Discurso inaugural
pronunciado en la solemne apertura
de la Universidad literaria de Madrid
el 1.º de Noviembre de 1845
por el Excmo. Sr. D. Lorenzo Arrazola,
Ministro cesante de Gracia y Justicia,
y Catedrático de Derecho internacional de la misma.
La educación de los pueblos es la mejor garantía del porvenir,
y el áncora de los Estados.
Madrid 1845. Imprenta de D. José C. de la Peña.
Calle de la Independencia, número 4.
Señores:
La Capital de la Monarquía está hoy llamada a presenciar un espectáculo digno y grandioso, que al mismo tiempo tiene lugar en el resto de la Península: espectáculo majestuoso y sublime, que no se realizó jamás; y que con las más gratas y lisonjeras esperanzas de los amantes de la ilustración y del saber, expresa el consorcio de las ciencias entre sí, y el lazo íntimo de unión y confraternidad de todos sus profesores: espectáculo en fin que se revela en esa vistosa confusión de emblemas y de trajes, que desde luego anuncia la diversidad de procedencias, y de no siempre adecuadas categorías. Venís, Señores, como esforzados y aguerridos capitanes, ufano, y justamente, cada uno con la enseña bajo la cual ha combatido; pero en las cuales era preciso no leer sino este lema: plura in pluribus. De hoy más, después de este día solemne, después de esta ovación de confraternidad, y de armonía, todos escribiréis en vuestro honroso pendón: in pluribus una.
Y efectivamente, Señores, una la naturaleza como su autor, no es tampoco más que una la ciencia de comprenderla. Pero el padre de la Medicina lo había dicho: ars longa; vita brevis. Ese inmenso conjunto de primores y de arcanos es mucho para ser comprendido por las fuerzas de un solo hombre; y ya que le bastasen las fuerzas; no le alcanzaría la vida. Fue, pues, necesario dividir el estudio, como el trabajo. De aquí la diversidad de estudios y de enseñanzas. Apegado con especial adhesión cada uno a la suya, fue natural también el considerarla, y encomiarla sobre las demás: convertidos en legisladores los hombres de la ciencia, trasladaron a la ley sus predilecciones y sus juicios: la ley sancionó la desigualdad; y sin ser visto acusar hoy lo que existió por la ley, y que por eso merece respeto, vosotros sabéis, si el hecho ha existido, y si siempre hallasteis justa y adecuada aquella diferencia.
Mas hoy se inaugura en lo legal el sacerdocio único de la ciencia: se uniforma la disciplina: se aduna y vigoriza el impulso: se realzan y asimilan debidamente las clases; y los maestros públicos aparecen en el lugar que les corresponde, donde quiera que se comprende que la educación de los pueblos es la mejor garantía del porvenir, y el áncora de los Estados.
Pero… ¡Ah, Señores! ¡Que de esta consideración se levanta otra más grave; y nunca como en estos momentos el sentimiento del deber gravita sobre nuestros hombros, como el peso de una montaña! ¡La educación de los pueblos es la mejor garantía del porvenir, y el áncora de los Estados!… Pues ¡cuál es el deber, Señores, que tomamos sobre nuestros hombros!!…
Inauguramos por otra parte una nueva era: nos encargamos de realizar un pensamiento elevado: personificamos una necesidad imperiosa del país, y de la época: somos llamados a hacer fecundo el designio sublime y creador de una Reina, ídolo y numen de un pueblo… ¡Comprendéis, Señores, que nuestro deber se encierre en comunes dimensiones!!
Si la moral y la justicia, en fin, son algo todavía en el juicio de las Naciones: si son su aliento vital; la moral del hombre público tiene sus cánones inflexibles, y nunca podremos, nunca deberemos apartar nuestra consideración del que es como base y fundamento de todos ellos: el que recibe más de la Sociedad, ese la debe más.
Pero aun bajo de este concepto, Señores, ¿hasta qué punto no se eleva y acrecienta hoy la gravedad de nuestros deberes? La importancia y trascendencia de ellos mismos los hace siempre atendibles: la moral los hace sagrados: las circunstancias generales del país y del mundo, el estado de las ciencias, aumentan sobremanera la dificultad: la sazón en que somos llamados a desempeñarlos, la agrava de todo punto: y como si todo no bastara, hasta debían resultar estrechamente obligados el sentimiento de nacionalidad, y la gratitud pundonorosa. El magisterio público se presenta hoy, Señores, en el rango en que no se presentó jamás. En esos mismos bancos, estuvieron sentados tantos y tan dignos predecesores; y sin embargo no se hallaban sentados a vuestra altura: ¡y el Trono, comprendiendo con filosófica previsión las exigencias del siglo, acuerda este honor, y el país hace precisamente este sacrificio, aunque debido, cuando una serie de acontecimientos, si no ha postrado su energía, ha agotado su atención!
Después de esto, Señores, mi opinión ha sido siempre que en el siglo diez y nueve, no bastan esfuerzos comunes para llenar cumplidamente el deber de la enseñanza: ahora os diré más: después del diez y siete del último Setiembre, apenas bastarán para llenar cumplidamente este deber, como lo exigen las circunstancias del siglo, de la ciencia y del país, los últimos esfuerzos.
Hace tres siglos que la Europa, y aun el mundo han sido el teatro tempestuoso de una discusión universal. Un conjunto portentoso de gigantescos acontecimientos, que ya ha recogido la historia, produjo en las inteligencias un sacudimiento, una escusión viva y profunda; y no hubo barrera tan alta, que no fuese superada por el ímpetu de su vuelo. La moral y el dogma: la política y el derecho: los hechos y los principios: cuanto se sabía, cuanto se creía y cuanto se dudaba, todo fue traído a cuestión, todo fue sometido a examen. La imaginación se asombra al contemplar el resultado inmenso y vario de esa universal agitación, de esa discusión universal! Pero ha llegado el momento de decir con un escritor distinguido: el debate está cerrado y el siglo delibera.
Grande es, pues, Señores, la misión del siglo diez y nueve: ardua y difícil la tarea de hacer converger hacia un solo punto, y eso el más acertado y conveniente, tantos movimientos encontrados; y nunca el filósofo y los Gobernantes, los que aprenden y los que enseñan, los escritores públicos y cuantos de cualquier modo toman sobre sí el deber de dirigir los pueblos, examinarán bastante bien ese asombroso conjunto. Nada de lo antiguo que no se haya resentido: nada en lo innovado que no merezca atención: nada a que no deban aplicar su mano cuidadosa y benéfica, ya reparando, ya afirmando, ya extirpando, ya corrigiendo, la administración y la ciencia.
En las clases inferiores ¡qué prurito de novedad! En todas ¡qué avidez de prosperidad y de goces! ¡Qué desenvolvimiento en las artes! ¡Qué refinamiento en el gusto! ¡Qué cambio en fin en los hábitos y en el juicio de las cosas!
Háse ennoblecido el trabajo: utilísimas profesiones mal juzgadas, han sacudido su no merecida ignominia: a impulso del choque general, hánse allanado las barreras, y quebrantádose las repugnancias que causaban el aislamiento de las clases; y con armonía y confianza vénse ligados en una misma empresa el elevado señor, y el humilde ciudadano. Cambio efectivo y real: cambio de inmensas consecuencias: cambio que no puede entrar sino por mucho en la consideración, y en el cálculo de los que enseñan y de los que mandan: de los que se forman también para influir algún día en la suerte de los Estados!
Con toda la energía y con todos los peligros de una propensión vehemente, experiméntase una tendencia irresistible hacia los goces materiales: arden los pueblos en el deseo de su prosperidad: brota con violencia, y siéntese por donde quiera el espíritu de asociación y de empresa, y en este estado vuélvense naturalmente los ojos hacia las artes creadoras: hacia las profesiones mecánicas: hacia las ciencias naturales, hacia las ciencias hermosas, que ya emulan, ya retratan la productora naturaleza. El mundo se precipita por este camino: el impulso está ya dado, y… ¡ay del que le detenga!… ¡ay del que no le dirija!…
Vago y vortiginoso, como todo el que resulta de un choque violento, necesita ser dirigido; sino ha de terminar en un abismo; y a vosotros, dignos y celosos profesores de la primera y la segunda enseñanza, a vosotros se os confía principalmente el dar cima a esta empresa. Cualquiera que sea el lugar que ocupan vuestras cátedras en la distribución natural y necesaria de los estudios, ellas están a la altura de las necesidades imperiosas: a la altura de la prosperidad del país, que ese es el punto de vista que se os señala. Hasta él debéis llegar, y hasta él llegareis, y llegaremos, si la Providencia, que nos inspira estos sentimientos ardientes, hace fecundos nuestros esfuerzos.
En las ciencias, Señores, ¡qué revolución! Ciencias antes postergadas, se hallan elevadas al más distinguido honor. Principios que se creían inconcusos, han resultado meros, y aun lamentables errores de la humana inteligencia. Ciencias ya conocidas han recibido un portentoso desarrollo: otras han nacido de ese caos, vigorosas y lozanas, henchidas de esperanzas y de encantos, como el producto portentoso de una nueva creación. La Ideología, la Crítica: la Física, la Química, la Mecánica: la Astronomía, la Geografía: la Navegación, el Comercio… casi todos los ramos del acostumbrado saber humano, han roto, y dilatan cada día sus antiguos límites; mientras algunas de esas mismas ciencias; y entre otras, la Administración, la Estadística: la Codificación, la Economía: la Gasología, la Toxicología, la Cristalografía: la Geología, la Paleontología, la Geognosia, la Uranografía… esas ciencias, que rompen el tupido velo del mundo, y patentizan los escondidos senos de la Tierra, y los espacios inconmensurables de los Cielos, para que en cada página de ese gran libro lea el hombre prosternado una causa eterna!… un Dios!… una inteligencia suprema!… esas ciencias, Señores, cuya aplicación y desarrollo se nos encarga, se presentan, como nuevas, al humano criterio y a los humanos esfuerzos: y es al siglo 19, al que toca moderar y dirigir su vuelo arrojado: es a nosotros a quienes incumbe su perfección y complemento: es a los Gobiernos a quienes toca hacer aplicación de su influjo a la prosperidad del país y a las exigencias de la época: es a la ciencia, es al magisterio público a quien toca mostrar sus ventajas, y sus peligros, hacer sentir sus encantos, ilustrar a la administración, en fin. Considerar de otro modo el magisterio público en las presentes circunstancias del país, de la ciencia y del mundo es desnaturalizarle; es reducirle a una esfera estrecha, que le aniquila: es hacerse una ilusión de funesta, de irreparable trascendencia: es desconocer la misión del siglo. Cuando se fijan las miras a muy exigua distancia, no se puede marchar muy lejos.
Al lado de esas producciones portentosas de la casualidad, o del genio, han abortado, y entronizándose también nuevos y monstruosos errores, que es preciso combatir. Cuánto tino y aplomo, cuánta probidad y cuanto celo, qué extensión de conocimientos no exige de nosotros en este punto el deber sagrado de formar la juventud! Con cuánta unción, e interés, con cuánta perseverancia no tendremos que alentarla, para que no se arredre ante la necesidad de generalizar sus conocimientos, ante la que a una imaginación impresionable puede ofrecerse como empresa de raros y privilegiados genios, mientras no lo es todavía sino de hombres de corazón!
Les diremos con Cicerón, que nadie rompe impunemente la conexión y lazo íntimo de las ciencias: con Alibert, que por esa conexión íntima, las unas facilitan el camino de las otras: con Quintiliano, que hasta por una ley de pundonor es preciso ampliar convenientemente nuestro saber, porque si no en todo lo que hacemos y decimos se conoce todo lo que sabemos; en todo se conoce lo que no sabemos: el instinto les revelará y les enseñará la experiencia, que el método y la perseverancia triunfan de todos los obstáculos: les diremos en fin con el gran Canciller de Francia, que en las tareas de la inteligencia, la sola variación de ocupación es un descanso.
Todo esto les diremos y aprenderán, y aun no habremos hecho si no muy poco, si todo no lo realza y autoriza la fuerza del propio ejemplo. Pero si es un hecho, Señores, que la verdadera autoridad de un maestro se funda en la confianza que nos inspiran su saber, su probidad y su celo: si es indudable también que en todo se trasluce lo que no sabemos; si es cierto, por desgracia, que una palabra sola puede hacernos traición y despojarnos de la consideración y el prestigio que son nuestra autoridad; la que debe ofrecerse hoy como obra de superiores esfuerzos, es por cierto la de enseñar; no la de ser enseñado.
En las discordias civiles decía un célebre Ministro y escritor francés, el hombre pacífico, que con el deseo de conciliar se establece entre los bandos, es herido a un tiempo por las flechas mortíferas de uno y otro lado. Así al modo hay una entidad benéfica, divina, que en las revoluciones de los pueblos, en las agitaciones generales, interpuesta entre las pasiones, es siempre la más lastimada: la moral! La moral sale al paso, lo mismo al error insolente, que a la ciencia presuntuosa: a la emulación mal ordenada; que a la ambición desmedida; y en ese inmenso período de universal agitación, de proezas y de excesos, lo que tenía que suceder, eso ha sucedido: a impulso del violento vaivén que ha tenido en oscilación al mundo, el templo eterno de la moral se ha conmovido hasta sus más profundos cimientos. Se han reanimado las artes; se han desarrollado las ciencias: ha habido momentos de triunfo, y de gloria para las armas: se han encadenado y aun extirpado viejos errores: la humanidad en fin ha recobrado no pocos de sus sagrados fueros; pero… ¡ah! al compás de ese brillante cortejo, como ya lo he dicho en otra ocasión y con igual motivo, el escepticismo y el materialismo se vienen al paso de carga sobre las modernas sociedades. Ese gigante que veis, está herido en el corazón; y cuando la herida es en el corazón, el cuerpo está herido de muerte. Pues bien: impedirla es vuestra obra. El siglo os demanda la medicina: las familias os entregan sus hijos: la patria os confía su juventud: ¡ved si es pequeña empresa la de responder a tantas confianzas, la de moralizar el siglo! Pero ved si es eludible esta imperiosa obligación: ved si es recusable esta ocasión de lauros y de glorias: y… dejadme, Señores, que en este momento solemne, en un asunto de tan elevada entidad, mezcle hasta un sentimiento de familia: en la difícil tarea que habréis de emprender, no vais a tropezar, no, con la común ingratitud: no vais a prodigar vuestro sudor en suelo extraño!… El siglo que dejéis, ese hallarán vuestros hijos!
En el orden de la Política… ¡ah! ¡qué deleznable es el terreno de la Política! No por eso es menos cierto que es menester abordarle; y eso revelará cuando más la magnitud de la empresa. No os voy a pintar, Señores, la obra de la Política. Yo no os trazaré cuadros, ni horribles, ni lisonjeros. Nada es más ajeno de mi propósito, así como nada hay más extraño a nuestro ministerio, moralizador y pacífico, que la política de división, la política de vértigo. No así, ciertamente, en el punto de la ciencia. En este terreno la Política es un deber que no podemos, ni eludir, ni rechazar, y en el punto de la ciencia en vano sería el querer disimularse que las utopías se han confundido más de una vez con las buenas teorías de gobierno. Pues bien: es menester deslindarlas y distinguirlas con filosofía, sin pasión, con fe en lo que se ha jurado, y desoyendo la voz del estéril individualismo, con convicción en lo que sea mejor para el mayor número.
Al discutirse las teorías, difícilmente se prescinde de las situaciones. Cuando se obra todavía bajo la impresión de imponentes acontecimientos, hay sumo peligro de confundir el hecho con el derecho, como casi raya en lo imposible el substraerse al influjo de la atmósfera que se respira. Sin embargo, la empresa es todavía de hombres. Para consuelo de la humanidad y gloria de la razón humana, cuando se obra bajo la inspiración y el sentimiento del deber, los hombres se encuentran siempre a la altura de su deber mismo.
Para honor de las Universidades de España, y de sus establecimientos literarios, ellos son, sin excepción tal vez, casi el único lugar, donde en el furor lamentable de nuestras luchas intestinas no ha rugido el bramido aterrador de la tempestad. En sus majestuosos recintos no ha resonado, ¡y así como nunca debe, nunca llegue a resonar! sino la voz pacífica y consoladora de la ciencia: la ciencia que no hace consorcio, sino con la tolerancia: que no canta himnos, sino a la paz, que no envía sus inciensos, sino a las aras de la templanza: que no deposita sus dones, ni solemniza sus triunfos, sino en los templos perennales de la concordia!…
Y bien, sabios: dignos y apreciados compañeros: el precedente está causado. Recibimos un legado honroso, y no vendrá a disiparse entre nuestras manos. Hijos del país, y Españoles para la España; superiores a todas las situaciones, y aun a nosotros mismos, guiados y sostenidos por el sentimiento del deber, formaremos, pues que ese es el nuestro intergiversable, ciudadanos para la sociedad: sabios para las ciencias: héroes para nuestras glorias: hombres para el Estado.
En cuanto a la política exterior han desaparecido; y aun remplazádose con relaciones benévolas, envejecidas prevenciones: han venido a tierra las barreras de hierro que cerraban los Estados: se ha abierto un comercio universal entre todas las Naciones: puede decirse en fin, que la política general ha mudado sus leyes. Y como dos que viven en la precisión de tratarse, tienen que empezar por entenderse: como las Naciones no existen para vivir solas y aisladas: como también las Naciones han nacido, como los hombres, para la Sociedad; de aquí la necesidad imperiosa, ineludible de estudiar y conocer las condiciones de existencia, las leyes y las fórmulas de ese comercio común. Los gobiernos, pues, que han establecido esta enseñanza, nueva y difícil también, satisfaciendo en ello una necesidad apremiante de la época, han hecho una cosa que muy altamente les honra. El derecho internacional es la ley de los pueblos: la base del derecho internacional, Señores, aquel derecho anterior a toda convención social, a toda legislación positiva: aquel derecho que se siente, aun cuando no se acertara a demostrarle: que para escudo de la humanidad, y guarecimiento del más débil, habría que crearle, aun cuando no existiera: aquel derecho esencialmente; más aún, privativamente socialista y humanitario: que protege a la víctima, y condena a sus verdugos: que juzga a las leyes y a los legisladores: que se identifica con la naturaleza racional, moral y social del hombre; y sin el que este tipo sublime de la creación se rebaja, se amengua y se degrada: ese derecho es la ley de los pueblos y de los hombres. La importancia, pues, del derecho internacional en su debida extensión está sobre todo encarecimiento. El deber estrecho de los encargados de su enseñanza, no es comparable sino con la honra que resulta a los gobiernos avisados y previsores que la han establecido: con los bienes que puede producir: con los males sin cuento, de una trascendencia imponente, que a la humanidad y al mundo podría acarrear su abuso.
Si la política general ha variado sus leyes, la universal del mundo ha cambiado sus caminos. Ya no se dirige al templo de la prosperidad por entre los carros de guerra, y al compás de los lamentos del género humano: hoy se encamina sobre carrozas floridas, y al son de himnos festivos a la humanidad, a la laboriosidad pacífica, y a la abundancia. La historia de un pueblo no es ya la de sus guerras y sus paces: es la de su ilustración y sus empresas. Ciro y Jerjes, Pirro y el mismo Alejandro, no serían hoy mirados sino como un azote del género humano: como un meteoro cruento, que no deja en pos de si más que el horror de la desolación, los lamentos de la humanidad y el silencio de la muerte! Pen y Kooc, Newton y Verner, Say y Smith, Humboldt y Elcano, La Place y Lavoisier merecen hoy las ovaciones de los pueblos. Ellos han trazado el verdadero camino de la prosperidad, y el siglo se precipita por él…
Pero ¿es por desgracia cierto que nos hallemos tan atrás en este comenzado camino?… Pues es menester forzar la marcha, y recobrar el puesto que nos compete. Los que marcharon delante del mundo al abrir mares nunca surcados, y al penetrar en regiones desconocidas, no deben seguirle hoy tan de lejos, que apenas se les distinga. Mas este esfuerzo no se manda: se inspira, se persuade, se enseña: y a vosotros dignos y celosos maestros de la segunda, y de las especiales enseñanzas, a vosotros con nosotros; pero a vosotros principalmente, se encomienda la empresa: vosotros abrís el camino de la prosperidad: todos, el de la prosperidad y el de la gloria.
Por fortuna no hay que crear el genio: no hay que crear la altivez proverbial, justificada por largos siglos de hazañas y de glorias: no hay que crear el sentimiento de las grandes empresas. En este suelo crecieron los que con un arrojo, que antes no había tenido igual, y después no ha tenido ejemplo, con asombro entonces del mundo, dieron a la navegación nuevos mares, y un nuevo mundo al comercio: ¡el comercio, la navegación y el mundo, que hoy parecen desdeñar al pueblo, a quien cuando más pudiera acusarse de haberse dormido demasiado a la sombra de sus lauros; si ya no se le acusa también de haber sido desgraciado, tal vez por culpas no propias! Pero hablad, dignos y sabios maestros: hablad en el nombre del país y de la gloria: invocad el orgullo nacional, y se reanimarán las cenizas de los que dieron leyes al mundo, riquezas a las naciones, y hazañas a la historia: hablad, y de la tierra brotarán los héroes y los genios. Donde se han producido una vez, y donde no se ha extinguido la semilla, allí volverán a producirse.
Para llenar mi propósito, yo tenía aún que hablaros, Señores, de otras muchas causas que hoy hacen difícil cual nunca la tarea de la enseñanza.
Había pensado hablaros, y tendría que hacerlo con extensión, según su alta importancia y las obligaciones delicadas y sagradas que de ello nacen, del estado de un país, que habiendo reemplazado sus instituciones y sus leyes, se está constituyendo después de un trabajoso período:
Del estado así bien de progreso y movilidad de la ciencia, pues si hoy es ya tal vez una doctrina anticuada la que era una novedad ayer, el haber de marchar a la altura de sus adelantos y aberraciones, es sin duda el estudio arduo y la tarea de cada día:
De la especial dificultad que ofrece la enseñanza de las ciencias naturales, de muchas artes y profesiones mecánicas; no habiendo entre nosotros respecto de ellas los antecedentes, los hábitos y tradiciones, que respecto de las demás ciencias; y habiendo de crearlos:
De la natural resistencia que todavía por algún tiempo han de oponer los antiguos hábitos a novedades contrarias, y la cual es preciso vencer, con aplomo y circunspección; pero con tesón y perseverancia:
De la larga interrupción que ha sufrido entre nosotros el estudio de las lenguas, no siendo ligera tarea la de suplir este vacío, enlazando útil, y honrosamente estas dos épocas:
De la revolución ocurrida en estos últimos años en la república de las letras, estando aun trabada la lucha entre la moderna y la antigua literatura, y siendo de nuestra incumbencia el restablecer los buenos principios y hacer triunfar el imperio de las reglas; si bien nos auxilia en esta tarea el peso mismo de las cosas; y sin haber de desdeñar por eso la enseñanza y las ventajas que puede haber revelado aun el desorden mismo:
Del método de enseñanza, que hoy de un modo especial reclama la atención ilustrada y celosa de los que con tanta utilidad del país se consagran a este ejercicio. Si todo ha cedido al impulso general, si todo ha tenido movimiento, si han aparecido ciencias nuevas, si otras han dilatado su alcance, variando de necesidad las formas y multiplicándose sus puntos de relación y de contacto; el método de exponerlas y combinarlas, el de inspirar su espíritu, el de imprimir y hacer comprender su trascendencia, el de transmitir sus beneficios y regeneradores arcanos, no puede quedar estacionario. Si en todo, el método es el principio del fin, esto es, condición indispensable, y garantía infalible del resultado, en la enseñanza; y en la enseñanza de una juventud, que pudiera decirse que inaugura un pueblo y un siglo nuevo: después de un movimiento, de un cambio universal: en momentos de regeneración, diremos que esta ley, no como quiera es el principio del fin; sino que este mismo es ya el resultado. Por muchos siglos el carácter, la tendencia de la enseñanza, afianzados y aun estacionados todos los órdenes, era y podía ser sin tan grave peligro especulativa: mas hoy, innovado todo; todo en estado de reorganización y reparación; todo aun en estado de movimiento: las ciencias, y la política en estado de ensayo; su tendencia tiene que ser de necesidad práctica, y de aplicación. Cuando todos los órdenes están afianzados y estacionados, puede con menos inconveniente aislarse la enseñanza de una ciencia. En exponiendo con precisión y verdad sus dogmas, la fuerza misma de las cosas, lo normal del régimen, la acción regularizada e inalterable de la administración y del sistema general, suple hasta un punto considerable lo demás: cuando todo está en movimiento, o en ensayo, la acción y el influjo de una ciencia, tiene que atinada y cuidadosamente subordinarse al sistema general, al fin a que todo tiende: aislarla entonces es inutilizar la ciencia, y la institución de su enseñanza. Si hay tiempos en fin en que puede bastar la doctrina; los hay en que es necesaria la doctrina y su demostración: si los hay en que puede sufragar la persuasión; los hay en que no sufraga sino la persuasión y el ejemplo: si alguna vez podría imponerse todo a nombre de la autoridad; llegan momentos en que no se aseguran los resultados, en que no se hacen infalibles, sino deponiendo sus formas; sin deponer su dignidad.
De una dificultad por último, aún más universal, apremiadora, que en todo nos ha de salir al paso: de la ineludible necesidad de combatir frente a frente con el siglo 18, gigante de cien brazos y mil formas, al que es preciso reducir; pero al que sin embargo no conviene aniquilar.
De todo esto, y aún de más os hablaría, Señores, sino temiese fatigar vuestra respetable atención; sino lo resistiera la índole, y la extensión de este género de discursos; si todo no lo excusase, en fin, vuestra ilustración y experiencia. Asuntos que merecerían, y merecen un tratado, si hubieran de desenvolverse como la ilustración general, sus exigencias, y la verdadera índole de la enseñanza pública reclama en el presente siglo; los he reducido, como veis, a desnudas indicaciones, cuyo alcance sin embargo no puede ocultarse a un criterio robustecido con las luces de la filosofía y la experiencia, como el vuestro; y de todo ello resultaría demostrado, sino lo estuviese ya, hasta el último grado de evidencia, que la índole del siglo es socialista, y moralizadora: que la enseñanza pública, como la administración, tienen que personificar la índole del siglo, aceptando próvidamente, si bien de necesidad, la tendencia y las formas de ese impulso general, que a todo imprime su carácter: que arraigando en el corazón de la sociedad el germen de los buenos principios, inflamando el nacional orgullo, inspirando el sentimiento salvador de confraternidad y de concordia, robusteciendo el principio de nacionalidad y costumbres, elementos cardinales de una sólida y duradera regeneración, si esa se quiere: a la altura de esa tendencia universal, deben una y otra de concierto determinar a la generación actual a seguir el movimiento del mundo: y por último, Señores, que al promediar ya el siglo diez y nueve, para pueblos como el nuestro, heridos de la desgracia; que ve avanzar delante de sí, y alejarse a vuelo de águila en el camino de la prosperidad tantos pueblos y naciones a quienes él debía preceder, o marchar a su par cuando menos; este deber, este impulso no admiten dilación: que de modo ninguno es posible dar complemento a esta obra perentoria, a este esfuerzo de salvación, a esta empresa noble de nacionalidad y pundonor, de hombres que aprenden algo en la escuela ruda del infortunio, que todo lo sacrifican ante las aras sagradas, ante la estatua despedazada de su querida patria!… con comunes esfuerzos.
Pero hay una cosa, Señores, en que no puedo dispensarme: que por su novedad y la extensión de sus miras viene aumentando la dificultad: que es uno de los lemas principales y como el complemento de mi discurso. Ya comprenderéis que me refiero al nuevo plan de Estudios.
Hacía ya tiempo que el país esperaba con ansia un arreglo general en la enseñanza. La guerra y los disturbios habían hecho imposible el ocurrir a esta importante atención. Un Ministro celoso ha sido bastante afortunado para poder satisfacer esta necesidad perentoria: el país está dotado de su nueva ley de estudios, y esta es una de aquellas determinaciones, que honran siempre a los gobiernos: medida indispensable, de importancia suma, que ofrece el medio y acerca la ocasión de elevar nuestros estudios, nuestra prosperidad y adelantos a la altura, que ya reclaman lo apremiante de la situación y la necesidad de los tiempos.
Después de esto ¿esperaréis ahora que yo entre en un análisis detenido, descendiendo hasta los últimos pormenores de esta resolución importante? Yo no creo ser esta la ocasión, ni el momento. Los llamados a ejecutar una suprema determinación, no están por el pronto llamados más que a eso. Para ellos no llega nunca el momento de polémica: todos son momentos de ejecución: lo contrario es la anarquía en la disciplina. Sobre este punto el pundonor individual, la moral del hombre público no admiten más que uno de dos extremos lógicos y racionales: o no aceptar el cargo, o desempeñarle con decisión.
Y pues hemos adoptado el segundo extremo, el plan encierra sin duda para nosotros las grandes miras, y los medios que pueden hacer fecunda nuestra tarea: y como no podía menos de esperarse de la ilustración reconocida del Ministro de la Corona que lo ha dictado, el plan encierra en efecto esas miras y esos medios.
Nosotros no necesitamos de más para entrar en su ejecución con decisión y con fe; y al que trabaja con decisión y con fe nunca tal vez, o con suma dificultad, le fallan los resultados.
Y ahora bien: dado el impulso: formulado el remedio de la que ya era una perentoria necesidad: proclamado el alto y creador designio de la Corona: revestido de la autoridad de la ley el que no puede menos de ser mirado como un pensamiento fecundo: distribuida la enseñanza sobre el pie de sus tres bases naturales ¿qué no podéis hacer vosotros en vuestra esfera, laboriosos profesores de la primera educación? vosotros que sois llamados a imprimir el primer sello de dignidad, de moralidad y de civismo a la generación que se levanta como principio y como ejemplo de ulteriores generaciones?
¿Y qué no vosotros, dignos y celosos profesores de la segunda enseñanza: de la Física y de la Química: de la Historia natural y de la Mecánica: de la administración y de la Economía: de la elevada Matemática y de la sublime Astronomía? Vosotros a quienes incumbe inflamar el orgullo nacional, desarrollar el espíritu de asociación y de empresa; santificar la laboriosidad; y hacer fructífero el trabajo: que habéis, en fin, de imprimir a la generación actual el movimiento del siglo? Vosotros en cuyas manos se ponen los encantos de la naturaleza bella, y el secreto y los tesoros de la naturaleza fecunda?
Y qué no, vosotros también, experimentados maestros de las Lenguas y de las Letras: las Lenguas que son la llave de los secretos del mundo; y las Letras, las Letras, que detienen, que acercan y dan vida a las pasadas civilizaciones, que traen, e imprimen el sello de lo profundo y de lo grave, de lo elevado y majestuoso, de lo heroico y de lo sublime?
Qué no vosotros, en fin, sabios y versados maestros de las últimas ciencias: de la Medicina y de la Historia: del Dogma y del Derecho: de las tradiciones y de la Política: de esas ciencias majestuosas en cuyo santuario tienen su ara de honor la humanidad benéfica, y la inflexible justicia: con cuyo impulso se inspiran, se ennoblecen, y hacen fecundas las hazañas y las glorias; y en cuyos archivos en fin se depositan y aseguran las coronas de las empresas, y las llaves de los Estados?
Sobre este punto, Señores, no podremos dispensarnos de convertir una mirada refleja sobre nuestro deber, y habremos de hallar siempre graves para nosotros, y dignas de toda nuestra atención las consecuencias. Si el nuevo plan general es perfecto, mala prueba habremos dado de nosotros mismos, esterilizándole en nuestras manos: si como obra de los hombres esperase el concurso de la observación y de la experiencia, mala prueba de nosotros mismos habremos dado también, no habiendo llevado a complemento la obra que se nos encarga, la obra de que nos encargamos.
Pero no será así, Señores, no: que no han de venir aquí a estrellarse tanta experiencia y tantos años: que no es el magisterio público español la puerta a donde han de llamar inútilmente ni el Trono, ni la Patria: que no en vano se habrán puesto a prueba el saber pundonoroso, y la probidad nunca desmentida.
En llegando a este punto, Señores, vuestros respetos y mi decoro exigen una declaración. Al trazar el cuadro de nuestros deberes, no me he propuesto recordároslos: sino que este momento, solemne en los fastos de la enseñanza, no es un momento común. La oración de este día no podía ser una inaugural de sola pompa. Debía ser una profesión de convicciones; y personificando yo las vuestras: hablando por vosotros, y no para vosotros; en vuestro nombre, en fin, sabios y dignos maestros, es como las he proclamado; porque en esta sazón, como en ninguna, es preciso, es justo, y quiere la Universidad que todos sepan, el Gobierno supremo, cómo comprendemos nuestra misión: los padres de familia bajo qué garantías nos entregan sus hijos: la juventud en fin bajo qué auspicios y propósitos se somete a nuestra dirección.
Sí, apreciada y apreciable juventud: tú que te levantas virgen de errores y de enconos: tú que creces con la conciencia de tu misión en el siglo 19: tú que te levantas como una planta pura y lozana entre los montones de ruinas, que han hacinado el huracán y la tempestad: tú nos ayudarás a cumplir los altos designios del Trono. Tuyo es el porvenir, y en tí tiene fijos sus ojos la patria. Si pudieran extraviarte las aberraciones de la vieja generación; tú al contrario aprenderás en sus errores y en sus desgracias; y los corregirás sin ira y sin rencor, porque esa generación es la generación de tus padres. La nobleza hidalga y la tolerancia generosa son los sentimientos que te cuadran: el bien del país es tu fin: la gloria es tu término: la aplicación y la disciplina son tu camino. En él te colocan los desvelos de la Patria, y la mano providente del Trono: en él encontrarás siempre a tus maestros: cualesquiera que sean las dificultades que hubiese que arrostrar, juntos las arrostraremos: juntos andaremos nuestro camino: y felices vosotros y nosotros, si agradecida la generación, que os ha de reemplazar, dijese, para que lo escuche el país, y lo recoja la historia: fueron llamados a realizar un gran designio, y como buenos, y como probos cumplieron su deber. He dicho.
[ Edición íntegra del texto contenido en un opúsculo impreso sobre papel en Madrid 1845, de 32 páginas más cubiertas. ]