Filosofía en español 
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El Imperialismo Norte Americano

Discurso del Embajador de Chile en Estados Unidos
Dr. Carlos G. Dávila
Doctor en leyes honoris causa de la Universidad de Columbia.
Doctor en leyes honoris causa de la Universidad de Southern California.

 
Pronunciado en
Santiago de Chile, en Julio de 1930


 
New York City, 1930


 
Tabla de Materias

El Imperialismo Norte Americano, Su Excelencia, el embajador Don Carlos G. Dávila, 5
Uno de los grandes días de la vida americana, El ministro de Uruguay, Señor Martínez Thedy, 19
El nuevo Imperialismo Norte Americano, Editorial de El Mercurio, 20
Nuestro “Imperialismo”, Editorial de The New York Times, 22
Un hombre de Estado chileno nos discute, Editorial del Chicago Tribune, 24
Nos ayudamos mejor a nosotros mismos cuando ayudamos a los demás, El embajador americano, Señor William S. Culberston, 27
Relaciones entre Estados Unidos y Chile, Editorial de La Nación, 28




Imperialismo Norte Americano

Conferencia, por el Señor Don Carlos G. Dávila
Embajador de Chile en los Estados Unidos
(Resumen de La Nación, Santiago, 7 de julio de 1930)


Ayer el embajador de Chile en los Estados Unidos dio una conferencia ante una audiencia presidida por el ministro de Relaciones Exteriores Manuel Barros Castañón. Estuvieron presentes el Embajador de los Estados Unidos, Mr. William C. Culbertson, altos funcionarios públicos, los representantes de varias sociedades e instituciones y numeroso público.

El cuerpo diplomático estaba también representado por varios de sus miembros más destacados.

Trascribimos a continuación algunos párrafos de la conferencia del señor Dávila.

Dijo:

El Norteamericanismo

No quiero disimular la profunda satisfacción de mi espíritu por esta oportunidad que las instituciones de mi país me proporcionan para vaciar en una charla breve las impresiones recogidas en el más vasto crisol de cultura y civilización de la época presente. Vuelvo a tomar contacto con la vida nacional en un momento culminante de su evolución, viniendo de un país donde están ya plasmadas y casi maduras las formas de la vida. Vengo de un país donde ya son realidades muchas cosas que para nosotros son todavía tentativas, esfuerzos y aspiraciones, y siento verdadero gozo de poder sumar el pequeño acervo de mis observaciones a esta germinación de fuerzas y sueños en actividad que siento latir ahora en Chile.

El norteamericanismo se ofrece ante el mundo como un hecho que es preciso considerar con criterio realista y desapasionado. Es inútil que lo resistan las maduras civilizaciones; es estéril la misma prevención difundida en libros y revistas, porque el norteamericanismo no es ya sólo una realidad económica, sino además una realidad de cultura. Norte América no ha creado sólo métodos de producción, no sólo ha ideado sistemas característicos de organización, no sólo produce y vende. Ha hecho algo más. Ha creado un estilo de vida. Y al lado de las cifras astronómicas de su producción, de sus fábricas, su banca y su movimiento bursátil, exhibe también las portentosas cifras que describen su actividad cultural y reflejan la inquietud idealista del espíritu americano. Y este último acto es el que especialmente no se debe omitir al apreciar el programa general de la vida norteamericana porque ambos son inseparables, dependientes y complementarios el uno del otro. Aquellas cifras fabulosas serían imposibles sin éstas que resumen, en síntesis sumarísima, el esfuerzo cultural de los Estados Unidos: 1.000 universidades con más de un millón de alumnos; 35.000 escuelas secundarias y normales con 18.000.000 de alumnos, 300.000 escuelas primarias con más de 25 millones de alumnos… Las condiciones peculiares de su naturaleza, de su singular posición en la historia, de su formación racial y de su educación, han venido a crear lo que se ha llamado “el estilo americano vida”. Frente al mismo fenómeno, un profesor alemán famoso, Teodoro Lüdecke, dice: “Ya no nos queda ni siquiera el dilema de aceptar o rechazar lag tendencias americanas de la vida: ellas se apoderan de nosotros”.

El mismo Spengler explica muchos fenómenos de la vida americana como síntomas de la “civilización venidera”. El profeta de la historia se adelantaba al escribir esto hace diez años, a un hecho cuyos perfiles grandiosos ya se están entreviendo. En el apogeo de sus formas económicas, los Estados Unidos están “fabricando” una cultura con caracteres propios y que parece destinada a definir como Atenas y como Roma, un vasto ciclo de la civilización humana.

El norteamericano comprendió hace tiempo que tan importante como pensar a actuar, hacer, realizar. Los filósofos norteamericanos usaron la especulación abstracta: pero para constituirse en constructores de métodos, en adaptadores espirituales de las tendencias y modalidades que el ambiente americano iba dando a la vida. Nietzsche le admiraba a Emerson esa embriaguez pasional ante la vida y la acción. Nada de amarguras, de zozobras, de inútiles preocupaciones. El norteamericanismo estaba frente a una naturaleza hostil y había que vencerla. La actividad y el trabajo se constituyeron así en la médula de la religión y la filosofía americanas. Se extendía ante el hombre del norte un país inmenso que pedía ser dominado, reducido a formas de vida. Era necesario tiempo y trabajo; el hombre aceleró lo primero y dio lo segundo. Le urgía crearse tiempo para pensar, para el recreo del espíritu y de los sentidos, como el hombre afanoso que ya hizo fortuna y dispone de un día pletórico de libertad para el goce o la meditación.

Los Estados Unidos están a punto de darse el lujo de trabajar menos, produciendo más que cualquiera otra sociedad del mundo. Han perfeccionado sus máquinas, han especializado su gente, y la semana les está resultando demasiado extensa para el trabajo. Ford y sus hombres no sólo descansan el séptimo, sino también el sexto día. Y así pueden acudir al llamado de Walt Whitman, que cantó la vida al aire libre con sus inmensas campiñas, sus ríos, sus montañas, y, ahora, sus aeroplanos, sus automóviles y sus colosales canchas deportivas.

* * *

La transformación de Chile

Para quién vuelve a Chile después de un viaje que es un continuo desfile de pueblas y panoramas, es un acto casi subconsciente el comparar. Tres años de permanencia en un país de superior progreso como el de los Estados Unidos, forman, en nuestro espíritu, una determinada medida de cultura, de estado social y económico, que sin querer se aplica como punto de referencia a los países que van recorriendo. Pero ante el espectáculo que Chile ofrece hoy al recién llegado, después de una prolongada ausencia, la visión de los pueblos dejados a la espalda desaparece para dejar paso a la comparación de Chile con Chile mismo; El Chile que se dejó partir con el que al regresar se descubre ante nuestros ojos.

Es una transformación que seguramente no pueden apreciar ustedes, que han sido testigos inmediatos y han participado en ella. Permítanme, por eso, describirla en breves rasgos, tal y como ha podido constatarla quien encuentra una calle magnífica en donde hace solo tres años hubo de cruzar un lodazal, y una actitud llena de bríos y esperanza en los mismo que, al despedirlo, parecían abrumados de incertidumbre y desaliento.

Es una mudanza cuyas primeras manifestaciones se observan junto con llegar a bordo de nuestro barco los funcionarios encargados de los trámites de recepción. Hay en toda una presteza, una expedición, una acuciosidad que demuestran a primera vista que un nuevo espíritu se alberga en los organismos administrativos del país. Y una vez en tierra, todo se concierta para dar al viajero una confortante sensación de vida bien organizada y en creciente ritmo ascensional.

* * *

Los departamentos administrativos con influencia en la vida económica, funcionan con expedición y eficiencia que hacen honor al juicio que sobre ellos oí hace poco al profesor Kemmerer, quien dijo que él no conocía país alguno donde estos organismos se desenvolvieran mejor que en el nuestro. La Superintendencia de Bancos, la Ley Monetaria y el Banco Central, la Contraloría General de la República, la Tesorería General y la Cuenta Única, la Inspección de Sociedades Anónimas, la Ley de Seguro y la Caja Reaseguradora Nacional, la Subsecretaría de Comercio, las Cajas de Crédito Agrario, Minero e Industrial, la Sindicatura General de Quiebras, el nuevo régimen de aduanas, el de impuestos, y tantos otros mecanismos de fomento y de control, forman, efectivamente, un sistema coordinado que no solo significa la inversión total del régimen administrativo que antes existía en el país, sino que colocan a Chile en una privilegiada calidad de que pueden blasonar solo muy pocas de las naciones de más antigua y adelantada organización política y económica.

* * *

Hace tiempo el destino me colocó en un singular período de nuestra evolución, en un sitio privilegiado como punto de observación, de análisis inmediato de nuestros males y de nuestras cualidades mejores. Desde allí asistí en íntimo contacto con sus diversos factores, al desarrollo de una crisis política, social y económica profunda. En un momento dado se cubrió de amenazas el horizonte, y la convulsión final de una época se produjo en medio de una honda incomprensión entre las fuerzas sociales. La crisis suprema venía generándose lentamente y parecía fatal. Sin embargo, ni un sólo momento me abandonó la esperanza de una reacción salvadora. Sabía que la calidad cívica y el sentido patriótico de los chilenos os llevaría a agruparse en torno del hombre del destino.

Todas estas reformas administrativas, políticas, económicas y sociales, son sin duda en sí mismas un fin, un objetivo; constituyen la realización de aquellas potentes aspiraciones nacionales cuya fuerza de expansión llegó a alterar momentáneamente la normalidad de la vida institucional de la República.

Asistimos ahora a la tarea en que el presidente de la República se encuentra empeñado de hacer que los objetivos ya alcanzados sirvan para asegurar una más equitativa distribución del bienestar entre todos los ciudadanos y para ir modificando así la estructura social de la nación.

Es una obra vasta y lenta para lo cual era imperativamente previa la tarea de organizar el Gobierno y la administración, y vigorizar y disciplinar tos elementos de la producción. Esta labor básica sería suficiente para destacar la administración del presidente Ibañez con relieve único en la historia nacional; pero sus esfuerzos para levantar el nivel de vida de las clases pobres y echar aquí los cimientos de una verdadera democracia económica y política, será lo que este momento de nuestra vida de nación como el instante en el país echó a andar por sendas que lo llevaron a colocarse, sin convulsiones ni sacrificios, en el plano de evolución a donde otros países ascienden o ascenderán por una sangriente cuesta de violencia y de dolor.

Expansión e Imperialismo

Al entrar a ocuparme de las relaciones económicas entre Estados Unidos y Chile, vienen a mi mente dos cuestiones que siempre surgen a la discusión cuando se analizar las vinculaciones de América del Norte con las demás repúblicas de este hemisferio. Reconozco que las dos son vidriosas, pero Uds. Me perdonarán si me tomo la libertad de referirme de todas maneras a ellas.

Sería la primera en determinar si la expansión comercial de los Estados Unidos en el mundo, y especialmente en este hemisferio ha sido tan notoria en lo que va corrido de este siglo, tiene o no carácter de larga permanencia

Esta cuestión se relaciona de una manera general con la influencia que la gran guerra tuvo en el desarrollo comercial y financiero de los Estados Unidos. Fue este el tema de una conferencia que tuve el privilegio de dictar en 1928 ante la Convención Nacional de Comercio Exterior de los Estados Unidos, que ha sido publicada por el Consejo Nacional de Comercio Exterior de aquel país en un folleto que lleva un prólogo escrito por el presidente de dicho consejo, James Fatrell, que es también el presidente de la United States Steel Corporation. Expresa en parte dicho prólogo: “La demostración del señor Dávila de que el notable desarrollo de nuestro comercio se debe, no al impulso fortuito de la guerra, sino a un ciclo de crecimiento que tiene su origen en la poderosa expansión normal de los métodos americanos de producción y distribución, corrige un difundido error y nosotros acogemos y compartimos la convicción con que él claramente demuestra este hecho”. No voy a repetir las razones y datos estadísticos con que me fue dado mostrar, en forma que fue aceptada como convincente, que el comercio exterior de los Estados Unidos venía en un proceso de desenvolvimiento igual, sino mayor antes de la guerra, que el que ha tenido después. Pero quiero recordar, en apoyo de estas tesis, que el comercio norteamericano con la América Latina aumentó en los trece años de este siglo anteriores a la guerra, en un 160%, mientras que en los 16 años que han seguido solo ha aumentado en un 140%

El caso del comercio norteamericano con Chile es especialmente sugestivo. En los trece años anteriores a la guerra aumentó en un 280%, mientras que solo ha aumentado en un 150% en los quince años posteriores.

De manera que este intercambio aumentó en una proporción más que doble en los años inmediatamente anteriores a la guerra que en los posteriores.

Las estadísticas del comercio de los Estados Unidos con el mundo entero guardan notable armonía con los de su intercambio con Chile y el resto de la América Latina, y en la proporción de aumento antes y después de 1914.

Por lo demás, el caso del comercio americano no es único en el comentario de los publicistas de la guerra mundial. Durante años nos hemos habituado a oír y a leer que tal hecho es una consecuencia económica; ésta una derivación política, y aquella una consecuencia social de la guerra. Nos hemos acostumbrado a aceptar estas deducciones sin mayor análisis y sin detenernos a examinar hasta qué punto las diferencias que se observan entre el período anterior y el posterior a la guerra son realmente consecuencias de ella y no el resultado de procesos que se encontraban ya en formación y que habrían producido fenómenos similares con guerra o sin ella.

Si el desarrollo del comercio americano no se debe, pues, a la guerra mundial, sino a la evolución natural de aquel país en un proceso de grado igual antes y después de ella, tendremos que contarlo como un factor que será permanente y cada día mayor en este hemisferio.

La segunda cuestión se refiere a la tan comentada influencia que esa expansión comercial americana puede tener sobre la vida política y económica de las repúblicas hispanoamericanas. Para decirlo en una palabra, este es el tópico harto delicado, del imperialismo.

Si existiera un imperialismo americano yo querría encontrarme con Uds. en la primera fila para combatirlo. Pero como si alguna vez existió, hoy no quedan ni vestigios, bien podemos ir desarmando nuestros espíritus y asumiendo una actitud de análisis y no de prevención. Por lo demás, si hay en el mundo enemigos del imperialismo en ninguna parte son más numerosos ni más resueltos que en los Estados Unidos. Es más, la opinión pública americana no quiere oír hablar de conflictos ni de penetración política, ni siquiera de dificultades de especie alguna con las otras repúblicas de este hemisferio. Esta es la característica más saliente de la opinión americana en materia internacional. Y si he de juzgar por las impresiones recogidas personalmente en todas las esferas sociales y en todos los ámbitos del país, esta es una actitud unánime del ciudadano de la Unión.

Nuestras relaciones de mutuo beneficio y libremente concertadas no otorgan y no tienen por qué otorgar más influencia a los Estados Unidos en Chile, que la que otorgan a Chile en los Estados Unidos. Y este es el criterio con que se juzgan hoy en aquel país sus relaciones con las repúblicas latinoamericanas en general.

No podemos dejar de recordar, por lo demás, que los Estados Unidos fueron en la historia de la humanidad, el país que absorbió una mayor suma de capital extranjero. Muchos de sus ferrocarriles y de sus industrias eran ayer no más extranjeros. y hace apenas cincuenta años se podían oír en los Estada Unidos, lo mismo que se suele escuchar hoy de nuestras repúblicas, expresiones pesimistas que presagiaban que el país no se vería nunca libre del capital extranjero ni podía acumular su propio capital.

Pero entonces allá, como yo creo que irá ocurriendo en nuestra América ahora, llegó a prevalecer la idea más altiva y más digna de que los intercambios y las inversiones de capital no significan predominio sino cuando hay de alguna de las partes una actitud de sumisión o de temor.

Ningún país puede aspirar a organizar su producción y acumular capital al mismo tiempo. Son procesos que lógicamente se suceden y que no se pueden alterar. Renunciar al uso del capital y de la técnica de extranjeros en aquella primera etapa del desarrollo económico vale tanto como renunciar a la aspiración de tener un capital propio que permita llegar con el tiempo a una verdadera independencia económica y aun al rol de país de expansión financiera en el exterior.

Intercambio Chileno-Norte-Americano

En el último año vendimos en los Estados Unidos artículos por valor de 102 millones de dólares y le compramos por valor de 55 millones, es decir, muy cerca de la mitad.

Esto significa por lo que respecta al comercio exterior de los Estados Unidos, que es de 4.400 millones de importación y más de 5.200 millones de dólares de exportación, que Chile recibe menos del 1% de lo que ese país exporta y envía allá el 2,3 por ciento de la importación norteamericana.

Por lo que se refiere al comercio exterior de Chile ascendente a unos 1.900 millones de pesos de exportación y 1.200 millones de importación, las cifras ya citadas indican que los Estados Unidos toman el 33% de lo que exportamos mientras traemos de allí el 31% de nuestras importaciones, 25 años atrás, las Estados Unidos tomaban únicamente el 6% del comercio exterior de Chile; hoy toman más del 30%.

No quiero cansar le atención de Uds. con mayores detalles acerca de lo que el comercio con los Estados Unidos significa para nuestro país, y especialmente acerca de la proporción de crecimiento que este intercambio ha tenido en los últimos años; pero deseo expresar para los que quieran tener confianza en mi capacidad para discernir sobre esta materia con pleno conocimiento de los elementos en juego, que este comercio, con solo evitar oponerle trabas innecesarias, está llamado a aumentar enormemente en un cercano porvenir. Y, o mucho me equivoco o este incremento se advertirá especialmente en nuestras exportaciones a los Estados Unidas y no tanto en el volumen de los mismos artículos que hoy les vendemos, sino que, muy en particular gracias al envío de otros productos y mercaderías que habrán de abrirse colocación en aquel mercado.

Las nuevas tarifas aduaneras

Y cuando hablo de trabas al comercio, faltaría yo a la sinceridad de que deseo impregnar esta conversación con Uds. si no me refiriera a la candente cuestión de las tarifas aduaneras. Yo sé que esto no es muy diplomático y sé también que los diplomáticos que han tocado esta materia, en público, en sentido favorable o adverso, solo han recogido sinsabores. Pero felizmente no he perdido del todo los arrestos de periodista para inquietarme por eso.

Una larga experiencia me ha enseñado, además, que cuando se lucha por remover prejuicios y errores, por generalizados que sean, siempre se mastica la amargura de una incomprensión: pero muchas veces se alcanza también la satisfacción de ver que la simiente asada devuelve frutos de convicción en los surcos de la mentalidad nacional.

Las tarifas no son y espero no serán una traba de consideración en nuestro comercio con los Estados Unidos.

El 96% de lo que Chile vende en aquel país se encontraba antes en la lista del arancel aduanero americano, y quedará exento también de derechos de internación según la tarifa que acaba de ser promulgada.

Entre tanto, el 98% de lo que los Estados Unidos vende en Chile paga derechos de internación que fluctúan alrededor de un 20%.

De esta manera la internación de mercaderías americanas deja en nuestras aduanas sobre 70 millones de pesos. Si los productos chilenos estuvieran grabados en Estados Unidos y pagaron en la misma proporción que aquí los americanos, dejaríamos en las aduanas da aquel país más de 130 millones de pesos por año.

* * *

Las seis crisis de prosperidad

Es probable que alguien imagine que la actual depresión económica de Estados Unidos puede alterar la fuerza de su influencia en la vida económica del mundo. Yo no lo creo así.

En agosto de 1929 los índices generales de los negocios se calculaban en 7% sobre lo normal. Los siete primeros meses de aquel año fueron la cúspide un poco exagerada de su prosperidad económica. Sin embargo, la industria típica americana, la del automóvil, venia declinando desde abril en que llegó al máximo de producción por mes. Hasta qué punto aquella “pequeña nube de Detroit”, como se la llamaba, contribuyó a formar la tempestad de octubre en Wall Street, nadie podría decirlo, pero ella quedará como uno de los antecedentes inmediatos de esta crisis cuyas causas precisas nadie ha determinado y se diluyen en el concepto general de crisis general de sobreproducción que aqueja al mundo entero. En mi opinión estos periodos de depresión después de uno de prosperidad deberían ser considerados ni más ni menos que como un “week-end” de restricción después de una semana de intensa producción. Y sería bueno paga todos nosotros si nos acostumbráramos a considerar estos fenómenos desde este punto de vista en el porvenir.

La depresión actual marca el fin de un sexto periodo de prosperidad con cierta inflación que en aquel país acaba con una crisis. El primero terminó con el pánico de 1837; el segundo, con el de 1857; el tercero, en 1893, el cuarto, en 1907 y el quinto, en 1921. De todas, la actual es la que menos ha afectado a la economía del país, a pesar de que causa en los negocios una depresión que ciertamente tardará en reajustarse. Las seis tienen cierto carácter común de crisis de prosperidad, de crecimiento, y ninguna de ellas ha detenido la marcha ascendente de la vida económica del país. Tampoco la detendrá la actual. Y lo que se dice acerca de estas seis crisis se puede aplicar igualmente a muchos otros “periodos de depresión” que han pasado los Estados Unidos en el último siglo.

Esta última ha servido, además, para demostrar la solidez de la nueva organización de las finanzas, la industria y el comercio americano. Las cuatro anteriores fueron acompañadas de quiebras catastróficas que ahora han faltado en absoluto. Por lo que respecta a las finanzas, esto se debe en buena parte al sistema de Banco Federal de la Reserva que es igual a nuestra Banco Central. Por lo que respecta a la industria manufacturera se explica, porque ésta ya no produce como antes a ciegas, sino que está perfectamente ajustada mes a mes, a la demanda del mercado. La crisis produce, por lo tanto, una disminución, automática e inmediata de la producción, pero no como antes, una acumulación de mercaderías que había que liquidar violentamente.

La única industria que todavía no dispone allí, lo mismo que en el resto del mundo, de este sistema amortiguador, para los momentos de crisis, es la industria agrícola. Por eso es la que está sufriendo más. Los agricultores, allá como aquí y en todos partes, siguen produciendo a ciegas sin consideración posible a las expectativas inmediatas del mercado. Para remediar en parte esta situación se ha creado recientemente en Estados Unidos el “Farm Board”, que dispondrá de quinientos millones de dólares y que constituye uno de los más gigantescos ensayos de cooperación que se haya conocido en el comercio del mundo. El Farm Board trabaja solo con las cooperativas a las cuales otorga créditos, especialmente sobre depósitos de productos, lo que prácticamente está haciendo obligatorio el sistema cooperativo entre los hacendados que producen un mismo artículo. Ya están funcionando las cooperativas del trigo, el algodón, el maíz, arroz, la ganadería la lechería, &c.

* * *

Transformación del capitalismo

Se calcula que en los centros urbanos de los Estados Unidos hay 71 obreros manuales por cada cien habitantes.

Y hay que decir obreros manuales porque no se puede hablar allí propiamente de clases. El obrero manual muy frecuentemente es propietario y tiene acciones en alguna sociedad anónima.

El capitalismo mismo necesita una nueva definición en los Estados Unidos de hoy día. El capital ha seguido allí ciertamente el proceso de acumulación que, en la opinión del socialismo, debería traer fatalmente la destrucción del capitalismo. Pero esta acumulación ha tomado la forma de grandes empresas capitalistas. Y de esta manera la concentración se ha transformado automáticamente en la dispersión del capital. Conozco una sola corporación que tiene 500.000 distintos accionistas distribuidos entre todas las clases sociales y en igual forma están distribuidos entre decenas de millones de americanos los bonos y debentures que estas empresas emiten. La más grande nación capitalista del mundo se ha transformado así en una democracia industrial, una democracia económica en que los rigores del capitalismo se van atenuando tanto como crecen las ventajas de un sistema económico distributivo y organizado.

La tesis de Karl Marx de que la “acumulación de pobreza” sería paralela fatal de la “acumulación de capital”, en la cual fundó su teoría de “la miseria creciente” suponía que lógicamente esta acumulación se produciría cada vez en menos manos. En Estados Unidos ha ocurrido todo lo contrario y la tesis entera aparece derrumbada, a lo menos por lo que respecta a esa nación.

La teoría de la llamada “ley de hierro de los salarios” en que los filósofos del socialismo fundaran la necesidad de buscar nuevas formas socializadas para la producción, ha quedado maltrecha en los Estados Unidos en los últimos años. Se funda aquella “ley de hierro”, como ustedes saben, en la especie de dogma de que jamás podrían los salarios subir más allá de lo que es estrictamente indispensable para la subsistencia del empleado u obrero. Pues en los Estados Unidos, no sólo hay una marcada tendencia que los propios jefes de industria preconizan para que el salario exceda de esas necesidades estrictas del diario vivir, sino que se estima que en el saldo disponible para los gastos de holgura hay una función de beneficio para la prosperidad general del país.

Como Uds. ven desde ciertos puntos de vista sociales los Estados Unidos presentan aspectos desconcertantes para el investigador. A lo menos así ha sido para mí, y no estoy bien seguro de que esto no sea consecuencia de mi incapacidad personal para la observación de tan vastos problemas.

Mientras las ideas y deliberaciones sobre doctrinas sociales, sean ellas de socialismo, comunismo, sindicalismo, espartaquismo o socialdemócrata, tienen un carácter mucho más académico que de penetración en las masas; mientras vemos allí estranguladas de hecho muchas de las más acariciadas fórmulas del socialismo, es el caso que el objetivo fundamental del socialismo de llegar a constituir “una nación sin clases sociales” se encuentra en aquel país en marcha de realización con más probabilidades que en otro país alguno.

La remuneración del trabajo del empleado y del obrero ha dejado de ser una cuestión de interés solo del que la recibe. El poder comprador del país o sea la magnitud del mercado interno para la industria y la agricultura, depende de dicha remuneración. Y esto es la base misma de la vida económica en un país donde el 90% de la producción se consume en la nación misma. Y es fácil apreciar lo que ese 90% significa cuando con el 10% de su producción que exporta Estados Unidos se encuentra a la cabeza del comercio internacional del mundo.

“No puede usted –se dice allá–, hacer que un millonario compre diez mil pares de zapatos; pero puede hacer que diez mil hombres compren diez mil pares si tienen dinero para ello.”

De la misma manera que el mayor salario, las horas de descanso del trabajador han dejado de ser en Estados Unidos solo una concepción de justicia social. El descanso es también un factor económico, un creador de mercado interno, un promotor de consumo y de circulación de dinero. El empleado u obrero que tiene horas abundantes de descanso compra automóvil y radio, usa teléfono, consume gasolina, y energía, adquiere más vestuario, compra libros, lee los 22.600 diarios y revistas que hay en el país, frecuenta los 27.000 teatros y cines que diariamente abren allí sus puertas, y acude a las 5.500 bibliotecas donde lo aguardan 140.000.000 de volúmenes que elevan mi cultura y alientan sus ambiciones de bienestar.

* * *

Ha querido el destino que un momento interesante de nuestro desarrollo económico, el horizonte de nuestros intercambios con Estadas Unidos se ofrezca libre de obstáculos y prometedor para nuestros productores.

Es que, en verdad, ambos países se necesitan en esta etapa de su evolución. Y esta circunstancia, favorecida más que limitada por la distancia que los coloca en distintos hemisferios, los llama a una colaboración de mutuo beneficio.

Hay, además, guardadas las proporciones, puntos naturales de semejanza que nos aproximan: la riqueza de nuestros territorios, el espíritu emprendedor de nuestras razas, una sólida estructura nacional y una organización eficiente del Estado.

Nos cubre, además, en este momento, una misma nube: una crisis económica que allá empezó un año antes y tiene ciertamente mayor intensidad que aquí. Tengo la certeza de que ambos países saldrán de ella con sus organismos económicos fundamentales más bien robustecidos que quebrantados.

Tenemos sobre los Estados Unidos una gran ventaja; ellos han marchado adelante. Nosotros podemos y debemos aprovechar sus experiencias y sus éxitos; pero, sobre todo, aprender de sus errores.

Una gran prosperidad material ha sido siempre la base previa y necesaria de época-cumbre en la cultura de la humanidad.

“Las más finas flores de la civilización, ha dicho Herbert Hoover, no crecen de los antros de la pobreza ni en los palacios de la extravagancia. Crecen del confort y bienestar de la masa de los grandes pueblos.”

Los Estados Unidos han logrado esto último, y por eso ofrecen ya al mundo las finas flores de una civilización americana y un esplendor de cultura nueva.

Este bienestar material de las masas no se ha hecho por el abatimiento de las clases acomodadas. Tampoco ha significado, como creyeron los críticos de la democracia, el aplastamiento del individuo por la masa, la pérdida de la confianza y el respeto de los grandes hombres.

Un país que se va acercando a la posibilidad de constituir una nación con una sola clase social y donde cada uno se respeta y sabe respetar, la confianza reposa más que nunca en los hombres cumbres de fa inteligencia y el saber. El capital y el patrón no son ya los amos de la industria; son los técnicos los que la manejan y la orientan.

Hoover, Edison, Millikan y Ford, con muchos de otros líderes de la ciencia de la industria y del saber, siguen, a pesar de una democracia igualitaria. ascendiendo al puesto de amor y respeto de sus conciudadanos, por la misma escala que culmina con los santuarios de Washington, Franklin y Lincoln.

Aquel gran mecanismo de producción y progreso material no está hecho tampoco a expensas de las grandes normas morales, de las reglas de oro de la humanidad.

Bajo una coraza de bienestar material y de optimismo, que tanto se diferencia de las pesadumbres de nuestra vida social y doméstica, alienta la misma inquietud idealista y la misma formidable estructura espiritual, donde, aunque parezca extraño, encuentro yo el origen y fundamento de su grandeza económica.

Para una gran masa americana, la prosperidad sigue siendo, como en tiempo de los peregrinos, un don de Dios: el fracaso, un castigo. El trabajo, una virtud que constituye, como la oración, una obligación y un vínculo con la Divinidad. La riqueza, un medio para difundir bienestar y felicidad entre nuestros semejantes; un instrumento que Dios coloca en manos de sus elegidos para que cumplan sus designios bienhechores sobre la tierra.

En el año 1929, que ya fue año de crisis, la filantropía americana alcanzó su récord de donaciones con más de dos mil quinientos millones de dólares, habiendo fluctuado en los diez años anteriores, siempre alrededor de dos mil millones de dólares por año. Para apreciar la magnitud de esa cifra me permitirán ustedes que les recuerde que ella equivale, con poca diferencia, al valor de las exportaciones anuales de las veinte repúblicas latinoamericanas puestas todas juntas; y es superior al presupuesto anual de cada uno de los países del orbe, excepción hecha de Gran Bretaña, Estados Unidos y Rusia.

Yo no creo que la filantropía americana sea solo un concepto de solidaridad social, ni una bondad de corazón. Creo que no es solo una actitud consentida de generosidad, sino que viene de raíces profundas en la estructura histórica religiosa y espiritual de la nación. Parece, de esa manera, ser como el punto de fusión de una gran prosperidad material con un formidable acervo espiritual colectivo. Y es un punto de fusión que promete cosas más grandes aún en el porvenir de este país de las cosas grandes.

* * *

Yo no les pido a los obreros de mi país que se formen juicio de lo que esta vinculación con la Gran República del Norte significa para ellos por lo que yo les diga, pero sí, les pido, –invocando una vida dedicada a promover su bienestar y el reconocimiento de sus derechos a una mejor participación en las ventajas del vivir– que procuren formarse un juicio propio sobre esta materia y no se dejen influenciar por un ambiente y una literatura que suelen fundarse en hechos y actitudes del pasado, de los cuales no queda rastro en los Estados Unidos de hoy.




“…Uno de los grandes días de la vida americana…”

Comentario por el ministro de Uruguay


Por pedido de la audiencia usó después de la palabra el ministro de Uruguay Excmo. Martínez Thedy que tiene la reputación de ser tal vez el mejor orador de Sudamérica, y quien después de rendir un tributo de admiración y simpatía con el embajador Dávila, dijo:

“El discurso de Carlos Dávila nos ha venido a quitar una inquietud.

“Todos nosotros, al contemplar el enorme desarrollo económico de los Estados Unidos, sus astronómicas cifras de riqueza, su poderío industrial y comercial, hemos tenido en alguna ocasión un recelo de que todo ese poder inmenso pudiera volverse contra ciertos principios encarnados en nuestra civilización y destruirlos o trastornarlos: pero el discurso de Carlos Dávila ha venido a darnos una gran tranquilidad, una gran confianza en el futuro, al hacernos ver que la gran República norteamericana está dispuesta a cooperar a la labor común de la cultura de América en forma franca y noble, poniendo sus enormes recursos al servicio del progreso y de la prosperidad de nuestro continente de nuestros pueblos.

“Y esto es lo que tenemos que agradecer a Carlos Dávila, en este día, que yo considero como uno de los grandes días de la vida americana; esto es lo que tenemos que agradecer a este gran chileno, que ha sabido hacer de la diplomacia un arte y una ciencia completamente distintas a las de la diplomacia antigua, a la de aquellos diplomáticos de la vieja escuela, que pasaban su vida dando pasos de rigodón; esto es lo que hemos sacado en consecuencia de su magnífica exposición: la conciencia y el convencimiento de que nuestros pueblos pueden contar, en su vida política y económica, con la sincera cooperación del gran pueblo norteamericano.

“Y ya es tiempo de que esto suceda, porque ya es tiempo de que nuestras Repúblicas: Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, Perú, Ecuador, &c. que han recibido de Europa tan nobles y profundas sugestiones espirituales, se junten a la gran República del norte, y todos unidas ocupen, en el universo, en la vida general de la civilización del mundo y en el concierto internacional de las naciones, el lugar que de derecha y por naturaleza les corresponde.”




El nuevo Imperialismo Norteamericano

Editorial de El Mercurio

(“El Mercurio” es uno de los influyentes y prestigiosos diarios de la América.– Es el más antiguo de toda la América Latina, 103 años, y el más antiguo también de todos diarios que se publican en español en el mundo entero.– Su director, don Carlos Silva Vildósola, autor de este editorial, es el líder indiscutido de los elementos intelectuales de Chile y una destacada personalidad del continente americano.)


Santiago de Chile, 8 de julio de 1930.

Si alguna vez existió un “imperialismo norteamericano” hoy no quedan ni vestigios; los más grandes enemigos de toda tentativa imperialista están dentro de los mismos Estados Unidos –dijo el embajador Dávila en su conferencia del domingo.

En efecto, ese “imperialismo” que es ánimo de expansión con actividades de invasión y conquista, ha desaparecido del espíritu norteamericano casi paralelamente con el actualismo de la llamada “Doctrina Monroe” principio de valoración política que ya no tiene justificación en la vida americana.

Pero hay otro “imperialismo norteamericano”: el de la penetración comercial, técnica, científica, cultural y moral. Ese imperialismo vive hoy su hora de vigorosa expansión. Ese imperialismo recoge su fuerza de penetración en el espíritu de e& presa del norteamericano, en las excelencias de su tecnicismo de todo orden y que se imponen en el campo de las libres competencias, y en la potencia económica de un pueblo capacitado para ensayar todas las posibilidades.

La conquista material del mundo, la conquista y dominio de las formas económicas que es la característica fundamental del siglo, es en los Estados Unidos donde aparece alcanzando su máximo desenvolvimiento. La organización de las fuerzas productoras y distribuidoras de la riqueza, la estandarización y racionalización de la moderna industria, el nivel material cada vez más alto para el tipo humano de vida, la disciplina y el orden presidiendo todo lo organizado, es en los Estados Unidos donde han alcanzado el más alto desarrollo en la historia del progreso humano.

Y todo eso que, en conjunto, compone potencialidad de una nación, se ha ido expandiendo en el mundo –singularmente en el mundo americano– como una nueva forma de legítimo imperialismo: la de la cooperación. En el progreso y desenvolvimiento y superación de los países americanos está el más preciado interés de Norte América. El continente colombino no puede ser objeto de conquistas para el espíritu yanqui; pero es si el campo que un destino histórico le ha señalado para expandir las formas de su espíritu creador, de su técnica, de su concepción moral.

De manera insensible, con fatal progresión, por la fuerza misma de la necesidad, el comercio, el espíritu de empresa, el tipo de organización industrial –todo eso que una ya pasada animosidad quiso simbolizar en el dólar– se ha ido expandiendo en el mundo americano; no podríamos prescindir de las modalidades que en la vida de las conquistas materiales ha fijado el dólar. Los grandes procesos del progreso humano, cuyo acento un destino superior hace descansar históricamente en un pueblo, en una raza contienen un ritmo, una tonalidad, a la cual –en la interdependencia de las naciones– no es posible substraerse. El ritmo europeo perdió su energía expansiva en los comienzos del siglo. El proceso de las viejas culturas latinas hizo crisis; Spengler lo advierte en su gigante elegía. El mundo vive hoy acomodándose al imperioso ritmo del alma norteamericana.

Y es que junto con la culminación del poderío material norteamericano se expande hoy en la vida espiritual un concepto norteamericano. La cerrada armazón materialista de la existencia ha provocado en la propia alma norteamericana una reacción espiritual que busca la cristalización de un sentido más humano –por ende, más divino–, una concepción altamente espiritual de la misión del hombre.

Las civilizaciones, como los pueblos, como los hombres cuando han alcanzado el pináculo de las aspiraciones materiales, sienten la necesidad de redimirse en el ensueño y de darse a todo lo que eleva las almas, dignifica y embellece la vida, avalora el trabajo con el reposo, y descansa el esfuerzo con el pensar.

Esa es la hora que vive el colosal crisol de razas, el inmenso laboratorio de progreso, que son los Estados Unidos. Cuando se ha establecido la seguridad de la vida surge imperiosamente la necesidad de gozar de la vida. Y para gozar de la vida, indispensable es tener de ella un concepto, un sentido de ella. Plasman ya los Estados Unidos un sentido americano de la vida. Lo reflejan en su literatura, en su arte, en sus idealismos sociales, en su moral: en todas las formas que tocan a la sensibilidad, al pensamiento y a la solidaridad humana.

Y todo eso es lo que, relegando al olvido el viejo imperialismo yanqui, compone hoy el poderoso imperialismo de los Estados Unidos en el mundo.




Nuestro “Imperialismo”

(Editorial de The New York Times del domingo 14 de septiembre de 1930.)


Uno de los objetos y ventajas de la Liga de Naciones es proporcionar una tribuna libre para la discusión de las cuestiones internacionales. Los Delegados se reúnen en un nivel absolutamente igual. Los representantes de las naciones débiles tienen el derecho de decir lo que ellos piensan de las acciones de las naciones fuertes, con la más entera libertad. Nadie se propone ofender ni se siente ofendido. Pueden hacerse declaraciones que en el caso de una comunicación oficial de un Gobierno a otra podrían ser tomadas como afrentas; pero las hechas en las discusiones públicas de la Asamblea de la Liga sencillamente encuentran su lugar en las actas sin, resentimiento o reproche. De manera que puede ser considerado como el curso natural de las cosas y como una función legítima de la Liga de las Naciones que un Delegado de Haití se levante, como lo hizo uno el jueves último, para denunciar la política de los Estados Unidos en America Latina.

Este caballero el señor Bellegarde declaró que: “El miedo de los Estados Unidos reino en la America Latina”. Él no se refirió a un terror producido por la penetración económica o por el control financiero de este país. Lo que estaba en su mente era la aprensión de que detrás de nuestra expansión y ambición comercial siempre existe el peligro de una intervención política. El verdadero terror, afirmó, es del “Imperialismo” americano. Para decir esto mismo en palabras más llamativas dijo que Sudamérica tiene miedo de “la sombra de un acorazado detrás de cada dólar”. En su opinión, este modo de pensar en América Latina llama urgentemente a una nueva y más positiva seguridad de amistad y respeto de parte de los Estados Unidos; garantías positivas de que no tenemos deseo o intención de lastimar en manera alguna el orgullo y la soberanía nacional de las Repúblicas al sur de nosotros.

En contraposición de este acento de desconfianza y advertencia es un verdadero placer trascribir aquí algunas de las observaciones que el embajador de Chile en los Estados Unidos formuló en un discurso pronunciado en Santiago hace dos meses. Hablando a una gran audiencia pública y en presencia del embajador americano y varios miembros del Cuerpo Diplomático el Embajador Dávila se ocupó de lo que él llamó “el delicadísimo tema del imperialismo.” Basado en sus propias experiencias en los Estados Unidos y en sus conocimientos de nuestra política internacional la cual él ha estudiado en sus propias fuentes en este país, se sintió autorizado para decir:

“Si existiera un imperialismo americano, yo querría encontrarme con Uds. en la primera fila para combatirlo. Pero como si alguna vez existió, hoy no quedan de él ni vestigios, bien podemos ir desarmando nuestros espíritus y asumiendo una actitud de análisis y no de prevención. Por lo demás, si hay en el mundo enemigos del imperialismo, en ninguna parte son más numerosos ni más resueltos que en los Estados Unidos. Es más: la opinión pública norteamericana no quiere oír hablar de conflictos ni de penetración política, ni siquiera de dificultades de especie alguna con las otras Repúblicas de este hemisferio.”

Estas son palabras de verdad de ecuanimidad. El Embajador de Chile ha interpretado correctamente el sentimiento americano en esta materia. No se trata ya solo de declaraciones oficiales. Estas se han producido en la más explícita y amistosa de las formas de parte de larga lista de Presidentes Americanos y de Secretarios de Estado Americanos. En numerosas ocasiones, y en todas las maneras posibles nuestro Gobierno ha dado precisamente las mismas seguridades y promesas que el señor Bellegarde pidió en Ginebra, pero fuera y sobre todo esto hay, como lo percibió y declaró claramente el señor Dávila, una fuerte e invencible repugnancia de la gran mayoría del pueblo americano contra la sola idea de una aventura imperialística hacia el sur de su país. Es cierto que hombres públicos irresponsable suelen hacer afirmaciones en contrario precipitadas e inconsultas. Algunos de nuestros periódicos tienen, de vez en cuando, reventones y bravatas infantiles con respecto a nuestros vecinos del sur. Pero estos son solamente remolinos en la gran marea de la opinión pública, que corre firmemente en la dirección de un propósito de política de “manos afuera” con respecto a las otras naciones en todos los asuntos que no sean cuestiones nuestras.

En esta grande y ahora definitiva convicción del pueblo americano podrá encontrar la América Latina la más segura defensa contra nuestro imaginario “imperialismo”.




Un hombre de Estado chileno nos discute

(Editorial del Chicago Tribune del 21 septiembre de 1930.)


Hacen contraste con la animosidad que se ha mostrado respecto de nosotros en ciertos círculos, las expresiones vertidas por uno de los más hábiles y perspicaces de los representantes de las naciones extranjeras acreditados en Washington, el Embajador de Chile don Carlos Dávila. Periodista y publicista de nota don Carlos ha viajado por este país no solo con los ojos sino la mente abiertos, y su interpretación de la vida social y económica, de las condiciones y de las instituciones políticas de los Estados Unidos no solo es nítidamente libre de prejuicios, sino que revela una rara capacidad para comprender las realidades.

Uno de los obstáculos para una inteligencia de verdad entre Sur y Norteamérica yace en la circunstancia de que la educación y, por lo tanto, los conceptos tradicionales y los puntos de vista de los intelectuales de Sudamérica, son europeos. Están todavía en gran manera cogidos por el pasado y no han desenvuelto un pensamiento originalmente americano.

El norteamericano empezó desde muy temprano a pensar como americano y éste ha sido el factor más potente para moldear la forma alerta y llena de recursos como ha desarrollado las e oportunidades de un nuevo mundo y de una nueva época. La atracción de la cultura del viejo mando ha dominado la vida intelectual de Suramérica y, si bien esto ha dado un gran encanto a la cultura suramericana, ha contenido el desarrollo de las posibilidades propiamente americanas.

En el señor Dávila tenemos un ejemplo impresionante de lo que la fuerte y lúcida mentalidad del español puede producir, cuando se encuentra libre de las preocupaciones del viejo mundo y es orientada vigorosamente hacia las condiciones de nuestro mundo occidental bajo la inspiración de un espíritu creador.

Un buen ejemplo del pensamiento del señor Dávila lo ofrece una notable conferencia que él desarrolló en Santiago en julio último. Las limitaciones del espacio nos impiden trascribirla con la amplitud que ella merece, pero reproducimos a continuación una parte de su análisis de la civilización norteamericana, la errónea interpretación de la cual, ha sido el mayor obstáculo para las relaciones de buena inteligencia y cooperación que debieran existir entre Norte y Sudamérica:

“El norteamericanismo,” dijo el señor Dávila, “se ofrece ante el mundo como un hecho que es preciso considerar con criterio realista y desapasionado. Es inútil que lo resistan las maduras civilizaciones: es estéril la misma prevención difundida en libros y revistas, porque el norteamericanismo no es ya solo una realidad económica, sino además una realidad de cultura. Norteamérica no ha creado solo métodos de producción, no solo ha ideado sistemas característicos de organización, no sólo produce y vende. Ha hecho algo más. Ha creado un estilo de vida. Y al lado de las cifras astronómicas de su de sus fábricas, su banca y su movimiento bursátil, exhibe también las portentosas cifras que describen su actividad cultural y reflejan la inquietud idealista del espíritu americano. Y este Último aspecto es el que especialmente no se debe omitir al apreciar el programa general de la vida norteamericana porque ambos son inseparables, dependientes y complementarios el uno del otro. Aquellas cifras fabulosas serían imposibles sin las otras que resumen el esfuerzo cultural de los Estados Unidos.

“Spengler explica muchos fenómenos de la vida americana como síntomas de la ‘civilización venidera’. El profeta de la historia se adelantaba, al escribir esto hace diez años a un hecho cuyos perfiles grandiosos ya se están entreviendo. En el apogeo de sus formas económicas, los Estados Unidos están ‘fabricando’ una cultura con caracteres propios y que parece destinada a definir como Atenas y como Roma, un vasto ciclo de la civilización humana.

“El norteamericano comprendió hace tiempo, que tan importante como pensar es actuar, hacer, realizar.

“Los filósofos norteamericanos usaron la especulación abstracta; pero para constituirse en constructores de métodos, en adaptadores espirituales de las tendencias y modalidades que el ambiente americano iba dando a la vida. Nietzsche admiraba a Emerson esa embriaguez pasional ante la vida y la acción. Nada de amarguras, de inútiles preocupaciones. El norteamericano estaba frente a una naturaleza hostil y había que vencerla. La actividad y el trabajo se constituyeron así en la médula de la religión y la filosofía americana.”

Después de un inteligente análisis de las progresos y acontecimientos recientes ocurridos en la industria y la economía nacional de los Estados Unidos, con referencia especial a las condiciones y oportunidades de Chile, el señor Dávila terminó haciendo un llamado a sus conciudadanos, llamado que, para el bien del progreso y prosperidad de Chile, esperamos tenga la influencia que merece.

“Yo no les pido,” dijo, “a los obreros de mi país que se formen juicio de lo que esta vinculación económica con la Gran República del Norte significa para ellos por lo que yo les diga, pero sí les pido, –invocando una vida dedicada a promover su bienestar y el reconocimiento de sus derechos a una mejor participación en las ventajas del vivir,– que procuren formarse un juicio propio sobre esta materia y no se dejen influenciar por un ambiente y una literatura que suelen fardarse en hechos Y actitudes del pasado. de las cuales no queda rastro en los Estados Unidos de hoy.”




“Nos ayudamos mejor a nosotros mismos cuando ayudamos a los demás”

Discurso pronunciado por el embajador de Estados Unidos en Chile, William S. Culberston, en la Universidad Católica, Santiago, Chile el 19 de julio de 1930.


“Mis estimados colegas, señoras y señores:

Hace dos años hoy que mi familia y yo salimos del puerto de Nueva York con rumbo a Chile. Por eso el día 19 de julio tiene una significación especial en mi vida. Durante estos dos años he tenido el gusto el gusto de visitar su país, –desde la plaza sombreada de la antigua Arica, hasta el próspero pueblo fronterizo de Haysen; desde los ricos yacimientos salitreros del desierto, hasta los lagos australes y apartados puertos de Chiloé. He llegado a tener una verdadera admiración por la virilidad de su modo de vivir con su fertilidad de recursos, su independencia y su originalidad. Los diplomáticos van y vienen y yo no soy excepción a esa regla. Pero tengo la ambición de que cuando me vaya a Chile me crean verdaderamente un sincero amigo, no solamente de ustedes, sino también de su tierra.

Durante mi estadía de dos años entre ustedes he presenciado muchos felices acontecimientos comerciales y políticos. Les vi a ustedes y al pueblo del Perú poner fin a la vieja controversia y unirse el uno con el otro en una amistad duradera, y, como lo he dicho en otra ocasión, en esta misma universidad, haciéndose así para con el mundo acreedor de una espléndida victoria para la paz. Los vi juntarse con las naciones del mundo al firmar y ratificar el Pacto Kellog proscribiendo la guerra. He visto a nuestros pueblos acercarse más aún con la ayuda del teléfono sin hilos y de un correo aéreo eficiente. Les he visto a ustedes dar la bienvenida y apreciar a nuestro gran presidente, y aún más grande estadista, Herbert Hoover. He observado la cooperación creciente entre las fuerzas económicas y culturales de nuestras dos naciones, de la cual son profetas el Excmo. señor Embajador Dávila y estos distinguidos representantes de nuestras Universidades americanas.

Estoy convencido de que he visto el desarrollo entre ustedes de una apreciación más clara de mí país y de las tendencias de nuestra civilización. Nuestra vida americana se extiende. La fuerza que la impulsa es de buena voluntad y cooperación.

Creemos sinceramente que, en los negocios, la educación, el arte, nos ayudamos a nosotros mismos mejor cuando ayudamos a los demás. Respetamos la tradición de los otros pueblos y deseamos ver florecer su facultad creadora, pues solamente sobre la base de independencia y seguridad nacional puede construirse un verdadero internacionalismo.

De modo que tengo una segunda ambición, y es que cuando me vaya, ustedes no solamente me hayan aceptado a mí personalmente como amigo, sino que también hayan llegado a comprender con un poco de más claridad y convicción que ese mismo genio de los Estados Unidos de América, –reflejado en el alma de Washington, Hamilton, Jefferson, Lincoln, Roosevelt, Wilson, Hoover y una multitud de otros,– les da la absoluta garantía de que mi país es un amigo de su país, y de que el pueblo americano anhela sinceramente la amistad del pueblo chileno.”




Relaciones entre Estados Unidos y Chile

Editorial de La Nación de Santiago, de 11 de julio de 1930

(El embajador Dávila fue uno de los fundadores de La Nación y su Director durante los ocho años anteriores a su designación para el cargo que hoy ocupa en Washington.)


La progresiva vinculación económica entre nuestro país y los Estados Unidos del Norte, ofrece muchos aspectos interesantes de estudio, cuyas ramificaciones trasvasan la cuestión puramente comercial para entrar al campo de lo que es propio de la alta política. En reciente conferencia pública el embajador de Chile en Washington señalaba con certeras indicaciones los factores profundos de este fenómeno.

Desde luego, hay un hecho del cual es imposible apartarse. En fuerza de mutuas conveniencias, servidas últimamente en forma singularmente acertada por la diplomacia de ambos países, el comercio entre Estados Unidos y Chile ha acrecentado sus índices de manera asombrosa. Y ello, en condiciones muy favorables para nosotros. En efecto, Estados Unidos ha pasado a tomar el 33% de nuestras exportaciones, siendo de notar que el 96% de los productos nuestros que allá entran, figuran en la lista libre del arancel aduanero norteamericano. Mientras tanto, nuestras aduanas reciben alrededor de setenta millones de pesos anuales por internación de mercaderías de Norteamérica, y a pesar de que vendemos a ese país el doble de lo que de él adquirimos. En 1910, nuestro comercio con Estados Unidos sumó 38 millones de dólares. Hoy gira alrededor de ciento cincuenta millones.

Ha venido a robustecer este acercamiento económico el notable aumento de las inversiones de capital norteamericano en Chile. Hace 25 años, estas eran de ninguna importancia; el año 1910, sumaban no más de quince millones de dólares; en cambio, a la fecha, pueden calcularse en más de seiscientos millones de dólares.

Por consiguiente, un pueblo fuerte –acaso el más poderoso del mundo– ha llegado a colocarse a nuestro lado y a influir de modo especial, con su comercio y capitales, sobre el desenvolvimiento de nuestra economía. De allí que han nacido repuntes de viejos recelos.

El fantasma del imperialismo norteamericano ha puesto inquietud en algunos espíritus; y se recuerdan añejas interpretaciones de la doctrina Monroe, como se podrían recordar los anhelos dominadores de Napoleón para obstaculizar una unión económica más estrecha con la Francia. Se olvida, sin embargo, o se desconoce la radical evolución experimentada por la mentalidad del pueblo norteamericano, convertido hoy en el más ardiente enemigo de todo acto gubernativo tendiente a suscitar querellas internacionales o a ejercer presiones indebidas sobre otros gobiernos. Precisamente en ese pueblo que aspira fundamentalmente a generar su propio bienestar por medio de una mayor extensión económica, ha podido darse cuenta de que la mayor barrera para el desarrollo de su economía en el exterior ha surgido de las desconfianzas entronizadas por actitudes de gobiernos cuyos pretéritos, que levantaron en América Latina serios obstáculos para la comprensión, amistad y respeto mutuos, bases indispensables del comercio internacional.

Y esto que es aspiración del ciudadano americano ha llegado a ser hoy fundamento de la política exterior de los Estados Unidos. El secretario Root había expresado ya esta política en la Tercera Conferencia Panamericana. “Nosotros ­­–dijo– no deseamos más victorias que las de la paz: no queremos otro territorio que el nuestro; no deseamos más soberanía que la soberanía sobre nosotros mismos. Nosotros consideramos la independencia y la igualdad de derechos de los más pequeños y débiles miembros de la familia de naciones, con título para tanto respeto como las del más grande imperio, y juzgamos que la observancia de este respeto es la principal garantía del débil contra la opresión del más fuerte. No reclamamos, ni deseamos ningún derecho, privilegio o poder que nosotros no concedamos a cada república americana.”

Si existiera un poder oculto para generar el capital, que es instrumento indispensable de la producción, aparecería acertado repudiar la ayuda de capitales extranjeros y operar exclusivamente con los propios. Desgraciadamente, los países jóvenes no pueden contar con las reservas suficientes de dinero para organizar su desenvolvimiento económico. Necesitan, indispensablemente, emplear recursos ajenos para llegar en seguida a consolidar sus capitales propios. Ningún pueblo ha podido descartar esta etapa de su desarrollo, y los Estados Unidos son de ello el mejor ejemplo. Hace poco, nuestro embajador en Norteamérica, don Carlos Dávila, mencionaba esta etapa del desarrollo estadounidense, y decía al respecto: “No podemos dejar de recordar, por lo demás, que los Estados Unidos fueron en la historia de la humanidad, el país que absorbió una mayor suma de capital extranjero. Muchos de sus ferrocarriles y de sus industrias eran ayer no más extranjeros y, hace apenas cincuenta años, se podían oír en los Estados Unidos, lo mismo que se suele escuchar hoy en nuestras Repúblicas, expresiones pesimistas que presagiaban que el país no se vería nunca libre del capital extranjero ni podría acumular su propio capital.”


[ Versión íntegra del texto contenido en un opúsculo de 30 páginas, impreso sobre papel en Nueva York 1930. ]