que en Miralsot de Arriba todo el mundo sabía la desgracia que en Barcelona le había pasado a la pobre, buena y bonita joven, teniendo hijos y siendo feliz. En cambio, Manolo y su madre tuvieron vida azarosa, llena de miserias y amarguras.

 
V

No fue, como algunos pueden creer, castigo de Dios el que sufrieron Manolo y su madre. Fue consecuencia de sus malas obras, como son todas las grandes penas; pues aun en la pobreza indebida e injusta, como es toda pobreza, se pueden tener satisfacciones morales si durante la ruta de la vida nos inclinamos hacia el bien. Dicho sea sin sentencias ni moralejas, que esta es la verdad de lo que pasa en la vida. Quién mal anda mal acaba y quien mal obra peor es obrado, y si obra mal con débiles mujeres mucho peor aun.

Este es el juicio oral que vio don Tiburcio en la Sala cuarta y cuyo resultado aplaudió.


Volúmenes publicados:

1. MI AMIGO JULIO, de Adrián del Valle.

2. FLORECIMIENTO, de Federica Montseny.

3. ABNEGACIÓN, de José Sanjurjo.

4. ¡HERMANOS!, de Salvador Cordón.

5. LAS SANTAS, de Federica Montseny.

6. MI HERMANA, de José Martín.

7. EL REDENTOR, de Isaac Pacheco.

8. ¡ENGAÑADA!, de Federico Urales.

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