Filosofía en español 
Filosofía en español

cubierta

Carlos Dávila

Nosotros, los de las Américas

Colección América · dirigida por Alejandro Magnet
Editorial del Pacífico S. A., Santiago de Chile 1956
Segunda edición

Cubierta de Mauricio Amster Cats

“Las Américas parecen haber llegado por fin a un acuerdo; el de borrar al Nuevo Mundo del mapa y de la historia. Por eso las Américas que iban a ser futuro se hicieron pasado; destinadas a ser prólogo de una era optaron por sumarse al epílogo de la que agoniza.” Duras palabras, con las que esta obra inicia una dramática llamada a los pueblos de América para que formen una sólida unidad continental, integrada económica y políticamente en un bloque hemisférico. Para el autor del presente libro, esta es la única solución salvadora para nuestros países, hoy dispersos y desintegrados bajo un falso panamericanismo verbalista, mientras ante ellos se alzan llenos de renovadas fuerzas y futuro los poderosos bloques Euroafricano y Euroasiático, sobre cuyo desarrollo y expansión las páginas que siguen suministran antecedentes impresionantes por su amenazador significado para el porvenir de América. Obra basada en la dura realidad, que destruye consignas, leyendas y prejuicios que obstaculizan un serio y hondo entendimiento entre los países de este continente, Nosotros, los de las Américas está llamada a seguir despertando –como ya lo hicieran sus dos ediciones en inglés y su primera edición castellana– el más apasionante interés entre los lectores de nuestros días. [solapa]


 
© Es propiedad. Derechos reservados para todos los países. Inscripción nº 18586. Copyright by Editorial del Pacífico S. A., Ahumada 57, Casilla 3126, Santiago de Chile, 1956.

Impreso y hecho en Chile. Printed and made in Chile. Editorial del Pacífico S. A. Impresores

Nosotros, los de las Américas por Carlos Dávila se terminó de imprimir en la Editorial del Pacífico S. A., el 10 de diciembre de 1956, en las prensas de la misma Editorial, San Francisco 116, Santiago de Chile.

 

Índice

Prólogo, 7

¿Valió la pena el Nuevo Mundo?.– Envejecimiento súbito.– Enjuiciados.– El pilar.– Impenitentes.– Dogmas avasalladores.– Re-europeización de las Américas, 13

Mitos y dominación.– De Colón a Voltaire y Hegel.– La maligna fábula.– Dirección ibérica y anglosajona.– La primera grieta.– Panamericanismo de zaga.– El sueño desvanecido.– ¿Qué hacer ahora?– Economía continental anárquica, 25

El Pearl Harbor económico.– Buenos vecinos… en el Lejano Oriente.– Cuando el caucho cayó y no rebotó.– La pastilla de chocolate afroamericano.– Mientras millones morían de paludismo.– Economía de “Dejarlos hacer”.– Buen vecino, pero mejor consumidor.– La verdadera mano oculta de PearI Harbor.– Sin mandato de los pueblos, 41

Supervivencia: ¿los más baratos? ¿los más aptos?.– De Sir Walter Raleigh a Sir Stafford Cripps.– Vulnerabilidad de la América Latina.– Trigo, carne y textiles.– Caucho, azúcar y “cincuenta alimentos”.– Café, algodón, bananos y cacao.– Minerales y ganado.– Colonialismo, “lazo de unión”.– “Tres mundos”.– La ley de la decadencia, 58

Otras “leyendas negras”.– Santa Claus.– ¿Cándidos?– Abrumador pero cierto.– Comparación de préstamos y moratorias.– Cuatrocientos millones anuales de inversiones privadas en Iberoamérica. Dos documentos luminosos, 85

“Absolutamente inútil”.– “Comienzo de una época”.– “Mejor porvenir para el mundo”.– Primeros síntomas.– Otro epitafio.– El socio.– Miopía diplomática.– La pequeña península.– La estrategia del profesor Spykman.– Equilibrio de potencias, status quo y revolución.– Negativas de Wilson, Roosevelt y Hull. ¿Para evitar “la dominación de Europa por una sola potencia”?– Raíces de la política del siglo XX en el siglo XIX.– La ola anglosajona y otras.– Lazos sentimentales, 95

“Los últimos dólares”: reacción en cadena.– UNRRA y post-UNRRA: $3.050 millones.– Bretton Woods: $5.925 millones.– Préstamo a Inglaterra: $3.750 millones.– La Doctrina de Truman: $675 millones.– El Plan Marshall: $5.300 millones.– Comercio a través de la Cortina de Hierro.– Los intocables.– “Últimos dólares” 24.704 millones.– Quince centavos en 1939, cuarenta y ocho dólares hoy.– Un Nuevo Mundo vulnerable.– Vae Victis o Vae Victoribus.– La gracia salvadora, 121

El último esfuerzo.– Símbolo en el Cementerio de Highgate.– Cooperación voluntaria y obligatoria.– Determinismos europeos.– Una filosofía americana.– Los Estados Unidos, sinónimo de capitalismo.– Una economía libre que no fue libre.– Repitiendo el milagro americano.– La sociedad sin clases.– Planeamiento americano.– Materialismo americano.– Fuentes de la filosofía latinoamericana.– Norteamericanos y latinoamericanos, 144

¿Por la ventana?.– Monroe “Quand Meme”.– La mitad desapareció y con ella la estrategia.– La armada que no estuvo.– Una doctrina vapuleada.– El sin fin de corolarios.– La restauración.– La doctrina de un pueblo.– Política esférica y hemisféric, 170

Federaciones americanas: la que nació y la que no.– Padres de la Patria, al Norte y al Sur.– Independencia Latinoamericana en Wall Street.– Haciendo imperio en un “mundo de buhoneros”.– De la anarquía a la federación.– Jefferson, Hamilton y la primera derrota del panamericanismo, 184

Panamericanismo de “diez mandamientos”.– Hablando desde 1889.– Al borde de estallar y fin de las “intervenciones”.– La falacia de las tarifas.– El hemisferio “tocado” en Bogotá.– Para un solo tratado: 208 conferencias en 122 años.– “A veces frialdad” y la “encarnación” de Wilson.– “Sólo un movimiento cooperativo”– Buen decálogo pero mala estrategia, 197

Nuestro mundo y otros mundos.–  Las Naciones Unidas y el regionalismo.– El peligro mayor.– La democracia en un cuerpo vitalicio, no elegido.– Panamericanismo que amenaza y cede.– Chapultepec y el arreglo argentino.– La conferencia sin Dios.– La América Latina resiste con firmeza.– De cómo el pacto de defensa de Río y Bogotá salió de San Francisco.– Sutileza en Dumbarton Oaks.– El salvador Artículo 51, 212

Historia de dos Américas.– El hombre americano en los hechos y en fantasías.– Decadencia de los naturales.– Comparación de colonias.– Los Estados Unidos surgen adelante.– América Latina otra vez a la cabeza.– No más “inversión óptima”.– Cuarenta años detrás de los Estados Unidos.– Lo que han hecho los Estados Unidos.– Un escándalo latinoamericano.– El mendigo sobre un montón de oro.– Individualismo “vigoroso” y “andrajoso”.– El foso, 227

Cuatro siglos y medio de disparidad económica.– Cuando la riqueza y la extravagancia tenían su centro en la América Latina.– El imperio español: dos veces más grande que el romano.– Los primeros que vieron el Gran Cañón.– Primera riqueza latinoamericana.– Los pesos conquistadores hispanoamericanos.– Hace 200 años la América Latina iba muy adelante.– La gran transición.– Ingeniosidad norteamericana.– Derrota latinoamericana y renta nacional comparada.– Deudas y comercio exterior.– Lincoln, el empírico.– El canto de las sirenas.– Demasiado comercio exterior y demasiado limitado, 246

¿Qué quedó de James G. Blaine?.– Los tres pilares perdidos del Panamericanismo.– El error de que “Europa es nuestro mejor cliente”.– La continentalización del comercio hemisférico.– El plan maestro del café.– Cien por ciento interamericano.– Un gigante sin metal en la Era del Metal.– Subvencionando el agotamiento del cobre.– El caso del hierro y otros minerales.– La innecesaria crisis del petróleo de las Américas.– Hulla: plétora y escasez.– Puede hacerse.– Los perdidos “lazos indestructibles”.– Industrialización, promesa y peligro.– La “no tan vacía” silla veintidós.– Para defender “La mitad norte del Hemisferio Occidental”.– Lo real y lo ideal, 269

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 300-303.)

Prólogo para la primera edición en español

En vista de la gravedad de lo que no se dice a los pueblos de las Américas escribí hace dos años este libro que apareció en los Estados Unidos a comienzos de 1949.

Era una expresión de fe en las Américas, pero de poca esperanza porque las propagandas, consignas y grupos a la moda tienen la tribuna, la voz y el mando. Las rutas aviesas del antiamericanismo son las únicas que quedan abiertas a pueblos que ignoran por completo lo que se hace en su nombre y para su detrimento.

Las Américas parecen haber llegado por fin a un acuerdo, el de borrar al Nuevo Mundo del mapa y de la historia. Por eso tas Américas que iban a ser futuro se hicieron pasado; destinadas a ser prólogo de una era optaron por sumarse al epilogo de la que agoniza.

Cuando escribí “Nosotros los de las Américas” no había leído aún la Historia de Chite en que don Francisco Encina señala el grave peligro que amenaza a los pueblos latinoamericanos, el de “ser arrastrados en la descomposición senil del Occidente antes de haber cumplido su ciclo vital”. Quiero grabar esta sentencia campanaria como epígrafe de esta edición en español. Esa fue mi tesis; sólo que no la limité a la porción Latina del Nuevo Mundo.

¿Íbamos camino de cumplir ese ciclo? Yo creo que sí. Era cuestión de tiempo; una generación más tal vez, y habríamos domado el intelectualismo acomplejado de mirada transatlántica y entonces sobrevendría esa conciencia capaz de nutrir una cultura independiente. El arielismo europeizante estaba ya en retirada; la postura de colonos intelectuales había perdido su bizarría elegante.

Cuando Papini escribió en la Revista de América su j’acuse, “Lo que la América no ha dado”, yo le recordé en la misma Revista que era demasiado temprano para exigirnos un arreglo de cuentas; un siglo es plazo corto. Mil años después de Grecia y Roma, la Europa nada había “dado” y cuando alumbró, cinco siglos más tarde, no fue un nacimiento sino que un Renacimiento. De la América se podía esperar aún el fin de los arcaísmos y un futuro de creación que no fuera uno de esos “salto atrás” de que nos habla Arnold Toynbee.

En un artículo publicado después de la edición en inglés de “Nosotros los de las Americas”, el gran historiador inglés nos enfrentó con algo peor que la esterilidad política y cultural de la acusación papinineana. Especulaba Toynbee acerca de la “ansiedad” en que ahora vivimos después de la “complacencia” de los siglos XVIII y XIX y se explicaba la angustia del pueblo americano cuando ha visto que de súbito “los tentáculos del Viejo Mundo se extendieron y arrastraron a los Estados Unidos dentro de la Historia”. No tenía Toynbee necesidad de decir que con Estados Unidos marchó el resto de la América.

Es curioso observar que Encina y Toynbee usan la misma expresión, “arrastrados”, solo que para el primero se trata de una caída en “descomposición”, mientras que para el segundo es casi una ascensión hacia la historia… europea.

Porque Toynbee a lo largo de sus volúmenes de erudición mastodóntica y conclusiones a veces paradójicas, ha coqueteado con la máxima de Churchill sobre el destino manifiesto de los pueblos de habla inglesa y hasta ha cohonestado esa ceguera fatal de los estadistas ingleses, la política del equilibrio de poderes en Europa.

La diplomacia a la busca de ese equilibrio terminó por arrasarlo y dejar a la Europa a merced de su propia creación frankensteineana: frente a un coloso que no marcha sobre Europa solo porque no está en sus planes del momento o porque algo se lo impide desde el otro lado del Atlántico. Gracias a esa política de balance of power, Rusia ganó las dos guerras mundiales y sin disparar un solo tiro ruso ha absorbido en cuatro años de paz la mitad de la Europa y la mitad del Asia. Con todo, los hombres que así eliminaron a sus propios países de la categoría de grandes potencias son los que más claman contra esta situación que ellos mismos crearon, y se les sigue llamando hombres de Estado.

Varias generaciones de americanos son sin duda culpables de este atascarse, desviarse y borrarse del Nuevo Mundo que está caracterizando a una época. Pero la nuestra es la responsable máxima. Poco podía esperarse de políticos ofuscados por lo minúsculo del día; la responsabilidad mayor es la de pensadores, maestros e intelectuales quienes, con rara excepción, se ocuparon de todo menos de la Unión de las Repúblicas Iberoamericanas, y de una organización continental que permitiera al Nuevo Mundo conducir los acontecimientos mundiales en vez de dejarse “arrastrar” por ellos. Ya no parece posible apartar a esta generación de la ruta en que se embarcó alegre y confiada. Solo resta dar a la que viene la información que a nosotros se nos negó, aun cuando sirva más tarde para el enjuiciamiento histórico de nuestra generación.

Comencé “Nosotros los de las Américas” con la idea de una reseña histórica del hemisferio que fuera como “vidas paralelas” o, si se me permite el vocablo, dispáratelas, de la América Latina y la anglosajona. Iba a ensayar una explicación de que por qué todo el énfasis del Nuevo Mundo estuvo 350 años en el sur y solo el último siglo en el norte. Pero me desvié hacia un análisis de política y economía de actualidad cuando me di cuenta de la celeridad con que se acentuaban los efectos fatales de ese algo catastrófico que ocurrió en algún momento de los últimos 50 años, cuando el Nuevo Mundo pasó a ser en política exterior una mera frontera del Viejo.

“Tenemos que mirar con ojos americanos a la Europa y no con ojos europeos a la América” escribió Zum Felde. Este libro es una mirada con ojos americanos a los otros continentes y al nuestro y no es nada más.

Después de publicarlo di una vuelta por Europa y África.

Regreso más convencido de que la política exterior del Nuevo Mundo no ha servido al Viejo, no ha ganado afectos allí y sigue preparando peligros mayores para nuestros pueblos.

Todo parece confirmar ahora la tesis avanzada en este libro de que para el ruso y el marxista la ruta del dominio del mundo no era la de Europa, sino que la de Asia y eventualmente la del Sur de la América. Económicamente el Nuevo Mundo hace frente a la amenaza aplastadora de una Eurasia de potencialidades económicas tan amenazantes como las políticas y militares y a una Euráfrica que parece planeada para batirnos en cada uno de nuestros frentes económicos debilitados y descuidados.

Solo en América queremos seguir ignorantes acerca del África. En Europa el continente del porvenir no es ya América, es África; ya no es este el continente del terror, sino que el de las promesas ubérrimas, no es el abandonado, sino que el favorito de Dios, el manantial inagotable donde la Europa se está nutriendo de la nueva savia. Es la solución económica y estratégica de los imperios europeos que vienen en retirada del Asia; su centro de gravedad es ahora el continente negro. La “puesta en valor del África” tiene prioridad sobre todos los planes de la planeadora Europa.

E. L. Guenier, consejero de Comercio Exterior de Francia, escribe: “Europa hizo a la América a su imagen; ahora está haciendo lo mismo con África, lejos del ruido de las batallas, lejos de las revoluciones rojas y de los sueños demagógicos; Europa no tiene por qué importar víveres o materias primas de Asia o de América” Paul Morand escribe: “Los negros nos copian y nos admiran, al contrario de los amarillos que nos detestan; adoptan la mecánica como una religión… se encontrarán a sus anchas en este nuevo universo de máquinas”. Hasta el escéptico existencialista Sartre habla del África como “un remordimiento y una esperanza”.

Olvidada de Europa desde el siglo XV, África empezó a ser explorada hace apenas un siglo; la colonización es obra del último tercio del siglo pasado. Ahora es tema hasta para los poetas que cantan al “ardor y dinamismo” con que se emprende la gran tarea de independizar africanamente a la Europa de América. Un capítulo de este libro se ocupa extensamente de ese fenómeno el más importante y el más ignorado del Nuevo Mundo. En ninguna parte funciona más pródiga y eficazmente el Plan Marshall que en los 29 millones de kilómetros cuadrados de territorio africano con 180 millones de habitantes.

Y se comprende, hay allí más de 9 millones de kilómetros cuadrados de rica tierra británica, 32 veces el área de las islas británicas; Gran Bretaña es dueña del 28% del territorio africano con el 34% de la población y 6% de la potencialidad económica. Francia tiene allí 11 millones de kilómetros cuadrados de tierra tan rica como la de la metrópoli solo que es 22 veces más grande; es dueña de 34% del territorio africano con 29% de la población y 43% de la potencia económica. Bélgica cabe 78 veces en sus posesiones africanas que son el 8% del territorio, el 5% de la población y 3% del poder económico de ese continente. El área de las posesiones portuguesas es 23 veces la de Portugal y representa 7% del territorio africano con 6% de la población y 2% del valor económico. España, que peleó 30 años en África, es la Cenicienta; le han dejado unos pobres 300 mil kilómetros cuadrados que representan menos del 1% del territorio africano, 0,7% de la población y 0,03% de la potencia económica.

Hubo un tiempo en que hablamos acá de “el otro hemisferio”; gracia a ese universalismo que solo en América se toma en serio, ya no hacemos distinción. En cambio, uno tendría que cerrar ojos y oídos para no leer y escuchar en Europa y África acerca de “el otro hemisferio” del cual hay que recibir rápido todo lo que se pueda para luego independizarse por completo de él. La consigna es de pocos años: entonces Euráfrica no comprará nada del otro hemisferio. Y así será.

Uno comprende y admira el celo con que los hombres de Estado de Euráfrica atienden y sirven los intereses de sus naciones y de sus pueblos. Lo que es difícil comprender es la indiferencia y apatía con que el fenómeno se mira desde este lado de la barricada de la batalla vital.

Mientras allá se proclama el bloque económico Euroafricano que sería un elemento de equilibrio entre los Estados Unidos y Rusia, como dijo sir Stafford Cripps, acá seguimos repitiendo la canción infantil de la libertad de comercio con que se nos hipnotiza para la inacción.

Allá hay fe y acción ardorosa en la organización intercontinental; acá la dispersión es cada vez mayor y siguen en control de gobiernos y prensa los que no tienen fe en el Nuevo Mundo y nos han traído a esta negra encrucijada predicando que la integración económica de las Ameritas no es factible ni deseable.

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 7-12.)


¿Valió la pena el Nuevo Mundo?

Envejecimiento súbito

He abrigado siempre la convicción de que un panamericanismo alerta, competente, es la mejor protección de las Américas y el único camino posible para la seguridad de los Estados Unidos. Pero si bien los dirigentes oficiales de los países americanos han rendido a este ideal sumisa pleitesía de labios para afuera, en la práctica no les ha sido del todo aceptable. Como Ernesto en la inmortal novela de Hawthorne, estos señores en sus peregrinaciones por el exterior no se dan cuenta de que la Gran Cara de Piedra de la fuerza y la seguridad se halla ignorada en casa.

El siglo veinte se perfiló como el siglo americano, dominado por la expansión de los principios y sistemas del Nuevo Mundo por todo el orbe.

Empero, en esta centuria en vez de conducir al mundo hacia la paz y la seguridad, hemos sido nosotros llevados por otros continentes de una emergencia a otra; de una guerra cruenta a otra más devastadora; de una precaria paz a otra aún más incierta; alejándonos del principio americano del arreglo jurídico de las disputas internacionales, nos hemos dejado arrastrar al régimen de la fuerza, y apartándonos de la igualdad de las naciones hemos caído en la política de predominio de las potencias, cosechando menos democracia, menos seguridad y menos libertad cada vez que los cruzados de América marcharon a la guerra.

Pudo haberse justificado semejante desviación de lo que parecía la misión de las Américas, si ella hubiera ayudado a la desatentada humanidad de otros continentes.

Pero no les ayudó. Esto es lo trágico.

El súbito envejecimiento del Nuevo Mundo no ha significado sino calamidades para el Viejo.

Europa pocas veces ha sufrido tanto como desde que América fue arrastrada a sus tormentas.

Quizá sea esta la razón de que los europeos se crean ahora con derecho a una ayuda total en sus tribulaciones, y de que abriguen un resentimiento subconsciente contra América.

No solo mueve al europeo prosoviético este sentimiento. También roe el ánimo de muchos derechistas y de aquellos para quienes el statu quo ante bellum es la edad de oro del hombre. Son estos los elementos que encuentran en el Tío Sam la víctima propiciatoria sobre la cual descargan sus conciencias de) peso de sus propias culpas y fracasos. Que tal es la verdad, lo reconoce como hecho un tanto desconcertante un editorial de la revista Collier’s Weekly, número del 5 de junio de 1948, que confiesa: “Somos cordialmente detestados aun por algunos de los mismos a quienes tratamos de ayudar con el Plan de Marshall”.

Entre los norteamericanos existe cierto grado de desilusión que no salta a la vista. Colectivamente parecen dispuestos a asumir estas graves responsabilidades; pero, individualmente, al hablar con ellos pronto se descubre un sedimento de irritación y de fatiga en sus almas bondadosas.

Esperan que algo ocurra –o que alguien aparezca– para sacarlos de este túnel siniestro que no figuraba en las heliografías de su destino. Se aferran a la idea de una política panamericana para cuando su país se desembarace de las consecuencias de] pasado reciente, y no comprenden por qué no se ha ensayado antes.

Debilitados y desviados por rutinas arcaicas, los ideales americanos, lejos de estar triunfantes, se hallan empeñados en la lucha por la supervivencia misma.

Asistimos a un duelo a muerte entre principios y puntos de vista básicos. Aquí Jo que está en juego es nada menos que la civilización americana. Por el desenlace sabrá el ciudadano del porvenir si el Nuevo Mundo valió la pena, o si no fue más que espuma sobre el oleaje de la historia humana.

Como quiera que se discutan las circunstancias, por lo menos un hecho es evidente: éste no es el siglo americano– el siglo en que los ideales americanos de conducta social iban a prevalecer por fin y a ejercer influencia sobre la mente y el alma de los hombres en el mundo entero.

 
Enjuiciados

El que era mozo cuando se le dijo que los norteamericanos entraban a una guerra para acabar con las guerras, una cruzada para llevar a todos justicia y libertad, frisa hoy en los cuarenta años.

Lo que más lamenta ahora es la inutilidad de esos esfuerzos, y lo que más teme es la desintegración del carácter y la fuerza americanos, el agotamiento del pozo espiritual americano, la disipación del sueño americano. Estos temores se basan en el conocimiento que tiene de que las naciones no caen de la noche a la mañana; aún en el cénit de su riqueza y poderío, se deterioran primero interiormente; y la decadencia empieza cuando pierden su temple y su fe.

Cuando la América sea llamada ante el tribunal de la historia, podrá insistir en que sus intenciones fueron buenas, en que de alguna manera era preciso detener a la autocracia y extirpar la plaga nazi, en que estaba con; tundida por el huracán de cuarenta años que pasaba sobre ella, en que su educación anterior era tan engañosa como su información actual.

Podrá recordar la “artillería mental” y las “bombas psíquicas” con que fue atacada. Franz Werfel creyó que esas serían las armas decisivas de una guerra final que habría de librarse dentro de varios siglos –pero ya las tenemos aquí, en esta generación. Nos han estado narcotizando para convencernos, asustándonos para sojuzgarnos, en estas Américas de nuestro tiempo en que la opinión pública se ha convertido tan a menudo en simple aquiescencia pública.

Pero ¿será menor nuestra responsabilidad porque nos hayan hecho insensibles a nuestro destino los lemas, los clisés, verdades dogmatizadas y rótulos que sustituyen el pensamiento, y los conceptos opresores más letales que los grupos opresores?

No hay responsables individuales de este fenómeno, el más sorprendente del siglo veinte, que hizo apartarse a las Américas del futuro para adoptar el pasado, y como resultado del cual, en el campo de las relaciones internacionales, el Nuevo Mundo “des-evolucionó” para convertirse en frontera del Viejo.

La responsabilidad es colectiva.

No se trata de una decisión que se hubiera hecho súbitamente, en forma que pudiera reconocerse, o al calor de la emoción, sino de una desviación gradual e insidiosa del camino que nos señalaba el destino. Es el producto de errores históricos, sutiles pero funestos en sus consecuencias.

El camino largo, fragoso, que seguimos actualmente fue determinado en el pasado remoto:

Quizá cuando la América Latina escogió la fragmentación en vez de la federación.

Cuando los dirigentes del Nuevo Mundo se negaron a conceder prioridad a la política hemisférica, o siquiera a someterla a un ensayo de prueba.

Cuando el internacionalismo se convirtió en antítesis del americanismo en vez de ser su afirmación, y nos lanzó al mimetismo y la rendición.

Mas por mucho que pueda el pasado explicar el presente, fue en nuestra época cuando este hemisferio quedó encadenado a un curso de acontecimientos que era justamente el que se esperaba que las Américas cambiarían para siempre.

Recibimos una América joven e inmune, pero ahora se ha envejecido y contaminado.

Ha sido durante los años de nuestra vida cuando se ha hecho de mal gusto pensar, hablar y actuar como americanos.

De esta suerte cuando se presentó el reto, las Américas, desunidas, sin credo y perplejas, no pudieron fijar el rumbo ni para sí mismas ni para el resto de la humanidad, y perdieron su identidad en medio de los huracanes políticos de mundos extranjeros.

 
El pilar

“Sin los Estados Unidos, la civilización tal como la conocemos perecería”, declaró el general Dwight D. Eisenhower en su discurso de San Luis.

Es ésta una verdad aterradora, pero es al propio tiempo una acusación al pasado reciente y una definición del deber para el futuro. Claramente señala la obligación de otros pueblos de pedir menos y dar más ayuda a esta nación hoy vulnerable, la cual se ha echado sobre los hombros responsabilidad tan poderosa que otro paso suyo en falso bastará para acabar con la democracia en todas partes.

El coronel James Hutchinson, miembro del Parlamento, a quien comisionó la Cámara de los Comunes pata que dijera a los norteamericanos lo que piensa hacer la Gran Bretaña con el Plan Marshall, trajo este mensaje de Mr. Churchill:

“El porvenir del mundo descansa sobre tres pilares: íntima colaboración entre los pueblos de habla inglesa, la Comunidad Británica y, a falta de una Europa Unida, una Europa Occidental Unida”.

¡Nobles palabras, en verdad! Pero qué ciegas a los hechos establecidos de este siglo. Los tres pilares de Mr. Churchill estuvieron muy a la vista durante dos guerras mundiales. En cuanto al porvenir que nos trajeron, muy acertadamente lo describe el mismo Mr. Churchill en sus memorias recientemente publicadas: “La tragedia humana ha culminado en el hecho de que nos encontramos en las garras de peligros mayores que aquellos que vencimos”.

Es ese un epitafio lúgubre para cualquier programa internacional. Demuestra que el sistema de los tres pilares se ensayó ya dos veces y fue hallado deficiente.

Los hechos indican más bien la conclusión de que “el porvenir del mundo” descansa todavía sobre un pilar: el Nuevo Mundo.

¿Qué le ocurrió a ese pilar en las arenas movedizas de los asuntos internacionales?

Este libro pretende contestar esa pregunta.

 
Impenitentes

El estadista brasileño Oswaldo Aranha escribía en abril de 1948 que sólo cuando los países americanos “hayan llegado a un arreglo político, económico y militar en un Protocolo Continental, estará el continente americano en capacidad de hacer pesar la totalidad de su fuerza para fomentar, conservar y defender la paz del mundo”.

Porque no existía tal protocolo; porque no había una política hemisférica mundial en ninguna acepción del término, las Américas, vacilando por más de un siglo al borde del antiguo rio, fueron arrastradas insensiblemente por las aguas turbias de la política exterior y los “humores y caprichos” de otros continentes.

Este libro fue preparado con la objetividad propia de un estudio histórico imparcial, sobre los hechos reales, de esa desunión americana que el fin invirtió el curso de la historia. Pero debe confesar que mi actitud cambió, cuando con motivo de la Conferencia de Bogotá en 1948, se inició en los Estados Unidos una nueva campaña encaminada a desacreditar la política hemisférica.

Como era de esperar, encontramos encabezando esta ofensiva a los mismos apóstoles obstinados, insistentes, del equilibrio de potencias y de la tesis de que las fronteras están en la periferia de Europa; a los mismos que en vano han venido buscando la seguridad de los Estados Unidos en la política de todo país fuera de este hemisferio y han acabado por llevar a los Estados Unidos a su actual situación de peligrosa inseguridad.

Una vez más se repite la habitual desfiguración de los hechos: mucho ruido sobre la “política de dádivas de Reyes Magos” para la América Latina; pero ni una palabra sobre la manera como los Estados Unidos han sido los mayores beneficiarios de iodo intercambio económico con las naciones del sur. Cierto comentador ha llegado hasta expresar la convicción de que los delegados americanos no tenían en Bogotá otra misión que la de incorporar el sistema hemisférico interamericano en la “Comunidad del Atlántico”, y recordarnos que “las Américas tuvieron que ser defendidas en Europa y África por americanos aliados con europeos…”.

Existen, desde luego, muchas otras causas de los efectos que examinarnos, fuera de nuestra ceguera ante las potencialidades mundiales de las Américas, tema que constituye la materia principal de este libro. Su propósito, empero, es presentar a los pueblos americanos, tan asombrosamente mal informados sobre los asuntos hemisféricos, el verdadero aspecto de la cuestión.

El lector encontrará que el autor de estas páginas discrepa diametralmente de muchos conceptos que, a fuerza de repetirse sin que nadie los ponga en tela de juicio, han quedado consagrados como verdades establecidas y respetables.

En caso semejante se verá por fuerza cualquier escritor que pretende decir su verdad en este mundo perdidamente enamorado de los dogmas, aturdido por el ensordecedor redoblar de los tambores de la publicidad: “¡No pare, no mire, escuche solamente!”

Los que tan vivamente sentimos la supresión del pensador individual por la tiranía política en la mitad del mundo, apenas nos damos cuenta de las restricciones, no menos amenazantes, que se revelan a través de los climas sociales “dirigidos” en la otra mitad. Lin Yuntang lo expresó brillantemente: “Como derechistas o izquierdistas, todos nos vemos amenazados por el colectivismo del pensamiento, por la pérdida de nuestra identidad como individuos. Pero derechista o izquierdista, nadie puede ayudar al triunfo de su causa si se ha perdido a sí mismo”.

Colectivismo mental… ¡Qué poco oímos hablar de él, y cuánto del menos peligroso colectivismo económico!

La movilización de la opinión pública ya no es monopolio del Estado totalitario ni de las naciones en guerra. Cuando se crea una mística en una nación democrática, es difícil predecir hasta dónde la llevará la explosión emotiva. Una vez que se ha hecho intocable una idea canonizada, los hombres siguen libres para oponerse a ella o atacarla, pero en el hecho hacerlo es estrellarse contra una muralla. Entonces el escritor se ve ante la alternativa de ser popular o ser útil –no puede ser ambas cosas a la vez.

 
Dogmas avasalladores

Recientemente hemos visto muchas de estas falacias y verdades a medias entronizadas como postulados que las gentes respetables casi no ponen en duda:

Que el Nuevo Mundo puede buscar la integración mundial antes que la integración hemisférica sin perder ambas.

Que solo dentro de una prosperidad universal pueden los Estados Unidos ser prósperos.

Que los préstamos e inversiones estadounidenses en la América Latina constituyeron una triste experiencia.

Que el intercambio económico entre la América Latina y los Estados Unidos siempre ha sido favorable para aquella.

Que la integración económica del Hemisferio Occidental no es ni factible ni deseable.

Que la grandeza de los Estados Unidos en comparación con la América Latina se debe a la superioridad racial de los pueblos de habla inglesa.

Que el equilibrio de potencias en Europa y la armada británica salvaron a este hemisferio de ulterior colonización, después de promulgada la Doctrina de Monroe.

Que la frontera estratégica de seguridad de los Estados Unidos está en la Periferia europea, o en el Mediterráneo, o en el Rin, o en el Elba, o en los Pirineos –pero siempre en Europa.

Que Europa es el mejor diente de los Estados Unidos.

Que el comercio internacional libre es esencial para la vida económica de los Estados Unidos, y que el escoger unas pocas naciones favoritas para darles sólo a ellas los dólares necesarios para comprar productos norteamericanos, es intercambio libre, y no la más total negación de ese sistema.

Que una balanza favorable de comercio exterior es una calamidad.

Que fueron las tarifas aduaneras norteamericanas las que llevaron al mundo a la catástrofe en 1929.

Que la Europa Occidental no se había recuperado ya ¡por sobre los niveles económicos de preguerra, sino que |se hallaba en medio del caos y el hambre, amenazada de ¡catástrofe inminente, cuando se acudió en su auxilio con el Plan Marshall.

Que las economías euroasiáticas y euroafricanas, coloniales, imperialistas, socialistas, de planificación centralizada y dirección gubernamental, no tendrán éxito jamás en los Viejos Mundos ni son amenaza para el Nuevo.

Que el triunfo inevitable del principio americano se basa en la ley darwiniana de la supervivencia de los más aptos, lo que da la pauta del comportamiento de los Estados Unidos en los asuntos internos e internacionales.

Que Charles Peirce y William James formularon el pragmatismo como una filosofía típicamente americana de adorar el materialismo y “la cortesana diosa del éxito”.

Que los Estados Unidos y el capitalismo son sinónimos.

Algunas de estas ideas equivocadas (la lista podría alargarse mucho) han sido más risibles que perjudiciales; pero otras tomaron fuerza tal que lograron deformar el pensamiento de las Américas hasta apartarlo de toda relación con la realidad de los hechos.

Respaldadas por bien organizada propaganda, estas ideas suelen barrer irresistiblemente con todos los obstáculos, como oleadas furiosas. Vi levantarse esta marejada en las democracias libres de la América Latina para anonadar a todo disidente que no creyera en el “Imperialismo Yanqui. Bien lo sé yo, puesto que fui una de las víctimas. Volví a verla en los Estados Unidos, oscilando en direcciones opuestas en el más breve intervalo –por la neutralidad, luego por la guerra; contra la intervención en Europa y ahora a favor de ella; primero contra el Soviet, después a favor del Soviet, y otra vez en contra del Soviet; y el pueblo seguía dócilmente todas es- I tas alternativas con la íntima esperanza de que algún día, de alguna manera, la brújula se estabilizara.

¡Y quién dirá si no ha de girar una vez más, para solazarse al compás de una sonrisa de Stalin!

En cierta ocasión oí decir a un prominente industrial norteamericano ante numerosa concurrencia de hombres de negocios de Nueva York, que Stalin había convertido a todo su país en un solo gran monopolio –dando a entender, desde luego, que los grandes monopolios siempre se las arreglan para entenderse entre sí, ¿Qué les dirá ahora ese caballero a sus oyentes?

 
Re-europeización de las Américas

El embrujo de todo lo europeo brilló temprano entre nuestras repúblicas independientes. Más tarde su fascinación habían de seducir no sólo a la América Latina, sino también a los Estados Unidos. Una vez que se sintió su influjo en la política exterior del Hemisferio Occidental, la esperanza de una “era americana” en las relaciones internacionales tocó a su fin.

No es éste un aserto antieuropeo. Obedece más bien a un sentimiento de simpatía hacia los pueblos europeos, que obliga analizar sin prejuicio ni pasión las causas de sus dificultades actuales.

Nada podría ser más necio que hacer caso omiso de Europa, de la cual derivamos la base de nuestra civilización.

A la larga, la historia quizá reconocerá principalmente el mérito de tres de las muchas realizaciones de Europa: el desarrollo de la ciencia; el establecimiento de una cierta estabilidad política doméstica; la creación de un determinado orden internacional.

Pero Europa ya no tiene el monopolio del desarrollo científico. Y en cuanto a la estabilidad política interna y el orden mundial que creó, ambas cosas se han esfumado.

¿Por qué?

Porque los medios y métodos europeos dejaron de ser eficaces. Dieron buen resultado, equilibrando las potencias, en un mundo de frenética lucha entre nacionalidades e imperios; pero no podían darlo igual en un mundo revolucionario.

Para ayudar a Europa, América tenía que reemplazar los caducantes sistemas y políticas europeas por los sistemas y políticas americanas que no habían fracasado hasta los comienzos de nuestro siglo.

Los Estado-nación de Europa tuvieron éxito en casi todos sus cometidos durante los últimos siglos, salvo en su política exterior que vino a ser semilla de su decadencia y puede aún llevarlas a la ruina total. Lo mismo ocurrió a las ciudades-Estados de Grecia. También ellas lograron coronar con éxito todas sus empresas, excepción hecha de la política exterior, que al fin fue causa de su perdición definitiva.

A los Estados Unidos se les ha comparado con Roma, el Imperio que salió a “mantener el orden”, y lo logró por muchos siglos, en un mundo anarquizado por la política internacional de Grecia.

Como América de Europa, Roma absorbió la cultura de Grecia, Pero Roma ni adoptó ni siguió la funesta política exterior de los griegos, sino que usó la suya propia para imponer la Pax Romana.

América, en cambio, entró en las contiendas de Europa, adoptando todas las normas fracasadas de la política europea y olvidando todas las normas americanas que habían tenido éxito.

Siguiendo estas tendencias, lo mismo que el tremendo impacto de ideas bien sembradas, como la relativa al “destino de los pueblos angloparlantes”, el historiador quizá no tenga que ir muy lejos en sus investigaciones para descubrir por qué, en el campo de la política internacional, el proceso previsto de americanización de Europa se invirtió en nuestro tiempo para convertirse en la re-europeización de las Américas.

Sin duda anotará que el Hemisferio Occidental perdió su destino cuando no se organizó como entidad única, suficientemente poderosa e independiente para dirigir los asuntos mundiales, en vez de ser arrollado por ellos.

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 13-24.)


Mitos y dominación

De Colón a Voltaire y Hegel

Pesada cadena de equivocaciones corre a lo largo de la historia de América.

Presidieron el nacimiento del Hemisferio Occidental y parecen haberlo acompañado en su existencia hasta nuestros días.

Colón tropezó con la América.

El acontecimiento más grande de la historia, después del cristianismo, fue solamente una equivocación.

Colón regresó una y otra vez, trayendo deliberadamente consigo gentiles hombres que pudieran equipararse con los “caballeros del Gran Kan”.

Salió en busca de la India, y creyó haberla alcanzado cuando llegó a las Antillas. La Tierra, escribió, no era tan grande “como dice el común de las gentes”, el ecuador sólo medía “cincuenta y seis millas y dos tercios”, y la tierra no era esférica, sino que tenía forma de pera.

Al desembarcar en las islas del Caribe se creyó en oriente, en la parte alta de la angosta protuberancia de la pera y muy cerca al paraíso terrenal situado junto al vástago –fuente del Ganges, del Nilo, del Éufrates, de todos los grandes ríos.

Contábase entre los cometidos de su expedición recoger oro y llevar gente para los ejércitos que habían de emprender la reconquista del Santo Sepulcro, empresa cuyos preparativos apremiaban grandemente puesto que “sólo faltaban 150 años para el fin del mundo”.

Ocho años más tarde, el almirante Pedro Álvarez Cabral se hizo a la vela al mando de una escuadra portuguesa, rumbo a oriente por la vía que doblaba la extremidad meridional del África. Desviado de su derrotero por lo que consideró vientos “adversos”, descubrió el Brasil, también por error, en abril de 1500.

Ciento ochenta años después, Nicolet, Joliet y La Salle exploraban todavía el Misisipi buscando una salida de estas tierras de pobreza, con la esperanza de llegar a la opulencia de la “vecina” China.

En el orden monolítico de la religión, la ciencia, la historia y la política del Viejo Mundo, escasamente había campo para la intrusión del Nuevo.

Para unos pocos europeos de la élite intelectual, entre ellos Montaigne y Bacon, la América joven, fresca y sin médula era la esperanza del Universo. El porvenir era un binomio: Nuevo Mundo. América estaba destinada a suceder a Europa como “Emperatriz del Globo”. Mandaría.

Pero muchos teólogos, sabios y filósofos disentían de esta opinión. Orgullosos y confundidos, siglos después de Colón todavía vacilaban en aceptar el Nuevo Mundo.

El Génesis seguía siendo monopolio del Viejo Mundo.

¿Debía incluirse la América entre las obras de la Creación bíblica, o era sólo un capricho mal pensado, zurdo, de última hora, del Señor?

Los más de aquellos sabios se preguntaban por qué se habría tomado Dios el trabajo de crear estas tierras cenagosas y pestilentes, habitadas por seres humanos débiles, pelados, despreciables y hasta sin alma; regiones donde sólo podían existir plantas y animales raquíticos y donde el colonizador europeo también tendría que degenerar.

Lo comprendieron después de mucho tiempo, pero no antes de haber dejado para la historia un legado monumental de sabios disparates. Cegados por inamovibles concepciones clásicas europeas, consideraban necedad todo cuanto no fuese europeo. Cualquier otra forma de las cosas o de las civilizaciones no solo era distinta sino que era interior. Este concepto, que logró atravesar el Atlántico, se encuentra aún en nuestro medio.

El continente mismo se consideraba anafrodisíaco –y así ¿qué esperanza de que aumentara la población?

Pensadores serios discutían en Europa con toda nimiedad el problema de si los perros podrían ladrar en este continente, donde la decadencia silenciaba todas las gargantas.

Únicamente los insectos, los reptiles fríos y las criaturas ponzoñosas podían medrar aquí –no había elefantes, hipopótamos, caballos, rinocerontes, camellos o jirafas; ni siquiera se encontraban fósiles; el jaguar y el puma eran ridículas “imitaciones” del tigre soberbio y del león.

No había aquí trigo, y en cuanto al maíz americano, las papas y el cacao, ¿de qué servían? Cuando se llevaron a América el azúcar y el café también degeneraron, haciéndose “menos dulces y aromáticos”.

No era todo esto americanofobia europea; se basaba en convicciones filosóficas y científicas que prevalecieron hasta bien mediado el siglo dieciocho.

En 1768 el abate Cornelio de Pauw aseguraba en su Investigación filosófica sobre las Américas que la “independencia completa” de América era “un imposible moral”. El brillante Voltaire, que llamaba a De Pauw “sabio verdadero”, repetía aún a fines del siglo dieciocho que el Canadá era un racimo de inútiles carámbanos y que de este lado del Atlántico no había nada que pudiera comer el hombre.

Siguiendo el gran Buffon, muchos sabios de la época diseminaron las “verdades” anotadas sobre el Nuevo Mundo; y ya en el siglo diecinueve el filósofo alemán Hegel escribía: “América siempre se ha mostrado física y psíquicamente impotente, y todavía demuestra serlo”.

Hamilton censuró estas aseveraciones como nuevos ejemplos de la “arrogante vanidad” europea; mientras que el jocoso Benjamín Franklin invitó a uno de los apóstoles de la teoría de “los americanos degenerados” a cenar en París en compañía de un grupo de franceses a quienes había escogido deliberadamente por su pequeña estatura, y de media docena de corpulentos americanos, para que su invitado juzgara por el testimonio de sus ojos.

Estas teorías sobre la inferioridad americana pueden parecemos hoy graciosas, pero han tenido una vitalidad extraordinaria, como que todavía influyen en el ánimo de los filósofos europeos contemporáneos. Hace apenas pocos años el alemán Keyserling podía escribir seriamente que “los instintos animales” prevalecen en América, mientras que a Europa la mueve la “espiritualidad”.

 
La maligna fábula

Corre parejas con toda esta balumba de necedades sobre una América degenerada o inferior, la “Leyenda Negra” de la incapacidad y la crueldad de España en sus colonias americanas.

Esta leyenda, cuyos efectos sirven aún de barrera psicológica entre las Américas de habla española y de habla inglesa, tuvo su origen cuando los flamencos, que libraban la guerra de su independencia contra España, conocieron la Brevísima historia de la destrucción de las Indias, escrita por el evangélico pero colérico padre Bartolomé de las Casas.

Destinado a inclinar a la Corona española en favor de una política de protección de los aborígenes, el libro de Las Casas llenó cabalmente su propósito, pero su elevado precio fue la reputación del Imperio Español. Escrita en 1512 y publicada en 1552, la obra era una atrevida generalización basada en informes aislados y no siempre auténticos sobre maltratos de los indios a manos de los españoles.

La historia del dominico deja la impresión indeleble de que todos los indios eran buenos y excelentes “hijos de príncipes y caballeros”, mientras que los españoles eran invariablemente los bellacos más crueles y rapaces. Si bien muchos otros cronistas antes y después de Las Casas escribieron con su misma tendencia fue el libro de éste el que se convirtió en acusación contra todo un sistema –el de la monarquía española y la Iglesia católica– y en arma poderosa en manos de sus enemigos.

Ninguna munición mejor pudo habérseles administrado a los luchadores flamencos en sus esfuerzos por granjearse las simpatías de la Europa liberalizante. En todos los idiomas se multiplicaron rápidamente las ediciones de la Brevísima historia de Las Casas. Servían de adorno a una de estas, publicada en Frankfort en 1597 por el emigrado flamenco Teodoro de Bry, diez y seis horripilantes grabados en madera que llegaron a ser inseparables del texto.

Así la historia de Las Casas como los grabados de De Bry invadieron todos los textos de consulta, las historias, diccionarios y enciclopedias, los libros de enseñanza y los de viajes, y hasta la poesía popular.

De los patriotas flamencos, el arma de la “Leyenda Negra” pasó a manos de los dirigentes de la Reforma durante las guerras religiosas, posteriormente a las de los enciclopedistas y racionalistas precursores de la Revolución Francesa, y finalmente a los movimientos liberales de los siglos dieciocho y diecinueve.

Fue propagada por Juan Pablo Vizcardo en su “Carta a los españoles de América”. Inspiró al Precursor Francisco Miranda y al Libertador Simón Bolívar lo mismo que a oíros jefes de las revoluciones hispanoamericanas; penetró en los himnos nacionales y en los textos escolares de toda república latinoamericana.

Así, no ha de sorprender que un escritor chileno dijera en 1864 que el progreso consistía en la “des-hispanización” del pueblo.

La “Leyenda Negra” fue un arma tan poderosa como tina armada para atacar a España en la lucha sin cuartel que sostuvieron las potencias europeas para construir sus respectivos imperios.

Caso análogo hubiera podido formarse contra Inglaterra, si a lo largo de los siglos los textos de historia y el material de propaganda en Europa hubieran seguido caracterizando la dominación británica sobre las 13 colonias norteamericanas por el consejo cínico del gobernador Anherst (consejo que según parece siguió el general Bouquet) de que un método satisfactorio para librarse de todos los indios consistían en suministrarles las mantas contaminadas que habían usado los colonizadores muertos de viruela.

 
Dirección ibérica y anglosajona

Ahora se ha levantado ese pesado telón que todo lo oscurecía, y podemos ya ver, al par que las manchas negras, el fondo blanco de la primitiva historia hispanoamericana. Pero durante más de 200 años la “Leyenda Negra” prevaleció sin que casi nadie la pusiera en duda, difundiendo la historia de una conquista bárbara, seguida por un régimen colonial caracterizado por los más atroces rasgos de crueldad, oscurantismo, miseria, explotación despiadada, incapacidad política, ineficiencia administrativa y atraso cultural.

Los conquistadores –bien lo sabemos hoy– no fueron ni más ni menos que hombres de su época. Los acontecimientos de la América española se diferenciaron poco de los choques políticos y religiosos de las guerras europeas de entonces. Ni fueron peores que las atrocidades de las guerras civiles entre los conquistadores mismos, ni tampoco fueron nada peor de lo que ocurría en las colonias holandesas, francesas e inglesas en América.

Bajo el embrujo de la “Leyenda Negra”, se condenaron sin más ni más todas las instituciones coloniales hispanoamericanas. Si se hubieran analizado, habrían revelado un cuadro muy distinto. Basta leer las Nuevas Leyes de 1542, la Recopilación de Indias de 1680, u ojear los inmensos volúmenes de Cédulas Reales para comprender que “el Estado de derecho” por el cual España gobernaba a América era por lo menos igual a los procedimientos jurídicos existentes en cualquiera otra parte en ese tiempo.

No desconocemos las injusticias, la opresión, las persecuciones fanáticas de los tiempos coloniales; pero sabemos asimismo que gran parte de ese acervo de leyes verdaderamente buenas que existían no eran respetadas, lo que llevó a las autoridades españolas o criollas a crear la expresión “se obedece pero no se cumple”.

El hecho sorprendente y a menudo olvidado es que el derecho español hacía hincapié en la defensa de los indios y de la masa del pueblo contra la opresión de los funcionarios del gobierno y las plutocracias criollas.

Muchos artículos de la Recopilación de Indias tendrían cabida hoy día en la legislación social moderna. El gobierno reconocía y protegía a los gremios de obreros y de profesionales. En Chile hubo una ley que limitaba a ocho horas la jornada de trabajo en el siglo diez y seis, pocas décadas después del descubrimiento de América; funcionaba una especie de oficina de control de precios, con salarios mínimos y precios máximos; los especuladores en artículos de primera necesidad se consideraban criminales y se les castigaba con el presidio o el destierro.

No fue una España feudal la que vino a América, En la Península ya la Corona había metido en cintura a los señores feudales. Basta leer a Cervantes y a Lope de Vega para comprender que el surgimiento de la monarquía en España constituyó una revolución popular; el pueblo se alió al rey para suprimir a los tiranos feudales. En España no hubo Magna Carta bajo cuyos términos los señores y los terratenientes obligaron al rey de Inglaterra a concederles a ellos derechos y libertades de que no se hizo copartícipe al pueblo.

La obscura leyenda de Hispanoamérica colonial sigue ejerciendo influencia sobre los mal informados, y no deja de tener relación con ciertas ideas ampliamente difundidas y más recientes sobre la América Latina. Así fue fácil olvidar que durante 300 años todo el énfasis del Nuevo Mundo, en organización política y administrativa, en economía y en cultura, no descansó en los pueblos de habla inglesa sino en los de habla española y portuguesa, al sur del Río Grande y al oeste del Misisipi.

El hecho de que sólo durante los últimos cien años se adelantaran mucho los Estados Unidos a la América Latina, da fuerza al aserto de que la diferencia provino en gran parte de la fragmentación de Hispanoamérica en pequeños países, lo que resultó ser el talón de Aquiles de su desarrollo.

Fue la independencia y el advenimiento de las muchas repúblicas lo que produjo el histórico cambio de predominio, el cual pasó del sur al norte en este hemisferio.

Se destruyó un imperio al sur a tiempo que otro se construyó en los Estados Unidos. Un proceso de integración formó los Estados Unidos; un proceso de desintegración dividió a las veinte naciones al sur.

Los Estados Unidos se independizaron con 3.900.000 habitantes; la América Latina, con más de veinte millones. A 12.000 almas llegaba entonces la población de Nueva York cuando la de Ciudad de México era de 90 mil y la de La Habana, de 76.000, Apenas para 1870 alcanzaron los Estados Unidos a la América Latina en población, Hoy día esta última lleva otra vez una ventaja de cinco millones de habitantes.

La exportación total de las trece colonias, en la época del rompimiento con Inglaterra, no pasaba de cinco millones de dólares anuales. La América Latina de entonces exportaba casi treinta veces más. Proporciones análogas existían en todos los renglones del desarrollo económico, inclusive en la producción industrial, en la cual la América Latina fue muy adelante durante toda la época colonial y durante treinta o cuarenta años después de la independencia.

La verdadera intersección de las curvas de los gráficos del desarrollo económico ocurrió a mediados del siglo diez y nueve cuando la América Latina fue alcanzada y dejada a la zaga. Una nueva reversión de estas tendencias se está haciendo aparente en la actualidad, como lo veremos adelante.

En su libro Lands of the Dawning Morrow, Carleton Beals informa como resultado de una visita a los países latinoamericanos, que “la América Latina va a sobrepasar a Europa en pocos años en riqueza y poderío”.

Durante varios siglos el énfasis del progreso y desarrollo estuvo en el sur; luego pasó al norte, y ahora está virando nuevamente hacia el sur. Circunstancia por demás infortunada es que las dos Américas jamás hayan podido mantener un mismo compás.

Este desarrollo disparejo es causa de la relativa debilidad del Hemisferio Occidental como un todo. Y es justamente este asincronismo el responsable de que las Américas siguieran ajeno derrotero en vez de trazar su propio rumbo en los asuntos mundiales del siglo veinte.

La transición operada en el siglo diez y nueve de la dominación ibérica a la anglosajona en el Nuevo Mundo, tuvo consecuencias tan trascendentales como la caída del Imperio Español y la consolidación del británico en los viejos continentes.

Se presentaron, inevitablemente, suspicacias y desconfianzas recíprocas, con la urdiembre de complejos psicológicos de norte y sur que escribieron las más oscuras páginas ele la incomprensión interamericana, y que hasta el día de hoy continúan siendo obstáculo poderoso para la realización del destino de este hemisferio.

 
La primera grieta

El hecho de que al sur de los Estados Unidos no apareciera una gran nación, dejó un vacío en que no podían respirar los pulmones políticos y económicos del hemisferio.

¿Tuvieron toda la culpa los pueblos latinoamericanos?

¿O se debió en parte a que nos dejaron solos en los veinte años de lucha por la independencia?

Fue aquella una guerra larga, extenuante, generadora de anarquía, llevada a cabo por una miríada de juntas y caudillos que a menudo peleaban entre sí, sin Congreso, sin autoridad central, sin dirección ni estrategia común, ni aliados.

Distinto fue el caso de las Trece Colonias de Norteamérica. Tuvieron de su lado a Francia desde el comienzo de la guerra de independencia en 1775, y luego como aliada franca por cinco años. En 1779 España también entró en la lucha contra el Imperio Británico, y Holanda un año después. La guerra de independencia norteamericana fue también una guerra europea.

Las guerras napoleónicas y la invasión de España ayudaron por algún tiempo a las colonias hispanas en su lucha, pero ellas no tuvieron aliados ni gobierno alguno europeo o americano las apoyó, ni con dinero ni con provisiones de guerra. La prolongada y agotadora revolución fue ruina financiera para las colonias españolas, que quedaron libres pero empobrecidas, y al final ni siquiera alcanzaron la virtud de la unión. Se empeñaron en contiendas civiles entre sí; más que todo, libraron guerras separadas contra España, y por más de 40 años estuvieron firmando separadamente con la Madre Patria tratados de paz con el fin de lograr el reconocimiento de su independencia.

Suerte parecida amenazaba a los Estados Unidos después de la guerra de independencia, pero el genio y decisión de los padres fundadores la evitaron. En el momento de mayor peligro para ese grupo mal conglomerado de estados, hicieron aprobar la actual Constitución Federal norteamericana en 1787-88.

Si Alexander Hamihon, el general Henry Know y Rufus Ring hubieran logrado imponer su criterio, los Estados Unidos se habrían lanzado de lleno a ayudar a la América Latina a conquistar su independencia y quizá a federarse. Pero prevaleció la política más cautelosa y vacilante de Jet tersan, Madison y Adams. Ostensiblemente la política norteamericana iba a ser de simpatía y ayuda disimulada; en la práctica no fue sino de severa e inflexible neutralidad. Quizá la verdadera clave de €Sta actitud estaba en que los Estados Unidos tenían puesto los ojos en la Florida y otros territorios aledaños, que esperaban absorber mediante negociaciones amistosas con España.

En 1823 el presidente Monroe observó al señor Alvear, primer enviado diplomático de la Argentina a los Estallos Unidos, que la política norteamericana había sido sabia y la más benéfica para la América Latina. Si los Estados Unidos hubieran salido a ayudar a las colonias españolas, sugirió Monroe, aquello hubiera significado guerra con España en momentos en que los Estados Unidos se encontraban económica y militarmente débiles. En esa contienda habrían podido tomar parte otras naciones europeas, con lo cual se ponía en peligro la libertad de todo el hemisferio.

Con todo, durante los largos años de la guerra entre España y sus colonias, la neutralidad de los Estados Unidos fue vigorosamente censurada en este país, y naturalmente, los latinoamericanos quedaron resentidos.

 
Panamericanismo de zaga

Sabia o equivocada para su época, la política de neutralidad ayudó en todo caso a la desintegración latinoamericana y a la desunión hemisférica.

Fue ella la primera fatal derrota del panamericanismo.

De entonces en adelante la política de los Estados Unidos lúe unilateral y monroísta, es decir, negativa, limitándose a proteger el continente contra “intrusiones” extranjeras.

Siempre se proclamó el panamericanismo, pero nunca se llevó a la práctica en forma realmente útil. Fue una política de palabra nada más, generalmente vacía de sentido. En 122 años hemos celebrado 208 conferencias panamericanas en que se han firmado más de un centenar de tratados. Sólo uno ha sido ratificado por las 21 repúblicas.

Seguiremos uniéndonos a última hora, como lo lucimos ya, contra un enemigo común; pero jamás hubo una política mundial hemisférica, ni una retirada hemisférica del cuadrilátero internacional.

Como resultado de ello, nos hemos tenido que adaptar a los acontecimientos originados en otros continentes. No hemos hecho nada por orientarlos, poco por contenerlos y menos aún por evitarlos.

El panamericanismo no fue nunca una fuerza mundial centrípeta, jamás llevó la dirección. En los asuntos mundiales el panamericanismo ha ido siempre a la zaga o no ha existido en absoluto.

 
El sueño desvanecido

La anarquía amenazó a los Estados Unidos durante once años anteriores a la federación que mediaron entre la declaración de independencia y la Constitución Federal. Igual situación ha existido en la América Latina durante más de un siglo. Así desertamos de nuestro destino y se perdió un imperio.

Los Estados desunidos de la América Latina demoraron el ritmo del progreso continental, enriqueciendo quizá el mosaico de América, pero contribuyendo sin embargo a hacer del Hemisferio Occidental el grupo que conocemos de países asincrónicos, perplejos, sin rumbo, zigzagueantes, de intereses opuestos.

Fue en Nueva York donde Alexander Hamilton declaró que estaba dispuesto a “encabezar la expedición” para libertar a la América española, si el gobierno norteamericano daba su consentimiento. Jamás lo dio.

El sueño de Bolívar, veinte años después, fue también, primero independencia, luego federación. Pero apenas había dado a su patria independencia cuando comenzó su caída.

Parecida fue la suerte de muchos de nuestros libertadores: San Martín murió proscrito en Francia; O'Higgins, el libertador de Chile, desterrado en el Perú; Sucre, héroe de Ayacucho, fue asesinado. En la América Latina la regla fue la matanza de los padres de la patria, mientras que en los Estados Unidos se les veneró.

En los Estados Unidos unos pocos dirigentes, luchando contra obstáculos que parecían insuperables, lograron coronar su esfuerzo con una federación y una constitución. En la América Latina, debido en parte a la enorme extensión territorial y la consiguiente deficiencia de comunicaciones, en parte a que tuvimos tan escasa ayuda extranjera, y en parte a la eliminación de tantos dirigentes notables partidarios de la federación, la guerra de independencia quedó inconclusa. La América Latina se convirtió en constelación de pequeñas naciones que marcharon a la deriva.

 
¿Qué hacer ahora?

Para Bolívar y otros hombres de visión, este fue un fracaso descorazonados Extenuado y melancólico, el heme exclama en su lecho de muerte: “¡He arado en el mar!”

Quizá no cabe tanta responsabilidad a los hombres de la época revolucionaria que en su alocada lucha por el poder frustraron el sueño de federación, como a los de las generaciones siguientes, y en especial a los intelectuales que jamás se dedicaron a corregir aquel fatal error original.

Hasta la Iglesia católica, internacional por definición, dejó arrastrar por la oleada furiosa del particularismo que inundó a la América Latina después de la independencia. La Iglesia fue recio mortero para cimentar la unión durante la colonia, pero nada hizo para impedir que se erigieran los baluartes que alejaron a las naciones latinoamericanas unas de otras durante la república. Por su inercia o por su timidez, la Iglesia católica tiene que cargar con una buena parte de la responsabilidad por la desunión latinoamericana.

No duda que los pueblos de la America Latina están listos para una federación y siempre lo han estado. Un plebiscito libre expresaría este íntimo anhelo. Tal plebiscito, desde luego, tendría que ser libre de intervención gubernamental, de maquinaciones de los políticos, de engaño demagógico y de presión de los intereses creados.

Naturalmente, esto es imposible. Semejante libertad no existe.

El derecho al voto no es precisamente libertad de votar. Aún en los Estados Unidos elegir a un republicano o a un demócrata es proceso que más se asemeja a un dilema que a una elección libre.

La evolución de los partidos políticos ha sido una misma en todas partes. Cuando se descartó el concepto de soberanía divina de los monarcas, aparecieron los partidos como instrumentos necesarios para organizar en forma de estados la nueva soberanía adquirida por los pueblos.

Pero pronto empezaron a tener intereses propios, a menudo distintos de los del pueblo o los del estado. Una vez cumplida su función electoral, los partidos con frecuencia se convierten en grupos opresores –no son ya un medio para lograr un fin de interés nacional, sino un fin en sí mismos. Y así se observa cuántos de los regímenes representativos de Latinoamérica, que apenas podrían existir sin esos partidos políticos, logran a duras penas subsistir con ellos.

Con estas y otras fuerzas que representan intereses particulares profunda mente arraigados de poderosos grupos minoritarios, poca esperanza puede haber de una expresión auténticamente plebiscitaria sobre la cuestión fundamental, contraria a los intereses locales, de la federación de todas las repúblicas latinoamericanas.

 
Economía continental anárquica

Débil sustituto de la federación es el panamericanismo; es más bien un acto de contrición, un esfuerzo por demostrar que al menos nuestras ideas están bien orientadas.

Jurídicamente es una concepción monumental. Jamás había erigido un continente normas de conducta que tanto se acercasen a la perfección para mantener la paz y dirimir las disputas entre un grupo de naciones.

Si ha habido tantos con i litios y guerras en el hemisferio a pesar de esas normas, ello se debe a que todavía carecemos de una ley continental y de un tribunal capaz de hacerla cumplir. Pero se trata aquí de un panamericanismo doméstico, jurídico, intrahemisférico. En los asuntos mundiales el panamericanismo jamás ha ejercido otra influencia que la de los Estados Unidos. A la América Latina ha correspondido poco más que un sentimiento vicario de peso en tos negocios del mundo a través del poderío de los Estados Unidos, sobre cuya política global las demás repúblicas americanas jamás fueron consultadas hasta que aquel país ya se había comprometido y había sido arrastrado por los vientos tormentosos que soplaban y eran dirigidos desde más allá de los océanos.

Militarmente, durante más de un siglo el panamericanismo nunca se organizó hasta que se instaló en Washington durante la Segunda Guerra Mundial una Comisión Conjunta. Las recomendaciones de las conferencias de Cuba y Chapultepec no se cumplieron hasta 1947, por el tratado firmado en Río de Janeiro y ampliado en Bogotá en abril de 1948. Ninguna de estas medidas ha sido muy electiva, ni podrán otras análogas realizar todas las posibilidades de defensa del continente.

La Liga y la alianza panamericana permanente que incluyó Bolívar en su programa de 1826 para el Congreso de Panamá representaban un concepto muchísimo más vigoroso y más audaz, de acuerdo con nuestras necesidades. Hasta los planes anteriores de Alexander Hamilton lo fueron también.

En lo económico el panamericanismo no ha sido un error sino un rosario de errores y negligencias.

Hemos visto al gobierno de los Estados Unidos pedir a los estados europeos que pongan orden en su economía continental, que establezcan alguna coordinación o unión aduanera, como precio de la ayuda del Plan Marshall.

Y sin embargo este Hemisferio Occidental, donde los Estados Unidos lo tienen todo en juego, permanece totalmente desorganizado, en estado de completa y muy peligrosa anarquía económica.

La gran promesa de las Américas no sólo se ha atascado en la pobreza en medio de la abundancia para la mitad de sus habitantes; sino que también hemos presenciado un rechazo de la independencia económica continental, tan obstinado como lo fue la decisión de conquistar la independencia política.

En el campo de la política mundial, el panamericanismo sencilla y negativamente “ha ido a la zaga”; pero en lo económico parece haber tenido un plan rígido y positivo: primero, el aprovechamiento más limitado de recursos ilimitados; y segundo, no integración económica interamericana.

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 25-40.)


El Pearl Harbor económico

Buenos vecinos… en el lejano oriente

Antes de la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos compraban el 94 por ciento de sus importaciones de productos tropicales, en su mayoría materiales estratégicos, al Extremo Oriente, proveedor incierto situado a diez mil millas de distancia, en vez de comprar a sus vecinos de la América Latina, y sufrían de la consiguiente escasez, cada vez más grave, como resultado de tan errónea política.

En 1939 las importaciones estadounidenses de artículos esenciales estratégicos llegaron a valer 400 millones de dólares, de los cuales seis millones, o sea un 1,5%, provino de América Latina.

Cuando estalló la guerra se declaró francamente que semejante cosa “no volvería a ocurrir”. Pero tal como van las cosas, es muy posible que vuelva a suceder. Como resultado de su política comercial anterior a la guerra, los Estados Unidos estaban concediendo una balanza favorable de comercio de más de 350 millones de dólares anuales al Extremo Oriente, a tiempo que multaban a la América Latina con otra balanza desfavorable de 350 millones de dólares. En cambio, tenían inversiones siete veces mayores, y desde luego intereses políticos infinitamente más importantes, en los países del sur.

La catástrofe del caucho latinoamericano ilustra los electos de esta política.

Cuando en el año de 1492 Colón vio jugar a los indios americanos con bolas que rebotaban, casi no podía dar crédito a sus ojos; no lo podía tampoco Hernán Cortés cuando el emperador Moctezuma lo entretuvo con juegos similares en 1520.

Hace 332 años los precursores mexicanos de una de las más grandes industrias americanas fabricaban ya ropa y zapatos impermeables con las misteriosas lágrimas del “árbol llorón”, o “Caoutchouc” como lo llamaban los aborígenes del Brasil.

Solo cuando llegó a los Estados Unidos el primer despacho de caucho brasileño, 185 años después, comenzaron los fabricantes norteamericanos a competir con la industria latinoamericana. Ya para 1875 los Estados Unidos importaban caucho latinoamericano por valor de 4.675.000 dólares anuales, pero el año siguiente se inició la ruina de nuestras caucharías: un inglés logró sacar de contrabando semillas de 17 árboles de Hevea braziliensis de Tapajoz (Brasil) para llevarlas al Asia. De esta suerte, Ceilán, Sumatra, los Estados Federados de la Malasia, Siam y la Indochina Francesa emprendieron en alas del caucho su vuelo hacia la prosperidad, piloteados por los más astutos financistas del siglo –los ingleses, franceses y holandeses.

Brasil entró en el siglo veinte en medio de la prosperidad basada en las explotaciones caucheras, con casi quinientos millones de árboles vírgenes de reserva; pero ya había comenzado el duelo entre el caucho silvestre de la América Latina y el de las plantaciones asiáticas.

En 1910, con una producción anual de 11.000 toneladas, se ofreció al mercado el primer caucho oriental “de plantación”. Más los brasileños y otros hispanoamericanos seguían forjándose la grata ilusión del “monopolio”.

Manaos, la encantada ciudad del Amazonas, era entonces una de las más opulentas del mundo. Su lujo extravagante sobrepasó a cuanto se había visto en las ciudades del oeste norteamericano cuando la liebre del oro. Objetos de adorno comente eran los diamantes, en cuya producción también iba el Brasil a la cabeza del mundo.

 
Cuando el cauchó cayó y no rebotó

En 1912 llegó a su máximum la producción de caucho en el Brasil, con un total de 45.000 toneladas, y al año siguiente la producción asiática sobrepasó por primera vez a la iberoamericana.

Al comenzar la década de 1920 la América Latina sólo contribuía con 19.000 toneladas al consumo mundial de 317.000 toneladas de caucho; para 1927 su aporte era apenas un seis por ciento de un total de 567.000 toneladas. En 1938, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, la América Latina había cedido al Asia el 98 por ciento de un mercado mundial que entonces consumía 895.000 toneladas.

Fue así como en 1934 el 98 por ciento de los productores de caucho estuvieron en situación de organizarse como cartel cerrado, e imponer el precio a los compradores del mundo.

Los Estados Unidos compraban entonces como dos terceras partes de ese caucho, y pagaban por él 275.000.009 de dólares por año. Los consumidores americanos pagaban altos precios por artículos de caucho, y la América Latina, productora de aquella materia prima, compraba caras llantas norteamericanas fabricadas de material asiático.

La guerra vino entonces a cortar la línea vital de suministros por el Pacífico, y los Estados Unidos se quedaron sin un material que encabezaba la lista de productos estratégicos del ejército.

Lo que ocurrió entonces pertenece ya a la historia: dirigida y financiada por los Estados Unidos, se emprendió la carrera para restablecer la producción en el Brasil, México, Haití, Colombia, Ecuador, Venezuela, Honduras, Nicaragua, Panamá, Guatemala y Costa Rica costara lo que costara; y se improvisó en los Estados Unidos una industria de caucho sintético por valor de 755.000.000 de dólares.

Como consecuencia de todo esto la producción de caucho en la América Latina subió de 15.000 toneladas antes de la guerra a 32,164 en 1945. Hoy día, está otra ve* disminuyendo rápidamente.

El consumo americano de caucho llegará este ano al nivel sin precedentes de 1.000.000 de toneladas. La industria nacional de caucho sintético y el producto natural de la América Latina podrían satisfacer esta demanda, pero no es eso lo que va a ocurrir. Por el contrario, los Estados Unidos están restableciendo los viejos convenios del cartel, de acuerdo con los cuales el siempre favorito Extremo Oriente recibirá la tajada del león del mercado americano, a un precio más alto que el costo de producción de la industria sintética norteamericana, Con esto $e agregan 30.000.000 de dólares anuales a la cuenta de cobro que han de pagar los consumidores americanos por sus llantas: prima espléndida para los sagaces productores y negociantes euroasiáticos.

En octubre de 1947 el edificio del caucho latinoamericano se derrumbó pesadamente, casi arrastrando en su caída a la industria del caucho sintético norteamericana: los Estados Unidos convinieron en Ginebra en ceder más de dos terceras partes del mercado americano al caucho “de plantación” producido por los euroasiáticos en Extremo Oriente, dejando el resto de ese mercado para que lo abastezcan conjuntamente el caucho sintético y el natural de Norte y Sur América respectivamente.

Este acuerdo antipanamericano de posguerra pasó casi inadvertido. Salo fue censurado en la Cámara de los Comunes, donde se le tachó de no ser todavía “satisfactorio” para la economía imperial británica.

El pacto entró en vigor inmediatamente; en realidad, ya se había puesto en práctica desde antes, pese a la trágica experiencia de Pearl Harbour. Durante el año de 1947 las compras norteamericanas de caucho asiático dejaron a la Gran Bretaña 200 millones de dólares, lo mismo que en la época anterior de la guerra, pero los Estados Unidos quedaron en mayor peligro aún que antes de la Segunda Guerra Mundial de perder sus fuentes de abastecimiento.

El Asia Sudoriental revolucionaria de hoy día es mucho menos digna de confianza que lo era en 1941, pero los Estados Unidos continuaron comprando caucho a la Malasia que sigue ardiendo sin esperanza, a razón de 500.000 toneladas anuales según el promedio de los primeros cinco meses de 1948.

He aquí la triste historia de cuarenta años: el consumo anual de caucho aumentó de 50.000 toneladas a 1.000.000, y el aporte latinoamericano a ese consumo disminuyó de ciento por ciento a casi cero. Y así los lagartos invadieron los palacios de mármol de Manaos, sobre el Amazonas, mientras grandes fortunas se apilaban en Europa y Asia gracias at monopolio “euroasiático” que impone los precios a los Estados Unidos, los más grandes consumidores mundiales, situados en el continente de donde es originario el caucho.

 
La pastilla de chocolate afroamericano

La historia del “Theobroma (manjar de los dioses) Cacao” tiene un origen más noble aún, y un desenlace casi igualmente triste.

Cuenta la mitología mexicana que la semilla de “Xochicacatlao” fue traída directamente a este hemisferio del Jardín de Edén por el divino Quetzalcoatl en persona. Es de suponer que en los designios de Dios entraba el gratificar la grande afición de los norteamericanos por el chocolate y el ice cream soda.

Los conquistadores encontraron cacao en toda la América tropical, desde México hasta el Ecuador. Los aborígenes poseían oro en abundancia, pero nunca lo usaron como moneda. Como medio de cambio empleaban las bayas de carao, y los españoles los imitaron durante un tiempo.

Mucho antes de la llegada de los europeos, los aztecas preparaban chocolatl como bebida.

Conservando el monopolio de las bayas y la fórmula secreta del di oro la te, los españoles se hicieron pagar bien caro de los europeos durante varios siglos el lujo de esta bebida.

Aunque con el tiempo desapareció el monopolio del cacao, la América Latina continuó hasta fiñes del siglo XIX abasteciendo más del 80 por ciento del consumo mundial, y casi la totalidad de La demanda de los Estados Unidos.

Luego, casi al mismo tiempo que el Asia colonial, en manos de los hábiles manipuladores de Londres, París y Ámsterdam comenzó a matar la industria cauchera latinoamericana, el África, con los mismos administradores, empezó a arrebatarle a este hemisferio el negocio del cacao.

Esta vez fue un natural de la Costa de Oro Africana, que había trabajado en los cacaotales del Brasil, quien se llevó las semillas. Dos años más tarde la Costa de Oro exportó cuarenta kilogramos de cacao. En 1911 su exportación fue de cuarenta millones de kilogramos, y en 1929, de 236 millones.

Al comenzar el siglo veinte la América Latina suministraba todavía la mayor parte del cacao para el consumo de los Estados Unidos; pero para la época en que empezó la Segunda Guerra Mundial ya le bahía cedido su posición dominante a Kenia, Nigeria, la Costa de Oro y al África Ecuatorial y Occidental Francesa.

En 1947 los Estados Unidos importaron cacao por valor de 154 millones de dólares, pero el grueso de esa importación provino de otros continentes.

En este caso, lo mismo que en el del caucho, nada se hizo por mantener este comercio en plano “hemisférico”. ¿Cuál ha sido el resultado? No solamente ha sufrido graves perjuicios la América Latina con la pérdida de la mayor parte del mercado estadounidense, sino que el Tío Sam se encuentra una vez más entre las garras contradictorias de abastecedores cartelizados no americanos. En el caso del caucho fue una combinación euroasiática; en el del cacao, una euroafricana. Hoy día el precio de la almendra de cacao es 800 por ciento más elevado que en 1939; en solo 1947 subió 80 por ciento. Fácil es imaginar lo que esto significa para el consumidor americano, si se tiene en cuenta que las ventas de sólo la industria del chocolate son, en momentos de escribir estas líneas, de 250 millones de dólares anuales, o sea más del doble del nivel de preguerra.

 
Mientras millones morían de paludismo

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos importaban como diez millones de dólares de copra y once millones de aceite de coco por año, de otros continentes, y nada de la América Latina. Importaban quinina por valor de 600.000 dólares –casi toda, igualmente, de productores no americanos.

El caso de la quinina vale la pena estudiarlo, no tanto por el volumen del negocio, como desde el punto de vista de una substancia absolutamente vital.

Todas las docenas de especies de Chinchona (nombre que se le dio por la condesa de Chinchón, esposa del virrey del Perú que la introdujo a España), de cuya corteza se extrae la quinina, fueron originarias de los Añiles. Cuando un padre jesuita, postrado por la fiebre palúdica, fue curado por un indio suramericano, la noticia de esta infusión milagrosa se extendió por el mundo.

La quinina era un monopolio natural de la América Latina, como lo fueron el caucho y el cacao, hasta que una expedición del gobierno holandés trasplantó unos cuantos árboles de chinchona a Java en 1854, y los ingleses llevaron algunos a Ceilán y la India en 1859.

Así desapareció otro negocio interamericano, del cual se apoderó otro monopolio euroasiático.

Una escandalosa situación se reveló cuando la Sociedad de Naciones intervino para asegurar un abastecimiento adecuado de quinina para centenares de miles de personas que morían de paludismo. Se supo entonces que el cartel de la quina, manejado por europeos, había disminuido arbitrariamente la producción un 30 por ciento, aumentando al mismo tiempo los precios otro 30 por ciento.

Hoy día la inestable Indonesia abastece como el 99 por ciento del consumo mundial; a ella le compran los Estados Unidos el 99 por ciento de la quina que importan, mientras que a la América Latina le compran menos de dos décimos por ciento.

Ya habrá echado de ver el lector que constituye una trágica equivocación la negligencia con que el Nuevo Mundo ha mirado sus propios intereses fundamentales.

Situación increíble sería ésta si aún el mundo estuviese en paz; pero con el mundo como está, en el trance doloroso de una Guerra Fría que bien puede convertirse en verdadera batalla de supervivencia, esta oposición miope y terca a realizar una integración completa de la economía regional americana puede significar el desastre para todos los pueblos americanos.

No es ésta una cuestión unilateral sino mutua, en que está en juego el bienestar futuro de todas las repúblicas americanas. Por desgracia las perspectivas no mejoran, sino que, antes bien, muestran síntomas de mayor empeoramiento todavía.

Vienen en seguida otros productos como el algodón, el azúcar, el café, el quebracho, el sisal, los aceites vegetales, la carne, el maíz, el trigo, las pieles y cueros, y minerales importantes tales como el cobre, el mineral de hierro, el estaño y el manganeso. Algunos de estos productos pueden correr la misma suerte del caucho, el cacao y las quinas latinoamericanas, y caer en poder de carteles no americanos capaces de imponer precios y limitar la oferta. Otros sufrirán grave perjuicio por la pérdida de mercados que debieran ser recíprocos y p preferenciales, como lo demuestra el raciocinio más elemental.

 
Economía de “dejarlos hacer”

Por lo que hace a los metales, el caso del estaño estratégico que, como el cacao, se usaba como moneda en este continente cuando llegó Colón, parece estar envuelto en densa neblina de finanzas internacionales.

Además, encontramos aquí también los tres factores del fracaso del caucho, el cacao y las quinas; (a) trabajo de esclavos oriental o africanos; (b) experta manipulación financiera y política europea; (c) una actitud de “dejarlos hacer” por parte de las naciones americanas.

En el año de 1939 llegaron a los Estados Unidos 500 toneladas de estaño latinoamericano que valían menos de medio millón de dólares, en momentos en que este país compraba 70.000.000 de dólares de mineral refinado. El resto provenía de fuentes euroasiáticas; pero, cosa curiosa, más de 20.000 toneladas de estaño boliviano estaban incluidas entre el producto euroasiático, y llegaban a los Estados Unidos por una vía indirecta después de haber sido refinadas (y de dejar las correspondientes ganancias) en Inglaterra.

¿Por qué ha de existir situación tan absurda y malsana? ¿No ha vivido el Nuevo Mundo lo suficiente para adquirir cordura? ¿Por qué no ha de poder el Tío Sam comprar el estaño en este continente, que es el suyo propio, y refinarlo en su propio país? Quizá se encontraría la respuesta si profundizáramos en la historia de las finanzas internacionales, de los carteles y monopolios, reino fantástico que parece mantenerse alejado del bienestar general ele la humanidad.

He aquí un brevísimo compendio del estaño:

Había habido algún “pactos de caballeros” con anterioridad, pero el primer cartel de verdad apareció al comenzar la década de 1930.

Para 1935 habían ingresado en él una docena de barones del estaño, que representaban como el 97 por ciento de la producción mundial. De esta manera podían subir simultáneamente los precios y reducir la producción en las barbas de los compradores indefensos. Habiendo probado los beneficios, renovaron su “convenio” dos años más tarde.

Gracias a estas operaciones “comerciales” el precio del estaño subió 50 por ciento y la producción fue restringida en una tercera parte. Así se hizo el estaño precioso, escaso y caro hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial, cuando se convirtió en vital material estratégico.

Los mayores consumidores este estaño cartelizado, principalmente euroasiático (y desde luego, las principales víctimas) son los Estados Unidos.

 
Buen vecino, pero mejor consumidor

Para poner fin a esta malsana situación se creó en 1940 la Comisión Interamericana de Fomento, como resultado de la actuación del Comité Consultivo Financiero y Económico Interamericano de Washington.

El que esto escribe fue autor de la proposición por la cual se creó la Comisión, Fue en el preámbulo de esa proposición donde por primera vez apareció en un documento oficial de las 21 repúblicas americanas la expresión “integración económica del Hemisferio Occidental”.

Nos preocupaba ante todo (a) el serio desangre de la economía latinoamericana como resultado de su intercambio desfavorable con los Estados Unidos y (b) la peligrosa dependencia de los Estados Unidos de fuentes extracontinentales para proveerse de vítales materiales estratégicos. Pero el plan tenía como meta final un reajuste general de las economías continentales a fin de hacerlas complementarias y, si fuere necesario, capaces de bastarse a sí mismas.

Se nos dijo entonces que en general la America Latina tenía una balanza comercial favorable con los Estados Unidos, y que el promedio de esa balanza en los últimos 16 años había sido de 120 millones de dólares.

Empero, el cuadro que pintaban estas cifras sencillas era engañoso. En realidad, la balanza favorable a la América Latina había venido disminuyendo durante ese lapso, y por otra parte los rendimientos anuales de las inversiones norteamericanas en Iberoamérica no solo contrapesaban esa supuesta balanza favorable, sino que arrojaban un Inerte saldo neto anual al haber de los Estados Unidos.

Las cosas iban de mal en peor para la América Latina a medida que nuestros países se hacían clientes cada vez mejores del gran vecino del norte. En los tres años de 1935-38 los Estados Unidos compraron a la América Latina sólo 83 millones más de lo que le vendieron. Peto en ese misino período las inversiones estadounidenses ni Latinoamérica produjeron rendimientos totales de 567 millones de dólares, suma a la cual hay que agregar otros 1 10 millones de dólares por concepto de redención de bonos, pagos de intereses y operaciones de fondos de amortización. Por consiguiente, durante los tres años inmediatamente anteriores a la guerra la América Latina tuvo una balanza de pagos desfavorable de 677 millones de dólares en sus transacciones, visibles e invisibles, con los Estados Unidos.

Luego, en 1938, hasta la balanza comercial visible, o sea el simple intercambio de mercancías, se hizo también favorable para los Estados Unidos y continuó aumentando en 1939, 1940 y 1911. (En 1947 la balanza desfavorable para el buen vecino, América Latina, ascendió a un total de 1800 millones de dólares para ese solo año).

Tales eran las circunstancias vigentes cuando, hace casi una década, el Comité Consultivo Financiero y Económico Interamericano aprobó el plan aludido, y declaró que no se trataba de que los Estados Unidos hicieran a la América Latina prestamos o le abrieran créditos, los cuales, concedidos “sin coordinar en un solo programa los niveles financieros y comerciales, son simples paliativas que al cabo representan cargas adicionales” para la América Latina.

Esta declaración va al verdadero fondo del problema y lleva a la única conclusión posible: la era de los empréstitos oficiales políticos a la América Latina debe terminar. No ha beneficiado a las repúblicas del sur, y está muy lejos de haber sido útil a las finalidades diplomáticas de los Estados Unidos.

Acertada explicación de este punto es la que ha dado el profesor Spykman, geopolítico de la Universidad de Yale. Afirma que los empréstitos no son el mejor medio de poner en función el poderío económico en el juego de la política internacional. Una vez hecho el préstamo, es poca la colaboración que se obtiene y a menudo mucho el resentimiento. El mercado es la verdadera arma económica, sostiene con mucha razón. Un país puede conceder o quitar su propio mercado a voluntad, y ejercer de ese modo influencia verdadera en la orientación de su política exterior, finalidad que no se logra con los empréstitos. En el caso de la América Latina, pese a cuanto digan los gobiernos que tienen hambre de dólares, la solución está en los mercados; mercados en los Estados Unidos para proteger y estabilizar la producción latinoamericana; mercados en la América Latina para mantener abierta una salida a la producción industrial norteamericana, que pronto puede quedarse sin ninguna otra.

 
La verdadera mano oculta de Pearl Harbor

El plan ideado en 1910 por el Comité Interamericano pedía una colaboración financiera, técnica y comercial –no la simple “explotación de los recursos latinoamericanos por capitalistas ausentes”, sino una verdadera compañía continental.

A menudo me he preguntado si la América Latina necesita realmente inversiones extranjeras del tipo de las que ha obtenido en el pasado. Lo que de veras le hace falta es maquinaria, herramientas, conocimientos técnicos. Capital latinoamericano, lo hay; pero en gran parte se halla congelado o se ha desviado hacia otras partes –a los Estados Unidos, por ejemplo– donde está depositado en los bancos, invertido en bonos y acciones, en propiedades urbanas, en granjas e industrias.

No existen estadísticas sobre la materia, pero por lo que he podido averiguar el monto del capital latinoamericano que pasó a los Estados Unidos en busca de seguridad o de inversiones llega a miles de millones de dólares.

Si algún día se revela la cifra correspondiente, podremos saber también por qué tan enorme acumulación de oro, dólares y divisas extranjeras desaparecieron tan rápidamente de la América Latina apenas terminada la guerra. Quizá sirva para explicar, igualmente, por qué se observan en varios de esos países misteriosas discrepancias entre las cantidades disponibles hoy día de divisas extranjeras, y las que debieran estar disponibles.

Conocedor de la semicentenaria costumbre panamericana de acumular convenios, declaraciones y resoluciones que jamás se llevaron a cabo, el Comité Interamericano de 1940 creó un instrumento a cuyo cargo dejó la responsabilidad de hacer cumplir este nuevo programa: una Comisión Interamericana de Fomento, de carácter central que funciona en Washington, compuesta por tres latinoamericanos y dos estadounidenses, y un comité análogo en cada una de las otras veinte repúblicas, que trabajan en armonía con la comisión central.

Desde luego nunca se llevó a cabo ni se inició siquiera la “integración económica” del hemisferio. La acostumbrada inercia y la mano mortal de la economía antipanamericanista hicieron su obra.

Dos años más tarde ocurrió un Pearl Harbor económico, para demostrar lo catastrófico que es para los Estados Unidos la política de comprar en el Extremo Oriente en lugar de comprar en América Latina. Un economista estadounidense escribió: “Con el ataque a Pearl Harbor desaparecieron en diciembre de 1941 las fuentes de importación de los Estados Unidos en los continentes lejanos: ciento por ciento del cáñamo de Manila, 99 por ciento de la seda, 99 por ciento de las quinas, 99 por ciento del caucho, 90 por ciento del cromo, 87 por ciento del tungsteno, 85 por ciento de la nuca, 80 por ciento del estaño, 60 por ciento de lana, 60 por ciento del cacao, &c.”.

Todos estos productos se habían enumerado específicamente dos años antes en el abortado plan cuyo objeto era hacer de la América Latina una fuente segura de abastecimiento para los Estados Unidos.

Hubo que improvisar en 1942 una movilización apresurada y monstruosamente costosa para obtener estos misinos materiales estratégicos en este hemisferio, ya de fuentes naturales, pero no organizadas, ya por procedimientos sintéticos.

 
Sin mandato de los pueblos

Por increíble que parezca, la tendencia de post guerra en los Estados Unidos es regresar a esa misma situación extraordinariamente endeble de preguerra. Todavía en 1948, el 23 de agosto, Mr. Evan Just, director del Departamento de Materias Primas Estratégicas de los Estados Unidos, celebraba conferencias en Londres con representantes de “La Tesorería Británica, la Oficina Colonial, la Junta de Comercio y el Ministerio de Abastecimientos, ¿sobre la creación de una asociación angloamericana bajo la cual ambas potencias explotarían las materias primas de las colonias británicas?”

Esa misma semana, como si tuviera conocimiento de las negociaciones de Londres, una revista norteamericana bien informada escribía: “La lucha en la lejana Malasia está dando señales de verdadero peligro para los Estados Unidos… Corren riesgo los ricos abastecimientos de estaño, caucho, y otros materiales de importancia estratégica”.

La prensa americana reconoce el peligro, con toda la razón, casi nueve años después de que el Comité Consultivo Financiero y Económico Interamericano había recomendado las medidas necesarias, pero nunca seguidas para evitar tan inminente riesgo, y aproximadamente siete años después que un “Peari Harbor económico” cortó efectivamente la vital línea de comunicación de los Estados Unidos con el Extremo Oriente.

Pocos días después de la publicación en la prensa americana del aludido informe sobre la “asociación angloamericana” miembros del gobierno laborista y de la oposición conservadora llamaron la atención de la Cámara de los Comunes hacia este interés vital de los Estados Unidos, expresando la esperanza de que tal situación de dependencia diera por resultado alguna ayuda norteamericana para la empresa de mantener “orden” en las colonias asiáticas.

El volverse de las fuentes hemisféricas a las coloniales colocó a los Estados Unidos en la posición aparente en que Rusia preferiría verlos: de parte de los imperios europeos y en contra de los movimientos nacionalistas de Oriente. Esto puede explicar por qué, como observaba recientemente un corresponsal americano en aquella región, los movimientos nacionalistas del Asia se están volviendo antiamericanos.

Al tiempo que el Dr. D. R. Rees Williams, subsecretario de las Colonias, confirmaba en la Universidad de Londres (20 de octubre de 1948) que los Estados Unidos habían solicitado “una proporción determinada de la producción colonial durante varios años”. Alexander de Seversky escribía en los Estados Unidos que casi todas esas fuentes de abastecimiento quedarían aisladas en otra guerra, Agregaba que los Estados Unidos deben proceder “inmediatamente” a desarrollar otras nuevas en el Hemisferio Occidental. Hasta un lego en la materia puede ver, decía Seversky, que la América Latina es “la huerta aérea de los Estados Unidos” y la única que puede ser protegida contra la destrucción desde el aire. Llamaba “desperdicio totalmente injustificado de dinero” cualquier inversión en fuentes accesibles a las fuerzas aéreas del Soviet. Añadía que, así como Eurasia puede bastarse a sí misma en la paz y en la guerra, pueden bastarse a sí mismas las Américas. No se trata ya de una cuestión de preferencias, escribía De Seversky: “es un imperativo impuesto por la expansión del poderío aéreo”. Según esta alta autoridad en asuntos de estrategia militar, este problema “constituye un reto a los estrategas y diplomáticos americanos”, y de su solución “puede depender la supervivencia de todo el hemisferio”.

He aquí, pues, una política económica que ha resultado insegura y costosa para los Estados Unidos, y ruinosa para la América Latina; que es un motivo de debilidad para el hemisferio y una amenaza a la “contención” del comunismo en Asia; se alza como una sombra oscura para la seguridad militar estadounidense, y, sin embargo, parece que nada es capaz de detenerla.

De análoga manera, los iberoamericanos acarician nuevamente las posibilidades de vender la mayor parte de sus productos a Europa, o vuelven los ojos a la ilusión ele las soluciones económicas mundiales, esperanza esta última que en el mejor de los casos puede diagnosticarse como caso grave de astigmatismo.

Fatídico en verdad es en el terreno de la política lo que estos acontecimientos implican, si admitimos, como reconocerán todos algún día, que la actual yerma perspectiva de la humanidad deriva de la debilidad económica, política y militar de un Hemisferio Occidental desorganizado.

Por mucho que las apariencias lo contradigan, jamás se vio el Nuevo Mundo en situación tan vulnerable como la actual. Tras la impresionante fachada de riqueza y poderío de los Estados Unidos se esconde una peligrosa fragilidad hemisférica.

Los ejemplos de negligencia hemisférica, tales como los sucintamente anotados en este capítulo, podrían multiplicarse ad infinitum. Testigo de ella es el crecimiento del Universalismo en la política exterior de todos los Estados republicanos de América, a tiempo que el panamericanismo se esfuma y desaparece del cuadro.

Los actos de estas repúblicas demuestran claramente que no se trata de un fenómeno casual sino de una política deliberada, pese a las conferencias, declaraciones, convenios y juegos de artificio del panamericanismo. Dudo que para la ejecución de esa política los veintiún gobiernos tengan mandato de sus pueblos, a quienes no se le ha puesto aún al corriente de esta grotesca y nociva situación.

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 41-57.)


Supervivencia: ¿los más baratos? ¿los más aptos?

De sir Walter Raleigh a sir Stafford Cripps

Para afrontar el reto DE esta nuestra era de los descubrimientos científicos y las realizaciones sin paralelo de la tecnología, nuevas formas de poderío se alzan ante nuestra vista: son los vastos conglomerados económicos, A los cuales el porvenir parece destinado a entregar el nuevo equilibrio de potencias que se hará cargo cíe los asuntos mundiales.

No se necesita tener dotes especiales de profeta para ver cómo se levanta más allá de los océanos una Eurasia económica en torno a Rusia y la Europa oriental, y una euráfrica económica en torno a los Imperios británico y francés.

El 2 de noviembre de 1917, Sir Stafford Cripps proclamó ante la Conferencia de Gobernadores de las Colonias Africanas: “Todo el porvenir del grupo de la esterlina, y su capacidad de supervivencia, dependen de un vasto desarrollo de los recursos coloniales”. El alterado equilibrio entre las zonas del dólar y de la libra esterlina no podía ya restablecerse por el antiguo sistema de exportaciones directas a los países de “moneda dura”. Razones poderosas, basadas en la urgencia de encontrar fuentes propias para aprovisionarse de todo lo necesario, exigían el aumento de la producción de víveres y materias primas de las colonias, a fin de mantener “la vida e industria” de la Gran Bretaña abastecida de aquellos productos que ahora sólo podían obtenerse en la zona del dólar. El grupo de la esterlina elevaría la muralla que ya lo circundaba y se convertiría en una autarquía.

Cuatro días después, la Cámara de los Comunes aprobó en segundo debate el proyecto de ley por el cual se creaba una “Corporación de Fomento Colonial” y una “Corporación de Alimentos de Ultramar”, con capital inicial de G00 millones de dólares, como parte de los mil quinientos millones de dólares destinados por la Gran Bretaña a sus proyectos africanos.{1}

La aludida ley, en que el jefe de la oposición, coronel Oliver Stanley, no encontró nada a que oponerse, sacó a la luz el hecho de que no eran esos sino pasos preliminares, y que puede esperarse que esas corporaciones invadan lodos los campos de la industria y el comercio, en colaboración con otros gobiernos que estimen conveniente a sus intereses afiliarse a esa política.

Como presagio de lo que se ve venir, 500 representantes de los productores norteamericanos de tabaco se congregaron en noviembre de 1947 en el Colegio de Agricultura del estado de Carolina del Norte, y la conclusión a que llegaron fue que la política imperial enunciada por Cripps obligaría a los americanos a reducir sus plantaciones de tabaco en 146.000 hectáreas, es decir, en la tercera parte del total de tierra labrantía destinada en los Estados Unidos a ese cultivo. Al mismo tiempo se nos informa que en la Rodesia del Sur, que es la nueva proveedora de Inglaterra, “el tabaco ha reemplazado al oro como principal artículo de exportación”. Esta política imperial parece encaminada a acabar con el negocio angloamericano de tabaco que había florecido sin interrupción desde que John Rolle, el marido de Pocahontas, envió tabaco por primera vez a Europa y sir Walter Raleigh inició la moda de fumar.

Entre tanto, los agricultores norteamericanos casi no se dan cuenta del profundo significado que entraña este acontecimiento revolucionario, pues el tabaco que Europa se niega a comprar lo está adquiriendo el gobierno de los Estados Unidos para enviarlo a Europa por cuenta del Plan Marshall. Basándose en los primeros proyectos del Programa de Recuperación Europea, la revista United States News and Wold Report calculó que Inglaterra recibiría unos 200 millones de binas de tabaco norteamericano por valor de 120 millones de dólares; sir Stafford Cripps las pasaría por su eficiente ley de impuestos y extraería al contribuyente británico 2500 millones de dólares.

Estas políticas coloniales no son del todo nuevas, pero los planes de gobiernos anteriores parecen enanos ante la magnitud y audacia de los que presentó el gabinete de Attlee. El Estado empezó a reemplazar a los intereses privados en las colonias cuando se aprobó la Ley de Fomento Colonial en 1929, por la cual se destinaron millones a sus objetivos. La ley de 1940 destinó más millones para “Planes de Diez Años”. El Acta de 1945 añadió 270 millones de libras para más “Planes de Diez Años”. Hoy día hay diecisiete “Planes de Diez Años” británicos que se desarrollan en las colonias, principalmente en el África con un costo que sube a miles de millones de dólares.

En Francia los planes de expansión económica de las colonias están a cargo nada menos que de un Comisario, el economista máximo Jean Monnet. Una publicación de la Presidencia del Consejo inserta el informe de Monnet que fue preparado por 25 comisiones de expertos y aprobado por el Consejo de ministros y no necesita para ser aplicado autorización legislativa, el Gobierno la tiene en virtud de las facultades que le dio el Parlamento para usar el Plan Marshall a fin de equilibrar la ba lanza de pagos.

El informe de este “Comisariato General del Plan de Modernización y Equipamiento” comprende lo que se ha realizado desde 1947 y lo que se va a llevar a cabo hasta 1952 en que se supone que cesará el Plan Marshall y la balanza estará equilibrada.

Monnet estima en 200.000 millones de trancos la ayuda exterior (Marshall) que Francia recibe en 1949 y propone que, sea cual fuere esa suma en los años siguientes, deben seguirse destinando 150.000 millones al año para ayuda e inversiones en los territorios de ultramar.

De acuerdo con este informe oficial Francia invertirá en el África del Norte (1949-1952) 210.000 millones de francos y en el resto de las colonias africanas 211.900 millones, o sea que el África francesa, con un costo de 421.900 millones de francos, será equipada en 4 años para doblar y a veces decuplicar sus actuales renglones de producción entre los cuales se cuentan por cierto muchos que van a competir con los de la América Latina, corno algodón, sisal, aceites y grasas vegetales, fertilizantes, estaño, hierro, trigo, maíz, azúcar, calé, plátanos.

Se ha dicho que lo que está ocurriendo en África no tiene sentido de “bloque continental”. No lo tendrá en África, pero sí lo tiene en Londres y en París que son dueños de más de dos tercios del territorio de África con más de dos tercios de su población y que, con Bélgica y Portugal, controlan acaso nueve décimos de esta fantástica nueva economía africana.

Por lo demás, un despacho de la Agencia Reuter fechado en París el 11 de febrero de 1948 dice que Sir Staford Cripps, de visita allí, declaró a la prensa francesa: “Francia y Gran Bretaña están en contacto permanente para la realización del Bloque Económico Euroafricano que sería un elemento de equilibrio entre los Estados Unidos y Rusia”. El tercer mundo…

 
Vulnerabilidad de la América latina

Lo que debe interesar a la América es el efecto monumental que inevitablemente tiene todo esto sobre la política mundial. Para la América Latina, especialmente, representa un peligro de tules dimensiones que amenaza la existencia misma de su actual orden económico, con repercusiones políticas imposibles de predecir. Sin alguna garantía de preferencia panamericana, toda la economía de la América Latina es desesperadamente vulnerable ante el nuevo peligro.

Ya como está, la economía latinoamericana es desequilibrada puesto que depende de no más de doce productos básicos, de los cuales once están amenazados por el peligro de la nueva economía Euroafricana Colonial, planificada y dirigida por el Estado.

Todo lo que exporta América Latina, excepción hecha del petróleo, o se está produciendo ya o se va a producir en el África. Las analogías de recursos fie los dos continentes, en cuanto a clima, geografía y posibilidades económicas, son sorprendentes. Pero en la competencia a muerte que se va a presentar entre los dos por los mercados mundiales, las probabilidades están claramente en contra de la América Latina. La diferencia que existe en niveles de civilización y el control sobre la producción que pueden ejercer los imperios europeos, son en sí suficientes garantías de la derrota del continente occidental.

Los países latinoamericanos, aunque están muy lejos de hallarse completamente industrializados, han seguido el camino del rico y libre vecino industrial en sus relaciones sociales: sindicatos obreros, seguridad social, legislación del trabajo, costosos servicios sociales y de sanidad, e impuestos.

Por contraste, las más de esas condiciones sociales seguirán durante largo tiempo brillando por su ausencia en las regiones del Continente Negro que serán afectadas por los nuevos acontecimientos.

“Dentro de la Comunidad Británica tenemos trabajadores negros africanos –escribió George Bernard Shaw, y parece que no en broma– a quienes los colonizadores sonrosados exigen gratitud por una choza, un trozo de huerta, el privilegio de ser súbditos británicos, instrucción cristiana por los misioneros, y ocho chelines mensuales de dinero en el bolsillo”.

Por contraste, también, los latinoamericanos han adquirido mayor conciencia de sus derechos sociales, a medida que el poder pasa de manos de las pequeñas oligarquías a las del pueblo. Quieren una sociedad real y equitativa con el capital extranjero.

Ninguna de tales trabas a la utilización libre y provechosa del capital se encuentran en el África. Los 180 millones de habitantes de 37 nacionalidades distintas que nutre el África en sus 28 millones de kilómetros cuadrados, son todavía en gran parte peones sin instrucción. En algunos casos el retrato a litografiado de un rey europeo basta para obtener la colaboración de los bantús, los zulús, los hotentotes, los hereros, mashonas, matabeles, masai, y sus incontables caciques, de los cuales hay 6.000 oficialmente reconocidos en solo el Congo Belga. Los impuestos, que pesan durante sobre el productor latinoamericano, permanecen aún en la etapa no dolorosa en África, donde el productor, lejos de verse estorbado por tales preocupaciones, recibe subsidios que son instrumentos de la política estatal.

Lo que da a la competencia entre África y América un carácter particularmente fatídico es que el hombre blanco ya no está simplemente rasguñando la superficie de los recursos naturales africanos mediante el libre juego de la competencia de capitales. Ahora es un negocio de los gobiernos, un asunto “imperial” que envuelve el re* nacimiento de Europa. El doctor Charles Moraze, profesor de historia en la Sorban a, declaró hace un tiempo: “La civilización necesita al África ahora”. Recordó a su auditorio que fue la “esclavitud africana” la que dio origen a la gran prosperidad capitalista de Europa en los siglos XVI y XVII.

El actual retorno del hombre blanco al África es muy distinto; es una empresa aerodinámica estilo siglo veinte. Tractores y bulldozers han estado descuajando la selva en escala gigantesca durante los últimos años. Se están desarrollando planes de “Cinco Años” y de “Diez Años”, perfumados de marxismo, lo mismo que empresas estatales de gran alcance, casi todas las cuales tienen por objeto hacer de la economía africana casi un duplicado exacto de la latinoamericana.

Esta es la empresa que el Times de Londres llamó “el plan más atrevido y completo que jamás se haya lanzado para el desarrollo de territorios atrasados”.

 
Trigo, carne y textiles

Por impresionante que parezca, este proyecto no es sino pequeña parte del plan de Desarrollo Colonial, que vale muchos miles de millones de libras y al cual se ha dedicado Europa durante los dos últimos años. Poco después de anunciado oficialmente el plan británico, fuentes bien informadas de Londres insinuaron que su intención era poner a la Gran Bretaña en posición de bastarse a sí misma en materias primas y víveres, “inclusive trigo y ganado, de suerte que Gran Bretaña no tenga que depender tanto de la Argentina y otros países americanos para obtener alimentos”.

Para ayudar en la realización de esta finalidad, se ha dado comienzo a una serie de proyectos de desarrollo hidroeléctrico e irrigación, que permitirán aprovechar lo que hoy son desiertos y selvas. Uno de ellos, elogiado como “obra maestra de ingeniería”, es la Represa de Sennor, en el Sudán, que ya ha sido terminada bajo el Sindicato de Plantaciones del Sudán* Con esa sola represa se ha ganado cuatrocientas mil hectáreas para siembra de algodón y trigo.

Ya han comenzado los trabajos de construcción de la colosal instalación de energía eléctrica de Uganda, que producirá el equivalente de dos terceras partes de la electricidad que consumen las islas británicas. Se espera que más adelante las Cataratas del Lago Victoria suministrarán a Uganda, Kenia y Tanga nica veintidós millones de kilovatios por horas por año. La producción total de energía eléctrica en la Gran Bretaña es de treinta y ocho mil millones.{2}

África dispone del 37,4% del potencial hidroeléctrico de la tierra con unos 190.000.000 de caballos de fuerza de los cuales hasta ahora solo se han desarrollado 150.000. La arremetida anglo-francesa para hacer del continente negro el gran emporio del mundo están acelerando el proceso de utilización de esa energía y regadío con celeridad y en magnitud jamás conocida en otros continentes.

Dentro de pocos años estará terminada la inmensa represa del Río Volta en la Costa de Oro en que Inglaterra está invirtiendo 20 millones de libras y que pondrá en cultivo enormes extensiones facilitando al mismo tiempo la explotación de bauxita y fabricación de aluminio.

La represa del Ni lo Blanco contendrá la más grande cantidad de agua que jamás se ha almacenado, 200 mil millones de metros cúbicos.

En la Nigeria francesa y los Camerones, antes colonias alemanas, se trabaja ya en obras igualmente gigantescas.

La del río Zambeza producirá más energía que la maravilla norteamericana del Valle del Tennessee conocida universalmente como T. V. A.

La represa de Sasanding regará un millón de hectáreas creando acaso la más grande cuenca algodonera del mundo.

En el gran lago del Congo Belga se trabaja en una planta hidroeléctrica capaz de producir lo que un ingeniero belga estima una energía eléctrica mayor que la de que disponen hoy día Rusia, Estados Unidos y toda Europa juntas.

La cuenca del Río Congo con sus 3,700.000 kilómetros cuadrados es la tercera del mundo en extensión después de las del Mississippi y el Amazonas.

Y la administración del Plan Marshall ha destinado 3.099.793 dólares para los que se llaman “trabajos preparatorios” de regadío en una enorme zona muerta del desierto del Sáhara.

Ya antes de la guerra ultima África producía unos 5 millones de toneladas de trigo, pero eso era en zonas no muy extensas de Argelia, Tunisia, Libia; ahora el cultivo se ha extendido a no menos de 12 de los 40 estados, colonias o dominios de África.

La producción africana de maíz pasó los 5 millones de toneladas también en 1939, casi toda en África Occidental, Rodesia del Sur, Argelia, Basutolandia, la Unión Sudafricana, Suazilandia, Tunisia; ahora casi no hay región del continente que no haya emprendido este cultivo.

La consigna es “dar pan a la Europa hambrienta” y dárselo pronto; pasando de un salto de la economía primitiva a la economía motorizada, se espera realizar en muy pocos años el objetivo de hacer a la Europa enteramente independiente del trigo, maíz, avena y todo cereal proveniente del otro hemisferio.

Las posibilidades del África para el cultivo del trigo y otros cereales son ilimitadas. El “rey del trigo”, Thomas Campbell, del estado de Montana en los Estados Unidos, calcula que la actual producción de 25 millones de hectolitros de trigo del África Septentrional se puede triplicar con sólo aplicar la técnica agrícola moderna. Con sus posibilidades adicionales y no desarrolladas todavía, de cultivar cereales, el Continente Negro podría convertirse en granero principal del mundo, y con sus bajos costos de producción, bien puede alterar el actual concepto del mercado mundial.

La aparición de estos proyectos agrícolas dirigidos por el estado es, en cierto modo, una repetición de la historia antigua, pues el África fue en un tiempo granero de Grecia y en la era de Roma suministró a ese estado imperial los aceites y trigo baratos que acarrearon la ruina de la agricultura romana, mientras el pueblo disfrutaba gozoso y confiado de más “pan y circos” y Horacio dedicaba una oda a “la fertilidad del África”

De este modo el trigo argentino que (junto con la carne, la linaza, el maíz, la lana y los cueros) representa el 83 por ciento de las exportaciones del país, está en peligro.

Aun el quebracho, que hasta ahora había sido una próspera industria de monopolio de la Argentina, está amenazado por la “corteza de acacia” africana.

 
Caucho, azúcar y “cincuenta alimentos”

El caucho también se está produciendo ahora en el África para complemento del de las plantaciones asiáticas dominadas por los europeos. Las débiles esperanzas que abrigó la América Latina durante la guerra, de revivir su industria cauchera, se ven ahora ante una producción de caucho africano que casi se ha triplicado en unos pocos años. El caucho se está explotando en cantidades crecientes en Nigeria, Uganda, Tanganica, Nyasalandia y el Congo Belga, Nigeria sola produce casi seis veces lo que producía hace siete años: 23.551.439 libras en 1945, contra 4.603.221 libras en 1941.

En el África Central y Oriental y en el Congo Belga la producción de caucho se ha desarrollado a paso tan acelerado en los últimos años, que en 1944 estuvieron en situación de suministrar al África del Sur treinta y dos millones de libras de caucho.

El negocio del azúcar de los países del Caribe, que era casi un monopolio y que ellos creían tener firmemente en sus manos, comenzó a tambalear cuando Durban, Sudáfrica, empezó antes de la guerra a exportar azúcar por valor de más de cinco millones de dólares anuales. Hoy día el Congo Belga, cuatro veces más grande que Texas, exporta también azúcar, lo mismo que caucho, algodón y cobre.

Ya en 1939 África estaba produciendo 1.240.000 toneladas de azúcar de caña sobre una producción mundial de 17.300.000. Entonces Oceanía producía otro tanto, Asia 6 veces más y América 8.

Un experto azucarero europeo nos dice que Europa está resuelta a proveerse de azúcar exclusivamente de África y pronto, y agrega que “el cultivo es muy propicio en todas las zonas húmedas”, es decir, más de la mitad de los 29 millones de kilómetros cuadrados del continente. Sospecha este autor que las potencias europeas estaban “limitando arbitrariamente la producción de azúcar en África” con el fin de favorecer a sus dominios mejor desarrollados en Asia. Ahora que el Asia se pierde van a concentrar todo su esfuerzo en África.

Aún antes de que cristalizara en los últimos años la era Euroafricana, el incremento de producción fue grande; en Sudáfrica de 82.000 toneladas en 1910, 474.000 en 1940; en Madagascar que dobló su producción en los 9 años anteriores a la guerra, en Mauricio que pasó en los 13 años anteriores a la guerra de 110 mil toneladas a 340,000 y así en Mozambique, en Angola, en Uganda, en Egipto, en Kenia, en el Congo y varias otras zonas.

El África Occidental se está convirtiendo en una huerta de lujo, en escala jamás antes soñada, no sólo por la producción de azúcar, sino también de café, bananos, maíz, trigo, caucho, arroz, olivas, papas y muchos otros productos. Los planes son tan vastos y trascendentales que un corresponsal del Daily Mail de Londres podía informar de allá: “El África Occidental ha dejado de ser la tumba del hombre blanco. África es hoy día la esperanza de las dueñas de casa (británicas). Ya está en camino maquinaria agrícola de todas partes del mundo”, inclusive los Estados Unidos.

Una vez que la fértil huerta africana empiece a florecer con pujanza tropical y el azúcar africano comience a inundar los mercados mundiales, como ya lo hizo en los siglos trece y catorce, es lícito preguntarse qué reservará el porvenir para las economías de países como Cuba y la República Dominicana, para las cuales el azúcar representa el 79 y el 69 por ciento de sus exportaciones, respectivamente. Ya la cosecha sin precedentes que obtuvo Cuba este año ha tenido que enfrentarse al hecho de una demanda extranjera seriamente disminuida.

Los productos mencionados forman solo una parte de “los cincuenta alimentos distintos” y materias primas que Gran Bretaña y Francia se esfuerzan vigorosamente por cultivar en el África.

 
Café, algodón, bananos y cacao

La siembra de calé como articulo comercial se inició en África por primera vez poco después de la Primera Guerra Mundial. El año pasado los Estados Unidos compraron a los productores africanos unos 300.000 sacos de café. Por el momento el dato puede parecer sin importancia, sí se compara con los 15.000.000 de sacos que compraron a la América Latina, pero con criterio realista se puede considerar como la sombra anticipada de acontecimientos que se aproximan. Iguales comienzos tuvo hace pocas décadas la ruina del caucho, de las quinas y del cacao latinoamericanos.

La producción mundial de café aumentó en lo que había corrido de este siglo hasta antes de la guerra de 1.000,000 toneladas a 2.200.000; la de África aumentó en el mismo período de 16.000 a 158.000. Durante más del medio siglo anterior, la producción se mantuvo estacionaria en unas 10.000 toneladas por año. Sólo en los últimos años se salió del período de ensayo para entrar al de Ja exportación.

En 1939 Europa compró del exterior 760.000 toneladas de las cuales 160.000 fueron de África. Indigna a un tratadista europeo esto de que se compraran “600 mil toneladas en el otro hemisferio”. Lo considera una afrenta que desaparecerá muy pronto.

Comenta como una paradoja culpable el hecho de que Europa pudiendo abastecer con holgura sus necesidades con el rendimiento posible de África estuviere entregada por entero al depauperador régimen de comprar en otro hemisferio aquello que sin esfuerzo se le brindaba en el ámbito peculiar de su influencia geopolítica.

Las cifras de aumento de producción aun antes de la guerra son impresionantes, Angola pasa de las 60,000 toneladas para quintuplicar su producción en 20 años; Uganda la decuplica y el ritmo es parecido en Madagascar, Guinea, Costa de Marfil, Congo Belga, los dos Camerones, Kenia Tanganica, África Occidental Inglesa, Sierra Leona, Nyassalandia, África Ecuatorial francesa, Somalia, Eritrea, Liberia y el mandato de Ruanda-Urandi. En todas esas zonas se desarrollan en estos momentos los “planes de urgencia” para poner fin en pocos años a toda importación de café del otro hemisferio, es decir de América Latina. Una vez que Euráfrica se baste a sí misma comenzará la exportación en grande a otros continentes.

Si se ven obligadas a competir con los cafés baratos del África en los mercados mundiales, las economías de catorce naciones latinoamericanas recibirán en época no lejana un rudo golpe, puesto que tienen como base fundamental ese producto. El café representa el 90 por ciento de las exportaciones de El Salvador; 70 por ciento de las de Guatemala; 60 por ciento de las de Haití; 58 por ciento de las de Colombia y 45 por ciento de las del Brasil.

Nuevas fuentes de cacao se están desarrollando también en el África Oriental. El cacao de la Costa de Oro ya ha conquistado lugar en los mercados del mundo.

El cacao es casi la única industria de exportación del pequeño Ecuador, y la economía del país sufrirá gravemente cuando ocurra la invasión del cacao africano. No asegura nada grato para el porvenir del productor independiente en la América Latina ni del consumidor norteamericano, el hecho de que, además de los mil quinientos millones de dólares que ha destinado el gobierno británico para empresas agrícolas en el África, los intereses privados invertirán 148 millones de dólares, principalmente en cacao. “Y el cacao africano –advierte la revista londinense New Stateman and Nation– va a ser comprado, embarcado y vendido bajo el control de una junta directiva gubernamental”. Como se ve, se ha anunciado que el fuerte cartel será robustecido más aún con la intervención directa del poder del Estado.

África aporta ya más del 66 por ciento de la producción mundial de cacao. Zonas tan prometedoras como el Congo, Sierra Leona, Guinea, África Central y parte del África Occidental recién empiezan a producir, África domina ya el mercado proveedor del mundo.

No es más tranquilizadora la situación existente en el negocio del banano, que representa el 80 por ciento de las exportaciones de Panamá y el 82 por ciento de las de Honduras. Hasta hace poco las bananeras fueron una de las principales fuentes de ingresos de Colombia; y en los países centroamericanos el banano sigue siendo muy importante artículo de exportación.

En Nigeria, la Corporación de Fomento del Camerún está ya cultivando bananos para la exportación, y proyecta aumentar indefinidamente la extensión de tierra destinada a este cultivo. También se proyecta una inmensa expansión de las plantaciones del África Occidental.

El caso del África Occidental Francesa revela el incremento que lleva este nuevo cultivo, ha más que decuplicado su producción en 8 años y lo mismo está ocurriendo en Madagascar y inedia docena de otras zonas continentales africanas. La producción africana de 255 mil toneladas antes de la guerra (la mundial era 2 millones 523.000) es solo indicio de las tremendas posibilidades, ahora que Europa está resuelta a proveerse sólo de África y que plátanos de África están apareciendo nada menos que en los mercados de América también.

Animadas por la expectativa de mayores ganancias, varias empresas extranjeras, inclusive algunas poderosas compañías norteamericanas que ya están dedicadas a la producción de bananos en la América Latina están explorando las posibilidades del África o están sembrando ya en ese continente.

El algodón, importante renglón de exportación de los Estados Unidos y que para el Brasil y el Perú ocupa el segundo lugar en importancia entre las suyas, se está cultivando extensamente en el África. Uganda sola levantó su producción de algodón de 207.000 pacas en 1931 a 940.000 en 1946.

El algodón ahora es uno de los principales productos de exportación de varios territorios africanos y representa el 82 por ciento de las de Egipto.

El África se está beneficiando grandemente de la costosa política puesta en vigor por el gobierno de los Estados Unidos con el fin de sostener y estabilizar los precios del algodón a niveles que permitan al agricultor norteamericano mantener un nivel de vida razonable. Pero lo que va a suceder de aquí en adelante es lo que nadie sabe. Sin embargo, no es aventurado suponer que el algodón africano empezará pronto a invadir los mercados mundiales. Tales mercados, en los cuales los Estados Unidos podían en un tiempo (1928) colocar once millones de pacas por año y donde ahora sólo venden tres millones, bien pueden perderse por completo para ese país.

Cuando sobrevino la última guerra, África estaba suministrando 588.000 toneladas de algodón sobre una producción mundial de 6.190.000. Europa consumía entonces 1.820.000 toneladas; el plan euroafricano está calculado para que en muy pocos años Europa cese de comprar algodón en el otro hemisferio.

Se produce actualmente (aparte de Egipto y Uganda) en Sudán Anglo-egipcio, Sudán francés, Togo, Nigeria, Guinea, Kenia, Tanganica, Angola, Congo Belga, Ruanda Urandi, África Ecuatorial Francesa, África Occidental Francesa, Gambia, Somalia, Unión Sud Africana y Nyassalandia.

“Nada justifica”, dice un economista, que Europa siga comprando algodón fuera de Euráfrica; “bastará un pequeño esfuerzo sobre las bases ya establecidas”, para que África pase al primer lugar entre todos los continentes en la producción y exportación de algodón a precios bajos y remunerativos.

 
Minerales y ganado

El África está aumentando rápidamente su producción de manganeso, estaño, cobre y mineral de hierro. Rodesia ha seguido al Congo Belga en una producción barata y abundante de cobre. En efecto, el África suministra ya un 33 por ciento de la demanda mundial de este artículo.

Es lícito suponer que la minería de estos importantes materiales ocupa puestos de preferencia en los planes que tienen para el África los europeos. En el África del noroeste la producción actual de mineral de hierro se calcula en cerca de tres millones de toneladas métricas por año. Argel, donde la minería de hierro no comenzó hasta 1924, produjo 1.100.000 toneladas métricas en 1939.

El desarrollo de la minería africana seguramente va a afectar el estaño y el cobre de Bolivia y Chile, que representan el 71 y el 48 por ciento de sus exportaciones, respectivamente, y puede poner en peligro la explotación de las inmensas reservas de mineral de hierro de Chile, Brasil, Venezuela y Colombia.

La producción de hierro sube ya de 5 millones de toneladas al año, la de cobre sube de 400.000 y es casi un cuarto de la producción mundial, la de manganeso es alrededor de 500.000, con la misma proporción, la de estaño 26.000.

Se dijo un tiempo que la brecha más grave en la economía africana era que no había carbón. Se han descubierto en los últimos años inmensos depósitos y la producción antes de la guerra llegaba ya a 20 millones de toneladas anuales.

Lo mismo se dijo del petróleo. Con todo, África se acerca al millón de toneladas de producción anual y capitales americanos acaban de entrar en exploraciones petroleras en grande escala en las colonias francesas del norte.

Se empiezan a explotar los depósitos de zinc, tungsteno, vanadio, níquel, plomo, amianto y cromo y no hay para qué recordar que África produce el 96% del radio, casi igual porcentaje del uranio, el 98% de los diamantes y el 51% del oro del mundo.

El problema de la ganadería africana también nos interesa sobremanera. Es la ganadería una de las principales industrias de la Argentina y el Uruguay. La carne, jumo con la lana y las pieles, representa el 80 por ciento de las exportaciones de estos países.

La cría de ganado y la vida pastoral han sido de proverbial importancia para los africanos, quienes miden la riqueza de un individuo por el número de cabezas de ganado que posee.

Aunque en la actualidad se están sacrificando reses africanas en gran escala para alimentar a las poblaciones de Europa, tan escasas de carne, merece tenerse en cuenta que la cría se ha iniciado en gigantescas dehesas controladas por el Estado.

Con el descubrimiento por la Imperial Chemical Industries de la antricida que inmuniza a hombres y ganados contra la enfermedad del sueño causado por la mosca tsé-tsé, se ha puesto el tablado para una formidable competencia con uno de los más prósperos rubros de producción latinoamericana, la de carnes. En verdad eso fue lo único que hasta ahora impidió que África produjera en grande escala. “Ahora Perón tendrá que bajar sus precios” comentó regocijado el “Star” de Londres a propósito de este descubrimiento.

Más sobrios, los economistas y políticos se contentan con tener ahora la certidumbre de que en pocos años la producción africana de carnes unida a la de los dominios británicos, harán innecesaria toda importación de carnes del otro hemisferio. Ya África puede suministrar 2/3 de la importación europea, no costará mucho producir el otro tercio y salir a competir en los mercados de fuera de Euráfrica.

En cultivos vegetales grasos, palmistes y aráquidas, productores de aceites para jabón, margarina y tantos otros usos mundiales, África estará pronto a la cabeza de todos los continentes. Antes de la guerra producía 1.400,000 toneladas de cacahuetes sobre una producción mundial de poco más de 5 millones. Asía producía entonces 3.620.00 toneladas, América 704,000. Inglaterra y Francia han acometido esta producción en los últimos años en escala gigantesca. El fracaso del famoso proyecto inglés en Tanganica es sólo temporal.

En los años anteriores a la guerra las exportaciones africanas de aceite de palma subieron de 0 a 220.000 toneladas o sea alcanzaron a más del 40% de la exportación mundial La producción de nuez de palma siguió igual trayectoria para llegar a 638.000 toneladas antes de la guerra. En esa época América casi no producía aceite de palma y sólo 30.000 toneladas de nuez; Asia 273.000 de aceite y 57.000 de nuez. Es de notar que toda esta producción que va ha colocado a África a la cabeza de todos los continentes, es de plantaciones, es decir un cultivo introducido en África y revelador de las posibilidades del suelo y clima en esta clase de productos que requieren muy parecidos requisitos de clima y suelo que el azúcar, café, plátanos, etc.

Si Europa necesita arroz, lo importará también de África, que ya antes de la guerra estaba produciendo 2 millones de toneladas y ahora ha acometido el cultivo en enorme escala especialmente en Madagascar, Cambia, Sierra Leona, Nigeria y casi todas las posesiones continentales de Francia. Si maderas, abundan en África que tiene el más alto porcentaje boscoso entre los continentes; en el Congo llega hasta 50% del territorio. De ahí derivará Francia además su naciente industria africana de pulpa y papel que tiene lugar preferente en el Plan Monnet.

En cuanto a tabaco, sólo Rodesia que suministraba el 5% del consumo de Inglaterra antes de la guerra, suministra ahora el 15% y va camino del 25% hacia 1952. Un portavoz oficial inglés expresó hace poco, comentando el incremento del cultivo del tabaco en toda África, que no estaba ya lejano el día en que Inglaterra compraría todo su tabaco en el área esterlina.

Debe también hacerse notar que la explotación de los recursos naturales africanos bajo una dirección de carácter socialista, tiene que afectar las economías de otras regiones del globo. No sólo afecta a la empresa privada latinoamericana y norteamericana, sino también a los intereses capitalistas europeos.

Cuando el gobierno de Sudáfrica anunció su plan para crear una industria textil que ocuparía a los naturales en sus propias reservas territoriales, los fabricantes europeos de tejidos y sus obreros pusieron el grito en el cielo.

“La nueva empresa podrá pagar jornales más bajos que los que paga la industria privada”, fue la declaración más suave, hecha por el presidente de la Asociación Nacional de Fabricantes de Textiles.

 
Colonialismo, “lazo de unión”

Pasó ya la época en que las potencias europeas llegaban al borde de la guerra en la contienda colonial por el África.

No hace mucho, el secretario colonial, Mr. Creech-Jones, podía anunciar ante la Cámara de los Comunes que uno de los cambios más significativos del mundo moderno consiste en que las colonias, que antes eran manzana de la discordia entre las grandes potencias, son ahora un “lazo de unión”.

Mr. Creech-Jones es uno de los hombres más poderosos del mundo, pese a su modestia. Su autoridad personal, casi ilimitada, prácticamente no encuentra quien la contraríe en territorio colonial más grande que el de los Estados Unidos: 9.995.000 kilómetros cuadrados, con una población de unos 80 millones de habitantes.

El 2 de noviembre de 1917, el mismo día en que Sir Stafford Cripps pintaba el futuro papel del África, el Comité Anglo-francés para la coordinación del desarrollo económico de las colonias, se reunía en París con el fin de crear la “Combinación Imperial Comercial”, cuyas bases se habían echado un año ames en otra conferencia celebrada en Dakar.

Para servir las mismas finalidades, el Banco Francés de Comercio e Industria de Londres se transformó en Anglo-francés para el Comercio Inter-Colonial. Le ver y Unilever Brothers, empresas internacionalmente finan* ciadas (la segunda de las cuales se dice que controla más de la mitad del comercio africano) probablemente allanarán el camino para que puedan desaparecer las diferencias existentes.

Diez y ocho meses antes, el 30 de abril de 1946, se aprobó en la Asamblea Francesa una ley por la cual se destinaron diez mil millones de francos con el fin de financiar varios “planes de Diez Años” para fomento africano – sin incluir el África del Norte, donde ya estaban en vigor otros planes que demandan inversiones igualmente cuantiosas.

Todas las potencias extranjeras, sin excluir a los Estados Unidos, parecen dispuestas a dejar que Gran Bretaña ejerza su dirección en lo que al África se refiera. Los encargados de formular la política norteamericana aparentemente quieren que sus conciudadanos se lancen también a la caza de los productos y la mano de obra barata del África. Solo el obrerismo parece ignorar esta amenaza para el nivel de vida norteamericano. Mr. Lewis Brown, antiguo consejero principal del general Clay en Alemania, llegó hasta recomendar que a las posesiones coloniales de Europa se les diera preferencia para la compra de materias primas. Semejante cosa, según Mr. Brown, sería un método entre muchos otros de “complementar” el Plan Marshall de cuatro años, puesto que tal plan, según ya se supone, no va a ser suficiente para asegurar la “recuperación” de Europa Occidental.

Indirectamente, Estados Unidos está financiando los planes euroafricanos; no hay cifras oficiales por cierto, pero por lo que queda dicho en estas páginas puede colegirse que un enorme porcentaje de los fondos suministrados a Francia y Gran Bretaña por el Plan Marshall fueron a fecundar la magna empresa africana. El informe de Jean Monnet antes transcrito indica bien claro que fue más de la mitad.

Últimamente la idea de una participación directa de los Estados Unidos en la “puesta en valor del África” ha cristalizado de manera definitiva.

En un discurso pronunciado en Oklahoma City, el secretario de Estado Ayudante, Mr. Mac Goe, habló en términos que causaron vivo y entusiasta comentario en la Europa Occidental. Habló del interés de Washington por desarrollar las relaciones económicas entre África y las naciones metropolitanas y del deseo de los Estados Unidos de participar comercial y financieramente con las demás naciones del mundo en la puesta en valor de dicho continente.

Hizo ver a los pueblos africanos que “sus aspiraciones serían satisfechas en la medida en que prosigan su asociación y su cooperación con las naciones del mundo libre”.

A su regreso de una visita a Washington el ministro de Hacienda de Francia declaró a la prensa que habían llegado allí a acuerdos concretos con los Estados Unidos para “apresurar la puesta en valor del África Francesa”.

En realidad, desde hace tiempo, y antes de estos pronunciamientos oficiales, diversas comisiones del Plan Marshall estaban colaborando en el estudio y financiamiento de múltiples planes euroafricanos.

Después de una conferencia de agentes diplomáticos norteamericanos ligados a los asuntos africanos el Departamento de Estado anunció: “El mundo tiene necesidad de este gran centro de reservas de materias para el establecimiento de una paz duradera y para restablecer la estabilidad económica internacional”.

Por último, se impuso el mundo de manera concreta de la actitud americana por un comunicado oficial dado en Londres al término de las conversaciones que tuvieron lugar allí entre los ministros de Relaciones Exteriores de Inglaterra, Francia y los Estados Unidos. Dice en parte: “Los tres ministros han reconocido la necesidad de desarrollar la cooperación existente entre Francia y Gran Bretaña y las otras potencias africanas y de establecer una estrecha cooperación entre estos países y los Estados Unidos para lograr estos fines”.

¿Cómo esta militante política euroafricana de los Estados Unidos va a servir los intereses de ese país o va a evitar los ruinosos efectos futuros en la economía de los Estados Unidos y en la de la América Latina? Este es un misterio para mí.

La desnuda realidad es que el África está reconstruyendo los imperios industrializados de una Nueva Europa, sobre la base más provechosa de mano de obra barata y materias primas baratas. El colonialismo no ha desaparecido; está volviendo más fuerte y más sabio. Hoy se oye decir en el Continente Negro: “África ya no existe; se ha convertido en parte de Europa”.

La integración económica euroafricana se había producido antes de la guerra; ya entonces África compraba en Europa el 82,4% de sus importaciones y vendía allí el 90% de sus exportaciones. Pero lo que ahora se está generando es una integración más estrecha y en una escala que va a afectar a las corrientes productoras y comerciales del mundo, especialmente el Nuevo Mundo.

Sería absurdo criticar los planes de Londres, París, Bruselas y Lisboa; allí los hombres de Estado piensan primero en sus países y en sus pueblos. Lo que parece inexplicable es que no se vea en una sola de las 21 capitales de las naciones del Nuevo Mundo un solo llamado o esfuerzo individual o colectivo para defender a sus países y pueblos en esta emergencia económica trascendental en que todo el mundo se organiza en “bloques” como dijo Sir Stafford Crípps, menos las Américas.

A muchos les sorprenderá enterarse de que el comercio exterior africano es ya casi tan grande como el de la América Latina, y equivale como a una tercera parte del de los Estados Unidos. Para agosto de 1948 los expertos del Plan de Recuperación Europea habían llegado a la conclusión de que en materia de alimentos el África estaba en condiciones de satisfacer “las necesidades de la Europa Occidental”.

La combinación de tecnología europea, capital y conocimientos, con costos extraordinariamente bajos, obreros sumisos y recursos naturales ilimitados del África, la sentirán pronto los Estados Unidos en todos los mercados extranjero, y quizá aún en el mercado doméstico.

Por absurdo que pueda parecer este aserto en los momentos actuales, en que las diarias declaraciones oficiales y los títulos de los diarios nos dicen todo lo contrario, las naciones de Europa Occidental se han estado recuperando económicamente a grandes pasos.{3} Las razones que explican el que Europa aparentemente se esté privando de muchos artículos de consumo, son muy parecidas a las que existían cuando los alemanes escogieron “cañones en lugar de mantequilla”. El dinero no se está destinando a víveres o artículos para el hogar, sino a invertirlo en una grandiosa aventura de deslumbrante objetivo a largo plazo.

 
“Tres mundos”

Hemos venido hablando de un Mundo que desapareció, y de Dos Mundos que nos dan pesadillas; pero económicamente hay Tres Mundos.

Uno de ellos es comunista, monolítico, firmemente unido en proceso de expansión, y dominado por una disciplina totalitaria que es económicamente mucho más efectiva de lo que quisiéramos confesar. Otro es el socialista, basado en monopolios gubernamentales o privados, con economías vigorosamente dirigidas nacional e internacionalmente. La libertad de comercio ya ha desaparecido en el primero y se está haciendo cada vez más imposible en el segundo.

Nosotros, los de las Américas, constituimos el tercero. Aunque no nos gusten las otras dos tendencias, tenemos que hacerles frente, tales como ellas son, en las negociaciones internacionales.

Esta es otra razón por la cual la política panamericana tendrá que basarse en la economía, si es que ha de tener eficacia.

En cuanto al primero de estos tres mundos, tengo que manifestar mi desacuerdo con la teoría tan a menudo expuesta de que Marx ya no es el mentor del Kremlin.

Si la amenaza proviniera únicamente del antiguo e insaciable imperialismo ruso, no batiría tan acelerado el pulso de John Bull y del Tío Sam. Su alarma se justifica porque comprenden que Karl Marx es el que tiene todavía la última palabra en los concilios y metas de Moscú.

Desviaciones, las hay. Pero ¿quién que haya profundizado en los escritos de Marx puede ignorar el hecho de que las desviaciones no sólo se permiten, sino que se recomiendan, siempre que al fin y al cabo la nave se lleve a puerto: un mundo socializado en que el proletariado mande y los partidos comunistas ejerzan el súper gobierno?

Sin embargo, hay una profecía de Marx en que hasta Stalin tendría que reconocer que el maestro se equivocó. La teoría favorita de Lenin y de Stalin era que el imperialismo monopolista sería el remedio empírico que pondría en práctica el capitalismo enfermo y decadente en su último y desesperado esfuerzo por salvarse.

¿Qué observamos hoy? Algo que se puede expresar así; el imperialismo monopolista progresa en razón directa del colectivismo, y en razón inversa del capitalismo.

En la política soviética también hay monopolio e imperialismo, aunque de carácter proletario. También hay monopolio e imperialismo en la política de Francia e Inglaterra, aunque de tipo socialista.

Por contraste, como bien lo saben Moscú, Londres y París, pese a las protestas que se dan a la publicidad para consumo del pueblo, la nación que se supone más capitalista, los Estados Unidos, ha declarado la guerra a los monopolios y no abriga propósitos imperialistas.

Sin embargo, el error de Marx es comprensible, porque ¿cómo iba a poder imaginar que el imperialismo monopolista, que se esperaba sería la última etapa del capitalismo moribundo, se convertiría en nuestros días en la primera etapa del socialismo naciente?

El factor decisivo en el segundo de los tres mundos que se han nombrado es la combinación que ha hecho la Gran Bretaña de su mecanismo imperial mundial con un gobierno socialista, planificador, que ejerce un control económico casi total. Este poder ha permitido a los ingleses mantener los precios de los artículos de primera necesidad a la mitad y aun a la tercera parte de lo que son en los Estados Unidos.

Si tienen éxito los planes encaminados a transformar Europa, esta economía imperial, altamente socializada y dirigida por los ingleses, puede llegar a tener tanta influencia en el siglo veinte como la tuvo en el diez y nueve la Inglaterra imperial librecambista.

Puesto que Francia y otros centros de poder en Europa ya se han lanzado a una análoga política “imperial-colonial”, fácil es ver lo que el tercer mundo del Hemisferio Occidental tendrá que afrontar en el terreno de la competencia económica internacional.

 
La ley de la decadencia

Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los Estados Unidos se vieron en mortal peligro por falta de abastecimientos vitales, a tiempo que la Europa económica de Hitler se iba formando rápidamente, la situación se hizo tan grave que el secretario de Estado, Cordell Hull, pidió se cambiara el viejo lema de “compre productos norteamericanos” por el de “compre en las Américas”.

No bien había desaparecido Hitler cuando ya se habían olvidado todas estas lecciones, y la idea de una economía hemisférica mutua volvió a ser blanco de la artillería de la propaganda universalista, poderosa y hábilmente manejada.

Sin embargo, como lo he demostrado, la situación no es nada distinta cuando se pesa en las hojas de balance del comercio de nuestras respectivas naciones.

Los lemas y adornos y apariencias democráticas no nos van a proteger del resultado de la competencia con esas economías rígidamente dirigidas, socialistas e imperialistas, cuyo advenimiento nos obliga a mirar al interior de nuestro hemisferio para examinar cómo queda afectado el bienestar de nuestros pueblos.

Hace medio siglo Brooks Adams declaró que el desdichado campesino egipcio y norteafricano –el “fellah”– fue el que precipitó la caída de Roma: su trabajo acabó con la vigorosa clase agrícola de Italia, espina dorsal del Imperio romano.

¿Volverá a hacer ese mismo papel África, pero ahora con el Hemisferio Occidental en el papel de Imperio Romano?

En su brillante obra The Law of Civilization and Decay, Brooks Adams escribió: “En la competencia de un comercio libre internacional, la supervivencia de los mis aptos es la supervivencia de los más baratos… Perder en la lucha de precios suele ser más fatal para un pueblo que ser conquistado”.

Es este el implacable resumen de una ecuación histórica que siempre ha resultado verdadera. Lo fue en la antigüedad y seguirá siéndolo en el porvenir.

——

{1} Décadas antes del anuncio de Sir Stafford” Mussolini, había proclamado que el África era “el porvenir del hombre blanco”. Los nazis, por su parte, tenían listo un plan, distribuido en un período de 50 años, para a explotación de los recursos naturales africanos.

{2} En el año 1948. Las estadísticas que siguen también son las conocidas hasta ese año. (N. del E.)

{3} Esto fue escrito en 1948, cuando recién tomaba formas el Plan Marshall. Esta circunstancia hay que tenerla en cuenta al leer este capítulo y muchas observaciones de los capítulos que siguen.

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 58-84.)


Otras “leyendas negras”

Santa Claus

La íntima cooperación económica de las Américas ya no es simple asunto de conveniencia política ni cuestión de buena vecindad. Es una política que el peso de los acontecimientos mundiales nos obliga literalmente, a adoptar. Empresa de suyo compleja, se ha tornado más difícil que nunca debido a la atmósfera de mala información, suspicacia, intereses localizados, y a veces terquedad, que la rodea.

Tal vez el mayor obstáculo que se opone a la realización de una unión efectiva de las Américas es el concepto, tan maliciosamente circulado en los Estados Unidos, de que el panamericanismo no es más que un ardid por el cual las repúblicas latinoamericanas buscan ayuda económica de los Estados Unidos, a cambio de compensaciones completamente intangibles.

Este es un concepto peligroso, tan totalmente falso como fácil de asimilar. Nuestros intercambias económicos de toda índole han sido mutuamente benéficos como deben serlo, pero la nación que más ha salido ganando ha sido los Estados Unidos.

Esta declaración puede sorprender a muchos lectores, ya que la “leyenda negra” sobre la “triste experiencia” de los Estados Unidos en sus negociaciones económicas con una América Latina “decadente, perezosa e inepta” ha penetrado en todos los grupos de la sociedad y durante varios años nadie la ha puesto en tela de juicio. Parece haber heredado algunas de las características de este otro mito que por tamos siglos prevaleció: la tan difundida creencia europea de que la América era un continente “decadente”, sin esperanza, desamparado. Pero esta vez es en Norteamérica donde se fomenta esa teoría contra la América. No debe sorprender que haya deformado el criterio no sólo del hombre común y corriente, sino también de los encargados de formular la política nacional, y de otras personas responsables de aquel país.

Este cuadro totalmente inexacto está implícito en el artículo que publicó un alto funcionario del gobierno bajo el seudónimo de “Americus” en el New York Times Magazine sobre la conferencia de Bogotá en marzo de 1948. Decía allí que la política de buena vecindad ha sido principalmente “una calle de una sola vía, económica y financieramente”, para ventaja de la América Latina. Sostenía que los Estados Unidos no habían hecho otra cosa que “sostener con subsidios esa región, simplemente por ser buenos vecinos”, y aconsejaba a la delegación norteamericana en Bogotá que “desconociera la política de buena vecindad”, conjurando otra vez el viejo espantajo del Tío Sam en el papel de “Santa Claus”.

Reconociendo que “el destino de los Estados Unidos en los asuntos mundiales está íntimamente vinculado” al de una América Latina próspera y amiga. “Americus” pasaba a relatar “el elevado precio” que su país ha tenido que pagar.

Los Estados Unidos no han pagado “precio” alguno, según lo revelan las estadísticas oficiales de ese mismo país. Se alcanza a vislumbrar lo que “Americus” probablemente tiene en la mente cuando les recuerda a los latinoamericanos que debieran estar “tan interesados como lo estamos nosotros en vivir bajo el sistema occidental de la democracia”.

 
¿Cándidos?…

¿Qué puede esperarse de diplomáticos que se inclinan a mirar hacia el oriente, pero no hacia el sur, o del público mal informado de los Estados Unidos, cuando una autoridad financiera tan augusta como es Barron’s Weekly apoya esas ideas?

Cuando se notificó a la Novena Conferencia Panamericana de Bogotá que el presidente Truman había solicitado al Congreso la aprobación de un gasto adicional, con el fin de que el Banco de Importación y Exportación pudiera prestar 500 millones de dólares a la América Latina, la indignación de Barron’s llegó al colmo. Uno de los artículos de su número correspondiente al 10 de mayo llevaba estos títulos: “Los Estados Unidos correrán el nesgo de que Latinoamérica nuevamente deje de pagarles muchos millones”, “Las malas deudas se ocultan manipulando las cifras”, “Van a hacerse grandes y nuevos préstamos”.

Refiriéndose a los buenos vecinos del sur, un editorial de Barron’s comentaba cáusticamente sobre ciertas gentes “que nos creen una nación de cándidos a quienes les gusta que les quiten su dinero”. Sin embargo, la misma revista Barron’s había escrito poco tiempo antes, defendiendo el Plan Marshall, que los Estados Unidos, aunque “han suministrado cuarenta mil millones de dólares a Inglaterra en treinta años”, deben ahora comprender que la suma fue insuficiente y que lo único que puede servir es una suma “ilimitada”.

Es casi imposible levantar esta pesada losa funeraria de ideas erróneas que se ha echado encima de nuestros países. Ningún gobierno o entidad de la América Latina, ninguno de los innumerables organismos panamericanos e interamericanos, comisiones y comités, lo ha ensayado jamás.

Sin embargo, será útil para el lector examinar el reverso de la medalla, tal como lo pintan las cifras oficiales.

 
Abrumador pero cierto

Ya hemos visto de qué manera el intercambio comercial ínter americano les estaba dejando a los Estados Unidos antes de la guerra una balanza comercial favorable de 150 millones de dólares. Para completar la balanza de pagos había que añadir más de 200 millones de dólares anuales, que corresponden al comercio invisible de dólares provenientes de la América Latina para servicio de las deudas públicas, y pago de dividendos sobre inversiones estadounidenses en nuestros países.

Poco había para compensar esta salida de 200 millones de dólares, pues la corriente de capital hacia América Latina prácticamente había cesado, y los gastos de turistas en nuestros países quedaban compensados por más salidas de dólares de la América Latina, que se mandaban a los Estados Unidos para pagar seguros, fletes y otros servicios.

De esta suerte la América Latina, que con anterioridad había gozado durante varios años de balanzas favorables, tenía ya una alarmante balanza de pagos desfavorables de 350 millones de dólares cuando estalló la guerra. Luego, durante cuatro años, la guerra invirtió la balanza, haciéndola desfavorable para los Estados Unidos que tenían que comprar elementos de guerra en la América Latina.

El cuadro se hace más significativo aun después de la guerra. Según cifras oficiales de la estadística de los Estados Unidos, la balanza comercial desfavorable de la América Latina en su intercambio con los Estados Unidos se acumulaba durante el primer semestre de 1947 a razón de 140 millones de dólares mensuales. Después de ese período el déficit fue haciéndose cada vez mayor, hasta que por fin 1947 le dejó a la América Latina una balanza desfavorable de 1.800 millones de dólares.

La suma total de dólares que pasó de los países latinoamericanos a los Estados Unidos durante el año 1947, por concepto de servicio de deudas y rendimiento de inversiones norteamericanas en la América Latina, aumentó también grandemente. Puede calcularse en 400 millones de dólares anuales.

Ahora pues, la balanza comercial visible y la corriente invisible de dólares, en el año 1947 formaron una balanza de pagos, desfavorable para la América Latina, de 2.200 millones de dólares en sus negociaciones con los Estados Unidos.

Una declaración oficial del Departamento de Estado, de 16 de noviembre de 1947, dice como sigue: “Desde la terminación de la guerra, la ayuda financiera del gobierno a los países europeos ha servido para financiar cuatro quintas partes del exceso de compras de tales países en los Estados Unidos en 1946, y casi todo dicho exceso en el segundo trimestre de 1917”. En 1948 los Estados Unidos continuaron enviando a Europa casi todos los dólares que Europa empleó en comprar artículos norteamericanos. Si esto se puede llamar “comercio”, entonces ha ocurrido una modificación fundamental del idioma, o del funcionamiento normal de la economía.

Pero no encontramos en las publicaciones oficiales nada relativo al “exceso de compras” de la América Latina durante los mismos períodos. En efecto, ninguna corriente de dinero, ni oficial ni privada, ha ido a la América Latina para compensarle sus balanzas desfavorables de comercio y de pagos con los Estados Unidos.

No tiene por qué sorprender, pues, que los países latinoamericanos, escasos de dólares, no puedan comprarle a los Estados Unidos. El saldo favorable de tres mil millones de dólares acumulado durante la guerra –cuando esos países tuvieron un alivio de cuatro años– ha desaparecido, devorado por las balanzas desfavorables que se presentaron mayores que nunca apenas terminó el conflicto.

De modo, pues, que la política de buena vecindad es también política de buen negocio y no es un acto de munificencia en familia, como se nos ha repetido tantas veces.

 
Comparación de prestamos y moratorias

Otro aspecto de esta “leyenda negra” interamericana tan claramente refutada por las cifras citadas, se refiere a las inversiones estadounidenses en la América Latina, que algunos consideran también generalmente una “triste experiencia”.

Tomados en conjunto, los bonos de gobiernos latinoamericanos colocados en los Estados Unidos han permitido regresar a manos del inversionista norteamericano 75 centavos sobre cada dólar, y tienen todavía valor suficiente para cubrir el saldo, lo cual no representará una ganancia grande para esta nación, pero tampoco representa una pérdida.

A este respecto el récord de los latinoamericanos es más alto que cualquier otro.

De los bonos europeos que estaban en manos de inversionistas estadounidenses en 1947, el 76 por ciento estaban en moratoria; de los asiáticos, el 59 por ciento; de los latinoamericanos, el 22 por ciento.

Los ciudadanos norteamericanos que invirtieron en obligaciones norteamericanas por valor de cuarenta mil millones de dólares que cayeron en mora en los Estados Unidos durante los años de la depresión, no salieron mejor librados que los que invirtieron en obligaciones latinoamericanas, muchas de las cuales también cayeron en mora debido a la crisis de la década de 1930.

Nada se hizo por aliviar el impacto de este golpe terrible e inesperado. Ningún empréstito latinoamericano se ha levantado en los Estados Unidos en los últimos quince años, y la corriente de inversiones estadounidenses en el sur ha sido ínfima en comparación con el oro y los dólares que han pasado de los países iberoamericanos a los Estados Unidos con fines de seguridad.

De una suma aproximada de cincuenta mil millones de dólares prestados o regalados por medio del sistema de Préstamos y Arriendos, menos de 0.09 por ciento fue a la América Latina, que fue sin embargo la primera a quien se le exigió pagar, y así lo hizo en un ciento por ciento. Del resto del dinero que fue a otros países, sólo un 15 por ciento ha sido pagado, y en esa cifra está incluida una suma considerable que fue al Canadá y ha sido pagada en su totalidad.

El caso del Banco de Exportación e Importación no es muy distinto. De los préstamos por valor de 1.700 millones de dólares hechos al extranjero desde el establecimiento del banco, en 1934, 459 millones fueron a la América Latina antes de la guerra y durante los años del conflicto, pero muy poco después. En los años posteriores a la guerra, una abrumadora proporción de los fondos restantes fueron a Europa o Asia, o por lo menos se destinaron para ese fin. En los últimos cinco o seis años la América Latina ha reembolsado más del 50 por ciento de lo que recibió; Europa, menos del 5 por ciento. Con excepción de tres o cuatro pagos que están vencidos (unos 300.000 dólares) la experiencia del Banco de Exportación e Importación hace honor a la América Latina, puesto que todos los préstamos han sido servidos a entera satisfacción del prestamista.

 
Cuatrocientos millones anuales de inversiones privadas en Iberoamérica

En cuanto se refiere a las inversiones particulares, la leyenda de “desagradables experiencias pasadas” es más engañosa todavía.

Los dividendos sobre las inversiones estadounidenses en las naciones latinoamericanas han representado, en general, un rendimiento considerable.

Los profesores Olson y Hickman declaran en su libro Economía Panamericana que muchas inversiones estadounidenses en la América Latina son muy lucrativas, en verdad, y comentan: “No solo son los rendimientos satisfactorios, sino que se comparan muy favorablemente con los resultados obtenidos en inversiones análogas en el país”.

Antes de la guerra el promedio de rendimientos para inversiones estadounidenses en la América Latina era del 6 por ciento; de 7 por ciento aproximadamente en Chile, 10 por ciento en Venezuela, 17 por ciento en el Perú.

En globo, daban rendimientos cuando menos iguales, y generalmente superiores, a los obtenidos de inversiones similares en los Estadas Unidos.

Una declaración del Departamento de Comercio, publicada en julio de 1947, informa que las inversiones estadounidenses en el exterior llegaron en 1946 a un nivel sin precedentes y produjeron 520 millones de dólares de rendimiento. De estos millones, 273, o sea más de la mitad, provino de inversiones en la América Latina.

Según publicación hecha en 1948 por el Instituto de Estudios Interamericanos, una inversión norteamericana de tres mil millones de dólares en la América Latina está produciendo hoy día rendimientos de 400 millones de dólares anuales.

Esto significaría un tipo de rendimiento mucho más alto que antes de la guerra, pagado en dólares por países que durante este período se han visto obligados a reducir al mínimum sus importaciones, aun las de artículos de primera necesidad, porque no tienen dólares.

 
Dos documentos luminosos

Sobre todas las repúblicas americanas pesa la responsabilidad por el desvío con que se ha mirado el bienestar hemisférico, según lo visto en el análisis precedente, pero el grado de responsabilidad que a cada una corresponde tiene que medirse por su potencialidad económica y su capacidad para señalar un rumbo.

La política económica, especialmente no americana, de las Américas puede seguirse a través de numerosos documentos estadounidenses, panamericanos e Ínter americanos. Útil ejemplo es el folleto que publicó el Departamento de Estado en octubre de 1947 con el título de Aspects of Current American Foreign Policy, uno de cuyos capítulos trata de explicar al pueblo norteamericano con franqueza y exactitud cuál es la “Política Económica Internacional” de los Estados Unidos. Se refiere a la política, financiera y de transportes y comunicaciones, pero en ninguna parte se hace mención de las Américas ni de las economías interamericanas. Hay un capítulo especial de cuatro páginas que se refiere especialmente al “sistema interamericano”, pero tampoco en él se dice una sola palabra sobre los intereses orgánicos y entrelazados de los Estados republicanos de América. Antes, por el contrario, la integración económica del hemisferio parece, por las referencias que se hacen, que fuera una cosa condenable como “aislamentismo”.

Podría creerse que la política económica de los estados americanos se hubiese acordado por lo menos en principio cuando las veintiún repúblicas solemnemente aprobaron y proclamaron una “Carta Económica de las Américas” en la Conferencia de Chapultepec en 1945.

Los intereses americanos, hemisféricos o panamericanos no se mencionan ni una sola vez en los diez artículos de esta “Carta Económica de las Américas”. Todos los diez se refieren únicamente a principios generales y mundiales de economía internacional; en efecto, la Carta es tan general y amplia que habría podido firmarla cualquier país de cualquier continente sin necesidad de cambiarle una coma.

Solo cuatro organismos de carácter económico se nombran en esta “Carta Económica de las Américas”, y todos son organismos mundiales, no panamericanos. Según el Artículo 7 las repúblicas americanas se comprometen a poner a funcionar lo más pronto posible el Fondón Monetario Internacional, el Banco Internacional (no el Banco Interamericano), y la Organización Mundial de Alimentos y Agricultura. Por el Artículo 10 se declararon a favor de los objetivos de la Conferencia Obrera Internacional, tal como quedaron incorporados en la Declaración de Filadelfia.

Fácil es discernir en este extraño documento interamericano que no menciona una sola vez la economía interamericana, un esfuerzo por preparar una carta que pudiera incorporarse como un todo integral en la favorita Carta Mundial que se había de redactar en Ginebra en 1947 y en La Habana en 1948.

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 85-94.)


“Absolutamente inútil”

“Comienzo de una época”

“Todos los objetivos por los cuales combatieron los Estados Unidos, se han alcanzado”, aseguró Woodrow Wilson a su pueblo el día en que se firmó el armisticio, 11 de noviembre de 1918.

¿Cuáles fueron esos objetivos?

En abril de 1917 el presidente Wilson informó al Congreso que existía un estado de guerra entre los Estados Unidos y Alemania como consecuencia de la guerra submarina irrestricta del Reich, que se había convertido en ataque ilegal contra los derechos, la propiedad y la vida de los ciudadanos norteamericanos. Ya casi no lo recordamos, pero la primera vez que los Estados Unidos entraron en una guerra europea fue por defender la “libertad de los mares”.

Pronto el inmenso acervo del idealismo americano transformaba el conflicto en una cruzada del Nuevo Mundo por la libertad y la justicia, por el derecho a la propia determinación de los pueblos, la igualdad de las naciones y el no reconocimiento de las conquistas territoriales; por el establecimiento de un sistema jurídico para el arreglo de las disputas internacionales; por el principio de no intervención de un estado en los asuntos internos de otro; y por el desarme y el imperio universal del derecho.

“Nos hallamos al comienzo de una época”, decía Wilson lleno de confianza, “en la cual se insistirá en que entre gobiernos y naciones se observen las mismas normas de conducta y de responsabilidad por los actos delictuosos, que se observan entre los ciudadanos de las naciones civilizadas”.

Aquella no iba a ser una más de las tantas guerras endémicas de Europa; había llegado el momento en que el Nuevo Mundo debía imponer sus ideales y principios. La guerra era para “acabar con las guerras” y los “Catorce Puntos” de Wilson iban a implantar el reinado de la paz y la decencia en un mundo americanizado.

Una gran pulsación de esperanza recorrió las venas de la humanidad cuando por fin se ganó la “guerra para acabar con la autocracia”. Se creía en todas partes que esta costosa victoria daba principio a la “era americana” de rectitud moral en los negocios internacionales.

Exactamente veintiún años después, el día del armisticio, el doctor Nicholas Murray Butler, uno de los más prominentes sostenedores del internacionalismo en los Estados Unidos, observaba:

“Esa guerra ocupa ahora un sitio importante en la historia. Todas aquellas causas por las cuales lucharon las naciones aliadas y por las cuales hicieron tan pródigos sacrificios, y que el Día del Armisticio, 11 de noviembre de 1918, se creyeron por fin ganadas, se ve ahora que se perdieron. Por el contrario, todas las causas por las cuales lucharon sus adversarios, se ve ahora claramente que fueron ganadas… La gran guerra fue absolutamente inútil”.

 
“Mejor porvenir para el mundo”

Los hombres se habían desilusionado de la paz mucho antes que el doctor Butler le leyera el epitafio.

Del otro lado del mar Mr. Churchill observó con mucho realismo que, si los Estados Unidos no hubieran entrado en la Primera Guerra Mundial, los aliados habrían firmado pronto la paz con Alemania, y Europa se hubiera ahorrado la revolución comunista, y el advenimiento de Mussolini e Hitler. Aun a los norteamericanos les parecía entonces que la cruzada intervencionista estadounidense había transformado lo que pudo no pasar de ser una guerra europea más, en un holocausto mundial.

Sin embargo, los Estados Unidos se vieron una vez más arrastrados a los conflictos de Europa cuando las potencias del Eje empezaron a actuar. Pronto se puso otra vez de manifiesto la “solidaridad espiritual” del pueblo americano angloparlante con las “democracias aliadas” –la seguridad de los Estados Unidos nuevamente estaba en juego.

Se derogó la ley de neutralidad; se estableció el sistema de préstamos y arriendos para suministrar toda la ayuda posible sin ir hasta la guerra misma; se ideó una cuarentena para contener a las “autocracias”; y se revivió la cruzada de Woodrow Wilson, reemplazando sus Catorce Puntos por los ocho de la Carta del Atlántico.

Las dos grandes naciones de habla inglesa habían acordado cuatro meses antes de Pearl Harbour las bases idílicas de un “mejor porvenir para el mundo”: ningún “engrandecimiento, territorial o de otra clase”; ningún cambio territorial sin “el consentimiento libremente expresado de los pueblos afectados”; derecho de todo pueblo de escoger la forma de gobierno que quisiera; libre “acceso en igualdad de condiciones al comercio y a las materias primas del mundo”; seguridad de que “todos los hombres en todas las tierras podrán vivir su vida libres del temor y la necesidad”; “libertad de los mares”; desarme de las naciones que “amenacen o puedan amenazar” con la agresión; eliminación de la “carga aplastante de los armamentos”.

El ataque a Pearl Harbour ya se había registrado en los “anales de la infamia” cuando esta Carta del Atlántico fue reforzado por el tratado anglo-ruso de mayo de 1942, como declaración “a la cual ha adherido el gobierno de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas”. Tres semanas más tarde el gobierno soviético suscribió un compromiso idéntico con los Estados Unidos, en el cual se declaraba que Moscú habla aprobado la Carta del Atlántico el 24 de septiembre de 1941.

 
Primeros síntomas

De esta suerte, la noble declaración se convirtió en convenio fundamental que unía solemnemente a los Tres Grandes, Todos los demás países que luchaban contra el Eje habían adherido también a los principios de la Carta, mediante la “Declaración de las Naciones Unidas”.

Esta vez las condiciones de la paz y la estructura del mundo ordenado y jurídico que iba a nacer tras otra victoria americana, no quedarían a merced de simples declaraciones de propósitos, como se había hecho en la Primera Guerra Mundial. Así pues, se siguió adelante con las declaraciones de Fulbright y Connally en que se anticipaba la aprobación del Congreso de los Estados Unidos para una Organización Mundial; la Declaración de la Conferencia de Moscú; las conferencias del Cairo, Teherán, Crimea, Quebec y Potsdam.

Los primeros síntomas de otra paz no americana comenzaron a aparecer en estas conferencias; el fijo modelo europeo entró a funcionar, con un toque de innovación modernista y aerodinámica; se disponía no sólo de las posesiones del antiguo enemigo sino también de los territorios y pueblos de los pequeños aliados en una forma que no se compadecía con los principios de la Carta del Atlántico. Se estaban haciendo pactos, pero no se llegaba a ellos de una manera completamente abierta.

La conferencia de Dumbarton Oaks, en octubre de 1944, produjo el primer boceto de organización de las Naciones Unidas en que se debía dar vida a todos los solemnes convenios del tiempo de guerra. Pero el criterio no americano encontró también la manera de infiltrarse en ese documento: un aristocrático Consejo de Seguridad, un veto autocrático, no igualdad de naciones ni imperio de derecho.

“Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas, resueltos a salvar a las generaciones sucesivas de los horrores de la guerra…” decía la gran carta firmada en San Francisco casi en los mismos momentos en que la explosión de terror de Hiroshima y Nagasaki marcó el ocaso del Sol Naciente, e introdujo las pavorosas realidades de la era atómica.

El presidente Trumao declaró entonces que estaba abierto el camino “para curar las heridas de un mundo atribulado y construir una paz duradera que tenga sus raíces en la justicia y el derecho”. Se había logrado la “victoria de la libertad sobre la tiranía”; por consiguiente, cablegrafió sus felicitaciones al mariscal Stalin, quien había demostrado “lo que es posible alcanzar cuando un pueblo libre, bajo una dirección superlativa… se levanta contra las fuerzas de la barbarie”.

 
Otro epitafio

Puesto que el ritmo de los acontecimientos se ha estado acelerando en este siglo, otra pesadilla amenazaba al mundo mucho más pronto que en el período que medio entre las dos guerras. Después de la guerra mundial el doctor Nicholas Murray Rutler necesitó veintiún años para alarmarnos con su ya citada declaración. El general Marshall, después de la Segunda Guerra Mundial necesitó apenas dos años para decir ante la Asamblea de las Naciones Unidas el 17 de septiembre de 1947: “En vez de paz, libertad y seguridad económica, encontramos amenaza, depresión y miseria”.

Todo el mundo lo sabía antes que el general Marshall hiciera el resumen de la situación que empeoraba por momentos y que él había heredado, Mr. Byrnes, tuvo que ponerse duro con Rusia; el general tuvo que “contenerla”; la Doctrina de Truman fue el reto; el Plan Marshall comenzó a construir las barricadas; el discurso del presidente el 17 de marzo colocó la ayuda a los estados de la Europa Occidental sobre el plano de la estrategia militar. La guerra que jamás fue fría empezó a subir de temperatura cuando se resolvió contener a Rusia por todos los medios sin llegar a un conflicto armado; y subió muchísimo más cuando esa política fue reemplazada por la de detener a los Soviets aun a riesgo de la guerra. Ahora sólo oímos hablar de preparación militar y de un gigantesco plan de 20.000 millones de dólares para rearme; el Senado dio el paso sin precedentes de comprometer al país en tiempo de paz en una alianza con la Europa Occidental.

Los Estados Unidos no habrían podido hacer gran cosa para evitar la Primera y Segunda Guerras Mundiales, No se les consultó, ni tomaron parte en las maniobras de potencias que llevaron a esos conflictos. Los errores ya se habían cometido, los bandos ya estaban alineados, los motivos de discordia definidos, las alianzas organizadas, y el choque de las armas había comenzado mucho antes que los Estados Unidos entraran en la resultante conflagración general.

No estaban preparados, pero pudieron improvisar rápidamente una poderosa maquinaria militar; de modo que ganaron las guerras, no pidieron nada, se volvieron a su casa, se desmovilizaron, perdieron la paz y empezaron otra vez a ayudar a sus antiguos aliados y enemigos.

El pueblo norteamericano está reflexionando sobre estos treinta años de temeridades militares y diplomáticas, de retrocesos, pronunciamientos, batallas y saltos al vacío, en todo lo cual ganar las guerras ha sido para los Estados Unidos poco más que perderlas inmediatamente después.

Quizá el historiador también se devanará los sesos sin acertar a vislumbrar las causas y efectos de los acontecimientos vertiginosos que nosotros hemos presenciado. ¿Por qué –podrá preguntarse– tuvieron que aliarse los Estados Unidos con el Japón e Italia en 1917 y pelear contra ellos en 1941? ¿Qué fue lo que llevó a este país a aplastar a Alemania dos veces en el espacio de treinta años para proceder inmediatamente después a reconstruirla?

Ninguno de los objetivos oficialmente proclamados y con tamo entusiasmo publicados en las dos guerras se alcanzó. ¿Por qué?

El hombre común y corriente podría llegar a la conclusión de que esos no fueron los verdaderos objetivos de esas guerras, como se le dijo, o que son finalidades inalcanzables, al menos por medio de la guerra. La verdad es que, si eran los objetivos para el pueblo estadounidense, pero no para todas las Grandes Potencias comprometidas. Por consiguiente, la victoria significó cosas distintas para ellas, y la paz cosas más diversas aún.

Una nación del Nuevo Mundo que tenía sus principios llevaba fuerte desventaja ante un Viejo Mundo sin principios. Chapoteando en el odioso cenagal de la Gran Diplomacia, fue fácilmente aventajada por las maniobras de veteranos libres de la traba de un ideal americano según el cual no todo lo que es posible alcanzar en la política exterior es también moralmente lícito.

 
El socio

El problema del comunismo ruso agrega sus propias complicaciones a esta trama.

Pese a toda la literatura de guerra destinada a demostrar que Rusia y los Estados Unidos jamás habían tenido entre sí conflicto alguno ni lo tendrían nunca, existen abundantes pruebas, especialmente en el Pacífico, para demostrar lo contrario.

En efecto, la Doctrina de Monroe se proclamó teniendo muy en cuenta a Rusia, como se ve fácilmente si se vuelve a leer el famoso mensaje de 1823, y el temor a Rusia fue preocupación constante de los estadistas norteamericanos antes de terminar el siglo XIX. Muchos escritores, entre ellos Ross y Hosmer, pensaban entonces en la Unión Anglosajona como medio de hacer frente al creciente peligro eslavo.

“He aquí un socio digno de una liga de honor”, exclamó Woodrow Wilson cuando fue derrocado el régimen autocrático de Rusia en 1917.

Pero poco tiempo después asaltaban al gobierno de los Estados Unidos los más graves temores, cuando el régimen bolchevique se apoderó del gobierno de Rusia después de Kerensky, Por eso Wilson, el demócrata no intervencionista, envió un ejército en 1918 a pelear contra los Soviets en las Provincias Marítimas de Siberia.

Un nuevo acercamiento ruso-americano se inició en 1934 cuando los Estados Unidos reconocieron al gobierno soviético.

En 1939, cuando se firmó el pacto Molotov-Ribbentrop y fue atacada Finlandia, se avivó de nuevo la cólera del Tío Sam, pero se volvieron a hacer las paces cuando Washington y Moscú se vieron ante un enemigo común en 1941.

Hoy día, después de seis cambios sucesivos de la actitud americana ame Rusia, el Soviet se mira oficialmente lo mismo que se miró el régimen bolchevique hace treinta años. Pero sabemos qué distinto es el Kremlin a que tiene que hacer frente el presidente Truman, de aquel con que tuvo que habérselas el presidente Wilson.

Había unos pocos millares de comunistas en el mundo al comenzar la Primera Guerra Mundial; hoy hay veintitrés millones registrados, que controlan el destino de más de 1000 millones de habitantes, y están respaldados por la maquinaria militar más poderosa que existe.

La inmensa y muy unida conglomeración del comunismo internacional, paneslavismo internacional, cristianismo griego-ortodoxo internacional, e imperialismo nació n alista ruso, es el instrumento más poderoso que jamás en la historia se haya propuesto dominar al mundo.

 
Miopía diplomática

Cuando llegó Monsieur Bidault al Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia en 1945, creyó haber hallado la fórmula para reconciliar las tradiciones del Quai d'Orsai con los embrollos comunistas de las fuerzas subterráneas, entre las cuales se había incubado su carrera política. Procedió a explicar en síntesis su política exterior. “Intima amistad con Gran Bretaña y los Estados Unidos; alianza con Rusia. La historia demuestra que Francia triunfa cuando lucha junto Rusia, y que pierde cuando combate contra Rusia”.

Habiendo aclarado de esta manera su posición Monsieur Bidault dio la bienvenida a Mr. Churchill en París, y luego voló a firmar su alianza con Rusia en Moscú. Francia volvía a la Entente franco-británica de la era eduardiana y a la alianza franco-rusa del imperial San Petersburgo.

¿Y por qué no alianzas a la antigua? Nada había ocurrido en Europa, como no fuera otra guerra que se liquidaría con tajadas de territorio y rebaños de gentes repartidos por aquí y por allí de acuerdo con las mejores tradiciones de la política europea prewilsoniana, ¿Qué ha había ocurrido una revolución social? Eso no tenía nada que ver. Para las Grandes Potencias, zares o comisarios, todos eran unos.

Guando cayó Checoeslovaquia, Monsieur Bidault se dio súbitamente cuenta de que el Kremlin ya se había apoderado de dos terceras partes del continente, y no pudo sino lamentarse; “Esta es la Europa más pequeña que hemos tenido”. Muy de prisa se dedicó a levantar fortificaciones para detener a su aliada de guerra y de postguerra, la única junto a quien Francia puede ganar las guerras.

Anthony Edén, al firmar el Pacto de Veinte Años de Ayuda Mutua con lo Soviets, había declarado: “Jamás en la historia de nuestros dos países había sido tan íntima nuestra asociación. Este es por sí solo un augurio feliz”.

El solemne Times de Londres consideró el pacto “la garantía más eficaz de que la victoria será apenas una primera etapa en la tarea de construcción y reconstrucción que tenemos por delante”, Y hasta aquel astuto veterano, Lloyd George, unió su voz al coro de alabanzas: “Si este pacto hubiera existido hace algunos años, esta guerra no habría ocurrido”.

Como se ve, la política anticomunista de los Estados Unidos, preconizada en 1918 para contener a los Soviets con ayuda europea, no tuvo más éxito que aquellas por las cuales dicho país libró dos guerras.

Las infructuosas cruzadas en pos de todos los inasibles ignis fatuo inscritos en sus banderas, los “puntos y cartas” de las dos guerras, el crecimiento del peligro soviético y la pérdida de la seguridad son pues, los renglones principales en el balance de treinta años de estrategia diplomática norteamericana, enredada en mundos ajenos.

 
La pequeña península

La política exterior del Soviet, por el contrario, invariablemente ha tenido buen éxito desde que el marxismo penetró en el Kremlin hace 31 años. Deliberadamente ha llevado al mundo al estado ideal de incertidumbre total; ni guerra ni paz; el comunismo de disciplina monolítica, medra, mientras que el capitalismo libre y sensitivo se tambalea.

Desde el punto de vista territorial de Europa, el hecho importante no es que “Asia esté en el Elba”, como dijo un estadista británico, sino que los eslavos hayan llegado a la línea Stettin-Trieste. Era la frontera de las ambiciones eslavas según Karl Marx, quien a veces se dejaba llevar por un germanismo nacionalista.

Esto es algo que debe tenerse en cuenta cuando todas las demás normas de política exterior se basan en la idea de detener a los rusos en Europa. ¿Quiere el Kremlin realmente toda la Europa en la actualidad? ¿No debilitaría eso el control total de Moscú sobre el movimiento revolucionario mundial?

Tanto el imperialismo ruso como la estrategia comunista han puesto desde hace largo tiempo los ojos en las ingentes masas ya regimentadas del Asia. Desde el punto de vista ideológico, militar y particularmente económico, el camino de la conquista mundial no va hacia el Oeste sino hacia el Este.

Bien podernos imaginar que mientras nos cegaba el reflector con que se iluminó la elección italiana, los tácticos del Politburó se estarían riendo para su capote. Porque justamente en esos días caían en poder de los comunistas en la China, Yenan, Kaifeng y Tsinan capital de Shantung. Un gobierno comunista se establecía en el norte de Corea, y poco después Mukden y toda la Mancharía, arsenal del Oriente, estaban en manos del Ejército Rojo de la China, mientras que la agitación comunista, acompañada de guerras de guerrillas, se extendía rápidamente por Birmania, la India, la Malasia, la Indochina y la Indonesia. Nehru y Patel tuvieron que tratar con mano de hierro a los comunistas, los cuales se vieron casi forzados a convertirse en movimiento subterráneo en la India, en tanto que el doctor Chen Li Fu, vicepresidente de la Legislatura china, declaraba en Nueva York que “China está en grave peligro de volverse rusa”.

El historiador del futuro seguramente destacará el significado de estos últimos acontecimientos, en tanto que acaso ni siquiera mencione las elecciones de Italia.

A los líderes rusos y marxistas no les impresiona la reverencia del Nuevo Mundo por Europa. Más de una vez la han llamado esa “pequeña península de Rusia” contra cuyas necedades tiene que protegerse Rusia para poder dedicarse a lo que verdaderamente le interesa: el Asia.

La expansión rusa a través de los siglos ha sido infatigable; ha librado como cuarenta guerras, casi todas las cuales ha perdido, pero su avance de glaciar siguió siempre inexorable. Hacia principios del siglo quince Rusia era del tamaño de mi patria, Chile, es decir, medía unos 648.000 kilómetros cuadrados, con unos doce millones de habitantes. Fue en aquella época cuando Iván el Terrible, después de casarse con la heredera de Rizando, proclamó que su Imperio Eslavo sería “la tercera y última Roma”. La expansión cuidadosamente planeada durante siglos por los atamanes, reyes, duques, emperadores, zares y comisarios ocurrió cuando la Rusia empobrecida. desorganizada, mal armada, se hallaba rodeada por una docena de poderosos imperios resuellos a detenerla.

Rusia fue la mayor beneficiaría de la Primera Guerra Mundial. Desaparecieron dos imperios vecinos cuya desintegración venía buscando Rusia desde hacía siglos: el Otomano y el Austrohúngaro.

Rusia salió de esa guerra como federación de repúblicas socialistas o soviéticas con poderosos tentáculos que se extienden por todo el mundo, e invitando por su misma organización institucional a todas las futuras repúblicas socialistas del mundo a unirse a la federación.

Entre una y otra guerra presenciamos el desarrollo de los Estados Unidos, Rusia, Alemania, Japón e Italia, y el debilitamiento de Inglaterra y Francia.

Nuevamente la mayor beneficiaría de la Segunda Guerra Mundial fue Rusia. Los dos únicos imperios que quedaban como amenaza al corazón de Eurasia que Rusia dominaba por completo, Japón y Alemania, fueron destruidos por las mismas potencias que ahora tratan de detener a los Soviets.

En cuanto a la revolución mundial marxista, se ha extendido mucho más rápidamente de lo que hubieran podido soñar jamás los políticos rusos, prácticos y realistas. Más que sus propios planes, les ayudaron las dos guerras mundiales capitalistas.

El saldo de la política exterior de Rusia le es espléndidamente favorable: ha alcanzado todos sus objetivos de corto plazo; todo lo que obtuvo de Hitler lo conserva; todo lo que pidió a los Aliados lo consiguió; todos los rivales en potencia, tanto en Europa como en el Asia, fueron aplastados. El único descuido ha sido una colosal subestimación de la fuerza y voluntad ele los Estados Unidos cuando creen, como lo creen ahora, que ha llegado el momento de la decisión.

Aun aquí puede pensar el Politburó que ha obtenido en cierto modo una victoria, y que mientras los Estados Unidos se desgastan en Europa, el Asia y la América Latina caerán bajo la influencia comunista. El Kremlin parece creer lo que al pueblo americano se le ha enseñado a no creer – que los puntos vulnerables de la coraza mundial americana no están lamo en Europa como en el Extremo Oriente y en la parte sur del Hemisferio Occidental.

 
La estrategia del profesor Spykman

Se destaca entre los intelectuales que han apadrinado esa orientación extranjera estadounidense que se aparta del Nuevo Mundo, el difunto profesor Nicholas John Spykman, de la Universidad de Yale. Su libro, United States' Strategy in World Politics (Estrategia de los Estados Unidos en la política mundial) no fue ciertamente un éxito de librería, pero sí revolucionó el pensamiento de los altos círculos norteamericanos, por encima del alcance del pueblo y aun de la prensa.

El movimiento emotivo proeuropeo encontró en este libro su Biblia, al mismo tiempo que una brillante justificación racional. Parece que el profesor Spykman conocía a fondo a Reclus, MacKinder, Ratzel, Kyellen y Haushofer, lo que le permitió introducir astutamente el concepto europeo de geopolítica en el análisis de las relaciones exteriores estadounidenses.

No sólo declaró que “la independencia política del Hemisferio Occidental fue posible gracias al equilibrio de potencias en Europa”, sino que prefirió dividir el mundo en hemisferios norte y sur, en vez de oriental y occidental. A esta América que tanto ha amado la paz y se ha esforzado por basar la política extranjera en principios morales, el profesor Spykman le enseñó con audacia: “La guerra seguirá siendo el instrumento necesario para preservar el equilibrio de potencias”. Y el mantenimiento de ese “equilibrio” significa que hay que hacer a un lado tas cuestiones morales

Para él, el hemisferio norte, o sea los Estados Unidos, el Canadá, Europa y el Asia tiene el poder económico y político, y es allí donde se hace la historia. Acoge con cierto prejuicio racial la idea de la “civilización en las zonas” templadas”. Quizá por esa causa, y también por razón de sus recursos, concede que sólo en el extremo sur – en la Argentina y Chile cuya población es caso ciento por ciento caucásica – podrá florecer con el tiempo una civilización industrial del tipo de la que se encuentra en los Estados Unidos. A su modo de ver, el resto de la América Latina sería constitucionalmente incapaz de convertirse en factor de la vida civilizada.

“Desde el punto de vista económico –dice– Europa es la región más importante para los Estados Unidos”, Pienso quién le suministraría al profesor Spykman las estadísticas anticuadas o inexactas que lo llevaron a semejantes conclusiones.

Nacido y criado en Europa, educado en las Universidades de Delft, en Holanda, y El Cairo, en Egipto, el profesor Spykman no podía dejar de encontrar “un mediterráneo de los Estados Unidos”, que según dice comprende los países del Caribe, la América Central, Colombia, Venezuela y Méjico – los tres últimos con una situación “de absoluta dependencia de los Estados Unidos, y libertad sólo de nombre”. Desde que Spykman expresó este punto de vista, este concepto tan traído de los cabellos se ha infiltrado en centenares de libros y artículos de los que siguen la escuela ya bastante extendida de los geopolíticos norteamericanos.

Por haber aparecido en un momento en que se necesitaba urgentemente un filósofo norteamericano que racionalizara las ideas de “equilibrio de potencias”, “no dominación por una sola potencia”, y “política de predominio”, el libro del profesor Spykman legró increíble ascendiente sobre el pensamiento norteamericano. Como fundador y director del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Yale, cuyo programa se encamina “a probar los límites y posibilidades de la investigación como auxiliar en la formulación de la política exterior”, ocupó una posición clave en el campo del pensamiento internacional. En sus esfuerzos tuvo más que mediano éxito. Sus alumnos se convirtieron en apóstoles y salieron a predicar su evangelio sobre la faz del país, donde hoy día ejercen posiciones de influencia en los colegios, las universidades y el gobierno.

Estos discípulos han venido adoctrinando al pueblo norteamericano para inculcarle la teoría de que la seguridad de los Estados Unidos se compró muy barata en el curso de un siglo, en una época en que dependía exclusivamente del equilibrio de potencias en Europa; y que, al ir dos veces a la guerra durante el presente siglo con el objeto de restaurar tal equilibrio, los Estados Unidos sencillamente estaban pagando una obligación. Así “United States Strategy in World Politics” del profesor Spykman llegó a prevalecer en este país sobre “Farewell Address” de Jorge Washington.

El más destacado discípulo y predicador del credo de Spykman parece ser el profesor William T. B. Fox, también de la Universidad de Yale. En lo único en que se le separa es en el hecho de que, aunque acepta la tesis del equilibrio de potencias y sus corolarios, aparentemente le gustaría que ella se utilizara como instrumento para alcanzar la paz total, aun con Rusia. El profesor Spykman jamás se permitió el optimismo de creer en que las guerras se acabarían.

Es claro que para el profesor Fox, como para su maestro, el panamericanismo y el aislacionismo son casi una misma cosa. Para él, en esencia, el que las Américas adquieran poderío y capacidad de resistencia propias, es ilógico si no inmoral.

 
Equilibrio de potencias, status quo y revolución

Como instrumento de la política de predominio, las normas que propone Spykman en su libro United States’ Strategy in World Politics han demostrado su total ineficacia en más de treinta años de empecinada prueba.

La política británica y la del profesor Spykman, con la cual tiene íntima relación, pudieron haber sido adecuadas en época de luchas entre nacionalismos europeos que se esfumaban. En el mundo de los Metternichs, Napoleones, Talleyrands, Pitts y Bismarcks, es posible que hubieran evitado el pecado imperdonable del fracaso. Pero en un inundo de revoluciones sociales, esta política no tiene cabida. El mayor error que cometió la Gran Bretaña fue haberla traído al siglo veinte. Pudo haber salvado su posición si hubiera abandonado a tiempo su política y hubiera tratado de cristalizar su ventajoso statu dentro de una Federación Europea y una Federación Mundial. Se aferró, e hizo aferrar a sus aliados, demasiado tiempo a la política del equilibrio de potencias, y ahora se encuentra con que esa política se le ha ido de las manos y se ha convertido en instrumento de dominación en manos ajenas.

Ofuscados por las fórmulas de predominio del siglo XIX, los teorizantes del equilibrio de potencias pensaron que el conflicto entre Alemania y Rusia les deparaba otra oportunidad para una jugada maestra en el mismo tablero de ajedrez, ya que podían lanzar a dos poderosos rivales el uno contra el otro. Pero Rusia era una revolución; Alemania, una contrarrevolución. El mundo de status quo tenía que acabar con ambas para subsistir. Alineándose con la revolución contra la contrarrevolución, se encontró en extraña compañía, que luego no pudo quitarse de encima. La inevitable política de “rendición incondicional” fue –cosa curiosa por demás– exactamente la antítesis de la doctrina de equilibrio de potencias que profesaban los vencedores.

La estrategia de Spykman y la de Inglaterra eran lógicas, pero anticuadas: una gran hélice girando en el vacío que dejó un mundo que desapareció.

Las nuevas alineaciones en los asuntos internacionales son una demostración clarísima de que el concepto europeo de equilibrio de potencias, basado en la lucha por la supremacía entre grandes naciones-Estados, no tiene ya valor. Grandes fuerzas internacionales, análogas por su naturaleza a las que ya se han mencionado como aliadas del Soviet, se están uniendo poco a poco a la causa de las democracias para una lucha que ya no es de nacionalidades; la Iglesia católica, las protestantes, el obrerismo internacional libre y organizado, las finanzas internacionales, y las órdenes masónicas internacionales amantes de la libertad, se están alistando porque ahora les va en ello la vida misma.

El duelo del poderío puede ser en nuestros días entre los Estados Unidos y Rusia, pero el duelo ideológico puede ser un combate entre la espada de los Soviets de un lado y la de la Iglesia católica, del otro.

La Iglesia al fin se ha dado cuenta de que por primera vez en muchos siglos la desafía un rival universal: un rival que posee el mismo internacionalismo, el mismo llamamiento a los más pobres, igual dogmatismo y disciplina, análoga jerarquía y organización; idéntica reverencia por las Escrituras y por su “Biblia”, la misma actitud, ya de desafío, ya de transacción, ante los poderes existentes, igual mística y capacidad de martirio.

En efecto, tanto el fascismo corno el comunismo calcaron su organización piramidal sobre el modelo de la Iglesia católica, y en especial de los jesuitas. Fue la Compañía de Jesús la que devolvió a la Iglesia aquel misticismo militante que tanta falta le hacía en el siglo XVI, y sin el cual habría podido desaparecer barrida por la Reforma.

En la lucha del siglo XX no ha aparecido todavía un Ignacio de Loyola a defender a la Iglesia.

Contemplando este duelo de inteligencias en que están comprometidos los mejores estrategas, han expresado algunos el temor de que el conflicto pueda terminar ton una amalgama y transacción, como ha ocurrido otras veces en la historia. Tal, posibilidad se insinuó en el Osservatore Romano cuando la Doctrina Truman hizo creer en un inminente peligro de guerra, con la posibilidad de que los ejércitos eslavos, marcharan sobre Roma. En esa época desplegaba gran actividad en Italia un grupo católico-comunista. Pero hoy la batalla entre el Vaticano y el Kremlin parece a muerte.

Los que esperan o temen la transacción, recuerdan los orígenes muy parecidos del comunismo y del cristianismo, y la analogía de sus tácticas en la lucha por el predominio. No olvidan la opinión de Will Durant, de que el cristianismo fue para el Imperio romano “primera aliado, después amo, y finalmente heredero”. Un comunista británico, cínico pero inteligente, apuntó que quizá en este dilema el obrero no tendría necesidad de escogen confiaría en que el comunismo le diese lo mejor de este mundo, y la Iglesia lo mejor del otro.

 
Negativas de Wilson, Roosevelt y Hill

Las objeciones que se hacen a la escuela de pensamiento internacional de Yale no se refieren únicamente a la política de equilibrio de potencias, ni a su efectiva oposición a tocio esfuerzo por organizar el poderío continental americano. Provienen también de que instintivamente los americanos que piensan se niegan a admitir que lo Estados Unidos, o las Américas en conjunto, hayan de ser solamente una nación más, o un grupo de naciones, que tomen parte en el viejo escamoteo diplomático, Si así fuera, el Nuevo Mundo no habría valido la pena.

El profesor Spykman y sus discípulos parecen no tener fe en las Américas; nunca pensaron ni piensan que el Nuevo Mundo sea algo distinto del Viejo, sino apenas otra tajada geográfica. Su geopolítica tiene nexos demasiado peligrosos con la de Hitler. En cierto modo, son paganos americanos que predican una política exterior descristianizada.

El presidente Wilson definió una vez lo que es en el fondo la política americana y lo que no es, cuando dijo: “La cuestión sobre la cual dependen toda la paz y la política futuras del mundo es ésta: ¿la guerra actual es una lucha por una paz justa y segura, o sólo por un nuevo equilibrio de potencias?” Para Mr. Wilson la respuesta era obvia, como lo es para todos los americanos en sus momentos de sobria reflexión.

La convicción de Wilson, expresada sin ambages, puso en claro que los Estados Unidos, pese a que entraron en la guerra, no tenían intenciones de apartarse de su posición y principios tradicionales.

El libro del profesor Spykman no se había publicado aun cuando Wilson anticipó su fuerte censura a la política del equilibrio de potencias. Pero sí se había publicado cuando el presidente Franklín IX Roosevelt en su discurso ante el Congreso, en enero de 1945, condenó a un tiempo el perfeccionismo, el aislamentismo y la política de predominio. Ya se había difundido y comentado muchísimo cuando el secretario de Estado Cordell Hull escribió en sus Memorias recientemente publicadas: “Yo no fui ni soy partidario de la idea de un equilibrio de potencias o esferas de influencia como medio de mantener la paz”.

Estos testimonios debieran haber desmentido la frecuente aseveración de los spykmanistas de que los Estados Unidos tomaron parte en dos guerras para mantener el equilibrio de potencias en Europa.

 
¿Para evitar “la dominación de Europa por una sola potencia?

Informando a una comisión del Congreso el 10 de noviembre de 1947, el secretario de Estado Marshall habló de dos guerras en que los pueblos libres de Europa habían combatido “para evitar la dominación forzosa de sus países por una sola gran potencia”. No ayudarlas ahora, por consiguiente, sería “no reconocer los esfuerzos y sacrificios de dos generaciones americanas”.

Dos días después, el 12 de noviembre de 1947, Mr. Norman Armour, secretario auxiliar de Estado, calificó de amenaza para la independencia estadounidense la posibilidad de “un solo amo” en Europa, y agregó: “Tenemos la lección tan hondamente grabada en la conciencia, que dos veces en el espacio de un cuarto de siglo hemos combatido en tierra europea para impedir la dominación de ese continente por una sola potencia”.

Bien clara y bien spykmanista era esta declaración.

Una semana más tarde, el secretario Marshall fue más específico aún. Hablando en Chicago el 18 de noviembre, recordó a sus oyentes que “la seguridad de la nación” dependía de “la influencia estabilizadora de Europa, hecho que reconocimos al comprometer por dos veces la totalidad de nuestros recursos con el fin de preservar la integridad de la comunidad continental libre de la dominación de una sola potencia”.

Esto era nuevo para el pueblo de los Estados Unidos, al cual jamás se le había dicho que había librado dos guerras con ese objetivo. En su tiempo se levantó el espíritu, como todos lo saben, con declaraciones de principios enteramente distintos.

Pero si los Estados Unidos fueron a la guerra para mantener el equilibrio de potencias, ¿se alcanzó esa meta? Por el contrario, por primera vez en muchos siglos, ese equilibrio ha desaparecido por completo; y es sólo Li majestad y poderío de los Estados Unidos lo que impide la conquista física de Europa.

Si este país peleó dos veces por impedir la “dominación de una sola potencia” en aquel continente, entonces logró justamente lo contrario, pues no es “una sola potencia” sino “un solo coloso despótico”, como dijo el general Eisenhower, “el que se enfrenta ahora a los Estados Unidos, no solamente en Europa sino también en todo el mundo”.

 
Raíces de la política del siglo XX en el siglo XIX

No obstante, estas afirmaciones oficiales de ahora, muy bien puede ser que la política exterior de los Estados Unidos no haya tenido por objeto impedir la dominación de Europa por una sola potencia. ¿Cuál sería la situación, por ejemplo, si esa potencia fuera Gran Bretaña?

Me parece que ningún presidente, por más poder que le dé su elevada posición, puede llevar a los Estados Unidos a la guerra de la noche a la mañana. Las decisiones sobre política internacional son generalmente el resultado de tendencias que se desarrollan lentamente, de emociones y circunstancias. Podemos estar seguros de que tal ha sido el caso aquí.

Wilson hizo su campaña de 1916 para la presidencia con una campaña antibélica, lo mismo que Franklin D. Roosevelt en 1940. Sin embargo, Wilson fue abrumado el viernes de Pascua, 16 de abril de 1917, y Roosevelt el domingo 7 de diciembre de 1941. ¿Por qué?

La participación activa de los Estados Unidos en los asuntos internos de los continentes no americanos tuvo su origen en ciertos conceptos emocionales, que se formularon claramente por primera vez en las últimas décadas del siglo XIX. Dos escuelas de pensamientos se iniciaron por entonces: la marcial, o del Destino Manifiesto, y la que sostenía la teoría de la superioridad racial anglosajona.

Teodoro Roosevelt encabezó la primera. Sus exhortaciones sobre la “vida esforzada” tocaron una cuerda que resonaba hondamente aun en mentalidades no imperialistas. Pedía audacia y aconsejaba correr riesgos; prevenía a sus conciudadanos contra el ocio y la “paz innoble”, porque “otros pueblos más audaces y fuertes nos dejarán atrás y conquistarán para sí el dominio del mundo”

Hay, Fiske, Conant y muchísimos otros líderes se anticipaban a lo que un periodista del siglo XX había de poner más tarde en este lema: “Id y conquistad”. Fueron también aquellos los tiempos de Mahan y de Homer Lea, quienes formularon genialmente las normas navales y militares que habían de ir de la mano de esta ambiciosa política.

La campaña imperialista provocó tan violenta reacción de parte de los intelectuales como William James, las iglesias y la pacifista tradición cristiana de los americanos, adormecida pero siempre poderosa, que pronto aquélla fue detenida, aunque no enterrada del todo.

No así la teoría de la supremacía anglosajona. Con todas sus implicancias racistas se extendió y fortaleció hasta llegar a nuestra época. Teodoro Roosevelt propugnaba una y otra. No vale la pena recordar lo que decía de la inferioridad racial latinoamericana.

 
La ola anglosajona y otras

Dos secretarios de Estado marchaban a la vanguardia de este movimiento racista-lingüístico. Fue el uno Richard Olney, quien anunció que los Estados Unidos eran “soberanos en este continente”, y predicó que había “un patriotismo de raza no menos que de patria”.

El otro, Albert Beveridge, exaltó el anglosajonismo hasta convertirlo casi en culto. Dios no había estado preparando a los pueblos de habla inglesa para nada más que “vana y ociosa admiración de sí mismos”. “No –decía Beveridge–. Él nos ha hecho los organizadores maestros del mundo para establecer un sistema donde impera el caos”.

En 1887 Joseph Chamberlain había proclamado en Taranto: “La raza angloamericana está infaliblemente destinada a ser la fuerza prominente en la historia y civilización del mundo”.

Con el fin de siglo la ola anglosajona llegó a su apogeo, coincidiendo con la triunfal expansión británica en Asia y África y con la victoria de los Estados Unidos en la guerra contra España.

Esta fe en la superioridad racial anglosajona y su Destino Manifiesto sirvió de base al poema imperialista-racial de Rudyard Kipling en que hablaba de “La Carga del Hombre Blanco”, El mismo año en que lo escribió (1899) un norteamericano de mentalidad tan liberal como o era William Alien White decía: “El Destino Manifiesto del anglosajón es emprender la conquista del mundo. Esto es lo que el destino tiene reservado al pueblo escogido. Así está escrito. Así será…”.

Mientras tanto, otro “pueblo escogido” se acercaba también a la realización de su destino anticipando conflictos. El Kaiser Guillermo II expresó, en forma un tanto suave primero, la idea del destino germano al pedir una fuerte marina alemana. “Este primer día del nuevo siglo –dijo el Emperador en su mensaje de Año Nuevo de 1900– encuentra a nuestro ejército sobre las armas, congregado en torno a sus banderas, de rodillas ante el Señor de los Ejércitos”.

Nueve días después de aquel mensaje imperial fue cuando Albert J. Beveridge, natural de Indiana, expresó ante el Senado de los Estados Unidos la histórica declaración que se ha citado. Contagiado del mismo espíritu, el senador Lodge a menudo hablaba en tono igual, y el senador Hoar exclamaba llegando casi al éxtasis: “No hay nada como Inglaterra, ni lo ha habido jamás en el mundo”.

Había otro “pueblo escogido”, el eslavo que aspiraba a inyectar nuevo dinamismo en la decadente civilización occidental. Toda su literatura, aun los escritos de Bakunin y Dostoievsky, constituye un himno a un destino manifiesto de su propia cuenta. Este era el gigante oriental que despertaba y a quien Jack London vio alarmado en Jos primeros años de este siglo “preparándose para comenzar”.

 
Lazos sentimentales

En los Estados Unidos había una resistencia poderosa contra la creciente doctrina del destino y el propósito racial de los anglosajones. En un país donde apenas si una tercera parte de la población es de origen inglés, esta doctrina no podía florecer entre las masas; pero arraigó vigorosa en el pensamiento de poderosos círculos intelectuales, políticos y financieros donde se deciden las cuestiones nacionales básicas.

Cuando llegó la Primera Guerra Mundial, la opinión pública estaba preparada para abandonar estas expresiones de egoísmo racial, y seguir las banderas de Wilson contra el imperialismo, el militarismo y el racismo como enemigos del espíritu americano.

Sin embargo, como corriente contraria que está bajo la superficie, eL sentimiento de solidaridad de los pueblos de habla inglesa se fue vigorizando a lo largo de las dos guerras y los períodos que las siguieron. Esto es cierto, a pesar de que las masas de estadounidenses no fueron parte conscientes ni voluntarias de lo que Robert Sherwood recientemente llamó “el matrimonio de ley común” de los dos pueblos.

El principal arquitecto del edificio de la hermandad anglosajona es ahora Mr. Winston Churchill Es su arma más efectiva, ora secreta, ora desembozada. No es simple coincidencia que las cuatro primeras palabras de sus fascinadoras memorias sean: “Los pueblos de habla inglesa”, y que los trate como una entidad común que se supone tiene un mismo destino. A ese pilar del porvenir del mundo que son sus pueblos de “habla inglesa”, él ha agregado ahora dos más: la Comunidad Británica de Naciones y una Europa Occidental Unida. Ocurre que Gran Bretaña es la única nación que es una sólida columna dentro de cada uno de los tres pilares de Mr. Churchill.

Los esfuerzos de Mr. Churchill han sido coronados con un notable éxito. Más que un gran dirigente de nuestro tiempo, él parece ser un hombre que jamás ha sido dirigido.

Él ha escrito una “Historia de los pueblos de habla inglesa” hasta ahora inédita y hace algún tiempo se permitió solazarse con lo que llamó “absurdas especulaciones” sobre lo que hubiera podido ser la historia. “Si” el general Lee hubiera ganado la guerra civil estadounidense –soñaba– la alianza anglo-británica hubiera sido una realidad desde hace tiempo; la comunidad angloparlante se habría establecido y no hubiera ocurrido la Guerra Mundial.

En uno u otro momento de nuestra vida lodos nos hemos dado a “absurdas especulaciones”. Yo también me puse una vez a imaginar lo que habría ocurrido “si” la Invencible Armada de Felipe II no hubiera sido destruida en 1588. Quizá nunca habríamos oído aquello de “Inglaterra reina de los mares”. La Revolución Industrial podía haber ocurrido primero en la Península Ibérica, e Inglaterra podría ser una nación de poderosos terratenientes y campesinos paupérrimos. Acaso ahora estaríamos oyendo hablar del destino manifiesto de la “grande y vieja” raza española.

La humanidad tiene mucho que agradecer a los siglos de liderato británico. Pero si a esa conducción hemos de atribuir todos los merecimientos de esa época, no puede ella en buena ley negarse a aceptar las responsabilidades por la laya de mundo en que vivimos hoy día. Los pueblos de habla española, derrotados, sin poderío alguno, pueden consolarse con la idea de que si hubiesen mantenido su ascendiente mundial. Ja humanidad no hubiera derivado a su actual situación aflictiva.

“Los pueblos de habla inglesa” leemos en una carta publicada en la página editorial del New York Times en mayo de 1948, “deben asociarse más íntimamente… Y no hagamos de ello secreto… el resto del mundo debe saberlo… que a pesar de nuestras diferencias los pueblos de habla inglesa constituyen una familia; que nos vamos a ayudar mutuamente, y que juntos mantendremos a raya al lobo y al oso.

Ese es el espíritu sobre el cual se puede construir una política exterior, buena o mala. Porque no existió ese espíritu para sostener el panamericanismo, ni el lobo ni el oso fueron atajados a las puertas de dos tercios del Hemisferio Occidental.

En su discurso ya citado, Mr. Norman Armour, entonces secretario auxiliar de Estado dijo que, con el fin de impedir la dominación de Europa por una sola potencia, los Estados Unidos fueron dos veces a la guerra, pero agregó: “…aparte de los lazos sentimentales”.

Quizá se acercó más a la realidad de Jas cosas en este comentario adicional.

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 95-120.)


“Los últimos dólares”: reacción en cadena

UNRRA y post-UNRRA: $3.050 millones{4}

La Administración de Socorros y Rehabilitación de las Naciones Unidas se creó oficialmente el 10 de noviembre de 1 913, con 44 países participantes que se comprometieron a sostenerla aportando el uno por ciento del ingreso nacional de cada uno.

Poco después, los recursos totales disponibles llegaban a mil quinientos millones más de lo que en un principio se calculó, o sea 3.688.395.73 dólares, de los cuales los Estados Unidos habían aportado 2.700 millones o sea cerca de dos terceras partes.

Los despachos de la UNRRA hasta fines de diciembre de 1946 llegaron en total a 2.311.225 dólares. De esta suma, más de la mitad fue a Rusia o a los países de Europa Oriental, es decir L224.6 14.000 dólares. Finlandia recibió dos millones de dólares; Yugoslavia, 326 millones.

“Vale la pena anotar –decía un editorial– que el gobierno ruso apoyó a la UNRRA desde sus comienzos, lo cual demuestra que las dificultades, reales o imaginarias, de establecer cooperación con Rusia para fines constructivos de largo alcance, no son insuperables ni mucho menos”. El editorialista norteamericano que así se expresaba suponía sin duda que Rusia había contribuido fondo de la UNRRA, como lo creyó también la mayoría de la gente” tanto en los Estados Unidos como en la América Latina, Rusia no aportó nada; como su territorio Fue invadido, Rusia fue simplemente beneficiaría de esa ayuda.

Incluyendo el aporte del Canadá y de las repúblicas del sur, la participación del Hemisferio Occidental fue como de 85 por ciento.

No fue fácil lograr que todas las naciones contribuyeran. A no ser por el viaje que realizó el ex presidente de Colombia, Eduardo Santos, para solicitar el apoyo de todas las naciones latinoamericanas a la UNRRA, acaso jamás se hubiera logrado que todas ellas hicieran su aporte.

El gobernador Lehman, director de la UNRRA, resumió así su propósito: (a) “ayudar a otros países a ayudarse a sí mismos”; (b) “hacer posible que los pueblos libertados de Europa y Asia se conviertan en los años venideros en clientes para nuestros productos”.

Sería una tontería, agregó: “vacilar en gastar los últimos dólares que harán posible la realización de los objetivos por los cuales luchamos, la creación de una economía mundial estable y de una paz duradera”.

Puesto que otras naciones no agregaron más a los “últimos dólares”, el Tío Sam resolvió embarcarse en una pequeña UNRRA por su propia cuenta, y gastó otros 350 millones de dólares con lo cual su aporte total a los gastos de solo la UNRRA subieron a 3.050 millones de dólares.

 
Breton Woods: $5.925 millones

Los acuerdos de Bretón Woods, que comprendieron el establecimiento del Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo y el Fondo Monetario Internacional, tenían por objeto dotar de un mecanismo práctico la política de las Naciones Unidas. Se presentaron los planes de Keynes y de White, por Gran Bretaña y los Estados Unidos, respectivamente y al fin los dos se combinaron en uno solo.

Con el propósito principalísimo de evitar una deflación de posguerra (aparentemente no pensaban que lo que iba a venir era una inflación), el 4 de julio de 1943 firmaron la “Magna Carta Económica de Bretton Woods 44 naciones representadas en la Conferencia.

El Capital total suscrito del Banco Internacional era de 8.263.100.000 dólares, de los cuales 3.175.000.000 de dólares, o sea como el 40 por ciento, ha sido aportado por los Estados Unidos. Incluyendo los aportes de otras naciones del Hemisferio Occidental, la participación total del continente americano es aproximadamente del 50 por ciento.

El Fondo Monetario Internacional está formado por un 25 por ciento en oro y el resto en monedas nacionales de los países miembros. La cuota total que tienen que suscribir los miembros, que ahora son 46, es de 7.397 millones de dólares. Del total de este Fondo, los Estados Unidos están comprometidos a aportar 2.750 millones, o sea alrededor del 37 por ciento. Agregando los aportes de las demás naciones americanas (788 millones de dólares) corresponde al Hemisferio Occidental como un 48 por ciento o sea cerca de la mitad de esa cuota total del Fondo.

Siendo la estabilización monetaria el objetivo más importante de los que se proponía el Fondo, ninguna moneda podía ser alterada de valor en más de un 10 por ciento de la paridad previamente convenida, y aún tal variación sólo podía efectuarse con aprobación del Fondo.

El 9 de marzo de 1946 el presidente Truman encomio las instituciones de Bretton Woods como “piedra sillar de un mundo económico nuevo y sano”. En Bretton Woods los Estados Unidos habían dado “a un mundo fatigado de guerras la promesa de comercio pacífico y prosperidad económica”, dijo el ex secretario del Tesoro Mr. Vinson.

Los acuerdos de Bretton Woods por fin iban a poner punto final a la “competencia de desvalorizaciones” y a la “guerra de las monedas”.

El mundo jamás había visto una anarquía monetaria igual a la que ha reinado en los cuatro años y medio transcurridos desde entonces.

Medio año después de haber iniciado operaciones el Fondo Monetario, su director gerente, M. Gutt, anunció que “la estabilización monetaria mundial no era practicable por el momento”.

Italia desvalorizó la lira el 27 de noviembre de 1947. Francia siguió el ejemplo y desvalorizó el franco el 25 de enero de 1948, lo que equivalió a una fuerte subvención para las exportaciones francesas a los Estados Unidos a tiempo que encarecía grandemente las mercancías norteamericanas que se exportan a Francia.

Ahora, después de todos estos percances, parece que toda esa idea de congelar las monedas y estabilizarlas al tipo de cambio que prevalecía cuando se firmaron los acuerdos de Bretton Woods, ha sido descartada.{5}

En verdad, todo el criterio básico de Bretton Woods, de tratar de reconstruir el mundo por métodos propios de la actividad de los negocios, pronto fue reemplazado por la nueva política exterior de hacer inmensos regalos-préstamos directos, a cargo de la Tesorería de los Estados Unidos únicamente. Así, Mr. John J. McCloy, presidente del Banco Internacional, podía decir en agosto de 1948 que las operaciones del banco en Europa se estaban “quedando enanas” en comparación con las de “un competidor muy bienvenido”, el gobierno de los Estados Unidos, Este ha sido competidor de sí mismo, puesto que le pertenece como el 40 por ciento del capital del banco.

 
Préstamo a Inglaterra: $3.750 millones

Inglaterra no necesita préstamo alguno, pero si lo necesitara, podría obtenerlo del Banco de Exportación e Importación, informó al Congreso Mr. H. D. White, funcionario de la Tesorería de los Estados Unidos, cuando estaban discutiendo los acuerdos de Bretton Woods.

Pocos meses más tarde, en abril de 1946, el Congreso discutía un proyecto de préstamo de 3.750 millones de dólares de la Tesorería a Inglaterra. “Si yo hubiera sabido que los acuerdos de Bretton Woods no iban a satisfacer las necesidades para las cuales se firmaron –declaró un senador confundido– me habría opuesto a ellos tenazmente, y en cambio habría esperado para aprobar este préstamo”. Una vez más, tratándose de alcanzar la libertad de comercio, la estabilización monetaria y la prosperidad, se aprobó el 16 de julio de 1946 un nuevo préstamo, el préstamo a Gran Bretaña.

Lord Keynes, hoy desaparecido, declaró que “las barreras aduaneras y los problemas monetarios” podían ahora resolverse sobre una base cooperativa. El New York Times opinó que se había “evitado una guerra comercial”. El secretario del Tesoro, Vinson, veía “tantos beneficios que se extienden en tantas direcciones”, que el préstamo a Inglaterra no era sino una pequeña inversión.

También le dijo a un auditorio en la Carolina del Norte –la región productora de tabaco más grande del país– que “sin los mercados británicos no nos habría sido posible mantener nuestra producción de tabaco y algodón a niveles satisfactorios de precios”.

Meses después del préstamo, en el primer semestre de 1917, las importaciones británicas de tabaco norteamericano habían descendido al 50 por ciento de lo que habían sido el año anterior, y van camino de disminuir mucho más.

Mediante la libre conversión de libras esterlinas a dólares, “los países del Imperio no se verán ya obligados a comprar en la región de la esterlina”, decía un folleto de propaganda semioficial en favor del préstamo. “Con la ayuda de este crédito –aseguraba Mr. William Clayton, secretario auxiliar de Estado, ante el vacilante Congreso de los Estados Unidos –Inglaterra queda capacitada para abolir en el curso de un año el sistema de fondo común de dólares de la región de la esterlina… Esta es la primera consideración concreta y el primer beneficio que obtendrán los Estados Unidos.

En septiembre de 1947, fuera de la Madre Patria, Australia, Nueva Zelandia y Singapur anunciaron nuevas restricciones de las importaciones pagaderas en dólares; el Canadá y casi toda la Comunidad Británica tomaron medidas análogas.

El hecho es que Gran Bretaña no podía resistir el comercio libre, y mucho menos la libre convertibilidad de la esterlina. Durante la época de la depresión económica había roto definitivamente con el librecambismo.

El 15 de julio de 1947, bajo la presión norteamericana para que se cumpliera la promesa de convertibilidad, la libra esterlina se hizo libremente convertible en dólares. La crisis que siguió fue aplastante. La precipitación con que el público exigió pagos al Banco de Inglaterra estuvo a punto de quebrar a “La Vieja Dama de la Calle Threadneedle”. Los ministros del gabinete de Attlee tuvieron que ser llamados “de sus vacaciones” para hacer frente a la emergencia. El 20 de agosto, o sea poco más de dos semanas después, la libra hubo de hacerse otra vez inconvertible, y así seguirá durante muchos años.

Se esperaba que el empréstito financiara a Inglaterra hasta 1952” pero en marzo de 1948 se giró el último saldo de los 3.750 millones de dólares.

Hoy día Inglaterra está donde estaba antes de Bretton Woods y antes del empréstito, pese a la presión que se ha ejercido sobre ella para obligarla a abandonar su sistema de preferencias imperiales y otras prácticas discriminatorias. Según Cordell Hull “Inglaterra se comprometió por el Tratado de Préstamos y Arriendos a implantar después de la guerra una política comercial no discriminatoria”.

Igual compromiso volvió a adquirir en Bretton Woods; lo renovó con ocasión del empréstito, y lo ratificó una vez más en la Carta de la Organización del Comercio Internacional (Londres, Ginebra, La Habana).

A pesar de todo lo anterior, Churchill admitió que él había modificado la Carta del Atlántico para salvaguardar justamente esas preferencias imperiales discriminatorias. Se enorgullecía de haber protegido “el sistema imperial” británico con sólo haber introducido la frase “con el debido respeto a las obligaciones existentes” en el Número Cuatro, por el cual se aseguraba a toda nación, “vencida o vencedora, acceso en igualdad de condiciones al comercio y a las materias primas del mundo”. Así quedó muerto sobre el terreno el punto Número Cuatro de la Carta del Atlántico.

Desde luego, no se puede censurar a Inglaterra porque proteja su economía como pueda. Lo que es difícil comprender es por qué se le exigió, y por qué ella se comprometió a cumplir condiciones imposibles.

De esta manera se perdieron para los Estados Unidos las simpatías que esta ayuda hubiera podido granjearles. Así se infiere, ciertamente, del comentario hecho por el London Economist: “No serán muchas las personas que crean en este país que forma parte de la política de los Estados Unidos arruinar a Inglaterra; pero las circunstancias seguramente pueden interpretarse así”. Y el mismo sentimiento refleja la malhumorada declaración de Mr. Bevin ante los mineros de hulla, cuando les dijo que tenían que aumentar la producción “para librar a Inglaterra de las garras del prestamista”.

 
La doctrina Truman: $675 millones

“…Es una grave decisión la que adoptamos… Los Estados Unidos contribuyeron con 341.000.000.000 de dólares a la victoria en la Segunda Guerra Mundial… La ayuda que pido para Grecia y Turquía equivale a poco más de un décimo por ciento de esta inversión. Es de sentido común proteger esa inversión y asegurarnos de que no fue hecha en vano”. Con tales palabras el presidente de los Estados Unidos pidió al Congreso el 12 de marzo de 1947 la primera inversión de 400 millones de dólares, bajo la Doctrina de Truman, otro eslabón de la reacción en cadena de “últimos dólares” para ayudar a Europa, cadena que empezó al terminar la Segunda Guerra Mundial.

Pero faltó en esa declaración el hecho, aparentemente inadvertido también por el pueblo americano, de que los Estados Unidos ya habían contribuido o se habían comprometido a contribuir con unos 14.725.000.000 de dólares para ese mismo fin en el período de posguerra.

La Doctrina de Trumao hizo estallar en fragmentos el concepto de “Un Mundo” a que tanta propaganda se le habla hecho anteriormente. En adelante serían dos, y los Estados Unidos apoyaban al que resistía “las tentativas de sojuzgamiento por parte de minoría armadas o por presiones extrañas”.

Un mes antes, el subsecretario de Estado, Acheson, había provocado la enérgica protesta del Kremlin por haber dicho que la política soviética era “agresiva y expansiva”, Pero ahora le decía al Congreso que “la intervención americana en Grecia y Turquía debe promover la paz, puesto que el fortalecimiento de la economía griega contribuiría a disminuir la fricción entre las grandes potencias”.

El público estadounidense no se sentía tan seguro de que esta nueva inversión iba a “disminuir la fricción” o a asegurar la paz mundial, como lo reveló una encuesta hecha en todo el país. La verdad es que no lograba comprender la ola de declaraciones, acontecimientos y políticas contradictorias. Pero a pesar de todo, pueblo y Congreso entraron en el nuevo movimiento, aunque sin entusiasmo.

La “cruzada” de Traman produjo pánico en Europa. ¿Era heraldo de una nueva guerra que se iba a librar en territorio europeo, el cual se vería invadido en cosa de semanas por el gigantesco Ejército Rojo? Hasta el órgano del Vaticano, Osservatore Romano, pedía serenidad. La Iglesia católica había llegado a acuerdos con otras potencias amenazadoras en el pasado, y ahora bien podría entenderse con el comunismo.

La Doctrina de Trumao no era “guerra”; era “contención”. Pero tocaba con un problema mucho más vasto y profundo que el de Grecia y Turquía, de modo que muy poco tiempo después el presidente solicitaba al Congreso la destinación de otros 200 millones para atender a Corea.

La operación “de limpieza” en Grecia se había convertido en extensa operación de guerrillas. Transcurrido apenas un año desde la declaración de Truman, el secretario Marshall tuvo que pedir una destinación adicional de 275 millones de dólares para sostener las operaciones del Ejército griego; y en el momento de escribir estas líneas una declaración oficial indica que se necesitarán otros 130 millones, a tiempo que cada guerrillero le está costando ahora a los Estados Unidos 10.400 dólares.

También se recibían solicitudes de muchos otros “valerosos aliados”, neutrales, y hasta enemigos derrotados. Se insinuó que Rusia podría obtener también un préstamo y corrieron rumores de que se iban a reanudar viejas conversaciones sobre un préstamo de seis mil millones de dólares para los Soviets.

 
El Plan Marshall: $5.300 millones

La atmósfera cargada de dólares olía a miles de millones cuando el secretario Marshall, hablando en la Universidad de Harvard el 5 de junio de 1947, dijo: “Nuestra política no se dirige contra ningún país o doctrina, sino contra el hambre, la pobreza, la desesperación y el caos. Su propósito debe ser el renacimiento de una economía que funcione en el mundo, de modo que las instituciones libres puedan vivir”.

Pero esta vez las sumas que se iban a destinar a asegurar la paz y la prosperidad serían positivamente “los últimos dólares”. “Estoy convencido –dijo el secretario de Estado– que tal ayuda no debe hacerse a pedazos a medida que se presenta cada crisis. La ayuda que este país pueda prestar en el futuro debe ser remedio y no simple paliativo”. Por consiguiente, “debe haber algún acuerdo entre los países de Europa en cuanto a los requerimientos de la situación y la parte que cada uno de ellos va a tomar por su cuenta…”.

Los cancilleres europeos actuaron rápidamente para marcar el plan con su propio sello y metamorfosearlo por completo, hasta convertirlo en lo que es hoy día, “una alianza de las democracias de Europa Occidental con la perspectiva de otro arreglo de préstamos y arriendos en billones y que debe ser protegida y garantizada por las fuerzas armadas de los Estados Unidos”.

Pero como la Doctrina Truman-Marshall se había convertido en puente en vez de abismo entre los “Dos Mundos”, el 10 de junio Mr. Bevin y M. Bidault invitaron a Molotov a conferenciar en París. Llegó el día 26 acompañado por 90 secretarios y expertos, y salió el 5 de julio para organizar la Europa Oriental contra la Europa Occidental marshallizada.

De las 22 naciones que fueron invitadas a la conferencia sin Rusia, 16 aceptaron y sus delegados se reunieron el 12 de julio. Para el mes de agosto se habían puesto de acuerdo en una suma total de 28 mil millones de dólares, la cual en el informe definitivo de 20 de septiembre se rebajó a 22.000 millones. El 29 de septiembre el presidente Truman pidió con urgencia una destinación provisional de 597 millones de dólares para Francia, Italia y Austria. En noviembre el Congreso se reunió en una sesión especial, y el día 19 de ese mes recibió un mensaje en que el presidente presentaba un plan de cuatro años, por una suma total que había sido rebajada a 17.000 millones de dólares. Se concedieron 5.300 millones para el primer año; sumas parecidas tendrán que ser destinadas en los tres años siguientes. Y el 25 de septiembre de 1948 la prensa norteamericana publicaba el anuncio de que los funcionarios a cuyo cargo está la administración del Plan de Marshall en Europa estaban estudiando un “plan de diez años para la recuperación de Europa Occidental”.

 
Comercio a través de la cortina de hierro

Aunque el 6 de octubre de 1947 nació el Cominform y declaró la guerra al Plan Marshall, pareció surgir un extraño y simultáneo sentimiento público en el Occidente, en favor de que se permitiera y fomentara el comercio entre la Europa Occidental sujeta al Plan Marshall y la Oriental sujeta al plan de Molotov. Preocupados, los miembros del Congreso trataban de redactar cláusulas para impedir que las mercancías suministradas bajo el Plan Marshall fueran a caer a manos del bloque oriental. El hecho era que 75 tratados comerciales habían perforado ya la Cortina de Hierro; en 1947 se llevaba a cabo un activo comercio a través de ella y que valía 1.500 millones de dólares anuales; Rusia había descargado tres millones de toneladas de cereales en el Occidente y Rumania un millón de toneladas de maíz.

El 25 de febrero de 1948 Checoeslovaquia siguió el camino de los Balcanes, Polonia y los Estados del Báltico, y mi amigo Jan Masaryk se quitó la vida el 10 de marzo. Pero una semana más tarde Antón Gregor, el nuevo ministro de Comercio del gobierno comunizante, dijo en Praga que por lo menos el 55 por ciento del comercio exterior checoeslovaco se haría con las potencias occidentales. El 28 de febrero, tres días después del golpe de Gottwald en Checoslovaquia, Sir Stafford Crípps dijo a un gran auditorio en Bristol que “la mejor manera de hacer amistad con Rusia es tener con ella negocios prácticos en el terreno económico”.

Pocas semanas después Mr. Harold Wilson, presidente de la Junta de Comercio de Inglaterra y como tal, miembro también del gabinete, declaró: “Venderemos de todo a los Soviets, desde dientes postizos hasta grúas”.

Si al acero y a la maquinaria norteamericanos, que tan urgentemente se necesitan en este hemisferio, no se les permite cruzar la Cortina de Hierro, sencillamente van a reemplazar a los de Europa Occidental que si la atravesarán. En junio de 1948, Suiza firmó un nuevo tratado por el cual se comprometió a suministrar esa maquinaria a los Soviets. Y poco después Inglaterra firmaba el suyo con Polonia que envuelve un intercambio de 400 millones de dólares al año. Así el Plan Marshall se extendió de hecho a toda la Europa.

En realidad, como las combinaciones “imperiales” europeas están participando en el Plan Marshall con todas sus partes integrantes, el Plan es en verdad de alcance mundial. Solo el Hemisferio Occidental ha quedado excluido, aunque no del todo.

En Martinica y Guadalupe están muy contentos con el anuncio de que Francia asignará a esas colonias americanas fondos y mercancías del Plan Marshall para desarrollo de puertos, comunicaciones e industrias. A las vecinas repúblicas americanas les interesa mucho saber que el Plan de Marshall rebota en esa forma para llegar hasta las colonias europeas, aunque no hasta las naciones independientes de este Hemisferio. Se han enterado, por lo demás, de que muchos centenares de millones de dólares del Plan Marshall van a las colonias asiáticas y africanas para contribuir al fomento de muchos renglones de producción que competirán con los de la América Latina; mientras que 300 millones se invertirán en la industria francesa de nitratos sintéticos para rivalizar con los nitratos naturales de Chile.

“Jean Monnet, Comisario General del Plan de Modernización y Equipamiento” de la Unión Francesa, detalla en su informe y plan lo que se ha hecho y va a hacer en ]a Martinica, Guadalupe y Reunión con fondos del Plan Marshall; las inversiones (1949-1952) llegan a un total de 15.924 millones de francos en puertos, minas, obras hidráulicas y regadío y en servicios sociales. Observa M. Monnet que estas iniciativas francesas en América han sido ya “objeto de críticas violentas de parte de los países vecinos”; se refiere a las Repúblicas del Caribe que seguramente no ven con buenos ojos estos planes marshallianos coloniales en América según los cuales la producción de azúcar en esas colonias será aumentada a 350.000 toneladas.

Pero mientras el énfasis de la ayuda norteamericana pasaba del campo económico al militar, el partido laborista británico, reunido en Scarborough, Inglaterra, el 19 de mayo de 1948, pidió la unión de Europa sobre la base de la doctrina socialista ortodoxa, y expresó la opinión de que la construcción de una Unión de Europa Occidental sobre bases capitalistas y en alianza militar con los Estados Unidos contra Rusia, sólo llevaría a la Tercera Guerra Mundial.

La resolución pedía que se tornaran medidas prácticas para lograr la formación de “los Estados Unidos Socialista de Europa” como entidad independiente tanto de los Estados Unidos como de la Unión Soviética. Y aun el 11 de octubre, cuando ya la Alianza de Europa Occidental con los Estados Unidos había tomado forma definitiva bajo la tutela de ambos partidos norteamericanos, Mr. Albert Alexander, ministro de Defensa, informaba a un auditorio de Bristol que “la Unión de Europa Occidental sería un puente sobre el golfo que separa a los Estados Unidos y Rusia”.

 
Los intocables

Durante veinte años de residencia en los Estados Unidos he visto otras ideas, buenas o malas, hacerse intocables y rodar a su destino final. Pero nunca había presenciado un alud de opinión pública como el que se movilizó para apoyar el Plan Marshall.

Los disidentes fueron ahogados o aplastados. Aun los más resistentes miembros del Congreso estaban confundidos, vacilaban y cedían. En medio de la atronadora aprobación, nadie oyó siquiera al representante por Pennsylvania que había calculado que el pueblo de su circunscripción había pagado en impuestos 45 millones de dólares para “regalarles a los extranjeros” desde que terminó la guerra, y tendrían que contribuir con 35 millones más al Plan Marshall “No sigamos regalando el país”, gritó… en el desierto.

Oficialmente se ha calculado que el Plan Marshall consume el cinco por ciento de la producción total de los Estados Unidos, y como diez centavos de cada dólar pagado en contribuciones por el ciudadano norteamericano. Tanto mejor, parece que fuera la respuesta del ciudadano.

Al lector de la prensa diaria y de las publicaciones que daban informes económicos sobre Europa en esa época, le parecía que hubiera dos Europas Occidentales. La primera, en medio del “hambre, la pobreza, la desesperación y el caos”, merecía los auxilios del Programa de Recuperación Europea; la segunda estaba muy por encima de los niveles anteriores a la guerra, tanto en producción industrial como en comercio internacional. El ruido de los acontecimientos y los comentarios no permitieron al pueblo leer ni creer un informe de las Naciones Unidas, según el cual “con excepción de Alemania, el nivel de producción industrial de 1938 había sido prácticamente restaurado para el último trimestre de 1946”.

He llegado al final de este breve vistazo a los últimos tres años, durante los cuales una y otra vez los “últimos dólares” iban a restablecer el orden económico y la prosperidad para todos. Estos gastos han ido en progresivo aumento y parecen destinados a crecer más aún. Ya hoy día el total es de tan abrumadora magnitud que no es fácil captar lo que significan realmente esos miles de millones en términos de trabajo humano, de esfuerzo y de recursos naturales. En 1927, cuando fui por primera vez a los Estados Unidos, rara vez se oía el término billón (mil millones). Hoy es cosa corriente y lo acompaña a uno a todas horas; de noche en pesadillas y al despertar, en la mesa del desayuno en cuanto llegan los diarios de la mañana.

 
“Últimos dólares”: 24.704 millones

Al tratar de computar lo que le costaron al pueblo norteamericano las dos guerras mundiales y sus consecuencias, en este siglo veinte tan poco americano, me encuentro ante un problema insoluble, aunque de simple suma. Las estadísticas norteamericanas pueden decirlo todo, y también pueden decir cualquier cosa. Son tan sobrehumanamente perfectas que rara vez están de acuerdo entre sí; y una ligera diferencia tiene algún significado en cuestiones de miles de millones.

Encontré seis sumas oficiales distintas sobre el monto total de los gastos de Préstamos y Arriendos, con diferencias hasta de ocho mil millones de dólares. Tratando de computar el total pagado por la Tesorería de los Estados Unidos por auxilios en dólares al exterior en la postguerra, tuvo que darme al fin por vencido; entiendo que lo mismo le pasó al Congreso. Pero he leído que si 24 hombres hubieran empezado a contar la suma en dólares de plata cuando nació Cristo, todavía no habrían acabado ni tendrían esperanza de acabar durante muchos años por venir.

Todo comenzó con lo que podríamos llamar un corolario del plan de Préstamos y Arriendos: 46 mil millones de dólares (cálculo mío) se desembolsaron durante la guerra, pero la corriente de gastos no podía suspenderse al terminar la lucha en el Japón.

El presidente Truman cerró rotundamente el capítulo de Préstamos y Arriendos apenas cesó el fuego, lo que le dio al pueblo norteamericano la impresión ilusoria de que los gastos de esta naturaleza habían terminado definitivamente. Pero había contratos pendientes, además de los llamados “créditos de tubería”, que significaron la prolongación de los gastos dentro del periodo de postguerra por una suma de 1.500 millones de dólares.

Cuando se acabaron los fondos de la UNRRA, el Tío Sam buscó en su inexhausta escarcela y sacó otros 350 millones para completar la obra. Los “últimos dólares” de la UNRRA no aseguraron los beneficios de la guerra ni estabilizaron el mundo, de modo que el Tío Sam comprometió 3.175 millones en un Banco Internacional y 2.750 millones en un Fondo Monetario que seguramente lograrían esos objetivos. Si no, los 3.750 millones de dólares del empréstito a la Gran Bretaña seguramente los alcanzarían.

Pero el Imperio Británico en retirada le estaba dejando a los Estados Unidos una herencia de compromisos en zonas ocupadas y otros territorios estratégicos. El Tío Sam se encargó también de ese problema, gastando en ello otros 2.000 millones de dólares.

La Doctrina de Truman agregó 675 millones a la cuenta; el Plan Marshall, 5.300 millones; y la ayuda a China 600 millones.

Aparte de lo que cuesta la ocupación, los gastos de los Estados Unidos para socorros en los territorios ocupados de antiguos enemigos han ascendido hasta ahora a más de 2.500 millones. Estos gastos se hacen hoy día a razón de un millón de dólares diarios en el Japón y dos millones diarios en Alemania y nadie sabe cuántos millones para Italia.

Los créditos de material sobrante representaron 1.100 millones de dólares; créditos para venta de buques, 200 millones; otros créditos directos para estabilización monetaria, 280 millones; créditos para la Organización Internacional de Refugiados, 74 millones; y mientras tanto el Banco de Exportación e Importación concedía a todo el mundo empréstitos de la asignación de 3.500 millones que le concedió la Tesorería de los Estados Unidos.

Hubo otros gastos de ayuda al extranjero, pero sólo los enumerados llegan a 24.704 millones de siempre “últimos dólares”, gastados o comprometidos en los años posteriores a la guerra. De esta suma, unos 21.000 millones han sido o serán en breve desembolsados.

El costo de la Primera Guerra Mundial, cincuenta mil millones de dólares, no es nada en comparación con estas cifras más modernas, pero contribuye a hacer subir el costo de las dos guerras más las consecuencias de la segunda, para los Estados Unidos, a un total aproximado de 420.000 millones de dólares.

 
Quince centavos en 1939 cuarenta y ocho dólares hoy

Lo anterior, sin embargo, no es sino una parte de los gastos de posguerra, o de la cuenta de generosidad del pueblo norteamericano. Los inversionistas particulares de los Estados Unidos, las compañías de seguros, etc., están derramando centenares de millones de dólares anuales. Ciento treinta millones de libras de paquetes de regalo se despacharon en 1946; más de 700 millones de libras en 1947. Esta corriente privada agrega como mil millones de dólares a los gastos de posguerra de los norteamericanos para ayuda de Europa.

Los Estados Unidos entraron en la Primera Guerra Mundial con una deuda per cápita de doce dólares, y salieron del conflicto con 250 dólares de deuda por habitante; habla subido a 412 dólares cuando el asalto a Pearl Harbor y hoy día es de 1.800 dólares, cifra que sobrepasa peligrosamente la del ingreso anual de 1.300 dólares per cápita.

El servicio de los 252 billones de dólares asciende ahora a cinco billones de dólares al año, o sea el monto total a que ascendía el Presupuesto Federal la primera vez que yo vine a los Estados Unidos veinte años atrás; este ítem era de ocho dólares per cápita diez años atrás; hoy es de veinticinco. La cuenta de impuestos per cápita de los ciudadanos estadounidenses es ahora tan grande como la de sus gastos de alimentación. El costo de las relaciones exteriores se calculó en 19 millones de dólares en el presupuesto de 1939; en el de 1948-49 es de 7.000 millones de dólares.

El costo per cápita de las relaciones exteriores, o gastos internacionales generales, fue de 15 centavos en el presupuesto de 1939; hoy día es de 48 dólares.

Los gastos internacionales absorbían el 76 por ciento del presupuesto nacional para 1947-48. Por lo que hace a la situación actual, el presidente Truman declaró en su mensaje de enero de 1948 al Congreso: “En el año fiscal de 1948-49, un 79 por ciento de los gastos representan el costo de la guerra, los efectos de la guerra y nuestros esfuerzos para evitar otra guerra; defensa nacional, asuntos internacionales, beneficios para los veteranos, intereses sobre la deuda pública, y devoluciones por impuestos pagados de más”. En el momento de escribir estas líneas, miles de millones se han agregado a ese presupuesto de enero, y la proporción destinada a las guerras pasadas y futuras es de 80 por ciento.

 
Un Nuevo Mundo vulnerable

Pese a su fachada de riqueza y poderío, los Estados Unidos y el Hemisferio Occidental jamás habían sido tan vulnerables como lo son ahora. La fragilidad política, económica y militar es hoy día su característica íntima.

Se nos dice que el Nuevo Mundo, y especialmente los Estados Unidos, se beneficiaron económicamente con las guerras. Nada podía ser más inexacto.

El Tío Sam giró desesperadamente sobre sus recursos durante las últimas décadas. El aumento de las ganancias en los negocios e ingresos nacionales y privados inflados, no son medidas de estabilidad económica y riqueza potencial. Parece uno muy rico cuando está despilfarrando su patrimonio.

Es una situación descorazonadora.

Sería por lo menos de desear que los treinta años de esfuerzos de Jos Estados Unidos por devolver a Europa la confianza y librarla del miedo hubieran dejado a los europeos un sentimiento de honda gratitud. Pero ¿ha sucedido así? Mucho me temo que la mayoría de los europeos piensan que mucho mejor estarían en todo sentido si los Estados Unidos jamás hubieran intervenido en sus querellas.

Una encuesta de la “Organización de Observaciones en Masa” de Inglaterra, el 21 de julio de 1948, reveló que una tercera parte de los ingleses de clase media son abiertamente antiamericanos; solo uno de cada cinco expresó gratitud por el Plan Marshall, y eso que con salvedades. El profesor Brogan, de la Universidad de Cambridge, censuró este sentimiento como “descortés y majadero”; mientras que la Fundación Rockefeller destinaba un cuarto de millón de dólares para estudiar “los errores fundamentales de Europa” respecto a los Estados Unidos.

 
Vae victis o Vae victoribus

¿Por qué existe, no solamente en Europa sino en todo el resto del mundo, esa ancha brecha entre la generosidad de los Estados Unidos y el agradecimiento de los que la aprovechan?

¿Será porque su riqueza y poderío son tan aplastantes que los demás no pueden perdonárselos?

Nunca fue tan popular el Tío Sam en la América Latina como en los días de la depresión, cuando sus propios organismos de publicidad daban al extranjero la impresión de un colapso final. Me imagino que aquello era una especie de amor nacido de la conmiseración –la confortante idea de que, al fin y al cabo, el inconquistable Paul Bunyan no era distinto de los demás y también sufría de debilidad y desesperanza. En este momento parece haber alcanzado el ápice de su poderío y su riqueza.

Es el conquistador y dispensador, pero la popularidad le huye. La victoria no significó para él sino una mayor oportunidad de dar, y sin embargo sus dádivas dejan fríos los corazones y las almas, cuando no hostiles. Esta es la melancolía de la generosidad norteamericana.

¿Hemos de admitir que cuando se trate de los Estados Unidos la sentencia de Vae victis{6} se vuelve al revés? Durante muchos siglos esta máxima fue ley de la guerra. Los vencidos tenían que pagar, por hambrientos o desgraciados que quedaran, y por fuertes que fueran las contribuciones impuestas.

Con el Tío Sam ocurre lo contrario: está imponiendo abrumadoras contribuciones a su propio pueblo para aliviar a los contribuyentes de las naciones que venció.

Quizá un Tito Livio del siglo XX escriba que cuando apareció en escena el Tío Sam, Vae victis se convirtió en Vae victoribus (“Ay de los vencedores”).

 
La gracia salvadora

Los norteamericanos, me parece, y especialmente aquellos que tienen poco conocimiento de lo que son los demás países, no se dan cuenta de cuán peculiarmente grabado en la mente y el alma llevan este impulso de dar.

Un escritor francés bien conocido dijo una vez que no sabía si hacer de su tratado sobre la avaricia una acusación o un elogio; porque no le parecía muy claro si la avaricia francesa era un vicio o una virtud. Hay en la generosidad norteamericana algo de esa cualidad. Es un sentido del deber y la solidaridad social, pero también parece en ocasiones una pasión que en sí misma lleva el goce y la recompensa.

Uno de los más grandes discursos que me haya sido dado escuchar, fue el que pronunció Mme. Curie cuando fue a los Estados Unidos hace veinte años, a recibir un gramo de radium, regalo comprado con 100,000 dólares reunidos por suscripción popular.

Todo Washington oficial y diplomático asistió a la ceremonia, en la cual se pronunciaron solemnes discursos. Fueron sus palabras tan sencillas como su aspecto. Al ocupar el centro del escenario, estatua de la sobriedad, dijo: “Siempre pensé que la investigación científica trae en sí su propia recompensa; al añadir ustedes su generosidad y aprecio, me parece que Dios me está dando demasiado”. Fueron tan impresionantes estas pocas líneas que los aplausos de la concurrencia se convirtieron en honda meditación.

Tal vez los beneficiarios de lo que los Estados Unidos comparte con los demás, han llegado también a la conclusión de Mme. Curie, y creen que el altruismo norteamericano no necesita de otra compensación.

Pero hay algo más en la generosidad americana; es agresiva, resiente cualquier crítica. Nunca he podido avanzar mucho en mis comentarios sin que mis amigos me interrumpan con la observación casi malhumorada: “Es que somos así. Ese es el modo de ser americano”.

He leído que esta generosidad para con Europa tiene sus raíces en los lazos sentimentales de los inmigrantes o sus descendientes, que los vinculan a parientes o antecesores del Viejo Mundo.

Pero entonces, ¿cómo explicar la filantropía doméstica de los norteamericanos, fenómeno único en la historia? En los últimos quince años los regalos y donaciones particulares han llegado a un promedio anual de dos mil millones de dólares.

Esto significa que en los Estados Unidos se destina más dinero para obras de caridad que todo lo que gastan las veinte repúblicas latinoamericanas juntas en gobernarse.

El filósofo social podría desentrañar otras explicaciones de la dinámica de esa filantropía. John Dewey dice en su obra Individualism, Old and New: “Nuestra caridad y filantropía son en parte manifestaciones de una conciencia intranquila… El impulso y la necesidad que reprime el régimen económico existente…

encuentran salida en acciones que reconocen una responsabilidad social que el sistema, como sistema, niega”.

Las conciencias de otras naciones que tienen el misino sistema no están intranquilas; luego tiene que haber otras razones, seguramente alguna cualidad de bondad en el alma norteamericana, que llevan a esa reacción generosa. Esa es la gracia salvadora del espiritualismo norteamericano – tan extraordinaria que se hace incomprensible para un mundo suspicaz; tan hondamente sentida en esta nación que casi todo lo que es egoísta en el individualismo lo borra aquí una especie de colectivismo subconsciente norteamericano, cuya forma de expresión es dar.

Infortunadamente la generosidad, por amplia e incontenible que sea, no constituye por sí misma una política exterior.

Nadie puede censurar a los Estados Unidos por prestar ayuda a Europa, Al que esto escribe ni siquiera le impresiona gran cosa la teoría de que la Unión Soviética han logrado colocar al Tío Sam donde quería: atrapado en una telaraña inextricable de compromisos económicos acumulativos.

El peligro no está en la largueza norteamericana, sino en los efectos psicológicos de la propaganda que la fomentó… Para los que están de acuerdo con el general Eisenhower en que los Estados Unidos son el último reducto de la civilización “tal como nosotros la conocemos”, el peligro para nuestro mundo reside en el hecho de que al pueblo norteamericano se le ha adormecido infundiéndole un falso sentido de seguridad, basado en la creencia de que esta ayuda económica y militar a la Europa Occidental les está proporcionando a los Estados Unidos su propia seguridad económica, política y militar. Esta estrategia de Línea Maginot es aventurada en sí misma, y resulta en extremo peligrosa si se considera que, en caso de guerra, podría hacerse indispensable una “retirada estratégica” de todos los demás continentes, y que el Hemisferio Occidental no ha sido organizado para servir de fortaleza defensiva ni de base para la ofensiva.

——

{4} No debe olvidarse, al leer el presente capítulo, que este libro fue escrito en 1948. Sus datos estadísticos, por lo tanto, llegan hasta ese año, lo que no invalida en absoluto sus tesis y conclusiones. (N. del E.)

{5} Así lo indica el informe Harriman al Congreso sobre el Plan Marshall, en que se dice que “dentro de poco tiempo tendrá que hacerse un ajuste de tipos de cambio. El preludio para ello es la reforma monetaria interna”. Desde entonces y siguiendo a Inglaterra, medio mundo occidental ha desvalorizado su moneda.

{6} Según cuenta Tito Livio, Breno, jefe de los galos, se impacientó cuando vio la minuciosidad con que pesaban el oro que habían de pagar de contribución sus enemigos vencidos. Entonces arrojó su espada a la balanza, exclamando Vae victis (“Ay de los vencidos”).

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 121-143.)


El último esfuerzo

Símbolo en el Cementerio de Highgate

Es difícil para los extranjeros que se encuentran ame el fenómeno de la generosidad norteamericana, comprender su impulso y su alcance.

En verdad, uno de los más graves obstáculos con que se tropieza hoy en las cuestiones internacionales, es la incomprensión del carácter y de la psicología general de los norteamericanos, de su instintivo y real sentido cristiano de la vida.

Esa incomprensión es base de todas las dificultades que encuentra la diplomacia norteamericana en todos los continentes.

Por otra parte, el más deplorable subproducto de los desastres que ha sufrido La política exterior norteamericana es que ellos están minando la fe y el optimismo de este pueblo.

El americano está hoy a prueba dentro del alma americana. Pocos son los que mantienen intacta la antigua y recia fe en los dones del Nuevo Mundo, de modo que hoy día es casi de mal gusto creer con Emerson en que esta nación fue “el último esfuerzo de la Divina Providencia en favor de la raza humana”.

Se comprende el efecto debilitante que esta pérdida de fe ejerce sobre la posición norteamericana, si se observa con qué tenacidad prevalece el fenómeno contrario al otro de la barrera internacional.

El 28 de noviembre de 1947, Molotov sintió una urgencia insuperable de abandonar sus labores en la última conferencia de ministros de Relaciones Exteriores de las grandes potencias, en Londres, para ir a llevar una corona a la tumba de Karl Marx en el Cementerio de Highgate. Este pequeño episodio pasó inadvertido en los Estados Unidos; ni siquiera estoy muy seguro de que los periódicos lo publicaran. Sin embargo, su significado no era nada trivial. Su valor simbólico explica mejor que cualquier artificio ideológico la naturaleza del conflicto mundial y el espíritu que anima a las huestes formadas de uno y otro lado.

El homenaje de Molotov fue sencillo, pero hablaba con voz de trueno. Hizo conspicua una circunstancia que quizá es única en la historia; una revolución que treinta años después de su triunfo persiste en la integridad de su doctrina, su meta y su estrategia. De jacobinos y girondinos, treinta años después de iniciada la Revolución Francesa, poco más quedaba que un simple recuerdo en la Francia de Napoleón y la restauración borbónica.

 
Cooperación voluntaria y obligatoria

Muy cerca a los restos de Karl Marx en el Cementerio de Highgate se encuentran los del defensor del individualismo extremo, Herbert Spencer.

El medio siglo transcurrido desde la inhumación de sus restos mortales no ha hecho sino avivar el conflicto fundamental que encendieron esos dos hombres. Si ellos pudieran volver a la vida por unos momentos, los dos grandes apóstoles de dos filosofías sociales diametralmente opuestas no podrían menos de preguntarse: ¿Por qué van todavía peregrinos a llevar flores a la tumba de Karl Marx, mientras que la de Herbert Spencer ha caído en el olvido?

Hay muchas respuestas a esta pregunta. Una de ellas podría hallarse en esta especulación: ¿A cuál de estas dos tumbas habrían llevado sus coronas Mr. Bevin y Monsieur Bidault, si se les hubiera obligado a hacer público reconocimiento de sus preferencias políticas y filosóficas?

Un abismo de ideas fundamentales separa del marxismo clásico a los dos estadistas europeos: la lucha armada de clases, la revolución para adquirir el poder, la dictadura del proletariado. Pero ¿cómo podrían Mr. Bevin y Monsieur Bidault, sin desconocer su socialismo evolutivo, rendir tributo a la memoria de Spencer, el hombre que dijo que “todas las formas de socialismo significan esclavitud?”.

Marx y Lenin tenían un término para calificar el credo de Mr. Bevin y Monsieur Bidault: infantilismo. Consideraban absurdo el concepto de un “Estado imparcial” que defendían los socialistas evolutivos.

Por otra parte, no se necesita haber leído las obras básicas de Spencer para comprender lo que habría pensado de las posturas políticas de los ministros de Relaciones Exteriores de Inglaterra y Francia que asistieron a la última conferencia de Londres. Basta echar una ojeada a sus ensayos. La esclavitud próxima y El hombre contra el Estado, que publicó un año después de la muerte de Marx, Spencer sólo veía dos métodos por los cuales se puede hacer funcionar una economía: cooperación voluntaria u obligatoria, y esta última llevaba inevitablemente a la esclavitud.

Cincuenta y cinco años después, M. Hayek habría de hacer eco a esta tesis en su libro Camino de la esclavitud.

 
Determinismos europeos

Para mí el aspecto más interesante del poco conocido episodio de Highgate fue el hecho de que el secretario Marshall no colocó una corona ante la tumba de Herbert Spencer. Seguramente no pensó jamás en seguir el ejemplo de Molotov y llevar él también sus flores americanas al cementerio.

Pero imaginemos por un momento, para seguir con esta pequeña especulación filosófica, que lo hubiera pensado y se hubiera abstenido. Este era el cuadro ideológico que tenía ante sí:

Marx fue el pontífice del socialismo, que convirtió “en un concepto del mundo y de la vida”, como dice su discípulo ruso Jorge Plajanov.

Spencer por medio de su “Filosofía Sintética”, “Primeros Principios”, “Estática Social”, e “Instituciones Sociales” hizo del individualismo y la economía libre una teoría igualmente cerrada. Hoy día uno de estos dos hombres simboliza la Revolución; el otro, la Reacción. Es bien curioso que los dos estén de acuerdo en negar la capacidad humana para dominar las leyes de la economía.

Tanto Marx como Spencer creían que tales leyes son inexorables.

Según el primero, es inevitable que esas leyes produzcan el hundimiento del sistema capitalista; según el último, sólo su libre juego puede producir lo mejor para todos los pueblos.

El liberalismo extremo y el marxismo extremo, aunque son filosofías que se excluyen mutuamente, tienen sin embargo mucho en común. Ambas son inhumanas y, en realidad, no tiene fe en la inteligencia humana ni confianza en la capacidad del hombre para sobreponerse a las leyes económicas o humanizarlas, tal como lo está logrando con las leyes de la naturaleza.

En último análisis, eso es lo que las dos filosofías tienen en común: el determinismo.

En el hecho, ni el marxismo ni el spencerismo han probado todavía sus postulados en la práctica. El marxismo aplicado se encuentra aún en etapa experimental. El capitalismo por su parte no se ha hundido, aunque tampoco ha producido lo mejor para los más. Durante dos siglos de apogeo capitalista, dos terceras partes de la humanidad han continuado viviendo en la miseria y la desesperanza.

 
Una filosofía americana

¿Cuál es el lugar del Americanismo en esta lucha de ismos europeos?

Ocupa un lugar propio.

Naturalmente, no hay ningún marxista ni partidario alguno del capitalismo primitivo que lo reconozca; y al que lo afirme le dirán que es un ignorante, incapaz de teorizar, y, sobre todo, incapaz de captar las profundidades del hecho social y económico.

Lo llamarán pragmático, dando a este término un sentido casi deliberado de insulto.

En lo que están pensando es en la acostumbrada versión del pragmatismo del Viejo Mundo; es decir, una filosofía que sólo piensa en los resultados y no tiene más que un Dios; el éxito. Esta teoría es muy distinta del pensamiento de Charles Sanders Peirce, el que lo formuló, o de William James, su arquitecto. Y, sin embargo, en el extranjero ha seguido siendo la interpretación aceptada, sobre la cual se basa la falsa idea de que los americanos son materialistas.

Como anticipándose a la censura del “capitalismo desenfrenado” hecha por Sir Hartley Shawcross, Peirce y James no sólo no adhirieron jamás al liberalismo spenceriano, sino que desde un principio se separaron abiertamente de Spencer. “La mucha atención que se concede en nuestro siglo a las cuestiones económicas –escribió Peirce– ha llevado a exagerar los efectos benéficos de la ambición y los infortunados resultados del sentimiento, hasta que de todo ello ha salido una filosofía que sin saberlo llega a esto: a que la codicia es el mayor agente de elevación de la raza humana y de evolución del Universo”. Y fue William James quien escribió que lo más interesante de un hombre son sus ideas y sus creencias.

En el fondo, la filosofía de perseguir los resultados y e] éxito ante todo se parece mucho más al marxismo y al liberalismo de laissez faire que al pragmatismo.

El verdadero pragmatismo significa, antes que nada. mente abierta, lista a aceptar los procesos evolutivos, sin referencia a ningún dogma preconcebido. Es receptivo para lo nuevo, siempre joven; tiene confianza en la inherente habilidad del hombre para acomodarse inteligentemente, y en su continua capacidad de mejorarse a sí mismo y mejorar la sociedad y el mundo que lo rodea. En este sentido, y en el sentido de que no está aprisionado por la dura matriz de un “sistema” inflexible, estoy dispuesto a aceptar que sea equivalente al americanismo.

Tal es la razón por la cual considero equivocado tratar de clasificar el americanismo dentro del rígido molde de teorías sociales-económicas que están de moda en Europa.

Muy lejos está del marxismo frío e inflexible; no puede tampoco el americanismo clasificarse bajo el darwinismo spenceriano duro y sin conciencia. Las realizaciones y el pensamiento americano representan una completa rebelión contra esos determinismos inexorables. Su mejor síntesis está en el letrero que tenía colgado en la puerta de su despacho el general H. H. Arnold; “Lo difícil lo hacemos inmediatamente; en lo imposible nos demoramos un poco más”.

Los Estados Unidos fueron un crisol de fundición, no sólo por la fusión de razas y nacionalidades, sino también por la mezcla de materialismo y espiritualismo.

Todo el principio americano de contrapeso y factores de equilibrio que se incorporó en la Constitución del país se llevó también a la vida diaria; y existe especialmente un continuo contrapeso y equilibrio entre el materialismo y el espiritualismo; de ahí la expresión “idealismo práctico” que es probablemente la mejor definición que se haya dado del americanismo.

Los que creen que hay un modo de vida americano, una filosofía americana, una cultura americana y un patrón de conducta americano, distintos de los europeos, y que estas son las bases auténticas sobre las cuales tiene que descansar una civilización occidental libre, sostendrían que el secretario Marshall tuvo razón en no seguir el ejemplo de Molotov en Highgate para ir a llevar una ofrenda floral a Herbert Spencer.

Claro está que este no sería el punto de vista de los grupos americanos reeuropeizados cuyo número crece, los cuales nos sermonean a diario con monotonía de discos fonográficos para convencernos de que la América no es sino una prolongación del Viejo Mundo, pero sin inspiración, y que es allá de donde emana la cultura americana, allá donde reside la seguridad de América y donde debe basarse el porvenir de América. Son ellos también los que aceptan la teoría, tan difundida en el exterior y que tanto mal le ha hecho a este país, de que los Estados Unidos son la tierra del capitalismo “desenfrenado”.

 
Los Estados Unidos, sinónimo de capitalismo

No ha de sorprender, pues, que un hombre de tan elevada inteligencia como Sir Hartley Shawcross pudiera decir recientemente, representando a su patria ante las Naciones Unidas, que la Gran Bretaña no quería ponerse en posición de ser “tiranizada o sojuzgada por ninguno de los extremos de comunismo o capitalismo desenfrenado”. Sobre este tema se extiende Mr. Harold Laski en su libro recientemente publicado, The American Democracy, en que se describe el “capitalismo desenfrenado”.{7}

Creo que esta es una expresión genuina de la manera como los extranjeros entienden el dilema, en que colocan a los Estados Unidos del lado duro y cruel del capitalismo “desenfrenado”.

Los mismos norteamericanos tienen en parte la culpa.

“Los Estados Unidos y el capitalismo son sinónimo”. ha sido la definición simplista que dan muchos hombres de negocios norteamericanos convertidos en economistas y filósofos sociales.

Pero ¿con cuál “capitalismo americano” vamos a identificar a esta nación?

Los Estados Unidos tuvieron primero, en la época colonial, un colectivismo teocrático, puritano, junto con un sistema feudal de plantaciones, y un agrarismo de colonizadores, ultraliberal y casi anárquico.

El desarrollo de un feudalismo colonizador industrial vino en seguida, dominado por los “barones” y siempre amenazado por oleadas de igualitarismo populista procedente de las llanuras.

Siguió a esto la etapa de los negocios, en que el énfasis pasó a las ganancias del comercio, más bien que a la producción, y el centro económico cayó en manos de las metrópolis del Atlántico.

Esta especie de neomercantilismo dio paso al capitalismo financiero, dominado por los bancos, y tan íntimamente vinculado a las finanzas internacionales, que con frecuencia resultó perjudicial para los intereses del país.

En seguida la dominación económica por intereses privados, que ya había sido minada por Teodoro Roosevelt y su lucha contra los trust, por la “Cruz de Oro” de Bryan y la “Nueva Libertad” de Wilson, pasó a manos del Estado bajo el régimen del “New Deal”, cuando Franklin D. Roosevelt declaró que durante su primer período presidencial había quebrantado el poderío de las grandes corporaciones y que en su segundo periodo administrativo el Estado se convertiría en amo de ellas.

 
Una economía libre que no fue libre

Durante algún tiempo, bajo la Ley de Recuperación Nacional, toda la nación fue organizada por medio de 500 códigos de industria y negocios en la forma de un gigantesco trust, bajo la dirección del general Hugh Johnson, con una estricta reglamentación de dinero, fabricación, niveles de producción y normas de distribución, crédito, salarios y precios.

En 1933 vi desfilar por la Quinta Avenida a 100,000 neoyorquinos bajo la bandera del “Águila Azul”, emblema de la regimentación económica total. Fue una demostración de lealtad a este nuevo ardid americano para hacer frente a circunstancias nuevas, pero lo mismo se habría podido describir como la sentencia de muerte a la libertad de empresa. La Corte Suprema, organismo no democrático y no elegido por el pueblo, cuyos magistrados son vitalicios y no directamente responsables ante el pueblo, acabó con ese experimento, muy popular, por cierto.

Mientras tanto el gobierno, autorizado por la Ley de Ajuste Agrícola, tomó por su cuenta la agricultura de una manera completa, destruyendo las sementeras donde se considera que había exceso de producción, matando marranitos, subvencionando en general la no producción. Entre la ley de Recuperación Nacional y la Ley de Ajuste Agrícola, casi no dejaron sino el nombre de la libertad económica, y desaparecieron los dos pilares del capitalismo: el mercado libre y la ley de la oferta y la demanda.

Sin duda alguna el pueblo norteamericano aceptó con entusiasmo las características revolucionarias del “New Deal”, pero no porque estuviera convencido de que la economía libre tradicional fuera ya inoperante, sino porque tenía dudas y estaba dispuesto a ensayar algo distinto, a la manera típicamente pragmática americana.

Mientras continuaban algunos de estos experimentos económicos por el sistema americano del “ensayo y el error”, el país se lanzó a dos Guerras Mundiales, durante las cuales el gobierno no sólo ejerció total control del proceso económico, sino que se convirtió también en el principal productor y consumidor. El gobierno norteamericano era el consumidor gigantesco cuyas compras durante la última guerra llegaron alrededor de noventa o cien mil millones de dólares por año.

Ahora bien: ¿cuál de estas siete u ocho formas de capitalismo y sus numerosas combinaciones, desenfrenadas o con freno, sería el sinónimo de los Estados Unidos?

Los Estados Unidos han empleados sucesivamente todas las anteriores formas de capitalismo, si es que tal nombre puede darse a algunas de ellas, porque cada una daba en su época los resultados que se buscaban. Si el pueblo norteamericano se convenciera de que el sistema ahora imperante era perjudicial para su bienestar, lo descartaría también, así como descartó el colectivismo teocrático, el agrarismo liberal, los monopolios controlados por las finanzas, la lámpara de kerosén y el carrito de caballos.

 
Repitiendo el milagro americano

El capitalismo desenfrenado no es un invento americano ni un imperativo americano.

Los Estados Unidos no son sinónimos de capitalismo, ni se han casado con él. Aunque fueran sinónimos, el capitalismo sería pobre lema para congregar las masas del mundo, y especialmente en nuestros días, cuando los lemas más seductores del comunismo las llaman a la revolución, con “todo un mundo qué ganar y solo las cadenas que perder”.

Esos pueblos cuyo apoyo busca esta nación en el mundo entero, pueden ser congregadas en tomo a las banderas de la democracia, de la libertad, hasta del americanismo, pero nadie será capaz de hacerlos luchar y morir por el capitalismo.

Una vez que termine la lucha de los dos Mundos de la actualidad, los Estados Unidos pueden verse en tantas dificultades para desembarazarse de su matrimonio con el capitalismo desenfrenado, como tienen dificultades hoy día para divorciarse de la revolución marxista a la cual se unieron por conveniencia durante la Segunda Guerra Mundial.

En realidad, el capitalismo americano nunca ha sido un sistema, sino más bien la ausencia de todo sistema, lo que ha significado el funcionamiento enteramente espontáneo del proceso económico.

Esa etapa de “capitalismo puro” ha terminado parcialmente en los Estados Unidos, y ha sido reemplazada por una especie de economía conscientemente organizada a la cual se le aplica el mismo nombre por falta de otro mejor.

El capitalismo ha dado resultados y ha sido aceptado por las masas del pueblo norteamericano, porque el capital fue capaz de suministrar las herramientas cada vez mejores (por valor de 6.000 dólares por obrero) y así logró el milagro de aumentar los salarios, disminuir las horas de trabajo, obtener mayor volumen de producción y mayor rendimiento por cabeza, mientras que al mismo tiempo rebajaba los precios y los costos.

El proceso típicamente americano, ayudado por la aplicación inmediata de la ciencia moderna a la industria (tecnología) pudo dar resultado porque los salarios altos y un elevado nivel de vida siempre corren paralelos con un aumento de la producción per cápita.

Ese es el campo donde otras naciones han hallado que no pueden repetir el milagro americano. Cuando artificialmente aumentan los salarios y mejoran las condiciones de vida, sin un aumento correspondiente de la producción por cabeza, toda la carga adicional va a gravar los costos, con lo cual, en lugar de lograr el milagro americano, se ven abrumados por la inflación y la dislocación económica.

Y viéndose ante estos indeseables resultados, se ven en el caso de apelar a sistemas liberticidas que el americanismo jamás tuvo que emplear.

 
La sociedad sin clases

Americanismo y pragmatismo me parece creaciones genuinas del Nuevo Mundo, que se separan de las ideologías y procederes extranjeros.

El pueblo americano sabe muy bien que todavía no ha encontrado el rumbo que ha de conducir hacia la mayor felicidad del hombre, pero confía en encontrarlo si lo dejan solo.

La meta no es distinta de la que persiguen las teorías económico-sociales de otros continentes, pero los medios y sistemas lo son.

Karl Marx previo una parte al menos de lo que esta nación haría y llegaría a ser, cuando escribió que el socialismo podría implantarse aquí sin revolución. A veces pienso que, si hubiese tenido mejor conocimiento y comprensión de lo que son los Estados Unidos, acaso no hubiese formulado algunas de sus demasiado amplías generalizaciones.

Pensaba él que la tecnología era totalmente incompatible con una economía siquiera limitadamente libre. En los Estados Unidos el aumento de producción que se suponía mortal no estranguló la economía, puesto que sus beneficios han ido a manos no solamente del empresario, como suponía Marx, sino de las masas en la forma de mercancía baratas y salarios altos. La “ley de hierro” de los salarios decrecientes y la explotación creciente no ha resultado verdadera en este país.

Ha habido, por el contrario, un proceso sorprendentemente gradual de nivelación de ingresos. Se ha llegado en efecto, a un punto en que ni siquiera una gran disparidad de renta significa diferencia de clases ni una diferencia muy grande en niveles de vida.

En los Estados Unidos el que goza de una gran renta y el que apenas cuenta con una mediana, van a los mismos teatros, cines y escuelas, comen en los mismos restaurantes, disponen más o menos de la misma dase y cantidad de comida, leen los mismos periódicos, revistas y libros, gozan de igual abastecimiento de agua, luz y calefacción, compran en las mismas tiendas, tienen automóviles, radios, refrigeradores, cocinas y máquinas de lavar, se visten casi lo mismo y viajan en trenes, autobuses y ferrocarriles subterráneos de una misma clase.

La diferencia empieza en los niveles del lujo y el ocio, pero eso siempre existirá, aun en una nación socializada, y ningún teorizante colectivista lo niega. En efecto, los colectivistas se empeñan ahora en informarnos que en Rusia existen las recompensas para las capacidades superiores y que también en ese país la gente puede ser propietaria de bonos, casas, automóviles o cualquier otra cosa que no caiga bajo la denominación de “medios de producción”.

El sueño de Marx de una sociedad sin clases se acerca mucho más o ser realidad en los Estados Unidos, no sólo por esa nivelación de medios de vida, sino también porque no existe sentimiento clasista entre el pueblo. La brecha que separa las clases en otros países no es únicamente económica; es emocional y por eso da origen a los odios en que medra el comunismo militante y místico. Porque no existe semejante sentimiento, el comunismo y la lucha de clases no han podido echar hondas raíces en los Estados Unidos.

El término “proletariado” en ninguna parte está menas en evidencia que en este país, aun en las publicaciones comunistas* Tiene un timbre excitante en otras naciones, pero suena casi extraño al oído norteamericano. La expresión “tú no eres mejor que yo” es un símbolo, hasta en el lenguaje de los chicos de escuela, de esta vigorosa característica del orden norteamericano.

Karl Marx se habría sorprendido al observar este fenómeno, en que el proletariado lejos de marchar hacia la dictadura sobre las demás clases está en camino de desaparecer.

La impermeabilidad americana al dogma marxista ha sido tan natural como la repulsión recíproca de dos cuerpos cargados con una misma electricidad. No ocurrió lo mismo con el spencerismo, que tenía para el pueblo americano la atracción casi irresistible de las normas de libertad.

Fue poco menos que milagroso que esa nación no fuera arrastrada por ese credo cuando en el siglo pasado tantos intelectuales de los Estados Unidos se dejaron cautivar por Spencer y por los postulados darwinianos de la lucha biológica, aplicados al funcionamiento de la sociedad humana. Audaces fueron, en verdad, al proclamar que la única misión del Estado era “proteger la propiedad de los hombres y el honor de las mujeres”; el resto tendría que acomodarse de modo natural en la contienda libre, aunque millones de personas tuvieran que sacrificarse al triunfo de los más aptos.

Por eso era demasiado inhumano para que pudiese penetrar en el carácter americano. Y así, el pragmatismo siguió adelante buscando su camino propio, asociando la competencia y la libertad con cierta medida de cooperación social que no se había conocido jamás en la historia, avanzando lentamente hacia una más equitativa distribución de las cosas buenas de la vida entre todos los estratos sociales, buscando alcanzar esas metas con la menor opresión posible del hombre por el hombre.{8}

 
Planeamiento americano

La libertad de empresa sigue siendo la base, pero la economía jamás ha podido apoderarse de la moral americana ni de su sentido de justicia social; cuando quiera se consideró que el individualismo se había lanzado en una carrera loca, fue contenido, en los Estados Unidos, por un sentido instintivo de responsabilidad social por el bienestar de la comunidad. Para ello ha sido preciso tener paciencia infinita, equivocarse y rectificar muchas veces, y ceñirse a un sistema de contrapesos y equilibrios. Si al resultado se le llama “capitalismo desenfrenado”, el más sorprendido será el hombre de negocios norteamericano, que tiene siempre la tendencia a rebelarse contra las formas existentes de control.

En su obra De la libertad a la esclavitud Spencer describe los horrores de la sociedad dirigida y planificada. El resultado sería “tan espantoso como el antiguo Perú” –una ruda tiranía sostenida por un instinto burocrático con todo “el despotismo y brutalidad de sus miembros”. La mayoría de los americanos piensan todavía así, en principio, aunque no en la práctica. Pero para alcanzar el feliz justo medio en lo social, muy pocas serían las personas que en este país aceptaran la teoría general de planificación social total, que se entiende es sinónimo de marxismo.

Tal vez esto explica por qué los Estados Unidos son la única nación donde jamás se oye hablar de planes de cinco o de diez años. Otra razón es que los Estados Unidos están planeando constantemente, que es la única manera lógica de proceder.

Desde luego, existen violentas diferencias de opinión en cuanto a quien es el que debe trazar los planes y para quién, pero este país ha estado planeando siempre; hasta para Europa tiene actualmente sus planes. Sólo al planeamiento hemisférico le ha hurtado el cuerpo.

Hay planeamiento cuando se ajustan las tarifas de aduana, cuando se gastan millones en subvenciones para mantener elevados los precios, o cuando existe una oficina de control de precios para mantenerlos bajos; hay planeamiento en el sistema de licencias de importación y exportación y en el de cuotas.

Hay planeamiento también, aunque de otra especie, cuando se escogen unos pocos países como clientes y se les regalan los dólares que les permitan comprar mercancías norteamericanas; o cuando el gobierno compra ochenta millones de dólares de papas o huevos para destruirlos, de modo que el contribuyente paga seis centavos por cada huevo producido en el país, sea “que lo compre o no”. Hay planeamiento cuando las Leyes Sherman y Clayton prohíben los carteles dentro de los Estados Unidos y la Ley Webb-Pomerene los autoriza para los exportadores.

Examínese la actuación de la Comisión Federal de Comercio y se hallará que toda actividad mercantil norteamericana esa silenciosamente inspeccionada, regulada y controlada, pese a la ley de oferta y demanda. Interróguese a un corredor de la Bolsa de Productos o de la Bolsa de Valores, y él podrá decir cuán poco queda del mercado libre bajo los arrasadores poderes de la Comisión de Bolsas de Valores. Los 28.000 bancos del país podrían informar también que están tan íntimamente reglamentados por el Sistema de la Reserva Federal hoy día, aun para operaciones de diaria rutina, como lo han estado durante medio siglo los negocios de víveres y drogas. Tienen además el freno de la competencia de 32 corporaciones de crédito que son propiedad del Estado Federal.

Dígasele a una compañía ferrocarrilera que tiene un poder “desenfrenado” sobre el bienestar del público, y ella podrá informar que no puede casi cambiar un itinerario de sus trenes, ni las tarifas y contratos de ninguna especie, sin permiso de la Comisión de Comercio Interestatal que funciona desde hace sesenta años, u otras dependencias del gobierno de más reciente creación.

Trate usted de construir una casa y se encontrará cercado por restricciones y reglamentos de toda índole, algunos anclados en conflictivas disposiciones locales y nacionales, y otras en los códigos que tienen en vigor los grandes sindicatos obreros.

Agréguense a todo esto la Comisión Federal de Comunicaciones, la Junta de Aeronáutica Civil y la infinita variedad de departamentos y agencias que imponen reglamentaciones federales o de los estados, y se llegará a la convicción de que aun cuando pueda ser una economía auto reglamentada o reglamentada por el gobierno, lo que opera en este país ciertamente no es, bajo ninguna especie de razonamiento, un sistema reaccionario, terco y sin las trabas a la libertad de la empresa spenceriana.

Finalmente, el planeamiento general como mecanismo público penetró en la legislación de los Estados Unidos con la Ley de Empleos de 1946, que creó el Consejo de Consejeros Económicos. Antes de esta ley, el presidente de los Estados Unidos tenía que informar anualmente al Congreso sobre el estado de la Unión y el Presupuesto. Ahora no sólo tiene que informar sobre los ingresos y gastos de la Tesorería, sino también sobre las rentas y gastos de la nación.

En efecto, tiene que decirle al Congreso cada año cómo está operando el sistema económico, y si podrá mantener un elevado nivel de empleo. Si no es así, debe pedir las asignaciones necesarias para que el gobierno pueda tomar las medidas que se requieran para mantener un empleo completo en el país.

Con la ley de 1946, se adoptó legalmente no sólo el planeamiento sino también la escuela económica de Keynes. Hasta la Cámara de Comercio internacional, que por lo general no simpatiza con tales innovaciones económicas, apoyó esa adopción en un folleto titulado Empleo Máximo en una Sociedad Libre, en el cual reconocía que “solo el gobierno central, actuando en nombre de todo el pueblo, dispone de los medios de ejecutar algunas de las normas de política que se requieren para mantener elevados niveles de empleo”.

Con el planeamiento y con Keynes, la máxima de “empleo total” entró también en la legislación norteamericana. Era inevitable. El “empleo total” se ha incluido en toda Carta nacional o internacional desde que se puso en boga la expresión con el informe de Beveridge sobre Empleo Total en una Sociedad Libre.

Hay una curiosa mezcla de marxismo y cristianismo en este binomio de moda. ¿Pero es que no habíamos tenido ya “empleo total” en los tiempos de la esclavitud, lo mismo que en todas las sociedades primitivas? El énfasis que se pone en este nuevo imperativo económico-social puede llevar a un futuro historiador a creer que en nuestros tiempos la meta de la economía no era la producción y el consumo, como yo creo que lo es, ¿Qué pensaríamos de una teoría según la cual el propósito de todas las instituciones políticas fuera darle a todo el mundo el voto?

Cuando se trata de los Estados Unidos, me parece que el “empleo total” puede ser una meta temporal, pero no definitiva. Más bien creo que la misión de la tecnología era poner las máquinas a trabajar y los hombres a descansar. Y esto es exactamente lo que ha venido haciendo el “americanismo”.

 
Materialismo americano

Por increíble que les parezca a los norteamericanos, la opinión de Keyserling de que a los Estados Unidos los movían los “instintos animales” mientras que a Europa la animaba el “espíritu”, es más o menos paralela con la diferencia que la mayoría de los escritores latinoamericanos de influencia veían entre los Estados Unidos y América Latina.

Es clásico el Ariel de José Enrique Rodó, ampliamente aceptado por la intelectualidad iberoamericana, con su dogma básico de que los latinoamericanos tenían el monopolio de la cultura espiritual en este hemisferio, mientras que el pueblo de los Estados Unidos estaba devorado por el más crudo materialismo.

Por más de medio siglo ese fue uno de los clisés de la literatura latinoamericana. Otro fue la amenaza del “imperialismo yanqui”. Al mismo tiempo al pueblo de los Estados Unidos se le hablaba de la superioridad racial de los pueblos de habla inglesa y su destino manifiesto de ir a conquistar las naciones inferiores, empezando por este hemisferio.

Con semejantes antecedentes intelectuales, lo extraño no es que el panamericanismo languideciera como una prédica vaga, polémica y llena de palabrería en que pocos creían seriamente, sino que sobreviviera.

Recientemente el filósofo francés Julien Benda, quien años atrás enardeció a mi generación con su libro La traición de los intelectuales, escribió para una revista norteamericana un artículo en el cual, siguiendo de cerca la teoría de Keyserling, explicaba el pragmatismo como una filosofía americana de la misma categoría del marxismo, es decir, antisocrática y anticristiana.

Aunque sigue siendo representativo de la actitud intelectual europea, el punto de vista de que los Estados Unidos están dominados por una filosofía de utilitario y desalmado materialismo ya no prevalece en la América Latina, donde al fin se ha comprendido que el pragmatismo americano estaba íntimamente relacionado con los ideales de libertad y democracia, y con los derechos, la dignidad y los valores espirituales del individuo.

El desilusionado intelectual latinoamericano está empezando a comprender claramente que tanto el carácter y el sistema de vida de los norteamericanos, como la filosofía pragmática de ese pueblo, no han seguido las huellas del materialismo europeo, sino que por el contrario, representan un rompimiento con él.

Están sintiendo que había una transición lógica del despreciable racionalismo europeo de los siglos XVIII y XIX al marxismo, con sus postulados agresivos y absolutamente materialistas; y que la actual guerra de ismos es una evolución directa del pensamiento filosófico europeo que, después del Renacimiento, cristalizó del todo en materialismo puro y simple, con sus corolarios de lucha de clases y el amoral Estado frankensteiniano de Hegel. León Trotsky escribió abruptamente: “El marxismo fue el fruto de una combinación de filosofía alemana, historia francesa y economía inglesa”.

No sé de ninguna otra nación en la historia, en la que la economía y la moral se hayan acercado tanto a la armonía como en los Estados Unidos. El descartar todo lo no material no fue realización americana sino europea; el americanismo fue y sigue siendo la primera separación radical del pensamiento europeo.

 
Fuentes de la filosofía latinoamericana

Tiempo han gastado los latinoamericanos para llegar a estas conclusiones que, cosa curiosa, no son aceptadas todavía generalmente en los Estados Unidos reeuropeizados de nuestros días.

Todos los antecedentes latinoamericanos fueron distintos, para empezar.

La Revolución francesa y los enciclopedistas fueron los primeros que hicieron estremecer hasta sus cimientos en Hispanoamérica el clásico cristianismo feudal. Luchamos por la independencia bajo la dictadura intelectual de la Enciclopedia, en momentos en que el primitivismo de Rousseau y la mordacidad de Voltaire habían rajado el recio esmalte del pensamiento escolástico colonial. También tuvimos, desde luego, la influencia decisiva de la Revolución Norteamericana, la Declaración de los Derechos del Hombre en 1774, la Declaración de Independencia en 1776, y la Constitución Federal en 1787.

Después de la Independencia, vino a prevalecer en la América Latina el racionalismo europeo, a pesar de que nuestra afiliación a la Iglesia católica era cosa inconmovible. En efecto, durante el período revolucionario, el catolicismo escolástico y el enciclopedismo racionalista se las arreglaron para marchar hombro con hombro.

Esto fue consecuencia del “populismo” escolástico, derivado de los filósofos españoles del siglo XVI, Francisco Vitoria, fundador del derecho internacional, y Francisco Suárez, su discípulo, quienes influyeron de tal modo sobre el pensamiento católico latinoamericano que crearon escuela, y esta con el tiempo abrazó abiertamente la causa revolucionaria. Solo de este modo se puede explicar la alianza de frailes y masones librepensadores en la dirección de las revoluciones de nuestra independencia.

Vitoria afirmó los Derechos del Hombre y del individuo, con respecto al Estado, casi en los mismos términos en que fueron expuestos 250 años más tarde por los revolucionarios de los Estados Unidos y Francia. La influencia que desde el siglo XVI ejerció Vitoria sobre la independencia y los movimientos liberales de los siglos XVII I y XIX, deriva, además, de su concepto de que la soberanía por “derecho natural” pertenecía a la comunidad, y no era inherente a las casas reales reinantes.

Se desprendían naturalmente de esta definición dos proposiciones revolucionarias: 1) la limitación de la autoridad de la Corona; 2) el desconocimiento de la misma Corona si por cualquier razón dejaba de contar con la aprobación de los gobernados. Entonces la totalidad de la soberanía volvía al pueblo.

Estas vigorosas doctrinas las adoptaron y enseñaron jesuitas prominentes que dominaban todos los institutos de educación en las colonias españolas. Los consejeros del rey pronto clamaban contra esos “padres enemigos de la monarquía”, ateos y regicidas, incitadores de la rebelión. Fue ésta una razón adicional para que el papa aboliera la Compañía de Jesús, y para que Carlos III expulsara a los jesuitas.

Más de dos mil jesuitas fueron expulsados de la América Latina, y se convirtieron en agitadores por la independencia. Cuando Carlos IV y Fernando VII abdicaron en Bayona en favor de Napoleón, había llegado el momento de aplicar la teoría católica de Vitoria; se había operado en la América Española la reversión de la soberanía al pueblo, y éste estaba religiosa y escolásticamente en libertad de darse el gobierno que mejor le conviniera.

Así vimos frailes a la cabeza de la revolución en todas partes, los Hidalgos, los Morelos, los Henriques, los Mudariagas, los Lunas.

Pero no bien se había alcanzado la independencia, cuando se trabaron en lucha católicos y librepensadores. El movimiento por romper con todo lo que fuera España dio vida a la campaña contra la Iglesia.

De ahí que la América Latina estuviera entonces preparada para el racionalismo francés, y Augusto Comte vino de perlas. Su filosofía positiva capturó la imaginación de liberales y progresistas en las repúblicas del sur; sus discípulos fueron durante un tiempo los elementos más influyentes de la política activa en el Brasil y Chile. Un chileno, el señor Lagarrigue, sucedió a Comte en París como líder de la “Religión de la Humanidad”, que éste había lanzado hacia fines de su vida.

En ninguna parte del mundo ejerció más influencia que en la América Latina el positivismo materialista de Comte; en ninguna parte tuvo menos que en los Estados Unidos. En una nación tan profundamente religiosa como ésta última, no podía echar raíces; allí hasta Jefferson tuvo que disimular sus creencias agnósticas y aún hoy día el ateísmo se mira mal, como cosa infamante. En la América Latina, por el contrario, durante la época racionalista de la influencia de Comte, ser ateo se consideraba una postura intelectual y elegante.

 
Norteamericanos y latinoamericanos

¿Significará todo esto, puede preguntarse el lector, que los americanos materialistas se encuentran en el sur más bien que en el norte de las Américas? Me parece que la respuesta debe ser afirmativa. Nuestra preparación filosófica en la América Latina fue así, y lo es nuestra vida cotidiana, aunque esto, lo reconozco, es contrario a la teoría aceptada tanto en los Estados Unidos como en los países latinoamericanos. Lo mismo podría decirse de muchas otras ideas corrientes sobre numerosas características estadounidenses y latinoamericanas.

En los Estados Unidos, mañana es casi una definición del carácter y temperamento latinoamericanos; usan el término para indicar que somos gentes despreocupada y más bien lenta, en comparación con la laboriosidad y rapidez de los americanos del norte, Pero también éstos suelen dejar las cosas para después. Sólo que en lugar de mañana es next week – “la semana entrante”, o “después de las fiestas”, y siempre hay alguna fiesta pendiente.

Nosotros los latinoamericanos somos más teorizantes y seguramente más artistas; pero somos menos tolerantes y menos espirituales que los norteamericanos; en verdad, mucho menos de lo que nosotros mismos suponemos.

De ese tipo norteamericano que está siempre de prisa, y que es proverbial en el extranjero, poco es lo que he visto en veinte años de residencia en los Estados Unidos. El primer consejo que se le da al forastero en los Estados Unidos es take it easy (“no se afane”) y watch your step (“ande con cuidado”), que es el modo de vivir norteamericano – mientras que nosotros, los despaciosos latinoamericanos que perdemos el tiempo, siempre estamos apresurados. Lo cierto es que no dejamos de afanarnos ni mucho menos andamos con cuidado.

Las dos grandes características que han creado la disciplina y el orden en los Estados Unidos, el temor de Dios y la santidad de la Ley, tienen poca influencia práctica en nuestros países, pese a nuestra impresionante fachada religiosa.

Prevalece en el norte una tendencia al conservatismo y la camela en materia política; en el sur latino, el deseo de cambio y de acción expedita.

A tiempo que nosotros parecemos hacernos más audaces, en los Estados Unidos la audacia va disminuyendo. Los latinoamericanos se sorprenden cuando se dan cuenta del tiempo que se necesita para que los jefes responsables tomen una decisión aquí.

El estadounidense que consideraba los obstáculos tan sólo como retos, y la inseguridad como simple estímulo para la acción, se ve mucho menos en esta nación hoy día que hace veinte años.

Durante mis cuatro años de embajador en los Estados Unidos (1927 a 1930), viajé por todo el país, tratando de conocer gentes de todas las categorías y posiciones. Durante ese tiempo jamás oí la palabra la “seguridad”. Ahora, después de una depresión económica y una Segunda Guerra Mundial, casi no oigo otra cosa.

Sin duda proviene esto en gran parte de una fatiga psíquica, producto de las vastas y no agradecidas cargas que los Estados Unidos se han echado encima en este período.

Fue la llamada falta de madurez norteamericana lo que dio al carácter estadounidense su fortaleza y poder creador. Es una psicología que puede ser molesta para los súper refinados, pero constituye una fibra recia en la estructura de la nación.

¿No es cierto que todos los imperios y civilizaciones fueron construidos por pueblos jóvenes, espontáneos, sin inhibiciones y con fe? ¿Y no es igualmente cierto que todos ellos decayeron cuando el pueblo maduró y se hizo conformista, filisteo amante de la seguridad y escéptico, con un exagerado sentido de la comodidad y las buenas maneras? Puede ser asunto de coincidencia, ¿pero no podría ser también cuestión de causa y efecto? Will Durant escribió que todas las naciones “nacen estoicas y mueren epicúreas”.

“La democracia –escribió William James para su época y para la nuestra– está aún a prueba. El genio cívico de nuestro pueblo es su único baluarte”, y el secreto de ese baluarte no era más que “dos hábitos comunes, dos hábitos inveterados llevados a la vida pública –hábitos tan caseros que no se prestan a la expresión retórica, y que sin embargo son más preciosos, quizá, que cualesquiera otros que haya adquirido la humanidad. Jamás se recalcarán ni alabarán demasiado. Uno de ellos es el hábito de buen humor disciplinado y entrenado hacia el partido opuesto cuando gane en buena lid. Por haber abandonado ese hábito los estados donde se permitía la esclavitud casi acaban con la nación. El otro es el fiero e inmisericorde resentimiento contra cualquier hombre o grupo de hombres que alteren la paz pública. Por sostener este hábito, los estados donde no había esclavitud le salvaron la vida”.

Hay algo más de lo que jamás pensaba en ese “genio” del carácter estadounidense. Debido a ello, la democracia, “todavía a prueba”, pudo funcionar aquí como “la lenta cooperación de hombres libres” que describe Santayana.

Pasteur, me parece, se acercó más a la definición del sistema americano cuando dijo que la democracia es “aquel orden en el Estado que permite a cada individuo dar de sí el mejor esfuerzo de que es capaz”.

Pero en política exterior el individuo norteamericano ha tenido muy poco que hacer o que decir; ha tenido muy pocas oportunidades de “dar de sí el mejor esfuerzo de que es capaz”; y casi ninguna oportunidad cuando la política internacional se hizo asunto de acuerdo entre los dos grandes partidos y empezó a ser formulada, manejada y aplicada por un grupo peligrosamente pequeño de hombres colocados en posiciones políticas dominantes.

El hecho curioso es que en el momento mismo en que los Estados Unidos empiezan a mostrar síntomas de ser abrumados por el peso del pensamiento europeo, la América Latina que antiguamente estuvo tan europeizada, comienza a desenredar su cultura de la del Viejo Mundo.

Esta es tamo más sorprendente cuanto que, hasta una época reciente, nuestro sistema educativo era tan europeo que, en mi generación por lo menos, no había sobre las cosas pasadas más punto de vista que el europeo. Nosotros aprendíamos de memoria las campañas de Napoleón, sus amores y los amores de sus hermanos y hermanas, pero escasamente sabíamos lo que había sucedido o estaba sucediendo en nuestras repúblicas hermanas.

Hace exactamente cíen años que Andrés Bellos, entonces rector de la Universidad de Chile y a quien a menudo se acusó de ser europeizante, nos prevenía contra el peligro de convertirnos “en vasallos intelectuales de Europa”. Como no escuchamos al ilustre educador, el profesor Kandel de la Universidad de Columbia pudo escribir recientemente: “La educación es la menos latinoamericana de todas las instituciones latinoamericanas”.

Por lo demás, estábamos tan ocupados levantando barreras y fomentando querellas entre nuestros países, y librando nuestras diminutas batallas políticas locales, que no tuvimos tiempo para perfeccionar nuestro propio pensamiento filosófico.

En el sur no hubo nada equivalente al pragmatismo norteamericano, que nosotros ignoramos o desdeñamos, ni hubo tampoco base para el desarrollo de una vida comunal típicamente latinoamericana, mientras que el americanismo florecía en el norte.

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{7} Sobre este tema se extiende Mr. Harold Laski en su libro recientemente publicado, The American Democracy, en que se describe el “'capitalismo” norteamericano como la mayor amenaza para los Estados Unidos y para el mundo entero

{8} Algo de esta realización se ve en el hecho siguiente: en 1835 los obreros de Paterson, New Jersey, se declararon en huelga exigiendo una reducción de la semana de trabajo, de 76 horas a 66; al fin aceptaron 72. En 1948 el promedio era 44 horas semanales, y en muchas industrias ya se ha adoptado la semana de cinco días, con un total de 40 horas.

El salario promedio era de 260 dólares anuales hace un siglo; en 1948 era romo de 3.000 dólares, mientras que en el mismo período la producción y el consumo, por cabeza, han aumentado como al quintuplo.

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 144-169.)


¿Por la ventana?

Monroe “quand meme”

Desde que el presidente Roosevelt pronunció su discurso en la Fundación Wilson en 1933, en que sostuvo que la seguridad de cualquier nación de este hemisferio “concierne conjuntamente” a todas ellas, se ha dado por hecho que la “unilateral” Doctrina de Monroe está muerta, y que ha sido reemplazada por otra “multilateral”.

Este concepto ideal parece más figurativo que real.

La última declaración pública de política exterior norteamericana, hecha en un folleto en 1947, observa: “Se comprendió que a nuestra propia seguridad interesaba la independencia latinoamericana de toda dominación europea. Esta idea fue expuesta en forma de una política o doctrina por el presidente Monroe en 1823”. El documento dice además que las dos Américas “se acercaron más” en virtud de los convenios multilaterales contra los agresores, que culminaron en el pacto de defensa continental de Río de Janeiro, de septiembre de 1947. No declara, ni siquiera sugiere remotamente, que estos acuerdos conjuntos constituyan el reemplazo de una Doctrina de Monroe que haya sido abandonada.

La Doctrina de Monroe, como instrumento unilateral de política, no está muerta. Aunque jamás se hubiese formulado como norma de política públicamente proclamada, me parece que la Doctrina de Monroe seguiría siendo viviente realidad, puesto que en ella se halla incorporado el instinto de defensa propia de la más poderosa nación del Hemisferio Occidental. Ella era parte integrante de la posición de los Estados Unidos mucho antes que Monroe redactara su célebre mensaje al Congreso.

Desde 1811, en una resolución del Congreso, los Estados Unidos manifestaron su creciente preocupación ante la posibilidad de invasiones europeas por el Sur español. En la historia de las primeras épocas de la República se encuentran con frecuencia expresiones oficiales de este mismo temor.

El principio de “no enredarse en Europa” fue básico en la Doctrina de Monroe. Washington en su Alocución de Despedida había dicho que los intereses europeos se desprendían de causas “esencialmente ajenas a nuestra incumbencia Su preocupación dominante fue que la paz y la prosperidad de los Estados Unidos pudieran ser destruidas “por el juego de las ambiciones, rivalidades, intereses, humores y caprichos de Europa”.

La Doctrina Monroe se formuló sencillamente como método para mantener ese “juego” tan lejos como fuese posible de los Estados Unidos. La Alocución de Despedida de Washington y la Doctrina de Monroe no sólo son complementarias: son una misma política, hecho que a menudo pasan por alto juristas y diplomáticos.

La Doctrina de Monroe fue doble precepto: no intervención europea en este hemisferio, ni intervención americana en Europa. Dice así: “En las guerras de potencias europeas entre sí, jamás hemos tomado parte ni cuadra a nuestra política hacerlo. Solo cuando se invaden nuestros derechos o se los amenaza seriamente, es cuando nos resentimos de la ofensa o hacemos preparativos para la defensa”.

 
La mitad desapareció y con ella la estrategia

En último análisis la Doctrina de Monroe fue una política de “no entrometerse”.

Fue el incontenible Hugh Johnson quien anotó: “La primera mitad de la Doctrina Monroe la tiramos por la ventana en 1917”.

La otra mitad también casi la tiran por la ventana en Dumbarton Oaks.

La jugada de Monroe fue una de las más hábiles que se hayan hecho jamás en la historia de la diplomacia. Aunque generalmente se ha interpretado como una demostración de fuerza, debiera en realidad juzgarse como la audaz tentativa de una nación relativamente débil por mantener a todos los poderosos enemigos en potencia a respetable distancia.

Tan presuntuosa pareció a las potencias de la Santa Alianza que Metternich la llamó “una declaración indecente”, y Bismarck más tarde: “una impertinencia diplomática”.

No había entonces más de doce millones de habitantes en los Estados Unidos; sus grandes potencialidades económicas apenas comenzaban a desarrollarse; no tenían ejército ni marina de importancia. Inseguros de su capacidad para medir fuerzas con las naciones europeas en la dura prueba de las armas, los Estados Unidos emplearon hasta el último extremo el arma diplomática de la Doctrina de Monroe, Su propósito no era provocar la prueba de fuerza, sino evitarla.

En la práctica evitó, efectivamente, los conflictos militares con el Viejo Mundo, en vez de provocarlos como se temió en un principio, y sirvió a la seguridad de los Estados Unidos más eficazmente que los más grandes ejércitos o armadas.

La declaración de Monroe no fue solamente una doctrina que tuvo éxito: fue también sana estrategia militar. Cuando los Estados Unidos se quitaron la toga aislamentista descartaron también la astuta estrategia de Monroe; esa fue una gran desviación.

Monroe dijo: Pelearemos siempre que… En las ocasiones precedentes a su entrada en un conflicto europeo, el Tío Sam no dijo nada parecido.

Todos los agresores en potencia sabían exactamente lo que les esperaba si violaban la Doctrina de Monroe, de modo que no deseaban correr ese riesgo, Pero para los agresores potenciales de nuestro tiempo, siempre ha sido materia de especulación si los Estados Unidos pelearían o no; de modo que cuando presumieron que no pelearían, y se les presentó la oportunidad de una agresión provechosa, corrieron el riesgo.

Pero aun el desaislado Tío Sam habría podido todavía impedir las dos Guerras Mundiales si hubiera conservado por lo menos su gran estrategia centenaria de Monroe: “Pelearé siempre que…”

La Doctrina de Monroe ha dominado de tal modo la mentalidad hemisférica en los asuntos internacionales que con frecuencia se la confunde con el panamericanismo.

Son dos cosas completamente distintas y de carácter totalmente diferente. La Doctrina de Monroe tiene todo lo que le hace falta al panamericanismo.

Hay audacia, precisión y un compromiso claro en aquella; éste es tímido, lleno de generalidades y abstracciones, vago y evasivo.

Esa diferencia ayuda también a explicar por qué el panamericanismo ha sido completamente ineficaz, en tanto que la Doctrina Monroe ha sido uno de los instrumentos más efectivos de que se tenga noticias en los anales de la diplomacia mundial. Lord Lytton escribió: “Es generalmente cierto, por paradójico que parezca, que mientras mayores y más precisos sean los compromisos de un país, menos probabilidad existe de que se vea arrastrado a la guerra”.

La Doctrina de Monroe jamás fue respaldada por fuerza suficiente para oponerse a todos los posibles agresores a un mismo tiempo, y sin embargo el compromiso que ella implicaba era conciso y su eficacia fue contundente. Esa es la mejor diplomacia.

 
La armada que no estuvo

Repetidas veces se nos ha dicho que la ilota británica respaldaba la proclamación de Monroe, y que sobre ella recayó la responsabilidad real de su gran éxito.

Jamás existió tal compromiso. Los que formularon la Doctrina de Monroe no podían contar, ni contaron jamás, con semejante apoyo, que por cierta no se dio nunca. Poco inteligente habría sido suponer que los ingleses, acabando de salir de dos reñidas guerras contra los Estados Unidos, iban a querer emplear sus armas para garantizar una hegemonía estadounidense en las Américas, y los astutos estadistas norteamericanos no se forjaban semejantes ilusiones.

La verdad es que la Gran Bretaña en la época del mensaje de Monroe guardaba celosamente sus propios intereses contra cualquier tentativa por parte de España de reconquistar sus colonias de América. Por este motivo el pueblo británico, oficial o privadamente, prestó mucho mayor ayuda que los Estados Unidos a las colonias españolas en su lucha por la independencia. En diversas épocas, un total de 5.000 voluntarios británicos luchó a las órdenes de Simón Bolívar por la emancipación de la América Latina. Muchos ingleses figuraron también bajo el mando de Lord Cochrane en la poderosa ilota chilena, sin cuya actuación y dominio completo del Pacífico la independencia de media América Latina no se hubiera podido lograr en esa época.

Sin embargo, nadie podía contar con la política británica, como no fuera para saber sin temor a equivocarse que ella se ceñiría siempre a los vientos tornadizos de los intereses imperiales. Ciertamente no pudo escapar a la perspicacia de Monroe y su secretario de Estado, Adams, que Gran Bretaña y su escuadra podían fácilmente asumir una actitud distinta en el futuro y, naturalmente, no aceptarían un comodoro monroísta sine die.

En el hecho, la escuadra británica apareció en abierta oposición a la Doctrina de Monroe en las Islas Malvinas en 1833, en Honduras en 1835 y 1838, en Colombia en 1837, en el Río de la Plata en 1845, en Haití en 1877, 1883 y 1887.

Esa escuadra no se hizo presente para ayudar al gran Juárez a arrojar de México al emperador francés Maximiliano, en momentos en que la guerra civil impedía la pronta intervención de los Estados Unidos.

Cleveland corrió el albur de un choque con la armada británica en el Caribe cuando hizo afirmación de la Doctrina de Monroe, desafiando al gobierno de Londres en el episodio de Venezuela en 1895.

Pocos años después, la escuadra británica se ponía en conflicto con la Doctrina de Monroe al bloquear la costa del Caribe – el “suave bloqueo” que Teodoro Roosevelt rompió diestramente con una nueva y vigorosa interpretación de la Doctrina de Monroe.

No significa esto, desde luego, que Inglaterra no siguiera como regla general la orientación de esa doctrina, o no tratara de acomodar a ella su política.

Ya habían pasado los tiempos en que Wellington proyectaba incorporar uno a uno en el Imperio Británico todos los virreinatos españoles, en que Popham había gobernado a Buenos Aires durante cincuenta días y La Habana había estado en poder de la escuadra británica. Gran Bretaña estaba satisfecha con la independencia de la América Latina.

Estaba ocupada en aventuras coloniales en otras regiones, que le embargaban todas las energías, y tenía poco que ganar con una arriesgada tentativa de mayor expansión colonial en este hemisferio.

Sus relaciones con la América Latina se han caracterizado, a la verdad, por una gran cordialidad. Tenía sobre los Estados Unidos una clara ventaja: que no tenía ninguna doctrina que sostener. Así pues, cuando quiera que se vio en conflicto con algún estado latinoamericano, aquello no pasó de ser un incidente, que generalmente quedaba resuelto y olvidado en corto tiempo, sin dejar resentimientos.

Con los Estados Unidos la cosa era distinta: cada conflicto con una nación latinoamericana, cuando el monroísmo se convirtió en imperialismo, era un incidente más que una doctrina de la cual el gobierno de Washington era único intérprete: de este modo los latinoamericanos jamás sabían qué vendría en seguida, y las heridas sanaban lentamente.

 
Una doctrina vapuleada

Tan tergiversada, mal interpretada y desfigurada ha sido la Doctrina de Monroe, que ha dado origen a muchos errados conceptos sobre su naturaleza, su alcance y sus limitaciones.

Durante muchas décadas ha sido presentada en diversas partes de América en la forma más contradictoria: como heraldo de paz, como cruel amenaza, como odioso buitre imperialista, y como flor inmaculada que retoña al cálido sol de la libertad americana.

Sea de ello lo que fuere, los resultados prácticos hablan por sí mismos: 1) La Doctrina llenó plenamente su cometido de proteger el flanco de los Estados Unidos contra poderosos enemigos potenciales europeos; 2) les dio a las repúblicas latinoamericanas la oportunidad de organizar libremente su propia vida; 3) la expansión colonizadora europea fue reciamente desviada de este hemisferio hacia el continente asiático, el África y Oceanía; 4) por mucho que a los Estados Unidos guiara el interés de su propia seguridad al formular la declaración, la Doctrina contenía intrínsecamente una finalidad desinteresada, de amplia visión de estadista, continental y verdaderamente americana.

Para empezar, la Doctrina fue una declaración unilateral. Como, lo dijo una vez Wilson, “la proclamaron los Estados Unidos por su propia autoridad; ha sido y será siempre sostenida bajo su responsabilidad exclusiva”. Declaraba que el continente americano estaba cerrado para ulteriores colonizaciones por parte de Europa, pero sin intervenir en las posesiones europeas existentes en él. Consideraba “peligroso para nuestra paz y seguridad cualquiera tentativa suya (de los Estados europeos) por extender sus sistemas a cualquier porción de este hemisferio”.

Condenaba como manifestación de una disposición no amistosa hacia los Estados Unidos “cualquiera interposición con el fin de oprimirlas (a las repúblicas latinoamericanas) o de controlar en cualquier otra forma sus destinos, por parte de una potencia europea”.

No autorizaba a los Estados Unidos para intervenir en los problemas domésticos de otras naciones americanas. No se formuló para servir a intereses individuales, ni para sancionar actuación alguna encaminada a buscar aprovechamientos públicos o particulares. Nada tenía que ver con las relaciones directas entre los Estados Unidos y las repúblicas latinoamericanas. No fue un compromiso ni una alianza; ni fue, hasta hace pocos años, un pacto obligatorio en ningún sentido de la palabra. No era aplicable a la guerra entre Estados americanos, ni a la guerra entre naciones americanas y potencias europeas, a menos que tales conflictos implicaran conquista territorial o dominación política en este continente. No fue una garantía contra el conflicto armado. No fue una ley del Congreso ni la respaldó ninguna ley federal, si bien se mencionó más tarde en el Convenio de la Sociedad de las Naciones y quedó implícita en la Ley de Neutralidad.

 
El sin fin de corolarios

Si a las naciones latinoamericanas se les hubiese pedido que respaldaran la Doctrina en la época en que se enunció, habrían accedido sin demora. Bolivia la ensalzó mucho, Colombia y el Perú insinuaron que se convirtiera en una alianza y en la agenda del Congreso de Panamá de 1826 se propuso respaldarla como alianza militar continental.

En ese tiempo las repúblicas latinoamericanas estaban dispuestas hasta a aceptar la interpretación unilateral de la Doctrina que para sí se reservaban los Estados Unidos, Quizá razonaban de esta suerte: No la formulamos, no la solicitamos, no podemos interpretarla, no podemos ejecutarla, pero puede darse el caso de que la necesitemos con urgencia.

Aunque durante 125 años esta política cumplió su principal propósito de alejar de Las Américas la intervención europea, no fue nunca vehículo de mutua inteligencia psicológica entre los Estados Unidos y la América Latina.

¿Por qué? Porque fue desfigurada con fórmulas, interpretaciones y corolarios: el primer corolario de Polk; el segundo corolario de Polk; el corolario de Hayes; el primero y segundo corolarios de Grant; el corolario de Olney, con su exabrupto de que los Estados Unidos eran “prácticamente soberanos en este continente”. Los tres corolarios de Teodoro Roosevelt que convirtieron a los Estados Unidos en agentes de policía del hemisferio, encargados de castigar a los “malhechores crónicos”, y tenían por objeto proteger los intereses no sólo de los Estados Unidos sino también de Europa en este Nuevo Mundo, y gobernar la política de las repúblicas latinoamericanas. Eran los tiempos en que el destino empezaba a hacerse “manifiesto”: estaban de moda las “zonas de influencia” y la grandeza imperial era el brillante galardón de toda potencia mundial que se estimara.

Tenemos, además, el corolario Wilson del no reconocimiento, para “enseñar a los latinoamericanos a elegir hombres competentes”; el corolario Lodge sobre concesiones; el corolario Taft, que recomienda el empleo de “dólares” en vez de balas; los dos corolarios de Coolidge.

Esta continua corriente de cambios, versiones, interpretaciones y reinterpretaciones hizo que Salvador de Madariaga, antiguo embajador de España en Washington hablara una vez de un estadista latinoamericano que decía que pensaba en la muerte con delectación anticipada para poder al fin preguntarle a Dios mismo qué cosa era, exactamente, la Doctrina de Monroe.

 
La restauración

Fue esa la Edad de Tinieblas en las relaciones de los Estados Unidos con sus hermanas repúblicas de este hemisferio.

Al estudiar la conducta norteamericana bajo la tan remendada política de la Doctrina de Monroe, hay que anotar que hubo muchos gobiernos y partidos políticos latinoamericanos que no solamente aceptaban, sino que pedían la intervención de los Estados Unidos en sus asuntos internos.

Por este motivo el imperialismo norteamericano fue también un problema moral nuestro.

Además, si recordamos como fueron dominados, aplastados y destruidos los Estados pequeños por los imperios de Europa y Asia en el pasado, hay que reconocer que los Estados Unidos, teniendo un poderío igualmente abrumador en el Hemisferio Occidental, han mostrado notable tolerancia y respeto en sus relaciones con otros países del hemisferio. Como anotó Charles Evans Hughes: “Lo que es significativo de las intervenciones militares norteamericanas en las repúblicas latinoamericanas, no es que las fuerzas de los Estados Unidos fueran allá, sino que volvieran a salir”.

No había sino una manera de que la Doctrina de Monroe pudiera conservar su prestigio hemisférico: que los estadistas desistieran de darle diversas interpretaciones. El presidente Hoover y el secretario de Estado Stimson fueron los primeros que lo comprendieron y lo pusieron en práctica, después de ochenta años de enmiendas y remiendos que casi hacían imposible reconocer el documento original.

Como el diplomático europeo que en cierta ocasión desconcertó a sus colegas diciendo la verdad, Reuben Clark, entonces subsecretario de Estado, causó sensación en este hemisferio restaurando simplemente el significado y alcance original de la Doctrina de Monroe. Juntamente cuando las repúblicas americanas esperaban el vigésimo corolario, y un rompecabezas más, se vieron inesperadamente confrontadas con la claridad misma. Me encontraba entonces en Washington y fui testigo del alivio y sorpresa de mis colegas latinoamericanos.

Hoover retiró toda la infantería de marina de la América Latina y, con Mr. Stimson, inició efectivamente la política de no intervención en los negocios internos de las demás repúblicas americanas.

 
La doctrina de un pueblo

Con todo, el prurito de interpretarla no ha sido, a mi modo de ver, la única razón para que la Doctrina de Monroe se convirtiera en obstáculo, más bien que en eslabón de la cordialidad ínter americana: todos nosotros nos equivocamos al mezclarla con el panamericanismo. Hicimos de las dos cosas una amalgama, con grave detrimento de ambas.

La Doctrina de Monroe no fue popular en un principio en los Estados Unidos, ni gustaba al Congreso, Como no podían derogar una simple “declaración”, los miembros del Congreso se dieron pronto a la tarea de poner bien en claro que ellos nada habían tenido que ver con ella, y que por consiguiente no podía comprometer a esta nación. Senadores hubo que en 1823-24 declararon que aquello no pasaba de ser un “engendro” del Sr, Monroe, y como tal, expresión de una política enteramente individual y personal del presidente.

Tan grande fue la resistencia parlamentaria aun en los tiempos de John Quincy Adams y Henry Clay, que estas dos lumbreras tuvieron que disimular su apoyo a la Doctrina en términos de una inocua ambigüedad diplomática.

Pero la Doctrina pronto se hizo popular entre el pueblo norteamericano, y fue ese mismo pueblo el que, por una especie de búsqueda subconsciente de seguridad nacional dotó a la Doctrina de Monroe de la fuerza irrevocable de un precepto cuasi-divino.

Este sentimiento popular sigue vivo hoy día, y mientras perdure continuará siendo la última clave de la política norteamericana, cuando quiera que la seguridad de esta nación esté en peligro. Proviene directamente de sus propios instintos de bienestar y supervivencia.

Por lo que hace al tiempo que esta determinación pueda durar, me siento ahora mucho menos seguro que hace veinte años. El aislamiento de las eternas disputas europeas era otra actitud aparentemente inconmovible del pueblo norteamericano, sobre todo después de las desilusiones que trajo la Primera Guerra Mundial; y sin embargo, pronto el país se vio envuelto en otra.

Vacila uno en aceptar las actuales intromisiones norteamericanas en los asuntos europeos como veredicto que demuestre la tan difundida idea acerca de la facilidad con que el pueblo estadounidense pasa de un extremo a otro. Y sin embargo, estos cambios de frente de la actitud nacional en la cuestión del aislamiento durante los últimos treinta años justifican la duda.

 
Política esférica y hemisférica

Los Estados Unidos nunca se encontraron tan aislados como lo están desde que descartaron el aislacionismo. Por lo demás “aislacionismo” me parece un vocablo absoluto, Es evidente que todas las naciones, aunque no lo confiesen, querrían aislarse hoy día si pudieran. Sin embargo, lo que me preocupa no es el aislacionismo sino un panamericanismo, que reformado y convertido en vigorosa y firme política exterior continental sea capaz de dirigir en vez de seguir el curso de los acontecimientos mundiales. Y he visto cómo en medio de las abruptas alternativas del sentimiento nacional de los Estados Unidos, el panamericanismo casi ha sido descartado, junto con el hoy desacreditado aislamentismo.

La política hemisférica se ha convertido en mero apéndice de una política totalmente esférica. Tal es la posición oficial. Pero no estoy tan seguro de que las enseñanzas e implicancias de una Doctrina de Monroe que aconsejó “no mezclarse” puedan arrancarse de raíz del corazón y el espíritu norteamericanos. La convicción y el sentimiento público que la sostienen son demasiado fuertes.

El secretario de Estado de Wilson, Robert Lansing, habló de mantener separadas la Doctrina de Monroe y el panamericanismo. Sus ideas al respecto eran precisas: la Doctrina de Monroe era, o debía ser, “nacional”, –una política exterior americana; el panamericanismo era o debía ser “internacional”– una política exterior del continente.

En la práctica esa política “nacional” ha existido de verdad durante 125 años; pero el panamericanismo fue siempre una urdiembre de palabras de esperanza, sin llegar a tener nunca vida propia como política exterior de alcance mundial. Ha florecido sólo como concepto interamericano destinado a regir las relaciones de las repúblicas americanas entre sí.

No es esta una distinción casual. Por no reconocerlo hemos estado dando en el clavo que no es.

Primero, permitimos que la Doctrina de Monroe desalojara todas las demás cuestiones hemisféricas, y nos dedicamos a “interpretarla”, confrontarla, ampliarla, manipularla y asimilarla, con la consiguiente cosecha de malos entendimientos entre la América Latina y los Estados Unidos.

En segundo lugar, no se hizo esfuerzo alguno por formular una política internacional de alcance mundial para el hemisferio, como natural unidad económica y política sobre la faz del globo. El resultado fue que los Estados Unidos actuaron por su propia cuenta, para encontrarse luego, lo mismo que la América Latina, ante hechos consumados que tuvieron su origen en la acción decisiva de otras, y ante una multitud de acontecimientos concomitantes, enteramente contrarios a los principios, aspiraciones e intereses del Nuevo Mundo.

El estar manipulando la Doctrina de Monroe dio origen al imperialismo norteamericano y al antimperialismo latinoamericano; la ausencia de una política exterior mundial del hemisferio dio por resultado que los Estados Unidos y el panamericanismo fueran siempre a la zaga de los asuntos mundiales. Y ahora, como nuestros cimientos no son sanos, los pilares de nuestra seguridad se están agrietando.

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 170-183.)


Federaciones americanas: la que nació y la que no

Padres de la patria al norte y al sur

La Providencia colmó al Nuevo Mundo de todos los dones necesarios para bastarse a sí mismo y garantizar su seguridad mediante sus propios recursos que le brindan su situación y sus riquezas naturales.

Una vez unidas por una política de común destino, las dos Américas pueden ser baluarte militar natural, incomparable e irrompible, aun en la era atómica. Separados y divididos, los países de las dos Américas son como planetas sin órbita, destinados irremisiblemente a ser atraídos al caos mundial existente. Juntos, son un mundo en sí mismos. El simple hecho de las diferencias de idiomas y superficialmente de culturas, no tiene más importancia que en Suiza, o en el Canadá, donde hay dos culturas: inglesa la una, francesa la otra.

El panamericanismo no es mezquina cuestión de nepotismo o preferencias locales: es toda una filosofía de la vida, a más de ser una política de interés propio.

Una adivinación casi intuitiva de lo que reservaba el porvenir, tuvo que guiar a Alejandro Hamilton y a otros grandes hombres de la nueva república norteamericana en formación, cuando resolvieron que solamente la federación y un rompimiento completo con los antiguos sistemas podían garantizar la libertad y el éxito definitivo del experimentó del Nuevo Mundo.

En tierras del Sur fue esa misma la convicción de hombres como Bolívar, San Martín, O'Higgins y demás grandes campeones del nuevo ideal americano. A medida que el separatismo latinoamericano tendía a concretarse más y más, quedaron mentalidades ilustradas y videntes a quienes no escapaba el curso que la historia tendría que seguir.

Fue uno de ellos el gran chileno Bernardo O'Higgins, cuyo ideal era “una Gran Confederación parecida a la de los Estados Unidos”.

Pero la personalidad dominante e inspirada entre los revolucionarios latinoamericanos fue sin duda alguna el Libertador, Simón Bolívar, Hasta el último día de su vida, nunca abandonó la esperanza de organizar en una sola confederación, o en una Confederación de Federaciones, las naciones que su espada hizo libres.

Bolívar escribió un “Nuevo Mundo compuesto de naciones independientes, todas unidas entre sí por una ley común… y un Congreso permanente”.

Habló de un “Pacto Americano”, un “Sistema Americano de Leye”, y una “Alianza Ofensiva y Defensiva Americana”.

Las invitaciones al malogrado Congreso de Panamá de 1826 –convocado con el propósito de crear la Gran Federación– fueron enviadas por el propio Bolívar desde Lima, Aspiraba a forjar en Panamá la unión de las naciones “que habían sido colonias españolas”.

Aproximadamente un año después, en noviembre de 1826, el secretario de Estado de los Estados Unidos, Henry Clay, recibió una invitación oficial al Congreso de Panamá, de manos del Ministro de Colombia en Washington, quien actuaba de acuerdo con los gobiernos de México y Guatemala.

Las ideas de Bolívar no eran bien claras en cuanto a la inclusión de los Estados Unidos en la Federación; parece que a un mismo tiempo deseaba con ardor y temía ligeramente semejante paso, Pero una vez hecha y aceptada la invitación, se alegró “de que los Estados Unidos enviaran delegados al Istmo, fuera como fuera”.

Su admiración por los Estados Unidos y sus líderes era grande y no la callaba. Con ocasión de su única visita a ese país, hizo un comentario muy significativo: “Por primera vez en mi vida he visto la libertad racional”.

Quizá básicamente Bolívar estuviese comprometido con la idea de una Federación Latinoamericana, pero para protegerla, estaba dispuesto a incluir a los Estados Unidos.

Tenemos, además su declaración de que el Congreso de 1826 no sólo “haría del Nuevo Mundo una sola nación con un solo centro, sino que podría convertirse en una Liga de Todas las Naciones”. El Istmo de Panamá sería entonces la “Capital del Mundo”, situado como estaba en el centro del globo, mirando a un lado al Asia, y al otro al África y Europa.

Bolívar alcanzó a vivir apenas lo suficiente para ver sus sueños desbaratados, sus ideas descartadas, su construcción destruida.

La “Federación Hispanoamericana”, por cuyo intermedio pensó que América podría “traer al mundo un orden ele cosas verdaderamente nuevo”, estaba muerta.

Bolívar, por su parte, murió en la pobreza, perseguido por sus conciudadanos, acusado de insensatas ambiciones imperiales, a pesar de que diez veces le ofrecieron la corona y la cruz y diez veces las rechazó, con tanta indignación como Washington cuando rechazó el trono en Newburgh. En los Estados Unidos esta figura eminente no corrió mejor suerte en las interpretaciones de algunos diplomáticos americanos.

“La gloria militar –escribió Wilfiam Tudor, por entonces cónsul de los Estados Unidos en Lima– es su pasión dominante; la conquista y un extenso imperio son su meta; y aunque salga con vida de todos los peligros anejos a semejante profesión, sólo será al final un brillante usurpador militar a quien maldecirá la generación actual, y agregará un nombre más a la lista de los locos militares”.

Pero mientras Mr. Tudor informaba desde Lima en términos tan difamantes sobre el Libertador, Mr. Beaufor Watts. Encargado de negocios de los Estados Unidos en Colombia, tenía el punto de vista enteramente contrario; para él, “el desinterés y las virtudes políticas” de Bolívar eran la única salvación de las repúblicas recién nacidas.

A tiempo que Mr. Tudor fue trasladado del Perú al Brasil, donde murió, Mr. Watts fue reemplazado en Colombia por el general William Henry H armón, que había ganado fama en la acción de Tippecanoe y había de ser más tarde presidente de los Estados Unidos. Entonces la corriente de furia antibolivariana que llegaba al Departamento de Estado cesó de emanar del Perú y comenzó a manar de Colombia, El general Harrison fue tan enemigo de Bolívar como entusiasta admirador de este había sido su antecesor.

No puede uno menos de comprender las dificultades de Henry Clay y otros secretarios de Estado de aquella época, para formar opinión sobre Bolívar, cuando los elementos de juicio de que disponían eran esa serie de afirmaciones, comraaíirmaciones y contradicciones. Una cosa hay que admitir: que el gobierno norteamericano careció de orientación precisa en aquel nebuloso e importantísimo episodio de la diplomacia interamericana.

Lo mismo que los padres de la Patria en los Estados Unidos, que fueron seguramente más afortunados, los grandes líderes de la independencia latinoamericana previeron la tragedia del separatismo e hicieron todo lo posible por lograr la federación. Fallaron en su intento, y otros conductores de menor talla y más estrecho criterio los reemplazaron, para ser sucedidos en general por grupos políticos ciegos a los más grandes intereses e ideales de sus propias naciones, lo mismo que a los de su hemisferio.

En efecto, por lo que hace a la unidad, lo mismo que en otros asuntos, la América Latina retrocedió visiblemente.

En la década de 1820, colombianos y chilenos eran ciudadanos de ambos países, podían ser candidatos para los puestos públicos y ejercer cualquier empleo en cualquiera de los dos países, salvo el de presidente de la república, que se reservaba para los ciudadanos por nacimiento. Entonces el comercio podía moverse tan fácilmente entre esos dos países como hoy entre los estados de los Estados Unidos.

Análogas relaciones regían en esa época entre otras naciones latinoamericanas. Bolívar, el venezolano, fue presidente de Colombia, Perú y Bolivia; y el argentino San Martín fue jefe del gobierno peruano. La junta revolucionaría de un país contaba a menudo entre sus miembros a ciudadanos de otras naciones latinoamericanas, y los gobiernos europeos de aquellos tiempos no consideraban extraño que el representante diplomático de determinada nación latinoamericana fuera ciudadano de otra vecina.

Hace ciento veinticinco años se podía viajar por toda América Latina lo mismo que se viaja hoy por el territorio de los Estados Unidos. En cambio, hoy impide la libertad de tránsito un sinnúmero de reglamentos. Pasaportes, visas, limitaciones en cuanto al tiempo de permanencia, junto con la exigencia de certificados bancarios, de policía, de sanidad y demás, le dan al ciudadano latinoamericano la impresión de que se le trata como sospechoso de algún crimen en potencia cuando va a cruzar la frontera de otra república. Algo se ha hecho en los últimos años para eliminar estas barreras, pero mucho queda por hacerse.

El fracaso de todos los padres fundadores de las naciones latinoamericanas en sus esfuerzos en pro de una federación a pesar del viviente ejemplo de la federación norteamericana, que ya tenía treinta años de existencia, es uno de los episodios más trágicos en la historia de las Américas.

El sueño comenzó 27 años antes que apareciera en la América Latina un movimiento concertado por la independencia; el precursor fue el capitán Francisco de Miranda; el lugar, Nueva York.

 
Independencia latinoamericana en Wall Street

Habiendo llegado procedente de la rica ciudad de La Habana, próspera metrópolis de 76.000 habitantes, situada en uno de los puntos donde se cruzan las rutas del comercio mundial, al capitán don Francisco de Miranda no debió de impresionarle gran cosa Nueva York en el año 1784. Esta ciudad era por entonces una pequeña población adormecida, que tras la guerra de la independencia había quedado con sólo 12.000 de los 25.000 habitantes que antes tenía; en suma, era un puerto infeliz, sin comercio.

Solo los hombres de extraordinaria visión del porvenir podían advertir entre tanta pobreza, ruina y desorganización, el toque mágico que había de realizar la metamorfosis urbana más grande de la historia dentro de la nación más grande del mundo.

Miranda era uno de ellos; lo eran también Alejandro Hamilton y el general Henry Knox. Para ellos se tornaba visible el halo de la grandeza futura; la Revolución por la independencia de las Américas no había terminado con el Tratado de París de 1783: comenzaba apenas.

Había al sur y al oeste un imperio, pensaban, que era preciso libertar e integrar en el Gran Proyecto, capaz de labrar los destinos del Nuevo Mundo Hemisférico Unido.

Dirigiéndose a la casa de Hamilton, situada en el número 57 de Wall Street, Miranda podía ver las cicatrices de la Guerra de la Revolución en las ruinas y destrozos* Aquello era muy distinto de las calles bien pavimentadas de La Habana, los herniosos paseos y la Alameda de Paula, festonada de lujosos edificios oficiales y residencias particulares.

Perros y cerdos hozaban en las calles de lo que iba a ser más tarde la superciudad vertical de las “blancas catedrales”

Y en 1783 Miranda podía oír a los voceadores, los lecheros, los deshollinadores, que con el pregonar de sus servicios realzaban el aspecto primitivo del villorio: “¡La leche! ¡Viene la leche!” “¡Limpio chimeneas!”.

Fue en este ambiente, a muchas millas de distancia y adelantándose mucho a la mentalidad de los pueblos interesados, donde se concibió el primer plan de liberación y acaso federación de las colonias españolas de América.

Hay algo de romántico y mucho de visión del porvenir en aquellos tres soñadores que se reúnen en la casa de Hamilton, y que durante veinte años van a pensar, anhelar e intrigar para construir el gran edificio que debía ser hogar del Nuevo Mundo. Hamilton, pobre chico inmigrante de las Antillas, realista cuya visión gigantesca traspasaba los límites de la república que ayudó a formar; Knox, el librero de Boston convertido en brillante jefe militar, y que había de ser secretario de Guerra de Washington; Miranda, el criollo hijo de Caracas, el soñador, el planeador, el persuasivo, la trágica figura del gran drama –estos eran los tres.

Quizá ningún hombre de su tiempo trató en términos de intimidad a tantas personalidades de relieve histórico como Francisco de Miranda* Fue amado por Catalina la Grande, protegido por Potemkin, admirado por Napoleón, Bolívar, Lafayette, O'Higgins y Dumoriez, fue amigo de Alexander Ham ilion, del general Knox, de Thomas Paine, Pétion, Jeremy Bentham, Madame de Stael; confiaron en él el duque de Wellington, Lord Cochrane, William Pitt, Addington, Canning, Castlereagh; lo odiaron Robespierre, Fouché, y Aaron Burr; y fue apenas un sospechoso personaje para el presidente John Adams, quien finalmente desbarató su Gran Proyecto de liberación de la América Latina.

Como comandante en jefe y jefe del ejecutivo de su país, dirigió las primeras batallas de la revolución de la independencia en Venezuela, su patria.

Su vida entera no tuvo más que un objetivo: la liberación y confederación de las colonias españolas de América. El plan que preparó con este fin ganó completamente para su causa la voluntad de Alexander Hamilton.

En su carta a Rufus King, Hamilton escribió que quería que los Estados Unidos fueran “la agencia principal de esta empresa, y que suministraran todas las fuerzas terrestres necesarias”, y agregó: “El mando en este caso me correspondería muy naturalmente a mí, y espero que no defraudaré ninguna anticipada esperanza”. Nadie lo sabía por entonces (1798) en las colonias españolas, pero es un hecho que antes que apareciera en el sur ningún movimiento armado por la independencia, una fuerza expedicionaria norteamericana al mando de Alexander Hamilton estuvo muy cerca de desembarcar en los dominios españoles.

En esa época Alexander Hamilton escribió a un amigo, y le decía que, si los Estados Unidos resolvían hacer la guerra, “Francia no debe considerarse como país aislado de su aliada, España; objetos tentadores estarán a nuestro alcance”.

 
Haciendo imperio en un “mundo de buhoneros”

Frente a su residencia, calle de por medio, Hamilton, que entonces contaba 26 años de edad, había abierto su bufete en el número 58 de Wall Street, Hacia un año que se le había licenciado para ejercer la abogacía, tras sólo cuatro meses de estudio. Un año después escribiría: “De lo que con más seguridad puede cualquier gobierno fiarse, es del interés de los hombres”, la doctrina en parte hobbesiana y en parte lockiana que lo guio en sus luchas por dar forma a la Constitución Federal años más adelante.

Wall Street era ya el centro comercial de la ciudad, y el “Café de los Comerciantes”, situado a pocos pasos de la residencia de Hamilton, era su corazón. La zapatería de Joe Mitchell, la dulcería de Joseph Coree y la casa de huéspedes de la señora Sheldon quedaban en el vecindario, y Aaron Burr acaba de instalar su oficina a la vuelta de la esquina. Todo se negociaba a voces en aquellas calles, que eran típicamente “un mundo de buhoneros”.

Solo unas pocas “tabernas” y tres o cuatro teatros tenían a su disposición los 12.000 habitantes de Nueva York, precursores de los 20.000 restaurantes y 1.600 teatros y salones de cinema de la población de ocho millones que tiene el moderno Nueva York.

Hamilton fue siempre aislacionista. Pero para cualquiera que haya tratado de seguir el vuelo de su mente prodigiosa, es claro que no podía pensar en que se aislaran las Trece Colonias solas. Su sueño era de aislamiento continental, el único posible y justificable. Esto explica el que acogiera con tanto entusiasmo el proyecto de Miranda.

Que era monarquista de corazón, lo sabemos; que hubiera podido convertirse en imperialista, si hubiera vivido lo suficiente, podemos admitirlo; pero que hubiera ido tras el engrandecimiento personal en sus esfuerzos por libertad a las colonias españolas, como lo insinuó el presidente Adams, es tesis para la cual no existe ninguna prueba histórica.

La mentalidad económica y militar de este estadista, el “más claro pensador” de todos los prohombres revolucionarios, estaba quizá aprovechando a Miranda, o creía que lo estaba aprovechando, en un esfuerzo por dar respaldo continental a la política de “no hacer alianzas enredadoras”, que él había de formular, aunque fue Jefierson quien inventó la expresión en su discurso inaugural.

En todo caso, Hamilton nunca le falló a Miranda hasta que Burr, su vecino y rival de toda la vida, metió una bala en ese gran corazón, en el año 1804. El otro firme amigo de Miranda, el general Knox, murió dos años más tarde. En cuanto a Miranda mismo, derrotado pero valeroso y resuelto hasta el fin, partió sin la ayuda que había esperado de los Estados Unidos; fracasó en su primera expedición, volvió a peregrinar en busca de ayuda para su empresa, regresó con Bolívar a luchar por la independencia de su patria Venezuela y terminó su vida en una prisión española.

 
De la anarquía a la federación

Entre tanto, en los recién nacidos Estados Unidos se desarrolló una situación que en muchos aspectos era extraordinariamente parecida a la que había de persistir en la América Latina. Los Artículos de Confederación, que ya tenían diez años, habían estado en vigor por dos años en 1783, pero las rivalidades económicas y políticas do las colonias parecían invencibles.

Barreras de aduanas y diferentes monedas desvalorizadas amenazaban arruinarlas a todas. Nueva Jersey, encerrada entre Pennsylvania y Nueva York, “un tonel con un grifo a cada lado”, pagaba derechos de importación sobre las legumbres que enviaba a Nueva York. Las dificultades eran innumerables para los barcos que navegaban el río Potomac, cuyas aguas y orillas eran objeto de diarios conflictos entre los estados “soberanos” ribereños.

Había fuerzas independientes de milicianos, presidentes y vicepresidentes de los estados, parlamentos y consejos supremos, movimientos monarquistas, agitación de banderas, disputas limítrofes y coléricos insultos a través de las fronteras.

Los Estados Unidos probaban lo que la suerte tenía reservado para que continuara por más de un siglo entre las colonias españolas libertadas, y les sabía amargo.

Durante más de once años la existencia misma del país estuvo en duda, amenazada desde el interior. En 1783 todavía se dudaba de si iba a haber trece naciones o una sola, y si la desintegración seguiría a la independencia, como ocurriría más tarde en la América Latina.

Dos años después de la llegada de Miranda a Nueva York, el gobierno británico todavía estaba exigiendo la presencia de trece em bajadores, uno de cada estado norteamericano, para negociar un tratado comercial. Muchos años después, todavía quedaban tantas banderas y símbolos de este período de desunión, que según un conocido historiador “el gobierno de Holanda pidió a su representante en este país que le informara exactamente cuál era la bandera de los Estados Unidos”.

En 1783 no había indicio siquiera de la disciplina y unidad que forjarían la más grande de las naciones. Después de ocho años de guerra parecía como si el colonialismo solo se hubiera cambiado por la anarquía, y la negra sombra de la crisis económica se cernía sobre todo.

Un ejército de 4.000 hombres tuvo que movilizarse bajo el general Lincoln en 1786 para aplastar la insurrección de Shay, que se extendía desde Massachusetts. “En todos los estados hay combustibles que cualquier chispa puede encender”, escribía Jorge Washington refiriéndose a ese acontecimiento.

La histórica Convención Constitucional de Filadelfia se llevó a cabo precipitadamente y logró obtener el consentimiento general para sus deliberaciones; se efectuó la unión y la ley federal comenzó a regir para todos los estados y para todos los ciudadanos.

La enorme calidad y alcance de esta realización casi no se comprende hoy, cuando la unión de los Estados Unidos se tiene como la cosa más natural, como si se tratara de una especie de fenómeno espontáneo e inevitable. En realidad, fue más que todo la obra de un hombre resuelto, Hamilton, y se logró contra obstáculos que parecían insuperables y descorazonadores.

En la América Latina tuvimos docenas de rebeliones como la de Shay, algunas triunfantes, pero nos faltó un Hamilton. Así, una gran federación se partió en fragmentos antes de nacer.

 
Jefferson, Hamilton y la primera derrota del Panamericanismo

La política de neutralidad de Jefferson en la lucha de las colonias españolas contra España privó a los patriotas latinoamericanos de la amistad, consejo y ayuda que les habrían permitido construir una sociedad federal próspera desde un principio, en vez de caer en tantos fragmentos caóticos. El punto de vista de Jefferson se ha justificado porque tenía en mira la adquisición pacífica de la Florida y la Louisiana

¿Pero no era esa misma la meta de Hamilton, aunque la buscaba por otro camino: el de apoyar la revolución latinoamericana?

Las palabras de Hamilton, ya citadas, parecen indicar igual propósito. Los “objetos tentadores que están a nuestro alcance”, es decir, la Louisiana y la Florida, eran sin duda alguna el objetivo militar inmediato del fogoso comandante en jefe de la proyectada expedición norteamericana, como eran también los objetivos de la cautelosa y efectiva diplomacia de Jefferson.

Por lo demás, ¿cómo explicar el completo cambio de frente que ocurrió en el curso de pocos años en la política exterior de Hamilton y Jefferson? Por seguir el consejo de Hamilton, contra la opinión de Jefferson, fue por lo que Washington optó por la neutralidad en la guerra entre Inglaterra y la Francia revolucionaria. Recientemente el senador Vandenberg escribió que a la luz de ese episodio era “fácil descubrir la fuente de la elocuente prevención que contiene la Alocución de Despedida de Washington –alocución que, según testimonio de la señora de Hamilton, salió casi exclusivamente de la pluma incendiaria de su marido”.

Y sin embargo fue el presidente Jefferson quien adoptó la política de neutralidad en la guerra de las colonias españolas por su independencia; mientras que Hamilton era partidario de una franca intervención armada, arriesgando y hasta tratando de provocar una guerra con España y Francia.

No creo, empero, que haya ninguna desviación de la lógica en la actitud de Hamilton en ningún momento. Él era enemigo de enredar a los Estados Unidos en las guerras europeas, pero en realidad se estaba anticipando veinticinco años a la Doctrina de Monroe cuando se mostró dispuesto a lanzarse de lleno a la lucha por la independencia de Norte y Sudamérica, libres de toda colonización, enredos o intromisiones europeos.

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 184-196.)


Panamericanismo de “diez mandamientos”

Hablando desde 1889

Salvo en casos de alta política impuesta por razones de estado para proteger la seguridad de los Estados Unidos, las repúblicas del Sur hispánico y el pueblo de los Estados Unidos marcharon por caminos diferentes.

Ellos, que debieran haber sido colegas en un florecimiento de la civilización occidental, fueron entre sí extraños.

El panamericanismo estaba poco menos que olvidado en 1881, cuando James G, Blaine volvió a pensar en él. Su invitación a una conferencia fue pronto archivada en Washington; pero se reunieron en esa ciudad delegados de las 18 repúblicas americanas que entonces existían, el 2 de octubre de 1889, cuando Blaine había regresado a ocupar la secretaría de Estado. Fue aquella la Primera Conferencia Panamericana de estados americanos.

Todo el énfasis radicó en asuntos comerciales, puesto que la delegación norteamericana sabía que los compromisos de cualquiera otra clase encontrarían oposición en el Congreso. Se creó una “Oficina Comercial de las Repúblicas Americanas” como anexo al Departamento de Estado. Pero el llamamiento de Blaine a “desarrollar” y “regularizar” la economía de ambas Américas, como se relata en otro capítulo, no fue atendido.

Allí se concibió el primer acuerdo sobre arbitraje, que era entonces un elemento desconocido en las relaciones internacionales.

Allí, hace 60 años, las repúblicas americanas hablaron sobre un Banco Interamericano. Todavía están hablando de ello.

La palabra “Comercial” se omitió en el nombre de la nueva “Oficina” cuando se reunió la Segunda Conferencia Panamericana en México en 1901, y se creó una Junta Directiva, compuesta por todos los representantes diplomáticos americanos acreditados ante el gobierno de Washington, con el secretario de Estado de los Estados Unidos como presidente. Se firmó el primer tratado de arbitraje obligatorio, lo mismo que convenciones sobre la codificación del derecho internacional y patentes y derechos de propiedad literaria.

En la Tercera Conferencia Panamericana, celebrada en Río de Janeiro en 1906, los delegados latinoamericanos oyeron a Elihu Root referirse a sus países llamándolos “nuestras repúblicas hermanas mayores”, y hacer hincapié en la completa igualdad de cada una de ellas con los Estados Unidos. La palabra “Internacional” se agregó al nombre de la Oficina, que se reorganizó y vino a ser la Secretaría de las Conferencias Panamericanas.

Nada de importancia ocurrió en la Cuarta Conferencia Panamericana de Buenos Aires, en 1910, salvo que el cambiante nombre de la Oficina vino a ser “Unión Panamericana”. Se firmaron convenios sobre patentes, marcas registradas^ propiedad literaria y reclamaciones pecuniarias.

Por causa de la Primera Guerra Mundial, la Quinta Conferencia Panamericana se aplazó hasta marzo de 1923, año en que se reunió en Santiago de Chile, Se decidió que el presidente de la Junta Directiva de la Unión Panamericana fuera electivo. Se firmó el célebre Tratado de Gondra, que ordenaba crear “Comisiones de Investigación” en todas las disputas interamericanas; en el arreglo de litigios, ningún país podía apelar a la guerra sin esperar el informe de la comisión.

 
Al borde de estallar y fin de las “intervenciones”

El presidente Coolidge y Charles Lindbergh asistieron a la inauguración de la Sexta Conferencia Panamericana de 1928 en La Habana. Allí se dio a la Unión Panamericana status jurídico, pero se le privó específicamente de toda función política. No debía permitirse que el panamericanismo llegara a ser nunca instrumento de política hemisférica en los asuntos mundiales… También se firmó el primer acuerdo sobre aviación comercial.

La cuestión de Jas “intervenciones” pudo haber desbaratado la reunión, si no hubiera estado allí Charles Evans Hughes para afrontar la crisis.

Una comisión de jurisconsultos presentó doce proyectos de derecho internacional público y un código de derecho internacional privado. Uno de ellos contenía la declaración: “Ningún Estado puede intervenir en los asuntos de otro”. Era un reto directo a los Estados Unidos.

La intervención “cuando es inoperante la soberanía”, observó Mr. Hughes, es un principio de derecho internacional, y el derecho internacional “no puede ser modificado por las resoluciones de esta Conferencia. El derecho internacional sigue rigiendo. Los derechos de las naciones siguen en vigor, pero las naciones tienen deberes a la vez que derechos”.

Tales declaraciones fueron duramente atacadas por los delegados latinoamericanos. En vista de la intensidad y acaloramiento de la discusión, la Conferencia resolvió aplazar hasta la próxima Conferencia de Montevideo el estudio de las “Bases Fundamentales del Derecho Internacional y de los Estados”.

Cuando se reunió la Séptima Conferencia Panamericana en Montevideo en 1933, la atmósfera interamericana había cambiado. Se firmó una convención cuyo Artículo VIII dice: “Ningún Estado tiene derecho a intervenir en los asuntos internos o externos de otro”. Y el secretario de Estado Cordell Hull declaró: “Me siento seguro al declarar que, con nuestro apoyo al principio general de no intervención, tal como se ha propuesto, ningún gobierno debe temer intervención alguna por parte de los Estados Unidos bajo la administración de Roosevelt”.

Pocos días después de clausurada la Conferencia, el presidente Roosevelt dijo ante la Fundación Woodrow Wilson el 28 de diciembre de 1933: “La política definida de los Estados Unidos de ahora en adelante, es contraria a la intervención armada”, “Solamente cuando la falla de los procedimientos ordinarios afecta a las demás naciones del continente –agregó– pasa ella a ser asunto de su incumbencia; y lo que se debe recalcar es que en tal caso pasa a ser de incumbencia conjunta de todo un continente en el cual todos somos vecinos”.

 
La falacia de las tarifas

La cuestión de las tarifas de aduana se lanzó al seno de la Conferencia de Montevideo aún antes que hubiera comenzado a trabajar.

En su discurso el presidente Terra del Uruguay habló de los “resultados desastrosos” de la política arancelaria de los Estados Unidos, la cual, insinuó, había llevado a las demás repúblicas de América al borde de la ruina.

El pequeño país del presidente Terra realmente había sufrido por causa de las tarifas aduaneras norteamericanas.

Pero el hecho es que casi todas las naciones del mundo habían comenzado a elevar sus tarifas de aduana mucho antes de promulgarse la Ley Smoot-Hawley, y aún ames de la Ley Fordney-McCumber de 1922.

Por lo que hace a la América Latina en general, el cuadro era muy distinto de la sombría descripción que hizo el señor Terra.

En esa época (1933) entraban a los Estados Unidos libres de derechos el ciento por ciento de las exportaciones de Bolivia; el 99 por ciento de Jas de Guatemala y Costa Rica; el 98 por ciento de las de Honduras; el 97 por cierno de las del Brasil, Nicaragua y El Salvador; más del 90 por ciento de las de Chile, Colombia y Panamá; el 79 por ciento de las de Venezuela; el 68 por ciento de las de México; el 55 por ciento de las del Perú; y el 30 por ciento de las de Argentina.

La posición que asumió el secretario de Estado Cordell Hull en Montevideo, al manifestarse dispuesto a aceptar la exigencia de la América Latina para que se redujeran las tarifas de aduana, hizo despertar a la mayoría de los países latinoamericanos a la realidad de la situación. Se alarmaron muchísimo con esa idea, que en la práctica iba a beneficiar a los Estados Unidos más que a nadie, y tuvieron que cambiar completamente de actitud. Ahora se oponen vigorosamente a la misma política que anteriormente habían patrocinado.

Esto es bien fácil de comprender. La tarifa de aduanas era el medio por el cual los latinoamericanos podían proteger su propia industrialización. Una reducción reciproca significaría la disminución de los fuertes derechos impuestos en todas las veinte repúblicas a todos los artículos importados de los Estados Unidos, mientras que en los Estados Unidos la reducción solo afectaría aquella parte pequeñísima de los productos latinoamericanos que no estaban en la lista de libre importación.

Finalmente, los ingresos fiscales de casi todas las naciones latinoamericanas provienen, en enorme proporción, de los derechos de aduana. En algunos países llegan hasta el 70 por ciento. El promedio es como 50 por ciento. En los Estados Unidos tal promedio apenas llega a un tres por cierno.

 
El hemisferio “tocado” en Bogotá

No se firmaron tratados ni convenciones en la Octava Conferencia Panamericana que se reunió en Lima en diciembre de 1938, pero se hicieron doce típicas declaraciones y recomendaciones panamericanas.

Todos los más nobles principios de derecho internacional y moral se proclamaron evangélicamente una vez más, como guías espirituales de las repúblicas americanas; se condenó el empleo de la fuerza “como instrumento de política nacional o internacional”; se santificaron los tratados. Se redactó otra “declaración de solidaridad continental” sobre la base de “la unidad espiritual de todas las naciones americanas…” Como lo dijo un entusiasta comentarista, esta Conferencia puso de manifiesto la existencia de “un alma, una mentalidad, un profundo instinto y un Weltanschauungentre” todos los pueblos americanos.

La Novena Conferencia Panamericana, aplazada desde 1943, se reunió por fin en Bogotá el 31 de marzo de 1948. Se redactó un nuevo convenio para una mejor “Organización de los Estados Americanos”, nombre que reemplazó al antiguo de “Unión Panamericana”, Se aprobó el Pacto de Defensa Continental de Río de Janeiro y se hicieron los arreglos y declaraciones de costumbre.

El asesinato de un líder popular, Jorge Eliécer Gaitán, desató uno de esos furiosos motines que pueden estallar en cualquier parte cuando una ciudad no cuenta con buena vigilancia de policía. La fina mano comunista, discernible muy pronto tras el movimiento revolucionario, trató de aprovechar por completo la situación señalando a Bogotá como una pequeña faceta más de un frente mundial, Otra vez, lo mismo que en Río en 1947, “Europa primero” fue la orden del día.

Hubo tensión en el Comité encargado del problema de las cuestiones económicas, donde se discutieron acaloradamente las tarifas de aduana* las inversiones, preferencias y empréstitos. Por fin todo se dejó para una Conferencia Económica que debía reunirse en la Argentina en el curso del mismo año. Este fue el quinto aplazamiento de la Conferencia Económica en tres años.

Un estadista latinoamericano dijo que con la Novena Conferencia despuntaba “una era nueva”. No explicó más.

El jefe de la delegación venezolana, expresidente Betancourt, habló de un “panamericanismo frío y apolillado”. Otro punto de vista expresó un alto funcionario norteamericano que le hizo al corresponsal del New York Times esta confidencia: “Tenemos mucho menos en común con estas gentes de lo que queremos hacer creer”.

“La verbosa impotencia de Bogotá”, fue el comentario cáustico de Drew Pearson, el columnista del ojo avizor y oído aguzado que señaló con su “Tren de la Amistad” el camino apropiado que debían seguir los norteamericanos para llegar a las reservas de buena voluntad de los pueblos, más bien que ele los gobiernos extranjeros. El doctor Cuy Inman escribió tristemente: “El panamericanismo estuvo en su nivel más bajo”.

 
Para un solo tratado: 208 conferencias en 122 años

Desde que Simón Bolívar convocó por primera vez su Congreso en Panamá en 1826, se han convocado 208 conferencias interamericanas o panamericanas. Treinta de ellas fueron de alcance regional, y comprendieron los países ya de la América Central, ya de la del Sur, o bien de la del Norte. Estas no entran en el propósito del presente estudio.

De los ochenta tratados y convenciones discutidos y firmados en las nueve Conferencias Panamericanas “ordinarias” y en varias “especiales”, solamente uno ha sido ratificado por todas las 21 repúblicas americanas. Este fue el Código de Sanidad, adoptado en la Conferencia de La Habana en 1924.

Se informó que se habían firmado varios acuerdos importantes, pero no tratados oficiales, en dos de las tres reuniones de cancilleres de los Estados americanos, celebradas en Panamá en 1939, en La Habana en 1940, y en Río de Janeiro en 1942 y 1947.

En la reunión de La Habana en 1940 sólo se firmó la Convención sobre Colonias y Posesiones Europeas; posteriormente fue ratificada por 16 de las 21 naciones. De los tres tratados sobre Conciliación y Arbitraje adoptados en la muy importante conferencia “especial” de Washington en 1928, dos fueron ratificados por una mayoría de las naciones representadas, pero ni uno solo por todas ellas.

“Panamericanismo” es un adjetivo inadecuado cuando se aplica a tales acuerdos, a menos que ellos sean ratificados por todas las 21 repúblicas. De otra manera no pasan de ser tratados celebrados entre un grupo, sin aquel alcance y fuerza de obligatoriedad sobre todo el continente que podrían dar sentido al término “panamericanismo”.

Queda en pie el hecho de que todo este laberinto de conferencias panamericanas, convenios, reuniones, declaraciones, cartas y pronunciamientos desemboca en un callejón sin salida: un solitario tratado panamericano con fuerza obligatoria en todas las 21 repúblicas es todo lo que hemos sacados en limpio.

Ninguna ilustración mejor de la falta de fe en el valor efectivo de los pactos panamericanos. La sentencia de muerte se les había dictado desde el momento misino en que se celebraba su nacimiento.

Algún progreso real se habría podido alcanzar en el camino de la unidad panamericana si, como lo propuse una vez, los delegados de las 21 repúblicas hubieran sido plenipotenciarios con facultades plenas para comprometer a sus respectivos países al cumplimiento de cualquier tratado o convenio, sin más trámite posterior que la ratificación por los diversos congresos. Si en los próximos 122 años esperamos cosechar algo más que el solitario tratado panamericano ratificada en los últimos 122 años, habrá que adoptar alguna fórmula por el estilo.

“Desde el punto de vista de la organización –leemos en un documento del gobierno de los Estados Unidos –el sistema (interamericano) ofrece un complejo laberinto de oficinas, institutos, bureaus, comisiones, comités, juntas y tribunales, un grupo heterogéneo de agencias permanentes y temporales para todo lo cual la Union Panamericana sirve en muchas formas como secretaría de coordinación”.

Mi punto de vista es, sin embargo, que precisamente ese “laberinto” de departamentos y compartimientos puede en el futuro ofrecer, mediante un proceso de osmosis, una base mejor para una estructura hemisférica. Todo ello puede hacer en las relaciones interamericanas el papel que han hecho organismos similares para cimentar la unidad de los Estados Unidos. Me refiero a los incontables clubs, logias, fraternidades y otras entidades que en los Estados Unidos son los tejidos de unión que enlazan a la dispersa población para formar con ella una sola entidad poseída del sentimiento de nacionalismo, y que se da cuenta de un destino común. Más todavía: la inclinación norteamericana a “ingresar” en algún organismo ha sido fuerza poderosa para modelar y producir el penetrante tipo americano.

En 1941, el último año de paz; se celebraron en los Estados Unidos más de 20.000 convenciones nacionales, con participación de más de diez millones de delegados. En ese solo año, delegados y visitantes gastaron más de mil millones de dólares. En solo Nueva York, un millón de delegados y visitantes que asistieron a 630 convenciones gastaron 150 millones de dólares.

¿A cuántos miembros representaban esos diez millones de delegados? Podemos llegar a cifras desconcertantes si nos ponemos a calcularlo.

Como Yank en The Hairy Ape de O'Neil, el norteamericano no está comento si no “pertenece”, y “perteneciendo” ha echado acaso sin buscarlo las bases prácticas, democráticas y unificadoras de las instituciones estadounidenses. En la América Latino no somos “ingresadores”. Más que los Estados Unidos, que fueron una federación desde su infancia, los latinoamericanos no federados necesitamos estos moldes de asociación para acercar entre sí pueblos de diferentes naciones; nunca los hemos tenido.

Con todo, ha habido cuarenta Conferencias Panamericanas sobre asuntos de medicina y sanidad; veinticuatro conferencias sobre problemas financieros y comerciales; siete conferencias científicas; ocho históricas; odio educacionales; tres sobre derecho y ejecución de las leyes; cinco postales; cinco sobre problemas de caminos; tránsito y automovilismo; seis sobre comunicaciones radioeléctricas; dos sobre propiedad y monumentos históricos y artísticos; cinco conferencias agrícolas; tres sobre problemas obreros; tres sobre aviación; ocho congresos del niño; dos conferencias sobre mujeres; dos de municipalidades; tres sobre derechos de aduana y contrabando; cinco conferencias de arquitectos; tres de viajes y pasaportes; y siete sobre temas diversos.

Estas reuniones han dado ocasión para que se traten los hombres y mujeres más importantes en todos los ramos de la actividad de las 21 repúblicas; siguen después en comunicación, se hacen amigos, relacionan sus respectivos trabajos y proyectos. A la larga pueden hacer más por unificar las 21 naciones sobre amplias bases de interés común que lo que hicieron sus dirigentes desde la cúspide de la pirámide en un siglo.

 
“A veces frialdad” y la “encarnación” de Wilson

El gobierno de los Estados Unidos ha hecho recientemente una nueva clasificación de todas estas conferencias panamericanas y reuniones especiales. Según esta declaración, hay dos eras de panamericanismo. El año de 1933, es decir, cuando subió a la presidencia Franklin D. Roosevelt, señala el fin de la una y el comienzo de la otra.

Leemos que “entre 1889 y 1933, delegados oficiales asistieron a seis conferencias generales internacionales de los estados americanos, y por lo menos a 50 reuniones especiales. Estas conferencias hicieron algún aporte para la creación de mecanismos de paz, la expansión de) comercio interamericano no y la solución de problemas específicos de menor cuantía, pero generalmente evitaron las cuestiones políticas importantes y se desarrollaron en una atmósfera de amistad formal, a veces hasta de frialdad”.

Poco podríamos agregar a este juicio oficial, al cual podrían adherir los gobiernos de todas las demás repúblicas americanas, pero puede ser de importancia anotar que, según ese documento oficial norteamericano, este período improductivo del panamericanismo duró 44 años.

Ni para que decir que la época anterior a 1889 fue todavía más descorazonados. Ello significa, pues, que 127 años después de haber reconocido finalmente los Estados Unidos a las repúblicas latinoamericanas en 1822, las “cuestiones políticas importantes” se evitaban y había una atmósfera de “amistad formal, a veces de frialdad”.

En un mensaje al Congreso, Woodrow Wilson definió el panamericanismo como “la encarnación, la efectiva encarnación de un nuevo espíritu de derecho, y de Independencia, y libertad y servicio recíproco”.

Es una definición realmente wilsoniana, vaga pero noble; recalca, eso sí, el nuevo espíritu destinado a desarrollar un sistema de vida continental basado en el servicio recíproco. A mi modo de ver, la trascendencia de la definición de Wilson está en el reconocimiento de que, para que haya un nuevo orden en este Nuevo Mundo tienen que haber también ciertos principios jurídicos y morales que están por encima del Estado, a los cuales tanto los estados como los individuos deben lealtad.

Este espíritu de las leyes aplicado a las relaciones entre las naciones debía ser la contribución de las Américas a los asuntos mundiales. Pero no lo fue. En cambio, nosotros liemos estado asimilando los métodos no sujetos a ley y los principios basados en la fuerza del Viejo Mundo.

Habiendo llevado el “espíritu de la ley” wilsoniana a otros continentes, nos vemos ahora obligados a confiar en nuestra propia fuerza para proteger nuestro hemisferio. De esta suerte, en los últimos doce años, bajo la presión de los acontecimientos ocurridos en otros continentes, las repúblicas americanas se vieron por fin obligadas a adoptar a lo menos una política defensiva común.

 
“Solo un movimiento cooperativo”

Los límites estrictos que se pusieron al espíritu del panamericanismo resultaron fatales para el cumplimiento de sus finalidades. Careciendo de una política exterior continental capaz de influir sobre los acontecimientos de fuera del hemisferio, hubimos de resignarnos a afrontar las perniciosas consecuencias de los odios y lucha y rivalidades del Viejo Mundo como mejor pudimos.

En efecto, el panamericanismo no hizo ningún esfuerzo por convertirse en fuerza directiva de la política exterior extracontinental. No fue nada más que un bonito ejemplo de adhesión verbal a los sanos principios. Esto lo podemos deducir de la propia definición de Wilson.

Una publicación oficial panamericana amplía un poco más esa definición, dice: “Reducido a su más simple expresión, el panamericanismo es simplemente un movimiento cooperativo entre un grupo ele estados que reconocen y respeta la absoluta soberanía y completa igualdad jurídica de unos y otros… Las repúblicas americanas, mediante su tratamiento conjunto y cooperativo de los problemas de este continente están haciendo un valioso aporte a la dirección de los asuntos internacionales que puede servir de ejemplo para el mundo entero”.

Es evidente que el panamericanismo no sirvió “de ejemplo para el mundo entero”. Evidente es también que cualesquiera que hayan sido sus beneficios internos para las Américas, como política americana externa, candentemente expresada, fue totalmente ineficaz.

La elevación verbal panamericana llega quizá al cénit en una declaración del doctor Ycpez, de Colombia. Refiriéndose al panamericanismo como “complejo político, ético, jurídico y psicológico” que ve los problemas de la vida internacional desde un ángulo de “benevolencia mutua, respeto recíproco y solidaridad humana”, Yépez concluye: “Cuando proclamamos la ley de! contrato como la fuente última del derecho internacional y de la paz; cuando exaltamos lo moral como norma suprema en que debe inspirarse la política exterior; cuando condenamos las guerras de agresión y la intervención unilateral de un estado en los asuntos de otro; cuando practicamos la política de solidaridad y buena vecindad como principio básico en las relaciones entre los estados; cuando afirmamos que la democracia dentro del estado y en sus relaciones internacionales es el único régimen capaz de asegurar !a paz, y cuando rechazamos la fuerza como medio de resolver las controversias internacionales entre los estados, no solamente estamos haciendo derecho panamericano, sino que al mismo tiempo estamos creando las bases del derecho mundial futuro mediante el cual la paz al fin reinará entre los hombres”.

 
Buen decálogo, pero mala estrategia

Según dice el Departamento de Estado de los Estados Unidos en una publicación oficial hecha en 1947, “en el proceso de desarrollar el sistema interamericano las naciones de las Américas se han comprometido a sostener un cuerpo de principios fundamentales más o menos claramente definidos. Estos principios pueden resumirse así: 1) Independencia política de los estados americanos, y oposición a tentativas no americanas de intervenir en los asuntos hemisféricos; 2) forma republicana de gobierno como ideal político común; 3) igualdad de los estados americanos ante la ley internacional y al tomar decisiones en las conferencias; 4) condenación de la conquista y no reconocimiento de cambios territoriales hechos por la fuerza; 5) arreglo pacífico de las disputas interamericanas; 6) respeto y fiel cumplimiento de los tratados y otros compromisos libremente adquiridos; 7) cooperación en el fomento de comunes intereses políticos sociales, económicos y culturales; 8) no intervención de un estado americano en los asuntos de otro; 9) consulta para la solución de los problemas comunes y el mantenimiento de las defensas comunes; 10) solidaridad continental para proteger la independencia, la paz y seguridad de los estados americanos”.

Esta definición oficial estadounidense, una especie de “diez mandamientos” del panamericanismo, no es muy distinta de las otras tres definiciones, ni altera el carácter vago, defensivo, totalmente negativo del aparato interamericano existente.

La publicación del Departamento de Estado, en efecto, dice en seguida que este sistema debe encajar “dentro de un sistema mundial” porque “la interdependencia del mundo moderno hace tan peligroso el aislamentismo regional como el nacional”.

Fácil es ponerse de acuerdo con esta última afirmación, y decir que todos los regionalismos debieran disolverse en “un Mundo” de seguridad universal Pero no es tan fácil aceptar una estrategia diplomática que priva a los estados americanos de los beneficios de la organización regional cuando en todas partes del mundo los regionalismos se están fortaleciendo y haciéndose más unidos y peligrosamente agresivos, y cuando una política de seguridad colectiva universal ha demostrado su casi total ineficacia.

La psicología que acusa esta estrategia es sombríamente análoga a la que siguieron las naciones pacíficas entre las dos guerras, la política de pacifismo y desarme, que resultó ser la que más provocaba la guerra. A menos que uno quiera guerra, no se puede desarmar en un mundo que se está armando de punta en blanco; y abandonar el propio programa de seguridad regional americana en momentos en que todos los demás regionalismos se fortifican, es una forma de desarmarse política, militar y económicamente.

Probablemente todos estamos de acuerdo en las cuatro anteriores definiciones de panamericanismo, que son apenas versiones más literarias de otras cien. Y así el alud de realidades brutales que avanzaba desde otros continentes, nos sorprendió predicando nuestro elevado y virtuoso decálogo de comportamiento internacional.

¿Habrían sido distintos los resultados si hubiera existido una federación de todas las Ameritas, o una Liga de Naciones Americanas, o una Alianza Interamericana, o el “Protocolo Continental” que recomendaba Oswaldo Aranha, o por lo menos una organización hemisférica, ¿política, militar y en especial económica capaz de bastarse a sí misma y defenderse por sí sola?

Mi impresión es que los resultados sí habrían sido distintos con esa Federación, y que todavía debemos esforzarnos por lograrla.

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 197-211.)


Nuestro mundo y otros mundos

Las Naciones Unidas y el regionalismo

Las autonomías regionales, que bruscamente se prohibieron en Dumbarton Oaks y en San Francisco, deben ahora permitirse. Pueden llegar a ser la única esperanza de la efectividad futura de las Naciones Unidas, y pueden impedir que las Naciones Unidas se conviertan en instrumento de opresión mundial en manos de alguna futura potencia o combinación de potencias.

A menudo he oído a los partidarios de la Federación Mundial hablar de los Estados Unidos como una federación perfecta, un modelo de gobierno mundial. Pero no creo que sus planes tan liberales y democráticos hubieran sido aprobados por los padres fundadores del sistema americano, que considero el mejor de su clase que haya conocido la historia.

En cierto modo, ese sistema fue la concepción más brillante de “la más brillante generación de líderes de la historia”, como llamó Lord Bryce a los padres fundadores de los Estados Unidos.

Quizá una estructura internacional reconstruida sobre la base de federaciones regionales estaría en desacuerdo con el funcionamiento teórico de la democracia mundial pura, tal como la preconizan algunos apóstoles del gobierno mundial. Pero me inclino a creer que los padres de la patria norteamericana habrían recelado de una “democracia pura” entre las naciones de hoy, así como recelaron de la democracia pura en su propia nación en 1787.

Madison escribió que “las democracias puras han tenido vida tan coila como violenta ha sido su muerte”. Adams no dudaba de que siempre “se suicidarían” o “acabarían en tiranía”. Ya sabemos lo que dijo Hamilton sobre este asunto, y Jefferson llegó a recordarle al pueblo americano que la Constitución iba a garantizar “la seguridad de nuestros derechos” y a crear una nación libre, únicamente porque no estaba basada en “confianza” en los poderes elegidos sino en “el recelo” en ellos y entre ellos. Hay en estos comentarios mucho que vale la pena tener en cuenta cuando se trate de erigir un gobierno mundial sobre el modelo del sistema americano.

John Adams hizo el resumen de todos estos temores y convicciones, de todos estos celos activos y recelos, cuando en esta forma enumeró las cortapisas y contrapesos que contiene la Constitución de los Estados Unidos:

“Primero, los estados quedan equilibrados contra el gobierno general.

“Segundo, la Cámara de Representantes hace contrapeso al Senado, y éste a aquélla.

“Tercero, la autoridad del presidente está en cierto modo contrarrestada por la de la legislatura.

“Cuarto, el Poder judicial queda equilibrado por el Legislativo, el Ejecutivo y el gobierno de los estados.

“Quinto, el Senado contrapesa la facultad del Presídeme en todos los nombramientos para los altos cargos y para la celebración de tratados.

“Sexto, el pueblo conserva en sus manos el equilibrio contra sus propios representantes mediante la elección periódica.

“Séptimo, los electores hacen contrapeso al pueblo en la elección de presidente y vicepresidente”.

El último de los “Siete Puntos” de Adams, como bien lo sabemos, no tiene ya aplicación, puesto que el colegio electoral se ha convertido en un mecanismo puramente ficticio en la elección presidencial.

La mayor preocupación de los padres dé la patria fue impedir la tiranía de la mitad más uno y asegurar los derechos de las minorías no menos que los de las mayorías. Temían que un gobierno despótico se entronizara por consentimiento de una mayoría del pueblo, porque sabían muy bien que esta es casi siempre la manera como las naciones caen bajo la tiranía.

Si vivieran hoy, dudo de que aprobaran una federación mundial en la cual una mayoría de naciones iguales pueda ser llevada por la más poderosa de ellas a crear una dictadura sobre el mundo entero. Y mucho menos iban a aprobar, –estoy seguro de ello– la autocracia del veto de una nación en un Consejo que ya de suyo es autocrático.

 
El peligro mayor

Teniendo en cuenta los famosos siete puntos de Adams sobre contrapesos y cortapisas, los padres de la patria evitaron la democracia pura, pero lograron evitar la anarquía, salvaguardar el orden y los derechos del pueblo en general, dándole la oportunidad de ir modelando su propio sistema de vida realmente democrática.

Los padres de la patria pensaban en la libertad de una nación.

Nosotros tenemos entre manos el problema de la libertad para toda la humanidad, –tremenda responsabilidad.

Han ocurrido en nuestro tiempo acontecimientos que nos obligan a reflexionar mucho antes de conceder poderes ilimitados a un parlamento mundial.

Hemos presenciado el desarrollo de nuevas técnicas por las cuales no sólo las mayorías sino hasta las minorías pueden apoderarse del mecanismo del Estado. Nos corresponde mantenernos permanentemente en guardia, a fin de que esas mismas técnicas no lleguen a emplearse para dominar los instrumentos de gobierno de un Estado mundial, en una conspiración encaminada a englobar a toda la humanidad en un status quo de intereses creados o de cohortes serviles.

El cuarto de los siete puntos de Adams merece especial atención con referencia al gobierno mundial.

Todos los estadistas de mentalidad democrática parecen obsesionados con la idea de que sus aspiraciones se llenarían plenamente con una Asamblea General omnipotente, de la misma manera que los políticos partidarios de la fuerza sostenían que la paz se aseguraría mejor concentrando la autoridad en el Consejo de Seguridad.

Aparte de las organizaciones regionales, o mejor aún, de la creación de una Federación de Federaciones, la más segura salvaguardia puede estar, no en la Asamblea, sino en el Poder Judicial, La idea de Adams, incorporada en la Constitución de los Estados Unidos, fue colocar el Poder Judicial en equilibrio con los gobiernos de los estados, con el gobierno federal y el Congreso federal.

 
La democracia es un cuerpo vitalicio, no elegido

La Corte Suprema vino a ser no solamente el más alto poder judicial, sino también parte del gobierno mismo, hasta que con el tiempo se convirtió en el sillar básico de toda la estructura institucional norteamericana.

La gente puede creer que el país lo maneja el Congreso, o el presidente –o acaso hasta el sabio y benigno patriarca Bernard Baruch– pero cuando se trata de cuestiones fundamentales, la Corte Suprema es la autoridad final.

Aparte del complicado poder que tiene el pueblo misino para enmendar la Constitución, la mayor parte de la soberanía de la Nación reside en la Corte. La Constitución y todas las leyes no son sino lo que la Corte Suprema dice que son.

Aparentemente ésta es la característica menos democrática de toda la estructura institucional, y sin embargo, la aprecia todo el pueblo estadounidense como la mejor garantía de su libertad y de los procedimientos democráticos.

Además de recomendar que se reorganice el Poder Judicial y se le den amplios poderes, se ha expuesto también la idea de que tal vez las Naciones Unidas funcionarían mucho mejor si se organizaran sobre una base regional. El concepto de absoluta soberanía nacional es el mayor obstáculo para que la ley mundial llegue a ser efectiva, A mí me parece que un sistema de federación regional probablemente facilitará esa difícil desviación inicial del principio de la soberanía, que necesariamente tiene que ocurrir, y con el tiempo tiene que llevar a la abolición del Estado-nación

Tuve ocasión de conversar largamente con muchos delegados sobre el procedimiento de organización en San Francisco. Traté de convencer a algunos de ellos de la idea de hacer una organización que fuera mucho más asociación de pueblos, y no tanta tregua entre estados o asociación de gobierno. Al fin y al cabo, los gobiernos son los representantes del “Estado-nación”, que es el obstáculo fundamental para cualquier organización internacional; son los guardianes del principio de “soberanía absoluta” y de los intereses restrictivos que ella implica.

Algunos de esos delegados quedaron convencidos, pero la sombra de Dum hartón Oaks y la mano de la Alianza Nuclear de los Cinco Grandes eran demasiado pesadas para ellos. Mi idea era incorporar en la Carta por lo menos tres enmiendas:

Según la primera, los delegados a la Asamblea General serían elegidos en cada país directamente por el pueblo, y no nombrados por los gobiernos. Eso habría acercado las Naciones Unidas al pueblo periódicamente, y le habría dado el sentimiento que hoy no tiene, de “una institución política mundial que lo afecta directamente”.

La segunda enmienda consistía en que los gastos de las Naciones Unidas se financiaran, no por aportes de los gobiernos, como se hace hoy día, sino mediante un impuesto mundial, autorizado por los electores de cada país. Eso también habría servido para establecer un vínculo directo entre la organización y el pueblo.

Por la tercera enmienda se trataba de dar la mayor autoridad posible, no a la Asamblea General contra el Consejo de Seguridad, sino a la Corte Internacional de Justicia. Esto habría abierto el camino y habría preparado a la opinión pública del mundo entero para la verdadera meta que ha de perseguir todo organismo de esta naturaleza: el imperio de la ley entre los Estados-nación, y sobre ellos.

Todavía creo que estas enmiendas harían más por convertir las Naciones Unidas en una entidad operante, que todas las demás que he visto proponer hasta hoy, y que en su mayoría obedecen a emergencias actuales y derivan precisamente de consideraciones momentáneas en favor o en contra de esta o aquel Estado-nación, o de un grupo de naciones.

 
Panamericanismo que amenaza y cede

El hecho curioso es que el panamericanismo regional, archivado en Dumbarton Oaks, fue considerado como una amenaza en San Francisco.

Las Grandes Potencias que habían ganado la guerra e iban a dominar el mundo por medio de la nueva organización, habían abandonado en Dumbarton Oaks los tres principios fundamentales incorporados en el panamericanismo jurídico: a) Completa igualdad de todas las naciones; b) un sistema jurídico de conciliación y arbitraje obligatorios para el arreglo de todas las disputas entre naciones; c) el derecho que tiene un sistema regional para poner en acción su propio mecanismo de defensa colectiva, antes, si fuere necesario, de la intervención del Consejo de Seguridad.

En San Francisco se ofreció al Nuevo Mundo otra oportunidad de dirigir; pero en cambio siguió como de costumbre los pasos del Viejo.

Los puntos a) y b) fueron descartados. El punto c) salió bastante aporreado como una fórmula de transacción.

Por esa transacción las naciones latinoamericanas lograron salvar el apresuradamente construido sistema de “defensa continental”, que comenzó a formarse en la conferencia de Buenos Aires en 1936 y pasó luego por tres reuniones de consulta de los ministros de Relaciones Exteriores de las repúblicas americanas en Panamá (1939), La Habana (1940) y Río de Janeiro (1942).

 
Chapultepec y el arreglo argentino

Para la época en que se reunió la Conferencia Panamericana especial a considerar los problemas de la guerra y la posguerra, en Chapultepec, Ciudad de México, el 5 de febrero de 1945, Dumbarton Oaks ya había hecho historia y el panamericanismo luchaba por su vida.

El propósito de la Conferencia de Chapultepec fue fortalecer el mecanismo panamericano en vista de las complicaciones de la guerra y la posguerra. Pero se hicieron más esfuerzos por salvaguardar y proteger los convenios de Dumbarton Oaks. Por eso se encuentra en todas las 61 resoluciones que allí se aprobaron, la misma repetición irritante; todo lo panamericano había de quedar sujeto, de ahí en adelante, a la nueva organización mundial que iba a nacer en San Francisco.

La multilateralidad de la Doctrina de Monroe se realizó aún más en Chapultepec. Y la defensa conjunta del hemisferio, convenida en Buenos Aires, Panamá, La Habana y Río de Janeiro en los nueve años anteriores, se amplió para que incluyera la eventualidad de un ataque a cualquier nación americana, no sólo por parte de un estado no americano, sino también por parte de otra nación americana.

Contra la creencia general, el problema argentino ya se había arreglado secretamente en Washington dos meses antes de la reunión de Chapultepec, mediante negociones directas entre los embajadores latinoamericanos, el departamento de Estado y el enviado argentino.

A pesar de esto, se presentó en Chapultepec como problema todavía sin solución. Se anunció que a la Argentina no se le permitiría volver a la familia panamericana a menos que cumpliera con las tres severas condiciones contenidas en la “Declaración de México”.

La verdad es que al gobierno de fado de la Argentina se le había comunicado desde mucho antes estas estipulaciones y que las había aceptado.

Sin embargo, para varios gobiernos y funcionarios oficiales este procedimiento era un buen medio de salvar las apariencias. El gobierno provisional de la Argentina obtenía exactamente lo que quería –una oportunidad de consolidar su posición nacional e internacional– y dócilmente aceptó estas declaraciones públicas aparentemente tan severas.

 
La Conferencia sin Dios

Estuve en San Francisco cuando los delegados de 46 naciones, a los cuales debían unirse posteriormente otros cuatro, se congregaron allí en abril de 1945. Los representantes de 19 repúblicas latinoamericanas (Argentina no había reingresado aún en la familia), llevaban en brazos la criatura, herida en Dumbarton Oaks, que iba a vivir o morir en esa conferencia: el regionalismo panamericano.

No hubo libertad del temor en la Puerta de Oro, de donde la paz salió más debilitada de lo que entró.

La primera transacción fue sobre Dios, y Dios salió derrotado. No se oyó invocación alguna en la inauguración. Este punto se discutió en los corredores y en las comisiones, pero aparentemente no se halló fórmula alguna que no fuera a herir la sensibilidad de algunos de los que profesaban el surtido de religiones allí representadas.

Para el creyente, sin duda una gran fuerza se abandonó en el umbral; tiene él que considerar ese hecho como preludio de la rendición de la renovación moral en los asuntos internacionales, un simbolismo negativo por el cual se dio a la Fe aviso de despido. Se renunció a algo demasiado importante al comenzar. Piensa sin duda, que si se pudo llegar a una transacción para desterrar a Dios, cualquier cosa podría ser motivo de transacción en una organización terrenal destinada a marchar por duros caminos terrenales.

Ya fuera un gesto de sinceridad o de insinceridad, una transacción entre las buenas maneras diplomáticas y la integridad espiritual, o una demostración de gran tolerancia o de poca fe, esa luz que faltó en la cuna de las Naciones Unidas ha tenido que ser mal augurio para el cristiano. Las Naciones han continuado sin bendición: no se pronuncian oraciones al iniciar ninguna reunión.

La verdad desnuda es que Cristo, el Principe de la Paz, estuvo en minoría en San Francisco.

Después de oír y leer tanto durante varios años sobre aquello de que la guerra había tenido por objeto salvar la civilización cristiana, occidental y democrática, era un poco difícil para muchos entender que más de la mitad de los pueblos representados en San Francisco no eran ni cristianos, ni democráticos ni occidentales.

Dentro de dos generaciones, a nadie fuera de los eruditos trashumantes le importará ni recordará lo que allí se dijo. Para mí lo más impresionante de todo fueron las palabras casi inadvertidas que pronunció ante la conferencia el señor Al Omari, representante del Iraq, quien comenzó su discurso diciendo que él representaba a un país “que fue cuna de la civilización y del derecho”.

Tenía toda la razón para expresarse así: sobre las márgenes del Tigris y el Éufrates, en electo, nació esta civilización que después de 7.000 años no parece querer seguir viviendo. La tierra así aludida en San Francisco creía en la fuerza, construyó imperios, ganó guerras y luego desapareció del mapa y casi también de la historia. Sólo en años recientes reapareció de las ruinas en fragmento para convertirse otra vez en nación independiente.

 
La América latina resiste con firmeza

Fue en esta atmósfera en la que los delegados de la América Latina resolvieron salvar lo que pudieran del principio panamericano. No les faltaban razones de alarma. Se sabía que varios de los miembros más influyentes de la delegación norteamericana eran partidarios de un globalismo total, es decir, de que se disolviera totalmente el panamericanismo en el esquema universal de la Carta.

La llamarada había prendido. Comenzó en San Francisco en cuanto la conferencia se reunió el 26 de abril de 1945.

El 7 de mayo el fuego se extendió. Aquella misma noche en una reunión informal de delegados de las repúblicas americanas, se dio en verdad la campanada de alarma, y los latinoamericanos nombraron una comisión especial de ministros de Relaciones Exteriores para que conferenciaran sobre este grave asunto con los delegados de los Estados Unidos.

En la reunión que se efectuó, los latinoamericanos, casi en tono de ultimátum, exigieron que se preservara el pacto de seguridad regional acordado en Chapultepec. De todos modos era ese pacto casi inocuo que llevaba la advertencia de que se celebraba “en armonía con los propósitos y principios de la organización internacional generar”.

Por su parte, la mayoría de los delegados de las Grandes Potencias, colocando a los Estados Unidos entre la espada y la pared, sostenían que si se permitía el acceso del regionalismo a la Carta, todo el propósito de las Naciones Unidas quedaría viciado.

Hubo un ir y venir de reuniones y fórmulas.

Un diario de San Francisco transcribió las palabras de un delegado latinoamericano, quien se preguntaba qué iban a pensar las naciones de la América Latina cuando supieran que “apenas muerto Roosevelt, sus principios fundamentales sobre política latinea menean fueron abandonados”.

Otro periódico decía que las delegaciones latinoamericanas estaban resueltas a abandonar la conferencia “si se permitía que pereciera el panamericanismo”. No era esto estrictamente cierto, pero un hecho sin precedentes, que despertó vigorosos sentimientos, había ocurrido el 10 de mayo: los delegados latinoamericanos se reunieron a solicitud de Ezequiel Padilla, de México; la delegación de los Estados Unidos no fue invitada.

Surgió al fin la centésima fórmula, de la que fue portador el secretario Stettinius, quien había volado a Washington para consultar al presidente Truman. Dos títulos de diarios de Nueva York lo dicen todo. El primero era: Los Estados Unidos acaban con el aislamentismo hemisférico – Se desecha la autonomía regional de la organización mundial. El segundo título decía: Los Estados Unidos ofrecen una fórmula para la disputa latinoamericana. Truman aprueba el estudio por los Cinco Grandes de una transacción con el bloque panamericano.

El incendio había sido apagado, pero no sin sacar a la luz algunos hechos importantes y hasta sorprendentes:

Primero, que el derecho de defensa propia de los países americanos había sido abandonado en Dumbarton Oaks y traspasado a manos del Consejo de Seguridad, manejado por las Grandes Potencias, y había quedado sujeto al veto de éstas.

Segundo, que, si no hubiera sido por la lucha de los latinoamericanos en San Francisco, el pacto de defensa panamericana y hasta la Doctrina de Monroe habrían quedado inoperantes, en virtud del derecho o del capricho de cualquiera de las potencias no americanas que ocupan un sillón en el Consejo de Seguridad.

 
De cómo el Pacto de defensa de Río y Bogota salió de San Francisco

En términos generales, la transacción a que se llegó en San Francisco puede expresarse en esta forma:

“El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas conservaría toda su autoridad para impedir guerras de agresión, aun dentro del Hemisferio Occidental”. Esto para aplacar a los universalistas.

“Pero si el Consejo se demorara en actuar o fracasar, y estallara una guerra de agresión, entonces las repúblicas americanas tendrían el derecho de tomar sus propias medidas “colectivas” de defensa propia”. En esta forma fueron aplacados los panamericanistas.

Hubo algo más en torno al acuerdo de San Francisco, como se reveló plenamente en una reunión secreta celebrada el 15 de junio de 1945, en la cual el secretario Stettinius prometió a los delegados latinoamericanos que los Estados Unidos firmarían un Tratado Panamericano de Defensa en una conferencia que debía reunirse en el mes de octubre siguiente –conferencia cuyo propósito era hacer permanentes las obligaciones contraídas en Chapultepec en época de guerra.

Todavía temerosos y dudosos, los latinoamericanos quisieron un compromiso escrito sobre la materia. Lo obtuvieron, in camera, y se marcharon a casa.

Esa conferencia, que se había aplazado para abril de 1946, no se celebró por fin, debido al entredicho Perón-Braden, sino en agosto de 1947, y se reunió entonces en Río de Janeiro donde se firmó el pacto de defensa continental.

Fue un gran paso adelante: puede iniciarse acción colectiva en caso de agresión por el voto de dos terceras partes de las repúblicas. Pero (y este es un “pero” muy importante) las fuerzas armadas de una nación no pueden comprometerse ni emplearse sin el consentimiento de esa nación.

Se creyó en todas partes que el pacto de defensa había tenido su origen en los Estados Unidos, y que se había negociado cautelosamente con la América Latina donde había fuerte oposición.

Empero, la verdad era un poco distinta, el presidente Truman no estaba invitando a las repúblicas americanas; simplemente cumplía una promesa que les había hecho, por exigencia de ellas, en junio de 1915 en San Francisco.

 
Sutileza en Dumbarton Oaks

En San Francisco este episodio se miró como asunto estrictamente interamericano, pero los hechos subsiguientes le han dado significación mundial.

El presidente Truman calculó la fecha de su discurso ante una sesión conjunta del Congreso, el 17 de marzo de 1948, para que coincidiera exactamente con el momento en que se estaba formando en Europa un pacto de defensa mutua de las “democracias” occidentales. En su discurso Mr. Truman prometió ayuda completa de los Estados Unidos a las naciones europeas signatarias del pacto de defensa. Este pacto europeo funcionaría dentro del marco de las Naciones Unidas.

Lo que nadie recuerda es que el pacto puede operar en esa forma gracias al Artículo 51 de la Carta, y que este fue un artículo incorporado en la Carta como transacción y por virtud de la presión que ejercieron para ello las delegaciones latinoamericanas.

Para comprender hasta donde fue sepultado el sistema regional panamericano, incluyendo la Doctrina de Monroe, bajo el plan de Dumbarton Oats, basta recordar que el Número I, Sección A, Capítulo IX de ese documento, dice: “Pero ninguna medida para ejecutar una decisión debe tomarse bajo los acuerdos regionales o por agencias regionales sin la autorización del Consejo de Seguridad”. Era ese el Consejo en donde, según las declaraciones de Mr. Truman, veintiún vetos de un mismo gobierno habían paralizado toda acción.

Si se hubiera dejado que esa frase, típica de Dumbarton Oaks, penetrara en la Carta, el sistema panamericano de defensa estaría a merced del veto, y el pacto europeo de defensa propia, recientemente firmado, y que ahora se está transformando en la “Alianza del Atlántico”, no habría podido colocarse bajo los auspicios de las Naciones Unidas.

 
El salvador artículo 51

Muchos de los que combatieron vigorosamente los derechos regionales panamericanos en San Francisco, forman hoy en las filas de los que han aprovechado el Artículo 51 para establecer el “regionalismo democrático europeo”. Este Artículo 51 dice así en parte:

“Nada en la presente Carta debe perjudicar el derecho inherente de defensa propia individual o colectiva si ocurre un ataque armado contra un miembro de las Naciones Unidas, hasta que el Consejo de Seguridad haya tomado las medidas necesarias para mantener la paz y seguridad internacionales”.

El senador Vandenberg dijo en su discurso sobre relaciones exteriores durante la campaña electoral (octubre de 1948) que la inserción de este artículo 51, hoy famoso, en la Carta de las Naciones Unidas, se debió a “iniciativa del partido republicano”. Quizá ello ocurriría así en el seno de la delegación de los Estados Unidos en San Francisco, donde se había desarrollado una fuerte oposición a esta enmienda; y fue en realidad el senador Vandenberg quien sometió a los delegados latinoamericanos el proyecto de redacción arriba citado, que fue finalmente aprobado, Pero también queda en pie el hecho de que si no hubiera sido por la iniciativa y la insistencia de la América Latina, la Carta se habría redactado en San Francisco de acuerdo con el convenio de Dumbarton Oaks, en el cual se habían “enterrado” todos los regionalismos y se había dado el golpe de gracia al sistema de defensa regional panamericana.

De esta suerte, tina enmienda que se obtuvo en San Francisco simplemente para salvar el panamericanismo, aparece ahora como la mayor esperanza para salvar a las Naciones Unidas.

En 1948 la posición de las Grandes Potencias es tan diferente de la que prevalecía en 1945, que el panamericanismo, lejos de “destruir en la cuna la organización mundial” con la actitud que asumió en San Francisco, en realidad puede haber dado la clave para la supervivencia de la organización de las Naciones Unidas.

Si hubiera prevalecido Dumbarton Oaks, le habría sido imposible al senador Vanderberg adelantar su plan con la cooperación de ambos partidos (plan ya aprobado por el Senado), en virtud del cual los Estados Unidos han sido llevados por fin a una alianza con las naciones europeas en tiempo de paz. Es más que dudoso que el pueblo norteamericano fuera a aceptar una alianza militar abierta con los países de Europa en época de paz, a no ser porque se le ofrece bajo el manto de un “acuerdo regional” dentro de las Naciones Unidas. Así se le ha podido dar a la Alianza del Atlántico la apariencia de que sólo tiende a reforzar las Naciones Unidas.

Naturalmente, el término “regionalismo” tuvo que estirarse un poco para incluir naciones situadas a ambos lados del Atlántico. Parece que bajo la Carta habría entonces amplitud para incluir todas las alianzas de tiempos anteriores – lo cual jamás entró en los propósitos ni en el pensamiento de los delegados latinoamericanos que tamo se esforzaron en San Francisco para que se incluyera esta estipulación enteramente nueva, (el Artículo 51) en la Carta de las Naciones Unidas.

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 212-226.)


Historia de dos Américas

El hombre americano en los hechos y en las fantasías

Cuando Colón tropezó en este hemisferio, lo poblaban trece millones de americanos.

Lo que encontró el gran navegante fue una heterogénea población que usaba centenares de lenguas, se hallaba en todas las etapas de la civilización, y era gobernada por diversidad de organizaciones políticas.

Algunos eran nómadas; otros tenían una elevada cultura. La de los incas y la de numerosas civilizaciones mexicanas yuxtapuestas, aunque no conocieron ni la rueda, ni el caballo, ni las armas de fuego, eran comparables a las culturas que existían en cualquier otra parte en esa época.

Doce de esos trece millones de americanos vivían en lo que hoy es la América Latina; el otro millón ocupaba el territorio situado al norte del Río Grande. En solo Brasil había tantos habitantes como en la región que vino a ser los Estados Unidos, y en México cuatro veces más.

En la época del Descubrimiento, de los 500 millones de habitantes a que llegaba entonces la población mundial, un 2,6 por ciento vivía en este hemisferio, que cubre 32 por ciento de los 135.200.000 kilómetros cuadrados de la superficie terrestre. Hoy día el mismo hemisferio es hogar del 13 por ciento de los 2.200 millones de personas que viven en la tierra.

¿Quiénes eran esos americanos precolombinos? ¿Eran aborígenes que se habían desarrollado a su propia manera americana? O si eran inmigrantes, ¿de dónde procedían? He encontrado no menos de treinta teorías sobre la materia, algunas por demás extravagantes y curiosas, Pero no dejará de haber quien se sorprende al saber que no podemos contestar estos interrogantes, hoy como no los pudieron contestar los americanos ni los europeos hace 450 años. El primer americano ha seguido siendo el hombre desconocido, y su historia casi se ha olvidado.

Nada pudo haber sido más descorazonador que el primer contacto entre los europeos y los aborígenes. Las primeras décadas del régimen de los conquistadores fueron una catástrofe demográfica.

El escenario principal fue La Española, isla donde en la actualidad están situadas la República Dominicana y Haití. La ocupaban unos 100.000 indios cuando llegó Colón en 1492. Para 1510 había desaparecido como la mitad de los naturales; menos de 30.000 quedaban en 1515; pocos años más tarde habían desaparecido casi todos, lo mismo que la mayor parte de los europeos.

No solo a las guerras y a la desalmada explotación de los naturales se debió esta tragedia. También es en parte atribuible a las nuevas y devastadoras enfermedades que llevaron los europeos y los esclavos africanos, los cuales empezaron a importarse en el siglo dieciséis del Congo y Mozambique.

A. Rosenblatt anota igualmente otras causas: el indio se convenció “de su impotencia y esterilidad; la anarquía invadió su mundo psíquico y moral; lo que en su alrededor sucede está más allá de su comprensión intelectual; de su familia poligámica, de su desnudez y sus placeres primitivos, se le está llevando a una rígida monogamia y al trabajo forzado; tiene que vestirse y adorar a un solo Dios”, Sintiéndose abandonado de sus propias deidades, desea el aniquilamiento y aun lo busca mediante extrañas formas de suicidio.

Para 1532 la isla de La Española tenía una población que era un 62 por ciento africana.

La campaña del Padre Las Casas y sus frailes dominicos obtuvo para los indios un gobierno más benigno; pero ya la hecatombe de La Española había pasado a la historia. A medida que los conquistadores se extendieron por el continente, aunque no ocurrió una repetición de estos hechos en el resto de la América Latina, el alcoholismo y hasta el recio choque de dos civilizaciones diferentes tuvieron efectos fatales, como ha ocurrido siempre en la historia. Un antropólogo alemán atribuye a la viruela sola la reducción de la población aborigen de América a la mitad, después que los europeos introdujeron el microbio.

 
Decadencia de los naturales

En 1574 López de Velasco calculó que cuatro millones de la población nativa original había desaparecido.

Al mismo tiempo la América Hispana había adquirido 32,000 familias españolas. Tomando en cuenta a clérigos y soldados, López de Velasco nos da una cifra de 160.000 españoles y 25.000 portugueses que vivían en la parte sur del Nuevo Mundo.

Afluían inmigrantes del Viejo Mundo, pero la población nativa disminuía constantemente. Esta decadencia continuó sin cesar a medida que pasaban los años. Los naturales constituían el 80 por ciento de la población en 1650, La proporción había bajado a 25 por ciento en 1825; en la actualidad es como un 17 por ciento. En parte esta merma se debió a la fusión de aborígenes con europeos de la cual resultó el tipo euro-indio, fenómeno que no ocurrió en grado siquiera parecido en los Estados Unidos.

A medida que continuaba el florecimiento de Hispanoamérica, la sola ciudad de Potosí, en Solivia, se enorgullecía de tener una población de 114.000 almas a fines del siglo dieciséis.

Durante este largo período primitivo, mientras la parte sur del Nuevo Mundo cambiaba y construía, la parte norte permanecía perdida en el inmutable misterio de lo desconocido.

 
Comparación de colonias

Este cuadro congelado del Norte comenzó a mostrar ligeros síntomas de vida en 1607, cuando una partida de 120 personas desembarcó en Jamestown, de tres barcos armados por la Compañía de Londres. Pero este incidente apenas sí puede caracterizarse como algo más que leve ondulación en el lienzo de la historia. Para 1824 la Compañía de Londres no había enviado a las colonias más de 5.694 personas, mientras que en la zona sur ya vivían unos 300.000 latinoamericanos mezclados con una población de diez millones de naturales* En 1619, casi un siglo después de la primera importación de esclavos africanos a Santo Domingo llegó el primer cargamento de africanos a Virginia.

En 1620 llegaron los Peregrinos a Plymouth. Cinco años después fue fundada Nueva York, que en el año siguiente alcanzó una población de sólo 200 habitantes. Ocurría esto en el año de 1626, es decir, 136 años después de la fundación de Santo Domingo, primera colonia de los blancos en el Hemisferio Occidental.

Para 1650 la población blanca de la América Inglesa había aumentado a 85.000. La población no indígena de la América Latina, incluyendo, además de los inmigrantes blanco, a los mestizos y los negros, había llegado a 2.085.000.

Pero de ahí en adelante se aceleró constantemente el desarrollo de las colonias anglosajonas; en 1680 la población no indígena de la parte norte de continente llegaba a 156.000 almas, y diez años después ascendía a 214.000.

A pesar de tan notable aumento, en el período de 1750-60 la población de Nueva York no pasó de 14.000 habitantes, en tanto que la Ciudad de México tenía 90,000, y hasta Caracas contaba con 19.000.

En la década de 1770 la situación cambió totalmente; la población blanca de la América Inglesa había aumentado en forma gigantesca y por primera vez pasó a la de la América Latina. Pero en 1790 todavía no existían en el norte sino cinco ciudades cuya población fuera de 5.000 a 15.000: Boston, Filadelfia, Nueva York, Baltimore y Charleston. La América Latina, en cambio, podía enorgullecerse de tener muchísimos centros activos de vida urbana, con poblaciones mucho mayores. Para nombrar sólo unas pocas: La Habana, 76.000; Buenos Aíres, 20.000; Santa Fe de Bogotá, 25.000; Ciudad de México, 90.000 y Lima, 50.000.

En 1783 los Estados Unidos, con 3.900.000 habitantes, conquistaron la independencia. En ese momento la América Latina contaba con 20.000.000 habitantes. En el año de 1800 ya esta proporción había variado radicalmente; había entonces en la América Latina una población de 18.900.000, y en la América anglosajona, 5.300.000.

Durante el primer cuarto del siglo XIX la población de los Estados Unidos creció a saltos. En 1810 era de 7.240.00; en 1820, de 9.638.000; y en 1825, de 11.468.000. Para 1850 llegaba como a 23 millones. Este gigantesco desarrollo encaminó rápidamente al Norte hacia la paridad de población con la América Latina, que para 1850 tenía un total de 32.500.000 habitantes.

Ya para esta época la población indígena de los Estados Unidos, que había sido de 1.115.000 habitantes aproximadamente en el período del primer contacto con los colonizadores blancos, había disminuido a unos 500.000. En la América Latina casi conservaba su nivel primitivo: doce millones.

Pronto habían de invertirse las proporciones de población americana, y la América Latina, despedazada y fragmentada, empezaría a quedarse notoriamente a la zaga.

 
Los Estados Unidos surgen adelante

¿Cuáles fueron las condiciones que favorecieron tan fantástico incremento de la población en los Estados Unidos? No fue un aumento de los índices de natalidad; la tendencia fue precisamente la contraría, y la tasa de natalidad cayó de 50 por mil en 1800 a 40 por mil en 1850, y finalmente a 17 por mil en 1933.

La respuesta está en la inmigración y la expansión. A principios del siglo XIX el país agregó a su población 467.000 franceses, españoles y mexicanos, por la adquisición de la Florida y la Luisiana, Entre 1840 y 1850 absorbió dos millones más mediante la anexión de territorios mexicanos.

Los movimientos revolucionarios de Europa, que empezaron en 1847, arrojaron a las costas de los Estados Unidos oleadas de fugitivos de la Europa Central y de Irlanda, con unos cuantos de los países escandinavos. Hubo una fuerte corriente inmigratoria procedente de Irlanda en 1860. Durante el periodo de cinco años de 1880 a 1884 hubo otra oleada de inmigrantes, esta vez de Austria y Rusia principalmente, y también algunos de los países escandinavos, con un promedio de 500000 por año. De 1881 a 1890 se admitieron 1.453.000 procedentes de Alemania, 1.218.000 de Suecia, 335.000 de Dinamarca y 255.000 de los Países Bajos.

Ahora la carrera se acercaba a un empate momentáneo pero dramático.

Mientras los Estados Unidos crecían en población, la América Latina comenzó a quedarse atrás. Entre 1860 y 1870 los primeros registraron un aumento suficiente para alcanzar a la última. El año en que es cruzaron los senderos fue 1870, cuando los Estados Unidos salieron adelante con un total de 38.500.000 habitantes, o sea 500.000 más que la América Latina.

Este dinámico proceso continuó; en 1890 la población de los Estados Unidos era de 62.948,000 y para 1900, casi 76 millones. En esta última fecha la América Latina apenas llegaba a los 63 millones.

En el Norte siguieron aumentando las corrientes de inmigración. En 1903 entraron a los Estados Unidos 857.046 inmigrantes y en 1904, 812.870. Ese aflujo llegó al máximum en 1907, con 1.285.349.

 
América latina otra vez a la cabría

Habiendo reaccionado hacia fines del siglo, la América Latina volvió a ganar terreno y llegó al año de 1930 con una población de 114.371.200 habitantes, contra 122.775,046 de los Estados Unidos.

En los 17 años comprendidos entre 1930 y 1947 hizo progresos sorprendentes, y alcanzó en 1947 una población de 150 millones, pasando una vez más a los Estados Unidos que en ese año tenían solamente 144 millones.

El índice de incremento anual de la América Latina es en la actualidad el triple de el correspondiente a los Estados Unidos, y si así continúa, tendrá 300 millones de pobladores para fines del siglo veinte, mientras que la población de los Estados Unidos se habrá tornado más o menos estacionaria alrededor de los 170 millones. Para esa época, si se mantiene la actual tasa de crecimiento demográfico de los 196 millones de rusos, los Soviets también habrán llegado a los 300 millones. Si sólo en la población se encuentran los elementos del poder, estas cifras revisten el más profundo significado.

El crecimiento de población urbana en las dos Américas ha seguido las mismas proporciones comparativa. En tanto que Nueva York, Chicago y Filadelfia escasamente han aumentado a un poco más del doble su población en 47 años de este siglo, Santiago de Chile, pasando de 300.000 a 1.200.00, ha cuadruplicado la suya; La Habana pasó de 236.000 a casi 900.000; Río de Janeiro, de 750.000 a 2.000.000; Buenos Aires de 753.000 a 3.150.000.

La razón de este cambio de tendencias no es difícil de encontrar. La América Latina continúa reduciendo su índice de mortalidad, pero mantiene una tasa constan' teniente creciente de natalidad, mientras que la tasa de natalidad en los Estados Unidos está disminuyendo. La familia norteamericana constaba de ocho miembros en promedio en los tiempos de Jefferson, pero ha disminuido a tres en la época de Truman. Además, en la América Latina se están quitando las trabas a la inmigración mientras que en los Estados Unidos se están haciendo más estrictas.

 
No más “inversión óptima”

Llegó un día en que los Estados Unidos, que habían sido construidos por la inmigración con el lema de que “la inversión óptima es la que se hace en población”, súbitamente cambiaron de política. La inmigración se convirtió en una amenaza en vez de ser la “inversión óptima”.

La campana comenzó en 1878, cuando los dirigentes obreros culparon a las masas- humanas que afluían de Europa de las repetidas debilidades del mercado de trabajo. La ley de 1924 se hizo aprobar al grito de “Nuestro nivel de vida está a merced del inmigrante”. Desde entonces, se ha permitido apenas una entrada anual de 149.000 extranjeros.

Difícil es decir si fue ésta una política acertada o no, desde el punto de vista de las conveniencias inmediatas económicas y sociales. Pero en todo caso fue una política tímida, defensiva, que no cuadraba muy bien a una nación atrevida. Admitiendo a cuarenta millones de inmigrantes en ochenta años, el país había corrido un gran albur y había ganado; jugó otra carta excluyendo casi del todo la inmigración en 1924, y los resultados muestran que esta vez no está ganando.

Corrieron igualmente otras influencias, en el sentir de más de un observador, para producir ese abandono de la política de inmigración. Se ha llamado la atención hacia el hecho de que, por “generales” que fueran las restricciones de la ley de 1924, contenían ciertas implicancias raciales de importancia práctica: 65.720 ingleses y 25.957 alemanes pueden entrar ahora al país anualmente, mientras que sólo se permite la entrada legal de 5.802 italianos y 252 españoles. Si lo que se buscaba era mantener anglosajona a esta nación, el esfuerzo vino muy tarde. En la obra Our Racial and National Minorities, por Francis Brown y J. Roucek, leemos que menos del 33 por ciento de la actual población estadounidense es de origen anglosajón.

Los efectos de la ley fueron muy radicales. La inmigración cayó de 1.285.349 en 1907 a solo 23.725 en 1943, o sea una cifra casi igual a la correspondiente al año de 1830, Después aumentó y llegó a 100.000 en 1946, El límite legal sigue siendo 149.000.

He hablado con muchos dirigentes obreros sobre este asunto, y no están muy seguros de las consecuencias que pudiera traer el levantar las restricciones actuales a la inmigración; tampoco lo están los economistas ni los sociólogos. Por lo que hace al pueblo en general, parece haber vacilación y duda, actitud que contrasta notoriamente con la de sus antepasados, quienes, colocados ante el mismo problema, cortaron por lo sano y siguieran adelante, pasara lo que pasara.

 
Cuarenta años detrás de los Estados Unidos

En tanto que el sorprendente crecimiento demográfico norteamericano se ha retardado y parece en vías de estabilizarse, la América Latina, con sus actuales índices de incremento, duplicará su población cada cuarenta años.

En parte explica este crecimiento natural la ardiente vitalidad de un pueblo joven que no ha encontrado todavía su lugar en el mundo. Los pueblos jóvenes y vigorosos, no contaminados por el lujo, tienen invariablemente un elevado índice de natalidad que parece aumentar, en vez de disminuir, en razón de la inseguridad económica. La historia demuestra que han sido siempre las naciones más seguras y prósperas las que tienen la mayor proporción de ancianos y las familias más pequeñas.

Otra razón del crecimiento demográfico latinoamericano se encuentra en el hecho de que en las últimas décadas se ha logrado reducir el índice de mortalidad, y especialmente de mortalidad infantil que en un tiempo era aterradora.

Los Estados Unidos han podido disminuir su índice de mortalidad infantil de 82 por mil a 41 por mil, México y Chile afirman haber obtenido igual progreso, salvo que su índice de mortalidad infantil hace 25 años era de más de 200 por mil. En la Argentina la disminución ha sido de 148 a 96.

Los latinoamericanos aseguran igualmente que han aumentado considerablemente la esperanza de vida como resultado de mejoras sanitarias. No existen cifras dignas de confianza relativas a la situación actual, pero hace 20 años el promedio de vida en la América Latina era de menos de 40 años. Ese promedio era de 36 más o menos en los Estados Unidos en la época de Washington, 42 en la década de 1860, y 60 para 1930. En 1948 era de 63 para los hombres y 69 para las mujeres.

En términos generales pueden decirse que las condiciones sanitarias de la América Latina se encuentran hoy en el nivel en que estuvieron en los Estados Unidos hace cuarenta años, y que la tendencia hacia el mejoramiento no es más lenta que lo que fue en los Estados Unidos en aquella época.

Sin embargo, el nivel de vida para toda esta masa de humanidad que tan rápidamente crece es todavía lamentablemente bajo. Si se hace el análisis comparativo de niveles de vida en los Estados Unidos y en la América Latina, se encontrará que mientras los Estados Unidos han alcanzado realizaciones que les hacen honor y no tienen paralelo en la historia, para la América Latina el resultado del estudio viene a ser algo como una acusación a todo el orden moral y económico.

Todo esto se comprueba dolorosamente con un hecho sorprendente, mucho más importante para los Estados Unidos que las circunstancias que los han llevado a salvar a Europa de la amenaza comunista.

El hecho a que rae refiero es el desarrollo del comunismo en el Hemisferio Occidental.

El representante Donald Jackson, quien asistió a la Conferencia de Bogotá, informó a la Cámara el 15 de abril de 1948: “Señores, la marea roja ha tocado el Hemisferio Occidental, Esto es la guerra, tan ciertamente como si nos viésemos colocados ante la fuerza armada y ante un enemigo físico”.

La marea roja había tocado a la América Latina desde mucho antes. Los comunistas habían estado engrosando sus filas con adeptos salidos de la empobrecida masa latinoamericana desde liada más de 30 años. En relación con sus respectivas poblaciones, hay más comunistas en el Brasil, Cuba o Chile, que en Rusia.

Supongamos que los comunistas hubieran obtenido siete millones de votos en las últimas elecciones en los Estados Unidos; habría sido un resultado sorprendente, por no decir más. Y sin embargo, en proporción con el electorado, ese fue el porcentaje relativo de sufragios de los partidos comunistas en las últimas elecciones de Chile, y más o menos lo mismo en el Brasil.

Había un comunista por cada 2.277 rusos cuando los Soviets se apoderaron del poder en 1917.

Hay un comunista por cada 1.814 ciudadanos norteamericanos en los Estados Unidos hoy día.

Hoy día hay un comunista por cada 15 habitantes en Chile, Cuba o el Brasil.

Una de las razones para que el comunismo se haya desarrollado en la América Latina es precisamente que todas las conferencias panamericanas han sido iguales a la de Bogotá. Es decir, que todas ellas hicieron caso omiso de las dislocaciones económicas del continente; no hicieron caso de la miseria creciente y totalmente innecesaria de un pueblo que ahora vuelve los ojos a otra parte en busca de alivio. Prefirieron proceder como si el continente americano no existiera como unidad orgánica, fuera de los altos círculos de la diplomacia sutil, e hicieron lo menos posible por organizar su economía en forma de llevar la fe y un mejor nivel de vida a todos sus moradores.

 
Lo que han hecho los Estados Unidos

La realización extraordinaria de los Estados Unidos en la trayectoria de la civilización no está en el hecho de que poseen y construyen más de cuatro quintas partes de los automóviles y radios y más de la mitad de los teléfonos del mundo; ni de que producen y consumen más del 70 por ciento del petróleo mundial y compran el 92 por ciento de la seda, el 50 por ciento del café y el 53 por ciento del azúcar del mundo; ni de que utilicen el 69 por ciento de !a producción total de caucho v fabrican la mitad del acero que consume la humanidad; ni de que mueven un 40 por ciento de la carga mundial por sus redes monumentales de ferrocarriles y carreteras; ni de que, con el 6 por ciento de la población y el 4 por ciento de la superficie territorial del globo, producen casi un 30 por ciento de los bienes del mundo y han llegado a poseer el 60 por ciento de la capacidad industrial total que existe sobre la tierra.

La realización extraordinaria no consiste tanto en haber alcanzado todo este auge económico, como en haberlo convertido en valores humanos; también es el elevado nivel de vida el que ha permitido mantener el ideal americano de libertad y dignidad humanas, por más que estos dones no puedan medirse en términos de comparaciones materiales.

No se me escapa que según las estadísticas entre el 80 y el 90 por ciento de todas las habitaciones rurales de los Estados Unidos carecen de agua corriente, calefacción central, electricidad o tinas de baño: que un cinco por ciento de los ciudadanos controlan un 80 por ciento de la riqueza; y que, en suma, una tercera parte de la nación está “mal alimentada, mal alojada y mal vestida”.

Pero los estadísticos rara vez nos recuerdan que para principios de este siglo apenas había en Jos Estados Unidos 800.000 viviendas que tuvieran tinas de baño, mientras que hoy hay 26 millones; que las casas con calefacción eran escasamente un millón entonces, mientras que ahora son más de 18 millones; que hoy día 20 millones de máquinas eléctricas de lavar ropa y 18 millones de barredoras eléctricas están aliviando de los duros oficios domésticos a las mujeres estadounidenses que hace cincuenta años no gozaban prácticamente de ninguna de estas comodidades.

El mismo progreso continuará sin duda en los cincuenta años siguientes, a menos que algo falle en la estructura o en el carácter de los Estados Unidos, o que su política exterior llegue por fin a convertir a este país en simple apéndice desintegrado del Viejo Mundo.

Pese a las estadísticas y declaraciones recriminatorias de los mismos norteamericanos, pese a documentos sociales incendiarios como Tobacco Road y The Grapes of Wrath, la realidad sencilla es que el pueblo de los Estados Unidos disfruta hoy de mayor confort que el de cualquier otra nación. Los Estados Unidos es la nación que en más corto tiempo y en la forma más satisfactoria ha proporcionada el más alto nivel de vida al mayor número de habitantes.

Es una realización única en la historia.

Los imperios del pasado han dejado nobles monumentos de ingeniería y arquitectura, deslumbrantes conquistas militares, notables contribuciones artísticas; enriquecieron a los reyes y a la nobleza; pero esas grandes épocas jamás proporcionaron a las masas una vida mejor. La prosperidad, cuando la hubo, nunca pasó a los de abajo.

 
Un escándalo latinoamericano

Cuando se observa el fenómeno demográfico latinoamericano desde el punto de vista del nivel de vida, el espectáculo es aterrador. Hasta puede ponerse en tela de juicio el derecho ético de traer a tantos nuevos inocentes a un mundo de semejante desesperanza.

¿Por qué ha de estar condenado un hombre a trabajar una hora en un cafetal para ganar con qué comprar un kilogramo del café que cultiva, mientras que otro trabajador en los Estados Unidos puede comprar tres kilogramos de ese mismo café con la misma hora de trabajo? El cubano paga, en horas de trabajo, cinco veces más que el obrero norteamericano por igual cantidad de azúcar cubana.

El 6 de diciembre de 1947, la Federación Norteamericana del Trabajo hizo una vigorosa declaración en que condenaba el hecho de que el obrero estadounidense estuviera pagando como tres cuartos de hora de trabajo por una libra de mantequilla; el obrero latinoamericano paga cinco o seis veces más.

La leche es diez veces más cara, en términos de trabajo, en Chile o en Bolivia que en los Estados Unidos.

Ya sabemos que “el pan nuestro de cada día” no se nos da; tenemos que ganarlo. ¿Pero qué razón hay para que una hora de trabajo consiga para el obrero cubano o el mexicano los medios de comprar una octava parte de la cantidad de pan que con igual esfuerzo consigue el trabajador norteamericano?

Para comprar el periódico, el obrero estadounidense tiene que trabajar tres minutos; el latinoamericano debe trabajar de 20 a 30 minutos. La más de las veces el latinoamericano no compra el periódico, porque no sabe leer. Sólo cinco países latinoamericanos, entre ellos Chile, han podido reducir su analfabetismo a 25 por ciento o menos. En algunos es todavía más del 60 por ciento.

Con razón los economistas brasileños han popularizado la expresión “treinta millones de ceros económicos”, para referirse a esa proporción de los 40 millones de habitantes de su país; y con razón también el escritor mexicano Luis Quintanilla dice que 85 millones de latinoamericanos podrían acomodarse a esa misma calificación, puesto que andan descalzos y no tienen un lecho en donde reposar su cuerpo cansado y mal nutrido.

“La pobreza en medio de la abundancia es un escándalo”, escribió Lord Beveridge. Si esto es así, la América Latina constituye el mayor de los escándalos porque su pobreza es innecesaria, porque representa un retroceso aun de las condiciones que prevalecieron durante la colonia, y porque es la suya una miseria hecha por la mano del hombre, o, mejor dicho, por la mano de sus dirigentes.

 
El mendigo sobre un montón de oro

La principal acusación que puede lanzarse a los terratenientes, las plutocracias criollas y los jefes políticos que pasaron a dominar en la América Latina después de la independencia, no es que hayan lograda perpetuar un sistema en que tenían todas las ventajas de su parte, sino que lo hubieran empleado tan mal.

Con el poder de que disponían, y con los recursos naturales que Dios les dio y que constituyen uno de los más ricos patrimonios que jamás haya poseído comunidad alguna, todo era posible en cuanto a la ordenación de una economía justificable, capaz de colmar las esperanzas de bienestar de todo el pueblo.

También en los Estados Unidos algunos se sacaron la tajada del león, pero por lo menos tuvieron el talento de crear y producir en una escala que dejaba lo suficiente para asegurar un nivel de vida decente a toda la población. En la América Latina, los pequeños círculos dirigentes, aliados con los jefes políticos, dejaron poco más que migajas para el 90 por ciento de la población.

He aquí la respuesta al interrogante que tan frecuentemente se oye en los Estados Unidos: ¿Por qué se ha desarrollado tanto el comunismo en la América Latina?

En los Estados Unidos los obreros están comentos con el capitalismo frenado, y hasta se puede decir que lo han hecho parte de su modo de ver la vida. Una resolución aprobada por la Federación Norteamericana del Trabajo dice; “Hemos aprendido la lección de que cuando disminuyen las oportunidades de realizar ganancias, disminuyen también las oportunidades de empleo”. En la América Latina las masas todavía consideran el capitalismo instrumento de despiadada explotación de la inmensa mayoría del pueblo.

Doloroso es comprobar cuán poco han cambiado las cosas desde que escribí en análogo sentido hace once años, cuando el profesor McCutcheon McBride, de la Universidad de California, me pidió un prólogo para su libro Chile, Land and Society.

Forma parte esta obra de una serie de libros sobre problemas económicos y sociales latinoamericanos, publicada por la Sociedad Geográfica Norteamericana, Con su libro el profesor McBride se consagró como una de las mayores autoridades en cuestiones chilenas.

A más de su erudición nada común, de su investigación exhaustiva y su penetrante análisis, el profesor McCutcheon McBride demuestra en su libro sobre Chile una gran simpatía y un hondo conocimiento y afecto por los chilenos. “Los niños –escribe– pueden vivir años enteros a la vista de las nieves perpetuas de sus montañas, y sin embargo no llegar nunca a ver y palpar los copos de nieve”.

“La fabulosa riqueza de Chile –decía el final de mi prólogo– ha sido para el común del pueblo algo así como esas montañas nevadas para los niños”.

Chile no es una excepción, desde luego. Por el contrario, es una de las naciones que más han progresado en la América Latina en lo tocante a borrar el estigma del “escándalo” de Lord Beveridge, En toda la América Latina la riqueza y la buena vida han sido para la masa del pueblo objetos más bien de contemplación que de disfrute, al revés de lo que han sido en los Estados Unidos.

Hace un siglo Humboldt veía a Sudamérica como “un mendigo sentado sobre un montón de oro”; y allí está sentado todavía el mendigo.

 
Individualismo “vigoroso” y “andrajoso”

Y bien: ¿por qué esta disparidad de niveles de vida en las dos Américas?

No es cuestión de razas, puesto que ya hemos visto que, durante la época colonial, los latinoamericanos de igual ascendencia europea fueron capaces de utilizar los recursos naturales de su continente mejor que los vecinos anglosajones del Norte.

La riqueza latente de la América Latina es todavía mayor que la que tan espléndidamente se aprovechó en los Estados Unidos, Con todo, la renta per cápita es once veces mayor en los Estados Unidos.

Tampoco se trata de doctrinas económicas: en la América Latina hemos vivido bajo el régimen capitalista de libertad de empresa, lo mismo que los Estados Unidos y Europa, durante el último siglo y medio.

En Europa la institución evolucionó del feudalismo, pasando por el mercantilismo; en los Estados Unidos, de una economía agraria para llegar al í imitado capitalismo industrial y financiero de nuestros días. En la América Latina, el capitalismo de la era republicana sucedió al sistema algo colectivista y socializado que prevaleció durante la colonia.

Todo el Nuevo Mundo, norte y sur, entró en su época republicana creyendo que había un sistema definido de economía liberal, inseparable de la democracia política y el gobierno republicano; y que en la vida económica de las naciones jugaban fuerzas libres que por sí mismas podían conducir todas las actividades del dinero, el comercio y la industria, por los caminos apropiados para llevar “el mayor beneficio al mayor número”.

Con un sistema adecuado de cortapisas y contrapesos, el sistema tuvo éxito en los Estados Unidos; en la América Latina, no.

En los Estados Unidos fue un estimulante; en la América Latina, un obstáculo.

Significó el enriquecimiento norteamericano, el empobrecimiento latinoamericano.

¿Por qué hubo, para parafrasear el juego de palabras de John Dewey, un individualismo “vigoroso” en los Estados Unidos y un individualismo “andrajoso” en la América Latina?

¿Por qué la economía de laissez-faire fue en los Estados Unidos una economía de faire y en la América Latina de defaire?

 
El foso

No puede rehuirse la conclusión de que las razones se encuentran en el terreno de la política: los “Estados Desunidos” de la América Latina, los Estados Unidos de América, y el fracaso corrosivo del panamericanismo económico.

El poder político y el engrandecimiento económico estuvieron al alcance de la América Latina durante los días de la Independencia; ella rechazó ciegamente esta promesa al escoger la fragmentación en vez de la federación.

Desde entonces, veinte naciones se han ocupado en fomentar la segregación; se han levantado más y más barreras, se han alzada más y más puentes levadizos, dejando profundos fosos donde debiera haber carreteras que garantizaran el libre comercio de mercancías y el intercambio de ideas.

Así pues, cosechamos la inestabilidad económica que hizo desviar las corrientes migratorias de la América Latina hacia los Estados Unidos. Cuatro millones de inauguran tes se establecieron en la Argentina, y un número más o menos igual en el Brasil; por todo, quizá unos once millones pasaron a la América Latina en los años en que iban a los Estados Unidos cuarenta millones.

La América Latina atomizada, sin conductores, turbulenta, despedazada por la lucha de clases, mantuvo alejada la inmigración durante un siglo; ahora se está haciendo lo mismo en los Estados Unidos en virtud de una ley. La Estatua de la Libertad ya no es un llamamiento a las “masas amontonadas”.

Mr. Hart Phillips puede temer, según lo expresa en el American Mercury, que los nacionalismos extremistas del sur hayan puesto en marcha una tendencia mediante la cual se llegará al fin a que “la América Latina sea para los naturales solamente”; el ProL Kingsley Davies afirma en Harper’s que el índice de crecimiento de la población es tal, que la América Latina no necesitará de inmigración, ni habrá tampoco espacio para acomodar nuevos colonizadores; pero el hecho es que vuelve a afluir una corriente inmigratoria a la América Latina.

Parecería como si lo peor hubiera pasado ya para la América Latina; ha atravesado el nadir de su destino y comienza a subir la larga pendiente hacia el bienestar y la prosperidad. Algunas de las repúblicas están sintiendo las ventajas de una unión aduanera con sus vecinas; hay sintonías de renacimiento económico y mejoramiento en las condiciones de vida en la amplia base de la pirámide social; pero justamente al despuntar de esta nueva aurora, nuevas y amenazantes nubes ensombrecen el horizonte: los destrozos de una inflación devastadora, como resultado de la vieja y total dependencia latinoamericana de fuerzas extrañas; y la mortal competencia de las nuevas agrupaciones de potencias euroasiáticas y euroafricanas.

Durante un siglo las Américas han concedido todas las oportunidades posibles a la economía liberal, a la economía capitalista, a la economía universal, a la economía de empresa libre, hasta a la economía dirigida; pero a la economía panamericana se le negó deliberadamente hasta la mínima oportunidad.

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 227-245.)


Cuatro siglos y medio de disparidad económica

Cuando la riqueza y la extravagancia tenían su centro en la América latina

A veces pienso si en algunos períodos de la época colonial de la América Latina no fue el mayor territorio productor de riqueza del mundo. No ha llegado a mi conocimiento ningún estudio comparativo; en efecto, no existe tampoco ninguno en que se haya tratado de hacer la comparación de la economía de las dos Américas, en un paralelo histórico continuo.

Examinando la abundante pero incompleta y dispersa información disponible, es fácil ver, empero, que durante varios siglos la diferencia de producción y comercio entre la América Latina y la América Anglosajona fue mucho más grande que hoy –salvo que era i t versa a la actual.

Durante un largo período de años las ciudades de la América Latina ostentaron todas las riquezas y todo el lujo que más tarde caracterizó a las comunidades de los primeros colonizadores del Oeste de los Estados Unidos.

La fiebre de la plata en Potosí, Bolivia, fue un notable paralelo de la fiebre del oro en California, pero ocurrió 300 años antes. Leer las crónicas de aquellos tiempos es como ver una de esas películas que muestran las extravagancias del antiguo San Francisco. Los mestizos literalmente caminaban en la abundancia, usando “sandalias de seda y oro con perlas y rubíes”. Las damas gastaban fortunas en puras fruslerías. Todo se hacía con prodigalidad: cuentan de un general Mejía que dio a su hija una dote equivalente a un millón de dólares, y de un general Per eirá que no quiso ser menos y dio a la suya 2.300.000 dólares. Hace trescientos sesenta años pagaban hasta cincuenta dólares por un boleto de entrada al teatro; nadie se quejaba de la inflación porque había dinero suficiente para comprar cualquier cosa a cualquier precio.

Ocurría esto a fines del siglo XVI y principios del XVII, cuando Potosí tenía una población de 100.000 habitantes, mientras que Londres y París contaban cada una con unos 200.000 habitantes. Durante este período Lima y Ciudad de México eran tan ricas y opulentas como Potosí, aunque más discretas en sus manifestaciones, Los historiadores que se ocupan de esa época se solazan en hacer minuciosas descripciones de trajes, muebles, coches y libreas, vajilla de oro y plata, piedras y complicadas joyas. Uno de ellos nos cuenta de un “rey de la plata” en México que pagó un millón de dólares de impuestos, mientras que otro hizo pavimentar la entrada de su palacio con chapas de plata.

Una gran parte de esta vasta producción de riqueza derivaba hacia Europa, y la mayor parte fue consumida en las guerras europeas. En ese tiempo fue España la que arrojó cataratas enteras de oro y plata de América en aquel tonel sin fondo, Y fueron esos metales preciosos de la América Latina los que pusieron a Europa en el camino de la riqueza en los siglos XVI y XVII.

 
El Imperio español: dos veces más grande que el romano

La Iglesia católica participó también de esta riqueza, y conventos, templos y monasterios surgieron por centenares, todos generosamente dotados y sostenidos por un diezmo fijo que se tasaba sobre todos los productos. Las órdenes monásticas emulaban entre sí en poderío, riqueza y pompa de sus templos e imágenes alhajadas. La corona de la Virgen de Lima estaba adornada con millares de esmeraldas; había altares hechos íntegramente de oro o de plata; y la renta anual del arzobispo de México equivalía a 250.000 dólares de hoy.

Debido en parte a una actitud igualmente mundana de la Iglesia en Europa, Lulero se había revelado en Wittenberg en 1517 y había comenzado la Reforma, Todos estos acontecimientos contribuyeron a crear las condiciones que llevaron a la emigración de los Puritanos a Massachusetts, de los cuáqueros a Pensilvania y de los católicos a Maryland. Estas gentes constituyeron el embrión de lo que iba a ser la más grande de las naciones, y dieron comienzo a la traslación de la riqueza y el poderío de manos de los hispanoamericanos de este hemisferio a las de los anglosajones del norte.

Fueron aquellos los días del siglo XVI en que al Imperio ya grande de Felipe II de España se añadió la corona de Portugal, incluyendo los territorios del Brasil, El Imperio Español parecía dominar el mundo; pero ya estaban activos los elementos de su decadencia. Apenas ocho años después de este acontecimiento, en 1588, fue destruida la Invencible Armada, hecho que señaló el primer revés significativo para España en su histórica rivalidad con Inglaterra, rivalidad que había de terminar en la época de la amplia dominación anglosajona sobre los asuntos del globo.

El sucesor de Felipe II, el débil y piadoso Felipe III, debilitó más aún a España lanzándola a la Guerra de los Treinta Años, la cual agotó los cofres españoles más rápidamente de lo que podían volver a llenarse con el oro despachado de las colonias americanas.

Estos dos monarcas, padre e hijo, reinaron sobre un territorio de 27.317.000 kilómetros cuadrados, o sea, más del doble de lo que fue el Imperio Romano en el apogeo de su grandeza. El Imperio Español fue el más grande de la historia hasta que su rival, el británico, surgió en tiempos modernos hasta abarcar 34.589.000 kilómetros cuadrados de la superficie terrestre y se convirtió en el más poderoso de todos.

 
Los primeros qué vieron el Gran Cañón

Mientras Potosí, Lima y Ciudad de México nadaban en la opulencia, nada indicaba el camino fundamental de los acontecimientos ni la influencia que tendrían en este hemisferio. No existían colonias anglosajonas en lo que iba a ser luego el territorio de los Estados Unidos; pero los españoles ya lo habían cruzado en todas direcciones, explorándolo, conquistándolo y colonizándolo.

Ponce de León llegó a la Florida en 1513; en 1520 Gordillo siguió adelante bordeando la costa de Georgia hasta las de Carolinas. Ocho años después fue Narváez quien llegó a la Florida y exploró las costas de Alabama, Misisipi, Luisiana, y parte de Texas. En 1538 Cabeza de Vaca cruzó la América del Norte, siguiendo una ruta que corría por donde van hoy día las fronteras entre México y los Estados Unidos. Un año después Hernando de Soto entró en tierra firme por Georgia y Alabama, se internó en Tennessee y regresó a morir en Alabama, después de atravesar y explorar el Río Misisipi.

Durante esos mismos tres años Coronado subió por el oeste desde la parte baja de México, en busca de otro “El Dorado” y de las “siete ciudades de Cibola” que creía situadas en lo que es hoy Nuevo México. Su viaje audaz acabó en tragedia, como el de Soto, pero sus hombres siguieron el curso del Río Colorado y fueron los primeros europeos que vieron el Gran Cañón, Cosa curiosa: los españoles exploran el territorio de lo que son hoy los Estados Unidos mucho más completamente que el de México, Los españoles se establecieron en México en 1520 y construyeron el gran Virreinato de Nueva España, pero nunca avanzaron hacia el norte en número considerable. Durante aquellas primeras décadas del siglo XVI, el empuje de la conquista y la colonización españolas se dirigió a muchos miles de kilómetros al sur, a las tierras legendarias del Perú, el Amazonas, y más allá.

Mucho se ha conjeturado sobre las razones que llevaron a los conquistadores a desdeñar el territorio de lo que son hoy los Estados Unidos, Quizá las fabulosas ciudades de Cibola y la Fuente de la Juventud en el desierto no los atraían tanto como los ricos imperios mexicanos e incaico con sus tesoros de metales preciosos y otras formas de botín.

 
Primera riqueza latinoamericana

Fue hacia mediados del siglo XVII cuando los fundadores de los Estados Unidos empezaron a colonizar en forma apreciable la América, muchísimo después que los españoles se habían enriquecido y se habían hecho poderosos en el sur.

En todos los aspectos de la vida –tanto en edificios como en muebles, vajillas u objetos de arte– encontramos la misma historia de extravagancia y ostentación de riqueza en la América Latina, y de pobreza, austeridad y privaciones en la América Anglosajona. Esta situación prevaleció todo el siglo XVII y parte del XVIII.

Hacia mediados del siglo XVIII no había sino 84 coches de placer en Filadelfia, mientras que Lima tenía unos 5.000 y México muchos más. Calles pavimentadas y andenes eran cosa desconocida en las ciudades de la América Anglosajona hasta el siglo XVII 1, época para la cual la América Latina las tenía desde hacía 200 años.

La riqueza rápidamente acumulada en la América Latina fue, desde luego, el resultado de la increíble celeridad con que se desarrollaron todos los renglones de la producción en los primeros tiempos coloniales. Según Luís Valle de la Cerda las colonias americanas enviaron a España en los primeros cien años después del descubrimiento de oro y plata por valor de 1.250 millones de dólares.

No había azúcar en este continente cuando los españoles llegaron: veintitrés años después se enviaron los primeros panes de azúcar producidos en La Española como regalo para el rey. La caña había sido traída por Colón desde España en 1492.

A los cuarenta años del descubrimiento de La Española, Cuba, México, las Antillas Menores y el Brasil ya producían y exportaban azúcar. Giovanni Verazzano consideraba la confiscación del cargamento de 100.000 libras de azúcar de Alonso de Algabas, una proeza de su carrera de pirata mucho más meritoria que su descubrimiento de la isla de Manhattan, realizado ese mismo año de 1521.

A fines del siglo XVIII las colonias latinoamericanas, con Haití a la cabeza, exportaban 250.000 toneladas a Europa. Solo en 1751 se introdujo el azúcar en las colonias británicas. La llevaron los jesuitas, y apenas en 1796 se inició con éxito la producción en los Estados Unidos.

En la América no habían existido el trigo, el ganado ni los viñedos antes del descubrimiento, pero a mediados del siglo XVI Buenos Aires ya exportaba trigo, cueros y vino, y lo mismo hacían otras colonias. Tampoco se conocían aquí la seda ni la lana de carnero; sin embargo, las colonias pronto estaban enviando a España no solamente la materia prima sino también toda clase de manufacturas textiles –tafetán, raso, telas de lana y terciopelo.

El maíz, el tabaco y las papas, cultivos oriundos de América se convirtieron rápidamente en importantes productos de exportación. Como en un principio los españoles no fumaban, la mayor parte del tabaco latinoamericano pasó a Inglaterra y Holanda. El maíz entró lentamente en la alimentación de los europeos, pero no así las papas, que se exportaron primero de Chile, su país de origen, en 1560. De España pasaron a Inglaterra e Irlanda en el siglo XVII y se entiende que los irlandeses las llevaron a los Estados Unidos hacia 1720. Pocas décadas más tarde los Estados Unidos exportaban papa a los países del Caribe.

 
Los pesos conquistadores hispanoamericanos

Todos los productos y manufacturas que se han enumerado eran artículos de activo comercio durante el siglo XVII, no solamente en Europa, sino también en el Asía, puesto que en los últimos años de ese siglo el intercambio entre las colonias españolas y el Oriente era muy considerable. Ese comercio ascendió a varios millones de dólares más tarde, de modo que el peso de plata español llegó a ser unidad monetaria en la China hasta que fue reemplazado en el siglo XIX por otra moneda latinoamericana, el peso de plata mexicano.

El comercio latinoamericano con el Oriente era tan grande en esa época que solo México importaba productos del Extremo Oriente por valor de más de dos millones de dólares anuales. Los latinoamericanos estaban construyendo ya sus propios barcos en La Habana, Puerto Rico, Jamaica, Santo Domingo, y especialmente en Guayaquil.

En el siglo XVII se inició el comercio de las colonias británicas, comercio que 300 años después había de convertirse en factor dominante de la economía mundial, Pero los antecesores de los monarcas del dinero de nuestros días tenían muy poco dinero en esos tiempos. Su primitiva industria y comercio, reducidos casi por completo a satisfacer las necesidades familiares, se basaba en el trueque.

Inglaterra se negaba en absoluto a pagar dinero por los bienes que recibía de las colonias. Tenían que aceptarle mercancías. Estas eran condiciones más duras que las que España impuso jamás a sus colonias.

A diferencia de los españoles, que llevaron a cabo una colonización imperial bien organizada y con un propósito definido, los puritanos llegaron al Nuevo Mundo en busca de libertad. Todo tenían que improvisarlo. Así que convinieron en gobernarse por los mandamientos de la Ley de Dios “hasta que pudieran hacerlo mejor”. Pronto lo estaban haciendo mejor y encontraron –en la América Latina– los fondos necesarios para pagar por sus importaciones de Inglaterra. Allí consiguieron miel que transformaron en “una bebida espirituosa que tiene las cualidades del fuego líquido” el ron) y lo vendieron a los vecinos, o a los pescadores, por oro, buena moneda latinoamericana, la mejor del mundo en ese tiempo.

Los colonizadores británicos emplearon primero balas como moneda, luego ron. Uno de los pocos negocios que les resultaban provechosos era comprar esclavos en el África para venderlos en este continente. Sus exportaciones en el siglo XVII se reducían a unos pocos productos más: duelas de tonel, pescado seco, tabaco y pieles de castor. En Europa todavía compraban papas, telas, utensilios domésticos, frazadas, espejos, avena, manzanas, peras, naranjas, víveres, trigo, peltre, vidrios para ventana y papel para escribir.

 
Hace 200 años la América latina iba muy adelante

En ese mismo siglo XVII el comercio de la América Latina con el mundo exterior se había ampliado enormemente; las exportaciones de oro y plata conservaban el primer renglón, pero se habían agregado muchas otras a las del siglo anterior: cobre, estaño, cacao, café, maíz, vainilla, índigo, cueros, sal, tintes de diversas clases, maderas para ebanistería. En 1650 las exportaciones de azúcar de sólo el Brasil alcanzaron la suma de doce millones de dólares o sea varias veces más que el valor total de las exportaciones de las colonias británicas.

A principios del siglo XVII la producción industrial del Brasil colonial era mayor que la de Inglaterra, y en el siglo XVIII mayor que la producción industrial de los Estados Unidos.

Más de una vez me he preguntado, y he preguntado también a mis amigos brasileños, qué le pasó a su país. Algunos me dicen que fue cuestión de obra de mano barata cuando la energía humana era el factor decisivo, otros dicen que cuando apareció las máquinas de vapor, el Brasil carecía de carbón, y cuando apareció el motor de combustión interna, el país no tenía petróleo.

Por otro lado, son conocidos los ciclos de prosperidad y depresión que en el Brasil casi han sido periódicos, y que generalmente se presentaron sucesivamente en torno a la economía de ciertos productos: el paobrasil (tinte natural, del que proviene el nombre del país), oro, azúcar, caucho, algodón, café. Estas empresas, bastante especulativas y prometedoras de rápidas ganancias, tienen que haber ejercido irresistible atracción sobre los primeros hombres de negocios del Brasil, quienes prescindieron del procedimiento lento de fabricar artículos y por algún tiempo volaron en alas de fabulosos períodos de prosperidad basados en un producto único.

Poco cambio se observa en el siglo XVIII, si se comparan la producción y comercio latinoamericanos y anglosajones, Durante ese período avanzó rápidamente el desarrollo de las dos Américas, aunque muchísimo más el del sur, al punto que las colonias británicas, pese a sus notables progresos, perdieron terreno en la competencia con las españolas.

Y sin embargo fue entonces cuando las colonias británicas se iniciaron tímidamente en el camino de la industrialización y hacia fines del siglo comenzaron a competir también con la América Latina en la exportación de algodón, arroz, tabaco y cueros. Hecho más importante aún fue el prometedor aumento de comercio que se observó en el siglo XVIII entre las colonias españolas y las británicas, como que más de la mitad de las exportaciones coloniales británicas para el Imperio Español se despachaban ya para las colonias americanas.

De tiempo atrás se hacía un comercio ilegal entre las colonias británicas y las españolas, cuyo valor se calcula en más de cuatro millones de dólares al año. Pero el hecho más importante de la economía interamericana durante el siglo XVIII fue la abolición decretada en 1774 de todas las restricciones impuestas anteriormente.

Para la América Latina fue el siglo XVIII otro siglo de prosperidad en la producción y en el comercio. Hace exactamente 200 años la América Latina envió a España once millones de dólares en monedas de oro y treinta millones en plata en un solo año, además de numerosos productos de la minería, la agricultura y las industrias fabriles –en total una exportación anual de cien millones de dólares. Carlos Calvo calcula que el comercio de la América Latina se cuadruplicó en la última mitad del siglo XVIII. También se ha calculado que en cincuenta años de ese siglo el Brasil exportó a Europa una cantidad de oro igual a la mitad de la producción mundial durante los trescientos años anteriores.

En aquellos días oro y América eran casi sinónimos, entendiéndose por este último término la América Latina. En ese tiempo no concedían tanta importancia al precioso metal los moradores del Norte de la América, quienes hoy poseen 24.000.000.000 de dólares de los 33.600.000.000 del mundo, mientras que los latinoamericanos, reyes de oro en un tiempo tienen hoy menos de 1.500.000.000 de la existencia mundial.

 
La gran transición

Ningún indicio anunció en esas últimas décadas del siglo XVIII lo que había de ser el milagro económico de los Estados Unidos.

La exportación total de las trece colonias británicas, cuando se independizaron en 1783, no pasaba de cinco millones de dólares. El Brasil solo exportaba tres o cuatro veces más, y toda la América Latina unas 27 veces más. Todas las señales de la madurez económica – prosperidad industrial y producción agrícola, opulencia urbana, florecimiento de las artes y las ciencias, imponentes edificios públicos y privados y todos los lujos de la época– se veían en las tierras que por el sur y el oeste circundaban a la recién nacida república anglosajona.

Animada aún por el impulso de la época colonial durante el primer cuarto del siglo XIX, la América Latina republicana conservaba todavía en esta última etapa su preeminencia; su exportación y su comercio seguían siendo mayores que los de los Estados Unidos. Más apuntaban ya los síntomas de la profunda reversión que iba a operarse en pocas décadas. Los “Estados Desunidos” de la América Latina comenzaban a aflojar: la asombrosa variedad de su producción empezaba a ser reemplazada por una economía basada en unos pocos productos; las manufacturas y transportes sufrieron un retroceso; veinte pendencieras y diminutas unidades económicas se dedicaron afanosas a levantar entre sí murallas hostiles; la inestabilidad política había reemplazado al fuerte y monolítico régimen colonial.

 
Colegios, universidades, libros y periódicos

La preeminencia económica de la América Latina tenía su paralelo en el florecer de la cultura. En el mundo de habla hispana, la Universidad de México, fundada en 1551, sólo cedía el primer puesto a la de Salamanca, y ésta a su turno se contaba entre las tres más famosas de Europa, Los hijos de europeos ricos pasaban de España al Nuevo Mundo para estudiar en el célebre instituto mexicano.

Cuando los hispanoamericanos luchaban por su emancipación, contaban ya con 17 colegios y universidades; cuando los americanos anglosajones pelearon por la suya, sólo tenían diez en su país. La conocida Universidad de San Marcos, de Lima, se inauguró en 1577; la de Córdoba, en la Argentina, en 1613, La Universidad de Harvard, que es la más antigua de los Estados Unidos, no se fundó hasta 1636.

Pero después de la independencia las cosas cambiaron y la diferencia fue acentuándose constantemente. Los regímenes republicanos de la America Española no atendieron al fomento de la cultura y el alfabetismo con el mismo empeño con que los padres jesuitas se dedicaron a difundir la religión católica y el idioma español. Hoy día descubrimos que mientras la América Latina ha reconquistada su ascendiente en lo que se refiere a población, los institutos de alta cultura son 23 veces más numerosos en América anglosajona que en la latina. Solo 100.000 estudiantes reciben educación profesional en el Sur latino. En los Estados Unidos solamente en los colegios universitarios la matricula asciende a 2.103.000. De análoga manera, en los Estados Unidos funcionan 260.000 escuelas elementales, mientras que en la América Latina existen 140.000.

La poderosa industria editorial del Nuevo Mundo tuvo su cuna en las opulentas ciudades de México y Lima. Pasos espirituales para alcanzar el cielo, el primer libro impreso en este hemisferio apareció en México en 1526, o sea 112 años ames del primer libro publicado en la América Anglosajona The Oath of the Freeman (1638), Cuando apareció Boston Newsletter, el primer periódico de las colonias británicas, ya hacía 150 años que Lima tenía su propia hoja noticiosa.

El sector español del Nuevo Mundo estaba literalmente cubierto de imprentas cuando se estableció la tercera de la América Anglosajona en Nueva York, en 1693.

En el campo periodístico, sin embargo, los norteamericanos se mantuvieron desde un principio a nivel con el resto del continente. Los precursores de lo que había de ser más tarde la fenomenal prensa estadounidense, iniciaron temprano sus labores. El Packet Advertiser, primer periódico diario que se imprimió en el Nuevo Mundo apareció en Filadelfia en 1784, Sólo seis años después se publicó en Lima el Diario, de corta duración, que fue el primer cotidiano de la América Española. El de Filadelfia estaba destinado al fomento del comercio; el de Lima era principalmente “inquisitivo y erudito”.

Los Estados Unidos tenían 70 periódicos durante la guerra de emancipación, 1775-83, Cuando los hispanoamericanos lucharon por su independencia, excepción hecha de las numerosas hojas noticiosas dedicadas a cuestiones patrióticas, no existía en realidad ningún periódico seriamente establecido. Varias décadas habían de transcurrir antes que se fundaran los más antiguos periódicos de la América Latina El Diario de Pernambuco, en el Brasil, El Mercurio de Chile, y el Diario de la Marina de La Habana – todos ellos establecidos entre 1825 y 1835.

Los libros, en cambio, han tenido la mayor importancia desde los primeros tiempos de la América Española. Según se dice, el año 1600 un solo librero exportó a México 10.000 volúmenes. De las prensas ya instaladas salían centenares de libros, tanto en español como en las lenguas indígenas – 259 en México en un solo año.

Mucho antes de 1784, año en que se hizo en los Estados Unidos la primera edición de la Biblia, en Colombia los bogotanos ya habían visto imprimir el Compendium Privilegiarum et Gratiarium Fide Novu Regni Grantenesis ex Tipography Sodetatis anni dei 1739. Hacia la segunda mitad del siglo XV 111, cuando la mayor parte de la producción de libros en la América Anglosajona se limitaba a los campos de la literatura, la música y la teología, un peruano de pura sangre indígena, José Eugenio de Zapata, ya había publicado sus Proposiciones físico-matemáticas sobre los cometas.

Empero, después de la emancipación, las imprentas y la publicación de libros progresaron rápidamente en la América Anglosajona. En el primer cuarto del siglo XIX se contaron en los Estados Unidos mil impresores, editores y libreros. En la otra América las autoridades republicanas no habían seguido el ejemplo que les legaran las autoridades coloniales de fomentar el negocio de imprenta. Sólo en la última década los latinoamericanos han vuelto a ver florecer en sus países la publicación de libros, desde que la guerra les cortó sus antiguas fuentes de abastecimiento, Francia y España. Reemplazando a Europa en este campo, la Argentina, el Brasil y México publicaron 8.562 obras en 1944, contra 9.182 obras nuevas y ediciones que se publicaron en 1947 en los Estados Unidos.

 
Ingeniosidad norteamericana

Fue el siglo XIX el del crecimiento prodigioso de la industria norteamericana. Rápida como el rayo, no dio tiempo al mundo de darse cuenta de los nuevos rumbos, cuando ya la supremacía industrial de los Estados Unidos se había convertido en hecho realizado.

En menos de cincuenta años la América Latina fue alcanzada y dejada atrás.

Los factores que generalmente se anotan para explicar este fenómeno son una combinación de fabulosos recursos naturales, adecuadas instituciones libres, una portentosa corriente de inmigración, y un carácter emprendedor y único, típicamente estadounidense, resultante de las demás condiciones.

Entre estas características una se pasa frecuentemente por alto: la ingeniosidad norteamericana. Fulton inventó el barco de vapor en los albores del siglo; la desmotadora de algodón apareció por la misma época, seguida por el electroimán en 1804; el telégrafo eléctrico inventado por Morse en 1836, la vulcanización de caucho tres años después, la máquina de coser en 1846, el freno de aíre comprimido en 1869, la máquina de escribir en 1873, y el teléfono en 1876. Edison presentó al mundo su lámpara incandescente en 1887; un año antes vino el motor de combustión interna que dio vida al automóvil y a la industria petrolera; en 1885 el linotipo y la caja-registradora; en 1893 el cinematógrafo.

Pero no solo hubo en el siglo XIX millares de descubrimientos, aunque menos espectaculares que los nombrados, con los cuales fue posible hacer nuevos aditamentos a las máquinas y perfeccionar la técnica, lo mismo que desarrollar nuevos hábitos de consumo y de funcionamiento, sino que la ingeniosidad estadounidense se mostró igualmente activa para racionalizar la industria y el comercio.

A principios del siglo XVII el nuevo país exportaba principalmente duelas de tonel, pescado seco, pieles de castor y tabaco; en el siglo XVIII había agregado a estos renglones la harina, la mantequilla, las velas, la carne, la linaza, las maderas, el queso, el ron, los esclavos y los productos de la caza de ballenas y la pesquería.

A fines del siglo XVIII los principales renglones de exportación del Tío Sam eran el algodón, las provisiones (incluyendo carne y productos de lechería), trigo, harina, hierro y acero, maíz, petróleo, manufacturas de cafre, manufacturas de madera, ganado, tabaco, maquinaria agrícola y carros y otros vehículos, ocupando esta última categoría el vigésimo lugar de la lista. En 1945, la maquinaria ocupaba el primer lugar de exportación, con un valor de 1.193 millones de dólares, y la seguían provisiones y petróleo; los carros y vehículos habían subido a cuarto lugar, con un valor de 083 millones de dólares, o sea 100 veces más que el de fines del siglo pasado; el hierro y el acero pasaron a quinto lugar con un valor de 572 millones de dólares, lo que representa un aumento de 400 por ciento en cincuenta años.

Más reveladoras aún son las exportaciones de los Estados Unidos a la América Latina. Los primeros diez renglones de la lista de los últimos años, ni se exportaban hace sesenta años ni existían siquiera entonces: automóviles, aviones, radios, refrigeradores, maquinaria industrial, maquinaria eléctrica, productos sintéticos, máquinas de lavar ropa y gran variedad de aparatos eléctricos.

 
Derrota latinoamericana v renta nacional comparada

El épico desarrollo industrial y comercial de los Estados Unidos en el siglo XIX es, a la verdad, único en la historia. No ha de sorprender que la turbulenta y fraccionada América Latina, después de siglos de dominación del continente, fuera dejada atrás; igual suerte corrieron todas las naciones del mundo, Pero, relativamente hablando, la pérdida para la América Latina lúe enorme, Hasta hace muy poco la América Latina continuaba quedándose más y más atrás en la competencia económica.

La situación comparativa de las dos Américas bien puede ilustrarse por la renta nacional Existe más de una estimación de ésta para los Estados Unidos, y un reciente cambio en el método de efectuar el cálculo oficial, contribuye a la confusión. Pero parece que en el año de 1948 era de 290.000 millones de dólares. En la América Latina es más difícil aún calcular la renta nacional; las autoridades más dignas de confianza dan un total de 18.000 millones de dólares para todas las veinte repúblicas.{9} Esto les da a los Estados Unidos un ingreso o renta nacional de L300 dólares anuales por cabeza, contra 120 dólares por cabeza para la América Latina, o sea trece veces más, aproximadamente.

El último cálculo disponible sobre el presupuesto fiscal de las repúblicas latinoamericanas es de dos mil millones de dólares. El presupuesto actualmente vigente de los Estados Unidos es de unos 40,000 millones, o sea veinte veces más que los presupuestos combinados de las otras veinte repúblicas. Quizá dice más elocuentemente lo que ha sido la economía de las dos Américas en los siglos brevemente estudiados en estas páginas, un dato aislado: una sola tienda grande de Nueva York vende anualmente más de lo que exportan cinco repúblicas centroamericanas, mientras que el presupuesto de la Ciudad de Nueva York es mayor que los presupuestos combinados de trece repúblicas latinoamericanas.

 
Deudas y comercio exterior

Puesto que la mayor parte de los gastos de guerra de los Estados Unidos se financiaron mediante empréstitos, la deuda nacional subió a unos 260.000 millones de dólares, lo que equivale a 1.800 dólares por habitante. En la América Latina ha habido poco aumento de la deuda pública, y en muchos países hasta ha disminuido. La deuda total de las veinte repúblicas llega hoy a 4.010 millones de dólares, o sea 31 dólares por cabeza; es decir, que por cada dólar que debe un latinoamericano, el norteamericano debe 56.

Sin embargo, es dudoso que estas cifras sean realmente favorables para la América Latina. En primer lugar, parte considerable de la deuda pública latinoamericana es deuda externa, mientras que en los Estados Unidos el acreedor del Estado es el pueblo mismo, de modo que, según lo dijo ya cierto filósofo de la economía, tan lícito es cargar esa suma al Debe como al Haber de la nación. Dados los imponentes recursos naturales de la América Latina, quizá hubiera resultado más ventajoso apelar al crédito, siempre que las sumas tomadas en préstamos se hubieran destinado al fomento económico, al aumento de la renta nacional y a mejorar el nivel de vida del pueblo.

En lo relativo a comercio exterior, la diferencia no es tan grande como la que arroja la comparación de la renta nacional. En 1945 la importación total de los Estados Unidos llegó a 4.070 millones de dólares, o sea 28 dólares por cabeza. En la América Latina la importación fue de 2.272 millones de dólares, equivalentes a 16 dólares por cabeza. La exportación estadounidense (sin incluir el programa de Prestarnos y Arriendos) subió a 4.147 millones de dólares, o sea 30 dólares por habitantes; en la América Latina ascendió a 3.252 millones, o sea 23 dólares por cabeza.

Estas cifras equivalen a un comercio exterior por valor de 58 dólares por habitante y por año para los Estados Unidos, y de 39 dólares para la América Latina.

En 1946 el comercio exterior de los Estados Unidos fue de 75 dólares per cápita; en la América Latina, de 54 dólares. En el último año normal antes de la guerra, 1938, el comercio exterior par cabeza fue de 37 dólares en los Estados Unidos y de 25 dólares en la América Latina.

 
Lincoln, el empírico

En mi opinión, estas cifras, que colocan a la América Latina muy cerca del gran dominador del comercio mundial, no son síntomas de fortaleza económica sino más bien de debilidad. Este aserto puede parecer audaz en momentos en que el Tío Sam está convencido de que tiene que comerciar con el extranjero o perecer –justamente cuando se le ha dicho, y lo repite él mismo por boca de sus más elevadas autoridades oficiales– que ningún país puede ser próspero a menos que todos los demás lo sean también.

En primer lugar, los Estados Unidos son uno de los poquísimos imperios económicos de la historia que no se hayan construido sobre la base del comercio exterior. Sus exportaciones rara vez han pasado de un 10 por ciento de su producción total y con frecuencia no llegan a tanto. La posición estadounidense en el mundo actual confirma et acierto de esta proporción, que no fue fijada por los conductores del gobierno, sino que sencillamente se estableció de manera espontánea, al estilo típicamente norteamericano.

Abraham Lincoln dijo una vez que, aun cuando entendía muy poco de economía internacional, había una cosa que le parecía muy clara: Cuando vendemos en el exterior, recibimos el dinero, pero no la mercancía; cuando vendemos en el país, el dinero y la mercancía se quedan en casa.

Como de costumbre, hablaba con esa seguridad empírica que ha conducido a los Estados Unidos por el camino de la grandeza, pese a lo que digan todos los economistas internacionalistas.

Sin embargo, a esta nación se la asedia actualmente de todas partes con la aseveración, a gran orquesta, de que el dilema es: comercio exterior o muerte.

En la frenética persecución de este objetivo, el Tío Sam dócilmente está haciendo al extranjero préstamos que en el fondo son regalos de dinero, para pagarse a sí mismo por sus propias exportaciones.

Y después de haber invertido dinero en otros países con el propósito de obtener una ganancia, ahora les está regalando dinero a sus deudores para que tengan con qué pagarles la renta correspondiente a sus propias inversiones extranjeras.

Además, se hace hincapié no en la necesidad de exportar sino de importar. Al Tío Saín se le asegura que la preponderancia económica es error fatal si se manifiesta en un exceso de exportaciones sobre importaciones – aunque no se ve claro por qué. En un folleto debido a la pluma de un economista muy conocido, que publica Twentieth Gentury Found, se encuentra la declaración siguiente:

“No olvidemos jamás el hecho de que los bienes tienen que ser cambiados por otros bienes. Si dejamos de utilizar esta piedra de toque, trataremos los problemas del comercio internacional como si pertenecieran a la esfera del ocultismo. Y sin embargo esta verdad la desprecian gentes que estando aparentemente en sus cabales insisten en luchar por la mal llamada balanza favorable de comercio, esto es, un crónico exceso de exportaciones sobre importaciones”.

Esta declaración es típica de los millares de aseveraciones análogas con que constantemente se machaca en los oídos del Tío Sam.

Y por extraño que parezca, algunos de estos mismos profesores y hombres de negocios que sinceramente predican que los Estados Unidos van a la ruina económica por causa de la “crónica” balanza favorable de comercio, le dicen al pueblo norteamericano que las democracias europeas están al borde de la catástrofe debido a sus balanzas desfavorables de comercio.

Así pues, el Tío Sam está tratando de levantar el comercio exterior de esas naciones aun a costa del suyo propio, hasta en la cercana América Latina. Ha dividido las rutas comerciales del aire, sobre las cuales él mismo hubiera podido ejercer dominio mundial, de la misma manera que Inglaterra dominó un tiempo las rutas marítimas; y en muchas otras formas da pruebas de una abnegación y un desprendimiento sorprendentes, de todo lo cual, naturalmente, es Europa la beneficiaría.

Es claro que existen contradicciones numerosas en los repetidos consejos que se prodigan al Tío Sam y que éste sigue con docilidad. Pero naturalmente todos ellos llevan al mismo resultado: en ambos casos (balanza norteamericana favorable y balanza europea desfavorable) los dólares estadounidenses tienen que salir a componer la situación.

Me hubiera gustado oír comentar a Lincoln estas surrealistas doctrinas económicas modernas, que han sido aplicadas tan a fondo.

Habría podido decir él, con ese sólido sentido común que le era peculiar: “Si vendo alguna cosa, me gusta guardarme mis dólares para reserva, para invertirlos o para comprar los servicios o artículos que yo quiera, cuando quiera y a quien quiera. Por lo que a mí se refiere, el negocio queda concluido. Yo no veo por qué no ha de quedar terminado hasta que yo compre la misma cantidad de mercancía a mi comprador o le de el dinero necesario para pagarme lo que le he vendido”.

Lincoln no alcanzó a vivir para ver que los Estados Unidos se embarcaban, quince años después de su muerte, por la vía que ahora se considera una tragedia económica, En la época de Lincoln este país se encontraba aún en ese período que se supone feliz, en que no se veía oprimido por una balanza favorable de comercio. Apenas en 1880 el Tío Sam por primera vez vendió al extranjero más de lo que compró, Y a medida que ha continuado haciéndolo, según la nueva escuela económica, se ha estado arruinando tercamente hasta que ha llegado a convertirse en el coloso económico del mundo.

Comenzando en la década de 1880, las exportaciones norteamericanas han excedido a las importaciones en un 30 o un 40 por ciento. Por ejemplo, en 1900 los datos pertinentes fueron 1.435.010.000 dólares y 829.000.000 de dólares respectivamente.

Durante el período de la depresión a principios de la década de 1930, este país estuvo casi a punto de volver a esa época “feliz” de balanza desfavorable de comercio, pero aun en esos años las exportaciones fueron mayores que las importaciones en un 10 a un 15 por ciento. En los últimos años estos saldos favorables del comercio exterior han subido a diez mil y doce mil millones de dólares anuales.

Durante más de medio siglo, por consiguiente, este país, según la nueva cosecha de teorizantes de la economía, ha venido sufriendo gravemente de exceso de exportaciones sobre importaciones; pero como desde la década de 1800 hasta nuestros días nadie le dijo al Tío Sam que estaba enfermo y que iba a quebrar, siguió viviendo despreocupadamente, comportándose como un hombre sano y alegre.

 
El canto de las sirenas

Si aceptamos la tesis de que sólo dentro de un mundo próspero pueden hallar prosperidad los Estados Unidos, también tendremos que admitir que los Estados Unidos jamás han sido una nación próspera. En realidad, tendríamos que reconocer que ninguna nación de la historia alcanzó jamás la prosperidad, sabiendo, como sabemos, que cuatro quintas partes de los habitantes del planeta han vivido siempre en la miseria.

A menudo me he preguntado cómo es posible que estos sofismas notorios se hayan propagado con tanta facilidad en los Estados Unidos. Quizá se deba ello a la repetición constante o a que la democracia norteamericana ha resultado en extremo vulnerable a un ataque bien organizado de esta clase, destinado a captar la opinión pública.

Así fueran convencidos los norteamericanos de que fue la tarifa estadounidense de aduanas lo que empujó al mundo de cabeza a la depresión de 1929, lo cual es una idea completamente falsa. ¿Y hemos olvidado aquel episodio curiosísimo y casi divertido de la propaganda internacional, en que los alemanes inventaron la expresión “capacidad de pago” después de la Primera Guerra Mundial? Les produjo a ellos dividendos fantásticos, a expensas del pueblo norteamericano. No solamente se esfumaron las reparaciones de guerra en los “Planes” sucesivos, sino que Alemania consiguió en los Estados Unidos créditos por miles de millones que se destinaron a restablecerle su “capacidad de pago”. En realidad, le restauraron su capacidad de hacer la guerra.

 
Demasiado comercio exterior y demasiado limitado

La experiencia aparentemente buena, pero en realidad muy mala que ha tenido la América Latina en el comercio internacional, tal como queda sintetizada en las cifras comparativas que ya se han presentado, demuestra que nosotros, o jamás oímos el comentario realista de Lincoln, o nunca tuvimos estadistas de la escuela lincolniana. Nuestro comercio exterior es una monstruosidad que genera un perpetuo círculo vicioso: no tenemos poder de compra nacional porque vivimos de la exportación; exportamos porque no tenemos poder de compra interno. Este círculo vicioso pudo haber sido roto, como se rompió en los Estados Unidos, antes que nada, por la federación, pero estaba escrito que aquello no ocurriría.

Muchas repúblicas latinoamericanas han tenido economías dirigidas, aun sin saberlo, pero la dirección estaba fuera del país porque esas repúblicas dependían y dependen aun totalmente de los mercados extranjeros, en los cuales no tienen voz ni voto.

Mientras los Estados Unidos han venido exportando menos del 10 por ciento de su producción, no hay ninguna república latinoamericana que no exporte más del 40 por ciento de la suya, y algunas llega n hasta el 85 por ciento. Los países caleteros exportan más del 90 por ciento de sus cosechas; los que tienen petróleo, del 86 al 99 por ciento; azúcar, más del 80 por ciento; 89 por ciento de la carne de cordero se exporta en la Argentina y 72 por ciento de la carne de vacuno; en Chile el 99 por ciento del salitre se coloca en los mercados extranjeros, lo mismo que el 98 por ciento del cobre; Bolivia exporta ti 99 por ciento de su estaño.

Aparte de que los países latinoamericanos dependen de Ja exportación, ésta se ha visto limitada a tan cono número de productos, que su vida económica es un tendí ano juego de azar en las bolsas de productos del exterior. Las exportaciones de Venezuela son 90 por ciento de su petróleo; 96 por ciento de las exportaciones de El Salvador son de caté; más del 85 por ciento de las de Chile son salitre y cobre; el 91 por ciento de las de Guatemala son café y bananos.

Hay tres países en la América Latina en los cuales un solo producto representa el 75 por ciento de la exportación total; en ocho países, dos productos constituyen un 60 por ciento; en 18 de los veinte países, tres productos representan más de la mitad de lo que anualmente despachan al exterior.

Cuando se compara esta situación con la de los Estados Unidos, se empieza a comprender lo que le ocurrió a la América Latina en el siglo pasado. Se comprende también lo que hubiera significado para las Américas en general que la fórmula del Tío Sam, de mantener el 90 por ciento de su producción y consumo dentro del país, hubiera podido aplicarse a todo el continente americano.

——

{9} Año 1948. (N. del E.)

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 246-268.)


¿Qué quedó de James C. Blaine?

Los tres pilares perdidos del Panamericanismo

La “integración económica del hemisferio” es una expresión empleada oficialmente por primera vez en enero de 1940, Tuvo un pionero en James G. Blaine que, como Bolívar, el primer precursor del panamericanismo, también “aró en el mar”.

Ya en 1889 Blaine interesó a la Primera Conferencia Panamericana para que observasen que las “relaciones económicas” entre los Estados Americanos deberían ser “desarrolladas y regularizadas de manera que cada cual pudiera obtener las mayores ventajas posibles derivadas de un intercambio amplio y claro”. Hizo la atrevida petición a todas las Repúblicas americanas para establecer una Unión Aduanera, una Unión Monetaria y un Banco Interamericano.

Aunque parezca inconcebible, los delegados latinoamericanos en esa Primera Conferencia Panamericana se opusieron al llamado de Blaine para integrar las Américas en una unidad económica complementaria.

Considerando que las naciones latinoamericanas “derivaban sus principales ingresos de las tarifas de impuestos al comercio extranjero y siendo aquellas naciones no industriales, sufrirían una considerable reducción de sus ingresos”, como la resolución oficial lo establecía, por lo que la Unión Aduanera fue rechazada por la Primera Conferencia de Estados Americanos.

Este principio de que los ingresos del gobierno estén en primer término y el bienestar económico de la nación quede en último lugar, es típicamente latinoamericano y se ha mantenido hasta nuestros tiempos. Entonces, en la misma forma que volvieron la espalda a la federación, las repúblicas latinoamericanas, por su propia decisión se desprendieron de la carta que pudo llevarlas a la prosperidad.

Hace exactamente cincuenta y nueve años que las proposiciones de Blaine para el establecimiento de una Unión Monetaria Panamericana y un Banco Inter americano fueron aprobadas. No tuvo sino un valor verbal esa aprobación, hasta que, como ya hemos dicho, fue firmado un acuerdo en Washington en enero de 1940, creando el Banco Interamericano. En la Novena Conferencia Panamericana, en Bogotá en 1948, este tema fue discutido una vez más y otra inocua recomendación fue aprobada.

Siendo tal vez el orador más dotado de su tiempo, así como un enérgico escritor, Blaine luchó, a veces casi solo, por un entendimiento cordial de los problemas latinoamericanos. “La tendencia presente en América Hispana” escribió, “está orientada hacia Europa y es un hecho lamentable que estos pueblos no estén tan cerca de nosotros en sus sentimientos como lo estaban cuando se desprendieron del yugo de la tiranía española”.

 
El error de que “Europa es nuestro mejor cliente”

Aunque apoyando fuertemente a los agricultores americanos, Blaine hizo una excepción en el caso de la producción del Hemisferio Occidental cuando la Ley Aduanera de McKinley estaba en discusión. Sobre base de reciprocidad, intentó que se la modificara en el sentido de dar atribuciones al presidente de los Estadas Unidos para suspender los derechos a “todo producto de cualquier nación del Hemisferio Occidental”.

En ese entonces, muchos objetaron la “economía Panamericana” de Blaine, pretendiendo que Europa era el mejor cliente de los Estados Unidos, Hoy en día oímos aún la misma objeción, siendo la economía europea presentada como el centro y punto de apoyo de la economía mundial. Tal vez en la época de Blaine esta afirmación pudo haber sido válida; actualmente es por completo infundada.

Al cambiar el siglo, los Estados Unidos enviaban a Europa el 76 por ciento de sus exportaciones y sólo el 8 por ciento a Latinoamérica. El año 1948 las exportaciones a Europa llegaron al 38 por ciento y al 28 por ciento las destinadas a América Latina. Esta comparación no debe hacer olvidar el hecho de que, con sus empréstitos y garantía de ayuda, los Estados Unidos han financiado virtualmente todo el comercio europeo, tanto que en la actualidad toda exportación americana a Europa consiste en exportaciones subvencionadas, extraídas del bolsillo de los americanos, y sólo de una manera eufemística pueden ser descritas como “comercio”.

La misma tendencia puede observarse en relación con las importaciones americanas. El 52 por ciento de ellas venía de Europa en los años de Blaine, mientras que el 39 por ciento procedía de América Latina. La proporción es aún más alta considerando el Hemisferio Occidental como un todo, el cual el año pasado tomó el 42 por ciento de las exportaciones de tos Estados Unidos y le proporcionó un 57 por ciento de sus importaciones.

Así, el hecho más importante es que ahora los Estados Unidos realizan la mitad de su comercio exterior con este Hemisferio. Algo como un natural tropismo ha conducido a los países del Nuevo Mundo a una misma línea de comercio hemisférico. Esto es así a pesar de la “preferencia por Europa”, con la cual James Blaine tuvo que luchar en 1890.

El intercambio total entre Estados Unidos y América Latina ascendía a 26 millones de dólares en 1821, alcanzando a 1678 millones un siglo después, en 1921 y ahora sobrepasa los seis mil millones de dólares al año.

Es útil señalar el aumento en la proporción del comercio exterior de Estados Unidos con América Latina en los últimos anos, ya que tanto valor como volumen aumentaron grandemente. Las exportaciones norteamericanas a América Latina saltaron de 717 millones de dólares en 1942 a 3.999 millones en 1947, Durante el mismo período las importaciones desde América Latina subieron de 977 millones a 2199 millones de dólares.

El rumbo fue invertido, también, debido a que durante la guerra América Latina tuvo cuatro años de tregua, disfrutando de una balanza comercial favorable. Con la terminación de la guerra, la balanza se deslizó nuevamente a favor de los Estados Unidos, dejando a América Latina con una balanza desfavorable de 1800 millones de dólares tan sólo en el año de 1947.

 
La continentalización del comercio hemisférico

El proceso del período de guerra de rápida “continentalización” del comercio internacional fue aún más notable en las repúblicas del sur, América Latina vendía el 32 por ciento de sus exportaciones a los Estados Unidos antes de la guerra; después vendió el 50 por ciento. Las importaciones latinoamericanas procedentes de los Estados Unidos aumentaron del 32 por ciento al 60 por ciento. Durante los mismos años el comercio de América Latina con Europa y otros continentes disminuyó en una proporción equivalente.

El aumento del comercio entre las mismas repúblicas latinoamericanas es otro hecho de los más reveladores, cuando uno recuerda que esta falta de comercio siempre fue señalada como una prueba adicional de la imposibilidad de la integración económica del hemisferio. Antes de la guerra, en efecto, el 49 por ciento de las exportaciones Latinoamericanas permanecían en el Hemisferio, pero sólo el 5 por ciento iban a mercados vecinos latinoamericanos, Durante la guerra, en cambio, las exportaciones interlatinoamericanas aumentaron al 17 por ciento. Cuando la guerra terminó las importaciones interlatinoamericanas de escasamente un 9 por ciento en 1938, se elevaron a un 26 por ciento.

Bajo la presión de los a acontecimientos internacionales, el comercio entre las repúblicas latinoamericanas se desarrolla en algunos casos con tan sorprendente vigor que, en 1944, Brasil ocupaba el primer puesto en las importaciones de Argentina, desplazando a los Estados Unidos y Gran Bretaña, Argentina, Chile, Paraguay y Solivia compraban más en América Latina que en los Estados Unidos y Argentina vendió más aquel año a América Latina que a los Estados Unidos.

En 1944 Chile hizo el 52 por ciento de sus importaciones en países de América Latina, y más de la mitad del comercio exterior de Argentina provino del tráfico comercial interatinoamericano- La única nación con lazos económicos con Europa, Argentina, estaba en 1944 colocando el 49 por ciento de sus exportaciones en este Hemisferio y recibiendo el 62 por ciento de sus importaciones de los Estados del continente americano.

Por entonces Brasil vendía el 70 por ciento de sus exportaciones en este hemisferio y recibía el 84 por ciento de sus importaciones de la misma fuente. Los porcentajes respectivos eran 68 por ciento y 95 por ciento en Solivia, 83 por ciento y 88 por ciento en Chile, 92 por ciento y 91 por ciento en Colombia, 85 por ciento y 90 por ciento en Venezuela, mientras Cuba compraba el 95 por ciento y vendía el 95 por ciento dentro del Hemisferio.

 
El plan maestro del café

Los argumentos contra un sistema planificado de producción y comercio interamericano pueden ser contestados en embrión por las experiencias obtenidas con el Acuerdo Interamericano del Café.

Muchas de las objeciones al plan de “economía hemisférica” aprobado por el Comité Económico Interamericano en 1940 procedían de los productores de café latinoamericanos, En ese entonces vendían el 40 por ciento de su cosecha a buen precio en Europa. ¿Cómo podía nadie pensar en interamericanizar sus negocios? Ahora se ha hecho, y para hendido y satisfacción de todos los afectados.

El Acuerdo Interamericano del Café establece la pauta de medidas defensivas que debemos tomar contra la amenaza de los nuevos imperios Euroafricanos y Euroasiáticos.

La industria latinoamericana del café había experimentado ya serias dificultades cuando comenzó la guerra. Brasil tuvo que destruir cinco millones de sacos de café en 1931. La cosecha media anual desde 1930 a 1940 había sido de treinta millones de sacos, y el punto más bajo de veintinueve millones en 1939-40, alcanzándose la cima en 1933-34 con treinta y ocho millones de sacos.

En el último año de paz (1938-39) los productores de café latinoamericanos, con una cosecha de treinta y tres millones de sacos, exportaron veinticuatro millones. De esta exportación más de catorce millones de sacos vino a los Estados Unidos y el resto fue en su mayor parte a Europa.

En 1940, aparte de una cosecha de veintinueve millones de sacos los productores de café exportaron dieciséis millones a los Estados Unidos y no pudieron enviar sino dos o tres millones de sacos a Europa.

Los precios, que habían venido descendiendo desde antes de la guerra, bajaron entonces hasta los niveles más ruinosos. Tan sólo en estas críticas circunstancias se estudió un acuerdo continental. El panamericanismo, como siempre, parece reaccionar únicamente en las situaciones graves.

En noviembre de 1940 fue firmado un acuerdo entre los catorce países productores de café y los Estados Unidos, su principal consumidor. Los exportadores prometían no exportar más de 15.545.000 sacos a este país, el que, por otra parte, se comprometía a no importar más de 355.000 sacos de otras procedencias. Por lo tanto, la competencia entre los países Latinoamericanos por este mercado –lo que había causado el colapso de los precios y amenazado a los productores con una catástrofe llegó a su fin.

Los EE. UU. tuvieron la oportunidad en esta ocasión, si se hubieran sentido inclinados a ello, de aprovechar las ventajas de esta crisis y comprar el café latinoamericano casi gratis. Tal política no sólo habría llevado a la ruina a millares de productores de café y a millones de trabajadores latinoamericanos, sino que, como miles de plantaciones habrían tenido que ser arrancadas, se habría llegado a la larga a una escasez de café y a precios exorbitantes.

 
Cien por ciento interamericano

Con verdadero sentido comercial, así como con una perspectiva continental, el Tío Sam prefirió un acuerdo que asegurase un mercado adecuado y precios razonables para una producción latinoamericana razonablemente reducida. En 1941 ésta había descendido a 24 millones de sacos por año, de los que se exportaban a los Estados Unidos 18 millones, mientras que 618.00 sacos iban a Europa.

Durante los años de la guerra, la producción de café latinoamericana fue mantenida en un promedio de 24 millones de sacos al año; fue de 22 millones en 1944, de los cuales veinte millones se vendieron a los Estados Unidos.

Siguiendo este “acuerdo continental” los precios hallaron niveles satisfactorios tanto para el productor como para el consumidor, y el negocio del café se estabilizó tanto en América Latina como en los Estados Unidos. En 1944 los norteamericanos pagaban ya quince centavos por un café que, sólo pocos años antes, en los días del pánico cafetero, había descendido a seis centavos.

Las exportaciones a otros continentes, que antes de la guerra representaban nada menos que el 40 por ciento del café latinoamericano, descendieron al 2 por cierno. Este hemisferio que había venido consumiendo el 60 por ciento de su propio café llegó a consumir hasta el 98 por ciento, y algunos países expedían a los Estados Unidos hasta el 100 por ciento de su producción.

El consumo en los Estados Unidos aumentó constantemente en el período de cinco años. En 1939 los Estados Unidos pagaron 147 millones de dólares por las exportaciones latinoamericanas de café; en 1946 pagaron 465 millones de dólares.

El Acuerdo Interamericano del Café sigue en vigencia, aunque las cuotas ya no se mantienen y las exportaciones a otros continentes han sido reestablecidas. Desde que la demanda y el suministro se han nivelado nadie habla de precios estabilizados. No hay necesidad.

Aunque impuesto por una emergencia, el arreglo de 1940 hizo del negocio del calé, un negocio casi cien por ciento hemisférico.

El tratamiento aplicado al café podría haberse repetido en el caso de muchos otros productos de los que depende la vida económica de nuestras repúblicas. Cualquiera clase de ajustes que ellos demanden, están lejos de ser insuperables, como se ha probado en el caso del café.

El acuerdo del café es un ejemplo en el cual los mayores beneficios los obtiene América Latina. Sin embargo, los acuerdos hemisféricos pueden jugar en ambos sentidos; hay oportunidades similares que favorecerían o estabilizarían la producción de los Estados Unidos.

 
Un gigante sin metal en la “era del metal”

El acuerdo del café fue una sólida victoria de la olvidada tradición de James G, Blaine sobre la autocapacidad interamericana. Como chileno no he tenido nunca gran simpatía personal por Blaine; su intervención en el conflicto de Chile, Perú y Bolivia nunca se ha olvidado ni perdonado en mí país. Pero hoy día todos tenemos que admitir que, si América hubiera seguido sus advertencias sobre política continental, muchas de las perturbaciones y peligros de nuestros tiempos habrían sido evitados.

Desgraciadamente, los gobiernos latinoamericanos no sólo fueron sordos a sus admoniciones; pronto la ola de reeuropeización de los Estados Unidos estaba en marcha, barriendo sus realistas y previsores puntos de vista sobre la política americana. Aquellos que aun abogan por las ideas de Blaine, quedan de inmediato incluidos en la categoría de “reaccionarios aislacionistas hemisféricos”, o son rechazados como perturbadores visionarios que amenazan las fuentes consagradas de beneficios.

Aunque esté fuera de moda, permítasenos poner en prueba las ideas de Blaine a la luz de la reciente experiencia de los Estados Unidos. Tomemos el caso de los minerales:

Se ha informado últimamente, con considerable alarma, que el mundo ha extraído más minerales durante los últimos cuarenta años que en los anteriores 6.000 años, y que solo los Estados Unidos consumió cinco billones de toneladas durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Por ello, el gigante de la era del metal está en un peligro real de convertirse en un país carente de metales. Además, si otro gran conflicto mundial se ha convertido en un factor fijo en su proyección para el futuro, deberá resolver este problema rápidamente, tanto en lo relativo a cantidades como en lo correspondiente a asegurarse su disponibilidad. De otro modo, los Estados Unidos en pocos años más carecerán de la mayoría de los minerales estratégicos y estarán a merced de abastecedores dudosos, y bajo circunstancias que pondrán el suministro en el mayor riesgo.

Con el ritmo actual de la explotación norteamericana, veintiún de estos minerales vitales quedarán agotados en un promedio de treinta y cinco años. Aunque los cálculos sobre la vida de estos recursos varían, se llega a un acuerdo general respecto a que dentro de tres décadas los Estados Unidos estarán raspando el fondo de sus reservas de cobre; en veintidós años habrá desaparecido el mineral de hierro de primera dase; el zinc en diecinueve, el plomo en doce, la bauxita en nueve, el vanadio en siete, el antimonio en cinco, el tungsteno y el asbesto en tres, el manganeso en dos y el cromo en un año.

Mr. Ickes se hizo cargo de esto cuando, como secretario del Interior, responsable de la conservación de los recursos del país, advirtió que el Tío Sam estaba alegremente entretenido en aserrar la rama sobre la cual se había sentado. La supergenerosa ayuda de postguerra a otros continentes hace hoy día más significativas aquellas advertencias. “Nos estamos convirtiendo rápidamente en una nación carente de demasiados de nuestros minerales”, dijo el presidente Truman en el mensaje del 6 de enero de 1947. Todos esos minerales se encuentran inexplotados en América Latina y aún están ahí. En realidad, casi cada uno de los sesenta “materiales estratégicos” necesitados en los Estados Unidos pueden obtenerse en las otras naciones de este hemisferio. Y sí la guerra viene, el Hemisferio Occidental se convertirá, como dijo recientemente Alexander de Seversky, en la única área de la tierra donde las fuentes de abastecimiento de materiales vitales para ios Estados Unidos, podrán ser protegidas contra la “desarrollada potencia aérea”.

El informe sobre la “Posición Mineral de los Estados Unidos”, preparado por la Oficina de Minas del Departamento de Inspección Geológica, debería convertirse en lectura obligatoria para todos los norteamericanos. Allí puede aprenderse, de fuentes técnicas imparciales, cuáles son los trágicos efectos actuales de ese monstruoso error del que nadie parece ser responsable: el fracaso en convertir el Hemisferio Occidental en una unidad económica conjunta.

 
Subvencionado el agotamiento del cobre

Uno se pregunta lo que Blaine habría hecho con relación al cobre en las circunstancias actuales. ¿No habría tratado él de asociar todas las reservas cupríferas del hemisferio –que constituyen más de la mitad de todas las del mundo– para realizar una explotación racional de gran alcance?

Su Banco Interamericano debería haber facilitado el capital y la técnica mucho antes de que las empresas privadas norteamericanas penetraran en este terreno.

Su Unión Aduanera Panamericana habría asegurado tanto los mercados adecuados como los suministros necesarios.

Su Unión Monetaria Panamericana habría atendido a que los empleadores y los empleados en ambas Américas recibieran buenos beneficios del comercio del cobre, sin interferir el libre flujo del capital y el intercambio de beneficios entre las Américas.

Su política “económica hemisférica regulada” habría implicado un completo cálculo de reservas, que permitiría una reglamentación temprana y prudente de la extracción del cobre en los Estados Unidos, por medio de la obtención de mineral suplementario en otras partes del hemisferio.

En 1934, cuando América Latina producía 403.235 toneladas de cobre por año y los Estados Unidos 240.099, puede uno suponer razonablemente que Blaine habría sido partidario de mantener esa proporción.

En lugar de esto un impuesto de cuatro centavos por libra a las importaciones está siendo propiciado actualmente en los Estados Unidos.{10}

Esto es lo mismo que subvencionar la más vertiginosa extracción de las reservas de cobre en este país; y ése es exactamente el camino por donde van las cosas.

Los Estados Unidos, extrayendo actualmente su cobre a razón de más de un millón de toneladas por año, cuatro veces más que lo que ocurría hace catorce años, se está apresurando hacia el agotamiento completo de sus fuentes domésticas de abastecimiento. Y esto cuando las reservas de América Latina ya en explotación son suficientes para sobrepasar muchas veces las de los Estados Unidos, y cuando sus reservas potenciales parecen casi inextinguibles.

Y estando, así las cosas, la completamente desorganizada industria del cobre de este hemisferio comienza a ser amenazada por los abastecimientos más baratos de las regiones africanas, que tienen menor costo de mano de obra. Las fuentes abundantes de cobre africano ya están abasteciendo un tercio del consumo mundial. ¿Vamos a ver, como ocurrió en el caso del caucho, cacao y quinina, que el cobre latinoamericano es devorado por su colega africano, mientras los Estados Unidos tienen que enfrentar otro cartel Euroafricano?

 
El caso del hierro y otros minerales

Las cifras sobre las reservas de mineral de hierro fueron destacadas recientemente cuando el presidente Trumao se refirió a este problema el 6 de enero de 1948, al tiempo en que hizo el anuncio de que las principales reservas domésticas de los Estados Unidos, las minas de hierro, de alto grado de Minnesota quedaran agotadas en diecinueve años. El total de las reservas del país, tanto de hierro de alto grado corno de bajo grado, se estima que durarán solamente setenta y seis años.

Durante la guerra el Tío Sam extrajo 500 millones de toneladas de sus ya debilitadas reservas de mineral de hierro, y todos los indicios determinan que la misma cifra de consumo será mantenida durante la paz armada en la que ahora vivimos.

Estas enormes cifras, con todas sus aterradoras implicaciones para el futuro, se convierten en ridículamente pequeñas cuando se observan desde el punto de vista hemisférico de Blaine. El Tío Sam empleó en la guerra solamente el medio por ciento de las reservas de mineral de hierro conocidas del Hemisferio Occidental. Estas han sido estimadas en 107 billones de toneladas, o sea los dos tercios de las reservas mundiales, que ascienden a 165 billones.

Chile, Colombia, Perú, Cuba, Venezuela y Brasil solos tienen reservas de mineral de hierro tan grandes como las del resto del mundo. En un estado de Brasil, Matto Grosso, están enterradas más de seis billones de toneladas, y en todo el país más de quince billones de toneladas. No habría, pues, motivos para preocuparse si el problema fuera considerado como una cuestión hemisférica, con real y verdadera camaradería entre todos los países latinoamericanos, en lugar de tratarlo como cuestión de propiedad local. No sería necesario depender de nuevas invenciones técnicas para convertir los yacimientos de hierro de baja graduación en minas comercialmente explotables. Las zonas mineras de América Latina son del grado más elevado con un rendimiento, en algunos casos, del 60 por ciento y aún más.

A pesar de estos hechos, cuando llegó la guerra, los Estados Unidos estaban importando mineral de hierro de América Latina solamente por valor de cuatro millones de dólares. El Tío Sam estaba al parecer decidido a devorar lo más rápidamente posible la última tonelada de sus propias minas sin pensar en la tragedia y paradoja de unos Estados Unidos carentes de hierro.

Tres Estados brasileños (Bahía, Minas Gerais y Matto Grosso) poseen diez veces más manganeso que los Estados Unidos, para no hablar de las cifras de lo que puede encontrarse en varios otros países latinoamericanos. Aquí de nuevo no existe razón para preocuparse del agotamiento del mineral disponible, si se consideran los recursos del hemisferio como una herencia común. Sin embargo, los Estados Unidos han hecho muy poco para ayudar a esta industria a desarrollarse fuertemente. Compraban a los productores latinoamericanos cuando la guerra comenzó solamente el 25 por ciento de sus importaciones de manganeso, con un valor de dos millones de dólares al año. Incluso al escribir estas líneas los Estados Unidos importan manganeso de otros continentes, incluida Rusia. Alguien parece pensar que éstas serán fuentes de abastecimiento más estables que América Latina, si la guerra vuelve… Brasil tan sólo podría facilitar, de sus cuarenta millones de toneladas de reservas, todo lo que los Estados Unidos necesitan durante un siglo.

Dentro de un acuerdo hemisférico los Estados Unidos no tendrían necesidad de agotar sus reservas de antimonio. Tres países latinoamericanos, México, Solivia y Perú facilitaron a los Estados Unidos el 83 por ciento de sus importaciones durante la Segunda Guerra Mundial y durante muchos años pueden continuar haciéndolo.

Las reservas americanas del cromo, metal realmente vital, pueden llegar en pocos años, a su fin según todos los cálculos. Cuba y Bolivia serán llamados a cubrir las necesidades de este metal y los cuatro millones de toneladas de cromo de las reservas de Brasil permanecerán casi por completo intactas.

Esto mismo ocurre con el tungsteno y el vanadio, que se encuentran en Argentina, Bolivia y Perú.

Con la excepción del plomo, asbesto, mercurio y otros metales secundarios, las mismas oportunidades para una política de autosuficiencia hemisférica existen respecto a casi todos los minerales estratégicos.

 
La innecesaria crisis del petróleo de las Américas

Habiendo vuelto las espaldas a las doctrinas económicas hemisféricas de Blaine, también hemos renunciado a los principios de política exterior de Washington. América Latina ha sido abandonada en la corriente de la pobreza, mientras reposa sobre la mayor acumulación de riqueza mineral del mundo.

Recursos de emergencia han sido ensayados en los Estados Unidos; sumas ascendentes a billones se han votado para el almacenamiento de minerales esenciales; pero no conozco ningún intento de reducir la actual extracción agotadora de los recursos domésticos, o para promover la utilización permanente de les de la America Latina. El almacenamiento de emergencia difícilmente puede ser considerada un sustituto apto para garantizar las fuentes de abastecimiento; y siendo el objetivo la defensa nacional, los materiales deben ser utilizables, sin preocupación por el costo o accesibilidad futura. El almacenamiento es un proceso lento y caro, y en términos de una emergencia militar calculable, el más inadecuado de todos. Incluso entonces es casi imposible almacenar en cantidades materiales tales como el hierro. En realidad, no sé yo que tal esfuerzo haya sido considerado.

El Mariscal Foch dijo en una ocasión que los Ejércitos Aliados habían navegado hacia la victoria sobre ríos de petróleo. En estos tiempos belicosos el libre fluir del petróleo es sinónimo de autosuficiencia en la defensa hemisférica. Y, también en este producto, el Nuevo Mundo ha comenzado a depender peligrosamente del Hemisferio Oriental, Esta es una perspectiva siniestra, incluso en tiempos de paz; y más aún si sabemos que hacia la mitad de la guerra el consumo civil de petróleo era tres veces mayor que el militar y que las necesidades civiles no han cesado de aumentar desde entonces.

Los Estados Unidos con el 36 por ciento de las reservas mundiales han venido proporcionando más del 60 por ciento del petróleo mundial. Ya han llegado al punto en que las demandas a su industria petrolera exceden de dos billones de barriles anualmente. A este ritmo, en unos diez años la nación habrá agotado sus reservas, que son estimadas en veintiún billones de barriles.

América Latina contribuyó con 265 millones de barriles anuales al consumo del mundo antes de la Segunda Guerra Mundial; en la actualidad este total ha -sido elevado a 547 millones. Como se dice que las reservas de petróleo de América Latina alcanzan a ocho billones de barriles, ellas quedarían agotadas en unos quince años.

El cuadro anterior es el que nos ha hecho familiar la estadística. ¿Pero es el verdadero? Los geólogos y los expertos nos hablan de las reservas de petróleo describiéndolas diversamente como “probadas”, “preparadas”, “a la vista”, “posibles”, “industriales”, “potenciales” y finalmente “probables descubrimientos futuros”

Las reservas de petróleo “probadas” importan treinta billones de barriles en el Hemisferio Occidental. Pero, incluyendo los “probables descubrimientos futuros”, se nos dice que tales reservas podrán aumentar hasta 345 billones y 145 billones de barriles, respectivamente.

Los “probables descubrimientos futuros” se calculan en 85 millones de barriles para América Latina. Resulta casi innecesario indicar que la presente producción Latinoamericana de 547 millones de barriles al año es muy pequeña, comparada con las reservas potenciales.

Porque no existe una política petrolera interamericana, cada barril de petróleo latinoamericano se convierte en un acontecimiento político espinoso, donde los intereses nacionales y continentales de amplia perspectiva se hallan ensombrecidos por los pequeños grupos y los intereses creados. A pesar de esto, la busca de nuevos yacimientos comenzó hace años y todavía está en marcha en América Latina. Esto sin considerar enormes descubrimientos, no incluidos en los cálculos anteriores, que se han hecho en América Latina en los tres o cuatro años últimos.

La concentración sobre descubrimientos y explotación de los yacimientos de petróleo ha sido basada en el rápido desgaste de las reservas domésticas de los Estados Unidos, en lugar de en la ampliación potencial de su compañero latinoamericano.

Maracaibo, El Barco, Tampico, Talara, todos en América Latina fueron, hasta hace pocos años, los nombres que venían a la mente cuando se trataba de fuentes de petróleo extranjeras; otra galería de nombres parecidos a los de los jeques, son ahora los que oímos: Haft Kel, Masjid-I-Sulaiman, Kirkuk, Burghan, Kuwait, Demman, Abqaiq, Bahréin.

Estos pueden sonar de modo romántico o provechoso, pero tienen poco realismo militar.

Si un conflicto local palestino ha sido capaz de poner en peligro, casi paralizando toda esa producción árabe, nos resulta fácil contestar rápidamente a la pregunta de lo que ocurriría si se presentase una guerra en la que potencias de primera clase entraran en lucha.

 
Hulla: plétora y escasez

Obligados a encarar la posibilidad de otra guerra, los Estados Unidos han tenido que acudir a nuevas y costosas técnicas para desarrollar la producción de petróleo. Nueve billones de dólares han sido invertidos, sólo como capital inicial, con estos propósitos.

Sin duda todas las necesidades norteamericanas pueden resolverse eventualmente con petróleo extraído de esquisto, hulla y gas. Aunque costosos, estos procedimientos son factibles; fueron la única fuente de Hitler en la guerra, y lo fueron también parcialmente de Rusia. Sin embargo, parece que la unificación en conjunto y la explotación de las reservas naturales del hemisferio significaría una mejor solución, al menos hasta que el petróleo sea reemplazado por la energía nuclear. Este evento puede estar más próximo de lo que creemos.

En contraste con el petróleo, América Latina es deficiente en hulla, hasta casi entrar en la categoría de los carente de ella: esto ha sido tal vez su mayor desventaja industrial. Argentina y Brasil, los mayores países del sur, carecen prácticamente de hulla.

Los Estados Unidos, por otra parte, poseen reservas que, calculadas según el ritmo de producción, durarán unos cuatro mil años. Así, mientras las inextinguibles reservas de los Estados Unidos han sido apenas tocadas, América Latina, lo que no deja de ser curioso, ha estado importando hulla de otros continentes, principalmente de Gran Bretaña.

En otra gran fuente de energía industrial, la hidroelectricidad, la potencialidad de América Latina se ha calculado en ochenta millones de kilovatios, o sea tres veces la de los Estados Unidos. No hay que decir que, mientras la potencia hidroeléctrica de los Estados Unidos ha sido ampliamente desarrollada, en América Latina unos escasos dos millones de kilovatios han sido aprovechados para el trabajo.

Este es otro terreno para una empresa interamericana. Con capital americano y experta e inteligente cooperación latinoamericana, toda la parte del Hemisferio habría sido transformada en uno de los más valiosos mercados, así como en una de las porciones más prósperas del globo.

 
Puede hacerse

Todos estamos enterados de la conocida cosecha de objeciones a un programa de unidad hemisférica. Proceden de toda clase de orígenes: oficial, técnico, chauvinista, gentes orientadas hacia el Viejo Mundo, o amarrados a localismos e intereses egoístas. Todos ellos han dominado durante décadas. Pero, ahora último hemos oído estas objeciones de boca de los partidarios del comercio libre, de un nuevo tipo de liberalismo norteamericano. Son éstos quienes en este momento tienen mayor influencia en la política económica de los Estados Unidos. Como los resultados lo van probando, su mayor éxito consistirá en desorganizar más ampliamente la economía del hemisferio, haciendo que el Nuevo Mundo sea mucho más vulnerable de lo que es actualmente. Ellos no conseguirán que el Viejo Mundo les siga en su programa de libre comercio.

La Carta de la Organización Internacional de Comercio, firmada en La Habana en marzo de 1948, es lo más que han podido obtener después de cuatro años de discusiones e influencias. Pero al mismo tiempo junto con nacer, podían oírse los cantos de réquiem por esta medida ineficaz.

El comercio libre es una aspiración de todos. Puede sonar a económico, pero el mundo anda muy distante de estar preparado para él; la mayoría de las naciones, adulando a los Estados Unidos pueden aceptar esos principios de modo verbal, pero no los pondrán en práctica. Incluso si los Estados Unidos al final puede comprar su acariciado libre comercio, temo que pueda encontrar que ha comprado su propia inseguridad económica. Hay demasiados intereses egoístas en el mundo, y niveles de salarios demasiado diferentes, así como diversos standards de vida, para admitir cualquier otra conclusión.

Se nos dice que la mayoría del comercio norteamericano se efectúa con otros, continentes. Ya hemos visto en las páginas anteriores que no es así. La mitad de él es ya hemisférica; una gran parte de la otra mitad puede serlo fácilmente. Un aumento de sólo cincuenta centavos de dólares al ingreso semanal de 2,50 dólares en América Latina podría crear una reacción en cadena tan grande que absorbería todos los excedentes normales de la industria de los Estados Unidos.

Este objetivo puede obtenerse con una minúscula parte de los 27 billones de dólares que los Estados Unidos envió a otros continentes en los últimos tres años para mantener en marcha las ruedas del comercio. En realidad, puede realizarse incluso sin nuevas inversiones, solamente con una economía hemisférica planificada, estudiada sobre bases permanentes.

Incluso los abogados más ardorosos de la economía de un Mundo admiten que la integración comercial puede ser emprendida con ventaja para este país, con las 12 repúblicas latinoamericanas de la zona del Caribe. Su comercio exterior con los Estados Unidos subió del 60 al 90 por ciento antes de la guerra; este porcentaje es hoy aún mayor. Observando el balance de las Repúblicas americanas, aparece que éstas han olvidado las lecciones que tan gráficamente fueron enseñadas por la emergencia bélica; que este hemisferio es un problema común y un objetivo común, y que su integración en una sola poderosa unidad en acción es una necesidad común para el mayor bien de todos

 
Los perdidos “lazos indestructibles”

El único gran argumento práctico contra la unión económica continental gira alrededor de los productos y los países del área del Río de la Plata. La carne, el trigo y la lana argentina son, por ejemplo, productos que hacen fuerte competencia en el mercado doméstico de los Estados Unidos. Aquí llegamos a un común e injustificado temor que puede disiparse de la mejor manera citando un ejemplo histórico americano. La apertura de las fábricas textiles del sur no destruyó las de New England, porque ambas, aunque en competencia, pertenecían a un aparato económico común y la riqueza que ellos producían era de beneficio común. Tampoco el establecimiento de las grandes plantaciones mecanizadas de algodón en Arizona destruyó el bienestar de los algodoneros de Georgia, Alabama y Tennessee. Con el gran mercado de los Estados Unidos a su disposición estos estados complementaron su algodón con otras clases de producción y se hicieron más prósperos que antes.

Un dos por ciento de aumento en el consumo americano de carne absorbería el excedente disponible de Argentina, A este respecto es conveniente observar que un documento oficial de Washington declara que un aumento del 42 por ciento del consumo de carne es necesario al norteamericano para equilibrar su dieta.

Además, desde el punto de vista de la nación como un conjunto, nuevos mercados recíprocos se abrirían. Antes de la guerra, los países del Río del Plata por sí solos, consumían la producción total de una semana de toda la industria automovilística de los Estados Unidos.

Todos sabemos que la superficie del suelo de América está siendo aventajada en el Medio Oeste a causa del monocultivo del trigo y que un cambio de siembras se hace imperativo. Algún día los norteamericanos consumirán tanto pan como los canadienses y esto bastará para convertir a los Estados Unidos en un país importador de trigo.

La mayor residencia a un plan hemisférico sobre estas líneas no vendrá de los Estados Unidos, sino de los argentinos; éstos se encuentran en el vértice de la demanda mundial de alimentos y otros productos y sienten su posición tan segura que el problema de los mercados futuros queda fuera de sus preocupaciones. Pero esta suposición está muy lejos de justificarse, pues entre las repúblicas latinoamericanas, el comercio de Argentina es el más vulnerable de todos. Otros continentes trabajan horas extras para conseguir una autosuficiencia, especialmente en alimentos, y sin duda alguna conseguirán su objetivo. El espectro Euroafricano, ya entrevisto en otros capítulos de este libro, no es la única amenaza que se presenta en el horizonte amenazando la producción latinoamericana de carne, trigo, lana, maíz, linaza, quebracho, algodón, cueros y pieles.

Si la unidad hemisférica se realiza algún día, algunos intereses locales sufrirán inevitablemente; pero se verá que éstos estaban sostenidos artificialmente y eran desde un principio débiles, desde el punto de vista de la mayoría.

Podrán ser necesarios, en cierto número de casos y por ambas partes, sacrificios temporales en producción y precios. Pero como el ministro de Relaciones Exteriores del Perú, señor Gallagher, dijo en la Conferencia de Río de Janeiro de 1942, “Algo más que los precios está envuelto en este tema de discusión; es la solidaridad económica que no puede separarse de la solidaridad política y defensiva”. Pidió un acuerdo que “establezca un intercambio perpetuo entre los pueblos americanos, forjando con lazos indestructibles el sistema económico interamericano”.

En este discutido asunto de los precios, ¿cómo puede uno interpretar la afirmación de que no hay razones para ayudar de mantenimiento en este continente de producciones “carentes de vigor económico”? ¿Significa esto que; el café colombiano no es sano económicamente por el hecho de que los salarios pagados al campesino no pueden descender tanto como los que se pagan en Basutolandia? ¿O que el maíz de Iowa, el tabaco de Carolina, el algodón de Alabama y el trigo de Kansas son débiles, porque tales productos pueden producirse más baratos con trabajo esclavo en Kenia, Rodesia, Uganda y Tanganica? Por la misma razón, lógicamente habría que pedir que se reanude la importación de esclavos africanos en este hemisferio.

 
Industrialización, promesa y peligro

Ha habido algo de discusión sobre los efectos de un comercio integral americano sobre la industrialización latinoamericana. En una amplia, normal y libre economía, en que se permitiera la más amplia utilización de la producción y el comercio, esta cuestión se resolvería por sí misma, haciendo sus propios reajustes lógicos dentro del sistema ínter americano de oferta y demanda.

Evidentemente, si la situación fuera a continuar bajo este sistema, siendo la industrialización un problema de economía nacional, dentro de cada república, apoyado bajo la presión de grupos e intereses domésticos y no provista en una escala continental, la fragmentación de América no sería remediada sino perpetuada. Se pondría en marcha una nueva ola de ruinosos proteccionismos interhemisféricos, con nuevas barreras que harían la vida cada vez más cara, que conducirían a un mayor empobrecimiento de las masas trabajadoras y consumidoras.

En la actualidad hay muchas repúblicas latinoamericanas donde “industrias nacionales” que trabajan con materias primas extranjeras, se han convertido en una calamidad para el pueblo, aunque sean provechosas para un pequeño grupo de industriales locales. Si, por ejemplo, cada pequeño país decide poner en pie su propia industria del acero, al final tendrá que limitarse a su propio magro mercado; y la producción muy limitada aumentará los costos y transformará el acero nacional en una responsabilidad nacional en lugar de un bien nacional.

Ya se lo difícil que es aconsejar prudencia a las repúblicas latinoamericanas en su tendencia hacia la industrialización, que ha despertado las emociones de cada nación del sur. Pero deben ser precavidos, si no quieren destruir al final sus propios objetivos. El peligro no reside tanto en la competencia con los fabricantes norteamericanos como en la pequeña política discriminatoria local que creará débiles y artificiales pequeñas industrias de toda clase.

En una gran economía interamericana, en marcha, en la que la riqueza de todos es una preocupación común, poco importaría dónde son producidos el acero, los automóviles o los aviones, y dónde son cultivados el trigo o el maíz. Este es el caso actual, por ejemplo, en los ricos estados norteamericanos de Iowa y Kansas, que no tienen industrias de que hablar y que son, dentro de la federación de los Estados Unidos, extraordinariamente prósperos.

En lo que se refiere al caso de Chile y Argentina, como otro ejemplo, la manufactura de acero puede ser localizada en Chile, que tiene el hierro, carbón, potencia hidroeléctrica barata y otros requisitos previos de los que carece Argentina. Chile puede proporcionar acero a su vecino y comprarle la carne, trigo y aceites vegetales de Jos que está siempre en necesidad.

Es esta la clase de economía complementaria que tenemos a la vista al hablar del hemisferio como un conjunto, una industrialización racional y natural que pueda conducir a una inteligente división del trabajo entre todos los países a quienes concierne, de acuerdo con sus recursos, iniciativas y otras condiciones. Esto es, en el hecho, la única industrialización que contiene la semilla de un éxito futuro.

La contribución más importante de los Estados Unidos a sus vecinos no ha de hacerse tamo en dinero como consiguiendo que el capital norteamericano lleve a aquellos países la Era de la Máquina y una técnica experta.

Lo que esta expansión del conocimiento técnico norteamericano, llevada a todo el continente, haya de significar para todos los pueblos, puede entreverse sí recordamos que hace un siglo el 94 por ciento del trabajo en los Estados Unidos estaba hecho por el hombre y los animales y sólo el 6 por ciento por las máquinas, mientras que hoy esa proporción es casi la inversa: el 8 por ciento y el 92 por ciento respectivamente. Así el valor de la producción por hora de trabajo se ha elevado en el mismo periodo de 25 centavos a un dólar y medio aproximadamente.

Cuando se consideran estos hechos y posibilidades, resulta realmente extraño que se oiga hablar tanto en estos días sobre que Europa es la clave de la prosperidad de los Estados Unidos; por último, esta influencia no se atribuye a toda Europa, sino tan sólo a la Europa Occidental.

Dejando a un lado aquéllos cuya influencia ha venido dirigiendo la política económica exterior de los Estados Unidos, ¿es realmente esa la opinión de los industriales y hombres de negocios norteamericanos?

Si uno puede juzgar a base de la encuesta de la revista “Fortune” hecha entre industriales y exportadores del Oeste, sobre qué parte del mundo creen que es el mercado más promisorio, no aparecerá aquello. Por cada dieciocho que mencionaron Europa y Rusia, cincuenta y dos indicaron América Latina.

Se ha expresado aquí ciertos temores relativos a que la industrialización latinoamericana pueda restringir este prometedor mercado. Por esta causa los latinoamericanos son escépticos respecto a la obtención de ayuda de los Estados Unidos para su industrialización. Creo que ambos están errados. El ejemplo de Canadá basta para probar esta afirmación.

Es indudable naturalmente que América Latina se industrializa tanto si Estados Unidos ayuda como si no lo hace. El cuadro ha cambiado bastante desde la situación que existía antes de la guerra, cuando América Latina importaba el 65 por ciento de su consumo de mercaderías manufacturadas y exportaba menos del 2 por ciento de su producción industrial En dos naciones típicamente agrícolas como Argentina y Brasil, la producción industrial ha sobrepasado a la agrícola en los últimos diez años. El aumento de la industrialización ha sido realmente notable, en casi todos los países del Sur, recorriendo desde el cincuenta hasta el doscientos por ciento.

Naturalmente la mayor necesidad es de equipo industrial; hasta que este problema no sea resuelto será difícil alterar la presente situación en la que la producción industrial “per cápita” en los Estados Unidos es treinta veces superior a la de los países del sur.

El equipo industrial “per cápita” en los Estados Unidos se estima en seis mil dólares; el de Argentina es menos de la tercera parte de aquél, el de Chile la cuarta y el de Brasil y México como la décima.

Pero las naciones latinoamericanas deben empezar por examinar su situación interna para ver qué capital pueden movilizar localmente y, en particular, para estar seguros de que la industrialización no se convertirá en un arma en manos de unos pocos para el mayor empobrecimiento de los más.

En la mayoría de los países, es preciso admitirlo, el crédito se ha convertido en una plaga, antes que en una ayuda a la producción. ¿Cómo puede ser creada o subsistir una industria en una nación donde los empréstitos a los manufactureros producen más del 30 por ciento para el prestamista? Esto no es nada extraño, ya que en el mismo país latinoamericano que yo he tomado, por ejemplo, los préstamos comerciales a menudo reditúan más del 40 por ciento al año.

A pesar de esta carga adicional, el porcentaje anual de beneficios de la mayor parte de las empresas comerciales e industriales latinoamericanas es dos y a menudo tres, cuatro y cinco veces mayor que el obtenido por empresas similares en los Estados Unidos, Lo que esto significa en costos de producción y en precios para las masas consumidoras se puede comprender muy fácilmente.

 
La “no tan vacía” silla veintidós

Con un área de 3.694.863 millas cuadradas, Canadá ocupa el tercer lugar en extensión entre todas las naciones del globo, siendo la mayor de la Comunidad Británica y de América.

Por su propia elección es el único país soberano e independiente de este hemisferio que no pertenece a la Organización de Estados Americanos, que se llamó Unión Panamericana hasta la conferencia de Bogotá en 1948. En varias ocasiones los veintiún otros Estados le ha invitado a ocupar la vacía silla número veintidós.

Con todo, aunque solitario políticamente, Canadá está más próximo a quedar integrado económicamente dentro de este hemisferio que ninguna otra nación americana.

Casi los dos tercios del comercio exterior canadiense está siendo ahora transado dentro del continente americano. En 1947, de un total de 3.068.300.000 dólares de comercio exterior canadiense, 1.939.048.000 dólares correspondieron al comercio con naciones de este hemisferio.

Los Estados Unidos y Canadá han sido desde hace años los mejores clientes el uno del otro. La línea fronteriza de 5.400 millas entre los dos países no sólo es notable porque está sin fortificar, sino también porque por ella el movimiento comercial es mayor que por cualquier otra frontera entre dos naciones en no importa que parte del mundo.

La industrialización del Canadá ha sido una realización canadiense-norteamericana. Existen ya 2.000 fábricas en ese país. Las inversiones norteamericanas han seguido fluyendo hacia allí hasta el día de hoy, en que llegan a los cinco billones de dólares, o sea, a un tercio más que en las veinte repúblicas latinoamericanas.{11}

Si los Estados Unidos hubieran invertido en América Latina a razón de 416 dólares “per cápita” como lo han hecho en Cañada, habría 62 billones de dólares invertidos en América Latina, en lugar de tres billones.

Pero, naturalmente, todo cómputo “per cápita” en la economía de Canadá es alarmante: la nación que tiene la tercera superficie del mundo, y que es una de las más ricas, posee sólo 12 millones de habitantes, o sea cuatro por milla cuadrada. A causa de esto su comercio exterior es el más alto “per cápita” entre todas las naciones.

Al considerar los posibles efectos de la industrialización latinoamericana sobre el intercambio comercial entre los países latinoamericanos y los Estados Unidos, conviene tener presente que el intercambio canadiense-norteamericano comenzó realmente a crecer cuando Canadá inició su industrialización. La producción manufacturera del Canadá casi se ha triplicado desde 1939 y el comercio con los Estados Unidos ha continuado aumentando sin cesar; llegó a significar tres billones de dólares al año cuando Canadá compraba a los Estados Unidos por valor de dos billones y vendía por valor de un billón de dólares.

A causa de esta balanza tan desfavorable con los Estados Unidos, Canadá se vio obligado a restringir sus importaciones de este país, mientras que el Tío Sam se hacía inmediatamente presente con centenares de millones en créditos para enderezar la situación. Tal remedio no se tuvo en cuenta para la balanza mucho más desfavorable que América Latina tenía en el mismo año, ya que subía en su comercio con los EE. UU. a 2.200.000.000 de dólares.

Supe hace varios años, de boca de una autoridad canadiense, que una de las razones por las que Canadá no ha mostrado interés en integrar el sistema interamericano era el reducido volumen de su comercio con América Latina. Esa razón no tiene ya valor y seguramente lo tendrá menos en los años venideros.

El comercio entre Canadá y América Latina no solamente está bien equilibrado, sino que en la última década aumentó rápidamente en forma nunca sonada. Las exportaciones de Canadá a América Latina ascendían a un promedio de 18 millones de dólares antes de 1939; ahora alcanzan a 122 millones de dólares, lo que representa casi un 700 por ciento de aumento. Las importaciones canadienses de América Latina aumentaron el 900 por ciento en el mismo período, pasando de 18 millones a 165.

 
Para defender “la mitad norte del Hemisferio occidental”

Como hemos visto, Canadá hizo más que cooperar en la economía interamericana, Lo mismo ha ocurrido en relación con la solidaridad para la defensa del Hemisferio Occidental. Canadá no se ha comprometido, como lo hicieron las otras veintiuna repúblicas soberanas, en un tratado general de protección militar contra la agresión, sino que, durante ocho años ha formado parte del Acuerdo Canadiense-Norteamericano de defensa de “la mitad norte del Hemisferio Occidental”.

Esa es la obligación escrita en el convenio que creó en 1940 el Consejo Conjunto Permanente Canadiense-Americano de Defensa. Este pacto continuó en el período de postguerra, haciéndose más estrecho en la práctica que lo indicaba su texto, siendo tal vez el apresto más íntimo y la alianza militar más efectiva en este continente, sin parangón con cualquier otro pacto existente entre naciones americanas.

Esto es muy comprensible, pues la seguridad de ambos países está vitalmente enlazada, y la era atómica empuja a Canadá hacia la más importante área estratégica. Si la guerra fría se convierte en una verdadera guerra, tal vez las acciones más decisivas pueden desarrollarse por encima y a través del Polo Ártico, que Canadá domina. En relación con el acuerdo antes mencionado, el hecho es que Canadá ya es un pilar de la defensa colectiva militar del Hemisferio Occidental.

Políticamente, como dijimos antes, Canadá no es parte del más bien vago acuerdo que une a los otros veintiún estados. Pero tal vez con ninguna otra nación en la tierra está Canadá tan estrechamente enlazado como con los Estados Unidos. Sus relaciones con América Latina son también extremadamente cordiales. En efecto, Canadá aportaría al sistema americano un grupo muy importante de latinos, con sus tres millones de francocanadienses.

Psicológicamente hay muchas barreras similares que dominar en las relaciones de Canadá y América Latina con los Estados Unidos. En cierto tiempo el temor a la “anexión” fue un real obstáculo en Canadá, así como el temor al “imperialismo” lo fue para América Latina. Queda muy poco de estos temores, aunque ellos ofrecen siempre a la demagogia una posibilidad para reavivar las cenizas.

¿Qué es lo que ha impedido a Canadá unirse a la Organización de los Estados Americanos?

Contrariamente a lo que se cree generalmente, no existe ningún obstáculo constitucional. Canadá es tan libre como cualquier otro Estado Americano para dirigir su propia política exterior, si así lo desea. Cuando yo estaba en Canadá en 1939, y Gran Bretaña se hallaba en guerra, oí más de una observación relativa al hecho de que aunque Canadá había entrado en el conflicto, las veintiuna repúblicas americanas (incluyendo los Estados Unidos) se habían comprometido en una política de “neutralidad” en la reunión de Ministros de Relaciones Exteriores de Panamá.

También se hacían referencias a resoluciones que destacaban el “sistema de gobierno republicano” como un aglutíname común denominador del Sistema interamericano. En realidad, se hizo mención de tal “republicanismo” en una de las Conferencias Panamericanas en la que Canadá fue invitado a unirse a la Organización…

 
Lo real y lo ideal

Pero yo no creo que estas declaraciones hayan influido en la dirección de la política canadiense. Estoy más inclinado a creer que los realistas líderes canadienses han sabido percibir a través de la verbosidad y la retórica del Panamericanismo su debilidad intrínseca. Por lo tanto, ellos han seguido el camino hacia una integración de facto económica y militar con el sistema hemisférico, dejando los lazos políticos para un tiempo futuro en que sientan la necesidad de ellos, y puedan ver surgir en los asuntos mundiales un efectivo panamericanismo político. Además, ellos tratan de evitar posibles fricciones en otros terrenos.

Se admite generalmente que la mayoría de los canadienses no tienen interés en ver a su país convertirse en un partícipe de la Organización de los Estados Americanos. Esa no fue mi impresión en Canadá, Es útil considerar, sin embargo, que la abstención canadiense es más un hecho que una formal y permanente repulsa o una política establecida. Por otra parte, la creciente Federación Cooperativa de la Comunidad, se ha pronunciado a favor de integrar el Sistema Inter Americano. Representando cerca de un tercio del electorado, y tal vez una porción mayor de la opinión pública, este pronunciamiento puede anticipar un cambio de punto de vista sobre la participación de Canadá.

En enero de 1944, Mr. M. J. Coldwell, miembro del Parlamento y presidente de la Federación Cooperativa de la Comunidad, destacó la línea política de su partido ante un gran auditorio en Nueva York. Yo le oí hablar entonces sobre los planes para “una nueva asociación de naciones”. Como si anticipase lo que iba a prepararse en Dumbarton Oaks y San Francisco, Mr. Coldwell declaró: “No estaremos satisfechos con ninguna organización que pueda ser dominada por tres o cuatro potencias”.

“La Federación de la Comunidad”, agregó “vería con gusto a nuestro país unirse a la Unión Panamericana, como una Organización Regional de naciones trabajando para la más amplia unidad mundial, y también porque creemos que fuerzas progresistas se están moviendo entre amplias masas de nuestros vecinos latinoamericanos”.

Sería difícil estar en desacuerdo con cualquiera de estos postulados de Coldwell tan próximos a la tesis de este libro:

Unas Naciones Unidas libres de la dominación de Grandes Potencias.

Una Federación Mundial organizada sobre base “regional”.

Un Nuevo Mundo económica, política y militarmente integrado, autosuficiente y protegiéndose mutuamente de polo a polo.

——

{10} Año 1948. (N. del E.)

{11} Año 1948. (N. del E.)

(Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas, Santiago de Chile 1956, páginas 269-299.)

Colección América

Tibor Mende, América Latina entra en escena (3ª edición)

Carlos Dávila, Nosotros, los de las Américas (2ª edición)

Germán Arciniegas, Entre la libertad y el miedo (6ª edición: agotada)

Alejandro Magnet, Nuestros vecinos justicialistas (10ª edición)

Luis Alberto Sánchez, Haya de la Torre y el Apra

Alberto Ostria, Un pueblo en la cruz (El drama de Bolivia) (2ª edición)

Jesús de Galíndez, La Era de Trujillo (6ª edición)

Jean Davidson, Corresponsal en Washington

Raymond Cartier, Las 48 Américas (2ª edición)

Editorial del Pacífico S. A. · Ahumada 57 · Casilla 3126 · Santiago de Chile

[ Versión íntegra del texto contenido en un libro de 304 páginas más cubiertas, impreso sobre papel en Santiago de Chile 1956. ]