José Antonio, Capitán de la Falange
(Diario Arriba, 20 de noviembre de 1942.)
José Antonio es para nosotros el símbolo, creador de una mística de acción en la que comulgan nuestros espíritus.
Por ser símbolo, no nos sirve el análisis para entenderlo, nos estorba la anécdota para admirarlo y es pequeña la intimidad vivida para amar solamente por ella su viva presencia capitana.
Por ser creador de una mística de acción no es el ditirambo ni la apología, cuya sinceridad tiene difícil prueba, la mejor manera de entender el servicio de su recuerdo, sino el homenaje silencioso de las decisiones firmes y de las obras. Es con una voluntad de propia perfección como debemos acercarnos a saludar brazo en alto su invisible caudillaje del espíritu. Despreciando la vanidad interesada que busca el tema íntimo y particular o el sentimentalismo de la amistad profesada, para ensalzar la propia personalidad a trueque de empequeñecer la figura del héroe. José Antonio no puede ser hoy para nosotros ni el amigo ni el compañero, sino solamente el Jefe, el Ausente, en una palabra, el símbolo. Es para ser mejores, no para aparentarlo, por lo que en el aniversario de su primera guardia en las estrellas estamos ante él firmes y disciplinados como en la hora que precede al combate.
Esta es la actitud para entrar en nosotros mismos y para meditar, para hacer examen de conciencia y para adoptar las decisiones que salvan. Para ver claramente la gran responsabilidad que a cada uno de nosotros le corresponde en todas las imperfecciones actuales de la Falange que tenemos. Tanta costumbre de lamentar y tan poco coraje para corregir.
Porque hablamos mucho de dificultades de afuera, de ofensivas y de animosidades y somos nosotros los que estamos perdiendo la fibra, la disciplina y el estilo. Nuestras rebeldías anárquicas y nuestras debilidades han conducido a esta blanda etapa de desalientos y amarguras, de desorientación e incertidumbre, de fofa blandenguería condescendiente, que está pidiendo a gritos la justa energía de un látigo de hierro.
Porque puede haber resistencias a los avances revolucionarios y a nadie le cabe desconocer el ataque persistente de que nos hacen blanco los estertores de una vieja y egoísta concepción de la vida y de la Patria; pero de lo que exclusivamente nosotros tenemos la culpa es de la debilidad de nuestras formaciones, de la falta de cohesión de nuestro frente y de la pérdida de los viejos perfiles duros y heroicos que sólo es capaz de conservar una disciplina inflexible, intolerante con toda esa monserga de los méritos, de las historias, de las capacidades y de los valores entendidos. Uno de los mejores servicios que podemos prestar a la Falange, y una de las maneras más eficaces y más ortodoxas de conmemorar esta fecha trágica y gloriosa del 20 de noviembre, es hacer ver claro a todos en la necesidad de implantar esta disciplina, impuesta y deseada, que haga de la Falange una perfecta unidad de combate y la aparte del peligro de convertirse en una agrupación amorfa de tipo anárquico o populista.
Obligar a cada hombre a que acepte sin ninguna clase de reserva la decisión de su jefe inmediato; hacer imposible, si es necesario con la coacción física más severa, la supervivencia de ese resabio liberal –que el contacto de generaciones políticas maleadas nos va infiltrando poco a poco– de la opinión personal, de la crítica, de la murmuración, del disentimiento. Aquí cada uno tiene su verdad, su plan de operaciones y su librito con soluciones para todos los problemas, y todo el tiempo que necesitamos para afilar nuestro espíritu y nuestra fuerza lo estamos perdiendo estérilmente en disquisiciones negativas y en desalientos plañideros. Hay que crear en la Falange la conciencia de que todos nuestros males sólo tienen un remedio y únicamente obedecen a una causa: el relajamiento de la recia tensión y de la incómoda disciplina primitiva. Si cada uno dedicase por entero toda su energía incontrolada a superarse en el servicio, sin meterse donde nadie le llama, y en cada desliz, bien o mal intencionado, encontrase el golpe implacable que por la violencia justa le volviese a su deber, otra sería la eficacia, la moral y el empuje de nuestras escuadras.
De todas las facetas de la personalidad del Ausente, la de más oportuna rememoración, la que mejor sirve esta necesidad del momento, es la de José Antonio como Capitán de la Falange, con todo el sentido militar áspero y exacto que entraña, con toda la ascética sencillez y laconismo que enseña. La orden y el servicio tenían para él una rectilínea continuidad aceptada o impuesta. Sin sinuosidades, rodeos ni condescendencias.
En una organización presidida por esta su concepción tajante de la disciplina la vida es incómoda y hombres de poca fe, débiles de espíritu, no son capaces de vivirla. Pero esto, lejos de ser un inconveniente, constituye por el contrario la mejor forma de selección, porque voluntariamente van desertando de sus puestos mal servidos todos los incapaces de aguantar una alta temperatura de sacrificio. No olvidemos que no es la cantidad, sino la calidad, lo que nos interesa; no la muchedumbre cobarde, sino la escuadra decidida.
Miles de hombres sienten dentro de sí la llamada de nuestra fe nueva y se atormentan con la inquietud de apresar impacientes la victoria. Para la Patria sólo hay un destino de gloria: el que le marca la flecha revolucionaria de su justicia y de su libertad. Y tiene tanta fuerza nuestra verdad, que por encima de todas las coacciones, sobre todas las dificultades y a pesar de todas las alianzas enemigas, contra nosotros mismos, por encima de nosotros mismos habría de imponerse a la larga con la seguridad infalible de los movimientos naturales que responden exactamente a una necesidad imperiosa de la vida de los pueblos. Nadie puede tener más certeza que nosotros de que al final de la lucha ha de llegar un día de triunfo con la misma fatal exactitud con que las leyes físicas se cumplen.
Pero esto no quiere decir que no tengamos la obligación de apuntar con clara franqueza –que los eternos timoratos han de calificar de indiscreción– los peligros más graves que pueden retrasar el amanecer presentido. Porque no sólo tenemos obligación de llegar, sino de llegar a tiempo.
La figura de José Antonio como Capitán de la Falange, nos muestra el único remedio, el mejor estilo y la actitud más eficaz en estas ofensivas presentes.
La promesa firme de seguir su ejemplo en la acerada manera de entender la orden, el servicio y la disciplina vale a sus ojos más, en este día suyo, que todos los lirismos y todas las evocaciones sentimentales. Porque él sabe que está todavía la victoria lejos de nuestras avanzadas y ya nos es más grata la tregua que el asalto; las condescendencias y las comprensiones que la incomodidad del enfrentamiento constante. Que hemos aprendido demasiado pronto y demasiado bien a redondear las aristas de nuestra verdad, desfigurando sus perfiles. Que preferimos a la guardia el sueño, la zalema al golpe y la flor al arma.
Cuando como el guerrero vigilante hasta las rosas debiéramos cortarlas con las bayonetas. ¡Arriba España!