En el V Aniversario de la liberación de Asturias
(Prensa asturiana, 21 de octubre de 1942.)
El aniversario de la liberación de Asturias nos sorprende entregados a otro tipo de liberación más importante para nosotros que la conseguida con las armas, y de la cual aquélla no fue sino una preparación necesaria.
La incorporación de las masas trabajadoras al sentido del Movimiento Nacional-Sindicalista es un objetivo esencial de la Revolución para todos los que no consideramos esta palabra como un banderín de propaganda sin sentido real, para los que no podemos conformarnos con una transformación superficial en las fórmulas y en los estilos. Porque si no queremos hacer obras muertas, si queremos evitar el peligro de las palabras hinchadas y vacías y de las nuevas estructuras artificiales que encubran con formas nuevas las mismas viejas concepciones, nos hace falta crear un clima ardiente en las masas españolas honradas, un ambiente de fe nacional-sindicalista que respalde la acción concreta de la minoría que ha de conducirlas.
Las revoluciones no pueden hacerlas las masas que las necesitan. Pero esto no quiere decir que en una situación desesperanzada y abúlica de la mayoría de un pueblo una minoría pueda ser capaz de otra cosa que de lentas ofensivas vacilantes. Al menos, para cubrir con la urgencia necesaria los objetivos es necesaria una tensión apasionada, cuya ausencia es fatal para las transformaciones verdaderas que se quieren llevar a cabo desde arriba con la fría impasibilidad de los técnicos.
Actuamos con valores humanos en los que la imperfección natural juega un papel importante, que sería peligroso no valorar con exactitud.
Prescindiendo de teorías alambicadas que por querer explicar demasiado no explican nada, debemos vivir un poco más en la realidad y acostumbrarnos a calibrar con exactitud los verdaderos avances. Este encumbramiento de espíritu en nuestra fe, «que una minoría encuadre a las masas populares», es más eficaz para la Revolución que muchos avances sociales e infinitamente más que todas las conquistas en el terreno de lo simbólico y de lo artificial.
Entended todos bien que muchas ventajas conseguidas actualmente en el orden práctico de la protección de los trabajadores no son consideradas por nosotros como objetivos de la Revolución, sino como paliativos de un estado de cosas injusto, necesarios mientras la Revolución no se lleve a cabo. En último extremo, nos acercan a ella porque nos acercan a la justicia, pero nada más. Si las adversas circunstancias actuales hubiesen sido favorables; si la prosperidad de las industrias hubiese permitido elevar los salarios e incrementar hasta la perfección las medidas de protección social hasta el punto que en los hogares trabajadores el nivel de vida se hubiera elevado en un cien por ciento sobre el del año 1936, todavía no habríamos dado ningún paso definitivo en el camino de la Revolución Nacional-Sindicalista.
No queremos prometer con esto un paraíso. Posiblemente, la vida material del trabajador no alcanzará esta línea de prosperidad en las primeras etapas de la transformación; nos interesa solamente advertir que la Revolución, en el fondo, no persigue un mejoramiento exclusivamente material, sino la entronización de un nuevo sentido de la vida y de un nuevo criterio en la estimación de las categorías sociales.
Estamos viviendo todavía el prólogo de la Revolución y nos interesa llevar al conocimiento de todos con franqueza nuestro pensamiento. Si toda revolución rompe al paso muchas unidades armónicas ha de lesionar en sus comienzos una serie de intereses, relaciones y estructuras arcaicas en disconformidad con su sentido. Este es el momento crítico que ha de decidir su victoria o su desplazamiento. La época más peligrosa de transición, con su natural provisionalismo, sus errores parciales, sus correcciones y sus apariencias de fracaso. Como el guerrero que cambia su vieja armadura inservible, antes de vestir la nueva atraviesa su instante más vulnerable. Para este momento que nuestra ilusionada fe nos presenta cercano es necesario una reserva de moral, de fe y de decisión, en cuyo volumen está la clave del éxito. Los viejos regímenes tienen siempre en sus agonías una fuerza de desesperación que puede alargar su vida demasiado tiempo. La incomodidad que la postura provisional prerrevolucionaria ocasiona al cuerpo social tiene que ser compensada con una fe absoluta y un ambiente apasionado de sólidas formaciones nuevas que ahoguen las contraofensivas enemigas y evite el descrédito y la desmoralización a que pueden conducir. Decíamos más arriba que jugamos con valores humanos, y el olvido de esta realidad es el gran error que decide infaliblemente el fracaso de los movimientos sociales.
Es más fácil que estén con nosotros aquellos cuyo interés inmediato va a servir la consigna. Por esta razón, demasiado humana si se quiere, las masas trabajadoras tienen para nosotros la garantía de que llegarán al final con nosotros sin tentaciones de retroceder, con nuestra misma impaciencia por alcanzar los verdaderos objetivos.
La primera forma de defensa intuitiva de los regímenes liberales y de las organizaciones sociales retrasadas es el intento de falsificación de las revoluciones por una serie de concesiones en lo accidental. Es encubrir con caparazones nuevos la vieja culpa. Este es el gran peligro contra el que todos debemos estar alerta. Hay que separar un poco la mirada de lo circunstancial para no perder un movimiento en lo esencial y en lo definitivo. Embobados en el estéril examen de lo que cada uno fue o dejó de ser, de lo que cada uno hubiera querido, andamos un poco de espaldas a la realidad apremiante de una hora que se nos viene encima. Aquí, en Asturias, hay una tradición, una educación de disciplina social intensa, y sus hombres verán claro en su deber en cuanto quieran meditar.
Es éste el frente de la idea; es ésta la liberación de los espíritus la que ahora nos surge, porque fue el convencer más que el vencer lo que nos interesó siempre.
Que todos piensen que sin una unidad ardiente de fe y de moral no se hacen las revoluciones. Que nadie dude de la efectividad de las ofensivas que habremos de sufrir, porque cuanto más claramente se vayan dibujando en nuestra trayectoria victoriosa, más impetuosas serán las reacciones, más duros los ataques y más batidos estarán nuestros caminos. Todos a quienes interese por ideal, o siquiera por egoísmo, una transformación verdadera en la organización social y económica de la Patria, están advertidos a tiempo para que ellos solos carguen con la responsabilidad de sus arrepentimientos tardíos. La postura más inteligente no es necesariamente la más sinuosa, porque ya nos dijo José Antonio que «los escépticos y los cautos suelen equivocarse siempre». ¡Arriba España!